El renacer creativo y las búsquedas internas de Caramelos de Cianuro

En los Pepsi Music 2018 una de las llegadas que captó mayor atención fue la de Caramelos de Cianuro. Asier, Pavel y Darío arribaron cual tribu del rock, como si desfilaran en medio de una videoclip. Los integrantes de la banda –solo faltó el Enano– se detuvieron, en distintos momentos de la gala, a conversar con Revista Ojo.

Asier Cazalis

¿Cómo ves actualmente el rock en Venezuela?

Me parece que hay muy buenas bandas. Lamentablemente, las mejores se han tenido que ir buscando otros mercados, otros horizontes. Y siempre pienso mucho en eso, ¿no?: nosotros lo tuvimos mucho más fácil, en nuestros años de crecimiento, que los muchachos ahora; cosa que siempre lo hablo: si a nosotros nos hubiese tocado esta situación tan dura seguramente no estuviésemos donde estamos ahorita.

¿Qué bandas destacas?

Por supuesto Los Mesoneros, Viniloversus, La Vida Bohème, Rawayana… tantas bandas de esta nueva generación que están haciendo cosas tan importantes, y penetrando en el mercado de afuera.

¿Cómo han hecho ustedes para mantenerse en la primera plana durante todos estos años?

Me gusta pensar que haciendo buena música, ¿no?

¿Cuál es el leitmotiv de ustedes como artistas?

Bueno, ahora que nos toca viajar tanto, y digamos que ha sido un año muy itinerante, eso siempre funciona de inspiración. A la vez, hemos pasado tanto tiempo en Miami y uno aprende a hacer música de otra manera. Eso es lo interesante del proceso creativo. Y yo estoy muy contento, porque tengo como un renacer creativo que para mí ha sido muy importante como compositor.

¿Actualmente el centro de operaciones de ustedes está en Caracas o está afuera?

Últimamente, hemos estado más en Miami que acá, pero por lo que queda de año creo que vamos a pasar un tiempito aquí, en nuestra casa, con nuestra familia. Y disfrutando del disco nuevo.

¿Cómo los afecta la crisis?

Bueno, igual que a todo el mundo. De hecho, eso es lo que te estaba comentando: haber viajado por todo el mundo este año, hicimos más de 40 shows en todo el mundo y ver a tantos venezolanos que han tenido una ruptura de su vida tan abrupta. Yo creo que a todos nos ha afectado.

¿De qué va el último disco?

Bueno, acabamos de lanzar un disco en vivo, de una fecha en Paris: Live from Paris, lo hicimos hace un par de meses. Estamos a punto de lanzar un disco acústico, que sí es un disco con todas las de la ley, y estamos trabajando un disco con canciones inéditas para el año que viene.

¿Cómo has evolucionado tú en cuanto a la composición lirica?

Yo creo que uno va cambiando a medida que le pasan cosas, y empieza a buscar no repetirse también y empieza a buscar otra fórmula y otra manera de trabajar.

¿En esas dinámicas de cambio no han surgido choques importantes con la banda?

Siempre. Yo creo que siempre en la bandas hay conflictos, y eso es parte del proceso creativo.

Darío Adames

Cuéntame un poco del nuevo disco.

Acaba de salir uno que se llama Live from Paris, lo picamos en dos partes: lado A, lado B. Son dos horas de música. Después, tenemos un disco que se llama Retrovisor, que es un disco acústico. Caramelos nunca había hecho un disco acústico. Después de eso, pretendemos terminar un disco de canciones inéditas. Ahorita viene una fase de tres lanzamientos consecutivos. Eso es lo que viene por ahora.

¿Cómo han evolucionado musicalmente desde los comienzos hasta ahora?

Bueno, al oír la música es evidente, ¿no? Antes era un poco más distorsionado que ahora. En los últimos discos se jugaron con sintetizadores… ha cambiado un poco la sonoridad, digamos que en el camino de la reinvención siempre para no estar todo el tiempo en el mismo lugar.

¿Te interesan los mismos ritmos que cuando empezaron?, ¿o han ido cambiando…?

Sí, nos interesan, seguro. Mira, yo creo que la música evoluciona y a uno le seguirán gustando los clásicos de toda la vida que uno ha oído, pero también en la música nueva hay cosas interesantes, hay cosas no tan interesantes, pero eso es parte de la evolución.

¿El rock venezolano actualmente cómo lo ves?

Bueno, está difícil porque no hay un entorno amigable que favorezca tanto a la cultura y a la vaina; sin embargo, fíjate, aquí en estos Premios hay un montón de músicos y gente que está intentándolo y creo que hay muchísimo talento en Venezuela, lo único que está quizá en una fase más difícil de explotar ante el mundo. Pero eso vendrá, pues.

Pavel Tello

Cuéntame cómo se han reinventado a lo largo de los años.

Oye, una buena pregunta, ¿no? Yo creo que no ha sido nada premeditado pero sin duda hemos tratado de no repetir lo que hemos hecho en nuestros discos anteriores. Por supuesto, muchas veces, uno es esclavo de los éxitos que tuviste en los discos anteriores. Y uno quiere superarlo o emular un poco esos logros, pero digamos que hemos hecho la tarea: de un disco a otro, hemos buscado cosas nuevas, otra clase de música… del disco antepasado al pasado, estudiamos con Gerry Weil, Asier se compró un piano, yo me compré un piano… entonces, digamos que tratamos de que nuestras canciones vengan por caminos diferentes siempre, ¿no?, no necesariamente siempre vamos a tener una melodía muy definida, creo que tener un poquito la mente amplia nos ha ayudado en esa búsqueda de tratar de no repetirnos y tratar de hacer algo interesante que nos mantenga también unidos como banda. Eso yo creo que es lo más difícil: mantenerse tantos años juntos es porque realmente crees que pueden hacer algo.

¿Cuántos años tiene Caramelos?

Yo entré en el 2005, para el disco Flor de fuego. Fue bastante curioso, porque yo tocaba mucho de noche, en esa Caracas de vida nocturna, con muchos artistas; y en un bar famoso que se llamaba la Belle Pop, coincidía mucho con Asier. Y Asier un día fue a uno de esos jamming que hacían allá, y me dijo: “Vamos a tocar junto algún día”. Y bueno, ese día llegó al año siguiente y me dijo que a los dos o tres meses teníamos que estar grabando un disco en Los Ángeles y no había ninguna canción. Entonces digamos que fue bastante bonito ese inicio. Así es el rock and roll. No pudo haber mejor bienvenida.

¿En ese momento tú escuchabas a Caramelos?, ¿te gustaba la banda?

Yo no era fanático de Caramelos, pero sí te puedo contar una anécdota que me pareció muy curiosa: en la época de Navegando a través de la galaxia –que esa canción sonaba en la AM, no había FM en esa época–, recuerdo que yo tenía una banda también y oímos esa canción, que tenía un ritmo compuesto, ¿no?, algo como un 5/4. Entonces de alguna manera dijimos… claro, veníamos de otra escuela, nos gustaba el rock and roll también pero éramos un poco más ingenieriles a la hora de hacer las canciones… y analizamos esa canción, y dijimos: “Es un 5/4. Esos chamos seguramente no saben lo que están haciendo”. Pero me pareció muy interesante la pieza de ese disco. No le seguí el rastro después. Pero digamos que siempre, de alguna manera, estuve muy unido a ellos. Estuve dándole clases a Luis de bajo tiempo antes de entrar. Algo siempre me unió a la banda por cosas del destino.

Eres de San Antonio, un sitio que ha tenido una movida importante en el rock: Aditus, PTT Luzardo, por ejemplo. ¿Cómo influyó eso en ti?

Uno realmente no lo sabía, al estar metido dentro del pueblo simplemente respiras eso y no estás consciente hasta que sales de ahí. Pero sí recuerdo que había conciertos todos los fines de semana. Todos los fines de semana nos visitaban artistas de afuera. Y yo tenía mi banda… Hacían festivales de bandas de San Antonio, de Los Altos Mirandinos. Y por supuesto conocía a PTT, había una banda también muy buena de Luis Cuña, el guitarrista, que se llamaba 20 20… había muchos buenos artistas. Toto band… Y cómo dices tú, había una movida muy interesante, que no sé si la había en Caracas o no, pero eso es lo que uno respiraba día a día.

Históricamente, a nivel mundial el rock siempre ha sido una música que se enfrenta al poder. En estos tiempos en los que vivimos, en esta dictadura, ¿qué papel crees que está jugando el rock venezolano?

Es muy buena tu pregunta. Ciertamente, hay bandas a las que les va muy bien con ese mensaje de protesta que dices tú, muchas bandas lo han hecho. Los Caramelos no lo hemos hecho. Los Caramelos digamos que hemos entendido que hay grupos que saben hacer mejor una cosa que otros. No es que no vivamos nuestro día a día, no es que como individuos, como seres humanos, no tengamos una postura ante las adversidades o ante lo que vivimos en estos tiempos. Pero como banda creo que se nos hace difícil enfrentar esto, siempre hemos tocado otro tipo de posición… digamos, la posición de divertir, de ver el lado bueno a las cosas; que a lo mejor puede ser una salida, podría uno pensar, ¿no?, pero es que realmente es lo que sabemos hacer. Hay muy buenas bandas, por supuesto, que hicieron protesta en su momento. Hay muy buenas bandas afuera, que lo están haciendo. En el disco 8, hay un par de canciones en las que Asier varía un poco la lirica: no tanto canciones con doble sentido, con humor negro, sino más bien un poco el tema de Adiós a las armas –que particularmente me encanta–, Euforia –que es un poco como la Caracas que tuvimos hace algunos años y ya no la tenemos–. Pienso que a nuestra manera hacemos la protesta, pero no es tan frontal como uno pudiese pensar.

¿Pero en algún momento ha sido tema interno de debate?, ¿se han planteado en la banda ‘oye, está pasando esto en el país, deberíamos decir algo’?

Nos lo hemos planteado, obviamente. Y hemos dicho. Nosotros hemos tomado postura política, hemos apoyado a candidatos durante elecciones presidenciales. Pero como te dije, no es fácil escribir sobre eso. A algunas bandas se las da bien, a otras no. A otras pareciera que es un poco pavoso. Yo creo que ese no es nuestro fuerte, no es nuestro fuerte. Y preferimos asumir posturas como músicos independientes, como personas y quizá a la banda no involucrarla en eso.

Ya para cerrar: ¿cuál es el leitmotiv de la banda en los siguientes discos?

Guao. Es difícil darle nombre a lo que uno está haciendo: esos años que uno está pasando en una búsqueda hacia dónde ir. Yo creo que intentamos hoy en día ver hacia dentro, hay tantas cosas afuera que si te pones a perseguir modas terminas cayendo en un abismo que no tiene fin. Y yo siempre he pensado que, unas palabras que me quedaron grabadas: cuando uno está buscando un hit, esa palabra que tanto usan hoy en día, y uno oye ‘tengo un hit’ es porque es algo que ya oíste. Si tú sabes que tienes un hit es porque eso ya existió. Entonces, las cosas a las que les puedes tener un poquito de miedo es cuando tienes algo que te gusta a ti pero no sabes si le va a gustar a la gente. Esas cosas que toman riesgos son las que pueden llevarte al triunfo. Entonces, hoy en día creo que estamos ya buscando un poco más dentro de nosotros que fuera y, bueno, no sabría darle nombre a lo qué viene.

¿Hay todavía espacio para el rock en este tipo de eventos, con tanto reguetón y trap?

Yo quisiera pensar que sí. Yo quisiera pensar también que un poco las barreras ya son un poco más difusas, ya ese convencionalismo entre tú eres rockero, o tú haces este estilo o este otro, están un poquito eliminadas. No quiere decir que yo voy a tratar de hacer algo que yo desconozco, por supuesto. Que me voy a meter por un camino en el que yo sé que no lo hago bien. Yo sé qué puedo hacer bien y qué no. Pero creo que es un poquito una liberación, uno se libera como músico.

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel 

Volar con los ojos cerrados

“Los pájaros nacidos en jaula creen que volar es una enfermedad”, Alejandro Jodorowsky

Le pregunto a Adriana para qué guarda libros. Si los escucha por la computadora o se queda con la versión que imprimió en braile, ¿no le saldría más rentable comprarlos y luego venderlos? “Es un tema de fetiche –responde–. Me gusta olerlos, tocarlos, pasármelos por el rostro… No sé, eso me encanta”.

Ojeo cada título de su biblioteca. Adriana, sentada, me escucha andar por la habitación. Hablamos de literatura. Después enciende la laptop y se coloca los audífonos. Va a presentarme a Jaws.

Sus dedos repiquetean sobre la mesa. Algo tarda en abrir. Me asomo a la pantalla y le digo que ya cargó. “Sí, pero no me lo ha dicho, así que es lo mismo”, responde. Luego de un rato me ordena que me vaya: “¡No veas!”. Obedezco. Tras unos segundos me vuelve a llamar, me cede el puesto y los audífonos. Suena un cuento mío. Carcajeamos. Jaws es un software para computadoras que utilizan las personas con discapacidad visual. Minutos atrás, Adriana, mediante un punzón, fingió que escribía en braile. En realidad, con el alfabeto tradicional copió mi nombre. Cuando lo vi exclamé un waow mezclado con risas de ella y mías. Le pregunté si conocía las letras “normales”. “Sí, las conozco. La z es la que me cuesta un poco, pero creo que la hice bien, ¿verdad?”.

Adriana y Otto son buenos anfitriones. Quieren que todo gire alrededor mío. Procuro no dejarme llevar. Estoy ahí para que todo gire en torno a ellos.

Cuando entré a la casa, hace unas horas, me sorprendió el formalismo de mi anfitriona: “Disculpa el desorden”. ¿¡Pero cuál desorden!? La casa exhibe pocos muebles. No hay muchos objetos con los que se pueda tropezar Adriana. Camina con pericia usando las manos y los oídos para ubicarse. Otto no le da importancia: se mueve con cotidianidad y la ve andar de la misma forma. Días luego, cuando me toque entrevistar a la mamá de Adriana, me contará cómo una psicóloga hace años le aconsejó tener los muebles siempre en el mismo sitio. “Yo dije que no –me contará–, porque en la calle todo no va a estar siempre en el mismo sitio. ¿Cómo va a hacer cuando vaya a casa de sus amigas, o de sus tíos?, ¿cómo va a hacer cuando viva sola?”. Semanalmente le cambiaba los muebles de lugar.

Eso me lo dirá más adelante. Ahora solo estoy con Adriana y Otto. Parecen tener bien diseñada su trampa: mimarme hasta hacerme perder de vista mi misión de husmeador. La pasta con vegetales y pollo que preparó Otto pone a Adriana a presumir: “Es un artista, ¡cocina riquísimo!”. Literalmente, se lame los dedos. Estoy por hacer lo mismo. “Tienes suerte de tener un esposo que cocine tan rico”, digo sonriendo. “Si querés, podés repetir, pero ya no te va a quedar para mañana, eh”, dice Otto. Hasta me guarda comida para llevarme al trabajo. No puedo con tanto.

El día siguiente me recibe soñoliento. Nos desvelamos la noche anterior hablando de literatura. Adriana es una de las mejores editoras que conozco. Su pasión por los libros hizo que su mamá los aborreciera. Mientras me alisto para acompañar a Adri al trabajo pienso en lo irónico de que sus manos y oídos puedan leer mejor que muchos ojos que conozco.

Imagen referencial

Cuando nació, su papá notó algo raro: ella no podía abrir los ojos. Le preguntó a la enfermera y esta respondió que era normal. A los días la llevaron al pediatra. A la primogénita del matrimonio le pronosticaron oscuridad de por vida.

Negados a asumir la situación, fueron hasta Colombia. Allá se repitió la sentencia. En el Hospital Vargas le diagnosticaron “ojos pequeños”: tiene todos los componentes del ojo pero minimizados. Una doctora les ofreció una operación; sin embargo, sus padres se encontraron en el Hospital con una niña sin un ojo. Una operación fracasada. Cuando la mamá de Adriana le preguntó a la doctora cuáles eran las posibilidades de que eso pasara, ella respondió: “Vaya a una iglesia y pregúntele a Dios”. No la operaron.

“¿Conoces mi rostro?”. Adriana me responde que sabe que tengo barba, pero que me ve como en una nube, todo borroso: “Yo tenía algo de visión en un ojo –vamos caminando por La Candelaria, me sostiene el brazo–. A mis papás les dijeron que yo no iba a ver, pero empecé a reconocer colores. ¡Y veía fotos! Ellos se dieron cuenta de que los reconocía en las fotos”. Para hacer eso debía colocarlas muy cerca de su ojo. A menos de un metro ya no veía nada. Hoy día, cuenta, ha perdido ese residuo visual. “¿Conoces el rostro de Otto?”, “Sí, lo conozco. Y los de mi familia. Lo que no tengo son las actualizaciones”.

Cuando nos subimos al autobús algún pasajero nos ve con la boca abierta. Otro presta atención a lo que decimos. Pedimos la parada. Aunque insisto en pagar, ella se niega. El chofer recibe el billete y le da el vuelto con manos temblorosas y tumbando cosas a su alrededor. Ya apeados, toca el dinero: “Aquí hay un billete de 20 y dos de diez, ¿verdad? –digo que sí– ¿Viste?, si tú hubieses pagado te iba a cobrar los dos. A mí me cobró solo uno”. Celebro su picardía riéndome. “No me gusta aprovecharme de eso –dice mientras subimos las escaleras de la Biblioteca Nacional, donde trabaja–, pero ellos se niegan a cobrarme, ¿qué puedo hacer?”.

Adriana fue a una primaria para niños con discapacidad visual. Nunca estuvo en un salón con más de ocho compañeros. En las mañanas veían materias comunes. En la tarde los entrenaban para su vida. Vio una materia llamada Teatro. Quizá por eso tiene un lenguaje corporal tan fluido, que contrasta con el de su esposo. En primaria vivió algo “casi Disney”, según ella. “Era muy pila”, me dirán sus papás. No habrá nadie que no me resalte su condición de consentida. Hacía amigos con facilidad y participaba en eventos escolares. Rozó la popularidad antes de ser adolescente.

“Los otros niños, en un parque o cosas de esa, se le quedaban viendo así –su papá hará una expresión teatral de asombro cuando me cuente eso–. Al principio me daba como rabia. Pero después dijimos –él y su esposa– que eso era normal. Igualito, los niños la veían así, pero luego se ponían a jugar como si nada”. Sus tres hermanos menores nunca pusieron ese rostro. No hubo charlas al respecto en la casa. Ellos al nacer la conocieron así y listo.

Imagen referencial

Ahora, en su oficina, casi veinte alumnos de Bibliotecología de la UCV la ven con la expresión de un niño que descubre la pornografía. Hace unos minutos me mostraba cómo tenía que escanear página por página cada libro y luego mandarlo a imprimir en braile. Entonces, entró una compañera, quien hace una visita guiada. Adriana, sin trabarse, domina la atención de su público. Responde las preguntas y los despide poniéndose a la orden.

Conociendo la jaula

Los castillos de Disney explotaron con dinamita marca realidad. El liceo lo cursó en un bachillerato normal. Más bien en dos: hasta segundo año en U. E. Nuestra Señora del Valle, y se graduó del Colegio Santa Teresa de San Bernardino. Cuando estaba presentando un examen de admisión en un liceo en el que no acabó estudiando, la directora entró y la mandó a sacar. Le dijo a su mamá que ella tenía que estudiar en “un colegio de niños mongólicos”.

Adriana Rodríguez es hija de María Díaz de Rodríguez (le gusta resaltar el “de”) y Orlando Rodríguez. Tiene tres hermanos: Oriana, Silvia y Sebastián. El menor ya tiene 22 años. Cuando estaba en primaria, confiesa, llegó a creer que su visión era normal. Que todos veían como ella. Al pisar el liceo se dio cuenta de que los demás podían leer directamente con sus ojos. Que podían responder exámenes escritos con un alfabeto distinto al braile. Que hablaban de experiencias visuales ajenas a ella.

                —¿Te hicieron bromas pesadas?

“No. Más bien ese era el problema, todo era muy enserio”. La acusaron de tener la preferencia de los profesores, pues la evaluaban de forma oral. Casi nadie quería trabajar con ella: sabían que debían hacer el doble de cosas si eso llegaba a suceder. Acosaron a los profesores: pretendían una igualdad evaluativa, aunque no existiera la igualdad de sentidos. “Yo llegué a vivir experiencias como que todo un salón me aplicara la ley del hielo”.

Cuando le pregunto a María por esa etapa de Adriana, se desconcierta. Por el contrario, repite que ella la veía lista para enfrentarse a ese mundo. Argumenta que su hija nunca le comentó nada al respecto. Y deja muy claro, evitándome los ojos, que le exigió más a ella que a sus demás hijos. “No sé por qué”, exclama antes de recordar un viaje al que le prohibió ir tras no obtener una nota deseada.

Orlando prefiere relatar las ganas de independizarse que mostró su hija en la pubertad. El “yo me quiero ir sola” se hizo recurrente. Tras negociaciones, aceptó despedirse una cuadra antes de llegar al liceo. Adriana, esa primera vez, se sintió grande. Hasta que tropezó con una rama, se cayó y descubrió que su papá no se había ido: la seguía vigilando a la distancia.

Reclamó que le habían mentido. Fingió entereza y siguió su trayecto. “Ella lo que tenía era miedo de que no la dejara irse sola”, dice Orlando. En otra ocasión, se perdió. Iba de regreso del liceo y no pidió la parada del autobús donde era. Mientras su papá la buscaba desesperado por toda Caracas, ella, preguntando, encontró el camino de regreso.

Me da la sensación de que aún hoy, pese a que Adriana ya pasó los 30 años, tiene seis años de casada y vive sola junto a su marido, hay una suerte de vigilancia familiar recurrente. “Nos preocupa que ande sola. No le gusta usar el bastón. Yo le he dicho que cuando Otto no la pueda llevar al trabajo me llame”, dice Orlando. A María, mientras tanto, se le escapan las lágrimas al plantearse la posibilidad de que Adriana se mude lejos, baja el tono de voz cuando comenta que Silvia tiene cuatro años viviendo en el interior y le lanza puntas a Adriana respecto a que no la visita lo suficiente. Se autodefine como una “mamá gallina”. La condición de Adriana –primogénita, mujer, ciega– invitaba a alimentar los temores naturales. No me imagino, entonces, cómo recibieron el hecho de que su hija se enamorara de un guatemalteco y se hicieran novios ¡a través de Internet!

Aprendiendo a volar

“No doy clases de informática para ciegos. Doy clases de informática. Punto. Que enseñe a usar Jaws es otra cosa”, a Otto hay expresiones que le duelen más que a Adriana. “Yo aprendí a ser muy antiparabólica con varias cosas. Si bien soy muy rencorosa por naturaleza, lo que no me gusta lo olvido rápido”, dice ella. Con Otto la cosa no funciona igual. Hay palabras que hacen que se le tense el cuello, quizá porque no hay mayor afrenta para un hombre que tocarle la esposa y la madre al mismo tiempo; y de ñapa, al papá.

Otto Pereda nació en Guatemala, donde pasó su vida adulta trabajando en un proyecto de la Unión Europea y de la OEA, sobre la capacitación en el uso de tics de personas con discapacidad visual. Área que maneja bien, por su afición a las computadoras –que se suma a los libros, la cocinada y, sobre todo, la música– y por tener dos padres que necesitan bastones para tantear futuros pasos.

Siendo el menor de dos hermanos, la genética se ensañó con él: su hermano solo necesita lentes de contacto, mientras que Otto tiene un coctel de patologías: cataratas congénitas, estrabismo, astigmatismo y nistagmo. Aunque suena a mucho alcohol en un vaso, al menos, usando lentes, puede ver con relativa nitidez: “El problema es que no veo en profundidad (…). Sí, correcto, veo en 2D”.

Adriana conoció Disney, le demolieron los castillos y al final de las ruinas encontró un ascensor al paraíso. Eso fue la universidad.

En el liceo, se hartó de las conversaciones planas y quiso juntarse con el grupo de personas que manejaban el periódico escolar. La lectura se volvió una actividad diaria. Quiso llevar eso a la Universidad Central de Venezuela, estudiando Comunicación Social. Iba a entrar por convenio, pero la escuela estaba full. Tras varias pruebas, logró irse por su segunda opción: Letras. “Todo lo que yo creía que iba a encontrar en Comunicación, lo encontré en Letras”. Hizo amigos con facilidad y mantuvo un promedio de 18. Se iba a graduar de Magna Cum Laude.

Lo único que no andaba bien era su vida sentimental: “Por ahí hubo algo, pero estaba muy desesperada por tener un novio. Mientras mis amigas se sacaban los chamos a patadas, yo tendía a ilusionarme sola”.

En la UCV era común verla con grandes cantidades de hojas escritas en braile. Para aquella época, la versión pirata de Jaws no había llegado a Venezuela. Una línea de una hoja de texto convencional equivale a casi tres líneas de braile. Desde el bachillerato su familia la ayudaba: “Yo recuerdo que Oriana era una niñita, no sabía leer corrido y me dictaba letra por letra”, las lágrimas le bajan por las mejillas. En la universidad, su papá jugó un papel preponderante dictándole cada libro que debía estudiarse para que ella pudiese transcribirlo. Luego empezó a grabarle las lecturas y dejarle las cintas.

Entre eso, una vida social activa e insatisfacciones románticas, pasó la universidad. Antes de entregar tesis, consiguió trabajo y postergó su graduación.

“Si no entregás la tesis, no voy para allá”, le dijo un día Otto, desde su casa en Guatemala.

Los futuros esposos se habían conocido cuando Otto viajó a Venezuela, por trabajo, a una convención de personas con discapacidad. Se presentó a Adriana y se despidió besándole la mano, con la seguridad que dan los kilómetros de distancia y la certeza de no verla más.

Meses más tarde, el jefe de Otto, amigo de Adriana, los enlazó, a modo de broma, por Messenger. Lo demás ya lo deben suponer: noviazgo, promesas de viaje, viaje, conocer a la familia, irse, regresar, pedir la mano, boda, residenciarse en Venezuela. Bueno, sí, suena más rápido y sencillo de lo que fue.

Adriana perdió el Magna Cum Laude por esperar dos años para presentar la tesis. Pero ganó a su “media naranja”, como dice su madre. De hecho, de no ser por el impulso de Otto quizá todavía no hubiese cerrado su ciclo universitario. Se graduó en el 2008 y se casó en 2009.

Hoy día, aunque valora lo que hace, desea trabajar en el ámbito editorial: “Te dicen lo buena que eres y te felicitan, pero no te ofrecen trabajo. Es como que ‘eres buenísima, pero ahí, donde estás ahorita’. Creo que hay mucho miedo, pero yo sé que puedo hacer todo lo que quiera, el asunto es que me dé nota: todo lo que realmente me ha motivado lo he logrado. Y ya entendí que hay otras vías para llegar adónde quiero. Ahorita estoy tranquila”.

                —¿Has pensado en tener hijos?

“Sí, lo he pensado. Pero la situación actual del país y la economía no lo hace muy viable”. Comenta que ha recurrido a subterfugios para no enredarse la cabeza: cada vez que nota a un bebé llorando le dice a Otto: “Mira, son llorones, por eso es mejor no tenerlos”.

                —¿Qué piensa Otto?

“Las cataratas de Otto son congénitas. Es muy probable que nuestros hijos, de tenerlos, salgan con discapacidad visual. A mí eso no me pesaría. Pero este tampoco es el país más idóneo para un niño así. Es cierto que hay muchas cosas que han mejorado desde que yo estudiaba, pero hay otras que están peor”.

Adriana no tiene diagnóstico. Pese a lo que dijeron en el Hospital Vargas, más adelante, siendo adolescente, le explicaron que eso era falso: no tiene “ojos pequeños”, pues los mismos están bien desarrollados. Tampoco hay antecedentes familiares que expliquen la situación. María dice que aceptó lo que sucedía cuando en el San Juan de Dios le preguntó a una mujer cuántos meses tenía el bebé que cargaba. “Tiene nueve años”, le respondió. “Ahí me di cuenta de que mi hija no estaba tan mal”, comenta María.

“Uno no lo acepta –dice Adriana–, lo asimila. Aceptarlo no, porque sería mentira decir que estoy muy bien y que no me gustaría ver. ¡De cajón que me gustaría ver!, pero no es indispensable”.

Todos somos pájaros en jaulas de prejuicios y creencias. La jaula de Adriana solamente resultó más fácil de identificar. Tras convivir con ella, la noté más susceptible a desarrollar limitaciones en su mente que en su cuerpo. Ella lo sabe, pero ya ha volado y quiere seguir haciéndolo, aunque los vientos de la frustración a veces la empujen hacia una dirección contraria a la deseada. Mientras saca una maestría en Literatura latinoamericana, cultiva su matrimonio, brega contra la economía, lee, edita y escanea, sigue surcando los aires, aunque más de un pájaro crea que su determinación es una enfermedad.

PD: en el 2018, por la crisis de Venezuela, Adriana y Otto migraron a Guatemala. Pero les ha costado establecerse. Ahora, necesitan de nuestra ayuda. Entérate de más aquí.

 

Por Lizandro Samuel (@LizandroSamuel)

Josef Martínez: conquistar EEUU sin bates ni guantes

Si no se le daban las cosas con el balón, hubiese sido beisbolista. Eso dijo una vez. Aunque por su baja estatura es difícil imaginarlo corriendo entre bases, la verdad es que driblando le iba demasiado bien como para que se planteara vivir de otro deporte. Para alguien como Josef Martínez, que nació y creció en un barrio de Valencia, ya imaginar el futuro era una forma de rebeldía: como dice el escritor Hensli Rahn en uno de sus cuentos, lo más chimbo de la pobreza no es la falta de dinero sino de destino.

Esa sensación de naufragio con la que se crece en las barriadas populares venezolanas se ha extendido a muchos jóvenes, con el aumento de la crisis y la destrucción perpetrada por el chavismo. Ya no es una cuestión de clases sociales, sino de nacionalidad: los más dramáticos dicen que se le robó el futuro a una generación.

Son cientos de miles –ya no solo jóvenes sino de todas las edades– los que han decidido migrar en busca de muchas cosas que no encuentran o que creen que no podrán encontrar en su país. El éxodo, como era de esperar, devino problema para el resto de la región. Miles de venezolanos, con la fe como único activo, están entrando a países como Ecuador, Perú, Colombia, Brasil, Chile, Argentina: ninguno de los cuales especialmente organizado ni rico.

Como en casi todas las grandes situaciones de desplazamiento, la población migrante es susceptible a ser blanco de xenofobia. Los miles de venezolanos que están al borde de la indigencia en el extranjero, así como lo inevitable que resulta que más de un hampón también cruce las fronteras, han servido de excusa para quienes quieren despreciar a nuestro gentilicio. Los medios de comunicación existen en la práctica para crear matrices de opinión, por eso no faltan los que prefieren darle la portada de un periódico a una banda de delincuentes migrantes antes que a un solvente profesor que esté trabajando y pagando impuestos en el país en el que logró establecerse de forma legal.

Por eso es tan importante el reconocimiento que consiguen ciertas figuras públicas en el extranjero.

Si –como escribió Mario Vargas Llosa– el mundo actual vive en La civilización del espectáculo, una era en el que muchos chamos prefieren tatuarse como futbolistas antes que macerar las ideas en la soledad de las bibliotecas, los héroes del balón ocupan un rol central en la cultura popular que también puede capitalizarse de forma positiva. Que Josef Martínez se convierta en el goleador histórico de una temporada en la MLS, al mismo tiempo que se le niega la visa a centenas de compatriotas suyos, es una muestra de que los venezolanos son algo más que los nuevos pedigüeños del continente.

La esperada consolidación

Con 31 goles anotados en la temporada 2018/19 de la MLS y la respectiva Bota de oro, Josef Martínez ha inscrito su nombre en el fútbol estadounidense con letras del mismo color que usa para teñirse el cabello. Su fútbol ha crecido al ritmo de sus cambios de look.

Lo más lejos que había llegado jugador alguno en la tabla de goleadores de una temporada era a 27 tantos. Josef dejó esa marca atrás del mismo modo en que atraviesa defensas. Además, al jugar en el Atlanta United –un club con solo cuatro años de vida– se ha visto en la poco habitual posición de, en vez de perseguir el listón de otros, dejar él el suyo tan alto como pueda.

Se ha erigido como una de las figuras de una competición cuyo nivel va en ascenso, mientras destaca en un equipo que, según opinan varios analistas, bien podría competir en cualquiera de las cinco principales ligas de Europa. El conjunto dirigido por el Tata Martino –y cuyo preparador físico es Rodolfo Paladini, quien ejerciera en el Caracas con el que debutó Josef en Primera– es uno de los más potentes de las últimas dos campañas y da de que hablar no solo por sus resultados, sino por un juego asociativo que no era tan común en la MLS de hace diez o quince años: esa en la que, por ejemplo, Jorge el Zurdo Rojas hacía un recorte y lograba que medio equipo rival tambaleara.

Ahora la MLS es un torneo en el que figuras como Zlatan Ibrahimović o David Villa no marcan diferencia solo con sus nombres.

En este contexto, Josef Martínez está atravesando la mejor época de su carrera. No en balde, a sus 25 años, camina hacia la edad de oro de los futbolistas, esa en la que suelen alcanzar el tope de su rendimiento.

Por la precocidad que lo ha caracterizado, solía dar la sensación de que era un veterano que nunca terminó de explotar. Fue el goleador de la Segunda División de Venezuela con el Caracas B siendo aún menor de edad. En Primera se convirtió en uno de los delanteros más desequilibrantes del torneo sin siquiera tener 20 años. Y dio el salto a Suiza quizá demasiado pronto, con incluso unos 30 partidos menos que Alexander González, el otro venezolano del Caracas que fichó junto a él por el Young Boys, aunque con un año más de edad y el doble de experiencia en Primera.

Desde ahí, el entorno exageró sus expectativas hacia un chamo que se preparaba para el éxito. Al psicólogo Manuel Llorens le gusta recordar que, cuando trabajaba en el Caracas, solo había dos jugadores de toda la estructura profesional que asistían a las clases de inglés que ofrecía la institución: Josef y Alexander.

Luego de cuatro temporadas irregulares en Suiza pero en las que supo demostrar su talento, el ariete fue presentando por el Torino de Italia y respondió a los periodistas en italiano.

Venezuela es un país en el que la juventud tiene un valor que en ocasiones se exagera. Es a los chamos (a los estudiantes, si se quiere) a quienes se les endilga la responsabilidad de realizar protestas contra el autoritarismo. La sociedad asume esto con normalidad. En el 2007, en medio de un país sumido por los excesos de Hugo Chávez, una generación de universitarios se organizó –como no pudieron hacerlo los políticos consagrados– para manifestar su rechazo al referéndum constitucional. De ese movimiento salieron rostros que empezarían a ocupar cargos de elección popular y que liderarían las históricas protestas del 2017.

Es una dicotomía interesante. En una sociedad matricentrista en el que la adultez (con todo lo que significa) llega relativamente tarde, dado que los  chamos viven “protegidos” en el hogar materno, es precisamente a los jóvenes a quienes se les pide que vayan al frente en los momentos de conflicto.

El deporte es producto de esa realidad. Ante la falta de recursos humanos que estén a la altura de las competiciones internacionales, un fútbol en el que –debido a que todavía no termina de madurar– cada generación es más talentosa que la anterior, se ha hecho normal acelerar el proceso formativo y colocar a las promesas en escenarios exigentes demasiado pronto.

En el 2012, César Farías y la Vinotinto necesitaban una inyección de energía que les mostrara que el Mundial aún era una posibilidad. Tocó jugar en Asunción. La decisión del DT nos pareció lógica a muchos: le dio espacio a los “niños”. Josef fue una de las figuras del partido. Tenía solo 19 años.

A partir de ahí se construyó la idea de que debía ser un referente de la selección y uno de los referentes de nuestro fútbol en Europa. Poco se pensó en si ya estaba tan desarrollado como para hacer frente a esas exigencias. En el Torino tuvo sus altibajos. En la Vinotinto, también; pero logró consolidarse como un fijo en las convocatorias de Farías, Chita y –por último– Dudamel.

A los delanteros venezolanos siempre les ha costado afianzarse en la selección. Salomón Rondón apareció con un talento inédito para ser la excepción que confirma la regla: junto a él han desfilado numerosos arietes que han sido convocados más para aprovechar sus rachas puntuales que sus capacidades absolutas. Pero Josef Martínez siempre se mantuvo ahí: a la espera de ser titular, de tener unos minutos, de destacar o de macerarse en la sombra. Ahí.

En el 2017, salió del Torino rumbo a la MLS. Daba la sensación de que su carrera se había estancado, de que él había perdido el rumbo. Lo mentaron como una promesa que no terminó de consolidarse y se miró de reojo a los chamos de la selección sub 20, como posibles candidatos a suplirlo en la Vinotinto. Se obviaba que recién tenía 24 años, la edad en la que en las selecciones de verdad competitivas muchos empiezan si quiera a ver minutos con frecuencia.

Él ya tenía alrededor de 30 partidos y dos Eliminatorias disputadas.

Fracaso es una palabra que, dicen algunos, en realidad es un espejismo. Quizá, el fracaso no es más que objetivos mal planificados. Si con 15 años te planteas ser millonario, casarte, comprar cuatro casas, dos carros y convertirte en un magnate de las bienes raíces y no logras nada de lo anterior, el verdadero fallo es de planificación: hay que poner los pies sobre la tierra y pautar objetivos acordes a los recursos.

Pronto quedó claro que la etapa más competitiva de la historia de la MLS le sentaba bien a Josef. Empezó a tener una regularidad de la que no había gozado nunca: nadie dudaba de que debía ser el titular. Todo estaba dado para que, luego de tantas exigencias desmedidas, la madurez llegase en el momento en que debía llegar. Ahora es una de las figuras de una de las ligas de más nivel de América. Y le sugiere a los norteamericanos que en Venezuela los únicos exitosos no son los beisbolistas.

Recuperar el futuro

Orianna daba clases de español por Internet. Sus alumnos estaban en diferentes partes del mundo, pero principalmente en Estados Unidos. Uno de ellos vivía en Georgia y, cuando hubo ganado confianza, no reprimió las ganas de preguntarle a su profesora por Josef Martínez.

Orianna vivía en San Antonio de los Altos y es más venezolana que la arepa. Pero nunca se ha interesado por los deportes. Así y todo, una pizca de orgullo patrio bailó en su corazón cuando se enteró de que un futbolista venezolano que militaba en la MLS era el máximo ídolo de su alumno.

La vida tiene formas impensadas de ponernos frente a realidades que ignorábamos.

La referencia que tiene este norteamericano de pura cepa de los venezolanos es un futbolista que considera genial y una profesora con la que hizo buenas migas. Esas experiencias le llegaron antes que las decenas de mensajes negativos y campañas contra los desplazados del mismo país.

La imagen de Josef Martínez, un chamo de un sector popular, que no juega béisbol ni es actor de telenovela, amplia el espectro de posibilidades positivas que se asocian a su gentilicio en el extranjero. Y genera, asimismo, un efecto positivo en los chicos que crean que ya no tienen ninguna posibilidad de éxito en el mundo gracias a la devastación de la dictadura: los aires derrotistas que circulan por las generaciones nacidas después del 85 deben contrastarse con el soplo de esperanza que significan los logros de jóvenes como Josef.

La sensación de ansiedad de cara a que la vida es algo que debe ocurrir pronto, rápido, con frutos en metálico que lluevan antes de los 30 años, corresponde a una carrera de sufrimiento que prioriza lo cuantitativo antes que lo cualitativo y que, salvo contadas excepciones, desembocará en fracaso. Las experiencias deben madurarse hasta ser incorporadas al individuo para que este pueda transformarlas en recursos que lo acerquen a triunfos personales. Josef no podía ser una figura internacional a los 20 años, del mismo modo en que la mayoría de los jóvenes de similar edad no puede aspirar a resolver todas las necesidades materiales de su familia.

El trabajo, la preparación, la constancia y la convicción, son los motores de los que se apalanca el talento para pasar de las sensaciones de deriva a las de gloria. Y todo ese proceso debe asumirse con paciencia y disfrute.

Josef está en la cima de la MLS. Y ya abundan las voces desesperadas de hinchas que –desde la comodidad que da opinar sobre la vida de otros– preguntan cuándo regresará a Europa, “ahora que recuperó el camino”. No se dan cuenta de que nunca lo perdió: esa aspereza cotidiana forjaba su carácter como futbolista del mismo modo en que el fuego castiga al metal para convertirlo en joya. Más que estar extraviado, caminaba un sendero lógico que devino reconocimiento y estabilidad. Su carrera es un mensaje para sus compatriotas.

Muchos preguntan, repito, cuándo regresará al Viejo Continente. Y yo pienso que lo importante es que siga disfrutando, con paciencia de artesano, de algo difícil de encontrar: la prosperidad.

Foto: AVN

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel 

Tras bastidores de mis primeros Pepsi Music

I

—Ay, qué fastidio. ¿Por qué Cilia no se ocupa de ese hombre?

—¿Y cómo se va a ocupar?

—Ay, no sé: que se pongan a hacer un muchachito.

—¡Estás loca!, ¿¡y que venga un tirano junior!?

—Sí, bueno, ese sí sería el final: nacería el anticristo y ahí sí nos terminan de matar a todos.

Escucho la conversación de dos jevas que están cerca de mí, mientras bostezo: la espera se hace larga. La gala de los premios Pepsi Music 2018 debía empezar hace más de media hora, pero aún no finaliza la cadena del régimen. Menos mal que el comité organizador está a la altura de las circunstancias: actúa cual bateador que no sabe cuándo subirá al montículo, pero que está listo para hacerlo.

El público se levanta de sus butacas. El retraso, que ahora sobrepasa los 40 minutos, al menos sirve de excusa para que los invitados socialicen entre ellos. Por ahí se ve a los panas de Rawayana conversar en un pasillo. Beto, el vocalista, habla con José Rafael Torres –bajista de Los amigos invisibles–. Fofo, Abeja y Tony hablan entre ellos y con personas que se encuentran a su alrededor. Los detallo a la distancia: llegaron a la gala casi a escondidas, como si quisieran evitar el (polémico) contacto con los medios.

Aunque por los parlantes nos piden que nos mantengamos cerca de nuestros asientos, el salón ya parece una fiesta empresarial en la que todos se mezclan con todos. Principalmente los artistas, músicos y celebridades, que aprovechan de ponerse al día entre sí. Si algo nos ha enseñado la imposición gubernamental en estos casi 20 años es a tener paciencia.

Me pongo de pie para estirarme. Giro mi torso de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. Pienso en que parte del legado del régimen es la reducción de los espacios de esparcimiento y celebración. Ni me imagino el trabajón que debe significar montar un evento como los Pepsi Music: gusten o no, es innegable que en tiempos hostiles su realización no solo es una proeza sino una apuesta por mantener un espacio distinto a la abrumadora cotidianidad. Eso pienso mientras me estiro, ¿alguien andará en las mismas cavilaciones que yo? A mi derecha tengo a unos cinco presentadores de TV, animadores, host, etc. A mi izquierda, lo mismo. Noto que, aparte de la ropa ajustada, todos tienen tres cosas en común: están revisando su smartphone, están usando Instagram y están viendo fotos suyas.

Me siento en un episodio de Black mirror.

II

Llegué a las 2:00 pm a la carpa del CCCT. Me encontré con un clima de amabilidad, con un personal solicito y con mucho orden. Poco a poco, en las siguientes horas, irían llegando las celebridades y los artistas. Los Pepsi Music se convirtieron, así, en una fiesta mixta en la que un cantante de trap podía posar con pinta de malote mientras Los Amigos Invisibles repartían abrazos por doquier. Viva la diversidad, dirían algunos.

Liana Malva apareció con aires de conejito extraviado en la selva. Hacía un mes la había visto en el Pechakucha: su buena vibra me había conmovido. Criada en el Paují, está involucrada en un proyecto que difunde mensajes ecológicos. Para eso, se apalanca de su música, aunque como artista pueda explorar diversos temas.

—Mira, la verdad no esperaba estar nominada –me dijo.

—¿Ah no?

—Es que el proyecto en el que estoy trabajando ahorita no es muy comercial.

Liana, como todos los protagonistas, debía hacerse una breve sesión de fotos previo a pasar para la alfombra azul. Antes, le dio chance de expresar su preocupación por la falta de contenido de la música contemporánea.

—¿Te parece que es así en Venezuela?

—Mira, yo creo que a nivel mundial. Ahorita, la mayoría de las cosas hablan del amor o de los instintos más básicos, y yo siento que es importante mandar un mensaje con el arte, comunicar otras cosas.

Una cantante juvenil irrumpió en uno de los stands, cantó a todo pulmón, rió como una niña coqueta y avanzó con una comitiva –entre personal de seguridad, representantes, gente de prensa– que resguardaba su condición de diva. Me pareció muy loco el contraste de personalidades que ofrecía el día.

Liana continuó diciéndome que, aunque no está en contra de las formas comerciales de la producción musical ni está negada a ninguna, sí le gustaría expresar cosas genuinas en sus composiciones. La dejé continuar su camino. Se adentró entre una nube de fotógrafos (especie de paparazzis controlados) con la modestia con la que una chica tranquila penetra una bruma de excesos.

La cosa era esta. Las celebridades debían subirse a una pastilla que giraba sobre su propio eje para que, a unos diez metros de distancia, decenas de fotógrafos las capturaran en diferentes ángulos. La escena, me dirían luego, es típica de las galas internacionales del mundo del espectáculo, pero yo nunca había presenciado una. Por eso me sentí como en el zoológico, cuando los animales son exhibidos en beneficio de la vanidad de sus “dueños”. Supongo que en el mundo de la farándula hay algo de eso, con un matiz: ahí solo se es presa de la imagen propia.

Me alejé de la marea de gente que crecía como el mar en noches de luna llena. Un introvertido como yo no puede darse el lujo de perder oxígeno. Entonces, vi a Oscar Alcaino –u Oscarello El Magnífico, si se prefiere– hablando con calma junto a su hija y otro tipo. Cargaba su típico sombrero. ¿Cuántas veces había variado la pinta en los últimos 33 años? Nos pusimos a hablar de algo que me hizo sentir bien: de música. En esas estuvimos hasta que Danel Sarmiento apareció y logré, asimismo, intercambiar ideas con él. El par de miembros de Desorden Público serían los primeros en toda la noche en hablarme de algo que es difícil que el arte honesto logre soslayar: la crisis.

Venezuela los empujó a tocar cada vez más en el extranjero y menos dentro del país. En México, en donde se establecen cuando van a salir de gira –porque es más fácil viajar desde ahí que desde el País de la furia–, se quedaron en su anterior visita varios de los miembros más recientes de la banda. La cosa está tan dura que, para algunos jóvenes músicos, ni tocar con los cuatro cracks de Desorden Público basta para hacer frente a las inclemencias de un régimen destructivo.

Oscar y Danel me comentaron que Horacio no andaba en la gala pues iba rumbo a Japón a colaborar con Tokyo Ska Paradise Orchestra, mientras que Caplís –según me dijo el hombre que andaba con ellos–, bueno, nunca asiste a eventos por el estilo.

A esas alturas, apenas se podía caminar sin tropezar a alguien. Caramelos de Cianuro llegó como unas estrellas menores, de fama sin plata, que ganan discos de oro en discos pirata. Sobre todo Asier Cazalis desfilaba como en un videoclip musical, mientras Pavel Tello y Darío Adames lo seguían en una actitud más comedida que no renunciaba a la postal de tribu que ofrecían juntos.

Los géneros considerados de la cultura alternativa (¿alguna vez alguien nos explicará qué significa eso?) son históricamente conocidos por transmitir mensajes críticos, de cierta rebeldía, que llenan de contenido el deslumbrante envoltorio del espectáculo. Los tres miembros de la banda (faltaba El Enano) hicieron referencia a la dura situación que atraviesa el país: Asier se quitó el sombrero ante las bandas emergente, “si nosotros la hubiésemos tenido tan difícil es probable que no hubiésemos llegado adonde llegamos”; Darío Adames lamentó los pocos espacios que hay hoy día en Venezuela para la música y lo difícil que resulta surgir entre tantas carencias; y Pavel Tello precisó que, aunque ellos son una banda de pasarla bien y de humor negro –por lo que desde sus canciones no suelen abordar la crítica social–, sí han apoyado públicamente a candidatos presidenciales y han expresado su malestar por lo que consideran que no está bien.

Budú apreció entre saltos, brincos y flow. Traté de acercarme y sentí que la gente se multiplicaba a mí alrededor. Renuncié a mis intentos mientras el rapero empezaba a rimar en uno de los stands. Me paré en la entrada de la carpa a tomar aire. Seguí viendo a personajes de la farándula que desconocía y que me resultaban cada vez más curiosos: como para hacer una taxonomía. Vi acercarse a Jhoabeat con Giselle Brito y aproveché de conversar con ambos.

El beatboxer debe de tener una de las propuestas musicales más disruptivas del país. Hacer música con el beatbox como elemento principal es algo poco común tanto en lo que algunos llaman música urbana como en lo que otros tildan de cultura alternativa. Es decir, no encaja ni entre los raros. Pero su propuesta es artísticamente atractiva: se ha rodeado de músicos maravillosos. No cualquiera califica para un evento como los Pepsi Music, para subirse en tarimas que van desde la cultura mainstream hasta lo más underground, y de paso participa en las Noches de Guataca: probablemente uno de los proyectos musicales más honestos y mejor curados de Venezuela. Cuando, tiempo atrás, pregunté por él en la organización que dirige el maestro Aquiles Báez solo hubo elogios.

A los bróders de Gaélica no los vi pasar. A los de La vida bohème, tampoco. Pero me constaba que ambas bandas habían llegado. No era el caso de Rawayana. Me acerqué a preguntarle a quienes llevaban la asistencia y, hasta minutos antes de que se cumpliera la hora del inicio de la gala –que luego arrancaría con retraso por la cadena del régimen–, no sabían nada de ellos.

III

Cuando se escucha por los parlantes el anuncio de que (¡al fin, aleluya!) la gala va a comenzar, una ola de aplausos recorre la carpa. Lo más curioso es como el salón –en el que la mayoría de las personas permanecía de pie, lejos de sus asientos– se organiza en cosa de dos minutos cronometrados. Los venezolanos tenemos una asombrosa capacidad para sobrevivir al desorden –generado por otros o por nosotros mismos– sin dejar rastros muy burdos. Un sueco no podría entender esto. Cuando la transmisión de TV arranca, millones de personas en sus casas nos ven a todos sentados sin imaginar el bululú que antecedió a esa postal. Me gusta pensar que, llegado el momento, con eficacia similar lograremos ordenar el caos del país.

El clima de falsa espontaneidad con el que se construyen las galas del mundo del espectáculo –aquí y en China– se hace presente cuando ya todos sabemos que estamos en vivo. La cosa es un éxito: la organización sigue estando a la altura de las circunstancias, la entrega de premios se realiza con normalidad.

Me gusta, sí, el opening de la Orquesta Simón Bolívar y la presentación de Guaco que le sigue. De ahí en adelante todo es flashes, poses y brillo.

¿Cómo se sentirán los protagonistas teniendo en cuenta que, hasta en una noche en la que lucir bonitos es la principal prioridad, el régimen logró retrasar los planes?

Caramelos de cianuro recibe un galardón y nombra a La vida bohème, Viniloversus, Gaélica, Rawayana: bandas emergentes que están luchando por salir a flote en medio de la oscuridad, y algunas de las cuales tuvieron que migrar.

Gaélica, cuando se encuentra a punto de entregar un premio, se dice convencido de que algún día los nietos de todos los presentes verán atrás y dirán: “Guao, qué buena música la que se hizo en mi país en su época más dura”.

La cosa avanza entre espectáculos, comicidad y –claro– premios. Hasta que llega la hora de la presentación de Rawayana.

Siendo una banda que nació como un proyecto de joda, la empatía de un público –conformado en sus orígenes por chamos de su misma generación– los agarró desprevenidos. De jodedores tuvieron que transformarse en músicos en tiempo récord. Pocas cosas demandan tanto compromiso como descubrir que se tiene talento.

El concepto es este: se inventaron un lugar, llamado Rawayanaland, en el que la gente va a desconectarse del ruido cotidiano, va a pasarla bien. La idea fue una especie de respuesta al contaminado clima político y social que atravesaba Venezuela. Ya lo han dicho varios psicólogos y sociólogos, existe una generación –la misma que cantó Muerto en Choroní– que desde que nació se vio arropada por la violencia del poder político, por lo que por muchos años su mayor aspiración fue desconectarse de ese contexto para poder construir su identidad.

Pero la violencia del chavismo no dejó nada intacto.

Rawayana fue creciendo. Los chamos criticaron en sus conciertos y en sus giras de medios internacionales al régimen venezolano. “Si ellos son tan democráticos como dicen, que vengan por nosotros”, dijo Beto una vez. “Probablemente sí nos traiga repercusiones”, respondió Fofo cuando le preguntaron en una entrevista si no podían meterse en problemas.

Hasta ahí, todo normal. Pero en este 2018 debían salir de gira –giras con las que tienen compromisos que si se incumplen acarrean fuertes sanciones, giras que les dan de comer a los músicos pero también a todos los involucrados en la banda– y debían renovar sus pasaportes. Como todos los venezolanos no conectados al régimen, se encontraron con trabas burocráticas que, al parecer, solo se despejaron cuando en el Saime les pidieron que se sacaran un video agradeciendo a esa oficina en particular y al funcionario que los atendió.

El video se hizo viral. Decenas de personas los criticaron por “apoyar a un sistema corrupto”. Otros los defendieron: más que apoyar al sistema que siempre han criticado, era evidente que fueron una víctima más. El caso es que la polémica se instaló: la mayoría de las bandas se solidarizaron, los reaccionarios del teclado los atacaron. Rawayana emitió un comunicado y las aguas volvieron a vibrar.

¿Cuántos venezolanos hemos hecho una de las siguientes cosas?: comprar un producto regulado, raspar el otrora cupo Cadivi, aprovechar un “descuento” cortesía del Sundde, sacarse el carnet de la patria, prestar un servicio a un organismo público, cobrarle un servicio a un funcionario, comprar la caja de CLAP, revender un producto, marcar huella en establecimientos, poner captahuellas en locales propios, asistir a marchas bajo amenaza de despido, dejar de asistir a marchas bajo amenaza de muerte, pagar una coima a un funcionario, pagar una coima a un policía, pagar una coima a cualquier forma de autoridad, comprar o vender efectivo, comprar productos con dólar preferencial y revenderlos a tasa de paralelo, mentar como presidente a alguien que ya dejó de serlo, comer o rumbear en establecimientos identificados con el régimen o que pertenecen a personas afectas al mismo.

Hay quienes les piden a los famosos –solo por ser famosos– más de los que ellos mismos dan.

Rawayana sale a escena. Cada miembro con una camisa de un equipo distinto de beisbol. El mensaje es claro: unidad. Suenan los primeros acordes de High. Veo desde mi asiento cómo un cantante de trap se pone de pie al ritmo de la música. Cómo un rockero se pone de pie al ritmo de la música. Cómo una cantante pop se pone de pie al ritmo de la música. High es el hit de la temporada: todos se ponen de pie. Todos. Al finalizar la gala, esto solo habrá ocurrido de forma espontánea –sin que un cantante lo pida por el micrófono o sin que lo pida un miembro del equipo técnico– dos veces: con Rawayana y con Maite Delgado apareciendo sobre la tarima.

Beto está un poco ronco, pero todo lo que tiene que fluir fluye: a estas alturas somos muchos los que perdemos el control cuando ese flow hace que movamos el esqueleto. La canción y el respectivo video tienen una connotación de puro relax, lejano a la crítica política de Tucacas o a la búsqueda romántica (en un contexto de clase media-alta caraqueña) de Algo distinto. High es solo para pegarse en un trip.

O eso creemos.

La canción se ralentiza. Beto agradece a los Pepsi Music por la confianza, por dejarlos presentarse. Agrega:

—Nosotros somos de otra generación. Este conflicto no es de nosotros –los músicos ven para el frente, el vocalista que sustituye a Apache en la interpretación pone las manos atrás, la melodía se vuelve solemne–: no nos metan en su conflicto, irresponsables –Beto, con ese tumbao del caraqueño alzado, señala al vacío–. Nosotros representamos a los artistas que hacemos música y vendemos tickets y vendemos discos –la pantalla de fondo muestra diversos rostros–. Nosotros no andamos en carrotes, ni andamos fingiendo cosas que no son. No es justo, pana, nosotros somos Rawayana de Venezuela y la estamos representando –el público hace una ovación–. Y estos ojos –Beto señala a la pantalla, donde ahora se muestran varias tomas en primer plano a diferentes ojos: un collage de miradas– son nuestros ojos, man.

La música vuelve a sonar. Los símbolos han hecho su efecto. Sin decir nombres, Rawayana envía un mensaje de crítica, reniega de los ojos de Chávez que a los venezolanos nos han impuesto con brutalidad. Beto canta. La banda baila.

Sube el volumen y olvida lo feo, eo: vamos a vacilar.

Saltos, brincos, el esqueleto que pierde el control.

Cuando yo te diga put your hands up high / High, high, high.

Y la canción que se apaga. Y Beto que vuelve a señalar al vacío:

—¡Justifiquen lo que tienen, justifíquenlo!

Más adelante, cuando Rawayana gane su séptimo premio, la banda dedicará unas palabras a la isla de Coche, en donde filmaron High: “Ellos necesitan su ferry”, dirán, en lo que es un llamado de atención a las autoridades y un gesto de apoyo a una comunidad que –al igual que ellos, al igual que todos– también es víctima del régimen.

Será esa mi parte favorita de la jornada, la que me hará recordar que aunque a veces parezcan incompatibles –o con frecuencia, incluso– el arte sí tiene cabida dentro del espectáculo: en la frivolidad también puede caber un mensaje.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Desorden Público en los Pepsi Music: música para pensar y bailar

Oscar Alcaino –u Oscarello El Magnífico, como se le conoce– asistió a la gala de los Pepsi Music en compañía de su hija. El percusionista de Desorden Público caminaba por el lobby con la parsimonia de un artista consagrado, mientras hacía tiempo a que llegara Danel Sarmiento. Con ambos, Revista Ojo tendría la posibilidad de conversar.

 

Oscarello, ¿cuántos premios ha ganado Desorden Público en estos 33 años?

Uff. Esa pregunta está bastante difícil. Eso es como cuando, en algunas entrevistas, te dicen: cuenta una anécdota. Uno tiene tantas, que uno al momento en que se lo preguntan no se acuerda. Pero, más reciente, ganamos tres Premios Pepsi en la entrega no televisada. Ganamos un Grammy norteamericano, que es como el Grammy planetario, por el disco que hicimos con C4Trío en enero. No ganamos, pero, caramba, ser nominados a esos Grammy ya es ganancia, ¿no? Estehm, bueno… Premios Pepsi, gracias al público que hace las votaciones, nos ha ido súper bien en las pasadas cinco ediciones. Y, bueno, pare usted de contar.

¿Qué importancia le dan ustedes –como banda, como artistas– a los premios?

¿Específicamente a los Pepsi o a cualquier premio?

A cualquier premio.

Oye, a mí me parece que nosotros como artistas… ¿cómo te digo?, súper complacidos, porque ahí están apoyando a la gente que, en nuestro caso, se esfuerza haciendo música. Y si vamos más específicamente al caso de los Pepsi Music –sobre todo en estos tiempos, en el último año–, oye, la verdad es que nos quitamos el sombrero, porque tienen eso: apoyan el talento nacional. Y, además, la gama, el abanico de música: desde música infantil hasta cualquier cosa que sea venezolana.

¿Un artista es más artista o menos artista por ganar o no un…?

¡Noooooo, no, no! Disculpa que te haya interrumpido la pregunta, pero no, no, no. Es más, hay gente que gana y de repente no es artista: es un producto comercial, que lo lanzaron, le fue muy bien, le metieron bastante dinero, muchísimos likes, mucha payola en radio y al final lo que es es un faranduleo, pues. Pero yo no considero que si no ganas, no eres artista. A mí parecer, eso no tiene nada que ver.

¿Cuáles son las búsquedas artísticas que, después de 33 años, tiene ahorita Desorden Público?

Coye, Desorden siempre estamos activos. Bueno, no sé si te has fijado en la carrera de Desorden, siempre estamos inventando algo. Sacamos cosas nuevas, nunca nos quedamos anclados al pasado; claro, tenemos, a veces, que tocar en los shows esos súper clásicos que hay que tocarlos; a veces les hacemos una pequeña variación, para divertirnos, para hacer un toquecito diferente. Pero siempre estamos en una búsqueda. Ahorita en mes y medio iremos de nuevo a México, para usarlo como base de operaciones, porque tenemos varias cosas por ahí. Iremos a Europa, a Centroamérica, tal como el año pasado. Estamos inventándonos otro sencillo navideño; creo que el año pasado hicimos uno con Gustavo Aguado, al estilo Desorden. Tenemos otra idea por ahí… Ya para el año que viene queremos grabar disco nuevo, ya estamos pensando material… O sea, siempre estamos activos. De hecho, ahorita hicimos unos shows en Venezuela, y a nivel musical cambiamos nuestra línea de metales, que tradicionalmente ha sido trompeta, trombón y saxo. Esta vez, trabajamos con dos saxos nada más. Dos saxos tenor. Siempre estamos buscándole la vuelta a todo para divertirnos y que la gente sienta que le ofrecemos algo diferente.

¿En este momento, cuál es el leitmotiv de la música que están haciendo?

¿El leitmotiv? Yo creo que siempre ha sido el mismo, música inteligente: para que pienses; y música para los pies: para que bailes. Lo que creo que se ha diferenciado es –claro, como todo en la vida– vas madurando y te vas haciendo un poco diferente. Quizá más poético, más pausado. Uno en la vida siempre va cambiando…

¿Y en estos 33 años no ha ocurrido que hayan tenido divergencias artísticas, que sientan que ya no están en lo mismo?

No, no. Por lo menos el núcleo –que somos Danel, Horacio, Caplís y mi persona– siempre nos hemos mantenido fiel a lo que es la columna vertebral del ska y de ahí sacamos nuestras canciones. Porque vivimos en Venezuela, estamos en el mar Caribe, yo pienso que no escapas a esa permeabilidad; entonces, por eso tenemos ese estilo que es ska con salsa, con merengue, con afrovenezolano… siempre haciendo buenos contactos con gente que nos gusta. Por ejemplo, C4Trío. Fíjate, ahorita que me preguntabas lo de los premios… o sea, el sentido comercial y eso: a nosotros, si no nos gusta no lo hacemos.

Me dijiste que su base de operaciones está en México.

No, no, no. Estamos un poquito desperdigados, pero sigue siendo Caracas nuestra base. Pero, el año pasado tomamos a México por unos meses como nuestra base de operaciones. De ahí salimos a España, Portugal, Centroamérica, Norteamérica, el mismo México; y este año, lo vamos a volver a hacer, pero por un mes nada más. Tenemos varios compromisos en el exterior y es más fácil llevarnos desde México que desde Venezuela.

Como artistas, ¿en qué los afecta todo el clima que estamos viviendo, la crisis del país?

Bueno, yo creo que nadie está exento de eso. En la banda, hubo tres de los más nuevos, por decirlo así, que se quedaron viviendo en México. Y cuando dimos este show que te dije anteriormente que tocamos con dos saxos, tuvimos prácticamente que armar una banda nueva.

¿Y el núcleo principal sigue residenciado en Caracas?

Sí, sí. Horacio está de viaje porque él sí tenía unos compromisos en Houston, allá está la hermana. Tenía una gira de medios por allá. Pero, por lo menos, aquí en Venezuela, de los cuatro viejitos ahorita estamos tres.

¿Hasta qué edad van a seguir dándole?

Oye, Desorden no tiene fecha de caducidad. Yo siempre digo, parafraseando a Mick Jagger, así nos tengan que poner rampa para subir a la tarima en silla de ruedas… ahí vamos.

Bueno…

¡Otra cosa! ¡Disculpa que te interrumpa! En diciembre, viene una película de nosotros (por eso te digo, siempre estamos haciendo cosas): una película de Carlos Malavé, cineasta venezolano. Es una especie de documental de Desorden Público, se llama Venezuela es un Desorden, para que estén pendientes. Es una película, un documental de nosotros, que es dinámica: ves fotos, ves conciertos, ves cómo somos nosotros fuera del ámbito musical.

¿Y qué periodo comprende la película?

Toda la vida.

¿Pero por cuánto tiempo han estado filmando?

Han filmado en los últimos dos años, pero siempre buscando sobre todo fotos de, oye, cuando estábamos pelados, pues.

¿Y no viene algún libro en camino?

Oye, ahorita no. Pero ya nos han hecho dos libros, creo. Uno se llama Buscando algo en el Caribe y otro que se llama ¿Dónde está el pasado?, que es Desorden antes de conformarse como Desorden Público: todas las influencias, etc. Pero dos libros tenemos.

Danel Sarmiento, Dan-Lee, llega vestido con un traje de color claro que lleva la palabra ska armada sobre el cuello con letras de plástico imantadas. El baterista se suma, entonces, a la entrevista.

Cuéntame cómo está actualmente la movida del ska en Venezuela.

La movida del ska en Venezuela está muy apagada. Sin embargo, hay bandas nuevas que están surgiendo. Hay una banda de chicas que se llama Nomásté. Se las recomiendo, para que la escuchen. Son niñas, es un grupo de puras niñas: o jóvenes, son jóvenes, de 18 a 20 años. De resto, alguna que otra banda que se mantiene sonando. Pero la verdad está un poco apagado todo lo del ska.

¿Y a qué crees que se deba?

Bueno, pocos sitios donde tocar, pocos eventos. Y todo eso va como mermando, también. Si quieres dedicarte a la música, y ves que no ganas mucho de eso, la gente tiene que dedicarse a otra cosa y dedica menos tiempo a la música.

¿Cómo han hecho ustedes para seguir estando en primera plana durante 33 años?

Bueno, porque somos unos tercos de primera. Sabemos que se puede. También hemos tenido que salir más: hemos tenido que tocar más fuera de Venezuela que en Venezuela. Si nos hubiésemos quedado aquí, te deprimes: no hay dónde tocar. Hemos tocado, pero muy poquito. El otro día estábamos sacando la cuenta: como de 70 shows, 13 nada más fueron en Venezuela. Y antes era al revés: era mucho Venezuela; fuera, lo normal. Pero ahora, hemos tenido que estar cuatro meses en México, y estando en México como base de operaciones nos ha servido para ir a Europa, para Centroamérica. Quisiéramos tocar más en Venezuela. Pero bueno, es como saber moverse dentro de la corriente.

Una de las cosas positivas de esta crisis, una de las muy pocas, es que estamos exportando nuestro arte.

Claro, pero hubiese sido bonito que se exportara sin crisis.

¿Cuál es, actualmente, el leitmotiv de la banda?

Mira, el disco más reciente se llama Bailando sobre las ruinas. Esa es como una metáfora que queremos tener en mente: sabemos que en algún momento vamos a estar bailando sobre las ruinas que ya queremos dejar atrás, pasar a un nuevo capítulo. Todo el mundo tiene que poner de sí, no esperar que vengan mesías para corregir las cosas sino corregirlas cada uno, y eso va sumando.

Ustedes se hicieron populares con canciones bastante críticas en los 90 que, lamentablemente, no pierden vigencia.

Una lástima que no pierdan vigencia. Deberían perder vigencia. De hecho, hay canciones nuevas que todavía tocan esos temas. En el disco nuevo hay varias, que básicamente reflejan lo que está pasando y, bueno, sí: le metemos ese humor negro; pero sabemos que está dura la situación.

Está tan dura que más bien hay una especie de nostalgia por los 90 y por los 80, que fueron épocas complicadas.

Aunque yo también a veces pienso ah, qué bueno época, el otro día se montó en tarima con nosotros Willy Mackey: dijo unas palabras que son bien interesantes, dijo que no nos quedemos con el pasado: pensemos hacia el futuro. Imaginemos el futuro sin tener esa nostalgia por el pasado. Y bueno, así lo siento yo también.

En ese mismo concierto, Caplís también dijo unas palabras bastante claras…

Bueno, porque la situación está álgida: te hace hablar de esa manera. Algunas personas lo tomaron como que es muy fuerte; otras personas lo tomaron como que así es que hay que hablar. Pero es que estamos en un momento álgido.

¿Y no les da miedo que haya represiones por parte de la dictadura?

Sí, pero cuando es expresión de arte no puedes callarlo. Sale pa’lante lo que sale del alma, del corazón. Salió eso. Y bueno, ahorita estamos tranquilos gracias a Dios. Esperemos que no pase nade, o que se den cuenta de que no todo el mundo está de acuerdo con lo que están haciendo.

Le pregunté a Oscar, hace rato, si sabía cuántos premios ha ganado Desorden en estos 33 años.

¿Pero de Pepsi Music solamente?

En general.

No, no llevo la cuenta. Pero son muchos. Uno de los más inesperados fue el de este año, el del Grammy: la nominación al Grammy. Estuvimos cerca de algo muy grande, que nunca habíamos soñado, que no habíamos planeado… Siendo una banda independiente, sin disquera, que la música llegue… tú dices bueno, lo estamos haciendo bien. Pero el mejor premio es el saber que la música trasciende.

¿Sientes que un artista es más, o menos artista, por ganar o no un premio?

No, para nada. Esos premiosa a veces se mueven mucho por las disqueras, hay gente que va a esos premios haciendo toda una campaña.

¿Qué importancia tienen entonces los premios?, ¿para qué sirven?

Difusión, encuentro, ayuda a que se te abra el entorno hacia otros países, hacia otros géneros musicales; el ska jamás ha sido premiado dentro de los Grammys, el reggae sí. Estar nominados ahí es como que guao, qué bien. Entonces, creo que es eso: despertarle un poco a la gente esa chispa a ver otra cosa.

¿Qué es el ska para ti, porque de todos los miembros eres el que siempre llevas la bandera más arriba del ska, vamos, ska?

No te creas, el ska lo llevamos los ocho de la banda, pero de manera arraigada: muy fuerte. De hecho, esta semana está viajando Horacio para Japón, se va a presentar para cantar una canción con Tokyo Ska Paradise Orchestra, y eso no para, no para con las ganas de difundir esa música que tanta alegría te da y que tanta energía tiene. Además que te permite decir cosas.

¿Qué ha cambiado en estos 33 años de la banda?

Nada. No ha cambiado nada. Desorden es una banda que siempre ha tenido una actitud jovial, echador de vaina, con ganas de decir cosas todo el tiempo, yo creo que eso no ha parado en todo este tiempo; ¡claro!, que ahora tenemos hijos, el tiempo pasa… y es sabroso, cuando los hijos se montan en tarima y cantan contigo, y bailan contigo: es muy bonito, muy agradable.

¿Nunca ha habido diferencias artísticas graves?

No, por eso es que llevamos 33 años juntos: porque estamos como bien alineados. Por lo menos las cuatro cabezas de este Desorden sabemos adónde queremos ir, sabemos que queremos hacer.

¿Pronto pasarán de moda Valle de balas, Políticos paralíticos?

¡Sí, sí!, ¡que pase de moda toda esa vaina!, y que vengan canciones como… hay una del disco nuevo que a mí me encanta, se llama Cementerio e’Mis Amores, donde está esa fusión de ska con muchos ritmos venezolanos. Yo creo que por ahí van los tiros, por ahí van los tiros…

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

#DomingosDeFicción: Enamorados

Entro a mi apartamento. Marianne estira sus facciones mostrando sorpresa. La mueca, de inmediato, se torna en sonrisa. “Iba saliendo”, dice. Saludo a Cristina, mi esposa. Veo sobre la mesa una botella de ponche crema por la mitad, junto a dos vasos. Marianne se despide. Sale. Cierro la puerta. “Tremenda sesión, ¿no?”, digo a Cristina mientras organizo un poco. “No solo de trabajo vive el hombre”, responde. “¿Ah no?, ¿qué más necesita el hombre?”, me le acerco. La tomo por la cintura. “Sexo”, ronronea antes de besarme.

Marianne es brisa fresca en verano. O una hoguera en medio de la nieve. Puede usar el más minúsculo traje de baño y verse tierna, pudorosa, sin que su figura deje de significar una caricia invisible a los genitales de la persona que la aprecia. Una mirada suya es capaz de escribir un libro de poesía en el corazón de un hombre soltero. O en el de una mujer.

Aunque en su currículo siempre aclara su origen –de madre colombiana y padre argentino, nació en Mérida para ser tan venerable como el Páramo–, el mismo no importa demasiado. La genética no puede explicar los caprichos de Dios.

Fabricio, el escritor de rostro relajado que nunca olvida lo afortunado que es por estar con Cristina, siente cierta fascinación por la figura de Marianne. Le gusta que la modelo trabaje con su esposa, una artista consagrada cuya cámara posee un bisturí metafísico: hace incisiones sobre el alma. ¿Tiene Fabricio fantasías con Marianne? No. Nada que ver. Categóricamente, no. Eso repite en su cabeza. Aunque en un rincón muy profundo de su inconsciente de vez en cuando brilla un sueño erótico que decidió suprimir apenas abrió los ojos. Podía haber sido con Marianne. Quizá sí, quizá no. De lo que está seguro es que la otra chica que apareció en él era su esposa.

Cris se hizo muy amiga de su clienta. ¿Es normal esto? Relativamente. Aunque suele ir directo al grano cuando le toca trabajar, siempre está expuesta a sentir simpatía por alguien. Su corazón –un músculo fuerte y espacioso, en el que Fabricio ha logrado instalarse de forma indefinida– es propenso a sentir afecto ante la belleza que significa la bondad mezclada con talento. Eso cree ver en Marianne.

La merideña está en plan de empezar una carrera como modelo cultural, de revistas de erotismo lejanas a los estereotipos de la belleza norteamericana y los senos a reventar que se pusieron de moda en Venezuela. Las fotos que le tomó Cris sirvieron para que llegaran propuestas reales. Nada de ofertas para castings de modelaje que resultan ser concursos para participar en pornografía casera, ni proxenetas buscando resolverse la vida o directores de telenovela permutando un papel en su próxima producción por sexo.

Las solicitudes eran de una par de agencias italianas, una invitación muy lucrativa para aparecer en una revista literaria española y un perfume francés que quería hacerle una prueba para ser la imagen del producto.

Fabricio se acostumbró a ver sus diferentes fotos: juegos de luz, sentada, agachada, de pie, vestida, desnuda. Las variables abundan. El resultado es equivalente: Marianne le acelera el pulso. Venerar su atractivo no le es difícil y excitarse al verla, tampoco. Si bien belleza y sexo son estímulos diferentes, ella agrupa ambos en un golpe de placer para los ojos. Ni siquiera despierta el odio de otras féminas. Sus congéneres se echan desodorante sobre esa envidia superficial que sudan la mayoría de las mujeres, para arrodillarse ante un magnetismo que se siente como un llamado de los cielos.

Día atareado. Escribo toda la mañana luego de desayunar. Cristina sale a tomar fotos. El reloj marca la una y aún no llega. Como un snack. Hago ejercicio. Cris entra a la casa. Me ducho, almorzamos. La noto en otra parte, ida. En una relación donde el arte juega un papel tan primordial, que ella o yo visitemos la nebulosa de vez en cuando no es extraño. Siesta. Cris vuelve a salir a trabajar. Me despierto, bajo al bar a saludar a algunos amigos. Mensaje de texto de mi esposa: llegará tarde, se alargó una de sus sesiones con Marianne. Entro a nuestro apartamento después de las 11. Cris ve televisión. Me ducho. Me espera desnuda en el cuarto. Tenemos sexo. Literalmente, me saca toda la chicha. De ser la primera vez que estuviésemos juntos, pensaría que estoy entre las piernas de una profesional. Me gusta que nos reinventemos luego de siete años de feliz matrimonio. Son las cuatro de la mañana. Sigue insaciable. A las seis, nos dormimos. Me despierto a las diez. Cris aún duerme. Me ducho, salgo de casa. Por primera vez desde las primeras citas que antecedían al noviazgo, me siento inseguro.

La realidad le da un cabezazo. Las palabras de su esposa le llegan a través de un túnel gris que gira y no permite detallar las letras. Siente náuseas. No identifica algún halo de culpa en la voz de Cris. Sí de preocupación. Es la primera vez, según ella, que siente atracción sexual hacia otra mujer.

Le pregunta cómo afectará eso el matrimonio. “No sé”, suspira ella. Una nube morada se apodera de la habitación. Es invisible, pero ambos perciben su presencia hasta por las fosas nasales. Jamás habían experimentado una situación tan confusa. “¿Qué piensas?, ¿cómo te sientes?”, pregunta Cristina. Él, por un momento, imagina la bruma que los rodea. Así se siente.

Se levanta al baño. Cris, sentada sobre la cama, se abraza las rodillas. Baja la cabeza. Llora. Fabricio vomita. El estómago se le vuelve una gelatina. Se sienta sobre el excusado. Tiene diarrea.

Media hora en el baño y aún no sale. Cris camina por todo el apartamento. Transpira como si hubiese corrido el maratón de Nueva York. El pulso se le acelera cuando oye abrirse la puerta del baño. Fabricio entra en la habitación, se viste en silencio. A Cristina las lágrimas le ahogan las palabras que planeaba decir. La sal clava estacas sobre la imagen: Fabricio mudo, pálido, con el ceño fruncido, se mueve como si en realidad fuera una estatua a la que le acabaran de conceder la facultad de caminar. “Nos vemos”, dice antes de abandonar el apartamento. El reloj marca las cinco de la tarde. Cristina tiene ganas de arrancar las manecillas y hundirlas en su cuello.

Se suceden tragos de cerveza en un desfile infernal para mi hígado. Es el sábado más extraño de mi vida. Veo el celular: 11:55 pm. Cinco llamadas pérdidas. Engullo una pizza y pago un taxi.

Cristina está despierta. Leía, o fingía leer, en la sala. Hago un ademán antes de entrar a la ducha. El agua caliente me sabe salada. No sé cuándo comencé a llorar. En algún momento me encuentro sentado en el piso de la ducha pensando que mi vida es una mierda.

Salgo del baño. Después de dos horas, mi esposa sigue en la sala. Me llama a sentarme al lado suyo. Obedezco. Me acaricia la cara. Solo llevo un paño amarrado a la cintura. “Te amo”, afirma en voz baja. No contesto. No puedo. “Esto no va a cambiar nada entre nosotros”, asegura. Pienso en que es la idiota más grande del planeta. “En serio, quiero seguir contigo”, insiste. Parece captar mis emociones a través de un imaginario lente. “No soy lesbiana. No sé ni siquiera si soy bisexual. Me gusta Marianne y no sé qué pueda significar eso, pero sé que estoy enamorada de ti y en ningún momento he dudado de que quiero seguir en este matrimonio”.

Me parece una salida muy cómoda. Ya no creo que sea la idiota más grande del planeta: ahora estoy seguro.

“Quiero que tengamos un trío”, proclama. Su rostro permanece serio, no sentí atisbo alguno de dualidad en su voz. Me sacudo de sus caricias. Le sostengo la mirada. Sigue hablando: “¡Fabricio, te amo, ¿okey?! Sabes lo importante que eres para mí. Pero nunca algo me había excitado tanto como la expectativa de acostarme con Marianne. Quiero que los dos tengamos juntos esa experiencia, quiero compartir esto que siento contigo”. Hace una pausa. Siento que la niebla que nos abrumaba se disipa. Continúa: “¿A ti te atrae Marianne?”

Paso varios segundos absorto. Cuando algo de consciencia me brota en la mirada, Cristina, expectante, baja los ojos. El paño que me cubre empieza a elevar una montaña. La beso en la boca. Ella se deja caer sobre el mueble conmigo encima. Me suelta el paño. Trenza caricias desde mi cuero cabelludo hasta mis nalgas. Hacemos el amor.

Abrimos los ojos al mediodía, abrazados. No recuerdo la última vez que despertamos de ese modo. Sin necesidad de mediar palabra, la decisión parece clara: haremos el trío.

¿Cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde? Ninguna respuesta guarda mucho más que una suposición; después de todo, ¿está Marianne al tanto de sus planes? Lo primordial, acuerdan, es enterarla.

Cristina se encargará del asunto. Esas cosas salen mejor si las propone una mujer. O eso piensan. El punto es que entre la fotógrafa y la modelo es en donde se ha forjado la más íntima complicidad. Una complicidad que, según Cristiana, deja ver la simpatía que siente Marianne hacia Fabricio. ¿Es eso una forma de atracción? Cris le asegura que sí a su esposo. Este no sabe si eso es cierto o no, pero se deja acariciar por la idea.

Lo que sí es evidente es el deseo que brota entre ambas mujeres. Esa tensión sexual que les eriza los pezones y pone a balbucear a Cris. El plan es que esta última, al día siguiente, invite a la modelo a tomar algo a su casa, dejando entrever la ausencia de su esposo. Le haría saber que a él le habían fascinado –remarcando la palabra como si la deletreara sobre un clítoris– las últimas fotos que habían hecho. El tema saldría a colación y ahí se definiría todo.

No podemos dormir. Solo nos apaciguamos gracias al sexo. Hablamos, la penetro, y, en una especie de tácito acuerdo, fingimos que el sueño nos vence. Con la luz apagada, no es necesario que cierre los ojos. Supongo que mi esposa atraviesa el mismo insomnio que yo. Compartimos un hermoso silencio lleno de ansiedad.

Amanece. Soy el primero en abandonar la cama. Ducha, desayuno, agarrar mis cosas, despedirme con un beso, cerrar la puerta con la convicción de no aparecer ni llamar hasta la noche.

El día deviene letargo. Me siento en una café a escribir. Me reúno con mi editor. Almuerzo con un amigo. Tomo una cerveza solo. Necesito azúcar. Los tres lóbulos de un profiterol me ven con melancolía. Por venganza, los destrozo entre mis dientes sin apenas saborearlos.

Entro al apartamento. Escucho el ruido de la regadera. No encuentro rastros de Marianne. Mientras me cambio, Cristina aparece desnuda con un paño ceñido desde los pechos hasta los muslos. “¿Y bien?”, suelto si protocolo. “El viernes”, responde secundándome el juego teatral. El paño se esparce por el suelo mientras los brazos de mi esposa me rodean. Sus senos se aplastan contra mi cuerpo. Pienso en lo agradable que sería sentir junto a los de ella los de Marianne. Esa noche, acabo seis veces.

Un rayo de luz cruza la ventana. El sol golpea con sus primeros destellos. Abrazada, la pareja se embelesa con los efectos que el fulgor crea al pasar por el vidrio, al rozar la cortina. Es viernes. Cristina y Fabricio se disponen a atravesar una frontera moral.

Las cuatro de la tarde. Siguen arreglando el apartamento. La comida, las velas, la ropa –exterior e interior–, las sábanas. Todo debe estar perfecto para cuan. Se oye el timbre. El sonido los pone en stop. Cristina sujeta la perilla. Fabricio no pestañea. “Hola”, dice la figura de Marianne. Un vestido azul oscuro, ajustado, que apenas le tapa el comienzo de los muslos y regala un apetecible primer plano de sus senos. Fabricio siente que el temor se le seca en la piel: se convierte en una excitación que le crece en los pantalones. Cristina, cuyos dedos de sus manos se tocaban entre ellos a una velocidad preocupante, se sosiega al recibir un piquito de Marianne.

La modelo se separa. Le sonríe. Enfila, ahora, hacia Fabricio.

Petrificado, los medidores emocionales de su cuerpo se descontrolan. Está por hacer cortocircuito. La lengua de Marianne le ayuda a redirigir toda esa energía. La mujer le acaricia la cabeza, mientras el beso ocupa un espacio incalculable en el tiempo. La modelo separa su boca de la de Fabricio. El reloj retoma su marcha habitual. Al menos por unos segundos. La mano izquierda de la mujer atenaza la derecha del hombre. Con la que le queda libre, sujeta a Cris. La invita a unirse. La besa de modo tal que la boca de Fabricio deja caer una gota de saliva al piso. La niebla purpura reaparece de a poco, sin que ninguno de los tres se dé cuenta.

No hay almuerzo, vino, ni charlas previas. Marianne toma el control de la situación dejando claro que es quien tiene experiencia en eso. Cris y Fabricio solo son unos turistas más del full day.

El sostén de la modelo cae sobre la cama. ¿En qué momento llegaron al cuarto?, ¿cuándo se desvistieron hasta quedar en ropa íntima? El púrpura va ganando densidad. Los senos de Marianne son una broma a toda la retórica detrás de la belleza está en el interior. Quienes han repetido eso no han visto desnuda a Marianne. Mostrando ese cuerpo explosivo se dispone a terminar de quitarle la ropa a Cristina.

Fabricio divisa a su esposa entre la ya muy densa bruma. Le parece más bella que cuando la conoció, más sensual que la primera vez que se acostaron juntos, más perfecta que el día de la boda. La ve y la considera lo más importante del universo, el ingrediente esencial para que la vida sea vida y la felicidad sea felicidad. Observa un gesto de pudor de su parte, como si el efecto de una extraña droga acabase de pasar y ella no entendiera lo qué sucede, dónde está y por qué se encuentra desnuda.

El olfato sexual de Marianne capta algo irregular. Inhala, a duras penas, lo que queda de la bruma. Abandona a Cris, la deja desvalida y se dirige a Fabricio. Le pone la mano por encima del bóxer. Siente una flacidez que la desencaja. No entiende. El hombre la aparta y se mueve hacia su esposa. La abraza. Las miradas se toman de la mano antes de que ella abra la boca. “Amor, yo no…”, “Yo tampoco”, “Te amo demasiado para hacer esto”, “Te juro que no quiero acostarme ni que te acuestes con otra persona nunca”. Se acurrucan uno con el otro.

Ninguno se da cuenta cuándo Marianne sale del apartamento. Solo notan que para cuando empiezan a hacer el amor, ella ya se ha ido.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Amigos

Siempre me pareció curioso que Gokú, quien pasaba años aislado entrenando, recibiera tanto afecto de sus seres queridos. El protagonista de Dragon Ball pretendía ser cada vez más fuerte y nada lo distraía por demasiado tiempo de su meta. Familia y amigos entendían esto y hasta lo usaban en su beneficio: cuando había problemas, cosa que para el bienestar de la serie sucedía con frecuencia, sabían a quien llamar.

En alguna entrevista, Jorge Luis Borges compara la amistad con el amor, digamos, romántico. De la primera dice que no necesita del contacto diario para mantenerse fresca: a algunos de sus mejores amigos solo los veía un par de veces por año. ¿Es suficiente un trato tan esporádico para mantener verde la relación entre dos personas? Puede que si las raíces son fuertes, baste una cerveza para que dos entrañables amigos se desgajen en conversaciones afectuosas.

Pienso en eso cada vez que el trabajo y las limitaciones del país me aíslan. Pienso en eso y en las declaraciones que alguna vez le escuché a José Manuel Rey, quien dijo que uno de los mayores sacrificios inherentes a su carrera de futbolista profesional fue dejar de asistir a fiestas, a reuniones y que los amigos entendieran que no siempre podía cumplir con todos los encuentros pautados. Que vivir de lo que amaba –de su pasión, como diría Guardiola– demandaba un precio que debía estar dispuesto a pagar.

Pienso en todo eso, pero también en lo bueno que son los amigos. Y en que la amistad es una de las cosas más dulces, ricas y apetecibles, que he encontrado en la vida. Puede que porque me costara hallarla en una forma que me hiciese sentir satisfecho, tanto que después de hacerlo me brillan los ojos cuando me mencionan a un ser querido. Puede que porque, al ser un bicho raro, las contadas personas con las que me abrazo sin usar muchas máscaras llenan de alegría mis minutos. Pero también, me parece, puede que sea porque lo que decía Borges es algo muy mágico.

Por nuestros respectivos deberes, aislarse durante meses de amigos queridos es una posibilidad que se ha vuelto rutina entre mis afectos; pero basta que surja un problema, que se necesite que alguien eche una mano, que el barco experimente complicaciones, para que aparezcan montones se salvavidas sonrientes diciéndote cuenta conmigo.

Así, tan desinteresadamente, como si nos viésemos todos los días.

El lugar común habla de lo importante que es tener con quien festejar. Me suscribo a él: el gozo de un triunfo se paladea mejor en compañía. Pero más importante, creo, es tener con quien pasar los abundantes tragos amargos, con quien surfear las olas altas y a quien llamar cuando todas las líneas parecieran desconectadas. Ahí pienso en Gokú, que, aunque tenía bien claro cuál era su sentido de vida y nada lo distraía de eso, sabía volver a recargar baterías junto a sus seres queridos. A disfrutar de ese delicioso pedazo de vida.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

“Yo era el niño raro que se sentaba a leer libros en las fiestas”

De dizque gustos opuestos (literatura y fútbol) pero armoniosos para él, el nuevo editor de Revista OJO, Lizandro Samuel, no puede hablar de sus principios sin que Xavi Hernández le de un pase a Mario Vargas Llosa: “La primera imagen que me vino a la mente [cuando apareció la oportunidad de trabajar en OJO] es la que narra Marti Perarnau en su libro HerrPep. Cuando Guardiola está de vacaciones en Nueva York y cierra el contrato con el Bayern de Múnich,él [Joseph Guardiola] está almorzando y empieza inmediatamente a ver el salero e imaginar si Philip Lahm puede jugar en esta posición. Esa fue inmediatamente mi reacción cuando surgió la oportunidad: imaginarme todas las cosas qué eran posibles de hacer: empecé a desbordar motivación”.

Para Lizandro, OJO siempre fue un medio de comunicación que no sólo llena un espacio vacío en Venezuela, sino que también es capaz de ser una ventana para las firmas emergentes del país. Cuando le tocó personificar a la revista, se la imaginó así: “OJO sería uno de mis mejores amigos o, por lo menos, sería de las personas más cool que conozco. Me imagino a OJO como alguien joven que usa franela de colores: el chico más inteligente de la clase que es amigo de todo el mundo”.

Su nuevo puesto lo asume con la misma ilusión de quien encuentra su primer trabajo, aunque ya ha pasado por diversos medios, casi siempre, como colaborador: Diario Líder en Deportes, Foro Vinotinto, TheLines, Nalgas y Libros, Clímax,La Vida de Nos, entre otros.

Y es que el nuevo editor vive de encender el reflector en donde otros pasan de largo: “Hay que construir historias que ponganel foco sobre las personas, sobre el día a día. Hay que hacer entender que nosotros no somos estadísticas ni números, sino que cada uno es un nombre, un ser humano y una historia distinta y ahí es en donde hay que estar bastante OJO”.

Desde pequeño se obsesionó con la literatura: “Yo era el niño raro que se sentaba a leer en las fiestas”. Y en la adolescencia se enamoró del balompié: “Así como muchos hablan de su universidad y de los colegios a los que fueron, mi formación humana, moral y ética me la dio el fútbol”. Si de algo estaba seguro, era de que no quería que sus pasiones se quedaran como hobbies: “Me abrí paso escribiendo y me puse a pensar que tenía que encontrar la manera de hacer de mi pasión algo rentable, sino quería morir de hambre”.

Al niño raro que se sentaba a leer en las fiestas familiares y que en la adolescencia disfrutaría de patear balones, ahora le toca sentarse en la silla de editor de una revista que narra los relatos que los poderosos quieren ocultar.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

Empezamos

Cada vez que me monto en el Metro, me hago la misma pregunta: ¿quién fue el que se inventó eso de que Venezuela se está quedando vacía? El país vive una situación histórica de éxodo. Pero decir que las alrededor de tres millones de personas que han migrado equivalen a la mayor parte de la población es un acto de incompetencia matemática: aquí quedamos, al menos, 27 millones.

Cada vez que leo a algún incendiario en redes decir que los que seguimos en Venezuela lo hacemos por masoquismo, por estar dispuestos a morir a manos del régimen o por cualquier otra generalización, recuerdo a esos líderes comunitarios que me cuentan –sin drama, sin victimismo– que en muchos de los sectores populares hay un pensamiento que se impone a los demás: ¿cómo resolver las una o dos comidas a las que pueden aspirar por día?

Y recuerdo también que quienes en eso andan son un porcentaje, si no mayoritario, sí significativo.

El rompecabezas que construye al país está cubierto con un aceite tan imposible de precisar que todos los lugares comunes resbalan por él hasta hundirse en la fosa de las banalidades. Supongo que si nos ponemos místicos podemos imaginar que esta historia la ve desde arriba un narrador omnisciente que es el único que está al tanto de la diversidad de personajes que construyen su relato, además de observar con morboso detalle las consecuencias del aleteo de una mariposa en el oriente del país que luego desencadena un torbellino en la región central.

Para los demás, mortales condenados a narrar desde la posición de testigo, Venezuela es un cúmulo de experiencias que solo desde la introspección podemos capitalizar en herramientas o historias que nos ayuden a construir la mejor versión posible de nuestro futuro.

Me tocó nacer y crecer en un país en el que la mayor violencia, la más atroz tiranía, es la discursiva: la de personas que desde púlpitos en los que simulan poses de divos inaccesibles buscan imponer los parlamentos de un guion que no les pertenece a ellos, sino a los personas que le dan vida.

No pretendo, ni pretenderé, transmitir optimismo ni pesimismo, ni la sensación de que las líneas que salgan de mis dedos son verdades absolutas. Acaso lo único que puedo hacer es transmitir mi punto de vista, mi visión de los pedazos del rompecabezas que tengo la oportunidad de ver. Una visión que a veces se posa en el deterioro del Metro, pero también en ese amigo que vive de hacer lo que ama y gana suficiente dinero con honestidad como para pagarse unas merecidas vacaciones. Con esa actitud llego a Revista OJO, asumo el cargo de Editor en jefe y recojo el testigo que dejó mi querido y respetado Ezequiel Abdala. Más que lanzar sentencias inexorables, aspiro hacer lo que mejor se me da: narrar.

“Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que le quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino”, escribió Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto.

Y mi actitud, hoy, es la de un director técnico al que las ganas de debutar con su nuevo equipo se le desbordan por la mirada.

Ya empezamos.

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel