¿De verdad quieres que te diga?

#DomingosDeFicción: ¿De verdad quieres que te diga?

a Víctor Valera Mora y Ángel Gustavo Infante

 

La pequeña pantalla iluminó, al fin, las letras PB. Antes de abrirse las puertas, se escuchaba una pegajosa cancioncita de moda. Cuando se abrieron, de la cabina emergió el galán del piso 12. En cuanto vio a la chica que esperaba afuera, detuvo su concierto en seco.

¡Mi niña, buenísimos días!, paladeó, más que hablar. Te pasas de bella, chica. Pero, ¡mi cielo! Dime un solo defecto tuyo, flaca linda… Líbrame de esta esclavitud de verte perfecta, anda.

Ella esperó, con su mejor mirada de indiferencia, a que él saliera del ascensor. En la relativa seguridad de la cabina, se dio vuelta y, viéndolo a la cara, no pudo reprimir una sonrisa. Él la interpretó como un tímido pero seguro avance hacia el glorioso objetivo de ver sus pantaletas deslizándose por esas piernas morenas.

Animado por el amistoso gesto, permaneció inmóvil frente a ella, como esperando una respuesta, palpándola de arriba a abajo con la vista. Ella, manteniendo su sonrisa divertida, dijo algo que él no alcanzó a escuchar, distraído como estaba en comerle las piernas. Cuando intentó atrapar sus palabras, las puertas del ascensor se llevaron la imagen que lo acompañaría el resto de la mañana.

Luego de verla desaparecer dentro del ascensor, salió del edificio y se enrumbó hacia la parada del Metrobús, examinando las razones por las cuales podía sentirse optimista. La más obvia aunque, a su juicio, no la única, además de esa sonrisa que le acababa de regalar, era que no le conocía hombre. Nadie, excepto los familiares más cercanos, la visita nunca, razonó para animarse. Los padres, cada cierto tiempo; el hermano, cada dos o tres semanas; una que otra amiga… enumeraba satisfecho, caminando por la acera todavía húmeda por la lluvia de la noche anterior, recordando las piernas en esa faldita diminuta con la que nunca antes la había visto.

No quería pensar en nada más para no perderla de vista. En los cinco años que llevaba viviendo allí, esa había sido la mejor postal que le había regalado Santa Mónica. Caminó cerca de tres cuadras con una única imagen y una única certeza: las piernas de la chica del 6-D y esa sonrisa que, estaba convencido, significaba algo. Concluyó que al fin se estaba ablandando, y se relamía con la inminencia de la felicidad por venir.

Eso no pasa de tres semanas, sentenció, y apuró el paso porque el Metrobús se asomaba ya a la avenida.

 

Se estaba quedando dormida en el desorden de unas imágenes lejanas cuando escuchó el chorro de la regadera. Se despertó y tardó un instante en ubicar las circunstancias y en intuir la hora. Al recordar las últimas escenas de la vigilia, se incorporó y recuperó de inmediato el casi imperceptible vaivén que timoneaba sus caderas luego de la larga noche. Estirándose como una gata se preguntó con qué fuerza de voluntad podría alguien levantarse de la cama, luego de ese momento. En eso escuchó sus pasos descalzos y alzó la vista.

Ese caminar apurado y de pies en V lo reconocería hasta en Pekín, se dijo.

¿Tienes que irte ya?, le preguntó, desperezándose en la cama.

Si te digo que ya debería estar en el aeropuerto, ¿qué me dirías?

Ella sonrió y lo haló por un brazo.

Que te quedes acostadito, y así te evitas el embarque.

Eduardo la complació y se acostó a su lado, disfrutando de la tibieza de su cuerpo en contraste con el suyo, que estaba helado. Permanecieron abrazados en silencio, hasta que él, luego de escoger las palabras, le preguntó si de verdad nunca se lo había reprochado.

De los dos, él siempre fue más temeroso, más cauto. La temeridad de ella, en cambio, era el equilibrio perfecto al comedimiento de Eduardo. Así lo veía ella. Él, menos optimista, solía resumir su “equilibrio” en dejar que ella se saliera con la suya.

Valentina apeló al recurso de volverse atrevida, disfrutando de verlo indefenso ante sus arremetidas. Ignorando los pensamientos que rondan los insomnios, el eco de los atardeceres en soledad, las palabras coladas en medio de las películas repetidas de los domingos, le respondió con afectado aire infantil, mientras jugueteaba con un dedo por el pecho de él y su mirada se perdía tras la ventana:

¿Por qué, pues? Tú me quieres… yo te quiero… Te vuelves loco cuando me ves desnuda… Eres de lo más sabroso en la cama…

Pero no imagino la cara que pondrían…

¿Y por qué vienes cuando no están?, le interrumpió, retirándole la mano de su pecho. ¿Por qué llamas antes? Porque nadie imagina la cara que pondrían, papito. Pero esa no es razón suficiente para que no sigas viniendo. De hecho… mírate aquí.

Esto último lo dijo sonriendo, arqueando las cejas y moviendo los hombros, como dando a entender que, por cotidiano, ya era algo natural.

¿No te gusto?, le preguntó al rato, sonriendo por dentro de ver cómo la resolución de él se derretía como un helado a pleno sol.

Quedó acorralado y debía admitirlo. O al menos, guardar silencio. Como siempre, ella se había salido con la suya. De hecho, permanecieron callados un momento. “Mucho”, respondió él, mirando al techo. Ella reinició los mimos, acariciándole alevosamente la pierna con su pie. Él advirtió que volvía a erectarse. Ella se percató y sonrió con malicia. Él trató de defenderse del estado en que ella lo ponía. “¿Sabes que desde que eres carajita he pensado que estás loca?”, quiso decirle, pero recordó que ya se lo había dicho antes.

Y muchas veces.

Eduardo ya se había vestido y Valentina permanecía desnuda sobre la cama, boca abajo, la quijada apoyada sobre sus manos cruzadas, confiada en que esa visión sería irresistible. Cuando él se despidió, ella, sin cambiar la posición, le preguntó:

¿Cuándo vuelves a sorprenderme con tu visita?

Si logro salir siquiera, te llamo en cuanto llegue, respondió, evitando detener la vista en su espalda delgada, en sus piernas morenas, en sus nalgas firmes.

Deja que me ponga algo para bajar a acompañarte, dijo ella, y volvió a estirarse, siempre de espaldas, con alevosa calma.

Le iba a decir que no se molestara, pero sabía que contrariar a Valentina era como pelear con el clima. Ella se terminó de incorporar y, después de buscar durante un buen rato en el clóset, descubrió que tenía toda la ropa sucia.

Se me hace tarde, dijo él viendo el reloj y asomándose a la ventana.

Ya va, chico, dijo ella, y tropezó con una gastada faldita que usaba para estar en casa. Le incomodaba la idea de bajar hasta planta baja “casi desnuda”, pero no tuvo más remedio que ponérsela. Se buscó brevemente en el espejo, se acomodó un mechón rebelde que caía sobre la frente, alisó la falda con las manos y asintió con resignación antes de ir por las llaves.

Abajo se dieron sólo un fraternal abrazo. Ella volvió a sentirse incómoda en ese atuendo tan privado. Saludando a una vecina que pasaba (y que le devolvió una mirada de arriba a abajo), le pidió a Eduardo que la llamara en cuanto le fuese posible.

Trata de divertirte, fue la respuesta de él.

Me llamas, insistió ella, arreglándole el cuello de la camisa.

Él le tomó con delicadeza las manos y les dio un beso rápido a manera de despedida. Ella se quedó observando brevemente su andar nervioso.

 

Al perdérsele de vista, decidió que no saldría esa mañana. Algo triste que no terminaba de desgajarsele bajaba por el pecho. Y aunque no era la primera vez, nunca se acostumbraba a esas despedidas. Subiría y se tumbaría de nuevo en la cama. Quizá retomaría la lectura con la cual lo esperó, luego de su inesperada llamada. Dormir siempre es la solución para lo que no tiene solución, se dijo. Al despertarse estaría de mejor humor para buscar qué comer, afirmó apurando el paso, porque la incomodidad de estar en planta baja tan ligera de ropa la asaltó de nuevo.

Presionó el botón del ascensor y observó que la pantalla se mantenía impasible iluminando el piso doce. Alborotados sus pudores, la sola idea de que alguien llegara le acrecentaba la inquietud. Como si pudiese echar a andar el aparato con ese gesto inútil, presionó el botón nuevamente, esta vez con más fuerza. Echó una mirada hacia la entrada del edificio y pensó en la incómoda ambigüedad que suponía la planta baja, que no era la casa ni la calle.

Y el ascensor seguía inerte iluminando el doce.

Valentina alternaba su mirada entre la entrada del edificio y la pantalla del ascensor, hasta que vio iniciar la cuenta regresiva en la pantalla. Ahora sólo deseaba que llegase vacío. No estaba de ánimo para saludar a nadie.

Al ver que ya marcaba el ocho, se distrajo pensando en las sábanas revueltas que la esperaban, en el cuarto con las cortinas corridas, en los olores escondidos que saltan de los rincones de esas sábanas que ya estaban frías, en hacer un breve inventario mental de la nevera. Lo primero que haría sería desnudarse para disfrutar, en la cama, de la melancólica compañía de su ausencia.

La imagen de las manos de Eduardo acariciándola le hizo sentir un cosquilleo en el vientre. Nunca dejaría de asombrarle ese rito de buscar a alguien con quien morderse y lamerse con desespero, ni por qué nunca se agotan las ganas, ni qué mecanismos privan en la selección de ese alguien. Concluyó que el sexo es sólo una herramienta inocente y amoral para obtener afecto. Eso siempre lo justifica, concluyó en el momento en que el ruido del ascensor, precedido por una voz desafinando una cancioncita de Luis Miguel que ella odiaba, la sacó de sus pensamientos.

Cuando se abrió la puerta, apareció el latoso del 12 (el indiscutible número uno en la lista de antipatías personales de Valentina). Precisamente él. Y precisamente cuando se había permitido bajar con esa falda tan diminuta. ¿Tenía que ser él? ¿Y con esta faldita?, se preguntó contrariada, aunque reprimió cualquier gesto. Estaba convencida de que, ante tipos como ese, demostrarles cuánto la ponían de mal humor era darles poder.

Por supuesto, al galán se le iluminó el rostro. Por supuesto, le miraba las piernas como un perro callejero ve la vitrina de la carnicería. Por supuesto, le salió con una de las que ya la tenía acostumbrada: que cuál era su defecto, que él la veía perfecta y otras frases manidas que él suponía originales.

Ella no supo si fue porque de repente sonrió que él se quedó esperando una respuesta, pero sí sabía que no le iba a decir lo que le pasó por la mente. Era tan disparatado que no pudo reprimir la sonrisa. Se limitó, entonces, a preguntarle con picardía, con repentino ánimo de pasar a la ofensiva, de neutralizarlo definitivamente:

¿Un defecto? ¿De verdad quieres que te diga?

Y aunque no imaginó qué iba a hacer si el galán insistía o intentaba entrar con ella al ascensor, no tuvo necesidad de más nada porque la puerta se cerró, dejando tras de sí al tipo con su pose, esperando alguna clave que, él suponía, ella iba a suministrarle para llegar hasta su cuarto.

Iba en el ascensor preguntándose por qué cuando una mujer vive sola los vecinos se ponen su cama como obsesiva meta, pero pronto olvidó el asunto porque no estaba para disquisiciones de esa naturaleza. No en este momento ni con este ánimo, afirmó sacando la llave.

Cuando llegó al apartamento, se fue quitando la ropa camino al cuarto, dejándola regada a su paso. Se tiró desnuda a retozar en la cama, aspirando, con los ojos cerrados, una franela de Eduardo que recogió del piso.

Y, aunque ya no estaba pensando en eso, de pronto le cruzó por la mente la cara del galán del 12, “anda chica, dime un solo defectico tuyo…”.

¿Qué tan amplio será el tipito? ¿Qué tanto soportará?, se preguntó con la franela tapándole el rostro. Y luego, dirigiéndose a él imaginariamente: ¿Ser amante de mi hermano califica como defecto? Tú no eres moralista, ¿o sí?

Sonrió sin abrir los ojos, y escuchó claramente de la voz de Eduardo:

¿Sabes que desde que eras carajita he pensado que estás loca?

Pero tú me quieres así, le respondió a la soledad de la habitación.

Y quitándose la franela de la cara, agarró nuevamente el libro que estaba leyendo la noche anterior, luego de la llamada de Eduardo. Sonriendo ante las líneas abiertas al azar, recitó para sí:

“Bello cuerpo de mujer / que no fue dócil ni amable ni sabio…”

Por Héctor Torres@hectorres

Una trilogía que muerde

Uno se imagina a Héctor Torres pateando la ciudad, adentrándose en el Metro, como un Clark Kent que disfraza su visión de rayos X: esa capacidad de observar cada situación con la sensibilidad de los que entendieron que si el intelecto no está al servicio de los sentimientos y emociones resulta absolutamente inútil.

Autor de dos libros de cuentos (El amor en tres platos y El regalo de pandora) más una notable novela (La huella del bisonte), fue su primer libro catalogado de no ficción el que desató la popularidad con la que hoy cuenta Héctor, la misma que le ha abierto un importante espacio dentro de la literatura venezolana actual. Caracas muerde era una apuesta peligrosa: un título tan potente podía ser superior a la obra. No fue el caso: las historias que comprenden este bien cuidado volumen suenan con la prolijidad de esas canciones que hablan directo al corazón.

Mientras en ciertos ámbitos se empezó a ver a Héctor Torres como un caracólogo, él siempre reivindica que lo suyo en contar historias. Aunque el tono narrativo se perdió un poco en su siguiente publicación, la que él consideró una precuela a Caracas muerde. En Objetos no declarados, ese aire de voyeour que ve el mundo desde su esquina y lo digiere en silencio adquirió un tono un poco más discursivo. Trató de poner en palabras concretas esos elementos que caracterizan a los venezolanos y que hacen de su identidad algo inconfundible en el extranjero.

Y cuando creíamos que ya todo estaba cerrado, que viviríamos de consumir las sucesivas adaptaciones a Caracas muerde en los múltiples formatos en los que uno se lo pueda imaginar, que el siguiente paso sería la internacionalización, las traducciones o al menos que el libro siguiese encontrando lectores, apareció un nuevo volumen de historias con el que Héctor Torres y Punto Cero (su casa editorial) planean dar cierre a una trilogía que ha sabido hablar a su público.

La vida feroz llegó en uno de los momentos más álgidos de la crisis venezolana, y se ofreció como un compendio de historias de resiliencia, aunque la verdad es que quizá el elemento que une estos relatos de no ficción es la actitud de personajes que empiezan a la deriva y luchan, en una ciudad a veces cálida y con frecuencia hostil, por encontrar su lugar en el confuso caos que los rodea. Algunos, claro, con más éxito que otros.

Pese que ninguno de los últimos dos libros estuvo a la altura del primero, los tres son muestras del talento de uno de los narradores más sólidos que tiene hoy día Venezuela. En ellos se consolida una voz capaz de contar desde improbables historias de amor hasta hechos de una brutalidad ensordecedora, con la melodía de una balada pop que se ocupa de conmover a los lectores para que piensen el mundo desde el corazón.

La trilogía ha sido ponderada con adjetivos tan diversos, con testimonios tan extraños –desde los que afirman que se inundaron de pesadillas hasta lo que dicen que las historias los empujaron a vivir–, que el autor tuvo que concluir en una entrevista que cada quien ve en sus libros lo que lleva dentro de sí.

Si me preguntan (y yo sé que no lo están haciendo) la trilogía en total tiene un aire que se condensa en una frase y un epígrafe. En Caracas muerde se afirma que en esta ciudad, después de todo, se pudiera vivir como en cualquier otra si no fuese por el miedo. Y en La vida feroz, se cita a Will Smith en uno de sus momentos de mayor claridad: “Podrás ser más talentoso que yo, podrás ser más inteligente que yo, pero si los dos nos subimos a una cinta de correr, va a pasar una de dos cosas: o tú te bajas primero o yo me voy a morir”.

Solo con esa actitud se puede alzar la cara en una ciudad que es tan feroz, que muerde.

 

Por Mark Rhodes

Premio Bienal de Novela de Ediciones B recibió más de 140 obras

 

Ediciones B de Venezuela anunció la culminación de la convocatoria  a la primera edición de su Premio Bienal de Novela, para dicho anuncio la editorial recibió más de 140  obras de autores venezolanos residentes, dentro y fuera, del país.

Los escritores Leoncio Barrios y Héctor Torres junto con la casa editorial, dieron origen al premio el cual tiene como objetivo estimular la creación novelística y abrir espacios a los jóvenes escritores que se han acercado a este género.

En esta primera edición del Premio Bienal de Novela, el jurado está compuesto por Norberto José Oliver, Carlos Sandoval y Ricardo Ramírez Requena, quienes evaluarán las obras recibidas. Ell veredicto se anunciará el próximo 26 de septiembre.

Las bases de la convocatoria indicaron que el premio no podrá ser considerado vacío, por tal motivo, el autor ganador recibirá  Bs. 850.000 en efectivo y su novela será publicada por Ediciones B en el país.

La violencia protagoniza la narrativa nacional

Mientras que la narrativa actual venezolana se caracteriza por una crítica a lo que significa ser venezolano, especialistas estiman que la del futuro hablará sobre las colas, “el bachaqueo”, los pranes y las deterioradas condiciones de vida

Por: Jacobo Villalobos – @JacoboV95

Familias que se acaban, separaciones en Maiquetía, asesinatos, policías corruptos, conflictos políticos, violencia doméstica, violaciones, incesto y pedofilia… Esos son algunos de los temas que, teniendo al presente venezolano como fondo, aparecen retratados en una vasta cantidad de relatos literarios nacionales del momento, los cuales son reflejo de la situación actual del país.

Autores como Héctor Torres, Sonia Chocrón, Miguel Gomes, Rodrigo Blanco Calderón, Hensli Rahn Solórzano, Miguel Hidalgo Prince, Raymond Nedeljkovic, entre otros, forman parte de un grupo cada vez más numeroso de escritores que han abordado la crisis nacional. En su literatura, como en la de varios otros, la violencia permea las historias y aparece como un personaje más, lo cual se corresponde a un país cuya capital, Caracas, es la más violenta del mundo, según el informe anual del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal (CCSPJP).

Además de la enorme tasa de homicidios (27.875 muertes violentas para finales del 2015, según estimó el Observatorio Venezolano de Violencia), la crisis venezolana se caracteriza por presentar la inflación más elevada del mundo (141,5% en el 2015, según cifras oficiales emitidas por el Banco Central de Venezuela), escasez de productos alimenticios (41,37% de los 58 productos básicos, según el informe de febrero del CENDAS), una Canasta Básica Familiar que para febrero de este año requería de 18,3 salarios mínimos para su satisfacción, según el mismo informe. También se suman noticias de líderes políticos que han sido acusados de narcotráfico y negocios turbios o fraudulentos, como es el caso de la aparición de varios de éstos en los llamados “Papeles de Panamá”, una investigación periodística global que puso al descubierto el desvío de fondos y evasión fiscal en paraísos fiscales por parte de políticos, personalidades y figuras públicas de diversos países.

La relación entre esta trama nacional y la literatura venezolana contemporánea ha sido analizada por veteranos en la materia, escritores, críticos literarios, profesores universitarios y periodistas, para quienes la crisis nacional “sin duda” es un elemento que compone la narrativa nacional del momento.

El contexto

En una panadería de Caracas, Carlos Sandoval toma un café cuyo precio da cuenta de la compleja situación económica nacional al tiempo que reflexiona sobre la relación que hay entre el contexto de un país y la narrativa que genera. “La narrativa es producto de un momento social, es un modo inconsciente de plasmar una situación”, dice.

Entre las obras recientes de Sandoval se cuenta la antología De qué va el cuento, compuesta por 40 relatos venezolanos y publicada bajo el sello Alfaguara en el 2013. Los cuentos que integran el libro fueron producidos entre los años 2000 y 2012, por lo que el entorno político marca desde la forma que toman esos relatos hasta sus temáticas.

El crítico explica que esto se debe a que las representaciones de las coyunturas que aparecen en la literatura obedecen a los estados íntimos del escritor: “A veces el narrador aborda el contexto conscientemente, otras veces no. Otras veces el contexto está tan dentro de ti que se refleja en la literatura sin buscarlo”, puntualiza.

Sin saberlo, un día antes, el escritor y cronista Héctor Torres manifestó su concordancia con el crítico literario. Sentado a la sombra en la Plaza Los Palos Grandes, al ser preguntado sobre si existía una relación entre lo escrito y las situaciones que vivía el escritor en su país, Torres respondió sin pausa que “sí, inevitablemente, de una u otra forma el entorno nacional, político, está presente”.

“Los textos narrativos son una autobiografía, una forma de ver el mundo circundante”, puntualizó el cronista. “La literatura se siente en todo y Venezuela no puede escapar a eso”, afirmó

Los dos últimos libros de Torres muestran bien a lo que el autor se refiere con “autobiografías”. Tanto en Caracas muerde (2012) como en Objetos no declarados (2014), ambos publicados bajo el sello editorial Punto Cero, se muestran historias que con humor o crueldad ilustran las situaciones por las que atraviesan los venezolanos, tanto en la intimidad como en la sociedad, según la mirada del escritor. En ese sentido, la autobiografía viene dada por dar cuenta del momento en que el autor vive y aquello que le afecta.

En Venezuela, esta forma de comprender la narrativa tiene una larga tradición: el fuerte apego al contexto es arrastrado desde el siglo XVIII y se evidencia en el siglo siguiente con una narrativa que es reflejo de la política nacional, lo cual se mantiene hasta hoy en día, cuando la crisis toma partido en las narraciones literarias, explica el profesor Sandoval.

Esta afirmación, para Héctor Torres no es del todo negativa. Para él, la situación convulsa del país es “forzosamente” una fuente de inspiración para la narrativa. “Una sociedad feliz es una sociedad con pocos artistas. Hay una relación entre el dolor y la creatividad: el dolor produce calidad; y la inconformidad, arte”.

“Mi percepción es que en los tiempos tranquilos no hay necesidad de comunicar, en los tiempos más oscuros hay más temas, más hondura, más atmosfera. Una sociedad en la que sientes la muerte pisándote los talones, en la que te sientes que estás vivo de vaina, tiene que producir cosas distintas”, explica Torres.

Retratos de la crisis

Para los entrevistados, el elemento de la crisis nacional que más se repite y que más presencia tiene en la narrativa contemporánea es la violencia. Según Héctor Torres, quien además es coordinador del Premio de Cuentos Policlínica Metropolitana, los textos ganadores de los últimos años han rebosado de violencia.

Pero el rasgo violento en la narrativa venezolana no es algo nuevo. Tras la caída de Pérez Jiménez en el año 58, la Revolución Cubana y la irrupción de la guerrilla venezolana en la década de los 60 del siglo XX, la literatura nacional se escribe con un fuerte contenido político, de militancia y agresión. Ejemplo de la violencia narrativa de aquella época es la novela Se llamaba SN, escrita en 1964 por José Vicente Abreu, que narra las crueles torturas por las que atravesó el escritor tras ser detenido por la Seguridad Nacional (SN).

Otros autores que cristalizaron en sus obras la agresividad del momento fueron Carlos Noguera, con Historias de la Calle Lincoln (1971), Adriano González León, con País portátil (1968), Premio Biblioteca Breve Seix Barral el mismo año de su publicación y la única novela venezolana en entrar en el llamado “Boom latinoamericano”.

Al respecto, también destacan autores como José Balza, Luis Britto García y Francisco Massiani. Así como Salvador Garmendia, aunque su obra se dirigió hacia la exploración interior de los personajes sumidos en ese entorno.

Aun así, la violencia que se experimenta en la narrativa contemporánea es radicalmente diferente a las pasadas, explica Carlos Sandoval, para quien actualmente la violencia es absoluta: desde la forma de ser y de interactuar de los personajes, las situaciones por las que atraviesan y las decisiones que toman, hasta la propia forma de escribir los relatos. “El lenguaje es violento, hay ruptura de la sintaxis, el ritmo es violento. El contexto criminal y violento aparece como cultura”, dice el profesor.

A eso es a lo que apunta Miguel Hidalgo Prince, autor de Todas las batallas perdidas (2012), cuando dice que  la violencia que aparece en la narrativa es “la fisura de todos nosotros, la violencia que nos toca de primera mano, que permea la interacción social, no solo mediante armas”.

Esto se vuelve particularmente evidente cuando se leen los relatos de Raymond Nedeljkovic, Martha Durán, Norberto José Olivares o Luis Freites, entre varios otros narradores contemporáneos cuyos personajes actúan mediante la agresión, por acción u omisión, o son víctimas de una agresión.

Ejemplo de esto es el texto 24 (2010), en el que Luis Laya, escritor y periodista, explora las circunstancias del barrio 24 de Julio desde la perspectiva de varios personajes que se mueven en situaciones convulsas y mantienen una actitud irónica ante el caos urbano.

“La violencia es el telón de fondo, pero es un personaje principal también, que no se ve pero que está presente en todo”, dice Miguel Hidalgo.

Pero aunque este es el principal elemento que la narrativa nacional del momento toma de la crisis actual, hay otro tema que le sigue de cerca: la revisión de la venezolanidad.

Los entrevistados coinciden en que la narrativa contemporánea es reflexiva y busca responder a la pregunta de “¿cómo llegamos a este punto?” y en ella se pone en cuestión lo que significa ser venezolano.

Este es el caso de la protagonista de Blue Label / Etiqueta Azul, novela de Eduardo Sánchez Rugeles que trata la diáspora nacional, quien se pregunta sobre su condición de ser venezolana y no sabe si está conforme con su nacionalidad. Otro ejemplo es la obra de Norberto José Olivares, que revisa la identidad nacional y la satiriza.

“Hay desencuentro con el mismo venezolano, es decir: no sabemos muy bien cómo llegamos a acá y eso no nos deja de sorprender. Hay una búsqueda de la identidad”, asegura Hidalgo.

“Las épocas de crisis llevan al autor a reflexionar y a dar cuenta de la crisis misma”, comenta Carlos Sandoval.

Aun así, para Mario Morenza, profesor universitario y escritor, la narrativa de la crisis aún no ha sido escrita.

Morenza no desconoce la presencia de los problemas sociales en la literatura contemporánea, pero cree que será en un futuro cuando realmente se evidencie en los textos narrativos. “Quizá más adelante veremos las narraciones de las colas, de los pranes, de la escasez, esa será la narrativa del futuro”, puntualiza.

El escritor asegura que cuando llegue esa literatura se tratará de un espacio en el que anidará la nostalgia: se abordarán temas como el exilio, la separación y el desamor.

“La narrativa cuenta la historia del alma de una nación”, explica Morenza.

Literatura no militante ni moralizante

“Actualmente se puede hablar de una narrativa afecta a la Revolución Bolivariana y otra que está en contra de esta y que gran parte ha salido mediante editoriales privadas”, señala el crítico literario Carlos Sandoval haciendo referencia a los enfoques que toma la literatura en el actual contexto venezolano.

Narradores como Alberto Barrera Tyszka, Juan Carlos Méndez Guédez, Ana Teresa Torres, Slavko Zupcic, entre otros, quienes en 2002 firmaron una carta en contra de la administración de Hugo Chávez, han manifestado su rechazo al sistema de gobierno actual; mientras que otros escritores, como William Osuna, Francisco Sesto, Luis Britto García y Luis Laya, se han decantado por lo contrario: por el apoyo a la Revolución Bolivariana.

Para Luis Laya, escritor y periodista, estas manifestaciones no son despreciables. El escritor aprueba que en su vida pública los artistas de este tipo tomen partido político, ya que “pueden hacer valer un conjunto de opiniones que ayuden a desentramar” un ambiente nacional determinado.

No así en cuanto a los productos literarios que hacen. Laya puntualiza que aunque la posición política del escritor se puede ver leyendo su obra con atención, asegura que “cualquier tipo de proselitismo en una pieza narrativa es un desecho”, al menos que se confronte con otras opiniones.

Este es el pensamiento de todos los entrevistados: “Ya sabemos que nada bueno sale de una literatura que busque apoyar a un gobierno”, dice Héctor Torres

Por ello es que los autores coinciden en que la literatura contemporánea venezolana no busca adoctrinar o cambiar la mentalidad y realidad de un país, sino que aspira a dar cuenta de un momento histórico, proporcionar explicaciones y exponer las razones profundas de ese momento.

Esa es la conclusión a la que llegan los entrevistados sobre el abordaje último que los escritores hacen de la crisis nacional por la que atraviesa el país.

Al respecto, Mario Morenza aclara que la narrativa “por cualquier razón se aleja de lo moralizante y la denuncia para mostrar los conflictos, con el fin de dar sentido a ese cúmulo de experiencias”.

“Uno no puede aleccionar a nadie, pero cuando crees que hay algo abominable lo reflejas”, concluye Laya, quien con cada opinión parece manifestar que el escritor, sumergido en la crisis y obligado a observarla con detenimiento, tiene la posición privilegiada de hablar sobre ella a todo el público.

¿Un contexto diferente nos daría una narrativa diferente?

Luis Laya: “No soy amigo de esas especulaciones. En un contexto más tranquilo se vería la crisis como una historia y se vería con otros ojos”.

Mario Morenza: “Seguramente. La narrativa cuenta la historia del alma de una nación. A lo mejor si fuese un país pacífico no hubiera narrativa de este tipo, no se estuviese generando si hubiese un imaginario distinto. Habría otro tipo de historia”.

Miguel Hidalgo Prince: “Supongo que sí. Ahora te quedas solo, se va la gente, tu familia, amigos, y eso crea un espacio diferente para la reflexión”.

Carlos Sandoval: “No sabemos, esto es lo que hay”.

Héctor Torres: “Mi percepción es que en los tiempos tranquilos no había necesidad de comunicar, de llegar a los lectores. Una sociedad en la que sientes la muerte pisándote los talones, en la que te sientes que estás vivo de vaina, tiene que producir cosas distintas”.

La ruta literaria ExLibris recorrerá Caracas el 7 de noviembre

Este sábado 7 de noviembre, reconocidos autores venezolanos, editores y amantes de la lectura, serán los guías de Ruta Literaria ExLibris, en un recorrido por diversas zonas de Caracas, una iniciativa hecha para que las personas participen y se acerquen al mundo de la literatura contemporánea.

Según indica la información promocional del evento, ExLibris promete “recorridos por el mundo del libro en todas sus dimensiones y degustado con los cinco sentidos”. Un autobús llevará a los participantes a las cinco paradas de la ruta, donde tendrán encuentros con personalidades del medio literario y editorial.

El escritor Héctor Torres será el invitado especial de la ruta, quien abordará el autobús de ExLibris con los participantes y les hablará de “su Caracas”, esa que ha reflejado en títulos como El amor en tres platos (2007), El regalo de Pandora (2011), La huella del bisonte (2008), Caracas muerde y Objetos no declarados (2012 y 2015, respectivamente).

La ruta tendrá inicio a las 9:30 A.M. en la librería Alejandría, en la urbanización Las Mercedes, donde habrá un encuentro con el escritor e historiador Rafael Arráiz Lucca y con el escritor, docente y librero Ricardo Ramírez Requena.

A las 11 de la mañana el autobús recorrerá la Pulpería del Libro en Sábana Grande, donde los participantes conversarán con el propietario de esa librería, el escritor Rómulo Castellanos. El almuerzo será en la plaza GibranKhalilGibran, en La Castellana, donde los poetas Eleonora RequenaJorge Gómez Jiménez y Gabriela Rosas protagonizarán un recital.

A las 2:30 de la tarde la ruta llegará a la librería Kalathos, en Los Chorros, donde las editoras de Kalathos Libros hablarán sobre los retos editoriales en Venezuela. El poeta Rafael Castillo Zapata guiará a los participantes por los anaqueles de la librería, les recomendará libros y hablará de sus reconocidos diarios.

La actividad regresará a Las Mercedes a las 5 de la tarde, cuando Fedosy Santaella hablará, en la librería El Buscón, de sus libros más recientes, y hará recomendaciones de sus libros favoritos. El cierre de ExLibris será con cocuy y bombones.

La Ruta Literaria ExLibris cuenta con el apoyo de la Alcaldía del municipio Chacao, la editorial Alfa y las librerías Alejandría, Pulpería del Libro, Kalathos y El Buscón.

Para participar en ExLibris es necesario reservar con anterioridad a través del correo electrónico palabrasalvino@gmail.com. El cupo, que tiene un precio de 7.000 bolívares y se puede adquirir por transferencia bancaria o MercadoPago, está limitado a 25 participantes.

“El gran mordisco” de Héctor Torres

Por Héctor Torres

“¿Realmente me acuerdo de esto?

¿Fue exactamente así como sucedió”

Roddy Doyle

 Aquí la cosa avisa con tanta antelación que a quien agarran fuera de base es porque le tocaba. Como al Amargo. Había estado donde la Cuarto y, en vez de seguir hasta su casa, decidió pasar por la plaza. Cuando la Muerte se acerca, suelta primero sus perros, que muerden a su paso todo cuanto se mueve, mientras van al encuentro de su presa.

Pero esos perros no se ven, ni se oyen: se huelen. Y se siente. Se siente cuando atraviesan en su carrera los cuerpos de los vecinos. Es un frío que obliga al silencio, a aguzar los oídos, a despertar lo dormido para ver si se logra intuir por dónde viene la cosa. Todo el que vive Aquí lo ha sentido. Cruzando los brazos, como arropándose, suele decir:

—Yo como que me recojo temprano.

El Amargo había comenzado a escuchar esos mudos ladridos. Cuando llegó la cancha se había quedado vacía. El baile de los ojos era lo único que se veía dentro de las ventanas. Hasta los Blindados se habían evaporado, que ya es decir bastante. Cuando es contigo es contigo, se dijo y escupió algo que debía ser el valor, porque sintió un frío que subió de los pies hasta el tórax.

Y un cansancio largo.

Podía correr. Eso es lo que querían hacer sus pies. Podía. Las otras opciones le cayeron como una celada. Gritar no. Eso no es cosa de varones. Optimista como era, se imaginaba que si salía de esa, ¿con qué cara iba a andar por escaleras y callejones después de haber suplicado? ¿Cómo se anda por la calle sin el respeto como compañero?

No: gritar, arrodillarse, rogar, no eran opciones.

Apenas vio que venían por las escaleras, advirtió que se le habían acabado las salidas. Cuando comenzaron a bajar corriendo, todos los ojitos dentro de las ventanas no hacían más que preguntarse, sobre el silencio que cayó de pronto, que hasta cuándo…

Cuando salen a buscar a alguien, el mandado nunca queda sin hacerse. Los perros de la Muerte tienen olfato fino. El que huele a muerto ni que se bañe en colonia… Él sabía que no valían ruegos y que ellos no saben de sobornos. Pa’ morirse lo único que hace falta es estar vivo, decía el viejo Ramón. Y llegar a viejo Aquí no es tontería.

Pero hay gente que cree que está viva aunque ya está mordida.

Como Cabilla. Se arrastró, gritó, intentó abrazar al Marciano (se ganó un bofetón por eso) y el plomazo igualito lo clavó de la acera. O Chani, que cuando vio a los Pitufos rodearlo, cargó por puro instinto al carajito, que lo tenía al lado. Hay que ser muy sucio para disparar hacia donde está un chamo, pensaría. Y la mujer, que lo quería que jode, le gritaba que soltara al chamo, porque un hijo es un hijo. Suelta el chamo, Chani, le dijo Papapitufo, que la culebra es contigo. Coño, pana, quiso parlamentar Chani… Que sueltes el chamo le volvió a decir aquel, virando los ojos como un demonio, mientras montaba la bala que tenía su nombre. Coño, pana, intentó replicar a falta de argumentos que no terminaban de llegar. Cero charla, gritó el coro y [bummmm] le dispararon en una pierna. En lo que se encogió y soltó al carajito, decretó su punto final.

Eso sí, Aquí todavía nadie se atreve a disparar hacia un carajito.

El chamo lloraba, pero era porque lo asustó la detonación, porque lloraba sin fijarse que el papá estaba tirado en el suelo. ¿Qué va a saber de muertos y del vínculo de la sangre un chamo de dos años?

Después de la plomazón los Pitufos se fueron corriendo y se cambiaron la ropa. La que tenían puesta, salpicada de rojo y de otros curiosos colores, se fue a dar un baño sin retorno para la quebrada. Después los veían, como si nada, en las escaleras, hablando y riendo.

Por eso es mejor comportarse.

Estaban dos en las escaleras que dan a la Redoma del Totumo, y otros dos en las escaleras que los llevaban al pasaje donde vivía la Cuarto. De donde había bajado. Lo habían estado siguiendo y no se había dado cuenta. Si así de pendejo me he vuelto, entonces ya no merezco vivir Aquí. Aunque sabe que cuando la vaina avisa con tanta antelación, cuando te agarra no hay de otra.

Bruscamente hizo el ademán de sacar algo de debajo de la franela, y…

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