Vivir el apagón a la distancia: hay que seguir

“Los espacios de los territorios ancestrales guardan la memoria”, escuché en una conferencia a la que fui hace poco. Al vivir en Estados Unidos, algunas veces sale a relucir mi persona latina, más global, más panamericana, quizás con el fin de que mis hijas vean un modelo que las ayude a construir una identidad, la cual ciertamente se está erigiendo sobre fragmentos. Soy venezolana, mi esposo es peruano, ellas tienen un poco de todo; desde que nació la mayor hemos vivido en tres ciudades (y estados) diferentes, en tres microcosmos. Mis hijas se aferran a fragmentos, pedazos de vivencias de territorios, trozos de Florida, de Georgia, de historias contadas sobre Perú, sobre Venezuela, sobre la Venezuela mía que ya no existe. Territorios ancestrales.

 

Por fin te conozco. Pero me parece que ya nos hemos visto, ¿no?

La miro a la cara, su sonrisa le llena el rostro. Veo sus brazos que se levantan en un intento de formar un semicírculo. Quiere abrazarme. Me aproximo a ella con el objeto de dejar que lo haga. Venimos de la misma tierra.

Efectivamente nos habíamos visto una vez. De pasadita, unos minutos. Ella estaba sentada con un grupo de personas y yo conocía a un par. Estábamos en el Birch Tree, en la calle Green. Carlos tocaba con su banda y yo andaba con las tres niñas. Me la presentaron mientras yo tenía a la chiquita en brazos, la mayor me agarraba la mano y la mediana me halaba el pantalón para preguntarme la diferencia entre dinosaurios y dragones.

 

Hola, guapa. ¿Te apetece ir a almorzar este viernes? Quiero que conozcas a una maestra venezolana, se llama Blanca. ¿De doce a dos te viene bien?

Lola, una española simpatiquísima que trabaja en la Clark University, me contacta y me invita. Le digo que sí, estoy disponible. Me pregunto en dónde trabajará esa venezolana que me quiere presentar, qué materia dictará, cómo se verá. No tengo amigos venezolanos en Worcester. Quiero verle la cara, los ojos. Por la dinámica de mi vida, quizás por las mudanzas, no me mantengo en una búsqueda de paisanos perenne. Me dejo conocer por gente que tenga afinidades conmigo sin importar de dónde vengan.

 

Mira mi cadena, me la puse porque te iba a conocer. Cuando yo conozco a una persona venezolana la quiero, la consiento.

No puedo negarlo, el mapa de Venezuela que cuelga de la cadena de Blanca me remueve el corazón, me hace ver la película de toda mi vida en un par de segundos. Realmente Blanca es una consentidora. Nos encontramos en el Nu Café y me abraza, abraza a Lola. Me cuenta de sus hijos, de su nieta, de su trabajo. Es empleada del sistema de escuelas públicas del condado de Worcester, especialmente se desempeña con niños bilingües. Blanca habla de lo que hace diariamente, describe a los niños con ternura, indica que el cansancio se le quita cuando se pone en una mesa a trabajar con ellos, nombra a varios, acompaña sus nombres con adjetivos positivos, demuestra que les tiene cariño.

También escuché decir en la conferencia que la nostalgia no se presenta enteramente basada en lo que se recuerda y lo que se quisiera retener sino en el encuentro de dos objetos o experiencias (o personas) en un momento determinado. Y veo a Blanca, y nos encontramos, y sale a relucir mi persona venezolana, mi persona llena de nostalgia, de memorias que nunca se borran pero que luchan por forrarme la mente de palabras bonitas.

 

¿Cuándo nos vemos? Vamos a cuadrar para almorzar.

Leo el mensaje de texto de Blanca y me doy cuenta de que hace dos meses que no la veo, que no miro el mapa que tiene guindado del cuello. Le respondo. Sonrío cuando me envía una carita feliz y pienso que en unos días volveré a unos de esos territorios ancestrales. No obstante, pasan muchas cosas y no logramos reunirnos. Una gripe, muchos exámenes por corregir, una tormenta de nieve, una reunión de última hora. Cancelamos y posponemos. Se termina el año 2018, comienza el 2019 y seguimos posponiendo. Finalmente cuadramos para juntarnos el 15 de marzo; Blanca tiene unas ideas para un proyecto de pedagogía y quiere compartirlas conmigo y con Lola.

 

Planeamos todo antes de que ocurra el apagón. Planeamos todo antes de sentir un dolor de estómago punzante y permanente. Los días de incomunicación duran para siempre. Aunque pasen nunca se borran. El no saber es lo peor. Tener a los viejos sin pila en el celular para mandar un mensaje es una tortura. ¿Y de qué me sorprendo? ¡Si eso hacen las dictaduras! Controlar y torturar. El terror psicológico es una de sus grandes herramientas. Seis días sin saber de mi tío José ni de mi tío Anel, seis días manteniendo los ojos pegados al WhatsApp con la esperanza de recibir un “estoy bien” de mi papá o de mi primo David que vive detrás, o de mi tía Loida o mi tía Olga que viven muy lejos. Algo, una señal de vida. En esos días hago una cosa que nunca había hecho. Le digo a un mandatario que se va a ir al infierno. Es verdad, se irá. Se lo digo por Twitter. Luego me meto en la cuenta de su mujer y le pregunto que cómo siendo madre puede soportar la muerte de tantos hijos. La desesperación me hace perder la concentración, no hago casi nada de lo que había planeado para mi Spring Break, corregir trabajos, escribir. Nada. Se me pasan las horas viendo noticias, preocupándome en grupo (¡los del WhatsApp!) con mi familia, llorando a escondidas para que mis niñas no me vean.

 

Nos vemos pronto, amiga.

Recibo otro mensaje de texto de Blanca, me recuerda que llega el momento de reunirnos. No hablamos del apagón por alguna razón. Sin embargo, presiento que cuando la vea su sonrisa no será la misma, que algo en su cara no va a destellar como la primera vez que la vi. Ese pálpito me hace pensar en lo injusta que puede ser la vida.

 

Hola, guapa. Por fin logramos quedar.

Me saluda Lola con dos besos. Nos encontramos de nuevo en el Nu Café y escogemos una mesa junto a la ventana. Esperamos a Blanca. Llega un poco tarde, atrasada por el trabajo. La veo y noto que se emociona al vernos; nos lo dice. Se sienta y comenzamos a hablar del objetivo de la reunión pero tras dos segundos interrumpe la idea para expresar que estos han sido días muy difíciles. El apagón del alma. Quizás debamos llamarlo de esa forma. Nos cuenta de su abuela que todavía está viva, de su mejor amiga que dirige un preescolar en Puerto Ordaz en el que los niños no tienen colores para pintar, de su mamá que llegó a Worcester hace tres meses sin poder caminar porque no recibía la dosis diaria para su artritis. Se queja de la situación, del no saber, del terror, de la angustia, se queja de lo mismo que yo. A Blanca se le ponen los ojos aguados, la sonrisa desaparece, y la voz se quiebra. Ocurre lo que presentía.

 

Lola hace silencio y nos escucha atenta. Yo empiezo a hablar de mi papá, les cuento que el Hospital Clínico de Maracaibo, donde ha trabajado por más de cuarenta años, está cerrado como resultado del apagón, que no ha visto a sus pacientes porque no puede salir de su casa por los saqueos, que no tiene agua, que no sé cómo hace para sacar la poca que guarda en el tanque subterráneo; tiene 77 años. Es un hombre fuerte y sano pero está viejo. Es mi viejo. Les digo que mi papá está solo y arranco a llorar.

 

Pero cómo puede estar pasando esto, ¡joder!

Me cubro los ojos con los dedos, oigo la queja de Lola y cuando me destapo veo las lágrimas de Blanca. Nos agarramos de las manos y hacemos un círculo entre las tres. Me percibo vulnerable, sin fuerza, derrotada. Palo tras palo. El contacto con ambas me reconforta aunque continúo sintiéndome abatida. Nos miramos y seguimos conversando un poco más del apagón, de la tragedia que significa vivir en Venezuela estas últimas dos semanas. Blanca hace una pausa y traga fuerte. Nos dice que a veces hace falta verbalizar el dolor para seguir. Realmente es un peso que no deja caminar. Ni escribir. Empezamos a conversar sobre el proyecto de Blanca y logramos articular otras ideas.

 

Pasa el tiempo, llega la hora de despedirnos fijando ya una próxima fecha de reunión. Blanca me abraza. Lo mismo hace Lola. Me siento querida y por un momento me llega una ráfaga de optimismo. Salgo al estacionamiento, me meto en el carro, chequeo el celular. Mi hermano me manda un mensaje: American Airlines anuncia que suspende los vuelos de Venezuela. Una vía de sacar a mi viejo y a muchos viejos de Venezuela posiblemente se cierra, deseo que no sea cierto. El no saber, la incertidumbre, el terror. Pienso en la Venezuela mía que ya no existe, en los territorios ancestrales y en mi papá. Grito ¡carajo! dentro del carro, lo prendo, me voy. Maldigo al dictador y a toda su gente. Llego a mi casa y abrazo a mis niñas. Cancelo la cita de trabajo que tengo luego. No tengo cabeza para nada. Hablo, hago conjeturas, pienso en posibilidades y luego me calmo. Escribo esta crónica sin saber qué pasará en el lapso de una hora pero me prometo a mí misma seguir. Hay que seguir.

 

Por Naida Saavedra  | @naidasaavedra 

 

#ConstruyendoPaís: Dar a conocer la literatura venezolana en EEUU

Naida Saavedra es una venezolana radicada en Estados Unidos que ha logrado abrirse paso en el campo académico, para, entre otras cosas, hablar de literatura venezolana. Pocas expresiones culturales ayudan tanto a comprender a un pueblo como sus letras, y pocas cosas significan una forma de rebeldía tan laboriosa como defenderlas y difundirlas en cualquier parte y en cualquier contexto. Más aún, teniendo en cuenta los años oscuros que han golpeado al país, en los que desde el poder han pretendido imponernos gustos y palabras. Naida demuestra que se puede construir país desde la distancia.

Cuéntame cuánto tiempo tienes en EEUU, en qué universidad estás, qué cátedra estás dictando y cómo ha sido tu actividad literaria desde que estás allá.

Gracias por querer saber un poco de mí. Llevo 17 años en EEUU, ¡ya casi soy mayor de edad! Vine cuatro meses a estudiar inglés, pero las cosas de la vida me han hecho convertirme en una inmigrante en este país. Actualmente soy profesora en Worcester State University, en Worcester, Massachusetts. Acabo de empezar mi tercer año aquí. Antes fui profesora en Darton State College (ahora Albany State University), en el sur de Georgia; y antes de eso fui profesora contratada y estudiante de posgrado en Florida State University, en el norte de Florida.

El departamento de World Languages aquí en WSU es pequeño y todos los profesores damos clases variadas de lengua (gramática, conversación, composición, etc.). Luego, cada quien se encarga de las cátedras relacionadas con su línea de investigación. Así que hay dos profes que se especializan en España y dos en Latinoamérica (una soy yo). De la parte de Latinoamérica yo me encargo del norte de Suramérica, el Caribe y los latinos en EEUU. Mi compañera se encarga del centro y del cono Sur, más o menos. Ella además se encarga de la mención de educación que tenemos. Por eso doy fijo las cátedras de Culturas de Latinoamérica, Presencia hispana en los Estados Unidos, Introducción a las culturas latinas en los Estados Unidos, etc. También clases de Literatura generales o temáticas. El año pasado, por ejemplo, di una únicamente sobre el realismo mágico en Latinoamérica. Tenemos la Maestría en Español también y en este caso obviamente cada profe es especializado en su área. Así yo doy clase cada otoño (de septiembre a diciembre) y estoy turnando: un año doy Latinoamérica, un año Estados Unidos. Este semestre voy a dar una clase de maestría titulada New Latino Boom.

Siempre quise escribir desde que era niña y lo hacía para mi mamá. Tanto me dijeron que me moriría de hambre si seguía esa profesión que no la estudié, así que estudié Publicidad y Relaciones Públicas en LUZ. Comencé a escribir formalmente estando ya en Estados Unidos cuando estaba en el Doctorado de Literatura; aunque el doctorado es de crítica y no de creación literaria, me dieron las ganas de finalmente ponerme seria. Así que puedo decir que nací como escritora aquí.

¿Hablas de literatura venezolana en los diferentes espacios que tienes allá? ¿Estás actualizada respecto a lo que se ha publicado en Venezuela durante los últimos 17 años?

Sí. Fíjate que mi tesis de doctorado fue sobre literatura venezolana. Hice mi tesis sobre narrativa desde los años 60 hasta el año 2000 más o menos. Estudié la figura del inmigrante dentro de la ficción venezolana y su relación con la forja de la identidad nacional. Hice un estudio de la presencia de españoles, italianos, portugueses y colombianos en cuentos y novelas de diferentes autores, durante diferentes años y de diferentes estilos. El tema de la inmigración no deja de interesarme y ahora estoy enfocada en los escritores inmigrantes en Estados Unidos que escriben en español. Siempre que tengo la oportunidad incluyo a algún escritor venezolano. Por ejemplo, el año pasado di una clase de maestría sobre el boom latinoamericano y una de las novelas que discutimos en clase fue País portátil, de Adriano González León. Le dediqué mi tesis de doctorado a él y a su trabajo, y era un sueño mío dar una clase donde pudiera incluirlo. Me sentí muy feliz con ello. Sigo pendiente de lo que se ha escrito este siglo en Venezuela, y como varios autores usan las redes sociales, estoy en contacto.

¿Y qué tanta receptividad has tenido cuando hablas de autores y de literatura venezolana? ¿Cómo se percibe allá a nuestros autores?

Nadie sabe que existen [suspira].Bolívar, Bello y Gallegos. De ahí para adelante no se conoce. Cuando los estudiantes y colegas se dan cuenta de todo lo que hay se emocionan, se entusiasman y quieren saber más. Un granito de arena, al menos, pongo. Sin embargo, con la diáspora venezolana de hoy en día, se está notando una presencia de literatura venezolana.

Creo que es lo único positivo de toda esta situación. El año pasado en la Miami Book Fair International, hubo una mesa solo de escritores venezolanos. Me contenté muchísimo. Además hay escritores que se han mudado acá para hacer posgrados y que siguen con la conexión allá, entonces se nota un intercambio. Yo diría que esta última década ha traído mucho movimiento, en comparación con la nula presencia de años atrás. Te puedo nombrar por ejemplo a Keila Vall de la Ville, Raquel Abend Van Dalen, Oriette D’Angelo, José Delpino, Camilo Pino. Ahorita acaba de llegar Jacqueline Goldberg al International Writing Program de la University of Iowa, donde está una de las maestrías en creación literaria en español. Fíjate que Oriette D’Angelo acaba de empezar esa maestría y le toca compartir con Jacqueline Goldberg. Cosas así. Mariza Bafile dirige una revista en New York que se llama ViceVersa Magazine y tiene mucho contenido de escritores venezolanos. La editorial del número actual habla del movimiento migratoria a pie que se está dando. También está Sudaquia Editores en New York, cuyo dueño es Asdrúbal Hernández. Allí han publicado, por ejemplo, a Héctor Torres. Son algunos ejemplos.

Entiendo que Roberto Echeto también está Iowa, y que el año pasado estuvo Enza García Arreaza.

Sí, justo te iba a nombre a Enza. Y claro, Miguel Gomes siempre es una referencia fuerte. Él es profesor en la University of Connecticut. El programa de maestría de NYU también ha tenido varios estudiantes venezolanos. Allí estudiaron Keila y Raquel, por ejemplo; y se acaba de graduar también el poeta maracucho Miguel Ángel Hernández. Raquel ahora está en Houston porque acaba de empezar el doctorado en creación literaria en español allá. Es el primer programa de doctorado de este estilo en el país y este es el segundo año.

¿A qué crees que se deba ese escaso conocimiento en EEUU sobre la literatura venezolana? ¿Ocurre también con los autores del resto de Sudamérica?

Esa es una pregunta que me he hecho por años. He manejado varias teorías. Venezuela ha estado de cierto modo en la periferia en muchos sentidos. Además, al poseer el premio Rómulo Gallegos y la casa Monte Ávila, los escritores, pienso yo, no tenían mucha necesidad de salir. Hablo de antes.  También creo que el círculo literario venezolano ha sido muy cerrado por mucho tiempo, es difícil entrar, es difícil conocer lo que escribe la gente. Como si la literatura la lee quien la escribe, ¿no? No es una crítica, es una observación. Mi mamá, por ejemplo, es una gran lectora, lee todo, es su pasatiempo preferido. Le puedes preguntar de cualquier país, de cualquier estilo, género… ella ha leído algo. Pero si le preguntas de literatura venezolana se queda muda. Ha leído conmigo porque yo le paso los textos y me pregunta: ¿cómo esto no lo conocía yo antes? Y entonces fuera de Venezuela el desconocimiento es mayor. Mi esposo, peruano, gran lector también, nunca había leído nada aparte de Gallegos hasta que se casó conmigo.

¿Cómo podríamos ayudar a que se conozca más a la literatura venezolana en el exterior?

Pues la gente que está en el mundo de la academia tiene un poco de poder, ¿no? Como yo [risas]. Es decir, los profesores pueden difundir un poco a través de los textos que distribuyan a sus estudiantes, yendo a conferencias, hablando con colegas. Y hay que salir fuera de la academia y conectarse con las revistas culturales tanto en Estados Unidos como en Venezuela. También, por ejemplo, hacer proyectos con editoriales, antologías. La antología Topos mecánicos, de Raquel Abend Van Dalen es una muestra. Acaba de salir, ¿la has visto?, de la Editorial ígneo. Ella compiló autores que hablan sobre la vida en el metro (sobre todo de New York) y hay autores de aquí de varios países y autores de allá. La editorial sale del país sin dejar de estar allá a través de ese libro. ¿Me entiendes? Me parece una selección maravillosa. Cosas como esa son las que hay que hacer. Las plataformas digitales también acortan las distancias, ya sabes.

¿Cómo ponderas el nivel actual de la literatura venezolana?

Esa pregunta es difícil de contestar en estos momentos si hablamos de forma general de todo lo que se está produciendo allá. Lo digo por el control de varias editoriales que siempre fueron grandes íconos de la literatura venezolana. Sin embargo, los autores que siguen escribiendo desde principios de siglo y que no se acomodan a exigencias políticas, siguen estando entre los que valoro profundamente. Algunos se han ido, algunos siguen allá y sé que seguirán luchando por mantener su voz. Hay muchos poetas comprometidos y eso me pone muy contenta también. También las revistas son cruciales. Son buenas. Siempre está Qué Leer y con La Vida de Nos, Ojo, El Estímulo, El Cautivo, etc, se mantiene la exposición de tantos textos de calidad que hay. No sé mucho de los problemas que puedan enfrentar en este momento las editoriales que no son adeptas al Gobierno. Con la cuestión de las divisas, la falta de papel, tinta… no sé, tantas cosas. Sin embargo, tengo fe en la Editorial Cómplice, Editorial Eclepsidra, OT Editores, entre otras. Pero en resumen, la literatura venezolana sigue siendo de mucha calidad, sigue siendo muy buena.

Hablemos de tu rol de escritora. ¿Cuántos libros has publicado?

Un cuento largo (que se publicó como novela corta), tres ebooks y un libro de cuentos. El primero salió en Venezuela con la Editorial El perro y la rana pero ahora no puedes encontrarlo. Me sacaron de catálogo. El próximo año van a salir aquí mi segundo libro de cuentos y un libro de ensayo. El libro de cuentos que saldrá el próximo año incluye el primero (cuento largo) que se publicó en Venezuela.

¿De qué van los tres ebooks?

Última inocencia y En esta tierra maldita son cuentos largos también. Ambos ambientados en Maracaibo. El primero es sobre un grupo de amigos que le juega una mala pasada a un hombre comprometido con la Revolución. El segundo habla del Miss Venezuela y el tema de ser transgénero. Hábitat es un libro de microcuentos. Son 40 cuentos corticos, de un párrafo o un par de líneas, todos de algún modo relacionados con personajes que podrían considerarse raros. Un poco tenebroso… o quizás no.

¿Y han encontrado tus libros lectores venezolanos? ¿Cómo haces con la difusión?

¡Mi familia! [risas]. No, en serio, la gran mayoría de mis lectores están en Estados Unidos. Los lectores en Venezuela son contados. No se me considera una escritora venezolana, entiendo yo. Antes te mencioné que es difícil entrar al círculo literario venezolano; quizás porque no estudié letras allá, porque comencé a escribir estando aquí, quién sabe. Como artista, he encontrado mi casa aquí. Estoy contenta. También hay que añadir que mis libros no se consiguen en Venezuela, eso es un problema, y el Internet para muchos es un obstáculo, que si se va la luz, que si hay que comprar con tarjeta de crédito, etc. Es difícil lograr una difusión de mis textos allá.

En tu opinión, ¿cuál es la importancia de la literatura en la sociedad? ¿Por qué, por ejemplo, es importante dar a conocer a la literatura venezolana en EEUU?

La literatura es, al fin de cuentas y en muchos casos, un reflejo de la sociedad. En este momento más que nunca es necesario que se conozcan las voces venezolanas en Estados Unidos y en todo el mundo. La literatura puede revelar las historias que los medios institucionalizados no revelan.

¿Algo más que agregar? Quizá un mensaje para estos tiempos que atraviesa Venezuela.

Tantas cosas que se pueden decir… Admiro muchísimo a la gente que se queda luchando día a día y produciendo ideas en medio de tanto caos. Por eso creo firmemente que volveremos a tener un país digno. Mientras tanto y desde aquí lo que hago día a día es informar, contarles a todos las historias que de otra forma no sabrían.

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel 

 

¿Conoces el New Latino Boom?

En agosto de 2017 publiqué en El BeiSMan un ensayo fundacional sobre lo que hoy llamo New Latino Boom. Ese fue el primer artículo que redacté luego de haberle dado un nombre al movimiento literario que he estado observando y documentando desde principios de esta década. Comencé a notar cierta tendencia hacia la apertura de editoriales independientes dedicadas a publicar textos escritos en español dentro de Estados Unidos. Los autores, en su mayoría inmigrantes, prefieren el español como lengua principal para escribir. Se empezó a crear un nicho. El público comenzó a responder. La presencia en los medios se inició. Y el uso de las redes sociales para difundir las obras y para acercarse a los lectores se intensificó.

Después de varios años de observación, de algunas conferencias y un ensayo en donde comenzaba a discutir este fenómeno, le di un nombre. En junio de 2017 lo hice públicamente a través de mi cuenta de Twitter y creé la etiqueta #NewLatinoBoom. Lo hice de esta forma porque las redes sociales, las etiquetas, los selfies grupales, los videos live, son cruciales para los autores, las editoriales y demás agentes que intervienen en el New Latino Boom. El hashtag es intrínseco al nombre y al concepto. Sin la difusión de la producción literaria en español en las diferentes redes sociales, no habría New Latino Boom, o quizás sería otro movimiento. Los comentarios hechos en las redes sociales y hasta los tuits pueden convertirse en manifiestos.

Pero a todas estas, ¿qué es el New Latino Boom?

Es el movimiento, tendencia, explosión de literatura escrita y publicada en español en Estados Unidos durante las dos primeras décadas del siglo XXI. Sin embargo, por como veo las cosas, este boom seguirá en la tercera. El punto es que el New Latino Boom no solo involucra escritores y editoriales. Este fenómeno no solo se está dando por la acción de un grupo de autores que escriben y por la acción de algunas editoriales que los publican. El New Latino Boom se define y se edifica porque cada entidad, cada actor, está promoviendo la literatura en español en Estados Unidos a todo nivel. Las editoriales no están trabajando aisladamente. A propósito o no, diría yo de forma orgánica, se está dando una conexión entre las editoriales y escritores con librerías, centros culturales y universidades. Por ello podemos ver diversas antologías, encuentros, lecturas y charlas, talleres literarios, y más recientemente conferencias y artículos o ensayos. Se involucra la prensa y se hace uso de redes sociales. Todo eso, en conjunto, hace posible el New Latino Boom.

Las ciudades que resaltan por la cantidad de escritores, editoriales y eventos que incluyen son Miami, Nueva York y Chicago. No obstante, en los últimos años se destaca además una especie de comunicación o colaboración entre ellas. Para que tengan una visión de dicha colaboración les presento algunos ejemplos: en Miami está Suburbano Ediciones. Bajo este sello, Pedro Medina León y Hernán Vera Álvarez han editado una gran cantidad de ebooks y más recientemente obras en papel incluyendo dos antologías que contribuyen a la definición de lo que significa la ciudad de Miami. Medina León por su parte ha publicado dos novelas (Varsovia, 2017 y Marginal, 2018) con Sudaquia Editores, sello que se encuentra en Nueva York y que es dirigido por Asdrúbal Hernández. La presentación de su última novela, Marginal, se dio el pasado mes de marzo en Nueva York en la librería McNally Jackson, cuyos eventos en español son organizados por Javier Molea. Justo antes de este evento, se encontraba Keila Vall de la Ville dirigiendo su Jamming Poético que trasladó de Caracas a la Gran Manzana. En este Jamming Poético participó Raquel Abend van Dalen quien junto a Keila fue antologada por Fernando Olszanski en la colección Ni Bárbaras Ni Malinches (2018), en la cual yo misma soy una autora. Olszanski vive en Chicago y desde allí dirige la editorial ArsCommunis, la cual tiene en su haber varias antologías, novelas y libros de cuentos. En las últimas semanas, Olszanski fue a Nueva York para presentar Ni Bárbaras Ni Malinches y entre el público estaba Mariza Bafile, directora de la revista ViceVersa, cuyo libro Memorias de la inconformidad (2017) fue publicado por Sudaquia Editores. Asimismo, Suburbano también apoyó la presentación de Ni Bárbaras Ni Malinches ofreciendo una velada dirigida por Vera en la librería Altamira Libros ubicada en Coral Gables. Muchos eventos de este tipo son apoyados por la Miami Book Fair International además del Miami DadeCollege. A su vez desde el barrio Pilsen en Chicago trabaja Franky Piña, en compañía de Raúl Dorantes y Carolina Herrera con El BeiSMan, revista y editorial especializada en la voz en español local. En Chicago también está Contratiempo, revista y agente cultural de larga trayectoria. Chatos Inhumanos y Los Bárbaros están en Nueva York, La pereza y Nagari en Miami, además de otros actores que se encuentran fuera de estas tres ciudades pero que están en contacto permanente produciendo, editando, escribiendo. Por ejemplo, encontramos a Melanie Márquez Adams en las montañas de Tennessee (y pronto en Iowa), José Castro Urioste en Indiana, yo misma en Massachusetts, el Festival del Libro Hispano en Virginia en el que participaron, entre muchos otros escritores, Carolina Herrera y Fernando Olszanski, y demás actores que trabajan de la mano para seguir dándole una plataforma a este movimiento. Esta nota no sería una nota si nombro a todos los escritores que son parte del New Latino Boom. Son muchos los nombres que puedo incluir. Son muchos los eventos que puedo mencionar. Indiscutiblemente son muchos los libros que puedo reseñar.

En este momento, dentro del ambiente político en el que se encuentra Estados Unidos y por el ataque frontal dirigido a todo aquello que no sea mayoritario, ratifico la trascendencia que supone documentar la magnitud y envergadura del uso del idioma español como emblema de un movimiento literario único y propio de los Estados Unidos. Al encontrarnos en un momento histórico en el que las expresiones no mayoritarias son vistas como una amenaza, resulta imperioso hacer un registro de este fenómeno cultural tomando en cuenta el idioma español y su presencia como forma de resistencia.

El #NewLatinoBoom está pasando ante nuestros ojos en este momento y tenemos la dicha de seguirlo, luchar a través de este y disfrutar además de una producción artística de calidad, diversa y dinámica. Los invito a seguir el movimiento, a usar la etiqueta, a contactar a los autores, editores, compiladores y libreros que participan y que no descansan. ¡El #NewLatinoBoom no para!

 

 

Por Naida Saavedra | @naidasaavedra

*Texto publicado originalmente en Suburbano, en mayo 2018.