Bonsoir, París

Por Natalia Martín.

Al llegar a París me encontré caminando entre un montón de “¿Vous êtes perdu, madmoiselle?” de árabes y moros, vecinos de mi mala decisión de hostal. “Sí, je suis perdu”, hasta que encontré el St. Christopher’s Inn Backpacker’s Hostel. Llegué al hostal, dejé mis cosas en el locker del sótano y fui a ducharme para salir al encuentro con Alexandre Cherreau, el chico con el que había quedado a través de CouchSurfing, una página internacional de viajeros que te permite encontrarte con residentes de las ciudades para que te la muestren e incluso puedes dormir en sus sofás. Read More…

Y con pésimo francés digo “Bonjour, París”

Por Adriana Ovalle -@adrianaova

Buscando huir del frío de Londres, compro desesperada un pasaje de autobús a París. Sí, de autobús. Hice maletas y me preparé psicológicamente para las casi 9 horas de viaje.

Me despedí de la tierra de Harry Potter con el acostumbrado desayuno insípido que mi estómago aborreció tanto. Una vez en el autobús leo las palabras mágicas: WiFi. Pero era demasiado bueno para ser cierto y nunca pude conectarme así que decidí disfrutar de mi soledad. El viaje transcurre con paisajes que solo pensé vería en películas, siestas cortas, Henry Miller y una bolsa grande de chocolates.

La ciudad de la luz me recibe a las 5pm así que pude comprobar y disfrutar el porqué de su sobrenombre.  Una vez en el terminal mi ritmo cardíaco se acelera, fue la primera vez que pensé en lo impulsivo que fue ese viaje por haberme ido sola y solo sabiendo pronunciar un pobre Bonjour junto a la fama de los franceses de odiar el inglés. I’m fucked, pensé. Con un pequeño ataque de nervios me bajo del autobús y entro al metro. Contemplé por más de 5 minutos la maquina para comprar los tickets sin saber qué hacer y comenzar a odiar la ciudad por no tener la opción de usarlo en inglés o español.

Una chica que viajó conmigo me vio en apuros y se compadeció. Me compró el ticket y me indicó la supuesta dirección del hostal. Era una bailarina italiana que vivía en Francia pero que estaba en Londres por una audición a un video de Rihanna. Todos tienen algo que contar, la cosa es que sea verdad o decidamos escuchar. Como coincidimos en dirección, el viaje en metro estuvo lleno de anécdotas interesantes de su vida. Nos despedimos en Opera, mi supuesto destino. Pasé más de una hora entrando y saliendo del metro buscando la calle correcta hasta que conseguí un mapa de la ciudad que me informó lo que ya me imaginaba: estaba lejos del hostal.

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Estás en Amsterdam

“No sé qué te conviene más. Si ir a Gare du Nord o Gare du Midi”, me dice David, tan alto y español, mientras veía fijamente el mapa del metro de Bruselas. Al cabo de dos segundos me dice que vaya a la estación de Gare du Nord, pues de ahí salían más trenes y seguramente saldría el que me llevaría a Ámsterdam. “Desayunamos y nos vamos ¿vale?”. Vale. A David lo conocí a través de una amiga –también periodista de la Complutense de Madrid- que nos presentó en un México-Argentina del Mundial pasado; sólo nos vimos esa vez pero hay gente que no necesitas ver más para saber que ahí quedó una amistad.

Desayunamos café y torta, y nos fuimos los dos con gorros y sin paraguas para protegernos de la constante y melancólica lluvia que parece ser la banda sonora de Bruselas; nos despedimos en el Metro con un abrazo y un ‘hasta pronto’ improbable porque yo me regresaba a Caracas y él se quedaba en Bruselas. “En Madrid no hay trabajo. Además los belgas están muy buenos, cariño”, nos separamos y yo seguí a Gare du Nord, busqué en los horarios el tren que me llevaría a Ámsterdam, “Excuse me, does this train goes to Amsterdam Central?, y un ‘Yes’ seco de una cincuentona harta de turistas me tranquilizó el camino; decidí viajar sola porque sí, no hay razón, sólo sé que es algo que todo ser debería hacer alguna vez en la vida, lo único malo es el miedo constante a siempre agarrar el tren equivocado y terminar en el Este profundo de la Europa de Vladimir y sus cabras.

Fue un tren de tres horas con varias paradas y ninguna palabra. Escuchaba no me acuerdo qué en el iPod mientras veía los paisajes idílicos que ofrecen los Países Bajos, atestados de bicicletas y flores de colores fuertes cuando me di cuenta de que quedé en encontrarme con mi amiga a las 8 –frente al Starbucks de la Central Satition- y que este tren llegaba a la 1.

Ay.


¿Qué carajo iba a hacer siete horas sola? Hasta ahora solo había estado completamente sola en los trenes pero siempre llegaba a encontrarme o conocer a alguien como pasó en París, como pasó en Bruselas; en lo hostales abarrotados por turistas de todo el mundo siempre hay gente que quiere conocerte y quererte, el problema de Ámsterdam es que llegaba a la casa de una amiga de un amigo, es decir, no hostales, no cariño y un ahora cómo hacemos. “Ticket, please”. Toma mi boleto y deme alguna respuesta, Señor Revisor.

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