De polo a polo

La primera vez que marché con el chavismo fue el primero de mayo de 2012. En octubre se celebrarían las elecciones presidenciales a las que, por tercera vez consecutiva, Chávez sería candidato.

No recuerdo por qué ese día en específico resolví salir, pero sí recuerdo una cosa: mi indecisión a la hora de elegir qué ropa usar. Me debatía entre una franela cómoda y la única camisa roja de mi clóset. Ganó la segunda opción: mi deseo de no desencajar en el rebaño era grande. Más tarde, una chama –chavista “desde siempre”– no dejaría pasar por alto la oportunidad de señalar lo forzado de mi elección.

Salí de casa sin dar muchas explicaciones, tampoco me las pidieron. Un suéter inmenso (que estorbó el resto del día, por supuesto) cubría y al mismo tiempo revelaba mis intenciones. Desde hacía meses mi inclinación política, contraria a la de mi madre y abuela, nos había distanciado. Me estorbaba, también, ser señalada por mis vecinos. Yo era una niña fresa, insegura hasta la médula, que temía ser tildada de chavista por los opositores y de adeca por sus nuevos camaradas.

Llegué sola al punto de concentración, en El Silencio. Los conocidos de la universidad me habían avisado por sms que estaban apostados del lado izquierdo de la tarima. El sonido de las cornetas era ensordecedor: no me costó demasiado encontrarlos.

Aquello era un espectáculo a toda mecha: había un dj, había un host, había cerveza. Viandas vaciadas de comida se esparcían por toda la acera y por el medio de la calle, como cuando en carnavales el bulevar de Sabana Grande se llena de papelillos. Solo que esta vez se trataba de anime y aluminio, cartón y servilletas. Plástico.

Desde la tarima, el animador me incomodaba con sus chistes homofóbicos en contra de Capriles Radonski, el contendiente del “Comandante Invicto”. Pero yo quería (¿necesitaba?) encajar, así que miré para otro lado. No podría decir cuánto tiempo estuve ahí, pero nunca me sentí amenazada. Todo aquello parecía una inmensa reunión familiar. Los ánimos de campaña preelectoral eran la verdadera razón para estar reunidos un primero de mayo, Día del trabajador.

Me gustaría mucho decir que mi chavismo duró poco, pero la verdad es que duró lo suficiente para llegar a votar por Maduro. Sí, me hizo ruido el aire monárquico con que Chávez señaló a su sucesor. No, no consideré seriamente abstenerme, o votar por Capriles. Sencillamente eso se salía de mi rango de pensamiento.

Haber apoyado la dictadura es algo que me llena de culpa y autodesprecio. De alguna manera me consuelo a mí misma recordándome que al menos no me he ido, que decidí quedarme aquí para asumir las consecuencias de mis antiguas convicciones. Luego me entra pánico y pienso que eventualmente no me quedará otra opción más que migrar, porque debo velar por la seguridad económica de mis viejas.

Muchísimas personas insisten en decirme que otros, más inteligentes y preparados, también cayeron en el dogmatismo chavista, seducidos por el discurso, por las ideas. Otros han sido más realistas y me han espetado que por culpa de gente como yo estamos donde estamos. Supongo que ambos argumentos llevan algo o mucho de razón. He aprendido a no defenderme contra los señalamientos, a aguantar lo que me toca, y seguir.

Asumí que ahora pertenezco al otro lado de la historia. Y que lo mínimo que puedo hacer –hacer y no solo decir o pensar– es salir a la calle cuando hay que hacerlo, en lugar de quedarme sentada en casa guarecida.

Soy lo bastante torpe (y fresa, ya lo dije) como para suponer que haría algo útil exponiéndome en primera fila, durante las manifestaciones a favor de la democracia. No sería capaz de patear una bomba lacrimógena, y quizá me tropezaría con una trenza de mis propios zapatos intentando correr. No me estoy excusando: es mi momento sincero. Yo lo que hago es ir, y estar. Asistir a la convocatoria, permanecer en la calle.

El primero de mayo de 2019 comenzó, en realidad, el 30 de abril. Serían eso de las 6:30 de la mañana cuando empecé a escuchar cacerolas y pitos. Entendí que algo estaba pasando. Aquello, en la acomodadita zona donde vivo, no es normal. Mi roommate, que creció en un piso 20 de un edificio en Los Teques y que vivió un tiempo en El Cementerio, ni se inmutó.

Encendimos los smartphones. Empezaron los sonidos de las notificaciones, uno tras otro. Una amiga, que además es mi tocaya y vive en Holanda, me llamó para instarme a no salir ese día. Mi roommate y yo nos montamos de una en el protocolo de abastecimiento, de manera apresurada, porque había alistarse y salir.

Esta vez no me detuve a dudar qué ropa debía usar: eran los zapatos de caminar qué jode, pantalones para tirarse al piso si hace falta, y sobre todo una pañoleta discreta pero práctica para cubrirse de los gases lacrimógenos. ¿Accesorios?: un aspersor con una solución concentrada de bicarbonato, porque, aunque sabes que no vas a estar en la primera fila contra las tanquetas, estarás expuesta a las bombas.

En Altamira estaba Guaidó. También Leopoldo López, nada menos que en su primera acción de calle después de su detención en el 2014. Si mi yo actual pudiese interceptarme en el 2012 para contarme aquello, me hubiese sorprendido más saber que alguna vez estaría a menos de diez metros de Leopoldo, que de verme viajar en el tiempo. Luego me reí para mis adentros: pensé que de ser un personaje de Avengers, sin duda sería Nébula.

Estaban montados sobre una camioneta, hablaban y sus voces apenas se expandían por unos megáfonos. Me quejé de no poder escucharlos y me ofusqué porque no tenían el sonido adecuado. “Qué clase de improvisación es esta”, me quejé en voz alta. Un chamo me escuchó y, con calma, me explicó que, desde hacía unos meses, funcionarios habían apresado a trabajadores de estas empresas que montan sonido y tarimas, y que se habían llevado (“robado”) cornetas: por eso ahora era tan complicado todo el tema logístico.

La gente comenzó a arengar a la masa para bajar a la autopista, donde estaban reprimiendo. Ninguno de los presentes estábamos enterados de algo, todos estábamos asumiendo. Me indigné cuando vi que la caravana de los líderes políticos emprendía esa dirección. Seguían improvisando, me dije. Luego entendí los motivos, y eran válidos. En ese momento lo que me ardía era pensar en las razones por las cuales no era inteligente tomar la autopista, donde no hay vías de escape, y la única opción ante una amenaza inminente es correr en sentido contrario.

Le comento a mi mate: “Date cuenta cómo a la oposición de base le falta pensamiento estratégico. No piensan la ciudad como un territorio. Y en eso el chavismo de base les lleva una morena”.

“Claro”, respondió. “Ellos [los chavistas] son militantes. Nosotros somos civiles y más nada. Al chavista lo adoctrinan… uno no quiere eso. Hay que hacer las cosas distinto si se quiere un país diferente. Sería caer en lo mismo, pensar que la solución es creernos soldados”.

“Toma eso, Mariana”, pensé.

“Coño, tienes razón”, alcancé decir. Y yo que creía que ya me había extirpado de todo aquello. No solo es el lastre de la culpa el que se carga encima. Después de eso, le bajé dos. Tocaba callarse un poco.

Nos quedamos buena parte del día en la calle, entre Chacao y Altamira. Suficiente para observar cuánto tiempo lograron los manifestantes soportar los embates de los represores abajo en la Fajardo, para ver cómo una tanqueta obligaba a la marcha de la Francisco de Miranda a retroceder.

Aquello, definitivamente, no era una fiesta. Había esperanza, sí. Pero nadie estaba refrescándose del sol del mediodía a punta de cerveza, al menos no de manera abierta y descarada. Aunque, hay que decirlo: también se gritaban improperios contra Maduro. Solo que nadie se reía de eso. El coro de la mentada de madre les venía desde la más pura rabia. Tal vez un poco desde la impotencia del que se alivia insultando el aire, queriendo hacerlo contra una cara.

 

Al día siguiente seguía siendo primero de mayo. Funcionaba el Metro esta vez, lo que de alguna manera nos desanimó un poco. Pero cuando salimos a la Plaza Francia, la multitud –al menos cinco veces más gente que el día anterior– nos hizo sonreír. Una señora, con las mejillas sonrosadas, nos dijo que venía desde La California. Que ahí había estado Guaidó, quien estuvo al menos una hora hablándoles.

Otro amigo tenía noticias menos alentadoras: a la altura de la Universidad Bolivariana, un piquete de la Guardia había impedido que la marcha que venía desde Los Chaguaramos, Santa Mónica y la Av. Victoria avanzara. Era una verdadera lástima: para la marcha del 23 de enero –en la que Guaidó se juramentó como presidente encargado–, la cantidad de personas que lograron llegar desde esa dirección era impactante. Recuerdo que tuve la suerte de verlos acercarse desde la autopista, subiendo por la Av. Principal de El Rosal.

Toda decisión política deja saldos positivos y negativos. El elemento sorpresa supuso que el día anterior fuéramos menos, pero aguantáramos más. Este miércoles primero de mayo, éramos muchos, pero la facción prodictadura estaba advertida ya de las movilizaciones: arremetió con todo. Y “todo” en este caso significa plomo, motorizados con parrilleros vestidos de civiles que andan armados. La gente suele referirse a este tipo de sujetos, inmediatamente, como “los colectivos”. Pueden ser cualquier cosa, da lo mismo. Sencillamente es la palabra que usas cuando quieres ser enfático y sintetizar: corre que vienen disparando y no creen en nadie.

Quienes traían el mensaje de alerta eran los chamos que suelen (ex)ponerse al frente, cara a cara contra los funcionarios. Me acerqué a uno que no tendría más de 19 años. “¿Vienes de la Fajardo?”, pregunté. El chamo se encontró con mi mirada fija y atenta. Explicó: “Ya no queda nadie allá abajo. Nos replegaron, a todos. Nos dispararon”. “¿Balines?”, pregunté con ingenuidad y ahí perdí su atención. Peló los ojos: “¡Nooo! Balas, plomo”.

La camioneta de los paramédicos de la Cruz Verde pasó, tocando corneta. La mujer que venía de copiloto hizo señales para que subiéramos. Nos urgía a que nos resguardáramos. Con rabia, escupiendo al piso la frustración, obedecí. Miraba hacia atrás cada tanto. La imagen de la plaza comenzó a perderse entre los árboles de La Castellana. Emprendimos el camino de regreso.

Cuando llegamos a la boca de la Av. Los Mangos con Av. Libertador, nos topamos de frente con un cerco de Guardias que cargaban antimotines, máscaras y estaban armados. En ese escenario, cruzar la calle o irte por otro lado es más idiota que seguir caminando como si nada. Atravesamos el cerco. Sus miradas se posaron alternativamente en los bolsos, en mi pañoleta. Nosotros nos limitamos a comentar en voz alta y con naturalidad qué bonita sería una final de Champions Ajax vs. Barcelona. Respiramos aliviados y permanecimos en silencio una vez que la Libertador nos abrió paso.

 

Es curioso: el chavismo me presentó ese espectro que es la paranoia de la amenaza permanente, pero nunca sentí tan real la existencia de un enemigo dispuesto a aniquilar como el 30 de abril y el primero de mayo.

Siete años me separan de aquel primer momento, de aquella primera marcha con el chavismo. Se siente como una vida entera. No creo que se trate de un paralelismo, como si fuera un comienzo que se repite desde un lugar y un momento distinto. Me gusta pensar que es más como la vuelta de un bucle que se acerca a sí mismo, sin tocarse. Solamente para avanzar.

 

Por Mariana Mercedes

Bienvenido a la feria de la persistencia

Parte de mi rutina diaria consiste en comprar pan para mi papá de 77 años, que lo devora como si se le fuera la vida en ello. Después de una mañana de primero de mayo con dolor de garganta, probable secuela de un 30 de abril sin mucho acero en los nervios, al mediodía consigo tres panes campesinos sin hacer cola en una callejuela escondida de La Candelaria. Con ese estorbo encima entro al Metro para ver si colecciono un nuevo discurso en vivo de Juan Guaidó. En las redes dicen que el presidente (e) va a hablar en la Plaza Altamira. El centro de la capital venezolana, mientras tanto, parece normal, excepto porque casi todo está cerrado.

Es un primero de mayo extraño. El día anterior hubo una sublevación militar, o algo que pretendió serlo, y sin embargo puedo bajarme del Metro a las 2:30 pm en la estación de Altamira, cerca del epicentro del levantamiento, algo tan cómodo para mí como inquietante. El desvencijado subterráneo de Caracas es un termómetro del nivel de riesgo político que concede el régimen a una manifestación demócrata; y si Altamira está abierta, quizás equivale a decir que la dictadura no ve hoy peligro alguno en esa concetración.

Uno de los líderes civiles de la rebelión de ayer, Leopoldo López, amaneció libre por primera vez en cinco años después de fugarse de su arresto domiciliario. Al comienzo del día martes, las canas en las sienes de López eran un síntoma de la cercanía de la libertad. Al caer la tarde, de su lejanía: pidió refugio primero en la embajada de Chile y luego en la de España. Las embajadas son como los portales del Doctor Strange: se supone que entras a ellas y estás mágicamente en otro país. Pero en realidad sigues en el lugar de la recesión económica más catastrófica del mundo desde la Libia en guerra civil de de 2014. Y nunca lo he intentado, pero se supone que no cualquiera de nosotros puede brincar una reja electrificada y pedir asilo en un pedacito del mundo exterior.

Altamira hoy está hasta los tequeteques, o al menos es la sensación térmica que da. Son las dos de la tarde y hay dos camiones como tarimas improvisadas en medio de la multitud, uno de ellos coronado de viriles fotógrafos vestidos como Robocops, señal de que va a hablar Guaidó, que también sigue libre después de ayer.

Lo primero que hago, en estos casos, es pensar en sitios en los que puedo protegerme ante una posible estampida. En realidad la gente se empieza a granear. Guaidó todavía no ha llegado y muchos se retiran al Metro, con cara de decepcionados. “Que nos digan si va a venir”, exige una mujer. Otros se acercan al borde de la autopista, al sur de la Plaza Altamira, donde han comenzado las escaramuzas con fuerzas de represión y las nubes de gas lacrimógeno distorsionan la vista en lontananza. Algunos lucen cintas azules en los brazos, una moda que quizás impongan los pocos militares de la Guardia Nacional que ayer respaldaron al presidente legítimo: 25 terminaron huyendo de torturas casi garantizadas y se refugiaron en otra embajada, la de Brasil.

Por momentos tengo la ilusión fantástica de que estoy en una feria de atracciones. En un momento dado, no precisamente quienes más gente congregan, se dirigen al público un puñado de diputados con megáfonos. Solo reconozco a Manuela Bolívar y su máscara permanente de mortificación, de estar dando 150% por una causa. Un compañero de tarima asegura que “a la usurpación le quedan días” y los oyentes chillan mecánicamente. Hay billetes de 100 bolívares fuertes regados como papelillos. Una chica desenrolla un dólar para pagar tres raspaítos. Como a las 3:15 pm, mal presagio: los diputados abandonan abruptamente la tarima y recordamos que esta en realidad es un camión que tiene un chofer, quien toca cornetazos a los atravesados para retirarse. Nadie lo dice, pero todos lo adivinamos: Guaidó ya no va a hablar en Altamira. ¿Lo habrán metido preso?

No, rato después me entero de que horas antes estuvo en El Marqués.

Una mujer materializa el sentimiento de orfandad en palabras: “Guaidó se va. Nosotros nos quedamos”.

 

Es otro de tantos días en Altamira, donde suelen encontrarse siempre los caraqueños demócratas incluso después de cada enésima frustración durante estos 20 años de involución. Aquí, el 16 de agosto de 2004, los antepasados de lo que luego llamaríamos “colectivos” asesinaron a Maritza Ron, el lunes siguiente a la victoria de Hugo Chávez en un referéndum revocatorio (59% contra 40%), un momento en el que parecía prácticamente imposible desalojarle del poder.

 

No tengo máscara antigás, vinagre o Maalox, solo una bolsa con tres panes y unas hojas de papel de reciclaje que activan el recelo y la curiosidad que despertamos hoy en Venezuela todos los que tomamos notas, pero no puedo evitar la tentación de acercarme lo más posible a la más morbosa de las “atracciones”: la batalla sin sentido y perdida de antemano, como la del toro contra el torero, entre profesionales de la represión y civiles con piedras. “Vamos al sandungueo”, sonríe un chamo de clase media, y me le pego atrás. Las tanquetas antidisturbios a lo lejos, quizás las mismas que ayer arrollaron a civiles como Luis Aguilera, me hacen pensar en los transportes bípedos AT-ST de Star Wars.

 

No son solo chamos: hombres de tercera edad, niños y gente con aspecto de indigencia se unen a la inútil refriega contra las tanquetas como si se les fuera la vida en ello, de la misma manera que mi anciano padre mordisqueando su pan. Como si de reventar un vidrio al blindado dependiera el cese de la usurpación. Alguna máscara de Iron Man, alguna franela de Hulk, algún escudo del Capitán América y, si me hubiera quedado más tiempo, seguro veo el martillo de Thor. Me cuesta distinguir las detonaciones lejanas de las percusiones cercanas. Como Pedro Picapiedra en la cantera de Piedradura, algunos destruyen maquinalmente trozos de aceras, alcantarillas, vallas de comercios y de edificios y lo poco que va quedando de ciudad para fabricar munición: llego a pensar que podría estar en riesgo la Virgen, en refulgente dorado que nos vigila al sur de la Plaza, que por lo visto nos ha dejado de proteger hace rato.

 

Cada tantos minutos, corridas y gritos que nos aconsejan que no corramos. Cada tantos minutos, aplausos para algún noqueado que vuelve a la pelea después de ser atendido por los enfermeros voluntarios. Cada tantos minutos, sirenas de rústicos con banderas de cruces que arrancan hacia la clínica El Ávila: muy probablemente, heridos de bala, ya no de perdigones. Cada tantos minutos, un vendedor de relucientes chucherías que sale más barato traer de Colombia porque ya no se producen aquí: “Llévate las Oreo que le gustan a Guaidó, el que se come una se come las dos”.

 

Ráfagas en mi dirección. Estampidas. “Eso es FAL”, especula un experto espontáneo. Me retiro hacia Chacao a las 4:00 pm –justo antes de que empiece lo peor de la represión, según me entero después– y solo entonces el gas me irrita las mucosas. Ya los altavoces del Metro anuncian que “la estación de Altamira no presta servicio comercial”: en realidad ninguna estación lo presta, pues ya el Metro no cobra pasaje.

Me despido preocupado de lo que he percibido como una gran feria de la desolación, en la que cunde como candela en gamelote seco el descreimiento en salidas pacíficas y democráticas. Al mismo tiempo, no deja de ser admirable que persista tanta resistencia. Que nos levantemos de nuevo un primero de mayo después de un 30 de abril en el que se saboreó de nuevo la decepción, tras el globo de ensayo de una ilusión forzosamente anclada con piedras.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia

Encontrando el sentido en un trapo tricolor y en una presidencia hecha de fe

Nosotros, pueblo que carga bidones. Nosotros, hombres de poca fe. Nosotros, los de los zapatos remendados, hemos de iniciar la Operación Libertad, la máxima presión popular nunca antes vista. “Porque nada tenemos, lo haremos todo”, cuentan que dijo el directivo chileno Carlos Dittborn para defender la candidatura de su país como organizador del Mundial de fútbol de 1962 (apenas dos años después del terremoto más fuerte registrado en la historia), cosa que luego se desmintió, pero la frase es tan motivadora que vale la pena citarla aunque sea una bonita mentira. La vida es un poco así.

Sorprendentemente la estación de Chacaíto del Metro de Caracas está abierta y ahí me bajo pasadas las 10:00 de la mañana del seis de abril, fecha asignada para el simulacro de la Operación Libertad, aunque parece que la palabra simulacro se eliminó porque no cayó muy bien en redes sociales. Vengo de pasar por una tarima de la contramarcha del chavismo en la Cantv, cerca de Colegio de Ingenieros, donde un cantante cansino interpretaba Mercedes, de Simón Díaz: tema emblemático acerca de cómo se han estado bañando algunos caraqueños luego del cataclismo eléctrico e hídrico de marzo que recordaremos por generaciones. Mi día ha empezado mal, con los reales botados en dos empanadas aguadas rociadas con una guasacaca amarga.

El punto de concentración en la Plaza Brión no pinta muy bien. La convocatoria es modesta a esta hora, tanto como lo era la del chavismo. Un indigente  con algún tipo de desequilibrio pide ser escuchado en Chacaíto como el verdadero hombre que conducirá a Venezuela al cambio y asegura tener el secreto para extraer nutrientes de la concha de mango. Llega un contingente desde la parroquia San Pedro y la cosa mejora un poco. Empezamos a marchar rumbo a El Marqués, específicamente hacia una de las sedes de la compañía eléctrica Corpoelec, donde alguna vez funcionó el Teatro Cadafe y fui con mi papá a la primera obra dramatúrgica de mi vida. A algún divertimento infantil, no se crean que Shakespeare.

Hay un correlato entre el redespertar de la lucha democrática de Venezuela en 2019 y la climatología caraqueña. Los Salmos 91:6 hablan de la mortandad del mediodía y no hay meses que me parezcan más desconsoladores que marzo y abril. El aire huele a cerro quemado, el sol perpendicular destiñe aquellos azules color cabildo de la primavera de enero, casi no hay rastro de grama verde en ningún espacio público de la ciudad y da la impresión de que en cualquier momento harán combustión el Ávila, el Parque del Este y el Jardín Botánico juntos. La puesta en escena casi operática y la incredulidad mágica de aquel sábado dos de febrero en Las Mercedes, cuando se hizo una concentración para agradecer el apoyo a la comunidad internacional, han dado paso al empecinamiento bíblico de los más persistentes en este abril en el desierto. No sabemos bien qué hacemos aquí, pero es nuestro deber estar.

Vengo de la parroquia San José en el municipio Libertador, pero, buscando desesperadamente un sentido de pertenencia, me descubro a mí mismo convertido en uno de los que llevará la bandera de Venezuela gigante de la gente de la parroquia San Pedro desde Chacaíto hasta El Marqués, junto a diputados como José Guerra y Richard Blanco. Tiene su ciencia el ritual de transportar el símbolo arbitrario de tu país, ese que me gusta pensar que hace más simpática nuestra causa allá afuera en el mundo, porque tenemos unos colores más chillones que Nicaragua, además del mito de las mujeres bonitas. Sería una terapia decente para nosotros los asociales.

Hay que tener cuidado para no pisarle los talones de los zapatos a la compañera que lleva la sección de color azul y mantener el amarillo lo más extendido posible para que la bandera no se convierta en un trapezoide de base roja. Hay que vigilar que la panza del trapo patrio no toque el suelo. Hay que levantar el pabellón nacional sobre nuestras cabezas cuando nos topamos con un hueco en el asfalto para que los de atrás lo veamos. Hay que cantar consignas: “Libertador presente y siempre consecuente”. Intento pegar en el grupo una consigna de mi invención, pero no tengo éxito: “Aquí llegó el Oeste, más fuerte que la peste”.

Nos ponemos en alerta cuando vemos humo sobre el tramo de la avenida Francisco de Miranda que pasa frente al Parque del Este, pero no es más que otra de las quemazones de estos días. Durante el trayecto de unas dos horas nunca vemos indicios de represión. Y solo una vez escucho la frase “Vamos bien”. No está en las tendencias del momento. Mientras, me arden los muslos en la zona de la entrepierna, ya no estoy para estos trotes y menos en temporada de sequía, pero hay que llevar una bandera tricolor gigante a su destino y a eso me aferro como si fuera lo único que explica mi presencia en el mundo.

Nos detenemos ya casi llegando al Centro Comercial Líder, porque no hay más hacia donde avanzar. La bandera de San Pedro –el que negó tres veces a Cristo– es replegada y nos miramos con la satisfacción del deber cumplido, de los que hemos cargado letras de la organización Dame Letra. Empiezo a sufrir la misma fobia que me hizo recibir patada y coñazo en el concierto de despedida de Soda Stereo en La Rinconada (2007), cuando llegué a una posición privilegiada en la olla y luego me devolví arrepentido. Siento que se me va al aire y, como puedo, me abro espacio entre la multitud hacia un borde con sombra de árboles, al lado de un carro de perrocalientes. Necesito sentarme un rato en la acera.

Escucho alaridos lejanos. Eso solo puede ser señal de que o pasa algo malo o ha llegado Juan Guaidó. Es lo segundo. Empiezo a escuchar su voz en un megáfono y creo que está lejos, por los lados del Unicentro. En realidad el presidente tan simbólico como los tres colores de la bandera está mucho más cerca en el espacio de lo que pienso. Entonces me topo con ella. Avanzando hacia las palabras ininteligibles de Guaidó, me encuentro a una ciclista como salida del planeta Pandora que me hace encontrarle un sentido ulterior a este sábado. Si ella está ahí con sus rastas moradas y su insultante autosuficiencia, aplaudiendo a un primer mandatario insólito que es sobre todo una cuestión de fe, entonces yo no estoy tan equivocado de sitio.

Juan Guaidó ya es visible cerca de donde está mi nueva heroína inalcanzable y donde los cascos con cruces azules se multiplican ante una epidemia de desmayos. El presidente, que parece más bien un pana cualquiera, está ahí mismo frente al Centro Líder, improvisando una tarima sobre la parte de atrás de un camión. Detrás de él, una valla publicitaria de una película chavista de 2017 que nunca nadie quitó: La Planta Insolente, biopic de Cipriano Castro. A pocos metros, una pancarta de tela negra: “Trump: intervención ya”. Solo escucho frases aisladas: “El cuatro de enero nadie daba nada”. “Si dudas, ve a tu hijo”. “El cese definitivo de la usurpación”. “Juro”. Levantamos automáticamente la mano, aunque no sabemos qué juramos. “Dios les bendiga”. Un chico toca el “Gloria al Bravo Pueblo” con algo que me suena a saxo o clarinete. Nadie se sabe la segunda estrofa: “¡Apréndanse el Himno, nojoda!”, se enervan unas canas.

No ha terminado de hablar y ya mucha gente se devuelve hacia su punto de destino, como si hubieran tocado la estatua de un santo. Se acerca la Semana Mayor, porque la cuaresma no es otra cosa que un apagón entre dos feriados alargados, y no puedo dejar de pensar en Guaidó como una especie de Juan de Nazaret, una esperanza muy humilde y vulnerable que salió de un peladero de chivos, murió crucificado en Twitter y solo terminó adquiriendo una significación universal con el paso de los años, cuando supimos valorarlo más allá de nuestra impaciencia y descreimiento, para reconquistar finalmente nuestra Tierra Prometida tras un milenio de chavismo.

Y no puedo dejar de pensar en unas letras del grupo Bon Jovi: “And I blame this world for making / A good man evil / It’s this world that can drive a good man mad”. Yo culpo a este mundo, porque puede volver loco a un hombre bueno. Con toda honestidad, no veo manera posible de que esta nueva ilusión llamada Operación Libertad nos haga cruzar el Mar Rojo, pero no tengo más opción que apostar a la más mínima posibilidad de recuperar ese frágil milagro llamado democracia. Y si Guaidó es un hombre enloquecido hablando en voz alta a sus propios miedos, quizás es el único remanso de cordura en esta enajenación para los siglos en que se nos convirtió Venezuela. Dudo, pero así es mi forma de creer: dudando.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia