El doloroso nacimiento de la nueva Venezuela

¡Hola! Si eres un lector de menos de 25 años, quiero contarte que vengo de la década de los 80. Nací en 1975, específicamente, y la verdad es que no recuerdo haber pasado ninguna necesidad grave en mi infancia, más allá de que el Niño Jesús nunca me trajera el osito más caro que yo elegía en los folletos de las jugueterías que venían encartados en los periódicos del domingo, sino un peluche más tapa amarilla. Uno de mis recuerdos más nítidos de esa época es que, en el camino a mi colegio de primaria en San José del Ávila (Caracas), alguien escribió en un muro un grafiti en modo Caps Lock: ¡VIVA 1986!

Me cuesta imaginar a alguien pintando hoy en Venezuela un ¡VIVA 2019!, la verdad.

Lo más parecido a una polarización que vi en mi niñez fue la guerra de las Malvinas: recuerdo que una mañana de 1982, en un descampado en el que se nos torturaba a los gorditos que no podíamos hacer la vuelta canela durante las clases de Educación Física, formé parte de una batalla campal entre argentinos y británicos. Me pregunto si, en un rincón de Buenos Aires, hoy hay compañeritos de salón jugando a la invasión estadounidense de Venezuela.

Crecí en un cuadro relativamente feliz de “familia modélica de padres inmigrantes de origen europeo, que le echaron pichón y pudieron comprar apartamento propio”. Incluso llegamos a tener un terreno con una casa en Higuerote, provisto de una piscina que hizo mi papá con sus propias manos, y que luego debimos vender porque era desvalijada sistemáticamente cada semana por los propios barloventeños que contratábamos para cuidarla. En ese contexto, lo más extraño de mi niñez fue que, a pesar de lo anterior, en mi casa se escuchaba regularmente a Alí Primera.

Convengamos: por si no conoces su obra y te has dejado lavar el cerebro a la inversa por el rechazo que hoy genera todo lo relacionado con el chavismo y por la pavosidad congénita de sus hijos Servando y Florentino, Alí Primera fue un cantautor extraordinario –quizás el más polifacético de la historia de la música latinoamericana de protesta– que, entre la rabia y la ternura, paseaba su vozarrón con soltura por casi todos los géneros populares venezolanos. Te podías aprender sus discos de pe a pa como las canciones de la misa y sus cassettes eran la banda sonora de nuestro viaje de dos horas de los sábados a Higuerote.

Eso sí: en lo ideológico, Alí era un ñángara de mensajes abiertamente insurreccionales. No dejo de sentir escalofríos al pensar que versos como los de Canción bolivariana, que yo escuchaba mientras hacía bolitas de vainilla con la crema de las galletas Oreo en asiento trasero del Fiat de mi papá, eran los mismos que en ese instante inspiraban en los cuarteles a Hugo Chávez con su contradictorio caldo de nacionalismo decimonónico y marxismo trasnochado: “La burguesía es hija de la Colonia y viceversa; la opresión está reunida en masa bajo un solo estandarte; si la lucha por la libertad se dispersa no habrá victoria en el combate”.

Sí, “combate” se refería explícitamente a oposición armada a gobernantes democráticamente elegidos, contra los que una logia semi religiosa se alzó en armas en dos madrugadas de febrero y noviembre de 1992, esta última con los únicos bombardeos desde aviones que hasta ahora he presenciado en mi vida. Aunque entonces fui un chamo de 17 años que formaba parte de una franca minoría (los que pensábamos que las medidas de apertura de la economía señalaban hacia el camino indicado y que era mejor que Carlos Andrés Pérez completara su período presidencial), no dejo de pensar que el hecho de que Alí Primera se escuchara libremente en mi sala de estar –sin que nadie me alertara sobre la importancia de separar música y letra– era un síntoma de que algo no andaba bien. Que no se nos había enseñado lo suficiente ni en la casa ni en la escuela a valorar el frágil experimento de civilidad, siempre bajo la sombra del militarismo que comenzó en 1958.

Y sí: si me preguntas, nunca en el chavismo he visto cacerolazos tan estruendosos como los que le dedicaron a CAP.

La síntesis que vendrá

Toda esta interminable introducción es para decirte algo que, si conoces lo que publicamos y has llegado hasta aquí, probablemente ya sabes: que toda pretensión de revivir lo que tuvimos en Venezuela hasta la mamarrachada de juramento en la toma de posesión de 1999 –los símbolos y los formalismos son más importantes de lo que sueles pensar, amante de la acción– no solo es técnicamente imposible, sino poco deseable. Porque, y disculpa que me apoye en la dialéctica marxista de inspiración hegeliana, solo nos queda esperar la síntesis que traerá el choque de tesis y antítesis.

Lo que vendrá después de estas dos décadas de irresponsabilidad histérica –si es que viene algo después, que jamás lo podremos asegurar con total certeza– será forzosamente diferente a los 40 años que tuvimos antes de ellas.

Permíteme citarte la placa del monumento de las Tres Culturas de México DF, mi argumento favorito contra los tirapiedras que idealizan en idioma castellano un presunto edén prehispánico, como los que derribaron la estatua de Cristóbal Colón de Plaza Venezuela el 12 de octubre de 2004: “El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendido por Cuauhtémoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.

Disculpa las citas un poco de liceo, pero voy con otro de mis gallos: “La existencia humana ha sido en toda época y momento un juego peligroso, y eso vale para las primeras tribus que se agruparon junto al fuego hace millares de años y para quienes hoy tenemos que cruzar la calle cuando vamos a comprar el periódico”, recuerda Fernando Savater en Ética para Amador, aunque en Venezuela ya no tengamos prácticamente hoy periódico que comprar.

Nuestra naturaleza está marcada por la insatisfacción permanente y el conflicto. Hoy algunos de nosotros aplaudimos que cualquier medio es válido con tal de quitarle al chavismo sus herramientas de destrucción. Quizás dentro de 20 años veremos llegar al parlamento a políticos de izquierda cuya campaña se basará en denunciar que “lo ocurrido en 2019 estuvo viciado en su génesis por la bendición del imperialismo estadounidense”. No lo sabemos, jamás se inventará la máquina del tiempo. El chavismo quizás podrá ser derrotado por completo, no así la insatisfacción que le alimentó.

Cuando fui niño nunca dejé de tener un vaso de leche y un pedazo de pan con mantequilla, pero siempre fui un privilegiado: pásate algún día por los periódicos de 1988, para que veas cómo, durante el Gobierno del adeco Jaime Lusinchi, los controles de la economía y la escasez de productos básicos (menos duros que lo que vivimos hoy día, por supuesto) derivaron en el segundo de los cuatro grandes shocks de la psicología del Estado de Bienestar venezolano: el Viernes Negro de 1983, el Caracazo de 1989, la intentona militar de 1992 y la crisis bancaria de 1994, la que terminó de torcer para mal el destino de una familia: la mía, que hasta entonces podía pagarse unas vacaciones en ferry para Margarita cada par de años, de las que regresábamos no solo con ropa nueva comprada en la zona franca sino con un par de tomos nuevos de mis enciclopedias de zoología.

“Aunque las autoridades reconocen que son justas las demandas de los médicos, cuyo ingreso no alcanza ni para comprar la cesta de alimentos, también alegan que no tienen presupuesto para satisfacer el aumento exigido”. Esa cita, seguro te debes haber dado cuenta, no puede ser de 2019, sino de la huelga de médicos de los hospitales públicos de diciembre de 1996, en la que se inspira parcialmente la película La Hora Cero (2010). Por supuesto, 1996 ya no era el esplendor de la Cuarta República, sino su decadencia. Pero el recordatorio es válido, en medio de la aberración económica de dimensión planetaria de la administración Maduro, para recordarnos que casi nunca la mayoría de la gente ha estado satisfecha con lo que tiene en la cuenta bancaria. Aunque salta a la vista que, al menos en 1996, no teníamos en Miraflores a fanáticos que negaban sistemáticamente la realidad de los problemas ni sus limitaciones para resolverlas.

La Venezuela que vendrá de esta pesadilla, si es que terminamos de salir de ella –o alcanzamos algún punto de equilibrio de normalización de lo horrible–, será forzosamente el parto doloroso de algo que no se parecerá a nada de lo que tuvimos antes. Probablemente nos hará mejores a los que hemos vivido este eclipse de la racionalidad occidental, pero los que vendrán después tendrán que experimentar sus propios aprendizajes. Nos corresponderá dejarles la enseñanza de proteger a esa bebé siempre amenazada de hambre que se llama libertad.

FOTO: Jon Cárdenas

 

Por Alexis Correia |  @alexiscorreia