#MemoriasDeLaRevolución: Yo no pedí nacer en Revolución

¿Qué le dirá? ¿Qué historia le contará?

Son las dos preguntas que agobian su mente mientras sostiene al recién nacido en sus brazos. El remordimiento no da espacio a la felicidad, el espacio también es ocupado por la preocupación. Los ojos del niño la acusan. No es como su primer parto, hace ya veintidós años atrás. En aquel entonces todo fue planificado, ellos estuvieron listos para recibir al primogénito; y sí, ahora han tenido casi nueve meses para prepararse, pero lo que no han tenido son recursos. Como los últimos tres años, durante el embarazo apenas si pudieron mantenerse con vida.

Cada día transcurrido, su vientre fue la profecía de un juicio final; y allí está, frente al tribunal con el testigo en sus brazos, que también es la víctima, que también es el juez, que también es jurado, que también es la sentencia.

Quiere sonreír, pero es imposible. Quiere plantear su defensa. No es su culpa, ella solo quiso evitarle venir a un mundo en caos, donde el hambre reina, donde la tristeza y la desesperanza azotan.

El embarazo fue un descuido. En la patria ya no se consiguen anticonceptivos. Estuvo jugando a la ruleta rusa por un año y finalmente perdió. Cuando se enteró, intentó remediar la situación. Sin la posibilidad de adquirir pastillas para el aborto trató con métodos rudimentarios, pero la criatura no quiso renunciar a la vida. Algunos días despertó deseando sangrar, queriendo enfrentar el aborto involuntario. Envidió la suerte de las protagonistas de las historias tristes que escuchó, pero no, la mala suerte no le alcanzó; sus malas noticias diarias llegaban hasta “hoy no tenemos qué desayunar”, “hubo reducción de personal y me despidieron”, “me atracaron y se llevaron el dinero que logré conseguir”, “a tu tío lo asesinaron esta mañana”, “felicitaciones, su bebé está teniendo un desarrollo sano”.

Desea, con todas las fuerzas de su corazón, poder sonreír. Pero no puede. ¿Cómo sonreírle a un anuncio doloroso? No puede sonreírle al recordatorio de su miseria. Ella lo ha traído a la realidad de un país en ruina, donde el hambre reina, donde la delincuencia ha tomado el control, donde la educación es gratuita pero imposible, donde el nacimiento entristece.

Su esposo entra a la habitación, le acaricia el rostro y le da una sonrisa débil. Ella le entrega al niño y se pone de espalda. Él quiere sentirse feliz, pero dos preguntas lo agobian.

 

Por Gusmar Sosa | @gusmarsosa

Carta a un padre que ya no está

Se hacía llamar Antonini, aunque no tenía nada que ver con aquel famoso maletín. Era el tercer hijo de los diez que tuvieron  Quino y Berta. Decidió dejar la escuela antes de terminar sexto grado. Lo que no le resultó difícil: no le gustaba leer, solo tocar cuatro y cantar. Desde muy joven demostró interés por la música venezolana: guaracha, joropo, merengue, tonadas o vals. Tocaba de oído todas las canciones que le pedían las muchachas bonitas del pueblo.

Su padre Quino lo metió a trabajar en la hacienda, pero Antonini estaba claro que lo de él no eran las plantas. Se adelantó tres años en la cédula para que lo dejaran trabajar en la construcción de las vías de oriente. De Monagas pasó a Sucre y allí conoció a mi madre. Luego de unos años decidieron casarse y mudarse cerca de sus padres en Puerto la Cruz, donde nacería Francisco Antonio.

En la década de los 60 la situación se encrudeció y lo que ganaba Antonini como chófer no alcanzaba, además venía en camino Lidia, así que la familia decidió irse a Guayana a probar suerte en las obras de Macagua.

Antonini era tan osado que fue el único que se presentó para transportar la dinamita. Fueron muchos los viajes que hizo en ese camión cargado de explosivos.

Luego, nació Migdalis y decidió trabajar más porque la familia crecía muy rápido, al igual que la construcción del segundo complejo hidroeléctrico más grande de Latinoamérica, ubicado en el cañón de Necuima.

Fui la tercera de las niñas y dos años después nació José; sin embargo, Antonini y Carmen decidieron que mi hermano menor sería el último miembro de la familia: cerraron la fábrica de niños porque ya éramos cinco.

Un día caluroso de junio, mi papá cayó con su camión cargado de dinamita en una laguna que se había formado por las lluvias en aquella húmeda región de Guayana. Era lógico temer lo peor. Pero él rápidamente salió del percance con una sonrisa, diciendo: “Estoy bien, ¿pero quién me ayuda a sacar las cajas para ponerlas a secar?”. Así era papá.

Mis hermanos y yo crecimos en un hogar donde la abundancia no estaba presente, pero, aunque vivíamos modestamente, nunca nos faltó nada: siempre teníamos vacaciones recorriendo el oriente venezolano,  hasta que crecimos y cada uno empezó a dejar el nido para hacer su vida e incorporarse en las universidades de Maturín y de Caracas. Puedo decir con orgullo que en mi casa había amor y los valores estaban presentes. Mi padre fue un hombre bueno, honrado y muy trabajador, con un espíritu libre y alegre que siempre tenía una sonrisa en sus labios. Yo creo que nunca lo vi bravo o molesto porque hasta para regañarte te hacía reír.

En el 2004, a Antonini le diagnosticaron cáncer. Él decidió someterse al terrible proceso de las quimio: fueron nueve y aunque en algún momento pensábamos que ya todo estaba bien y la enfermedad se había dormido, en el 2014 hizo metástasis.

Antonini ya sabía lo que venía, ya lo habíamos vivido con el abuelo.

Nunca se quejó y tuvo tiempo de prepararnos.

El paso de Antonini por este mundo fue muy sencillo, disfrutó la vida cómo pudo y nos dejó grandes enseñanzas. Aunque nunca escribió un libro sí puedo asegurar que plantó muchos árboles.

En sus últimos días nos regaló una lección de vida. Aguantó el dolor y jamás se quejó, era un guerrero. “A mal tiempo buena cara”, decía.

Con picardía relataba cómo podía alguna anécdota o travesura de su vida para hacernos reír. Se fue tranquilo porque sabía que nuestro paso por este mundo es corto. Una vez le pregunté qué podía hacer por él y me respondió que nada, que estaba en manos de Dios. La última vez que lo vi con vida, con los ojos humedecidos me echaba la bendición y me transmitía fuerzas para seguir. Jamás olvidaré esa mirada de agradecimiento y de confidencias. A un año de su partida puedo decir con certeza que tengo un ángel en el cielo que me guía.

 Te extraño, papá.

 

Por Marleny Buttó 

 

Lo inesperado

El tiempo tiene una cualidad elástica cualquier sábado por la tarde. Y cuando uno vive solo tiende a reacomodar los minutos libres alrededor de lo que más disfruta; en mi caso: la lectura. Desde principios de la semana, me sentía bastante interesado por la trama de Bajo la red, la primera novela publicada por la inglesa Iris Murdoch en 1954. Se trata de una historia con matices filosóficos muy interesantes y los personajes me tenían atrapado. Decidí que leería hasta el final de la tarde, luego prepararía una cena ligera y me iría temprano a la cama para la noche de estrenos en el canal HBO. Sé que a muchos puede parecerles aburrido este plan de acción, pero también sucede que uno alcanza cierta edad en la que se le resta importancia a lo que opinen los demás en cuanto al uso del tiempo propio y se opta por la alternativa más estimulante. Así, pues, era sábado; tenía por delante una rica tarde de lectura y una noche de películas en la televisión. Pero el destino tenía otros planes tangenciales para mí.

Alrededor de las 5:00 pm sonó el teléfono. Era Gustavo, mi hermano, para avisarme que estaba en el pueblo, que andaba con su mejor amigo y querían verme, y preguntaba si podían venir hasta mi apartamento para tomarse unos tragos conmigo. Dije que sí, por supuesto. Los esperé en la entrada del edificio y me concentré en los colores atenuados por el sol que ya se marchaba. En el aire había una mezcla atractiva de dorados, verdes, lilas y azules, empujados por una fuerte brisa vespertina bastante inusual. Ellos llegaron a los pocos minutos, pero no venían solos. Gustavo andaba con varios de sus amigos de Caracas. Una pandilla bulliciosa y entusiasta. Los recibí en el estacionamiento y subimos al apartamento después de los saludos y las presentaciones. Traían una bolsa grande de hielo, varias botellas de ron y la mejor disposición de festejar en un sábado por la noche. Era evidente que mi tarde había cambiado al levantar el auricular del teléfono.

Lo que llamó mi atención sobre estas personas fue su inmediata capacidad de adaptación y orientación dentro de mi apartamento. Se adueñaron de la cocina, quitaron los libros de la mesa de la sala, pidieron el baño prestado y habilitaron un dispositivo electrónico en uno de los anaqueles de la biblioteca para que sonara música desde uno de sus teléfonos celulares. Se los confieso: la tensión en mis músculos se fue acrecentando con la llegada de la noche y el aumento en el volumen de la música. Una de las mujeres preguntó dónde estaban los cuchillos afilados y se entretuvo en cortar algunos vegetales sobre la tabla de madera que le facilité. La mayoría se ubicó en el balcón, mientras Gustavo abría todos los ventanales y sonreía como un niño ante la visión expandida de los morros con el crepúsculo detrás. Unas siluetas dentadas llenas de tonos naranjas y azules alrededor. La mujer en la cocina preguntó por la sal y una sartén. Hice lo que pude.

Más adelante me quedé apoyado contra las puertas acristaladas del balcón, mirando en silencio a los amigos de Gustavo sentados frente a los ventanales y, si giraba un poco el torso y veía por encima de mi hombro derecho, observaba a los demás sentados en los muebles de la sala, agitando los dedos y los verbos con exquisita facilidad. La mujer de la cocina gritaba para que alguien recordara llenar su vaso de nuevo. Pensé en cuánto había cambiado mi tarde y mis planes nocturnos en un parpadeo. Las palabras leídas se habían transformado súbitamente en un rumor de voces, risas, tintineo de hielo en los vasos y distintas canciones en portugués. El silencio habitual de mi apartamento había sido suplantado por una algarabía de bromas y brindis y carcajadas que aún estaba intentando procesar. Mientras mi incomodidad inicial parecía encogerse, la espontaneidad de ellos se ensanchaba por todo el apartamento. Una de las mujeres regresó del baño y dijo que había dejado allí un rollo de papel sanitario que trajera con ella para casos de emergencia. Parecía que estaban preparados para todas las contingencias.

Desde la pequeña corneta sonaba una canción de Cesária Évora. Gustavo seguía acodado en el balcón, entretenido con una cámara fotográfica, con la atención puesta en la figura difuminada de los morros ya casi engullidos por la penumbra. El rostro radiante y la sonrisa inmóvil en su boca. Me echó una rápida mirada cuando me senté cerca de él. Los otros estaban reunidos en torno a la mesa de la sala, donde la mujer de la cocina había dispuesto diferentes platos llenos con vegetales salteados, pedazos de pizza, bollos picantes y algunas servilletas. Gustavo tomó un par de fotos antes de dirigirme la palabra:

—¿Te sientes bien? –dijo.

Ladeé la cabeza y asentí antes de responderle con una sonrisa. Por un momento pareció que iba a tomar otra fotografía, pero se detuvo antes de hacerlo y volvió a mirarme.

—Te sacamos de tu zona de confort, ¿verdad?

Me mostró una sonrisa ancha, una mezcla sugestiva de picardía y complicidad.

Volví a asentir.

—¿Qué ibas a hacer? –dijo.

—Leer. Películas. Dormir.

Gustavo tomó una fotografía hacia la noche veloz tragándose los morros.

—¿Te molesta? –dijo–. ¿Te molestó que viniéramos?

Lo pensé un poco. No tenía razones para mentirle.

—No –dije.

Giré la cabeza por encima de mi hombro, arrojando la mirada hacia el grupo risueño en la sala de mi apartamento. Ahora sonaba una canción de Ana Moura desde la corneta. Me sentí de pronto relajado entre el sonido del fado portugués, las risas y el murmullo de las voces llenando el espacio. Volví a ver a Gustavo antes de sonreírle de nuevo.

—No –repetí–. Gracias.

Él bajó la cámara para verme con la incomprensión en sus pupilas.

—¿Por qué?

—Por esto –dije, extendiendo la mano para intentar abarcarlo todo–. Por venir hoy.

Gustavo chasqueó la lengua. Se acercó hasta una de las sillas, dejó la cámara fotográfica y extrajo un tabaco del estuche. Lo encendió con lentitud. Le dio varias caladas y se sentó a mi lado. El hielo se quejó con un sonido agudo al deshacerse por efecto de la tibieza del ron a su alrededor. Entonces Gustavo me miró.

—Te voy a confesar una vaina –dijo–: lo hice adrede.

Sostuve su mirada y alcé las cejas. Era una pregunta muda.

—¿Más o menos?

—Coño –dijo–, es que tú te encierras demasiado. Yo sé, yo sé –detuvo mi intento de hablar–: a ti te gusta estar solo, disfrutas con eso, y tú sabes que yo soy igual. Somos muy parecidos en eso; pero, coño, marico, tienes que sacar la cabeza de la burbuja de vez en cuando. Respirar profundo. Hacer un contacto con la realidad –hizo una breve pausa para chupar de su tabaco–. Es mi opinión. No sé lo que piensas tú. Pero lo hice por ti.

Tardé un poco en responderle.

—Es difícil –le dije–. Uno se acostumbra. Es un vicio. Es un vicio placentero. Mientras pueda leer, no pido más. Tú sabes cómo soy yo, Gus.

—Yo sé, marico; pero tienes que sacar la cabeza de la tierra para ver lo que te rodea. Los viejos me advirtieron que podías molestarte, pero yo les dije: “No joda, tiene doble trabajo. Es mi hermano y no me puede decir que no”. ¿Entonces? ¿Te molestaste?

—No… Me obligaste a hacer algo diferente. Sacar la cabeza de la burbuja.

Gustavo se rió.

—Y el roncito está bueno, ¿verdad? Di que no.

—Gafo.

—Además, coño, ve el lado positivo: ahora tienes material para escribir otra de esas pendejadas que publicas en Facebook… Pero no me vayas a tirar tan duro, coño… Eres filoso a veces.

—Pendejo –dije con un acento de culpabilidad–. Ya lo pensé.

—¿Ah, sí?

—De bolas. Desde que llegaron se ha estado escribiendo sola. Mañana la pulo.

Gustavo volvió a reír con una carcajada de gozo y anticipación.

—Eres un maldito. Yo sabía.

Entonces reímos los dos y juntamos los hombros.

—Bébete un ron, chico. Vamos a brindar.

Respiré profundo. Pensé que sí había muchas razones para brindar, para celebrar, porque mientras la vida pueda sorprendernos, desequilibrarnos, sacarnos de nuestra zona de confort, podremos encontrar razones para alzar el vaso y brindar por la vida. Sí, me dije, a pesar de las múltiples desilusiones y decepciones, el destino se reservaba algunas sorpresas inesperadas en la manga.

—Tienes que esperar lo inesperado –dijo él.

Volví a hacer otra profunda inspiración.

—Lo sé. Yo lo sé.

 

Por Luis Guillermo Franquiz | @lgfranquiz 

El país de las colas

Por: Juan Ignacio Sanoja | @JuanSanoja

–¿La cero? ¿Seguro?
–Sí –contesto.
De paso por un centro comercial en el este caraqueño, aprovecho para tachar una tareíta pendiente del to-do-list: debo cortarme el pelo. Entro en la primera peluquería que me encuentro y le pregunto a la encargada si allí me pueden pasar la máquina. Me dice que sí y me refiere con una señora de unos cuarenta años que, antes de empezar con el corte, me consulta si estoy seguro de mi elección. Le respondo que sí y ella empieza con la rapada. Treinta segundos después, la peluquera queda paralizada: por la vidriera ha visto a alguien conocido.
–Ahí pasó el señor. Pensé que me estaba buscando –dice volteando la cabeza hacia atrás, donde una compañera le hace las uñas a una cincuentona–. ¿Vas a ir a la cuestión?
–¿Qué cuestión? –responde, lima en mano, la colega.
–El entierro del muchacho.
–¿Cuándo es?
–Hoy.
–¿A qué hora?
–Iba a ser a las 3, pero lo rodaron para las 4 porque y que… y que no había espacio. ¡Tú sabes que en este país hay que hacer cola pa’ todo! ¡Hasta dónde hemos llegado! Hacer cola hasta pa’ morirse… Qué digo, hasta para… cómo se llama… para que lo velen a uno –dice la señora al tiempo que voltea para seguir con el corte que había dejado por la mitad–. ¿Qué le parece?
Asombrado, recibo la pregunta de la peluquera y no tengo más respuesta que subir las cejas, abrir de par en par los ojos y hacer una mueca de “qué-quiere-que-le-diga”.