Y líbranos del militar, amén

La noche que me pegaron el tiro en la nuca yo estaba saliendo de mi oficina, y escuché un griterío proveniente de los pisos de abajo. Iba por un guayoyo cuando me invadió como un escalofrío por detrás de las orejas. ¡Yo solo quería un guayoyo!, ¿pueden creerlo? Yo solo iba a buscar mi taza, a beberme mi café, a terminar la cobertura y después salir; e irme a mi casa a ver a mi mujer, a mi chamo, y después dormir, dormir para después irme al trabajo y tomar más café y reportar más noticia y así hasta jubilarme, hasta envejecer, con mi chamo ya grande, mi mujer ya vieja. Pero no. El escalofrío me atajó a mitad del pasillo, de espaldas a aquel sujeto de botas, pantalones camuflados y boina. Hubo un eco ensordecedor. Hubo presión en mi frente. Escuché a mi chamo llorar al fondo, a mi mujer pidiéndome que por favor me levantase del suelo, que el guayoyo se me iba a enfriar. Yo solo estaba cumpliendo con mi trabajo de informar, pero mi mujer, mi chamo, mi carrera, mi puta vida, se esfumaron en la disminución del sonido, en mi capacidad de entender lo que estaba sucediendo, ¿pueden creerlo?

Mi nombre fue Edgar González y, para 1992, era padre de un bebé de cinco meses, esposo recién casado y periodista de Venezolana de Televisión. Esa noche de 1992, la noche que me asesinaron, quedé allí tendido, a mitad de pasillo, con la cabeza apuntando hacia la puerta del cuarto de grabación. A través de las pantallas del canal, vi al jefe del alzamiento declarando su supremacía castrense al costo de la sangre de quienes, como la democracia, presenciábamos nuestro miserable desfallecimiento.

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Desde la vez que Alfonso sintonizó a Chávez en un desfile militar por cadena de radio y televisión, quiso enlistarse en los cuarteles. A pesar de las opiniones de su mamá, decidió abandonar la carrera y presentarse en Fuerte Tiuna, inscribirse en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y defender la patria de Bolívar. Su mamá, sentada en una de las sillas del comedor, se tapa el rostro con las dos manos. Entre los mocos y la saliva, ella insiste en encerrarlo para no dejarlo ir. Pero Alfonso está convencido. Le atrapa la idea quijotesca del combate a quemarropa, el repique del tránsito marcial sobre las aceras de concreto. Reclutarse para la República contribuiría al bienestar social, al éxito de la Revolución, y para él, la Revolución es la voz indiscutible del pueblo. A Alfonso lo vendrá a buscar un taxi. Le pide a su “vieja” que por favor le crea, que los militares no son matones como ella dice, que le explique, que no se le atraviese. Que él ya no es un chamo. Ella se resiste, y él sale sin habérsele echado la bendición. Sin habérsele servido el café que tanto le gusta.

Así que así: Alfonso sale, sale a su encuentro con el país, con el presidente y sus libertadores, productos todos de esa herencia histórica que sucumbe ante la prestancia militarista de años de polvorazos retóricos, de acciones pretorianas mal infundadas. Alfonso está con Chávez porque Chávez es la Revolución, y para él, Alfonso, la Revolución es la voz indiscutible del pueblo.

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Para principios de la década de los noventa, en Venezuela las discrepancias entre el sector castrence y la dirigencia política de la época se evidenciaron en las intentonas golpistas del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992. Esto, como resultado del descontento, por parte de las fuerzas armadas, con respecto al protagonismo arbitrario de los partidos tradicionales: Acción Democrática (AD), el social-cristiano (COPEI), y el Movimiento al Socialismo (MAS). Específicamente, después de los disturbios procurados en Caracas en 1989, incrementó la preocupación por el desarrollo material del país, y con ello el rescate del caudillo como única forma de control social capaz de resolver las deficiencias estructurales del Estado. Los militares, apoyados por el beneplácito de las masas populares, se reafirmaron en el compromiso de “poner control” sobre las discordancias manifiestas entre las élites civiles, acarreando la pérdida del respaldo hacia la “democracia representativa” y labrando nuevas vías para el ejercicio del poder –en aras del siglo XXI–.

El depósito absoluto de la confianza en los cuarteles y el descrédito de las autoridades civiles pertenecientes a la “Cuarta República” propició, ya con Hugo Chávez en el gobierno, el cope de los uniformados en diversos ámbitos del desenvolvimiento público, que no necesariamente obedecía a las funciones originarias del quehacer miliciar: operativos de alimentación como Mercal, PDVAL; gerencia de cargos en la administración de PDVSA; organización y custodia de actos culturales como ferias del libro, conciertos; monitoreo de jornadas de salud como la fundadora misión Barrio Adentro, jornadas de vacunación, etc. Sin duda que este piloteo de las labores del Estado en sus distintas ramas benefició la consolidación de un chavismo de insignia, donde los funcionarios del denominado Alto Mando respondían al Ejecutivo no solo por concepto de devoción ideológica, sino también por resguardo de sus intereses como clase empresarial consolidada. El resto de las fuerzas armadas, es decir, el soldado promedio, entraba en el reparto de dádivas que obtenía, asimismo, la clase media venezolana: dólares CADIVI, préstamos para vivienda y vehículo, equipamiento de hogares y demás trapos de agua caliente que preservaron la ecuación política del país durante los primeros catorce años de Revolución.

Una ecuación que duró hasta la desaparición física de Hugo Chávez en 2013, por supuesto. A partir de allí, el declive de la economía, aunado a la usencia del comandante –en su sentido estricto, es decir, del personaje que comandaba por legitimidad de la fuerza–, ha desencadenado el deterioro progresivo de las estructuras de orden cívico-militar anteriormente aceptada (o por lo menos respetada) por la mayoría de la población. De ese modo arribamos al panorama actual que nos compete, en días donde se percibe un resquebrajamiento en el interior de los cuerpos militares a consecuencia de una crisis que, sin dudas, impacta los bolsillos de todos los estratos de la sociedad. Observamos, con igual importancia, una “crisis de lealtad”. A pesar del respaldo de ciertos uniformados claves, Maduro no posee la honra del ejercito entero, ya que, aparte de no ser militar de profesión, no llegó al poder por vía del combate. La filosofía castrence es un arma de doble filo: instaura y des-instaura a través de las pasiones.

Entonces, la luz de este túnel de religiosidades cuartelarias sería la devolución, a los civiles, de las riendas del país. Aspiración potencialmente posible, cabe destacar, gracias a la sorpresiva ratificación del civilismo en Venezuela con Juan Guaidó en el contexto nacional e internacional del año en curso. Un joven de corbata y flux azul marino, de discurso fresco y sin adornos, ganándose las voluntades del pueblo en dimensiones casi olvidadas. No obstante, el hecho de seguir dejándole la estocada final a los militares para derrocar a Maduro nos coloca en servicio de los vicios históricos ya descritos; para que la transición hacia una democracia sea efectiva, el rol de las fuerzas armadas deberá ser como articulador de las clases civiles disidentes y no como pieza de desenlace en el juego político al que se está apostando. Ello se refiere a las fuerzas armadas al servicio de la dirigencia, no como factor dirigente. Dicho lo cual, de continuar esta yuxtaposición de intereses, es decir, la protagonización de los uniformados por sobre los destinos del país, el quiebre del orden actual deberá ser externo; una presión –bélica o no– que no dependa del mecanismo de uso interno del poder nacional.

En todo caso, el matiz de la crisis venezolana es un factor que “beneficia” la jugada política de Guaidó y sus civiles disidentes, por cuanto el soldado común es también gente, y padece de estragos y penurias. A la muestra están las deserciones que hemos presenciado en la frontera colombo venezolana desde los acontecimientos ligados al fracaso de la ayuda humanitaria.

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El 27 de noviembre de 1992, el “Movimiento Bolivariano Revolucionario 200”, encabezado por el teniente-coronel Hugo Rafael Chávez Frías desde la cárcel, intentó derrocar al presidente Carlos Andrés Pérez para constituir una junta pretoriana que enrumbase los destinos de Venezuela. Los rebeldes, ya con el fracaso de un primer golpe a cuestas, secuestraron varios medios de comunicación nacionales con la finalidad de transmitir el mensaje del jefe de la comitiva. La planta más afectada, la de Venezolana de Televisión, hoy es recordada como “la masacre del canal 8”, al haberse asesinado a trabajadores inocentes: maquilladores, camarógrafos, reporteros, escenógrafos. Nucas que se ajusticiaron en pro de la usurpación del orden constitucional, guayoyos que quedarán allí servidos, enfriándose para siempre.

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Lo peor es que yo, Edgar, Edgar González, periodista, fui el primero en salir a apoyar a los uniformados de febrero, a festejar que el ejército rindiese honor a su juramento: acabar la corrupción, la charlatanería. La gente apostaba por lo mismo, por el triunfo de los rebeldes; mis vecinos, el taxista, mis compañeros del canal, el adeco, el copeyano. Mi mujer. Para el carnaval de 1992, mi mujer disfrazó a nuestro bebé de soldadito. Y no fuimos los únicos, ¿pueden creer esa vaina? Chacao estaba repleto de pequeños payasitos combatientes. Reíamos, y había papelillos, y bombas, y música, y mi chamo que lo llamábamos “Huguito”. Celebrábamos las caravanas del cambio sin saber que estábamos sacrificando nuestras propias garantías. Nadie nunca reparó en las falacias del líder; nos dejamos apuntar el fusile a expensas del futuro.

Ahora se me entumecen las palabras porque es que los muertos no hablan, no hacen reclamos, no se levantan del suelo. No alertan a los vivos. Ojalá y los muertos pudiésemos confesar aquello que presenciamos antes de cerrar los ojos. Ojalá, ojalá.

Ojalá y los muertos pudiésemos aconsejar a nuestros chamos ya grandes.

Ojalá y pudiésemos pedirles que se bajen del taxi.

 

Por Gianni Mastrangioli | @MastranGianni 

 

RESEÑA: La conspiración de los 12 golpes – Thays Peñalver

“Comandante” o “Supremo” fueron apodos que el único inmortal que se murió jamás se imaginó llevar cuando, siendo un joven militar, “fue despedido del batallón de comunicaciones, despedido de la cocina, de los blindados y de la dirección de personal de cuartel”; un joven que, incluso, pretendió abandonar la academia castrense en detrimento de la Ingeniería. El mito –que él mismo construyó en sus alocuciones en su programa, Aló Presidente– fue desmontado gracias a la precisión de un cirujano plástico y a la paciencia budista que tuvo Thays Peñalver, autora de La conspiración de los 12 golpes, para detectar el perfil de un hombre que tuvo una formación militar limitada, pero que fue maestro en la improvisación y el escapismo: “Si hay algo que no se podrá negar jamás es la extraordinaria habilidad de Hugo para convertir sus arrebatos irresponsables en gestas heroicas”. En el fondo, Thays Peñalver no sólo permite al lector descubrir un perfil oculto por la inmensa propaganda oficialista, sino también expone la ineficiencia y deslealtad del stablishment político de 1998, que no supo frenar a un candidato golpista que, sin realizar mayores esfuerzos de campaña, ganó votos gracias al juego sucio de sus contrincantes. La conspiración de los 12 golpes es un libro, también, de las Fuerzas Armadas, que históricamente han pretendido ostentar el poder en nuestro país cada vez que un civil se encuentra en la silla presidencial, pese a que a lo largo de la historia han sido el sector que, aun hoy, percibe un porcentaje alto en la repartición del presupuesto nacional. Su lectura –en tiempos de revolución, escasez y Socialismo del siglo XXI– forma parte de una perspectiva distinta a la que la cúpula pretende implantar, en la que la lealtad es mejor recompensada que el mérito y en dónde la ambición de poder castrense se exhibe como quien habla mostrando los dientes después de haber utilizado brakets. La conspiración de los 12 golpes es, en esencia, un libro que muestra las costuras de un país dizque preparado para un conflicto bélico, pero que apenas “estallar la Segunda Guerra Mundial tenía un crucero en dique seco”.

 

Por Juan Pablo Chourio |

Cobra fuerza la versión del asesinato de Hugo Chávez

“Liber scriptus proferetur, (aparecerá el libro escrito) / in quo totum continetu (en que se contiene todo) / quidquid latet apparebit (y lo oculto se sabrá)”. La vieja secuencia latina resulta propicia tras la sorpresiva declaración dada ayer por Aristóbulo Istúriz. “Yo no lo puedo demostrar, pero tengo la convicción moral de que a Chávez lo mataron”. Así dijo el Vicepresidente, cuya voz se suma a la de aquellos que ven con suspicacia la muerte de Hugo Chávez. Como Héctor Navarro –“a Chávez lo llevaron asesinado al Cuartel de la Montaña, estoy convencido de que lo asesinaron”–; o Eva Golinger – “cada día salen más evidencias sobre la clara posibilidad de que fue asesinado”–. Comenzando el año, el periodista Miguel Salazar escribió al respecto: “Cada día son más confusos los pormenores que rodearon la agonía y el deceso de Chávez. No en vano cobra fuerza que fue asesinado a ‘cuenta gotas’. El caso se torna más complejo por la comparecencia no sólo de los dirigentes cubanos, sino también de los venezolanos que estuvieron cerca de su lecho de enfermo (…) ¿Qué saben? ¿Quién te mató, Chávez? Dato importante: no se conoce el contenido de la autopsia, [y] no se puede decir a ciencia exacta cuáles fueron las causas de su muerte”. Ya en 2013, Rafael Poleo, también periodista, había preguntado abiertamente lo siguiente: “¿Cómo es posible que a un presidente se le dejara desarrollar un cáncer de síntomas tan claros y tempranos? ¿Qué explica los crasos errores en operaciones ejecutadas por cirujanos de confianza y el tratamiento aplicado por los prestigiosos médicos de Cuba, todos bajo la vigilancia paternal de Fidel Castro?”. Tarde o temprano ‘quidquid latet apparebid’ (lo oculto se sabrá).