Patria de Tronos: Venezuela y el juego del poder

Por más paradójico que suene, la maldad nos seduce aunque vivamos sumergidos en ella. Solo hace falta echarle un vistazo a las noticias del acontecer nacional para horrorizarnos con todo lo que sucede: violencia, inestabilidad, escasez y desasosiego. Curiosamente, a pesar del caos, los domingos se paraliza el país —todavía más— cuando muchos venezolanos quedan obnubilados frente a sus pantallas para ver Game of Thrones. Una serie que más allá de ser un fenómeno de la cultura pop, parece un reflejo de nuestro país.

A pesar del hype que ha desatado alrededor del mundo, Game of Thrones ha calado en nuestro colectivo por razones muy diferentes al de otras latitudes. Luego de más de dos décadas de polémicas alrededor del poder, la política y sus conspiraciones comenzaron a estar a la orden del día de todos los ciudadanos. Por esto no es de extrañaros que las tramoyas que se arman en la serie de HBO nos recuerden a episodios o personajes de nuestra vida pública (verbigracia, la lluvia de memes y comentarios después de cada episodio estableciendo comparaciones con la situación del país, ejercicio que también reconocemos en diálogos dispersos al salir a la calle).

Al ver la facilidad con la que establecemos conexiones entre la serie y Venezuela, lo primero que salta a nuestra mente es pensar en una suerte de efecto de catarsis: vemos en ella a los monstruos que nos hacen padecer, fantaseamos escenarios sangrientos donde los malos sufren y los buenos ganan. El problema es cómo este juego de espejos y proyecciones nos impide ver quiénes son los verdaderos monstruos y dónde habitan. John Carpenter, el mítico director de cine de horror, creador de clásicos como The Thing, Halloween y They Live, suele definir su trabajo de una forma muy interesante: “Existen dos tipos de películas de terror: las que nos cuentan dónde se localiza el mal externo y las que sugieren que el mal lo llevamos en nuestro interior (…); el mal, en realidad, está aquí, reside en los corazones humanos”… una definición que encaja muy bien dentro de la narrativa del colectivo venezolano y, por supuesto, Game of Thrones.

John Carpenter, director de cine de horror

Utilizando como punto de partida la psicología analítica profunda (escuela creada por Carl Gustav Jung), hablaremos de un tema fascinante y complejo que nos puede ayudar a arrojar algo de luz sobre la conexión del fenómeno de Game of Thrones y nuestro país: la sombra.

James Hillman, famoso analista de la escuela de Jung, define la sombra en su libro ReImaginar la psicología como “la suma de contenidos inconsciente reprimidos y no admitidos. La asimilación –parcial, en el mejor de los casos– de estos plantea un problema a la personalidad consciente, que prefiere experimentarla a través del mecanismo de proyección (el malo siempre es el vecino)”. Cuando comparamos la maldad, inteligencia y sangre fría de un personaje como Cersei Lannister con Diosdado Cabello o el populismo y sed de poder de Daenerys Targaryen con el difunto Hugo Chávez lo que hacemos es un ejercicio de proyección básica. Ambas duplas están relacionadas con el poder absoluto y comparten motivaciones parecidas: doblegar el colectivo a sus deseos y un terrible resentimiento capaz de destruir a cualquiera que les lleve la contraria. Características que tenemos en sombra y que nos cuesta asumir, por eso vivimos proyectándolas en la serie y los políticos… no es casualidad que ambas duplas mueven una horda de fanáticos que las adoran como si fuesen mesías. Ellas encarnan todo lo que quisiéramos tener: poder para ejercerlo como nos plazca, estratagemas para vencer siempre, cinismo para salirnos con la nuestra y una determinación férrea en lograr objetivos. Razones por las cuales muchos fantasean con poseer un par de dragones o fuego valyrio para acabar con un bando u otro de la política venezolana. A pesar de esto, nadie está dispuesto a reconocer estos elementos dentro de sí, los malos siempre son los otros, lo que dificulta una posible transformación. Como escribió Magaly Villalobos en su libro Hebras Arquetipales: “Es imposible progresar o crecer hasta tanto la sombra no haya sido confrontada, y confrontarla significa algo más que conocer su existencia (…), solo al vernos como realmente somos y no como deseamos asumir que somos es que podemos dar pasos hacia la individuación”.

Lastimosamente, estamos tomados por la sombra como colectivo, sumergidos en la psicopatía y con pocos espacios para la reflexión. Nos sorprendió la frialdad con la que Cersei Lannister, en la Temporada 7 de Game of Thrones, ignoró la amenaza de los White Walkers, apoyada en la certeza de no verse afectada por ellos, pero nos parece imposible ver cómo la mayoría de nosotros pasa por alto a las personas que comen de la basura, las cifras rojas del fin de semana, los presos políticos o los caídos en las protestas. De forma inconsciente, replicamos la actitud de Cersei: siempre y cuando no nos afecten los hechos directamente, no pasa nada, al final del día otros pelearán. El peligro radica en que, al igual que la amenaza del Rey de la Noche, las posibilidades de perderlo todo son altas, pero todavía muchos creen que por estar bien posicionados en el mapa de poder son inmunes a cualquier tragedia. Una actitud cómoda y racional, pero que pocos se atreven a asumir abiertamente porque nadie quiere admitir su cuota de oscuridad. Una postura colectiva que confirma una de las máximas lapidarias de Carl Gustav Jung en Arquetipos e inconsciente colectivo: “Desafortunadamente no puede haber ninguna duda de que el hombre es, en general, menos bueno de lo que se imagina a sí mismo o quiere ser. Todo el mundo tiene una sombra y, cuanto más oculta está de la vida consciente del individuo, más negra y densa es. En todo caso, es uno de nuestros peores obstáculos puesto que frustra nuestras mejores intenciones”.

Cersei Lannister, personaje de Game of Thrones

Por supuesto, las conexiones que establecemos con Game of Thrones van más allá de los dos personajes que se disputan el poder. A su alrededor, hay una larga red de mentiras y traiciones orquestadas por otros que también le hablan a nuestro inconsciente. Por ejemplo, es curioso que la gente en la calle tilde a Jon Snow de tonto (por ser bastante apolíneo, valorar el honor, querer hacer lo correcto y cumplir su palabra), pero que no vean lo naive de un Leopoldo López que se entregó en 2014 creyendo que su prisión haría una diferencia en la política o un Guaidó que, en la actualidad, todavía confía en vías legales o en la conciencia de algunos personajes oscuros para poder cambiar el rumbo de la nación. El resultado es un país que asiste todos los años a la Boda roja de la democracia en cada elección fraudulenta en la que participa, mientras que otros se quedan paralizados como Bran Stark viendo este loop temporal de hechos que se repiten y parecen no tener fin. Todavía más irónico es la imposibilidad que muchos tienen de establecer la conexión entre Little Finger y Ramos Allup o muchos otros “líderes” que no poseen ningún tipo de lealtad y que, parafraseando a Lord Baelish, solo desean usar el caos como una escalera para acercarse más y más al poder. Mientras tanto, ignoramos los consejos sabios de los Tyrion Lannister que, desde el primer día, nos han dicho que este proceso es largo y doloroso, decantándonos por soñar con salidas fáciles o escenarios de violencia extrema, como si una Batalla de los bastardos fuese a solucionar en pocas horas dos décadas de desmanes políticos y sociales.

¿Qué más ignoramos en este juego de sombras y proyecciones?, algo más complejo de abordar y que, todavía hoy, sigue siendo un tema que está en pañales para la psicología moderna: el titanismo. Rafael López Pedraza, arquetipalista y profesor de mitología de la UCV, le dio forma a este concepto en su libro Ansiedad cultural, específicamente en un ensayo titulado Conciencia de fracaso. Para López Pedraza “el titanismo es un aspecto primordial de la naturaleza humana y, aunque tiene gran relevancia en la psicología y debería ser considerado como un asunto apremiante en nuestros tiempos, apenas ha sido explorado”. Tal vez la palabra titán no suene tan lejana a nosotros luego de las últimas dos películas de Avengers (Infinity War y End Game), donde Thanos, conocido como el titán loco, desea eliminar la mitad de la humanidad sin importarle nada; en resumen, un psicópata, alguien incapaz de sentir empatía y que está completamente obsesionado con sus objetivos. El mitólogo Karl Kerényi nos acerca a esta definición en Los Dioses de los Griegos escribiendo: “Una mentalidad que debe ser calificada, incuestionablemente, como titánica implica toda clase de estratagemas, desde la mentira hasta la ideación de las más geniales invenciones, aun cuando estas siempre denotan una carencia en el modo de vida del embaucador”, un concepto que fácilmente podemos asociar con varios personajes de la palestra política venezolana.

Viéndolo en perspectiva, el titán nos debería parecer alguien aterrador y del que deberíamos huir. Pero, lastimosamente, nos genera una fascinación que no podemos controlar. Para muestra un botón, tenemos en un pedestal a todos los titanes de Game of Thrones (Little Finger, Cersei, Daenerys, Ramsay) y le damos nuestra simpatía a cualquier personaje que cultive sus características. Este fenómeno se debe a la conexión que establecen con nuestra zona de inferioridad psicopática, un concepto que Magaly Villalobos resume en Hilaturas como “una zona de resistencia mínima, de particular inestabilidad, que existe independientemente de todas las otras cualidades. Es un sector oscuro y desconocido de la personalidad en el que el alma no funciona a pesar de las muchas otras virtudes y cualidades positivas que puedan tener las personas o colectividades, una especie de vacío o falta que produce un estado de posesión cuando entramos bajo su influjo”. Complementando esta definición, debo anexar una que hace el analista junguiano Axel Capriles en Poder e inferioridad psicopática (refiriéndose al influjo del titán en el colectivo): “Produce un estado de idealización en el que nos sentimos seguros y colmados. Los autócratas y dictadores existen porque ‘otros’ lo han permitido. Porque se le da entrada y cabida, pues la conexión con esa inferioridad hace que los “otros” sean dependientes e ingenuos y con una especie de vacío anímico donde la intuición y los instintos básicos no funcionan”. Es por eso que quedamos hechizados al ver a Cersei sonriendo en el trono y sufrimos el mismo efecto al ver a ciertos políticos dando un mitin: su presencia nos seduce, su verbo nos envuelve y su poder parece encarnar la solución a todos nuestros problemas. Tan aterrador es este encantamiento que, todavía hoy, muchos sueñan con un Pérez Jiménez, un Bolívar o un caudillo que ponga orden en las cosas, un titán omnipotente que arregle el país, arrasando con todo lo malo como fuego valyrio y que le pase factura como Ramsay Bolton a todos los políticos (de bando y bando) que nos han engañado.

Venezuela

Marcos Pérez Jiménez

Game of Thrones terminará, luego de ocho Temporadas, el 19 de mayo de 2019. En paralelo, Venezuela, sumida en un juego de titanes y sombras, parece condenada a perderse en la Larga Noche. Nuestro reto es entender que no podemos saltar de una antípoda a otra: la solución no está en ser un Ned Stark carente de malicia o un Joffrey sin escrúpulos. La clave está en la transformación, en la capacidad de unir opuestos sin perder el alma, como lo ha hecho Sansa Stark (que, luego de sufrir tantas vejaciones por parte de los monstruos, ha sabido aprender de ellos sin ceder a la psicopatía). Este personaje tan criticado en las primeras temporadas, ha aprendido mejor que nadie en la serie a conectar con su intuición y reflexionar sobre cada una de las pruebas dolorosas de su viaje, dando como resultado una gobernante consciente de su responsabilidad y los males a los que se enfrenta, buscando las respuestas que tanto necesita dentro de sí. Por otro lado, en nuestra pequeña Winterfell del tercer mundo, asediados por la amenaza de los White Walkers, nos volcamos a los timeline de Twitter, los audios y cadenas de WhatsApp, los rumores de pasillo y las noticias de dudosa procedencia intentando conseguir la panacea que nos traiga algo de luz y esperanza, soñando con una Arya Stark que salte de la nada y dé la estocada final que mágicamente arregle todo. La respuesta, por más difícil que sea digerirla, no está en los líderes, la intervención o las elecciones, lo que tanto buscamos está dentro de nosotros y hasta que no podamos de forma individual salir del embrujo del titán y confrontar nuestra sombra jamás podremos cambiar el país. Un proceso que es doloroso, largo, pero necesario. Bien lo decía Jung: “No es posible despertar a la conciencia sin dolor. La gente es capaz de hacer cualquier cosa, por absurda que parezca, para evitar enfrentarse a su propia alma. No nos iluminamos imaginando figuras de luz sino haciendo consciente nuestra oscuridad”.

 

Por Luis Bond | @luisbond009

De oposición venezolana dividida a Gobierno legítimo unido

“Jugamos cómo nunca, perdimos como siempre” es la frase que podría resumir la historia de la coalición política que pretende tumbar al régimen usurpador. El escenario político nunca estuvo tan nublado como cuando, de una vez por todas, la dictadura demostró que no cedería el poder por la vía electoral. La imposición de una Asamblea Nacional Constituyente (ANC) en 2017 y las posteriores realizaciones de “elecciones” fraudulentas (regionales, presidenciales y municipales) desbarataron por completo a la MUD. La implosión exacerbó los intereses individuales de los grupos, por lo que cada quien batalló a su manera. El juego estaba trancado para una unión que se creó para ganar en un terreno en específico, debido a que los partidos miembros sólo “se pusieron de acuerdo para los temas electorales. Cuando salimos de esa zona, la MUD estalla por las diferencias y ambiciones individuales”, dice el periodista Alonso Moleiro.

La impotencia, confusión y desconexión popular golpearon a una clase política que permaneció en silencio y cuestionada después del fracaso de 2017. La pega “Maduro vete ya” perdió sustancia adhesiva frente a una población que dejó de creer en el liderazgo reciclado de los Henrique Capriles, Ramos Allup, María Corina Machado, y actores políticos de segunda línea. Hubo quienes pretendieron dar un paso al frente para confrontar al régimen de manera light, basados en el siempre odioso “no hay que perder espacios”, pero el peso de la realidad los golpeó tan fuerte que los dejó sin credibilidad: Acción Democrática no sólo participó en las manchadas “elecciones” de gobernadores, sino que se doblegó ante la (f) ANC. En esa misma línea, y basados en “la conclusión de que aquí no había fuerza para sacar al Gobierno [régimen], que había que procurar cohabitar esperando el momento político oportuno para asumir el poder”, analiza Moleiro, el grupo de Henri Falcón se midió con el usurpador en un terreno de juego inclinado y con  árbitros comprados: se presentó en un parapeto que la dictadura quiso vender como “elecciones presidenciales” y que nadie fuera del régimen consideró legitimas.

Hace un mes, la entonces desunida oposición no mostraba ningún tipo de cohesión, sino más bien exhibía a la luz pública las discrepancias de los tres grupos de intereses: electoralista compulsiva, decididamente electoral y a todo evento (radicales), como los define el periodista Moleiro. Ante ese escenario, las próximas decisiones no serían fáciles de tomar. Pero se tomaron. Después de que AD, Primero Justicia y Un Nuevo Tiempo asumieran la presidencia de la Asamblea Nacional, era el turno de la diezmada Voluntad Popular. Con sus mejores fichas presas o en el exilio, decidieron apostar por un desconocido Juan Guaidó: el que recibió el coroto. Al joven diputado se le atravesó una circunstancia muy compleja que, hasta ahora, ha manejado hábilmente. Guaidó, en palabras de Moleiro, es el eje de unión. “Por lo extrema de la crisis había que sentarse a generar un tipo de estrategia conjunta”, opina el escritor Lucas García París acerca de la unión del archipiélago de intereses existentes.

Meridith Kohut para The New York Times

Los caudillos eternos que intentaron (intentan) de todo permanecen callados. Y es que cuando las cosas van bien, nadie se atreve a cuestionar. Unidos por el popular Juan Guaidó, los sectores molestos con el camino que se escogió se mantienen expectantes a esperar una resolución positiva para sus fines. Dice el crítico Erik Del Búfalo que “hay factores de la oposición [Gobierno legítimo] que apuestan al fracaso, que buscan más bien un diálogo y dilatar el tiempo como hemos visto en otras situaciones”.

La juramentación de Guaidó el 23 de enero produce una gran fuerza unitaria respaldada por el apoyo popular que suma incluso a los radicales, que exigían antes del 10 de enero una posición clara del presidente de la Asamblea Nacional. Guaidó, como dice Moleiro, “no es un líder impuesto. Las circunstancias producen personajes que salen del azar, que se le atraviesan los hechos”. La necesidad de botar a quien usurpa el poder es capaz de unir tendencias disimiles. Ante un enemigo común, las alianzas son necesarias.

Un malandro que duerme con pistola

El chavismo como movimiento aglutinador de masas, ganador de elecciones y sentimiento casi religioso ya no existe. En medio de la crisis nefasta, de la urgencia de tener ayuda humanitaria y  de un cambio en las políticas económicas, la mayoría del país repudia al régimen.

La dictadura, en ese sentido, solo se enfoca en una cosa: conservar el poder cueste lo que cueste. Es como una garrapata fijada en la piel. Como sentencia García París, hoy “toda Venezuela sabe lo que siente un barrio cuando llega un malandro y se apodera de la calle”.

Acusados de crímenes de lesa humanidad, blanqueo de capitales y señalados por senadores republicanos como patrocinadores de terrorismo, saben que su permanencia en el poder es una cuestión de vida o muerte. El costo de perderlo podría significar, en el mejor de los casos,  exilio o prisión.

El régimen cambió por completo las reglas del juego a las que estábamos acostumbrados. Desde que las elecciones se transformaron en una fachada democrática, la clase política se debatía entre asistir o abstenerse de los procesos convocados por el proselitista CNE. Las discusiones permitieron ver los intereses reales de cada grupo; sin embargo, optar por un rol de funcionario acabó siendo una manera elegante de mendigar: participar en el juego del régimen dejó de tener sentido. El tablero político tal como se conocía estaba trancado. Esos zorros viejos electoreros compulsivos no están preparados, o no lo parecen, para afrontar una dictadura, a malandros que no le temen –literalmente– a ensuciarse las manos de sangre. A gente así es imposible convencerlos de que se tienen que ir porque perdieron una elección.

La dictadura con fachada democrática garantizó un juez vestido con los colores de su equipo además de una maquinaria capaz de chantajear, sobornar y amenazar a los electores. Al principio podían ser más disimulados, el apoyo popular era incuestionable, pero cuando no fue así, sacaron la pistola para convertir cualquier intento de diálogo razonable en una petición de vida.

Los políticos opositores empezaron a sentir la presión. Quien se la da de listo, puede sentir el peso de la policía política del Estado que, hay que decirlo, es de las pocas cosas eficientes que tiene el régimen: nada funciona tan bien como su maquinaria de difundir terror. No es casual: quien tiene mucho que perder, tendrá sabuesos con dientes afilados en la puerta de su casa.

La lista de presos políticos es larga. Ser un dirigente opositor que no se amilane ante el usurpador se convierte en un acto de rebeldía: “Su vida personal ha sido muy alterada. Muchos han tenido que sacar a su parejas del país, a sus hijos. Han tenido que irse de hoy para hoy. Nos vamos ya, cerramos todo. Una vida muy azarosa. Cuando tú analizas a la oposición y ves a los dirigentes, por lo menos la mitad tiene algún problema con el chavismo”, explica Alonso Moleiro.

Féretro de Fernando Albán / EFE

La magnitud de las circunstancias pareciera solapar –salvaguardando siempre las distancias– las necesidades de la población con las de la clase política. De muestra el botón de Fernando Albán. De este hombre religioso, colaborador en comedores solidarios y concejal es imposible creer que preparaba un magnicidio. El asesinato de Albán por parte de la dictadura, aunque suene crudo, pudo reducir distancias entre quienes conforman el ahora Gobierno legítimo y los ciudadanos. O, dicho de otro modo, este horrible hecho encendió las alarmas más viscerales de los adversarios al régimen. “En Venezuela mueren al año miles de albanes, gente que es buena, que se porta bien, que trabaja por la comunidad, pero un día la matan. Como clase política están sintiendo lo que la población está viviendo desde hace rato”, reflexiona Lucas París sobre lo que pudo ser un punto de inflexión.

El caso Albán  pudo significar un llamado de atención. Quizás el miedo que sentimos al salir a la calle empiecen a sentirlo también la clase política que quiere asumir los destinos del país. Se dieron cuenta tarde, como cuando los diputados de la Asamblea Nacional decían que no podían recorrer el país porque no les pagaban. Ese argumento no era excusa, pues la gente, desde hace rato, tenía que hacer maromas para comer.

Nadie escarmienta en cuerpo ajeno. Los roles son distintos. Fue el asesinato de Albán una alerta. La vida de un político venezolano jamás será igual.

En algún momento Henrique Capriles se esforzó recorriendo el país de punta a punta pregonando que la fuerza popular le otorgaría la silla presidencial, que venceríamos al tirano a través de un método pacifico. Nos lo creímos. Depositamos la esperanza allí en 2012, también en 2013 y, nuevamente, insistimos en 2015 con la Asamblea: ahí lo logramos. Quizás padecemos el síndrome de Estocolmo con los otrora políticos opositores hoy Gobierno legítimo. O quizá seamos esa persona a la que le fallan mil veces, pero que vuelve a creer porque es la única salida. El régimen no se irá por las buenas. Son el malandro que duerme con la pistola. El que tiene muertos en las costillas y está acostumbrado a la adrenalina. No se irán por una salida diplomática. Es blanco o negro. El exilio o andar en 4runner. Los barrotes o las suites del Marriot. La vida o la muerte.

Campaña presidencial de Henrique Capriles / EFE - Gobierno legítimo

Campaña presidencial de Henrique Capriles / EFE

No obstante, la consideración más importante es otra: ¿es para la Gobierno legítimo una cuestión vital salir del régimen?

Guaidólovers

A la gente le gusta Guaidó, pero no demasiado. No es el crush político de sus vidas, ni siquiera lo vislumbraban como redentor hace unos meses. Guaidó fue la ficha que tenía Voluntad Popular y que los demás partidos, les gustara o no, ayudaron a preparar. Que Guaidó haya calado tan rápido es causa del desgaste vertiginoso de líderes que no lograron vencer al chavismo. Para Henry Ramos Allup, Capriles, Leopoldo, entre otros líderes rayados, aplica la frase de la serie El Mecanismo: “Nadie combate un cáncer y sale ileso”.

La gente tiene hambre. Está desesperada y tiene mucha frustración encima. Puede que no sepan, ni quieran saber realmente qué quiere Guaidó para Venezuela, pero saben que no les gusta el régimen. Comenta Moleiro: “Lo importante acá es la gente en la calle (el pueblo venezolano) que no se cala esto. Ahora sí lo podemos hablar con todas sus letras, llenándonos la boca. Todo el país salió a la calle [el 23 de enero]”. Es el punto de unión en un país de penuria. Se aferran a Guaidó porque, en este momento “la crisis es tan fuerte que yo me puedo montar en cualquier locura sí creo que hay una posibilidad que esa cosa genere una salida”, piensa García París. Creemos en chavistas disidentes pese a que hayan robado. La crítica hacia la dictadura gusta, fascina. Es un punto en común entre las personas. “El Maduro coño e tu madre” es una representación más de esa unión cohesionada por la indignación. La supervivencia opera con su propia lógica.

Qué hacer después de salir de la dictadura es un plan que ya está escrito, guardado en gavetas de la Asamblea Nacional. El plan de reconstrucción del país existe, pero el venezolano de a pie realmente no lo sabe, no le interesa saberlo. Es demasiado abstracto pensar cómo saldremos del control cambiario, si todavía está el usurpador en el poder. Allí siempre ha fallado la otrora oposición, hoy Gobierno legítimo, porque por encima del “Maduro vete ya” también tiene que estar explicar cómo volver a los estándares de normalidad.

Cuando vives en un país que no habla de otra cosa más que de la situación económica sabes que tienes una olla hirviendo. La represión es atroz, y abundan los paños de agua fría para la fiebre. Para la población, hoy día todo se reduce a doblegarse, o agachar la cabeza un poco. Esperar el CLAP, un bono o que la entidad de agua local comience a surtir. La situación es anormal. Y las secuelas psicológicas y físicas, para muchos, cuando acaben, serán irreversibles. Es difícil encontrar la normalidad.

Caja de alimentos del régimen

El país está tan deteriorado que las personas disfrutan cuando logran sacar dinero de un cajero, o el Metro no se retrasa, o sale agua del grifo, o caminan a las nueve de la noche y no pasa nada.  La normalidad se convierte en algo extraordinario. Cuando tienes un cóctel de este tipo piensas, y con razón, que estamos en la etapa “del fin de la dictadura chavista” como espera Del Búfalo, lo que no quiere decir que el desenlace será rápido. Augurar un escenario sería pecar de soberbia e imprudencia. Hoy sólo parece que se termina un ciclo.

El ascenso de Guaidó podría significar el final del régimen (o eso quiero creer), pero también entierra a los zorros viejos de la otrora oposición. “Guaidó abrió un nuevo espacio al resurgimiento de otra clase política. Yo creo que esos viejos partidos, sobre todo los caciques de partido como Ramos Allup, que tienen más de 20 años ahí –sin él mismo someterse a un proceso electoral– también están de salida. El chavismo se va a llevar con él esa vieja clase política enquistada, conformista, que convivió en una zona de confort con la tiranía”, remata Erik Del Búfalo.

La juramentación de Guaidó no es una barajita panini de papel autodhesivo cromado, sino más bien una que se une con pega de barrita, como la de los álbumes de los noventa; sin embargo, nos esperanza en medio de una época de oscuridad absoluta.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch