Amor a dos ruedas

Mira, Kate, ¿cómo es eso que tú y que andas de noviecita con Joseíto?, le increpó su mamá cuando la vio salir de su cuarto aquel domingo. Con un susto atravesándole el pecho y con el rostro preparado para la bofetada que sabía llegaría, contestó: Sí, mamá, José y yo somos novios desde hace unos meses.

El silencio posterior duró el par de segundos necesarios para asimilar la confirmación, y antecedió a una larga cantaleta sobre conveniencias, de esas en que las mamás son especialistas. La bofetada no llegó. No fue necesaria. El absoluto silencio de su papá fue el más fuerte de los golpes. Había decepcionado a sus padres y aunque eso fue doloroso, también fue liberador.

Kate y José se conocen desde que ambos eran unos muchachitos que jugaban a las escondidas en la cuadra en donde crecieron y, dado que tienen un par de primos en común, es mucho lo que han compartido desde entonces. Sus amores comenzaron cuando las correderas en la calle cedieron el paso a los ‘achantes’ para beber, hablar y bailar entre los amigos; y a las salidas al cine a ver películas rosas de vampiros. Fue precisamente en una sala de cine de Galerías Paraíso donde Kate, dándose cuenta de las intenciones de las que José no terminaba de hablarle, le interpeló: ¿Entonces, tú y yo vamos a ser novios o no? Embestido por la sinceridad de Kate, José le dijo que sí, que él quería ser su novio, pero que sabía que sus papás no le iban a dar permiso para cortejarla y él quería hacer las cosas legales, como ella merecía. Sin embargo, ella ya había decidido por los dos: serían novios, aunque tuvieran que mantenerlo oculto.

Pero como tarde o temprano todo sale a la luz, su intento de privacidad se acabó esa mañana del domingo junto con la paciencia de Kate.

Becky Plaza

Habían pasado seis meses desde aquella conversación entre tráileres de películas por venir, cuando a Kate se le agotaron las ganas de tener un noviazgo bajo perfil. Su familia, salsera de corazón, amaba hacer fiestas improvisadas sin más razón que las ganas de bailar hasta la mañana siguiente. Fue una de aquellas fiestas la ocasión que Kate aprovechó para dejar en claro cuál era su relación con José. Quizás fueron los tragos que se le subieron a la cabeza, o el cansancio por los chismes que sus tías solían llevarle a su mamá sobre sus largas conversaciones con José, o tal vez la silente necesidad de ser libre –de vivir su romance– lo que impulsó a Kate a plantarle un apasionado beso a José delante de buena parte de los invitados a la fiesta. Fue un beso de despedida antes de irse a dormir. Un roce definitivo que no dejó lugar a ningún otro chisme. Una puerta que abrió de par en par dejando en claro que ella y José no eran sólo amigos.

La preocupación de los padres de Kate era justificada. Se habían esforzado por darle todas las herramientas de las que disponían para ayudarla a encontrar un mejor futuro, y en ningún momento habían contado con que se fijara en un muchacho de la cuadra. Ella era una jovencita brillante en sus estudios, deportista y asidua lectora, mientras que el objeto de sus amores brillaba por su presunción, su relación con personas indeseables, y su lenguaje soez. En la cuadra todos tenían sus reservas con respecto al futuro del muchacho, porque la altivez con la que andaba por la vida no le auguraba éxito en el camino.

La mamá de José tampoco consentía el romance. Aunque albergaba cierta esperanza en que la amistad con la niñita fresa de la cuadra influyera positivamente en su hijo y lo impulsara a tomar buenas decisiones, no lo imaginaba de amores con ella. Además, su negativa al posible romance aumentó al saber que su único hijo era objeto del prejuicio de sus suegros. Pero una cosa es lo que los padres quieren para nosotros, y otra la que decidimos hacer impulsados por nuestras emociones.

El silencio inculpador y los sermones de sus padres no sirvieron de mucho. Al abrir la llave que mantenía apresado su romance, se entregaron a la libertad de vivir como Dios manda. José pasó de inventarse formas para verla lejos de su casa a visitarla cada noche en su puerta. Kate, oyendo los consejos de su mamá sobre resguardar su reputación, decidió que lo más conveniente para evitar los comentarios y los chismes era recibirlo dentro de la casa y no en los alrededores. A fuerza de tenacidad y rebeldía oficializaron su relación.

Abrirle las puertas a José fue una decisión sabia. Al principio no fue fácil para nadie verlo sentado en la sala hablando con ella, pero con el tiempo se hizo natural su presencia: poco a poco se fue ganando el cariño de los padres de Kate y del resto de su numerosa familia, quienes lograron ver en él las virtudes que habían enamorado a ella. Por su parte, José mejoró su dicción y comenzó a alejarse del medio en que se desenvolvía, demostrando que era un mejor muchacho de lo que muchos pensaban. Aunque nadie entendía qué los conectaba, porque sus personalidades parecían antagónicas, su relación crecía ante los ojos impávidos de todos en la cuadra, quienes aprendieron a respetar lo que pasaba entre ellos.

Pero los tabús de la cuadra no serían los únicos que José tendría que afrontar.

Kate cursaba el primer año de Odontología de la Universidad Central de Venezuela cuando comenzó su romance con José. Sus méritos como estudiante y la pasión con la que asumió sus estudios superiores le granjearon el respeto de sus compañeros, pero el prejuicio les ganó en lo que respectaba a su novio. La presencia de este causaba ruido en la más clasista de las facultades de la UCV, en donde lo veían llegar a buscarla en su moto, con la cara manchada del hollín de las calles de Caracas, sus zapatos deportivos y sus camisas alusivas a marcas de motocicletas.

Becky Plaza

Entre los compañeros de Kate se generaban preguntas y expresiones tales como: ¿Tu novio es mototaxista? ¡Llegó el Cosculluela! ¿Será choro? ¡Bulda’e malandrito, menol! Aunque a Kate le irritaban las insinuaciones, no se dejaba intimidar por ellas. Ninguno de sus compañeros sabía la clase de persona que era él.

José trabajaba como vendedor en una tienda de moto periquitos en horario completo, y por las noches cursaba su TSU en Administración de empresas en un instituto privado. Su alto rendimiento como vendedor le permitió obtener su primera moto, un escúter con el que llevaba todas las mañanas a su novia a la universidad, porque no quería que ella viajara en transporte público con sus costosos equipos odontológicos.  Fue ese vehículo el que le permitió llegar a su rescate cuando ella olvidaba parte de las herramientas necesarias para sus prácticas, cuando se extendían las clases y necesitaba que alguien le llevara el almuerzo o la buscara en la desolada facultad, y cuando las protestas la dejaban encerrada en la ciudad universitaria a merced del gas lacrimógeno y los perdigones.

Ante todas las eventualidades, José prendía los 12 caballos de fuerza de su moto y se lanzaba al rescate de su princesa. Fue esa la época en dónde Kate descubrió que más que un noviecito juvenil, José era su bastión y un excelente compañero de vida.

Él estuvo presente en todos los años de carrera de Kate. La acompañó en sus fiestas, en sus viajes, en sus trasnochos estudiando, en su bajada de escaleras, y en su larga espera para el grado. Sus amigos de la facultad poco a poco vencieron el prejuicio y terminaron queriendo a José tanto como querían a Kate, no solo porque se daban cuenta del amor y cuidado que le prodigaba, sino porque habían descubierto que, detrás de las manchas negras de su cara, había un hombre honrado que no se cansaba de trabajar por sus metas.

Tras graduarse como TSU en Administración de empresas, José se convirtió en el encargado de la tienda de moto periquitos donde comenzó como vendedor. Ahora no solo gestionaba todas las áreas de la tienda de lunes a viernes, sino que la posicionó en la web, subiendo las ganancias de la misma unos escalones más arriba. Ese ascenso, que le mejoró sus ingresos, le permitió cambiar su moto por un carro, e invertir sus ahorros en importar ropa, calzados y accesorios de damas, para venderlos entre las amigas de Kate. Las ganancias no se hicieron esperar y aunque bailó y viajó con parte de ellas, decidió pensar en su futuro a mediano plazo: invirtió en una vivienda.

Becky Plaza

El apartamento que obtuvo aún no es completamente propio, en Caracas es imposible obtener uno si eres joven y asalariado. Pero la venta del carro, el apoyo de su mamá, su padrastro, y la ganancia canjeada a moneda dura dieron lo justo para la compra. Es un hobbiton a la altura de sus necesidades, que fue adaptando poco a poco hasta hacerlo habitable. A sus 25 años José había demostrado que era mucho más de lo que todos habían visualizado en su adolescencia. Se había convertido en un caballero a carta cabal, digno de cualquier jovencita que se preciara de princesa, incluyendo a Kate. Sus suegros, que ya habían aprendido a quererlo, aprendieron también a respetarlo y a valorar sus esfuerzos por convertirse en un hombre de bien. Pero las sorpresas que José tenía guardadas no se habían terminado.

Era su quinto aniversario y quería llevarse a Kate a celebrarlo en su natal Isla de Margarita. El plan era crear un fin de semana romántico que incluyera días de playa, bailes en locales costeños y cenas en restaurantes de renombre. Para ahorrarse los gastos de alojamiento, llegarían al anexo de la casa de su papá, quien vive en la isla. Todo estaba muy bien organizado, pero cometió el error de no comentarle a su papá de sus planes, y este aprovechó la visita de su hijo para hacer algunas reparaciones en la casa. Kate, que había viajado con la ilusión de liberarse del estrés de las evaluaciones atropelladas en un año de marchas y protestas que retrasaba su graduación, pasó la mayor parte del tiempo haciendo tareas domésticas, y viendo televisión por cable con su pequeño cuñado.

Los novios salieron a comer la noche del sábado, porque la reserva para la cena de aniversario estaba hecha en uno de los restaurantes más exclusivos de la isla, y José no la quería perder por nada del mundo.

Kate estaba molesta y se lo hizo saber. Había perdido un fin de semana, que pudo invertir en sus estudios, encerrada en una casa que ni siquiera era la suya. Él contuvo su propia frustración para no terminar de destruir el viaje. Su plan romántico se habría arruinado por completo de no haber tenido la valentía de decirle, en aquella mesa con vista al mar, cuan agradecido estaba por tenerla a su lado en el viaje a la adultez. Coronó sus palabras sacando de su bolsillo un pequeño anillo con el que le pidió que le acompañara por el resto de sus días.

A Kate se le acabaron las molestias y los reproches, dando paso a las lágrimas, la comprensión y al más importante que había dado en su vida hasta ese momento.

El viaje como copiloto de José apenas comenzaba…

Becky Plaza

Para las familias fue una noticia intempestiva. Eran muy jóvenes para pensar en matrimonio. Algunos creían que ella estaba embarazada y quería disimular su “metida de pata”, otros que era bueno esperar la graduación de ella antes de que “se amarraran para siempre”. Pero la única verdad era que se habían demostrado en tantas ocasiones que contaban el uno con el otro sin reservas, que su relación había alcanzado la madurez suficiente para llevarla al siguiente nivel. Rebeldes y tenaces como son, pautaron su boda para cuatro meses más tarde.

Se presentaron ante el juez del municipio Chacao el día pautado. Ella llevaba un vestido que le cosió una amiga recién graduada de diseño de moda, sencillo pero digno de una novia. Él reutilizó por primera vez el traje de su graduación, y fue la segunda vez que todos lo veían con corbata. Ambas madres estaban preocupadas por lo que pasaba frente a sus ojos. Los felices novios se sentaron frente al juez, quien al verles la cara de niños les habló durante cuarenta minutos sobre el amor que debían tenerse para sacar adelante su relación. Firmaron el acta, dijeron sus votos e intercambiaron sus anillos delante, legalizando así el destino que habían enlazado en una sala de cine cinco años antes.

La celebración no fue la de una princesa. Kate era muy consciente de todos los gastos que José había hecho para obtener el hobbiton y adecuarlo, como para hacer la fiesta a todo dar que a ella le habría gustado. Realizaron una pequeña reunión familiar en la platabanda de su casa, más por petición de sus padres que por decisión de ellos. Comida, bebidas y decoración, corrieron por parte los familiares que reconocían que ese par de muchachitos tercos de amor merecían una boda bonita a pesar de la crisis económica de la que todos eran víctimas.

Ya han pasado casi dos años desde su boda y su mudanza, pero es común verlos llegar en moto a la cuadra. Vienen a visitar a los papás de Kate que aún viven en la zona. Ella casi siempre anda con su uniforme de la faena odontológica, y él con la chemise de la tienda de moto periquitos en donde aún trabaja: ambos con la cara manchada de hollín. A sus espaldas tienen aquel enorme barrio que sigue siendo igual al de su niñez: las mismas carencias, los mismos vecinos, los mismos problemas. Solo ellos ya no son los mismos. Su época de chiquillos rebeldes quedó atrás, dando paso a la madurez de la convivencia y la creación de un hogar forjado a fuerza de trabajo y dedicación. Lo único que permanece de aquella época de rebeldía es su amor, que continúa andando a dos ruedas.

 

Por Becky Plaza@BeckyPlaza