De polo a polo

La primera vez que marché con el chavismo fue el primero de mayo de 2012. En octubre se celebrarían las elecciones presidenciales a las que, por tercera vez consecutiva, Chávez sería candidato.

No recuerdo por qué ese día en específico resolví salir, pero sí recuerdo una cosa: mi indecisión a la hora de elegir qué ropa usar. Me debatía entre una franela cómoda y la única camisa roja de mi clóset. Ganó la segunda opción: mi deseo de no desencajar en el rebaño era grande. Más tarde, una chama –chavista “desde siempre”– no dejaría pasar por alto la oportunidad de señalar lo forzado de mi elección.

Salí de casa sin dar muchas explicaciones, tampoco me las pidieron. Un suéter inmenso (que estorbó el resto del día, por supuesto) cubría y al mismo tiempo revelaba mis intenciones. Desde hacía meses mi inclinación política, contraria a la de mi madre y abuela, nos había distanciado. Me estorbaba, también, ser señalada por mis vecinos. Yo era una niña fresa, insegura hasta la médula, que temía ser tildada de chavista por los opositores y de adeca por sus nuevos camaradas.

Llegué sola al punto de concentración, en El Silencio. Los conocidos de la universidad me habían avisado por sms que estaban apostados del lado izquierdo de la tarima. El sonido de las cornetas era ensordecedor: no me costó demasiado encontrarlos.

Aquello era un espectáculo a toda mecha: había un dj, había un host, había cerveza. Viandas vaciadas de comida se esparcían por toda la acera y por el medio de la calle, como cuando en carnavales el bulevar de Sabana Grande se llena de papelillos. Solo que esta vez se trataba de anime y aluminio, cartón y servilletas. Plástico.

Desde la tarima, el animador me incomodaba con sus chistes homofóbicos en contra de Capriles Radonski, el contendiente del “Comandante Invicto”. Pero yo quería (¿necesitaba?) encajar, así que miré para otro lado. No podría decir cuánto tiempo estuve ahí, pero nunca me sentí amenazada. Todo aquello parecía una inmensa reunión familiar. Los ánimos de campaña preelectoral eran la verdadera razón para estar reunidos un primero de mayo, Día del trabajador.

Me gustaría mucho decir que mi chavismo duró poco, pero la verdad es que duró lo suficiente para llegar a votar por Maduro. Sí, me hizo ruido el aire monárquico con que Chávez señaló a su sucesor. No, no consideré seriamente abstenerme, o votar por Capriles. Sencillamente eso se salía de mi rango de pensamiento.

Haber apoyado la dictadura es algo que me llena de culpa y autodesprecio. De alguna manera me consuelo a mí misma recordándome que al menos no me he ido, que decidí quedarme aquí para asumir las consecuencias de mis antiguas convicciones. Luego me entra pánico y pienso que eventualmente no me quedará otra opción más que migrar, porque debo velar por la seguridad económica de mis viejas.

Muchísimas personas insisten en decirme que otros, más inteligentes y preparados, también cayeron en el dogmatismo chavista, seducidos por el discurso, por las ideas. Otros han sido más realistas y me han espetado que por culpa de gente como yo estamos donde estamos. Supongo que ambos argumentos llevan algo o mucho de razón. He aprendido a no defenderme contra los señalamientos, a aguantar lo que me toca, y seguir.

Asumí que ahora pertenezco al otro lado de la historia. Y que lo mínimo que puedo hacer –hacer y no solo decir o pensar– es salir a la calle cuando hay que hacerlo, en lugar de quedarme sentada en casa guarecida.

Soy lo bastante torpe (y fresa, ya lo dije) como para suponer que haría algo útil exponiéndome en primera fila, durante las manifestaciones a favor de la democracia. No sería capaz de patear una bomba lacrimógena, y quizá me tropezaría con una trenza de mis propios zapatos intentando correr. No me estoy excusando: es mi momento sincero. Yo lo que hago es ir, y estar. Asistir a la convocatoria, permanecer en la calle.

El primero de mayo de 2019 comenzó, en realidad, el 30 de abril. Serían eso de las 6:30 de la mañana cuando empecé a escuchar cacerolas y pitos. Entendí que algo estaba pasando. Aquello, en la acomodadita zona donde vivo, no es normal. Mi roommate, que creció en un piso 20 de un edificio en Los Teques y que vivió un tiempo en El Cementerio, ni se inmutó.

Encendimos los smartphones. Empezaron los sonidos de las notificaciones, uno tras otro. Una amiga, que además es mi tocaya y vive en Holanda, me llamó para instarme a no salir ese día. Mi roommate y yo nos montamos de una en el protocolo de abastecimiento, de manera apresurada, porque había alistarse y salir.

Esta vez no me detuve a dudar qué ropa debía usar: eran los zapatos de caminar qué jode, pantalones para tirarse al piso si hace falta, y sobre todo una pañoleta discreta pero práctica para cubrirse de los gases lacrimógenos. ¿Accesorios?: un aspersor con una solución concentrada de bicarbonato, porque, aunque sabes que no vas a estar en la primera fila contra las tanquetas, estarás expuesta a las bombas.

En Altamira estaba Guaidó. También Leopoldo López, nada menos que en su primera acción de calle después de su detención en el 2014. Si mi yo actual pudiese interceptarme en el 2012 para contarme aquello, me hubiese sorprendido más saber que alguna vez estaría a menos de diez metros de Leopoldo, que de verme viajar en el tiempo. Luego me reí para mis adentros: pensé que de ser un personaje de Avengers, sin duda sería Nébula.

Estaban montados sobre una camioneta, hablaban y sus voces apenas se expandían por unos megáfonos. Me quejé de no poder escucharlos y me ofusqué porque no tenían el sonido adecuado. “Qué clase de improvisación es esta”, me quejé en voz alta. Un chamo me escuchó y, con calma, me explicó que, desde hacía unos meses, funcionarios habían apresado a trabajadores de estas empresas que montan sonido y tarimas, y que se habían llevado (“robado”) cornetas: por eso ahora era tan complicado todo el tema logístico.

La gente comenzó a arengar a la masa para bajar a la autopista, donde estaban reprimiendo. Ninguno de los presentes estábamos enterados de algo, todos estábamos asumiendo. Me indigné cuando vi que la caravana de los líderes políticos emprendía esa dirección. Seguían improvisando, me dije. Luego entendí los motivos, y eran válidos. En ese momento lo que me ardía era pensar en las razones por las cuales no era inteligente tomar la autopista, donde no hay vías de escape, y la única opción ante una amenaza inminente es correr en sentido contrario.

Le comento a mi mate: “Date cuenta cómo a la oposición de base le falta pensamiento estratégico. No piensan la ciudad como un territorio. Y en eso el chavismo de base les lleva una morena”.

“Claro”, respondió. “Ellos [los chavistas] son militantes. Nosotros somos civiles y más nada. Al chavista lo adoctrinan… uno no quiere eso. Hay que hacer las cosas distinto si se quiere un país diferente. Sería caer en lo mismo, pensar que la solución es creernos soldados”.

“Toma eso, Mariana”, pensé.

“Coño, tienes razón”, alcancé decir. Y yo que creía que ya me había extirpado de todo aquello. No solo es el lastre de la culpa el que se carga encima. Después de eso, le bajé dos. Tocaba callarse un poco.

Nos quedamos buena parte del día en la calle, entre Chacao y Altamira. Suficiente para observar cuánto tiempo lograron los manifestantes soportar los embates de los represores abajo en la Fajardo, para ver cómo una tanqueta obligaba a la marcha de la Francisco de Miranda a retroceder.

Aquello, definitivamente, no era una fiesta. Había esperanza, sí. Pero nadie estaba refrescándose del sol del mediodía a punta de cerveza, al menos no de manera abierta y descarada. Aunque, hay que decirlo: también se gritaban improperios contra Maduro. Solo que nadie se reía de eso. El coro de la mentada de madre les venía desde la más pura rabia. Tal vez un poco desde la impotencia del que se alivia insultando el aire, queriendo hacerlo contra una cara.

 

Al día siguiente seguía siendo primero de mayo. Funcionaba el Metro esta vez, lo que de alguna manera nos desanimó un poco. Pero cuando salimos a la Plaza Francia, la multitud –al menos cinco veces más gente que el día anterior– nos hizo sonreír. Una señora, con las mejillas sonrosadas, nos dijo que venía desde La California. Que ahí había estado Guaidó, quien estuvo al menos una hora hablándoles.

Otro amigo tenía noticias menos alentadoras: a la altura de la Universidad Bolivariana, un piquete de la Guardia había impedido que la marcha que venía desde Los Chaguaramos, Santa Mónica y la Av. Victoria avanzara. Era una verdadera lástima: para la marcha del 23 de enero –en la que Guaidó se juramentó como presidente encargado–, la cantidad de personas que lograron llegar desde esa dirección era impactante. Recuerdo que tuve la suerte de verlos acercarse desde la autopista, subiendo por la Av. Principal de El Rosal.

Toda decisión política deja saldos positivos y negativos. El elemento sorpresa supuso que el día anterior fuéramos menos, pero aguantáramos más. Este miércoles primero de mayo, éramos muchos, pero la facción prodictadura estaba advertida ya de las movilizaciones: arremetió con todo. Y “todo” en este caso significa plomo, motorizados con parrilleros vestidos de civiles que andan armados. La gente suele referirse a este tipo de sujetos, inmediatamente, como “los colectivos”. Pueden ser cualquier cosa, da lo mismo. Sencillamente es la palabra que usas cuando quieres ser enfático y sintetizar: corre que vienen disparando y no creen en nadie.

Quienes traían el mensaje de alerta eran los chamos que suelen (ex)ponerse al frente, cara a cara contra los funcionarios. Me acerqué a uno que no tendría más de 19 años. “¿Vienes de la Fajardo?”, pregunté. El chamo se encontró con mi mirada fija y atenta. Explicó: “Ya no queda nadie allá abajo. Nos replegaron, a todos. Nos dispararon”. “¿Balines?”, pregunté con ingenuidad y ahí perdí su atención. Peló los ojos: “¡Nooo! Balas, plomo”.

La camioneta de los paramédicos de la Cruz Verde pasó, tocando corneta. La mujer que venía de copiloto hizo señales para que subiéramos. Nos urgía a que nos resguardáramos. Con rabia, escupiendo al piso la frustración, obedecí. Miraba hacia atrás cada tanto. La imagen de la plaza comenzó a perderse entre los árboles de La Castellana. Emprendimos el camino de regreso.

Cuando llegamos a la boca de la Av. Los Mangos con Av. Libertador, nos topamos de frente con un cerco de Guardias que cargaban antimotines, máscaras y estaban armados. En ese escenario, cruzar la calle o irte por otro lado es más idiota que seguir caminando como si nada. Atravesamos el cerco. Sus miradas se posaron alternativamente en los bolsos, en mi pañoleta. Nosotros nos limitamos a comentar en voz alta y con naturalidad qué bonita sería una final de Champions Ajax vs. Barcelona. Respiramos aliviados y permanecimos en silencio una vez que la Libertador nos abrió paso.

 

Es curioso: el chavismo me presentó ese espectro que es la paranoia de la amenaza permanente, pero nunca sentí tan real la existencia de un enemigo dispuesto a aniquilar como el 30 de abril y el primero de mayo.

Siete años me separan de aquel primer momento, de aquella primera marcha con el chavismo. Se siente como una vida entera. No creo que se trate de un paralelismo, como si fuera un comienzo que se repite desde un lugar y un momento distinto. Me gusta pensar que es más como la vuelta de un bucle que se acerca a sí mismo, sin tocarse. Solamente para avanzar.

 

Por Mariana Mercedes

Bienvenido a la feria de la persistencia

Parte de mi rutina diaria consiste en comprar pan para mi papá de 77 años, que lo devora como si se le fuera la vida en ello. Después de una mañana de primero de mayo con dolor de garganta, probable secuela de un 30 de abril sin mucho acero en los nervios, al mediodía consigo tres panes campesinos sin hacer cola en una callejuela escondida de La Candelaria. Con ese estorbo encima entro al Metro para ver si colecciono un nuevo discurso en vivo de Juan Guaidó. En las redes dicen que el presidente (e) va a hablar en la Plaza Altamira. El centro de la capital venezolana, mientras tanto, parece normal, excepto porque casi todo está cerrado.

Es un primero de mayo extraño. El día anterior hubo una sublevación militar, o algo que pretendió serlo, y sin embargo puedo bajarme del Metro a las 2:30 pm en la estación de Altamira, cerca del epicentro del levantamiento, algo tan cómodo para mí como inquietante. El desvencijado subterráneo de Caracas es un termómetro del nivel de riesgo político que concede el régimen a una manifestación demócrata; y si Altamira está abierta, quizás equivale a decir que la dictadura no ve hoy peligro alguno en esa concetración.

Uno de los líderes civiles de la rebelión de ayer, Leopoldo López, amaneció libre por primera vez en cinco años después de fugarse de su arresto domiciliario. Al comienzo del día martes, las canas en las sienes de López eran un síntoma de la cercanía de la libertad. Al caer la tarde, de su lejanía: pidió refugio primero en la embajada de Chile y luego en la de España. Las embajadas son como los portales del Doctor Strange: se supone que entras a ellas y estás mágicamente en otro país. Pero en realidad sigues en el lugar de la recesión económica más catastrófica del mundo desde la Libia en guerra civil de de 2014. Y nunca lo he intentado, pero se supone que no cualquiera de nosotros puede brincar una reja electrificada y pedir asilo en un pedacito del mundo exterior.

Altamira hoy está hasta los tequeteques, o al menos es la sensación térmica que da. Son las dos de la tarde y hay dos camiones como tarimas improvisadas en medio de la multitud, uno de ellos coronado de viriles fotógrafos vestidos como Robocops, señal de que va a hablar Guaidó, que también sigue libre después de ayer.

Lo primero que hago, en estos casos, es pensar en sitios en los que puedo protegerme ante una posible estampida. En realidad la gente se empieza a granear. Guaidó todavía no ha llegado y muchos se retiran al Metro, con cara de decepcionados. “Que nos digan si va a venir”, exige una mujer. Otros se acercan al borde de la autopista, al sur de la Plaza Altamira, donde han comenzado las escaramuzas con fuerzas de represión y las nubes de gas lacrimógeno distorsionan la vista en lontananza. Algunos lucen cintas azules en los brazos, una moda que quizás impongan los pocos militares de la Guardia Nacional que ayer respaldaron al presidente legítimo: 25 terminaron huyendo de torturas casi garantizadas y se refugiaron en otra embajada, la de Brasil.

Por momentos tengo la ilusión fantástica de que estoy en una feria de atracciones. En un momento dado, no precisamente quienes más gente congregan, se dirigen al público un puñado de diputados con megáfonos. Solo reconozco a Manuela Bolívar y su máscara permanente de mortificación, de estar dando 150% por una causa. Un compañero de tarima asegura que “a la usurpación le quedan días” y los oyentes chillan mecánicamente. Hay billetes de 100 bolívares fuertes regados como papelillos. Una chica desenrolla un dólar para pagar tres raspaítos. Como a las 3:15 pm, mal presagio: los diputados abandonan abruptamente la tarima y recordamos que esta en realidad es un camión que tiene un chofer, quien toca cornetazos a los atravesados para retirarse. Nadie lo dice, pero todos lo adivinamos: Guaidó ya no va a hablar en Altamira. ¿Lo habrán metido preso?

No, rato después me entero de que horas antes estuvo en El Marqués.

Una mujer materializa el sentimiento de orfandad en palabras: “Guaidó se va. Nosotros nos quedamos”.

 

Es otro de tantos días en Altamira, donde suelen encontrarse siempre los caraqueños demócratas incluso después de cada enésima frustración durante estos 20 años de involución. Aquí, el 16 de agosto de 2004, los antepasados de lo que luego llamaríamos “colectivos” asesinaron a Maritza Ron, el lunes siguiente a la victoria de Hugo Chávez en un referéndum revocatorio (59% contra 40%), un momento en el que parecía prácticamente imposible desalojarle del poder.

 

No tengo máscara antigás, vinagre o Maalox, solo una bolsa con tres panes y unas hojas de papel de reciclaje que activan el recelo y la curiosidad que despertamos hoy en Venezuela todos los que tomamos notas, pero no puedo evitar la tentación de acercarme lo más posible a la más morbosa de las “atracciones”: la batalla sin sentido y perdida de antemano, como la del toro contra el torero, entre profesionales de la represión y civiles con piedras. “Vamos al sandungueo”, sonríe un chamo de clase media, y me le pego atrás. Las tanquetas antidisturbios a lo lejos, quizás las mismas que ayer arrollaron a civiles como Luis Aguilera, me hacen pensar en los transportes bípedos AT-ST de Star Wars.

 

No son solo chamos: hombres de tercera edad, niños y gente con aspecto de indigencia se unen a la inútil refriega contra las tanquetas como si se les fuera la vida en ello, de la misma manera que mi anciano padre mordisqueando su pan. Como si de reventar un vidrio al blindado dependiera el cese de la usurpación. Alguna máscara de Iron Man, alguna franela de Hulk, algún escudo del Capitán América y, si me hubiera quedado más tiempo, seguro veo el martillo de Thor. Me cuesta distinguir las detonaciones lejanas de las percusiones cercanas. Como Pedro Picapiedra en la cantera de Piedradura, algunos destruyen maquinalmente trozos de aceras, alcantarillas, vallas de comercios y de edificios y lo poco que va quedando de ciudad para fabricar munición: llego a pensar que podría estar en riesgo la Virgen, en refulgente dorado que nos vigila al sur de la Plaza, que por lo visto nos ha dejado de proteger hace rato.

 

Cada tantos minutos, corridas y gritos que nos aconsejan que no corramos. Cada tantos minutos, aplausos para algún noqueado que vuelve a la pelea después de ser atendido por los enfermeros voluntarios. Cada tantos minutos, sirenas de rústicos con banderas de cruces que arrancan hacia la clínica El Ávila: muy probablemente, heridos de bala, ya no de perdigones. Cada tantos minutos, un vendedor de relucientes chucherías que sale más barato traer de Colombia porque ya no se producen aquí: “Llévate las Oreo que le gustan a Guaidó, el que se come una se come las dos”.

 

Ráfagas en mi dirección. Estampidas. “Eso es FAL”, especula un experto espontáneo. Me retiro hacia Chacao a las 4:00 pm –justo antes de que empiece lo peor de la represión, según me entero después– y solo entonces el gas me irrita las mucosas. Ya los altavoces del Metro anuncian que “la estación de Altamira no presta servicio comercial”: en realidad ninguna estación lo presta, pues ya el Metro no cobra pasaje.

Me despido preocupado de lo que he percibido como una gran feria de la desolación, en la que cunde como candela en gamelote seco el descreimiento en salidas pacíficas y democráticas. Al mismo tiempo, no deja de ser admirable que persista tanta resistencia. Que nos levantemos de nuevo un primero de mayo después de un 30 de abril en el que se saboreó de nuevo la decepción, tras el globo de ensayo de una ilusión forzosamente anclada con piedras.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia

Dolor país, las protestas de 2017 y sus secuelas

Venezuela fue sacudida en 2017 por un nuevo ciclo de protestas ciudadanas que duró cuatro meses y dejó un amplio saldo de personas fallecidas, heridos y presos políticos. Al final, este movimiento se agotó sin una clara resolución de la crisis política y económica que padece el país. Hoy se observa un incremento del autoritarismo, de la militarización y de la crisis, pero al mismo tiempo se percibe un creciente descrédito opositor. Tanto la Asamblea Nacional como la Asamblea Nacional Constituyente son instituciones desprestigiadas. Y todo apunta a una convivencia cada vez más precaria, con una población cada vez más vulnerable y sin salidas a la vista.

El 27 y 29 de marzo de 2017 la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia emitió las sentencias 155 y 156 que, entre otras cosas, declararon a la Asamblea Nacional en desacato, retiró la inmunidad parlamentaria y ordenó que, “mientras persista la situación de desacato”, esa misma sala ejercería las competencias parlamentarias. Acciones que fueron evaluadas tanto dentro del país como a nivel internacional, particularmente a través de la OEA y el alto comisionado de las Naciones Unidas, como un golpe de estado judicial o un “autogolpe”. Las sentencias eran parte del enfrentamiento entre la Asamblea Nacional, como único poder bajo el control de la oposición política, elegida a través del voto popular en 2015 y el resto de las instituciones del Estado bajo el control del chavismo. Sin embargo, al día siguiente, de manera sorpresiva, la Fiscal General de la República, Luisa Ortega Díaz, otrora aliada del Gobierno, se declaró en contra de ambas sentencias por representar “una ruptura del orden constitucional”, develando una fisura importante dentro del poder gubernamental.

Las sentencias condujeron a protestas a partir del 30 de marzo, a pesar de que Maduro ofreció mediar en lo que denominó como “un impasse”, convocando al Consejo de Defensa. Al día siguiente, 1 de abril, el Tribunal Supremo emitió en su página de Internet una nota “suprimiendo” los contenidos de las sentencias 155 y 156 referidos a la inmunidad parlamentaria y a la adjudicación a la sala constitucional de las competencias parlamentarias, como respuesta al exhorto de ese Consejo.

El 30 de marzo se produjeron manifestaciones de grupos estudiantiles frente al Tribunal Supremo de Justicia, junto a parlamentarios de oposición que llegaron a escaramuzas con la Guardia Nacional Bolivariana, lo que condujo a un ciclo de protestas que duró cuatro meses.

Dolor país, las protestas de 2017 y sus secuelas

Antecedentes

Para comprender el estallido en la calle es crucial entender las tensiones políticas heredadas del año anterior. En el 2016 la oposición, representada por la Mesa de Unidad Democrática (MUD) que para el momento reunía a 19 partidos políticos, luego de un debate más o menos amplio, se decantó por presionar para la realización del referéndum revocatorio, que según establece la Constitución permite solicitar la revocatoria del presidente, pasada la mitad de su período de ejercicio. De hacerse la consulta la salida de Maduro lucía inminente, dado que su rechazo según las encuestas de opinión rondaba el 80%[1]. El referéndum fue dilatado con múltiples argucias por el Gobierno en sus distintas fases. Lo que impulsó a la oposición a convocar protestas masivas.

El 21 de septiembre el Consejo Nacional Electoral finalmente aprobó la recolección de firmas para la activación definitiva del Referéndum. A esa recolección de firmas el CNE le haría luego una auditoría, lo que conduciría a que, según declaraciones de la Presidenta del Consejo, se realizara el referéndum definitivo a comienzos de 2017. La oposición accedió asistir a la recolección de las firmas bajo protesta por las condiciones que consideraron inconstitucionales. Sin embargo, ni siquiera se llegó a esa recolección de firmas ya que, el 20 de octubre, cuatro tribunales estatales suspendieron el proceso.

La medida avivó aún más las protestas callejeras, entre las cuales el 26 de octubre se convocó a la Gran Toma de Venezuela reportada, por los medios internacionales, como una manifestación de “cientos de miles” de personas[2]. Esa marcha dejó a un fallecido y más de un centenar de heridos y detenidos.

El mismo día que los tribunales suspendieron el revocatorio, Maduro salió de manera sorpresiva a una gira que culminó con una visita al Vaticano. Allí el Gobierno solicitó al papa que fungiera, junto a los ex presidentes de España, Panamá y Santo Domingo, como mediador en una nueva ronda de diálogo con la oposición. Oferta que fue aceptada por la oposición, a pesar de un fuerte escepticismo. Para arrancar el diálogo, la oposición concedió suspender la marcha que se había convocado al palacio presidencial de Miraflores para el 2 de noviembre, lo que condujo a la desmovilización ciudadana que había comenzado a cobrar fuerza.

A las pocas semanas ya el Vaticano expresó dudas sobre la voluntad del Gobierno de cumplir las promesas hechas en el diálogo y para mitad de enero de 2017 ya se había retirado del mismo. Lo que dejó a la oposición con las manos vacías. La opinión pública declaró a Maduro victorioso al haber logrado mantenerse en el poder evitando el referéndum revocatorio y desmovilizado las protestas en la calle.

Todos estos hechos acrecentaron el escepticismo en la posibilidad de salidas negociadas o electorales, así como la desconfianza tanto en el Gobierno como en la oposición. Este recelo quedó evidenciado, por ejemplo, con la encuesta LAPOP, de la Universidad de Vanderbilt, que levantó datos en Venezuela entre octubre de 2016 y enero de 2017. Dicha encuesta encontró, entre otras cosas, las percepciones más negativas de la economía del país en diez años con un 90% de las personas respondiendo que la situación había empeorado, 66% de la población opinando que Maduro debió haber dejado la presidencia por vía de la renuncia o el referéndum revocatorio, así como la satisfacción más baja con la democracia reportada por la encuesta en diez años, ubicándose apenas en un 26,5% de los encuestados[3].

Todo esto corrió paralelo a una situación económica cada vez más apremiante. Ante la falta de datos emitidos por el Banco Central de Venezuela, la Asamblea Nacional calculó la inflación anualizada hasta marzo de 2017 en 65,5%.

Las protestas de 2017

El primero de abril de 2017, la MUD volvió a convocar una marcha, luego de cinco meses de las realizadas el año anterior. El rechazo a las sentencias del Tribunal Supremo fue, en esta ocasión, el disparador. Los diputados, sobre todos los más jóvenes, aparecieron liderando la movilización en las calles. La generación que surgió dentro del movimiento estudiantil en 2007 a raíz del cierre arbitrario del canal de televisión RCTV, diez años después fue protagónica en la calle a través de jóvenes políticos como Freddy Guevara, Miguel Pizarro, Roberto Patiño, David Smolansky y Manuela Bolívar, entre otros.

La marcha se dirigió a las Defensoría del Pueblo exigiéndole al defensor, Tarek William Saab, un pronunciamiento en torno a los hechos recientes. En varios tramos se encontraron con barricadas de la Guardia Nacional y la Policía Bolivariana, siendo finalmente dispersados con gas pimienta y perdigones. A partir del 4 de abril las protestas comenzaron a convocarse a diario con escaramuzas cada vez más intensas, llegando al asesinato, el 6 de abril, de Jairo Ortiz, de 19 años, quien fue asesinado de un disparo en el pecho realizado por un Policía Nacional Bolivariano[4]. Esto ocurrió mientras el joven protestaba. Las imágenes de represión fueron contagiando la indignación y se reprodujeron las protestas a lo largo del país. Las redes sociales jugaron un papel relevante registrando y transmitiendo muchos de los abusos cometidos por las fuerzas de seguridad, que, además de reprimir dentro de las normas establecidas, fueron captadas cometiendo actos vandálicos, robando a manifestantes y asesinando con disparos a corta distancia.

El 18 de abril Maduro ordenó la aplicación del Plan Estratégico Cívico-Militar Zamora, que entre otras cosas implica “un despliegue de fuerzas militares, fuerzas milicianas y fuerzas populares”[5]. Lo que, dicho de otra manera, oficializó la incorporación de grupos armados paraestatales a la represión. De manera reiterada se observó el uso de “colectivos” armados, o grupos de civiles aliados al chavismo para intimidar a la oposición.

La oposición declaró a través de sus liderazgos que se mantendría en la calle hasta restablecer el orden constitucional, abrir un canal humanitario para atender a la crisis y liberar a todos los presos políticos. Las protestas fueron continuas durante cuatro meses hasta los primeros días de agosto. La Fiscal General contabilizó que en ese tiempo se produjeron 121 muertes y casi 2000 heridos. Fuentes periodísticas, haciendo seguimiento de los reportajes colocaron la cifra más bien en 157 asesinatos[6]. Lo cual hablaría de casi dos personas asesinadas por día. En realidad la letalidad de la represión fue incrementándose con el paso del tiempo llegando a días como el 30 de julio, en que se reportaron 12 asesinatos en distintas circunstancias. Asimismo la ONG Foro Penal contabilizó 5.092 arrestos de los cuales 1.325 personas permanecían en prisión a comienzos de agosto de 2017.

Como movimiento colectivo, las movilizaciones y este ciclo de protestas presentan muchas aristas. Una a destacar es la masiva participación de la población juvenil, reflejada en el saldo lamentable de 77 de los asesinados que tenían 25 años o menos, y por lo menos 11 de los cuales eran menores de edad[7],[8]. Los jóvenes desarrollaron sus propios códigos y, en última instancia, sus propias lógicas de participación.

En la Plaza Altamira, pude observar muchas de esas protestas a lo largo de los meses. Fue evidente el cruce de distintas perspectivas y el contagio emotivo que en un principio impulsó la dimensión y la intensidad de las protestas en el país. En la plaza se observó la variedad de movimientos: estudiantes universitarios, representantes de los partidos políticos, organizaciones civiles, una gran masa anónima, que incluyó a muchos jóvenes que fueron generando toda una indumentaria de protesta con máscaras de gas, escudos de madera pintados y bombas caseras.

Manuel Llorens

La ciudadanía en general dio pie a múltiples expresiones distintas que se conjugaron en la calle. Movimientos como el Laboratorio Ciudadano de Protesta No-Violenta intentaron servir de plataforma para coordinar e impulsar distintas expresiones. Aparecieron protestas creativas como Dale Letra usando pancartas y consignas originales que intentaban llegar al comienzo de las marchas; “Canta el Pueblo” y “Las Piloneras”, usaron canciones para darle voz al reclamo. Los músicos, muchos de ellos miembros del Sistema de Orquestas Juveniles, tantas veces utilizado por el Gobierno como emblema, participaron activamente con sus instrumentos, convirtiéndose tanto en víctimas como en símbolos de resistencia. La muerte de un joven violinista de diecisiete años, miembro del Sistema, llevó a que el Director de Orquestas de fama mundial, Gustavo Dudamel, quien aparecía a menudo en actos oficiales, declarara su rechazo a la represión.

Muchas esferas de la sociedad se sumaron al reclamo. Por ejemplo, los deportistas, que en general han sido de los sectores menos involucrados en el conflicto político, reprodujeron videos con proclamas contra el Gobierno. En el fútbol, los jugadores de varios equipos profesionales solicitaron permiso para hacer un minuto de silencio en honor a los caídos, pero la petición fue rechazada por la Federación Venezolana de Fútbol. En respuesta, los jugadores se pusieron de acuerdo entre ellos decidiendo que, aunque el árbitro pitara el inicio del partido, se mantendrían inmóviles, imponiendo la protesta a pesar de las presiones de los dueños de equipo, la Federación y el canal de televisión, en una modalidad original de desobediencia civil[9].

El hijo del Defensor del Pueblo publicó un video declarándose opositor al Gobierno y reclamándole al padre la represión contra las protestas y los dos asesinatos del día anterior, diciendo “pude haber sido yo”, lo cual condujo a expresiones similares de familiares de gobernantes. Médicos y estudiantes de medicina se organizaron en lo que llamaron la “Cruz Verde”, ofreciendo auxilio a los heridos durante las marchas[10].

En paralelo también se fueron conformando grupos de protesta violenta. En las marchas eran evidentes distintos grupos de diez a quince jóvenes encapuchados que se llamaban a sí mismos “guerreros” y que iban a la cabeza de la marcha dispuestos a devolver las bombas lacrimógenas y lanzarles piedras y bombas molotovs a la Guardia. Paulatinamente este grupo heterogéneo de jóvenes sin rostro se fue identificando como la llamada “Resistencia”. En entrevistas concedidas a medios internacionales se identificaron como estudiantes universitarios algunos, trabajadores otros, conectados a través de las redes sociales, en anonimato para no ser perseguidos por el Gobierno, opositores al mismo, pero cada vez más en desacuerdo tanto con los políticos de la oposición como con las expresiones de protesta no-violenta[11],[12].

En medio de las tensiones entre los que argumentaban a favor de la protesta pacífica y los que argumentaban lo contrario, el 27 de junio un funcionario de la policía científica robó un helicóptero, sobrevoló el Tribunal Supremo de Justicia y lanzó una granada, además de enviar un video llamando a la rebelión. El policía, Oscar Pérez, logró escapar y a los días apareció de imprevisto en una marcha. El llamado de Pérez no tuvo mayor eco dentro de las Fuerzas Armadas y fue difícil de interpretar para la mayoría de la población que desconfió de la autenticidad del gesto. Meses después, en enero de 2018, su asesinato por parte de las fuerzas de seguridad del Estado evidenció que Oscar Pérez apeló a un grupo de la llamada resistencia, que juntaron esfuerzos para intentar una insurrección violenta contra el Gobierno.

Esta heterogeneidad efervescente que en principio fue contagiosa, paulatinamente evidenció la ausencia de un liderazgo opositor claro que pudiese canalizarla. La coalición de partidos en la MUD, liderados principalmente por Primero Justicia donde milita Hernrique Capriles, Voluntad Popular liderado por Leopoldo López, Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo, tuvo graves dificultades para articular una estrategia coordinada. A pesar de que en las primeras convocatorias se vio de manera significativa el liderazgo de políticos de la oposición y que la represión gubernamental generó una indignación que multiplicó las protestas, en el camino, especialistas advirtieron que las mismas se fueron “anarquizando”, aumentó la violencia y el liderazgo opositor perdió fuerza para conducirlas[13].

La MUD, que había logrado un éxito importante en las elecciones legislativas de 2015, bajo la presión de las protestas, se resquebrajó. Intentando canalizar el malestar hacia manifestaciones cívicas, en varias ocasiones líderes de la oposición dieron mensajes contradictorios sobre los mecanismos y las horas de protestas convocadas. Además la presión de los mismos manifestantes en la calle a menudo condujo las protestas en direcciones distintas, rebelándose a los mensajes de los políticos.

Mientras eso ocurría en las calles, multitud de eventos políticos fueron ocurriendo que influyeron en el curso final. El 27 de abril el Gobierno comunicó su retiro de la Organización de Estados Americanos. El primero de mayo Maduro solicitó la realización de unas elecciones para formar una Asamblea Nacional Constituyente (ANC) con facultades plenipotenciarios para redactar una nueva Constitución y se fijó la fecha de la elección para el 30 de julio.

Protestas

El conflicto entre el Tribunal Supremo y la Fiscalía continuó. El 27 de junio el Tribunal Supremo de Justicia le otorgó al Defensor del Pueblo competencias de la Fiscalía y el 4 de julio, el mismo tribunal pasó por encima de la Asamblea Nacional designando una nueva Vice-Fiscal. Evidentemente rechazada dentro de la institución, en un episodio rocambolesco, intentó tomar el cargo ingresando escondida en la maleta de un auto a la sede del instituto, siendo descubierta y desalojada. El 5 de julio, grupos chavistas armados irrumpieron en la Asamblea Nacional e hirieron a varios parlamentarios. Grabaciones de las comunicaciones entre los grupos de choque y la Guardia Nacional encargada de custodiar el palacio legislativo evidenciaron la coordinación entre ambos grupos[14].

El 8 de julio, Leopoldo López, el preso político más reconocido, condenado a catorce años de cárcel luego de las protestas de 2014, fue sorpresivamente enviado a su casa a un régimen de casa por cárcel, disparando todo tipo de rumores sobre negociaciones entre el Gobierno y la oposición.

Pero fue la elección e instalación de la ANC la que marcó de manera definitiva el curso de las protestas. La MUD rechazó participar en esas elecciones reclamando que el presidente no tiene la facultad de convocarla y las reglas de la votación contravenían el principio democrático de que a cada persona le corresponde un voto, al organizar una elección “sectorial y territorial”. Como expresión de rechazo la MUD realizó su propio referendo sin concurso del Consejo Nacional Electoral, el 17 de julio, preguntándole al país si rechazaba la convocatoria a la ANC, reportando que lograron más de siete millones de votantes.

Nada detuvo, sin embargo, la iniciativa del Gobierno. El 30 de julio llevaron a cabo las elecciones y el 4 de agosto instalaron la ANC. El Gobierno afirmó haber superado los ocho millones de votantes, a pesar de que el mundo entero lo declaró un fraude, incluyendo la misma empresa encargada de contabilizar los votos[15]. A pesar del fraude, la reacción de la oposición fue desarticulada y débil. El Gobierno convocó inmediatamente a nuevas elecciones regionales y estatales lo que generó un nuevo debate entre participar o no. El mismo día en que se denunció el fraude, el presidente del partido Acción Democrática, sin consultar con los otros partidos, anunció que ellos irían a esas elecciones.

La elección de la ANC desinfló definitivamente las protestas. Tanto estas como la presión internacional no lograron evitar su instalación, como se había prometido. La fractura dentro del chavismo que se pretendió impulsar con las protestas a partir de la separación de la Fiscal tampoco sucedió[16]. En cambio la MUD acabó seriamente herida y en desbandada. El 8 de agosto Maria Corina Machado, una de las líderes más críticas, y su partido anunciaron su retiro de la Unidad.

Consecuencias

Los meses de conflicto dejaron un saldo doloroso para el país lleno de duelos por pérdidas de personas queridas, más presos políticos, agudización de la fractura entre las partes, pérdida de esperanza en salidas de la crisis, mayor presencia militar, así como la imposición a la fuerza de una instancia plenipotenciaria en teoría pero sin legitimidad en la práctica.

El chavismo logró sobrevivir con el poder, con fracturas menores (como lo fue la separación de la fiscal, junto a una ex defensora del pueblo y dos diputados, quienes se pronunciaron de manera pública contra la ANC). Los rumores sobre tensiones internas abundan pero solo se han evidenciado en cruces de órdenes contradictorias en algunos eventos públicos. De manera visible, la separación de la fiscal vino antecedida por órdenes de excarcelación emitidas por este organismo que los cuerpos policiales se negaron a cumplir, en algunos casos durante meses. Asimismo, llamó la atención que la suspensión del Referendo Revocatorio de 2016 lo hicieran tribunales estatales en estados dirigidos por ex militares (y no el Tribunal Supremo de Justicia), luego de que el Consejo Nacional Electoral hubiese fijado la fecha. Finalmente, en el operativo para arrestar al disidente Óscar Pérez y su grupo, se grabaron videos y audios que evidenciaron pugnas en la toma de decisiones, de manera notoria, entre cuerpos policiales y militares. Otra muestra visible de la lucha interna surgió en noviembre cuando el embajador de Venezuela ante la ONU, Rafael Ramírez, otrora cercano a Chávez y ex presidente de PDVSA, fue destituido y posteriormente acusado de corrupción junto a un grupo cercano de colaboradores.

Ante la fragmentación interna, unida a la pérdida de apoyo popular y la fuerte crisis económica, la militarización y la represión ha ganado cada vez más terreno. Para el 2016 las Fuerzas Armadas habían más que duplicado su número de efectivos en comparación con el 2012; el porcentaje del PIB dedicado a la defensa era más del doble de lo asignado en todos los demás países latinoamericanos salvo Cuba[17]; y la presencia de militares retirados o activos en el gabinete pasó de aproximadamente del 20% en 2013 al 40% en 2018[18].

Dolor país, las protestas de 2017 y sus secuelas

Quizás la consecuencia más visible en la población es la generalizada pérdida de confianza. Las encuestas tanto nacionales como internacionales ya evidenciaban los niveles más bajos de confianza en las instituciones para el año 2015[19],[20]. A eso se le suman niveles muy altos de desconfianza interpersonal. Se ha perdido la fe en representantes, instituciones y en el colectivo. Una muestra relevante de la desconfianza generalizada es la lucha interna y el desmembramiento de la misma oposición. Sectores de la población acusan a los políticos opositores de traicionar a los manifestantes que murieron en las calles. En la medida en que se acumulan muertes en los movimientos sociales, una parte de los afectados vive como traición la posibilidad de cualquier salida negociada[21]. Si bien la popularidad del Gobierno ha continuado en caída, el apoyo a la MUD no ha incrementado. Para diciembre de 2017, en una encuesta nacional, un 61% de la población evaluaba su gestión como mala. Esa misma encuesta[22] encontró que el 57% de la población evaluaba como negativa la gestión de la Asamblea Nacional, mientras que el 74% evaluaba como negativa la gestión de la Asamblea Nacional Constituyente. De manera que somos un país con dos asambleas, el lugar donde supuestamente se da el debate para concretar los grandes consensos, ambas, sin credibilidad.

En resumen, hay poca fe en salidas negociadas o democráticas. Opciones como las mesas de diálogo instalada en República Dominicana, con mediadores internacionales, han sido recibidas con mucho escepticismo. Para que el diálogo funcione debe haber un mínimo de certeza de que las partes cumplirán con lo prometido[23]. El gobierno ha demostrado de manera reiterada que rompe los acuerdos a pocas horas de haberse parado de las mesas de negociación previas. De manera inquietante, expresiones de lucha armada van paulatinamente apareciendo en el panorama, como el asalto al Fuerte Militar Paramacay en agosto de 2017 y otro asalto al Fuerte San Pedro en diciembre realizado por el grupo de Oscar Pérez, que al mes fue masacrado por fuerzas de seguridad. En paralelo, la emigración se ha multiplicado a niveles nunca antes vistos, lo que refleja la pérdida de la esperanza de gran parte de la población en una salida a la crisis. No se puede perder de vista que la situación económica expresada en la hiperinflación y el desabastecimiento de comida y medicinas se ha agudizado gravemente.

Todo apunta a una convivencia cada vez más precaria y una población cada vez más vulnerable. Los niveles de sufrimiento percibidos son apabullantes. Los psicólogos han buscado maneras para describir el sufrimiento colectivo como el que estamos observando en Venezuela. Martín-Baró[24] en El Salvador acuñó el término “trauma psicosocial”, para referirse a las incontables heridas en los individuos, pero también en la convivencia producidos por la violencia política crónica. La naturalización de la violencia como la opción evaluada por la mayoría como única posibilidad, la militarización de la vida cotidiana, la institucionalización de la mentira, la imposición a la fuerza como solución a los conflictos y el desprecio por la vida humana, son marcas de ese trauma que los venezolanos estamos padeciendo. La expresión de Bleichmar “dolor país” también resulta sugerente. Ella lo definió como “la relación entre la cuota diaria de sufrimiento que se le demanda a sus habitantes y la insensibilidad profunda de quienes son responsables de buscar una salida menos cruenta.”[25]

El panorama inmediato para recuperar la convivencia y articular salidas políticas negociadas al conflicto es más bien desolador.

 

Por Manuel Llorens 

*Este texto se publicó originalmente en la revista Nueva Sociedad (Argentina).


 

[1] Keller y Asociados. Estudio de la Opinión Pública Nacional: 4to trimestre 2016. 2016. <https://es.slideshare.net/anmon12/encuesta-keller-4to-trimestre-2016>

[2] Redacción BBC Mundo. “Toma de Venezuela”: cientos de miles salen a las calles a protestar contra el gobierno de Nicolás Maduro. 2016. <http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-37781493>

[3] LAPOP. America’s Barometer Brief: Venezuela 2016/17. <https://www.vanderbilt.edu/lapop/venezuela/AB2016_Venezuela_RRR_Presentation_W_052417.pdf>

[4] El Pitazo. Funcionario de la PNB fue detenido por asesinato de Jairo Ortiz. 2017.<https://elpitazo.com/ultimas-noticias/funcionario-de-la-pnb-fue-detenido-por-asesinato-de-estudiante-en-carrizal/>

[5] p. 1. Centro de Derechos Humanos de la Universidad Católica Andrés Bello. 10 pistas para entender el Plan Zamora. UCAB. Caracas. 2017. <http://elucabista.com/wp-content/uploads/2017/05/Para-entender-el-Plan-Zamora-CDH-UCAB-1.pdf>

[6] Runrunes. Fotos/Infografía y Mapa: 157 muertos en protestas en Venezuela hasta el #13Ago. 2017. <http://runrun.es/rr-es-plus/319427/fotos-infografia-y-mapa-muertos-en-protestas-en-venezuela-parte-dos.html>

[7] Alfredo Meza. Estudiante, de 27 años y en primera línea de las protestas: el perfil de los asesinados en Venezuela. Diario El País. 2017. <https://elpais.com/internacional/2017/08/01/america/1501549008_300999.html>

[8] Carlos Trapani. Eran solo niños. La Vida de Nos. 2017. <http://www.lavidadenos.com/eran-solo-ninos/>

[9] Manuel Llorens. Protesting on the field. Caracas Chronicles. 2017. <https://www.caracaschronicles.com/2017/05/23/protesting-on-the-field/>

[10] Megan Specia. Los médicos voluntarios de la Cruz Verde, al frente de las protestas en Venezuela. The New York Times ES. 2017. <https://www.nytimes.com/es/2017/07/14/cruz-verde-venezuela/>

[11] BBC Mundo. Quienes forma “La Resistencia” que protesta contra el gobierno de Nicolás Maduro. 2017. <http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-40743203>

[12] Maolis Castro. La rebelión de los encapuchados. El País. 2017. <https://elpais.com/internacional/2017/07/26/actualidad/1501104066_003012.html>

[13] Benigno Alarcón. ¿Violencia o resultados? El Ucabista. 2017. <http://elucabista.com/2017/05/15/violencia-o-resultados/>

[14] ver: http://runrun.es/nacional/venezuela-2/316514/audio-asi-fue-como-paramilitares-y-gnb-planearon-ataque-a-la-asamblea-nacional.html

[15] Redacción BBC Mundo. Smartmatic, la empresa a cargo del sistema de votación de Venezuela, denuncia “manipulación” en la elección de la Constituyente y el CNE lo niega. agosto, 2017. <http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-40804551>

[16] Tomás Straka. El round de Maduro. Nueva Sociedad. septiembre, 2017. <http://nuso.org/articulo/el-round-de-maduro/>

[17] RESDAL. Atlas Comparativo de la Defensa en América Latina y el Caribe. Red de Seguridad Defensa de América Latina. 2016. <http://www.resdal.org/assets/atlas-2016-esp-completo.pdf>

[18] Franz von Bergen. Más pretorianismo en el gobierno de Maduro. <https://twitter.com/FranzvonBergen>

[19] Yorelis Acosta. El Peso de la Ley: la transgresión a la norma se percibe como una práctica generalizada. SIC, 763, 100-102. 2014.

[20] Juan Trak; Lissette González y Maria Gabriela Ponce. Crisis y Democracia en Venezuela: 10 años de cultura política de los venezolanos a través del barómetro de las Américas. Universidad Católica Andrés Bello. Caracas. 2017.

[21] Daniel Bar Tal; Eran Halperin; Roni Porat y Rafi Nets-Zhengut. Why society members tend to support the continuation of intractable conflicts and resist peaceful resolution. En Golec, A. y Cichoka, A. (Eds.). Social Psychology of Social Problems. Palgrave Macmillan. London. 2012.

[22] Datanalisis. Encuesta Nacional Ómnibus, Diciembre 2017. <http://americanuestra.com/wp-content/uploads/2017/12/Encuesta.pdf>

[23] Michael Warren. Democracy and Trust. Cambridge University Press. Cambridge. 1999.

[24] Ignacio Martín-Baró. Psicología Social de la Guerra: trauma y terapia. UCA. San Salvador. 1990

[25] p. 29. Sivlia Bleichmar. Dolor País. Libros del Zorzal. Buenos Aires. 2002.

Pensionados: entre el maltrato y la humillación

—Tenemos órdenes de reprimir. ¿Qué estás esperando?

—Déjalos, no hace falta. Ellos mismos se van a cansar. ¿No estás viendo ese sol?

Así escuchó María Hernández, de 75 años, discutir a dos funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana (PNB), mientras protestaba la mañana del primero de septiembre de 2018 en El Paraíso, debido al pago insuficiente de su pensión. Ella junto a otro grupo de personas de la tercera edad esperaban a las afueras del banco para que les entregaran los 450 bolívares soberanos que le debe, por ley, el Estado venezolano.

No fueron reprimidos, pero sí humillados. Solo recibieron 90 bolívares soberanos: el 20% de lo que les correspondía.

Las palabras de los policías no fueron equivocadas. El sol y las largas horas de espera por su dinero sí han desgastado a los viejitos venezolanos en los últimos 15 días. Sin embargo, no pretenden quedarse callados. Los pensionados y jubilados continúan exigiendo sus derechos en distintos rincones del país. Y también, se mantienen haciendo colas en diferentes entidades bancarias. Para el mes de septiembre les corresponde cobrar por su seguro social 1.800 bolívares soberanos,cifra equivalente al salario mínimo. Dicho pago se supone que sería cancelado en tres partes: 450, el primero de septiembre; 450, el siete del mismo mes; y los últimos 900, para el 14.

En todo eso les han incumplido. Hasta la fecha solo han recibido 270 bolívares en efectivo, apenas la quinta parte del total.

Pero la protesta también tiene otro motivo:la vicepresidenta de la República, Delcy Rodríguez, anunció el 22 de agosto de este año que el pago de las pensiones se tramitaría a través del “sistema patria”; o sea, mediante el Carnet de la Patria. El que no estuviese registrado, debía hacerlo para recibir el nuevo pago de la reconversión monetaria.

“¿Cómo funciona esa página? Yo no sé usar internet”,“Yo no tengo internet”. “Me niego a tener que registrarme en un sistema en el que no creo. Ese dinero es mío. Lo trabajé durante años”, son algunas de las reacciones que se escuchan en la calle ante dicha medida.

Emilio Lozada, presidente de la Federación Nacional de Pensionados y Jubilados, recuerda que según la Ley Orgánica de Trabajo, los inscritos en el seguro social tienen el derecho a cobrar la totalidad de su pensión en efectivo, por lo que no es obligatorio el uso de una tarjeta electrónica

“Lo del efectivo no es un capricho, y mucho menos en la Venezuela que vivimos. Las cosas son más económicas en efectivo. Podemos resolver más rápido. Para ir al abasto, hacer mercado. Comprar el pan. O si te montas en el transporte y no te consideran de la tercera edad”, explica.

Sin embargo, así no lo observa Nicolás Maduro, quien declaró en cadena nacional que los pensionados y jubilados exigen el efectivo para venderlo a precios elevados.

Esto no sorprende a Lozada. A pesar de que lamenta el poco respeto que se la ha ofrecido a los ancianos en las últimas semanas, tampoco cree que eso sea algo nuevo. Está convencido de que el “discurso de odio“, tanto del difunto mandatario Hugo Chávez como de Maduro, ha calado en la sociedad y son los ancianos uno de los grupos más perjudicados ante estas palabras.

“No te lo voy a negar. Muchas veces cuando vamos a cobrar nuestra pensión nos tratan como basura. ‘Párate ahí, viejo’. ‘Ajá’. ‘Dale’. O en los mismos autobuses o metro. ‘Muévete, viejo’. Este es un gobierno que nunca ha favorecido a los grupos minoritarios y, sin duda, los jubilados y pensionados no somos la excepción. Es un sistema que nos veja, nos deja a un lado.Y, hoy más que nunca, están tratando de quitarnos la ganas de luchar,pero no vamos a desmayar“, opina Lozada.

Su temor es que las políticas que ejerza el Gobierno ante este grupo sean cada vez más similares a las de Cuba; cosa que no parece descabellada considerando, en primer lugar, que el sistema de carnetización es una copia del modelo castrista.

En la isla caribeña las jubilaciones son casi inexistentes. Lo que reciben los ancianos no les alcanza para los gastos del mes:muchas veces, deben compensar ese ingreso realizando otros trabajos. Pero en Venezuela las condiciones son otras. Y el pasado económico es otro.

El diputado a la Asamblea Nacional, Antonio Benítez, lamenta que todo lo que trabajó y pagó durante más de 30 años como ingeniero eléctrico no lo pueda obtener para “sobrevivir“, porque ni siquiera se atreve a decir la palabra disfrutar.

“En el presente, la gran mayoría de las personas que está exigiendo su pensión son aquellos que construyeron el Guri, instalaron el sistema eléctrico en Venezuela, obreros que construyeron grandes edificios. En fin, personas que construimos este país. Y todos nos encargamos por más de 30 años de pagar lo respectivo al seguro social. O sea, ese dinero es nuestro. No es del Estado. El Estado no es que debe incluirlo en su presupuesto anual. Entonces, ¿dónde está nuestro dinero?“, se pregunta Benitez.

Le entristece, mientras protesta y hace colas, contemplar que ese país que construyó junto a otros  lo han destruido las mismas personas que no le quieren entregar su dinero.

Foto: REUTERS/Carlos Garcia Rawlins

 

Por Claudia Smolansky | @clausmolansky

Se mantienen con las uñas

21 días han transcurrido desde que las enfermeras alternan su jornada diaria con la protesta. Y es que el gremio de la salud no sólo tiene que combatir contra la insuficiencia de insumos médicos e instalaciones deplorables, sino que también contra salarios que no alcanzan para comprar un kilogramo de café. El último aumento de salario mínimo anunciado por Nicolás Maduro –el cuarto en seis meses– ni siquiera es una medida celebrable por el sector, pues la hiperinflación es un monstruo que no se combate con pistolas de agua. El aumento es una cachetada para el personal sanitario cuando se compara con los honorarios que recibe el sector castrense: en el país de los caudillos, portar armas está mejor remunerado que aplicar inyecciones. Un salario justo y equiparable al de los militares es la petición de un gremio que está en mengua y sobrevive –en algunos casos– gracias a la economía informal, pues tiene que recurrir a ella para sobrevivir y no abandonar su puesto de trabajo de forma permanente. La vocación es el motor para que se mantengan al servicio de un país que necesita más de quien salve a sus enfermos, que de una protección ante la dizque amenaza extranjera. La crisis empeora más rápido de lo que crece una bacteria y la petición básica es una: “Queremos el salario de los militares, la misma indexación. Nosotros salvamos vidas y este Gobierno lo que busca es que renunciemos en masa todas las enfermeras. Llevamos veinte días en conflicto y en ese tiempo no hemos recibido ni una sola llamada del Ministro de Salud, que todavía está buscando un hueco en su agenda para atendernos. A estas alturas, nos estamos preparando para ir a protestar directamente en el despacho de Maduro en Miraflores”, señaló Ana Rosario Contreras, presidenta del Colegio de Enfermeras de Caracas a ‘El País’ de Madrid. Ante ningún correctivo profundo del régimen, los hospitales de Venezuela se mantienen con las uñas.

 

Por JP