Abierta la cacería de las universidades libres

Por Hasler Iglesias – @HaslerIglesias

Foto: El universitario

Nuestras casas de estudio son instituciones de futuro, donde se hornean los proyectos que nos permitirán tener una sociedad más humana, más amable y con menos problemas. Para cualquiera, esta descripción bastaría para ofrecerles a las universidades las condiciones para crecer y ampliar cada día más su rango de acción; para que en sus aulas quepan todos, los hijos de los campesinos y también los de los empresarios; para que en sus laboratorios se consigan las curas de las enfermedades que nos azotan; para que sus proyectos tecnológicos generen bienestar y crecimiento a todos los venezolanos.

La realidad en Venezuela es que el responsable de garantizar educación universal, pública, gratuita y de calidad a los jóvenes –el Estado– está echando la partida para atrás. Desde que los niños ingresan a las escuelas se consiguen con una infraestructura a punto de colapsar, con maestros y profesores mal pagados, con dificultades para transportarse, alimentarse y adquirir los uniformes y los materiales. Estas deficiencias se van acentuando a medida que transcurre la vida académica, y en bachillerato se consiguen con que no hay profesores de matemática, física, química o biología. A pesar de todo eso, el sistema los promueve a los niveles superiores, y luego se encuentran con el reto de ingresar a la universidad. Pasan por un proceso de selección al que se enfrentan con grandes deficiencias, pero, aun así, los que finalmente ingresan se vuelven a conseguir con los problemas de los años anteriores: servicios deteriorados, éxodo de profesores, cierre de cátedras y laboratorios, y hasta una inseguridad desbordada. En este ambiente se desarrolla el crecimiento de los profesionales venezolanos, desde preescolar hasta la universidad.

A pesar de que el gobierno maneja una cantidad de recursos gigante, no tiene la voluntad de destinarlos al sistema educativo; no lo hace con el sistema de educación básica y media, que controla, mucho menos lo hace con las universidades plurales, autónomas, libres y democráticas. A nuestras universidades les ha tocado sobrevivir con menos de la mitad de los recursos que necesitan para cada año, viviendo a punta de créditos adicionales asignados a cuentagotas; con una planta profesoral envejecida que hoy percibe menos del sueldo mínimo mensual, sufriendo la crisis económica actual que le impide acceder a insumos básicos para la enseñanza debido a la escasez. Nuestras universidades reciben a miles de estudiantes en unas aulas cada vez más deterioradas, en unas bibliotecas obsoletas, en unos comedores al borde del colapso y sirviendo comidas que no cubren los requerimientos de nadie; en fin, con servicios al borde del cierre. Cierre que, por cierto, podría ocurrir antes de julio de este año en caso de no ser aprobados los recursos para el funcionamiento de nuestras casas de estudio.

Una nueva amenaza viene ahora desde el gobierno nacional, y es la violación de la autonomía por medio de la asignación directa de estudiantes de nuevo ingreso, queriendo despojar a las universidades de su mecanismo de selección. El escenario ideal sería que tuviésemos suficientes universidades para acoger a todos los bachilleres de la república, sin embargo, estamos muy lejos de alcanzar esa situación. Debido a la reducida oferta, se debe garantizar que quienes ingresen sean aquellos con las aptitudes suficientes para iniciar y culminar exitosamente una carrera universitaria, que no es cualquier cosa. Los mecanismos de selección de las universidades no discriminan por condición socio-económica o por ubicación territorial. El joven del Táchira presenta la misma prueba que el de Delta Amacuro, el hijo del millonario presenta la misma prueba que el hijo del desempleado. Las desigualdades no vienen de la universidad, sino de un sistema de educación media pública que no da la talla, que no les otorga a los jóvenes las herramientas suficientes para garantizarse éxitos profesionales.

La lógica del actual gobierno frente a las universidades es la de buscar ahogarlas por todas las vías. La presupuestaria es bien conocida por todos, pero también violan su autonomía y hasta mantienen procesos judiciales en contra de nuestras casas de estudio.

A pesar de todo, nuestras universidades han dado la talla y se mantienen ofreciendo soluciones al país, aunque cada día menos y con mayores dificultades, claro está. En  nuestra UCV se formó y laboró Jacinto Convit, destacado investigador de la salud que descubrió la vacuna contra la lepra y otras cuantas enfermedades. En nuestra UCV se atienden a millones de venezolanos al año en el área de la salud, y también se les presta apoyo psicológico y legal. De nuestra UCV, día tras día, salen jóvenes a las comunidades para generar respuestas a sus problemas y mejorar poco a poco su calidad de vida. La UCV es la universidad venezolana que más investigaciones ha realizado en los últimos años. Nuestra UCV recibe en sus aulas a jóvenes de todos los rincones del país y abre ante ellos un universo de posibilidades e ideas modernas que les permita responder a las necesidades del pueblo venezolano. Esta situación se replica en todas las universidades a lo largo y ancho del territorio nacional.

Si esto es así con tantas crisis que nos aquejan, imaginémonos lo que lograríamos con casas de estudio que estuvieran a la vanguardia de la ciencia y las humanidades a nivel mundial. En estos momentos están arreciando los golpes desde el gobierno hacia las universidades, por todos los frentes y en contra de todo sentido común. Es por ello que se hace necesario quien defienda a la universidad en esta cacería que está arreciando.

No se defiende lo que no se ama, y es por ello que todos debemos aprender a amar a nuestras universidades; hermosos recintos donde las madres ven a sus hijos vestidos de toga y birrete cumpliendo sus sueños. Recintos que cada día les cuesta más ayudar a cumplir sueños y les es más fácil generar desvelos y pesadillas. Sin embargo, debemos convertirnos en embajadores de la universidad digna. Debemos informarnos de todas las capacidades de nuestras casas de estudio y de las amenazas que existen contra ellas y pregonarlas en todas las calles. Ante la cacería que inició el gobierno, todos los venezolanos debemos convertirnos en defensores de las instituciones libres, como lo son las universidades, para evitar que cierren y desaparezca su generación de esperanza.

No permitamos que cuelguen a las universidades venezolanas como un trofeo en la pared de las instituciones arrodilladas al pensamiento único. Mantengamos sus puertas abiertas, recibiendo a jóvenes de todos los pueblos y ciudades, de todos los estratos, de todas las corrientes políticas, formándolos en igualdad de condiciones y ofreciéndoles las herramientas para su crecimiento personal y para el desarrollo del país.

¡Abajo el pesimismo!, por Hasler Iglesias

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