ladrón

#DomingosDeFicción: Ladrón

Ahí apareció la catirita otra vez. Puntual. Son las 5:02 y ya está montándose en el cuarto vagón de la Línea 1, dirección Palo Verde. Estamos en Plaza Venezuela pero yo la llevo esperando desde Capitolio. Un par de veces me he pillado que se monta en Bellas Artes y hoy que es el gran día del asalto no quería arriesgarme a que se me fuera. Se cierran las puertas. Son las 5:04.

La chama nunca se sienta. Yo no sé si lo hace para parecer más ruda y menos catira en el Metro o porque capaz no le gusta sentarse; si es lo primero, es bien gafa porque con esa pinta que se carga no puede dárselas de la ruda ni que se suba al techo del vagón. Toda catira y flaca, con esa piel tan blanca y unos ojos tan grandes que pareciera que quisieran ver el mal antes de que sea demasiado tarde. No le sirven mucho, creo. Como dijo Lucho el otro día: “Esa coneja es una presa fácil”, y tiene razón. Si la agarro por sorpresa de repente no va a poder ni perseguirme, ni pegarme y yo creo que ni gritarme; solo se quedaría ahí con esa cara como de que no rompe ni un plato, pensando en qué pasó, con la boca abierta y los ojos sin entender lo que la cabeza todavía no procesa: te robaron, chama. Y fui yo.

Sabana Grande.

Nunca he sido de los que roban así por placer, pero últimamente se ha vuelto una necesidad. Capaz fue una maña que me nació cuando la vi, y de pana espero que se me pase, porque si hay algo que sé porque me lo dijo mi vieja hasta el cansancio es que robar es malo y que eso a Dios le cuesta perdonarlo. Espero que el de arriba me perdone esta sola vez. Es solo para quitarme la idea de la cabeza. Aparte no es que es a cualquiera. Es a la catirita de ojos grandes: lo de no comas delante de los pobres te lo tuvo que haber dicho alguien antes de montarte en el Metro con ese pelo tan amarillo, chama.

Chacaíto.

Me voy a acercar un pelín más solo para no perderla de vista. No vaya a ser que hoy sea el día en que se avispe y corra. Está al lado de la puerta viendo fijamente el mapita de paradas, como si no supiera adonde va: ella, todos en el vagón y yo sabemos que se va a bajar en Altamira para perderse entre la multitud que sale en estampida hacia las escaleras mecánicas y nunca hacia las de cemento. Yo creo que ella agarra las de cemento pero nunca me he fijado mucho después de que sale del tren; cuando la dejo de ver se me pierde la idea de robar y sigo fijo hasta Los Cortijos pensando en las mil veces que mi mamá me dijo “Mijo, por fa, no robe. Lo que usted quiere trabájelo”. Pero, vieja, esto es distinto.

Chacao.

Me muevo un poquito más y me quedo justo enfrente de ella. Tieso pero relajado para que no se me altere y se baje donde no es. Tengo la mirada fija en el piso y siento los nervios de la primera vez. Tranquilo, Juancho, carajo. Es como Lucho dijo, la chama es una presa fácil. Levanto la mirada de a poco y la miro: ella sigue con la mirada clavada en el mapita del metro y ni se ha enterado de que me moví; que el vagón avanzó; que el chamito de la morena sentada a mi izquierda empezó a llorar; que el parlante anunció algo que no entendió nadie; que un mendigo que olía mal entró, le gritó a todo el mundo y se volvió a salir; que la vieja que estaba recostada del agarradero se resbaló, y bien hecho porque eso es para que todos se agarren y no para que tú te recuestes. De nada se enteró la chama. Ella seguía inmersa en el mapita de la puerta, contando estaciones o haciendo lo que sea que las catiras con esa pinta que tiene ella hacen cuando se quedan viendo fijamente.  Yo nunca la había visto tan de cerca porque siempre me quedaba al menos medio vagón alejado para que no sospechara. Tenía unos blue jeans oscuros y una camiseta blanca, con el pelo suelto, sin maquillaje y con unos zapatos marrones que le combinaban con los ojos y algunos lunares chiquitos que tenía en la espalda. El bolso que llevaba hoy era chiquito, de esos que tienen toda la pinta de que las jevas no los agarran duro porque creen que nadie les quita algo tan chiquito. Definitivamente, hoy era el gran día del asalto.

No era tan distinta a mí, la verdad. Era una chama normal, con pinta de presa fácil, pero quién quita que yo no la tuviera también.

Altamira.

“Aquí fue”, pensé sudando hasta las palabras. Anunciaron la estación en los parlantes, la gente se paró, la catirita dejó ver el mapa y digirió la mirada hacia el otro lado del vidrio de la puerta, que le devolvía la cara de un hombre ansioso por entrar a sentarse. Yo me moví hacia ella. Hoy era el día del robo y no podía perderla. “Perdóname, mamá”. Salió del vagón rápido con ganas de irse a su casa, empujada por una pelota de gente que compartía su sentimiento y conmigo a dos personas atrás. La chama no agarró hacia las escaleras mecánicas sino que se fue a las de cemento pero a un paso acelerado, como apurada. ¿Me habrá visto? Pero no puedo perderla. Hoy es el día. Me apuro también y la sigo casi que corriendo con el corazón acelerado y un pito en los oídos que ya ni me deja escuchar las advertencias de mi vieja. La chama se mete entre la gente para subir rápido pero justo antes de que ponga un pie en el primer escalón, la agarro por el hombro, la volteo y ¡zaz! Le robo un beso.

“Perdóname, catira. Pero es que tú tienes muchos para ti solita y si no te robaba aunque sea uno, yo creo que me moría”.

Y ella sonrío.

Por Andrea Atilano | @andreabasienka

El fin de las palabras

Siempre les decía a mis alumnos en la universidad: existe una guerra de lenguaje y el chavismo nos está revolcando en ella. Casi desde el primer día, a veces de una forma más explícita, otras veces de manera más subrepticia, han ido modificando la forma en la que hablamos y, por ende, la forma en la que terminamos pensando esta realidad que nos rodea. Desde algo tan aparentemente tonto como hablar de “conversatorios” en lugar de “charlas” o “tertulias”, hasta el hecho de que se me ericen los vellos de la nuca cuando me dicen que en tal o cual zona de Buenos Aires suelen pasar muchos “colectivos”. Con el tiempo hemos terminado pensando en sus propios términos y eso es algo más difícil de corregir que la economía o el sistema eléctrico; se trata de la piedra fundacional de nuestro entendimiento.

Una vez leí una analogía interesante: el lenguaje es al ser humano lo que el agua es al pez. Es el medio en el que se mueve, es el entorno que de alguna forma lo alimenta. También es ese todo envolvente en el que se desarrolla y que, en muchas ocasiones, ni siquiera nota que está ahí. Hay que detenerse y hacer un esfuerzo para desentrañar lo que esconden las palabras, las intenciones políticas que pueden ocultar, las herramientas de transformación social que llevan guardadas dentro de sí como si se trataran de pequeños caballos de Troya.

No solo es que el chavismo ha distorsionado lo que vemos, sino que también se ha encargado de manipular a su antojo dos de los marcos más importantes para comprender el presente: la historia y el lenguaje. Que veinte años después sigamos hablando de “dirigentes de oposición” no es cualquier cosa. Que por mucho tiempo hayamos asumido como positivo el término “escuálidos” es una victoria mayúscula para el lado oficialista. Palabras como esas aseguran la existencia de, por lo menos, la idea del chavismo por mucho tiempo. Eran opositores a qué, preguntarán las personas en el futuro. No se podrá explicar el término “escuálidos” sin explicar antes al chavismo. Las palabras guardan dentro de sí partes del alma de las personas, de los movimientos políticos, de los momentos históricos.

Este régimen se ha caracterizado por los controles que aplican y el lenguaje no fue ninguna excepción en este sentido. En principio, la forma en que sus dirigentes se comunicaban a la población, disminuyendo el nivel de su discurso con la excusa de acercarse a las clases menos pudientes, pero también bajando la barra de lo que debía ser el nivel de comunicación en general, al punto en que si una figura política intenta utilizar un lenguaje más sofisticado, más cuidado, genera sospechas. La otra parte de la estrategia fue el deterioro de la educación en general. Como se ha documentado, al chavismo no le hizo falta cerrar escuelas, destruir centros educativos ni nada por el estilo, fue tan simple como descuidar los centros de educación. Escuelas públicas en el olvido, condiciones laborales deplorables para los maestros en general, presiones sobre los colegios privados, cambios en las normativas para impedir que los alumnos repitieran grados. Todo esto ha llevado a la formación de personas a quienes cada vez les interesa menos el uso correcto del lenguaje, lo que las lleva a ser mucho más fáciles de manipular a través de las diferentes capas que puede tener una sola palabra.

Sin embargo, en estos últimos días en los que la dictadura ha estado mostrando otra de sus caras más horribles, se ha presentado un nuevo problema. Estos tweets de Jean Mary Curro creo que lo explican muy bien:

(tweet 1, tweet 2).

Ante cada nueva forma de romper a los venezolanos, de acabar con el país, nos vamos quedando sin palabras para describir el horror, el dolor, la tristeza, la desesperación. Y tiene sentido: si son nuevas formas de mostrarnos la maldad, sería lógico tener nuevas palabras para describir la maldad; pero, ¿de dónde las sacamos?

Me da miedo ese panorama en el que el lenguaje se nos quede demasiado corto como para describir estos años de oscuridad (física y simbólica). Me da miedo porque esto es algo de lo que tenemos que hablar hasta que ya no podamos más. Este mal se exorciza con más palabras, palabras coherentes, articuladas, bien pronunciadas. Este mal se exorciza con un discurso consistente, lleno de datos y  hechos corroborados, con los signos de puntuación puestos donde van y un buen uso de los paréntesis cuando corresponden. Pero si todo lo que vemos ha escapado ya las formas que tenemos para comunicarlo, habrá que hacer un trabajo más arduo aún para liberarnos de estos fantasmas.

Pienso en 1984, de George Orwell. Pienso en ese libro todos los días desde antes incluso de leerlo. Pienso en el plan del Partido para instaurar la neolengua y convertirla en una especie de jerigonza sin color, solo una nube gris de sonidos a los que se les puede atribuir un solo significado otorgado por el Partido. En cierta medida me parece que el chavismo logró alcanzar ese nivel: reducir el lenguaje lo suficiente como para que no tengamos ni siquiera cómo describir con claridad lo que nos pasa, ni mucho menos esbozar las soluciones o estrategias de salida.

Por eso aplaudo el trabajo de quienes relatan día a día lo que sucede en Venezuela: escritores, periodistas, comunicadores en general; aquellos que intentan ponerle orden a esta historia. Aplaudo también el trabajo de quienes intentan validar y reforzar la voz de quienes viven este desastre en carne propia, porque el espacio en el que te permiten relatar tu sufrimiento con libertad y comprensión es importantísimo para comenzar a sanar y aprender a vivir con un capítulo de tu historia que te va a acompañar por siempre. Aplaudo el trabajo de quienes “consumen” estas experiencias, porque es nuestra responsabilidad que cada vivencia resuene con fuerza y nos enseñe sobre los días más duros de nuestra historia. Todos estos personajes nos ayudan a volver a apropiarnos del lenguaje en una forma que no responde a una relación clientelar con el poder ejercido por el chavismo. Necesitamos tener las palabras, todas las palabras posibles, para expeler el mal de Venezuela.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

#DomingosDeFicción: El país de las luciérnagas

—El país de las luciérnagas –digo.

Extiendo la mirada ante la imagen silenciosa que tenemos al frente: las luces nocturnas de Caracas. Estamos sentados en el jardín de su casa, sobre un césped verde que desciende hasta un borde invisible y se pierde en uno de los precipicios traseros de algunas casas de la zona de Alto Prado. Imagino la sonrisa leve de Simón al escucharme, pero él se mantiene mudo. Luego miro por encima de mi hombro izquierdo, hacia la casa también callada detrás de nosotros. Amelia había dicho que quería ir al baño y, como si hubiesen estado de común acuerdo, el barman se levantó para acompañarla después de que Simón les ofreciera algunas indicaciones. Poco después, José Gregorio quiso saber dónde podía enchufar un cable para recargar la batería de su teléfono móvil, y Wilfredo mencionó un acoplador que había visto en la cocina, cuando buscaba más hielo. Los dos se alejaron hacia la casa con voces amortiguadas por las risas. Yo también sonrío sin decir nada y devuelvo la mirada hacia una ciudad adormecida.

—¿Te provoca otro trago? –dice Simón.

Lo veo. Me resulta un tanto increíble que esté allí con él. Hay una historia enrevesada que desconoce. Simón y yo habíamos estudiado en el mismo liceo hacía casi diez años. Lo que él ignora es que en esa época me sentí muy atraído por él, por su aspecto físico, porque se asemejaba bastante al muchacho con el que yo comenzara a salir durante mi adolescencia, mi primer amor juvenil. El parecido entre ellos era sorprendente. No se trataba de que parecieran gemelos, sino de algo elusivo en la actitud rebelde que desplegaban, los rasgos faciales, sus gustos musicales, la forma del cabello, el tono de sus voces. Eso lo recupero al escucharlo ofreciéndome otro trago. Me siento dubitativo.

—No lo sé –digo–. Creo que ya bebí suficiente.

Escucho la inspiración profunda que hace Simón. Luego dice:

—Otro trago y ya. Yo voy a servirme más vodka.

No puedo evitar una sonrisa. Su voz me hace sentir relajado.

—Está bien.

Agradezco en silencio que Simón se muestre tan comprensivo con las escapadas de mis amigos. Nos conocíamos de antes, por supuesto, pero que prestara su casa para la concreción de sus aventuras superaba mis expectativas. Amelia había estado flirteando con el barman durante gran parte de la noche, en la discoteca donde tropezáramos con José Gregorio y sus compañeros de la universidad. Y poco antes de que cerraran el local, ella logró salirse con la suya al invitar al barman a beber algo más en otra parte. Allí mismo, más temprano, José Gregorio había triunfado en convencer a uno de los muchachos que estudiaban con él para alargar la madrugada en otro lado. Por supuesto, mi amigo sospechaba de la oculta homosexualidad de su compañero de estudios y todo indicaba que no se había equivocado al respecto. Simón me entrega un vaso que se siente frío entre mis dedos. Mi pensamiento sigue concentrado en Amelia.

—Es el barman quien debería ocuparse de estos tragos –digo.

Simón ríe.

—¿Cómo se llama el barman?

Lo miro y alzo las cejas.

—Pues… –digo–. ¿Puedes creer que no lo sé? El barman, será.

Esta vez reímos los dos.

—Me da mucha pena contigo –digo–. No sé qué estarás pensando de mis amigos, pero no suelen ser siempre así. Gracias por ser tan comprensivo. De verdad.

Me agrada la sonrisa de Simón. Hay un vestigio difuso de nuestra época juvenil entre sus labios. Pero él siempre ha sido un tipo comprensivo. Inteligente y comprensivo. Muy mujeriego mientras estuvimos en el liceo, con varias novias al mismo tiempo. Una sonrisa siempre ante cada conflicto. Nunca un comentario desagradable para juzgar a los demás. Parece ser el mismo Simón de antes. Pienso que resultó agradable encontrarnos con él en la arepera donde nos habíamos parado para comprar cigarrillos al salir de la discoteca. Nos saludamos con afecto y casi de inmediato nos invitó a seguir la fiesta en su casa. Confieso que dudé ante lo que parecía una imposición, pero Amelia me lanzó una mirada penetrante para que aceptara sin quejarme. Y allí estábamos, en el jardín posterior de su casa, con una botella de vodka menos, media caja de cigarrillos fumados y mis amigos perdidos en la penumbra de la casa. Me fijo en las luces nocturnas de Caracas que titilan como un telón de fondo.

—Gracias –digo.

Simón me mira y sonríe de nuevo.

—¿Por qué?

—Porque sí –digo antes de bajar la vista hasta el vaso lleno–. Por ser tan comprensivo.

—No, vale; no tienes nada que agradecerme. Tus amigos se ven buena nota, y parecía que estaban pasando un momento bien de pinga. ¿Quién soy yo para interrumpirlos? Era más que evidente que ya estaban emparejados y querían seguir la rumba. Además, no quería que te sintieras incómodo con ellos. Al final, ibas a terminar de lamparita. Y no tenía sueño.

—¿Y ahora sí?

—No, tampoco; prefiero estar aquí, hablando contigo. Es raro encontrarse con un pana del liceo estando tan lejos. Qué nota, ¿no?

—Sí. Te confieso que lo último que podía esperar era encontrarme contigo en la arepera.

—Y ya ves: las sorpresas del destino.

Bebo un sorbo de vodka.

—Bueno, en todo caso: gracias, Simón.

Hay una pausa que se alarga entre nosotros, pero no me inquieta. Las luces a lo lejos, el ruido de los insectos nocturnos, el sabor del vodka frío, los viejos sillones de mimbre, el recuerdo de nuestra época estudiantil, el eco de un primer amor ya adormecido por la distancia y el tiempo. Todo es casi perfecto. Uno de esos momentos que uno querría que durara para siempre. Intento asirlo con una respiración profunda, porque intuyo que en cualquier momento pueden reaparecer mis amigos con sus sonrisas torcidas y satisfechas y el olor agrio de un sexo apresurado. Simón me interrumpe:

—¿Te puedo hacer una pregunta personal?

—Sí, claro.

Él bebe un sorbo de su vodka antes de seguir. Mira las luces más allá del jardín.

—Cuando los invité a venir para acá… ¿Tú pensaste que tal vez…? Digo, nosotros… Que tú y yo, de repente también…

—No te entiendo –digo, pero es una mentira que suelto sin pensar.

—Bueno… No sé… Que si pensaste que nosotros también estaríamos juntos.

—Ah, no… –vuelvo a mentir–. No lo pensé. Yo te respeto mucho para pensar en eso, Simón. Nosotros somos amigos. Además, yo sé que a ti no te gustan los hombres. Estoy claro con eso. Si acepté fue por ellos —hice un gesto con la barbilla hacia la casa—, por ser solidario… o pendejo, como te parezca mejor.

Me llevo el vaso a los labios porque necesito una dosis fuerte de vodka. Simón sigue con la vista fija en el país de las luciérnagas.

—Además –sigo–, me siento demasiado bien aquí afuera. Lo disfruto mejor, ¿sabes? La noche, el silencio, las luces, el sabor del vodka, tu compañía; pero no tengo segundas intenciones contigo.

Bebo otro trago de vodka porque me siento envalentonado.

—No me creas tan básico, Simón –digo–. Pensé que me conocías mejor. Sé bien tu debilidad por las vaginas…

Pero me quedo callado debido al peso de su mirada. La ciudad queda muy lejos.

—Yo también pensé –dice en voz baja– que me conocías mejor. A mí no me importaría, ¿sabes? Es algo que igual quedaría entre nosotros. Me siento bien contigo. De verdad, no tendría problema en hacerlo si tú quieres.

Los hielos tintinean cuando inclino el vaso para beber lo que queda de vodka. Paso la lengua por mis labios y aparto los ojos de su ofrecimiento. La visión periférica me permite ver su mano extendida. Respiro profundo. Ya no queda más vodka en el vaso. Giro la cabeza hacia él y bajo la mirada hacia sus dedos. Con un gesto tímido coloco mi mano sobre la suya. Simón aprieta los dedos.

—Me voy a copiar de ti –dice–. Yo tampoco soy tan básico, ¿sabes?

Me gusta la textura de su mano.

—El sexo –sigue– es mucho más que los genitales. Yo creo que tiene que ver con la piel, con la carne, con los aromas, el sabor de una respuesta. Hay mucho más que no sabemos.

En ese momento hubiese querido tener el vaso medio lleno. Beber algo.

—Yo nunca he estado con otro hombre. Tú sabes cómo soy con las mujeres. Pero tú eres diferente. No eres como los demás. Tienes algo distinto. Eres espectacular, ¿sabes? Eres un tipo muy atractivo. De verdad que no me importaría probarlo contigo, si quieres. Dicen que siempre hay una primera vez.

Me mantengo callado. Agradezco mucho su ofrecimiento, su permeabilidad, su disposición, la torpe oferta que me brinda; pero, no. Aunque por un breve instante sopeso lo que tengo al alcance de la mano, prefiero declinar la ventaja que me regala con los ojos abiertos. Significa tal vez complicar nuestra amistad, lo bien que nos hemos llevado desde que nos conocemos. Pero creo que ambos intuíamos la curiosidad, las ganas de explorar, de experimentar con otro cuerpo, el deseo de abrir una puerta cerrada hasta entonces; no obstante, por extraño que suene, me mantengo sensato. Escojo las mejores y más diplomáticas palabras para hacérselo saber; tampoco quiero herir su orgullo varonil. Simón se ha permitido mostrarse vulnerable conmigo, asequible. Otro en mi lugar quizás habría aprovechado la oportunidad, pero como bien lo ha expresado ya: no soy como los otros. Lo curioso es que al decirle que no, de una forma particular, me parece que termino ganándome parte de su respeto por ello.

—No –dice–, no te preocupes. Estamos bien. Sólo quería comentártelo. Que lo supieras.

Es la primera vez que levanto la vista hacia él desde que dejara de hablar. Dice:

—¿Sabes otra cosa? Ahora creo que te admiro más.

Aprieta mis dedos antes de soltarme la mano.

—Creo que ahora sí me provoca otro trago –digo.

—A mí también.

Ambos sonreímos e intercambiamos una mirada antes de que escuchemos la voz de Amelia, desde la casa:

—Chicos, ¿ustedes tienen hielo allá?

Por Luis Guillermo Franquiz

La violencia protagoniza la narrativa nacional

Mientras que la narrativa actual venezolana se caracteriza por una crítica a lo que significa ser venezolano, especialistas estiman que la del futuro hablará sobre las colas, “el bachaqueo”, los pranes y las deterioradas condiciones de vida

Por: Jacobo Villalobos – @JacoboV95

Familias que se acaban, separaciones en Maiquetía, asesinatos, policías corruptos, conflictos políticos, violencia doméstica, violaciones, incesto y pedofilia… Esos son algunos de los temas que, teniendo al presente venezolano como fondo, aparecen retratados en una vasta cantidad de relatos literarios nacionales del momento, los cuales son reflejo de la situación actual del país.

Autores como Héctor Torres, Sonia Chocrón, Miguel Gomes, Rodrigo Blanco Calderón, Hensli Rahn Solórzano, Miguel Hidalgo Prince, Raymond Nedeljkovic, entre otros, forman parte de un grupo cada vez más numeroso de escritores que han abordado la crisis nacional. En su literatura, como en la de varios otros, la violencia permea las historias y aparece como un personaje más, lo cual se corresponde a un país cuya capital, Caracas, es la más violenta del mundo, según el informe anual del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal (CCSPJP).

Además de la enorme tasa de homicidios (27.875 muertes violentas para finales del 2015, según estimó el Observatorio Venezolano de Violencia), la crisis venezolana se caracteriza por presentar la inflación más elevada del mundo (141,5% en el 2015, según cifras oficiales emitidas por el Banco Central de Venezuela), escasez de productos alimenticios (41,37% de los 58 productos básicos, según el informe de febrero del CENDAS), una Canasta Básica Familiar que para febrero de este año requería de 18,3 salarios mínimos para su satisfacción, según el mismo informe. También se suman noticias de líderes políticos que han sido acusados de narcotráfico y negocios turbios o fraudulentos, como es el caso de la aparición de varios de éstos en los llamados “Papeles de Panamá”, una investigación periodística global que puso al descubierto el desvío de fondos y evasión fiscal en paraísos fiscales por parte de políticos, personalidades y figuras públicas de diversos países.

La relación entre esta trama nacional y la literatura venezolana contemporánea ha sido analizada por veteranos en la materia, escritores, críticos literarios, profesores universitarios y periodistas, para quienes la crisis nacional “sin duda” es un elemento que compone la narrativa nacional del momento.

El contexto

En una panadería de Caracas, Carlos Sandoval toma un café cuyo precio da cuenta de la compleja situación económica nacional al tiempo que reflexiona sobre la relación que hay entre el contexto de un país y la narrativa que genera. “La narrativa es producto de un momento social, es un modo inconsciente de plasmar una situación”, dice.

Entre las obras recientes de Sandoval se cuenta la antología De qué va el cuento, compuesta por 40 relatos venezolanos y publicada bajo el sello Alfaguara en el 2013. Los cuentos que integran el libro fueron producidos entre los años 2000 y 2012, por lo que el entorno político marca desde la forma que toman esos relatos hasta sus temáticas.

El crítico explica que esto se debe a que las representaciones de las coyunturas que aparecen en la literatura obedecen a los estados íntimos del escritor: “A veces el narrador aborda el contexto conscientemente, otras veces no. Otras veces el contexto está tan dentro de ti que se refleja en la literatura sin buscarlo”, puntualiza.

Sin saberlo, un día antes, el escritor y cronista Héctor Torres manifestó su concordancia con el crítico literario. Sentado a la sombra en la Plaza Los Palos Grandes, al ser preguntado sobre si existía una relación entre lo escrito y las situaciones que vivía el escritor en su país, Torres respondió sin pausa que “sí, inevitablemente, de una u otra forma el entorno nacional, político, está presente”.

“Los textos narrativos son una autobiografía, una forma de ver el mundo circundante”, puntualizó el cronista. “La literatura se siente en todo y Venezuela no puede escapar a eso”, afirmó

Los dos últimos libros de Torres muestran bien a lo que el autor se refiere con “autobiografías”. Tanto en Caracas muerde (2012) como en Objetos no declarados (2014), ambos publicados bajo el sello editorial Punto Cero, se muestran historias que con humor o crueldad ilustran las situaciones por las que atraviesan los venezolanos, tanto en la intimidad como en la sociedad, según la mirada del escritor. En ese sentido, la autobiografía viene dada por dar cuenta del momento en que el autor vive y aquello que le afecta.

En Venezuela, esta forma de comprender la narrativa tiene una larga tradición: el fuerte apego al contexto es arrastrado desde el siglo XVIII y se evidencia en el siglo siguiente con una narrativa que es reflejo de la política nacional, lo cual se mantiene hasta hoy en día, cuando la crisis toma partido en las narraciones literarias, explica el profesor Sandoval.

Esta afirmación, para Héctor Torres no es del todo negativa. Para él, la situación convulsa del país es “forzosamente” una fuente de inspiración para la narrativa. “Una sociedad feliz es una sociedad con pocos artistas. Hay una relación entre el dolor y la creatividad: el dolor produce calidad; y la inconformidad, arte”.

“Mi percepción es que en los tiempos tranquilos no hay necesidad de comunicar, en los tiempos más oscuros hay más temas, más hondura, más atmosfera. Una sociedad en la que sientes la muerte pisándote los talones, en la que te sientes que estás vivo de vaina, tiene que producir cosas distintas”, explica Torres.

Retratos de la crisis

Para los entrevistados, el elemento de la crisis nacional que más se repite y que más presencia tiene en la narrativa contemporánea es la violencia. Según Héctor Torres, quien además es coordinador del Premio de Cuentos Policlínica Metropolitana, los textos ganadores de los últimos años han rebosado de violencia.

Pero el rasgo violento en la narrativa venezolana no es algo nuevo. Tras la caída de Pérez Jiménez en el año 58, la Revolución Cubana y la irrupción de la guerrilla venezolana en la década de los 60 del siglo XX, la literatura nacional se escribe con un fuerte contenido político, de militancia y agresión. Ejemplo de la violencia narrativa de aquella época es la novela Se llamaba SN, escrita en 1964 por José Vicente Abreu, que narra las crueles torturas por las que atravesó el escritor tras ser detenido por la Seguridad Nacional (SN).

Otros autores que cristalizaron en sus obras la agresividad del momento fueron Carlos Noguera, con Historias de la Calle Lincoln (1971), Adriano González León, con País portátil (1968), Premio Biblioteca Breve Seix Barral el mismo año de su publicación y la única novela venezolana en entrar en el llamado “Boom latinoamericano”.

Al respecto, también destacan autores como José Balza, Luis Britto García y Francisco Massiani. Así como Salvador Garmendia, aunque su obra se dirigió hacia la exploración interior de los personajes sumidos en ese entorno.

Aun así, la violencia que se experimenta en la narrativa contemporánea es radicalmente diferente a las pasadas, explica Carlos Sandoval, para quien actualmente la violencia es absoluta: desde la forma de ser y de interactuar de los personajes, las situaciones por las que atraviesan y las decisiones que toman, hasta la propia forma de escribir los relatos. “El lenguaje es violento, hay ruptura de la sintaxis, el ritmo es violento. El contexto criminal y violento aparece como cultura”, dice el profesor.

A eso es a lo que apunta Miguel Hidalgo Prince, autor de Todas las batallas perdidas (2012), cuando dice que  la violencia que aparece en la narrativa es “la fisura de todos nosotros, la violencia que nos toca de primera mano, que permea la interacción social, no solo mediante armas”.

Esto se vuelve particularmente evidente cuando se leen los relatos de Raymond Nedeljkovic, Martha Durán, Norberto José Olivares o Luis Freites, entre varios otros narradores contemporáneos cuyos personajes actúan mediante la agresión, por acción u omisión, o son víctimas de una agresión.

Ejemplo de esto es el texto 24 (2010), en el que Luis Laya, escritor y periodista, explora las circunstancias del barrio 24 de Julio desde la perspectiva de varios personajes que se mueven en situaciones convulsas y mantienen una actitud irónica ante el caos urbano.

“La violencia es el telón de fondo, pero es un personaje principal también, que no se ve pero que está presente en todo”, dice Miguel Hidalgo.

Pero aunque este es el principal elemento que la narrativa nacional del momento toma de la crisis actual, hay otro tema que le sigue de cerca: la revisión de la venezolanidad.

Los entrevistados coinciden en que la narrativa contemporánea es reflexiva y busca responder a la pregunta de “¿cómo llegamos a este punto?” y en ella se pone en cuestión lo que significa ser venezolano.

Este es el caso de la protagonista de Blue Label / Etiqueta Azul, novela de Eduardo Sánchez Rugeles que trata la diáspora nacional, quien se pregunta sobre su condición de ser venezolana y no sabe si está conforme con su nacionalidad. Otro ejemplo es la obra de Norberto José Olivares, que revisa la identidad nacional y la satiriza.

“Hay desencuentro con el mismo venezolano, es decir: no sabemos muy bien cómo llegamos a acá y eso no nos deja de sorprender. Hay una búsqueda de la identidad”, asegura Hidalgo.

“Las épocas de crisis llevan al autor a reflexionar y a dar cuenta de la crisis misma”, comenta Carlos Sandoval.

Aun así, para Mario Morenza, profesor universitario y escritor, la narrativa de la crisis aún no ha sido escrita.

Morenza no desconoce la presencia de los problemas sociales en la literatura contemporánea, pero cree que será en un futuro cuando realmente se evidencie en los textos narrativos. “Quizá más adelante veremos las narraciones de las colas, de los pranes, de la escasez, esa será la narrativa del futuro”, puntualiza.

El escritor asegura que cuando llegue esa literatura se tratará de un espacio en el que anidará la nostalgia: se abordarán temas como el exilio, la separación y el desamor.

“La narrativa cuenta la historia del alma de una nación”, explica Morenza.

Literatura no militante ni moralizante

“Actualmente se puede hablar de una narrativa afecta a la Revolución Bolivariana y otra que está en contra de esta y que gran parte ha salido mediante editoriales privadas”, señala el crítico literario Carlos Sandoval haciendo referencia a los enfoques que toma la literatura en el actual contexto venezolano.

Narradores como Alberto Barrera Tyszka, Juan Carlos Méndez Guédez, Ana Teresa Torres, Slavko Zupcic, entre otros, quienes en 2002 firmaron una carta en contra de la administración de Hugo Chávez, han manifestado su rechazo al sistema de gobierno actual; mientras que otros escritores, como William Osuna, Francisco Sesto, Luis Britto García y Luis Laya, se han decantado por lo contrario: por el apoyo a la Revolución Bolivariana.

Para Luis Laya, escritor y periodista, estas manifestaciones no son despreciables. El escritor aprueba que en su vida pública los artistas de este tipo tomen partido político, ya que “pueden hacer valer un conjunto de opiniones que ayuden a desentramar” un ambiente nacional determinado.

No así en cuanto a los productos literarios que hacen. Laya puntualiza que aunque la posición política del escritor se puede ver leyendo su obra con atención, asegura que “cualquier tipo de proselitismo en una pieza narrativa es un desecho”, al menos que se confronte con otras opiniones.

Este es el pensamiento de todos los entrevistados: “Ya sabemos que nada bueno sale de una literatura que busque apoyar a un gobierno”, dice Héctor Torres

Por ello es que los autores coinciden en que la literatura contemporánea venezolana no busca adoctrinar o cambiar la mentalidad y realidad de un país, sino que aspira a dar cuenta de un momento histórico, proporcionar explicaciones y exponer las razones profundas de ese momento.

Esa es la conclusión a la que llegan los entrevistados sobre el abordaje último que los escritores hacen de la crisis nacional por la que atraviesa el país.

Al respecto, Mario Morenza aclara que la narrativa “por cualquier razón se aleja de lo moralizante y la denuncia para mostrar los conflictos, con el fin de dar sentido a ese cúmulo de experiencias”.

“Uno no puede aleccionar a nadie, pero cuando crees que hay algo abominable lo reflejas”, concluye Laya, quien con cada opinión parece manifestar que el escritor, sumergido en la crisis y obligado a observarla con detenimiento, tiene la posición privilegiada de hablar sobre ella a todo el público.

¿Un contexto diferente nos daría una narrativa diferente?

Luis Laya: “No soy amigo de esas especulaciones. En un contexto más tranquilo se vería la crisis como una historia y se vería con otros ojos”.

Mario Morenza: “Seguramente. La narrativa cuenta la historia del alma de una nación. A lo mejor si fuese un país pacífico no hubiera narrativa de este tipo, no se estuviese generando si hubiese un imaginario distinto. Habría otro tipo de historia”.

Miguel Hidalgo Prince: “Supongo que sí. Ahora te quedas solo, se va la gente, tu familia, amigos, y eso crea un espacio diferente para la reflexión”.

Carlos Sandoval: “No sabemos, esto es lo que hay”.

Héctor Torres: “Mi percepción es que en los tiempos tranquilos no había necesidad de comunicar, de llegar a los lectores. Una sociedad en la que sientes la muerte pisándote los talones, en la que te sientes que estás vivo de vaina, tiene que producir cosas distintas”.