Carta abierta a Oriana, la “chama de las tetas”

Querida Oriana: no tienes por qué conocerme, soy un escribidor de fama bastante intermedia. Te conocí, como ya quisiera yo que me conociera una parte importante del país, en la fiebre de un sábado por la noche: el 23-F. Te convertiste en un rostro fresco (sí, yo suelo ver primero las caras) entre imágenes de gandolas que transportaban candela, puentes que separaban, cuerpos que se le atravesaron a perdigones, militares que preferían escapar que reprimir y habitantes originarios tiroteados con arcabuces modernos como en el siglo XVI.

El hecho de que tengas una cuenta en redes sociales y de que te hayas convertido en personaje público me da cierta licencia para escribirte, aunque seguramente te parecerá desagradable que se siga hablando de ti.

Tú misma te has hecho llamar, con ironía, “la chama de las tetas”. Te convertiste en una de las celebridades inesperadas del día en el que, según la promesa del presidente legítimo (e) Juan Guaidó, la ayuda humanitaria debía entrar sí o sí a Venezuela. El aparato de represión de la usurpación no dejó pasar ni una caja de gasas, pero tu caso entró para siempre en mi contrito corazón.

“No es lo que estaba buscando”, suplicas en tu derecho a réplica (por llamarlo de alguna manera). Eso solo lo sabes tú, Oriana, en el fuero más íntimo de tu conciencia: yo creo plenamente en ti (lo de que no eres operada me cuesta un ligeramente más creerlo, aunque ese debate es totalmente prescindible). Quisiste denunciar que estuvieron a punto de asesinarte con una bomba lacrimógena lanzada directamente hacia tu cuerpo, igual que a Juan Pablo Pernalete, durante las protestas en la frontera con Colombia. Te subiste la T-Shirt para mostrar que te habían herido en el pecho. Si en vez de eso hubieras bajado el cuello de la franela, probablemente la habrías rasgado.

Enseñaste también tu ropa interior, obviamente. Unas cuantas personas empezaron a hablar de tus senos turgentes (disculpa el lugar común de soft porno, por favor) y de tus pezones. En cuestión de horas, pasaste de 10.000 a más de 200.000 seguidores en Instagram. La gente empezó a ir hasta abajo, bien hasta abajo, en tu feed de la red social. Te encontraron en la plenitud de tu juventud, radiante como una lámpara LED en un país en penumbras. Encontraron fotos junto a tus padres que se malinterpretaron, y tengo entendido que respondían a un objetivo específico, pero ni siquiera hay por qué justificarlo: en los años 60 la gente hacía esas cosas por paz y amor y no había redes que propagaran la pacatería. Te convertiste hasta en un sticker de WhatsApp.

La chica de Meridiano como institución

Tú no me conoces, repito, Oriana, pero de inmediato simpaticé con tu caso y te defendí en al menos tres chats de grupos de trabajo. Tengo 43 años y en líneas generales me dedico a redactar en medios de comunicación. Hace más o menos una década, de manera anónima, publiqué el Meridianómetro: un blog en el que me dedicaba a comentar (y calificar con puntos del 1 al 10) la foto de la tapa de atrás del diario deportivo Meridiano. Ya quisiera nuestro parlamento tener la fortaleza de esa institución de la babosidad nacional. Mi excusa era mantener, mal que bien, cierta disciplina de escribir a diario sin las ataduras del periodismo. Quizás quería explorar el concepto que entonces tenía de lo femenino, o más bien, de mi visión sobre la imaginería colectiva sobre lo femenino.

El Meridianómetro es parte del legado que arderá con mis cenizas, y que agrupa tanto lo vergonzoso como lo más o menos aceptable. “Yo voy a seguir siendo quien soy: Oriana Gutiérrez. Voy a seguir publicando lo que siempre he publicado”, dices en tu réplica, lo que probablemente es una verdad a medias: algo habrá cambiado en ti luego del 23-F.

Yo hoy no soy el Meridianómetro. Es un pasado que ahora me hace reflexionar sobre cómo he desperdiciado el tiempo. Pero el Meridianómetro fue un momento de una parte de mí que hoy me toca resolver. La esencia del blog es sexista (ponerle puntos a un cuerpo), aunque en él introduje conceptos que entonces me parecían “progresistas”: la defensa de la belleza normal y corriente. La denuncia de la estandarización de lo que socialmente es considerado deseable.

La mitad de los 7.300 millones de seres humanos tiene un par de tetas (en la India son un poco menos: hay 1.108 hombres por cada 1.000 mujeres, debido a los abortos selectivos). ¿Por qué tanto escándalo con unas como las tuyas? Con frecuencia se nos echa en cara a los hombres, Oriana, que jamás sabremos qué es ser madre. Hay algo de lo que a ti probablemente te costará tener conciencia: cómo algunos hombres heterosexuales podemos llegar a venerar a las mujeres y las formas de sus cuerpos.

No estoy diciendo que una mujer no pueda llegar a venerar a un hombre (afirmar tal cosa, por supuesto, también es sexista y discriminador), pero es estadísticamente menos probable que una mujer construya el Taj Mahal por un hombre. Es un mecanismo psicológico que llamamos sublimación, y opera en ambos sexos para canalizar lo que no es otra cosa que el poderosísimo instinto de preservación de una especie que ya no debería angustiarse por eso (lo dicho: somos siete millardos y pico). Ahí encaja también, por ejemplo, la idealización social de la maternidad como el amor más grande del universo, como si una madre estuviera siempre obligada a ser feliz por serlo. Y tantas guerras libradas y ciudades erigidas para enmascarar lo que no es más que un reprimido deseo masculino de reproducción.

Para machos no precisamente alfa como yo, Oriana, las tetas representan todo aquello que nos diferencia y que jamás entenderemos de lo que más adoramos de manera enfermiza. Eso me llevó, en otra publicación, a preguntarle a mujeres las cosas que siempre quise preguntar sobre sus órganos de lactancia materna (y poderosos puntos erógenos) y que jamás me atreví hasta entonces porque no tenía el camuflaje de periodista para desinhibirme. No te puedes imaginar la cantidad de horas que he dedicado, mientras camino en la calle (sobre todo ahora que no puedo comprar aparaticos de música), al pasatiempo de detectar con un radar de rayos X a todo cuerpo femenino que sale a la calle sin sostén. El pequeño milagro del temblor de unos senos libres de esas pantallas atirantadas que sirven como primera barrera de contención. ¡Gran cosota!

Iluminación por la vía de la satisfacción

Como muchos hombres, Oriana, colecciono fotos y videos en un disco duro externo que hubiera arrancado del fuego en caso de incendio. También revistas y DVD en algún rincón de mi casa que prefiero que mi mamá no consiga. No te preocupes, Oriana, no estás ahí (por ahora): con algunos años encima, pienso más en la proximidad de la muerte y otras cosas también han empezado a cambiar. La iluminación de mi conciencia llegó por una vía insólita: mis exploraciones por YouTube en busca del erotismo ingenuo en el que me refugio de mi fobia por el porno rudo. Las youtubers registran hoy retos que se ponen de moda. Por ejemplo: pasar una semana sin sostén.

Donde buscaba excitación, Oriana, terminé encontrando comprensión: mujeres youtubers que hablan abiertamente de lo que sienten (y de cómo son juzgadas socialmente) cuando dejan de usar sostén. Mujeres youtubers que me hicieron comenzar a normalizar lo que hasta entonces era una fijación fetichista estilizada. No me malinterpretes: la excitación ante unos pezones que se marcan siempre estará allí. Soy hombre. Un cuerpo femenino me alborota. Sin embargo, mi mirada en la calle comenzó a cambiar. Veo, por supuesto, pero trato de respetar. Ya no suelto en voz baja comentarios obscenos de depredador inofensivo a seres humanos que no tienen por qué calarse el baboseo de un desconocido, como si el hecho de que fueran mujeres nos diera permiso para agredirlas. Una chica que sale a la calle con un body y más nada abajo ya no es tanto una diosa provocadora y transgresora que debe recibir algún tipo de castigo por la afrenta a mi tranquilidad masculina; aunque, por supuesto, despierta mi placer.

Desde hace un par de años trabajo con mujeres, querida Oriana, que se hacen llamar a sí mismas feministas. No queman sostenes ni están empatadas con otras mujeres. Con frecuencia me hacen pasar roncha, por ejemplo, cuando el Día de la Mujer me mandaron a borrar un tweet presuntamente progre que publiqué en una cuenta corporativa y en el que me refería a los novios y esposos como “aliados que ayudan a las mujeres a cumplir sus roles en el hogar” (dar de comer, lavar, barrer y planchar, me faltó poner). Sin embargo, mi roce constante con ellas también me ha hecho revisar día tras día todo lo que di por sentado desde que, como niño, fui criado en un hogar en el que me malacostumbraron a no asignarme ninguna responsabilidad doméstica.

En medio de un país atrapado en una pulsión por la destrucción, el fanatismo y la muerte, tus fotos y videos se me han convertido en un símbolo de vida. De la complejidad de la vida: no eres la “chama de las tetas”. Eres un ser humano en toda la riqueza de sus dimensiones (incluida la nada despreciable de su aspecto físico y las reacciones sociales que despierta), que merece ser escuchado, respetado y tratado como tal.

“Para que los demás puedan hacerme humano, tengo yo que hacerles humanos a ellos; si para mí todos son como cosas o como bestias, yo no seré mejor que una cosa o una bestia tampoco”, dice Fernando Savater en un clásico casi escolar al que retorno cada cierto tiempo: Ética para Amador. Aunque llegué bastante tarde, Oriana, cuenta conmigo como hombre para hacer llegar tu mensaje: “Mis senos los tengo puestos, no me los puedo quitar”. Puedo mirarlos, porque tengo ojos. Puedo disfrutarlos, porque tengo un sexo. Puedo pensarlos, porque tengo fantasías. Lo que nunca se me debería permitir es reducir a ellos tu preciosa persona.

 

Por Alexis Correia@alexiscorreia