Carta a Caracas de Diego Alejandro Torres Pantin

Carta de un fotógrafo a la ciudad de Caracas

Ser fotógrafo en Caracas es algo que mucha gente catalogaría como aventurero. En países normales, los delincuentes son seres que se arriesgan, que luchan en un ambiente hostil en el que ellos tienen que esconderse debido a sus actividades; pero en cambio, aquí son las personas comunes quienes deben actuar con disimulo. A diario se escucha la frase: “No saques el teléfono, te lo van a robar”. Entonces, ¿cómo es posible andar  con una cámara en la capital de Venezuela?

Vivir en Patrialandia es una experiencia difícil, incomprensible para todo el que no haya estado nunca en la Venezuela actual. Una de las cosas más complicadas que nos ha tocado sufrir es el incremento descontrolado de la inseguridad en las décadas del chavismo, la cual terminó sometiendo a la población. Por lo tanto, ser fotógrafo en Caracas es desafiar a las estadísticas. Aquí, la discreción es el principio supremo de todo portador de una cámara, pero también, lo son la prudencia y la intuición. Hay que permitir que la lógica y el instinto te guíen en esta ciudad de peligros.

Sacar una cámara en Caracas siempre trae el dilema: “¿Se puede?”. La respuesta varía. Depende de la zona, el momento, y las circunstancias. En lo personal, a mí me gusta hacer retratos callejeros, siempre en jardines o lugares públicos: me fascina. No me gusta la fotografía de estudio. Entonces eso involucra una serie de condiciones, reglas que uno se impone para sobrevivir. Hacer una instantánea puede convertirse en un tormento, porque es difícil distinguir entre la paranoia y la prudencia.

Hay que aprender a leer los momentos. Esa es la norma básica de la fotografía, pero en Venezuela, su definición se expande. Es por eso que yo nunca hago fotos de noche, como también procuro ver la afluencia de personas caminando por el área, evaluar si hay algún guardia de seguridad allí, entre otras cosas. Y hay zonas en las que no saco la cámara bajo ningún concepto. Luchamos contra una limitación acosadora, es un tema que persigue sin dar descanso. También procuro no sacar a mi “bebé” todos los días. Y lo más importante: no guardarla en un bolso de marca lindo y presentable, sino en una lonchera vieja y sucia que no llama la atención de ningún delincuente. Mientras más discreción, mejor.

Es indispensable tener mucho cuidado con las locaciones. En Caracas no existe ningún sitio en el que el miedo no esté presente, pero no en todos afecta en igual medida. Existen pocas excepciones; y aun así, bajar la guardia no está permitido. Por ende, siempre busco sitos cerrados donde el sol también sea un transeúnte. Centros comerciales, casas, balcones, terrazas: lugares que permitan el paso de la luz natural, pero no de los motorizados.

El tema de la inseguridad en Caracas es trágico. Conozco a personas que no se atreven a salir de sus casas, literalmente, viven en una prisión voluntaria. También tengo conocimiento de otras que no pueden salir sin llevar consigo un nerviosismo crónico, y cada movimiento que ven cuando están fuera de sus hogares lo interpretan como un posible intento de robo o secuestro. Pero si el fotógrafo necesita una comunicación con el mundo externo, ¿qué puede hacer en esta ciudad? La respuesta es simple: aceptar la situación y enfrentar sus miedos, hacerse una estrategia para desenvolverse procurando evitar los peligros.

Muchas veces me han dicho: “Hey, ten cuidado con la cámara, no la andes sacando”. Es un consejo sabio. Esta es la ciudad del crimen. Pero… ¿qué ganaría yo dejando mi cámara prisionera en mi hogar?, ¿cuál sería el punto de ser fotógrafo? En los dos años que tengo haciendo fotos callejeras he vivido experiencias increíbles, de esas que siempre recordaré. No puedo despreciar las anécdotas que he presenciado. Siempre estaré agradecido con las personas que he tenido el gusto de conocer. Además, las sesiones que me han salido han sido gracias a la actividad al aire libre –o relativamente libre- que he hecho. Sin temor a equivocarme, no ha sido una mala decisión sumergirme en Caracas con mi equipo.

Evidentemente, sería irresponsable aconsejar desligarse de la preocupación y confiar ciegamente en la suerte. No, la primera regla para ejercer el oficio en un país como Venezuela es no olvidar nunca el peligro. Y no se trata solo de ser consciente del miedo, también hay que convertirlo en un aliado. Es un gran motivador para aprender a trabajar rápido, o quizás, hacerlo en situaciones de mucho estrés. Quiero creer que en un futuro a National Geograpich, o a algún medio similar, le encantará escuchar esta historia antes de emplearme.

Todos los días sueño con el día en que pueda levantarme, tomar mi cámara y salir a hacer fotos por la ciudad sin ningún problema. Sin embargo, la realidad es otra, y sé que en estos tiempos esa idea resulta utópica. Ahora, también es una  fantasía pensar que dejando la cámara en casa, y limitándome a sacarla en situaciones excepcionales, voy a progresar. Solo la práctica hace posible el avance. Y tristemente, esta es la realidad que nos ha tocado vivir.

Caracas es una capital hermosa, quien la conoce de verdad, puede asegurarlo, pero en estos tiempos, su belleza se hace difícil de ver. No pienso bajar la retaguardia, a paso firme, pienso seguir haciendo fotos de forma discreta, para nutrirme de los rostros de sus transeúntes, porque sin lugar a dudas, eso también es vivir la ciudad.

Gracias, Caracas.

 

Por Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli 

#DomingosDeFicción: Tan frágil como un estornudo

«Allá afuera los revólveres no respetan.

Plomo revienta y nadie se alarma más de la cuenta», Valle de balas

(Desorden público)

 

Una imagen de trece efectivos de la Policía Nacional Bolivariana asesinados en la entrada de la Cota Mil en La Pastora rodaba en Twitter la mañana del martes.

Era de mala calidad, pero se distinguía la sangre seca y abundante que cubría el azul marino de los uniformes policiales. Lo mismo para los que estaban de espaldas con las siglas blancas de PNB manchadas de rojo. Parecía un cuadro de Saudek con menos vergas y más sadismo. Para las siete de la mañana la foto ya era trending topic y los reportes de tránsito en la radio sugerían evitar la Cota Mil sentido oeste.

Caracas estrena muertos todos los días y por más rutinaria que fuese la gala de violencia, tráfico y descontento, había que salir a trabajar.

Ángel sabía cuál iba a ser la pauta del día y llegó al periódico a las siete y treinta con casco en mano y la cámara en el bulto. Radio y redes se hacían eco de lo mismo: cadáveres de policías apilados. Demasiado tráfico. La instrucción fue llegar a la entrada de La Pastora y averiguar qué había pasado. Bajó al cafetín y después de dos empanadas, un jugo de naranja y un café, volvió a la moto pensando qué ruta tomar para llegar a la escena. Se puso el audífono izquierdo sintonizando la emisión del tráfico y después de bordear la Francisco de Miranda llegó hasta la entrada de la Cota Mil en La Castellana

Evitar la Cota Mil en ambos sentidos. Motorizados armados toman ambas vías.

El ruido de los motores le impidió seguir escuchando el reporte. Se quitó el audífono y miró por el retrovisor la avalancha de motos tras él. Un motorizado se puso a su lado y el copiloto le extendió un palo. ¡Vamo’a matarlos, o joda, vamo’a matarlos!, decía mientras le extendía el palo que Ángel recibió sin pronunciar palabra. ¡Vamo’a matar a estos coño e’madres!, fue lo último que escuchó antes de que la moto lo rebasara.

Distinguió palos, pistolas automáticas, revólveres y ametralladoras, alzadas con euforia, rumbo al oeste de la ciudad. Ángel puso el palo entre sus piernas y, con la destreza que da ser motorizado en Caracas, sacó el celular, marcó el número de la redacción y puso el aparato dentro del casco a la altura de su oreja. Aceleró hasta el fondo, mientras con la mano izquierda alzaba el palo en señal de protesta, mimetizándose con los demás. ¡Hay un coñazo de motorizados armados, van en ambos sentidos y hay carros devolviéndose en retroceso y en contravía!, le gritó Ángel al interlocutor, cuya voz no reconoció entre el ruido de las motos. ¡Vete de ahí, vete de ahí!, escuchó mientras veía por el retrovisor cómo la avalancha de motos no cesaba. ¡Cota Mil, Prados del Este y avenida Francisco de Miranda están tomadas! ¡Esta vaina huele a golpe! Volteó la cabeza hacia el palo que izaba en la mano izquierda y vio la hora en su reloj. Eran las ocho y cinco de la mañana y alrededor todo eran motos andando, carros inertes y hombres trepándose la isla que separaba los sentidos este-oeste, armados y coléricos.

Esta vaina no es un golpe, pensó Ángel.

Entre motores chirriantes y disparos, Ángel se dejó caer sobre su moto en la porción de grama que separaba ambos sentidos de la Cota Mil. Con la moto como escudo, logró sacar el celular del casco y volvió a llamar a la redacción. ¿Qué coño es lo que está pasando?, gritaba Ángel sin poder distinguir, otra vez, la voz de quien contestó el teléfono. Todo eran motores y balas. ¡Sal de ahí!, logró escuchar. ¡Sal de ahí que están mandando a los militares! Ángel era un bulto aplastado por su moto mientras las balas sonaban. Miró hacia abajo y vio su jean roto y manchado de tierra, los Converse fieles de tantos años y su franela de la suerte con una cita de Rafael Cadenas. Pensar que hace dos horas se había levantado para hacer lo mismo de siempre –documentar la violencia– y que esta vez, con su franela blanca de la buena suerte, el turno de vivirla le había tocado a él. No tenía arma y de tenerla no la usaría. Tampoco sabía cómo. El beso de su mamá antes de salir de la casa y el Dios te bendiga de todos los días, podía ser el último que escuchara por salir a hacer su trabajo como un día cualquiera en esa Caracas que no era la de siempre, no la que él recordaba.

¿Quién eres tú, qué haces tú ahí, le gritó un tipo negro, vestido de jean gastado y una franela negra ceñida al cuerpo que decía ARMANI en letras plateadas, quien bajándose la moto subió su franela y dejó ver el mango de un revólver.

Ángel no pudo articular.

—¿Qué quién eres tú te estoy diciendo, mamagüevo? –repitió, mientras Ángel volteaba a ver el piloto de la moto de la que el negro había descendido, quien lo increpaba con la misma mirada amenazante.

El hombre levantó la moto que hacía de escudo y la dejó caer hacia la calle. Tomó a Ángel por la franela y lo puso de pie. “Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados, Rafael Cadenas”, leyó el tipo en la franela de Ángel.

Ah, vaina ¿y quién es Rafael Cadenas, el novio tuyo?, espetó mientras ponía a Ángel de espaldas y abría su bulto.

Poco tardó en descubrir el carnet de fotoreportero. La cámara, su cartera, la caja de Belmont y el celular yacían en la grama. Y ahí se quedarían. Ángel aún no lograba articular palabra, sólo se mareaba con la frase de Cadenas que sonaba en su cabeza, con la voz de su mamá, de Cadenas, de él mismo y del malandro que lo amenazaba: pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

La muerte de Juan Andrés Tabares Moncada, alias Pericu, ya era de conocimiento público. Todas las emisoras de radio del país se hacían eco de la noticia de que el criminal, oriundo del estado Guárico, había sido abatido en Caracas en un operativo de la Policía Nacional Bolivariana.

A pesar de que las versiones de vecinos aledaños a la zona del enfrentamiento alegaban que el Pericu había logrado escapar, el rumor sobre su muerte corrió por toda la zona, provocando que afectos de su banda arremetieran contra los PNB que habían llevado a cabo el operativo y se produjera la masacre que resultó en la muerte, en horas de la madrugada, de los trece efectivos policiales.

Eran las nueve y quince minutos de la mañana en Caracas y los miembros de la banda del Pericu no tenían noticias sobre el cuerpo de Tabares Moncada.

Nacido en Guárico en 1989, a sus veinticinco años era el criminal más buscado del país. La primera gran alarma para las autoridades fue en 2013, cuando dio de baja a 11 miembros de una banda rival en Altagracia de Orituco, de la que sumó a su banda a los sobrevivientes otrora rivales. Junto a ellos acumuló otros 32 homicidios. Así dio forma a una organización criminal que cruzó las fronteras de El Sombrero, en Guárico, expandiéndose hacia el estado Anzoátegui, Aragua y la capital del país.

En el ínterin del crecimiento de su banda, la prensa guarda registro de seis funcionarios policiales abatidos, personalmente, por el Pericu. Rogelio Jesús Medina, 35 años, era inspector del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC) y fue ultimado en una emboscada en El Sombrero, en julio de 2013. Medina acababa de estacionar su camioneta en un restaurante cercano al sector del Pericu, cuando fue rodeado por ambos lados por hombres armados con ametralladoras. Lo último que vio Medina fue al Pericu, quien se paró frente al vidrio frontal de la camioneta y dio el disparo de gracia que atinó en el ojo izquierdo del inspector. Acto seguido, quienes rodeaban la camioneta descargaron sus municiones sobre ella, dejando al occiso con 241 impactos de bala; Juan Carlos Ferreira, de veintitrés años, fue abatido pocos días antes de Navidad del mismo año en un enfrentamiento entre la banda del Pericu y el CICPC. Ferreira fue botín de guerra de la banda, a quien el Pericu ultimó metiéndole el cañón del revólver 38 en el ano, disparando en seis ocasiones; Luciano Paduel Peraza, 34 años y miembro activo de la Policía de Aragua, fue emboscado por la banda del Pericu mientras patrullaba en el barrio Universitario de la Región. Al verse rodeados, los efectivos alzaron las manos en señal de rendición. El Pericu entregó al copiloto al resto de la banda y a Paduel, quien manejaba la patrulla, lo esposó al volante y le dio un solo disparo en la nuca. De ese crimen surgió el mote de Pericu, después de que Tabares enviara una nota de voz por el Blackberry del occiso al director de la policía, diciéndole hice al paco hablar como un pericu… que dejen de buscarme, les dije ya.

CICPC

Enver Astroberto Méndez, 30 años de edad, oficial agregado de la Policía de Aragua, dio la voz de alto a un vehículo que, sin saberlo, conducía el Pericu. Al bajar la ventana sólo vio el cañón de la nueve milímetros cuyo impacto le dio en la cara, dejando el cuerpo tendido en el sector El Loro, de la carretera San Casimiro-Cúa, estado Aragua; Óscar Avendaño, agente del CICPC, fue ultimado llegando a su casa. El móvil del crimen, al parecer, había sido su participación en el allanamiento de la propiedad de una de las novias del Pericu; Humberto Estrada, también oficial del CICPC, asesinado durante un operativo de búsqueda al Pericu, fue encontrado dentro de un barril, incinerado, piernas y brazos fracturados y un balazo en la cabeza.

En medio de dos dolientes de Pericu, estaba Ángel a bordo de una moto. A pesar de ser motorizado hace más de ocho años, nunca había visto tal destreza en un piloto: tres pasajeros a más de 80 kilómetros por hora, sentido este, esquivando carros vacíos y otros con la gente adentro cubriéndose de las balas. Cauchos, ramas y piedras trancaban la vía y a medida que iba dejando otros destrozos, miedo y gritos tras de sí, el coro de los dolientes que clamaba ¡Pericu, Pericu, Pericu! Hasta que a la altura del distribuidor El Marqués, logró divisar una tanqueta del Ejército trancando el paso y apuntando a los revoltosos. ¡Sigue derecho, huevón, dale pa’Terrazas! ¡Estás loco, pajúo, ahí no hay por dónde salir!  ¡Entonces dale pa’La Urbina! Y Ángel en medio, sin intervenir ni opinar sobre el destino de esas tres vidas.

Sobre la autopista a la altura de La Urbina sentido oeste, el escenario no era muy distinto. Desde el otro lado de la calle, los perdigones, gases lacrimógenos y disparos no cesaban. Una detonación retumbó en los oídos de Ángel. Cerró los ojos y sintió cómo la moto perdía control y los tres cuerpos rodaban en el asfalto, entre más motos, más manifestantes y una espesa nube de gas.

El ingreso del cuerpo de Juan Andrés Tabares Moncada a la morgue de Bello Monte fue a las seis de la mañana y se trató como secreto sumarial, mientras las autoridades preparaban un plan de contingencia ante una posible retaliación, informaron en Twitter usuarios y medios contrapuestos como Últimas Noticias y el Diario Tal Cual. Información de la que hicieron eco El Nacional, Contrapunto, La Patilla y Noticias Venezuela. A las diez de la mañana, colectivos armados y simpatizantes del Pericu irrumpieron en la morgue en motos y un carro fúnebre custodiado por ellos. El cadáver del Pericu fue retirado de las instalaciones de la morgue y puesto en un ataúd donde inició la procesión que, decían, acabaría frente al Palacio de Gobierno, con la venia o no, de las autoridades.

El tipo de jean gastado y camisa negra Armani yacía boca abajo con un disparo en la cabeza y los ojos bien abiertos. Vivo y golpeado, Ángel logró incorporarse. Su franela blanca con la cita de Cadenas sucia y manchada de sangre propia y ajena. Cojeaba y tenía el brazo izquierdo raspado.

Con cada nueva detonación la cabeza le retumbaba. Había varios cuerpos y motos en el suelo. Incorporó una Yahama negra y elaboró un mapa mental que lo llevaría hasta su casa o al periódico. ¡Auxilio, auxilio!, gritaba una mujer negra, de leggins rosado y blusa blanca con un niño en brazos que no dejaba de llorar. Ángel prendió la moto que no era suya, dándole al pedal le pidió a la mujer que se acercara. Entre la multitud, madre e hijo subieron a la moto con Ángel. Los tres cruzaron el distribuidor de La Urbina, llegaron al Mc’Donalds que está entre Petare y la parte alta de El Marqués, para de ahí tomar rumbo hacia el hotel El Marqués, donde Ángel detuvo la moto.

—Señora, ¿qué fue lo que pasó? –preguntó Ángel, poniendo el seguro de la moto contra el piso para permitir que la mujer y su hijo bajaran de ella.

—Parece que mataron al Pericu, el malandro ese que sale en las noticias, y la gente está arrecha –respondió la mujer entre sollozos–.Yo iba a llevar a mi hijo al teleférico cuando empezaron a llegar los colectivos armados.

El niño ya no lloraba, pero tenía lágrimas en los ojos. Ángel le pasó una mano por la cabeza y al sentir el sonido de más motos yendo en dirección La Urbina-El Marqués cubrió a la mujer y a su hijo haciéndolos entrar al hotel. Trabajadores de las inmediaciones se habían recluido allí y vieron con temor en los ojos la entrada del trío. La televisión y la radio daban parte del robo del cadáver del Pericu y la idea de llevar su cuerpo hasta Miraflores para hacer que el Gobierno respondiera por su muerte.

—¿Se van a Miraflores? Esta vaina tiene que ser jodiendo… sólo en este país los malandros van a hacerle al Gobierno rendir cuentas por uno de sus muertos –soltó el recepcionista, de marcado acento español, cabellera blanca y uniforme vinotinto con hombreras negras de rayas amarillas–. ¡Este país no era así, joder! ¡No era así!

Las luces de la recepción estaban apagadas y alrededor había desde hombres de traje y corbata, mujeres con pintas de secretarias, niños con uniforme de bachillerato y hasta dos personajes que, a toda vista, eran perrocalenteros. Sin importar trabajo, grado de instrucción o tendencia política, la incertidumbre era la misma y el rumor de golpe seguía creciendo.

—…entonces yo lo iba a llevar al teleférico, señor, mire, hasta una cámara estaba llevando para tomarle una foto a Franklin montado en el funicular.

Ángel salió de sus pensamientos y volvió hacia la mujer que minutos antes había rescatado entre la multitud.

—Señora, necesito su cámara y su celular.

Con la franela como tapabocas y la cita de Cadenas hecha mugre y sangre seca, Ángel llegó a las inmediaciones de Miraflores a bordo de la Yamaha, única cosa que había robado en su vida. Sin camisa, con las costillas magulladas por la caída, el brazo con la sangre seca, raspones en la cara y varios chichones en la cabeza, logró divorciarse de cuidados y formalismos en el camino hacia la noticia mientras repetía como un mantra: pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

No supo cuántos espejos retrovisores se llevó por delante, en cuántas aceras se montó y cuántas calles tomó en sentido contrario. Lo único que tenía en mente era la imagen de los dolientes del Pericu haciéndole rendir cuentas al Gobierno a sangre y fuego.

Logró colarse a 500 metros de Miraflores. Abriéndose paso entre la multitud de protestantes, militares y policías, llegó a tocar el ataúd que albergaba al Pericu. La cámara era digital, pequeña y de buena resolución. ¡El pueblo no olvida, el pueblo no olvida una traición, Gobierno de mierda!, gritaba Ángel logrando la empatía del hampa dolida. ¡El pueblo no olvida, Gobierno de mierda!, repetían. Sabiéndose mimetizado, soltó el ataúd y corrió de espaldas a la urna, alejándose del cuadro para sacar la foto deseada. Disparó el clic insistentemente mientras rezaba en su cabeza por lograr alguna foto que reflejara lo que estaba viendo: civiles con armas de guerra alzando al mártir malandro. Cayó al piso. Sacó otras fotos desde abajo, hasta que uno de los manifestantes lo levantó. Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

—¿Estás bien, el mío?

—Fino. Todo fino. Quiero dejar evidencia de esto, para que nunca se nos olvide quién fue y cómo cayó el Pericu –contestó Ángel.

—Así mismo es, huevón. Así mismo es. ¡Que paguen estos coño e’madres!

En la procesión hasta Miraflores, entre detonaciones y gases, Ángel sintió que vivía su propia Rebelión en la granja, con los animales devenidos en malandros y el Gobierno como dueño de la granja, respondiendo a la brava. Aquella era la imagen perfecta del caos, la postal de la Caracas violenta, esa ciudad amor a muerte que lo motivó a hacerse camaleón entre la multitud malandra que pretendía reclamarle al Gobierno la traición a su fidelidad, después de que sus padres y ellos mismos habían arriesgado el pellejo en 2002, 2007 y 2014 por defender la revolución. Allí entendió cuán lejos estaba del conflicto, que a pesar de conocerlo y documentarlo, nunca había estado dentro de él, dentro de la manada furibunda que se creyó la monserga del pueblo pacífico, pero armado; pueblo tomador de decisiones; pueblo defensor de ideales en decadencia. Tener la posibilidad de documentar aquello con la cámara que le dio la señora en La Urbina lo envalentonó. Su cuerpo y sus imágenes hablarían por él, por el país. Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

—¿Cómo se murió el Pericu? ¿Quién lo mató? –preguntó Ángel al tipo que lo había recogido del piso.

—Coño, men… es absurdo que un carajo como él se haya muerto y más cómo se murió. Yo estaba con él.

La primera ráfaga de ametralladora del Ejército impactó en el piso y el ataúd del Pericu cayó cuan largo era. Intentaron levantarlo, hasta que la segunda ráfaga, acompañada de gases lacrimógenos, dispersó a la multitud. El tipo que había rescatado a Ángel le tendió un arma que el fotorreportero recibió por el mango. ¡Coño, marico, nos quitaron al Pericu, nos quitaron al Pericu, corre, coño, corre!, gritaba el hombre con la voz quebrada y a punto de llanto mientras corría con Ángel hacia la avenida Fuerzas Armadas. Cómo se murió el Pericu, chamo. Dime cómo se murió, preguntó Ángel quedándose sin aliento, corriendo entre la multitud. Al fondo, los valientes abrían fuego contra la milicia, que dispersó la manifestación con dos granadas.

Las explosiones pusieron fin a la revuelta y el miércoles Caracas amaneció como una postal del estrago: carros quemados; motos caídas e inservibles; negocios saqueados, el asfalto lleno de vidrios, sangre y cuerpos caraqueños que quedaron al lado del camino, decoraban la ciudad amarga y vencida, que hizo del luto por la muerte de un delincuente una rebelión histórica.

La imagen capturada por Ángel ocupó la primera plana del periódico. Acto seguido, los demás medios impresos y digitales se hicieron eco de ella. Ángel Marcano, el fotógrafo raso que mataba tigres tomando fotos de alimentos para una revista gastronómica, el favorito de bautizos, matrimonios y primeras comuniones de sus amigos, estaba en la cima de su carrera por capturar la imagen del ataúd del Pericu frente al Palacio de Miraflores.

Ángel fue la fuente de primera mano para aclarar la verdadera razón de la muerte de Juan Andrés Tabares Moncada, cuyo cuerpo, recuperado por las autoridades y mostrado a los medios de comunicación nacionales e internacionales, no tenía ni un solo balazo.

Todo el caos generado por la muerte del Pericu fue en vano. Los titulares eran mórbidos y poco informativos. Desde la imagen de los 13 policías abatidos, cubiertos de sangre, a la primicia del cuerpo del Pericu, cuya autopsia reveló como causa de muerte fractura de cráneo por impacto letal y el sistema respiratorio lleno de mucosidad, daba un giro importante a la historia estrella de la fuente de sucesos del periodismo venezolano. En la nómina del periódico Ángel no figuraba como reportero de sucesos. Y qué importa, si en este país a los coñazos todos nos volvemos periodistas de sucesos, dijo Omar, el jefe de redacción del periódico. Vas a tener que hablar con los medios. Nosotros, por supuesto, tenemos la primicia, que eres tú, Ángel. Esta vez él no era parte de la noticia, sino la noticia en sí misma. La fuente de primera mano para esclarecer la muerte del Pericu.

Según contó Ángel al periódico, y en una emisión especial del programa de César Miguel Rondín, el Pericu había estado presente en un enfrentamiento con efectivos de la PNB del que había logrado escapar alrededor de las dos, casi tres, de la mañana. Estaba reposando la gripe que desde hacía varios días lo tenía fuera de circulación, hasta que el operativo policial lo obligó a enfrentarse con las autoridades. Al llegar a la entrada de la Cota Mil, perdió el control de la moto producto de un estornudo. El Pericu y su acompañante, detenido por las autoridades y compañero de Ángel durante su infiltración entre los dolientes de la banda que cargaba el ataúd, cayeron cuan largos eran en la entrada de la Cota Mil a la altura de La Pastora. El copiloto sobrevivió el impacto y, después de darse a la fuga, informó al resto de los integrantes sobre la muerte del Pericu, lo que desató la furia del martes negro en Caracas.

—Seguimos al aire con Ángel Marcano, fotorreportero del diario Hoy, quien después de escapar del primer embate de motorizados afectos al Pericu, logró infiltrarse en la procesión del cabecilla de la banda del mismo nombre y rescatar el testimonio de uno de sus lugartenientes –dijo César Miguel, poniendo al día a quienes apenas sintonizaban el programa–. Esta versión, Ángel, avala la versión oficial del Gobierno, que mostró el cuerpo de Tabares sin un solo impacto de bala y cuya autopsia revela, como causa de muerte, fractura de cráneo por impacto. ¿Piensas que toda esta violencia fue injustificada?

—Pienso que, después de cierto punto, la violencia no es injustificada. Si bien su muerte no se dio a manos de efectivos de la PNB, sí le dieron cacería y eso es lo que sus dolientes reclamaban: por qué darle cacería a uno de los suyos.

—Siguen siendo versiones extraoficiales el que el Pericu y su banda tuviesen alianzas con sectores del Gobierno.

—Extraoficiales o no, son versiones preocupantes. El caos que se vivió ayer en la ciudad, las armas de guerra y los muertos, no son extraoficiales. Están ahí. Ayer se manifestó el descontento de la delincuencia hacia el Gobierno en este país dividido que tenemos, César. Haya muerto como haya muerto, la muerte del Pericu pasó a ser una infame efeméride más del trágico momento histórico que vive el país.

—Y curioso cómo murió, ¿no crees? Siendo cierta la versión del estornudo, fue este el detonante de un conflicto social bárbaro que ha dejado más de 100 muertos y 300 detenidos.

—Cuando la violencia es pan de cada día, y siendo tan frágil la seguridad del venezolano, todo es posible, hasta morirse de un estornudo.

—Claro. Y sobre eso, tenemos nuevas informaciones de ex funcionarios del Ministerio de Salud sobre la escasez de medicamentos en el país. Pero antes, me informan que tenemos una llamada. Lautaro Lancaster, quien se comunica desde Sábana Grande, dice tener una pregunta. Adelante, Lautaro.

—Buenos días.

—Buenos días, Lautaro, ¿cuál es tu pregunta?

—Buenos días, César; buenos días Ángel. Mi pregunta es la siguiente: en la fotografía que tomaste y que todo el país ha visto y difundido, ¿alguno se percató de que el hombre a la izquierda del ataúd del Pericu carga en su otra mano una ametralladora Thompson?

 

Por Rubén Machaen | @remachaen

Brutalidad cotidiana

—¿Todavía sigues creyendo que somos más evolucionados que los monos?

—Sí. Porque aún podemos hacer algo al respecto.

The Experiment.

Al igual que esos boleros que hacen suponer que querer partirle los huesos a alguien en un abrazo es una sana forma de sentir afecto, hay quienes se refieren a algo excelso, o asombroso, usando la palabra brutal.

¿Cómo se puso de moda la expresión? “Esa jeva se viste brutal”, “El pana juega brutal”, “Marico, ¿viste la película? ¡Brutal!” Los maestros de la demagogia comercial, Chino y Nacho, al final del videoclip de su canción Me voy enamorando muestran la palabra brutal en gigante. El dúo parece homenajear la realidad que experimenta su país, en donde el afecto es, casi literalmente, huesos rotos.

En eso pienso mientras viajo, de pie, en un vagón del Metro de Caracas. El aire acondicionado no funciona, pasamos varios minutos detenido entre cada estación, la gente hace contorsionismo. Nada ajeno a la rutina: el infierno quema no por la intensidad del fuego, sino por la recurrencia.

Frente a mí una señora, sentada, le grita a su hija de unos nueve años. En las piernas lleva a su hijo, que acaso rondará el año. La niña me ve a los ojos mientras le endosan las etiquetas de “gafa”, “carajita del coño” y “bruta”. La expresión final, aunque puede tener una acepción parecida a la palabra de moda, no genera confusión en la niña: entiende que no la están halagando. A continuación, posa la mirada sobre su hermanito, que le pide mediante ademanes una muñeca tan despeinada como ella y su mamá. La niña lo complace. “¡Míralo, sí es marico!”, grita y carcajea la señora mientras ve al bebé jugar con la Barbie de su hermana.

Caracas es el Este y el Oeste y todo lo que esa mezcla y división representa. La literatura, y casi todas las manifestaciones artísticas, suelen difundirse en el Este. Las balas suenan con mayor frecuencia en el Oeste. Así y todo, las personas y los ambientes se mezclan y aprenden a coexistir sin armonía pero con costumbre. El Metro es la prueba. Allí pasean chamos desgarbados con apariencia tuky –que en vez de llamarte “pana” te llaman “el mío”–, mientras se sube al tren una estudiante de la Universidad Católica Andrés Bello con senos recién estrenados y un o sea que se atraviesa en cada oración. Del Metro solo escapan los que se encarcelan en el tráfico. Dentro de todo, Caracas puede permitirte escoger tu celda.

Una de esas chicas amiga del o sea conversa con un raquítico encorcovado, de lenguaje corporal robótico, que se apoya en un bastón. Estoy en Plaza Venezuela en el andén con dirección Palo Verde. La pareja está casi al principio de una de las filas que aguardan el tren. El flaco tiene voz de niño, ropa rota y manchada, cabello despeinado; ladea la cabeza al hablar y se queda pegado en algunas palabras.

—Car… li… ta, ¿tú tie… nes no… vio? –le pregunta el flaco a la chica.

—Sí, sí tengo –responde, riendo, viendo a los lados, sosteniendo a su, ya me queda claro, improvisado “amigo”.

—¿Y no se moles… ta si te paso a bus… car –mueve la cabeza en cámara lenta.

—No –Carlita, si es que se llama así, sigue riendo.

—Tú le expli… cas que so… mos a… mi… gos, ¿verdad?

El tren se aproxima. Carlita le dice al flaco que de ahora en adelante puede solo. Lo despide. Se abren las puertas del vagón. La gente empieza a bajar. Empujones. El flaco queda a la deriva, sin poder usar su bastón, sin poder reaccionar a tiempo para hacer lo que sea que quiera hacer. La gente pasa a su lado, esquivándolo de forma mecánica. “Panita, ven acá, te ayudo”, lo agarro del brazo y juntos entramos al vagón. “¿Panita?, yo no me lla… mo pa… nita”, “¿Y cómo te llamas tú?”, “Al… fon… so. Yo me llamo Al… fon… so”. Alguien le da el puesto. Lo ayudamos a sentarse. Seguimos hablando: “¿Tú co… no… ces a Car… li… ta?, ella es mi a… mi… ga, ¿la quie… res co… no… cer?”, “Sí”, “Pe… ro e… lla tie… ne no… vio”. Un hombre con bigote nos ve hablar. Ríe. Un par de señoras hace lo mismo. El flaco me explica que padece epilepsia. Cuando lo estoy despidiendo, para bajarme en Sabana Grande, saca una faja de billetes: “Hoy me to… có sa… lir a pe… dir pla… ta. Es la pri… me… ra vez que lo ha… go. ¡No, men… tira! Es la se… gun… da. Ya me faltan so… lo dos… ci… en… tos bolíva… res, ¿crees que los con… si… ga?” Le deseo suerte con una sonrisa. Solo eso puedo hacer.

¿O no?

En Caracas, ya se sabe, hay que bajar la voz de vez en cuando. El que se la tira de Bugs Bunny, Hulk, o Superman, corre el riesgo de quedar como el pato Lucas, Bruce Banner, o Clark Kent. Pero, está comprobado, en la jungla, el que pone la mejilla dos veces termina con el rostro desfigurado.

Por eso, con instinto de supervivencia, días antes corrí cuando un trío de adolescentes que se estaban formando como hampas trataron de robarme.

Eran las siete de la mañana y caminaba por una avenida en la que no había ni esperanza. Pasé al lado de tres enclenques con capuchas. Bajé la cabeza y seguí de largo. Se pararon, me persiguieron, crucé. “¡Dame el teléfono, el mío, dame el teléfono!”, dijo el más pequeño luego de que en su intento por obtener el pico de una botella quebrara la misma por completo. Corrí en dirección contraria hacia donde iba. Los dejé atrás y abordé una camioneta. Cuando pasé al lado de ellos, me asomé por la ventana, les lancé un beso y me eché a reír. Me vieron de soslayo y mostraron el dedo medio. Les correspondí. No sé si fue lo más inteligente, menos al ser una avenida que transito a menudo, pero, supongo, todos tenemos algo de instinto animal dentro. E ir a un médico está muy caro como para dejar que te desfiguren la cara.

En la calle sobrevive el más fuerte. Y ese es el que se adapte y entienda mejor cada circunstancia. Quizá por eso, y quizá también me esté excusando, cuando, ya fuera del Metro, compro palmeritas y escucho a una chama gritar “¡Ayuda, ayuda!, ¡atrápenlo!”, dudo. La escena se congela: todos se detienen y ven perderse a un delincuente, de menos de 1,60 metros, que se tropieza con los obstáculos de su consciencia mientras enfila hacia la Avenida Libertador. Nadie se mueve, todos nos limitamos a ver(nos).

En la sala de redacción, minutos después, me mezclo con periodistas. Un hábitat extraño en el que la mayoría puede oír y leer sobre centenares de muertos en Siria sin inmutarse, pero se sienten especialmente maldecidos cuando se enteran de que el dólar subió.

El resto de la tarde flirtearé con la frase “¿Por qué no corrí a ayudar a la chama?”, y con la duda de si podía hacer algo más por el epiléptico. “¡Coño, te pasaste de brutal!”, le dice el editor a uno de los chamos de audiovisuales que le enseña un video que hizo.

¿Y yo, también me pasé de brutal?

Al final del día, atravieso indigentes, bailadores de changa tuky en Sabana Grande, motorizados que ven con deseo las nalgas de una mujer y el bolsillo de su novio. Atravieso un ir y venir de gente en el que todos nos esquivamos sin prestarnos atención.

Ya en Zona Rental, dentro del tren, las puertas se cierran. Una de las decenas de voces conocidas empieza la retahíla para pedir dinero. Esta, sin embargo, siempre encuentra facilidad para robar la atención.

¿Cómo suena la voz de una anciana sin dientes? Exacto. Con ese tono se escucha un “Señores, buenas tardes, y perdóneme que yo los moleste”. El cabello blanco recogido en una cola. Un suéter de lana rojo. Un vestido por debajo de la rodilla. Así: rodilla, en singular. La anciana que camina apoyada en muletas, mientras pide dinero, solo posee una pierna: la otra se la amputaron.

No le cuesta aflojar el bolsillo de los pasajeros. A algunos las imágenes extremas son las únicas que los sacan del coma de la rutina. Cuando la anciana pasa al lado mío se consigue con tres muchachos vestidos con camisetas y bermudas playeras de colores. “¡Abuela, ¿cómo me le va?!”, grita uno. “Ay, mijo, se hace lo que se puede”, responde la señora. “Mosca por ahí, abuela, le puede pasar algo”, “No, sí en estos días unos policías me corrieron de por allá arriba. Y me quitaron todo lo que había pedido durante la tarde”, “¿¡Qué!? No, abuela, eso no es así. Usted nos dice quién se está metiendo con usted y nosotros vamos y pim, pum, pam: cayapeamos a esos mamawevos”.

Una amiga me dijo una vez que en Venezuela el índice de viudez es alto. Todos los índices que contabilizan lo que se cree “anormal” parecen serlo: discapacitados, homosexualidad, drogas, alcoholismo, cáncer, enfermedades del corazón. Ahora me pregunto, ¿cuántos lisiados circulan en Caracas? ¿A cuántos ignoramos? Hace días, en Capitolio, vi una patineta. El estereotipo de los skates los describe como tipos desarticulados, de ropa holgada y pantalones rotos. Amantes de la comida rápida, quizá de los porros, y –más que nada– de los huesos quebrados. Esos prejuicios se rompieron cuando noté que sobre la patineta, que rodaba por el andén, no había un pie, sino un torso.

Dos brazos largos “remaban” sobre el piso. Un tipo mutilado de la cintura para abajo estacionó su patineta en una fila, esperó que llegara el tren y lo abordó.

Tras bajarnos en Capuchinos, el “skate” nos zigzagueó hasta encontrar la fila menos poblada para esperar otro tren. “¡No vale!, ¿¡tú eres marico!? ¿¡Cómo tú me vas a hacer así, el mío!? ¿¡Y si me caigo para allá!? ¡No vale, si eres mamawevo!”, el tipo se dirigía a un estudiante, camisa azul, que lo veía con cara de náufrago. Quienes estaban cerca de mí alternaban el rostro del adolescente con el del “skate”, hasta que el segundo continuó su camino y, como si una mano invisible pasase un interruptor, todos agacharon la cabeza.

El lenguaje nos desnuda, retrata y condiciona. Construimos la realidad a partir de él. En Venezuela, pareciera que confundimos lo espectacular con la violencia. O puede que hayamos encontrado belleza en la brutalidad. Sea cual sea el caso, vivir dentro de una tribu sin copiar algunas de sus maneras es un desafío a la altura de muy pocos.

Llego a Las Adjuntas. Una docena de personas se golpea para entrar al tren, mientras nosotros lo queremos desalojar. Entre empujones, mentadas de madre y amenazas, una mujer con un bebé en los brazos trata de salir. “¡Cuidado, que la señora lleva un bebé!”, el grito sin rostro pone stop en la escena. La fauna salvaje se detiene. Nadie entra, nadie sale. Quietos todos. La señora pone los dos pies fuera del vagón y, okey, continúen. La batalla se reanuda.

La sincronía de la escena hace suponer que es interpretada por un grupo de danza cuya coreografía está llena de colores oscuros, sinfonías que invitan a la melancolía y movimientos que oscilan entre la brusquedad y el desgano. La voz del coreógrafo invisible se evapora. Y yo, el único espectador consciente, solo puedo exclamar: “¡Brutal!”

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

*Esta historia recibió mención en el concurso de crónica Que la ciudad eche su cuento (2015).

Número de homicidios en Venezuela

Las muertes violentas azotan Venezuela, y su incremento constante (en cifras) es un indicador de la grave descomposición social por la que transitamos. De acuerdo con el Observatorio Venezolano de Seguridad (OVS), durante el primer semestre de 2017 tuvieron lugar un total de 9.927 asesinatos en el país. Ajuste de cuentas (74,6%), robos (16,4%) y riñas (1,5%) son algunas de las causas más frecuentes de los homicidios. El estudio también detalla el objeto activo con lo que estos delitos se ejecutan: arma de fuego (92,5%), arma blanca (4,5%) y fuerza física o material inflamable (1,5%). No en vano Caracas encabeza la lista de las 10 ciudades más peligrosas del mundo con un promedio de 130,35 personas asesinadas por cada 100.000 habitantes, según el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal (Ccspjp) de México. En Venezuela, los ciudadanos viven asediados por las armas y el miedo inunda las calles de sus ciudades. Sin embargo, la difusión de estos números no tiene como fin acrecentar el terror; por el contrario, nuestro objetivo es hacer un llamado al Estado para que implemente políticas que reivindiquen el derecho a la vida y hagan un alto a la impunidad. Es su responsabilidad.