pijamada

Sin juicios, sin culpa y sin drama

I

Tendríamos entre once y doce años, un estuche con todos los discos pirateados de RBD y una alta resistencia al sueño. El apartamento del papá de Michelle, en La Yerbera, estaba en remodelación. Tenía una buena vista de San Agustín desde las ventanas de la cocina y mucho suelo libre en la sala para acurrucarse a echar cuentos.

En esa época comprar un paquete de salchichas no implicaba sacrificar diez salarios mínimos y una podía sentirse como la versión criolla de Junior MasterChef mientras esperaba, sin supervisión de un adulto, que las unidades flotaran en el agua hervida. Las pijamas no eran lo más importante, pero sí la excusa perfecta para apropiarse de la noche, desahogar intimidades, volverse tribu.

Convertir el hogar en un “cosmos”, como diría Bachelard.

II

Tres cosas que no hay en una pijamada de niñas: juicios, culpa, (casi) drama. Ingrid Serrano Duque balancea la copa de vino mientras enumera estos aspectos. Trae puesta una franela gris con una cita que reza: “Las madres regalamos alas para volar”. En unos minutos regresará a la tarima para continuar con el cronograma del evento. La plataforma es un híbrido entre un living y un dormitorio (sillas con sábanas, una mesita de té con un florero, una guitarra, una escalera con portarretratos). El equipo de producción quiere que las invitadas se sientan como en casa.

—Se trata de crear un espacio para consentirnos, para nutrirnos con otras mujeres–  prosigue Ingrid.

La de este sábado es la tercera edición de La Pijamada en formato para adultas. Y la primera en la que Serrano y los organizadores –auspiciados por Bajo el Árbol– apuntan a un público femenino más amplio. En otras oportunidades, la actividad puso el foco en las madres (“Pijamada mala mamá”) y los aciertos, vicisitudes y quiebres de la maternidad. Hoy extienden el espectro hacia otros temas: la soltería, los estereotipos, el mentado empoderamiento femenino, los “manifiestos” de la mujer, los hombres. El escenario se alterna con las participaciones de Nathaly Ordaz, Rita Príncipe y Maga Díaz –mención especial a Pata Medina en la selección del repertorio musical– cada una con la intención expresa de comunicar que las mujeres no tienen por ley universal que reñir las unas con las otras, que se puede sintonizar una misma frecuencia, manifestar empatía hacia las demás. Lograr la relación afectiva y horizontal de una manada.   

En el jardín se ven mujeres con pantuflas, pijamas largas, pijamas cortas. El sol de las cuatro hace que algunas se abaniquen el pecho con la mano. Están solas o en compañía de amigas y familiares. Hay quienes se sostienen la barriga cuando ríen y ríen y ríen.  

—Yo soy una virgen de la pijamada –dice María Fernanda.

Su comentario me devuelve al recuerdo en La Yerbera. A la noche y el recipiente con sal. Al grupo de niñas emocionadas que esparce el contenido del envase para formar un círculo y una estrella, porque alguna de ellas escuchó que ese era el ritual para “invocar” a una bruja. Y la bruja nunca aparecerá, pero quedará el vínculo, el sabor del momento cómplice.    

María Fernanda no se cambió –aunque la invitación de Bajo el Árbol indicaba el uso de pijamas o ropa cómoda–, permanece sentada sobre la grama con un atuendo informal. Faltar al código de vestimenta, sin embargo, no la excluye de la pijamada. Lo sé porque los efectos del ambiente (íntimo, distendido, vital) se le reflejan en el rostro.

La experiencia de la pijamada nunca llega tarde. Un preámbulo, quizá, son las famosas visitas al baño en parejas. Por espacio de cinco o diez minutos –dependiendo de la extensión de la fila en el servicio–, las mujeres consumen por cápsulas los impactos cotidianos en la vida de la otra. La conversación fluye en cuatro puntos: son ellas versus sus versiones en el espejo. La brevedad de estos encuentros es lo que supone la diferencia última con la pijamada.

Lo femenino busca las grietas.

III

Presten atención, les voy a contar cómo ser una princesa Disney. Primero: debes tener actitud de que te dejaron varada en plena redoma de Petare. Segundo: la canción, no puede faltar la canción. Tercero: risa estúpida. Cuarto: mirada al horizonte como si vieras a Chávez ardiendo en la quinta paila del infierno; intensa, proyectada. Quinto: vuelta marica. Sexto: final increíble.  

Nathaly Ordaz le sube el volumen al hecho histriónico. Los desastres del país están en mute. En este momento, uno puede hablar del especial de TVes sobre el brownie de caraota, y reírse. Puede pensar en el elemento más importante de la casa, señalar –sin ápice de duda– que es la nevera y, acto seguido, decir: “Y al que deje que se me deshiele un hielo (sic), lo mato”; y reírse. Uno también puede ser un personaje. En la pijamada, las licencias para asumir otra identidad aplican igual que en un carnaval. Y en esta pijamada Amor Propio –como bautizaron al evento– más de una apuesta por una princesa Disney: cinco votos para Mérida (Brave), otros seis para Elsa (reina, lesbiana, soprano superpoderosa de Frozen), tres votos para Mulán (porque los clásicos se respetan).

Al menos la mitad de las asistentes a la jornada tiene hijos. Raquel, que se incorpora de su lugar para participar en una rifa, es mamá de dos varones. “Me estoy enterando hoy de quien es Elsa”, dice. Pero va a estar bien: ya conoce los seis pasos para princesear.

La clave está en saber cuándo darle la vuelta marica a la vida.

IV      

Esta reunión es, tal vez, la tercera fase de la presentación en sociedad: entre el bautismo y la fiesta de quince años está la pijamada. Hay jerarquías (quien pone la casa, pone las reglas de la velada), se estrenan los roles del anfitrión y se asimilan las actitudes aceptadas por el colectivo en un contexto aparentemente sin restricciones. Este último punto ha sido fuente de preocupación para algunos padres, quienes consideran que el tipo de interacción social que involucra una pijama party puede ser perjudicial para sus hijas.

El recelo es comprensible: ¿cuál es en realidad el objetivo de esta fiesta? ¿de dónde provino? Es posible que la costumbre se extendiera desde la cultura anglosajona (el famoso sleepover). En cuanto a su “objetivo” creo que Edward M. Eveld da en el clavo con la expresión “rito de transición”. La pijamada es un largo corredor emocional del que no salimos de la misma manera. Incluso el hecho de que la noche sea –en su mayoría– una característica principal de estos encuentros resulta simbólico: la noche borra los límites físicos, los fusiona en la oscurana, y así facilita el descenso de la psique hacia nuestra propia interioridad. Una vez allí todo es polifonía: mi voz es también la de las otras y viceversa.  

Norma tuvo tres abortos y un divorcio. Es odontóloga. Ha podido mantener a sus dos hijos con su profesión.

Patricia está en sus veintes, estudia Medicina. Un día encontró a un bebé en una bolsa de plástico abandonada en la clínica donde realiza sus prácticas. No le permitieron adoptar al niño pero hoy es su madrina.

En una ocasión, Lilia Carrera compartió con sus sobrinas la receta de su masa de hojaldre. Con ella resolvieron los pasapalos de una fiesta infantil y luego emprendieron un negocio –La Tías– que acaba de cumplir 23 años haciendo el “mejor tequeño de Venezuela”.  

Siempre hay una historia que nos conecta en la pijamada. Y Pata Medina le pone fondo musical. Luego de escuchar a Norma y a Patricia le da play a Brújula, de Gaélica. Antes ha hecho un recorrido por Coldplay, The Killers, Rita Ora, Imagine Dragons, Halsey, Madonna, Maroon 5. El playlist se lo dictan las sensaciones en la atmósfera.

La música funciona como los primeros aromas de la infancia: existen canciones que nos remiten a un instante del pasado y lo perpetúan tantas veces como pulsemos el repeat.

Llegó la noche en Caracas. Ingrid y su equipo despiden el evento y se toman las fotos de rigor. Aprovecho la pausa, antes de que el Sonero Clásico del Caribe suba a la tarima, para consultar impresiones con algunas de las asistentes.

Laura, por ejemplo, echó de menos hablar de sexo, de masturbación femenina, de tabúes sociales. No quiere hijos, está segura de eso. Adriana, sentada a su lado, coincide con ella pero agrega que es necesario ser tolerantes con los temas del otro.

Eso también es ser tribu.

En otras caras la satisfacción es palpable. Algunas mujeres acuden a los baños para cambiarse las pijamas por un conjunto de vestir. Otras van directo a los brazos de sus parejas. Es la segunda fase de la actividad: las puertas de la quinta se abren para dar paso a los hombres. La invitación es a bailar toda la noche.    

Terminó el rito de transición y ahora todos celebran.  

Lo más importante de las pijamadas es, precisamente, lo que viene después.

Por Natasha Rangel | @coyoteDventanas