extrañar venezuela desde una pandería

Extrañar Venezuela desde una panadería

Miles de portugueses huyendo de la miseria y el fascismo llegaron a una Venezuela salpicada con brotes de violencia guerrillera para dedicarse a hacer el más noble tipo de bombas: las de merengue. Rodilla en tierra contra el hambre, la panadería luso-venezolana se convirtió en el espacio de convivencia de toda la fauna urbana. Donde el humo del café se mezcla con la bruma de la mañana y el horno comienza a calentar la grasa que mueve los engranajes de la ciudad.

Allí se encuentran personajes como el conocido viejo de panadería, aquel que llega y trata a todas las mujeres de mi amor, corazón, cariño y mi reina. Me parece el epítome de lo que es no darse mala vida por las palabras. Encuentro en él todo lo que nunca podré ser: una persona despreocupada, un bon vivant tropical, alguien que se llama Juan. El mismo que cuando escucha su nombre responde con “dígamelo cantando”.  Sin mayor mantra existencial que “dos litricos de leche, mi cielo”. Juan, que llega, toma un marroncito, endulza la vida de todas las mujeres y luego se va. Despegado y fútil. Vivaracho y chévere, tragándose al Caribe entero con cada sorbo que da desde el mostrador. El señor Juan, ídolo eterno de la panadería.

Ser panadero es un oficio ingrato y menospreciado. Eso lo sabía Gilberto, cuya panadería se levantaba como un oasis extraterrenal ajeno a la decadencia que la rodeaba. Para entrar tenías que esquivar mendigos, buhoneros, vendedores de chicharrón y la arremetida multidireccional de los merengues frenéticos de Wilfrido Vargas. Los obreros, preparándose para construir patria y piropear mujeres, arrancaban la mañana con café negro y un chorrito de aguardiente. Mi más sincera admiración a estos hombres que son también todo lo que yo nunca podría ser. Jalar caña y batir cemento suenan como tareas sobrehumanas para mí pues a tan tempranas horas hasta mis pensamientos tienen lagañas.

Más allá del mostrador se encontraba un submundo apasionante que fácilmente podría representar al universo entero entre máquinas monstruosas y trabajadores de velocidades increíbles. Había un empleado que era mocho. Agarraba una paleta metálica enorme que se extendía por varios metros, maniobrando con su única mano y sujetándola debajo del brazo como un espadachín del surrealismo panadero, metiendo la masa dentro del horno que escupía un calor furioso al abrirse. Ese hombre le echaba más bolas a la vida en un día que yo durante la sumatoria de todos mis años. Yo: dedico mis días a estudiar una carrera humanística en Europa y vilipendiar los ahorros familiares. Él: produce magia a punta de muñón y harina. Mis más sentidos respetos a este héroe olvidado.

En Portugal, la dinámica es distinta.

Una bandera portuguesa del Mundial del 98 y la mirada perenne de la Virgen de Fátima certifican a este recinto lusitano, que ahora visito con frecuencia, como foro del desasosiego, porque el olor del pan crujiente le queda maravilloso al existencialismo. Nietzsche y Sartre comen empanadas mientras concuerdan en que los repuestos para carros están carísimos y que no hay futuro. De existir conversación sería sobre fútbol, que es tan omnipresente como en Venezuela lo es la política. Cristiano Ronaldo es Chávez. Mourinho es la inseguridad. El Benfica es el éxodo migratorio y el Porto es la pelazón en general.

Estoy atrapado en lo que desde la distancia se podría vislumbrar como un país erigido sobre bases de harina, agua, sal y levadura. Pero acá viene la realidad innegable: el pan en Portugal es mediocre. Este país es una estafa, lo sé porque me estoy comiendo las únicas palmeritas saladas del mundo, un atentado contra el sentido común. Las buenas panaderías pertenecen a portugueses retornados de Venezuela. Los mismo que venden malta y cachitos a un par de euros, más baratos que en Venezuela. Y ese es el único dato económico que me interesa. Basta ya de índices inflacionarios y del PIB: midamos nuestra economía por el número de cachitos de jamón que el ciudadano común puede comprar.

Sonrío al imaginar a un viejo de panadería haciendo su vida en Portugal. Abandonaría el intento de decir “Olá, meu coracao” conforme las multas por acoso sexual –o, en su defecto, las cachetadas– empezaran a llegar. Al acercarse la mesera, tentado por la curiosidad, digo: “Olá coracao, un cafecito ahí vale”. En mi mente, porque en la realidad solo sale un correctísimo “uma meia de leite, se faz favor”. Sí, señor, porque uno siempre debe decir buenos días y muchas gracias, con el corazón inexpresivo.

En Venezuela, Cristo reposa entre las tetas de una menopáusica operada y está mirando a los ojos al vigilante que vino a comprar un chocolate para levantar a la conserje. Acá, entra una chica hermosa y solitaria, que ignora lo primero y se acostumbró a lo segundo. La veo, desprecio y deseo en partes complementarias. Tiene la piel hecha de caucho y por dentro puros engranajes, bujías, aceite y válvulas. Lo sé. En este país solo hay robots y viejos, circuitos y flemas en coexistencia. Habla con la cajera y su sonrisa me hace pensar en labios que, pudiendo algún día decir “te amo”, nunca pasarán de “bien, ¿y tú?”.

La guerra asimétrica contra el Atlántico también me tiene un poco robot. Por ahora, lo mejor que puedo hacer es observar y sacar conjeturas prejuiciosas sobre los demás de manera morbosa. Esperando al verano y su redención. Practicando el arte de matar el tiempo sin que el tiempo me mate, lo que siempre se debe hacer con un mínimo de elegancia. Lo sabe la señora que entra a comprar un campesino, lo sabe el trasnochado que entra con lentes de sol buscando un jugo, y lo sabe la gordita que pretende suicidarse tapando sus ventrículos con mousse de chocolate.

Panaderías, lugares de convivencia y conspiración, donde se han conjurado revoluciones y compartido victorias. Se han tramado asesinatos y llorado muertos. Puedo ver a Bolívar, libertador de seis naciones, buscándole fiesta a la cajera. A Miranda, que luego de pasar tanto tiempo fuera no sabe si decirle canilla o baguette. A Juan Vicente Gómez, en la lejanía de los Andes dispuesto a acaparar todas las palmeritas durante los próximos treinta años. Al mísero Pérez Jiménez, comprando un cigarro detallado y pegándole al niño en la calle que le pidió un pastelito. Puedo verlos, como dice el tango, “revolcados en un merengue y en el mismo lodo todos manoseados”. Los puedo ver unidos por la masa de la historia. Y ahora me pregunto si en cada panadería tendrán también a un mocho en la trastienda, convirtiendo tragedia en dulzura. O si será que el universo entero es una panadería, y Dios es simplemente un panadero mocho.

Por Mauricio Gomes

de mano en mano

De mano en mano

El mensaje de texto me dejó intrigado, lo confieso. Me lo había enviado Laura, pero me quedé pensando en nuestra amiga Isabel, intentando ubicar el momento exacto del último encuentro, las últimas risas, la última fiesta; pero no pude. Durante muchos años habíamos sido buenos amigos, Isabel, Laura y yo, amigos de irnos a la playa durante los fines de semana o acudir a fiestas hasta la madrugada, pero parecía que había pasado una vida entera desde esos días de camaradería y celebraciones.

Debido a la situación del país, Isabel se fue a Buenos Aires en un año indeterminado, y, pocos meses después, su hermano se había mudado a Australia para trabajar en una transnacional de la que yo sabía muy poco. Todo se derrumbó a partir de allí: la mamá de Isabel había enfermado y ellos no pudieron regresarse a tiempo para estar con ella en esos meses finales de lenta agonía. Laura y yo hicimos lo que pudimos, pero no fue mucho. Algunas videollamadas y muchos mensajes de texto antes de una apresurada cremación y una retahíla de quejas y maldiciones por parte de Isabel contra el régimen nefasto que le había impedido a su madre los medicamentos necesarios y a ella la posibilidad de compartir con la señora su dolorosa enfermedad.

Laura se quedó con las llaves del apartamento de la señora porque eran vecinas. Ella cruzaba más mensajes con Isabel que yo, y así habían decidido que lo mejor sería alquilar algunas de las habitaciones a muchachas universitarias para que el apartamento no estuviese solo, ya sea para evitar su deterioro o para que alguien pudiera expropiárselo. Una vez más, mi amiga se puso manos a la obra y limpió y organizó las cosas de la mamá de Isabel. Donó la ropa al geriátrico y regaló algunos muebles viejos. Pero la señora había sido una lectora voraz, dejando uno de los cuartos convertido en una gran biblioteca. Yo recordaba eso, por supuesto, y también la sonrisa afable con la que ella solía negar el préstamo de sus libros. En esa época yo comprendía muy poco, y no sabía lo que ahora sé sobre la amarga posibilidad de prestar libros que no volverás a ver de nuevo. Yo le devolvía la sonrisa y hablaba de otra cosa, con la vista puesta en la taza llena de café que compartíamos sentados a la mesa de la cocina mientras Isabel terminaba de vestirse para salir conmigo.

Me reuní con Laura una semana después de haber intercambiado los mensajes de texto donde me pedía encargarme de los libros. Me ofrecí para ayudar en lo que pudiera, para embalar o catalogar o limpiar u ordenar los libros de la señora María; pero Laura me dijo que ya lo había conversado con Isabel y que entre las dos decidieron que lo mejor era que yo me encargara de disponer qué se haría con los libros, que tenía carta blanca en el asunto, porque Isabel ya no regresaría y era preferible que alguien que valorara los libros se encargara de eso. Yo alcé las cejas.

—Pero, ¿a qué te refieres con “encargarme de los libros”?

—Bueno ―dijo ella―, Isabel dice que te quedes con los que quieras y que el resto lo dones o se los pases a alguien que también los valoren, porque ahí se van a deteriorar más; y es necesario vaciar esa habitación, para alquilarla.

—Puedo embalarlos y tenerlos en mi apartamento, si ella quiere… En caso de que más adelante quiera revisarlos o…

—No ―me cortó Laura―, Isabel no viene más, olvídate de eso. Ni quiere ni puede. Me dijo que ya su mamá murió y ella no quiere regresar. “¿A qué?”, me dijo. Y yo se lo entendí. Es verdad: ¿a qué se va a regresar?

Respiré profundo. Terminamos de bebernos el café y, agarrando el manojo de llaves, nos fuimos al apartamento vacío de la señora María. Fue inevitable que muchos recuerdos surgieran a la superficie. El paso lento de la mamá de Isabel. El aroma de la comida en la cocina. La voz familiar que me recibía en cada visita. Y ahora el silencio rebotaba entre esas paredes vacías. Laura me precedió hasta una habitación cerrada al final de un corto pasillo. La puerta chirrió al abrirla. Había varias cajas de cartón en el piso y dos de las paredes estaban llenas de libros polvorientos, apilados de cualquier manera, caídos algunos, en ordenadas filas otros. Una cortina de tela oscura dejaba el cuarto en una leve penumbra a pesar de la hora matinal. Hice otra profunda inspiración e intercambié una mirada con Laura.

—Revisa a ver ―dijo, encogiendo los hombros―. Yo voy a montar más café. Llámame si me necesitas… Me parece que la señora María aparecerá en cualquier momento, y eso me hace sentir incómoda. Voy a estar en la cocina. Avísame cuando termines.

La vi desaparecer por el pasillo y me arrodillé frente a las cajas. Revisé sin apresuramientos y le eché un vistazo a los títulos en los anaqueles. Había un poco de todo: enciclopedias de los años 70, libros de historia, textos académicos, novelas, fascículos de viejos recetarios de cocina, volúmenes sobre extraterrestres y sobre jardinería, colecciones bellamente empastadas sobre literatura rusa y francesa, antologías de cuentos, revistas de modas, folletos, una mesa de planchar con más libros encima, manuales de mecánica automotriz, diccionarios, libros sobre arte italiano… Me sentí de nuevo como un niño ante aquella cueva llena de pequeños tesoros, y lamenté las tristes circunstancias que nos habían empujado a eso. Aparté un tomo grueso sobre autores rusos (Gógol, Pushkin, Turguéniev, Korolenko, Bunin, Gorky y otros), una vieja edición de La educación sentimental de Flaubert, un volumen de Herodoto (Los nueve libros de la Historia), otro de Suetonio (Vidas de los doce Césares) y varias novelas de autores europeos.

—¿Vas a querer más café? ―preguntó Laura una hora después.

Le dije que sí mientras sacudía el polvo de mis manos. Poco a poco había logrado establecer un poco de orden, apartando los títulos que me interesaban de los que podía regalar o donar a la Biblioteca Pública. Quedaba mucho polvo todavía, muchas telarañas, algunas cajas sin abrir y anaqueles sin revisar, pero al menos ya estaba a mitad del camino. Hicimos una pausa para beberme el café y cruzar algunos comentarios sobre la señora María y sobre nuestra querida amiga, lejos en Buenos Aires, ajena por completo a la limpieza que realizábamos.

—La extraño, ¿sabes?

—Yo también ―me dijo Laura―. Yo también. Ella insistió mucho en que tú te quedaras con los libros de su mamá. Creo que eso lo dice todo.

—Dice todo y más. Hubiese preferido que estuviese aquí con nosotros, pero…

—Pero esto es lo que hay ―completó ella―. ¿Te falta mucho?

—Sí. Me falta aún revisar lo que está en aquella pared…

—Bueno… Mejor te quedas a almorzar conmigo y venimos otro rato en la tarde, ¿te parece?

Paseé la mirada por la habitación y asentí con lentitud. Ya cuando salíamos del apartamento, giré la cabeza por encima del hombro para contemplar el silencio que dejábamos atrás. Murmuré una frase de agradecimiento a la señora María y lamenté una vez más aquella vuelta del destino que me sorprendía con otro cargamento de libros ajenos, pero los aceptaba con mucho respeto y cariño. Laura preguntó luego cómo me llevaría los libros.

—Tendré que pedirle a mi papá que me dé la cola, porque esas cajas pesan mucho.

Laura me miró con curiosidad.

—Más libros ―me dijo con un acento raro en la voz―. Quién sabe qué pasará con ellos cuando tú te mueras.

Lo pensé un momento y dije:

—No lo sé, vieja. Supongo que alguien más hará entonces lo que nosotros estamos haciendo hoy. La vida es una enorme rueda… Regálame otro poquito de café, por favor.


Por Luis Guillermo Franquiz | @lgfranquiz