Beisbol en tiempos de hambruna

Mi nombre es Carlos. Tengo 18 años y nací en Caracas, Venezuela. Mi papá me colocó ese nombre en honor a Carlos Martínez, ex beisbolista venezolano de las Grandes Ligas que hizo historia en mi país con la camiseta de los Tiburones de La Guaira, en un equipo mítico al que llamaban La Guerrilla y que contaba con ilustres figuras como Luis Salazar, Oswaldo Guillén y Gustavo Polidor, entre otros.

La vida no pudo ser más ingrata para mi papá, cuando a mis diez años dejé de batallar entre Leones, Magallanes y Tiburones para hacerme fanático definitivo de los Navegantes del Magallanes. Loco, siendo caraqueño e hijo de un guairista; pero la pasión desenfrenada de mi mamá y el hecho de que es el único equipo del país que representa a todos los estados terminó generando en mí algo especial.

La verdad es que mi equipo no ha fallado. Puedo recordar gestas históricas, como una escalera bateada por Michael Ryan ante los Tigres de Aragua, un no-hit no-run de Anthony Lerew ante los Leones del Caracas y varios campeonatos con participaciones en las Series del Caribe. Por mi equipo pasaron José Altuve y Rougned Odor antes de llegar a las Grandes Ligas, y he tenido el privilegio de ver a Pablo Sandoval o Endy Chávez usando mi misma camiseta. Fastidiar a mi papá con la mala racha que atraviesan los Tiburones es uno de mis pasatiempos favoritos cuando llega el mes de octubre y empieza la pelota en los diferentes estadios de Venezuela.

Sin embargo, los últimos años han tenido un aire a derrota particular, y no precisamente por lo acontecido dentro del diamante. En un país cada vez más hundido en la crisis humanitaria y la falta de comida y servicios básicos para la subsistencia del venezolano, los estadios de beisbol han perdido su toque y asistencias abismales. Salvo en partidos puntuales, en los graderíos se refleja la desolación de un pueblo que no puede pagar el entretenimiento y la comida al mismo tiempo.

Sin embargo, el ambiente se sigue sintiendo. Por las redes sociales, el venezolano respira beisbol y lo disfruta como lo que siempre ha sido: parte de su vida. Tanto en la Postemprada de MLB –que cuenta con varios venezolanos en los mejores rósters del beisbol norteamericano– como en las siete plazas del beisbol en Venezuela, este deporte ofrece una salida para las mentes atrapadas en la crisis del país. No solo por lo que ocurre desde el terreno, sino por lo que se ve en la televisión y por el ambiente en la calle.

Pero como todo deporte, exige dinero.

Petróleos de Venezuela (PDVSA) aprobó para el desarrollo de la temporada 2018/19 un monto de 12 millones de dólares, en concepto de patrocinios para que pueda llevarse a cabo el béisbol organizado, algo que ha generado el repudio de una porción de la población, que consideraría mejor destinar ese dinero en organizaciones para la beneficencia, que surtan de alimentos e insumos a quienes no tienen acceso a ellos. Sin embargo, esa lógica carece de factores que mucha gente no toma en cuenta.

Alrededor del que es por muchos considerado el deporte rey de Venezuela hay una incontable cantidad de trabajadores. Están, en primer lugar, aquellos que laboran en el estadio, para que albergue día tras día un nuevo partido: arreglan y organizan la logística para los múltiples vendedores que esperan todo un año para llenar de color las tribunas y llevarle a la fanaticada una amplia variedad de snacks, cervezas y pasapalos que acompañan una tarde/noche perfecta de beisbol venezolano.

Arriba, en las casetas de transmisión y en los palcos del terreno de juego, fotógrafos y periodistas esperan durante ocho meses la voz del Play Ball para trabajar en representación de los diversos medios, llevando cobertura de cada uno de los equipos.

Es egoísta aprobar 12 millones de dólares para el desarrollo de una temporada de beisbol, pero cuando nueve gerencias (ocho equipos y la liga) trabajan por ocho meses para poder llevarles a los venezolanos un producto de calidad durante cuatro meses más, comprendemos que sería igualmente egoísta quitarles todo eso porque hay otras prioridades.

Y el trabajo no se limita a luchar contra la crisis para poder dar un espectáculo de primer nivel; sino que abarca también la realización de clínicas deportivas, obras benéficas y colaboraciones a hospitales infantiles y refugios del país. Conocidos son los casos de equipos que donan su boletería o parte de la misma a hospitales infantiles, organizaciones contra el cáncer (de mama en su mayoría) y fundaciones para niños o personas de la calle.

Porque sí, es verdad que el beisbol es un negocio, pero cuando se vive en un país donde la fanaticada canta en casi todos los partidos en contra del Gobierno, y al salir del estadio hay gente con una lata pidiendo una migaja de papel moneda devaluado –o de comida, si es posible–, te das cuenta como directivo que debes extender la mano al prójimo.

Y sí, sería egoísta que los convenios entre clubes de beisbol y organizaciones benéficas dejaran de tener validez porque un grupo de personas considera negativo que se lleve a cabo la temporada.

Son, quizás, los menos afectados, pero es egoísta para un jugador cancelar la temporada que ya tenía en planes disputar. Puede ser que para los peloteros de grandes ligas no sea relevante, ya que vienen por más sentimentalismo que dinero; o para las viejas estrellas que ya tienen un colchón económico considerable, ¿pero para las jóvenes promesas? ¿Dónde queda el trabajo de un chamo que se esforzó durante años para poder llegar a un equipo de la LVBP si de un día para otro deciden cancelar la temporada? ¿No es una falta de respeto a su trabajo también? Podrías estar decidiendo (de mala manera) el destino de un futuro big leaguer venezolano. Pero eso no es relevante.

La jerga popular califica a la temporada de beisbol en los tiempos de la hambruna como pan y circo, para ocultarle a la gente una crisis de la cual no se puede escapar.

El deporte debe ser siempre el motor de lo positivo de un país. En Venezuela, quizás PDVSA no gaste doce millones de dólares en darle comida a la gente de la calle o pagar una quimioterapia, pero de una forma u otra, el beisbol puede ser ese puente que salve una vida en un hospital o mantenga vivo a un fotógrafo cuyo trabajo es ir todas las noches al estadio a trabajar para el equipo.

 

Fabrizio Cuzzola@FabriCuzzo22

¿Cómo llegamos a esta crisis? Parte II

En 2015, Víctor Salmerón –periodista especializado en economía– publicó el libro La economía del caos, con el sello Punto Cero. En él, entrevista a fondo a seis expertos para analizar los escenarios en el corto y mediano plazo de una Venezuela que lucía encaminada a un periodo de mayor turbulencia. En el primer capítulo, Víctor desmenuza los problemas que padece la economía venezolana. Hoy día, en el 2018, ese capítulo llamado Los cavernarios ayuda a comprender cómo Venezuela llegó a la peor crisis de su historia, a una situación de hiperinflación y de emergencia humanitaria. En Revista Ojo, con autorización de Punto Cero, dividimos el capítulo en cuatro entregas que forman parte de una serie que hemos denominado ¿Cómo llegamos a esta crisis?

En la primera entrega, se habla de la escasez que ya reinaba en el 2015 y del espejismo que se construyó gracias al boom petrolero. En esta, se aborda cómo los salarios se fueron diluyendo y cómo la reventa (alias bachaqueo) fue ganando terreno en el país.

 

Salarios diluidos

Los precios han ingresado en un ciclo frenético. Violando las leyes el directorio del Banco Central dejó de publicar la inflación en 2014 después de que ese año se ubicara en 68,5 %, el cuarto registro más elevado desde 1950, pero los venezolanos no necesitan un número oficial para constatar que el desequilibrio continuó agravándose en 2015.

El precio de los electrodomésticos, calzado, ropa, restaurantes, alimentos simplemente ha perdido el ancla. De hecho, LatinFocus Consensus Forecast, firma que elabora un informe que agrupa las proyecciones de entidades financieras como Deutsche Bank, JP Morgan, HSBC, Citigroup, Novo Banco, Goldman Sachs, Credit Suisse, Barclays Capital, Ecoanalítica y Oxford Economics, señala al cierre de agosto que «las expectativas económicas de Venezuela son desalentadoras».

El promedio de lo que proyectan las entidades financieras que incluye LatinFocus en su reporte apuntan a que en 2015 la inflación estará en torno a 150 % y para algunos analistas esta cifra es conservadora.

La principal causa de la aceleración de la inflación es que el gasto del Gobierno supera el ingreso que obtiene por la venta de petróleo, impuestos y endeudamiento, es decir, no tiene cómo pagar sus cuentas, pero ha encontrado una manera silenciosa y rudimentaria de tapar el hueco: pedirle al Banco Central que fabrique billetes y se los entregue[1].

El financiamiento del Banco Central se concreta a través de Pdvsa, la empresa petrolera que está bajo control del Estado. La ingeniería financiera es la siguiente: la compañía emite unos bonos y se los vende al Banco Central que fabrica los nuevos billetes para comprarlos. Una vez Pdvsa tiene los recursos en caja los utiliza para cubrir gastos como salarios, facturas pendientes con contratistas o construcción de viviendas[2].

Cuando estos bolívares entran en circulación estimulan la demanda en momentos en que la oferta no puede reaccionar por la debilidad de las empresas públicas y privadas. La consecuencia es más dinero detrás de los mismos productos y servicios: la ecuación perfecta para que los precios aumenten.

Esto no es todo, el dinero que fabrica el Banco Central para financiar al Gobierno se multiplica al ingresar al sistema financiero y por esta vía también genera presión inflacionaria. Por ejemplo: el Banco Central crea 100 bolívares que Pdvsa utiliza para pagarle a una de las compañías que le presta servicios. La compañía recibe los 100 bolívares y los deposita en una organización financiera que está obligada a conservar 31 bolívares a manera de reserva, pero puede prestar 69 bolívares a alguno de sus clientes, como una microempresa. Así, ya no solo existen los cien bolívares que la contratista de Pdvsa tiene en esta entidad bancaria, se añaden los 69 que recibió la microempresa a través del crédito.

Técnicamente, esto es lo que los economistas llaman el multiplicador monetario. Los bancos no prestan en función del dinero que tienen sino del que van a tener. Y la liquidez por el financiamiento del Banco Central a Pdvsa crece a paso firme[3].

En la inflación también influye un engorroso y disfuncional sistema cambiario. El Gobierno asigna las divisas mediante una maraña que consiste en que el dólar tiene tres precios: 6,30 bolívares para la gran mayoría de los sectores que tienen la suerte de recibir asignaciones de billetes verdes; un punto de partida de 12 bolívares para las empresas que no ingresan en este primer tramo y participan en las subastas del Sistema Complementario de Administración de Divisas (Sicad) y alrededor de 200 bolívares para una fracción muy pequeña atendida a través del Sistema Marginal de Divisas (Simadi).

Nicolás Maduro resumió el complicado rompecabezas el 10 de febrero de 2015: «La circulación de divisas para el funcionamiento económico y social del país es un mercado. Cuando tú lo englobas es el 100 %, ¿verdad?, el 70 % lo cubre el 6,30, el otro 20-25 % lo cubre el Sicad y entonces este 3,5 %, que es lo que va quedando, lo va a cubrir este sistema que es un ensayo [el Simadi]».

Foto: Reuters – La sede de Pdvsa en Caracas

Muy pocos países implementan un sistema de cambios múltiples, de hecho, ni aliados de Venezuela como Bolivia, Nicaragua o Ecuador lo hacen. La gran mayoría mantiene un solo precio para el dólar, fijo o flexible. En el modelo en que el tipo de cambio está fijo, si el Gobierno imprime una gran cantidad de dinero para financiarse porque no puede cubrir sus gastos, los billetes inundan la economía y los ciudadanos aumentan la compra de dólares. Entonces, el tanque de divisas disponibles para ser vendidas, es decir, las reservas internacionales, desciende velozmente.

Si el tipo de cambio es flexible y el Gobierno imprime montañas de billetes para financiarse, el Banco Central puede mantener el nivel de las reservas internacionales pero tiene que dejar que el precio del dólar aumente hasta que la demanda de divisas pierda intensidad, porque se tornan muy caras.

Así, en los sistemas de cambio fijo o flexible, existe un ajuste automático que impide que el Gobierno emita dinero sin ningún tipo de límite para financiarse, porque o caen las reservas internacionales o el precio del dólar se dispara.

Para evadir este inconveniente Nicolás Maduro y sus ministros implementan un sistema donde el precio del dólar está fijo, en cada uno de sus tres tipos de cambio, y además solo pueden comprar divisas quienes reciben el visto bueno de las autoridades. A simple vista, todo parece despejado para que el Banco Central fabrique billetes en grandes cantidades para financiar al Gobierno sin que surjan inconvenientes en el flanco cambiario, pero cuando hay desequilibrios la economía es como un río salvaje.

La enorme diferencia entre los dólares que el Banco Central vende y los que en verdad desean comprar los ciudadanos ha dado origen a un mercado paralelo, al margen de los que maneja el Gobierno, donde la demanda es gigantesca y la oferta muy escasa. En este mercado la moneda estadounidense luce como un cohete indetenible que mes a mes se aleja de los parámetros oficiales. Al cierre de agosto de 2015 el dólar se cotizaba a un nivel que superaba en 11.000 % al tipo de cambio de 6,30 bolívares[4].

¿Cómo y quién mide el dólar paralelo? A falta de un mercado libre y ordenado, páginas web se han convertido en la referencia que día a día siguen los venezolanos. Básicamente reflejan el tipo de cambio que tendría que pagar alguien si va a la ciudad fronteriza de Cúcuta con bolívares, los cambia a pesos colombianos y luego adquiere dólares en Colombia[5].

Se trata de una medición imperfecta, sobre un mercado con muy pocas transacciones, pero que es el único que existe porque el Gobierno se niega a abrir una ventana donde el dólar fluctúe libremente, y las consecuencias no han sido pocas. Un estudio elaborado por la firma Ecoanalítica determina que un tercio de las categorías en las que el Banco Central de Venezuela divide los bienes y servicios que utiliza para calcular la inflación tienen precios altamente correlacionados con el dólar paralelo, concretamente, bebidas alcohólicas, restaurantes y hoteles, esparcimiento y cultura, vestido y calzado, alquiler de viviendas y equipamiento del hogar.

Se trata de sectores que reciben pocas divisas por los canales oficiales y, como en la mayoría de los casos no están sujetos a controles de precios, fijan sus costos de acuerdo al comportamiento del dólar paralelo.

La combinación de un gobierno financiado por el Banco Central y que vende la gran mayoría de los dólares a una cantidad fija, de 6,30 bolívares, crea un círculo vicioso: el financiamiento del Banco Central impulsa los precios y por ende se incrementan los gastos del Gobierno porque los trabajadores públicos exigen aumentos de salarios o se encarecen las baldosas que el Estado utiliza para construir viviendas. Al mismo tiempo, más de dos tercios de los dólares que aporta el petróleo continúan vendiéndose al tipo de cambio de 6,30 bolívares, una cantidad que cada día compra menos. Entonces, la brecha que tiene el Gobierno entre ingresos y gastos aumenta y la salida es solicitarle al Banco Central que emita una mayor suma de dinero, con lo que la inflación gana velocidad.

Humberto Gómez atiende uno de los tantos locales que venden películas piratas para DVD y Blu-ray en Caracas. Con un dejo de nostalgia me explica que «hace dos meses quería comprarme un par de zapatos porque los que tengo para trabajar se están rompiendo. Miré los precios en las zapaterías y no me decidí. Ahora cuestan el doble».

Ya no se sabe lo que es caro o barato, los precios varían notablemente de semana en semana y el billete de 100 bolívares, el de mayor denominación, ya no alcanza para comprar una Coca-Cola o una barra de chocolate. Los vendedores informales, que ofrecen frutas en determinados puntos de Caracas, buscan afanosamente puntos de venta inalámbricos porque de lo contrario los compradores necesitarían un fajo demasiado grande de billetes para pagar una patilla, un melón y doce naranjas.

En los centros comerciales un jean cuesta dos salarios mínimos y aquellos que tienen excedentes, los cambian a dólares en el mercado paralelo para proteger sus ahorros en una moneda estable. Otros buscan adelantar las compras bajo la certeza de que en poco tiempo todo costará mucho más. Los bolívares pasan velozmente de mano en mano, nadie los quiere conservar por mucho tiempo. Mañana valdrán menos.

La reventa

A la salida de la estación del Metro en Petare, una de las zonas donde se concentran las clases populares en Caracas, surge una larga hilera de toldos y manteles que tapizan aceras malolientes por la basura acumulada. Es el modo de vida de quienes militan en el gigantesco ejército de la economía informal y se desempeñan como vendedores ambulantes. El empleo en Venezuela es un bien escaso pero nadie puede darse el lujo de permanecer inactivo, no existe ningún tipo de protección para los desocupados: un tercio de quienes trabajan lo hacen en empleos calificados de precarios, es decir, con remuneración igual o inferior al salario mínimo, en labores que están por debajo de su nivel de calificación, en jornadas de 15 o menos horas a la semana o en horarios extenuantes a cambio de muy poco dinero. Así es como la economía poco productiva y sin inversión privada aparece a plena luz del día en cientos de calles y avenidas[6].

Pero ahora la ocupación de vendedor ambulante en Petare puede ser más lucrativa que muchos empleos en empresas de primer orden. A través de conexiones o asegurándose los primeros puestos en las colas de los supermercados públicos o privados, quienes abarrotan las aceras con sus tarantines obtienen café, harina de maíz precocida, arroz, leche en polvo, pañales, jabones, a precios controlados que luego ofertan con un voluminoso recargo. Han sido bautizados como «bachaqueros», tal vez porque el bachaco es una hormiga grande y voraz que en masa puede devorar a un sistema de precios desequilibrado.

El propio presidente Nicolás Maduro les ha declarado la guerra señalando que «tenemos que acabar la economía de parásitos y bachaqueros», mas no es tan simple. La policía los persigue pero han creado un efectivo sistema para movilizarse rápidamente y asegurar la mercancía. Cada revendedor solo tiene cuatro o cinco bolsas plásticas con productos, una cantidad sencilla de recoger en caso de que los encargados de vigilar la zona alerten de la presencia policial. Si las vende, al poco tiempo un motorizado se encarga de la reposición y trae otras cuatro bolsas plásticas.

El medio kilo de café que tiene un precio controlado de 23 bolívares, se encuentra sin problemas en las aceras pero a 400 bolívares, es decir, con un recargo de 1.639 %. El kilo de arroz, que en teoría debe costar 25 bolívares, en 200 bolívares, y el kilo de harina de maíz precocida, regulada en 19 bolívares, en 250 bolívares.

La ganancia que se obtiene a través de la reventa luce como un incentivo muy poderoso. Yoselyn me explica que «yo vendo el café en 400 bolívares el medio kilo. Pero a mí me lo venden en 250 bolívares otros que hacen las colas en los supermercados o lo consiguen por ahí. Además tengo que tener un dinero apartado porque en caso de que la policía me agarre tengo que darles algo para que me suelten. Aun así hago mucho más al mes que planchando ropa o limpiando apartamentos».

Yoselyn tiene 25 años, no culminó el bachillerato porque salió embarazada del primero de sus dos hijos y en el corto plazo no tiene pensado terminarlo. «Si lo termino no voy a conseguir mayor cosa. Gracias a Dios que en medio del aumento de los útiles escolares que tengo que comprarles a mis hijos, la ropa, los zapatos, estoy ganando más plata», dice con tranquilidad.

Desde el año 2003 y hasta 2045 la población venezolana tendrá una estructura que en teoría resulta ventajosa: quienes tienen edad de trabajar y producir, superarán a los jóvenes menores de 15 años y a los mayores de 65 años. Esta condición, que se denomina bono demográfico, permite reducir los recursos destinados a la crianza de los hijos o a los ancianos y contar con una mayor mano de obra.

Yoselyn es parte del ejército de hombres y mujeres que necesitan ser atraídos por un programa de formación y una economía que los sume a la productividad para que Venezuela pueda aprovechar el bono demográfico. Los últimos datos disponibles indican que 40 de cada 100 jóvenes no culminan la educación media[7].

Técnicamente la actividad a la que se dedica Yoselyn es el arbitraje, la posibilidad de obtener ventaja por la diferencia de precios que existen en dos mercados. Su negocio acabaría en minutos si no hubiese escasez. Si quienes le compran pudiesen acudir a un supermercado nadie necesitaría ir a Petare a adquirir el medio kilo de café. A su vez, la gran mayoría de los economistas explica que para aumentar la oferta, tendría que incrementarse la producción de las empresas venezolanas, disminuyendo las trabas y sincerando los precios controlados.

Pero la administración de Nicolás Maduro confía en que a través del reforzamiento de los controles podrá corregir el desajuste. Los venezolanos solo pueden adquirir productos regulados una vez a la semana, dependiendo del último número de la cédula de identidad. Además deben colocar sus dos pulgares en captahuellas que registran que ya compró y bloquean la posibilidad de que acuda a otro establecimiento por el mismo producto.

El gobernador del Zulia, el estado más poblado del país, explicó que en esta localidad «diez mil cédulas fueron bloquedas del sistema biométrico, ya que tienen hasta 300 compras por mes»[8].

Consciente de que en Venezuela es común la «clonación» de cédulas de identidad y que muy posiblemente una cantidad importante de zulianos que no revenden alimentos ya no podrán comprar en los supermercados porque la red de bachaqueros estaba utilizando una copia falsa de su documento, Arias Cárdenas indicó que los afectados debían acudir a la Gobernación del Zulia donde evaluarían cada caso.

«Lo de hacer mercado de acuerdo al último número de la cédula es una locura. Ayer había arroz pero como no me tocaba no pude comprarlo. Siempre es así, cuando me toca no hay lo que necesito», me dice una mujer de más de 60 años en uno de los supermercados de la cadena Excelsior Gama.

Pero el arbitraje no se limita al mercado local. El negocio de comprar productos a los bajos precios que fija el Estado y revenderlos en Colombia resulta en un lucrativo negocio que impulsa el contrabando. El presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, mostró cifras reveladoras el 27 de agosto de 2015: «Un litro de leche vale del lado venezolano 200 bolívares, del lado colombiano 14.000 bolívares. 200 bolívares porque nosotros la subsidiamos. ¿Quién se pela esa manguangua?».

Las estadísticas sobre el consumo en Táchira, uno de los estados que limita con Colombia, hablan por sí solas. «El estado Táchira tiene 4,5 % de la población venezolana, 1,3 millones de habitantes según el censo, y consume 8 % del total de alimentos de Venezuela. Carabobo, que tiene 8,3 % de la población, consume la misma cantidad», explicó Diosdado Cabello.

El contrabando no es solo de alimentos. El Gobierno ha mantenido inalterable el precio de la gasolina durante los últimos 15 años, por lo que el combustible es el producto más barato en Venezuela. Revendido en Colombia produce más dinero que el narcotráfico.

«Una pimpina de gasolina vale del lado venezolano un bolívar, del lado colombiano 15.000 bolívares», admitió Diosdado Cabello.

Ante la magnitud del contrabando y tras un ataque a tres militares venezolanos, supuestamente perpetrado por grupos paramilitares, el Gobierno cerró la frontera con Colombia y declaró el estado de excepción en cinco municipios del Táchira[9].

Los incentivos económicos para el contrabando continuaron intactos. La canciller de Colombia, María Ángela Holguín, reveló que en la reunión que sostuvo con la canciller venezolana para evaluar el tema planteó lo mismo que han recomendado la mayoría de los economistas venezolanos: «Mientras ustedes sigan subsidiando los productos es muy difícil que podamos hacer algo en la lucha contra el contrabando. Que subsidien a los pobres, pero no a los productos»[10].

 

Por Víctor Salmerón@vsalmeron 

 

Tapa blanda: 270 páginas

Editor: Ediciones Puntocero (20 de agosto de 2016)

Idioma: Español

ISBN-10: 9789807312363

ISBN-13: 978-9807312363

ASIN: 9807312361


[1]    El informe que el Gobierno entregó a la Comisión de Valores de Estados Unidos (SEC, por sus siglas en inglés) registra que en 2013, con un precio promedio de la cesta petrolera venezolana de 98 dólares el barril, el gasto del Gobierno, incluyendo todas las empresas públicas, superó en 16,9 % del PIB al ingreso y en 2015 Ecoanalítica calcula que la brecha es de 22 % del PIB.

[2]    Al cierre de marzo de 2015 la deuda de Pdvsa por los bonos que le ha vendido al Banco Central suma 925.000 millones de bolívares, una cifra que se traduce en un salto de 127 % en los últimos 15 meses.

[3]    Las cifras del Banco Central de Venezuela desnudan que entre el 21 de agosto de 2015 y la misma fecha de 2014 la cantidad de dinero en poder del público, que básicamente incluye las monedas y billetes y los depósitos en la banca, registró un salto de 89 %. Un récord histórico.

[4]    A principios de enero de 2015 el dólar se cotizaba en 170 bolívares en el mercado paralelo. Al cierre de agosto cuesta 700 bolívares, es decir, un salto de 311 % en ocho meses.

[5]    La más emblemática de estas páginas es Dólar Today, a la que el gobierno de Nicolás Maduro acusa de conspirar para desestabilizar la economía venezolana.

[6]    Los datos sobre el empleo precario corresponden a la Encuesta sobre Condiciones de Vida. UCAB 2014.

[7]    Encuesta Nacional de Juventud 2013-UCAB, de cobertura nacional.

[8]    Correo del Orinoco. 04-09-2015: 12.

[9]    El cierre de la frontera originalmente fue anunciado por 72 horas el miércoles 19 de agosto de 2015, no obstante luego fue declarado por tiempo indefinido y se amplió el decreto de estado de excepción a los estados Zulia, Apure y Amazonas (sur), completando el cierre total de la línea fronteriza colombo-venezolana el 23 de septiembre.

[10]   El Tiempo. 03-09-2015.

 

Chao PDVSA

Exportaciones petroleras en cero a fin de año. Ese es el grave pronóstico que hace la consultora británica Global Data sobre Venezuela, y al que ha tenido acceso la revista financiera ‘Forbes’. Según los datos que manejan, podríamos terminar el año produciendo menos de un millón de barriles. De ser ese el caso –y todo apunta a que así lo será- Venezuela se quedaría, sencillamente, sin nada para exportar. Pero no hay que irse tan al futuro: ya esto está pasando. Se ha conocido que en este mes de junio PDVSA les comunicó a 8 clientes distintos que no podrá cumplir con los envíos de petróleo que tenía contratados. Según los números de Global Data, de 1,4 millones de barriles diarios que PDVSA está obligada contractualmente a suministrar a clientes, dispone apenas de 694.000; es decir: sólo el 49%, lo que quiere decir que ya le ha incumplido a más de la mitad de sus clientes. Y a los que les cumple, lo hace a medias y con descuento: con la amenaza del embargo pendiendo sobre cada tanquero que sale de nuestras aguas, PDVSA tiene que hacer mil y un malabares para lograr enviar un despacho, lo que en la práctica está afectando notablemente las pocas entregas que hay. Súmele a eso que la producción continúa cayendo de modo acelerado (“va mucho más rápido de lo que se esperaba”, advirtió el jueves Bank of America / Merrill Lynch en un informe), que lo mismo está pasando con las plataformas petroleras –el mes pasado perdimos 7, y nos quedan apenas 28– y tendremos, pues, todas las razones para despedirnos definitivamente de la que en su momento fue una empresa modelo y hoy una auténtica ruina: PDVSA, señores, está desahuciada.

82 tanqueros están fondeados en costas venezolanas

Palabra cierta. No habían pasado ni 24 horas desde que publicáramos la información sobre el futuro embargo de bienes de PDVSA, cuando las marinas venezolanas amanecieron atestadas de tanqueros que fueron regresados ayer a aguas territoriales venezolanas y fondeados en la costa de oriente por miedo a ser embargados. Según un reporte publicado por el ingeniero petrolero Nelson Hernández, experto en energía y petróleo, son en total 82 los tanqueros venezolanos fondeados ahorita en las costas del país: 35 en Puerto La Cruz, 31 en Paraguaná, 7 en Morón y 9 en Maracaibo. Están allí y no salen por miedo a que de entrar en aguas territoriales del Caribe sean embargados. “Es un total desastre para Venezuela (…) es mucho peor que las sanciones de Estados Unidos”, le explicó a Bloomberg Francisco Monaldi, del University’s Baker Institute. Y es que ConocoPhillips tiene desde la semana pasada, sentencia mediante, el control de los activos petrolero de Venezuela en Bonaire –a la par que tramita los de Curazao y Aruba–, razón por la cual PDVSA se ha visto obligada a suspender el almacenamiento y los envíos de petróleo desde el Caribe –de donde sale el 24% de sus envíos–, concentrar todas las operaciones en el puerto de Jose y hacer volver los tanqueros, situación que, en la práctica, no solo ha colapsado nuestros puertos sino que está dejando a PDVSA prácticamente sin la posibilidad de transportar –y por ende vender– petróleo. Cada hora que pasa un tanquero ahí parado se traduce barriles que no estamos vendiendo, dólares que no estamos recibiendo y más miseria que estamos acumulando. De todas las situaciones graves que como nación hemos vivido, ésta, no le quepa a nadie la menor duda, puede ya considerarse la más delicada.

Embargarán PDVSA

La cifra es prácticamente irrisoria, pero el hecho es de trascendental importancia: ayer miércoles, PDVSA fue demandada en el Tribunal del Distrito Sur de Nueva York por la constructora canadiense SNC-Lavalin, que exige la cancelación de los bonos PDVSA 2019 por $25 millones. A ella se suma la demanda de la petrolera estadounidense Conoco Phillips, la semana pasada, en un tribunal caribeño, lo que deja al desnudo una grave realidad: los acreedores perdieron la paciencia y han comenzado a demandar. “Esto será el inicio de una avalancha de acciones legales [contra PDVSA]”, le adelantó a ‘The Financial Times’ el economista, abogado y analista financiero Russ Dallen, quien no dudo en calificarlo como “la peor pesadilla posible para Caracas”. ¿Por qué? Porque Venezuela debe, en acreencias, $160.000 millones y no tiene forma de pagar. De hecho, no lo hace desde septiembre, lo que en la práctica nos pone en estatus de ‘default’. No lo han llamado así porque en noviembre Maduro ofreció un plan refinanciación –que nunca se concretó– y luego comenzó a cancelar selectivamente algunas –pocas– deudas de PDVSA. Esa fue la estrategia revolucionaria: cancelar estratégicamente algunos bonos de PDVSA y olvidarse de los de la nación. Pero el nivel de deuda es brutal y la plata –y la paciencia de los acreedores– se acabó, por lo que ahora estamos en vísperas de la verdadera catástrofe. “Venezuela da un paso más hacia la implosión” fue, de hecho, la valoración que hizo de la demanda de ayer Jonathan Wheatley del FT’s. ¿Por qué? Porque si lo siguiente es una avalancha de sentencias desfavorables, al no tener cómo cumplirlas terminarán en embargo o congelación de bienes, lo que dejará a PDVSA sin ningún tipo de activo –entiéndase: tanqueros, refinerías, martillos, oficinas etc– en el extranjero, sin la posibilidad de comercializar petróleo y, por ende, el país perderá el 95% de sus ingresos. Imagínese a la Venezuela miserable de ahorita, quítele el 95% de lo poco que hay, y eso es lo que tendremos cuando nos embarguen toda PDVSA, proceso que –sin mucho ruido– comenzó ayer.

Guerra de pranes en PDVSA

De cuello blanco (o rojo) pero pranes. Hombres poderosos, que llegaron a la cima de la mayor empresa petrolera del país, la quebraron y ahora, venido el tiempo de las vacas flacas, los matan a dentelladas. Lo que con un barniz institucional –imputación de la (f) Fiscalía, discurso del dictador– se quiere hacer pasar como un acto de justicia y adecentamiento, no es más que un episodio –vomitivo y asqueroso– de una guerra ‘gansteril’ por el control de los despojos –de lo poco que queda– de la gallinita de los huevos de oro de la nación, PDVSA, saqueada y arrasada con una ferocidad que ni los hunos de Atila. La proeza de quebrar a la segunda empresa de Latinoamérica y la número 39 del mundo, recae, en principio, sobre los hombros –y bolsillos– de un ingeniero mecánico llamado Rafael Darío Ramírez Carreño, quien la malpresidió por una década (2004-2014), un ingeniero geofísico llamado Eulogio Antonio Del Pinto Díaz, quien hizo lo propio por tres años (2014-2017), y un ingeniero químico llamado Nelson Martínez, quien solo estuvo tres meses al frente (agosto-noviembre de 2017). Esas son las cabezas visibles, las puntas de un ‘iceberg’ de corrupción muchísimo mayor, en el que no sólo hay gerentes, cuadros altos y medios, y demás personal de la empresa (que también), sino, sobre todo, un sistema político cuyo financiamiento –narcotráfico y demás actividades ilegales aparte– ha sido garantizado –requisito ‘sine qua non’– por la desprofesionalización de PDVSA. Pasemos de lo anecdótico –las acusaciones del (f) Fiscal– a lo fundamental: PDVSA lleva por lo menos 15 años convertida en la caja chica de la revolución. En llave con el BCV es la que ha financiado las fortunas de los jerarcas y las baratijas que se le han regalado al pueblo en este sistema clientelar que padecemos. Todo lo que ha pasado en esta empresa ha sucedido al amparo (y bajo la necesidad) de la revolución. Lo de sus presidentes y gerentes recientemente detenido no es más que aquello que en lenguaje carcelario –el propio para hablar de esto– se conoce como “cambio de carro”: el destronamiento de un pran por otro. Eso es todo: pasó la era de los ingenieros, y llegó la de los militares.

PDVSA vende crudo chimbo

De roja-rojita a sucia-sucita. Así ha sido la transición de PDVSA, otrora empresa modelo. No solo sus cuentas hieden, también lo hace su petróleo, cuya calidad ha mermado notablemente. Una investigación especial de Reuters, hecha a 5 manos por corresponsales de la agencia en Caracas, Houston, Pekín y Nueva Delhi, quienes tuvieron acceso, incluso, a documentos internos de la estatal petrolera, da cuenta de un hecho gravísimo que ha sido pasado por alto: PDVSA está vendiendo petróleo sucio…y sus clientes se han dado cuenta. Agua, sal, sedimentos y metales, todos en altos niveles, están apareciendo en los cargamentos de crudo venezolano, lo que está generando quejas, solicitudes de descuento y hasta cancelaciones de embarques por parte de los compradores. Según se lee en la investigación: “la refinadora estadounidense Phillips 66 canceló durante el primer semestre del año al menos ocho cargamentos de crudo pesado venezolano y exigió descuentos debido al alto contenido de sal en la mezcla pesada Merey que PDVSA le ha enviado este año desde la Faja (…) la india Reliance Industries Ltd, operadora de la mayor refinería del mundo, se ha quejado repetidamente de la calidad del petróleo [de PDVSA] (…) La estatal china CNPC también se quejó a principios de este año sobre niveles de agua en los despachos considerados excesivos”. Hechos, todos, gravísimos, ya que tanto Phillips 66 como Reliance son de los pocos clientes que pagan el petróleo de contado…y están pidiendo descuento o rechazando los envíos. Con los 8 cargamentos que Phillips 66 devolvió a principios de año, correspondientes a 4,4 millones de barriles, PDVSA dejó de percibir $200 millones, cosa fatal cuando se toma en cuenta que la estatal petrolera le debe una vela a cada santo –este jueves debe cancelar $1,2 millardos–, ya no hay banco ni empresa que le dé crédito, está a punto de perder unas cuantas propiedades por embargo y se encuentra en su nivel más bajo de producción en 30 años -2,2 millones de barriles diarios, 40% de los cuales van a China y Rusia como pago de deuda, es decir: no reportan ganancia alguna-, y ahora vende petróleo sucio. Es decir: se va a pique.

Desde Rusia con temor

“Venezuela es un estado fallido. Es una sola compañía: PDVSA, y esa empresa está a punto de colapsar. Dependiendo de la naturaleza del colapso puede ser tomada en un año por los rusos o por los chinos. Aunque puede ser en menos tiempo. Si leemos los contratos con cuidado veremos cuánto control de grandes partes de PDVSA pueden tomar los rusos si ésta no logra cumplir sus compromisos”. La advertencia la daba Steve Hanke, economista y profesor de la Universidad Johns Hopkins (EE.UU.), en una entrevista concedida a El Estímulo en marzo de este año. Hanke, quien en la revista Forbes había tachado a PDVSA como la peor empresa petrolera del mundo, aseguraba que la compañía podía quebrar al no poder pagar sus facturas y el gobierno tendría que rescatarla, pero al no tener dinero, las posibilidades serían menores y los acreedores terminarían tomando el control de la organización. Viaje relámpago de por medio, Maduro apareció esta semana en Rusia, reconoció que Venezuela había caído en default con el Kremlin y anunció, sin dar detalles, que el gobierno venezolano reestructurará la forma en la que saldará cuentas con Putin. Por ello, Henrique Capriles Radonski no tardó en decir que Nicolás había ido a Moscú a “mentir y pedir cacao para que le estiren más la liga, para que no le cobren y ver si le dan algo más de crédito”. Aparte de la factura pendiente con Rusia, el Gobierno debe pagar $3.5 millardos de deuda externa durante las próximas semanas y, aunque Maduro haya dicho que el país está listo para solventar esos compromisos, no es secreto que el chavismo está desesperado por dinero. El Kremlin es una mano amiga que puede ayudar, pero el tema central, el meollo del asunto, se encuentra en la siguiente pregunta: ¿En qué condiciones? Puede que el señor Hanke vaya a tener razón. Recordemos que, como bien dijo Ramón Muchacho, Rusia y China son los principales países que sostienen a la dictadura. Maduro lo sabe y por eso tuvo que viajar para negociar, desde Rusia y con temor, la plata que le ayudará a sobrevivir los meses venideros.

Llenar un tanque de gasolina: entre 98 y 136 BsF

Imagen tomada de @ernestojt

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Tomó agua, empezó a hablar despacio, hizo pausas largas, titubeó, se confundió, demostró que no sabía cuánto costaba un tanque, ofreció inmolarse, los brazos teatralmente abiertos, le echó el muerto Jorge Arreaza, ‘quién luego explicará los pormenores’, llamó a debatir hasta a los artistas, se dijo y desdijo, pero al final el presidente fue firme: la gasolina subirá. Read More…