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Un Plan País para reconstruir Venezuela

Un mantra repetido hasta al cansancio, la hoja de ruta con las coordenadas, el camino a recorrer: cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres. El Gobierno legítimo de Juan Guaidó nos indicó las tres etapas que debemos superar para recuperar la democracia en Venezuela. Pero contener las expectativas no es fácil: por estos días, la ansiedad hace de Twitter un producto nocivo para la salud si se excede la dosis recomendada. Las cadenas de WhatsApp alimentan el deseo de un madrugonazo que nos despierte con una sonrisa de oreja a oreja, pero también incrementa el pánico: del terror a la ilusión en menos de dos notificaciones. No hay analgésico que calme el dolor país, la cura es una sola y todos la conocemos; sin embargo, aunque sea difícil, debemos tener la capacidad de pensar un poco más allá, en los días y años después de que pase la dictadura. Es por ello que la directiva de la Asamblea Nacional, desde 2015, comenzó a trabajar en un documento para la reconstrucción de Venezuela, conocido como Plan País.

La recuperación de la nación sucederá en la medida de que se cumplan tres objetivos principales: 1) recuperar al Estado venezolano y ponerlo al servicio de la gente; 2) empoderar a los venezolanos a fin de liberar sus fuerzas creativas y productivas; y 3) reinsertar al país en el concierto de naciones libres del mundo.

“Quien depende de otro para alimentarse, jamás será libre”

Que se alcancen las metas depende, necesariamente, de atender la urgente crisis humanitaria que atraviesa el país, por lo que el Gobierno legítimo asegura que protegerá a la población más vulnerable, la que se encuentra en riesgo de desnutrición o en estado crítico, a través de subsidios directos. La verdad es que no descubren el agua tibia, ni tampoco parecieran alejarse de las políticas conocidas, pero la diferencia aparece en la manera de prestar subsidio en detrimento del control social, como ocurre con las cajas CLAP, por ejemplo. Dice el sociólogo Luis Pedro España que “hay al menos 12 productos que son esenciales, que tienen el requerimiento calórico. 48% de los hogares no tendrían ninguna posibilidad de abastecerse sino tienen acceso a un subsidio directo”.  La idea en esta primera etapa implica llevar el subsidio a los bolsillos de los venezolanos en estado más vulnerable, quienes podrán dirigirse a los anaqueles que dispongan de los productos primordiales.

España recuerda el harto conocido dicho del pescado, pero le añade una variación: “Mientras estoy aprendiendo a pescar, me tienen que dar de comer. Porque si no tengo pescado mientras estoy aprendiendo a pescar, no puedo aprender a pescar. Esto es un pueblo que aprende muy rápido”.

La crisis alimentaria también, dice el Gobierno legítimo, será atacada a través de los comedores escolares. Garantizar un plato de comida con los requerimientos nutricionales adecuados combatiría la deserción estudiantil y la delincuencia, pues el exceso de tiempo libre puede ser un hervidero de criminales.

La estabilidad política del Gobierno que preside Juan Guaidó sólo será posible en la medida de que haya una estabilidad económica y social, por lo que la prioridad es atender la crisis, recuperar el valor del poder adquisitivo y restablecer el acceso a servicios públicos y de calidad.

Emancipar y empoderar al ciudadano para que logre su independencia económica tiene que ser el camino. Dice el diputado José Guerra: “Quien depende de otro para alimentarse, jamás será libre”.

Recuperar la economía

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La hiperinflación pretende ser estrangulada con el cese de la emisión de papel moneda sin respaldo, por lo que se devolvería la autonomía al Banco Central de Venezuela. La siguiente medida, según el plan presentado, sería levantar el control de cambio, el cual debería ser unificado.

“El problema de fondo venezolano es que estamos viviendo una emergencia humanitaria compleja. Eso quiere decir que la economía se ha reducido más de la mitad, por eso se requiere una expansión fiscal. Nosotros estamos buscando una recuperación inmediata y rápida de la capacidad de consumo del venezolano. La expansión fiscal se financia a través del acceso a un programa de financiamiento internacional extraordinario que permita expandir la producción, las importaciones y el consumo de manera tal que la economía se empiece a recuperar lo más pronto posible y salgamos de este bache”, explica el diputado Ángel Alvarado, con respecto a la fórmula que se desarrolló para que el país logre avanzar.

Eliminar los sueldos de hambre, valorar el trabajo y recuperar el valor del bolívar como moneda son necesidades que deben ser asistidas sin que la población padezca traumas. Y es que hoy, ante el desastre al que nos condujo el régimen, de su habilidad para rebajar la intensidad de la crisis dependerá el éxito del Gobierno de transición.

Sembrar el petróleo ya que “para luego es tarde”

“La Agencia Internacional de la Energía nos está diciendo que de aquí al año 2040 la demanda mundial de petróleo va a crecer a una cifra similar a lo que hoy consumen China y la India juntos. De manera que va a haber demanda de mercado; pero, después del 2040, también nos dice la Agencia Internacional, va a empezar a caer progresivamente la participación de los combustibles fósiles, fundamentalmente del petróleo, en el consumo energético desplazado por otros agentes menos contaminantes”, dice el economista experto en petróleo, José Toro Hardy.

Existe una ventana de oportunidades, pero hay que aprovecharla cuanto antes. La manera en la que se plantea recuperar la producción de petróleo es a través del ingreso de capitales extranjeros, los cuales estarían interesados en ingresar siempre y cuando las reglas estén claras.

Entre las acciones a ejecutar estaría garantizar la seguridad  de las instalaciones petroleras; promover el retorno de los empleados despedidos en 2002 de PDVSA; y la creación de la Agencia Venezolana de Hidrocarburos “para la administración eficiente y técnica de los yacimientos, así como para regular y supervisar el sector”.

El nuevo espíritu

Solventar la crisis humanitaria es urgente, por lo que los subsidios deberían ir destinados, con mucha precisión, a la población más vulnerable; sin embargo, ninguno debe ser eterno. Enterrar el asistencialismo y las creencias de que papá y mamá Estado tienen que mantener a las personas deben ser las premisas en las políticas sociales. Recuperar la confianza en las instituciones e implantar una nueva relación entre Estado y ciudadanos son los retos que tendrá el Gobierno legítimo en los días después a que se acabe la tiranía.

Dice Erik del Búfalo que “el día después yo espero que sean muchos años después, años de reconstrucción, de una nueva Venezuela, de una nueva forma de hacer política que no solamente supere al chavismo sino que también supere lo que estaba antes del chavismo”.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

 

¿Guaidar los corotos y regresar?

¿Guaidar los corotos y regresar?

Viernes, 25 de enero.

Me sonó una notificación de Twitter. Noticas de último momento. Concentración en la plaza Bolívar de Chacao. La foto estaba presidida por un tipo joven, flacucho, de nariz rústica, tez morena y voz resonante. El mensaje era claro: “Los extrañamos. Los extrañamos mucho. Pero hoy les digo algo más: prepárense para regresar muy pronto”.

La sien me latía.

—Otro whiskey, please –le pedí al cantinero.

—¿Pagará con tarjeta?

—“Aye” –respondí.

—Lleva tiempo en Escocia, ¿no?

—Un poco, sí, ¿cómo lo sabe? –pregunté.

—Se nota. Quiero decir, cuando alguien suplanta el “yes” por el “aye”, que, bueno, significa lo mismo. Muy escocés –el cantinero ríe–. Veo que le gusta Edimburgo, como el whiskey.

—“Aye” –le respondí.

—¿Tiene planeado quedarse acá en Escocia o se regresa a su país?

Y bebí, hasta el fondo. Cerca de la Royal Mile, casco histórico de Edimburgo, está el Bobby’s bar, una especie de taberna construida justo a las afueras del cementerio de Greyfriars, pared con pared. Sentarse allí es emborracharse de espaldas a la muerte. El ajetreo propio del acontecer diario se apacigua al ingresar a estas instalaciones de leña y luces tenues. La ventana de vinilo que colinda con la lápida de piedra, el equipo de sonido que escupe música en irrupción del silencio entre difuntos. Marcas de la todavía influencia céltica. No me fue sencillo entender esto de los celtas, aye; sin embargo, así como las expresiones del inglés local que ya salen por sí solas, empujadas por el picor del whiskey sobre la lengua, las regiones nórdicas infunden esa sensación de reconciliación interna que Venezuela exterminó con las décadas. El inmigrante, aquí, lejos de sufrir el duelo de la pérdida, del quiebre de la continuación histórica con el terruño, aprende a coexistir con sus improntas culturales al tiempo que se muda de costumbres y formas de pensamiento. Sin esperarlo, de pronto se relajan los músculos del cuello, las extremidades. Se empieza a confiar. Se es gente. Otra vez. Nuestro país aparece entonces como un fenómeno intangible, como un “espíritu” que, al igual que otros, pulula a los alrededores del Bobby’s bar todos los viernes al final del trabajo, sin perturbar a los clientes. Yo, entre los clientes escoceses, los del Bobby’s bar, me siento gente otra vez, insisto. Me siento adaptado. Me siento borrón y cuenta nueva.

Pero este cuento de hadas de la adaptación perfecta dura cuanto el efecto del whiskey. Cuando los niveles de alcohol disminuyen en la sangre, la tristeza coge su cauce. O por lo menos para los venezolanos emigrantes. Y se tensan los músculos del cuello, las extremidades. Y la felicidad del párrafo anterior se va directo a la basura.

Venezuela se introduce en el cuerpo a través de los poros y toma posesión de ti, haciéndote retorcer de la culpa, de la confusión, de la repulsión, del resentimiento, de la añoranza. Es como una posesión ultratumba. De allí que al país se le rece, se le llore. Y aunque las condiciones estén dadas para la superación del duelo post migratorio –tipo acá en Escocia, por ejemplo–, sufrimos en cambio una especie de desinterés por el territorio receptor, de integrarnos a este y olvidarnos de los desaguisados nacionales. Olvidarnos del país que nos hala los pies por la noche, del país prepotente y de eternas equivocaciones. Del país que, hasta hace poco, nos acusaba de traidores a la patria por habernos negado a asistir a su cortejo fúnebre. Los venezolanos emigrantes, enfermos del duelo, sufrimos de complejidades identitarias; por un lado, el respeto hacia un país que declaramos muerto; por el otro, la necesidad de comunicarle al mundo los defectos que fueron letales para este, como si, en dicha divulgación chismosa, hallásemos alguna satisfacción personal. Y el país nos hala los pies por la noche, insisto, y nos empuja a beber más whiskey.

—Difícil de decidir –respondí al cantinero.

Pagué. Me puse la chaqueta. La bufanda. Salí de la taberna. La sien me latía. Del Bobby’s bar a mi casa, veinte minutos de autobús. En el trayecto, observé las fachadas medievales escocesas; las callejuelas oscuras; la neblina arremolinada sobre los techos; ese complejo de construcciones grises, tan opuesto al escenario de trópico hogareño. Susceptibilidades, como si estuviese siendo víctima de una gran injusticia. Es que, a cada uno, el “’itu país” se nos presenta de distinto modo. Las guacamayas en los cielos del cerro El Ávila. El chichero de Puente Hierro. El perrocalientero de la Plaza Altamira. El saxofonista de la UCV. El vendedor de chicles del Metro. Las hamburguesas de Las Mercedes. La señora que cobra la pensión. El buhonero de Sabana Grande. Los helados de la Cota Mil. Los raspados de colita de los Médanos de Coro. La Virgen de las Nieves. El parque Los Aleros. El pastel de chucho. La empanada de cazón. La arepa con mantequilla y queso. Las cocadas de la bomba de gasolina. Tierra de Nadie. El Aula Magna. Los abuelos. Los primos. Los tíos. El padre. La madre. Un directorio de nombres, recuerdos interminables, ciertamente. Un directorio de lo resaltante. Un directorio para combatir la desidia y la noción de la Venezuela insalvable.

Es, en este estadio elevado de la nostalgia, de la visualización de la memoria, donde el “espíritu país” se personifica como el canal consciente que hay entre: 1) la realización de nuestro destino, 2) la capacidad práctica en hacerlo. La muerte del país es una falsedad tristemente aceptada. Es, en ese instante de reflexión a solas, donde el “espíritu país” deja de ser una entidad espectral, mendicante, pululante del Bobby’s bar, para servir –como estipularían los celtas– como plan divino de la evolución, que en nuestro caso real sería el plan del progreso, de la democracia; de la reconstrucción de las instituciones públicas; del rescate de la credibilidad; de la ciudadanía; del alza del poder adquisitivo y la estabilidad financiera; de la moral colectiva; de la honestidad; de la valoración de la cultura, la historia; del cese de las pasiones politiqueras; de la extinción de la corrupción, la charlatanería partidista; de la inseguridad; de la deserción escolar. Etcétera. Ser gente de nuevo, pues. De eso se trata. Relajar los músculos del cuello, las extremidades. De no sentir más dolor en la sien. Y entonces volví a sonreír, aye; ese viernes me volvió la sonrisa al rostro. Y volví a la notificación de Twitter. Y volví a la foto del hombre flacucho. Y leí para mis adentros aquella frase que está modificando circunstancias: “prepárense para regresar pronto”.

Me bajé del autobús. De la parada a mi casa, diez minutos caminando, tiempo suficiente para calcular cuántos corotos caben en dos maletas de veinte kilos.

Juan Guaidó, como el druida que se dirige a su comunidad, promete la transfiguración de Venezuela; el país tendrá que inmolarse para la significación de una larga recuperación. Juan habla de renacer, vivir una vida y edad diferentes. En la foto se le ve rozagante, sujetando la Constitución y la bandera. Dice extrañarnos. Invita a los ciudadanos a su cita con la nación, a la resurrección de la misma. Quizás es mi lenguaje céltico el que me hace imaginar situaciones sobrenaturales, románticas, cursis, imposibles. Pero es que las regiones nórdicas infunden esa sensación de reconciliación interna que Venezuela exterminó con las décadas. La cosa es que nuestro país no deja de halarme los pies por la noche, y yo francamente decidí encender la luz del cuarto, sentarlo en la cama y dialogar con él. No se debe temer a los espíritus; al contrario, se les debe prender velas, se les debe augurar una mejor vida.

Ese viernes, 25 de enero, hubo demasiado whiskey, lo confieso. No obstante, dicen por allí que ni los borrachos ni los niños son mentirosos.

 

Por Gianni Mastrangioli | @MastranGianni