Bienvenido a la feria de la persistencia

Parte de mi rutina diaria consiste en comprar pan para mi papá de 77 años, que lo devora como si se le fuera la vida en ello. Después de una mañana de primero de mayo con dolor de garganta, probable secuela de un 30 de abril sin mucho acero en los nervios, al mediodía consigo tres panes campesinos sin hacer cola en una callejuela escondida de La Candelaria. Con ese estorbo encima entro al Metro para ver si colecciono un nuevo discurso en vivo de Juan Guaidó. En las redes dicen que el presidente (e) va a hablar en la Plaza Altamira. El centro de la capital venezolana, mientras tanto, parece normal, excepto porque casi todo está cerrado.

Es un primero de mayo extraño. El día anterior hubo una sublevación militar, o algo que pretendió serlo, y sin embargo puedo bajarme del Metro a las 2:30 pm en la estación de Altamira, cerca del epicentro del levantamiento, algo tan cómodo para mí como inquietante. El desvencijado subterráneo de Caracas es un termómetro del nivel de riesgo político que concede el régimen a una manifestación demócrata; y si Altamira está abierta, quizás equivale a decir que la dictadura no ve hoy peligro alguno en esa concetración.

Uno de los líderes civiles de la rebelión de ayer, Leopoldo López, amaneció libre por primera vez en cinco años después de fugarse de su arresto domiciliario. Al comienzo del día martes, las canas en las sienes de López eran un síntoma de la cercanía de la libertad. Al caer la tarde, de su lejanía: pidió refugio primero en la embajada de Chile y luego en la de España. Las embajadas son como los portales del Doctor Strange: se supone que entras a ellas y estás mágicamente en otro país. Pero en realidad sigues en el lugar de la recesión económica más catastrófica del mundo desde la Libia en guerra civil de de 2014. Y nunca lo he intentado, pero se supone que no cualquiera de nosotros puede brincar una reja electrificada y pedir asilo en un pedacito del mundo exterior.

Altamira hoy está hasta los tequeteques, o al menos es la sensación térmica que da. Son las dos de la tarde y hay dos camiones como tarimas improvisadas en medio de la multitud, uno de ellos coronado de viriles fotógrafos vestidos como Robocops, señal de que va a hablar Guaidó, que también sigue libre después de ayer.

Lo primero que hago, en estos casos, es pensar en sitios en los que puedo protegerme ante una posible estampida. En realidad la gente se empieza a granear. Guaidó todavía no ha llegado y muchos se retiran al Metro, con cara de decepcionados. “Que nos digan si va a venir”, exige una mujer. Otros se acercan al borde de la autopista, al sur de la Plaza Altamira, donde han comenzado las escaramuzas con fuerzas de represión y las nubes de gas lacrimógeno distorsionan la vista en lontananza. Algunos lucen cintas azules en los brazos, una moda que quizás impongan los pocos militares de la Guardia Nacional que ayer respaldaron al presidente legítimo: 25 terminaron huyendo de torturas casi garantizadas y se refugiaron en otra embajada, la de Brasil.

Por momentos tengo la ilusión fantástica de que estoy en una feria de atracciones. En un momento dado, no precisamente quienes más gente congregan, se dirigen al público un puñado de diputados con megáfonos. Solo reconozco a Manuela Bolívar y su máscara permanente de mortificación, de estar dando 150% por una causa. Un compañero de tarima asegura que “a la usurpación le quedan días” y los oyentes chillan mecánicamente. Hay billetes de 100 bolívares fuertes regados como papelillos. Una chica desenrolla un dólar para pagar tres raspaítos. Como a las 3:15 pm, mal presagio: los diputados abandonan abruptamente la tarima y recordamos que esta en realidad es un camión que tiene un chofer, quien toca cornetazos a los atravesados para retirarse. Nadie lo dice, pero todos lo adivinamos: Guaidó ya no va a hablar en Altamira. ¿Lo habrán metido preso?

No, rato después me entero de que horas antes estuvo en El Marqués.

Una mujer materializa el sentimiento de orfandad en palabras: “Guaidó se va. Nosotros nos quedamos”.

 

Es otro de tantos días en Altamira, donde suelen encontrarse siempre los caraqueños demócratas incluso después de cada enésima frustración durante estos 20 años de involución. Aquí, el 16 de agosto de 2004, los antepasados de lo que luego llamaríamos “colectivos” asesinaron a Maritza Ron, el lunes siguiente a la victoria de Hugo Chávez en un referéndum revocatorio (59% contra 40%), un momento en el que parecía prácticamente imposible desalojarle del poder.

 

No tengo máscara antigás, vinagre o Maalox, solo una bolsa con tres panes y unas hojas de papel de reciclaje que activan el recelo y la curiosidad que despertamos hoy en Venezuela todos los que tomamos notas, pero no puedo evitar la tentación de acercarme lo más posible a la más morbosa de las “atracciones”: la batalla sin sentido y perdida de antemano, como la del toro contra el torero, entre profesionales de la represión y civiles con piedras. “Vamos al sandungueo”, sonríe un chamo de clase media, y me le pego atrás. Las tanquetas antidisturbios a lo lejos, quizás las mismas que ayer arrollaron a civiles como Luis Aguilera, me hacen pensar en los transportes bípedos AT-ST de Star Wars.

 

No son solo chamos: hombres de tercera edad, niños y gente con aspecto de indigencia se unen a la inútil refriega contra las tanquetas como si se les fuera la vida en ello, de la misma manera que mi anciano padre mordisqueando su pan. Como si de reventar un vidrio al blindado dependiera el cese de la usurpación. Alguna máscara de Iron Man, alguna franela de Hulk, algún escudo del Capitán América y, si me hubiera quedado más tiempo, seguro veo el martillo de Thor. Me cuesta distinguir las detonaciones lejanas de las percusiones cercanas. Como Pedro Picapiedra en la cantera de Piedradura, algunos destruyen maquinalmente trozos de aceras, alcantarillas, vallas de comercios y de edificios y lo poco que va quedando de ciudad para fabricar munición: llego a pensar que podría estar en riesgo la Virgen, en refulgente dorado que nos vigila al sur de la Plaza, que por lo visto nos ha dejado de proteger hace rato.

 

Cada tantos minutos, corridas y gritos que nos aconsejan que no corramos. Cada tantos minutos, aplausos para algún noqueado que vuelve a la pelea después de ser atendido por los enfermeros voluntarios. Cada tantos minutos, sirenas de rústicos con banderas de cruces que arrancan hacia la clínica El Ávila: muy probablemente, heridos de bala, ya no de perdigones. Cada tantos minutos, un vendedor de relucientes chucherías que sale más barato traer de Colombia porque ya no se producen aquí: “Llévate las Oreo que le gustan a Guaidó, el que se come una se come las dos”.

 

Ráfagas en mi dirección. Estampidas. “Eso es FAL”, especula un experto espontáneo. Me retiro hacia Chacao a las 4:00 pm –justo antes de que empiece lo peor de la represión, según me entero después– y solo entonces el gas me irrita las mucosas. Ya los altavoces del Metro anuncian que “la estación de Altamira no presta servicio comercial”: en realidad ninguna estación lo presta, pues ya el Metro no cobra pasaje.

Me despido preocupado de lo que he percibido como una gran feria de la desolación, en la que cunde como candela en gamelote seco el descreimiento en salidas pacíficas y democráticas. Al mismo tiempo, no deja de ser admirable que persista tanta resistencia. Que nos levantemos de nuevo un primero de mayo después de un 30 de abril en el que se saboreó de nuevo la decepción, tras el globo de ensayo de una ilusión forzosamente anclada con piedras.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia

Entre la fe y la incertidumbre

Tum-tum: tocan mi puerta.

Me queda al menos media hora más de sueño y, desde la ventana, me llega el ruido de pitos y gritos.

—Adelante –digo a mi rommate.

Entra a mi cuarto. Tiene una cara de recién levantada que me hace reflexionar respecto a la contundencia de mis lagañas.

—Revisa tu teléfono, algo debe estar pasando –me insta. Y, sin esperar a que reaccione, se acerca a mi mesita de noche para pasarme mi celular.

Ajá, vamos con calma que no son ni las siete.

En lo que lo enciendo, me llegan varias notificaciones de WhatsApp. Twitter está que arde. El presidente Juan Guaidó se encuentra junto con Leopoldo López (a quien liberó de su arresto domiciliario) en el distribuidor de La Carlota. Lo apoya un comando de militares. “Hoy inicia el cese de la usurpación”, repite sin alzar demasiado la voz frente a la cámara.

—Se prendió –digo en voz alta.

Me ducho, me cambio, chateo. Agarro la hoja con mi lista de tareas para el día: la convierto en una bola de papel y la echo a la basura.

Prioridad uno: ¿tengo comida?

Es curioso como los imprevistos atacan en los momentos de mayor descuido. Ni siquiera los mega apagones de marzo me agarraron tan poco preparado. El bono de desempeño que debían pagarme hace cuatro días se retrasó y quién sabe cuándo va a llegar, Mercantil me debitó una plata que no consumí luego de que el punto diera “transacción fallida” y no me ha dejado aún hacer el reclamo, tengo como una semana sin comprar víveres un poco porque lo dilaté y otro poco porque estaba contando con un dinero que no se ha concretado.

En la cuenta en la que tengo plata es en la Banesco, pero de ella no tengo tarjeta de debito (porque se dañó hace más de un año y las agencias no pueden reponérmela). Ujum. Hablo como mi rommate y entre los dos nos las apañamos para abastecernos en los pocos locales de la zona abiertos.

Prioridad dos: atender el llamado del presidente Guiadó. Nos vamos a La Carlota.

 

Atravesando Sabana Grande un picor de rabia me recorre el estómago: demasiadas personas caminan en dirección contraria hacia donde me dirijo. ¿Será que no saben que la convocatoria es en el este de la ciudad? Claro que lo saben, por eso huyen. Todos queremos un cambio para el país, pero a veces son demasiados los que prefieren verlo cambiar desde sus casas.

De lo que me voy enterando por teléfono es de que la represión está heavy. Me dicen que en Altamira y en la base de La Carlota el cielo se tiñe de humo de bombas lacrimógenas. Estoy deseando llegar al sitio para comprobar lo que sucede, cuando, a la altura de Chacao, un grupo de militares –cuatro o cinco– caminan en fila india mientras son aplaudidos. Están poniéndose al servicio de Guaidó. Teléfonos que los graban, palmas que los celebran.

Y, entonces, suenan las detonaciones.

—¡Cuidado!, ¡están arriba! –repite una mujer de franela blanca y pómulos decorados con las banderas de Venezuela.

Desde el techo del Ministerio Público, ubicado en la avenida Francisco de Miranda, francotiradores presionan los gatillos que me obligan, junto a decenas de personas, a encontrar refugio. Acabo frente a un quiosquito y bajo su toldo de metal. Ahí permanezco un rato, hasta que me animo a seguir.

Objetivo número uno e innegociable: narrar la historia, no que me narren.

 

En Altamira Juan Guaidó habla, a través de un megáfono y sobre una camioneta. A su lado está Leopoldo López. “Es la primera vez que veo a Guaidó”, dice una chama que acaba de pegar el grito de una adolescente reguetonera que se tropieza con Maluma. “Es la primera vez que veo a Guaidó rodeado de militares”, pienso.

No se oye bien lo que dice, pero transmite el mensaje que ha hecho circular desde temprano: hoy empezó la Operación Libertad y el cese de la usurpación. Leopoldo alza los puños como un coronel. No es poca cosa: la última vez que Leopoldo estuvo por esos lares fue para entregarse a las garras de la dictadura. Quién sabe si por querer convertirse en mártir, quién sabe si por otra cosa.

Un hombre pasa a mi lado pidiendo permiso con la autoridad de un comandante en jefe. “¡Café, café!”, anuncia después de que me aparto. Noto que lleva un termo gris guindando de su mano derecha. Coño, que no se diga que los venezolanos no vemos oportunidades en cada esquina.

Los líderes se meten dentro del carro y los militares, en otra camioneta, siguen llegando al sitio. Vítores. Expectativas más alborotadas que las abejas de un panal apedreado. Cantamos el himno, el Alma llanera, Venezuela y otras cosas más. Desde la Francisco Fajardo, mientras, llega el sonido de las detonaciones y una cola de humo negro que se eleva hasta el infinito.

Todos esperamos y yo me consigo con varios panas. Las sonrisas con las que nos saludamos son el vestido que engalana nuestra ansiedad. Decido sentarme: si algo he aprendido, es que en estas cosas hay que saber administrar energías. Y tan equivocado no estoy: luego de una hora, un chamo corre hacia el carro donde está el presidente. Habla con la celeridad del que ha visto fantasmas.

—¡Vengan a ayudarnos a la autopista, vengan a ayudarnos! –aúlla.

El rumor se convierte en “noticia”: una tanqueta hirió a manifestantes. Yo no he puesto un pie en la Francisco Fajardo, pero el olor y los ruidos que llegan llevan escrito la palabra represión. El chamo habla con tanto desespero que lo escuchamos casi que por miedo a que se le pare el corazón. Palabras van y vienen. Las personas comienzan a gritar “¡Autopista, autopista!” y el carro del presidente se mueve en dirección al destino clamado.

—Coño –se queja una jeva–. ¿Esta gente no sabe de inteligencia militar? No puede ser que se caiga en el clamor de las personas. Hay que tener una dirección, un plan y apegarse a él.

Yo hace rato que asumí que el juego de ajedrez me supera: me gano la vida como espectador. O como narrador, que es más de pinga.

Empiezo a caminar hasta la autopista. Trato de decidir cuál calle es las más idónea para bajar. O sea, la menos peligrosa. Me decanto por una en la que veo una lunchería abierta: podría justificar mi decisión desde diferentes ángulos, pero la verdad es que el mediodía se acerca y ya el estómago me está recordando que hoy no he comido tan bien que se diga. Al lado de la lunchería, pillo una fila de personas tan larga que cualquiera diría que ahí está el atajo a la libertad: no soy el único que pensó en víveres y comida.

Antes de que llegue a mi destino siento el picor del gas lacrimógeno. Mejor me quedo donde estoy y rocío una mezcla de agua con bicarbonato sobre un pañuelo que me llevo a la nariz. Me detengo frente a un buhonero que vende banderas de Venezuela. “¡Por la libertad!”, vitorea. ¿Y si mejor nos acompañas en la marcha, panita?

Decido detenerme. El objetivo número uno no sale de mi cabeza: quiero narrar, no que me narren. No es momento para jugar al machito. Escucho las detonaciones y casi estoy por irme cuando veo a un bróder que trabaja en la Asamblea Nacional. Chocamos los puños y le pregunto qué onda. Está tan informado como yo.

—Tú dices que Venezuela está como está porque hay muchos caciques y pocos indios. No: faltan caciques –le dice una chama a quien presumo que es su novio.

Se ven tan cuchis tomados de la mano que me los imagino echándole el cuento de la liberación de Venezuela a sus nietos.

No podemos perder esta lucha.

Camino ahora por la Francisco de Miranda en dirección hacia Chacao. Un par de locales están abiertos y yo creo que es hora de abastecerme: no sé a qué hora llegaré a casa. Estoy decidiendo entre un pan camaleón y uno andino cuando a la distancia una tanqueta corretea a los manifestantes. Termino tras la reja de metal del establecimiento. Compro y enfilo hacia Altamira.

Pido información por teléfono. “Leopoldo López y Guiadó lideraban una marcha hacia el Oeste que se tuvo que regresar por la furia de la represión”. Y en Chacao, me dicen, lo que hay son perdigones, bombas y francotiradores.

—Nos hace falta liderazgo –lamenta alguien en la Plaza Altamira.

Pasa media hora y un hombre con un megáfono nos insta a permanecer en la calle. A estar informados. A insistir.

Los que parece que pueden estar todo el día en plena contienda son quienes están resistiendo en la Fajardo. Ni el tiempo ni los lacayos de la tiranía pueden con ellos. Ya no huele a represión: huele a perseverancia.

 

Recuerdo una cita de Alberto Barrera Tyszka: “La incertidumbre también es una forma de violencia”. Lo que hace falta en la plaza es información y cultura sobre qué consumir y cómo difundirlo. Un grupo de cincuentonas dicen a toda voz que Guaidó ya está llegando a Miraflores y se llenan de aplausos. Alzo el teléfono buscando información:

—Nada de eso, marico –me ataja un pana.

Más bien la cosa está fea en Chacao. 22 estados, según Provea, se activaron. Nadie sabe dónde está Guaidó, quien no se ha pronunciado. Y fuentes de periodistas confiables dicen que este plan se adelantó un par de días.

Pienso en los tantos desesperados que se quejaban de que todo iba demasiado lento, de que Guaidó se achantó, de que el 2019 era demasiado 2017 y, ya se sabe, el 2017 fue demasiado 2014. Si alguien va a dar una estocada, no lo anuncia en rueda de prensa, ¿cierto? Quizá los venezolanos tenemos que aprender a observar más y a opinar menos. A reflexionar más y a joder menos.

 

Funcionarios de Estados Unidos hablan de acuerdos con altos jerarcas que no se están cumpliendo, de negociaciones, continúan sus amenazas vestidas de advertencias (¿blufeo?) y por alguna razón, el grupo de cincuentonas grita que les acaban de decir que están negociando la salida de la dictadura.

Estás tipas tienen 20 años difundiendo información falsa. Ojalá que la transición nos enseñe que las noticias se leen en los medios y no en WhatsApp.

—Vamos para la autopista, nojoda. Hay que entrarnos a coñazos –grita una gorda llena de canas a quien no me imagino deteniendo una tanqueta con su panza.

—¡Ya basta de tanto guabineo! ¡Hay que ir es a Miraflores! ¿Que el problema es el miedo? Vamos los viejitos adelante, y así no nos caen a plomo –esta señora, que transmite la fortaleza de una hoja de papel cebolla, parece que se ha perdido las noticias de los últimos 20 años.

Entre la desesperación y la paciencia dan las cuatro de la tarde. Comienzo a pensar que seré más útil en mi casa. Leopoldo vuelve a ser noticia (que si va a la embajada de Chile, que si no) y se habla de los militares que se rebelaron. Camino hacia el Oeste por el Country Club y un sol amarillo se pone a la distancia: alguien me recuerda que tanta belleza solo puede ser posible gracias al humo que se produjo hoy en la tierra.

Carraspeo un par de veces: huele a lacrimógenas.

 

Cuando llego a casa reviso el smartphone. Creo que ninguno de mis panas de afuera fue productivo hoy en su trabajo. Los pongo al día con lo que sé: nada. Soy un Sócrates con callos en los pies. Guaidó se pronunciará pronto, dice su equipo de prensa. Y unos cuantos pesimistas aparecen por las redes.

El cinismo es la forma de imposición con la que los usurpadores se acostumbraron a aplastar el ánimo de sus contrincantes. En las calles, respiré fe. No esperanza ni optimismo: fe. Por eso, se me ocurre, no habrá cinismo que no haga otra cosa más que alimentar el ánimo de los que quieren cambio. Sobre todo, si ese cinismo viene de su principal valedor, el número uno de los usurpadores, Ni…

Ya va. ¿Y el susodicho dónde anda?

Hay dos reyes protegiéndose. Y hoy 30 de abril de 2019, uno ha estado más escondido que otro.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Maná vela por Venezuela en concierto

Fernando Olvera, la voz principal de Maná, tomó unos minutos de su concierto en Cataluña para hablar sobre la situación que vive Venezuela actualmente y el caso de Leopoldo López, uno de los tantos presos políticos.

El domingo 6 de septiembre 2015, la banda mexicana presentó su show en Barcelona, en donde apareció una gran bandera de Venezuela en la tarima. El cantante la tomó en sus manos e intentó explicarle a la audiencia que ellos se encontraban bastante preocupados por los malos tragos que está pasando el pueblo venezolano. Alzando el símbolo patrio quiso demostrar su solidaridad con el país, y el rechazo absoluto al régimen del presidente Maduro; además de comentar lo que vive Leopoldo López tras las rejas.

El tour de la banda, llamado “Cama Incendiada”, tiene planeadas presentaciones por varios escenarios del mundo y se espera que el líder de esta agrupación vuelva a llamar la atención sobre los problemas por los que está pasando Venezuela en estos momentos.

Debajo de éstas líneas, un pedazo de las palabras de Fernando la noche del concierto