Carlos Pereira, desde la cárcel: “Extraño mi libertad y cada noche pido a Dios fuerzas para mantenerme vivo”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El viernes pasado, familiares y abogados esperaban la liberación plena de los 19 estudiantes detenidos el 12 de junio en Chacao, en las inmediaciones de la DEM. Tras ser diferida varias veces la audiencia de presentación, había señales positivas que hacían prever un resultado favorable para los detenidos. Y al inicio de la audiencia, cuando la jueza les quitó todos los cargos que les imputaba, parecía que por fin la tan ansiada libertad estaba a la vuelta de la esquina. Pero entonces la Fiscalía, la nueva Fiscalía de Tarek, dio un giro inesperado y pidió 30 días más para obtener pruebas que demostraran la culpabilidad de los detenidos, entre los que se encuentra Carlos Pereira (19). Diagnosticado con hipertensión arterial en estadio II, orquiepididimitis (inflamación en un testículo), crisis de pánico recurrentes con alucinaciones auditivas y depresión severa con ideas suicidas, trastornos, todos, de los que ha empezado a sufrir desde que está en prisión, Pereira no ha dejado de escribir. “El desequilibrio en mi mente va en aumento, y ruego a Dios que me ayude a seguir soportando esta carga tan pesada que me ha tocado arrastrar (…) siento desespero y desolación, pero aun así no guardo rencor en mi ser”, dice en una carta escrita de su puño y letra a la que @RevistaOJO tuvo acceso. “Extraño salir, caminar, sentirme libre, trotar, subir el Ávila cada domingo, compartir con mis amigos y mi familia, reír y hasta llorar. Extraño mi libertad y cada noche pido a Dios que me dé fuerzas para mantenerme vivo, pues no nací para estar encerrado”, se lee en el escrito, un testimonio implacable, sincero y desgarrador sobre lo que es ser un preso político en Venezuela, que ofrecemos a continuación

Querida Venezuela,

Fui arrestado una tarde de lunes, el 12 de junio de este año, por efectivos de la GNB. Desde entonces, tuve casi una semana sin saber de mi familia, del mundo exterior y sin que éstos a su vez supieran de mí; casi una semana probando uno que otro bocado, sin poder asearme, despidiendo olores insoportables, que me iban degradando cada vez más en mi esencia. Regresando continuamente a los infernales calabozos del TSJ, tras el continuo diferimiento de mi audiencia, hasta que el viernes 16 de junio, en horas de la tarde, la Fiscalía decidió presentarme ante el juzgado con competencia en cargos asociados al terrorismo.

Tras una ardua defensa por parte de los abogados del Foro Penal, la juez en ejercicio y competencia dio a conocer la decisión: 45 días de investigación por presuntamente incurrir en delitos criminales, como intento de homicidio intencional, asociación para delinquir, agavillamiento, porte de sustancias incendiarias, terrorismo y quema de instituciones públicas. Oír cada uno de los 6 delitos imputados por la Fiscalía era como recibir un disparo tras otro directo al corazón.

Solo Dios Nuestro Señor sabe lo mucho que he sufrido y sufro tras esta errada decisión que ha marcado mi vida y la llena de desesperanza cada vez que recuerdo las acusaciones viles que apuntan contra mi persona.

¿Es que acaso el hecho de ir por las calles de mi ciudad, portando un bolígrafo y una libreta me convierten en un asesino, un terrorista, un incendiario?

Un día decidí salir de casa a recorrer las calles de mi ciudad, sumida en caos y división como el resto de la nación, portando en mis manos lo que siempre he considerado mi arma letal y mi escudo protector: un bolígrafo y una libreta que se expandía como una sabana, mientras mi pluma cabalgaba entre y sobre sus líneas, dejando a su paso y plasmado en tinta los acontecimientos que, buenos o malo, perduran en el tiempo, narrando nuestro presente, que se ha de convertir en nuestra historia futura. Viendo siempre con realismo y objetividad, y viviendo en primera persona cada cuento, manifestación, concentración y enfrentamiento entre una sociedad civil desarmada contra otra uniformada y armada; en resumidas cuentas, una batalla entre hermanos de la misma tierra como consecuencia de la carencia de un diálogo honesto con soluciones.

Si escribir es un delito, pido perdón por amor a mi arte.

Escribir es lo que le da significado a mi existencia, valor e importancia a mi vida, sin ello nada soy. No sé si quizás el hecho de haber tomado la difícil y arriesgada tarea de escribir sobre estos cuentos, que desafortunadamente son parte de la realidad, me haya condenado este yugo que hoy padezco, a estos interminables días de desasosiego para mi familia, mi hermano, mi madre y para mí. Desde aquella infortunada tarde, la vida mía comenzó a carecer de aire fresco, de la luz del sol, de voluntad, de mi preciada libertad.

Llevo 3 meses tras las rejas, agonizando en la eternidad de las horas, de días que parecen meses, aparentando ser fuerte cuando es todo lo contrario. Y mientras los días transcurren y me enfrento a diario con los demonios de la depresión que cada día visitan mi mente y se apoderan de mis sentidos, me aferro a mis recuerdos, de la vida que tuve y sé he de recuperar pronto,

Extraño salir, caminar, sentirme libre, trotar, subir el Ávila cada domingo, compartir con mis amigos y mi familia, reír y hasta llorar. Extraño mi libertad y cada noche pido a Dios que me dé fuerzas para mantenerme vivo en cuerpo y alma, pues no nací para estar encerrado; y duele, duele mucho, más cuando sabes que eres inocente de los crímenes que te acusan y aun así sigues encerrado.

El desequilibrio en mi mente va en aumento, y ruego a Dios me ayude a seguir soportando esta carga tan pesada que me ha tocado arrastrar por la subida más empinada. No es justo este yugo que me oprime. Siento desespero y desolación, pero aun así no guardo rencor en mi ser. He decidido ver esto como un equívoco acto realizado por la Fiscalía y el Tribunal: soy inocente y eso nadie podrá ocultarlo. Jamás podrán probar lo contrario.

Hoy clamo a la Fiscalía del Ministerio Público una rectificación sobre las acusaciones en nuestra contra. Hoy solicito con respeto y humildad a aquellos con el poder de acabar con esta pesadilla hacerlo pronto, pues cada día que transcurre se vuelve más eterno y la calamidad crece en nuestros familiares.

El 28 de agosto mi madre estuvo de cumpleaños y ese no fue el mejor de los días de aniversario de su vida, pues un hijo suyo está injustamente encerrado. Perdón, mamá, por ser amante de mis sueños, que me han procurado esta injusta sumisión al parecer.

Quisiera aprovechar la misiva para agradecer toda la solidaridad que se ha desbordado para conmigo y mi familia y a su vez quisiera solicitar una audiencia personal con el Fiscal General o el Presidente de la República, a quien confío que el pueblo haga llegar este mensaje que desde el confinamiento de la prisión envío.

Por favor envía esta misiva a cualquier medio dispuesto a publicarla sin alteración alguna. Mi libertad depende en parte de la difusión masiva de esta misiva y de tu esfuerzo que tanto valoro. Gracias por tanto.

Carlos Pereira

Rafael Araujo

Es difícil dar una opinión sobre por qué no cayó. Mira, yo creo que se hizo todo, salió una cantidad inmensa de gente, pero faltó apoyo por parte de los militares, que fueron la piedra de tranca: ni siquiera permitieron que llegáramos al centro. Yo creo que si ellos nos hubieran acompañado, entonces el régimen se habría tenido que ir: porque nadie lo quiere, está acorralado, no puede ganar ninguna elección, pero se mantiene gracias a ese aparataje militar. También hay que decir que sigue habiendo gente que no ayuda: como en toda sociedad, hay gente que se acomoda a la dictadura, que se pone a su sombra para resguardar sus beneficios e intereses: pienso, por ejemplo, en los que compra bonos y no trabajan sino que esperan que engorden; o los que tienen beneficios con el dólar, que los reciben a tasa preferencial y por eso siguen a la sombra de esto. Es gente que se acomoda y sobrevive, y que son egoístas, porque están bien y no les importa que los demás estén mal. Siempre recordaré la primera vez que hice un papagayo: fue con Franklin Brito, y en ese momento yo pensaba que todos los ataques que se le hacían a una persona iban a generar la respuesta contundente de la sociedad, y que la gente iba a ir en contra. Todavía me sorprende que hayan pasado tantos años y esa gente siga allí.

*Rafael Araujo, el señor del papagayo, es un ciudadano de a pie, participante de todas las protestas, y artista plástico de la Cristóbal Rojas.

“Si mintió, le vamos a meter un rifle por el culo”

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

“Vamos a revisar las cámaras. Si nosotros vemos que un guardia de la brigada le quitó el teléfono al chamo, tal y como dice él, vamos a tener problemas entre nosotros. Si mintió, le vamos a meter un rifle por el culo”. Escuchó aquello, vio a su amigo con la cara tapada y se preguntó en qué lío se había metido. Gabriel Figueroa había salido a protestar aquella mañana y ahora estaba en un comando de la Guardia Nacional Bolivariana bajo amenaza de un Sargento Mayor.

Tras su detención, el joven estudiante de Comunicación Social se resistía a ser una víctima más del hampa policial. Estaba convencido de que le habían quitado el celular y, dignidad por delante, no iba a dejarse robar así de fácil. Esposado, denunció lo que le había pasado ante el capataz de los GNB y ahora tenía que cruzar los dedos. “Yo no estoy loco. A mí me sacaron el teléfono del bolsillo”, pensó para darse fuerza. Los guardias salieron del módulo para hacer una especie de cónclave en relación al asunto y a él, entre el nerviosismo y la serenidad, le tocaba esperar el veredicto de aquella reunión improvisada.

La noche anterior, por medio de un grupo de Whatsapp creado por la comunidad, Gabriel había incentivado a varios de sus vecinos a participar en el plantón que la Mesa de la Unidad Democrática había convocado para el día siguiente: 5 de junio de 2017. Cansado de protestar siempre en los mismos puntos del Este de la ciudad, hacía tiempo que Figueroa había cambiado Altamira y Las Mercedes por la zona donde vivía: la parroquia San José del municipio Libertador, al lado de San Bernardino y La Candelaria.

Con el objetivo de convertir los estruendosos cacerolazos en multitudinarias manifestaciones, el estudiante de la UCV llevaba semanas tratando de erradicar el miedo que paralizaba a los habitantes de su comunidad. La tarea, al tratarse de una alcaldía emblema del chavismo, era harto complicada. En Libertador, el ‘modus operandi’ de la represión es el mismo que utilizó el gobierno el día de las elecciones para la Constituyente: ni siquiera dejan agrupar a la gente.

Por ello, ese 5 de junio a las 7:00 a.m., cuando vio a 15 personas reunidas en la avenida Panteón, Gabriel esbozó una sonrisa. No era un río de gente, pero el número, dadas las condiciones, invitaba al optimismo. El trabajo de semanas comenzaba a rendir frutos. La ilusión, no obstante, duró pocos minutos. “No pueden estar por acá, si ustedes quieren manifestar tienen que irse a Altamira. Esto es el centro, esto se respeta”, le dijo un funcionario de la Guardia Nacional Bolivariana a Figueroa a eso de las 8:00 de la mañana. La realidad tocaba la puerta.

“Mientras esto ocurría, nos percatamos de que a dos cuadras, en la avenida Fuerzas Armadas, había otro conglomerado de gente manifestando. A lo lejos se veía que eran entre 20 y 30 personas, por lo que les propuse a los de nuestro grupo: ‘Vamos a unirnos a ellos para hacer más bulto’. Y eso hicimos. Nos fuimos por las calles aledañas para no llamar la atención y logramos juntarnos. Allí estaban hasta dirigentes de Voluntad Popular y Primero Justicia. Seguimos la protesta cívica y pacífica, ni siquiera estábamos trancando la calle, pero volvieron a llegar los mismos guardias con las mismas amenazas”, relata Figueroa.

El grupo decidió, en un acto de rebeldía, seguir la protesta. ¿Cómo? “En vez de quedarnos estáticos en un sitio, caminamos la Fuerzas Armadas de arriba a abajo cantando consignas para que la gente que estuviese en los balcones, temerosa, se sumara. Y logramos el objetivo: muchos bajaron y llegamos a ser una masa como de 40 personas, pero cuando veníamos de regreso observamos cómo la guardia estaba amedrentando a los dirigentes políticos y éstos desaparecieron en el acto. Sin embargo, decidimos hacer una segunda ronda”, comenta el estudiante.

Gabriel, sus padres, un amigo de toda la vida al que había convencido ‘in extremis’ y el grupo de vecinos, continuaron con la mañana de protesta. Cuando iban por la emblemática Esquina de Socorro, el mismo guardia que ya los había amenazado en dos ocasiones volvió a aparecer. “Mira, chamo, el Sebin viene hacia acá y a los más jóvenes se los están llevando presos. Yo, en lo particular, no quiero que te pase algo malo. Lo mejor es que tú y tu amigo se retiren”. Aquella recomendación, aparentemente compasiva y solidaria, resultaría ser un engaño macabro.

“Yo de verdad confié en la buena fe del hombre y, ante la inminente llegada del Sebin, le dije a mi pana: ‘Vamos a alejarnos de este conglomerado de gente para que no estemos a la vista. Nos metemos en un local o algo’. No queríamos que, por ser los jóvenes del grupo, nos agarraran. Les comenté a mis padres y a los vecinos que nosotros nos iríamos del sitio. Para ese momento ya eran las 10:00 de la mañana y consideramos que la protesta había tenido cierto éxito, por lo que acordamos rencontrarnos al mediodía otra vez y seguir manifestando”, rememora Figueroa.

El grupo decidió cantar un Himno Nacional para cerrar esa primera fase del plantón y los dos jóvenes aprovecharon el momento para escabullirse. Llevaban una cuadra recorrida cuando escucharon un sonido inquietante: motos. La brigada motorizada, ese cuerpo de funcionarios que ya los había corrido de un par de sitios y que hacía nada les había dado un amigable consejo, ahora estaba detrás de ellos.

“Volteo y hay dos motos persiguiéndome. Ahí, más allá del instinto racional, sale a reducir el instinto animal que todos tenemos. Me sentí una presa y corrí, así de simple. Corrí una cuadra y, cuando iba por la segunda, me topé de frente con el mismo tipo que minutos antes me había dicho que el Sebin me iba a agarrar. En ese momento caí en cuenta: fue una trampa, un juego psicológico para que yo me separara del grupo y él me pudiese agarrar”, detalla Gabriel.

Apenas lo detuvieron, Figueroa pensó en su familia. ¿Cómo se enterarían su mamá y su papá de que la GNB lo había emboscado? Lo cierto es que mientras lo razonaba pasó una patrulla del mismo cuerpo policial y la orden fue clara: “Llévenlo al CNE”. Alrededor de la escena, el ‘déjenlo’ de la gente se hizo coro, pero nadie se atrevió a pasar de la palabra a la acción.

“Me montan en la camioneta y fue bastante duro para mí porque tras recorrer una calle vi a mi mamá y a mi papá. Estaban caminando por la acera y no tenían ni idea de lo que me había pasado. Yo estaba esposado, tenía un militar a cada lado y lo que se me ocurrió fue gritar: ‘¡Hey! Mamá, papá, me están llevando al CNE’. Lamentablemente, no me escucharon. Pensé: ‘Mieeeerda, no puede ser’. No obstante, tuve la suerte de que nos paramos en el puente de la Fuerzas Armadas para que el militar que estaba manejando preguntara dónde quedaba el calabozo al que me llevarían. Gracias a Dios, allí estaba una vecina que había manifestado conmigo y le dije por la ventana: ‘Señora, dígale al de gorra tricolor, camisa blanca y bigote, que es mi papá, que me están llevando preso’. Menos mal me entendió”, declara Gabriel.

Al final, a Figueroa lo trasladaron al Palacio de Justicia, al módulo de la GNB ubicado en la institución. Lo bajaron de la camioneta, le taparon la cara con el suéter que cargaba puesto y, justo mientras le cubrían el rostro, uno de los guardias aprovechó para quitarle el teléfono que tenía en uno de sus bolsillos. Ahí, cuenta, comenzó a vivir uno de los episodios más violentos de su vida.

“Yo no me quedé callado. Le dije: ‘Mira, ¿tú eres un malandro uniformado o tú eres un garante de nuestro país? ¿Qué coño eres?’. Yo estaba muy molesto. Y, bueno, al escuchar eso me empezó a caer a lepes. ‘Cállate, vale, que aquí te vas a quedar’, me decía. Ya en el módulo me conseguí con Vicente, mi pana, que también había sido detenido. Nos sentaron en el piso y empezó un proceso protocolar: los que nos detuvieron tenían que explicarle a los del módulo por qué nos habían agarrado. Y fíjate lo que dijeron de mí, textual: ‘Este chamo impulsó y obligó a un poco de viejitas de la zona donde vive a que salieran a protestar y el coño de su madre es tan arrecho que las usaba de escudo para protegerse. Dime si no es un maldito’. A todas estas, yo seguía pendiente de mi teléfono”, recuerda Gabriel.

Fue en ese momento cuando Figueroa decidió decirle al Sargento Mayor del comando que uno de los GNB le había quitado el celular. Quienes lo trasladaron salieron a desmentirlo ‘ipso facto’, pero él se mantuvo firme. Allí, el mandamás emitió sentencia: “Vamos a revisar las cámaras. Si nosotros vemos que un guardia de la brigada le quitó el teléfono al chamo, tal y como dice él, vamos a tener problemas entre nosotros. Si mintió, le vamos a meter un rifle por el culo”. El maratónico día apenas comenzaba y a Gabriel todavía le restaban tres eternos días y dos interminables noches para volver a ser libre. Su período de reclusión, aunque corto, está lleno de pequeñas historias que vale la pena leer. Como hicimos con el caso de Reynaldo Riobueno, dejaremos que sea el entrevistado, en primera persona del singular, quien relate los hechos.

I

TERRORISTA DIGITAL

‘AH, PERO TÚ CONSPIRAS CONTRA EL GOBIERNO’

–El teléfono, como por obra y gracia del Espíritu Santo, apareció. ‘¿Este es tu teléfono, chamo?’. Y yo: ‘Sí’. Me pidieron la clave y les dije que no, porque necesitaban una orden judicial para revisarlo. Entonces me empezaron a pegar. Esta es la parte más fea de la historia: me pegan y me pegan hasta que les doy la clave. La marcaron y comenzaron a registrar de arriba a abajo. Desde videos que son típicos de enviar por los grupos, hasta esas notas de voz de Freddy Guevara que se hacían virales. Ellos escuchan eso y dijeron: ‘Ah, pero tú conspiras contra el gobierno, tú grabaste a Guevara’. Se ponían con eso, jodiendo y riéndose. Era una burla. Incluso, recuerdo claramente que tenía una foto del pasillo de mi casa y ellos hicieron objeción: ‘¿Dónde la tomaste?’. Y yo: ‘En mi casa, la habré tomado sin querer’. Y me reí, porque era una imagen cualquiera, no se veía persona, ni arma, ni molotov, ni nada. Uno de ellos me dio un primer cascazo y me agarraron de sopita. Luego llegó el peor mensaje. El de una vecina que me había mandado el día anterior: “¿Mañana vamos a prender el plantón?”. Y yo le puse: “Sí, vale, claro que sí. Yo tengo los cauchos y la gasolina”. Eso fue lo único que le contesté. De ahí fue que ellos se agarraron para decir que yo era un conspirador en contra del gobierno de Nicolás Maduro, que yo era un ‘terrorista digital’. Cuando me dijeron aquello, yo no pude aguantar la risa. ¿Terrorismo digital? Yo sé que estaba en las peores circunstancias de mi vida, pero tenía que reírme. Era ilógico e irracional lo que me estaban diciendo. Me dieron otro cascazo y, en ese momento, tuvieron que irse. Se había presentado otro inconveniente en el centro con otros manifestantes.

II

EL COMANDO, UNA MANO AMIGA

‘TRANQUILO, YO SÉ QUE TÚ NO VAS A HACER NADA’

–Cuando se fueron los de la brigada motorizada, que fueron los que me detuvieron, los que me quitaron el celular y los que me pegaron los cascazos, Vicente y yo quedamos bajo la custodia de los GNB que estaban en el módulo del Palacio de Justicia. La atención de ellos, de verdad, fue un espectáculo. Allí yo evidencié que no todos los verdes son unos malditos. Las trenzas de los zapatos que habían utilizado para amarrarme cuando me quitaron las esposas me estaban, casi, cortando la circulación. Entonces le pedí a uno de ellos que si por favor me las podían aflojar un poco y él, amablemente, contestó que no había problema. Me las soltó tanto que prácticamente quedé con las manos libres. ‘Tranquilo, yo sé que tú no vas a hacer nada’, dijo. Tuve sed y, de nuevo muy cordialmente, uno de ellos me trajo un vaso de agua. Estuvimos en el comando como dos horas. En una de esas Vicente me dice: ‘Mira, tu mamá está allá afuera’ y fue allí cuando entendí que el mensaje que les mandé a mis padres con la vecina había llegado. ‘Les trajeron comida’, nos informó un GNB. Eran las 2-3 de la tarde. Mi mamá se puso a hablar con uno de los militares que estaba en el comando: ‘Él es un niño. Lo que tiene es barba, pero él es un niño. Suéltenlo’. Estaba ella junto a mi papá y el papá de Vicente. Fue un momento sentimental. Los tres dialogando con los guardias, tranquilos, pero con voz de llanto. No fueron a insultar, mantuvieron una actitud de respeto. ‘¿Qué terrorista pueden tener ustedes?’, decían. Mi padre, que siempre ha sido un señor sumamente diplomático, lo que nos dijo fue: “Hijos, fortaleza, yo sé que los guardias saben que no están en el lado correcto de la historia. Valentía”. Evidentemente no son las palabras que uno quisiera escuchar, porque no es un mensaje personalizado, sino genérico, pero me llenó de energía ese mensaje. También nos llevaron unas hamburguesas con unas papitas. Luego, mientras comíamos, como se habían portado tan bien con nosotros, les ofrecimos a los militares parte de nuestro alimento. La verdad es que en ese momento tú no tienes hambre, tú no tienes nada.

III

SUERTE EN EL CICPC

‘YO, DE VERDAD, NO LES VOY A PONER ANTECEDENTES PENALES’

–Como a las 4 de la tarde nos fuimos a presentar a El Llanito, creo que con el CICPC, y a la sede de Parque Carabobo, que es donde nos empiezan a redactar los antecedentes penales y todo lo demás. En la primera parada nos preguntaron: ¿Qué les hicieron? ¿Los golpearon? Tenía a dos guardias detrás de mí y preferí quedarme callado. Ese proceso fue súper rápido. Luego, en Parque Carabobo, por primera vez en mi vida, compartí con delincuentes de verdad. El hombre que se había reseñado antes que nosotros era un homicida que estaban buscando desde hace tiempo y como él habían muchos más. Era un pasillo donde hacíamos una cola mientras esperábamos para ser atendidos. Cada delincuente tenía al lado uno o dos funcionarios del cuerpo policial que lo había apresado. Cuando nos tocó a Vicente y a mí, entramos al cuartico donde nos iban a reseñar sin los dos guardias que nos estaban cuidando. Allí, el CICPC nos trató estupendo. Nos dijeron: ‘Hermano, ustedes vienen y que por guarimba. Yo, de verdad, no les voy a poner antecedentes penales porque eso les va a rayar el historial. El día de mañana los detiene un policía y les puede traer problemas’. Eso fue sin cobrar nada, sin pedir nada. Estaremos eternamente agradecidos.

IV

OCHO MUNDOS DIFERENTES

‘NO ME ARREPIENTO DE QUE ME HAYAN METIDO PRESO’

–Cuando llegamos otra vez al comando, a eso de las 5-6 de la tarde, vimos como a 30 personas allí: familiares y amigos de Vicente y míos. Nos bajan de la camioneta y al ver la cara de preocupación de todos, dije con el puño hacia arriba: ‘Todo va a estar bien’. Me sentí Capriles. Yo no sabía si todo en verdad iba a salir bien, pero debía darles una tranquilidad a ellos. Acto seguido, nos bajaron a los calabozos. Entramos a la celda que nos correspondía y ahí estaban ocho personas. Nos habían dicho que la mayoría eran guarimberos y no delincuentes comunes, lo que nos dio cierta tranquilidad entre tanto nervio. Nos presentamos y conocimos a la gente. Eran ocho personas y ocho mundos diferentes. Pero todos, menos uno, tenían algo en común: los habían detenido en la Fuerzas Armadas una semana antes por presuntamente estar guarimbeando, pero no fue así. Ellos ni siquiera estaban protestando. Lo que pasa es lo siguiente: por el centro de Caracas los vecinos no le tienen miedo a la guardia sino a los colectivos. Éstos llegan al lugar, roban a las personas que están viendo la protesta, los empujan hacia los guardias y dicen: ‘Miren, ellos son guarimberos’. Y como si se tratase de una hermandad colectivos-guardias, los uniformados hacen caso sin chistar. Así agarraron a estas siete personas que no tenían nada que ver.

Uno era un viejo de 55 años, un colombiano que no estaba documentado; otro era el dueño de una panadería; había un gochito encargado de un negocio ubicado en la avenida Urdaneta; estaba un chamo que había ido a visitar a su novia en la Esquina de Socorro y también un malandrito que nada tenía que ver con los otros siete. En fin, como dije, eran ocho mundos distintos.

No me arrepiento de que me hayan metido preso porque conocer a esas personas fue algo estupendo, fantástico. Había diferentes edades y diferentes preocupaciones. El colombiano que estaba indocumentado, por ejemplo, únicamente tenía una perrita aquí en Caracas. No tenía a más nadie por quien vivir. Y ese hombre todos los días, a cada minuto, lo que decía era: ‘¿Mi perrita estará viva? ¿Estará muerta?’

Hubo un juego bastante emotivo que hicimos la noche antes de que nos soltaran. Había uno que era bastante católico y tenía una biblia. Entonces cada uno tenía que, de forma aleatoria, escoger un salmo y leerlo. Luego, debía contar qué había sido lo mejor y lo peor de haber estado preso y, al final, tenía que comentar qué haría después de que lo soltaran. Ellos, que tenían más tiempo que nosotros, hablaban sobre abrazar a sus seres queridos que tanto extrañaban. Esa noche prometimos tomarnos una cerveza cuando estuviésemos en libertad. Fue bastante emotivo. Varios lloraron.

V

UNA PELEA INESPERADA

‘USTEDES YA ME TIENEN ARRECHO’

–Mi mamá nos había enviado a Vicente y a mí una malta de lata y el malandrito nos pidió: ‘Dame un poquito’. Se tomó todo e hizo un chuzo, que es una especie de cuchillo artesanal. Entonces se puso violento y nos gritó: “No, vale. Ustedes ya me tienen arrecho. Son un poco de guarimberos”. Y empezó a amenazarnos. Gracias a Dios éramos nueve contra él y lo pudimos controlar y hacer entrar en razón. Lo que pasa es que él ya tenía tres meses ahí. Además era un drogadicto. Trabajaba, precisamente, en el Palacio de Justicia, en la sede administrativa. Se robó los discos duros de unas computadoras y lo metieron preso. Él era peligroso. Vicente y yo le dijimos que la mejor pelea que se podía hacer era la de la palabra: conversando y no peleando con agresiones. Y, bueno, el chamo como que entró en razón. Se sentó, cogió mínimo y siguió en el juego.

VI

COMER EN LA CELDA

“LA ECHAN EN UNA BOLSA PLÁSTICA Y SE PONEN A REVISARLA”

–Es asqueroso, porque los guardias abren el pote que te manda tu familia para ver si hay cigarros, si hay drogas o, incluso, para darle un bocado. Entonces agarran toda la comida y la echan en una bolsa plástica y se ponen a revisarla. Y al final te dan todo eso así, en una bolsa. Tu familia te envía todo en un pote herméticamente cerrado, limpiecito, y tú tienes que arreglártelas para comer en una bolsa con el tenedor. Ojo, no a todos los presos les llevan alimentos. Hubo familias que, de tres comidas, llevaban una. Nosotros compartíamos. A veces quedábamos con hambre, pero compartíamos y nos sentíamos bien. Éramos una hermandad. Así no nos conociéramos, éramos hermanos adentro. Nos tratábamos fenomenalmente bien. Yo agradezco que me haya tocado compartir con esas personas. Como te dije, no me arrepiento de que me hayan metido preso, porque es una vivencia más. Una experiencia que me ha servido mucho de aprendizaje.

VII

IR AL BAÑO EN PRISIÓN

“O HAGO AQUÍ O NO HAGO”

–Yo hice una vez porque de verdad no aguantaba y dije: o hago aquí o no hago. En la celda había un hueco en una esquina,era como un hoyo de golf en medio de una alcantarilla. Te bajas los pantalones y tienes que sentarte y apuntar al hueco. Yo no quería, pero tuve que agacharme con todo el dolor de mi alma. Fui desafortunado: hice en todos lados menos en el hueco (risas). No tengo puntería. Los demás sí pudieron, yo no. Mientras tanto, te calas el típico chalequeo: ‘Guardia sáquennos de aquí. Nos están matando a lacrimógenas’. Lo cierto es que quedó todo regado allí y tuve que buscar el agua con el jabón azul que nosotros diluíamos y echarle a la alcantarilla cada dos horas, porque el olor quedaba concentrado.

Nehomar Hernández

Hay distintos factores que influyen en que el desplazamiento del poder de Nicolás Maduro no se haya producido. A saber: Dentro de la MUD agrupaciones como AD, UNT e incluso una parte de PJ parecían no creer en las protestas como un método para lograr la salida definitiva de Maduro del poder, sino que más bien atendían a una lógica gradualista en la que bastaba que se diera fecha de elecciones regionales para dar por satisfecho su objetivo puntual. Este planteamiento obedecía, además, al hambre de estas agrupaciones por acceder a pequeños espacios de poder que les permitieran captar renta petrolera y, por ende, obtener músculo económico para buscar mantenerse, en todo sentido.

Otro era el planteamiento de sectores que jugaban a una especie de todo o nada, en el que el objetivo planteado era que Maduro abandonara el cargo de forma perentoria y se instaurase un nuevo gobierno. El leitmotiv de este grupo, integrado fundamentalmente por algunos grupos de PJ, María Corina Machado y VP, era que una acción intensa y permanente de protesta en las calles eventualmente llevaría al colapso del chavismo desde sus propias entrañas, a través de la ruptura militar y de un quiebre interno que llevaría a un “chavismo descontento” a “ponerse del lado del pueblo”. El caso es que no sucedió ni la fractura dentro de la FANB ni el brinco de charco masivo del tal chavismo crítico (más allá de lo ocurrido con la Fiscal Luisa Ortega Díaz), por lo que la aspiración de poner fin al gobierno de Maduro por esta vía no logró ser materializada en la realidad.

Huelga decir que una acción de calle no puede ser sostenida indefinidamente en el tiempo, tanto más cuando no logra victorias al menos parciales o simbólicas. La brutal represión que se incrementaba exponencialmente cada vez más, y que era ejercida sin ningún miramiento por grupos de la FANB y por los colectivos paramilitares del gobierno, llevó a las protestas a convertirse en una rutina en la que el gato se mordía la cola, al punto de que muchas acciones de calle parecían convocadas simplemente por mera inercia. El chavismo demostró que ya no se trataba de unas manifestaciones que eran contenidas por cuerpos de seguridad del Estado, sino de una guerra declarada en la que la cosa se resolvería a tiros. La oposición, carente de un grupo armado que representara sus intereses en tal contienda, quedaba de adorno en esa película. Más de 120 personas fueron asesinadas por la represión en esos días y ante ello el gobierno pagó un costo interno bajísimo o sencillamente inexistente, pues le daba igual lo que los venezolanos dijeran de él.

Cuando, aún luego de haber convocado un plebiscito en el que participaron al menos 7,5 millones de venezolanos (y que decantaría en una eventual “hora cero” del gobierno) y habiendo obviado que el chavismo logró imponer a troche y moche su inconstitucional Asamblea Nacional Constituyente (pese a que por wishfullthinking siempre se dijo que no lo haría), la mayoría de los factores opositores decidieron aceptar el premio de consolación que encarnan las elecciones regionales, todo estaba listo para encapsular la diatriba y abortar el objetivo de la salida inmediata del régimen de Maduro. La gente solo se suma a manifestaciones masivas si percibe que su presencia en ellas puede presionar efectivamente al gobierno o transformar en algo la situación política de su país; en caso de que no sea así sencillamente se abstiene de hacerlo. Pasada el agua de esos 4 meses lamentablemente luce que las vías pacíficas o de derecho para lograr un cambio de gobierno se tornan insuficientes, dejando campo abierto a vías de hecho que tienen su correlato en la violencia.

*Nehomar Hernández es periodista y locutor. Tiene una maestría en Ciencia Política y es conductor del programa ‘Y así nos va’, de Radio Caracas Radio.

 

María Verónica Torres

-¿Por qué no cayó la dictadura?

-Por la miopía de la dirigencia opositora, aunada a discursos grandilocuentes que fomentaron expectativas de cambio político difíciles de cumplir, y terminaron defraudando las esperanzas del pueblo y permitiendo el avance del Estado comunal. Hubo un divorcio entre el discurso político del liderazgo opositor del inicio de las protestas –desconocimiento de instituciones– y el del final de las mismas –dinámica electoral–. Como consecuencia, parte importante de la sociedad civil duda ahora de su sensatez les retira apoyo a los partidos políticos. Esta incoherencia en el discurso es el resultado de dos asuntos: la moralidad totalitaria del gobierno y la falta de preparación de nuestros políticos. La maquinaria propagandística de este tipo de gobiernos ataca la verdad como fuente del entendimiento social. Sin una verdad que unifique a la ciudadanía entre sí y con los partidos políticos, se imposibilita la cohesión social, de ahí la necesidad de censurar medios de comunicación y otros males. Es por ello que en Venezuela existe una dicotomía entre la realidad que vive el pueblo y lo que se presenta en la opinión pública. En estos fenómenos políticos la oposición suele verse envuelta en una red esquizofrénica de mentiras y miedo porque es la dinámica social impuesta, de ahí que se requiera una visión estratégica seria que sirva de muro de contención. La manera de romper con esta dinámica es la vuelta a la sensatez en el discurso público, que comienza por la aceptación de las propias incapacidades; la  profunda reflexión de la realidad política, social y económica; y la apertura a escuchar  lo que les demanda la sociedad civil. A la vez de una desintoxicación de aspiraciones personales irrealizables de acuerdo a la naturaleza política del gobierno. La clave, como todo en la vida, es la sensatez.

*María Verónica Torres es directora de la Escuela de Derecho de la Universidad Monteávila.

Luz Mely Reyes

-¿Por qué no cayó la dictadura?

-Yo creo que la pregunta planteada se responde por sí misma, porque los objetivos de las manifestaciones eran: la convocatoria a elecciones, la liberación de los presos políticos, la apertura de un canal humanitario y el restablecimiento de la Asamblea Nacional. En ningún momento la hoja de ruta que se había planteado la MUD tenía que ver con alguna salida del gobierno. Y esto se debe a distintas razones. Porque si lo que se buscaba era un restablecimiento y un reconocimiento de las instituciones, no se puede obviar que el gobierno de Maduro, con todo el rechazo que pueda tener, fue electo hasta el 2019 y los comicios presidenciales deben hacerse en 2018. ¿Que las manifestaciones pudieron haber llevado a una negociación? Por supuesto, pero no se va a una negociación sin ánimos de convenir. No se puede solicitar que salga el gobierno porque sí, aun cuando hay violaciones de derechos humanos, aun cuando el gobierno ha cometido errores y ha afectado la vida de todos los venezolanos. Unas manifestaciones no implican una salida. Esa resolución iba ligada a la ejecución del revocatorio, que, lamentándolo mucho, no se realizó. ¿Por qué no cae el gobierno? Simplemente porque ese no era un punto en la agenda. Por otro lado, también influyó, a la hora de presionar de manera más efectiva para lograr una negociación, que las manifestaciones no obedecieran a una planificación. Es decir, los venezolanos, cuando decidieron protestar, superaron a sus dirigentes y los obligaron a improvisar muchísimo. No había ningún plan que especificara cuáles eran realmente los objetivos. Todo se fue dejando a la improvisación, a lo que llaman la estrategia de Eudomar Santos, personaje de una telenovela venezolana, que decía: ‘Como vaya viniendo, vamos viendo’. Además, el gobierno se blindó con la Fuerza Armada, por lo que una protesta pacífica, sin ningún tipo de poder de fuego, frente a un poder que no le tiembla el pulso para reprimir, es difícil que obtenga una resolución favorable.

*Luz Mely Reyes es periodista y co-fundadora de @EfectoCocuyo.

“Al escucharnos, saca la mano por los barrotes y nos pide la bendición”

Más de 2 meses lleva el matrimonio Velasco Marín madrugando. Desde el 12 de junio, cuando detuvieron al menor de sus hijos, la vida les cambió. Ahora todos los días el despertador suena, religiosamente, a las 4 de la mañana. A esa hora la madre y la abuela se levantan a cocinar 3 comidas distintas: las que Carlos Julio (18) comerá durante el día. A las 6 de la mañana salen y recorren los 120 kilómetros que hay entre Guarenas y Macarao, donde él está preso. “Cuando llegamos al sitio es un dolor muy grande el que siento por ver a mi hijo en una celda, cual delincuente. Un niño inocente, que debe estar viviendo un infierno. Él no nos lo cuenta para no hacernos sentir mal. Pero ver que tu hijo, cuando te puede oír la voz, saca la mano por medio de unos barrotes y te grita: ‘papá, mamá, la bendición’, eso me revienta el alma”, narra su padre. A las 11 de la mañana, destrozados, vuelven al hogar y comienzan otra lucha: la de conseguir los alimentos con los que prepararle la comida que le llevarán al día siguiente. “Mi trabajo está por el piso desde hace año y medio; vendo materiales eléctricos y económicamente estamos muy precarios”, explica el padre, un hombre destrozado: “No duermo y me deprimo por cualquier cosa. Caí en una depresión severa con ataques de pánico y sufro una neuritis intercostal: tengo comprimidas las costillas del tórax por efecto de la angustia y del stress. Todo esto a raíz de la situación de mi hijo”. Situación que comenzó ese 12 de junio, cuando auxiliando a un anciano ahogado por los gases lacrimógenos, Carlos Julio fue detenido junto con otros 18 manifestantes en las inmediaciones del Centro San Ignacio. Incendio, detentación de sustancias incendiarias, agavillamiento, homicidio intencional en grado de frustración, terrorismo e instigación pública fueron los delitos que un Tribunal de Control les imputó sin prueba alguna: “En el expediente no hay nada que pueda evidenciar ningún tipo de elemento de convicción que pudiera señalar que ellos cometieron algunos de esos delitos”, explica su abogada. Poco importa. Desde ese día, un despertador suena a las 4 de la mañana en Guarenas y dos padres dejan la vida rumbo a Macarao.

Nicmer Evans

-¿Por qué no cayó la dictadura?

-El gobierno no cayó en estos días porque no había una contraparte que tuviese una conducción política asertiva y que pudiese canalizar la presión social que se generó tras las extraordinarias protestas que se pudieron ver en la calle. Lamentablemente, las manifestaciones no tenían esa conducción política pertinente que pudiese convertir toda esa energía en acciones concretas. Estoy hablando de negociaciones, de cabildeos, de articulación y suma de actores políticos, que pudiesen realmente lograr el objetivo que en principio se planteaba. Pero, además, hay otro elemento y es que el gobierno de Maduro no cayó porque el gobierno de Maduro no debe caer. Debe salir, que es distinto. Y debe hacerlo en los términos más democráticos para que no genere un hecho de fuerza posterior. De producirse una salida de Maduro por las balas en lugar de por los votos, no tengo ninguna duda de que traería consecuencias aún peores de las que se están viviendo hoy. Quien llegue a tomar el poder en esas circunstancias tendría una mayor condición de ingobernabilidad que la que tiene Maduro y entraríamos en una espiral de situaciones complejas y controvertidas desde el poder. En todo caso, creo que hubo un problema serio de conducción política. Se crearon unas falsas expectativas y sobre ellas se generó la situación que estamos viviendo: el hecho de que nos estemos preguntando hoy una cosa que, en principio, sabíamos que no se podía lograr.

*Nicmer Evans es politólogo. Tiene una maestría en Psicología Social y es director de la consultora Visor 360. Pertenece al chavismo disidente.

Mariano de Alba

-¿Por qué no cayó la dictadura?

-Porque no se concretó un quiebre trascendental de la alianza de gobierno. A pesar de la grave situación económica, del abandono absoluto de las formas democráticas por diversos poderes del Estado y de la violenta represión y asesinatos a manifestantes pacíficos, los venezolanos que hacen vida dentro del gobierno –desde los miembros de las Fuerzas Armadas hasta los funcionarios públicos– no produjeron un quiebre lo suficientemente sustancial para que la cúpula que controla el país se quedara sin apoyo y se viera forzado a negociar su salida. Asimismo, la intensidad y regularidad de las protestas fueron inéditas, pero a la dirigencia opositora le faltó concretar un movimiento permanente que incluyera a todos los sectores de la sociedad y lograra que el descontento se manifestara abrumadoramente. En sus comunicaciones con las Fuerzas Armadas y las personas relacionadas con el chavismo, la dirigencia opositora no logró articular acuerdos concretos que dieran paso al quiebre trascendental del cual hablábamos antes. Venezuela es actualmente un país controlado por una cúpula civil y militar que ha demostrado ser capaz de cualquier cosa para mantener el poder, además de estar incursos en actividades criminales. Se pensó que la manera de quebrar esa realidad era subiendo la presión con protestas en las calles y atención internacional, pero al final se demostró que además de esa cúpula hay un buen número de venezolanos que por ideología o necesidad económica no está dispuesta a romper con el statu quo, aunque la situación del país sea catastrófica. En principio, la solución a este grave problema sigue siendo tratar de construir puentes con ese grupo para acordar una visión y camino de país distinto, en el que quienes sostienen al régimen también estén incluidos y se manifiesten de forma concluyente. De lo contrario, los escenarios que quedan son la escalada del conflicto a un enfrentamiento armado –con una eventual intervención internacional– o la consolidación definitiva de un régimen que ya destruyó a Venezuela.

*Mariano De Alba es abogado y especialista en Derecho Internacional y Relaciones Internacionales.

Juan Barreto: “Para unos eres el peor y para otros la salvación”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Parece mentira, pero hubo una época en la que el nombre de Juan Barreto (ese que hoy se publica en los créditos de fotos que abren portadas de periódicos y revistas de todo el mundo) fue, simplemente, uno de los tantos que había en la nómina de obreros de la Bigott. Sí, luce inconcebible, pero días hubo en los que se dedicaba era a montar eventos para el departamento de Relaciones Públicasde la famosa cigarrera. ¿Tendrían sus compañeros idea de que entre ellos se encontraba el que terminaría siendo uno de los fotoperiodistas más talentosos de su generación?Seguramente no. Aunque quién sabe. Quizás entre jornada y jornada les contara que había trabajado en ‘El Diario de Caracas’; y puede, tal vez, que en la hora de almuerzo hiciera algún comentario sobre los suculentos manjares que alguna vez viera (¿y comiera?) en las fiestas que cubrió como fotógrafo de sociales del periódico de 1BC. Y es que aunque sueneincreíble, Juan Barreto es también otro de los improbables frutos periodísticos de aquel mítico tabloide fundado por el no menos mítico Tomás Eloy Martínez.

A ‘El Diario…’ llegó con 16 años y un permiso especial de trabajo para desempeñarse como auxiliar de archivo. “Me metía en las discusiones de redacción y veía cómo escogían la foto de la primera plana. Luego veía a los fotógrafos, que para mí eran unas estrellas, con sus equipos y con sus cámaras. Y me empezó a apasionar todo eso. Fue  allí donde dije: esto me gusta”. Entonces (otros tiempos, sin duda) ‘El Diario…’ abrió un curso de fotografía e inscribió a su archivista curioso. Y terminado el curso, lo puso a cubrir sociales. Pero todo tiene su final, nada dura para siempre, ‘El Diario…’ se acabó (lo acabaron) y con él, parecía, el sueño de vivir de las fotos. Tras algunos meses desempleado fue a parar a la cigarrera, donde estuvo tres años hasta que un buen día tomó la decisión de volver a la calle: “Estudié diseño gráfico. Y me fui como freelance, haciéndole vacaciones a todo el mundo”.

Y todo el mundo eran una serie de fotógrafos cuyos nombres puede que ya no le suenen a casi nadie, pero a los que Juan, hoy en la cúspide de su carrera y próximo a cumplir dos décadas en la AFP, no sólo no olvida sino que venera: “Tenían una voluntad tan grande para meterse donde fuera, para andar en sucesos. Y no contaban con las facilidades y los recursos que hay ahora: usaban equipos analógicos y con película, pero le ponían ganas. Mis primeros pasos me los marcaron ellos. Con ellos aprendí todo lo que sé”. Son Vicente Corrales (“el señor Vicente para mí es la cosa más extraordinaria que hay”), Cheo Pacheco (“él me vendió mi primera cámara: una nikkormat viejita, viejita, pero excelente, que nunca le pagué completa”), Jorge Tortoza (“mis primeras coberturas en sucesos fueron con él: siempre voy a recordar una vez que nos metimos en La Peste, en el Cementerio General del Sur”),  Nelson Castro, Luis Vallenilla, entre otros, de quienes jura que si estuvieran ahora “sería otra cosa”. Y es suficiente escuchar el respeto (pero sobre todo el cariño) con el que los nombra, para darse cuenta de que no está haciendo demagogia sentimental y de que, aun estando en la cumbre del Olimpo, Juan Barreto no olvida quién es ni de dónde viene.

A continuación nuestra conversación con un hombre agradecido.

-¿Tú te consideras buen fotógrafo, Juan?

-No, no. Yo todavía no soy bueno.

-¿Y si tú no eres bueno, entonces quién puede serlo?

-Este poco de señores viejos que te nombré antes, que eran increíbles. Desde Jorge Tortoza hasta Carlos Ramírez. Buenos eran ellos. Hay una lista gigante que me da mucha lástima que esta nueva generación no conozca. Yo siempre les he dicho a los compañeros, a los que están empezando: nunca se olviden de que antes de nosotros hubo personas mejores que nosotros.

-¿Y a ti qué te falta para ser buen fotógrafo?

-Mucha más cobertura y experiencia.

-¿Te falta calle?

-Siento que me falta hacer otras cosas. Aprender más. Sé de fotografía, tengo grandes conocimientos de fotografía, los he adquirido a través de la experiencia y del trabajo de años. He tenido también voluntad por aprender, he hecho cursos de fotografía en zona de riesgo, por ejemplo, y todo ello te da un conocimiento. Pero eso es como el cocinero, me imagino. Yo de cocina sé muy poco. Pero supongo que siempre quieres experimentar más, más y más, y sientes que no llegas al tope. Yo siento que no he llegado a mi tope. ¿Que quizás todos los años de experiencia me han permitido hacer un mejor trabajo? Sí. Pero siento que falta un poco más, que tengo todavía una carrera entera por delante.

-Con toda tu experiencia encima, dime una cosa: un fotoperiodista es alguien que…

-…le apasiona  y arriesga su vida por esto.

-¿Y qué se necesita para serlo?

-Ganas. Saber que en el momento en el que tomas una cámara y tienes un carnet pegado en el pecho, eso tiene sus riesgos. Mucho riesgo. Para unos eres el peor y para otros puedes ser la salvación. Yo siempre se lo he dicho a la gente: tiene muchísimo riesgo. No es fácil.

-¿Con qué equipo trabajas ahorita?

-Con Nikon. Antes usaban Canon, pero ahora nos lo cambiaron en la agencia.

-¿Hay algún lente que te guste en particular?

-Fíjate que no. Yo en eso no soy como los otros compañeros: no me enamoro de los lentes ni tampoco de los equipos. Hoy puedo tener una cámara increíble y mañana trabajar con el celular. Si tengo un angular, trabajo con él; si tengo un télex, trabajo con él. Yo tengo desde una cámara Sony, que me la dio Sony para que se la probara, hasta una Fuji con la que he hecho todas las fotos que están en mi casa: de hecho, todas las fotos que he mandado a montar son con Fuji, nada de Nikon o Canon.

-Eso me lleva a preguntarte, ¿para ti cuánto es la cámara y cuánto es el fotógrafo?

-80% el fotógrafo y 20% la cámara.

-¿Qué debe tener una foto para que tú la consideres buena?

-Un buen encuadre, armonía visual. Que sea noticiosa, que informe lo que en realidad está pasando, que tenga contexto, que cuando la persona la vaya a ver sepa qué está pasando: solo con verla, sin necesidad de leer lo que pasa. El texto tiene que ser complemento de la foto, no la foto del texto. Esa es una buena foto.

-En el fotoperiodismo, ¿cuánto es la estética y cuanto la información?

-Para mí, primero es la información. Nosotros vendemos información, noticia. Lo estético depende. Si en una gráfica yo tengo la información y lo estético no está muy bien, la publico igual. Pero si tengo algo muy bonito, muy armonioso, pero nada informativo, entonces no. Lo bueno de ahora es que ese tipo de fotos se pueden usar pero para otro tipo de medio. Pero primero es la noticia. Yo vendo noticia. Si tengo lo estético, bien. Pero vendo noticia: me preparé para eso.

-Si pudiéramos ponerlo en porcentaje…

-60% la información y 40% la estética.

-¿Tiene lugar en el fotoperiodismo la manipulación digital de la imagen?

-A ver, hay dos cosas. Una es que el lector está obligando a los medios a ser surrealista. Entonces ellos nos obligan a usar esas herramientas para resaltar los colores, los cielos. Y se está volviendo todo muy surrealista. Te paras y miras el cielo y dices: yo nunca he visto un cielo así. Pero bueno, dar contraste, aclarar una sombra, eso me parece válido. Y eso lo puedes hacer. Con lo que no estoy de acuerdo es con montar o manipular personajes dentro de un fotograma. Si eso no existió, tú no tienes por qué inventarlo. No puedes. Allí estás jugando con tu propia realidad, y te estás mintiendo a ti.

-¿Qué opinas del fotoperiodismo ciudadano?

-Me encanta.

-¿Sí?

-Claro, porque gracias a él ya prácticamente no se puede ocultar nada. Antes era difícil, porque simplemente existía una sola imagen. Ahora hay miles. Y mientras tu estés informando de lo que esté pasando, bien. La calidad es otra cosa. Pero mientras estés informando de lo que está pasando, claro que eres fotoperiodista.

-¿Cómo describirías la cobertura de estas protestas?

-Mira, en un momento empezó muy suave y luego comenzó a subir de nivel. Nosotros pensábamos que los gases eran algo fuerte y resulta que luego se puso peor. Y siempre podía ser peor.

-En la cobertura de las protestas, ¿cuál fue el momento más difícil?

-Creo que todos los días hubo momentos difíciles. Cuando venía la GNB en moto, allí yo decía: ‘listo, aquí fue, voy a caer como presa’. En esos momentos yo, primero, trataba de no correrles. Segundo: mostrarles que yo no me metía en su trabajo ni ellos tenían que meterse en el mío. Pero siempre intentando mantener un margen: si me señalaban y me decían que no tomara fotos, yo no era quien para sacar la cámara y ser agresivo. Si me decían que no tomara una foto, no la tomaba. Si me decían que me fuera, me iba. A menos que yo viera que me iban a violentar algo. Ya allí cambiaban las cosas.

-¿Cuánto es lo más que has arriesgado por una foto?

-Cuando estaba más joven cometí más estupideces, creyendo que una fotografía podía salvar o ser lo más grande, y luego me di cuenta de que no. En el año 2003 recibí un tiro cubriendo las protestas y el tiro pegó en el chaleco. Allí entendí que primero está mi vida.

-¿Una foto no vale la vida?

-No. Mira. En 2010 me tocó cubrir el terremoto de Haití. En una de las zonas yo vi a unos hombres armados sacando restos de cuerpos. Cuando me vieron, ellos me apuntaron con una kalashnikov. Yo lo que hice fue darles la espalda. ¿Qué hubiese ganado si me pongo a levantar la cámara? Podía perder la vida.

-¿Y tú cuando estás en medio de estos conflictos tienes cabeza para pensar en lo que es una buena foto?

-Es que antes de llegar al lugar digo: ‘quiero hacer tal imagen. Hoy me voy a dedicar a hacer esto’. Y te vas acercando. Vas pensando. Hay momentos en los que dices: la tengo. O no la tengo. Pero te vas con un patrón.

-¿Tras tantos días de protesta te era posible hacer una foto original?

-Mira, aunque parecía que era siempre lo mismo, siempre había algo diferente. La gente no era igual: señoras, señores, muchachas. Eso le daba otro matiz. Sin dejar de hacer lo que pasaba. Buscar la diferencia. Te ibas reinventando poco a poco. De repente decías: ‘hoy va a ser tranquilo’ y resultaba que todo se salía de control, y decías: ‘guao’. Era lo que pasaba: uno pensaba que iba a ser tranquilo y cambiaba de tono en segundos. Podías tener 8 horas y los últimos 10 minutos eran los que te daban la imagen. Y tú decías: todo tan tranquilo y vino este tipo y cambió todo. Por eso tampoco hay que minimizar la protesta.

-¿Te afectó toda esa realidad que cubriste?

-Sí afecta, siempre afecta. Cuando haces algún muchacho que lo viste caer y luego te enteras de que murió, dices: ‘coño, ¿por qué pasa esto?’. O si ves a un policía pegándole a una señora, dices: ‘coño, ¿por qué hace esto?’. Es imposible que no te afecte.

-¿Llegaste a llorar?                     

-No, no, pero sí me preocupa adónde vamos a parar como país. Y no lo sé.

-¿Cuál ha sido tu mejor foto?

-Para mí la mejor foto es la que a la gente le gusta. Si tú me preguntas de todos estos días cuál es la que me ha impactado visualmente, creo que fue el chico quemándose. Para mí esa ha sido la más fuerte de las que he tomado. Tengo detenidos, gente muerta. Pero para mí ha sido esa.

-¿Y cómo llegaste a ella?

-En el momento de la protesta, luego de que la tanqueta le pasa por encima a la gente y hace desastres, yo iba caminando donde estaba el fotógrafo de AFP para coordinar la cobertura, cómo íbamos a cambiarle la tónica, y en ese momento explotó la moto. Pero explotó a metros. Yo de hecho pensé que quien se quemaba era mi compañero. Lo vi tan cerca que pensé que se quemaba él. Yo sentí el calor. Y cuando me doy cuenta, viene este chico corriendo encima de mí. Es una cuestión de instinto: la cámara, disparar, disparar y ya. Para mí ese fue el momento más fuerte.

-¿Y la de la señora con la tanqueta?

-En realidad yo la vi allí y le hice la imagen porque me pareció que era importante. La mandé, pero no había caído en cuenta de la importancia que tenía, porque había piedras, gases, muchas cosas. Cuando terminó el día y la vi, dije: está fuerte.

¿Y la del militar disparando una pistola de frente a los manifestantes?

-Cuando tú empiezas a ver los ánimos dices: voy para adelante, para atrás. Los vi corriendo hacia adelante a manifestar donde estaba la Guardia y me fui a un costado porque dije: aquí va a pasar algo. Y lo vi. Luego, el GNB dispara hacia donde estábamos nosotros. Cuando yo veo que él apunta, me agacho y escucho las detonaciones.

-¿Eso es un sexto sentido o algo así?

-Eso se va ganando con la calle. Uno más o menos sabe cómo puede terminar todo.

-¿Cuál es la foto que te hubiera gustado hacer?

-Creo que he hecho todas las que he querido. Si estoy allí es por algo. Y si no estoy, también. No juego con el destino.