San Agustín y la MUD

Al ‘errare humanum est’ de toda la vida, San Agustín le agregó un ‘sed perserverare diabolicum’, que no significa otra cosa sino que equivocarse repetidamente con lo mismo es digno del infierno. La sentencia cobra importancia cuando la última apuesta de la MUD (acudir a un proceso viciado y sin garantías) ha tenido el resultado esperado (un mapa pintado de rojo) pero no la respuesta adecuada. La dirigencia, que sabía a lo que se enfrentaba, ha lucido errática y descolocada. Con una tardanza inexplicable, reaccionó casi dos horas después y con las manos vacías. Mientras en el Comando los jefes de prensa hacían malabares para justificar la demora explicando que ésta se debía a que iban a salir con actas y números en mano, lo cierto es que cuando Gerardo Blyde habló –al filo de la medianoche– lo hizo sin siquiera una cifra, pura retórica apenas –“ellos saben que no son mayoría”, “el propio gobierno no puede explicar el resultado”–. Dio la impresión de haber sido sorprendido de buena fe –“lo intentamos y lo hicimos con conciencia democrática”– y, peor aún, de no tener plan  B: “urge unificarnos con una estrategia común (…) hacemos un llamado para que nos sentemos a planificar juntos una nueva fórmula”. No fueron más tranquilizantes las declaraciones de Liliana Hernández y Ángel Oropeza con César Miguel. “Necesitábamos organización, testigos y avalancha”, explicó Hernández, quien reconoció que no hubo avalancha y los testigos fallaron. “Carlos [Ocariz] perdió conectividad con el 30% de ellos”, reveló, lo que significa que, por ejemplo, en 30% de los centros de Miranda no habrá manera de comprobar nada y todo quedará en sospecha sin certeza. Por si no bastara, Oropeza, tras admitir que “en esas condiciones y con esos resultados es imposible reconocer nada”, asomó luego la posibilidad de acudir a las municipales –que probablemente serán en diciembre– y a las presidenciales –que también podrían ser adelantadas–. Para escribirlo pronto y bien: trece años después de su primera denuncia de fraude, la MUD vuelve a ser sorprendida, reacciona como en aquella madrugada de 2004 y lo que asoma es perseverar en lo que nos trajo a 2017. ‘Diabolicum’, diría San Agustín.

La MUD ante la elección de su vida

Cuando Tibisay Lucena salga mañana a golpe de medianoche a felicitar a los electores y electoras por una extraordinaria jornada cívica, pacífica y democrática, Henry Ramos Allup estará tragando grueso. El zorro viejo de AD sabe que, para bien o para mal, lo que pase mañana será, en gran parte, su responsabilidad. El expresidente del Parlamento se jugará en las próximas 24 horas el futuro de su proyecto político y los resultados que arroje el CNE definirán, también, el destino de la Mesa de la Unidad Democrática. Si el mapa no se pinta de azul, si la MUD no obtiene una victoria contundente, Ramos Allup será, indiscutiblemente, el padre de la derrota. Fue él quien convenció a la novel clase política venezolana que la vía era electoral, que el camino para salir de Maduro pasaba por las regionales y que la gente, después de cuatro meses de protestas, lo que quería era expresarse a través del voto. A eso apostó y por eso ha trabajado durante el último semestre. Puertas adentro, su partido ha cogido una fuerza inesperada: venció contundentemente en las primarias y desplazó a los rostros de VP y PJ que tanta notoriedad habían conseguido a lo largo de las manifestaciones. Puertas afuera, la tarea está aún por cumplir. La MUD construyó la anhelada mayoría frente al chavismo en diciembre de 2015 y mañana, gústele a quien le guste, deberá demostrar, de nuevo, que el PSUV no tiene gente, que Venezuela clama por un cambio que la saque de la desgracia. De no ser así, el panorama sería desolador. Porque de nada servirá cantar fraude luego de que el gobierno gane la elección. La oposición aceptó las condiciones para medirse y dijo estar preparada para evitar cualquier trampa. Fue su decisión, y tendrá que asumir las consecuencias. Quiso entrar en el tablero electoral y ahora deberá guapear en una lucha desigual de peones contra reinas. Si el mapa se pinta de rojo –como en 2012, 2008 y 2004–, no habrá pataleta que valga ni retórica que maquille el descalabro. La MUD, que no quepan dudas, está ante la elección de su vida.

Maduro hasta 2018…si la oposición juega bien

‘Default’ en octubre y salida de Maduro tres meses después. Ese es el escenario que maneja el abogado, escritor y periodista español César Vidal para Venezuela. “En octubre, Maduro se enfrenta con un vencimiento de deuda que puede concluir con una suspensión de pagos nacional, quiebra soberana o default, como ustedes quieran denominarlo. Es cierto que hace unos meses Goldman Sachs acudió en ayuda del régimen chavista comprando un trozo de deuda descomunal. Sin embargo, no parece que semejante balón de oxígeno se pueda repetir y sobre todo que lo haga en las proporciones necesitadas por los chavistas. Si a eso se añaden las medidas adoptadas por Donald Trump para limitar el comercio con Venezuela, hay que llegar a la conclusión de que pinta de color hormiga para el régimen chavista. ¿Qué va a suceder entonces? Si Maduro no logra renegociar la deuda –y sería un milagro conseguirlo– su permanencia en el poder podría quedar limitada a algo más de un trimestre a partir de la quiebra soberana”, escribe Vidal en un texto colgado en su blog. Pero ni tan fácil ni tan rápido. El analista pone un si condicional para que ello suceda: la oposición. “El chavismo quedará tan debilitado que podría caer, pero sólo si la oposición aprende a ir más allá, mucho más allá, de las concentraciones en la calle, los cortes de la circulación y los muchachos lanzando cócteles Molotov a la policía. [Sería necesario] que consiguiera unirse de una vez y alcanzara a fraguar algún tipo de plan conjunto que fuera más allá de desplazar a Maduro de la presidencia”. Para Vidal, ya es poco lo que el Papa Francisco y Zapatero pueden hacer a favor de la dictadura, razón por la cual “si esta vez la oposición venezolana logra aprovechar la ocasión de octubre estará más cerca del triunfo que nunca”. Vaya su palabra por delante.

La tragedia de estar unidos

Venezuela pasó del Pacto de Punto Fijo al conflicto ‘escuálido’-chavista.  De votar por un oligopolio político a sufragar a favor o en contra de un proceso: la Revolución Bolivariana. Del blanco y verde adecocopeyano al azul y rojo ‘pitiyanqui’-antimperialista. El país tiene años, décadas, sin poder elegir. Hugo Chávez rompió con el binomio de la IV para instalar la recalcitrante polarización de la V. O estabas con él o eras un traidor vendepatria. Los grises desaparecieron y la gama de colores se mantuvo estrecha. La oposición se dio cuenta de que, para competir contra aquel fenómeno electoral, debía agruparse. Si picaba la torta estadística, los números no le darían para vencer. Las fuerzas, en cualquier campo de batalla político, debían estar unidas. Por eso, la Coordinadora Democrática emergió en 2002 para dictar el precedente y la Mesa de la Unidad recogió el testigo. Nacieron como organizaciones de composición diversa pero de propósito compartido. El fin les obligaría a acoplar sus medios. Cientos de cerebros, miles de ideas, un único objetivo: cambiar el gobierno. La primera sucumbió ante las discrepancias y la segunda vive su peor crisis. La pluralidad de pensamiento empieza a pasar factura. Todos los partidos coinciden en que Venezuela necesita un cambio, pero no se ponen de acuerdo en cómo llegar a él. De la indecisión ha venido la falta de contundencia y de ella surgió la escasa o nula coherencia. Compuesta por gente de derechas y de izquierdas, por adecos y “lechuguinos”, marxistas y liberales, socialdemócratas y exchavistas, a la MUD le ha costado elegir con qué guion enfrentar al PSUV. Pública fue la riña entre Allup y Guevara y público ha sido el deslinde entre Vente Venezuela y la Unidad. Voluntad Popular, partido que había compartido hasta ahora la línea de María Corina Machado, fue arrastrado por la corriente y decidió no tomar los riesgos de quedar fuera del tablero político que representan unas insólitas regionales. Cabe preguntarse: ¿algún partido opositor tiene la fuerza suficiente para arrastrar todo el descontento? ¿La MUD como organización política, como estructura, ha caducado? ¿Debe replantearse? ¿O es que acaso nunca ha sido viable? ¿Será, quizás, que en política, contrario a lo que pasa con la física, polos opuestos han nacido para repelerse siempre? No lo sabemos. Nuestra certeza es una sola: si de ponernos griegos y clásicos se tratara, esta tragedia no merecía otro nombre que la de estar unidos.

El trancazo que no fue

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El trancazo que no fue estuvo convocado por dos diputados jóvenes, que aparte del nombre (Juan) y el cargo han compartido también el primer frente de las protestas: Requesens y Guaidó. Lo hicieron en un tono de súplica, casi de ruego: “Le pedimos al pueblo, a aquellos que nos echan sus abrazos y regaños, que lo sigan haciendo, pero que también nos acompañen en las calles (…) les pedimos que no abandonemos las calles ni el compromiso que hemos venido teniendo. Sigamos movilizándonos”. Estuvo aderezado, además, por dos hechos de alcance sucedidos en la madrugada: el asalto al Hemiciclo de Sesiones por parte de la GNB, Delcy Rodríguez y Darío Vivas, y la destitución vía TSJ del Alcalde de Chacao, Ramón Muchacho, con sentencia de 15 meses de cárcel.

En cualquier otro momento, habría bastado apenas uno de esos sucesos para encender la calle a niveles de la Roma de Nerón. El martes, sin embargo, no alcanzaron los tres juntos para cerrar, si quiera, la mitad de las avenidas que en cualquier otro trancazo se cerraron en el municipio al que le acaban de quitar el Alcalde. El trancazo no es que fracasó estrepitosamente, es que sencillamente no pasó, no ocurrió, no fue, y dejó en evidencia lo que desde hace días ya se advertía con bastante claridad: la total desconexión, el divorcio absoluto, entre la gente y los líderes de oposición.

El antecedente más inmediato fue el viernes pasado, en una marcha que estuvo a punto de no ser (se pospuso dos veces) y sólo al final terminó siendo, y bastante pequeña (“¿la suspendieron otra vez?”, nos preguntó a los periodistas una señora ante la poca cantidad de gente que había). Ese día, en Plaza Altamira, donde apenas había dos diputados (la mayoría de ellos se concentró en Parque Cristal, hay que decirlo), el discurso de la anti-política (o de la anti-dirigencia, para ser más precisos) fue pronunciado con ferocidad por espontáneos y aplaudido a rabiar por los presentes. Dos cosas criticaban: la inacción (ese fue el primer acto de calle luego de la elección de la Constituyente, y tuvo lugar seis días después) y la convocatoria a las regionales.

En la  marcha, el diputado Carlos Paparoni (herido con una metra en la pierna y revolcado por la ballena hasta quedar inconsciente en la autopista en manifestaciones anteriores) fue abucheado, insultado e increpado por los manifestantes mientras transitaba la Francisco de Miranda. Era el mismo Paparoni que mes y medio antes, brazo en cabestrillo, arrastraba gente al Distribuidor Altamira entre aplausos, vítores y aclamaciones incluso de los mismos encapuchados. Pero los tiempos cambiaron radicalmente.

Lo que se recoge en la calle es que la gente está entre decepcionada y dolida. Ese sábado todavía había rabia, pero ya mudó a otro estadio: la indiferencia. ‘Si lo que les importa es una cuota de poder’, razonan varios, ‘pues que vean cómo la obtienen y no cuenten más con nosotros’. Es difícil determinar si ese es el sentir de la mayoría del pueblo opositor, pero sí por lo menos de los más ligados a la resistencia, que eran los que todavía salían a la calle (que, dicho sea, se había ido vaciando paulatinamente gracias a la represión, sobre todo desde que comenzaron las emboscadas en moto, hará cosas de dos meses).

La mala noticia es que la dictadura sigue, y aunque en discursos se diga que está en su peor momento, el de la oposición no luce mejor: ha perdido, pareciera, todo vínculo con la gente. Se habla sola y a sí misma. No convence, no persuade, no convoca, no tiene con qué resistir y mucho menos con qué defenderse. A Chacao, probablemente el más opositor de los municipios (o al menos al que mayor cantidad de protestas ha congregado) y en el que se encuentran lugares emblemáticos de la lucha, le quitaron el alcalde sin protesta ni costo alguno. Y eso ya lo dice todo.

Las piedras en el zapato de la dictadura

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

Sabía lo que le esperaba. Preso desde febrero de 2015, había perdido espacio en la opinión pública nacional. Su liderazgo, desde la distancia, estaba mermado. En popularidad, sufría los embates del olvido. A Antonio Ledezma la insignificancia le carcomía y decidió disparar un último cartucho desde la cárcel que dos años atrás le habían asignado: su hogar. No era el primer mensaje que colgaría en YouTube –el día del plebiscito y el pasado 26 de julio subió comunicados–, pero sí el más contundente.

Con temple y voz profunda, Ledezma señaló, desde la autocrítica, el camino que debía tomar la oposición venezolana. Preciso, puntual y certero, enumeró cada uno de los errores de la Mesa de la Unidad Democrática. “Asumidos todos los riesgos, he decidido mandar este mensaje”, dijo al empezar su alocución, para luego pasar a la lista de fallos: permitir que el chavismo echara del hemiciclo a los diputados de Amazonas, dejar que Maduro gobernara por decreto ante un supuesto desacato y dialogar a escondidas.

“No se pueden ganar batallas, cuando nos derrotamos nosotros mismos”, sentenció el sexagenario Antonio, como abuelo que reparte lecciones a sus nietos. No tendrá en la maleta los mil refranes de Allup, pero irradia la sapiencia de los zorros más viejos de la política.

Según Ledezma, el secretismo generó rumores. Aunado a ello, la oposición pecó al elegir a los dirigentes menos indicados para conversar con el gobierno, esos que velaron por libertades personales y no por la liberación de todo el pueblo de Venezuela. Allí, en República Dominicana, la mesa de negociación enterró el revocatorio. “A veces la gente no entiende nuestras propias contradicciones, cuando ve que nos metemos autogoles y que nosotros mismos diluimos nuestros triunfos, porque a veces priva la vanidad. A veces los egos se convierten en demonios tormentosos”.

Unas contradicciones que, por cierto, no pocas veces han confundido a quienes día a día patean calle: “marche mañana, no marche mañana, pare mañana, no pare mañana, marche a las 12, no marche a las 12. Esos son pequeños detalles que a veces conspiran contra nuestros esfuerzos”. Pequeñísimos detalles como, por ejemplo, ir a unas regionales con este Consejo Nacional Electoral, propuesta defendida por Acción Democrática y Henry Ramos Allup.

“Ahora vienen a plantearnos elecciones regionales. Yo no me imagino a nadie que sea leal a la lucha que ha dado el pueblo inscribiéndose, haciendo una fila india para inscribirse en ese Consejo Nacional Electoral (CNE). Bastante que le aguantamos a este CNE, que protagonizó este domingo una de las estafas más burdas”, opinaba Ledezma antes de que el plan de AD fuese anunciado al país.

Antonio, junto a Leopoldo López y María Corina Machado, era de los que opinaba en 2014 que la salida del gobierno era urgente y que, llegado el 2015, lucía impostergable. El fundador de Alianza Bravo Pueblo perteneció en sus inicios a Acción Democrática e incluso fue una figura cercana a Carlos Andrés Pérez, pero hoy, con 62 años, sus ideas para salir de la crisis están más cerca de Voluntad Popular y Vente Venezuela que del histórico partido blanco de Rómulo Betancourt.

A su lado, y en la misma lucha, tiene al enemigo número uno del PSUV (inhabilitado por el gobierno desde el 2008 por temor a su potencial) y a la mujer que se atrevió a hablarle de frente al expresidente Chávez en la Asamblea Nacional. Con el primero remará desde la cárcel, mientras que la segunda será la voz fuera de ella. Por sus posturas incorruptibles, se han convertido en las piedras en el zapato de la dictadura.