Mis domingos con El Nacional

Era una rutina invariable: los domingos representaban la oportunidad de levantarme más tarde debido a cualquier fiesta a la que hubiese acudido la noche anterior. Mi familia era pequeña y ya estaban ocupados con el desayuno-almuerzo para el momento en que yo salía de mi habitación a la búsqueda de la primera taza de café. De vez en cuando rememoro esas comidas con una sonrisa de nostalgia. Vuelvo a vernos, alrededor del largo mesón del corredor, cada uno llenando su plato según su gusto particular: arepas, huevos fritos, tocinetas, caraotas negras, chorizos de ajo, jugo de naranja y café con leche. Esos domingos comíamos bastante y luego de organizar la cocina y lavar los platos, cada quien buscaba su rincón predilecto para leer los periódicos dominicales. Papá no escatimaba con ellos y en mi casa nunca faltaron durante cada fin de semana: El Nacional, El Universal, 2001, El Aragüeño, El Nuevo País, Tal Cual, El Siglo; además de los dos periódicos locales: El Nacionalista y La Prensa del Llano.

Ya sea por la posterior mudanza, por la enfermedad y muerte de mi madre y mi abuela, por el costo aumentado de los periódicos, por la censura, por los cierres consecutivos; en fin, sea por la razón que haya sido, esas lecturas de domingo no se efectuaron más, pero a mí me agrada recordarlas de vez en cuando, por lo que significaban, por lo que representaban, por lo que simbolizaban dentro de mi rutina del fin de semana. Papá solía acostarse en el chinchorro del corredor principal, frente a la puerta de la casa, con los perros echados en el piso, debajo de él. Mi abuela se acostaba en el otro chinchorro, en el corredor lateral, y mi madre se sentaba en uno de los sillones de hierro, junto a ella. Yo variaba el puesto, iba y venía, buscaba otra taza de café; pero lo que abundaba en esas tardes de domingo, después del desayuno-almuerzo, era el silencio de las lecturas simultáneas de mi familia.

Nos turnábamos los periódicos. Comentábamos las noticias. Sugeríamos ciertas lecturas. Nos levantábamos para beber agua o más café. Si cierro los ojos puedo escuchar de nuevo el rumor del papel al ser doblado para leer mejor algún artículo, o el inconfundible sonido al pasar de una página a la siguiente. Los dedos manchados de tinta. Papá levantándose del chinchorro para darle comida a los perros. Pero lo que más recuerdo es el silencio expandido en toda la casa porque cada uno estaba inmerso en una lectura diferente. No pretendo decir aquí que éramos una familia culta o bien leída, sólo intento recrear el placer de esos domingos con cada uno de nosotros ocupado en leer e informarse sobre lo que ocurría en el país y en el mundo. Era eso: nos gustaba estar informados. Por supuesto, de vez en cuando caíamos en el lugar común: Papá leyendo absorto las páginas deportivas de El Nacional y yo entretenido con las noticias culturales y literarias del Cuerpo C del mismo periódico. Porque debo agregar aquí que teníamos nuestras manías; por ejemplo, yo leía el periódico comenzando con el último cuerpo, es decir, leía desde la última página a la primera con los titulares. Papá, como ya dije, prefería el Cuerpo B, con los deportes, y el Cuerpo A, por las noticias nacionales y los artículos de opinión. Mientras eso sucedía, mi madre y mi abuela podían estar ocupadas leyendo las revistas de cada periódico y cruzando comentarios sobre las recetas de cocina que leían allí.

Hoy puedo decir que disfruté, que disfrutamos, de muchos domingos de calmada y silenciosa lectura. Y éramos una de esas familias que, obligadas a jerarquizar, hubiésemos preferido (y así nos tocó hacerlo, pero más adelante) siempre leer El Nacional por encima de todos los demás. Y no se trataba sólo de las lecturas dominicales, sino de los agregados, de lo tangencial, porque aún conservo la colección de música clásica y los CD de ópera que el periódico ofrecía por un precio adicional. Y los libros. No olvidemos los libros de El Nacional, en hermosísimas ediciones de tapa dura y con títulos imprescindibles de la literatura. Atesoro con cuidado una serie de narrativa hispanoamericana muy bien editada, tapa blanda, de 16 volúmenes. Lo que quiero decir, torpemente, es que El Nacional representaba la oportunidad no sólo de leer un periódico, sino de ampliar la cultura a través de múltiples colecciones y encartados que no podrían pasar desapercibidos. Eso quiero decirlo con claridad.

Estoy seguro de que muchos de ustedes tienen historias similares, recuerdos parecidos, o anécdotas que transitan el mismo camino. El Nacional formaba parte de nuestras vidas, de nuestras lecturas, de nuestras opiniones, de nuestras diferencias. Ningún periódico debería cerrar, por razones económicas o de censura. Justo anoche vi la película The Post, con Meryl Streep haciendo el papel de Katharine Graham, la poderosa editora de The Washington Post, durante la toma de decisiones para publicar lo que luego denominarían Los Papeles del Pentágono. Y fue como mirarme(nos) en un espejo. La censura. Las estratagemas políticas. Las decisiones judiciales. El olfato periodístico para intuir las noticias. La ebullición interna de un periódico en su lucha por informar y decir la verdad. Quizás asumo una postura idealista (sí, es mi karma), pero se me aguaron los ojos hacia el final de la película. Pero también pesa mi yo realista: Miguel Henrique Otero no es Katharine Graham, ni El Nacional es The Washington Post. Eso sólo sucede en mi cabeza.

Ahora proliferan las ediciones digitales, las tabletas, los teléfonos celulares, y si bien es cierto que no tengo nada en contra de esos avances tecnológicos, al mismo tiempo debo reconocer que una parte de mí añora y quisiera volver a disfrutar de aquellos domingos silenciosos de feliz lectura de periódicos, de dedos manchados de tinta, de multiplicidad de opiniones, de noticias contrastadas, de artículos y notas interesantes, de revistas y horóscopos fallidos. Soy un nostálgico, forma parte de mi naturaleza. Hoy lamento el cierre de El Nacional, pero esa misma parte idealista o ingenua (que ustedes tendrán que disculpar) prefiere creer que vendrán tiempos mejores y menos filosos para el periodismo venezolano. El Nacional se queda conmigo, entre mis recuerdos, con mis sonrisas y en mis relecturas de todos esos libros que alguna vez alguien tuvo la brillante idea de ofrecernos por un monto adicional que a nadie empobrecía. Me quedo con eso. Es mi escogencia puertas adentro.

 

Por Luis Guillermo Franquiz | @lgfranquiz 

Tamoa Calzadilla, una cara del periodismo expatriado

El nudo hace estrago en su garganta. Camina lento y mira hacia atrás: va dejando la cromo-interferencia de Carlos Cruz Díez que se ha convertido en un arte repudiable para quienes se van y añorado para quienes regresan. Sus padres y su hermana se quedan allí. Mientras se despide, un cúmulo de sentimientos comienzan a reencontrarse. Es jueves primero de octubre del 2015 y a Tamoa Calzadilla le toca abandonar el lugar en el que creció. Donde hizo 25 años de carrera. Donde pintó sus muñecas. Donde conoció a su primer amor. Donde descubrió quién mató al Fiscal Danilo Anderson y, también, al estudiante Bassil Da Costa. Todos sus logros ahora quedan atrás. Se ve obligada a decirle adiós.

Ella, junto a su familia, lleva unas ocho maletas que parecieran estorbarle, pero realmente no. El equipaje que le pesa va vacío y lo carga en su pecho. En el lugar que ahora deja tuvo dos hijos. Hizo una carrera de periodismo intachable, que la llevó a ganarse un María Moors Cabot, uno de los premios más importantes del mundo para quienes hacen investigación en su profesión.

También abandona a su hermana, quien está embarazada, y no sabe cuándo la volverá a ver. Ni a ella ni a su sobrino que está por nacer. Respira y con sus manos trata de limpiarse las lágrimas. Así lo recuerda Calzadilla, mientras cuenta cómo fue ese fatídico día para ella. Para el país. Para el periodismo.

“Hasta el último momento pensé que iba a tener problemas para salir del país, por todas las investigaciones que había hecho sobre  irregularidades registradas en el Gobierno. El  funcionario que nos trató fue bastante hostil  y revisaba los documentos y miraba cada cosa como para encontrar algo que nunca consiguió. Viajaba con mi hija mayor que, legalmente, no es hija de mi esposo;  pero su papá estaba allí,  afuera, despidiéndose. El funcionario, por molestar, dijo así como: ¿y dónde está el papá de ella? ¿Y por qué no va? Y yo lo que pensé fue: porque no viajo con mi esposo y ex esposo al mismo tiempo. Cuando nos montamos en ese avión mi sensación fue de  alivio”.

Su salida fue inminente. Univisión la llamó para formar parte de su unidad de investigación. Esa mujer morena, y de cabello afro, no lo dudó. No lo pensó. Una crisis económica, hostigamientos y constantes amenazas tenían a su familia en zozobra.  A su esposo, David Maris, un fotógrafo independiente que trabajaba para ABC de España, un efectivo de la Guardia Nacional lo había despojado de sus equipos fotográficos valorados en cinco mil dólares. Fue un robo descarado que quedó impune. Su casa también fue violentada, por sujetos desconocidos que se llevaron su computador. Solo eso. Para ella, entonces, ere imposible decirle que no a esa propuesta.

 

Calzadilla había liderado la Unidad de Investigación de Últimas Noticias que desenmascaró una de las falacias del gobierno de Nicolás Maduro, el cual pretendía sumarle 18 años de cárcel al líder opositor Leopoldo López.  Aunque el dirigente fue condenado por 14 años, no le sumaron la condena del asesinato del estudiante Bassil Da Costa. Un minucioso reportaje audiovisual logró determinar que un escolta de Freddy Bernal, junto a funcionarios vestidos de civil y otros uniformados, fueron quienes perpetraron una ráfaga de disparos que le quitó la vida a ese muchacho; por lo tanto, López quedó absuelto de toda culpa, al menos, en lo referido a esa muerte. El trabajo desnudó las mentiras vociferadas por Nicolás Maduro.

La periodista egresada de la Universidad Central de Venezuela sabía que se había convertido en uno de los detractores VIP del Ejecutivo Nacional. Pero no era la primera vez que había realizado una investigación de tal envergadura. Para el 2005, durante el gobierno de Hugo Chávez, también se encargó de desenmascarar a quienes estaban a cargo de conseguir el culpable del atentado contra el Fiscal Danilo Anderson. Su ímpetu de periodista impertinente la llevó a descubrir a los asesinos. El resto es ahora historia.

En Últimas Noticias, por cambios de línea editorial que favorecían a Nicolás Maduro, tuvo que renunciar. Luego, pasó a las filas de Runrunes, un medio digital que también apostaba por el periodismo de investigación. Allí se desempeñó hasta seis meses antes de su mudanza a Estados Unidos.

“Cuando yo sabía que mi destino ya era otro lugar,  yo decidí retirarme a tiempo, dejé Runrunes. De hecho, en ese momento estuve pendiente porque hubo un problema con uno de los periodistas de Runrunes. Diosdado Cabello lo nombró y trató de meterlo en un problema con los patriotas cooperantes. Yo estaba  muy pendiente y al mismo tiempo preocupada por lo que le pudiera pasar. Eran unos días terribles porque yo sentí que era un país que me empujaba.  Que no me dejaba estar ahí. Y eso era una prueba más de que el país me estaba empujado, de ir a buscar otra cosa. A poner a mis hijos a salvo y tratar de hacer periodismo en otra trinchera, que pudiese ser útil, pero poniéndome a salvo mi vida”, dice.

—Ahora que ejerce el periodismo de investigación en Estados Unidos, ¿cómo lo comparas con el que hacías en Venezuela?

Ambos tienen dificultades muy distintas. Sin embargo, el método de periodismo de investigación sigue siendo igual. Tienes que hacer registros, atar cabos, hacer entrevistas, sustentar la hipótesis. Ese tipo de cosas  siguen siendo iguales en el periodismo de investigación y nunca van a cambiar.  Pero a la hora de ejercerlo en otro territorio, cambian muchas cosas. Una es conocer la realidad.  Hay cosas que uno desconoce y que hay que investigar y estudiar un poquito más. Por ejemplo, si a mí en Venezuela me dicen Diego Salazar, ya yo me conozco su pasado. Sé de quién me están hablando.  Aquí de pronto me saltan un nombre y yo me quedo como  en blanco y, entonces, tengo que empezar a buscar y a preguntar  más a la gente para poder arrancar. Son cosas que me cuestan, pero sin duda aquí hay más herramientas. Por ejemplo, si el nombre que te dan tiene propiedades acá, en los registros puedes conseguir su número de teléfono. En Venezuela se hace periodismo de investigación con las uñas. Dependes mucho de datos y fuentes anónimas que te lleven a un documento”.

 

Por Nil Rodríguez  | @NilRodriguez 

Mis 18 años en El Nacional: soy parte de una muerte envuelta en papel periódico

Llegué con 20 años a la antigua sede del diario El Nacional, en uno de los rincones más sórdidos de la urbanización caraqueña El Silencio, para mi primera entrevista laboral en marzo de 1996. Debajo del brazo llevaba mi único currículum: los cuadernos manuscritos que había elaborado desde niño, en los que anotaba las alineaciones de los partidos de fútbol y dibujaba las formaciones tácticas de los equipos, junto con esquemas de ambos uniformes coloreados con lápices Berol Prismacolor.

La artimaña funcionó: Cristóbal Guerra, al que probablemente has escuchado en los Mundiales como comentarista lírico de Venevisión –y quien todavía es mi principal maestro de periodismo–, me dio trabajo como pasante en la redacción de Deportes.

En El Nacional permanecí casi 20 años, con algunas interrupciones, bajo casi todas las figuras contractuales concebibles. Quisiera contar a los chamos que hoy están estudiando Comunicación Social en universidades venezolanas algo que probablemente jamás vivirán: cómo era la redacción de un diario impreso clásico, en su momento el de mayor prestigio intelectual del país y el que en diciembre de 2018 publicó sus últimos periódicos en papel, previo desdibujamiento de su fortaleza de marca en el ecosistema de medios digitales.

Yo formé parte marginal de algo parecido a un All Star del periodismo criollo.

Fumar no es la única mala maña

La vieja sede de El Nacional quedaba a escasos metros del último exponente caraqueño de un modelo de negocios conocido como cine porno: el Teatro Urdaneta. Cuando entré al diario en 1996, en toda la redacción sólo había una computadora con Internet: la gente hacía colita para buscar una entrada en Yahoo! o abrir una cuenta de correo en Hotmail. Posteriormente los jefes de secciones empezaron a contar con conexión a la web. Presencié cómo, en sus horas muertas a la espera de textos que aún se estaban escribiendo, algunos de esos jefes empezaban a descargar porno en sus PC, en un ciclo de hábitos sexuales que aceleraría la agonía de espacios con olor a semen, orina y sudor rancios como el Teatro Urdaneta.

En su era dorada (yo llegué a vivir solo los peores tiempos de los tiempos mejores), El Nacional era un modelo de especialización extrema en una estructura física enorme, difícil de imaginar para los que trabajan en la oficina de un portal web actual. Cada una de las grandes secciones (Política y Sucesos, Economía, Deportes, Cultura, Espectáculos, Internacionales, Ciudad, etc) contaba con una planta de alrededor de diez periodistas, más dos o tres pasantes y un par de jefes de sección con su respectiva secretaria. Por decir un caso: en Deportes había un especialista para escribir exclusivamente de baloncesto y, aunque hoy parezca insólito, una periodista solo para voleibol.

No vengo de una familia de intelectuales. El periódico que se leía en mi casa era Últimas Noticias, y quizás El Universal los domingos, por aquello del crucigrama de la revista Estampas.

El Nacional, incluso en los años de pre-decadencia que a mí me tocó vivir, era la reserva forestal de las mejores plumas de Venezuela. Allí se vivían cosas como que una o dos veces al mes estos intelectuales revoloteaban alrededor de la feria en miniatura que montaba sobre un armario de lockers el librero Esteban Brassesco: ese al que llamaban “el librero de los periodistas”, pues iba quincenalmente a la redacción a ofrecer y recomendar joyas editoriales a muy buen precio.

Repasar nombres es ocioso y siempre injusto. Me bastaría con decir que Vanessa Davies, a la que hoy debes conocer como una periodista –algo rayada– del chavismo crítico, tenía un otro yo como la autora de algunas de las entradas de textos más exquisitas que puedo recomendar a aprendices de escritura creativa. Y eso sin hablar de que había un segundo piso solo para fotógrafos y diseñadores, y hasta una flota propia de choferes, con los que un chamo de 20 años lleno de inseguridades y carencias afectivas se involucraba en una compleja red de complicidades humanas.

Porque una redacción de periódico era también un depósito de patologías y manías, lo que puede explicarse en una jaula ratonera sin ventanas en la que profesionales permanecían encerrados más de un tercio de sus vidas peleando con sus teclados, sus obsesiones y sus egos. Como pasante de El Nacional (entré haciendo jornadas de diez o más horas diarias y guardias de fin de semana de manera 100% voluntaria, lo que violaba las normas sindicales) presencié el suicidio de un compañero, además de una pelea que por poco terminó con periodistas dándose unas manos, vidrios rotos a puñetazos y episodios varios de acoso sexual laboral y adicción al alcohol y otras sustancias.

Yo mismo –a pesar de que sentía desprecio por máximas tipo “el periodismo es café y cigarros” (una de las favoritas de Cristóbal Guerra) y por el mundillo de comederos de mala muerte, bares y prostíbulos que servía de entorno a la vieja sede de El Nacional– no pude evitar incurrir en deformaciones del manual sexista: concebir la redacción de un periódico como un dispensador infinito de pasantes femeninas muy jóvenes y atractivas, a las que aplicaba tácticas de depredador inofensivo pero muy desagradable. O engañarme a mí mismo pretendiendo que podía ser amigo íntimo de actrices de TV o modelos de pasarela, en los años en que trabajé en la sección de Espectáculos y Farándula. Por decir algo: llegué a enviarle bombones a Venevisión a la ex miss y chica del tiempo Patricia Fuenmayor, de quien todo el mundo me advertía que tenía sonrisa de tonta, pero por cuyos casi dos metros de estatura experimenté una especie de infatuación fatal, como me ha solido pasar con otras maracuchas de piel de porcelana.

En la redacción de El Nacional me enamoré cuatro veces, una de las cuales fue de la periodista de voleibol (también una de mis jefas, pifia profesional que te recomiendo evitar en lo posible). Me consta que se enamoraron de mí al menos dos veces. En ninguno de los casos hubo correspondencia. Dañé un microondas con unas cotufas calcinadas, me convertí en obeso mórbido y adquirí gastritis crónica y patologías de columna vertebral que probablemente me acompañarán el resto de mis días. Esto de pasar horas tecleando frente a una computadora no es un hábito natural en la evolución humana.

El lugar donde vi a Chávez

En la sede de El Nacional vi en persona por única vez a Hugo Chávez, cuando acababa de ser elegido presidente y visitó la redacción para un foro dominical (no llegué a darle la mano, calma pueblo), un gesto normal en democracia que hoy se me hace irreal. Seguramente habrás leído en redes que la política editorial de El Nacional fue responsable de que Chávez llegara al poder. Estuve ahí adentro esos años. Desde mi punto de vista ingenuo, lo único que puedo agregar es que siempre me pareció un medio plural, donde convivía gente de todas las tendencias de pensamiento. De hecho, vi como uno de mis mejores amigos se transformó en chavista, como reacción a lo que consideraba una jefatura de línea opositora radical.

En El Nacional me quedé atrapado una noche en 2001 durante el primer episodio grave de acoso a un medio de comunicación, cuando un grupo de manifestantes chavistas encabezados por Lina Ron amenazó con quemar el edificio con nosotros dentro. Desde las únicas ventanas externas del piso 1 (en la sección de Internacionales y Diplomacia), presencié cómo la gente huía de las balas en los alrededores de Miraflores el jueves 11 de abril de 2002. Vi a algunos compañeros indignados el viernes 12, por lo que llamaban un “golpe de Estado de derecha” de Carmona Estanga. Huí de la redacción en plena guardia del sábado 13 (violación grave de los códigos no escritos del periodismo), para refugiarme muerto de pavor en una pensión de mala muerte de los alrededores, después de que leí en un cable de agencias internacionales que un general de apellido Baduel encabezaba una revuelta en Maracay para restituir a Chávez en el poder. Recuerdo que mi asignación de aquel día era llenar media página de periódico con una nota del aniversario de Bugs Bunny, o algo por el estilo.

Como no entregué tesis en la escuela de Comunicación Social en la UCAB (léase: les escribe un pirata no graduado), nunca formé parte de algo que suena a rareza exótica en estos tiempos de predominio de la libre asociación: el sindicato de periodistas de El Nacional. Con frecuencia me aplicaron malas caras y leyes de hielo por firmar un contrato no avalado por el gremio. Fui testigo de pancartazos y asambleas interminables por derechos laborales y reivindicaciones salariales, cuyo objetivo era retrasar la elaboración del periódico mediante operaciones morrocoy. Una de las medidas de protesta más extremas que observé fue la publicación de una edición en la que nadie puso su firma en ningún texto. Sí, puede parecer poca cosa, pero la firma es el único patrimonio del que disponemos los que nos dedicamos a teclear.

Una sede con menos burdel

El Nacional se mudó a una sede más grande, moderna, aséptica, cómoda y presuntamente segura en 2006: una antigua planta industrial de margarina y mayonesa en Los Cortijos de Lourdes, en el municipio Sucre. El nuevo y enorme estacionamiento permitía posibilidades como la celebración de espectáculos: allí se organizó un Festival Nuevas Bandas, por ejemplo.

En Los Cortijos me vieron perder casi la mitad de mi peso: mis compañeras en la sección de Espectáculos se calaban mi perfume corporal después de regresar de dos horas de gimnasio, casi siempre sin ducharme. También inicié allí un plan de ahorro franciscano después de que, con la llegada al poder de Nicolás Maduro, se precipitó una recesión que ha derivado en tobogán interminable al infierno: recuerdo que llevé a la redacción una olla eléctrica arrocera-vaporera para preparar mi frugal almuerzo cerca del rincón de los fotógrafos, que me miraban con una mezcla de asombro y compasión.

Y no, no estaba allí cuando se anunció en cadena televisión la presunta muerte de Chávez el cinco de marzo de 2013: mi horario de salida a las 4:00 pm (gozaba entonces del raro estatus de ser un periodista con hora de salida) y ya regresaba a casa en el Metro.

Nada fue igual. Comenzó también un período de desplome de una marca que solo en parte tiene que ver con la escasez de papel periódico en Venezuela, y con el ocaso en general de los diarios impresos en todo el planeta. En dos platos: lo que vemos hoy en www.el-nacional.com no es demasiado representativo de la experiencia de lectura que ofreció El Nacional en papel con sus 75 años de tradición encima. Su web, en general, luce rezagada con respecto a lo que hacen hoy en Internet o en redes otras marcas con menos tiempo en el mercado de contenidos editoriales como El Pitazo, Crónica Uno, Prodavinci, Runrunes, Tal Cual y, sí, también esta relativamente modesta y novata Revista Ojo.

¿Escasa capacidad de la gerencia encabezada en el exilio por Miguel Henrique Otero (hijo del legendario Miguel Otero Silva, un punto de comparación eternamente ingrato) para anticipar lo que venía, conseguir vías de financiamiento alternas a la publicidad en papel y escapar del rol de cordero de sacrificio de un régimen autoritario que, en boca de uno de sus principales verdugos, ha expresado claramente la voluntad de destruir o apoderarse de la marca? ¿Gente que se llevó unos reales? ¿Sueldos poco competitivos? ¿Un éxodo masivo de cerebros que fue vaciando la redacción? ¿Un “entorno país” (sorry por la expresión) imposible de eludir? ¿Mala leche y ya? No soy quien para pararme a dar lecciones de marketing. Después de todo, aunque lo cualitativo se cuestione, tengo entendido que las evaluaciones cuantitativas de clics en el punto.com siguen siendo sólidas. E igual sigo soñando con la recuperación del medio que fue mi escuela, mi casa, mi despecho, mi fuente y mi paño de lágrimas.

Renuncié a El Nacional en marzo de 2014, poco después de atestiguar en sus alrededores una guerra civil en pequeña escala. En ese medio de comunicación registré mis pocos logros profesionales. Y comenzaron todos los patrones de fracaso que sigo arrastrando hoy, y que forman parte inseparable de mí. Quizás las empresas y las personas nos parecemos: como Wolverine, nunca duraremos para toda la eternidad, pero quizás nos quede siempre al menos una oportunidad de sacar las garras y regenerarnos.

Por Alexis Correia

No hay que ser mezquinos con Teodoro

El escritor John Manuel Silva es liberal y nunca ha simpatizado con la izquierda: ni la dictatorial ni la democrática. Pero aun así no duda en reconocer el valor de la obra de un pensador fundamental de la Venezuela del siglo XX.

Es como obvio que por Teodoro Petkoff tengo pocas simpatías políticas, pero si tuviera que decir algo suyo con lo que me identifiqué, y por lo que siempre le tuve un enorme respeto, es por lo honesto de su tránsito del socialismo soviético a una cruzada a favor del socialismo más democrático. Fue él, y no Allende, por citar un caso, quien realmente reconcilió los ideales (a mi entender errados) de la izquierda con el espíritu tolerante y abierto obligado a la diversidad que implica la democracia.

Gracias a eso, fue odiado en la U.R.S.S. desde donde se practicó una sistemática campaña de asesinato civil (character assassination) que a juzgar por algunos mensajes por ahí que insisten en la participación de Petkoff en el asalto al Tren del Encanto, entre otras mentiras descaradas, tuvo bastante éxito. El comunismo siempre actuó así, lo hizo con Víctor Raúl Haya de la Torre, con Mario Vargas Llosa, con Jorge Edwards y con cualquiera que, aun desde la izquierda, disintiera de la línea dictada por Moscú.

Me cuesta identificarme con las ideas políticas de Teodoro, tanto las que defendía cuando era comunista como su paso hacia la izquierda más democrática. Me habría gustado una rectificación general y sincera, como la de Vargas Llosa, por citar un caso conocido. Me cuesta admirar su errada teoría de las “dos” izquierdas y también su insistencia en fallidos modos de lucha contra el chavismo. Pero… no podría ser mezquino en el reconocimiento de un pensador fundamental en la Venezuela del siglo XX, responsable de haber civilizado a mucha de la izquierda más radical, voz reconocida en su denuncia de los crímenes del comunismo y, al final de sus días, creador de un periódico que enfrentó con bastante coraje al chavismo (aunque no siempre a su ideología), razón por la que murió acosado y perseguido en los últimos años de su vida, en los que hasta pretendieron despojarlo de su ciudadanía, en una criminal persecución ordenada por Diosdado Cabello.

En tal sentido, y como una vez dijo Emeterio Gómez, creo que la historia debe ser bastante justa con la obra de Teodoro Petkoff y el balance, al menos en lo referido a su persona, es el de un hombre esencialmente bueno y honesto. Eso merece mucho respeto.

 

Por John Manuel Silva |  @johnmanuelsilva

Ezequiel Abdala: “OJO se parece al medio que yo hubiese querido hacer”

Ezequiel Abdala es una persona de costumbres. Y es que si postergó su ingreso como editor de la Revista OJO, una vez adentro no quiso irse hasta que las circunstancias lo abrumaron: “Yo no quería ser editor, quería seguir siendo periodista porque estaba muy cómodo en Hoy Qué Hay. Postergué muchísimo mi entrada porque sabía que iba a significar un cambio en la dinámica de trabajo. Ya no iba a tener tanta calle porque era un cargo que requería un poco menos de calle”. Pese a que tenía el rol asignado, en un principio no lo asumió a tiempo completo: “Me inventé una organización en la que éramos tres editores para evitar que eso [el cargo de editor] recayera sobre mí”.

La llegada de Ezequiel como editor a la Revista fue en el epílogo de la era impresa y el inicio de la digital. Si pensó que su estadía como editor sería breve, pues se equivocó. Cuando se acabó la edición impresa, hubo una reunión con la directiva en la que Eze –como le dicen sus conocidos–pensó que sería la última. “Entonces, ¿qué vamos a hacer?”, fue una pregunta que surgió en la reunión y se contestó con la misma contundencia con la que las madres mandan a sus hijos al colegio: “Periodismo”. A partir de aquella sentencia, en OJO se comunicó lo que en la mayoría de los medios se callaba por la censura. “Construimos de la nada algo que no existía. Fue a Vero [Verónica Ruiz del Vizo] a quien se le ocurrió el hashtag ‘Jóvenes Informados’”.

Desde España, su nueva residencia, recordará a OJO como un medio que –incluso antes de su llegada– siempre le gustó: “OJO se parece al medio que yo hubiese querido hacer”. Y es que allí tuvo licencia para innovar. Una edición de deportes para una revista cultura era disruptivo; sin embargo, el enfoque logró combatir los estereotipos y “poner letra –y de la buena– al deporte”, como escribió en aquel editorial de la edición 27.

Ser editor no lo condenó de forma exclusiva a la oficina, también pudo sentir la adrenalina que se experimentó en la ola de protestas de 2017. En la calle, junto a los manifestantes y represores, descubrió otra parte del periodismo. Fue bajo una lluvia de bombas lacrimógenas, persecuciones en moto y detonaciones de perdigones que Eze realizó uno sus textos (emocionalmente) más difíciles de escribir: Un titán que muere, por ejemplo. “Me tocó a mí ver a Neomar Lander morirse prácticamente a mis pies. Ese día horrible lo recuerdo muy claro. Esa imagen de Neomar [de 17 años] con un cráter gigante en el pecho, los médicos intentando revivirlo y la gente gritando de horror hace que se erice mi piel cada vez que leía la nota”

Periodismo de oficina, de calle, cultural, contestón, irreverente y con valores resumen una etapa inolvidable para él: “OJO me ha dado casi que todas las satisfacciones periodísticas que he querido”.

La nostalgia de partir le invade en un momento en el que se siente derrotado por la situación. Si bien sabe que de él no dependía la continuidad del régimen, le hubiese gustado irse cuando Nicolás Maduro cayera. “Me hubiera encantado irme de Venezuela con Maduro afuera. Me hubiera encantado ser testigo de la caída de Maduro y haber vivido todo esto”.

Despedirse de una manera tan abrupta no es lo que le hubiese encantado, pero sí la que le tocaba. “Mi ida de aquí no estaba en principios en mis planes, pero que haya sido una cosa tan intempestiva (para mí) ha sido una derrota. No ha sido una derrota mía como tal porque yo no podía tumbar el Gobierno, sino una derrota de todos los venezolanos”.

Aunque siente que “la película –para él– terminó y ganaron los malos” se reconforta saber que todavía hay gente buena: “Creo que se queda un equipo talentosísimo”, por lo que le pide al nuevo editor dos cosas: “Que se siga metiendo en la candela y que aproveche, y exprima muchísimo más, al equipo”.

En su entrevista de despedida, Ezequiel también tiene palabras para los lectores: “Me hicieron sonrojar muchísimas veces porque son gente demasiado linda, cariñosa y desmedida en el halago”.

“Sé que cuando alce vuelo, al otro lado de la montaña, se queda un montón de gente querida”. Ezequiel Abdala fue editor de Revista OJO hasta el 26 de junio de 2018.

 

Por: Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

 

 

El periodista se despide

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17 

Luego de quedar en la ruina y probar por un mes las delicias de ese viejo continente de donde le viene el segundo apellido, el periodista volvió a Venezuela a pesar de las múltiples presiones que ejercieron sobre él personas muy queridas para disuadirlo. Pero el periodista fue más periodista que nunca (entiéndase: insensato), desoyó las preocupadas advertencias y volvió. Siendo ya pobre y sin la holgura económica que le proporcionaba su otrora abultada cuenta corriente, el periodista tuvo que dejar su característica despreocupación por los asuntos económicos y comenzar a ocuparse de ellos en tiempos de hiperinflación, lo que significó vivir pendiente de quincenas, días de depósito, límites de tarjeta y pagos, todo ello para apena poder comprar los pocos productos que la fortuna le permitía encontrar a precio viejo en algún anaquel perdido.

Y mal que bien, el periodista aguantaba. Había renunciado a prácticamente todo lo que podía renunciar en lo económico, pero se encontraba al frente de una estimulante redacción de brillantes y muy proactivos (y productivos) estudiantes de periodismo, que con su entusiasmo, dedicación y empeño lo motivaban a seguir en la pelea. Y la siguió dando, a veces a extremos suicidas (que a fin de cuenta son los del periodismo), como cuando escribió una serie sobre los bolichicos de Derwick, esos que se robaron $2.000 millones vendiendo chatarra eléctrica como nueva. Allí se topó de frente con los largos y siempre asfixiantes tentáculos del dinero mal habido, sus poderosas conexiones y lo peligrosos que son en un país sin instituciones y con impunidad. Pero ahí seguía y ahí siguió, hasta que ya no pudo más. La hiperinflación revolucionaria lo derrotó. Y cuando tras dos experiencias familiares complicadas, con médicos, clínicas, montos impagables y deudas asfixiantes de por medio, se dio cuenta no tanto de lo precaria de su situación -que ya lo sabía- sino de lo vulnerable, de lo peligrosamente vulnerable que era, tuvo que ser responsable y tomar la decisión, por él y los suyos, de irse de Venezuela. Y como ha tenido que hacerlo, le ha tocado ponerse memorioso para dejar constancia de la breve y feliz historia de un medio muy sui generis, que en una de las épocas más duras -si no la más- ha hecho, a su discreta y particular manera, lo que otros, más grandes y con mucha más trayectoria y recursos, se negaron a hacer: informar.

¿Por que tuvo Revista OJO, aquella deliciosa revista cultural y universitaria tan bien dirigida por el brillante Jesús Torrivilla, que convertirse en un medio digital e informativo? El periodista, que fue a quien le tocó sacar las dos últimas ediciones impresas y luego hacer la transición a lo digital y estar al frente de ella por casi cuatro años, lo puede decir con propiedad: por compromiso. Cierto que el papel glasé se había acabado en Venezuela, que la imprenta había pasado semanas parada por falta de repuestos y que los costos se hicieron impagables. Pero ello sólo habría obligado a un cambio de formato y nada más. Sin embargo, lo hubo también de contenido. Y ello se debió a la improbable y afortunada coincidencia de unos directivos comprometidos con Venezuela, y de un periodista que quería, y no es perogrullada visto lo que hacen otros ‘colegas’, hacer periodismo.

Esa, no se le olvidará nunca al periodista, fue la respuesta de Verónica Ruiz del Vizo en una reunión editorial que apuntaba a ser de liquidación y despedida -se había acabado el papel y la revista no saldría más, nos informaba-, y que terminó por ser de resurrección y bienvenida. “¿Qué vamos a hacer ahora? ¡Periodismo!”, monologó la fundadora, para luego, siempre pionera, decir que tendríamos como caballito de batalla Instagram -en ese momento una red social de fotos que parecía hecha para todo menos para informar con texto-, darnos ella un hashtag de su cosecha -#JóvenesInformados- y toda la libertad del mundo para hacer el periodismo que quisiéramos, que terminó siendo uno combativo, independiente, irreverente, faltón, retador, a veces escandaloso y otras tantas radical pero siempre contrastado y sobre todo bien escrito, como tenía que ser (no había de otra) el medio dirigido por el periodista, que se había pasado el bachillerato diagramando tabloides en la última página de sus cuadernos y la universidad leyendo clásicos en la biblioteca, que en los viajes compraba (y disfrutaba) tanto ‘The New Yorker‘ como ‘The New York Post‘, y que ahora tenía un cuadrado en blanco en una red social para hacer las portadas de tabloide que siempre había querido y 1.500 caracteres (hoy son ya 2.200) para escribir los textos que tenía en deuda tras tanto leer.

Como lo son siempre los años de fundación, aquellos primeros de Revista OJO en digital fueron preciosos, o así los recuerda el periodista. Todo tuvo que iniciar de cero. No había nada hecho y todo se podía inventar. Ensayo y error mediante, recuerda el periodista, fueron dando con lo importante: los horarios, la diagramación, los temas y las secciones. Todo sometido al juicio implacable de los likes, pero, sobre todo, al de los comentarios, tan o más efectivos que los viejos termómetros de mercurio. Y así, poco a poco, se fue creando alrededor de Revista OJO una comunidad de lectores, pequeña pero alturada, más de argumentos que de insultos, que acabó por darle ese toque genuino, de special one, que es el que finalmente la ha caracterizado. Y ya una vez hecho todo, habiendo descubierto (que no inventado) el agua tibia, lo que quedó fue seguir informando. En Venezuela se hizo silencio, pero Revista OJO habló. Los medios o desaparecieron o se moderaron (esa forma de desaparecer aún estando), voltearon para otro lado, pero el pequeño OJO siguió aguzado, viendo, contando e informando. En los años más duros, y de eso puede gloriarse el periodista, en Revista OJO se escribió tanto de lo que se podía como de lo que no, porque el criterio, traducido a pregunta, nunca fue ¿podemos escribir de…?, sino ¿tenemos que escribir de…? Y con esa sola pregunta, el periodista y sus compañeros informaron, no sin miedo algunas veces (porque lo hubo), de narcotráfico y bolichicos, de ladrones de cuello rojo, blanco y hasta amarillo, de clanes y carteles, de testaferros y sancionados, de Diosdado y de Maduro, y de todo lo que quisieron y consideraron importante, sin olvidarse nunca de la cultura, que fue (y es) otra forma de resistir. Durante casi cuatro años, todos los domingos el periodista firmó una reseña de libros, y entre semana, junto con sus compañeros, cientos de breves reseñas biográficas de hombres notables; hasta una serie sobre los Premios Nobel Latinoamericanos se hizo, sin olvidar los muy populares y demandados tips de gramáticas de #HayQueSaber, luego convertidos en taller universitario. La apuesta era clara: inspirar, elevar y enriquecer a unos lectores a los que la revolución quería ignorantes.

Y cuando en abril de 2017 la calle se encendió y hubo que volver a preguntarse qué hacer, la respuesta no varió: periodismo. Y periodismo implicó dejar la oficina y salir a cubrir las marchas. El periodista, entonces, pasó de editor con aire acondicionado a reportero de guerra con chaleco antibalas, máscara antigas y casco blindado. Fueron tres meses duros (durísimos), de violencia, barbarie y sangre, de represión desmedida, de una agresión física, y de mucho horror. Pero ahí estuvo el periodista, en la línea de fuego, escribiendo para Revista OJO, haciendo crónica y dejando para la posteridad el relato en prosa de lo que era estar allí, lo que se sentía, lo que se veía, lo que se vivía. Y no sólo escribiendo, también reportando. Porque estar a la altura implicó, en días cuando la televisión y la radio no dijeron nada, aprovechar las ventajas de la tecnología (e invertir en internet portátil) para hacer transmisiones en directo vía Instagram Live y ser un OJO más a través del cual Venezuela y el mundo pudieran ver. Eso fue puro periodismo y compromiso, las dos palabras que marcaron y siguieron marcando Revista OJO. Porque cuando la represión y el desencanto sofocaron la calle, el periodista y su equipo siguieron en combate. A la constituyente la llamaron fraudulenta y desde entonces una (f) ha antecedido (norma de estilo) a sus funcionarios y cargos; de frente y en voz alta hicieron (y trataron de responder por dos semanas) una pregunta peligrosa y subversiva pero necesaria: ¿por qué no cayó?; a los presos políticos les dedicaron una larga serie para visibilizar sus casos; en las presidenciales, a pesar de las amenazas de Tibisay, llamaron a la abstención, y siguieron, para resumir, siendo puro periodismo y compromiso.

¿Hubo en Venezuela otro periodista, no propietario de medio, tan libre como él? El periodista no lo sabe, pero quisiera pensar que sí. Quisiera pensar que otros colegas suyos también disfrutaron del alivio que da no tener compromisos ni deudas con nadie, escribir sin presión, titular sin coacción, elegir tema y jerarquizar sin agenda, y publicar sin tener que pedirle permiso a nadie más que a la conciencia y a los principios. Que ese, en muy resumidas cuentas, fue su improbable día a día en Revista OJO por casi cuatro años, y por el cual no puede hacer otra cosa, habiendo ya llegado el final de su tiempo al frente, sino agradecer de corazón a todos aquellos que lo hicieron posible: empezando por los directivos, VRdV y OS, que dejaron el medio en sus manos y le dieron libertad total para hacer con él lo que quisiera; continuando por sus muchos y muy talentosos (y queridos) compañeros, cómplices con él en esa aventura arriesgada e insensata; y terminando por los lectores, que con su fidelidad, sus siempre cariñosos elogios, sus oportunas y necesarias críticas, y sus muy alturados comentarios, hicieron posible el sueño de un periodista que quiso ser libre (y hacer periodismo libre) en tiempos de dictadura…y lo consiguió en un medio llamado, honra y loor por siempre, Revista OJO.