extrañar venezuela desde una pandería

Extrañar Venezuela desde una panadería

Miles de portugueses huyendo de la miseria y el fascismo llegaron a una Venezuela salpicada con brotes de violencia guerrillera para dedicarse a hacer el más noble tipo de bombas: las de merengue. Rodilla en tierra contra el hambre, la panadería luso-venezolana se convirtió en el espacio de convivencia de toda la fauna urbana. Donde el humo del café se mezcla con la bruma de la mañana y el horno comienza a calentar la grasa que mueve los engranajes de la ciudad.

Allí se encuentran personajes como el conocido viejo de panadería, aquel que llega y trata a todas las mujeres de mi amor, corazón, cariño y mi reina. Me parece el epítome de lo que es no darse mala vida por las palabras. Encuentro en él todo lo que nunca podré ser: una persona despreocupada, un bon vivant tropical, alguien que se llama Juan. El mismo que cuando escucha su nombre responde con “dígamelo cantando”.  Sin mayor mantra existencial que “dos litricos de leche, mi cielo”. Juan, que llega, toma un marroncito, endulza la vida de todas las mujeres y luego se va. Despegado y fútil. Vivaracho y chévere, tragándose al Caribe entero con cada sorbo que da desde el mostrador. El señor Juan, ídolo eterno de la panadería.

Ser panadero es un oficio ingrato y menospreciado. Eso lo sabía Gilberto, cuya panadería se levantaba como un oasis extraterrenal ajeno a la decadencia que la rodeaba. Para entrar tenías que esquivar mendigos, buhoneros, vendedores de chicharrón y la arremetida multidireccional de los merengues frenéticos de Wilfrido Vargas. Los obreros, preparándose para construir patria y piropear mujeres, arrancaban la mañana con café negro y un chorrito de aguardiente. Mi más sincera admiración a estos hombres que son también todo lo que yo nunca podría ser. Jalar caña y batir cemento suenan como tareas sobrehumanas para mí pues a tan tempranas horas hasta mis pensamientos tienen lagañas.

Más allá del mostrador se encontraba un submundo apasionante que fácilmente podría representar al universo entero entre máquinas monstruosas y trabajadores de velocidades increíbles. Había un empleado que era mocho. Agarraba una paleta metálica enorme que se extendía por varios metros, maniobrando con su única mano y sujetándola debajo del brazo como un espadachín del surrealismo panadero, metiendo la masa dentro del horno que escupía un calor furioso al abrirse. Ese hombre le echaba más bolas a la vida en un día que yo durante la sumatoria de todos mis años. Yo: dedico mis días a estudiar una carrera humanística en Europa y vilipendiar los ahorros familiares. Él: produce magia a punta de muñón y harina. Mis más sentidos respetos a este héroe olvidado.

En Portugal, la dinámica es distinta.

Una bandera portuguesa del Mundial del 98 y la mirada perenne de la Virgen de Fátima certifican a este recinto lusitano, que ahora visito con frecuencia, como foro del desasosiego, porque el olor del pan crujiente le queda maravilloso al existencialismo. Nietzsche y Sartre comen empanadas mientras concuerdan en que los repuestos para carros están carísimos y que no hay futuro. De existir conversación sería sobre fútbol, que es tan omnipresente como en Venezuela lo es la política. Cristiano Ronaldo es Chávez. Mourinho es la inseguridad. El Benfica es el éxodo migratorio y el Porto es la pelazón en general.

Estoy atrapado en lo que desde la distancia se podría vislumbrar como un país erigido sobre bases de harina, agua, sal y levadura. Pero acá viene la realidad innegable: el pan en Portugal es mediocre. Este país es una estafa, lo sé porque me estoy comiendo las únicas palmeritas saladas del mundo, un atentado contra el sentido común. Las buenas panaderías pertenecen a portugueses retornados de Venezuela. Los mismo que venden malta y cachitos a un par de euros, más baratos que en Venezuela. Y ese es el único dato económico que me interesa. Basta ya de índices inflacionarios y del PIB: midamos nuestra economía por el número de cachitos de jamón que el ciudadano común puede comprar.

Sonrío al imaginar a un viejo de panadería haciendo su vida en Portugal. Abandonaría el intento de decir “Olá, meu coracao” conforme las multas por acoso sexual –o, en su defecto, las cachetadas– empezaran a llegar. Al acercarse la mesera, tentado por la curiosidad, digo: “Olá coracao, un cafecito ahí vale”. En mi mente, porque en la realidad solo sale un correctísimo “uma meia de leite, se faz favor”. Sí, señor, porque uno siempre debe decir buenos días y muchas gracias, con el corazón inexpresivo.

En Venezuela, Cristo reposa entre las tetas de una menopáusica operada y está mirando a los ojos al vigilante que vino a comprar un chocolate para levantar a la conserje. Acá, entra una chica hermosa y solitaria, que ignora lo primero y se acostumbró a lo segundo. La veo, desprecio y deseo en partes complementarias. Tiene la piel hecha de caucho y por dentro puros engranajes, bujías, aceite y válvulas. Lo sé. En este país solo hay robots y viejos, circuitos y flemas en coexistencia. Habla con la cajera y su sonrisa me hace pensar en labios que, pudiendo algún día decir “te amo”, nunca pasarán de “bien, ¿y tú?”.

La guerra asimétrica contra el Atlántico también me tiene un poco robot. Por ahora, lo mejor que puedo hacer es observar y sacar conjeturas prejuiciosas sobre los demás de manera morbosa. Esperando al verano y su redención. Practicando el arte de matar el tiempo sin que el tiempo me mate, lo que siempre se debe hacer con un mínimo de elegancia. Lo sabe la señora que entra a comprar un campesino, lo sabe el trasnochado que entra con lentes de sol buscando un jugo, y lo sabe la gordita que pretende suicidarse tapando sus ventrículos con mousse de chocolate.

Panaderías, lugares de convivencia y conspiración, donde se han conjurado revoluciones y compartido victorias. Se han tramado asesinatos y llorado muertos. Puedo ver a Bolívar, libertador de seis naciones, buscándole fiesta a la cajera. A Miranda, que luego de pasar tanto tiempo fuera no sabe si decirle canilla o baguette. A Juan Vicente Gómez, en la lejanía de los Andes dispuesto a acaparar todas las palmeritas durante los próximos treinta años. Al mísero Pérez Jiménez, comprando un cigarro detallado y pegándole al niño en la calle que le pidió un pastelito. Puedo verlos, como dice el tango, “revolcados en un merengue y en el mismo lodo todos manoseados”. Los puedo ver unidos por la masa de la historia. Y ahora me pregunto si en cada panadería tendrán también a un mocho en la trastienda, convirtiendo tragedia en dulzura. O si será que el universo entero es una panadería, y Dios es simplemente un panadero mocho.

Por Mauricio Gomes

#DomingosDeFicción: De ahora en adelante

¿Alguien se acuerda de Detroit en el futuro? Exacto. Pasar la noche en el centro de la ciudad era pasar la noche en aquel Detroit pero sin la parte de los cyborgs de pinga como Robocop, ni las patrullas aerodinámicas en forma de tanque. Hagamos eso para un lado porque había lo otro: un eclipse para siempre y los malos más malos sobre la faz de la Tierra, con sus risas sabrosas que te despelucaban los cabellos de la nuca.

Nosotros vivíamos allí. Cuando llegábamos a casa después de hacer lo que hacíamos ya no había sol. Así que en resumidas cuentas, nuestra casa era esa negrura. Uno que otro poste de luz de yodo y el mazo de cocuyitos a lo lejos en un firmamento negro como el Planeta Muerto. Pero eran solo las luces de las barriadas desde las montañas del Más Allá. O las últimas almas despiertas al margen de todo.

Durante el día, para variar, era mi hermano quien firmaba. Filmar, corregía mi madre creyendo que hablábamos de cine. Pero portar el estilo es firmar, ma. Fir-mar. Total que el engendro firmaba porque tenía toda la cabeza rapada menos la tapa de los sesos, donde mantenía una platabanda hermética de rulos. El signo de Nike tallado en la sien. Y unas botas Patrick Ewing originales en marrón, con el autógrafo morado, a punto de escarapelarse por el julepe diario. Pero él las llevaba con la frente arriba. Mi padre se las dio cuando se hizo el milagro: pasó el examen de reparación de matemáticas el muchacho. Gran vaina. Yo nunca raspaba materias y por eso mismo no me echaban ni un peo de lado. Mis botas, unas Punto Blanco, fueron un negocio con los morochos Fuentes: Mario y Gabo. En realidad, Bebé Gerber y Gasparín. Dos tipos color apio que se pasaban el recreo entero vendiendo cachivaches robados. Después serían periqueros y otras cosas más, pero todavía estábamos en otros tiempos. Y a mí no me importaban demasiado los medios, mientras pudiera tocar el fin con los dedos de mis pies.

Jugar baloncesto en la cancha del Fermín Toro siempre fue un lío. Por mí no, porque yo driblaba a punta de fintas y jugaba piloto: la posición de los retacos y los enclenques. La cosa era por culpa de mi hermano Roger, delantero nato con extremidades de alambre. Convertía las cestas imposibles que el resto de nosotros soñábamos hacer. El problema venía cuando jugábamos contra los jubilados de quinto año. Cada uno del tamaño suficiente para sujetar la pelota con una sola mano, pegar un brinquito como si nada y clavarla con fuerza bruta. Tenían el aro doblado hacia abajo de tanto guindarse. Cuando perdían, se volvían las hienas del infierno. El piso lo llenaban de gargajos. Si encontraban a un menor curioseando, en el acto lo cosían a patadas. Uno de los más bocones nos decía que le trajéramos a mi papá o alguien de su rin, para cachetearlo. Y había un dientón sin alma que una vez se sacó la correa y azotó al perro que escarbaba la basura. La pagaban siempre con el más pendejo de la vida.

Papá Noel de Haití era un gordo masivo, fotocopia del MC merenguero Sandy, de Sandy & Papo. Tenía un copete en resorte cristalizado con gelatina. La primera vez que jugó contra nosotros, encolerizado por la derrota, le dio un empujón a mi hermano que lo bombeó hasta la reja. Pero la vez siguiente tuvo el detalle de jugar en nuestras filas. Con los años vendrían más guardianes de este corte, pero Noel fue el primero y el más grande que se apiadó de nosotros. De ahora en adelante, dijo mi hermano, somos tres. Lo bueno es que éramos más y teníamos un guardaespaldas para cuando las cosas se pusieran color de hormiga. Lo malo, pues que teníamos que pagarle a Noel con la amistad como él la conocía: hacer las cosas en cambote. Es decir, a toda hora estar los tres juntos, para arriba y para abajo.

No me quedaba tiempo para las cosas de verdad importantes, como limpiar la escoria de las calles con el sudor de mis propias manos. Tenía que trasnocharme jugando Streets of Rage sin volumen, para no despertar al mostro. Si por mala suerte levantaba a Roger, me quitaba el único control de un solo vergajazo. De vista nadie lo creía pero el diablo ese tenía la mano pesada, con un nudillo salido en forma de tachuela. Un solo golpe hacía que te doblaras de la contradicción, con un grito de sufrimiento y un hormigueo de risa. A veces yo me le resteaba y no había forma de que me quitara el control, pero entonces llamaba a mi madre con una actuación impecable.

Mamá tenía debilidad por él, aunque fuera cuatro años mayor que yo. La leyenda dice que ma perdió su primer embarazo. A su segundo intento, botó un bebé rosado con una estúpida frente de papa. El mismo que después se conocería como el psicópata del recreo. El incomprendido, entre otros títulos. Si lo dejaba graznar, fijo me ganaba una tunda a las dos de la madrugada. ¿Qué iba hacer? Tenía que cederle el control para que se creyera el rey. La mierda es que el Sega no era de nosotros sino de mi mejor pana de clases, Bemba, que me lo estaba pidiendo de vuelta desde hace un mes.

Se podía hablar de cualquier cosa con ese carajo. Lo quería como a otro hermano pero de mi propia edad. Después se murió su papá y le decían El Triste. Pasaba el recreo entero con los ojos metidos en sus barajitas de Magic. No se quitaba ni para bañarse la franela de Brujería, donde salía una cabeza degollada y una mano que la templaba por las greñas. Pero cuando Bemba era normal y su tragedia comegato era parte del futuro distante, hacíamos las cosas en espejo, como si fuéramos la misma persona separada en dos dimensiones distintas. De hecho, Bemba había sido expulsado del Luz de Caracas, liceo chiquiluqui, para después aterrizar en la pocilga donde encontró su versión mejorada: yo. Es una teoría que nunca quiso aceptar del todo por algo que se llama falta de humildad.

En fin, él juntaba cromos gringos del Dream Team y yo martillaba por aquí y por allá para completar el álbum pirata del Equipo de Ensueño que vendían en el quiosco. Él coleccionaba monedas y estampillas que venían del mundo entero. A mí me daban lo justo para una empanada y un jugo diario, así que me puse a coleccionar tarjetas usadas de teléfono. Traían impresos paisajes de lo largo y ancho del territorio nacional, que nunca me parecieron lo mismo cuando por fin los visité en carne y hueso. Bemba no hablaba casi pero era tremendo as en los videojuegos. Cuando le compraban un casete, lo terminaba la misma tarde. La tía le trajo el Neo Geo de los Estados Unidos, así que me pasó su vieja consola de Sega. Fue un regalo de un hermano a otro. Pero la misma tía le pidió la antigua consola, para retrucársela al niño de su señora de servicio. A mí se me salió una coba automática: le dije que se la devolvería la semana siguiente. Mi boca se movió y en el aire quedaron las palabras.

Por esos días hubo una justa implacable contra un combo de San Martín. Eran completos alienígenas en el Fermín Toro, pero había respeto de por medio gracias a las leyendas de su inmisericordia. La ex de mi hermano estaba en una esquina de la cancha. No se habían visto más desde que ella lo mandó a tragar píldoras de Ubicatex. Ahora era jeva de Experimento, uno minado de pecas y chicharrones magenta que venía con los forasteros. Dos tipos grandes tomaron al pelirrojo por el brazo y nos retaron a ver cuál era nuestra alharaca. Un rapidito a cinco puntos.

Roger, Noel y yo nos deslizamos sobre las líneas de la cancha. Sacamos balón y anotamos de una. Me marcaba uno de los tipos grandes que echaba codazos a maldad y me jalaba la camisa cuando no podía alcanzarme. Pasé la bola a mi hermano, que le hizo una bandejita en la cara al pelirrojo y quedó lelo. Punto. Noel hizo el saque con parsimonia; rebotando con una mano, indicando el pase con la otra. Pero eran solo patrañas para llegar a su zona mágica, la burbuja de tiro libre. Hizo su brinquito clásico y lanzó en suspensión. Punto. De nuevo Roger eludió fácil al pelirrojo con su drible de morisquetas. Se metió en el área y lanzó un gancho que uno de los tipos grandes al fin taponeó. Pero la pelota quedó en mis manos. La convertí desde la raya de tres. Chao pescao.

En estos casos Noel decía las palabras de cierre. Desalójenme la cancha, repito. Obedeciendo el mandato, se paró y se fue la jeva de Experimento. Experimento como tal estalló en una rabieta ciega con algo de llanto. Un segundo después, voló por los aires como una baraja y sonó feo al caer. Era un movimiento que solo le había visto a Yokozuna, pero a Noel le salió natural. Era muy firmante ese gordo del diablo. Durante su retirada, los tipos no ayudaron al herido. Pero sí nos gritaron desde lejos para invitarnos a jugar en la cancha de sus bloques. Donde sea, cuando sea, dijo Noel, mientras hacía un meneíto como en el baile del perro.

Un lunes a primera hora, la cara de Bemba estaba sin consuelo. En sus manos el Sega con el control fracturado, enmendado en adhesivo. A grandes rasgos, le dije la verdad: Marico, Roger y yo tuvimos una tángana y esto fue lo que quedó. Salvé lo que pude. Bemba sacó los ojos del aparato y los puso en mi cara. Iba por el sexto mundo, dándole guasasa al jefe de los malos. Roger se levantó y quiso quitarme el control. No lo solté. Me encapuchó con la sábana y me torteó un buen rato. Cuando al fin pude reaccionar, la pantalla estaba congelada con las rayas verdes y fucsias: había desencajado el casete para hacerme arrechar. No importa cuánto avancé por los drenajes de la ciudad ni cuántos enemigos aniquilé, todo se había ido al garete. Tenía que recomenzar desde cero sin méritos. Me entró el demonio. Casi despescuezo a Roger. De la nada emergió mi madre para salvarlo y dio un portazo que tumbó cable, control y Sega. Bemba cerró la bemba. No sé si prende, le dije con toda sinceridad.

Hasta aquí más o menos los acontecimientos fueron verídicos, aunque no precisamente en ese orden. Digamos que comenzó cuando las letras de Streets of Rage brillaron de más y caí en cuenta de que si el muñequito en la pantalla era yo, pues yo era su todopoderoso –¿Para qué diablos lo hacía pelear todas las noches en contra de aquellos cabrones mala gente? ¿Y si era más bien al contrario: ellos Los Chéveres, el muñequito malo y yo una fuerza que lo programaba todo por capricho? Dios debe decir estas cosas cuando habla solo, o sea, a cada rato–. Total que una lacra del mundo tres me quitó el último corazón de vida. Me cegó la cólera y batí el control contra el suelo. Lo demás fue rápido. Oí la carcajada de Roger y nos enzarzamos a vida o muerte. Mi madre intervino. No halló otra forma de separarnos que lanzarnos el Sega. Mientras lo esquivamos, pudimos verlo desintegrarse en el cosmos sucio de la pared. Bemba, le dije. Perdón, chamo. Quise distraerlo de esa cagada con una invitación al Campeonato de Baloncesto de Tres. Pronto nos batiríamos con los de San Martín. Un sueño nacional estaba a punto de cumplirse. Pero no mordió el anzuelo. Tampoco pronunció palabra durante el resto de la mañana.

El fin de semana apareció mi papá. Nos llevó a la piscina del Hotel Tamanaco, dijo que pidiéramos lo que se nos antojara. Lo cual era otra forma de decir papas fritas más hamburguesa full equipo. El ciclón de mi padre golpeaba las costas de vez en cuando y era como guao. Secuestró a mi madre en una habitación aparte. Y alquiló otra más para que no jodiéramos el parque Roger y yo. Ambos tomamos rumbos distintos por los confines del hotel. Yo anduve realengo por el lobby. Pegué un par de mocos en el brazo de un sofá. Meé en el lavamanos. Viví la vida. Sobre los teléfonos públicos de la recepción, pillé un par de tarjetas que no tenía. La Puerta de Miraflores de Monagas y el Cerro Perico de Puerto Ayacucho. Volví a la piscina para contarle a Roger la primicia pero estaba ocupado hablando con dos niñas en bikini. Cuando llegué hasta él, no me las presentó. Ellas jamás se quitaron los lentes de sol, y hablaban castellano como si tuvieran una papa caliente bajo la lengua. Dejé mis tarjetas en el revoltillo de mis bermudas con la franela, a un lado de la piscina. El resto del día me dediqué a flotar en el agua celeste.

Tarde en la noche, prendí la tele y salió Sylvester Stallone peinado como gánster de antaño. Una chistorra dizque cómica. En el otro canal estaban dando Robocop 2. Ahora sí hablábamos de cosas serias. La injusta, mugrienta y futura Detroit. Allí los rufianes se daban bomba, echándose unas carcajadas de espanto fuera de la tienda que acababan de desvalijar. En cuestión de segundos, derrapó un automóvil. Se abrió la compuerta y del hueco emergió el pico de una metralleta, que soltaba asteriscos de fuego azul por cada ráfaga. Pero salió del baño Roger y me arrebató el control remoto. Era la final del Torneo de las Américas en Portland. El Equipo de Ensueño norteamericano versus la selección de Venezuela.

Llamamos por teléfono al gordo Noel. ¿Estás viendo el partido, man? No solo lo veía. Estaba rezando por la nación en pleno, junto a su madre y sus hermanas. ¿Quién quieres ser tú?, me dijo mi hermano. Él se creía Scottie Pippen, así que nadie podía repetir su personaje. Del otro lado de la línea, Noel dijo ser Gabriel Estaba. Era un gordo achinado de los Bravos de Portuguesa, que había jugado un poquito en la NBA. Yo escogí a Charles Barkley, un mestizo coco pelado impulsivo como él solo. Se cagaba en el réferi, en el entrenador y hasta en su propia camiseta de ser necesario. Para mi información, que jode tiempo después, una loca del baloncesto me dijo que yo no tenía un pelo de Barkley sino la vista segura, transparente y sutil de Michael Jordan. Naturalmente, fue la hembra de mi vida. Pero para eso faltaban unos cuantos años luz. De vuelta al televisor del Tamanaco, pudimos ver en vivo y directo cómo se quemaron los minutos del juego más importante del territorio hasta ese instante.

La semana siguiente fue nuestro partido. La final contra los de San Martín en su propia casa. No recuerdo la fecha del día, pero ya era de noche. Como un video sin los colores de verdad, todo se veía en anaranjado y negro por culpa de los postes de yodo. La camionetica por puesto –llamada El Vengador IV– nos dejó en la plaza y empezó la llovizna caliente. Tuve un mal presentimiento. Me callé la boca para no ser yo el pavoso del equipo. En nuestros pechos seguía la derrota reciente del país a manos de nuestros propios héroes. Una molesta terquedad nos había llevado hasta allí. Noel alzó la mano para mostrar la empinada callejuela que tendríamos que subir. La senda de los guerreros invictos. Los botines se nos llenaron de agua, pero la goma de las suelas era demasiado pro porque no resbalaba ni un chin.

Entramos a la cancha y había cuatro gatos. Experimento sin camisa, más alebrestado que de costumbre, una sombra y el par de tipos grandes. Solo uno de ellos dos iba a jugar el partido. El otro tipo cedió su puesto por un recambio estelar de último minuto. Caracas sin Luz era un tinto con la cabeza crecida para atrás como un ser de Alien, el octavo pasajero. Tocaba el aro de pie, alzando la mano. No precisaba saltar. Vamos a jugar a siete. Fue la primera de las dos únicas vainas que dijo en toda la noche. La otra fue: Cáguense, que de aquí no salen vivos.

Sacaron balón y Alien la clavó. Se quedó guindado del aro. Sacó la lengua y se chupeteó su propia boca con un ruido sádico. 1-0. El tipo se la pasó a Alien. Alien a Experimento. Experimento al tipo y este lanzó de tres. La pelota no entró, pero ellos dijeron que sí. No había forma de constatar aquello, porque el aro no tenía malla. 4-0. Alien sacó y me le pegué atrás. Era demasiado rápido, entonces lo pisé y la bola se le salió de las manos. Esta fue a dar a Noel, quien se atrevió a un doble paso con bandeja y la hizo. 4-1. Roger me la pasó a mí, no supe qué hacer, así que se la di de vuelta. Mi hermano conejeó al tipo. También burló a Experimento, pero este se quedó picado y le cobró una zancadilla fea. Mi hermano derrapó antes de pasarme la pelota. Su alambrera de piernas y brazos chocó contra el piso. Subió una catarata de agua de charco y sonó como el fin de nosotros.

Todo el mundo se le quedó mirando a Roger, enchumbado de inmundicias. Cuando gritó mi nombre, recordé que tenía el balón entre mis manos. Así que lancé y para adentro. 4-2. La saqué, Alien me la robó, se la pasó al tipo y este la convirtió. 5-2. El tipo fue asaltado por Noel, mejor conocido como Aventura en la Zona de Tres. Lanzó bien pero la bola rebotó en el tablero y se la embolsilló Experimento, quien hizo una locura y no la metió, pero la contaron como que sí. 6-2. Mi hermano se la roba al pelirrojo y la convierte desde donde está. 6-3. Me pasa la bola, no veo luz y me lanzo de tres. 6-6. La partida se replantea a ocho puntos. Inspirado, driblo al tipo, escapo de Alien y con todas mis fuerzas le lanzo el pase a Noel. Pero Experimento mete la cara y se lleva tremendo balonazo en el cachete. La recoge mi hermano. Salta como nunca antes habíamos visto, roza el aro con las puntas de los dedos y le encesta en la cara a Alien. 6-7. Se la doy a Noel y la hace de tres. Hasta la vista, babies.

No sé cómo salimos de allí, pero mi hermano y yo llegamos a casa. Se supone que a Noel lo despellejaron vivo en la parada del autobús pero tampoco sé cómo terminó aquello. Lo que sí sé es que recorrimos en reversa la senda de los guerreros. Faltaba nada para llegar a la acera de los buses. El gordo se empeñó en caminar lento, como si no tuviéramos pavor de aquella victoria. ¿Se asustaron?, dijo. Si están cagaos pidan tiempo. Yo mismo paré el primer autobús que vi y me desgañité llamando a Roger, que también le daba largas al pánico. Cuando hay que irse, siempre se queda como un perro en estado de alerta. Captando vibraciones en el aire, oliendo emociones para reaccionar. Lo arrastré por un brazo hasta la escalera de la camionetica. El horror se inoculó también en el alma del gordo, pero sus ojos pestañeaban en neutro. Era un maldito kamikaze. Lo jalé por la franela: Súbete, gordo. Se soltó con un meneo de malcriado. La próxima es la mía, dijo. Gallinas.

Como las gallinas, comenzó a cacarear bajo la lluvia. Se doblaba los dedos para atrás y para adelante, aunque ya ninguno hacía cric crac. La magia había escapado de sus huesos. ¿De qué hablas?, le dije. Pero eso ya no se oyó por la bullaranga de los motores. El chofer se puso en marcha y mi hermano y yo nos salvamos por un pelo gracias a la intervención de José Gregorio Hernández. Un altar de El Venerable estaba soldado al tuyuyo de latón del que salía la palanca de velocidades. Pagué por los dos como estudiantes que éramos, pero el chofer y el ayudante me cayapearon: Tarifa nocturna, menor. Era el precio inventado, con recargo, que tantas veces tuvimos que pagar. ¿Qué se puede decir? Ni tu Envidia pudo Conmigo se llamaba la camionetica. Ninguna de estas cosas distrajo a mi hermano. Agachó la cabeza y tenía las metras de los ojos exorbitadas, mirando lo que no se puede mirar. El infinito se movía por debajo del suelo. Lo dejamos morir, dijo bajito. Entonces yo repetí lo mismo pero sonó peor todavía. A veces ganar es perder. Y nos perdimos en el eclipse como dos doñas en la fe, que murmuran adentro de la nada a velocidad de crucero.

Noel reapareció en el liceo dos semanas más tarde con el semblante de un difunto vivo. Era pleno recreo. Los jodedores lo agarraron de sopa. Le decían Lázaro y Terapia Intensiva. Tenía un bolsito de tela guindado del cogote, donde mecía su brazo muerto. Dos gajos negroides en cada ojo como si acabara de llorar petróleo. Y el copete de esponja sin la potencia antigravedad de los primeros días. Nos echó una mirada de matón desde una esquina, rodeado de sus nuevos compinches. Gasparín y el bobo del hermano, quienes también montaron cara de cañón. Qué qué qué, dijo el gordo desde el otro lado. Me di cuenta de que además tenía un chichón brillante en la ceja. Que te sobes, dijo Roger, que eso se hincha. La gente esperaba un poco más de acción a la hora de la salida. Aunque no pasó mayor cosa por aquel momento. Y aquellos pobres diablos siguieron en sus mismos pasos, tras la sombra del más grande de los zombis.

Gracias al cielo mi madre no vio aquel esperpento de lástima. Pero se lo olió porque la noche de la victoria, nada más entrar a la casa, nos recibió con una tormenta eléctrica. Nos castigó por tantos días que hasta ella perdió la cuenta. Sin saberlo, el grito que pegó encerraba nuestro acertijo cuántico: tenía horas sin saber dónde estábamos metidos, mientras que nosotros no teníamos idea de cómo nos habíamos salvado.

La mañana del día siguiente, Bemba todavía no me hablaba. Esperé al recreo para encararlo. Mira, le mostré tarjetas telefónicas. Una cascada de espuma de afeitar sobre un pozo de salsa soya. Matorrales de gamuza fucsia entre peñones de plomo. Un cerro en forma de tetilla humana. Comenzó a mover el coco en aprobación. Qué bien, dijo. Ahí no he ido. Allí, menos que menos. Yo sí, le dije, y le conté sobre un viaje inventado, para unir los pedazos rotos de una hermandad que llegaría más allá del día de nuestro último respiro.

 

Por Hensli Rahn Solórzano | @HensliRahn

*Este relato está incluido en el libro Dinero fácil (Libros del Fuego, 2014). Obtuvo Mención Especial en el 69º Concurso de Cuentos de El Nacional

 

 

Partida de Nacimiento

27 de febrero, día de triste recuerdo para Caracas, ciudad que en fecha como esta, hace 29 años, se vio azotada por una serie de eventos desafortunados, que no tuvieron respuesta oportuna. Ese día, 25 céntimos de alza en el precio de la gasolina y 6 bolívares en el costo del pasaje bastaron para que se abriera la caja de Pandora y los peores demonios del venezolano se desataran, dejando a su paso una estela de saqueos, destrucción y muerte. Fue uno de los días más oscuros de una ciudad que ha vivido unos cuantos, y cuyo recuerdo –imposible entender cómo hay quien pretende celebrarlo– queremos conjurar con versos. Con los de Jaimar Marcano y su poema Partida de Nacimiento, que resultó ganador del concurso Caracas Literaria, llevado a cabo por @1001IdeasVzla en el marco del Festival Caracas Joven, que tuvo lugar en la plaza Alfredo Sadel de Las Mercedes, y que convocó, entre otros, el talento literario de varios jóvenes caraqueños que convirtieron en poesía todo lo que sentían por Caracas. De entre los varios que concursaron, fue Marcano la ganadora, con un telúrico y apasionado poema de buena factura, impregnado de caraqueñidad en todos sus versos.

Partida de Nacimiento

Déjate de sinvergüenzuras

Sentados en la Av. Boyacá no me preguntes dónde queda la Cota Mil

Con mi cuello entre tu cuello no cuestiones si te quiero y cuánto

Muy tuya es esa osadía caraqueña

De preguntar como si uno no quiere

De responder como si uno no gusta

No te tomes atajos conmigo

En ésta ciudad los caminos verdes solo llevan a más dudas

Desde El Calvario puedo ver media Caracas

Desde tu hombro puedo verte con esa melancolía

Que se sube sin pagar y va y viene en el Recogeloco

Porque es además la única que compra multiabonos

Camina con ella y déjala sola

En esa bodega abierta mal llamada el centro

Donde la historia se compra en esquinas calientes

Pero la gloria sigue doliendo fría en los huesos

El centro de nada

Qué cosa puede ser el centro en una ciudad con curvas llenas de río ignorado

Y justamente eso me preocupa

Que pasemos tanto tiempo juntos que nuestros chorros se hagan oscuros

Y dedicarnos a aspirar solo los domingos subir hasta Los Venados

Que Manuel Cabré no se revuelque en su tumba esperemos

Porque alguien más agarró un pincel y comenzó a borrar a Caracas hace un momento

Pero no importa mijo

Que para eso estamos nosotros

O tú y yo, mejor dicho

Y así como todos saben que de Sabas Nieves pa’ arriba todo lo bueno se esconde

O que más allá de Tazón quizás está Zaratustra

Todos saben que te lanzo voraces miradas

Tan estruendosas como las alarmas que nadie apaga en la madrugada

O esos gatos que deciden amarse no importa nada

Muy orgullosa desde el 24 de Noviembre salivo efemérides

Y nuestro himno lo canto en nuestro patio o sea tu cama

Muy enamorada estoy de la patriótica causa de amarnos en Caracas

Ya podemos poner nuestra plaquita para que alguien la vea

Y por supuesto tampoco tenga claro de quién sea

Apareciste en un lugar más extraordinario que común

Lleno de historias que no estaban escritas por nosotros

Como todas estas calles que pisamos sin freno

Y ese rayado frente a los otros que según no vieron

Si tú supieras

Cónchale vale

Que estas palabras las clama alguien sin partida de nacimiento

Porque en la costa no sabemos nada de sellos

Ojalá no te moleste que haya venido para quedarme

Y mis macundales que incluyen a un chino o a Sartre

Heme aquí para suplicar solo una cosa

No nos dejes ser de alguien más

Que de esta bendita ciudad

No nos digas qué somos

Sé que no somos costillas, al menos

Porque se quiebran y se hacen polvo

Y yo no he visto al polvo salir feliz en Catia a las 11 de la noche

Seamos lo que somos

Somos Caracas en hora pico.

 

Poema escrito por Jaimar Marcano 

La lista de los 100 libros imprescindibles del ‘ABC’

No están todos los que son ni son todos los que están. Hay omisiones escandalosas e inclusiones sospechosas. Sin embargo, a la lista que bajo el pomposo nombre de “Los 100 mejores libros de la literatura universal” presentó hace dos días el diario madrileño ‘ABC’ hay que echarle un vistazo. Se trata, como el nombre lo indica, de una selección hecha por un grupo de 50 expertos, entre escritores, críticos y personalidades de la cultura española, de cien libros imprescindibles que todos deberíamos conocer. Para su elaboración se les pidió llenar una encuesta con los que en su opinión eran los 10 mejores títulos de la literatura, ordenándolos de mayor a menor, y dándoles un puntaje (al primero diez, al segundo nueve, al tercero ocho), de cuya totalización salió finalmente la lista publicada, que está encabezada, cómo no, por ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha’, seguido por ‘La Odisea’, ‘La Iliada’, ‘La Divina Comedia’, ‘La Biblia’, ‘En busca del tiempo perdido’, ‘La Eneida’, ‘Ensayos’ (Montaigne) y ‘Madamme Bovary’, que conforman el top 10 de una selección en la que, como se ve, abundan los clásicos. Sin embargo, hay también lugar para algunos escritores contemporáneos y latinoamericanos. García Márquez encabeza la lista de los autores de nuestra tierra con ‘Cien años de soledad’ (puesto 24) y ‘El amor en los tiempos del cólera’ (53). Las ‘Ficciones’ de Borges aparecen en el puesto 33, por debajo de ‘La montaña mágica’ de Thomas Mann; y ‘Pedro Páramo’, de Rulfo, se ubica en el puesto 41. Los norteamericanos aparecen también, aunque casi al final. ‘Moby Dick’ (72), de Melville, ‘Santuario’ (81) y ‘Absalon, absalon’ (83), de Falulkner, ‘El gran Gatsby’ (84), de Fitzgeralt, y ‘La invención de la soledad’ (88), de Paul Auster, son los que representan a la literatura del norte en una lista de la que se pueden sacar recomendaciones interesantes y que puedes ver completa a continuación:

  1. «EL QUIJOTE». Miguel de Cervantes.267 puntos.

  2. «LA ODISEA». Homero.148 puntos.

  3. «LA ILÍADA». Homero. 93 puntos.

  4. «La Divina Comedia». Dante Alighieri. 86 puntos.

  5. «Hamlet». William Shakespeare. 63 puntos.

  6. «La Biblia». 61 puntos.

  7. «En busca del tiempo perdido». Marcel Proust. 59 puntos.

  8. «La Eneida». Virgilio. 58 puntos.

  9. «Ensayos».Michel de Montaigne. 55 puntos.

  10. «Madame Bovary». Gustave Flaubert.

  11. «Cumbres borrascosas». Emily Brontë. 46 puntos.

  12. «Edipo Rey». Sófocles. 46 puntos.

  13. «El rey Lear». William Shakespeare. 41 puntos.

  14. «Las mil y una noches». Anónimo. 32 puntos.

  15. «Poesía» (incluyendo «Canto espiritual»). San Juan de la Cruz. 30 puntos.

  16. «Macbeth». William Shakespeare. 30 puntos.

  17. «De rerum natura». Lucrecio. 29 puntos.

  18. «La vida es sueño». Calderón de la Barca. 28 puntos.

  19. «Epopeya de Gilgamesh». Anónimo. 28 puntos.

  20. «Ulises». James Joyce. 26 puntos.

  21. «Antígona». Sófocles. 25 puntos.

  22. «Fedón». Platón. 25 puntos.

  23. «La Regenta». Leopoldo Alas «Clarín». 23 puntos.

  24. «Cien años de soledad». Gabriel García Márquez. 22 puntos.

  25. «Cancionero». Petrarca. 20 puntos.

  26. «Poemas». Emily Dickinson. 19 puntos.

  27. «Léxico familiar». Natalia Ginzburg. 19 puntos.

  28. «Ana Karenina». León Tolstói. 18 puntos.

  29. «Lazarillo de Tormes». Anónimo. 18 puntos.

  30. «Guerra y paz». León Tolstói. 17 puntos.

  31. «La vida del Buscón». Francisco de Quevedo. 16 puntos.

  32. «El mar, el mar». Iris Murdoch. 16 puntos.

  33. «Ficciones». Jorge Luis Borges. 15 puntos.

  34. «La montaña mágica». Thomas Mann. 15 puntos.

  35. «Poesía». Antonio Machado. 15 puntos.

  36. «Fedro». Platón. 15 puntos.

  37. «Las moradas». Santa Teresa de Jesús. 14 puntos.

  38. «El hombre sin atributos». Robert Musil. 14 puntos.

  39. «El proceso». Franz Kafka. 13 puntos.

  40. «La metamorfosis». Franz Kafka. 13 puntos.

  41. «Pedro Páramo». Juan Rulfo. 13 puntos.

  42. «Decamerón». Boccaccio. 13 puntos.

  43. «La Celestina». Fernando de Rojas. 13 puntos.

  44. «La tempestad». William Shakespeare. 13 puntos.

  45. «Los hermanos Karamazov». Fiódor Dostoyevski. 12 puntos.

  46. «Crimen y castigo». Fiódor Dostoyevski. 12 puntos.

  47. «Rojo y negro». Henri Beyle Stendhal. 12 puntos.

  48. «Emma». Jane Austen. 12 puntos.

  49. «Poeta en Nueva York». Federico García Lorca. 11 puntos.

  50. «Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy».Laurence Sterne. 11 puntos.

  51. «Soledades». Luis de Góngora. 11 puntos.

  52. «La ciudad de las damas». Christine de Pizan. 11 puntos.

  53. «El amor en los tiempos del cólera». Gabriel García Márquez. 10 puntos.

  54. «Hojas de Hierba». Walt Whitman. 10 puntos.

  55. «Los demonios». Fiódor Dostoyevski. 10 puntos.

  56. «El corazón de las tinieblas». Joseph Conrad. 10 puntos.

  57. «El cantar de los cantares». Anónimo. 10 puntos.

  58. «Grandes esperanzas». Charles Dickens. 10 puntos.

  59. «Orlando». Virginia Woolf. 10 puntos.

  60. «Los papeles póstumos del Club Pickwick». Charles Dickens. 10 puntos.

  61. «Sóngoro cosongo». Nicolás Guillén. 10 puntos.

  62. «Una habitación propia». Virginia Woolf. 10 puntos.

  63. «All of Us: The Collected Poems». Raymond Carver. 10 puntos.

  64. «Metafísica». Aristóteles. 10 puntos.

  65. «La realidad y el deseo». Luis Cernuda. 10 puntos.

  66. «Cordero blanco, halcón gris». Rebecca West. 10 puntos.

  67. «Curial e Güelfa». Anónimo. 10 puntos.

  68. «América Hispánica (1492-1898)». Guillermo Céspedes del Castillo. 10 puntos.

  69. «La señora Dalloway». Virginia Woolf. 9 puntos.

  70. «Frankenstein». Mary Shelley. 9 puntos.

  71. «Una temporada en el infierno». Arthur Rimbaud. 9 puntos.

  72. «Moby Dick». Herman Melville. 9 puntos.

  73. «Cuentos completos». Antón Chéjov. 9 puntos.

  74. «Coplas por la muerte de su padre». Jorge Manrique. 9 puntos.

  75. «Ada o el ardor». Vladimir Nabokov. 9 puntos.

  76. «El leopardo de las nieves». Peter Matthiessen. 9 puntos.

  77. «La siesta de M. Andesmas». Marguerite Duras. 9 puntos.

  78. «Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas». Domingo Faustino Sarmiento. 9 puntos.

  79. «El peregrino ruso». Anónimo. 9 puntos.

  80. «Calila e Dimna». Anónimo. 9 puntos.

  81. «Santuario». William Faulkner. 8 puntos.

  82. «Fortunata y Jacinta». Benito Pérez Galdós. 8 puntos.

  83. «¡Absalón, Absalón!». William Faulkner. 8 puntos.

  84. «El gran Gatsby». F. Scott Fitzgerald. 8 puntos.

  85. «La Cartuja de Parma». Henry Beyle Stendhal. 8 puntos.

  86. «Guzmán de Alfarache». Mateo Alemán. 8 puntos.

  87. «Poesía». Miguel de Unamuno. 8 puntos.

  88. «La invención de la soledad». Paul Auster. 8 puntos.

  89. «El año de la muerte de Ricardo Reis». José Saramago. 8 puntos.

  90. «Los Evangelios». Varios autores. 8 puntos.

  91. «Los Upanishads». Anónimo. 8 puntos.

  92. «Cartas a Lucilio». Séneca. 8 puntos.

  93. «Medea». Eurípides. 8 puntos.

  94. «Elizabeth Costello». J. M. Coetzee. 8 puntos.

  95. «El idiota». Fiódor Dostoyevski. 8 puntos.

  96. «La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental». Edmund Husserl. 8 puntos.

  97. «Orgullo y prejuicio». Jane Austen. 7 puntos.

  98. «Poesía». Cátulo. 7 puntos.

  99. «Cantar de los nibelungos». Anónimo. 7 puntos.

  100. «Esperando a Godot». Samuel Beckett. 7 puntos.

 

RESEÑA: Carta a un niño que nunca nació – Oriana Fallaci

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A uno le dicen Oriana Fallaci y lo primero que piensa es en la aguerrida periodista de preguntas largas y entrevistados imposibles. Sin embargo, la mítica periodista italiana también fue autora de otros libros que nada tenían que ver con el periodismo, como es el caso de Carta a un niño que no llegó a nacer, que más que un título lo que tiene es un titular en el que en pocas palabras ya queda todo resumido: una carta escrita por ella para un bebé que no nació. Fin del misterio.

Como suele suceder con las cartas, ésta también es dura, durísima, como un puño en el estómago. Nace de cuando a Fallacci, atea, feminista, mujer moderna e independiente, soltera, en el top de su carrera, le informan que se encuentra embarazada y ella comienza a escribirle a ese hipotético hijo:

“Anoche supe que existías: una gota de vida que se escapó de la nada. Yo estaba con los ojos abiertos de par en par en la oscuridad y, de pronto, en esa oscuridad se encendió un relámpago de certeza: sí, ahí estabas. Existías. Fue como sentir en el pecho un disparo de fusil. Se me detuvo el corazón (…) Ahora me hallo aquí, encerrada bajo llave en un miedo que me empapa el rostro, los cabellos y los pensamientos. Y en este miedo me pierdo. Trata de comprender: no es miedo a los demás, que no me preocupan. No es miedo a Dios, en quien no creo, ni al dolor, que no temo. Es miedo a ti”.

Como se lee, más que pluma, lo que Falacci usa es un bisturí, de modo que el libro termina siendo una autopsia, una disección cruda y visceral. Es un libro más sentimental que racional, cosa que no deja de sorprender en una mujer a la que uno tiene por dura. Aquí, sin embargo, se nos muestra frágil y dubitativa, sobrepasada por un hecho, la maternidad, sobre el que ella tiene poco control, y que por el contrario la controla a ella, cosa que la mata. La vemos pasar de la alegría a la tristeza, de querer tenerlo a no, de tener la certeza de que toma la decisión correcta, a dudar de si estará bien o mal, de hacer una cosa y luego la contraria. Vemos a un ser humano en una genuina experiencia humana, contradiciéndose y pasando por los más variopintos sentimientos, que van desde la ternura hasta la impiedad, de la rabia al odio.

Los monólogos de Fallaci son sencillamente desgarradores. Están escritos con sangre. Independientemente de que uno esté o no de acuerdo con lo que ella dice, no puede dejar de celebrar la sinceridad que hay en ellos. Allí le escribe a su hijo sobre la vida, el amor, la libertad, el dolor. Le cuenta fábulas de su infancia. Trata de prevenirlo sobre cómo es el mundo al que viene. Da su visión del mismo. Se descubre. Y todo con una pluma tan afilada como una daga, que se clava en las vísceras del lector. Sí, eso es este libro: una puñalada.

FICHA

Título: Carta a un niño que nunca nació

Autor: Oriana Fallaci

Año: 1975

Páginas: 100

Calificación: 8 / 10

Rómulo Gallegos, un escritor y un demócrata insigne.

Fue el novelista venezolano más importante del siglo XX, uno de los autores latinoamericanos más prestigioso de su tiempo, pilar de la democracia en Venezuela y un clásico de bachillerato. Hablamos de Rómulo Gallegos, quien nos dejó tal día como hoy, hace ya 50 años. Y aunque novelista insigne, su inicio en las letras fue en los derroteros del teatro, comenzando el siglo pasado, con las obras ‘Los ídolos’ y ‘El motor’, escritas en 1909; a partir de 1913 se pasó al cuento, género con el que estuvo seis años, hasta que finalmente desembocó en la novela, género en el que definitivamente se estableció. ‘El último solar’ –retitulada una década después como ‘Reinaldo Solar’– fue la primera y se publicó en 1920. Una visita al llano, terminando los años veinte, le dio la inspiración que necesitaba para comenzar a escribir su ‘mangnum opus’, esa que le ganó el reconocimiento perpetuo del que aún goza: ‘Doña Bárbara’. La representación de la crueldad y corrupción que se vivía en los llanos durante los tiempos de la dictadura de Juan Vicente Gómez, y la lucha entre barbarie y civilización, fue lo que Gallegos buscó plasmar en sus soterradamente críticas páginas, que le ganaron el aplauso y la admiración del mundo literario latinoamericano. Habiendo notado el prestigio del escritor que tenía en casa, Gómez lo designó senador en 1931 pero sus convicciones democráticas no permitieron ejercer el cargo en dictadura y se expatrio en España hasta el fin de ésta. Al regresar abandonó las letras y dedico su vida a la política. En 1947 fue el primer presidente electo a través del sufragio universal, directo y secreto pero su presidencia, que asumió con más del 80% de los votos, fue interrumpida por el golpe de estado encabezado por Carlos Delgado Chalbaud y Marcos Pérez Jiménez, y volvió nuevamente al exilio. Después de la caída del régimen de Pérez Jiménez, Gallegos regresó a Caracas, ciudad donde falleció en 1969 a los 84 años, tal día como hoy.

César Vallejo, una gloria literaria de Perú

[NOTA DEL EDITOR: Una inexcusable confusión nos llevó el viernes pasado a poner la firma de Fernando Vallejo donde debía estar la de César Vallejo. De allí que hayamos bajado esa pieza y la estemos republicando hoy corregida. Pedimos disculpas a todos los lectores y en especial al gran César Vallejo, agraviado literariamente por esa confusión en la que indudablemente salía desfavorecido. Agradecemos, además, la acuciosidad de @siemprevivaa, @serpinedas y @oliverbernal_, quienes se dieron cuenta del error. No nos cansamos de repetirlo: son ustedes, los lectores, el gran tesoro de esta revista digital]

De él dijo Merton que era “el más grande poeta católico desde Dante, entendiendo por católico universal”. No es de extrañar que de segundo nombre tuviera el de aquel patriarca al que se le prometió una descendencia inmensa como las estrellas del cielo. César Abraham Vallejo, poeta peruano fallecido en París tal día como hoy, y con Vargas Llosa el máximo exponente de las letras de su país y uno de los mayores del continente, brilla con fulgor en el firmamento de los maestros de la literatura. Hombre moreno, con nariz de boxeador y gomina en el pelo, como lo describieron en su momento, abarcó casi todos los géneros habidos en la literatura (poesía, novela, cuento, ensayo y teatro) y en el periodismo (crónica y artículo), aunque fueron sus versos los que lo hicieron famoso. Como poeta fue modernista, vanguardista y revolucionario, y se le considera uno de los renovadores del lenguaje literario. Su mirada siempre estuvo puesta en Europa, a tal punto que cuando la conoció no volvió a Latinoamérica. Lloró a la España de la Guerra Civil, y fue llorado en París, donde murió joven (apenas 46 años) a causa de una fatiga extrema que se complicó con un viejo paludismo. “He nevado tanto para que duermas” fue, es, el epitafio que reposa sobre la tumba de este maestro.

RESEÑA: Sobre héroes y tumbas – Ernesto Sabato

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Se dice que fue la mejor novela argentina del siglo XX y una de las cumbres de la literatura latinoamericana. Lo primero puede ser cierto, pero eso queda para los que conozcan toda la literatura argentina del siglo pasado; lo segundo, no obstante, sí se puede refrendar con absoluta certeza: ‘Sobre héroes y tumbas’ es una novela con méritos más que suficientes para estar, de tú a tú y sin complejos, junto a títulos como ‘Cien años de soledad’, ‘Conversación en La Catedral’, ‘Pedro páramo’, ‘Tres tristes tigres’, ‘Un mundo para Julius’, ‘La muerte de Artemio Cruz’ y pare usted de contar. Lo curioso es que por poco no lo logra: su destino iba a ser el fuego –como lo fue el de la mayoría de los manuscritos de Sabato–pero su mujer, a quien le dedica el libro, la salvó de las llamas y fue quien alentó a Don Ernesto a que la publicara, cosa que felizmente, para bien de la literatura y gozo de los lectores, terminó sucediendo en 1961, 13 años después de ‘El Túnel’ (su primera novela) y 13 años antes de ‘Abbadón el exterminador’ (su tercera y última novela).

Repleta de imágenes preciosas, observaciones inteligentes, ironías brillantes, y reflexiones tan lúcidas como desoladoras acercadel hombre, su condición, su destino, la soledad y la esperanza, ‘Sobre héroes y tumbas’ es, a la par que una extraordinaria novela, un libro que bien podría clasificarse como sapiencial y del que se podría sacar un tomo entero de frases célebres. Todo él destila una sabiduría existencial exquisita, cual si fuera ‘Proverbios’ o ‘Eclesiastés’, propia de la inteligencia de un hombre como Sabato, en quien se dio la extraña conjunción del científico (físico de profesión, trabajó en el Laboratorio Curie de París y en el MIT de Massachussetts) y el artista (escritor y pintor), lo que bien puede explicar cómo logró desembocar, y sin que desentonaran, todas esas observaciones filosóficas y existenciales, probablemente más propias del ensayo, en una buena novela.

Novela cuyo argumento se puede resumir como la historia de la tormentosa, torrencial, tempestuosa, disfuncional y frustrada relación entre dos jóvenes argentinos, Alejandra y Martín. Relación cuyo final ya conocemos desde el inicio (así que no hay spoiler en lo que sigue), en el que se nos informa, nota de periódico mediante, que Alejandra se suicidó luego de matar a su padre. Con eso arranca la novela, que luego va contando cómo se conocieron y la serie de encuentros y desencuentros que vivieron esa chica extraña, volcánica, esquiva, atormentada y a veces apasionada, y ese muchacho más bien tímido, algo ingenuo, débil de carácter y sobre todo enamorado (perdida y rendidamente enamorado, para decirlo como es). En paralelo y en cursiva, se narra también un episodio curioso de la historia de Argentina: el de la muerte del general Juan Lavalle, héroe de independencia de la nación austral, a quien asesinan en tierras enemigas y cuyos restos un reducido grupo de sus leales –la mayoría lo había abandonado– rescatan en un acto gallardo antes de que lo descuarticen y expongan en una plaza.Entre esas dos grandes historias, se cuela también la de la familia de Alejandra, aristócratas venidos a menos que viven aferrados a recuerdos y a una casa que llegó a ser ostentosa y ahora es una ruina en medio de un montón de fábricas; la de algunas de las guerras civiles que azotaron a Argentina; la de la Argentina de la época, que se estremece entre Perón y los militares, matándose entre ellos.

Con respecto a la prosa de Sabato, baste decir que es deliciosa. Una prosa para deleitarse en ella, para disfrutarla. Las imágenes y los símiles son fenomenales, la narración fluida y la escogencia de las palabras siempre acertada. En cuanto a la estructura: son cuatro partes, cada una con un título más fantástico que otra, en la que destaca el ‘Informe sobre ciegos’, que han llegado a vender y editar aparte de la novela, que funciona independientemente de ella y como apéndice, pero que, a pesar de estar escrita incluso de un modo muy diferente al del resto de la novela, se hace necesaria para comprenderla y darle sentido.

Como sucede en la novela policial, que arranca siempre con un crimen cuyos autores y motivos nos son revelados al final, Sabato, que dejará el final un tanto abierto,se valdrá del homicidio y suicidio cometidos por Alejandra para adentrarse en las profundidades y sobre todo en las oscuridades de la condición humana, en sus partes más ocultas. Y en esa pesquisa, Don Ernesto es inclemente: se mete (y nos mete) hasta el fondo, hasta el infierno mismo, y nos dice ‘esto somos’, ‘esto nos mueve’, ‘en este horror vivimos’.

“¿Para qué, Dios mío, para qué?”, exclama en un momento cumbre uno de sus personajes.

Pues para estremecernos, ciertamente; para sacudirnos, para que veamos, para que entendamos, para que pensemos, para que nos detengamos un momento a reflexionar, para cambiarnos. Sí, cambiarnos. Porque difícilmente al cerrar este libro se pueda seguir siendo el mismo. Mejor o peor. En mayor o menor grado. Eso depende de cada quien. Pero nunca el mismo. Y eso sólo lo consigue una obra maestra.

Sobre héroes y tumbas

Autor: Ernesto Sabato

Año: 1961

Páginas: 556

Calificación: 10/10

RESEÑA: ‘La vida entera’ – David Grossman

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Está llena de ripio”, muy seguramente habría sentenciado Jorge Luis Borges de haber leído ‘La vida entera’, de David Grossman. Y efectivamente es una novela que en sus 807 páginas tiene palabras y frases innecesarias, a veces repetitivas -harto repetitivas, si quieren-, y detalles y descripciones extenuantes, que agotan, pero que también, y por el contrario, cuenta –y muy bien– una historia que posee una fuerza dramática tremenda: la de una madre muerta de miedo ante la posibilidad de que su hijo menor no salga vivo de una operación especial del ejército israelía la que se ha ido como voluntario. Para conjurar esa posibilidad, Ora, que así se llama ella, se lanza a las montañas de Galilea con un viejo amigo a un paseo interminable y sin ruta, en la creencia de que así logrará evitar que la noticia que tanto teme la alcance. Durante todo el trayecto, de más o menos 600 páginas, Ora irá contando toda su vida (o la vida entera, para hacer juego con el título) y la del desmoronamiento de su familia (hijos y esposo), marcada ella por la guerra, la violencia y ese temor muy israelí de tener siempre la muerte a la vuelta de la esquina.

Es una novela ambiciosa, no apta para todo tipo de lector, que requiere empeño y esfuerzo. Baste el dato de que teniendo más de 800 páginas, sus personajes son básicamente seis. Posee como ventaja, esa sí, la pluma extraordinaria de Grossman, que es un señor narrador con una prosa torrencial que fluye velozmente (y que por ello se lee rápido), que además está muy bien soportada por la magnífica traducción de Ana María Bejarano. Lo más sorprendente de Grossman es que logra, prescindiendo de los guiones y de las comillas, engranar perfectamente, solo con puntos y comas, diálogos, recuerdos y reflexiones sin que el lector se pierda. Y eso, en una novela que está narrada básicamente a partir de las conversaciones y pensamientos de Ora, mujer dispersa, distraída, y con tendencia a disgregar constantemente, es un mérito. No obstante, he allí también su mayor problema: si bien Grossman logra que uno no se pierda con la narración de Ora, no consigue que uno no se aburra y fastidie con ella. Y he allí el punto débil del libro: que el exceso de cavilaciones de Ora lo llega a volver soporífero. Y a veces insoportable. Y allí no queda sino tenerle fe y esperar la siguiente gran revelación de Grossman, que las administra en dosis muy bien calculadas (otro mérito suyo).

Ahora bien, el fondo de la novela, ¿de qué va? Del poder destructor de la violencia y de la muerte. Todos los personajes, de un modo u otro, están atravesados y determinados por ella. Y la familia, como colectivo, también. Hay un momento en el que Ora lo ve claro, cuando reflexiona sobre lo que le está contando a su amigo Abram: “Le está recitando el responso por una familia que fue y no será más”. Y esa familia es la suya. No por el temido desenlace sobre su hijo, sino por todo lo que pasó antes y la forma sibilina en la que estas dos cosas, violencia y muerte, se fueron apoderando de sus miembros hasta hacerla saltar por los aires. “En este momento estaban cayendo en el abismo y seguirían cayendo sin fin, porque la vida se había terminado, la vida que hasta entonces habían llevado”, se lee en otra parte. De allí que, más allá de la sinopsis de la madre que intenta supersticiosamente huir de una noticia que no quiere que la alcance, bien se pueda resumir el libro como la dura (durísima) historia de una familia y unas vidas perseguidas y azotadas por la muerte y la violencia.

Que no es, tampoco, una historia muy distinta a la del mismo autor: mientras escribía el libro, Uri, uno de sus tres hijos, murió en combate en el sur del Líbano, cuando un misil antitanque disparado por Hezzbolá le dio a la unidad en la que él se encontraba. “Tras los siete días de duelo volví al libro, que ya estaba escrito en su mayor parte. Lo que más cambió fue la caja de resonancia de la realidad en la que fue revisada la versión definitiva”, dice Grossman en una carta que se encuentra al final de esta novela tremenda, tanto de forma como de fondo, ideal para aquel lector disciplinado y paciente que ande en busca de un sacudón emocional.

La vida entera

Autor: David Grossman

Año: 2007

Páginas: 807

Calificación: 8,5/10

Así recordamos a James Joyce

Gran parte de la crítica considera que fue el autor de la mejor novela del siglo pasado. Influencia de grandes literatos y consulta obligada de quien aspire escribir, James Joyce alcanzó la inmortalidad con Ulises, esa larguísima novela de 700 páginas que narra tan sólo un día –24 horas– de la vida de su protagonista y que vino al mundo en medio de escasez de dinero y una creciente censura. La fama de Leopold Bloom, el personaje en cuestión, es tal, que desde 1954 cada 16 de junio se celebra el ‘Bloomsday’, una fecha para recordarlo tanto a él como a toda la obra de su creador. Metódico y riguroso, Joyce fue experto en retratar la naturaleza humana a través de sus protagonistas. Entre borracheras y momentos de lucidez, James sacaba su inspiración casi siempre de su Dublín natal, territorio del que extrajo personajes y ambientes que abarcaron gran parte de su narrativa. Y aunque por ello haya sido considerado un escritor regionalista, el alcance de su obra no pudo ser más global. Según Borges, Joyce fue el primer gran escritor de su tiempo y en Ulises se encuentran pasajes que le compiten a los párrafos más ilustres de Shakespeare. Mientras lidiaba con sus problemas oculares –hasta 13 intervenciones quirúrgicas tuvo que hacerse–, publicó poesía, teatro, ensayos y novelas hasta que murió en 1941. Hoy, a 136 años de su nacimiento, aprovechamos para recordarlo y cambiar un poco de tema.