Perdiendo mi religión: un día de peregrinación con José Gregorio

Hubo un período de mi vida en el que temí arder para siempre en el infierno por hacer la primera comunión un día después de ver un partido de fútbol en el que dije malas palabras (el Bélgica-España que se fue a penales en los cuartos de final de México 1986). Hubo un período de mi vida en el que, durante alguna emergencia pediátrica menor en el Hospital Vargas (Caracas), devoré una biografía de José Gregorio Hernández en la que se asegura que, durante sus estudios en París, hizo exclamar a una prostituta apodada La Chaton: “Me han dejado con un verdadero Santo. Estoy arrepentida de mi vida de pecado… Las cosas que me ha dicho ese hombre”. Una época de mi infancia en la que, por cierto, era un gordito acomplejado, con lentes culo de botella y corte totuma que llegó a pasar más de dos años sin verse ante un espejo. No necesariamente debe establecerse un vínculo entre una cosa y otra.

Sin saber bien por qué –tal vez debido a mi deseo desesperado de no pasar otro fin de semana solo–, me integro a la “Ruta del Venerable” en la mañana del sábado previo al Domingo de Ramos de 2019. No eres un ignorante irrecuperable si nunca antes has oído de la Ruta del Venerable: la caminata pedagógico-confesional se inaugura este año a propósito del centenario de la muerte en un accidente automovilístico del médico trujillano José Gregorio Hernández (1864-1919), que se cumple el próximo 29 de junio.

El papa Juan Pablo II le declara “venerable” el 16 de enero de 1986, aunque desde entonces Cheo Goyo se queda como novia de pueblo a la espera de los dos siguientes rangos en los ascensos del más allá: beato y santo. Yo, por mi parte, debo decir que pertenezco a 70% de venezolanos que, en un censo, probablemente responderá que se crió dentro del catolicismo, aunque poco a poco he ido perdiendo mi religión. No creo en nadie.

No son solo cuatro pelagatos

La Ruta del Venerable, de la que me entero por Twitter –porque en este siglo el clero tiene redes sociales– mientras cumplo mi trabajo de rastrear al menos una noticia edificante por día en este país, recorre algunos de los parajes de Caracas que en vida frecuenta el nativo de Isnotú. Básicamente se trata de un entrenamiento de pretemporada para la visita a los siete templos del Jueves Santo, pero no debe olvidarse que el bigote rescatable de Venezuela también fue un eminente científico que introdujo aquí el uso clínico del microscopio (se dice que sostuvo apasionantes debates sobre religión y ciencia con su colega Luis Razetti, en los que siempre se atrincheraba en la postura creacionista). Son también parajes que frecuenté de niño.

Me reporto a las 8:00 de la mañana en el punto de arranque del Hospital Vargas y, como suele pasar también en las marchas de la oposición, de entrada aquello pinta mal: solo hay cuatro gatos, o, mejor dicho, cuatro beatos de edad venerable. Mi cachucha verde fluorescente llama demasiado la atención entre sus prendas moradas y encierro mi timidez en la pantalla del smartphone, confiando con ingenuidad en que estoy en un lugar custodiado por milicianos no menos desdentados.

Pero vienen con alegría, Señor. Nunca menosprecies a una institución con dos milenios de antiguedad, porque a las 9:15 am el suelo comienza a temblar anunciando la llegada de un auténtico pelotón: pancartas de la emisora Radio María, una camioneta pickup con cornetas para los hits de iglesia de todos los tiempos, una muchedumbre en éxtasis que eleva sus brazos al cielo, tantos estandartes del cristianismo como si estuviera por empezar la batalla de Lepanto y un par de obispos con solideo púrpura que asumen el liderazgo de la procesión: los monseñores Tulio Ramírez y Enrique Parravano, de siluetas que hacen recordar a Sancho y el Quijote, respectivamente. Irrumpimos dentro del Hospital Vargas cual ejército de Dios y, por milagro de Cheo Goyo, un miliciano jorobado y con anteojos de sol nos da puerta de manera amable mientras, poseído por una sospechosa bondad, repite una letanía: “¡Solamente Dios hace maravillas!”.

Del médico de los pobres a los pobres sin médicos

Santos contrastes: se me había olvidado que, en su interior, el Hospital Vargas es una joya arquitectónica con gárgolas y todo que, en caso de incendio combinado con el servicio de Hidrocapital, representaría una pérdida patrimonial local equivalente a la catedral de Notre-Dame, y en la que te vas a topar de frente con todo el drama de un país en emergencia humanitaria compleja: la primitiva medicina que se imparte hoy allí parece inferior a la de 1891, cuando se inauguró el centro asistencial. Es más probable que consigas un doctor palestino que uno de los 26.000 médicos venezolanos que han fugado sus cerebros desde 2004.

“Venezuela está enfermita”, dice con mucho tacto monseñor Ramírez, sabiendo que nos encontramos en territorio apache, al tiempo que recuerda la anécdota de cuando a José Gregorio le quisieron llamar para que atendiera al hermano de un dictador y, sin que lo valiente le quitara lo cortés, advirtió: “No puedo dejar mi consulta de pobres”. Deberíamos aprovechar que estamos aquí y rezarle también a la estatua de José María Vargas, otro civil y científico insigne cuya memoria acaba de ser agraviada por un gobernador chavista.

Mientras avanzamos entre pacientes de aspecto menesteroso y familiares que transportan almohadas roñosas, peregrinos entonando en resistencia civil el “Dios está aquí” –de adulto suelo pensar que, en el fondo, las misas católicas solo son una excusa para cantar sin miedo a desafinar–, me aparto a un costado de la capilla del hospital y me reencuentro con esa curiosa costumbre que tienen algunas solteronas de hablarle bajito a los santos de escayola y agarrarles casi voluptuosamente un bracito o una piernita.

No revisarás el WhatsApp en la casa del Señor

Subiendo una cuesta en ritmo de rock pop –¿quién dijo que la devoción puede ser menos emocionante que una concentración de Guaidó?–, llegamos a mi iglesia de infancia, uno de los templos católicos más majestuosos de Caracas: el santuario de San José del Ávila. Me reencuentro con sus frescos monumentales de realismo mágico cristiano –Jesús encabezando una milicia crepuscular de monjas; Jesús coleado en hogar burgués de hombre encorbatado y mujer sumisa que cría muchachos– y sus terroríficos bajorrelieves de monjes benedictinos que subliman su represión sexual en una camaradería de túnicas de piedra que casi desprenden olor de entrepierna sancochada. Estremece pensar que la última vez que estuve aquí no existían el chavismo, las denuncias masivas de pederastia contra el clero ni los smartphones.

Me inquieta plantearme, por ejemplo, si se considera pecado venial revisar ansiosamente mensajes de WhatsApp esperando en vano una señal de piedad femenina dentro de un monasterio. Algo no ha cambiado entre el niño perpetuamente despechado que hizo la primera comunión en 1986 y el adulto sin consuelo que soy hoy: después de todo, Losing my religion de R.E.M., uno de mis temas favoritos de toda la vida, trata en realidad sobre una obsesión amorosa.

Imposible poderlo comprar: el pan y el vino

“Juntos como hermanos, miembros de una iglesia, vamos caminando al encuentro del Señor”. La verdad es que no tengo mucho por contar del resto de las etapas de la Ruta del Venerable, aparte de que proyecto mis dolencias del cuerpo y del corazón en las rodillas sangrantes de Cristo y las lágrimas rodando sobre el cutis nacarado de la Dolorosa en la iglesia de La Pastora, respectivamente, y me deleito con singles de catecismo que caen como anillo al dedo en la Venezuela de Maduro: “Un día de bodas el vino faltó / imposible poderlo comprar” (para esta Semana Santa, la diócesis de Cúcuta donó un millón de hostias y 50 letras de vino a la de San Cristóbal).

Es subversivo que, durante un trecho del recorrido, los dos centenares de cristianos en su mayoría opositores que allí estamos marchemos y cantemos por un par de cuadras de la avenida Baralt sin ser agredidos por colectivos, en el mismo día –13 de abril– en que el chavismo conmemora la epifanía del regreso de Chávez después del fallido golpe de Estado en 2002.

Un hombre de imperturbable semblante en sepia, que parece extraído de una salina de la película Araya de Margot Benacerraf, alza ininterrumpidamente una estatuilla de José Gregorio durante los siete kilómetros y más de seis horas de recorrido, como si su petrificado brazo derecho hubiera sido entrenado en gimnasio para la proeza. Me vuelven a asaltar dudas que siempre tuve de pequeño, por ejemplo si el Padrenuestro debe terminarse con un “y líbranos del mal amén” o con un “mas libranos del mal amén”; el mas, en este caso, sin acento, pues se usa como conjunción y no como adverbio. Pero Jesús es verbo, no sustantivo, nos recuerda Arjona.

Ilumina a Maduro, Señor

Cuando un cristiano baila / baila, baila / cadera, cadera / rodilla, rodilla / pie, pie / cabeza, cabeza / así baila un cristiano. Intento que sea un sábado feliz, pero me duele como una lanza de centurión romano en el costado presenciar que ya no existen los chinos de La Pastora a los que les compraba arroz con huevo frito antes de subir al Ávila por el Camino de los Españoles, hace un trío de años. “Estamos cerquita de Miraflores. Vamos a pedir con todo nuestro ser para que el Señor ilumine a nuestras autoridades y que no muera un niño más en el J.M de los Ríos”, trata de convencernos monseñor Ramírez de que Nicolás Maduro es reformable –estoy seguro de que ni él mismo se lo cree– en la mítica esquina de Amadores, donde José Gregorio murió atropellado por uno de los primeros automóviles a velocidad de carrito de chichero que circuló por Caracas, o simplemente se estrelló de cabeza contra una acera por el susto del cornetazo, según otras versiones.

En todo caso, también estamos en un centro energético para espiritistas que al parecer han enchabado el proceso de santificación en el Vaticano, lamenta monseñor. “¡El que lo mató salió libre!”, me grita una doña cuando me acerco a fotografiar la placa conmemorativa, como echándome en cara cien años de injusticia en un país abandonado por Dios.

venerable

Sin sangre derramada por los colectivos

Camino a una iglesia con un techo gótico de decadente grandeza (la Santa Capilla), pasamos al lado del Banco Central de Venezuela, epicentro de la hiperinflación y técnicamente cerrado desde el megapagón del siete de marzo, al parecer para facilitar la extracción ilegal de nuestro oro hacia países como Uganda. Intento calmar sed y hambre al mismo tiempo en dos tugurios que anuncian cocadas con letras enormes, pero en ninguno de los dos venden las cocadas.

No es con espadas, ni con ejércitos, mas como su Santo Espíritu: me pregunto si la letra de No hay Dios tan grande como tú es una admisión del politeísmo cuando sale desafiante de nuestros labios en el momento más tenso del recorrido: una caravana de colectivos en motos nos tocan corneta para que les cedamos el paso en la cara sur de la Plaza Bolívar. “Son unas asesinos, mírales las caras”, me dice en voz alta una beata mucho más valiente que yo. Pero no hay derramamiento de sangre cristiana, solo sorna de los fanáticos del culto laico del comandante eterno: “¿Y eso con qué se come?”, nos pregunta burlón uno de los ancianos que permanentemente miran VTV en el toldito de la esquina caliente cuando desfilan los estandartes de José Gregorio. El asesino esta vez solo es el sol de abril.

Ya en la catedral de Caracas, penúltima estación antes de la tumba del Venerable en La Candelaria, caigo rendido de cansancio en un banquito de madera, los párpados se me derrumban unos minutos y me pierdo el otro momento que más me gusta de las misas católicas, aparte de las canciones: el saludo de paz que me permite darle la mano a desconocidos que más nunca volveré a ver.

“José, José, José Gregorio… por amor a Jesús lo diste todo”, truena el vozarrón ochentoso de Jorge Rigó desde la camioneta pickup cuya planta eléctrica se apaga cada cinco minutos y nos deja cantando a capela. Las autoridades nos ceden un canal de la avenida Urdaneta para que los cristianos lleguemos a la iglesia La Candelaria: “Los policías están nerviosos, esperaban que fuéramos muchos menos y tenemos que pasar por lugares complicados”, nos espolea monseñor Ramírez con la sotana y el gorrito púrpura bañados en sudor bendito.

Me retiro decepcionado poco después de que una multitud nos recibe entre aplausos en la meta final: estamos en época de vacas muertas y solo hay unos contados frasquitos de agua mineral para los que sí tienen cara de ir a misa todos los domingos. Mucho peor: me decepciona que la Ruta del Venerable –que, en un país distinto, podría hasta generar divisas como atracción turística menor– haya sido más un Jueves Santo cualquiera que un auténtico recorrido biográfico guiado por historiadores.

Nadie me ha confirmado o desmentido, por ejemplo, la crucial anécdota del Venerable y La Chaton. Que alguien sea tan disciplinado y fajado como José Gregorio para mí sigue siendo un misterio. Quizás porque no tenía smartphone. ¿Habrá jugado fútbol? ¿Tendría defecto o vicio aparte de la terquedad? ¿Le habrá gustado alguna chama?

Es probable que el Miércoles Santo –que siempre es miércoles de Champions– haga la cola para visitar al Nazareno en la iglesia de Santa Rosalía, más por costumbre que otra cosa. Eso sí: no me verás arrodillado. En esta época de mi vida creo que soy tan devoto de él como de Ronaldo Nazario o Cristiano Ronaldo.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia