Barrio

El Porvenir regresó en silla de ruedas

A los venezolanos que demuestran que, pese a cualquier crisis, la venezolanidad es sinónimo de porvenir

 

En el barrio las desgracias ocurrían porque sí. Como dice Jorge, no le buscabas las cinco patas al gato. Salías a la calle arriesgando desde tu vida, hasta la de los tuyos. Porque no había nada más para arriesgar. ¿Pertenencias? La pobreza subió al cerro e hizo lo suyo: empobrecer. ¿Salario? Los que bajan del cerro a las seis de la mañana salen a hacer marañitas, es decir, malabares para conseguir tres lochas y con ellas solucionar el alimento del día, o más bien de la noche al volver. Así que solo tenías la vida, y muchas veces no era suficiente, podías recibir un pepazo en la cara por no ser suficiente. Les traduzco, por pepazo quiero decir un tiro, aunque bien podría ser una puñalada.

No sé si en otras partes del mundo conocerán la vida así de violenta como lo fue allí. He dicho lo fue. Porque el barrio recuperó su nombre original: después de una década nombrándosele “El cerro”, su nombre fue recordado, el que recibió cuando los pobladores originarios encontraron la lomita al alejarse del valle, y con un espíritu idealista decidieron llamarla “El Porvenir”.

Y sí, El Porvenir regresó en una silla de ruedas.

Fue Jorge quien me contó la historia de Gerardo el largo Antúnez, un joven que, según la prensa, estaba destinado a ser una leyenda nacional pero el infortunio lo dejó discapacitado y le robó la gloria. Mientras el llanto primigenio, del hijo de Jorge, se dejaba escuchar en el pasillo del hospital, en El cerro una bala silbó durante su trayectoria e impactó la espalda de Gerardo el largo Antúnez. La desgracia, como todas aquí, ocurrió porque sí.

Gerardo fue el primer joven del barrio que entró en la universidad, gracias a una beca deportiva. A sus 18 años medía un metro noventa, tenía agilidad en sus piernas para correr y en sus manos para hacer bailar el balón al ritmo de sus pasos, mientras avanzaba de un extremo a otro en la cancha y, sin esfuerzo, encestaba. Una eminencia del baloncesto juvenil, dos juegos lo separaban de un contrato millonario y, según sus propias declaraciones, de la trampa mortal de El cerro. No le dio tiempo.

La esposa de Jorge sintió dolores, su primogénito se adelantaba a la fecha. Él y su esposa bajaron apresuradamente. Gerardo pasó frente a ellos, vio a la madre adolorida y los acompañó a bajar. Los tres bajaron del barrio, Gerardo se despidió en la parada de autobuses y regresó. Era casi la medianoche. Si durante el día te salvabas de ser el blanco de las desgracias, lo mejor era no tentar la suerte por la noche. Gerardo lo comprobó.

A una cuadra de su casa lo interceptaron dos bandidos. Le pidieron dinero, pero él solo cargaba encima la vida. Mala suerte. Intuyó lo que ocurriría, la vida no basta como botín, así que les dio la espalda y corrió como si estuviese en la cancha de baloncesto; corrió tan rápido como pudo, sabiendo que su vida dependía de ello.

La joven embarazada ingresó al hospital. Mientras el llanto del recién nacido llegaba al pasillo, el grito del largo Antúnez despertaba a los vecinos en el cerro. Alguien se arriesgó a salir. Lo encontraron boca abajo, un charco de sangre fluyendo desde su espalda, desde la espina dorsal.

Gerardo el largo Antúnez fue alcanzado por una bala cuando ya estaba a un paso de doblar la esquina y perderse de la vista de los bandidos y sus armas. Desde esa noche quedó inválido, incapacitado. No jugó más el baloncesto. Sus padres se lo llevaron lejos del cerro, del barrio malo que le robó el porvenir. Allí se contaba la historia del único que estuvo a tan solo dos juegos de un contrato que lo convertiría en una estrella, el único con un futuro en el barrio, un futuro truncado, tal vez, porque se detuvo a ayudar a una pareja, por desviarse del camino, por buen samaritano.

Que Gerardo partiera del barrio fue lo más normal. Su regreso fue lo inesperado. Un par de años después regresó, en una silla de ruedas. Sonriendo. Hablando de futuro, driblando un balón de baloncesto con una mano y dirigiendo su silla de ruedas con la otra, lanzándolo y encestando. Volvió e hizo restaurar la canchita. Ahora pita su silbato y los niños salen de las casas del cerro. Ahora es un coach deportivo de una selección infantil. Sí, pudo ser un basquetbolista profesional famoso, adinerado, y lo sabe. Pero no se dejó vencer por lo que pudo ser y no sucedió. La delincuencia no detuvo su porvenir, y hoy el barrio cuenta con él.

 

Por Gusmar Carleix Sosa | @GusmarSosa

#MemoriasDeLaRevolución: Yo no pedí nacer en Revolución

¿Qué le dirá? ¿Qué historia le contará?

Son las dos preguntas que agobian su mente mientras sostiene al recién nacido en sus brazos. El remordimiento no da espacio a la felicidad, el espacio también es ocupado por la preocupación. Los ojos del niño la acusan. No es como su primer parto, hace ya veintidós años atrás. En aquel entonces todo fue planificado, ellos estuvieron listos para recibir al primogénito; y sí, ahora han tenido casi nueve meses para prepararse, pero lo que no han tenido son recursos. Como los últimos tres años, durante el embarazo apenas si pudieron mantenerse con vida.

Cada día transcurrido, su vientre fue la profecía de un juicio final; y allí está, frente al tribunal con el testigo en sus brazos, que también es la víctima, que también es el juez, que también es jurado, que también es la sentencia.

Quiere sonreír, pero es imposible. Quiere plantear su defensa. No es su culpa, ella solo quiso evitarle venir a un mundo en caos, donde el hambre reina, donde la tristeza y la desesperanza azotan.

El embarazo fue un descuido. En la patria ya no se consiguen anticonceptivos. Estuvo jugando a la ruleta rusa por un año y finalmente perdió. Cuando se enteró, intentó remediar la situación. Sin la posibilidad de adquirir pastillas para el aborto trató con métodos rudimentarios, pero la criatura no quiso renunciar a la vida. Algunos días despertó deseando sangrar, queriendo enfrentar el aborto involuntario. Envidió la suerte de las protagonistas de las historias tristes que escuchó, pero no, la mala suerte no le alcanzó; sus malas noticias diarias llegaban hasta “hoy no tenemos qué desayunar”, “hubo reducción de personal y me despidieron”, “me atracaron y se llevaron el dinero que logré conseguir”, “a tu tío lo asesinaron esta mañana”, “felicitaciones, su bebé está teniendo un desarrollo sano”.

Desea, con todas las fuerzas de su corazón, poder sonreír. Pero no puede. ¿Cómo sonreírle a un anuncio doloroso? No puede sonreírle al recordatorio de su miseria. Ella lo ha traído a la realidad de un país en ruina, donde el hambre reina, donde la delincuencia ha tomado el control, donde la educación es gratuita pero imposible, donde el nacimiento entristece.

Su esposo entra a la habitación, le acaricia el rostro y le da una sonrisa débil. Ella le entrega al niño y se pone de espalda. Él quiere sentirse feliz, pero dos preguntas lo agobian.

 

Por Gusmar Sosa | @gusmarsosa

#DomingosDeFicción: Las babas del estudiante

(En memoria de los caídos del 2017)

Estoy muerto. Lo sé. ¿Cómo podría saberlo sin conciencia? Puedo sentir que estoy muerto. Nadie puede decirme lo contrario. La enfermera que susurra con voz tierna que sigo vivo, me miente. Sé que no tendría que escucharla, pero sé que es una trampa. Esta habitación de luz débil, que se dibuja en blanco y negro frente a mí, no existe ya. Se está desvaneciendo. La enfermera se aleja a pesar de su insistencia de quedarse a mi lado. Vaya a atender a otro que no esté muerto, enfermera. Vaya a curar a los muchachos que ingresaron hace dos minutos, heridos con balas de goma. Vaya a calmarle el dolor al señor que ingresó con un ojo colgándole en el rostro. O si lo prefiere lárguese al comedor, al pasillo, a su casa, no pierda el tiempo con un muerto. Y si lo que quiere es hacer algo que valga la pena, entonces ármese de valor, salga del hospital, cruce la calle, doble la esquina hacia la derecha y grite con todas sus fuerzas: ¡Abajo las cadenas de este régimen maldito! Y si en vida me atreví a maldecir, ahora que estoy muerto, con más coraje maldigo. ¡Maldita la escasez! ¡Maldita la persecución! ¡Maldita la represión! ¡Maldita la corrupción! ¡Maldito régimen! ¡Maldita la violencia con la que arremeten! ¡Maldita la corrupción que nos empobrece! Aunque ya no me empobrecerán más a mí, ese es mi derecho por estar muerto. Tengo el derecho de expresar mi frustración, derecho a maldecir, a injuriar, a no guardar silencio, a desear algo mejor así no sea para mí.

Tengo derecho a no sufrir por la muerte de los que quedan vivos. Tengo derecho a descansar en paz. Pero no descansaré en paz, no ahora mismo, porque en este momento mientras la enfermera insiste en perder el tiempo con un muerto, allá en la calle otros agonizan. Hace rato yo agonizaba y sentía miedo, me preguntaba qué pasará con mis padres –porque tengo padres–, qué pasará con ellos cuando yo no esté para ayudarlos.

Hace rato quería tener unos minutos más, tener fuerza para levantarme de la camilla, correr, correr y correr, llegar hasta mi casa, abrazar a mamá, decirle vieja, viejita querida, vieja que tanto amo, madre que me pariste con tanto dolor, yo solo quería que no sufrieras más, yo solo quería un país mejor, que te tratara con la dignidad que mereces, mi vieja querida. Después mirar a la cara a papá y abrazarlo, decirle padre, viejo, papá, yo sé que me dijiste no vayas a la marcha, pero papá yo tenía que hacerlo, lamento mucho que estoy muriendo, sé que dijiste que no es justo que un padre vea morir a su hijo, papá, mereces más que un hijo muerto, no quería ser otra causa de sufrimiento para ti, sé que no la tuviste fácil, papá, ojalá y pudiera cambiar tu pasado. Pero no cambiaría mi decisión, definitivamente no dejaría de ir a la marcha de hoy ni aun sabiendo que voy a morir. Moriría mil veces más, diez mil, moriría cada siglo, porque al menos lo intenté, porque sé que valdrá la pena estar ausente, otros continuarán en mi nombre y en nombre de la muerte de otros más.

Me incrustaré en la historia y no es un consuelo, porque ya estoy muerto y el consuelo es innecesario. No, no es un consuelo para los muertos, es un estímulo para los vivos, una advertencia. Un llamado a no repetir los mismos errores. Mañana dirán que murieron estudiantes, jóvenes que apenas comenzaban a vivir, por un error, por no estar atentos y dejarse engañar por discursos y promesas.

Sé que estoy muerto. Yo lo sé. La enfermera insiste en tomarme el pulso. Yo no siento mi corazón latir, no siento aire viajando por mis fosas nasales, mis pulmones no respiran. La sangre se ha detenido dentro de mí. Escucho a la enfermera gritando, llamando al doctor. No pierda el tiempo enfermera. Deje que el doctor atienda a los vivos. Ya igual estaba muerto, enfermera, si no tenía libertad para exigir mis derechos, si no podía conocer si quiera los destinos turísticos de mi país, si no tenía posibilidad de ejercer mi profesión apenas culminase mis estudios, yo ya estaba muerto. No sienta pena por mí, no intente un imposible, no agote los recursos que no tiene.

Vaya a atender a la chica que ingresó con una pierna rota, a quien un cobarde defensor del régimen atacó sin misericordia, como si fuera un delito protestar por seguridad, por mejores políticas económicas, como si fuera un crimen decir que ya no queremos más escasez, que estamos cansados de la inflación, que queremos que los recursos naturales de nuestro país se usen para el beneficio de todos y no para el enriquecimiento de los políticos. No sé a quién le hablo, no sé quién puede y quiere escuchar a un muerto, pero dígame usted si acaso es un crimen querer morir de viejito, desear oportunidades de trabajo, dígame si es un crimen querer una familia, hijos, nietos, sin el miedo por no saber si podré verlos crecer o si podré al menos proveerles una vida digna.

Estoy muerto, pero veo el televisor encendido frente a mis ojos muertos. El presidente ha decidido hacer una transmisión en cadena nacional. Lo escucho desde la muerte. Tengo derecho a que se respete mi muerte, ya que en vida no fui respetado. Esperé que se pronunciara respecto a la violencia que ocurre en las calles en contra de las manifestaciones, esperé que dijera que es lamentable ver el país derrumbándose. Que mostrara su rostro afligido. Ha decidido ignorarlo todo. Se muestra sonriente. Aquí no pasa nada, dice el presidente, aquí todo está tranquilo. Exhorta al mundo a no creer lo que reportan las redes sociales, es un invento de la oposición, es un intento fallido de derrocar al Gobierno que trae esperanza, y dice que sí, que esto es un régimen, pero un régimen de alegría, de progreso, un régimen de dignidad. Exclama que el país no se está cayendo como quieren hacer creer los fascistas, que no hay muertos, que no hay violencia, que no pasa nada en las calles. ¿Y entonces, señor presidente, qué soy yo si no un muerto? ¿Cómo es que me golpearon en la calle por manifestar? ¿Qué hago en un hospital si todo está bien? El presidente no me responde, por supuesto que no si ya estoy muerto. Si no escucha a los vivos, menos escuchará a los muertos. El presidente se ha levantado de la silla, hace señas, la primera dama entra en escena. Escucho una salsa sonando, él dice que no pasa nada, que todo está bien, el presidente me dice que si aquí hubiesen muertos él no estaría tan tranquilo, dice que lo mire, que observe cómo baila. Y mientras él baila, mi voz se apaga.

 

Por Gusmar Sosa@gusmarsosa

#MemoriasDeLaRevolución: El combate y la muerte

El combate se adelantó, en otro escenario, con otros contendientes. No se jugó una medalla, le tocó defender su vida. A las cinco de la mañana salió de su casa, veinte minutos después descubrió que en este país el hampa también madruga.

Este fue el día esperado durante los últimos siete meses. Entrenó para lograr la victoria.

Su padre encendió la camioneta y esperó a que el motor calentase. Estaba orgulloso, su hijo representaría el Estado Zulia en una competición nacional. Esa madrugada debía salir a Caracas.

Finalmente los sacrificios comenzaban a dar resultado. Metió la maleta en la camioneta. Se despidió de su madre con un beso y un abrazo. A solo diez minutos del aeropuerto internacional de La Chinita, de Maracaibo, la camioneta se apagó. Habían tomado precaución respecto al tiempo, la camioneta se apagaba repentinamente en las últimas semanas, la pieza que se necesitaba cambiar para corregir la falla era muy difícil de conseguir en el país, como todas las autopartes de cualquier marca de vehículos.

Decidieron esperar unos minutos sin bajarse de la camioneta, para luego intentar encenderla de nuevo. Tres minutos después el hijo tomó el lugar del piloto y el padre bajó para darle unos golpes al motor de arranque. No vio de dónde salieron los tres hombres que se pararon alrededor de él cuando dio el primer golpe. Uno lo apuntó con un revólver, el otro le quitó el destornillador que le servía de martillo. El tercer hombre caminó hacia la puerta del piloto y le ordenó al muchacho bajarse y caminar hacia la acera. Él obedeció, pasó frente a su padre y los otros dos, visualizó el combate, tal como había aprendido en sus años de entrenamiento. Intuyó que podría provocar fácilmente al único que sostenía un arma. Así lo hizo.

Les dijo a los delincuentes que no tenían nada de valor en el carro, solo ropa y que esta estaba en el maletero, que iban en dirección al aeropuerto. El hombre con el arma le hizo señas a uno de sus secuaces, quien se quedó con el padre, mientras él y otro más caminaron hacia el maletero apuntando al muchacho.

El joven abrió el maletero. Sabía que debía aplicar las técnicas Katame-Waza, llevarlos al suelo y combinar inmovilizaciones y estrangulaciones. Desarmó al que lo apuntaba, le lesionó la muñeca izquierda y aplicó una técnica de Ukemis para llevarlo al suelo. Todo sucedió rápido, no se quedó con el revólver: instintivamente lo lanzó hacia el otro lado de la calle.

Apenas caía sobre el hombre, cuando el otro hampón se le vino encima, pero pudo inmovilizarlos a ambos en dos minutos. Cuando quiso retirarse para correr hacia su padre escuchó una detonación y sintió que le abrían el abdomen en dos. Miró al tercer hombre, quien luego de disparar huyó, abandonando a sus compañeros.

El muchacho dejó un hilo de sangre en el trayecto hacia su padre.

Lo encontró golpeado, apenas lo vio cayó al suelo. Los habitantes del sector salieron al escuchar la detonación. Encontraron a los dos bandidos heridos. El padre lloraba abrazando el cuerpo sin vida de su hijo. Alguien gritó que había que matar a los dos delincuentes. Otro buscó una soga. Los amarraron, le echaron gasolina y los quemaron.

Los medios de comunicación jamás reportaron la tragedia, no se supo que un deportista murió en manos de la delincuencia. Esa semana, del deporte y del país, solo se conoció que la atleta Elvismar Rodríguez ganó bronce en el Grand Slam de Judo Tyumen 2016.

 

Por Gusmar Carleix Sosa | @gusmarsosa

#DomingosDeFicción: La sentencia emitida por Diani Álvarez

Diani Álvarez me dijo «No olvidarás jamás este pueblo, volverás aquí».

Yo no le creí, mi adolescencia no me permitió entenderlo: hay un poder profético en la sentencia pronunciada por una mujer.

Lo entendí once años después, cuando Carolina, con sus ojos de fuego y el odio encendido en sus labios, me dijo «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho». Disimulé no escuchar su sentencia, pero temblé, tragué grueso. No se me ocurrió nada para decir y propinarle el mismo daño recibido tras sus palabras.

Recordé a Diani Álvarez en ese instante; no sus palabras, no sus labios hermosos e inocentes diciéndome «Si bebes agua del Cardón, no olvidarás jamás este pueblo, volverás aquí». Recordé su mirada bonita apuntándome, mientras cenábamos en la sala de su casa con sus dos hermanas y su madre;  la recordé, todavía no sé por qué, diciendo «Es mentira, no engordas si bebes mucha agua mientras comes».

La recordé con su obsesión de engordar, haciendo todo cuanto escuchó, sin lograrlo. Me pregunté si acaso seguía siendo aquella flaca lindísima, aquella diosa bailando en el escenario de la Plaza de las Banderas del pueblo, uno de los 13 de junio de mi adolescencia.

Me pregunté si ella volvería de vez en cuando al pueblo, a nuestro pueblo. Yo no, desde mi partida decidí no regresar, no hay nada para mí aquí; aunque en ese instante, mientras Carolina decía «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho», y yo recordaba a Diani, sentí el impulso de volver para verla danzando. El deseo se apagó de inmediato, el recuerdo de Diani se desvaneció y las palabras de Carolina permanecieron allí, sonando, como un eco legendario y eterno.

Me enteraría dos años después. También lo descubriría: la tuve cerca la noche cuando Carolina volcó su desprecio contra mí. Desde mi descubrimiento sufriría un dilema mortal: originar o no un encuentro con ella. Pero no dos años antes, porque ese tiempo lo pasaría intentando superar el desprecio de Carolina.

Muchas veces pasé frente a ese local, en el Centro Cívico de la ciudad. Nunca me detuve a mirar hacia adentro. Solo caminé la calle Bolívar cuando fue estrictamente necesario. Siempre le tuve alergia al trayecto desde el Salón de Belleza Arte Moderno, una cuadra después de la Catedral del Centro, hasta el edificio de la fábrica de Cristales Oftálmicos de Occidente, donde trabajé desde mi partida de este pueblo hasta el año cuando Carolina me echó de su lado.

Nunca lo imaginé: a dos locales después de Arte Moderno estaba ella: Diani Álvarez.

La sentencia pronunciada por una mujer

La pregunta con la cual intenté silenciar el efecto atormentador de la sentencia de Carolina fue respondida cuando por primera vez miré hacia ese local, desde el otro lado de la calle, y la vi. Ella seguía siendo aquella flaca lindísima.

La vi danzando. Todavía me pregunto si fueron mis recuerdos o alguna transfiguración de dimensiones bíblicas. Tres maniquíes vestidos con ropa elegante para damas, me dificultaron la vista. Mientras Shakira gritaba desde los altavoces de una zapatería «Ahí te dejo Madrid», yo veía a Diani moviendo sus caderas como lo hizo todos los 13 de junio dándole a la feria de San Antonio un verdadero toque glorioso.

Fue en ese momento cuando la voz de Carolina dejó de atormentarme. El eco se apagó. Me avergoncé por el miedo a comenzar de nuevo, también por esquivar,  tantas veces, las miradas de mujeres interesadas en mí.

Sentí pena por el hombre en el cual me convertí, por negarme a vivir, como si Carolina fuese lo único digno de mi determinación de vivir; también estaba Diani Álvarez, la chica de mi adolescencia. Con quien me escapé de clases tres o cuatro veces para besarnos detrás del mural donde el Padre Rufino fue retratado, desde donde mira eternamente hacia la Plaza del pueblo. Su retrato jamás nos cohibió.  El padre Rufino Pérez Valles fue el fundador del liceo, el reconciliador de los pueblos de la zona rural, el ungido enviado por Dios para redimir los pecados del pueblo; pero nosotros éramos los dueños del momento.

Shakira continuó cantando, ella dejaba Madrid porque ya no quería cobardes con rutinas de piel y con ganas de huir. Ella hablaba de quien fui antes de volver a encontrar a Diani.

A Carolina la conocí en la ciudad, tres semanas después de instalarme allí.

Abandoné el pueblo tal vez por la misma razón por la cual abandoné la universidad y he abandonado todos mis proyectos: «Eres inconstante, no sabes qué quieres en la vida», dijo Carolina aquella noche.

Mi madre diría, lo dijo una vez, «Eres un genio, por eso se te dificulta poner la atención en una sola cosa».

Mi madre, una señora con pañuelos en la cabeza, con vestidos coloridos y sonrisa eterna. Murió sonriendo, anciana, llena de días bonitos y días amargos. Mi madre, una señora fuerte. De manos benditas. Murió y yo a su lado; murió en el ambulatorio del pueblo. Su sonrisa eterna la acompañó en la muerte. Mi madre, ¿para qué iba a seguir yo en este pueblo? Además, Diani se había ido de aquí un año antes.

Le huí a la soledad, de la misma forma como mi madre le huyó al abandono. Así como la madre de mi madre le huyó a las formalidades impuestas.

A mi abuela la quisieron casar con un señor de casi cincuenta años, cuando ella tenía casi diecinueve. Decidió fugarse de su casa, huir lejos de su pueblo.

A mi madre la abandonó mi padre. Se fue con otra, nos dejó.  Recuerdo a mi madre gritándole «¡Te olvidas de tu hijo! ¡No lo verás nunca más!». Su palabra se cumplió, mi padre no me vio más después de aquella noche; seguramente, cumpliendo la sentencia emitida por mi madre, también me olvidó.

Ella decidió por mí, vendió la casa, le dio la espalda a la ciudad donde murió mi abuela y vinimos a dar aquí, donde yo conocería a Diani, donde yo vería morir a mi madre; de donde huiría para encontrar a Carolina, allá en la ciudad.

La sentencia pronunciada por una mujer

Con Carolina viví años buenos. Tiene el mismo carácter de mi madre. Fue aquella tarde cuando me di cuenta del poder de las palabras pronunciadas por una mujer. Ella dijo «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho», como dijo mi madre «¡Te olvidas de tu hijo! ¡No lo verás nunca más!». Pensé en Diani. Sin embargo, en lo más profundo de mí, las palabras de mi madre hacían eco, no solo su sentencia a mi padre, ella también había dicho «Un día, hijo, estarás solo, no estaré para ti, debes ser fuerte», y sucedió, allí estaba yo, a tan solo minutos de quedarme solo; allí estaba yo, necesitando ser fuerte.

Diez años tardaron en cumplirse las palabras de mi madre, y me fue revelado el gran secreto: hay poder profético en la sentencia pronunciada por una mujer, y ni siquiera la sonrisa bonita de Diani Álvarez diciéndome «Es mentira, no engordas si bebes mucha agua mientas comes», pudo distraerme del miedo, porque yo no quería morir solo, sin nadie, insatisfecho.

Los años con Carolina, antes de su sentencia, fueron buenos. Intenté aferrarme a ellos las primeras semanas después del fin de nuestra relación. Ella se arrepentiría de sus palabras, se daría cuenta de su error. Me extrañaría, como yo a ella y su amor por el orden; me extrañaría, como yo a ella y su amor por las rutinas, eso pensé.

Llegaron los meses de constantes lamentos, cayó sobre mí la culpa, la frustración. Mi inseguridad se acentuó, terminé de abrazar la soledad, me refugié en proyectos destinados al abandono. Carolina nunca dejó de sonar en mi mente, pero aprendí a vivir con su voz airada, con su mirada de furia. Protegí su fantasma, ninguna mujer me quitaría el recuerdo, ninguna mujer amenazaría lo construido por ella y por mí, lo destruido por los dos. Durante dos años me mantuve fiel al recuerdo de Carolina. Ninguna mujer fue capaz de amenazar su recuerdo; ninguna mujer, excepto Diani Álvarez y sus caderas danzando al ritmo de Shakira.

No entré al local esa tarde.

No quería interrumpir el baile, aunque todavía no sé si realmente ocurrió. Diani Álvarez no cambió nada, era la misma adolescente. El paso de dos o tres vehículos hizo el efecto visual de una película avanzando a cortes violentos. Diani bailaba en el centro del local, de repente lo hacía junto al mostrador; luego desapareció, justo cuando Shakira apagaba su voz como si agonizase después de un orgasmo. Al rato se asomó de nuevo, apareciendo desde atrás de una puerta.

Me pareció verla mirándome, yo estaba del otro lado de la calle. Levanté mi mano en señal de un saludo, no fui correspondido. Quizás solo miraba hacia el vacío, mientras pensaba quién sabe en qué. Yo sí pensaba en ella. Por un instante pensé en cómo me veía saludando desde lejos a nadie, tal vez como un tonto. No quise mirar a los lados, no quise descubrir si alguien me veía como un tipo ridículo agitando la mano en señal de un hola no respondido. Como alguien no visto, ignorado, irreconocible ante los ojos de una Diani cuya adolescencia jamás se fue. La mía sí. Se fue con ella aquella tarde de julio.

La sentencia pronunciada por una mujer

Diani me esperó detrás del mural del Padre Rufino. Como todas las tardes, el Padre tenía sus lentes puestos y su sotana negra, o más bien pálida; se la pintarían unos meses después, y yo lloraría frente a él y su sotana recién pintada. «Todo ha sido lindo, Miguel», me dijo Diani. Con el pasar de los años, me avergonzaría del adjetivo con el cual ella definió nuestra relación, y querría olvidarla. No por resentimiento, simplemente por vergüenza. Pero no podría, porque  Diani Alvarez es inolvidable. No podría olvidar su sonrisa bonita y pícara, su mirada inocente, como si cargase el origen dentro de su alma; no podría olvidar su voz, cuyo sonido despertaba algo en mí, como un río descubriéndose de repente contenido en algún cause, y negándose a quedarse entre los límites.

«Todo ha sido lindo, Miguel», dijo Diani y yo no sospeché cómo acabaría aquella frase.

Los padres de Diani se divorciaban. Decidieron vender la casa del pueblo. La señora se quedaría con las hijas y se mudaría a la ciudad. La escuché contarme, «Pero todavía no te vas…», dije y ella me interrumpió, «…Es mejor dejarlo ya, ¿para qué posponer lo inevitable?».

Inevitable es recordarte, Diani Álvarez. Inevitable es recordar la tarde cuando llegué al pueblo malhumorado porque yo no quería vivir allí, pero mi madre insistió en huir. Fuiste la primera niña a quien vi en el pueblo. Inevitable es recordar tus ojos curiosos viendo el camión de mudanzas pasar frente a tu casa. Yo me quedé mirándote, tú seguiste el camión con tu mirada, el camión giró a la izquierda y ya no estabas. Inevitable es recordar la noche cuando te reconocí danzando en el escenario de la Plaza de las Banderas, donde te vería danzar cada 13 de junio. Inevitable es recordar aquella noche cuando, dos años después de la tarde de mi llegada al pueblo, me atreví a acercarme y tú disimulaste. No me reconociste, eso me hiciste creer, para confesarme, semanas después, «…Yo me quedé mirando el camión donde llegaste al pueblo».

«Algo podemos hacer…», dije y me interrumpió para repetir «Todo ha sido lindo, Miguel». Se negó a cualquier posibilidad, no perdía a su padre, quien se iba de su casa para vivir con otra mujer, perdía la fe en todo; y allí, frente al mural del Padre Rufino, un hombre de fe, Diani Álvarez mató mi fe.

Llegué a la ciudad con mi mirada cansada.

En el pueblo intenté encontrar a mi madre en cada rincón, con su pañuelo en la cabeza, con sus manos benditas arrugadas, con su sonrisa; antes de su muerte no noté su sonrisa.

Después de su muerte no pude encontrarla. La busqué, su sonrisa sonaba en mi mente, como deben sonar los fantasmas cuando aparecen, pero ella nunca apareció. Y dolía su sonrisa. Porque su ausencia se rellenó con los recuerdos de las noches cuando me asomaba a su habitación, antes de llegar a este pueblo, y la encontraba llorando. No me atreví a acercarme a ella esas noches, lo lamenté cuando no pude encontrarla más.

Con la muerte de mi madre, el pueblo se hizo denso. Quería encontrarla y no podía; deseaba al menos encontrar a Diani Álvarez para decirle cuánto me dolía mi madre y su sonrisa,  cuánto me arrepentía por la falta de coraje durante mi niñez, por no atreverme a cruzar la puerta de la habitación y abrazarla. Y la busqué a ella también, a Diani, detrás del mural. Recostando mi espalda sobre el retrato del Padre Rufino, la esperé algunos jueves a las dos de la tarde.

Un trece de junio me quedé mirando el escenario de la Plaza de las Banderas, deseé ver su cuerpo danzando, su mirada pícara, su sonrisa bonita, su cabello esparciéndose a todas direcciones con ritmo propio. Ella no apareció.

Lo supe esa tarde: debía huir, debía huir o moriría, debía huir para morir.

Mi mirada, cansada. Mi voluntad, derrotada. El sabor de la vida, amargo. La oscuridad, apropiada. El amanecer, inoportuno. Los sueños, indiferentes.

La ciudad me estorbaba tanto como el pueblo. Los recuerdos de Diani comenzaron a avergonzarme, los de mi madre me dolían. A Diani pude enterrarla, a mi madre jamás.

Y conocí a Carolina. En su sonrisa encontré a mi madre. Dejó de doler mi madre.

Ella le dio reposo a mi mirada, restauró mi voluntad; encontré otra vez el sabor dulce de la vida, el mismo sabor de los cepillados con los cuales mi madre y yo disimulamos haber olvidado a mi padre. La oscuridad continuó siendo apropiada, para disfrutarla con Carolina. Sus caricias me redimieron de las noches muy oscuras transcurridas en llantos y lamentos. El amanecer se volvió oportuno, para comenzar con ella un nuevo día, para reencontrarnos, redescubrirnos. Los sueños comenzaron a importar, apuntaron hacia el futuro; un futuro compartido, bonito, digno de cada amanecer.

La ciudad se hizo escenario de una gran historia, mi historia y la de Carolina, la chica de mi juventud, la chica de mi edad adulta, la chica de la víspera de mis treinta. Pero no la de mis treinta, porque ella creyó descubrir un mejor futuro sin mí, porque qué carajo iba a hacer con un hombre incapaz de culminar un solo proyecto en su vida, sí, «Dime, Miguel, qué carajo voy a hacer con un hombre incapaz de culminar un solo proyecto en su vida, qué carajo, Miguel…». Descubrió atormentador mi silencio, sí, «No me dices nada Miguel, no hablas conmigo». Descubrió la desventaja de tener a su lado a alguien cuyo carácter explota repentinamente, sí, «No entiendo tu carácter, Miguel, no entiendo tus cambios de humor, esos cambios inesperados, eres como diez hombres distintos, Miguel, eso pienso a veces». Y yo solo la miraba, la miraba sin ningún pensamiento al cual aferrarme, la miraba en silencio y entonces pronunció la sentencia, sí, « Morirás solo, sin nadie, insatisfecho». Y apareció Diani en mi memoria.

Fue mi rutina durante un año.

Al menos tres veces a la semana iba al Centro Cívico, caminaba por la calle Bolívar, me detenía unos minutos frente al local, del otro lado de la calle, y me quedaba observando a Diani Álvarez. Siempre en distintos horarios.

Ella llegaba a las siete de la mañana, entraba al local, se sentaba detrás del mostrador con su celular en las manos. A veces la veía reír, como si hubiese alguien junto a ella con quien compartía su risa. Luego se levantaba, le echaba un vistazo a los maniquís, les cambiaba alguna prenda y encendía el neón de Abierto.

Durante el mediodía no cerraba la tienda, el neón se mantenía encendido; Diani comía allí, atenta a la llegada de los clientes. Tomaba agua constantemente mientras comía, como queriendo todavía engordar. A veces sacaba el almuerzo del microondas, otras veces llegaba un Daewoo Cielo color verde, con aviso de Taxi, de donde bajaba un muchacho moreno de unos veinticinco años y le entregaba una pizza, o una hamburguesa de McDonald’s y un refresco, esto ocurría solo una o dos veces al mes.

Los lunes, miércoles y viernes, Diani se vestía deportiva, cerraba a las cinco de la tarde, una hora antes de lo anunciado en el horario grabado en el vidrio de la puerta, y se iba al gimnasio, a cien metros del local.

Nunca vi señales de un novio u esposo, de hijos o de sobrinos. Sus hermanas no aparecieron durante ese año, tampoco su madre o su padre. Parecía una chica solitaria, aunque feliz.

Durante ese año despertaron todos mis recuerdos. Alicia, la amiga con quien eventualmente me encontraba en el pueblo para dejar escapar mis lamentos después de la partida de Diani, y antes de la muerte de mi madre, me había dicho «Ella fue tu primer amor, incluso cuando aparentemente logres olvidarla, recordarás el primer beso, el primer obsequio, la primera discusión…». Sentencia cumplida.

Me quedaba parado frente al local, como si estuviese esperando a alguien; miraba el reloj eventualmente, como quien está desesperado y cansado de esperar.

Del otro lado de la calle recordé el primer beso, el primer obsequio, la primera discusión.

Después de reconocerla danzando en el escenario de la Plaza de las Banderas, la veía a cada instante en los pasillos del liceo. La perseguí con la mirada, la seguí otras veces. Finalmente, una mañana de julio, ella se detuvo y volteó hacia mí, me quedé paralizado, me sentí descubierto. Ella solo me sonrió, volvió a mirar hacia el frente y continuó caminando. Dos días después estábamos hablando solos en el salón durante el recreo. Fue ella quien me besó por primera vez.

Sus labios dulces. Su respiración quieta. Sus ojos cerrados. La pasión de una chica amante de la danza y el escenario. Sus manos tomando las mías y llevándolas a su cintura. Su sonrisa bonita después del beso, de los besos. Su voz, susurrándome al oído «Vamos a escaparnos hoy de Matemáticas» y yo afirmando con mi voz ahogada y mi respiración agitada.

«La feria de San Antonio también fue una idea del Padre Rufino», me dijo una tarde después de besarnos de espaldas al retrato del Padre, por primera vez me hice consciente del retrato y sentí vergüenza.

La sentencia pronunciada por una mujer

«Me gusta bailar salsa», me dijo otro día en el patio de su casa mientras sonaba Una fan enamorada, desde el equipo de su sala. Se levantó de la silla y comenzó a bailar, «Sueño con ir a un concierto de Servando y Florentino», dijo bailando. Ese día supe cuál sería mi primer obsequio para ella. Un mes después llegué al liceo con un cassette de Muchacho Solitario, el segundo álbum de estudio de los hermanos Primera.

La mañana cuando le entregué el cassette envuelto en papel de regalo, me quedé mirándola mientras lo destapaba. Su rostro se iluminó, miró hacia los lados y me abrazó. Quise vaciar su mirada en una botella y llevármela conmigo para siempre, envolver su sonrisa con los restos del papel rasgado por sus manos y conservarla. El obsequio me hizo merecedor de un abrazo y una sesión de besos; por supuesto, el Padre Rufino fue testigo.

Una semana después ocurrió nuestra primera discusión, llegué a su casa y me recibió con un abrazo, sentí temor porque su madre podría observarnos. Ella leyó el temor en mi cuerpo, «No seas tonto, mamá no está en casa». Unos minutos después estábamos en el patio, debajo de los naranjales, ella encendió su equipo de sonido y Florentino Primera comenzó a cantar, me extendió su mano, quería bailar conmigo, pero yo no sabía bailar, todavía no lo sé. No quise admitirlo, tan solo dije «No quiero bailar», ella se molestó, discutimos, me fui. Durante tres días no nos hablamos, me salvó un examen de Geografía, Diani me pasó su hoja de examen tan pronto la profesora Débora se descuidó y respondí sus preguntas.

Un año transcurrió y entonces me di cuenta, debía atravesar la puerta y pararme frente a ella, me reconocería, me abrazaría, reiríamos recordando.

Esperé hasta el 13 de junio.

Quería provocar nuestro encuentro de la manera más perfecta posible. De haber podido, habría puesto a sonar a Servando y Florentino en el local del otro lado de la calle. Así, cuando estuviese entrando, el canto de los hermanos Primera hubiera anunciado mi entrada. Tampoco pude esperar hasta las ocho de la noche, la hora acostumbrada para los números de danza el día de San Antonio en la feria del pueblo. El 13 de junio ella cerraría a las cinco de la tarde para ir al gimnasio.

Ese día me levanté temprano. Revisé las redes sociales. Llevaba un año siguiendo a Diani Álvarez en sus redes sociales. Busqué en YouTube las canciones de Fan enamorada y Muchacho solitario. Las hice sonar una y otra vez durante al menos tres horas, mientras revisaba el Facebook e Instagram.

Diani despertó a las cinco de la mañana producto de una pesadilla. Eso decía la leyenda de una fotografía capturando una extraña sombra producida por la luz de su mesita de noche. La foto la publicó en el Instagram, desde donde la compartió al Facebook. Vi la foto a las siete de la mañana, cuando ya tenía treinta y seis likes en Instagram y doce en Facebook. A las ocho publicó otra fotografía, “Estoy lista para la jornada, hoy trabajo y Gym”. Me pregunté si ella recordaría la feria de San Antonio. Sus redes sociales no daban señales de ello.

A las dos, un nudo se apretó en mi estómago. Mis piernas se paralizaron y me dificultaron dar los pasos proyectados por mi mente. Desde aquella tarde, cuando vi a Diani por primera vez, no pude cruzar la calle y caminar por el lado donde se encuentra su local. Me armé de valentía, miré el reloj y levanté mi mirada de nuevo. Diani Álvarez tomó el celular y apuntó a su rostro sonriente, disparó una selfie. Detuve la intención de cruzar la calle y saqué mi celular para mirar en sus redes sociales. “Hoy es un gran día, lo mejor siempre está por llegar”, decía la leyenda de la fotografía mostrando su rostro hermoso, su mirada bonita. La fotografía me retrasó una hora. Decidí caminar hacia La fuente, la heladería en el Centro Cívico. Me comí un helado. Me levanté decidido. Caminé por el lado donde está el local, y cuando me hice consciente mi mano izquierda abría la puerta y mi pie derecho entraba en el local.

Lo juro por Dios, escuché la voz de Servando gritando desde el otro lado de la calle, «…Imaginé que me amabas, más allá del mismo amor».

La puerta se cerró tras mis pasos. El sonido llamó la atención de una señora, una cliente, quien miró hacia atrás y me sonrió. El rostro de Diani Álvarez se asomó a un lado de la señora. Ese era mi momento, nuestro momento. Justo allí Diani abriría sus ojos sorprendida, como si encontrase el cassette de los hermanos Primera al rasgar el papel de regalo; correría hacia mí, me abrazaría, me daría un beso. La señora se quedaría asombrada, pero disfrutaría ser testigo del encuentro, incapaz de interrumpirnos se iría y más tarde le estaría contando lo sucedido a su esposo.

«Un segundo por favor, ya le atiendo», eso fue lo dicho por Diani.

Su voz, doce años después, todavía despertaba en mí como un río descubriéndose de repente contenido en algún cause, negándose a quedarse entre los límites. Ella seguía siendo aquella flaca lindísima, su rostro conservaba la adolescencia con la cual me enamoró. Y yo, yo no. Vi mi rostro reflejado en el espejo detrás del mostrador, no quedaban ni rastros de mi adolescencia.

Le di la espalda al mostrador, abrí la puerta de nuevo y salí del local.

No fue en ese instante cuando recordé la sentencia de Diani Álvarez.

Por un momento pensé en Carolina. No pensé en su sonrisa, donde encontré una vez más a mi madre. No pensé en los años buenos, pensé en aquella noche cuando, con sus ojos de fuego y el odio encendido en sus labios, me dijo «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho». Mi mano izquierda abría la puerta para salir. Hay un poder profético en la sentencia pronunciada por una mujer. Diani Álvarez no me salvaría de la sentencia de Carolina.

Regresé a casa derrotado.

Mi mente inquieta. Quería olvidarla de nuevo. La noche se asomó y con ella las palabras de Diani Álvarez, su sentencia, «Si bebes agua del Cardón, no olvidarás jamás este pueblo, volverás aquí».

No tenía escapatoria, debía volver al pueblo por mi cuenta o su sentencia me traería. Cinco meses han pasado. Aquí estoy. Frente a este arroyo. Frente al Cardón. No debí tomar de estas aguas ese día.

 

Por Gusmar Carleix Sosa Crespo | @gusmarsosa

*Este relato recibió mención honorífica en la XII edición del Premio de Cuentos Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores (2017).

#MemoriasDeLaRevolución: Memoria de mis tristes prepagos

La revolución llegó y dijo ¡Ha muerto la Cuarta República, hoy comienza la historia de la Quinta! Prometieron independencia, soberanía nacional, poder popular. La revolución cumplió su mayoría de edad. Su niñez fue violenta, su adolescencia violenta y cuando cruzó el umbral hacia la adultez, ¿qué cualidad la empezó a caracterizar?

Han surgido criaturas que antes no existieron. Una de ellas son los “pranes”. Los mandamases en las cárceles, jefes del crimen organizado. Desde las celdas controlan las ciudades, ordenan secuestros, extorsiones, asaltos; todos lo saben, pero nadie denuncia nada. La Quinta ha dado independencia y soberanía a la delincuencia. Pero un momento, no pretendo hacer un ensayo.

Virginia Mendoza nació con la revolución. Ella es parte del nuevo hombre, el prototipo humano que la revolución ha prometido como protagonista del renacimiento de una sociedad más consciente de su condición colectiva. Nació en el seno de una familia humilde, que vive en una zona rural. Su niñez fue violenta; su padre murió víctima de la delincuencia cuando ella tenía siete años. Su adolescencia fue violenta; cuando tenía trece años hubo una fuga de la cárcel de la ciudad más cercana a la zona, los prófugos decidieron esconderse en el área rural unos días: una noche, uno de ellos se metió en su casa, golpeó a su madre y a ella, se llevó algunas cosas, dejándole la frustración de saberse indefensa. A los diecisiete se cansó de ser víctima y se convirtió en una prepago al servicio exclusivo del pran de la cárcel de la ciudad. Una de tantas prepagos.

Los pranes, por increíble que parezca, pueden salir algunas noches de la cárcel e incluso llevan consigo dos o tres policías como escoltas. En sus salidas clandestinas suelen visitar algún bar, reunirse con familiares o pasarla en un hotel con una o varias de las chicas llamadas prepagos, cuya obligación es ofrecerles placer sexual.

Para Virginia no fue fácil, pero era eso o resignarse a pasar la vida comiendo sobras de la basura, hacia allí la llevaba el destino. Una amiga le habló de los servicios como prostituta en la cárcel de la ciudad. Le aseguró que el pago valía el riesgo y esfuerzo, podría adaptarse rápidamente. Si lograba pegar con el pran no solamente tendría buen billete, también protección.

Tomó la decisión y en seis meses ya era propiedad exclusiva del pran. Mientras el país se hundía en crisis financiera, Virginia disfrutaba de alimentos en abundancia, buenos teléfonos, buena ropa; no solo se ayudó a sí misma y a su madre, eventualmente se solidarizó con algunos vecinos, quienes comentaban en susurros las sospechas sobre Virginia, sin ofenderla porque estaban conscientes de que la muchacha que no tuvo una vida fácil vio una oportunidad y la aprovechó.

Aunque las fuerzas policiales no son una amenaza para los pranes, corren el peligro de la competencia. Siempre hay otros delincuentes que quieren el control. Los medios de comunicación del país no dicen nada al respecto, pero han ocurrido enfrentamientos con decenas de muertos en la guerra desde la cárcel por el control del crimen.

La prensa no publicó lo que sucedió esa noche. El pran de la cárcel Uribana mandó a buscar a Virginia y a tres chicas más. Salió a la una de la mañana escoltado por tres policías y dos reclusos. Se reuniría con una banda que se dedicaba a robar autos para luego pasar un par de horas en un motel. Fue interceptado en el punto de reunión, desde la misma cárcel uno de los que aspiraba a tomar su lugar organizó el golpe. En el enfrentamiento murieron cuatro mujeres, los dos secuaces, el pran, uno de los policías y dos de la banda que ejecutó el golpe.

Los periódicos, al día siguiente o a los dos días, reseñaron que gracias a un trabajo de inteligencia las fuerzas de seguridad lograron capturar a tres reclusos que se fugaron en la medianoche, y desmantelaron una banda de delincuentes que se dedicaba al robo de vehículos en la ciudad, conformada por cuatro jovencitas y dos hombres de casi cuarenta años de edad. En el enfrentamiento, decían las reseñas, resultó muerto un policía.

Esta es la Quinta República.

 

 

Por Gusmar Carleix Sosa | @gusmarsosa

*Algunos datos fueron cambiados por seguridad.

La borra

Adolfo Franco tiene veinticinco años trabajando en el tráfico. Comenzó como avance de la línea de Corito en 1990, el mismo año de su fundación, «cuando Corito era una línea decente, con socios realmente interesados en prestar un buen servicio», dicho por él. Por su responsabilidad y compromiso, ascendió entre los avances. Fue uno de los promotores de la construcción del terminal privado de la línea, ante la negativa de la alcaldía de permitirles estacionar en el terminal del Centro Cívico. Uno de los socios decidió financiarle un vehículo y hacerlo parte de los choferes fijos. Su historia, como la de otros hombres y mujeres de Cabimas, justifica la naturaleza de la ciudad cenicienta. Y aunque la historia de su ascenso y progreso es interesante, no es lo principal en este relato. Pero no puedo obviar sus años como chofer de por puesto, pues lo relatado por Adolfo Franco tiene raíces en su ir y venir por la Intercomunal, la avenida Cabillas y el Casco Central de la ciudad.

Antes de chofer fue mecánico, ayudante de su padre en el Taller de los Franco. El taller, ahora extinto, tenía fama por los costos solidarios y la franqueza de sus trabajadores, cualidad esperada por el apellido portado. Era un negocio familiar, pero Adolfo no tenía puestas sus esperanzas allí. A decir verdad, le molestaba pasar el día hediondo a grasa mecánica y curtido; la braga azul con franjas rojas no era la clase de uniforme deseado cuando niño, y ya de 18 años lo sabía: un traje de astronauta no le serviría para mucho, porque no podría ser un astronauta. Sin embargo, le tomó diez años más abandonar la braga y convertirse en chofer.

El menor entre seis hermanos y dos hermanas. Adolfito, La borra. Así lo llamaron siempre en el negocio y en su casa; para completar, el Taller de los Franco funcionaba en el patio de la casa. La borra fue el nieto toñeco de doña Josefina Cáceres, quien murió de ciento dos años; aunque Adolfo me confesó la trampa de su abuela al aceptar el título de la mujer más anciana de la ciudad en el año 2006, el mismo año de su muerte. En realidad tenía noventa y nueve, un error en su cédula de identidad la mantuvo siempre tres años adelantada en la vida.

Como ayudante de mecánica conoció a muchos choferes de tránsito, y olvidando por completo el traje de astronauta soñó con manejar por las calles de la ciudad destinada al desarrollo y adelanto tras el reventón del Barroso. «Todavía esperamos el desarrollo y adelanto», dice Adolfo cuando recuerda la emoción de la abuela al hablar del reventón de 1922 y de las promesas del General Eleazar López Contreras en su histórica visita a Cabimas en 1937, por motivo de la huelga petrolera del treinta y seis.

El reventón originó la migración de familias falconianas, esperanzadas en encontrar fortuna en una ciudad petrolera, esa movilización dio origen al sector Corito y posibilitó el nacimiento de Adolfo entre los hijos de la ciudad cenicienta, pues con los inmigrantes llegó doña Josefina. Dos años después nació Chiquinquirá Gutiérrez Cáceres, quien dio a luz a Adolfito en 1962, a sus 38 años, siendo su padre de 41. La edad tardía de su alumbramiento, condenó a Adolfito al apodo de La borra; «mis hermanos bromeaban diciendo “papá soltó sus últimos tiros” y me comparaban con la borra del café, tú sabes, lo asentado ya descolorado y sin sabor», decía Adolfo.

«Sin el reventón del Barroso no nacería yo, no nacería Corito y por lo tanto tampoco esa línea de por puestos; aun de haber nacido, sin el reventón nunca sería chofer». Así concluyó Adolfo Franco uno de sus relatos.

Desde hace dos meses cuento con su servicio. Mi esposa sufrió dolores en plena madrugada, llamé a Taxi Sabana Grande para pedir un taxi y enviaron a Adolfo. Los ocho meses de embarazo habían sido dificultosos. Adolfo nos preguntó si era nuestro primer hijo y mi respuesta fue un seco sí. No tenía ánimo de conversar, estaba nervioso y temeroso por los dolores de Julia. El chófer del taxi alivió la tensión con un par de historias personales, cuando llegamos al hospital le pedí su número de teléfono para llamarlo al regreso.

Durante nueve años manejó un LTD blanco, con el casco de Corito sobre el techo. Conoció a Marta, su esposa, manejando el LTD. Y en 1922 se casó. «Ya ves, mi sueño de chofer me llevó al matrimonio». No perdió tiempo para enfatizar.

En 1988 se inauguró el Conjunto Residencial Gran Sabana. Un circuito de edificios con lujosos apartamentos. Su construcción se había truncado en 1983 por la bancarrota del Banco de los Trabajadores de Venezuela (BTV), luego del viernes negro. Once años después de su inauguración, se fundó Taxi Gran Sabana. «Sin la inauguración de Gran Sabana, no existiría la agencia de taxi donde trabajo, y nunca te habría prestado mi servicio». Y el conjunto residencial existe porque en 1948 algunas familias decidieron mudarse al sector bautizado como Delicias Nueva, donde cuarenta años después se construirían los edificios.

Fue uno de los socios fundadores de Taxi Gran Sabana. Vendió su LTD blanco junto con el cupo de Corito. «Ya no vale la pena trabajar en esa línea, han perdido sentido de pertenencia y no les importa ofrecer un servicio de calidad». Compró un Daewoo Cielo, color verde. De sus veinticinco años en el tráfico, lleva dieciséis como chofer de taxi de la agencia donde es socio.

Durante veintidós años, incluso ya desesperanzado, Adolfo quiso tener un hijo. De todos sus hermanos y hermanas, era el único sin descendencia. «Mis hermanos tenían razón, mi padre me engendró ya sin fuerzas, no puedo tener un hijo por ser La borra», pensaba a veces.  Y en enero, del año 2014, con 53 años de edad, recibió la noticia del embarazo de su esposa. Marta tenía 42 años. «Me sentía como Abraham, tú sabes, el de la Biblia; quien tuvo a su hijo después de los cien», me dijo riendo a carcajadas. Me pregunté constantemente cómo un hombre con tanta cultura y conocimiento es un simple chofer. Pero en dos meses lo he comprendido, no hay simpleza en ningún oficio asumido con pasión.

La alegría se disipó muy pronto. La criatura en gestación presentaba ciertas deformidades alarmantes. Aparentemente sus extremidades eran abundantes, cuatro piernas y tres manos se formaban. «Fue irónico, en 22 mis espermas no tuvieron la fuerza suficiente para engendrar, y ahora tenía un hijo con dos piernas y una mano de más».

Marzo del 2014 fue tormentoso. La doctora, con amabilidad, sugirió la interrupción del embarazo cuando aún había tiempo. Si aceptaban y lo interrumpían, no volverían a recuperar una oportunidad como esa. Si rechazaban la sugerencia y decidían tener el bebé, se enfrentaban con el dilema de traer al mundo un niño sin la posibilidad de una vida normal ni la fuerza de ellos, escapada con el advenimiento de la vejez ya a la puerta, para ayudarlo a sobrevivir.

«La doctora nos dio un par de semanas para pensarlo, nosotros decidimos mantener todo en secreto; no quisimos voces externas coaccionándonos a tomar una decisión sobre un hecho trascendental para nosotros». La voz de Adolfo se quebró mientras avanzaba el relato. Busqué en el auto algún indicio de un niño en su vida, una fotografía o juguete, para adelantarme a conocer  la decisión tomada. Pero no vi nada.

El problema nunca fue moral. A pesar de su teísmo, su costumbre de asistir a misa y sus constantes paráfrasis de versos bíblicos y versiones de relatos de la Biblia, Adolfo nunca se dejó llevar por creencias religiosas al momento de una decisión. «Dios nos ha dado el sentido común, no debemos ser rígidos con nuestras creencias», dijo Adolfo. Pero no podía evitar la influencia de sus emociones sobre su sentido común. Constantemente pensaba que su propio nacimiento también pudo ser truncado. Su madre lo había dado a luz a una edad avanzada. Alrededor de su formación en el vientre hubo mitos de deformaciones, también de retrasos, dificultades para hablar y tantas cosas más. Sin embargo, su niño no enfrentaba mitos. Se trataba de pruebas concretas, de la ciencia profetizando.

Marta sentía temor de fallar como madre y no ser capaz de criar un niño con condiciones especiales y prepararlo para la vida. Al mismo tiempo le inquietaba no ser sincera consigo misma y escudarse tras esos temores para no aceptar la responsabilidad de ser madre.

La pareja no esperó un milagro. Sus oraciones se centraron en pedir dirección para tomar la decisión correcta y tener fortaleza de asumir las consecuencias de la decisión tomada. Adolfo no dejaba de pensarlo. «Tal vez los mitos fueron ciertos, y mi alumbramiento tardío me dificultó formar una familia, una familia completa, con hijos». En el 2014 ya se habían acostumbrado a la compañía exclusiva del otro, se habían resignado a ser tíos, padrino, madrina. Los primeros días de enero, significaron un cambio violento en la concepción de sí mismos. Ahora podrían ser papá y mamá, y un día abuelo y abuela. Durante dos meses soñaron con darle la bendición al hijo o la hija. Se precipitaron a preparar el cuarto del bebé o la beba. Se atrevieron a soñar. Ahora todo se les había arrebatado.

Prolongaron la decisión, querían estar seguros. Decidieron someterse a otra ecografía y otra, y otra más. Llegó el mes de abril, mayo. Se terminó mayo, llegó junio. Julio. La agonía no disminuía, las extremidades iban creciendo y haciéndose cada vez más claras e irrefutables. «Decidimos no abortar». Para finales de julio, Marta y Adolfo, esperaban un milagro. Ninguno era capaz de confesárselo al otro, pero lo esperaban.

La segunda semana de agosto, una ecografía arrojó luz sobre el diagnóstico. Lo observado hasta el momento como un niño deforme, no era si quiera un niño. Eran dos. Detrás del niño, siempre presente en las ecografías, se escondía una niña. Las otras dos piernas eran suyas, de la niña se observaba un brazo porque el otro estaba alrededor del niño abrazándolo. El sexo del niño era notorio, pero la posición de la niña escondida no permitía deducir su existencia. «Si en vez de una niña, hubiese sido otro niño, la noticia habría sido un niño con cuatro piernas, tres manos y dos penes», me dijo Adolfo riendo a carcajadas.

A mediados de septiembre, Adolfo y Marta recibieron su niño y su niña. Y en agosto de este año, Adolfo nos llevaba a Julia y a mí al hospital, para el nacimiento de mi primer hijo.

 

Por Gusmar Carleix Sosa Crespo  | @gusmarsosa

*Esta historia fue la ganadora del concurso de crónica de Seguros Caracas, en 2015