la chica transparente

La chica transparente

La memoria me falla. A veces puedo ver imágenes y percibir sensaciones. Pero no logro organizar todo en un recuerdo. Algunos días despierto con un sabor extraño en el paladar. Me sucedió hace poco. Apenas me levanté de la cama y mis pies tocaron el frío dormido sobre el piso, sentí el mar paseando por mi boca. Nubes desfilaron frente a mí mostrando distintas formas.

Dos horas después identifiqué el sabor: pulpos, calamares y camarones sofritos con pimentón y cebolla, guisados en pasta de tomate y servidos en una cazuela de barro. Al levantarme fui la cazuela de barro y también el mar frente al restaurante en algún punto de este país, punto cuyo nombre no recuerdo. Pero no me aflijo porque lo sé: en un par de horas podré recordarlo. Para entonces posiblemente no sabré la razón por la cual estará sonando en mi mente. Este diario tiene el propósito de evitarme el tormento de no saber a qué responde la aparición de un recuerdo, por eso escribo hoy: porque la memoria me falla.

De vez en cuando un aroma me hace viajar hacia una estación, como un Metro trasladándose a través de un túnel oscuro. No hay metros en el pueblo donde vivo. Por eso vivo aquí. No hay tráfico, no hay prisa, no hay abundancia de tecnología, apenas la necesaria.

Ahora lo recuerdo, abordé por primera vez un Metro en Caracas. Me dio la impresión de estar en el vientre de una bestia endemoniada. Una bestia tragamonedas. El Metro abrió sus puertas y atrajo las monedas como un imán, y allá fueron los humanos. Y allá fui yo. Adentro la digestión consiste en un mareo apoderándose de tu mente, llevándote a lugares donde ya estuviste. El tiempo se cuela en el pasillo y al tocarte causa una reacción en el vientre de la bestia, entonces ella abre sus bocas para escupir las monedas infectadas por los recuerdos. Es cuando llegas a tu destino, sin percibir los minutos o la hora transcurrida.

Odié el Metro desde el instante cuando bajé las escaleras y descubrí por primera vez ese mundo subterráneo. Lo sé porque así lo dicen las páginas de este diario. Lo sé porque mientras escribo “Caracas” puedo saborear la sangre, y odio el sabor de la sangre; lo odio desde aquella vez cuando me sostuve de la rama de un naranjo para no caerme mientras corría detrás de Fabiola.

«Chúpate el dedo, así dejarás de sangrar», me dijo para luego reír a carcajadas mientras yo seguía su instrucción, crédulo de sus palabras.

De aquel día solo recuerdo el sabor de la sangre y el de su piel. Todos mis encuentros sexuales tuvieron el aroma y el sabor de Fabiola. Y aunque en este momento no puedo recordar mucho sobre esos minutos de gloria junto a ella, en otras ocasiones he recordado detalles y están registrados en las páginas de este diario. Las leí para saber por qué, por qué tengo este cuaderno junto a mi cama, por qué estoy aquí en esta habitación observando árboles y montañas, a través de la ventana.  

En realidad ese mundo subterráneo no es extraordinario, es el mismo mundo de la superficie. Mientras iba dejando reposar mi pie en cada escalón me hice consciente: somos animales desorientados, con una engañosa convicción sobre el destino.

La convicción es un invento ridículo, lo supe esa tarde. Tuve temor de llegar al último escalón y formar parte de esa manada pretenciosa y tonta. Más bien tuve temor de ser observado por otra persona bajando las escaleras y descubriendo la torpeza humana. Me sentí ridículo al saberlo: en segundos yo sería parte de la manada y no observador. Eso me ocurrió las veces cuando Caracas se hizo inexorable.

El temor sabe a naranja, huele a naranjales, a tierra húmeda, las nubes adoptan formas extrañas cuando sientes temor.

Ahora lo recuerdo, esas nubes desfilando sobre mí en aquel restaurante formaban naranjales blancos con un azul intenso de fondo. Así de azul estuvo el cielo la tarde cuando Fabiola me arrastró al potrero detrás de su casa, en este mismo pueblo de donde huí y adonde vine a parar. Me dejé guiar por ella, me tomó de la mano y me arrastró a través de los naranjos. Yo iba temblando por dentro. Sabía a qué me enfrentaría tan pronto el sendero acabara. Yo lo deseaba. Yo la deseaba.  

Lo supe esa misma tarde: el temor y el deseo van de la mano tal como íbamos nosotros, corriendo hacia el lugar donde consumamos un amor temprano, inocente e impaciente. Valió la pena sufrir el golpe en el estómago y el temblor mudo. Desde entonces el temor me sabe a naranjas y las nubes dibujan naranjos cuando la incertidumbre me abraza.

Hay recuerdos que no olvido. La memoria me falla, pero también se burla. Escoge a su antojo recuerdos para perpetuar.

Nunca he podido olvidar aquella paliza recibida, la única según mi memoria. Doce, trece o catorce años, en la salida del liceo. Todavía mi rostro intenta esquivar el golpe mientras recuerdo. También escucho los gritos, unos alentándome y otros alentando a mi contrincante. Los nudillos se estrellaron en mi cara, el cielo se volvió negro. Recuerdo las voces, «remátalo con una patada», «no lo dejes levantarse». Recuerdo las burlas, «chamo, buena coñiza te dieron».

Me recuerdo miserable, con miedo y humillado. Queriendo ponerme en pie, pero mis pies temblando. Años después lo supe, mi espíritu se quebró aquel mediodía, o aquella tarde. Si fue antes de mis trece, sucedió en el mediodía porque hasta esa edad estudié de mañana; si fue después de los trece, entonces recibí la paliza cerca de las seis de la tarde.  

Nunca más volví a pelear y si fue así no lo recuerdo. Desde entonces aprendí el arte de evitar confrontaciones violentas. Por un tiempo me volví adulador y complaciente: siempre de acuerdo con todos y siempre dispuesto a colaborar con todos. Y cuando logré sacudirme de mi cobardía, y restauré mi espíritu quebrado, quedaron fragmentos de aquella paliza grabados en mi rostro.

Tampoco pude olvidar jamás la revolcada en la bajada del Capitán. Ocurrió la primera semana con mi bicicleta. O fue la segunda. Me gustaba ir a Piedritas, el caserío vecino. Desde aquí no eran más de veinte minutos en bicicleta. Frente a la Hacienda del Capitán la carretera se empina. Requería un esfuerzo extra subir el cerro, a veces cansaba menos bajar de la bicicleta y subir a pie.

Lo emocionante era el regreso. Daba unas vueltas en las dos únicas calles del caserío y regresaba ansioso. Apenas comenzaba a descender retiraba mis pies de los pedales, y cerraba mis ojos por un instante para sentir el vértigo. Un huracán nacía en mi estómago, puedo recordarlo porque ese mismo huracán me acompañó en todos los viajes por aire. Apenas el avión despegaba o aterrizaba, yo estaba deslizándome en la bajada del Capitán.

Esa tarde, o esa mañana, se me ocurrió soltar el volante. Creí posible disfrutar la libertad extendiendo mis manos hacia los lados. Terminé rodando. Fui a dar a un extremo y la bicicleta al contrario. Me atajó la maleza, añadiendo a mis golpes algunos rasguños. Apenas salí de la maleza, mis amigos reían. Sí, lo olvidaba, nunca fui solo a Piedritas, siempre descendí la bajada del Capitán con otros. ¡Ojalá hubiera estado solo!

No se golpeó tanto mi espalda como mi dignidad.  Por un tiempo no estuve cómodo conmigo. Todavía hay secuelas de ello.

Me desagrada mi memoria, por ejemplo, y su selección de recuerdos imborrables. Me desagrada no recordar otras cosas ¿Qué otras cosas? No lo sé, pero me gustaría recordarlas para saberlo. También me gustaría tener acceso inmediato a mis recuerdos sin todo ese proceso de esfuerzos, rituales y transcripciones. Seguiría escribiendo mi diario así tuviese mejor memoria, siempre quise ser escritor. Aunque decir siempre es una exageración, pero quién sabe, tal vez mi memoria podría asegurarlo de no ser tan burlesca.

Esos recuerdos, junto a la muerte de mis padres y la partida de Fabiola, me hicieron huir de aquí. Abandoné el pueblo y la vida estrecha. Y en la ciudad conocí a Julieta.

Si Fabiola me rasgó el alma entre los naranjales, Julieta sacudió mi mundo y me hizo estallar en fragmentos. Julieta obligó mi dispersión hacia todos los puntos cardinales.

Fabiola es de esos recuerdos de los cuales no quiero despojarme. Lo confieso a riesgo de ser nuevamente víctima de mi memoria, conociendo ella mi deseo, mañana podría amanecer sin su nombre. A Julieta quisiera olvidarla, como he olvidado quién sabe cuántas mujeres. Quisiera olvidar su determinación de hacerme mejor, porque cuando huí del pueblo me llevé la paliza y la revolcada en la bajada del Capitán. También me llevé la simpleza de mi apariencia y el vértigo ante lo inmenso.

Julieta me tomó, como alfarero al barro, y me estrelló contra una plataforma de concreto. Quebrantó mi espíritu quebrado y luego me hizo de nuevo. Su cuerpo fue mi geografía por mucho tiempo. Me aventuré a descubrir cada montaña, río, selva y desierto contenido en ella. Pero de toda ella, sus costas me enloquecieron. Todos mis viajes fueron intentos por olvidarla, por encontrar mejores playas donde apostarme para disfrutar un paisaje superior al de sus ojos virándose mientras besaba sus costas. Ya no recuerdo su silueta ni los detalles de su cuerpo, pero su nombre sigue destellando y es suficiente para sentir la brisa chocando contra mi pecho, despeinándome y anunciando la caída tras soltar el volante de mi bicicleta.

¡Qué ironía, Julieta! Me devolviste con tu partida todo cuanto perdí con tu llegada.

Ella abandonó el país porque con esa situación ya no tenía futuro aquí. Yo intenté seguirla, pero nunca pude pisar Madrid. No con mi cuerpo. Con mi espíritu sí, porque contemplé fotos de la ciudad europea y cada vez juré llegar hasta allá y reencontrarme con ella; mientras ella seguía la pista de su futuro, yo iba tras el pasado porque el pasado era mi futuro. Terminé odiando Madrid y la promiscuidad con la cual se abre frente a quien llega queriendo ser artista. Julieta triunfó con sus poemas. Cambió su nombre por un seudónimo, se disfrazó de madrileña. Julieta me olvidó.

Probablemente va caminando por las calles de Madrid, saludando con ese tono ajeno y cantadito. Exclamando un ¡joder! Tan distante. Tal vez ahora mismo soy un poema suyo en una de sus tantas antologías, un poema olvidado por ella y desconocido para mí.

El futuro es una quimera, siempre partiendo apenas asoma su llegada. Lo supe cuando Julieta justificó su abandono con la excusa de buscar el suyo.

Durante tres meses me envió cartas con fotos suyas señalando algún edificio antiguo, alguna plaza ancha y extensa, algún puente legendario.  Todo cuanto solté solo me hizo merecedor de tres o cuatro meses de cartas y fotos después de su partida. Creo que las perdí en una de mis mudanzas, o las quemé en uno de mis arrebatos. O las sacrifiqué para demostrarle a algún romance de paso mi compromiso de ir a todas hasta el final. O tal vez las tiré creyendo echarla también de mi memoria. Pero aquí sigue, a pesar de mis mejores esfuerzos, burlándose de mí, cómplice de mi memoria, uniéndose a la galería de recuerdos en el panteón de mi muerte. Porque todos esos recuerdos rebeldes e inmortales son mi muerte, Julieta. Escríbelo en uno de tus poemas, ¡joder!

A uno de esos intentos por olvidarla pertenecen las sensaciones de esta mañana.

¿Qué hacía yo en ese restaurante? ¿Por qué hoy me saludó ese recuerdo apenas abrí los ojos?

Algunos aromas encienden las luces del oscuro túnel y el Metro comienza a avanzar en retroceso.

Para mí, ir hacia el pasado es avanzar. El Metro va a gran velocidad. Voy sentado dentro del vientre de la bestia, dentro de mi vida y fuera de ella. Llego a la estación y me pregunto si estoy recordando algo mío o algo ajeno.

Aquí voy. Justo ahora mientras respiro esa fragancia colándose por la ventana, húmeda y filosa anunciando la noche, voy en retroceso. El paisaje es borroso, confuso. Pero sé hacia donde voy. Mis ojos me guían por las calles ahora asfaltadas. En otros tiempos fueron callejones, escenarios estrechos y rurales. Por allí me vieron caminar tomado de la mano de mi madre, rumbo hacia el mercado; sonriendo, ajeno a la realidad, a las realidades. Esas realidades ahora son mis dueñas, les pertenezco en fracciones. No en esos tiempos de callejones polvorientos, de alambres de púas cercando las propiedades, de ranchos de barro. En esos tiempos le pertenecí a las manos de mi madre, luego a las de Fabiola, el único amor conocido por mí en este pueblo.

Ya me perdí, ya no sé a dónde me lleva el Metro. Ya no es un Metro. Ahora voy en avión.

Vuelo sobre las ciudades. Parecen zonas rurales perdidas entre los límites coloreados con un verde vivo. Al menos así es mientras retrocedo. No sé ahora, hace dos décadas no he vuelto a andar en las alturas. Aunque no sé si el paisaje pertenece a mi país o a uno de esos a donde fui a parar.

Siento el huracán naciendo en el centro de mi existencia, en la boca de mi estómago. No sé si vamos aterrizando, despegando o enfrentando una turbulencia.

No odié viajar en avión. Hay cierta magia cuando estás sobre todo, cuando tus pies siguen apoyados en una plataforma pero lejos de la tierra, lejos del planeta. No sé si a otros les pasa, pero yo podía sentir por un instante una independencia real, podía sentirme ajeno. A pesar de las turbulencias, de los anuncios del piloto y sus advertencias, disfruté siempre viajar en avión.

Una vez el piloto anunció un retraso en la llegada. Las condiciones de los vientos no permitían el aterrizaje. Lo recuerdo porque después de diez minutos estábamos aterrizando. La gente aplaudía y gritaba celebrando, algunos se persignaban con los ojos cerrados y agradecían a sus divinidades por el aterrizaje. Yo no, seguía sufriendo el huracán en mi estómago e imaginando cómo sería chocar contra el mar tras un descenso violento.

En esas ocasiones quise extender mis manos hacia los lados, como lo hice el día de la revolcada, y sentirme libre. No me vería tan ridículo, no tanto como quienes se persignaban y aplaudían. Tampoco rodaría sobre la pista de aterrizaje.

Siempre estuve en las costas. Tengo algunos destellos del océano en Panamá. Puedo recordar el mar en Aruba y en República Dominicana. Ese mismo mar descansa en las costas de este país. Nada extraordinario. Turistas atracados en las playas, turistas caminando por los bulevares, turistas riendo a carcajadas, turistas consumiendo licor.

Por mucho tiempo no estuve consciente sobre qué buscaba. No lo supe hasta ese día. Sí, ese día. Ahora lo recuerdo. Fabiola me dio la estocada para salir del pueblo, Julieta me empujó fuera del país. En mi intento por olvidar a Fabiola caí en las trampas de Julieta, y queriendo olvidarla a ella fui a parar a La Guaira.

Puedo respirar la fragancia liberada desde el guiso burbujeando. En la costa. Yo, en La Guaira.

Estaba de paso. Lo recuerdo. Aterricé en Maiquetía. Llegué un día antes porque no había vuelos para el día siguiente. Tuve la opción de irme por tierra, llegar a La Bandera y subir a Maiquetía. De ninguna manera atravesaría Caracas y me expondría a la posibilidad de abordar el Metro mientras pudiera evitarlo. Resolví viajar en avión un día antes. Llegamos a Maiquetía y decidimos irnos a un hotel en La Guaira. ¿Llegamos? ¿Decidimos?

No recuerdo por qué viajé con ella en el vuelo nacional. No íbamos al mismo lugar, ella iría a Vietnam. Es curioso, puedo recordar su destino y el mío no.

Podría confundir Vietnam con mi destino, pero recuerdo por qué ella iba a ese país. Su hijo estaba allá. Desde pequeño soñó con ser egiptólogo, o algo así. A sus dieciséis años tuvo la opción de irse con su padre, para acercarse un poco más a su meta. Su padre, un hombre enroscado en la política de Venezuela, fue asignado a la embajada de Vietnam como secretario del embajador. O era secretario del secretario del embajador, o estaba asignado a uno de esos puestos burocráticos creados para pagar favores y huir del país.

Ella iría por primera vez. No recuerdo cuántas escalas debía hacer, tampoco cuántas horas o días hay de aquí a Vietnam. Pero puedo recordar la historia de su hijo. La intención del muchacho era estudiar idiomas, para tener acceso al siguiente nivel de su meta. Sin embargo, estando allá se convirtió en un licenciado en lengua y cultura vietnamita. Fue el primero y hasta entonces el único venezolano en obtener ese título en Vietnam. Para la fecha del viaje, ya era profesor en una universidad.

Vietnam siempre fue para mí un escenario de películas de Chuck Norris y de Sylvester Stallone. Aunque no recuerdo si Desaparecidos en Acción, o alguna de las partes de Rambo, realmente tuvieron sus contextos allí.

Durante aquel viaje descubrí un Vietnam real, con una historia cercana y sin relatos de guerras. No sé si el muchacho logró ser egiptólogo. Pero admiré el coraje de irse a un país tan distante. Probablemente pensé en Julieta también, lejos de mí cumpliendo su sueño, y seguramente en vez de admirarla sentí amargura por su coraje.

Mi plan era amanecer en el aeropuerto, pero ella sugirió irnos a un hotel. Acepté su sugerencia, siempre y cuando el hotel no estuviese en Caracas.

Es curioso el funcionamiento de mi memoria. Puedo respirar el aire violento nacido en el mar y paseando por las calles de La Guaira. Puedo sentir los vientos huracanados. Ahora mismo puedo recordarlo: desde entonces ese huracán en mi estómago, en cada despegue y aterrizaje, se llamó La Guaira.

Un taxista nos llevó. Recuerdo su nombre: Oswaldo. Probablemente estoy confundido y Oswaldo es otra persona. Pero hoy es el taxista, quien me lleva a un hotel detrás de un conjunto de edificios frente a una gran avenida. Corrijo: quien nos lleva. Del otro lado de la avenida está la costa. Los edificios nos impiden la vista al mar. Odio los edificios. Esas grandes estructuras me empequeñecen, me estorban. Desesperado por el amanecer, tal vez soñé con el mar aquella noche.

Ahora comprendo por qué La Guaira me sabe a naranjas, aunque su aroma es una cazuela de mariscos. Ahora comprendo este sentimiento. La Guaira humedece mis ojos, me empaña la vista, hace temblar mis manos.

Oswaldo nos dio un rápido paseo. «Esto no estaba antes del deslave», decía señalando alguna estructura. Perdí la cuenta de todo lo construido después de la llamada tragedia de Vargas. Por un instante sentí la emoción de pasear por las calles de un Vietnam nacional, víctima de la guerra entre la naturaleza y la ocupación humana, ocupación contranatural, como todas nuestras ocupaciones. Aunque la naturaleza ganó aquella batalla, el hombre se levantó y emergió de los escombros para continuar la guerra.

La noche en La Guaira es distinta a todas las noches de los lugares donde estuve. Es más densa, más oscura. No es un manto, es una sustancia espesa que se mete por la nariz junto al oxígeno y oscurece todo desde adentro. Se me dificultaba alcanzar con la vista todo cuanto señalaba Oswaldo.

La gente parece estar cómoda allí con su oscuridad. Después de la tragedia de Vargas, un término se usó para referirse a los desplazados. Los llamaron dignificados, para sustituir con un discurso político la condición de damnificados. Los dignificados fueron enviados a todos los rincones del país. Sin embargo, no tardaron en volver a La Guaira. No les importó las pérdidas ni el peligro de un mar reclamando el cauce para sus extensiones. Ellos volvieron, como judíos a Jerusalén desesperados por pisar la tierra prometida a sus ancestros. Tal vez extrañaban la densidad de la noche.

«La Guaira es otro país, ese es el detalle», explicó Oswaldo ante nuestro asombro por el regreso de los dignificados y la reconstrucción de la ciudad. Sonó como algo de fácil comprensión. Pero fue necesaria su explicación. Nos llevó a otros lugares. Nos hizo observar a las parejas en las plazas, y los autos en los estacionamientos con la música a todo volumen y cervezas en cavas portátiles.

La noche es más densa y más viva en La Guaira. «Venezuela se puede estar cayendo, pero La Guaira está siempre en lo suyo. Aquí no nos importa nada, mientras tengamos playa, mujeres y cerveza, todo está bien. La Guaira es otro país». Algo como eso fue el resumen de Oswaldo después de llevarnos a tantos lugares. Nos dejó en el hotel, con la promesa de volver por nosotros al otro día, a las once de la mañana.

Me levanté de madrugada, ella todavía dormía. No quise despertarla. Busqué una panadería para tomar un café. Una calle se mostró frente a mí, abriendo paso entre dos conjuntos residenciales y señalando directamente hacia el mar.

Quise dejarme llevar, pero necesitaba el café. Una cuadra después encontré una panadería y pedí un café con leche mediano. «Un marroncito mediano», corrigió la chica detrás del mostrador, mientras le indicaba mi pedido a la otra. Recibí mi café y me senté a leer el periódico. Ha sido mi costumbre todas las mañanas desde siempre. De regreso no pude esquivar la invitación hacia el mar.

Crucé la autopista. Debí tardar unos diez minutos en hacerlo. Le temo a las autopistas y a los autos. Nunca quise comprar uno. Me imaginé muchas veces detrás del volante de un Buick Century, de los de quinta generación. Pero la muerte de mis padres en un accidente de tráfico, y la tentación de soltar el volante para sentirme libre conduciendo por una endemoniada autopista, limitó a los sueños mi casi nula habilidad como piloto.

Unos hombres recogían la basura y colocaban números sobre las pequeñas chozas distribuidas en la playa. No limpiaban la playa por amor a la naturaleza ni por respeto al mar bravo y potente, verdugo de Vargas; lo hacían para comercializar los puestos, las chozas, la vista y hasta la arena. Así es el hombre, todo cuanto puede lo somete a fines comerciales.

«Es parte de nuestra naturaleza humana, por eso hemos llegado aquí», me dijo una vez algún profesor en la facultad de Economía. Me sorprende recordarlo ahora mismo. Pero no, eso ni es naturaleza ni es humanidad; y si es así, la humanidad es una maldición. Llegar aquí no es un logro, no con todos esos templos al ego rodeándonos. De vez en cuando las placas tectónicas se mueven y sacuden algún país presuntuoso, para recordarnos lo olvidado: llegamos tarde y no somos dueños. No sé si le respondí al profesor aquel día.  

Los hombres me dieron los buenos días. ¿Educación? No, eran comerciantes, yo un potencial cliente. En las ciudades nadie da los buenos días espontáneamente. Ni aquí ni en otro país. Pero vaya a las costas, a las calles coloniales, a los sitios turísticos y se llevará una impresión positiva del país con más delincuencia, analfabetismo y miseria.

Me paré frente a un muro de rocas inmensas y escombros de concreto. Pensé en la tragedia. O al menos lo pienso ahora, aquí. Esas rocas seguramente arrastradas por el mar, junto a los escombros de grandes edificaciones derrumbadas por su ira, simbolizan para mí la cosmogonía. El origen alcanzándonos una y otra vez. Nosotros uniéndonos a él. La muerte y la vida naciendo unidas, muriendo unidas. Allí, en La Guaira, viví una de mis tantas muertes, mientras encarné uno de mis tantos nacimientos. Pero no frente al muro de rocas.

Decidí subir el muro. Llegué hasta el final del camino. Me senté un rato y contemplé el horizonte infinito. Debí hacerlo, siempre lo hice en las costas. Siempre me gustó ver el amanecer, esperar el atardecer, bañarme en el mar, sentarme sobre la playa a mirar el horizonte.

Antes de desandar el camino de rocas incrustado en el mar, me levanté y observé alrededor. Nadie me miraba. Abrí mis manos, las extendí hacia los lados y cerré mis ojos. Invoqué a Fabiola y a Julieta. Reviví los años buenos. ¡Tantos años resumidos en un instante!

Fabiola se fue del pueblo. Ella iba dos o tres años adelantada en el bachillerato. Tan pronto se graduó partió. O Partieron. Sus padres se divorciaron. Su madre decidió vender la casa del pueblo para mudarse a la ciudad con sus tres hijas. A esa misma ciudad fui a dar. Me resigné, no la encontraría en un lugar tan grande con calles tan anchas y edificaciones intentando tragarse una a la otra. Soñé con ella muchas veces.

Años después alguien me contó de ella. Se casó con un turco, o un árabe o un sirio. Nunca entendí la diferencia. Tampoco sé si en realidad lo hizo. Hasta donde me alcanza mi limitado conocimiento de esas culturas orientales, los turcos no se casan con mujeres de occidente. Según los rumores, porque después de ese alguien tropecé con otros, ella se convirtió al islamismo. Supuestamente por eso la familia del turco la aprobó. La imaginé muchas veces con un velo cubriendo su rostro.

¡Qué pecado, Fabiola! ¡Tu rostro hermoso escondido detrás de un pedazo de tela!

Después supe de un almacén de telas supuestamente suyo, o de su esposo pero bajo su cargo. Y entonces los rumores comenzaron a parecerse a Fabiola. Ella siempre quiso ser dueña de un gran almacén. Decidí no averiguar cuál era el negocio donde podría encontrarla. Y la tentación me obligó a mudarme de ciudad.

Fabiola, yo me partiría el lomo para ponerte un negocio a tu nombre, y hasta dos y tres. Y estarías sin velo, sin vestido. ¿Para qué querría esconder tu desnudez?

Lo confieso, muchas veces quise aventurarme a buscarla en su almacén, pero apenas lo pensaba sentía el golpe conectando en mi rostro. Me veía rodando por la bajada del Capitán. Y entonces, en otra ciudad conocí a Julieta. Ella se puso en guardia y peleó con mi contrincante, se sentó en la barra de mi bicicleta y tomó el volante mientras yo disfrutaba la libertad en la bajada.

No sé cuánto tiempo transcurrió mientras estuve en el muro de rocas. Pero vi a mi derecha un restaurante y decidí comer una cazuela de mariscos. Ni siquiera al caminar por la orilla en dirección al restaurante noté a la chica bañándose en el mar. Ya sentado y comiendo, la vi salir. Su piel parecía desvanecerse con la brisa, parecía niebla paseando sobre el mar en dirección a la playa.

Ella se sentó frente en la orilla, su sombra me señaló. Interpreté su sombra como una invitación. Las olas se rindieron a sus pies. El sol le hizo brillar la piel.

«Flaco, te vi con las manos extendidas, allí sobre el muro», me dijo sonriendo cuando al fin me acerqué. Me sentí ridículo. «Esta vista es para disfrutarla», añadió. Reconocí su acento. «Eres argentina», le dije asombrado. «Me gustan las costas», disparó sin precaución.

No puedo recordar la forma de sus labios ni el color de sus ojos, pero ahora mismo percibo el olor de la tierra húmeda. Fabiola y Julieta murieron en un instante, allí en La Guaira. Yo junto a ellas.

«¿Ya visitaste Argentina, flaco?» No. Nunca se me ocurrió ir a Argentina. Pero en ese momento quise ir. En mis pensamientos le pregunté su nombre, su número de teléfono y la dirección de su domicilio. Pero fuera de mí solo respondí sus dos o tres preguntas.

Ella se levantó, y me dejó observar su cuerpo. Me obligó a llorar de deseo. Me sentí cobarde y tonto. Nuevamente recibí una paliza y rodé por la bajada del Capitán. Fabiola volvió a burlarse de mí mientras yo chupaba mi sangre. Julieta partió, una vez más.

«Ojalá un día nos tropecemos en Buenos Aires, flaco».

La vi caminar hacia la misma calle por donde fui a dar al abismo. Tal vez se alojaba en el hotel donde yo pasé la noche.

Oswaldo llegó a las once y nos llevó a Maiquetía. Yo no quería abandonar La Guaira. Desde entonces, no hubo costa donde no intenté encontrar a la chica transparente.

El avión despegó puntual. Partí de La Guaira sospechándolo: a partir de ese día la llevaría conmigo a todo lugar. Pero nunca volví, no quise ir detrás de un fantasma.

Tal vez la noche densa de La Guaira me devoró la memoria. Voy en avión. No sé hacia dónde, no recuerdo por qué. Ahora voy solo. Ella tomó otro vuelo y tampoco sé para dónde, aunque su destino final es Vietnam. Desde arriba se ve la costa de La Guaira, no te veo chica transparente, quizás estarás en la habitación de al lado, tal vez dormimos una noche tan cerca y no lo supe.

He llegado a la estación, ya no voy en avión. Regreso aquí. Al pueblo. Al presente. Ya es de noche. Estoy solo. Nunca pude conocer Argentina.


Por Gusmar Sosa | @GusmarSosa

* Mención especial en el X Concurso Policlínica Metropolitana

#DomingosDeFicción: La sentencia emitida por Diani Álvarez

Diani Álvarez me dijo «No olvidarás jamás este pueblo, volverás aquí».

Yo no le creí, mi adolescencia no me permitió entenderlo: hay un poder profético en la sentencia pronunciada por una mujer.

Lo entendí once años después, cuando Carolina, con sus ojos de fuego y el odio encendido en sus labios, me dijo «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho». Disimulé no escuchar su sentencia, pero temblé, tragué grueso. No se me ocurrió nada para decir y propinarle el mismo daño recibido tras sus palabras.

Recordé a Diani Álvarez en ese instante; no sus palabras, no sus labios hermosos e inocentes diciéndome «Si bebes agua del Cardón, no olvidarás jamás este pueblo, volverás aquí». Recordé su mirada bonita apuntándome, mientras cenábamos en la sala de su casa con sus dos hermanas y su madre;  la recordé, todavía no sé por qué, diciendo «Es mentira, no engordas si bebes mucha agua mientras comes».

La recordé con su obsesión de engordar, haciendo todo cuanto escuchó, sin lograrlo. Me pregunté si acaso seguía siendo aquella flaca lindísima, aquella diosa bailando en el escenario de la Plaza de las Banderas del pueblo, uno de los 13 de junio de mi adolescencia.

Me pregunté si ella volvería de vez en cuando al pueblo, a nuestro pueblo. Yo no, desde mi partida decidí no regresar, no hay nada para mí aquí; aunque en ese instante, mientras Carolina decía «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho», y yo recordaba a Diani, sentí el impulso de volver para verla danzando. El deseo se apagó de inmediato, el recuerdo de Diani se desvaneció y las palabras de Carolina permanecieron allí, sonando, como un eco legendario y eterno.

Me enteraría dos años después. También lo descubriría: la tuve cerca la noche cuando Carolina volcó su desprecio contra mí. Desde mi descubrimiento sufriría un dilema mortal: originar o no un encuentro con ella. Pero no dos años antes, porque ese tiempo lo pasaría intentando superar el desprecio de Carolina.

Muchas veces pasé frente a ese local, en el Centro Cívico de la ciudad. Nunca me detuve a mirar hacia adentro. Solo caminé la calle Bolívar cuando fue estrictamente necesario. Siempre le tuve alergia al trayecto desde el Salón de Belleza Arte Moderno, una cuadra después de la Catedral del Centro, hasta el edificio de la fábrica de Cristales Oftálmicos de Occidente, donde trabajé desde mi partida de este pueblo hasta el año cuando Carolina me echó de su lado.

Nunca lo imaginé: a dos locales después de Arte Moderno estaba ella: Diani Álvarez.

La sentencia pronunciada por una mujer

La pregunta con la cual intenté silenciar el efecto atormentador de la sentencia de Carolina fue respondida cuando por primera vez miré hacia ese local, desde el otro lado de la calle, y la vi. Ella seguía siendo aquella flaca lindísima.

La vi danzando. Todavía me pregunto si fueron mis recuerdos o alguna transfiguración de dimensiones bíblicas. Tres maniquíes vestidos con ropa elegante para damas, me dificultaron la vista. Mientras Shakira gritaba desde los altavoces de una zapatería «Ahí te dejo Madrid», yo veía a Diani moviendo sus caderas como lo hizo todos los 13 de junio dándole a la feria de San Antonio un verdadero toque glorioso.

Fue en ese momento cuando la voz de Carolina dejó de atormentarme. El eco se apagó. Me avergoncé por el miedo a comenzar de nuevo, también por esquivar,  tantas veces, las miradas de mujeres interesadas en mí.

Sentí pena por el hombre en el cual me convertí, por negarme a vivir, como si Carolina fuese lo único digno de mi determinación de vivir; también estaba Diani Álvarez, la chica de mi adolescencia. Con quien me escapé de clases tres o cuatro veces para besarnos detrás del mural donde el Padre Rufino fue retratado, desde donde mira eternamente hacia la Plaza del pueblo. Su retrato jamás nos cohibió.  El padre Rufino Pérez Valles fue el fundador del liceo, el reconciliador de los pueblos de la zona rural, el ungido enviado por Dios para redimir los pecados del pueblo; pero nosotros éramos los dueños del momento.

Shakira continuó cantando, ella dejaba Madrid porque ya no quería cobardes con rutinas de piel y con ganas de huir. Ella hablaba de quien fui antes de volver a encontrar a Diani.

A Carolina la conocí en la ciudad, tres semanas después de instalarme allí.

Abandoné el pueblo tal vez por la misma razón por la cual abandoné la universidad y he abandonado todos mis proyectos: «Eres inconstante, no sabes qué quieres en la vida», dijo Carolina aquella noche.

Mi madre diría, lo dijo una vez, «Eres un genio, por eso se te dificulta poner la atención en una sola cosa».

Mi madre, una señora con pañuelos en la cabeza, con vestidos coloridos y sonrisa eterna. Murió sonriendo, anciana, llena de días bonitos y días amargos. Mi madre, una señora fuerte. De manos benditas. Murió y yo a su lado; murió en el ambulatorio del pueblo. Su sonrisa eterna la acompañó en la muerte. Mi madre, ¿para qué iba a seguir yo en este pueblo? Además, Diani se había ido de aquí un año antes.

Le huí a la soledad, de la misma forma como mi madre le huyó al abandono. Así como la madre de mi madre le huyó a las formalidades impuestas.

A mi abuela la quisieron casar con un señor de casi cincuenta años, cuando ella tenía casi diecinueve. Decidió fugarse de su casa, huir lejos de su pueblo.

A mi madre la abandonó mi padre. Se fue con otra, nos dejó.  Recuerdo a mi madre gritándole «¡Te olvidas de tu hijo! ¡No lo verás nunca más!». Su palabra se cumplió, mi padre no me vio más después de aquella noche; seguramente, cumpliendo la sentencia emitida por mi madre, también me olvidó.

Ella decidió por mí, vendió la casa, le dio la espalda a la ciudad donde murió mi abuela y vinimos a dar aquí, donde yo conocería a Diani, donde yo vería morir a mi madre; de donde huiría para encontrar a Carolina, allá en la ciudad.

La sentencia pronunciada por una mujer

Con Carolina viví años buenos. Tiene el mismo carácter de mi madre. Fue aquella tarde cuando me di cuenta del poder de las palabras pronunciadas por una mujer. Ella dijo «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho», como dijo mi madre «¡Te olvidas de tu hijo! ¡No lo verás nunca más!». Pensé en Diani. Sin embargo, en lo más profundo de mí, las palabras de mi madre hacían eco, no solo su sentencia a mi padre, ella también había dicho «Un día, hijo, estarás solo, no estaré para ti, debes ser fuerte», y sucedió, allí estaba yo, a tan solo minutos de quedarme solo; allí estaba yo, necesitando ser fuerte.

Diez años tardaron en cumplirse las palabras de mi madre, y me fue revelado el gran secreto: hay poder profético en la sentencia pronunciada por una mujer, y ni siquiera la sonrisa bonita de Diani Álvarez diciéndome «Es mentira, no engordas si bebes mucha agua mientas comes», pudo distraerme del miedo, porque yo no quería morir solo, sin nadie, insatisfecho.

Los años con Carolina, antes de su sentencia, fueron buenos. Intenté aferrarme a ellos las primeras semanas después del fin de nuestra relación. Ella se arrepentiría de sus palabras, se daría cuenta de su error. Me extrañaría, como yo a ella y su amor por el orden; me extrañaría, como yo a ella y su amor por las rutinas, eso pensé.

Llegaron los meses de constantes lamentos, cayó sobre mí la culpa, la frustración. Mi inseguridad se acentuó, terminé de abrazar la soledad, me refugié en proyectos destinados al abandono. Carolina nunca dejó de sonar en mi mente, pero aprendí a vivir con su voz airada, con su mirada de furia. Protegí su fantasma, ninguna mujer me quitaría el recuerdo, ninguna mujer amenazaría lo construido por ella y por mí, lo destruido por los dos. Durante dos años me mantuve fiel al recuerdo de Carolina. Ninguna mujer fue capaz de amenazar su recuerdo; ninguna mujer, excepto Diani Álvarez y sus caderas danzando al ritmo de Shakira.

No entré al local esa tarde.

No quería interrumpir el baile, aunque todavía no sé si realmente ocurrió. Diani Álvarez no cambió nada, era la misma adolescente. El paso de dos o tres vehículos hizo el efecto visual de una película avanzando a cortes violentos. Diani bailaba en el centro del local, de repente lo hacía junto al mostrador; luego desapareció, justo cuando Shakira apagaba su voz como si agonizase después de un orgasmo. Al rato se asomó de nuevo, apareciendo desde atrás de una puerta.

Me pareció verla mirándome, yo estaba del otro lado de la calle. Levanté mi mano en señal de un saludo, no fui correspondido. Quizás solo miraba hacia el vacío, mientras pensaba quién sabe en qué. Yo sí pensaba en ella. Por un instante pensé en cómo me veía saludando desde lejos a nadie, tal vez como un tonto. No quise mirar a los lados, no quise descubrir si alguien me veía como un tipo ridículo agitando la mano en señal de un hola no respondido. Como alguien no visto, ignorado, irreconocible ante los ojos de una Diani cuya adolescencia jamás se fue. La mía sí. Se fue con ella aquella tarde de julio.

La sentencia pronunciada por una mujer

Diani me esperó detrás del mural del Padre Rufino. Como todas las tardes, el Padre tenía sus lentes puestos y su sotana negra, o más bien pálida; se la pintarían unos meses después, y yo lloraría frente a él y su sotana recién pintada. «Todo ha sido lindo, Miguel», me dijo Diani. Con el pasar de los años, me avergonzaría del adjetivo con el cual ella definió nuestra relación, y querría olvidarla. No por resentimiento, simplemente por vergüenza. Pero no podría, porque  Diani Alvarez es inolvidable. No podría olvidar su sonrisa bonita y pícara, su mirada inocente, como si cargase el origen dentro de su alma; no podría olvidar su voz, cuyo sonido despertaba algo en mí, como un río descubriéndose de repente contenido en algún cause, y negándose a quedarse entre los límites.

«Todo ha sido lindo, Miguel», dijo Diani y yo no sospeché cómo acabaría aquella frase.

Los padres de Diani se divorciaban. Decidieron vender la casa del pueblo. La señora se quedaría con las hijas y se mudaría a la ciudad. La escuché contarme, «Pero todavía no te vas…», dije y ella me interrumpió, «…Es mejor dejarlo ya, ¿para qué posponer lo inevitable?».

Inevitable es recordarte, Diani Álvarez. Inevitable es recordar la tarde cuando llegué al pueblo malhumorado porque yo no quería vivir allí, pero mi madre insistió en huir. Fuiste la primera niña a quien vi en el pueblo. Inevitable es recordar tus ojos curiosos viendo el camión de mudanzas pasar frente a tu casa. Yo me quedé mirándote, tú seguiste el camión con tu mirada, el camión giró a la izquierda y ya no estabas. Inevitable es recordar la noche cuando te reconocí danzando en el escenario de la Plaza de las Banderas, donde te vería danzar cada 13 de junio. Inevitable es recordar aquella noche cuando, dos años después de la tarde de mi llegada al pueblo, me atreví a acercarme y tú disimulaste. No me reconociste, eso me hiciste creer, para confesarme, semanas después, «…Yo me quedé mirando el camión donde llegaste al pueblo».

«Algo podemos hacer…», dije y me interrumpió para repetir «Todo ha sido lindo, Miguel». Se negó a cualquier posibilidad, no perdía a su padre, quien se iba de su casa para vivir con otra mujer, perdía la fe en todo; y allí, frente al mural del Padre Rufino, un hombre de fe, Diani Álvarez mató mi fe.

Llegué a la ciudad con mi mirada cansada.

En el pueblo intenté encontrar a mi madre en cada rincón, con su pañuelo en la cabeza, con sus manos benditas arrugadas, con su sonrisa; antes de su muerte no noté su sonrisa.

Después de su muerte no pude encontrarla. La busqué, su sonrisa sonaba en mi mente, como deben sonar los fantasmas cuando aparecen, pero ella nunca apareció. Y dolía su sonrisa. Porque su ausencia se rellenó con los recuerdos de las noches cuando me asomaba a su habitación, antes de llegar a este pueblo, y la encontraba llorando. No me atreví a acercarme a ella esas noches, lo lamenté cuando no pude encontrarla más.

Con la muerte de mi madre, el pueblo se hizo denso. Quería encontrarla y no podía; deseaba al menos encontrar a Diani Álvarez para decirle cuánto me dolía mi madre y su sonrisa,  cuánto me arrepentía por la falta de coraje durante mi niñez, por no atreverme a cruzar la puerta de la habitación y abrazarla. Y la busqué a ella también, a Diani, detrás del mural. Recostando mi espalda sobre el retrato del Padre Rufino, la esperé algunos jueves a las dos de la tarde.

Un trece de junio me quedé mirando el escenario de la Plaza de las Banderas, deseé ver su cuerpo danzando, su mirada pícara, su sonrisa bonita, su cabello esparciéndose a todas direcciones con ritmo propio. Ella no apareció.

Lo supe esa tarde: debía huir, debía huir o moriría, debía huir para morir.

Mi mirada, cansada. Mi voluntad, derrotada. El sabor de la vida, amargo. La oscuridad, apropiada. El amanecer, inoportuno. Los sueños, indiferentes.

La ciudad me estorbaba tanto como el pueblo. Los recuerdos de Diani comenzaron a avergonzarme, los de mi madre me dolían. A Diani pude enterrarla, a mi madre jamás.

Y conocí a Carolina. En su sonrisa encontré a mi madre. Dejó de doler mi madre.

Ella le dio reposo a mi mirada, restauró mi voluntad; encontré otra vez el sabor dulce de la vida, el mismo sabor de los cepillados con los cuales mi madre y yo disimulamos haber olvidado a mi padre. La oscuridad continuó siendo apropiada, para disfrutarla con Carolina. Sus caricias me redimieron de las noches muy oscuras transcurridas en llantos y lamentos. El amanecer se volvió oportuno, para comenzar con ella un nuevo día, para reencontrarnos, redescubrirnos. Los sueños comenzaron a importar, apuntaron hacia el futuro; un futuro compartido, bonito, digno de cada amanecer.

La ciudad se hizo escenario de una gran historia, mi historia y la de Carolina, la chica de mi juventud, la chica de mi edad adulta, la chica de la víspera de mis treinta. Pero no la de mis treinta, porque ella creyó descubrir un mejor futuro sin mí, porque qué carajo iba a hacer con un hombre incapaz de culminar un solo proyecto en su vida, sí, «Dime, Miguel, qué carajo voy a hacer con un hombre incapaz de culminar un solo proyecto en su vida, qué carajo, Miguel…». Descubrió atormentador mi silencio, sí, «No me dices nada Miguel, no hablas conmigo». Descubrió la desventaja de tener a su lado a alguien cuyo carácter explota repentinamente, sí, «No entiendo tu carácter, Miguel, no entiendo tus cambios de humor, esos cambios inesperados, eres como diez hombres distintos, Miguel, eso pienso a veces». Y yo solo la miraba, la miraba sin ningún pensamiento al cual aferrarme, la miraba en silencio y entonces pronunció la sentencia, sí, « Morirás solo, sin nadie, insatisfecho». Y apareció Diani en mi memoria.

Fue mi rutina durante un año.

Al menos tres veces a la semana iba al Centro Cívico, caminaba por la calle Bolívar, me detenía unos minutos frente al local, del otro lado de la calle, y me quedaba observando a Diani Álvarez. Siempre en distintos horarios.

Ella llegaba a las siete de la mañana, entraba al local, se sentaba detrás del mostrador con su celular en las manos. A veces la veía reír, como si hubiese alguien junto a ella con quien compartía su risa. Luego se levantaba, le echaba un vistazo a los maniquís, les cambiaba alguna prenda y encendía el neón de Abierto.

Durante el mediodía no cerraba la tienda, el neón se mantenía encendido; Diani comía allí, atenta a la llegada de los clientes. Tomaba agua constantemente mientras comía, como queriendo todavía engordar. A veces sacaba el almuerzo del microondas, otras veces llegaba un Daewoo Cielo color verde, con aviso de Taxi, de donde bajaba un muchacho moreno de unos veinticinco años y le entregaba una pizza, o una hamburguesa de McDonald’s y un refresco, esto ocurría solo una o dos veces al mes.

Los lunes, miércoles y viernes, Diani se vestía deportiva, cerraba a las cinco de la tarde, una hora antes de lo anunciado en el horario grabado en el vidrio de la puerta, y se iba al gimnasio, a cien metros del local.

Nunca vi señales de un novio u esposo, de hijos o de sobrinos. Sus hermanas no aparecieron durante ese año, tampoco su madre o su padre. Parecía una chica solitaria, aunque feliz.

Durante ese año despertaron todos mis recuerdos. Alicia, la amiga con quien eventualmente me encontraba en el pueblo para dejar escapar mis lamentos después de la partida de Diani, y antes de la muerte de mi madre, me había dicho «Ella fue tu primer amor, incluso cuando aparentemente logres olvidarla, recordarás el primer beso, el primer obsequio, la primera discusión…». Sentencia cumplida.

Me quedaba parado frente al local, como si estuviese esperando a alguien; miraba el reloj eventualmente, como quien está desesperado y cansado de esperar.

Del otro lado de la calle recordé el primer beso, el primer obsequio, la primera discusión.

Después de reconocerla danzando en el escenario de la Plaza de las Banderas, la veía a cada instante en los pasillos del liceo. La perseguí con la mirada, la seguí otras veces. Finalmente, una mañana de julio, ella se detuvo y volteó hacia mí, me quedé paralizado, me sentí descubierto. Ella solo me sonrió, volvió a mirar hacia el frente y continuó caminando. Dos días después estábamos hablando solos en el salón durante el recreo. Fue ella quien me besó por primera vez.

Sus labios dulces. Su respiración quieta. Sus ojos cerrados. La pasión de una chica amante de la danza y el escenario. Sus manos tomando las mías y llevándolas a su cintura. Su sonrisa bonita después del beso, de los besos. Su voz, susurrándome al oído «Vamos a escaparnos hoy de Matemáticas» y yo afirmando con mi voz ahogada y mi respiración agitada.

«La feria de San Antonio también fue una idea del Padre Rufino», me dijo una tarde después de besarnos de espaldas al retrato del Padre, por primera vez me hice consciente del retrato y sentí vergüenza.

La sentencia pronunciada por una mujer

«Me gusta bailar salsa», me dijo otro día en el patio de su casa mientras sonaba Una fan enamorada, desde el equipo de su sala. Se levantó de la silla y comenzó a bailar, «Sueño con ir a un concierto de Servando y Florentino», dijo bailando. Ese día supe cuál sería mi primer obsequio para ella. Un mes después llegué al liceo con un cassette de Muchacho Solitario, el segundo álbum de estudio de los hermanos Primera.

La mañana cuando le entregué el cassette envuelto en papel de regalo, me quedé mirándola mientras lo destapaba. Su rostro se iluminó, miró hacia los lados y me abrazó. Quise vaciar su mirada en una botella y llevármela conmigo para siempre, envolver su sonrisa con los restos del papel rasgado por sus manos y conservarla. El obsequio me hizo merecedor de un abrazo y una sesión de besos; por supuesto, el Padre Rufino fue testigo.

Una semana después ocurrió nuestra primera discusión, llegué a su casa y me recibió con un abrazo, sentí temor porque su madre podría observarnos. Ella leyó el temor en mi cuerpo, «No seas tonto, mamá no está en casa». Unos minutos después estábamos en el patio, debajo de los naranjales, ella encendió su equipo de sonido y Florentino Primera comenzó a cantar, me extendió su mano, quería bailar conmigo, pero yo no sabía bailar, todavía no lo sé. No quise admitirlo, tan solo dije «No quiero bailar», ella se molestó, discutimos, me fui. Durante tres días no nos hablamos, me salvó un examen de Geografía, Diani me pasó su hoja de examen tan pronto la profesora Débora se descuidó y respondí sus preguntas.

Un año transcurrió y entonces me di cuenta, debía atravesar la puerta y pararme frente a ella, me reconocería, me abrazaría, reiríamos recordando.

Esperé hasta el 13 de junio.

Quería provocar nuestro encuentro de la manera más perfecta posible. De haber podido, habría puesto a sonar a Servando y Florentino en el local del otro lado de la calle. Así, cuando estuviese entrando, el canto de los hermanos Primera hubiera anunciado mi entrada. Tampoco pude esperar hasta las ocho de la noche, la hora acostumbrada para los números de danza el día de San Antonio en la feria del pueblo. El 13 de junio ella cerraría a las cinco de la tarde para ir al gimnasio.

Ese día me levanté temprano. Revisé las redes sociales. Llevaba un año siguiendo a Diani Álvarez en sus redes sociales. Busqué en YouTube las canciones de Fan enamorada y Muchacho solitario. Las hice sonar una y otra vez durante al menos tres horas, mientras revisaba el Facebook e Instagram.

Diani despertó a las cinco de la mañana producto de una pesadilla. Eso decía la leyenda de una fotografía capturando una extraña sombra producida por la luz de su mesita de noche. La foto la publicó en el Instagram, desde donde la compartió al Facebook. Vi la foto a las siete de la mañana, cuando ya tenía treinta y seis likes en Instagram y doce en Facebook. A las ocho publicó otra fotografía, “Estoy lista para la jornada, hoy trabajo y Gym”. Me pregunté si ella recordaría la feria de San Antonio. Sus redes sociales no daban señales de ello.

A las dos, un nudo se apretó en mi estómago. Mis piernas se paralizaron y me dificultaron dar los pasos proyectados por mi mente. Desde aquella tarde, cuando vi a Diani por primera vez, no pude cruzar la calle y caminar por el lado donde se encuentra su local. Me armé de valentía, miré el reloj y levanté mi mirada de nuevo. Diani Álvarez tomó el celular y apuntó a su rostro sonriente, disparó una selfie. Detuve la intención de cruzar la calle y saqué mi celular para mirar en sus redes sociales. “Hoy es un gran día, lo mejor siempre está por llegar”, decía la leyenda de la fotografía mostrando su rostro hermoso, su mirada bonita. La fotografía me retrasó una hora. Decidí caminar hacia La fuente, la heladería en el Centro Cívico. Me comí un helado. Me levanté decidido. Caminé por el lado donde está el local, y cuando me hice consciente mi mano izquierda abría la puerta y mi pie derecho entraba en el local.

Lo juro por Dios, escuché la voz de Servando gritando desde el otro lado de la calle, «…Imaginé que me amabas, más allá del mismo amor».

La puerta se cerró tras mis pasos. El sonido llamó la atención de una señora, una cliente, quien miró hacia atrás y me sonrió. El rostro de Diani Álvarez se asomó a un lado de la señora. Ese era mi momento, nuestro momento. Justo allí Diani abriría sus ojos sorprendida, como si encontrase el cassette de los hermanos Primera al rasgar el papel de regalo; correría hacia mí, me abrazaría, me daría un beso. La señora se quedaría asombrada, pero disfrutaría ser testigo del encuentro, incapaz de interrumpirnos se iría y más tarde le estaría contando lo sucedido a su esposo.

«Un segundo por favor, ya le atiendo», eso fue lo dicho por Diani.

Su voz, doce años después, todavía despertaba en mí como un río descubriéndose de repente contenido en algún cause, negándose a quedarse entre los límites. Ella seguía siendo aquella flaca lindísima, su rostro conservaba la adolescencia con la cual me enamoró. Y yo, yo no. Vi mi rostro reflejado en el espejo detrás del mostrador, no quedaban ni rastros de mi adolescencia.

Le di la espalda al mostrador, abrí la puerta de nuevo y salí del local.

No fue en ese instante cuando recordé la sentencia de Diani Álvarez.

Por un momento pensé en Carolina. No pensé en su sonrisa, donde encontré una vez más a mi madre. No pensé en los años buenos, pensé en aquella noche cuando, con sus ojos de fuego y el odio encendido en sus labios, me dijo «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho». Mi mano izquierda abría la puerta para salir. Hay un poder profético en la sentencia pronunciada por una mujer. Diani Álvarez no me salvaría de la sentencia de Carolina.

Regresé a casa derrotado.

Mi mente inquieta. Quería olvidarla de nuevo. La noche se asomó y con ella las palabras de Diani Álvarez, su sentencia, «Si bebes agua del Cardón, no olvidarás jamás este pueblo, volverás aquí».

No tenía escapatoria, debía volver al pueblo por mi cuenta o su sentencia me traería. Cinco meses han pasado. Aquí estoy. Frente a este arroyo. Frente al Cardón. No debí tomar de estas aguas ese día.

 

Por Gusmar Carleix Sosa Crespo | @gusmarsosa

*Este relato recibió mención honorífica en la XII edición del Premio de Cuentos Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores (2017).