El fin de las palabras

Siempre les decía a mis alumnos en la universidad: existe una guerra de lenguaje y el chavismo nos está revolcando en ella. Casi desde el primer día, a veces de una forma más explícita, otras veces de manera más subrepticia, han ido modificando la forma en la que hablamos y, por ende, la forma en la que terminamos pensando esta realidad que nos rodea. Desde algo tan aparentemente tonto como hablar de “conversatorios” en lugar de “charlas” o “tertulias”, hasta el hecho de que se me ericen los vellos de la nuca cuando me dicen que en tal o cual zona de Buenos Aires suelen pasar muchos “colectivos”. Con el tiempo hemos terminado pensando en sus propios términos y eso es algo más difícil de corregir que la economía o el sistema eléctrico; se trata de la piedra fundacional de nuestro entendimiento.

Una vez leí una analogía interesante: el lenguaje es al ser humano lo que el agua es al pez. Es el medio en el que se mueve, es el entorno que de alguna forma lo alimenta. También es ese todo envolvente en el que se desarrolla y que, en muchas ocasiones, ni siquiera nota que está ahí. Hay que detenerse y hacer un esfuerzo para desentrañar lo que esconden las palabras, las intenciones políticas que pueden ocultar, las herramientas de transformación social que llevan guardadas dentro de sí como si se trataran de pequeños caballos de Troya.

No solo es que el chavismo ha distorsionado lo que vemos, sino que también se ha encargado de manipular a su antojo dos de los marcos más importantes para comprender el presente: la historia y el lenguaje. Que veinte años después sigamos hablando de “dirigentes de oposición” no es cualquier cosa. Que por mucho tiempo hayamos asumido como positivo el término “escuálidos” es una victoria mayúscula para el lado oficialista. Palabras como esas aseguran la existencia de, por lo menos, la idea del chavismo por mucho tiempo. Eran opositores a qué, preguntarán las personas en el futuro. No se podrá explicar el término “escuálidos” sin explicar antes al chavismo. Las palabras guardan dentro de sí partes del alma de las personas, de los movimientos políticos, de los momentos históricos.

Este régimen se ha caracterizado por los controles que aplican y el lenguaje no fue ninguna excepción en este sentido. En principio, la forma en que sus dirigentes se comunicaban a la población, disminuyendo el nivel de su discurso con la excusa de acercarse a las clases menos pudientes, pero también bajando la barra de lo que debía ser el nivel de comunicación en general, al punto en que si una figura política intenta utilizar un lenguaje más sofisticado, más cuidado, genera sospechas. La otra parte de la estrategia fue el deterioro de la educación en general. Como se ha documentado, al chavismo no le hizo falta cerrar escuelas, destruir centros educativos ni nada por el estilo, fue tan simple como descuidar los centros de educación. Escuelas públicas en el olvido, condiciones laborales deplorables para los maestros en general, presiones sobre los colegios privados, cambios en las normativas para impedir que los alumnos repitieran grados. Todo esto ha llevado a la formación de personas a quienes cada vez les interesa menos el uso correcto del lenguaje, lo que las lleva a ser mucho más fáciles de manipular a través de las diferentes capas que puede tener una sola palabra.

Sin embargo, en estos últimos días en los que la dictadura ha estado mostrando otra de sus caras más horribles, se ha presentado un nuevo problema. Estos tweets de Jean Mary Curro creo que lo explican muy bien:

(tweet 1, tweet 2).

Ante cada nueva forma de romper a los venezolanos, de acabar con el país, nos vamos quedando sin palabras para describir el horror, el dolor, la tristeza, la desesperación. Y tiene sentido: si son nuevas formas de mostrarnos la maldad, sería lógico tener nuevas palabras para describir la maldad; pero, ¿de dónde las sacamos?

Me da miedo ese panorama en el que el lenguaje se nos quede demasiado corto como para describir estos años de oscuridad (física y simbólica). Me da miedo porque esto es algo de lo que tenemos que hablar hasta que ya no podamos más. Este mal se exorciza con más palabras, palabras coherentes, articuladas, bien pronunciadas. Este mal se exorciza con un discurso consistente, lleno de datos y  hechos corroborados, con los signos de puntuación puestos donde van y un buen uso de los paréntesis cuando corresponden. Pero si todo lo que vemos ha escapado ya las formas que tenemos para comunicarlo, habrá que hacer un trabajo más arduo aún para liberarnos de estos fantasmas.

Pienso en 1984, de George Orwell. Pienso en ese libro todos los días desde antes incluso de leerlo. Pienso en el plan del Partido para instaurar la neolengua y convertirla en una especie de jerigonza sin color, solo una nube gris de sonidos a los que se les puede atribuir un solo significado otorgado por el Partido. En cierta medida me parece que el chavismo logró alcanzar ese nivel: reducir el lenguaje lo suficiente como para que no tengamos ni siquiera cómo describir con claridad lo que nos pasa, ni mucho menos esbozar las soluciones o estrategias de salida.

Por eso aplaudo el trabajo de quienes relatan día a día lo que sucede en Venezuela: escritores, periodistas, comunicadores en general; aquellos que intentan ponerle orden a esta historia. Aplaudo también el trabajo de quienes intentan validar y reforzar la voz de quienes viven este desastre en carne propia, porque el espacio en el que te permiten relatar tu sufrimiento con libertad y comprensión es importantísimo para comenzar a sanar y aprender a vivir con un capítulo de tu historia que te va a acompañar por siempre. Aplaudo el trabajo de quienes “consumen” estas experiencias, porque es nuestra responsabilidad que cada vivencia resuene con fuerza y nos enseñe sobre los días más duros de nuestra historia. Todos estos personajes nos ayudan a volver a apropiarnos del lenguaje en una forma que no responde a una relación clientelar con el poder ejercido por el chavismo. Necesitamos tener las palabras, todas las palabras posibles, para expeler el mal de Venezuela.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis