#DomingosDeFicción: El asesino del Metro

“La verdad no está siempre en el fondo de un pozo.”

Los crímenes de la Calle Morgue, Edgar Allan Poe

 

Bajo de incógnito por la línea tres. Si quiero atraparlo, debo ser discreto. Ya evadió tres operativos sin que nadie lo viera. Ni siquiera las cámaras de seguridad han podido captarlo.

Todos los casos han ocurrido entre dos estaciones: La Bandera y Plaza Venezuela. Al principio se creyó que era una ola de suicidios y los clasificaron como clave uno, pero la forma de caer y el antecedente de las víctimas revela homicidio. Además, la hora de muerte no concuerda con el horario promedio de los suicidas del Metro.

La gente se aglomera en las grises e inservibles escaleras mecánicas. Avanzo en dirección a la taquilla entre figuras cinéticas y piezas de metal cromado. Compro el ticket, paso el torniquete y veo la multitud que se apretuja en el andén.

Veinte años atrás el Metro de Caracas era ejemplo mundial de orden y de eficiencia. Hoy se encuentra al borde del colapso. Le busco la lógica a unas franjas confusas en el piso que pretenden indicar el orden de la fila para entrar a los vagones.

Veo la raya amarilla.

Quizás fue lo último que vieron las víctimas, la señal de peligro, no pase, antes de ser empujadas a los rieles del tren subterráneo.

Espero en una cola que perdió su forma. Observo gente a mi alrededor multiplicarse cada segundo. Más de dos millones de personas se desplazan en Metro a diario, lo que equivale a unas dos mil por andén. Puede ser cualquiera. Para empujar a un desprevenido no hace falta tanta fuerza.

Hay retraso. Le gente desespera. Trabajadores, estudiantes, mujeres, niños, un policía y quizás un asesino. Al fin llega el Metro como una enorme bala de plata y lo cubre todo.

Los que salen se confunden con los que entran; se empujan, se gritan y yo en el medio arrastrado por la corriente. Suena la señal de cierre de puertas y quedo aplastado y sin oxígeno entre la masa que llaman usuarios.

El aire acondicionado no sirve; me asfixio con el olor agrio del sudor comprimido. Se dispara mi mal humor. Estoy preso en medio del vagón, justo frente a un güevón que me ve feo. No sabe con quién se mete. Aparto la chaqueta como al descuido y le dejo ver mi armamento. El tipo se caga todo y se voltea. Otro que no llena el perfil, pienso riéndome por dentro.

Cualquiera creería que el asesino elige sus víctimas al azar, pero no es cierto. Hay una conexión entre todas y es su pasado delictivo. Pero nada más. Cinco homicidios en tan solo un mes y ningún sospechoso. Hay quien duda de su existencia. Ya la broma que echó alguien insinuando que el Metro había cobrado vida para matar criminales estaba siendo tomada en serio. Pero yo estoy convencido de que tarde o temprano lo encontraré. Solo debo seguir repasando cada caso.

Víctima uno: hombre, veintinueve años. Hirió de muerte a un compañero de tragos. Bebía con sus amigos cuando surgió una discusión con el dueño de la casa; sacó un revólver, le disparó en el cuello y huyó. Horas más tarde apareció arrollado en los rieles del Metro con severas mutilaciones. Murió en la ambulancia que lo llevaba al hospital.

Víctima dos: adolescente, diecisiete años. Habitual carterista del Metro. Dos días antes de supuestamente haberse lanzado drogado contra el tren (estoy seguro de que lo lanzaron), asaltó un autobús junto a dos cómplices y mató a cuchilladas a un pasajero de cuarenta años que se resistió al robo. Su arrollamiento causó tres horas de retraso en la línea uno. Cayó justo en la zona electrificada del riel.

Víctima tres: mujer, treinta y seis años. Contrató un sicario para asesinar a su esposo, un acaudalado empresario que planeaba divorciarse sin cumplir con las aspiraciones indemnizatorias de la víctima. El plan falló por incompetencia del sicario; la mujer fue detenida y liberada al mes siguiente, el mismo día que impactó con el Metro de manera tan violenta que la operadora del tren aún no se recupera del trauma ocasionado por el descuartizamiento que se produjo ante sus ojos.

El Metro se detiene en Los Símbolos y contra todo pronóstico entra aún más gente de la que el vagón permite. Toco mi Beretta con disimulo para asegurarme que sigue ahí. Intento despegarme de la gente pero es imposible.

De pronto, siento un par de nalgas redondas y duras apretarse contra mi cuerpo. Es una estudiante de no más de veinte años, hermosa, lleva una falda de flores y deja ver un piercing en el ombligo. Retrocedo a riesgo de propiciar una situación incómoda con el tipo de atrás.

No soy un aprovechador, pero la carajita me sorprende acercándose de nuevo como si nada, ubicando su culo contra mi jean. La tela de su falda es delgada. Se me para el loco, imposible evitarlo. Me muevo hacia la izquierda y ella me sigue en un baile secreto, improvisado. Roza mi cuerpo, se separa, me vuelve a rozar. Tiene la mirada perdida, como si nada pasara. Decido seguirle el juego.

Me le acerco despacio, con más presión, consiguiendo recostar al loco, que intenta desesperado salir del pantalón, justo entre sus nalgas. Sigue moviéndose de un lado a otro, me pongo duro, veo a los lados pero nadie parece darse cuenta. Sudo, me acelero, me excito.

El Metro llega a la estación Ciudad Universitaria. La carajita se baja de improviso y sin piedad, huyendo entre la gente. La sigo con la mirada y justo antes de subir por la escalera se voltea con una sonrisa cómplice que me desarma. Se cierra la puerta del vagón y solo veo a través de las ventanas las baldosas azules que se difuminan a negro con la velocidad del tren. Mejor sigo mi trabajo.

Víctima cuatro: hombre, veintisiete años. Deportista profesional y drogadicto confeso. Su esposa apareció golpeada y degollada en la suite de un hotel de lujo. El hombre huyó hasta aparecer en los rieles del Metro. No murió de inmediato, a pesar de las múltiples fracturas y el desprendimiento de órganos. Lo sacaron de la vía herido y sin un brazo. Fue trasladado a una clínica, donde falleció luego de varias horas de agonía. Otro caso de supuesto suicidio, pero a mí este perro no me engaña.

Víctima cinco: hombre, cincuenta y seis años. El caso más desconcertante pues la víctima no tenía relación con homicidio alguno. Se llegó a pensar que no estaba vinculado a los otros. Sin embargo, descubrimos que se trataba de un estafador. Era el abogado de una anciana viuda que engañó durante años, apoderándose de una pequeña fortuna hasta que fue atropellado por el Metro, un martes por la tarde.

Si este asesino de verdad existe (y lo creo) y solo persigue criminales impunes, hasta yo podría ser una potencial víctima… Y todo por un lío de faldas.

Esa noche encontramos al carajito en el barrio, consumiendo con sus panas, con la música de un carro a todo volumen. Se cagaron cuando nos vieron llegar en la patrulla. Él sabía que había culebra porque la jeva que estaba rondando era mujer mía, así que echó a correr y empezó el tiroteo. Le pegué dos, uno intercostal y otro en la pierna derecha. La gente empezó a gritar y lo montamos en la patrulla. Al llegar al barranco que está frente al bloque cincuenta lo rematé con tres disparos y lo lancé. Igual era una ratica, un jíbaro cabrón que quería cogerse todos los culos de la zona. Pero no puedo quitarme la imagen de la mamá llorando cuando lo subimos herido a la unidad. Me recuerda a la mía. A veces sueño con la vieja esa y la muy puta no me deja dormir.

Al fin llego a Plaza Venezuela. El altavoz advierte que es la última estación y se apagan las luces internas. Salgo acalorado del vagón rumbo a la transferencia de la línea uno. Algo me dice que el asesino está cerca, esta vez no se me escapa. La avalancha humana me arropa de nuevo. Acelero el paso y me ubico de primero en la fila.

Me quedo viendo los rieles del Metro color polvo. El andén termina en un túnel oscuro como una garganta. Una fuerte brisa anuncia la proximidad del tren. Luego, el ruido de avión cuando aterriza. La vía se enciende con el reflejo de sus luces y emerge veloz como un demonio de hierro.

Los parlantes se activan y se escucha un alerta: «Personal operativo, actividad G en curso». ¿Un posible suicida? El tren se acerca a máxima velocidad. Observo las cámaras y me inquieta pensar que no puedan ver al asesino… ¡Eso es! En segundos logro entenderlo todo y descifro el misterio. De inmediato siento el peso en mi espalda y el empujón irremediable. Traspaso la raya amarilla.

 

Por Carlos Patiño | @carlosdpatino

Este cuento obtuvo mención especial en la V edición del Premio de Cuento Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores (2011).

Brutalidad cotidiana

—¿Todavía sigues creyendo que somos más evolucionados que los monos?

—Sí. Porque aún podemos hacer algo al respecto.

The Experiment.

Al igual que esos boleros que hacen suponer que querer partirle los huesos a alguien en un abrazo es una sana forma de sentir afecto, hay quienes se refieren a algo excelso, o asombroso, usando la palabra brutal.

¿Cómo se puso de moda la expresión? “Esa jeva se viste brutal”, “El pana juega brutal”, “Marico, ¿viste la película? ¡Brutal!” Los maestros de la demagogia comercial, Chino y Nacho, al final del videoclip de su canción Me voy enamorando muestran la palabra brutal en gigante. El dúo parece homenajear la realidad que experimenta su país, en donde el afecto es, casi literalmente, huesos rotos.

En eso pienso mientras viajo, de pie, en un vagón del Metro de Caracas. El aire acondicionado no funciona, pasamos varios minutos detenido entre cada estación, la gente hace contorsionismo. Nada ajeno a la rutina: el infierno quema no por la intensidad del fuego, sino por la recurrencia.

Frente a mí una señora, sentada, le grita a su hija de unos nueve años. En las piernas lleva a su hijo, que acaso rondará el año. La niña me ve a los ojos mientras le endosan las etiquetas de “gafa”, “carajita del coño” y “bruta”. La expresión final, aunque puede tener una acepción parecida a la palabra de moda, no genera confusión en la niña: entiende que no la están halagando. A continuación, posa la mirada sobre su hermanito, que le pide mediante ademanes una muñeca tan despeinada como ella y su mamá. La niña lo complace. “¡Míralo, sí es marico!”, grita y carcajea la señora mientras ve al bebé jugar con la Barbie de su hermana.

Caracas es el Este y el Oeste y todo lo que esa mezcla y división representa. La literatura, y casi todas las manifestaciones artísticas, suelen difundirse en el Este. Las balas suenan con mayor frecuencia en el Oeste. Así y todo, las personas y los ambientes se mezclan y aprenden a coexistir sin armonía pero con costumbre. El Metro es la prueba. Allí pasean chamos desgarbados con apariencia tuky –que en vez de llamarte “pana” te llaman “el mío”–, mientras se sube al tren una estudiante de la Universidad Católica Andrés Bello con senos recién estrenados y un o sea que se atraviesa en cada oración. Del Metro solo escapan los que se encarcelan en el tráfico. Dentro de todo, Caracas puede permitirte escoger tu celda.

Una de esas chicas amiga del o sea conversa con un raquítico encorcovado, de lenguaje corporal robótico, que se apoya en un bastón. Estoy en Plaza Venezuela en el andén con dirección Palo Verde. La pareja está casi al principio de una de las filas que aguardan el tren. El flaco tiene voz de niño, ropa rota y manchada, cabello despeinado; ladea la cabeza al hablar y se queda pegado en algunas palabras.

—Car… li… ta, ¿tú tie… nes no… vio? –le pregunta el flaco a la chica.

—Sí, sí tengo –responde, riendo, viendo a los lados, sosteniendo a su, ya me queda claro, improvisado “amigo”.

—¿Y no se moles… ta si te paso a bus… car –mueve la cabeza en cámara lenta.

—No –Carlita, si es que se llama así, sigue riendo.

—Tú le expli… cas que so… mos a… mi… gos, ¿verdad?

El tren se aproxima. Carlita le dice al flaco que de ahora en adelante puede solo. Lo despide. Se abren las puertas del vagón. La gente empieza a bajar. Empujones. El flaco queda a la deriva, sin poder usar su bastón, sin poder reaccionar a tiempo para hacer lo que sea que quiera hacer. La gente pasa a su lado, esquivándolo de forma mecánica. “Panita, ven acá, te ayudo”, lo agarro del brazo y juntos entramos al vagón. “¿Panita?, yo no me lla… mo pa… nita”, “¿Y cómo te llamas tú?”, “Al… fon… so. Yo me llamo Al… fon… so”. Alguien le da el puesto. Lo ayudamos a sentarse. Seguimos hablando: “¿Tú co… no… ces a Car… li… ta?, ella es mi a… mi… ga, ¿la quie… res co… no… cer?”, “Sí”, “Pe… ro e… lla tie… ne no… vio”. Un hombre con bigote nos ve hablar. Ríe. Un par de señoras hace lo mismo. El flaco me explica que padece epilepsia. Cuando lo estoy despidiendo, para bajarme en Sabana Grande, saca una faja de billetes: “Hoy me to… có sa… lir a pe… dir pla… ta. Es la pri… me… ra vez que lo ha… go. ¡No, men… tira! Es la se… gun… da. Ya me faltan so… lo dos… ci… en… tos bolíva… res, ¿crees que los con… si… ga?” Le deseo suerte con una sonrisa. Solo eso puedo hacer.

¿O no?

En Caracas, ya se sabe, hay que bajar la voz de vez en cuando. El que se la tira de Bugs Bunny, Hulk, o Superman, corre el riesgo de quedar como el pato Lucas, Bruce Banner, o Clark Kent. Pero, está comprobado, en la jungla, el que pone la mejilla dos veces termina con el rostro desfigurado.

Por eso, con instinto de supervivencia, días antes corrí cuando un trío de adolescentes que se estaban formando como hampas trataron de robarme.

Eran las siete de la mañana y caminaba por una avenida en la que no había ni esperanza. Pasé al lado de tres enclenques con capuchas. Bajé la cabeza y seguí de largo. Se pararon, me persiguieron, crucé. “¡Dame el teléfono, el mío, dame el teléfono!”, dijo el más pequeño luego de que en su intento por obtener el pico de una botella quebrara la misma por completo. Corrí en dirección contraria hacia donde iba. Los dejé atrás y abordé una camioneta. Cuando pasé al lado de ellos, me asomé por la ventana, les lancé un beso y me eché a reír. Me vieron de soslayo y mostraron el dedo medio. Les correspondí. No sé si fue lo más inteligente, menos al ser una avenida que transito a menudo, pero, supongo, todos tenemos algo de instinto animal dentro. E ir a un médico está muy caro como para dejar que te desfiguren la cara.

En la calle sobrevive el más fuerte. Y ese es el que se adapte y entienda mejor cada circunstancia. Quizá por eso, y quizá también me esté excusando, cuando, ya fuera del Metro, compro palmeritas y escucho a una chama gritar “¡Ayuda, ayuda!, ¡atrápenlo!”, dudo. La escena se congela: todos se detienen y ven perderse a un delincuente, de menos de 1,60 metros, que se tropieza con los obstáculos de su consciencia mientras enfila hacia la Avenida Libertador. Nadie se mueve, todos nos limitamos a ver(nos).

En la sala de redacción, minutos después, me mezclo con periodistas. Un hábitat extraño en el que la mayoría puede oír y leer sobre centenares de muertos en Siria sin inmutarse, pero se sienten especialmente maldecidos cuando se enteran de que el dólar subió.

El resto de la tarde flirtearé con la frase “¿Por qué no corrí a ayudar a la chama?”, y con la duda de si podía hacer algo más por el epiléptico. “¡Coño, te pasaste de brutal!”, le dice el editor a uno de los chamos de audiovisuales que le enseña un video que hizo.

¿Y yo, también me pasé de brutal?

Al final del día, atravieso indigentes, bailadores de changa tuky en Sabana Grande, motorizados que ven con deseo las nalgas de una mujer y el bolsillo de su novio. Atravieso un ir y venir de gente en el que todos nos esquivamos sin prestarnos atención.

Ya en Zona Rental, dentro del tren, las puertas se cierran. Una de las decenas de voces conocidas empieza la retahíla para pedir dinero. Esta, sin embargo, siempre encuentra facilidad para robar la atención.

¿Cómo suena la voz de una anciana sin dientes? Exacto. Con ese tono se escucha un “Señores, buenas tardes, y perdóneme que yo los moleste”. El cabello blanco recogido en una cola. Un suéter de lana rojo. Un vestido por debajo de la rodilla. Así: rodilla, en singular. La anciana que camina apoyada en muletas, mientras pide dinero, solo posee una pierna: la otra se la amputaron.

No le cuesta aflojar el bolsillo de los pasajeros. A algunos las imágenes extremas son las únicas que los sacan del coma de la rutina. Cuando la anciana pasa al lado mío se consigue con tres muchachos vestidos con camisetas y bermudas playeras de colores. “¡Abuela, ¿cómo me le va?!”, grita uno. “Ay, mijo, se hace lo que se puede”, responde la señora. “Mosca por ahí, abuela, le puede pasar algo”, “No, sí en estos días unos policías me corrieron de por allá arriba. Y me quitaron todo lo que había pedido durante la tarde”, “¿¡Qué!? No, abuela, eso no es así. Usted nos dice quién se está metiendo con usted y nosotros vamos y pim, pum, pam: cayapeamos a esos mamawevos”.

Una amiga me dijo una vez que en Venezuela el índice de viudez es alto. Todos los índices que contabilizan lo que se cree “anormal” parecen serlo: discapacitados, homosexualidad, drogas, alcoholismo, cáncer, enfermedades del corazón. Ahora me pregunto, ¿cuántos lisiados circulan en Caracas? ¿A cuántos ignoramos? Hace días, en Capitolio, vi una patineta. El estereotipo de los skates los describe como tipos desarticulados, de ropa holgada y pantalones rotos. Amantes de la comida rápida, quizá de los porros, y –más que nada– de los huesos quebrados. Esos prejuicios se rompieron cuando noté que sobre la patineta, que rodaba por el andén, no había un pie, sino un torso.

Dos brazos largos “remaban” sobre el piso. Un tipo mutilado de la cintura para abajo estacionó su patineta en una fila, esperó que llegara el tren y lo abordó.

Tras bajarnos en Capuchinos, el “skate” nos zigzagueó hasta encontrar la fila menos poblada para esperar otro tren. “¡No vale!, ¿¡tú eres marico!? ¿¡Cómo tú me vas a hacer así, el mío!? ¿¡Y si me caigo para allá!? ¡No vale, si eres mamawevo!”, el tipo se dirigía a un estudiante, camisa azul, que lo veía con cara de náufrago. Quienes estaban cerca de mí alternaban el rostro del adolescente con el del “skate”, hasta que el segundo continuó su camino y, como si una mano invisible pasase un interruptor, todos agacharon la cabeza.

El lenguaje nos desnuda, retrata y condiciona. Construimos la realidad a partir de él. En Venezuela, pareciera que confundimos lo espectacular con la violencia. O puede que hayamos encontrado belleza en la brutalidad. Sea cual sea el caso, vivir dentro de una tribu sin copiar algunas de sus maneras es un desafío a la altura de muy pocos.

Llego a Las Adjuntas. Una docena de personas se golpea para entrar al tren, mientras nosotros lo queremos desalojar. Entre empujones, mentadas de madre y amenazas, una mujer con un bebé en los brazos trata de salir. “¡Cuidado, que la señora lleva un bebé!”, el grito sin rostro pone stop en la escena. La fauna salvaje se detiene. Nadie entra, nadie sale. Quietos todos. La señora pone los dos pies fuera del vagón y, okey, continúen. La batalla se reanuda.

La sincronía de la escena hace suponer que es interpretada por un grupo de danza cuya coreografía está llena de colores oscuros, sinfonías que invitan a la melancolía y movimientos que oscilan entre la brusquedad y el desgano. La voz del coreógrafo invisible se evapora. Y yo, el único espectador consciente, solo puedo exclamar: “¡Brutal!”

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

*Esta historia recibió mención en el concurso de crónica Que la ciudad eche su cuento (2015).

Empezamos

Cada vez que me monto en el Metro, me hago la misma pregunta: ¿quién fue el que se inventó eso de que Venezuela se está quedando vacía? El país vive una situación histórica de éxodo. Pero decir que las alrededor de tres millones de personas que han migrado equivalen a la mayor parte de la población es un acto de incompetencia matemática: aquí quedamos, al menos, 27 millones.

Cada vez que leo a algún incendiario en redes decir que los que seguimos en Venezuela lo hacemos por masoquismo, por estar dispuestos a morir a manos del régimen o por cualquier otra generalización, recuerdo a esos líderes comunitarios que me cuentan –sin drama, sin victimismo– que en muchos de los sectores populares hay un pensamiento que se impone a los demás: ¿cómo resolver las una o dos comidas a las que pueden aspirar por día?

Y recuerdo también que quienes en eso andan son un porcentaje, si no mayoritario, sí significativo.

El rompecabezas que construye al país está cubierto con un aceite tan imposible de precisar que todos los lugares comunes resbalan por él hasta hundirse en la fosa de las banalidades. Supongo que si nos ponemos místicos podemos imaginar que esta historia la ve desde arriba un narrador omnisciente que es el único que está al tanto de la diversidad de personajes que construyen su relato, además de observar con morboso detalle las consecuencias del aleteo de una mariposa en el oriente del país que luego desencadena un torbellino en la región central.

Para los demás, mortales condenados a narrar desde la posición de testigo, Venezuela es un cúmulo de experiencias que solo desde la introspección podemos capitalizar en herramientas o historias que nos ayuden a construir la mejor versión posible de nuestro futuro.

Me tocó nacer y crecer en un país en el que la mayor violencia, la más atroz tiranía, es la discursiva: la de personas que desde púlpitos en los que simulan poses de divos inaccesibles buscan imponer los parlamentos de un guion que no les pertenece a ellos, sino a los personas que le dan vida.

No pretendo, ni pretenderé, transmitir optimismo ni pesimismo, ni la sensación de que las líneas que salgan de mis dedos son verdades absolutas. Acaso lo único que puedo hacer es transmitir mi punto de vista, mi visión de los pedazos del rompecabezas que tengo la oportunidad de ver. Una visión que a veces se posa en el deterioro del Metro, pero también en ese amigo que vive de hacer lo que ama y gana suficiente dinero con honestidad como para pagarse unas merecidas vacaciones. Con esa actitud llego a Revista OJO, asumo el cargo de Editor en jefe y recojo el testigo que dejó mi querido y respetado Ezequiel Abdala. Más que lanzar sentencias inexorables, aspiro hacer lo que mejor se me da: narrar.

“Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que le quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino”, escribió Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto.

Y mi actitud, hoy, es la de un director técnico al que las ganas de debutar con su nuevo equipo se le desbordan por la mirada.

Ya empezamos.

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

 

 

El British Council le quiere dar un “espacio” a tus ideas

Gracias al British Council y su proyecto “Busca tu Espacio”, podrás convertir una de tus ideas en realidad en tan sólo cuatro pasos. El evento está destinado para jóvenes entre 15 y 30 años del área Metropolitana de Caracas.

Con el slogan “Tú pones la idea, nosotros el lugar”, se presenta la iniciativa de que permite a través del portal www.buscatuespacio.com.ve, presentar una idea, conceptualizarla y garantizar el acceso a espacios físicos y virtuales para la ejecución de proyectos relacionados con Cultura, Formación, Deporte y Emprendimiento.

La exposición que dará inicio a este ambicioso proyecto será abierta el día jueves 16 de abril en la Galería el Pasillo del Metro de Chacaíto, a las 11 de la mañana. La inauguración será el punto de partida para la ejecución de los proyectos recibidos a través de “Busca tu Espacio”.

Para mayor información sobre el evento, sus bases y el proceso de inscripción, puedes ingresar en www.buscatuespacio.com.ve o seguirlos en sus redes sociales.

El arte a toda velocidad

El Metro de Caracas, desde su planificación en los 60’s y funcionamiento en 1983, tuvo una gran ambición artística, que se tradujo en obras arquitectónicas como la estación de Altamira, Bellas Artes y Chacaíto. Lo interesante de su construcción es que a la estructura propia de las estaciones se le añadieron tendencias artísticas del momento: el cinetismo, la teoría cromática y la escultura. De esta manera nació la estética del Metro de Caracas: esencial y cromática, tal que se convirtió en su emblema.  Read More…