Nosotros podemos narrar nuestra tragedia

“Que nadie les robe el relato de su libertad”, Alejandro Sanz.

 

El Diario en ruinas, de Ana Teresa Torres, debería ser un bestseller mundial. Al menos por estos días, en los que Venezuela ocupa tanto espacio en los medios de todo el planeta. Me encantaría verlo liderando las listas de venta de las principales ciudades hispanas, quizás así habría menos desubicados irrespetando el drama de los venezolanos: quienes quieren hacer ver que lo que ocurre en mi país es una guerra de ideologías, no saben que la sobrina de mi compañera de trabajo falleció porque no consiguió insulina para tratarse la diabetes.

Son tantos los escritores y artistas que han hablado de la importancia de la compasión al momento de acometer su oficio, que uno creería que cualquiera que tenga la fortuna de vivir de escribir –o de vivir escribiendo– ya habría entendido el valor de hablar con el corazón. Leer los comentarios de muchos escritores, intelectuales y profesores sobre lo que pasa en Venezuela me ha demostrado que no son pocos quienes, con los libros, más que buscar luz y sensibilidad, pretenden masturbarse intelectualmente. El problema es que las fantasías que ocurren durante el onanismo nunca se parecen a la realidad.

 Ana Teresa Torres es una de las escritoras más importantes de nuestra historia. En el 2018 publicó, con editorial Alfa, un diario en el que hace un recuento de la destrucción perpetrada desde 1999. Si usted aspira a comprender el presente, le recomiendo detenerse en esas páginas: muestran cómo un régimen falsamente democrático devino totalitarismo. En medio de eso, se desató la hambruna más fuerte que ha padecido el país, la hiperinflación más alta de la historia y una situación de violencia que hace ver a Ciudad Gótica como un paraíso.

Nada de eso lo insertaron en mi cabeza los gringos. Eso lo ha padecido mi estómago: por falta de comida o por tener que procesar tantos asesinatos. Es una lástima que mi sistema digestivo no comprenda a Marx y Lenin.

Diario en ruinas es, también, uno de los varios libros que pueden ayudar a explicar un país que parece de mentira. Desde principios de siglo, aparecieron numerosas publicaciones que, desde diferentes enfoques, dan cuenta de la destrucción a la que hemos sido sometidos. Me gustaría hacerles llegar esos registros históricos a tantos sabios de redes o a medios que permiten que sus colaboradores defiendan lo indefendible (yo creo en la libertad de expresión, pero no dejo de preguntarme si los mismos editores que publican justificaciones a la dictadura permitirían que una estrellita de su plantel alabara en sus páginas al nazismo o hiciese una diatriba contra los negros). El caso es que no puedo: la destrucción perpetrada por el totalitarismo prácticamente acabó con la industria editorial. Aunque no está de más recordar que en Internet se consiguen bastantes escritos. Sería bueno que cualquiera que pretendiera escribir sobre Venezuela los revisara antes de soltar su opinión.

Me incomoda, sobre todo, la posición tibia de los que rechazan al régimen usurpador pero ven todo a través del lente de la ideología. Ni una educación cristiana pesa tanto como una formación de izquierda. Concluí que prefiero el silencio del que se asume ignorante, que la opinión del que se cree sabio.

Leyendo el diario de Ana Teresa, me llamó la atención la gran cantidad de esfuerzos que se hicieron desde el entorno de la cultura para visibilizar los excesos de un militar que gobernó siguiendo los antojos de sus tripas. Me llamó la atención, digo, porque no es lo que más se recuerde de esos primeros años de oscuridad. Mientras miles de personas leían las reflexiones de gente como Ana Teresa, millones consumían la propaganda del Gobierno. En un país en el que el conocimiento es despreciado, la universidad un trámite para lograr un buen trabajo y el arte –con frecuencia– un asunto de élites, no es de extrañar, tampoco, que el régimen no se preocupara tanto por los escritores e intelectuales que le adversaban: sabían que la ignorancia y el desprecio estaban de su lado.

Me parece que será trabajo de las nuevas generaciones honrar la obra de quienes deben ser nuestros referentes, hacer de la literatura algo popular y lograr que leer sea un acto que trascienda el periódico. Quizás así podamos, de cara al mundo, visibilizar a nuestros talentos y evitar que, en los grandes medios, contraten a personas que no viven en Venezuela, que no han venido a Venezuela en años –o que acaso vinieron por dos semanas– para explicar lo que nos pasa.

Más allá de los tuits irresponsables de Jon Lee Anderson y Andrés Hoyos o de la ya famosa columna de Almudena Grandes, me resulta curiosa la opinión –o las palabras, los matices– de otros autores, algunos de los cuales poseedores de una obra –o prosa– que respeto y admiro. Cuando Gabriela Wiener dice, en el Diario La República de Perú, que la solución al conflicto venezolano debe “salir de sus propias tripas”, me resulta sencillo entender lo que quiere decir y hasta afirmar que me parece más o menos sensato. Hasta que recuerdo que tengo 20 años viviendo en un país progresivamente destruido, bajo el yugo de un régimen totalitario que bloqueó toda opción de disidencia y en el que el nivel de sometimiento es tan absurdo que el temor de una guerra civil resulta ingenuo: las armas están, y siempre han estado, del lado del poder. En 2014 y –sobre todo– en 2017 quedó claro que de nuestras tripas solo puede salir dolor.

¿Se imaginan que la comunidad internacional hubiese dicho no, lo que hace Hitler está mal, pero fuchi los gringos: la solución de los judíos tiene que nacer de sus tripas. Ellos solos deben resolver su problema?

Lo irónico es que en la misma columna afirma que ningún Gobierno internacional realmente siente interés en la tragedia de los venezolanos. No le pienso discutir eso, pero cuando leo cosas así, como víctima de un régimen totalitario, siento que a muchos escritores que escriben sobre Venezuela les importamos menos que a Trump o Bolsonaro.

Es curioso que, cuando se menciona el interés de tantos países de reconocer a Juan Guaidó como lo que es: presidente encargado, se piense en petróleo y no en que, por ejemplo, el éxodo de millones de venezolanos significa un problema para todo el continente: a Perú, Colombia, Ecuador, Chile, Brasil y Argentina están entrando a diario cientos de miles de personas en situación de emergencia humanitaria.

No es un asunto de gustos ni de chauvinismo: solo pido respeto para el país en el que nací, crecí, me hice hombre y en el que todos hemos despedido a tantos: algunos porque se van, otros porque no tienen cómo curarse un resfriado, varios más porque los matan.

Dentro de Venezuela hay narradores muy valiosos, que bien podrían escribir las crónicas de estos tiempos para los principales portales del mundo. Héctor Torres, Fedosy Santaella, Krina Ber, Juan Carlos Méndez Guédez o Rodrigo Blanco Calderón alguna vez han sido contactados para eso.

Y es que si lo que se quiere tener es la visión contrastada de alguien que no vive en el país, más fructífero sería pagarle el viaje de ida y vuelta a alguno de los numerosos escritores que tenemos viviendo fuera. O, sí, enviar a cualquier buen narrador para que investigue y patee las calles, pero no por una semana ni dos.

Quizá Gabriela Wiener acertó cuando –refiriéndose a numerosos políticos– decía que en realidad a nadie le importan los venezolanos: muchos medios de comunicación, periodistas, escritores e intelectuales le están dando la razón. Para ellos, solo somos una oportunidad más de usar las palabras guerra fría. O de gritar que lo nuestro no es socialismo y que los usurpadores en realidad no son de izquierda.

Mientras tanto, nosotros padecemos en primera persona nuestro Diario en ruinas. Y no dejo de pensar en la importancia de que, como venezolanos, sepamos narrar nuestra historia. Durante 20 años nos han querido imponer un relato único. Se me ocurre que la mejor forma de rebeldía es aprender a echar nuestro cuento.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

No me verás arrodillado

En esta puta ciudad
todo se incendia y se va.
Matan a pobres corazones”, Fito Páez.

 

Tengo una pesadez de mierda que me escuece los ánimos. Ayer andaba de mejor humor, pero hoy siento que las energías me las chupó un mosquito gigante. Es miércoles 27 de marzo de 2019 y estoy atravesando el segundo mega apagón de Venezuela.

Una sola expresión me viene a la cabeza: coño de la madre.

Aunque ayer nos pusieron la luz luego del mediodía, no tuve Internet. Pasé dos días incomunicado hasta que, por algún milagro en tiempos de socialismo, mi teléfono se acordó de que tiene algo que se llaman datos y decidió conectarme con el resto de la humanidad. Lo típico: panas de afuera preguntando cómo estoy, los grupos de WhatsApp del trabajo llenos de reportes de gente sin luz o Internet o ambas, gente diciéndome que ya me había enviado la crónica para que la editara y así… el mundo girando mientras te sientes secuestrado por la ineptitud de unos cobardes que hacen del miedo una forma de imposición.

Y paff: se fue la luz de nuevo.

 

Acostumbrarse es una palabra pesada. Puede malinterpretarse. Más bien, uno tiene que saber adaptarse a las circunstancias. Esto no significa que uno las apruebe, que le gusten o que se resigne a ellas: es que, carajo, el plan no puede ser sentarse a quejarse mientras se te va la vida en la inactividad.

Ya tengo tres agendas en mi mente: cosas que hacer sin luz, cosas que hacer con luz pero sin Internet, cosas que hacer cuando todo funciona de forma más o menos decente. Me estoy convirtiendo en un camaleón adaptándome al paisaje y saltando de una tarea a otra.

Ni yo ni Revista Ojo vamos a parar: nadie debe parar.

 

El cuerpo dice lo que la boca calla. Es un lugar común, ¿cierto? Pero cómo te jode este lugar común. Esta pesadez de mierda que siento es su forma de decirme “déjate de pendejadas, que sabes que esto también te afecta”. ¿Y cómo no me va a afectar? Ayer vi a mi roommate llorar desconsoladamente porque, coño, ella no nació en un país así. De mi jeva solo supe durante cinco minutos la madrugada pasada, cuando a las líneas le dio la gana de enlazarnos por una llamada en la que nuestras voces parecían robots: me dijo que tenía más de 24 horas sin luz. Mi mamá me llamó hace rato, para ver si yo podía ayudarla a hacerse una transferencia electrónica de una de sus cuentas a otra: no tiene cómo hacerlo y tampoco cómo comprar comida. Con mi hermana y abuela no me he comunicado, pero sé por mi vieja que están bien. Y de mi abuelo, el que vive en el geriátrico, ni señales.

¿Mi papá? Él sigue defendiendo a la dictadura, así que debe estar gozando de sus días enteros sin luz.

Entonces, ¿cómo no me va a afectar todo esto?

Siento que tengo un ánimo y un temple más fuerte que el de muchos, pero, carajo, jamás me había cansado tanto escribiendo dos páginas.

 

Yo sé que debería estar hablando de la gente que se muere en los hospitales por la ausencia de luz, de las personas que no tienen cómo comer, de los locales cercanos que solo aceptan dólares o de la cantidad de comida que se está dañando en un país con hambruna. Pero, afortunado que soy, esta vez no estoy padeciendo esos problemas en primera persona.

Me preocupa, más bien, cómo se resiente el ánimo tras tanto coñazo.

No puede ser que buena parte de la agenda de mi vida se esté condicionando por tantas y tan imprevisibles dificultades. De chamo jamás pensé que desearía vivir en la repetición de una rutina en la que haya más previstos que imprevistos. Extraño la posibilidad de aburrirme. Pero recuerdo lo que un escritor me dijo hace poco: “Estés donde estés tienes que hacerlo, tienes que hacer tu arte. No puede haber excusas. Tienes que hacerlo”.

Ayer mi roommate se hundía en el sofá con el ánimo de un globo al desinflarse. Sus ojos eran los ladrillos desmoronados de quien trata de levantarse una y otra vez, pero una estúpida bola de demolición insiste en golpearla. Conozco esa mirada. “Esto es un sinsentido muy grande”, gimoteó. Vi sus lágrimas y tuve un fogonazo. Recordé la semblanza que le hizo Leila Guerriero a Fito Páez:

—¿Nunca te gana el sinsentido?

—Es que vivo con él. Supongamos que se llama Jhonny Sin Sentido. Jhonny without sense. Un detective chanta. Le decís “Okey, man, not with my childs”. Y el tipo te respeta, sabe que ahí no se puede meter. Yo no quiero transmitirles a mis hijos mi conocimiento macabro del mundo de Jhonny without sense. Hablo con él en secreto. Y a la vez nos ayuda. Porque nos dice “Che, guarda, porque esto se acaba”. Yo le digo “Todo bien. Mientras tanto, no te metas con mis hijos, porque te cago a piñas”. ¿Y sabés cómo lo cagamos a piñas? Haciendo discos, tocando. Está acogotado, eh. Está agobiado.

Después, con una risa amarga, como si él mismo no creyera en lo que dice:

—Se quiere ir.

 

Ayer tuve energías para ir al gimnasio. Hoy creo que me faltará temple para eso. El cuerpo gime en silencio mientras mi cabeza se seca. Hay un ardor que me quema las manos y un desasosiego que arropa por su letargo.

Leo que el presidente Juan Guaidó convocó a una nueva marcha para el próximo sábado. Otra más. No quiero juzgarme, no quiero desistir, pero me entra una ola de fatiga en el cuerpo. Las ganas de llorar ganan paso, ¿estaré bajando los brazos?

Y algo vuelve a moverse dentro de mí. Es un engranaje que conozco. Que me salva. Que me ha salvado durante los últimos 20 años de sinsentido a los que una cuerda de malandros sometió al país.

Me siento sobre la cama. Camino hacia la computadora. Me pongo a escribir. Y es como si el alma se desperezara, como si la pesadez se diluyera entre un vigor que comienza a empujarme. Termino este testimonio (que si no llega a los lectores, al menos me sirve para espantar al sinsentido) y algo en mí, una obsesión silenciosa, me jala a trabajar, a darle, a seguir.

Edito todo lo que puedo para Ojo. Leo en Internet. Sigo, dale, vamos.

Tal vez Fito tiene razón. Un tipo cuya madre falleció cuando él tenía ocho meses, mientras que su padre se murió un año antes de que su abuela, su tía y la empleada doméstica aparecieran asesinadas. Ese mismo hombre sobrevivió a eso –y a tanto más– para escribir una obra en la que hay frases tan duras como el diamante. Para escribir, entre otras cosas, una canción en la que dice: “No me verás a arrodillado”.

Y, en medio de otro gran apagón (quizá el segundo de los varios que se avecinan), esa es una de mis pocas certezas:

No me verán arrodillado.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Dentro y fuera de la dictadura

Una mano emergió de la oscuridad del aeropuerto para saludarme.

—¿Lizandro? –preguntó, con una sonrisa.

Era el taxista al que habían encomendado llevarme desde El Vigía hasta La Fría, en Táchira, donde pasaría la noche. Era el jueves 21 de febrero, me esperaba una hora de viaje y estaba atravesando una de las semanas más importantes de mi vida.

Al día siguiente, cruzaría la frontera para Colombia.

El taxista comenzó a hablarme y yo sentí una ola mínima de miedo. ¿Qué tanto le había contado Juan Carlos, el productor que organizó el viaje, sobre mí? La primera recomendación que me dieron es que, desde que saliera de Caracas, no dijera en ningún lado que era periodista –cosa que no soy– o que trabajo en un medio o que escribo o que leo o que hago cualquier cosa que se le parezca o ay-qué-miedo-mejor-digo-que-soy-analfabeta.

La razón era sencilla: la dictadura chavista-madurista había iniciado una persecución contra cualquiera que ejerciera alguna forma de comunicación. El viernes siguiente, se llevaría a cabo en Cúcuta un concierto benéfico que buscaría intentar recaudar fondos para paliar la crisis humanitaria en Venezuela. El próximo sábado, camiones cargados de la ayuda humanitaria que ya habían donado otros países tratarían de ingresas al país. Así lo ordenó el presidente encargado Juan Guaidó. Pero las armas y las fuerzas de (in)seguridad del Estado(narco-régimen) estaban al servicio del usurpador Nicolás Maduro.

El taxista pronto se mostró como un hombre de confianza de Juan, por lo que, sin decir mucho de mí, me permití hacerle preguntas. El hombre vivía en Mérida, solía hacer mercado en Cúcuta (donde todo es más barato) y hasta se había comprado una antena de DirecTV colombiana que usaba en su casa. En Táchira y Mérida, todo el que puede cruza la frontera de tanto en tanto para sobrevivir.

—De acá mismo, de El Vigía. Vamos para… –y pronunció el nombre de un pueblito tachirense.

El guardia lo vio sin interés y le indicó que continuara el paso. Me habían advertido de la gran cantidad de alcabalas, de que debía tener cuidado. Vivir en un país como Venezuela es enfrentarse a diferentes matices del miedo: si se acerca alguien que parece un hampón, si se acerca alguien con una placa.

El taxista me comentó que su carro, como era pequeño, rara vez lo paraban. Que a los que más detenían era a los que podían transportar bidones de gasolina: la forma de contrabando más lucrativa de la frontera. Que con decir que veníamos de allí mismo e íbamos para acá cerca, todo estaría bien.

Habló como alguien acostumbrado a los juegos de palabras para despistar al poder.

Me sentí protegido.

—¿Ves esa cola de carros? –preguntó, cuando ya habíamos entrado a Táchira.

Se refería a una larga fila de vehículos (¿40?, ¿50?) estacionados al lado de una acera.

—Ajá.

—Esa es cola para echar gasolina.

Me quedé pensativo por unos segundos.

 —¿Y hasta que hora surten? –pregunté.

—Noooo. Eso es para mañana. La bomba de gasolina abre mañana temprano.

Eran las 9:00 pm.

—¡Mierda!

—Esa gente se queda ahí, pasa la noche y espera a que abran.

—Ya va, ¿y dejan los carros solos?

—Algunos se quedan dentro de sus carros. Otros le pagan a alguien para que se quede adentro.

FOTO: Ana Barrera

En la vía, aparecieron otras bombas y otras colas. Era, para mí, lo más llamativo dentro de paisajes monótonos: llenos de verde, de casuchas, de calles sin iluminación.

—¿Y es seguro pasar la noche de esa forma? –pregunté.

Él hizo un mohín con los labios. Se pasó la mano por la frente.

—Mira, chamo, la vaina aquí es así:

Me habló de los paracos. Según él, una suerte de paramilitares armados por la dictadura para tomar el control de diversos poblados.

—¿Algo así como los colectivos?

—¡Exacto!

Solo que aquí, me explicó, trabajaban de la mano con los guardias y los policías.

—A algunos ladrones hasta les han cortado las manos.

También, dijo, cobraban vacunas, perseguían a disidentes y facilitaban negocios ilegales que les convenían. Es lógico: para que el crimen organizado exista debe haber, ante todo, orden.

Dos anécdotas llamaron mi atención.

En San Antonio de Táchira, una señora acababa de cruzar el puente hacia Venezuela tras hacer mercado. Puso sus dos bolsas de tela en el suelo y se descuidó. Cuando vino a ver, le habían robado todo. Tras de ella, había una fila de chamos –de esos que pasan demasiado tiempo en la calle– que esperaban para cruzar hacia Colombia. Era obvio que había sido uno de ellos. La señora empezó a lamentarse.

—¿Qué pasó? –preguntó un paraco.

Cuando la señora terminó su cuento, el hombre exclamó:

—¡Qué vaina, vale! ¡No puede ser que le hayan robado todo a la señora! Ustedes, díganme quién fue.

Los muchachos de la cola se vieron entre sí, sin abrir la boca. El más valiente se encogió de hombros.

—Okey. Les dos 15 minutos para que aparezcan los ladrones. 15 minutos.

Los chamos comenzaron a moverse de un lado a otro. Luego de que transcurriera el tiempo señalado, los hampones seguían sin aparecer.

—Okey –dijo el paraco–, vamos a hacer esto. Señora, dígame qué fue lo que compró.

La mujer dictó uno tras otro todo lo que componía su mercado.

—Chévere –respondió el paraco–, tienen 30 minutos para, entre todos, reponerle las compras a la señora.

Y se las repusieron. O eso me contó el taxista.

En ninguna institución del país se podría observar una eficacia similar.

—Esos son la autoridad, chamo. Es mejor no contradecirlos –me dijo.

La otra anécdota resultó un poco más didáctica.

Un chico iba a cruzar hacia Colombia. Un guardia lo detuvo, le revisó lo que llevaba en la carretilla. Cuando el chico descubrió un rollo de cobre, el guardia le pidió una coima de 20 mil pesos para dejarlo pasar. El chico accedió.

—Espere –dijo el guardia, dándose cuenta de que había visto mal.

Le pidió al muchacho, esta vez, que expusiera todo el contenido de la carretilla. Entonces, quedó a la vista una cantidad de cobre muchísimo superior que la que se había mostrado en un principio.

—No, mejor deme 40 mil pesos.

En Venezuela, los alambrados de teléfono, las placas fúnebres, las estatuas: toda forma de cobre se roba y se trata de trasladar hasta Colombia, para venderla.

—¡Jódase! –gritó el muchacho.

Resultado: lo detuvieron en la sede de la Guardia Nacional Bolivariana.

No tenía ni 24 horas de haber sido encerrado, cuando una caravana de motos se estacionó afuera. Eran paracos, armados, que descargaron sus pistolas y ametralladoras contra el cielo.

—¡Tienen 20 minutos para dejarlo salir! –aullaron.

Dieron la orden de que se cerrara todo en los alrededores, rondaron el área por un rato, gritaron insultos. Los guardias permanecieron encuartelados, ni uno se asomó. Tras marcharse las motos, luego de dar el ultimátum, pasaron diez minutos antes de que se abriera la puerta del comando: el chico salió a pie, solo.

—Qué arrecho –dije–. Pero, ya va, ¿no se supone que los paracos y la guardia trabajan juntos?

—Sí, pero es cómo todo: también tienen su pique entre ellos.

Media hora antes de que llegáramos a La Fría, al hotel en el que iba a hospedarme, vimos caminar hacia una especie de estacionamiento a un puñado de adolescentes y adultos jóvenes armados. No llevaban uniformes, ni placas: eran civiles armados. Armados con ametralladoras.

 

 

Me hospedé en el mejor hotel de La Fría, un pueblo que pareciera caber en una sola calle. Pero en el restaurante se veía una que otra chiripa y había habitaciones sin control del televisor –que solo disponía de un cable operador local de 50 canales– y con el grifo de agua caliente dañado. En fin, yo esa noche solo tenía mente para lo que me deparaba el amanecer. El taxista que me trajo habló por teléfono con un militar amigo suyo y este le dijo que quizá cerrarían la frontera mañana. Yo quería cruzar a Colombia sí o sí. Por eso, junto a mi editora (con quien hablé por teléfono), traté de convencer a la taxista que me buscaría al día siguiente de que llegara lo más temprano posible. El plan era salir rumbo a San Antonio para cruzar el puente Simón Bolívar.

 

La taxista hablaba demasiado y yo tenía sueño: la noche anterior apenas pude descansar un par de horas: un poco porque no me cuesta nada tener problemas para dormir, otro poco porque cierta forma de ansiedad ganaba terreno bajo mi piel.

Solo una alcabala nos detuvo y ella le respondió al oficial que íbamos a San Antonio, que de ahí éramos.

—No, si yo he llevado a varios periodistas ya –me dijo, luego de presumir que por la ruta que llevábamos era más rápido llegar a la frontera: poco más de una hora.

—¿Qué tan difícil es cruzar el puente Simón Bolívar?

—No, como usted no lleva equipaje, sino un morral nada más, no lo deben de revisar mucho. A quienes sí revisan bastante es a quienes llevan bolsos grandes, maletas y cosas así. A usted a lo mejor le echan una revisada por encima y listo. ¿Usted lleva cámaras?

—No, nada de eso.

—Ah no, pues súper fácil, entonces. Usted sabe: discreto, bajo perfil y listo. A los que llevan cámaras, laptops y, usted me entiende, equipos electrónicos, a veces se los quedan los guardias.

Viajaba en el asiento de atrás. Traté de seguir durmiendo.

—En este hotel –me señaló uno cuando ya estábamos llegando–, se alojaron varios periodistas. Pero tuvieron que irse: ahí también se alojaba el FAES.

Hurgué en mi morral, di con mi chaqueta impermeable; la desenrollé, saqué la funda de mi smartphone y encendí el teléfono. Necesitaba avisarle a mi primo, residenciado en Cúcuta, por dónde iba. Él me iba a esperar en el comienzo del puente, del lado de Venezuela.

Dos formas de inseguridad me llevaron a tener bien oculto mi celular. La primera, el hampa común. La segunda, que en una alcabala a un guardia o policía se le antojara hacerme una revisión a fondo. Aunque cumplí con todas las recomendaciones de seguridad digital, había un par de grupos de WhatsApp susceptibles a pasar con frecuencia información que me podía meter en problemas: en problemas con la dictadura.

Bajé del taxi y caminé hasta el Movistar en el que Michael dijo que lo esperara.

 

Vivo en Caracas. Eso significa que tengo bien desarrollados mis sentidos para identificar riesgos y posibles agresores en la calle. Ser caraqueño es hacer de la paranoia un estado habitual.

Todas mis alarmas se encendieron mientras esperaba.

Grupitos de personas, de esas que te hacen acelerar el paso si las encuentras en un callejón, ofrecían pasar al otro lado a cualquiera que no tuviera papeles o cargara encima algo ilegal. Varias veces se me acercaron, como felinos rondando su presa, a ver qué necesitaba, qué hacía ahí parado como a la deriva.

—Todo bien, mi pana –dije a uno de los más insistentes.

—Todo no está bien –respondió.

Me tensé, listo para actuar.

—Si todo estuviera bien –agregó el flaco descamisado de cara sucia– no te estuvieras yendo del país, ¿no crees?

Sonreí.

—Ando de visita.

Después de 40 minutos –en los que vi un amago de pelea, un grupo de personas gritando Maduro para que otros respondieran coño e’tu madre, y mucho tráfico de gente–, juzgué que lo mejor era cruzar el puente y tratar de comunicarme con mi primo, con quien solo podía hablar por WhatsApp, desde Cúcuta.

FOTO: Carlos García Rawlings – Reuters

Atravesar el Simón Bolívar fue fácil. Me pareció rápido. Nadie me detuvo, nadie me revisó. Centenas de personas entraban a Colombia. Era evidente que muchas iban al concierto. Los controles fronterizos, de los que tanto me advirtieron, fueron más bien blandos.

Al llegar al otro lado, me di cuenta de mi error: el despelote y la gran cantidad de gente con la que me conseguí no se diferenciaba en mucho de la que me había motivado a moverme hacía rato. Vi una agencia de viajes, entré y usé cualquier cosa como excusa para sentarme, pedir la clave del wifi y sacar el teléfono.

Me fue imposible conectarme a Internet. Luego de unos 15 minutos de vueltas, espera y ansiedad, crucé de nuevo hacia Venezuela.

Esta vez sí me detuvo un GNB.

El hombre me pidió que abriera el bolso y empezó a revisar. Temí que dañara una bolsa de cazabe que llevaba, mientras trataba de verificar que, en efecto, era cazabe. Pero el micro paro cardiaco lo tuve cuando comenzó a desenrollar mi chaqueta impermeable.

—¿Un teléfono?

—Ajá.

Verificó y lo volvió a guardar.

Casi le di las gracias por no robarme.

 

Vi harinapan por primera vez en ocho meses. Era de Polar, sí, pero con precio en pesos. Curioseé las chucherías del abasto: había Pingüinitos. Pensé en mi infancia y en las tantas cosas que la dictadura nos quitó. Mi primo terminó de comprar y caminamos hacia su casa.

Di con él luego de que entrara a una tienda, en San Antonio, sacara el smartphone y me entrara una llamada suya de la calle. Para esa gracia le hubiese dado mi otro número y listo. El caso es que, al cruzar nuestros relatos, es probable que hubiésemos estado esperándonos a menos de 20 metros de distancia todo el tiempo: él viendo hacia las calles de San Antonio, creyendo que vendría de allí; yo, hacia el puente, creyendo que él aún no lo había cruzado.

Asimilé que estaba fuera de Venezuela cuando, en el centro de Cúcuta, tantas personas exhibían sus teléfonos en la calle. Mis antojos, entonces, se alborotaron.  ¿Sería posible que en alguna parte del mundo comer en McDonald’s fuera barato y rico? Después descubriría que el McFlurry colombiano era más pequeño y llevaba menos sirope que el de Venezuela. No se imaginan mi decepción.

Corrimos a buscar nuestras acreditaciones y nos dirigimos, en taxi, a Tienditas, donde ya estaba arrancando el concierto benéfico organizado por Richard Branson. Lo más resaltante de mi experiencia en el evento lo resumiría luego en Hay militares que no golpean. Acaso, me faltó resaltar una escena que compró vivienda propia dentro de mi cabeza. Alejandro Sanz, guitarra en mano, diciéndonos: “Que nadie les robe el relato de su libertad, que es suya y de nadie más”.

Que nadie nos robe el relato de nuestra libertad.

 

FOTO: Michael Martínez

Desperté 30 minutos más allá de lo planificado. Sentía el dolor de una resaca y eso que lo más heavy estaba por venir. Mi primo aún dormía: le pedí a uno de sus niños que lo despertara. Intercambiamos miradas como reconociendo las lagañas de nuestras almas. Él, dijo, quería seguir la convocatoria oficial e ir a Tienditas, donde habría rueda de prensa. Yo leí en Twitter que en el puente Simón Bolívar había movimiento y sospeché que allí habría acción. Decidimos separarnos.

Lo que hasta ese entonces estaba siendo una experiencia importante evolucionaría hasta convertirse en una de las vivencias más significativas de mi vida. Cualquier cosa que diga sobre ese histórico 23 de febrero sería redundar en lo que ya escribí: Esos policías tienen ganas de llorar.

Tal como seguro le hubiese gustado a más de un funcionario, en plena confrontación me permití dejar salir las lágrimas un par de veces. Jamás me había sentido tan superado por los momentos.

Cansado, con el hedor a lacrimógena pegado al cuerpo y un sudor lleno de tristeza, me fui hasta Tienditas. Eran más de las siete de la noche y ahí daría Juan Guaidó una nueva rueda de prensa.

El espacio se fue llenando de a poco: bastante tuvimos que esperar los medios presentes. Un arsenal de cámaras de televisión, todas internacionales, apuntaban hacia el atril. Cuando se le preguntaba a los medio de afuera cómo les había ido, estos sonreían complacidos por todo el material que habían capturado. Cuando nos preguntaban a algún medio venezolano cómo nos había ido, el semblante sombrío dejaba entrever que las siluetas de los camiones de medicinas quemados por la dictadura habían dejado sus cenizas sobre nuestros corazones.

 

FOTO: Michael Martìnez

¿Todo había acabado? Era la sensación que tenía en la mañana del domingo 24: que solo quedaba escribir, enviar los trabajos y listo. Solo me preocupaba el cierre de la frontera, también por parte de Colombia, para los siguientes dos días. ¿Cómo iba a hacer para salir de Cúcuta?

La frontera colombo-venezolana es la más fácil de atravesar de forma ilegal. Abundan las trochas y los llamados trocheros, quienes viven de trasladar a personas de uno a otro lado. Incluso, cuando la frontera está abierta, ellos se lucran movilizando gente sin papeles, productos prohibidos y hasta carros. No es seguro, no es recomendable. Es como la comida chatarra: sabes que no está bien, sabes que su consumo sostenido te puede enviar a la tumba, sabes que no es una solución a largo plazo. Pero cuando hay hambre, hay hambre.

Ir hacia Bogotá y tomar un vuelo internacional hasta Maiquetía no era una opción: faltaba dinero. Y lo que más me asustaba eran los ecos que llegaban desde San Antonio. El domingo en la mañana, Iris Valera, adepta al chavismo, se paró en el puente de Tienditas, del lado venezolano, junto a colectivos. Hombres, civiles, armados. La foto era el resumen de lo que devino el chavismo: una organización criminal. Iris estaba ahí para amenazar, para amedrentar: para insinuarnos lo que podía pasar si los venezolanos decíamos volver a Venezuela a ejercer nuestros derechos constitucionales.

Para mostrarnos la diferencia de vivir en democracia y en dictadura.

Se decía que San Antonio estaba tomado por colectivos, que saquearon el pueblo y que pasaban por algunas casas para obligar a las personas a marchar a favor del usurpador. La vigilancia, decían, era férrea: como tener a un hampón observando la puerta de tu casa día y noche. Varios venezolanos con familia en Cúcuta, y que trabajaban en Colombia, prefirieron traer a sus familias a territorio democrático.

Los trocheros, en La Parada (donde inicia el puente Simón Bolívar en Colombia), parecían moscas buscando dulce. Si te bajabas de un autobús, te perseguían ofreciendo sus servicios. Yo traté de mimetizarme con el ambiente y logré conversar con trocheros más discretos, con vendedores ambulantes, con personas para las que estar ahí –para las que ir y venir– era un acto de supervivencia cotidiano.

Casi todos me trasmitían lo mismo: solo cruza el que tiene necesidad. Si no es urgente, ¿para qué?

Recordé a los colectivos que, el día en el que hasta los policías tenían ganas de llorar, estuvieron en el puente tomando fotos. Recordé sus cámaras enfocándome. Y rememoré el instante en el que me paré al lado del diputado José Manuel Olivares y diferentes televisoras del mundo también recogieron mi imagen. ¿Estaba paranoico? Sí: yo crecí con el chavismo.

La trocha más segura era la del Puerto Santander, a través de la cual se llega a Ureña. El detalle estaba en que Puerto Santander queda a hora y media de Cúcuta. Y era recomendable cruzar ese paso temprano: a las 2:00 pm, como tarde.

Es, me decían, territorio de guerrilla.

 

En Colombia me sentía seguro, sentía que podía hablar sin mirar a los lados. La idea de volver a Venezuela se configuró como un miedo denso que lograba observar a la espera de que disminuyera. La posibilidad de que me pasara algo cruzando una trocha me tensaba los hombros: jamás había sentido tanto rechazo hacia los policías, guardias y militares venezolanos. Un ratero me podía robar las pocas cosas que cargaba. Un funcionario podía destruirme la vida.

Salí del terminal de autobuses –en el que me tentó un pote de nutella a un precio ridículo, en comparación al costo en Venezuela– hacia Puerto Santander. En algún momento, el paisaje se llenó de un verde que me insufló algo de paz. Dormí. Cuando abrí los ojos, aún faltaban varios minutos.

Una vez se hubo estacionado el autobús, unos ocho trocheros se abalanzaron sobre quienes nos apeábamos. La ignorancia suele ser costosa y yo escogí uno que me cobró 20 mil pesos. Un venezolano que se ganaba la vida así.

—Del otro lado tengo la moto para llevarlo adonde le haga falta.

No sabía que, una vez cruzado el río, era necesario trasladarse tanto. Pero en fin. Mientras menos ignorante me mostrase, mejor. Solo rechacé su ayuda cuando se ofreció a cargar mis cosas.

Zigzagueamos casas, hablamos de fútbol (no sé si es que tengo un cártel en la frente, pero esas conversaciones me persiguen) y luego de 10 minutos llegamos al río. Nos subimos a una curiara. El trochero le pagó al conductor dos mil pesos: mil por él, mil por mí. Y este comenzó a remar.

En 30 segundos –30 segundos– llegamos a la otra orilla.

¿¡Para eso me cobró 20 mil pesos!?

—Aquí tengo la moto, para llevarlo –apuntó con los labios.

Y pensé: okey, es ahora cuando va a justificar mi inversión.

El río tenía menos de un metro de profundidad. Decenas de personas hacían el trayecto de uno a otro lado en las pequeñas embarcaciones: algunas con muchas maletas y paquetes. En la orilla venezolana, la mayoría comenzaban a caminar sobre la vía de tierra, rodeada de maleza de más de dos metros.

El trochero me llevó a un área delimitada con un mecate amarrado de varios árboles: un estacionamiento. Tomó una de las varias motos que estaban detenidas, le pagó al dueño-cuidador-vigilante-queséyo de esos vehículos y me invitó a subirme de parrillero.

En tres minutos llegamos al comando de la GNB, que colinda con una placita. Ahí me buscaría un taxi que ya había cuadrado todo con mi editora para llevarme a La Fría.

Eso fue todo. 20 mil pesos por 30 segundos en curiara y tres minutos en moto. O sea, bien pude haber pagado solo los mil que cobraban los barqueros.

20 mil pesos.

Hubiese comprado la nutella.

 

El alivio. El tenso alivio. Lo más riesgoso había pasado: crucé la trocha. La normalidad, entonces, volvía a mi vida: la paranoia, el miedo, el desconfiar de cualquier uniformado.

Me pareció curioso que, del otro lado del ilegal paso fronterizo, hubiese un comando de la GNB. Frente a él, y a funcionarios aburridos, pululaban taxistas y autobuseros que promocionaban destinos a La Fría, El Vigía, Mérida y hasta Caracas. Uno me ofreció movilizarme por Venezuela sin pasaporte.

—Chamo, ¿qué hay aquí para entretenerse? –pregunté al taxista cuando se estaba estacionando frente al hotel en el que pasaría la noche, el mismo de la otra vez: el de La Fría.

—¡No joda! ¡Esto es un pueeeeblo! Bueno, por ahí hay un cyber, para pasar las horas.

En la recepción, me preguntaron si ya yo me había hospedado antes ahí.

—Sí.

—Es que aquí está tu ficha –explicó la recepcionista.

Tras de ella, había un cartel en el que se informaba a todos los huéspedes que por orden de la Guardia Nacional, la Policía Nacional y el Sebin, todos debían identificarse, dar su número de cédula, decir de dónde venían y adónde iban.

—¿Profesión?

—Entrenador –respondí.

 

El vuelo desde La Fría a Maiquetía fue tranquilo. Aunque se retrasó 30 minutos. Solo hubo un instante destacado. Cuando estaba pesando por el detector de metales, un funcionario de la GNB, del comando antidrogas, pidió revisar mi bolso. Yo iba entre dos reporteros, que trasladaban sendas cámaras en sus bolsos.

—Usted también es reportero, los tres son reporteros, ¿verdad? –dijo uno de los empleados que ayudaban en el detector de metales.

—No, no. Yo ando solo, no ando con ellos –expliqué.

Minutos atrás, había desayunado cerca de muchos guardias, mientras en el televisor el canal Caracol mostraba imágenes de la represión del sábado pasado.

El tipo del comando antidrogas abrió mi bolso y, aunque no dio con los dólares que siempre trasladé de forma celosa por todo el país (como quien trata de introducir droga a una penitenciaria), sí encontró un souvenir de mi aventura: la credencial de prensa del concierto.

El hombre no se detuvo mucho en ella y me invitó a continuar.

Respiré aliviado.

Cuando –tres horas después– llegué a casa, sentí cómo se descomprimían mis hombros. Lo había logrado. Pero me asaltó una confusión: ¿cuántos venezolanos salen de un país secuestrado y luego se esfuerzan tanto para volver a él? Pensé en Rafael Cadenas: “No se puede escribir una sola cosa verdadera sin haber estado en el infierno”. Entonces, recordé los verdaderos motivos de mi aventura, de mi vida.

Me senté a escribir.

 

Por Lizandro Samuel  | @LizandroSamuel 

#ConstruyendoPaís: Recuperar la Concha Acústica de Bello Monte

Dicen que la Concha Acústica de Bello Monte albergó conciertos legendarios. En Venezuela –en Caracas, sobre todo– hemos perdido el peso de la tradición: el régimen que secuestró al país resultó tan devastador que hasta las personas, emprendimientos y espacios consolidados se vieron afectados: los que no desaparecieron, se deterioraron o huyeron. Bueno, algunos aún resisten cómo pueden. Tan faltos de misticismo estamos que, hace poco, unos estudiantes de Comunicación social recibieron con desdén que El Nacional dejara de circular en impreso. La imagen que estos centennials tienen de este mítico periódico es la paupérrima versión que hoy circula en la web. Así de ingenuo, supongo, me veía yo en diciembre de 2018 cuando contenía mi emoción por, al fin, presenciar un concierto en la Concha Acústica. El plato fuerte era Desorden Público, pero también estarían Los Javelin, Nomásté y Los Pixel. Una pena, supongo, que no se llenaran las gradas. Aunque debo precisar que a medida que fue llegando la noche más personas se sumaron a lo que resultó una suerte de feria y concierto. Si querían recuperar un espacio –volver a darle un uso artístico/comercial– esa fue la mejor forma.

Desde temprano vi entre los puestos de comida a Danel Sarmiento, baterista de Desorden Público y miembro de Bajo el Árbol, iniciativa que organizó el concierto denominado Navidades Desordenadas. Bajo el Árbol vio luz en 2018 y se encargó de ofrecer arte, diseño y comida a los caraqueños que pudieran acercarse a sus actividades. El nombre del emprendimiento es de lo más seductor: en una ciudad que los malandros usurpadores han querido condenar al gris, ellos recuerdan que vivimos bajo el Ávila y producen ideas y diversión como quien siembra árboles. No confundamos con mero entretenimiento lo que es una de las formas más inteligentes de construir país.

El concierto estuvo bien. Los Javilin nos despertaron, pero las niñas de Nomásté –a quienes tuvimos en El Futuro Promete– nos agarraron por los cabellos y nos montaron en una absoluta vibra de disfrute. Lo que me gusta de estas chicas es que no ofrecen esa sensación de distancia que tienen ciertas agrupaciones. Parecen colegialas jugando en casa de sus amigas. Pero su mensaje es poderoso. Que un país machista vea surgir tanto talento condensando en una banda de ska compuesta por muchachas que rondan los 20 años resulta alentador. Sin duda, El Futuro Promete.

Y hablando de la falta de referentes, luego salió a escena Los Pixel, la banda de Pablo Dagnino. Alguien me preguntó que quién eran ellos. Y no fue sino hasta que, desde el público, un coro de hombres canosos y barrigones comenzó a gritar “¡Sentimiento muerto, Sentimiento muerto!” que la pregunta se respondió sola. El arte, en Venezuela, necesita ganar espacio y popularidad. Extraviados en lo mainstream y meramente comerciable, nuestros referentes artísticos muchas veces pasan desapercibidos y resultan desconocidos para las nuevas generaciones. Algún día veremos al pasado y nos resultará escandaloso que hiciésemos más famoso a un político que un músico o que a un escritor.

Por cierto, el único bróder de Zapato 3 que está en Venezuela se sentó al lado mío y conversamos un poco. Debo ser honesto: no lo reconocí.

Así me va.

Cuando Desorden Público salió a la tarima todo fue delirio. Era la tercera vez que los escuchaba en vivo y debo decir que fue, también, el concierto más relejado que he presenciado de ellos. La consigna parecía ser cerrar el año de la mejor manera, sin tanta confrontación hacia el poder y sin volvernos locos: celebremos que estamos juntos y vivos esta Navidad, parecían decir con cada acorde.

Pues el mensaje llegó. Al menos a los que asistimos. ¿Cuántos de los caraqueños podían pagar una entrada a ese costo? Lo peor del caso es que, al cambio en dólares, el monto del boleto resultaba mínimo: es probable que tanto los organizadores como Desorden Público estuvieran trabajando a pérdidas. O, mejor dicho, renunciaran a un porcentaje de dinero en beneficio de algo invaluable: sembrar esperanza.

Casi al terminar el concierto, se rifó un pasaje para Colombia. La mujer que lo ganó estalló en llanto: al fin podría visitar a su hijo. Hace 20 años, en los conciertos se rifaba placer y recreación. Ahora se ofrece solidaridad. Los tiempos han cambiando. Espero que los venezolanos, también.

La cosa terminó con civismo y elegancia. Los edificios cercanos, que, según me contaron, alguna vez se quejaron del ruido que se hacía en la Concha Acústica, es probable que lejos de molestarse se encontrasen contentos: ¡al fin la música volvía a Bello Monte! A veces me consigo con personas que extrañan a la Venezuela de antes. A mí eso me preocupa un poco: ¿si lo de antes era bueno cómo se llegó a algo tan malo? El último álbum de Desorden se llama Bailando sobre las ruinas. Hoy lo que abundan en el país son escombros. Cuando todo pase, estaremos bailando sobre ellos y un fogonazo de esperanza nos atravesará: tendremos la posibilidad inédita de construir desde los cimientos un nuevo país.

En una sociedad que ahora vive arropada por el miedo a edificios gigantez –con logotipos oficialistas– en los que se tortura y se mata, somos muchos quienes queremos estar Bajo el Árbol.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

No más apologías a la juventud

La apología a la juventud me aburre. Me parece tan lamentable como quien desecha a los ancianos por ser ancianos. Cuando en una conversación con Pep Guardiola, organizada por un banco español, David Trueba dijo que “los jóvenes están sobrevalorados”, sentí que alguien le daba forma a mis ideas. ¿Qué mérito hay en ser joven? Ninguno. En ser viejo tampoco, pero al menos está claro en que la persona en cuestión se las arregló para sobrevivir por un buen puñado de años. Esa tendencia a sentirse importante por estar saliendo de la adolescencia, para mí es un sinsentido tan grande como creer que una raza o una nacionalidad es superior a la otra.

El optimismo con el que se sentencia que “los jóvenes son el futuro” me parece chocante. Cuando la pronuncia un joven, pienso: ¿sabrá que durante 2019 años todas las generaciones dijeron exactamente lo mismo y, por lo que sé, el mundo sigue bastante enfermo? Cuando la pronuncia alguien que ya no se siente joven, pienso: ¿qué le da derecho a cargar en otros la responsabilidad que él ya no se atreve a asumir? En ambos casos, el estómago se me revuelve: que el mundo mejore es algo que depende, por igual, de todos quienes hoy estamos vivos. O eso creo.

Hace tiempo se viralizó una nota sobre el biólogo colombiano Humberto Maturana. En una conferencia, declaró: “Los niños, niñas y jóvenes se van a transformar con nosotros, con los mayores, con los que conviven, según sea esa convivencia. El futuro de la humanidad no son los niños, somos los mayores con los que se transforman en la convivencia. Nosotros hoy somos el futuro de la humanidad. Los niños se transforman con nosotros. Van a reflexionar, van a mentir, van a decir la verdad, van a estar atentos a lo que ocurre, van a ser tiernos, si nosotros los mayores, con los que conviven, decimos la verdad, no hacemos trampa, o somos tiernos”.

Si la discusión pasa a términos económicos, conviene recordar que estadísticamente la población más productiva tiene entre 30 y 50 años. Personas que todavía vivirán entre tres y cinco décadas más. Son ellos, en su mayoría, quienes controlan el motor económico de los países, ocupan cargos políticos y las sillas de mayor peso dentro de las empresas. En teoría –y solo en teoría– son quienes tomarán decisiones más transcendentales. El mañana, visto en perspectiva, podría depender más de ellos que de cualquier adolescente que se crea importante. O al que quieran endilgarle un peso que no le corresponde cargar.

Los prejuicios sobre la edad me fastidian. En la historia hay tantas personas exitosas de 20 años, como de 40 y 70. Así como muchos que destacaron a lo largo de toda su vida. Enaltecer cualquier etapa sobre las demás, se me antoja tan ingenuo como pretender evaluar la calidad profesional de una persona fijándose en su género, nacionalidad o raza. He conversado con chamos de 15 años que se pavonean hablando de sus cualidades y de lo que les depara el futuro. Exigen que el mundo sea más benévolo para con sus intereses, pues “el mañana depende de ellos”. También, me he topado con personas de cabello blanco, sin muchas lecturas encima, poca actividad profesional y que ningún esfuerzo han hecho por actualizarse, pero hablan como si su palabra fuera ley, “porque estas canas no han sido de gratis”.

Me parece, y cada día me parece más, que hay que tener mucho cuidado con sentirse importante o especial. Con creerse inteligente o digno de honores. Creo, y cada día lo creo más, que esas cosas hay que demostrarlas en vez de repetírselas a los otros. La calidad de las acciones es el argumento más contundente.

De resto, quizá convenga tener presente una frase de Manuel Vázquez Montalbán: “¡Joder con la nueva generación! Son como nosotros”.

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

“¡Escucha, Guardia; oye, Sebin: esto se cae como el Muro de Berlín!”

La gente de Sabana Granda lo sabe:

 —¡Maduro! –gritan.

—¡Coño e’tu madre!  –responde un coro de personas.

En Sabana Granda hay (casi) de todo: indigentes, vendedores ambulantes, transeúntes. Los dos primeros entienden la dinámica social que están viviendo: ven pasar gente que, desde lejos, se sabe que van a la concentración convocada por el presidente encargado Juan Guaidó. Y, con el olfato que solo tienen los que huelen la calle todos los días, gritan:

—¡Maduro!

Lo hacen para divertirse, quizá para desahogarse, para tener con que justificar la risa que soltarán luego. Pero, sobre todo, lo hacen porque saben que las personas –cualquier tipo de persona, al menos ocho de cada diez venezolanos, dicen las encuestas– responderán a todo pulmón:

—¡Coño e’tu madre!

Y la realidad no los defrauda: los escritores e intelectuales de izquierda del mundo deberían hablar con los mendigos y vendedores ambulantes de Caracas: ahí tienen más respuestas a lo qué pasa en el país que en sus teorías anacrónicas.

Son más de las diez de la mañana del dos de febrero de 2019 y esto no se parece mucho a la convocatoria hecha para el pasado 23 de enero. No se parece, digo, porque noto demasiados negocios abiertos y semblantes muy relajados. El pasado 23 de enero, muchos teníamos la esperanza de que sucediera lo que al final pasó: Juan Guaidó se juramentó como presidente encargado de la República de Venezuela. Entender que eso era una posibilidad activó las alarmas internas de muchos; todos sabemos que los usurpadores no son políticos: son malandros. Y de los malandros solo se puede esperar odio y represión, como en efecto ocurrió parcialmente en algunas zonas y con especial saña en los sectores populares.

Pero hoy es dos de febrero y los venezolanos hemos recuperado la palabra presidente: ya no nos da vergüenza ni asco. Hoy es dos de febrero y, en diez días, hemos visto tantas noticias –las de un presidente encargado gobernando, y la de un usurpador dando pataletas de ahogado–, que es como si supiéramos no que todo está bien, sino que vamos bien.

La vida sigue su curso mientras millones resistimos desde la cotidianidad.

Veo locales abiertos, dije, y cuando llego a Chacaíto noto también las caras de los funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana. Me suele resultar impactante ver a los ojos a funcionarios por el estilo antes de las manifestaciones o, incluso, cuando están haciendo cualquier cosa menos reprimir. Descubro que son humanos.

Una policía carga un espejo portátil y se ve en él con la coquetería de una miss antes de salir a desfilar. Es guapa y se pinta los labios de rojo para hacerlos más provocativos, supongo. Tanta vanidad me produce una disonancia cuando detallo su cuerpo embutido en un uniforme militar. A menos de 20 metros, un corro de funcionarios –cascos, escudos, botas– gesticulan con intensidad y se tocan entre ellos cuando pronuncian frases contundentes: no estoy seguro, pero parece que hablan de deportes. Más allá, dos policías jóvenes miran pasar a las personas con cara de fastidio, con la expresión del que durmió poco y qué ladilla tener que trabajar tan temprano.

No me queda duda: son personas.

¿De dónde viene, entonces, la saña para reprimir?

Por una calle que tránsito con frecuencia, desde hace meses se instaló un punto de la PNB. Viven ahí. A veces, se han sentado al lado mío, en el mismo local que yo, a desayunar. Hacen chanzas con los mismos dueños con los que yo hago chanzas. Los hombres hablan de mujeres, las mujeres hablan de los hombres. Todos hablan de que la cosa está dura.

Descubrí, gracias a eso, algo que ya sospechaba y que hoy dos de febrero certifico: no se diferencian demasiado de mí.

Con la salvedad, claro, de que muchos de ellos han agredido, reprimido y asesinado a civiles que solo querían democracia.

¿Por qué?

Atravieso los diferentes grupos de la PNB que hay en Chacaíto y comienzo a bajar hacia Las Mercedes. ¿Algo destacado? No vuelvo a ver a más funcionarios. En cambio, la avenida principal de Las Mercedes se va llenando como un cuenco sobre el que se vierte esperanza. No me digan (detesto las apologías a la juventud) que aquí están solo los jóvenes que quieren –queremos– un mejor país. No estamos solo nosotros: abundan –y quizá son mayoría– los cabellos blancos y las arrugas: los viejos. Veo parejas, que parecen cuarentones, caminar de la mano. Carteles que dicen fuera Maduro, que piden el retorno de la democracia, que se lamentan del socialismo, que anhelan que al país retornen los que se fueron. Escucho consignas. Un hombre está arrodillado, frente a una lámina de papel bond blanca colocada sobre el piso, que dice cosas contra la dictadura y a favor de las elecciones libres, rezando. Las personas se detienen a tomarle fotos.

—¡Maduro!

—¡Coño e’tu madre!

Si hay un grito que unifica a los venezolanos es ese. Aquí hay variedad –veo leggins gastados, y también zapatos que intuyo que costaron unos 50 dólares; veo rubias falsas con tetas infladas, y también franelas con huequitos y dientes cariados–, se nota la representación del amplio abanico de la venezolanidad: lo que no se ve es miedo. Ni represores.

No sé a ustedes, pero a mí me huele a esperanza.

Guaidó

Miguel Gutiérrez – EFE

Cuando me voy acercando a la tarima, recuerdo algo que había olvidado: soy medio demofóbico. El tráfico se tranca: estamos más pegados que en una fiesta de reguetón. El sol hace de las suyas y ya no sé cómo apañármelas para acercarme a la tarima: no solo estoy mostrando mi apoyo al Gobierno legitimo, también estoy trabajando. Déjenme pasar, permiso, disculpa. Poco a poco sigo avanzando, pero se hace cada vez más difícil. Veo entonces a un grupo de personas que se acercan enarbolando un maniquí, vestido al más puro estilo del #GuaidóChallange, y seguidos de una gorra gigante de plástico –aquél símbolo que popularizara Henrique Capriles en sus elecciones contra Chávez y, luego, Maduro–. La multitud, cómo puede, las abre paso: es mi momento. Avanzo unos metros hasta que todo se vuelve a complicar. Me seco el sudor. Veo que viene una virgen –no sé cuál, tampoco me importa: sueño con una democracia laica, por favor– y, de nuevo, algunas personas se separan unos centímetros para que la procesión logre llegar adelante. Aprovecho. Gracias a todo esto consigo una ubicación aceptable: entre una madre con su hija preadolescente –a la que tendré que darle mi único caramelo cuando se sienta mal– y un chamo al que tanto calor y multitud lo harán marearse. Frente de mí, un grupo de muchachos beben aguardiente (son las 11 de la mañana, carajo) y se ríen, pero lo que más hay a mí alrededor son canas y arrugas. Y chistes sobre el país que, por una brecha generacional muy fuerte, se me escapan.

Esperamos.

La convocatoria de hoy tiene un propósito claro: agradecer a la comunidad europea su apoyo y solicitar el de aquellos países que se equivocaron o que se han tardado. Antes de empezar con las breves intervenciones, una voz en off nos pregunta si estamos listos para la Venezuela que vendrá. Gritamos que sí. Una pantalla, entonces, comienza a reproducir un video en el que se ven diversos periódicos –del país y del mundo– con fecha de 2019; 2020 y 2021, titulando cosas como vuelve la democracia a Venezuela, liberan a los presos políticos, la UCV lidera ranking mundial de universidades, Maracaibo tiene el hospital más moderno del planeta, Venezuela tiene la inflación más baja de la región, Caracas es la ciudad más segura de Latinoamérica y pare usted de desear.

Es un montaje de la esperanza. Me descubro, paralizado, con lágrimas en los ojos.

Vivir este momento, esta energía, es casi un privilegio.

Rugimos: nos sacudimos el calor, los mareos, la incomodidad. Rugimos. La pantalla muestra ahora toda la avenida principal de Las Mercedes: está llena.

Volvemos a rugir.

Hablan los representantes de la comunidad de italo-venezolanos, el de la hispano-venezolana, los de la luso-venezolana, la de la germano-venezolana y llega el turno del de los (ehm, ehm) descendientes de holandeses. Cuando el hombre está hablando, la multitud gira su cabeza hacia atrás. No entiendo qué pasa pero es mejor seguir la corriente. Ignoramos al hombre con la franela de fútbol de la selección de Holanda, que está sobre la tarima. Al lado mío pasan dos jóvenes haciendo un trensito, bailando, diciendo:

—Viene el presidente, viene el presidente.

Se hace un intento de pasillo. Y de repente aparece Juan Guaidó. Gritos, locura: personas que quieren tocarlo, agarrarle la mano. Su equipo de seguridad casi que lo empuja rumbo a la tarima. Hasta que no suba, nadie querrá volver a escuchar al holandés-venezolano.

Reuters

Luego, el acto continúa. Se ve a diversos representantes de casi todos los sectores de la otrora oposición. Juan Guaidó en el medio: como símbolo de unidad.

Cuando llega su turno, hace los anuncios respectivos: llegará la ayuda humanitaria, iremos todos juntos a recibirla, hay un general que ya se acogió a la ley de amnistía, en Lara funcionarios se negaron a reprimir, vendrán más movimientos de calle. Hace las explicaciones pertinentes: esto no es un golpe de Estado, Venezuela quiere que vuelva la democracia, fuera el usurpador…

—¡Maduro! –grita alguien entre el público.

—¡Coño e’tú madre! –ruge la multitud.

Guaidó hace una pausa. Sonríe:

—Es provocativo –concede, antes de proseguir.

El retorno es sencillo, sin obstáculos y con varios vendedores de chucherías en el camino. Hasta hay un tipo que ofrece camisas y gorras con el #GuaidóChallenge. Carajo, aquí nadie pierde el tiempo. Pero lo realmente llamativo es que las personas fuimos, nos concentramos, escuchamos a los políticos, al presidente; dijimos lo que queremos –cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres– y ahora nos vamos: sin esquivar perdigones, sin oler gas lacrimógeno, sin escondernos.

Algo está cambiando. Y en los diferentes comercios de Las Mercedes lo saben: casi ninguno cerró.

Por cierto, hoy se cumplen 20 años de la primera vez que Hugo Chávez tomó posesión. Nadie habla de eso, pocos lo recuerdan. Ese es su legado: una país destruido, una población harta. Esa es su condena: perder el protagonismo por el que tanto luchó.

Algo está cambiando.

Tengo debilidad por los rituales colectivos. Los partidos de fútbol, los conciertos, los espasmos de una lectura pública bien hecha. Aunque medio demofóbico y amante de la soledad como motor creativo y del desarrollo personal, esos momentos en los que una multitud se conecta me estremecen: son experiencias espirituales que trascienden la individualidad. Si no has gritado gol con otras 40 mil personas, o movido tus brazos al ritmo de un cantante mientras entonas una canción que le quita cadenas a tú alma, hay una parte de la vida que no has saboreado: la de sentirte parte de.

Por primera vez, me siento en sintonía de algo tan grande: del descontento de más de 25 millones de venezolanos que pedimos –como se grita un gol en un estadio– cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres.

 Me siento un poco menos raro dentro de mi país: al fin me siento parte.

Cuando camino a la altura de Chacaíto, donde siguen apostados los funcionarios de la PNB, un grupo de veinteañeras –quizá de menos edad– pasa a mi lado:

—“¡Escucha, Guardia; oye, Sebin: esto se cae como el Muro de Berlín!” –cantan.

Y lo repiten una y otra vez. Y lo gritan con más fuerza. Somos varios –los rostros nos delatan– los que sentimos el corazón alertarnos: ¿¡qué están haciendo!? Volteo, a ver si esas niñas tienen algún tipo de protección tras de sí. Nada. Hasta pienso si debo detenerme en seco, porque una parte de mí razona –por la experiencia– que mínimo se aproxima una halada de cabello. Pero nada sucede. Las niñas siguen gritando, siguen cantando. Y entonces, entiendo, sí hay algo que las protege: la Constitución, el anhelo por la democracia y los corazones de más de 25 millones de venezolanos, del 80% del país.

Ellas cantan. Y los policías se enderezan a su paso. Todos las ven. No con rencor, rabia o desprecio: las ven con una mueca cercana a la confusión.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

House of Cards: cuando la realidad atrofia la ficción

Con un dejo de broma, suelo preguntarme en voz alta si Kevin Spacey de verdad actuaba cuando interpretaba a Frank Underwood en House of Cards. No solo por el nivel de su performance, sino porque el papel de hijo de puta siempre le queda tan bien que pone a uno a dudar de qué tanto hay del humano dentro del personaje.

Al parecer, los medios y la Justicia estadounidense desde el 2017 se están haciendo la misma pregunta: Kevin enfrenta acusaciones de abuso sexual y, por esta razón, en la cima de una de las series contemporáneas de más éxito tuvo que entregar el trono.

La sexta temporada de House of Cards se copia un poco de la realidad y pone en tela de juicio la “honorabilidad” del ex presidente Underwood. Los que presenciamos los cuestionamientos a la ética del personaje lo hacemos con el morbo que genera callar la verdad en beneficio de un malhechor. Pero la serie va un paso más allá y se convierte, en su última temporada, en una apología feminista que, por momentos, parece más hembrismo que otra cosa.

Procuro recordar que nadie es imprescindible. No me gusta casarme con personajes ni en la series, ni en las películas y mucho menos en los libros. Creo que toda historia bien narrada puede, llegado el momento, prescindir de quien había sido su protagonista y seguir funcionando de forma diferente pero eficaz. Esto, por supuesto, demanda astucia y tino. Ambas cosas que, en mi opinión, no tuvieron los guionistas de House of Cards para resolver un problema que bien pudo haber resultado imposible de solucionar para cualquiera.

La serie vive en ese espacio gris en el que se encuentran la realidad y la ficción, haciendo guiños a su propio universo. Aunque Kevin Spacey recibió los mayores elogios desde el inicio, la producción dependía tanto en la misma medida de su talento como del de Robin Wright para dar vida a Claire. Entre ambos se tejía un duelo en el que actores y personajes se necesitaban para mantener el eje de la historia.

Lo más importante de House of Cards es el subtexto: el relato de una pareja que baila entre la ambición y la felicidad, en detrimento de la segunda.

Sin Frank (que es eliminado de la serie de una forma, si me lo permiten, un tanto forzada), la historia cambia totalmente. Se convierte en la reivindicación de la mujer en un mundo dominado por los hombres. Pero lejos de ser una heroína, Claire emprende una venganza que a veces resulta más cruenta que la de Frank. Si este pretendía que el mundo saldara su “deuda” con él al ubicarlo como hijo de una familia proletaria, ella quiere hacer pagar a todo el país por las vejaciones que recibió de parte de los hombres.

La serie poco a poco se va distorsionando, al igual que sus personajes, las situaciones y la verosimilitud. Llega un momento de la sexta temporada en la que los hechos parecen más propios de Narcos (o de la política latinoamericana) que de la elegancia con la que se elaboró la producción. El final, por (mal)intenso, cojea. El rol de Frank dentro de la narración pretende tomarlo Doug Stamper, como para terminar de pintar el simulacro de la familia disfuncional: el hijo putativo que quiere vengarse de la arpía que siempre amarró las alas de su padre.

Días antes de que terminara el 2018 –y semanas previas a que empezara su juicio–, Kevin Spacey lanzó un video en redes sociales en el que interpretaba a Frank, haciendo un juego entre la realidad y la ficción mientras hablaba de las cosas por las que no pagó Underwood y de las acusaciones que recibió Kevin. El video puede interpretarse de dos formas. O bien como una manera de hacer un abrebocas a una posible nueva temporada de la serie, si es que las condiciones lo permiten; o acaso como una forma de alborotar la admiración de su público en momentos en los que su imagen está tan deteriorada como la ética en la política. En ambos casos, hubo quien con crueldad opinó que ese breve monólogo era mejor que toda la sexta temporada de House of Cards. A mí, que respeto mucho los esfuerzos de todo creador, me cuesta ser tan tajante: hasta Shakespeare se hubiese visto en problemas para solucionar, de forma solvente, un problema que supera la ficción.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Messi sin Copa, Cristiano a la Juventus y los salvajes sudamericanos: cambio de narrativa en el fútbol mundial

Cuando Luka Modric ganó el The Best, el premio que otorga FIFA al futbolista más destacado de la temporada, el eje del planeta del fútbol se movió. Fue el momento en el que millones de aficionados terminaron de darse cuenta de algo que comenzó a gestarse con fuerza desde un poco antes del Mundial: la trama había cambiado.

Por si quedaban dudas, Modric también ganó el Balón de Oro. Desde hacía 11 años los dos premios más mediáticos del fútbol –que durante algún tiempo se fusionaron– no tenían un ganador distinto a Lionel Messi y Cristiano Ronaldo. Para los más jóvenes, incluso, resulta imposible creer que hubo una época en la que el galardón de FIFA y el Balón de Oro de la misma temporada no coincidían en cuanto al ganador: a veces, ni siquiera en cuanto al podio. Hubo una época, a la que progresivamente se está regresando, en la que las fuerzas estaban distribuidas de manera más equitativa. Más que dos súper astros, había una constelación de estrellas.

El astro brasileño, Ronaldinho, ganó el Balón de Oro en 2005 / GETTY IMAGES

Cr7 a la Juventus

El Calcio alguna vez fue la liga más poderosa del planeta. El deterioro fue paulatino y sostenido, hasta llegar a un presente en el que el fútbol italiano está demasiado devaluado: la selección no clasificó al último Mundial y la Juve domina el campeonato local casi sin despeinarse. Por eso parecía impensable que la estrella más mediática del planeta recayera en ese torneo. Pero sucedió.

Nadie vende más que Cristiano Ronaldo: más que un futbolista, es una marca con nombre de cybor y manías de dios griego. Quien ha hecho de la depilación un arte, se encuentra en la etapa final de su carrera: el descenso de nivel es evidente, para lo cual, con astucia y profesionalismo, se ha reinventado. Copiando al tenista Federer (un inmortal que, por su condición de genio absoluto es más parecido a Messi que a Cristiano), se va de “vacaciones” media temporada para alcanzar su mejor estado de forma en el tramo final de la misma: cuando se definen los títulos. Aquella época en la que arrancaba desde la mitad de la cancha como un soldado troyano empuñando una lanza hacia un mañana incierto pertenece al pasado. Cristiano, 33 años encima, juega cada vez más cerca del área rival: ese espacio en el que su fútbol dejó de ser show para convertirse en contundencia.

Esta nueva versión de él encaja a la perfección en Italia: un campeonato menos exigente que el español, el inglés o el alemán, en el que podrá mantener su registro goleador (cosa que sería muy difícil en las ligas mencionadas) y mantenerse en forma para las noches de Champions, esas que siguen alimentando su infinita necesidad de conquista.

¿Viejitos?

Zidane durante la Copa del Mundo Alemania 2006

Hasta el 2006, más o menos, se creía que un futbolista después de los 30 merecía entrar a un museo. Zidane, con 34, se adueñó del Mundial de Alemania 2006 y empezó a cambiar el paradigma.

Tipos como Zanetti o Maldini instauraron en Italia la figura de las leyendas longevas. Pero la verdad es que resultaba difícil pensar que un top 5 mundial pudiera seguir permaneciendo en ese ranking con 33 años.

Cristiano Ronaldo rompió la “regla”.

Aunque sus posibilidades dentro de una cancha cada vez lucen más lejanas que las de, por ejemplo, Messi o Neymar, creo que sigue siendo uno de los cinco mejores del planeta. Y esto no pareciera que fuera a cambiar esta temporada. Menos en un momento en el que ser “viejo” está de moda.

Modric ganó los galardones individuales más mediáticos a los 33 años. Sergio Ramos y Gerard Piqué siguen siendo dos top 10 mundiales con 32 y 31 años respectivamente. ¿Hay un mediocentro más capaz que Sergio Busquets a sus 30 años? La lista de treintones que continúan constituyendo el firmamento de figuras es notable.

Los futbolistas son cada año que pasa atletas con más aires de robots: su preparación espartana les permite llegar adonde antes solo era posible con la imaginación. El ejemplo claro es Lionel Messi: quien naciera para convertirse en el mejor jugador de la historia, a los 31 años sigue corriendo por la cancha como Gokú cuando se entrenaba con los sayayines más jóvenes: mostrando que –por mucho que se esfuercen los demás y por mucho que pase el tiempo– no hay ni habrá en un futuro cercano alguien que siquiera se acerque a su estela.

Hoy parece mentira que hace más de una década se dudó de sus posibilidades de establecerse en la élite luego de dos lesiones importantes. ¿Dónde están las supuestas secuelas que, dice el imaginario popular, limitan parar siempre el devenir de una carrera? Otro mito que cambia ante el peso de una nueva realidad.

El equilibrio de las fuerzas

Tres hechos determinantes ocurrieron en lo que va siglo XXI.

Uno. La reorganización del fútbol español dio frutos. Parió a muchos de los mejores jugadores del mundo: empezó a producir futbolistas muy técnicos, diseñados para hablar un mismo idioma dentro de la cancha. Diseñados para, ante todo, jugar: cuidar y mimar la pelota.

Dos. Los astros se alinearon en el Barcelona. Un modelo formativo élite (acaso el mejor) se vio coronado por una generación brillante, abanderada por el mejor jugador de la historia y dirigida por el hijo pródigo que volvió a casa para convertirse en el más reciente revolucionario o innovador del juego: Pep Guardiola. El club catalán armó un equipo, mentado como el Pep Team, que alcanzó un performance inédito en la historia.

Tres. Florentino Pérez se dispuso a hacer del Real Madrid el equipo más costoso del planeta. ¿Quién dijo que el dinero no compra la felicidad? El magnate español, con ambición de conquistador romano, usó todo su poder económico, todos sus talentos de empresario y se asesoró con gurús del marketing para armar un conjunto monstruoso: en nombres y hombres.

Todo esto trajo como consecuencia que el epicentro del fútbol fuese España. Entre el 2008 y el 2012, Real Madrid y Barcelona llevaron a cabo una serie de duelos que elevaron el nivel del fútbol: probablemente, ambos estaban en capacidad de ganar de forma apabullante cualquier liga del mundo. El país ibérico en general, en donde mejor se juega y de donde estaban saliendo los mejores entrenadores, creció a la par de sus dos monstruos: el tercero de la Liga bien pudo haber salido campeón de la Premier.

Pero todo pasa. Aunque España (junto a Alemania) sigue llevando la vanguardia, cada vez más países entendieron que debían fijarse en ellos si no querían quedarse rezagados. Al mismo tiempo, el Pep Team cerró su ciclo y demasiados enredos en la directiva llevaron a que los culés dilapidaran la maravillosa herencia que significaba tener unos jugadores de tan alto nivel. El Real Madrid aprovechó para ganar cuatro Champions en cinco años y renovar su orgullo. Pero los jugadores se fueron desgastando, el club vendió a Cristiano Ronaldo sin fichar a nadie con su aura y ocurrió el previsible bajón de rendimiento que se venía asomando y que ya había sido maquillado con la última Liga de Campeones.

La pérdida de calidad del Barca y del Madrid nos ha devuelto a una época más equilibrada en Europa. Ya las fuerzas no se centran principalmente en dos equipos –ni en una sola liga–, sino más bien en un lote dentro del cual cualquiera luce capaz de imponerse en Europa. La llegada de los nuevos ricos ha hecho que el Manchester City, con un proyecto muy serio, se erija como el conjunto que mejor ha jugado desde la segunda mitad del 2016 hasta ahora; y que el PSG, con Neymar (hacía tiempo que un top tres del mundo no jugaba fuera de la Liga o la Premier o la Bundesliga), se muestre como un lobo salvaje hambriento de trofeos. La Juventus sigue reinando en Italia, el Bayern –que aumentó su regularidad en la era de Guardiola– mantiene su prestigio intacto y en Inglaterra –país que se puso a cargar updates– son varios los conjuntos que lucen poderosos, el Liverpool a la cabeza.

Lo mejor del fútbol ya no se resume en un binomio ibérico.

Messi sin Mundial

Argentina perdió la final del Mundial en 2014 vs Alemania

El problema es que el Mundial de fútbol es el evento sociocultural más mediático del planeta. O lo que es lo mismo: lo ve un montón de gente que, en realidad, no ve fútbol.

Un mito extendido en la narrativa futbolera es que para reinar en el Olimpo hay que ganar la Copa del Mundo. El argumento opera con la lógica de la fama: mientras más te ven, más repercusión tiene lo que logras. Ahora, conviene precisar que el Mundial no es la competición de más nivel ni en la que se observan las últimas innovaciones. Ese espacio lo ocupa la Champions League.

Pese a esto, los futbolistas siguen necesitando del torneo que se disputa cada cuatro años para erigirse como leyendas populares. Aunque sus proezas más destacadas ocurran en el día a día, es cada cuatro años cuando se disputan la corona de rey.

Que el Mundial se le resistiera a Messi (quizá de forma definitiva, aunque con él nunca se sabe) alteró el guion. Históricamente, solo Alfredo Di Stefano –que se hizo leyenda en una época que hoy nos resulta ajena y rara– y Johan Cruyff –por apegado a sus valores y por un poco de mala suerte– fueron los únicos reyes del Olimpo que no alzaron el trofeo. Los otros tres –Pelé, Beckenbauer y Maradona– construyeron buena parte de su épica en escenarios mundialistas.

Aunque parecía improbable, el mejor jugador de la historia se hizo merecedor de tal distinción sin que lo mejor de su carrera ocurriera en el más mediático de los escenarios. Lo cual tiene a muchos desconcertados, a otros en negación y a un buen porcentaje encogiéndose de hombros: el trono de rey absoluto del Olimpo está destinado a ser ocupado por Messi, y a él no le quedará más remedio que reinar sin corona.

El talento y la inteligencia siguen mandando

A principios de siglo hubo quien dijo que el futuro del fútbol estaba en África. La preparación física estaba cambiando y los jugadores eran cada vez más atletas. La época de las barriguitas, la cerveza y la mala alimentación había pasado: para culminar un regate, había que tener un abdomen duro. Algunos vieron a los futbolistas africanos y pensaron que en pocos lados había tanto músculo como ahí.

El siglo XXI trajo, además, la evolución de las formas de defender. La marca al hombre murió y la marca en zona se desarrolló como nunca antes. El concepto de presión se puso de moda y un señor llamado José Mourinho nos mostró hacia donde, de verdad, apuntaba el futuro.

Pero, como suele suceder, Mou fue malinterpretado. Más de uno creyó que sus planteamientos –aunque él repitiese que lo más importante era la concentración y que nunca hacía entrenamientos sin balón– tenían más que ver con la fuerza que con la inteligencia. Tan erróneo pensamiento hizo que aparecieran imitadores que se fijaran más en cuántos kilómetros corrían sus jugadores por partido que en las decisiones que tomaban.

Por otro lado, aunque malabaristas como Ronaldinho hacían de las suyas, delanteros fuertes como Eto’o, Drogba o Kanuté, volvían a dividir el pensamiento. Hasta que en el 2008, Pep Guardiola llegó al primer equipo del FC Barcelona y, más allá de dar nuevas respuestas, cambió las preguntas. Nada volvió a ser igual.

El Pep Team se cocinó con las más vanguardistas técnicas de preparación, siempre teniendo presente que en última instancia lo que marcaría la diferencia serían las capacidades de un jugador con el balón. Desde entonces, no ha habido mucho espacio para aquellos que crean que el fútbol es una competición de atletismo antes que un juego. Incluso entrenadores como Simeone, que reniegan las largas posesiones, priorizan el talento y la inteligencia antes que todo lo demás.

Los toscos están en peligro de extinción. O, dicho de otro modo, los que hoy día son considerados toscos bien podrían haber llenado YouTube de highlights de dribles en el fútbol de hace 30 años.

Del buen salvaje al buen revolucionario

River Plate alzó la Copa Libertadores en Madrid

Que la final de la Copa Libertadores fuera entre River Plate y Boca Juniors significó que medio planeta pusiera los ojos sobre Sudamérica. Aunque ambos clubes están lejos de esas versiones gloriosas en las que jugaron algunos de los mejores de la historia, que por primera vez ambos se dirimieran una final continental sirvió para revivir toda la mitología que se mueve alrededor de ellos. Pero también para volver a mostrar lo peor de nuestro continente.

Por hechos violentos, el partido de vuelta fue cambiada de sitio. En vez de jugarse en el Monumental, se jugó en el Santiago Bernabeú. Había muchas razones para sentir vergüenza. Que no pudiéramos como continente organizar una final de Libertadores era bochornoso. Las postales violentas, la desorganización, la planificación paupérrima, las decisiones de último minuto. La lista es larga: la promoción bélica que hizo la prensa, el maltrato a los jugadores, hinchas haciendo quinielas en Buenos Aires a ver cuántas personas morirían. Pero lo que más ruido hizo en redes sociales era que la final de un torneo llamado “Libertadores se jugara en la tierra de los conquistadores: una cosa de apátridas-y-profanadores-e-irrespetuosos-para-con-los-pueblos-oprimidos-por-los-imperios”.

Esto me llamó mucho la atención. Al parecer, luego de varias décadas la base del pensamiento que ha limitado el desarrollo latinoamericano –y sobre el que se sostuvieron los corruptos gobiernos de izquierda del siglo XXI– sigue vigente.

Me llama la atención que aún hoy se crea que lo autóctono en Latinoamérica son los indígenas, mientras que los europeos son los profanadores. Como soslayando que, guste o no, los latinoamericanos llevamos en nuestras venas las sangres de esos españoles y, aunque también la de los indígenas y africanos, es innegable que nuestra cultura tiene que ver principalmente con la europea.

Me llama la atención que aún hoy –cuando se habla de globalización y en el primer mundo las fronteras se han caído para que, entre otras cosas, el deporte se mueva hacia los mercados más atractivos (La Liga ajusta sus horarios pensando en Asia, la NBA se juega también en México)–, solo los latinoamericanos mostremos tanto desprecio (que no dudas) ante la posibilidad de constituir un producto global.

Me llama la atención que se siga viendo a los europeos como a los malos de esta historia, a veces hasta soslayando que los ideales que motivaron a los independentistas se cocinaron, precisamente, en Europa.

Pero, sobre todo, me asusta el resentimiento con el que muchos asumieron el cambio de sede. Como si, para empezar, Latinoamérica no fuese uno de los principales consumidores de fútbol español. Como si no quisiéramos tener torneos con siquiera la mitad del nivel que tiene la Liga y con una organización tan solvente.

Como si nos asustara tanto compararnos con los mejores que, la única solución posible, fuese despreciarlos.

¿Será que seguimos en el siglo XX?

 

Por Lizandro Samuel  | @LizandroSamuel 

El renacer creativo y las búsquedas internas de Caramelos de Cianuro

En los Pepsi Music 2018 una de las llegadas que captó mayor atención fue la de Caramelos de Cianuro. Asier, Pavel y Darío arribaron cual tribu del rock, como si desfilaran en medio de una videoclip. Los integrantes de la banda –solo faltó el Enano– se detuvieron, en distintos momentos de la gala, a conversar con Revista Ojo.

Asier Cazalis

¿Cómo ves actualmente el rock en Venezuela?

Me parece que hay muy buenas bandas. Lamentablemente, las mejores se han tenido que ir buscando otros mercados, otros horizontes. Y siempre pienso mucho en eso, ¿no?: nosotros lo tuvimos mucho más fácil, en nuestros años de crecimiento, que los muchachos ahora; cosa que siempre lo hablo: si a nosotros nos hubiese tocado esta situación tan dura seguramente no estuviésemos donde estamos ahorita.

¿Qué bandas destacas?

Por supuesto Los Mesoneros, Viniloversus, La Vida Bohème, Rawayana… tantas bandas de esta nueva generación que están haciendo cosas tan importantes, y penetrando en el mercado de afuera.

¿Cómo han hecho ustedes para mantenerse en la primera plana durante todos estos años?

Me gusta pensar que haciendo buena música, ¿no?

¿Cuál es el leitmotiv de ustedes como artistas?

Bueno, ahora que nos toca viajar tanto, y digamos que ha sido un año muy itinerante, eso siempre funciona de inspiración. A la vez, hemos pasado tanto tiempo en Miami y uno aprende a hacer música de otra manera. Eso es lo interesante del proceso creativo. Y yo estoy muy contento, porque tengo como un renacer creativo que para mí ha sido muy importante como compositor.

¿Actualmente el centro de operaciones de ustedes está en Caracas o está afuera?

Últimamente, hemos estado más en Miami que acá, pero por lo que queda de año creo que vamos a pasar un tiempito aquí, en nuestra casa, con nuestra familia. Y disfrutando del disco nuevo.

¿Cómo los afecta la crisis?

Bueno, igual que a todo el mundo. De hecho, eso es lo que te estaba comentando: haber viajado por todo el mundo este año, hicimos más de 40 shows en todo el mundo y ver a tantos venezolanos que han tenido una ruptura de su vida tan abrupta. Yo creo que a todos nos ha afectado.

¿De qué va el último disco?

Bueno, acabamos de lanzar un disco en vivo, de una fecha en Paris: Live from Paris, lo hicimos hace un par de meses. Estamos a punto de lanzar un disco acústico, que sí es un disco con todas las de la ley, y estamos trabajando un disco con canciones inéditas para el año que viene.

¿Cómo has evolucionado tú en cuanto a la composición lirica?

Yo creo que uno va cambiando a medida que le pasan cosas, y empieza a buscar no repetirse también y empieza a buscar otra fórmula y otra manera de trabajar.

¿En esas dinámicas de cambio no han surgido choques importantes con la banda?

Siempre. Yo creo que siempre en la bandas hay conflictos, y eso es parte del proceso creativo.

Darío Adames

Cuéntame un poco del nuevo disco.

Acaba de salir uno que se llama Live from Paris, lo picamos en dos partes: lado A, lado B. Son dos horas de música. Después, tenemos un disco que se llama Retrovisor, que es un disco acústico. Caramelos nunca había hecho un disco acústico. Después de eso, pretendemos terminar un disco de canciones inéditas. Ahorita viene una fase de tres lanzamientos consecutivos. Eso es lo que viene por ahora.

¿Cómo han evolucionado musicalmente desde los comienzos hasta ahora?

Bueno, al oír la música es evidente, ¿no? Antes era un poco más distorsionado que ahora. En los últimos discos se jugaron con sintetizadores… ha cambiado un poco la sonoridad, digamos que en el camino de la reinvención siempre para no estar todo el tiempo en el mismo lugar.

¿Te interesan los mismos ritmos que cuando empezaron?, ¿o han ido cambiando…?

Sí, nos interesan, seguro. Mira, yo creo que la música evoluciona y a uno le seguirán gustando los clásicos de toda la vida que uno ha oído, pero también en la música nueva hay cosas interesantes, hay cosas no tan interesantes, pero eso es parte de la evolución.

¿El rock venezolano actualmente cómo lo ves?

Bueno, está difícil porque no hay un entorno amigable que favorezca tanto a la cultura y a la vaina; sin embargo, fíjate, aquí en estos Premios hay un montón de músicos y gente que está intentándolo y creo que hay muchísimo talento en Venezuela, lo único que está quizá en una fase más difícil de explotar ante el mundo. Pero eso vendrá, pues.

Pavel Tello

Cuéntame cómo se han reinventado a lo largo de los años.

Oye, una buena pregunta, ¿no? Yo creo que no ha sido nada premeditado pero sin duda hemos tratado de no repetir lo que hemos hecho en nuestros discos anteriores. Por supuesto, muchas veces, uno es esclavo de los éxitos que tuviste en los discos anteriores. Y uno quiere superarlo o emular un poco esos logros, pero digamos que hemos hecho la tarea: de un disco a otro, hemos buscado cosas nuevas, otra clase de música… del disco antepasado al pasado, estudiamos con Gerry Weil, Asier se compró un piano, yo me compré un piano… entonces, digamos que tratamos de que nuestras canciones vengan por caminos diferentes siempre, ¿no?, no necesariamente siempre vamos a tener una melodía muy definida, creo que tener un poquito la mente amplia nos ha ayudado en esa búsqueda de tratar de no repetirnos y tratar de hacer algo interesante que nos mantenga también unidos como banda. Eso yo creo que es lo más difícil: mantenerse tantos años juntos es porque realmente crees que pueden hacer algo.

¿Cuántos años tiene Caramelos?

Yo entré en el 2005, para el disco Flor de fuego. Fue bastante curioso, porque yo tocaba mucho de noche, en esa Caracas de vida nocturna, con muchos artistas; y en un bar famoso que se llamaba la Belle Pop, coincidía mucho con Asier. Y Asier un día fue a uno de esos jamming que hacían allá, y me dijo: “Vamos a tocar junto algún día”. Y bueno, ese día llegó al año siguiente y me dijo que a los dos o tres meses teníamos que estar grabando un disco en Los Ángeles y no había ninguna canción. Entonces digamos que fue bastante bonito ese inicio. Así es el rock and roll. No pudo haber mejor bienvenida.

¿En ese momento tú escuchabas a Caramelos?, ¿te gustaba la banda?

Yo no era fanático de Caramelos, pero sí te puedo contar una anécdota que me pareció muy curiosa: en la época de Navegando a través de la galaxia –que esa canción sonaba en la AM, no había FM en esa época–, recuerdo que yo tenía una banda también y oímos esa canción, que tenía un ritmo compuesto, ¿no?, algo como un 5/4. Entonces de alguna manera dijimos… claro, veníamos de otra escuela, nos gustaba el rock and roll también pero éramos un poco más ingenieriles a la hora de hacer las canciones… y analizamos esa canción, y dijimos: “Es un 5/4. Esos chamos seguramente no saben lo que están haciendo”. Pero me pareció muy interesante la pieza de ese disco. No le seguí el rastro después. Pero digamos que siempre, de alguna manera, estuve muy unido a ellos. Estuve dándole clases a Luis de bajo tiempo antes de entrar. Algo siempre me unió a la banda por cosas del destino.

Eres de San Antonio, un sitio que ha tenido una movida importante en el rock: Aditus, PTT Luzardo, por ejemplo. ¿Cómo influyó eso en ti?

Uno realmente no lo sabía, al estar metido dentro del pueblo simplemente respiras eso y no estás consciente hasta que sales de ahí. Pero sí recuerdo que había conciertos todos los fines de semana. Todos los fines de semana nos visitaban artistas de afuera. Y yo tenía mi banda… Hacían festivales de bandas de San Antonio, de Los Altos Mirandinos. Y por supuesto conocía a PTT, había una banda también muy buena de Luis Cuña, el guitarrista, que se llamaba 20 20… había muchos buenos artistas. Toto band… Y cómo dices tú, había una movida muy interesante, que no sé si la había en Caracas o no, pero eso es lo que uno respiraba día a día.

Históricamente, a nivel mundial el rock siempre ha sido una música que se enfrenta al poder. En estos tiempos en los que vivimos, en esta dictadura, ¿qué papel crees que está jugando el rock venezolano?

Es muy buena tu pregunta. Ciertamente, hay bandas a las que les va muy bien con ese mensaje de protesta que dices tú, muchas bandas lo han hecho. Los Caramelos no lo hemos hecho. Los Caramelos digamos que hemos entendido que hay grupos que saben hacer mejor una cosa que otros. No es que no vivamos nuestro día a día, no es que como individuos, como seres humanos, no tengamos una postura ante las adversidades o ante lo que vivimos en estos tiempos. Pero como banda creo que se nos hace difícil enfrentar esto, siempre hemos tocado otro tipo de posición… digamos, la posición de divertir, de ver el lado bueno a las cosas; que a lo mejor puede ser una salida, podría uno pensar, ¿no?, pero es que realmente es lo que sabemos hacer. Hay muy buenas bandas, por supuesto, que hicieron protesta en su momento. Hay muy buenas bandas afuera, que lo están haciendo. En el disco 8, hay un par de canciones en las que Asier varía un poco la lirica: no tanto canciones con doble sentido, con humor negro, sino más bien un poco el tema de Adiós a las armas –que particularmente me encanta–, Euforia –que es un poco como la Caracas que tuvimos hace algunos años y ya no la tenemos–. Pienso que a nuestra manera hacemos la protesta, pero no es tan frontal como uno pudiese pensar.

¿Pero en algún momento ha sido tema interno de debate?, ¿se han planteado en la banda ‘oye, está pasando esto en el país, deberíamos decir algo’?

Nos lo hemos planteado, obviamente. Y hemos dicho. Nosotros hemos tomado postura política, hemos apoyado a candidatos durante elecciones presidenciales. Pero como te dije, no es fácil escribir sobre eso. A algunas bandas se las da bien, a otras no. A otras pareciera que es un poco pavoso. Yo creo que ese no es nuestro fuerte, no es nuestro fuerte. Y preferimos asumir posturas como músicos independientes, como personas y quizá a la banda no involucrarla en eso.

Ya para cerrar: ¿cuál es el leitmotiv de la banda en los siguientes discos?

Guao. Es difícil darle nombre a lo que uno está haciendo: esos años que uno está pasando en una búsqueda hacia dónde ir. Yo creo que intentamos hoy en día ver hacia dentro, hay tantas cosas afuera que si te pones a perseguir modas terminas cayendo en un abismo que no tiene fin. Y yo siempre he pensado que, unas palabras que me quedaron grabadas: cuando uno está buscando un hit, esa palabra que tanto usan hoy en día, y uno oye ‘tengo un hit’ es porque es algo que ya oíste. Si tú sabes que tienes un hit es porque eso ya existió. Entonces, las cosas a las que les puedes tener un poquito de miedo es cuando tienes algo que te gusta a ti pero no sabes si le va a gustar a la gente. Esas cosas que toman riesgos son las que pueden llevarte al triunfo. Entonces, hoy en día creo que estamos ya buscando un poco más dentro de nosotros que fuera y, bueno, no sabría darle nombre a lo qué viene.

¿Hay todavía espacio para el rock en este tipo de eventos, con tanto reguetón y trap?

Yo quisiera pensar que sí. Yo quisiera pensar también que un poco las barreras ya son un poco más difusas, ya ese convencionalismo entre tú eres rockero, o tú haces este estilo o este otro, están un poquito eliminadas. No quiere decir que yo voy a tratar de hacer algo que yo desconozco, por supuesto. Que me voy a meter por un camino en el que yo sé que no lo hago bien. Yo sé qué puedo hacer bien y qué no. Pero creo que es un poquito una liberación, uno se libera como músico.

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel 

Volar con los ojos cerrados

“Los pájaros nacidos en jaula creen que volar es una enfermedad”, Alejandro Jodorowsky

Le pregunto a Adriana para qué guarda libros. Si los escucha por la computadora o se queda con la versión que imprimió en braile, ¿no le saldría más rentable comprarlos y luego venderlos? “Es un tema de fetiche –responde–. Me gusta olerlos, tocarlos, pasármelos por el rostro… No sé, eso me encanta”.

Ojeo cada título de su biblioteca. Adriana, sentada, me escucha andar por la habitación. Hablamos de literatura. Después enciende la laptop y se coloca los audífonos. Va a presentarme a Jaws.

Sus dedos repiquetean sobre la mesa. Algo tarda en abrir. Me asomo a la pantalla y le digo que ya cargó. “Sí, pero no me lo ha dicho, así que es lo mismo”, responde. Luego de un rato me ordena que me vaya: “¡No veas!”. Obedezco. Tras unos segundos me vuelve a llamar, me cede el puesto y los audífonos. Suena un cuento mío. Carcajeamos. Jaws es un software para computadoras que utilizan las personas con discapacidad visual. Minutos atrás, Adriana, mediante un punzón, fingió que escribía en braile. En realidad, con el alfabeto tradicional copió mi nombre. Cuando lo vi exclamé un waow mezclado con risas de ella y mías. Le pregunté si conocía las letras “normales”. “Sí, las conozco. La z es la que me cuesta un poco, pero creo que la hice bien, ¿verdad?”.

Adriana y Otto son buenos anfitriones. Quieren que todo gire alrededor mío. Procuro no dejarme llevar. Estoy ahí para que todo gire en torno a ellos.

Cuando entré a la casa, hace unas horas, me sorprendió el formalismo de mi anfitriona: “Disculpa el desorden”. ¿¡Pero cuál desorden!? La casa exhibe pocos muebles. No hay muchos objetos con los que se pueda tropezar Adriana. Camina con pericia usando las manos y los oídos para ubicarse. Otto no le da importancia: se mueve con cotidianidad y la ve andar de la misma forma. Días luego, cuando me toque entrevistar a la mamá de Adriana, me contará cómo una psicóloga hace años le aconsejó tener los muebles siempre en el mismo sitio. “Yo dije que no –me contará–, porque en la calle todo no va a estar siempre en el mismo sitio. ¿Cómo va a hacer cuando vaya a casa de sus amigas, o de sus tíos?, ¿cómo va a hacer cuando viva sola?”. Semanalmente le cambiaba los muebles de lugar.

Eso me lo dirá más adelante. Ahora solo estoy con Adriana y Otto. Parecen tener bien diseñada su trampa: mimarme hasta hacerme perder de vista mi misión de husmeador. La pasta con vegetales y pollo que preparó Otto pone a Adriana a presumir: “Es un artista, ¡cocina riquísimo!”. Literalmente, se lame los dedos. Estoy por hacer lo mismo. “Tienes suerte de tener un esposo que cocine tan rico”, digo sonriendo. “Si querés, podés repetir, pero ya no te va a quedar para mañana, eh”, dice Otto. Hasta me guarda comida para llevarme al trabajo. No puedo con tanto.

El día siguiente me recibe soñoliento. Nos desvelamos la noche anterior hablando de literatura. Adriana es una de las mejores editoras que conozco. Su pasión por los libros hizo que su mamá los aborreciera. Mientras me alisto para acompañar a Adri al trabajo pienso en lo irónico de que sus manos y oídos puedan leer mejor que muchos ojos que conozco.

Imagen referencial

Cuando nació, su papá notó algo raro: ella no podía abrir los ojos. Le preguntó a la enfermera y esta respondió que era normal. A los días la llevaron al pediatra. A la primogénita del matrimonio le pronosticaron oscuridad de por vida.

Negados a asumir la situación, fueron hasta Colombia. Allá se repitió la sentencia. En el Hospital Vargas le diagnosticaron “ojos pequeños”: tiene todos los componentes del ojo pero minimizados. Una doctora les ofreció una operación; sin embargo, sus padres se encontraron en el Hospital con una niña sin un ojo. Una operación fracasada. Cuando la mamá de Adriana le preguntó a la doctora cuáles eran las posibilidades de que eso pasara, ella respondió: “Vaya a una iglesia y pregúntele a Dios”. No la operaron.

“¿Conoces mi rostro?”. Adriana me responde que sabe que tengo barba, pero que me ve como en una nube, todo borroso: “Yo tenía algo de visión en un ojo –vamos caminando por La Candelaria, me sostiene el brazo–. A mis papás les dijeron que yo no iba a ver, pero empecé a reconocer colores. ¡Y veía fotos! Ellos se dieron cuenta de que los reconocía en las fotos”. Para hacer eso debía colocarlas muy cerca de su ojo. A menos de un metro ya no veía nada. Hoy día, cuenta, ha perdido ese residuo visual. “¿Conoces el rostro de Otto?”, “Sí, lo conozco. Y los de mi familia. Lo que no tengo son las actualizaciones”.

Cuando nos subimos al autobús algún pasajero nos ve con la boca abierta. Otro presta atención a lo que decimos. Pedimos la parada. Aunque insisto en pagar, ella se niega. El chofer recibe el billete y le da el vuelto con manos temblorosas y tumbando cosas a su alrededor. Ya apeados, toca el dinero: “Aquí hay un billete de 20 y dos de diez, ¿verdad? –digo que sí– ¿Viste?, si tú hubieses pagado te iba a cobrar los dos. A mí me cobró solo uno”. Celebro su picardía riéndome. “No me gusta aprovecharme de eso –dice mientras subimos las escaleras de la Biblioteca Nacional, donde trabaja–, pero ellos se niegan a cobrarme, ¿qué puedo hacer?”.

Adriana fue a una primaria para niños con discapacidad visual. Nunca estuvo en un salón con más de ocho compañeros. En las mañanas veían materias comunes. En la tarde los entrenaban para su vida. Vio una materia llamada Teatro. Quizá por eso tiene un lenguaje corporal tan fluido, que contrasta con el de su esposo. En primaria vivió algo “casi Disney”, según ella. “Era muy pila”, me dirán sus papás. No habrá nadie que no me resalte su condición de consentida. Hacía amigos con facilidad y participaba en eventos escolares. Rozó la popularidad antes de ser adolescente.

“Los otros niños, en un parque o cosas de esa, se le quedaban viendo así –su papá hará una expresión teatral de asombro cuando me cuente eso–. Al principio me daba como rabia. Pero después dijimos –él y su esposa– que eso era normal. Igualito, los niños la veían así, pero luego se ponían a jugar como si nada”. Sus tres hermanos menores nunca pusieron ese rostro. No hubo charlas al respecto en la casa. Ellos al nacer la conocieron así y listo.

Imagen referencial

Ahora, en su oficina, casi veinte alumnos de Bibliotecología de la UCV la ven con la expresión de un niño que descubre la pornografía. Hace unos minutos me mostraba cómo tenía que escanear página por página cada libro y luego mandarlo a imprimir en braile. Entonces, entró una compañera, quien hace una visita guiada. Adriana, sin trabarse, domina la atención de su público. Responde las preguntas y los despide poniéndose a la orden.

Conociendo la jaula

Los castillos de Disney explotaron con dinamita marca realidad. El liceo lo cursó en un bachillerato normal. Más bien en dos: hasta segundo año en U. E. Nuestra Señora del Valle, y se graduó del Colegio Santa Teresa de San Bernardino. Cuando estaba presentando un examen de admisión en un liceo en el que no acabó estudiando, la directora entró y la mandó a sacar. Le dijo a su mamá que ella tenía que estudiar en “un colegio de niños mongólicos”.

Adriana Rodríguez es hija de María Díaz de Rodríguez (le gusta resaltar el “de”) y Orlando Rodríguez. Tiene tres hermanos: Oriana, Silvia y Sebastián. El menor ya tiene 22 años. Cuando estaba en primaria, confiesa, llegó a creer que su visión era normal. Que todos veían como ella. Al pisar el liceo se dio cuenta de que los demás podían leer directamente con sus ojos. Que podían responder exámenes escritos con un alfabeto distinto al braile. Que hablaban de experiencias visuales ajenas a ella.

                —¿Te hicieron bromas pesadas?

“No. Más bien ese era el problema, todo era muy enserio”. La acusaron de tener la preferencia de los profesores, pues la evaluaban de forma oral. Casi nadie quería trabajar con ella: sabían que debían hacer el doble de cosas si eso llegaba a suceder. Acosaron a los profesores: pretendían una igualdad evaluativa, aunque no existiera la igualdad de sentidos. “Yo llegué a vivir experiencias como que todo un salón me aplicara la ley del hielo”.

Cuando le pregunto a María por esa etapa de Adriana, se desconcierta. Por el contrario, repite que ella la veía lista para enfrentarse a ese mundo. Argumenta que su hija nunca le comentó nada al respecto. Y deja muy claro, evitándome los ojos, que le exigió más a ella que a sus demás hijos. “No sé por qué”, exclama antes de recordar un viaje al que le prohibió ir tras no obtener una nota deseada.

Orlando prefiere relatar las ganas de independizarse que mostró su hija en la pubertad. El “yo me quiero ir sola” se hizo recurrente. Tras negociaciones, aceptó despedirse una cuadra antes de llegar al liceo. Adriana, esa primera vez, se sintió grande. Hasta que tropezó con una rama, se cayó y descubrió que su papá no se había ido: la seguía vigilando a la distancia.

Reclamó que le habían mentido. Fingió entereza y siguió su trayecto. “Ella lo que tenía era miedo de que no la dejara irse sola”, dice Orlando. En otra ocasión, se perdió. Iba de regreso del liceo y no pidió la parada del autobús donde era. Mientras su papá la buscaba desesperado por toda Caracas, ella, preguntando, encontró el camino de regreso.

Me da la sensación de que aún hoy, pese a que Adriana ya pasó los 30 años, tiene seis años de casada y vive sola junto a su marido, hay una suerte de vigilancia familiar recurrente. “Nos preocupa que ande sola. No le gusta usar el bastón. Yo le he dicho que cuando Otto no la pueda llevar al trabajo me llame”, dice Orlando. A María, mientras tanto, se le escapan las lágrimas al plantearse la posibilidad de que Adriana se mude lejos, baja el tono de voz cuando comenta que Silvia tiene cuatro años viviendo en el interior y le lanza puntas a Adriana respecto a que no la visita lo suficiente. Se autodefine como una “mamá gallina”. La condición de Adriana –primogénita, mujer, ciega– invitaba a alimentar los temores naturales. No me imagino, entonces, cómo recibieron el hecho de que su hija se enamorara de un guatemalteco y se hicieran novios ¡a través de Internet!

Aprendiendo a volar

“No doy clases de informática para ciegos. Doy clases de informática. Punto. Que enseñe a usar Jaws es otra cosa”, a Otto hay expresiones que le duelen más que a Adriana. “Yo aprendí a ser muy antiparabólica con varias cosas. Si bien soy muy rencorosa por naturaleza, lo que no me gusta lo olvido rápido”, dice ella. Con Otto la cosa no funciona igual. Hay palabras que hacen que se le tense el cuello, quizá porque no hay mayor afrenta para un hombre que tocarle la esposa y la madre al mismo tiempo; y de ñapa, al papá.

Otto Pereda nació en Guatemala, donde pasó su vida adulta trabajando en un proyecto de la Unión Europea y de la OEA, sobre la capacitación en el uso de tics de personas con discapacidad visual. Área que maneja bien, por su afición a las computadoras –que se suma a los libros, la cocinada y, sobre todo, la música– y por tener dos padres que necesitan bastones para tantear futuros pasos.

Siendo el menor de dos hermanos, la genética se ensañó con él: su hermano solo necesita lentes de contacto, mientras que Otto tiene un coctel de patologías: cataratas congénitas, estrabismo, astigmatismo y nistagmo. Aunque suena a mucho alcohol en un vaso, al menos, usando lentes, puede ver con relativa nitidez: “El problema es que no veo en profundidad (…). Sí, correcto, veo en 2D”.

Adriana conoció Disney, le demolieron los castillos y al final de las ruinas encontró un ascensor al paraíso. Eso fue la universidad.

En el liceo, se hartó de las conversaciones planas y quiso juntarse con el grupo de personas que manejaban el periódico escolar. La lectura se volvió una actividad diaria. Quiso llevar eso a la Universidad Central de Venezuela, estudiando Comunicación Social. Iba a entrar por convenio, pero la escuela estaba full. Tras varias pruebas, logró irse por su segunda opción: Letras. “Todo lo que yo creía que iba a encontrar en Comunicación, lo encontré en Letras”. Hizo amigos con facilidad y mantuvo un promedio de 18. Se iba a graduar de Magna Cum Laude.

Lo único que no andaba bien era su vida sentimental: “Por ahí hubo algo, pero estaba muy desesperada por tener un novio. Mientras mis amigas se sacaban los chamos a patadas, yo tendía a ilusionarme sola”.

En la UCV era común verla con grandes cantidades de hojas escritas en braile. Para aquella época, la versión pirata de Jaws no había llegado a Venezuela. Una línea de una hoja de texto convencional equivale a casi tres líneas de braile. Desde el bachillerato su familia la ayudaba: “Yo recuerdo que Oriana era una niñita, no sabía leer corrido y me dictaba letra por letra”, las lágrimas le bajan por las mejillas. En la universidad, su papá jugó un papel preponderante dictándole cada libro que debía estudiarse para que ella pudiese transcribirlo. Luego empezó a grabarle las lecturas y dejarle las cintas.

Entre eso, una vida social activa e insatisfacciones románticas, pasó la universidad. Antes de entregar tesis, consiguió trabajo y postergó su graduación.

“Si no entregás la tesis, no voy para allá”, le dijo un día Otto, desde su casa en Guatemala.

Los futuros esposos se habían conocido cuando Otto viajó a Venezuela, por trabajo, a una convención de personas con discapacidad. Se presentó a Adriana y se despidió besándole la mano, con la seguridad que dan los kilómetros de distancia y la certeza de no verla más.

Meses más tarde, el jefe de Otto, amigo de Adriana, los enlazó, a modo de broma, por Messenger. Lo demás ya lo deben suponer: noviazgo, promesas de viaje, viaje, conocer a la familia, irse, regresar, pedir la mano, boda, residenciarse en Venezuela. Bueno, sí, suena más rápido y sencillo de lo que fue.

Adriana perdió el Magna Cum Laude por esperar dos años para presentar la tesis. Pero ganó a su “media naranja”, como dice su madre. De hecho, de no ser por el impulso de Otto quizá todavía no hubiese cerrado su ciclo universitario. Se graduó en el 2008 y se casó en 2009.

Hoy día, aunque valora lo que hace, desea trabajar en el ámbito editorial: “Te dicen lo buena que eres y te felicitan, pero no te ofrecen trabajo. Es como que ‘eres buenísima, pero ahí, donde estás ahorita’. Creo que hay mucho miedo, pero yo sé que puedo hacer todo lo que quiera, el asunto es que me dé nota: todo lo que realmente me ha motivado lo he logrado. Y ya entendí que hay otras vías para llegar adónde quiero. Ahorita estoy tranquila”.

                —¿Has pensado en tener hijos?

“Sí, lo he pensado. Pero la situación actual del país y la economía no lo hace muy viable”. Comenta que ha recurrido a subterfugios para no enredarse la cabeza: cada vez que nota a un bebé llorando le dice a Otto: “Mira, son llorones, por eso es mejor no tenerlos”.

                —¿Qué piensa Otto?

“Las cataratas de Otto son congénitas. Es muy probable que nuestros hijos, de tenerlos, salgan con discapacidad visual. A mí eso no me pesaría. Pero este tampoco es el país más idóneo para un niño así. Es cierto que hay muchas cosas que han mejorado desde que yo estudiaba, pero hay otras que están peor”.

Adriana no tiene diagnóstico. Pese a lo que dijeron en el Hospital Vargas, más adelante, siendo adolescente, le explicaron que eso era falso: no tiene “ojos pequeños”, pues los mismos están bien desarrollados. Tampoco hay antecedentes familiares que expliquen la situación. María dice que aceptó lo que sucedía cuando en el San Juan de Dios le preguntó a una mujer cuántos meses tenía el bebé que cargaba. “Tiene nueve años”, le respondió. “Ahí me di cuenta de que mi hija no estaba tan mal”, comenta María.

“Uno no lo acepta –dice Adriana–, lo asimila. Aceptarlo no, porque sería mentira decir que estoy muy bien y que no me gustaría ver. ¡De cajón que me gustaría ver!, pero no es indispensable”.

Todos somos pájaros en jaulas de prejuicios y creencias. La jaula de Adriana solamente resultó más fácil de identificar. Tras convivir con ella, la noté más susceptible a desarrollar limitaciones en su mente que en su cuerpo. Ella lo sabe, pero ya ha volado y quiere seguir haciéndolo, aunque los vientos de la frustración a veces la empujen hacia una dirección contraria a la deseada. Mientras saca una maestría en Literatura latinoamericana, cultiva su matrimonio, brega contra la economía, lee, edita y escanea, sigue surcando los aires, aunque más de un pájaro crea que su determinación es una enfermedad.

PD: en el 2018, por la crisis de Venezuela, Adriana y Otto migraron a Guatemala. Pero les ha costado establecerse. Ahora, necesitan de nuestra ayuda. Entérate de más aquí.

 

Por Lizandro Samuel (@LizandroSamuel)