la chica transparente

La chica transparente

La memoria me falla. A veces puedo ver imágenes y percibir sensaciones. Pero no logro organizar todo en un recuerdo. Algunos días despierto con un sabor extraño en el paladar. Me sucedió hace poco. Apenas me levanté de la cama y mis pies tocaron el frío dormido sobre el piso, sentí el mar paseando por mi boca. Nubes desfilaron frente a mí mostrando distintas formas.

Dos horas después identifiqué el sabor: pulpos, calamares y camarones sofritos con pimentón y cebolla, guisados en pasta de tomate y servidos en una cazuela de barro. Al levantarme fui la cazuela de barro y también el mar frente al restaurante en algún punto de este país, punto cuyo nombre no recuerdo. Pero no me aflijo porque lo sé: en un par de horas podré recordarlo. Para entonces posiblemente no sabré la razón por la cual estará sonando en mi mente. Este diario tiene el propósito de evitarme el tormento de no saber a qué responde la aparición de un recuerdo, por eso escribo hoy: porque la memoria me falla.

De vez en cuando un aroma me hace viajar hacia una estación, como un Metro trasladándose a través de un túnel oscuro. No hay metros en el pueblo donde vivo. Por eso vivo aquí. No hay tráfico, no hay prisa, no hay abundancia de tecnología, apenas la necesaria.

Ahora lo recuerdo, abordé por primera vez un Metro en Caracas. Me dio la impresión de estar en el vientre de una bestia endemoniada. Una bestia tragamonedas. El Metro abrió sus puertas y atrajo las monedas como un imán, y allá fueron los humanos. Y allá fui yo. Adentro la digestión consiste en un mareo apoderándose de tu mente, llevándote a lugares donde ya estuviste. El tiempo se cuela en el pasillo y al tocarte causa una reacción en el vientre de la bestia, entonces ella abre sus bocas para escupir las monedas infectadas por los recuerdos. Es cuando llegas a tu destino, sin percibir los minutos o la hora transcurrida.

Odié el Metro desde el instante cuando bajé las escaleras y descubrí por primera vez ese mundo subterráneo. Lo sé porque así lo dicen las páginas de este diario. Lo sé porque mientras escribo “Caracas” puedo saborear la sangre, y odio el sabor de la sangre; lo odio desde aquella vez cuando me sostuve de la rama de un naranjo para no caerme mientras corría detrás de Fabiola.

«Chúpate el dedo, así dejarás de sangrar», me dijo para luego reír a carcajadas mientras yo seguía su instrucción, crédulo de sus palabras.

De aquel día solo recuerdo el sabor de la sangre y el de su piel. Todos mis encuentros sexuales tuvieron el aroma y el sabor de Fabiola. Y aunque en este momento no puedo recordar mucho sobre esos minutos de gloria junto a ella, en otras ocasiones he recordado detalles y están registrados en las páginas de este diario. Las leí para saber por qué, por qué tengo este cuaderno junto a mi cama, por qué estoy aquí en esta habitación observando árboles y montañas, a través de la ventana.  

En realidad ese mundo subterráneo no es extraordinario, es el mismo mundo de la superficie. Mientras iba dejando reposar mi pie en cada escalón me hice consciente: somos animales desorientados, con una engañosa convicción sobre el destino.

La convicción es un invento ridículo, lo supe esa tarde. Tuve temor de llegar al último escalón y formar parte de esa manada pretenciosa y tonta. Más bien tuve temor de ser observado por otra persona bajando las escaleras y descubriendo la torpeza humana. Me sentí ridículo al saberlo: en segundos yo sería parte de la manada y no observador. Eso me ocurrió las veces cuando Caracas se hizo inexorable.

El temor sabe a naranja, huele a naranjales, a tierra húmeda, las nubes adoptan formas extrañas cuando sientes temor.

Ahora lo recuerdo, esas nubes desfilando sobre mí en aquel restaurante formaban naranjales blancos con un azul intenso de fondo. Así de azul estuvo el cielo la tarde cuando Fabiola me arrastró al potrero detrás de su casa, en este mismo pueblo de donde huí y adonde vine a parar. Me dejé guiar por ella, me tomó de la mano y me arrastró a través de los naranjos. Yo iba temblando por dentro. Sabía a qué me enfrentaría tan pronto el sendero acabara. Yo lo deseaba. Yo la deseaba.  

Lo supe esa misma tarde: el temor y el deseo van de la mano tal como íbamos nosotros, corriendo hacia el lugar donde consumamos un amor temprano, inocente e impaciente. Valió la pena sufrir el golpe en el estómago y el temblor mudo. Desde entonces el temor me sabe a naranjas y las nubes dibujan naranjos cuando la incertidumbre me abraza.

Hay recuerdos que no olvido. La memoria me falla, pero también se burla. Escoge a su antojo recuerdos para perpetuar.

Nunca he podido olvidar aquella paliza recibida, la única según mi memoria. Doce, trece o catorce años, en la salida del liceo. Todavía mi rostro intenta esquivar el golpe mientras recuerdo. También escucho los gritos, unos alentándome y otros alentando a mi contrincante. Los nudillos se estrellaron en mi cara, el cielo se volvió negro. Recuerdo las voces, «remátalo con una patada», «no lo dejes levantarse». Recuerdo las burlas, «chamo, buena coñiza te dieron».

Me recuerdo miserable, con miedo y humillado. Queriendo ponerme en pie, pero mis pies temblando. Años después lo supe, mi espíritu se quebró aquel mediodía, o aquella tarde. Si fue antes de mis trece, sucedió en el mediodía porque hasta esa edad estudié de mañana; si fue después de los trece, entonces recibí la paliza cerca de las seis de la tarde.  

Nunca más volví a pelear y si fue así no lo recuerdo. Desde entonces aprendí el arte de evitar confrontaciones violentas. Por un tiempo me volví adulador y complaciente: siempre de acuerdo con todos y siempre dispuesto a colaborar con todos. Y cuando logré sacudirme de mi cobardía, y restauré mi espíritu quebrado, quedaron fragmentos de aquella paliza grabados en mi rostro.

Tampoco pude olvidar jamás la revolcada en la bajada del Capitán. Ocurrió la primera semana con mi bicicleta. O fue la segunda. Me gustaba ir a Piedritas, el caserío vecino. Desde aquí no eran más de veinte minutos en bicicleta. Frente a la Hacienda del Capitán la carretera se empina. Requería un esfuerzo extra subir el cerro, a veces cansaba menos bajar de la bicicleta y subir a pie.

Lo emocionante era el regreso. Daba unas vueltas en las dos únicas calles del caserío y regresaba ansioso. Apenas comenzaba a descender retiraba mis pies de los pedales, y cerraba mis ojos por un instante para sentir el vértigo. Un huracán nacía en mi estómago, puedo recordarlo porque ese mismo huracán me acompañó en todos los viajes por aire. Apenas el avión despegaba o aterrizaba, yo estaba deslizándome en la bajada del Capitán.

Esa tarde, o esa mañana, se me ocurrió soltar el volante. Creí posible disfrutar la libertad extendiendo mis manos hacia los lados. Terminé rodando. Fui a dar a un extremo y la bicicleta al contrario. Me atajó la maleza, añadiendo a mis golpes algunos rasguños. Apenas salí de la maleza, mis amigos reían. Sí, lo olvidaba, nunca fui solo a Piedritas, siempre descendí la bajada del Capitán con otros. ¡Ojalá hubiera estado solo!

No se golpeó tanto mi espalda como mi dignidad.  Por un tiempo no estuve cómodo conmigo. Todavía hay secuelas de ello.

Me desagrada mi memoria, por ejemplo, y su selección de recuerdos imborrables. Me desagrada no recordar otras cosas ¿Qué otras cosas? No lo sé, pero me gustaría recordarlas para saberlo. También me gustaría tener acceso inmediato a mis recuerdos sin todo ese proceso de esfuerzos, rituales y transcripciones. Seguiría escribiendo mi diario así tuviese mejor memoria, siempre quise ser escritor. Aunque decir siempre es una exageración, pero quién sabe, tal vez mi memoria podría asegurarlo de no ser tan burlesca.

Esos recuerdos, junto a la muerte de mis padres y la partida de Fabiola, me hicieron huir de aquí. Abandoné el pueblo y la vida estrecha. Y en la ciudad conocí a Julieta.

Si Fabiola me rasgó el alma entre los naranjales, Julieta sacudió mi mundo y me hizo estallar en fragmentos. Julieta obligó mi dispersión hacia todos los puntos cardinales.

Fabiola es de esos recuerdos de los cuales no quiero despojarme. Lo confieso a riesgo de ser nuevamente víctima de mi memoria, conociendo ella mi deseo, mañana podría amanecer sin su nombre. A Julieta quisiera olvidarla, como he olvidado quién sabe cuántas mujeres. Quisiera olvidar su determinación de hacerme mejor, porque cuando huí del pueblo me llevé la paliza y la revolcada en la bajada del Capitán. También me llevé la simpleza de mi apariencia y el vértigo ante lo inmenso.

Julieta me tomó, como alfarero al barro, y me estrelló contra una plataforma de concreto. Quebrantó mi espíritu quebrado y luego me hizo de nuevo. Su cuerpo fue mi geografía por mucho tiempo. Me aventuré a descubrir cada montaña, río, selva y desierto contenido en ella. Pero de toda ella, sus costas me enloquecieron. Todos mis viajes fueron intentos por olvidarla, por encontrar mejores playas donde apostarme para disfrutar un paisaje superior al de sus ojos virándose mientras besaba sus costas. Ya no recuerdo su silueta ni los detalles de su cuerpo, pero su nombre sigue destellando y es suficiente para sentir la brisa chocando contra mi pecho, despeinándome y anunciando la caída tras soltar el volante de mi bicicleta.

¡Qué ironía, Julieta! Me devolviste con tu partida todo cuanto perdí con tu llegada.

Ella abandonó el país porque con esa situación ya no tenía futuro aquí. Yo intenté seguirla, pero nunca pude pisar Madrid. No con mi cuerpo. Con mi espíritu sí, porque contemplé fotos de la ciudad europea y cada vez juré llegar hasta allá y reencontrarme con ella; mientras ella seguía la pista de su futuro, yo iba tras el pasado porque el pasado era mi futuro. Terminé odiando Madrid y la promiscuidad con la cual se abre frente a quien llega queriendo ser artista. Julieta triunfó con sus poemas. Cambió su nombre por un seudónimo, se disfrazó de madrileña. Julieta me olvidó.

Probablemente va caminando por las calles de Madrid, saludando con ese tono ajeno y cantadito. Exclamando un ¡joder! Tan distante. Tal vez ahora mismo soy un poema suyo en una de sus tantas antologías, un poema olvidado por ella y desconocido para mí.

El futuro es una quimera, siempre partiendo apenas asoma su llegada. Lo supe cuando Julieta justificó su abandono con la excusa de buscar el suyo.

Durante tres meses me envió cartas con fotos suyas señalando algún edificio antiguo, alguna plaza ancha y extensa, algún puente legendario.  Todo cuanto solté solo me hizo merecedor de tres o cuatro meses de cartas y fotos después de su partida. Creo que las perdí en una de mis mudanzas, o las quemé en uno de mis arrebatos. O las sacrifiqué para demostrarle a algún romance de paso mi compromiso de ir a todas hasta el final. O tal vez las tiré creyendo echarla también de mi memoria. Pero aquí sigue, a pesar de mis mejores esfuerzos, burlándose de mí, cómplice de mi memoria, uniéndose a la galería de recuerdos en el panteón de mi muerte. Porque todos esos recuerdos rebeldes e inmortales son mi muerte, Julieta. Escríbelo en uno de tus poemas, ¡joder!

A uno de esos intentos por olvidarla pertenecen las sensaciones de esta mañana.

¿Qué hacía yo en ese restaurante? ¿Por qué hoy me saludó ese recuerdo apenas abrí los ojos?

Algunos aromas encienden las luces del oscuro túnel y el Metro comienza a avanzar en retroceso.

Para mí, ir hacia el pasado es avanzar. El Metro va a gran velocidad. Voy sentado dentro del vientre de la bestia, dentro de mi vida y fuera de ella. Llego a la estación y me pregunto si estoy recordando algo mío o algo ajeno.

Aquí voy. Justo ahora mientras respiro esa fragancia colándose por la ventana, húmeda y filosa anunciando la noche, voy en retroceso. El paisaje es borroso, confuso. Pero sé hacia donde voy. Mis ojos me guían por las calles ahora asfaltadas. En otros tiempos fueron callejones, escenarios estrechos y rurales. Por allí me vieron caminar tomado de la mano de mi madre, rumbo hacia el mercado; sonriendo, ajeno a la realidad, a las realidades. Esas realidades ahora son mis dueñas, les pertenezco en fracciones. No en esos tiempos de callejones polvorientos, de alambres de púas cercando las propiedades, de ranchos de barro. En esos tiempos le pertenecí a las manos de mi madre, luego a las de Fabiola, el único amor conocido por mí en este pueblo.

Ya me perdí, ya no sé a dónde me lleva el Metro. Ya no es un Metro. Ahora voy en avión.

Vuelo sobre las ciudades. Parecen zonas rurales perdidas entre los límites coloreados con un verde vivo. Al menos así es mientras retrocedo. No sé ahora, hace dos décadas no he vuelto a andar en las alturas. Aunque no sé si el paisaje pertenece a mi país o a uno de esos a donde fui a parar.

Siento el huracán naciendo en el centro de mi existencia, en la boca de mi estómago. No sé si vamos aterrizando, despegando o enfrentando una turbulencia.

No odié viajar en avión. Hay cierta magia cuando estás sobre todo, cuando tus pies siguen apoyados en una plataforma pero lejos de la tierra, lejos del planeta. No sé si a otros les pasa, pero yo podía sentir por un instante una independencia real, podía sentirme ajeno. A pesar de las turbulencias, de los anuncios del piloto y sus advertencias, disfruté siempre viajar en avión.

Una vez el piloto anunció un retraso en la llegada. Las condiciones de los vientos no permitían el aterrizaje. Lo recuerdo porque después de diez minutos estábamos aterrizando. La gente aplaudía y gritaba celebrando, algunos se persignaban con los ojos cerrados y agradecían a sus divinidades por el aterrizaje. Yo no, seguía sufriendo el huracán en mi estómago e imaginando cómo sería chocar contra el mar tras un descenso violento.

En esas ocasiones quise extender mis manos hacia los lados, como lo hice el día de la revolcada, y sentirme libre. No me vería tan ridículo, no tanto como quienes se persignaban y aplaudían. Tampoco rodaría sobre la pista de aterrizaje.

Siempre estuve en las costas. Tengo algunos destellos del océano en Panamá. Puedo recordar el mar en Aruba y en República Dominicana. Ese mismo mar descansa en las costas de este país. Nada extraordinario. Turistas atracados en las playas, turistas caminando por los bulevares, turistas riendo a carcajadas, turistas consumiendo licor.

Por mucho tiempo no estuve consciente sobre qué buscaba. No lo supe hasta ese día. Sí, ese día. Ahora lo recuerdo. Fabiola me dio la estocada para salir del pueblo, Julieta me empujó fuera del país. En mi intento por olvidar a Fabiola caí en las trampas de Julieta, y queriendo olvidarla a ella fui a parar a La Guaira.

Puedo respirar la fragancia liberada desde el guiso burbujeando. En la costa. Yo, en La Guaira.

Estaba de paso. Lo recuerdo. Aterricé en Maiquetía. Llegué un día antes porque no había vuelos para el día siguiente. Tuve la opción de irme por tierra, llegar a La Bandera y subir a Maiquetía. De ninguna manera atravesaría Caracas y me expondría a la posibilidad de abordar el Metro mientras pudiera evitarlo. Resolví viajar en avión un día antes. Llegamos a Maiquetía y decidimos irnos a un hotel en La Guaira. ¿Llegamos? ¿Decidimos?

No recuerdo por qué viajé con ella en el vuelo nacional. No íbamos al mismo lugar, ella iría a Vietnam. Es curioso, puedo recordar su destino y el mío no.

Podría confundir Vietnam con mi destino, pero recuerdo por qué ella iba a ese país. Su hijo estaba allá. Desde pequeño soñó con ser egiptólogo, o algo así. A sus dieciséis años tuvo la opción de irse con su padre, para acercarse un poco más a su meta. Su padre, un hombre enroscado en la política de Venezuela, fue asignado a la embajada de Vietnam como secretario del embajador. O era secretario del secretario del embajador, o estaba asignado a uno de esos puestos burocráticos creados para pagar favores y huir del país.

Ella iría por primera vez. No recuerdo cuántas escalas debía hacer, tampoco cuántas horas o días hay de aquí a Vietnam. Pero puedo recordar la historia de su hijo. La intención del muchacho era estudiar idiomas, para tener acceso al siguiente nivel de su meta. Sin embargo, estando allá se convirtió en un licenciado en lengua y cultura vietnamita. Fue el primero y hasta entonces el único venezolano en obtener ese título en Vietnam. Para la fecha del viaje, ya era profesor en una universidad.

Vietnam siempre fue para mí un escenario de películas de Chuck Norris y de Sylvester Stallone. Aunque no recuerdo si Desaparecidos en Acción, o alguna de las partes de Rambo, realmente tuvieron sus contextos allí.

Durante aquel viaje descubrí un Vietnam real, con una historia cercana y sin relatos de guerras. No sé si el muchacho logró ser egiptólogo. Pero admiré el coraje de irse a un país tan distante. Probablemente pensé en Julieta también, lejos de mí cumpliendo su sueño, y seguramente en vez de admirarla sentí amargura por su coraje.

Mi plan era amanecer en el aeropuerto, pero ella sugirió irnos a un hotel. Acepté su sugerencia, siempre y cuando el hotel no estuviese en Caracas.

Es curioso el funcionamiento de mi memoria. Puedo respirar el aire violento nacido en el mar y paseando por las calles de La Guaira. Puedo sentir los vientos huracanados. Ahora mismo puedo recordarlo: desde entonces ese huracán en mi estómago, en cada despegue y aterrizaje, se llamó La Guaira.

Un taxista nos llevó. Recuerdo su nombre: Oswaldo. Probablemente estoy confundido y Oswaldo es otra persona. Pero hoy es el taxista, quien me lleva a un hotel detrás de un conjunto de edificios frente a una gran avenida. Corrijo: quien nos lleva. Del otro lado de la avenida está la costa. Los edificios nos impiden la vista al mar. Odio los edificios. Esas grandes estructuras me empequeñecen, me estorban. Desesperado por el amanecer, tal vez soñé con el mar aquella noche.

Ahora comprendo por qué La Guaira me sabe a naranjas, aunque su aroma es una cazuela de mariscos. Ahora comprendo este sentimiento. La Guaira humedece mis ojos, me empaña la vista, hace temblar mis manos.

Oswaldo nos dio un rápido paseo. «Esto no estaba antes del deslave», decía señalando alguna estructura. Perdí la cuenta de todo lo construido después de la llamada tragedia de Vargas. Por un instante sentí la emoción de pasear por las calles de un Vietnam nacional, víctima de la guerra entre la naturaleza y la ocupación humana, ocupación contranatural, como todas nuestras ocupaciones. Aunque la naturaleza ganó aquella batalla, el hombre se levantó y emergió de los escombros para continuar la guerra.

La noche en La Guaira es distinta a todas las noches de los lugares donde estuve. Es más densa, más oscura. No es un manto, es una sustancia espesa que se mete por la nariz junto al oxígeno y oscurece todo desde adentro. Se me dificultaba alcanzar con la vista todo cuanto señalaba Oswaldo.

La gente parece estar cómoda allí con su oscuridad. Después de la tragedia de Vargas, un término se usó para referirse a los desplazados. Los llamaron dignificados, para sustituir con un discurso político la condición de damnificados. Los dignificados fueron enviados a todos los rincones del país. Sin embargo, no tardaron en volver a La Guaira. No les importó las pérdidas ni el peligro de un mar reclamando el cauce para sus extensiones. Ellos volvieron, como judíos a Jerusalén desesperados por pisar la tierra prometida a sus ancestros. Tal vez extrañaban la densidad de la noche.

«La Guaira es otro país, ese es el detalle», explicó Oswaldo ante nuestro asombro por el regreso de los dignificados y la reconstrucción de la ciudad. Sonó como algo de fácil comprensión. Pero fue necesaria su explicación. Nos llevó a otros lugares. Nos hizo observar a las parejas en las plazas, y los autos en los estacionamientos con la música a todo volumen y cervezas en cavas portátiles.

La noche es más densa y más viva en La Guaira. «Venezuela se puede estar cayendo, pero La Guaira está siempre en lo suyo. Aquí no nos importa nada, mientras tengamos playa, mujeres y cerveza, todo está bien. La Guaira es otro país». Algo como eso fue el resumen de Oswaldo después de llevarnos a tantos lugares. Nos dejó en el hotel, con la promesa de volver por nosotros al otro día, a las once de la mañana.

Me levanté de madrugada, ella todavía dormía. No quise despertarla. Busqué una panadería para tomar un café. Una calle se mostró frente a mí, abriendo paso entre dos conjuntos residenciales y señalando directamente hacia el mar.

Quise dejarme llevar, pero necesitaba el café. Una cuadra después encontré una panadería y pedí un café con leche mediano. «Un marroncito mediano», corrigió la chica detrás del mostrador, mientras le indicaba mi pedido a la otra. Recibí mi café y me senté a leer el periódico. Ha sido mi costumbre todas las mañanas desde siempre. De regreso no pude esquivar la invitación hacia el mar.

Crucé la autopista. Debí tardar unos diez minutos en hacerlo. Le temo a las autopistas y a los autos. Nunca quise comprar uno. Me imaginé muchas veces detrás del volante de un Buick Century, de los de quinta generación. Pero la muerte de mis padres en un accidente de tráfico, y la tentación de soltar el volante para sentirme libre conduciendo por una endemoniada autopista, limitó a los sueños mi casi nula habilidad como piloto.

Unos hombres recogían la basura y colocaban números sobre las pequeñas chozas distribuidas en la playa. No limpiaban la playa por amor a la naturaleza ni por respeto al mar bravo y potente, verdugo de Vargas; lo hacían para comercializar los puestos, las chozas, la vista y hasta la arena. Así es el hombre, todo cuanto puede lo somete a fines comerciales.

«Es parte de nuestra naturaleza humana, por eso hemos llegado aquí», me dijo una vez algún profesor en la facultad de Economía. Me sorprende recordarlo ahora mismo. Pero no, eso ni es naturaleza ni es humanidad; y si es así, la humanidad es una maldición. Llegar aquí no es un logro, no con todos esos templos al ego rodeándonos. De vez en cuando las placas tectónicas se mueven y sacuden algún país presuntuoso, para recordarnos lo olvidado: llegamos tarde y no somos dueños. No sé si le respondí al profesor aquel día.  

Los hombres me dieron los buenos días. ¿Educación? No, eran comerciantes, yo un potencial cliente. En las ciudades nadie da los buenos días espontáneamente. Ni aquí ni en otro país. Pero vaya a las costas, a las calles coloniales, a los sitios turísticos y se llevará una impresión positiva del país con más delincuencia, analfabetismo y miseria.

Me paré frente a un muro de rocas inmensas y escombros de concreto. Pensé en la tragedia. O al menos lo pienso ahora, aquí. Esas rocas seguramente arrastradas por el mar, junto a los escombros de grandes edificaciones derrumbadas por su ira, simbolizan para mí la cosmogonía. El origen alcanzándonos una y otra vez. Nosotros uniéndonos a él. La muerte y la vida naciendo unidas, muriendo unidas. Allí, en La Guaira, viví una de mis tantas muertes, mientras encarné uno de mis tantos nacimientos. Pero no frente al muro de rocas.

Decidí subir el muro. Llegué hasta el final del camino. Me senté un rato y contemplé el horizonte infinito. Debí hacerlo, siempre lo hice en las costas. Siempre me gustó ver el amanecer, esperar el atardecer, bañarme en el mar, sentarme sobre la playa a mirar el horizonte.

Antes de desandar el camino de rocas incrustado en el mar, me levanté y observé alrededor. Nadie me miraba. Abrí mis manos, las extendí hacia los lados y cerré mis ojos. Invoqué a Fabiola y a Julieta. Reviví los años buenos. ¡Tantos años resumidos en un instante!

Fabiola se fue del pueblo. Ella iba dos o tres años adelantada en el bachillerato. Tan pronto se graduó partió. O Partieron. Sus padres se divorciaron. Su madre decidió vender la casa del pueblo para mudarse a la ciudad con sus tres hijas. A esa misma ciudad fui a dar. Me resigné, no la encontraría en un lugar tan grande con calles tan anchas y edificaciones intentando tragarse una a la otra. Soñé con ella muchas veces.

Años después alguien me contó de ella. Se casó con un turco, o un árabe o un sirio. Nunca entendí la diferencia. Tampoco sé si en realidad lo hizo. Hasta donde me alcanza mi limitado conocimiento de esas culturas orientales, los turcos no se casan con mujeres de occidente. Según los rumores, porque después de ese alguien tropecé con otros, ella se convirtió al islamismo. Supuestamente por eso la familia del turco la aprobó. La imaginé muchas veces con un velo cubriendo su rostro.

¡Qué pecado, Fabiola! ¡Tu rostro hermoso escondido detrás de un pedazo de tela!

Después supe de un almacén de telas supuestamente suyo, o de su esposo pero bajo su cargo. Y entonces los rumores comenzaron a parecerse a Fabiola. Ella siempre quiso ser dueña de un gran almacén. Decidí no averiguar cuál era el negocio donde podría encontrarla. Y la tentación me obligó a mudarme de ciudad.

Fabiola, yo me partiría el lomo para ponerte un negocio a tu nombre, y hasta dos y tres. Y estarías sin velo, sin vestido. ¿Para qué querría esconder tu desnudez?

Lo confieso, muchas veces quise aventurarme a buscarla en su almacén, pero apenas lo pensaba sentía el golpe conectando en mi rostro. Me veía rodando por la bajada del Capitán. Y entonces, en otra ciudad conocí a Julieta. Ella se puso en guardia y peleó con mi contrincante, se sentó en la barra de mi bicicleta y tomó el volante mientras yo disfrutaba la libertad en la bajada.

No sé cuánto tiempo transcurrió mientras estuve en el muro de rocas. Pero vi a mi derecha un restaurante y decidí comer una cazuela de mariscos. Ni siquiera al caminar por la orilla en dirección al restaurante noté a la chica bañándose en el mar. Ya sentado y comiendo, la vi salir. Su piel parecía desvanecerse con la brisa, parecía niebla paseando sobre el mar en dirección a la playa.

Ella se sentó frente en la orilla, su sombra me señaló. Interpreté su sombra como una invitación. Las olas se rindieron a sus pies. El sol le hizo brillar la piel.

«Flaco, te vi con las manos extendidas, allí sobre el muro», me dijo sonriendo cuando al fin me acerqué. Me sentí ridículo. «Esta vista es para disfrutarla», añadió. Reconocí su acento. «Eres argentina», le dije asombrado. «Me gustan las costas», disparó sin precaución.

No puedo recordar la forma de sus labios ni el color de sus ojos, pero ahora mismo percibo el olor de la tierra húmeda. Fabiola y Julieta murieron en un instante, allí en La Guaira. Yo junto a ellas.

«¿Ya visitaste Argentina, flaco?» No. Nunca se me ocurrió ir a Argentina. Pero en ese momento quise ir. En mis pensamientos le pregunté su nombre, su número de teléfono y la dirección de su domicilio. Pero fuera de mí solo respondí sus dos o tres preguntas.

Ella se levantó, y me dejó observar su cuerpo. Me obligó a llorar de deseo. Me sentí cobarde y tonto. Nuevamente recibí una paliza y rodé por la bajada del Capitán. Fabiola volvió a burlarse de mí mientras yo chupaba mi sangre. Julieta partió, una vez más.

«Ojalá un día nos tropecemos en Buenos Aires, flaco».

La vi caminar hacia la misma calle por donde fui a dar al abismo. Tal vez se alojaba en el hotel donde yo pasé la noche.

Oswaldo llegó a las once y nos llevó a Maiquetía. Yo no quería abandonar La Guaira. Desde entonces, no hubo costa donde no intenté encontrar a la chica transparente.

El avión despegó puntual. Partí de La Guaira sospechándolo: a partir de ese día la llevaría conmigo a todo lugar. Pero nunca volví, no quise ir detrás de un fantasma.

Tal vez la noche densa de La Guaira me devoró la memoria. Voy en avión. No sé hacia dónde, no recuerdo por qué. Ahora voy solo. Ella tomó otro vuelo y tampoco sé para dónde, aunque su destino final es Vietnam. Desde arriba se ve la costa de La Guaira, no te veo chica transparente, quizás estarás en la habitación de al lado, tal vez dormimos una noche tan cerca y no lo supe.

He llegado a la estación, ya no voy en avión. Regreso aquí. Al pueblo. Al presente. Ya es de noche. Estoy solo. Nunca pude conocer Argentina.


Por Gusmar Sosa | @GusmarSosa

* Mención especial en el X Concurso Policlínica Metropolitana