música

Opiniones para después de la música

La música, eso creo, alguna vez nos importó. Era parte de nuestras vidas, pero era además parte, sin quizá nosotros proponérnoslo, de nuestro crecimiento espiritual. La música era una forma de relacionarnos con el mundo, de conocerlo y de percibirlo, pieza fundamental de aquello que nos convertía en seres humanos. No era cosa desechable, estaba en nosotros, permanecía en nosotros, nos daba alma. Era nuestra poesía, en el sentido amplio, es decir, formas de conocimiento y espiritualidad entremezcladas.

Por aquel entonces atesorábamos la música. Los discos, aquellos objetos tangibles, vea usted, se agenciaban como partes de nuestros tesoros del alma. Creo que la relación entre el mundo material y el mundo espiritual (aquello de la res cogitans y la res extensa de Descartes) es en realidad muy estrecha, porque lo espiritual y lo material se unen a través de esa aura poderosa que es nuestra conformación síquica, la energía que nos convierte en seres humanos con cierta profundidad. Necesitamos el objeto porque el objeto nos identifica como personas particulares dentro de una masa o un colectivo; nos separa y nos hace pertenecer, pero fijados en cierta individualidad. Por eso un disco resultaba tan importante. Mostrar tus discos a tus amigos y a tus novias equivalía a mostrar tu crecimiento, a mostrar en quién te estabas convirtiendo o quién estabas siendo.

Hoy día, ya carentes de cidís, ¿qué mostramos? A la música pop desechable de hoy en día (y he dicho pop desechable) no le interesa convertirse en un tesoro, ser perenne y pasar a formar parte de nuestra conformación existencial. La música pop desechable simplemente es un ritmito de fondo, y tiene que ver con las personas tan sólo en la superficie, de paso, como un hotdog o un trozo de pizza industrial.

Es como si la música hubiera dejado de importar, de enseñarnos algo, de interrelacionarse con nosotros y el mundo. En otro tiempo yo escuchaba Saga y viajaba en mi mente a los mundos de fantasía, entre futurísticos y místicos de Saga. Recorría galaxias, planetas distantes, universos lejanos donde yo era una persona mejor. Cuando joven, con la música me enamoraba hasta el hueso o me sumergía en las oscuridades luminiscentes del deseo sexual. Ahora pareciera que la música es sólo para darse revolcones o perrear. Para divertirse y nada más. Y bueno, sí, la diversión es un lugar necesario, pero la música pop desechable es unidimensional en ese sentido. No quiere que sufras, o quiere que sufras desde el sentimentalismo fácil, que es lo mismo que divertirse en un charquito de ranas. En nuestros tiempos ligeros y políticamente correctos, el dolor es cosa innombrable como vía de aprendizaje. Olvidamos a Sócrates y a Platón, y pensamos que el dolor es malo y que debemos evitarnos a toda costa sufrir, y ya, nada de andar metiéndose muy a fondo.

La música pop de hoy sólo quiere que «la pases bien», que tengas un revolcón en un motel y un despecho que se pasará rápido porque te irás con otra en cuanto te tomas el próximo trago, porque, ya se ha dicho, eso del dolor, la pena o la melancolía como vías de conocimiento no va con la gente del siglo XXI. La catarsis griega ha muerto, damas y caballeros.

Claro, la música pop siempre ha querido que bailes, cómo no. Pero, por ejemplo, con Safety Dance de Men Without Hats, yo bailaba por un pueblo medieval con bufones, juglares y damiselas, o con Hungry LikeThe Wolf de Duran Duran andaba dando saltos por la exótica India a la búsqueda de no sé qué mujer serpiente, y me sentía así todo un Indiana Jones avanzando entre peligros sensuales (recuérdese que la primera cinta del gran Indiana Jones es de 1981 y el álbum Río es de 1982). La música en los ochenta, siguiendo por esta vía, ofrecía todavía una rica gama de posibilidades, todo un universo complejo de formas musicales y de propuestas visuales. Y estamos hablando de lo que era mainstream. Hoy día, así lo creo, si no suena igual esto a lo otro, no sirve. Si no es reconocible, es raro, y si es raro es sospechoso, y es peligroso, porque dejas de pertenecer y al que deja de pertenecer le hace bullying toda aquella gente cool e igualita. Lo que es raro, lo distinto, es difícil y ofende. Siempre lo he dicho: pensar duele.

Foto: Elviss Railijs Bitans

Celebro como una de las películas más importantes de esta década y quizá de unas cuantas más atrás, Bohemian Rhapsody: la historia de Freddie Mercury. No es la mejor, pero sí una de las más importantes, porque la reacción que logró entre la gente (joven y no tanto) es fenomenal. La escalada arrolladora de los temas de Queen ha dejado en claro que hay un montón de idiotas que están equivocados con respecto a lo que debe ser la industria de la música hoy en día. A la gente le pueden gustar otras cosas. A la gente le puede gustar lo «raro», si acaso nos parece que Queen es raro, comparado, obviamente, con cualquiera otra cosa metida en el molde de hoy.

Con frecuencia paseo por YouTube y me pongo a buscar música. He encontrado maravillas, porque, quiero dejar esto en claro, en la actualidad hay gente haciendo música increíble. Pienso en Dead South, en The Hillbilly Moon Explosion, en Reverend Peyton´s Big Damn Band, en Milky Chance, en mis adoradas Lera Lynn o Lila Downs, e incluso en el sexy Two Feet.

No he pretendido ponerme intenso, exquisito y pasar por intelectual esnob. No, ya he dado mis razones, y demás está decir que cuando algo es definitivamente de mala calidad no hay teoría posmoderna que lo sustente. Lo malo es malo.

Tampoco soy experto en música, sólo he nombrado lo que me he ido encontrado por allí, y que, entre tanto Maluma en seguidilla, me parece maravilloso. Por cierto, hace poco escribí Pre-Texos en Google, buscando la página WEB de la hermosa editorial española, y el primer enlace que me salió fue el video de un bendito tema de Maluma.

También vi recientemente una entrevista que le hicieron a Frank Zappa. Decía que durante los sesenta se grabó y se distribuyó mucha música experimental. Zappa explica que una de las razones de tal fenómeno radicaba en que los productores de aquel entonces no eran jóvenes que creían que se las sabían todas en el mundo de los negocios, sino señores con corbatas y cigarros cubanos que solían vociferar algo así como, «Qué sé yo, lánzalo y veamos qué pasa». Estos chicos jóvenes que creen saber qué es lo que la gente debe escuchar (o peor, que creen qué es lo que la gente quiere escuchar) son más conservadores y peligrosos para el arte que aquellos señores de corbata y puros, advierte Zappa. No todo es un numerito, una estadística, un focus group, no todo es un tema políticamente correcto (esa forma de mercadeo de los progres) o pegajoso bajo cierto parámetros al uso. En alguna parte también está el arte, el atrevimiento, la irreverencia, la búsqueda, el dolor, la melancolía, la tristeza, la rabia y la alegría genuina, incluso la inocencia.

Antes, detrás de las cosas, había velos, oscuridades, o por lo menos simulaciones de alma. Antes, la música buscaba el misterio, era erótica. Hoy día todo es pornografía, tan horrorosamente explícito y transparente que ya nada se diferencia. La gorrita beisbolera que no es gorrita beisbolera y que es más grande de lo normal, hiperbólica y de lado, ¿ya cuántas veces la hemos visto? Hasta Edy Smol –autoproclamado el gurú de la moda mexicana– es reguetonero sin serlo con esas gorritas horrendas con las que va para el mercado (sí, todo un gurú de la moda el Edy). Tanto giran y se repiten los signos, que ya nada tiene sentido y todo pasa ante nuestros ojos sin detenerse. Hace poco en la radio escuchaba un rating de música electrónica. El cuatro lugar era idéntico al tercer lugar, el tercer lugar era idéntico al segundo lugar, y el primer lugar era idéntico al segundo, al tercero y al cuarto, sólo que alguien de vez en cuando cantaba.

En fin, ojalá que la música empiece a importarnos de nuevo, algún día. Mi hijo de 13 años, por los momentos, ha empezado a escuchar a Queen, y a mi niña, de cinco, le fascina escuchar algunos temas de Lila Downs e In Hell I’ll Be in Good Company, de Death South. Espero que se salven, que de alguna manera se salven. Yo hago lo posible.

 

Por Fedosy Santaella | @Fedosy

La vida en vivo

La última vez que El Niño Jesús pasó por mi casa, no dejó un gran castillo de Barbie ni tampoco un Game Boy Advance; su regalo fue un cd de los Backstreet Boys. Ese anacrónico dispositivo, que a principios de siglo sostenía a la industria musical global, y ahora se utiliza más en la elaboración de manualidades que para su función original de almacenar información, estaba acompañado de dos entradas para el primer concierto que darían los BSB en Caracas. Esa Navidad mi versión de ocho años se sintió igual –o más– afortunada que Charlie Bucket con el golden ticket de Willy Wonka.

Mayo de 2001. “Black & Blue Tour”, 115 conciertos repartidos en nueve países, tres de ellos en Venezuela. Anuncios de televisión y vallas en las autopistas, coberturas informativas especiales encabezadas por Eyla Adrián y María Alejandra Requena, dispositivos de seguridad con oficiales públicos y empresas privadas, calles cerradas y rutas transporte gratuitas para los asistentes, miles de jovencitas acampando por días a las afueras del Estadio Luis Aparicio en Maracaibo y del Estacionamiento del Poliedro en Caracas. Euforia adolescente e ilusión infantil brotaban en partes iguales entre el público, la “backstreet manía” aterrizó en el país con un apoteósico espectáculo que me ofreció una certeza en la que hoy, 17 años después, sigo creyendo firmemente: ir a conciertos es una de las maneras más genuinas de palpar la felicidad.

Vivir en Caracas

En mi familia la música siempre ha sido tan importante como el pan. Crecí escuchando anécdotas de mis tíos sobre los conciertos de la Fania All Stars, Van Halen, The Police, Queen y  The Jackson Five en El Poliedro; conocí la locura de las masas teniendo de tío político a un integrante de Salserín –en la época de De sol a sol y Entre tú y yo–, reí muchas veces cuando mi mamá me contaba con orgullo cómo se escapó de la casa para ver a Santana en el Estadio Universitario de la UCV; y cada año, la transmisión del Festival de la Orquídea era mi momento favorito de la televisión nacional.

Tuve la suerte de poder trazar mi adolescencia a través de conciertos: Hilary Duff en la cúspide de su reinado Disney y con Vos Veis de teloneros; Black Eyed Peas en la última encarnación del Caracas Pop Festival; Diego Torres en un Poliedro tapizado con patrocinadores: desde tarjetas de crédito, bebidas alcohólicas y hasta marcas de preservativos; Nine Inch Nails, Iron Maiden y Korn para cumplir las cuotas de furia correspondientes a la edad; dos entradas para Incubus pagadas en efectivo en el Recordland del Sambil; Soda Stéreo en el año del referéndum constitucional; y Green Day como regalo de graduación del colegio.

Un buen número de conciertos a temprana edad. Pero si un evento ha marcado mi vida como entusiasta de la música en vivo, ese ha sido el Festival Nuevas Bandas. Desde 2006, primer año que asistí como público, pasó casi una década para que pisara su escenario como miembro del equipo de producción. Podría hacer una larga lista con las bandas que vi en las distintas locaciones (Plaza La Castellana, estacionamiento de El Nacional, Concha acústica de Bello Monte, Centro Cultural Chacao…) que ocupó la competición de bandas más longeva de Venezuela y del continente, durante ese período y los momentos, llamémoslos, históricos para la música nacional que sucedieron sobre sus escenarios.

 Así como el FNB sorteaba con ímpetu la ya incipiente crisis, en paralelo también se abrían más espacios para la “movida nacional”: Por el medio de la Calle, el “Ni tan nuevas bandas”, WTFest, Sunset Roll, Waraira Fest, Rock en la U y Virgen Fest, nombres que siguen siendo para mí referencia al recordar que esa utopía moderna que conocemos como festivales de música hasta hace no mucho se adaptaban a nuestra realidad y ocurrían con cierta frecuencia en Venezuela.

Caracas se quema

Desgraciadamente el desastre del chavismo se puede explicar con muchos ejemplos, de antemano pido disculpas por tomar uno bastante frívolo pero apropiado para este texto. Aproximadamente a partir de 2012 Venezuela desapareció del mapa para las grandes giras internacionales que pisaban Latinoamérica; y de los pocos conciertos que se realizaron, quizás los más grandes, costosos y polémicos fueron organizados por el Gobierno. Aunque a muchos incomode, la música sobrepasa ideologías y esos destellos de felicidad musical fueron aprovechados por un gran número de jóvenes caraqueños, entre los que me cuento. A pesar del trasfondo político de los eventos, no negaré que vi a Kevin Johansen + The Nada en la Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño a un precio irrisorio, incluso para el momento; y a Café Tacvba, una madrugada en la Plaza Diego Ibarra.

Mientras que la oferta de conciertos internacionales en el país se desvanecía, la escasez arreciaba. CADIVI viajero aún existía y la idea de irme una semana de vacaciones fuera del país, siendo una universitaria con ingresos modestos, no era un delirio. Antes de que Chile fuera uno de los países en acoger a la mayor cantidad de migrantes venezolanos, el país sureño recibió a la primera edición suramericana del famoso festival Lollapalooza.

Marzo de 2012, segunda edición del Lolla Chile. Dos días, seis escenarios, 60 conciertos y más de 100.000 asistentes. Con esa experiencia desbloqueé una insignia más en la pasión por la música en vivo: un festival de gran formato.

En caso de que mi memoria fallara, hice un exhaustivo scroll en mis redes sociales y confirmé que los últimos conciertos internacionales que vi en Caracas fueron a finales 2013. Hasta emigrar en 2016, solo disfruté de actuaciones de mis grupos locales favoritos.

De Caracas a Madrid Barcelona

—¿Cómo te sientes hoy?

—Ahí, no me gusta que este concierto sea una despedida más.

Un par de semanas antes de irme de Venezuela escuché esa conversación en el baño de Teatrex de El Bosque, y desde entonces no la olvido. Ya no solo me despedía de mis amigos, también lo hacía de los músicos y bandas que me habían hecho cantar, bailar y trabajar en los últimos años.

Como todos los que hemos salido de Venezuela con una maleta de 23 kg y poco más, tuve que dejar “ordenada” mi habitación. Mientras hacía esa limpieza profunda, conseguí flyers y programas de mano, franelas, calcomanías sin usar, recortes de revistas y periódicos, organicé mi estante de cds y desempolvé una pequeña caja de madera con un grabado del Ávila en la tapa, en la que por años deposité las entradas y brazaletes que coleccionaba. Cada objeto como una memoria tangible de este relato. Pensé empacar la cajita y algo más, pero en 23 kg hay poco espacio para la nostalgia.

Bien escribió Antoine de Saint-Exupéry que “un objetivo sin un plan es solo un deseo”. Trazando mi plan, llegué a Barcelona, donde he podido alcanzar mi propósito de trabajar en la industria musical, un anhelo que nació cuando apenas era una niña que precozmente quería ir a conciertos.

Afortunadamente, cada día me he acercado un poco más a ese objetivo original y he vivido experiencias que en casa parecían tan lejanas como improbables. Justin Bieber en pleno furor de Sorry, J Balvin antes de Beyoncé y Mi gente, La Vida Bohème en la fiesta mayor de la ciudad, Devendra Banhart en una masía catalana, Jorge Drexler en un teatro de 700 butacas, The Rolling Stones en el estadio donde se inauguraron los Juegos Olímpicos del 92. Todo esto y trabajar en las últimas dos ediciones de uno de los festivales más grandes del mundo, Primavera Sound.

Así voy, trabajando y viviendo, poco a poco o “de mica en mica”, como dicen los catalanes. Sin la caja con entradas gastadas que era mi tesoro, sin los amigos que me acompañaron en aquellas aventuras musicales, reviviendo a través de canciones los momentos que me trajeron hasta la “ciudad condal”, y construyendo con nuevos ritmos y melodías futuros recuerdos.

 

Por Ashley Garrido |@ashgarrido

El asesinato de los valores

Por: Juan Pablo Chourio | @JuanPa_ch 

A Evio di Marzo lo asesinaron, como a Óscar Pérez, Mónica Spear, los hermanos Faddoul y a muchos más. El hampa no sólo le quita la vida a miles de venezolanos, sino que también nos deshumaniza. Pese a lo frecuente de la noticia, un asesinato jamás debe ser pasado por alto. Según un informe publicado por InSight Crime en enero, Venezuela es el país latinoamericano con más muertes violentas: 89 por cada 100 mil habitantes. El entonces integrante de Adrenalina Caribe y hermano de Yordano di Marzo transitaba por Bellas Artes cuando antisociales lo interceptaron para robarle el carro la noche del 28 de mayo. Su pecado fue resistirse. Su sentencia, una bala que se incrustó en el intercostal izquierdo, según reportó el periodista Román Camacho. El asesinato de Evio no sólo refleja una vez más como la inseguridad no es una sensación, sino que también demuestra como el chavismo nos cambió: antes de lamentar una muerte violenta, primero se rastrea si el implicado simpatizaba o no con la revolución. La muerte de uno de los seguidores del único inmortal que se murió hay quienes la celebran en redes sociales: “Votó… y la delincuencia imaginaria y creada por la oposición lo mató. Que Dios le perdone sus pecados”; “Así irá muriendo cada uno de ellos. El diablo necesita almas malignas, ya que el que apoye este gobierno no es de alma buena ni de mente sana”; “Karma para los chavistas”. Que el régimen haya sido capaz de condenarnos a una crisis sin precedentes es una realidad que como ciudadanos no podemos cambiar, pero que también nos deshumanice y nos haga perder el vestigio de una sociedad con valores, es una derrota que tardará más de un periodo de gobierno para recuperarse.

Lorena Pereira: “Mi meta es mostrar con honestidad lo que soy por medio de la música”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Cuando era pequeña, en la casa de Lorena Pereira no sonaba un despertador sino un cuatro. Lo tocaba su padre a las 5 de la mañana, y de esa singular manera las despertaba a ella y a su hermana cuando tenían que ir al colegio. Con tales amaneceres, su vocación musical prácticamente no necesita explicación. Todavía menos con el dato de que esa casa estaba en Barquisimeto, la ciudad musical de Venezuela, y de que ese padre que tocaba el cuatro y su esposa eran (son) instrumentistas y cantantes. Una familia musical, como la define ella ahora, en la que hay también tíos y primos dedicados al oficio, y en la que lo extraño hubiera sido que la pequeña Lorena, que a los 10 años cantaba boleros, que pertenecía al Coro Sinfónico de Venezuela y a los Niños Cantores, y que participaba en cuanto festival o concurso musical había en una ciudad cuya fama se debe a ellas ellos, no hubiera sido cantante. Pero lo es. Y ahora, luego de una travesía como corista de artistas archi conocidos y de unas cuantas presentaciones haciendo covers en Miami, donde vive desde 2014, ha decidido que es el momento de sacar su propio disco y mostrarle al mundo lo que tiene que ofrecer.

-¿Cuál es tu meta?

-Mi meta es mostrar con honestidad lo que soy por medio de la música. Yo no busco reconocimiento de la gente por ‘xs’ cosa, sino que realmente disfruten lo que estoy haciendo. Me tardé un poco en creerme el rollo de que la gente podía disfrutar de mi talento como artista principal porque siempre estuve detrás del artista. Y no por tener baja autoestima, sino porque nunca me lo había planteado de esa manera.

-¿Cómo es la música que quieres mostrar?

-Es una música que deja al descubierto mi personalidad. Yo me considero alegre, optimista y sensible. Y así tal cual como soy va mi disco: va a haber merengue, salsa, reggae, un poco de pop.

-¿Siempre quisiste ser cantante?

Sí. Siempre. Desde niña. Era algo como natural. No fue una sorpresa realmente.

-¿Te venía moldeando la familia?

-Sí. Sobre todo por parte de mamá, donde hasta mi abuela, que era músico. Lo mismo mis tíos. Tengo un primo que estuvo en Salserín. Mis papás son músicos activos actualmente. Cantantes e instrumentistas.

-¿En qué momento descubres o confirmas que tienes madera para ello?

-Eso se dio de una manera súper natural. No recuerdo que me haya sentado un momento o haya puesto mi cabeza sobre la almohada y haya dicho: esto es lo que quiero hacer y vivir de esto. Todo se fue dando de una manera natural.

-¿Qué es la música para ti?

-Es todo. Es mi vida. En mi vida no hay sentido alguno si no existe la música. Es mi refugio. Mis ganas de salir adelante. Mi empuje, mi impulso, mi añoranza. La música ha sido el impulso para todo. En una palabra: todo.

-¿Cuánta música escuchas al día?

-Imposible saberlo. Siempre estoy escuchando música. Si no tengo el radio puesto, puedo estar cantando de forma inconsciente. Mi esposo dice que canto hasta dormida. Escucho reggaetón, ballenato, bolero, bossa nova, música cubana, venezolana, brasilera. Escucho de todo.

-¿Pero debe haber algún género que no te guste?

-Jamás van a encontrar en un playlist mío música grupera mexicana, tampoco trap. No los soporto. El reggaetón antes no me gustaba y, aunque no lo escucho mucho, aprendí a valorarlo un poquito cuando me tocó interpretarlo, porque no es fácil. Ya no lo desecho por completo.

¿Cuál es tu género favorito?

-El pop balada. Ese es el género en el que me muevo como pez en el agua. Que más disfruto. Que me llena. No tengo que estar triste para escucharlo ni me pone triste tampoco. Puede ser una canción de despecho, de desamor, sin embargo no cambia mi estado de ánimo. Es mi favorito tanto para escucharlo como para interpretarlo.

-Hablemos de canciones. Dime una canción que te haga llorar

-Es algo loco pero la canción que me quiebra es un tango que se llama “Nostalgia” porque me trae muchos recuerdos de mi abuela, que me la cantaba.

-…una que te haga feliz

-“Son de la loma”. Porque me recuerda las guatacas que se formaban en la casa. Y me remonta a esos momentos tan bonitos

-…una que te recuerde a Venezuela

-“Venezuela”, literal. No puedo escucharla porque se me parte el corazón cada vez que la escucho.

…una canción que te recuerde a Barquisimeto

-“El retorno”. De Isaac del Moral. Es una canción a Barquisimeto, que interpreté muchas veces de muchachita y hace que se me quiebre la voz, pero no de tristeza sino de nostalgia, de esos momentos bonitos.

-…una que te recuerde a la infancia

-Coye, mira. La de ‘El club de los tigritos’. Ese fue el ‘Somos tú y yo’ de mi época.

…una que te recuerde a la adolescencia

-“Primer amor”, de Servando y florentino.

-…una canción para enamorarse

-“Bachata rosa”, de Juan Luis Guerra

-…una para despecharse

-“Buen perdedor”, de Franco de Vita

-…una que te haga bailar

-“El cuarto de tula”

…una que tengas pegada ahorita.

-No te vas, de Nacho.

-¿Los cantantes son buenos bailarines?

-En mi caso considero que soy una buena bailarina, sin técnica y sin tener que estar haciendo maromas, sino una bailarina que sencillamente deja llevar por el momento. Me encanta sobre todo bailar salsa.

-Hablemos ahora de los artistas con los que has trabajado, porque veo que has sido corista de una cantidad considerable de ellos. Yo te voy a dar el nombre y tú me los describes en una palabra:

-Marc Anthoni

-…fuego

-Marco Antonio Solís

-…caballerosidad.

-Natalia Jiménez

-…sublime

-Alejandro Fernández

-…elocuente

-Farruko

-…una sorpresa. Porque cuando a mí me dicen que voy a trabajar con él yo digo: ‘ok’. Y veo que el tipo canta. Y lo hace muy bien. Y eso fue una sorpresa súper grata.

-Víctor Manuel

-…swing

-Jean Carlo Canela

-…novedad

-Miguel Bosé

-…experiencia

-Rosario Flores

…mira, yo te puedo decir mil cosas de esa mujer, pero lo que más sentí en ella fue el arraigo a su tierra. Ella se siente orgullosa y eso me impactó muchísimo. Es perseverante, luchadora por sus raíces: no tiene que estar haciendo reggaetón ni nada de eso, hay para todos los gustos.

-¿Cuán satisfecha te encuentras en este momento?

-Plena. Plena. Por todas las cosas que he logrado y los proyectos que tengo en camino.

[Puedes escuchar “Ven”, el primer sencillo de Pereira aquí]

Los caminos de la vida o el vallenato universal

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Seis de la tarde de un día de semana cualquiera en Chacaíto. En una de las cervecerías con terraza que está frente a Beco suena a todo volumen un vallenato. Nada que no se haya escuchado antes (y con frecuencia) por allá. Pero hay un hecho singular que altera la cotidianidad de la escena: que todos los que pasan frente al local cantan. Todos.El que más y el que menos. De quien uno se lo espera y de quien no. Lo cantan. Se lo saben. Se lamentan. Y ya por eso, porque es un tema capaz de superar las barreras del recelo y la aversión que suele generar el vallenato, género finalmente extranjero, y de llevar a la gente, en esa Calcuta caraqueña que es Chacaíto, a cantar, merece una nota.

¿Cuál es ese tema?

¡Los caminos de la vida!

No hay dato que lo sustente, pero cuenta la leyenda –publicada en el semanario ‘La Calle’ y replicada luego por infinidad de páginas webs– que se trata de “la canción netamente vallenata más conocida en el mundo entero (…) después de ‘La gota fría’, de Carlos Vives”. No hay dato que lo refrende, pero podría ser verdad y para muestra el botón de ese coro espontáneo de Chacaíto. Y lo más curioso es que, salvo para los más entendidos en vallenato, el nombre de su autor bien podría no decirle nada al común de los mortales: Omar Geles. No Diomedes Díaz, no Rafael Orozco, no Jorge Celedón, no Carlos Vives o cualquiera de los pocos vallenateros con los que uno pudiera sobrevivir en una sesión de cultura chupística. No: Omar Geles, que, para que se sepa, es algo así como un Midas de los discos de oro, un hombre cuyo nombre que se ha convertido en condición ‘sine qua non’ para cualquier vallenatero que quiera tener éxito, casi un Estefan del género, como lo definió ‘El Tiempo’ de Bogotá.

Compuesta en 1992 y grabada en 1993, ‘Los caminos de la vida’ fue escrita en un cuaderno de hojas amarillas como producto de una experiencia amarga: el abandono del padre de Geles y el sacrificio de su madre para salir adelante con dos niños. “Es producto de mi  vivencia en la niñez, cuando tuvimos que afrontar muchas dificultades y necesidades luego de que mi padre nos abandonara”, contó él una vez. Pero ello no basta para explicar su éxito y su pegada, al menos no del todo, por más que sea la nuestra una tierra de padres ausentes, madres solteras e hijos abandonados

¿Qué tiene entonces el tema, qué tiene esa letra, para conectar con la gente? ¿Dónde está la clave del éxito?

Probablemente, en ese desencanto existencial, experiencia común a todos los mortales, con el que arranca y que luego repite constantemente:

“Los caminos de la vida / no son como yo pensaba / como los imaginaba / no son como yo creía”.

“Los caminos de la vida / son muy difícil de andarlos / difícil de caminarlos / yo no encuentro la salida”

Suena cándido y si nos apuramos tonto, una cosa de Perogrullo, a la que se le podría responder con un antipático ‘¿y qué pensabas?’, pero que, por el contrario, no deja de ser algo por lo que todos solemos pasar repetidamente a lo largo de la existencia: pérdida de ilusión, desencanto con el mundo, decepción vital, no saber qué hacer. Es seguramente la más común de las experiencias: que nada es como se espera. Y cantada en clave de vallenato, género que se presta para el lamento triste y sentido, suena poderoso. Allí está la receta:

Experiencia triste común a todos los mortales +

género que se preste.

Y no importará la época, llegará al corazón de todos.

Sin embargo, la canción es más que el coro, y en aquellas estrofas que siguen está la historia tan latinoamericana de la madre abandonada y echada pa’lante que cría a los hijos con esfuerzo, y el agradecimiento de esos hijos que ahora quieren retribuirle todo que hizo, lo cual también es (sea por el abandono o por las ganas de honrar a sus mayores que tiene casi todo hijo) una experiencia y un deseo bastante común.

Pero…los caminos de la vida: a pesar de todo el esfuerzo que hizo, la señora, que ya está mayor, la pasa mal, sufre, y los hijos no tienen cómo ayudarla. Esa esa difícil situación la que motiva su lamento. Es lo que lo lleva a sentarse y decir que no, que los caminos de la vida no son cómo él esperaba, que no recompensan el esfuerzo, que no retribuyen las buenas obras. Es un hombre que sufre (“yo sufro mucho madrecita al verte / necesitada y no te puedo dar”), está de manos atadas (“a veces lloro al sentirme impotente / son tantas cosas que te quiero dar”), en una encrucijada que no halla cómo resolver (“yo no encuentro la salida”), pero contra la que promete combatir con todo (“voy a luchar incansablemente”) para librar a su madre (“que de ella se aparte todo el tormento”), ya queella“no merece sufrir más”.

Y como siempre sucede ante una situación así, a la cabeza lo que le viene es todo malo y horrible:

Y por ella no me quiero morir
Tampoco que se me muera mi vieja
Pero qué va si el destino es así
(…)

Un amigo me decía
Recompensaré a mis viejos
Por la crianza que me dieron
Y no le alcanzó la vida

¿A qué viene plantearse allí la posibilidad de su propia muerte, él, que por lo que se entiende es joven, y de recordar a aquel amigo al que se le murieron los padres antes de poder recompensarlos? ¡A que es humano! No son líneas magistrales pero sí muy reveladoras, simpáticamente reveladora, si el adverbio en semejante tragedia, de cómo funcionamos los humanos ante situaciones que nos sobrepasan: pensando lo peor y, claro, con más o menos fe, rezando:

Por eso te pido a ti, mi Dios del cielo
Para que me guíes al camino correcto
Para mi viejita linda compensar

¿Podrá? ¿No podrá? ¡Quién sabe! ‘Los caminos de la vida…’.

 

‘Robando azules’ o aquellos ojos que conquistaron a Yordano

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Caer rendido ante unos ojos. Sucumbir a una mirada. Que dos pupilas paren el mundo. Todos lo hemos experimentado alguna vez. Todos hemos sido víctimas del hechizo. Pero nadie lo ha cantado como Yordano, que es, definitivamente, uno de los más grandes compositores que ha tenido nunca Venezuela. Y aunque letras sobran para demostrarlo, baste la de hoy para reforzar esa verdad: se llama “Robando azules”, fue el tercer sencillo de ‘Finales de siglo’ (1990), su quinto álbum de estudio, durante 5 meses sonó a las 9 de la noche en RCTV como tema de la telenovela ‘Caribe’ y es una auténtica joya. ¿Por qué? Porque sin caer en clichés y lugares comunes, sin repetir los tópicos de siempre, adjetivando de una manera notable, cuenta de modo sublime la experiencia del arrobamiento por una mirada.

“Vida hay una sola y yo / yo quiero perderla / en la insostenible brevedad de su mirada”. Es un comienzo de entregado, de rendido. Desde la primera línea entramos en el hechizo de esos ojos, dignos del sacrificio de una vida entera, esa que solo hay una y que no se repite. Es notable el hecho de que Yordano prescinda del relato: no es un tema narrativo –en el sentido de contar una historia– sino descriptivo: de una emoción, de un de un sentimiento, de la conmoción y el estremecimiento provocado por una mirada.

“El lugar común que hay / en las historias de amantes / yo lo vi en la inaguantable calidad de su mirada”. Una línea que vale oro, quizás la mejor del tema. “El lugar común que hay / en las historias de amantes”. Es una frase preciosa, que remite a un espacio sentimental feliz: complicidad, atracción, encanto. Las mariposas en el estómago que te genera la otra persona y, sobre todo, esa fortuna tremenda, esa alegría inconmensurable que se siente al ser correspondido por ella. Ese es el lugar común que hay en las historias de amantes, el que durante siglos, durante la historia entera, ha unido a dos personas. Lo que ha hecho felices y plenos a hombres y mujeres de todos los tiempos. Y, qué dicha, él lo vio en esos ojos.

Tras esa primera estrofa viene el coro: “Cuando ella va / por ahí / robando azules / de corazones / Destrozados / maltratados / abandonados / embrujados”. Nuevamente no hay mucho que contar, sino que sentir: va por la calle enamorando gente que está en situaciones mejorables. Allí aparece la enigmática expresión que le da título al tema: robando azules. Durante muchísimo tiempo el robar azules fue objeto de mil y un interpretaciones, cada una más disparatada que otra, hasta que recientemente el mismo Yordano develó el misterio en un twitt: “Me han preguntado qué significa Robando Azules: es para la mujer que amo, que cuando sale a la calle y camina se roba el azul del cielo”. Quedémonos, pues, con la explicación más que con la dedicatoria: esa mujer cuya mirada eclipsa el cielo de los corazones “destrozados, maltratados, abandonados, embrujados”.

Le sigue la segunda y última estrofa: “Y si yo alguna vez / yo tengo la suerte de llegar / a la inalcanzable soledad de su mirada / Yo podré decir que hoy /hoy comienza mi historia / en la imposible lucidez de su mirada…”. Es la expresión de un anhelo: llegar a ella. ¿Y si llegas qué, Yordano? “Yo podré decir que hoy comienza mi historia”. Vaya. Otra línea absoluta. Si en la primera estrofa era capaz de sacrificar toda la vida, aquí dice que tan definitiva sería la experiencia de tenerla, de llegar a alcanzarla, que marcaría un nuevo comienzo, un antes y un después. Otra vez: una línea de entregado.

Ahora bien, no estaría completo este texto sin una mención a la forma tan particular que tiene Yordano de adjetivar la mirada, lo que hace con un virtuosismo tal que roza con la auténtica poesía:

la insostenible brevedad de su mirada

la inaguantable calidad de su mirada

la inalcanzable soledad de su mirada

la imposible lucidez de su mirada

Son cuatro construcciones preciosas, similares en estructura. Todas de una calidad que se hace difícil encontrar en un tema musical, y a las que cualquier explicación no haría otra cosa que dañar. No está demás, sin embargo, buscar las correspondencias, para entenderlas en plenitud

“La insostenible brevedad de su mirada” es para perderse en ella.

“La inaguantable calidad de su mirada” es donde vio el lugar común que hay en las historias de amantes.

“La inalcanzable soledad de su mirada” es adonde quiere llegar.

“La imposible lucidez de su mirada” es para comenzar la nueva vida.

¿Explicar cada una? Sería dañarlas, repito. Hay, sencillamente, que sentirlas, saborearlas, deleitarse con ellas y disfrutar la melodía.

Quién hubiera visto esos ojos, Yordano, que te impulsaron a escribir este temazo.

 

“Jardín prohibido”: la salsa del perfecto infiel latinoamericano

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

De las salsas de camionetica, esta es una que no falta en ninguna ruta interurbana de Caracas. Un clásico, si se quiere. De Puente Baloa a Casalta, esta melodía ha cruzado la capital y ha sido fondo musical de innumerables sueños, atracos, peleas por el vuelto, choques y colas. Y ha sido –no es descartable– parte de la educación sentimental del peatonado capitalino, que ha tenido en su coro, que es lo que todos se saben y en momentos apasionados gritan, la excusa perfecta para la infidelidad más inexcusable: “La vida es así, no la he inventado yo”.

Aunque ‘YouTube’ y medio internet digan que la canta Eddie Santiago, su intérprete es Alex Bueno, que, como buen dominicano, es más merenguero que salsero, pero que en su primer LP como solista –luego de haber sacado discos con Fernando Villalona, Andrés de Jesús y Sergio Vargas–decidió meter, en medio de un montón de merengues (alguno muy notable como ‘Noches de fantasía’), y como sexto tema, una salsa, ‘Jardín prohibido’, que terminó por convertirse en un auténtico fenómeno a inicio de los 90’s y en uno de los temas más representativos de eso que algunos llaman salsa erótica o sensual.

No fue una apuesta muy original tampoco, sino la primera adaptación a la salsa de un tema que ya tenía una exitosa trayectoria, cuya génesis se ubica en la Italia de mediado de los setenta. ‘Ilgiardinoproibito’ era su título y lo cantaba Sandro Giacobbe. Se trataba de una balada muy de la época, que en su versión italiana fue censurada pero en la española llegó a ser número uno de ventas. En 1981, Vickiana, una cantante dominicana de fugaz trayectoria, la cantó con éxito en versión balada, pero desde la perspectiva de una mujer. Hasta que en los 90’s Alex Bueno la grabó en salsa –con coros de Juan Luis Guerra y su 440 en la versión original–, y la magia se hizo.

¿Por qué?

Quizás porque fue un tema que nación para la salsa, género que realza el desparpajo y el descaro de la letra, y le quita el tono dramático y afectado que tiene en sus versiones de balada.

¿Y de qué va la letra?

De la confesión y justificación de una infidelidad con la mejor amiga. Pero como todo en la música, no es lo que se cuenta sino como se cuenta.

La canción arranca con la confesión, que tiene lugar en una tarde melancólica. “Tengo que decirte que tu mejor amiga ha estado entre mis brazos”. Ese tono cursilón, como de novelita rosa, exagerado y grotesco, puede que hasta ridículo, será la norma las dos primeras estrofas. “Sus ojos me llamaban pidiendo mis caricias”, le dice, para dejar claro que era ella la que lo buscaba. “Su cuerpo me rogaba que le diera vida”, insiste, en un arranque de cursilería que tiene su apogeo en lo que viene después: “Comí del fruto prohibido / dejando el vestido / colgado de nuestra consciencia”.Una manera afectada y eufemística de decir que se acostó con ella. Y curiosamente, luego de admitir la inconsciencia del acto, sale con una racionalización del mismo: “mi cuerpo fue gozo durante un minuto / mi mente lloraba tu ausencia”. Tuve placer, pero estaba triste. El cuerpo la pasaba bien, pero mi mente (¿por qué no el corazón?) mal. A lo que le sigue la promesa de arrepentimiento, que se repite por dos: “no lo volveré a hacer más”.

Y entonces llega el coro, que en el tema tiene una fuerza tremenda, tanto musical como narrativa: “Pues mi alma volaba a tu lado / y mis ojos decían cansados / que eras tú / que eras tú / que siempre serás tú”. Lo que aquí se cuenta es casi una experiencia metafísica: mientras el cuerpo fornicaba con su amiga el alma se iba con su mujer, y los ojos, que en vez de deleitarse se le habían cansado (¿?), no cesaban de indicarle una cosa lapidaria: “que siempre serás tú”. Es una frase tremenda, con un carácter total, perpetuo, que viene dado por la combinación del adverbio siempre + el verbo en futuro. Y entonces, luego de hacer ese descubrimiento definitivo, viene una petición de perdón (“lo siento mucho”) seguida de la más humana (él que se había puesto tan metafísico) de las justificaciones: “la vida es así, no la he inventado yo”. Así, sin más. Todo fue horrible, lo que hice estuvo malísimo, tú eres la que flinchy, pero estas son las reglas y no las puse yo.

Cosa que termina siendo reforzada por la segunda parte del coro: “Siempre que me ha mirado a los ojos / y cogido por manos / yo me he dejado llevar por mi cuerpo / y me he comportado como un ser humano”. Así funciona todo. Así funciono yo. Eso parece decir (aparte de confesar que ha habido más veces, pequeño detalle). Unos ojitos que me miran, unas manos que me agarran, el cuerpo que me llama, y yo, que actúo en consonancia porque soy un ser humano, ni más ni menos. “Lo siento mucho / la vida es así / no la he inventado yo”, vuelve a sonar inmediatamente y entonces se entiende todo: no siente lo que pasó, sino que la vida sea así. No es tanto una petición de disculpa como una declaración (descarada) de la fragilidad de la condición humana, ante la que (también descaradamente) él se rinde.

Y entonces, ¿se arrepiente o no?, ¿va a cambiar o no?

Que hable uno de los latiguillos finales del tema:

“Ya lo ves / no es que yo quiera / eso son cosas que le pasan a cualquiera”.

Y allí, sí, termina de cuadrarse el círculo del desparpajo: el arquetípico macho latinoamericano de la única esposa (“siempre serás tú”) y las varias mujeres (“siempre que me ha mirado a los ojos…yo me he dejado llevado por mi cuerpo”), ese que hacía a las señoras de antes (y seguramente a las de ahora) consolarse pensando que si sus hombres se acostaban con muchas, al final de la noche sólo dormían con una. Y aquí, en versión salsa, ese hombre cuenta y canta. “Lo siento mucho. La vida es así, no la he inventado yo”.

Volvimos a la academia y en la academia nos quedamos

Nacimos en la academia y a la academia volvimos ayer. Lo hicimos acompañados por un grupo de profesionales de primer nivel, cuya presencia nos honró y enalteció: Francisco Bassim, Ricardo del Bufalo, Rafael Antolínez y Marcel Rasquin, todos venezolanos, artistas, trabajadores, honestos y libres. Una vez más, la UCV se reafirmó como la casa que vence a la sombra. En el auditorio de su Facultad de Humanidades y Educación, convocados por OJO, todos hablaron sin ningún tipo de censura sobre sus trabajos, sus obras y su arte, esa que ejercen, con empeño admirable y voluntad libérrima, en tiempos de totalitarismo. Fue, a su manera, un acto de resistencia y esperanza, que sirvió para comprobar que, contrario a lo que quieren llevarnos a pensar, no todo está perdido: en Venezuela hay todavía gente valiosa, que tras 18 años de revolución se mantiene indoblegable en sus principios, que no se ha dejado corromper por el dinero sucio, ni tampoco vencer por las dificultades, y que aun sabiendo que todo está mal y puede ponerse peor, se empeña en seguir aquí y en su ley: haciendo lo que les gusta, diciendo lo que su conciencia les dicta, gritándole al rey que está desnudo y a la población que no debe aclamarlo. Son ese reducto moral que aguanta numantinamente y no se deja; esos “imprescindibles” de los que escribió Brecht, y a quienes ayer tuvimos el privilegio de juntar y escuchar. A ellos, por su testimonio, vaya todo nuestro agradecimiento y admiración. De nuestra parte, la promesa es seguir: nacimos en la academia, a la academia volvimos, y en la academia nos quedamos. Pronto tendrán noticias de nuevos eventos: ahora el compromiso es mayor.

 

RESEÑA: Grupoem

Por: Humberto González

Quizás Grupoem no pueda remitir a ninguna otra banda en el mercado. Quizás nada se parezca a lo que la banda de Vancouver puede ofrecer. Es quizás la extraña melodía y voz de Marph, o los extraños arpegios, o el uso de los beats y la batería fuera de tiempo que hacen que los temas se tornen aún más y más fuera de lo común.

Sin embargo, Grupoem es una banda de virtuosos en cada uno de sus puestos. Con Terry Robinson detrás de la composición de toda la música y las guitarras, con Marph en las voces, Grupoem puede asemejarse al más dispar y disonante Husker Du, en algunos momentos. DirtChurch, su último álbum, está compuesto por 18 temas, quizás más de lo que suele ofrecer una banda, que van desde las cosas más mundanas hasta temas un tanto más “serios”.

“Hall of shame” es quizás el tema más interesante del álbum, una especie de tema punk en donde los riffs son repetitivos y ejecutados sin tanto cuidado; una producción imperfecta y con tiempos discordantes que convierten a “Hall of shame” en un tema digno de mosh y pits. Esto, hasta que llegamos a escuchar la desastroza “AssBankwardz”, un tema punk, desordenado, con la más graciosa de las letras de todo DirtChurch, un tema que recuerda al más genial Municipal Waste, y deja deseando por más de esa ejecución despreocupada.

https://groupoem.bandcamp.com/releases

RESEÑA: It’s Just Craig

Por: Humberto González

La gran e interesante It’s Just Craig despliega todas sus capacidades sonoras en una nueva entrega que sirve de abreboca para lo que será su nuevo álbum. La banda oriunda de Nashville, liderada por el interesante Marc Ford de Black Crowes, ofrece un pedacito de esto nuevo que se llama “DarkCorners”, siendo “Goonnight” el primer single.

El álbum es producido por el interesante John Vanderslice, productor de proyectos bastante experimentales como Spoon, o el de otros un poco más arriesgados a nivel comercial como DeathCab o St. Vincent. Lo que emerge de este proyecto es un disco interesante con tintes indie y goth que en momentos recuerdan al más interesante Pink Floyd. En momentos un tanto más pop, y en otros la experimentación se apodera.

El disco comienza con un sentido tema interpretado por Elijah Ford en el piano, que sirve como introducción para lo que se avecina: un piano que poco a poco va de lo clásico a algo un poco más glitch. Justo a su terminación, la voz de Ford se adueña del escenario en “Go”, un tema sensacional sobre las relaciones, sobre las decisiones de pareja y que podríarefuncionalizarse como un tema de despecho en todo el sentido musical.

Los solos de guitarra de Marc convierten al tema, de un “I don’t wanna go” repetitivo, a algo especial. El disco es esto, a lo largo de 10 lindos temas. Con la interesante voz de Ford como una ominosa melodía que nos persigue. Un disco esencial dentro del movimiento musical independiente.