El tipo que hizo lo que tenía que hacer

Una de las mejores escenas del Joker de Christopher Nolan, interpretado por Heath Ledger, se presenta en la comisaría de Gotham City, cuando el terrorista es detenido y, para liberarse, provoca a uno de los oficiales diciéndole que había torturado a sus amigos antes de asesinarlos y que, cuando una persona está a punto de morir de manera cruel y despiadada, muestra lo que realmente es.

“Así que básicamente yo conocí a tus amigos mejor que tú”, expresa el villano en tono burlesco.

Quizás eso fue lo que pasó aquel lunes 15 de enero de 2018: Venezuela conoció al verdadero Óscar Alberto Pérez. Sin helicópteros, ni cámaras, ni banderas, ni constituciones, ni asaltos al estilo del Capitán América. Sólo su desesperación y un teléfono a través del cual pedía piedad y exigía su legítimo derecho de ser juzgado por fiscales de la nación, mientras recibía plomo por parte de los matones de la dictadura.

Esa fue la segunda vez que vi algo humano en aquel apuesto sujeto de ojos verdes que enviaba mensajes desde la clandestinidad y que sólo mostraba fortaleza. La primera fue en un artículo publicado por Daniel Lara Farías en La Cabilla, donde este columnista afirmaba que fue profesor de Pérez, a quienes todos le apodaban el “gato”.

“Uno normalmente recuerda a los buenos alumnos y a los malos alumnos. De Óscar Pérez me acuerdo, sin duda. Era uno de esos alumnos que intervenía y preguntaba y discutía. Ni más ni menos que eso. Una o dos veces más supe de él en sus andanzas de ‘comando’ y todo aquello. Ni una opinión política, ni una genialidad sobre el país. No. Un hijo de papá que llegó a policía igual que papá y que le pagaron el curso de piloto con dinero del Estado. Solo eso”, escribió Lara Farías.

“Hago esta incómoda y fatua introducción para poder explicar mi incredulidad, agnosticismo y escepticismo a propósito de las acciones de Óscar Pérez desde el día que salió montado en un helicóptero lanzando explosivos sobre ciertos puntos de Caracas. Me pareció, desde todo punto de vista, una acción desesperada, ridícula y fuera de lugar que una persona con un recurso tan valioso como una aeronave hiciera una ridiculez y no una acción policial real, porque se supone que el señor es policía. Sencillamente, me decepcionó su accionar (…). La pantallería posterior confirma mis sospechas: pura paja. El tipo quiere ser youtuber o instagramer o quién sabe qué. Pero allí no hay sustancia, ni proyecto de país”, agregó.

Yo no sé si el “gato” quería ser youtuber o instagramer. Lo que sí pude confirmar es lo que quería ese lunes: entregarse con la esperanza de volver a ver a Sebastián, Santiago y Dereck, sus hijos. Pero lo acribillaron.

“Sebastián, Santiago, Dereck, saben que hemos hecho esto es por ustedes, por todos los niños de Venezuela. Espero verlos muy pronto, los amo hijos, los amo”, decía en uno de los desgarradores videos.

El asesinato cruel y cobarde de Pérez y su equipo se produjo en medio de publicaciones en redes sociales de una gran cantidad de personas que llamaban show a su masacre, e incluso se burlaban porque se le había acabado “la novela”. Ni siquiera el video de su madre exigiendo que se le respetaran sus derechos los conmovió.

En esos mensajes pude observar a ciudadanos completamente dañados, igual que sus gobernantes. Pero también vi a esos paranoicos que exigen constantemente a sus oficiales que se rebelen contra la dictadura o se quejan de que sean su sostén, pero en cuanto sale algún grupo rebelde optan por la opción más fácil: “es un pote de humo”. Porque no fue sólo Pérez, también otros como Caguaripano, el general Vivas o los de Cotiza.

Cuando Donald Trump habló de este ex inspector, y le dio un micrófono a su mamá para que se expresara durante un discurso en Miami el pasado 18 de febrero, sentí pena por los dirigentes opositores que no hicieron lo mismo en su momento y recordé las veces que mis amigos, no interesados en política, me preguntaban qué coño tenía que pasar para que saliéramos de la pesadilla chavista y mi respuesta siempre fue la misma: cuando todos hagan lo que tienen que hacer.

Porque al final eso fue Óscar Pérez: un venezolano que desde su posición cumplió con su deber al desconocer a Maduro, tomar las armas, llamar a la rebelión y defender la Constitución; esto no es algo que le pides a un civil, a un periodista, a un artista o a un sacerdote. Es algo que le pides a un policía o militar, porque posee entrenamiento pagado por el Estado y juró defender a su gente. Y él estuvo a la altura del compromiso.

Afortunadamente, por estos días muchos hacen su trabajo: Juan Guaidó le planta cara a la pandilla de Maduro y recorre las calles de Caracas con valentía y el traje de un civil que asumió legítimamente ser presidente encargado de Venezuela; la comunidad internacional lo blinda frente al régimen; los ciudadanos, orgullosos de ser llamados así y no “pueblo”, toman las calles; la Conferencia Episcopal de Venezuela, en un gesto de dignidad que aún muchos esperamos de Francisco, desconocen al usurpador y condenan sus violaciones de derechos humanos; algunas universidades hacen lo propio.

Pero, ¿y la FANB para cuándo?

Con suerte el discurso de Trump, la ley de amnistía y el espíritu de Óscar empujará a muchos para que se pongan del lado correcto de la historia.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_ 

Los colectivos y el poder

Inexplicablemente, dentro de los cuerpos policiales del Estado que dirigieron la masacre de El Junquito se encontraba el máximo líder del colectivo Tres Raíces, un grupo paramilitar que durante más de una década ha dominado con armas las Zonas E y F del 23 de Enero. Inexplicablemente, esa persona, fallecida durante el operativo del pasado lunes, poseía dos nombres, dos cédulas y el mismo centro de votación: Andriun Domingo Ugarte Ferrera (V-16.598.461) y Heyker Vásquez Ferrera (V-16.342.391) ejercían su derecho en la Unidad Educativa Nacional 23 de Enero. Inexplicablemente, ese individuo, que contaba con un historial de seis solicitudes de captura –cinco por homicidio y una por extorsión–, fue invitado a formar parte de las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES). Y, por si fuera poco, ese era, inexplicablemente, el mismo hombre que en 2016 había encabezado una protesta en Catia frente a una estación de la Policía Nacional Bolivariana para exigir que liberaran a cinco miembros de Tres Raíces, los cuales habían sido detenidos por estar implicados en el secuestro de un comerciante extranjero. ¿El resultado? Los colectivos liberados y el jefe de la PNB destituido. “Era tan respetado que las fuerzas policiales lo invitaron a ser parte de ellos y el compañero Heyker Vásquez se formó como policía. Era la persona que sabía de leyes, de tácticas militares, sabía lo que era un daño colateral. Nos explicó muchas cosas y nos guío en el camino”, le contó el vicepresidente de Tres Raíces, Eudi Otaiza, a la periodista de Runrunes Lorena Meléndez, quien ayer publicó un texto en el que ata varios cabos relacionados al caso. Un caso en el que Reverol presentó a Heyker como Andriun, Diosdado dio su propia versión de los hechos –“lo mandaron a buscar para que ayudara en la negociación”– y Bernal alabó al caído –“ha caído en combate como caen los revolucionarios de todos los días–. Inexplicable.

La otra muerte de Óscar Pérez

Ezequiel Abdala | @eaa1717

Mientras era ejecutado por las fuerzas élites de la dictadura, Óscar Pérez era víctima de otro asesinato, éste de categoría moral, llevado a cabo, casi en su totalidad, por el pueblo opositor. Lo que se leía en redes sociales y grupos de WhatsApp al momento en el que sucedía la masacre de El Junquito -así quedará asentada en la historia-, se movía entre lo nauseabundo y vomitivo. Cada vídeo de Pérez era recibido no ya con la habitual desconfianza de los conspiranóicos -esos inteligentes que saben más que todo el mundo y que ven tras cada opositor a un esquirol de la dictadura que es parte de un plan siniestro de distracción de masas bobas-, sino con la burla cruel de los que ya perdieron todo vestigio de humanidad. Pérez, acorralado en medio de un demencial operativo en el que actuaron más de 1000 funcionarios y se usaron armas de guerra, consumía en el desespero sus últimos minutos de vida y la gente lo que hacía eran chistes sobre la marca de la salsa de tomate que se había echado “el actor” para “simular”. Ése fue el nivel de lo de ayer. Ése es el nivel de lo que va quedando en Venezuela. Que no fue mucho más alto, tampoco, que el de los medios nacionales: casi ninguno informó al momento, y varios de los que lo hicieron fue con bajeza y desprecio -“si se entrega o si lo matan, el país seguirá siendo el mismo”, twitteó una inmisericorde periodista de sucesos-. Y cuando ya todo estaba consumado y se sabía, el mutismo los invadió. La cautela extrema y los malabarismos por decir sin decir fueron la mejor evidencia de hasta dónde ha llegado la (auto)censura. Y cuando por fin dijeron algo, fue muchas veces desde la burla -“Óscar Pérez no era tan duro de atrapar”, tituló Contrapunto-, o el ufemismo -“dado de baja”, “abatido” y “muerto” fueron las palabras más repetidas en los tardíos y escasos titulares que informaron de la noticia, en los que no faltó el calificativo “terrorista”-.

De modo, pues, que cuando la bala que acabó con su vida fue disparada, ya Óscar Pérez era hombre muerto: antes de que la dictadura lo matara, ya lo había hecho, burlándose a mandíbula batiente, el pueblo que él pretendía liberar. Y luego, algunos medios se encargaron de darle el tiro de gracia.

¡Asesinado!

El ‘En este país va a pasar algo’ pareció volverse realidad la tarde de aquel martes 27 de junio, cuando los medios de comunicación y las redes sociales empezaron a reseñar que un miembro de la Brigada de Acciones Especiales y jefe de Operaciones Aéreas del CICPC, de nombre Óscar Pérez, se había sublevado en contra del gobierno de Nicolás Maduro. Desde un helicóptero robado del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas, Pérez había disparado y lanzado dos granadas hacia la sede del Tribunal Supremo de Justicia. Noticia en desarrollo, por las redes sociales, además de la famosa foto de la pancarta ‘Art. 350 Libertad’, empezaron a salir cualquier cantidad de teorías, análisis y suposiciones en torno al suceso. Ese mismo martes, Pérez publicó una serie de videos en los que explicaba el porqué de sus actos, quiénes eran sus compañeros de lucha y el camino que, según él, debía tomar el país. Luego de la algarabía del momento, del ‘por fin’ momentáneo, de la adrenalina recorriendo por el cuerpo, el hecho dejó mil interrogantes y se fue desvaneciendo con el paso de los días. ¿Montaje revolucionario? ¿Sublevación real? Lo cierto es que Pérez no volvió a aparecer hasta el 5 de julio –vía redes sociales– y luego, cosa rarísima, en plena Plaza Altamira, trece días después. Allí, incluso, pudo declarar a la televisión española antes de subirse a una moto y abandonar el lugar. Tiempo después, de Óscar Pérez fueron saliendo noticias cada tanto. Una entrevista con Telemundo por acá, un video en el que se atribuía un robo de armas de un comando de la Guardia por allá, una conversación con Fernando del Rincón por acullá y así hasta que ayer, en horas de la madrugada, la dictadura, las FAES y la GNB rodearon el lugar donde se encontraba el ex jefe de Operaciones Aéreas del CICPC junto a sus compañeros y un grupo de civiles. Según los periodistas Eligio Rojas (ÚN), Román Camacho y CNN, en el operativo, que contó con más de 1.000 funcionarios, unidades tácticas especiales, un tanqueta blindada del Ejército y una unidad aérea, Oscar Pérez, el hombre más buscado de Venezuela, pese a declarar que se entregaría, fue asesinado.