La pregunta que Leonardo Padrón quiere hacerle a Venezuela

Desde el seis de mayo de 2017, Leonardo Padrón no pisa Venezuela. Salió por trabajo y le advirtieron que era mejor no volver. Autor de telenovelas muy exitosas, poeta, entrevistador y columnista, Padrón es un rostro bastante popular en su país. Un rostro que no ha dejado de mostrar su desacuerdo contra el régimen que, paulatinamente, secuestró y destruyó la tierra en la que nació, creció e hizo casi toda su carrera. Un régimen del que también es víctima.

Le dijiste a Shirley en una entrevista que te botaron de Venezuela, pero entiendo que estabas fuera del país por trabajo y no pudiste volver.

Podía, pero no lo hice ante la advertencia que había recibido de alguien de la línea aérea en la que iba a volver, que se lo agradezco. Me dijo: “Mira, no sé si me están grabando o si me van a botar del trabajo, pero yo no puedo dormir en paz con mi conciencia si no te llamo para avisarte que el Sebin tiene tres días llamando para saber en qué vuelo vienes y a qué hora”. Era obvio lo que me iba a pasar.

Por la media chiquita nos iban a quitar el pasaporte a Mariaca y a mí. Porque además son tan siniestros que implican a la familia, que, a su criterio, son un daño colateral inevitable. Estábamos diseñando toda la gira internacional de Piaf, así que corríamos el riesgo de que nos dejaran encerrados en el país y de abortar un proyecto que tenía meses granjeándose.

¿Te sorprendió recibir esa llamada?

Me sorprendió, aunque sabía que yo podía estar en el radar. Viajé por diez días y me llevé ropa para diez días nada más. Tuve que comprar todo de nuevo, hasta la cesta donde echo los trastos que ya no sirven. Pero sí, de alguna manera me sorprendió, sin duda alguna; no tuve chance de ejercer ningún ritual de despedida o de desconexión con mi casa, con mi espacio y con los míos.

¿Te sigue haciendo falta esa despedida?

Por supuesto. El exilio siempre es una palabra de rendijas dolorosas, sobre todo cuando no es voluntario. Mis hijos están allá. Otra de las cosas que más extraño ruidosamente es mi biblioteca, donde tengo cinco mil libros: toda una vida construyéndola. Me quedé con el libro que llevé de viaje y empecé a comprar otros.

¿Qué fue lo que faltó para derrotar a Chávez y a la dictadura?

Brújula. Es decir, todo el mundo cuando sacaba la brújula apuntaba a un norte distinto, y hay que cuestionar duramente a las dos generaciones políticas a las que les ha tocado enfrentar esto. Efectivamente se estaban enfrentando a un proceso inédito, pero siempre va a ocurrir una primera vez y tienes que tener la lucidez y la capacidad de análisis necesaria para enfrentar al monstruo. Creo que hubo un cóctel de elementos que han contribuido a que tantos intentos hayan desembocado en un territorio de inestabilidad y frustración tremenda. No se calibró con precisión al enemigo. A veces sentías que era como si pusieras a pelear en un callejón cerrado a un malandro contra un boy scout. El malandro no tiene reglas de juego y el boy scout tiene una nobleza. Lo que quiero decir es que algunos asumieron la contienda de forma ingenua y otros la asumieron de forma inmensamente personalista, se dijeron que ese era el tren perfecto para llegar rápido a la presidencia de la República, o para que su partido finalmente conquistara el poder, o lo recuperara. Hubo demasiadas agendas sobre la mesa y no cabían todas en la misma página, ni apuntaban todas al mismo sitio. El norte del país se volvió un laberinto de flechas y la sociedad entera pagó los platos rotos de ese enjambre de intenciones.

¿Crees que cierta arrogancia de los venezolanos fue la que no les permitió ver que, como a cualquier otro país, a ellos les podía pasar otra dictadura?

Es que a eso me refiero. Tengo meses con una pequeña campaña personal contra el tópico de que Venezuela es el mejor país del mundo. Me parece una frase peligrosísima, tramposa y falsa. Si fuéramos el mejor país del mundo no hubiéramos caído en lo que caímos. El discurso populista de Chávez no hubiese calado de esta manera tan insólita, y menos aún después de muerto. Tan no somos el mejor país del mundo que no hemos podido concretar nuestra salida de la pesadilla. Tan no somos el mejor país del mundo que la mayoría de las personas que están en el poder, poniéndole unas comillas a Maduro, son venezolanos. Diosdado Cabello es de El Furrial, ese tipo con esa mente tan siniestra es venezolano, al igual que Tibisay Lucena. Así estén asesorados por los rusos, por los cubanos o los iraníes, no dejan de ser venezolanos. Cohabitaron todos en el mismo mapa. Mordimos el polvo como sociedad y eso nos tiene que enseñar humildad. Tenemos que, con los dientes rotos y la cara llena de tierra, pararnos del piso rocoso y fangoso y eso nos tiene que hacer más humildes, ver hacia los lados, contextualizar, saber interpretar los hechos históricos y en cuál estamos metidos. Hay que bajar las expectativas de que la solución es mágica: no lo va a ser. De manera contundente quiero dejar ver que distamos mucho de ser el mejor país del mundo. Un país donde además la corrupción se convirtió en un estilo de vida, desde el gestor que te ayuda a sacarte el pasaporte hasta los cupos que se venden en las universidades. La corrupción se ha dimensionado de una manera espantosa.

Pienso en Por estas calles, una novela de 1992 que se agarró de la realidad social para criticar muy duro al gobierno de entonces. Ahora, en 2003, un año casi de precampaña para el revocatorio a Chávez, salió al aire la novela Cosita rica, donde también se expone la difícil vida diaria del país. ¿Tuvo Cosita rica alguna intencionalidad política también?

Sin duda. Te voy a contar algo que poca gente sabe: en esa época me puse a trabajar en una gran telenovela sobre Simón Bolívar, porque me asustaba el Bolívar que Chávez le estaba dibujando al país, arrimando el fuego a su brasa. A los ejecutivos del canal les encantaba la idea. Contraté a un historiador como asesor y reuní un montón de carpetas y libros para estudiar. Hasta que llegó el paro petrolero, junto con los problemas económicos, y echaron el proyecto para atrás por falta de plata. Me mandaron a olvidarme de una historia de época y de caballos, tuve que concentrarme en la actualidad. Como lo de Simón Bolívar era un espejo, pensé en quitarle el marco y ponerle otro: el de la Caracas a comienzos del siglo XXI. Así nació Cosita rica. Quise conectarme con el país y decirle lo que nos estaba pasando.

En Cosita rica tuvimos a Carlos Cruz, que era un actor que representaba a Chávez. Había llegado en paracaídas directo a presidir una fábrica de perfumes, y no contaba con el talento, ni las capacidades, ni el talante intelectual para hacerlo. Entonces en algún momento en la empresa empiezan a quejarse de este tipo, que además Carlos Cruz colgaba sus fotos en todos lados –que era el asunto personalista y egocéntrico de Chávez– y tenía un programa de televisión que todos sus trabajadores tenían que ver. Los empleados empezaron a quejarse de que tenían que oír a ese carajo hablar pendejadas y deciden hacer un movimiento para sacarlo. O sea, un revocatorio.

Parte de la biblioteca que Leonardo dejó en Caracas.

¿Es cierto que ya en los capítulos finales el Gobierno supervisó los libretos?

En Cosita rica hubo dos etapas: una en donde yo hice lo que quería y otra en donde empezaron a censurarme los libretos. Gustavo Cisneros estaba contento porque le había devuelto el rating al canal, me lo comentó la única vez que hablé con él, en una fiesta de Navidad del canal. Me dijo que si Chávez se metía conmigo, el canal me pondría en cualquier parte del mundo con tal de terminar de escribir la novela. Fue chévere escuchar eso y sentirse respaldado. Después hubo la famosa reunión Chávez – Carter – Cisneros, y un día llamó Jesse Chacón [entonces ministro de comunicación] al canal a pedir que el capítulo de un revocatorio que estaba planeado dentro del mundo de la telenovela se transmitiese después del referéndum que se le iba a hacer a Chávez en la vida real. Monitoreaban lo que hacíamos un poco escoliados quizá de que Por estas calles contribuyó a la caída del gobierno de Pérez, que me parece que no hay porqué endosarle tanta responsabilidad a una novela. Al final tuvimos un censor que llegó a tachar palabras del libreto, porque yo me negué a hacerlo. Yo le decía: “Yo no me voy a autocensurar, táchalas tú”.

¿Cómo recibiste esa segunda etapa?

Si ya empezaban a meterse en los mundos ficcionales, entonces era porque querían dominar todos los resortes y bisagras de la sociedad.

¿Eso hizo que de algún modo decayera tu entusiasmo?

Los intentos por cercenar la libertad de expresión lo que hacen es retarte a decir las cosas de otra manera. En la España del franquismo los intelectuales, escritores y cineastas buscaban la forma de decir lo que tenían que decir con fórmulas un poco más elaboradas, y lo lograban. Ahí fue cuando yo empecé a vivir en carne propia al chavismo y sus implicaciones.

¿Te costó convencer a los ejecutivos del canal sobre la realización de Ciudad bendita, tu novela que siguió después, también con crítica social?

No. Aunque obviamente me pidieron que no fuera tan explícita en su nivel confrontacional, pero que no se desconectara del país. Por eso elegí ambientarla en un mercado popular.

¿Y la intención de la telenovela La mujer perfecta?

Volví otra vez con un discurso que había tocado en Cosita rica. Con la obsesión de la mujer venezolana con la belleza, capaz hasta de consumirse 70% de su sueldo en cosméticos, maquillaje, peluquería, teta y culo. Me parecía un trastorno importante de tratar. Después de esta novela, escribí dos producciones más, pero no volví a estar al aire. No me lo dijeron explícitamente, pero había una orden que dictaba eso. Para que veas que no estoy especulando: en la gira de medios sobre un espectáculo, inocuo políticamente hablando, que hice junto con Aquiles Báez y Mariaca, nos entrevistaron en todos lados (hasta en Últimas Noticias), menos en Venevisión. Cuando la productora llamó al productor de El Informador, él le comentó que podían ir Mariaca y Aquiles, pero que yo estaba vetado en el canal, luego de 17 años trabajando ahí.

¿Cómo te cayó eso?

Muy mal. Fui a Venevisión y le reclamé a un alto ejecutivo, que le escurrió el bulto a los de más arriba. Entendí todo y me fui.

¿Cuál fue la telenovela que más satisfacción te trajo?

Cosita rica, sin duda. En Venevisión Plus la repitieron, y me gustó ver de nuevo el nivel de producción que tuvimos y el discurso que estuvo presente. Es una novela que todo el mundo recuerda.

¿Y la que menos?

Diría que La vida entera, una novela con un alto nivel de producción y unos tremendos actores y que lideró el rating, pero la resetearía quizá por el Leonardo que soy ahorita, ahora me parece inocua.

¿Cómo termina un poeta en escritor de telenovelas? ¿Te hace sentir menos poeta?

Llegué a la televisión buscando el cine. Estaba haciendo un taller de cine en el Conac y ahí al profesor de dirección y guion, que era Abraham Pulido, lo nombran gerente de un programa magazine en vivo llamado Lo de Hoy. De los catorce talleristas, él me elige a mí porque le gustaba mi trabajo. Entré como asistente de producción y empecé a educarme en silencio para hacer cine, porque el cine me fascina. Pero, coño, la televisión me atrapó. Encontré una fascinación en el trabajo que se hacía en cuatro paredes y que terminaba por verse en todo el país. No quería ser asistente ni productor, pedí que me dejaran hacer dramático y ahí es cuando Salvador Garmendia me llama para trabajar como escritor en una novela llamada Amanda Sabater, como dialoguista.

Suelo decir que este fue mi modus arepandis, mi manera de ganarme la arepa, con lo que me gustaba que era escribir. He visto a tantos amigos escritores haciendo trabajos que no tienen nada que ver con la escritura, y los veo profundamente amargados. Nunca en mi vida me planteé ningún conflicto con la quinta esencia de la poesía. Tuve amigos de mi propia generación que me condenaban porque escribía para la televisión y que diez años después me tocaban la puerta pidiéndome trabajo, porque así es la vida.

Coño, la intelectualidad a veces tiene más prejuicios de los que uno piensa. Debería tener menos, porque se supone que si eres intelectual el pensamiento es tu músculo más ejercitado. Vi todo lo harto que estaba Cabrujas de justificar siempre el hecho de que escribiera telenovelas y es verdad, te cansas. Salvador Garmendia se cagaba en la gente que le criticaba eso, era un tipo maravilloso del que aprendí tanto de la vida. Me la pasaba con él caminando por el bulevar de Sabana Grande, después de escribir nos íbamos a tomar a los bares de ahí. Oír a Salvador Garmendia era un taller de vida. Nunca tuve conflictos éticos sobre esto que me planteas, pero sí sabía que me veían de reojo, y todavía. Hay colegas, por llamarlos de alguna manera, gente del mundo literario que te dice que vendes libros solo porque eres famoso.

¿Si me hizo menos poeta? Coño, la poesía tiene su habitación propia. La fraguas tú con el idioma y el hecho poético. Yo siento que la televisión me otorgó una visión del país muy grande y compleja. Cuando me sentaba a escribir pensaba en la señora que estaba friendo tajadas en Bonocó, en una familia de Cumaná o de El Hatillo. Porque te contratan para que ganes el juego y no para andar haciendo experimentos a lo Oswaldo Trejo. Ya para los experimentos tenía a la literatura. En un momento llegué a vivir la extraña paradoja de salir el mismo día publicado en la prensa: en el Papel Literario y en Chepa Candela; pero bueno, qué carajo.

¿Eras un escritor obsesionado por el rating de tus telenovelas? ¿Te fijabas mucho en eso?

Es que tienes que estar pendiente, porque si no, van a estar pendientes tus jefes. Hay una hora terrible del trabajo cotidiano de escritor en televisión que es 10:30 de la mañana, cuando llegaba el correo con la cifra de rating del día anterior. Tú abrías esa vaina rezando hasta en mandarín; y de repente pierdes el último cuarto de hora, eso vuelva a pasar y otra vez, a los tres días ya estás sentado con los ejecutivos del canal. Entonces, no puedes estar en un onanismo creativo pensando que el rating es un asunto de plebeyos. Te contratan para que seduzcas con tus historias y lamentablemente la demostración son los numeritos.

Tengo la noción de que el rating casi siempre fue bastante benévolo contigo, pero ¿cómo se vivía la competencia entre canales con el rating del horario estelar, que fue tuyo por mucho tiempo?

A sangre y fuego. Era sensacional. Siempre he dicho que las canas que tengo son un culto al rating. De hecho, recuerdo un momento muy fuerte cuando me tocó competir con mi compadre, César Miguel Rondón. Era apostar a que él perdiera. Si le iba mal, a mí me iba bien. Fue fuerte. Él tenía Kaína y yo tenía Amores de fin de siglo. Pero claro, él era un veterano y yo era el novel que estaba pichando su primer juego. Eso fue una prueba preciosa para los dos porque las producciones fueron gratificantes y a la gente le gustó. Fue un momento muy lindo de la televisión.

Hacer televisión es muy enajenante, porque efectivamente tienes esa obsesión por el rating. Para los ejecutivos, un punto de rating eran millones de bolívares en publicidad que entraba y salía. La telenovela estelar es el corazón de la programación, así que cuando ibas ganando el rating todo el mundo en el canal te abrazaba. Si ganaba la novela lo hacía también el programa que le antecedía y el que venía después, era una onda expansiva. Una novela ganadora ponía a ganar al canal.

¿Y qué había que hacer cuando el rating bajaba?

Hacía focus group, detectaba problemas y agilizaba o comprimía los capítulos. El rating se medía por cinco ciudades del país: Valencia, Maracaibo, Barquisimeto, Caracas y San Cristóbal, creo. Entonces, si bajaba el rating en Maracaibo, por ejemplo, mandabas a uno de los personajes para allá en la telenovela, o algo parecido. Era muy divertido.

Entonces, ¿es la truculencia el éxito de una telenovela?

No, no es la truculencia, que de hecho hace mal. Una cosa es la truculencia y otra es un argumento pleno de eventos trepidantes, con giros inesperados y de personajes con gancho: eso es una telenovela exitosa. La truculencia me parece que espanta a la gente. A veces caía en cosas truculentas, pero las evitaba porque las consumí: no soy de esos que decían que estaban comiendo y de repente la TV estaba puesta allí. Uno se daba cuenta, porque los rating llegaban estratificados, de la cantidad de hombres que ven telenovelas, y que de cara lo niegan.

Considero que Televisa puede llegar a ser la casa de la truculencia; hace poco escribiste una telenovela para ellos, ¿el canal te pidió truculencia siendo un escritor que no acostumbra a ella?

Te agradezco esta pregunta. Toda la vida le tuve alergia a Televisa. Venevisión ponía las novelas de Televisa y yo decía: “¡Dios mío! Qué manera de actuar tan impostada, con unos argumentos truculentos y simplistas, que si la muchacha pobre y el tipo rico…”. La televisión ha cambiado mucho, gracias al triunfo de plataformas como Netflix o Amazon, que han hecho que millones de personas —porque el rating ha caído pero millones, en cifras de millones— migren a ellos. Los canales se han dado cuenta de eso y han tenido que actuar: revisar, reeditar sus discursos y adaptarlos a los códigos con los que operan algunas series. De alguna manera, me llamaron por eso, querían que escribiera una historia de amor con un toque fresco, cotidiano y moderno. Entré en una estrategia y en un viraje que está haciendo Televisa, en aras de reconquistar ciertas audiencias.

¿Te gustaría escribir series?

Sí, claro. Las consumo ávidamente. The Handmaid’s [Tale] me parece sensacional. Me gusta muchísimo Black Mirror, por lo que tiene que decir de lo que estamos viviendo actualmente. Hay una serie alemana llamada Dark que me gustó también. Una de mis favoritas fue Breaking Bad, me encantó y me pareció un alarde genial de cómo echar un cuento. Me volví adicto a Peaky Blinders, una serie británica con un nivel de elaboración estética importante: es mi serie favorita. Y por supuesto, Game of Thrones, que tiene una superproducción maravillosa.

Ha cambiado la narrativa audiovisual: es más audaz y más ambiciosa, con una sintaxis y un ritmo distinto. Hay cosas importantes que se han hecho en Hispanoamérica: desde el mismo El Patrón del mal hasta la Reina del sur, son dos productos que tienen gancho.

¿En Venezuela se podrá hacer una telenovela de pranes?

Es importante, eso va a venir. Todo lo que pasa en Venezuela lo tenemos que codificar audiovisualmente. Va a ser un éxito, si se hace como debe ser. Se han hecho algunos experimentos que no funcionaron, como El Comandante, por ejemplo. De hecho, tengo un proyectico medio avanzado que tiene que ver con Venezuela.

¿Por qué decidiste ser poeta y no cuentista o novelista?

Las editoriales que me han publicado me han preguntado que para cuándo una novela. Ya tengo 30 años escribiendo telenovelas: sé escribir personajes, echar un cuento largo, escribo prosa y crónica, en fin. La única razón por la que no lo he hecho es por falta de tiempo, confieso. Me tiene atrapado el día a día: paso siete horas en la casa escribiendo, no he dejado un día de hacerlo. Hoy, sábado, diagramé un capítulo, por ejemplo.

Entonces, no tienes problemas con escribir una novela

Lo voy a terminar haciendo. Sé más o menos el cuento que quiero echar, pero me encuentro configurando el tono. No me apuro, aunque la vida es bastante breve, pero si no se da, no se da.

¿Qué tipo de rutina o ambiente necesitas para escribir?

Esta es una pregunta interesante porque yo antes escribía siempre con música. No sé por qué de un tiempo para acá necesito silencio, ahora la música me distrae. Me gusta mucho la música, he ido a una gran cantidad de conciertos. Me activo siempre en las mañanas, siete y media u ocho, me gusta escribir con el cerebro fresco. Me gusta estar lo más lúcido posible cuando estoy escribiendo. En el día escribo y en la noche vivo.

¿Y lo que escribiste no te acompaña todo el día?, ¿te zafas de ello?

Por supuesto que pienso en ello todo el día, a veces es una maravilla porque se me ocurren unas ideas buenísimas, pero cuando te conviertes en escritor profesional tienes que tener a la inspiración contigo y saber parcelar este asunto. Cuando es poesía, dejo los textos en reposo; si es algo periodístico a veces me quedo sin tiempo de maceración. Lo mismo pasa con los libretos, a los que les doy tres pasadas en las mismas 24 horas.

¿Y la dinámica con tus famosas crónicas de El Nacional?

A esas sí les daba más tiempo que a las que estuve escribiendo después para Caraota Digital, que eran más cortas. Las de El Nacional eran de al menos diez mil caracteres, un trabajo grande y delicado. Tardaba una semana.

¿Sigues escribiendo poesía?

Sí. Aprendí a no tener prisa con la poesía. Creo que es lo más saludable. De todos los géneros es el que más se presta para la dilatación del tiempo.

¿Tienes una metodología para la poesía y otra para escribir telenovelas?

Claro, aunque en ambas hago muchas anotaciones a mano. Pero mi mejor manera de pensar es con las yemas de los dedos en el teclado. Si estoy trancado, me siento en la computadora; ese es el truco: me destranco.

¿En la poesía importa más la inspiración o la disciplina?

La poesía es una forma de ver el mundo. El poema, que es ese artefacto lingüístico que de alguna manera traduce tu forma de ver el mundo, viene de esa relación con el mundo: los detalles, tu punto de vista, dónde asientas la mirada. Para mí es un ejercicio constante. De hecho, a veces hasta utilizo la cámara del celular para captar una escena en donde está un punto de vista, que pueda ser el origen de una divagación poética. El arte, no solamente la poesía, es un 99% transpiración y un 1% inspiración, como lo dijo Picasso.

Muchos te consideran como un poeta urbano, ¿crees que es así?

No, no. Yo me llamaría poeta, a secas: así nada más. Aunque me da pudor decirme así: yo no me llamo poeta a mí mismo. En mi Twitter dice escritor. Le tengo mucho respeto a esa palabra y pareciera que en Venezuela es una moda. Cuando estudiaba Letras en la UCAB, todos se saludaban como “poeta”. En la televisión me decían así, aun cuando ninguno de esos carajos se había leído uno de mis poemas. Yo preferiría… lo que pasa es que la palabra poeta es un sustantivo tan poderoso que no necesita de adjetivos.

¿Pero sí te consideras poeta?

Coño, sí. La poesía es lo que más me gratifica en la escritura. Aunque es mi rol menos popular. He tenido una vida laboral creativa muy diversa, así que es difícil que me recuerden solo por ella. Me conocen sobre todo por Los Imposibles, o por las telenovelas. Pero si me ponen a escoger, entre todos los formatos de escritura que manejo, me quedaría solo con la poesía.

¿Y que tiene la poesía que encanta tanto?

Juan Liscano decía que la poesía era el penthouse de la literatura, me parecía arrechísima la imagen. Hay una experiencia estética tremenda y demoledora que tienes con el lenguaje cuando logras reunir las palabras indicadas para que ocurra una suerte de relámpago estético en la página. Ocurre una dosis de belleza particular. Es una epifanía que te dan las palabras y que revelan algo de ti. O cuando haces la pregunta exacta que no sabías ni siquiera cómo articularla: muchas veces la poesía lo que hace es preguntar cosas y no responderlas.

¿Has logrado versos que hieren?

Creo que sí. Han ocurrido momentos importantes en los que logro versos con los que quedo satisfecho y con los que llego a declarar el triunfo de la poesía. Que siento que la conquisté, que la invoqué. Esa sensación es tan gratificante que me mantiene contento. Uno además está escribiendo para tratar de vencer a la muerte, aunque al final ella gana. Pero con la poesía uno se siente más cerca de derrotarla.

¿Un verso de otro poeta al que siempre vuelves?

Dos de Juan Sánchez Peláez: “Suenan como animales de oro las palabras”, que me parece casi como una definición de las palabras cuando están en estado de poesía; otro que dice “Belleza, santa perra”. Hay otro de Juan Carlos Onetti: “Santas, putas, y ese intermezzo que llamamos mujeres”, me parece sensacional porque define la naturaleza de la belleza femenina, tan compleja e inaprehensible.

“El apego, el apego es el enemigo”, ese es de Cadenas y me parece un mantra de vida.

¿Qué es lo que más extrañas de Caracas?

Su pasado.

¿Algún recuerdo emblemático de El Paraíso?

El ocio de las esquinas. Esa maravilla de sentarte en una esquina con tus amigos a construir un ocio extraordinario y larguísimo, donde con plenitud divagas con chistes, comentarios y ebriedades… uff, es maravilloso. Extraño las caimaneras que se armaban cerca de las Naciones Unidas. Jugaba burda a las pelotas, en la primera base.

Si tuvieras la oportunidad de hacerle una pregunta a Venezuela, ¿cuál sería?

¿Me aseguras que no te quedarás atrapada en la resignación?

¿Y si te dice que sí?

Lo siento por ti, qué bolas tienes. Tus hijos desean volver a ti, incluso los que están adentro.

 

Por Ezequiel Abdala | (@eaa17)