Dentro y fuera de la dictadura

Una mano emergió de la oscuridad del aeropuerto para saludarme.

—¿Lizandro? –preguntó, con una sonrisa.

Era el taxista al que habían encomendado llevarme desde El Vigía hasta La Fría, en Táchira, donde pasaría la noche. Era el jueves 21 de febrero, me esperaba una hora de viaje y estaba atravesando una de las semanas más importantes de mi vida.

Al día siguiente, cruzaría la frontera para Colombia.

El taxista comenzó a hablarme y yo sentí una ola mínima de miedo. ¿Qué tanto le había contado Juan Carlos, el productor que organizó el viaje, sobre mí? La primera recomendación que me dieron es que, desde que saliera de Caracas, no dijera en ningún lado que era periodista –cosa que no soy– o que trabajo en un medio o que escribo o que leo o que hago cualquier cosa que se le parezca o ay-qué-miedo-mejor-digo-que-soy-analfabeta.

La razón era sencilla: la dictadura chavista-madurista había iniciado una persecución contra cualquiera que ejerciera alguna forma de comunicación. El viernes siguiente, se llevaría a cabo en Cúcuta un concierto benéfico que buscaría intentar recaudar fondos para paliar la crisis humanitaria en Venezuela. El próximo sábado, camiones cargados de la ayuda humanitaria que ya habían donado otros países tratarían de ingresas al país. Así lo ordenó el presidente encargado Juan Guaidó. Pero las armas y las fuerzas de (in)seguridad del Estado(narco-régimen) estaban al servicio del usurpador Nicolás Maduro.

El taxista pronto se mostró como un hombre de confianza de Juan, por lo que, sin decir mucho de mí, me permití hacerle preguntas. El hombre vivía en Mérida, solía hacer mercado en Cúcuta (donde todo es más barato) y hasta se había comprado una antena de DirecTV colombiana que usaba en su casa. En Táchira y Mérida, todo el que puede cruza la frontera de tanto en tanto para sobrevivir.

—De acá mismo, de El Vigía. Vamos para… –y pronunció el nombre de un pueblito tachirense.

El guardia lo vio sin interés y le indicó que continuara el paso. Me habían advertido de la gran cantidad de alcabalas, de que debía tener cuidado. Vivir en un país como Venezuela es enfrentarse a diferentes matices del miedo: si se acerca alguien que parece un hampón, si se acerca alguien con una placa.

El taxista me comentó que su carro, como era pequeño, rara vez lo paraban. Que a los que más detenían era a los que podían transportar bidones de gasolina: la forma de contrabando más lucrativa de la frontera. Que con decir que veníamos de allí mismo e íbamos para acá cerca, todo estaría bien.

Habló como alguien acostumbrado a los juegos de palabras para despistar al poder.

Me sentí protegido.

—¿Ves esa cola de carros? –preguntó, cuando ya habíamos entrado a Táchira.

Se refería a una larga fila de vehículos (¿40?, ¿50?) estacionados al lado de una acera.

—Ajá.

—Esa es cola para echar gasolina.

Me quedé pensativo por unos segundos.

 —¿Y hasta que hora surten? –pregunté.

—Noooo. Eso es para mañana. La bomba de gasolina abre mañana temprano.

Eran las 9:00 pm.

—¡Mierda!

—Esa gente se queda ahí, pasa la noche y espera a que abran.

—Ya va, ¿y dejan los carros solos?

—Algunos se quedan dentro de sus carros. Otros le pagan a alguien para que se quede adentro.

FOTO: Ana Barrera

En la vía, aparecieron otras bombas y otras colas. Era, para mí, lo más llamativo dentro de paisajes monótonos: llenos de verde, de casuchas, de calles sin iluminación.

—¿Y es seguro pasar la noche de esa forma? –pregunté.

Él hizo un mohín con los labios. Se pasó la mano por la frente.

—Mira, chamo, la vaina aquí es así:

Me habló de los paracos. Según él, una suerte de paramilitares armados por la dictadura para tomar el control de diversos poblados.

—¿Algo así como los colectivos?

—¡Exacto!

Solo que aquí, me explicó, trabajaban de la mano con los guardias y los policías.

—A algunos ladrones hasta les han cortado las manos.

También, dijo, cobraban vacunas, perseguían a disidentes y facilitaban negocios ilegales que les convenían. Es lógico: para que el crimen organizado exista debe haber, ante todo, orden.

Dos anécdotas llamaron mi atención.

En San Antonio de Táchira, una señora acababa de cruzar el puente hacia Venezuela tras hacer mercado. Puso sus dos bolsas de tela en el suelo y se descuidó. Cuando vino a ver, le habían robado todo. Tras de ella, había una fila de chamos –de esos que pasan demasiado tiempo en la calle– que esperaban para cruzar hacia Colombia. Era obvio que había sido uno de ellos. La señora empezó a lamentarse.

—¿Qué pasó? –preguntó un paraco.

Cuando la señora terminó su cuento, el hombre exclamó:

—¡Qué vaina, vale! ¡No puede ser que le hayan robado todo a la señora! Ustedes, díganme quién fue.

Los muchachos de la cola se vieron entre sí, sin abrir la boca. El más valiente se encogió de hombros.

—Okey. Les dos 15 minutos para que aparezcan los ladrones. 15 minutos.

Los chamos comenzaron a moverse de un lado a otro. Luego de que transcurriera el tiempo señalado, los hampones seguían sin aparecer.

—Okey –dijo el paraco–, vamos a hacer esto. Señora, dígame qué fue lo que compró.

La mujer dictó uno tras otro todo lo que componía su mercado.

—Chévere –respondió el paraco–, tienen 30 minutos para, entre todos, reponerle las compras a la señora.

Y se las repusieron. O eso me contó el taxista.

En ninguna institución del país se podría observar una eficacia similar.

—Esos son la autoridad, chamo. Es mejor no contradecirlos –me dijo.

La otra anécdota resultó un poco más didáctica.

Un chico iba a cruzar hacia Colombia. Un guardia lo detuvo, le revisó lo que llevaba en la carretilla. Cuando el chico descubrió un rollo de cobre, el guardia le pidió una coima de 20 mil pesos para dejarlo pasar. El chico accedió.

—Espere –dijo el guardia, dándose cuenta de que había visto mal.

Le pidió al muchacho, esta vez, que expusiera todo el contenido de la carretilla. Entonces, quedó a la vista una cantidad de cobre muchísimo superior que la que se había mostrado en un principio.

—No, mejor deme 40 mil pesos.

En Venezuela, los alambrados de teléfono, las placas fúnebres, las estatuas: toda forma de cobre se roba y se trata de trasladar hasta Colombia, para venderla.

—¡Jódase! –gritó el muchacho.

Resultado: lo detuvieron en la sede de la Guardia Nacional Bolivariana.

No tenía ni 24 horas de haber sido encerrado, cuando una caravana de motos se estacionó afuera. Eran paracos, armados, que descargaron sus pistolas y ametralladoras contra el cielo.

—¡Tienen 20 minutos para dejarlo salir! –aullaron.

Dieron la orden de que se cerrara todo en los alrededores, rondaron el área por un rato, gritaron insultos. Los guardias permanecieron encuartelados, ni uno se asomó. Tras marcharse las motos, luego de dar el ultimátum, pasaron diez minutos antes de que se abriera la puerta del comando: el chico salió a pie, solo.

—Qué arrecho –dije–. Pero, ya va, ¿no se supone que los paracos y la guardia trabajan juntos?

—Sí, pero es cómo todo: también tienen su pique entre ellos.

Media hora antes de que llegáramos a La Fría, al hotel en el que iba a hospedarme, vimos caminar hacia una especie de estacionamiento a un puñado de adolescentes y adultos jóvenes armados. No llevaban uniformes, ni placas: eran civiles armados. Armados con ametralladoras.

 

 

Me hospedé en el mejor hotel de La Fría, un pueblo que pareciera caber en una sola calle. Pero en el restaurante se veía una que otra chiripa y había habitaciones sin control del televisor –que solo disponía de un cable operador local de 50 canales– y con el grifo de agua caliente dañado. En fin, yo esa noche solo tenía mente para lo que me deparaba el amanecer. El taxista que me trajo habló por teléfono con un militar amigo suyo y este le dijo que quizá cerrarían la frontera mañana. Yo quería cruzar a Colombia sí o sí. Por eso, junto a mi editora (con quien hablé por teléfono), traté de convencer a la taxista que me buscaría al día siguiente de que llegara lo más temprano posible. El plan era salir rumbo a San Antonio para cruzar el puente Simón Bolívar.

 

La taxista hablaba demasiado y yo tenía sueño: la noche anterior apenas pude descansar un par de horas: un poco porque no me cuesta nada tener problemas para dormir, otro poco porque cierta forma de ansiedad ganaba terreno bajo mi piel.

Solo una alcabala nos detuvo y ella le respondió al oficial que íbamos a San Antonio, que de ahí éramos.

—No, si yo he llevado a varios periodistas ya –me dijo, luego de presumir que por la ruta que llevábamos era más rápido llegar a la frontera: poco más de una hora.

—¿Qué tan difícil es cruzar el puente Simón Bolívar?

—No, como usted no lleva equipaje, sino un morral nada más, no lo deben de revisar mucho. A quienes sí revisan bastante es a quienes llevan bolsos grandes, maletas y cosas así. A usted a lo mejor le echan una revisada por encima y listo. ¿Usted lleva cámaras?

—No, nada de eso.

—Ah no, pues súper fácil, entonces. Usted sabe: discreto, bajo perfil y listo. A los que llevan cámaras, laptops y, usted me entiende, equipos electrónicos, a veces se los quedan los guardias.

Viajaba en el asiento de atrás. Traté de seguir durmiendo.

—En este hotel –me señaló uno cuando ya estábamos llegando–, se alojaron varios periodistas. Pero tuvieron que irse: ahí también se alojaba el FAES.

Hurgué en mi morral, di con mi chaqueta impermeable; la desenrollé, saqué la funda de mi smartphone y encendí el teléfono. Necesitaba avisarle a mi primo, residenciado en Cúcuta, por dónde iba. Él me iba a esperar en el comienzo del puente, del lado de Venezuela.

Dos formas de inseguridad me llevaron a tener bien oculto mi celular. La primera, el hampa común. La segunda, que en una alcabala a un guardia o policía se le antojara hacerme una revisión a fondo. Aunque cumplí con todas las recomendaciones de seguridad digital, había un par de grupos de WhatsApp susceptibles a pasar con frecuencia información que me podía meter en problemas: en problemas con la dictadura.

Bajé del taxi y caminé hasta el Movistar en el que Michael dijo que lo esperara.

 

Vivo en Caracas. Eso significa que tengo bien desarrollados mis sentidos para identificar riesgos y posibles agresores en la calle. Ser caraqueño es hacer de la paranoia un estado habitual.

Todas mis alarmas se encendieron mientras esperaba.

Grupitos de personas, de esas que te hacen acelerar el paso si las encuentras en un callejón, ofrecían pasar al otro lado a cualquiera que no tuviera papeles o cargara encima algo ilegal. Varias veces se me acercaron, como felinos rondando su presa, a ver qué necesitaba, qué hacía ahí parado como a la deriva.

—Todo bien, mi pana –dije a uno de los más insistentes.

—Todo no está bien –respondió.

Me tensé, listo para actuar.

—Si todo estuviera bien –agregó el flaco descamisado de cara sucia– no te estuvieras yendo del país, ¿no crees?

Sonreí.

—Ando de visita.

Después de 40 minutos –en los que vi un amago de pelea, un grupo de personas gritando Maduro para que otros respondieran coño e’tu madre, y mucho tráfico de gente–, juzgué que lo mejor era cruzar el puente y tratar de comunicarme con mi primo, con quien solo podía hablar por WhatsApp, desde Cúcuta.

FOTO: Carlos García Rawlings – Reuters

Atravesar el Simón Bolívar fue fácil. Me pareció rápido. Nadie me detuvo, nadie me revisó. Centenas de personas entraban a Colombia. Era evidente que muchas iban al concierto. Los controles fronterizos, de los que tanto me advirtieron, fueron más bien blandos.

Al llegar al otro lado, me di cuenta de mi error: el despelote y la gran cantidad de gente con la que me conseguí no se diferenciaba en mucho de la que me había motivado a moverme hacía rato. Vi una agencia de viajes, entré y usé cualquier cosa como excusa para sentarme, pedir la clave del wifi y sacar el teléfono.

Me fue imposible conectarme a Internet. Luego de unos 15 minutos de vueltas, espera y ansiedad, crucé de nuevo hacia Venezuela.

Esta vez sí me detuvo un GNB.

El hombre me pidió que abriera el bolso y empezó a revisar. Temí que dañara una bolsa de cazabe que llevaba, mientras trataba de verificar que, en efecto, era cazabe. Pero el micro paro cardiaco lo tuve cuando comenzó a desenrollar mi chaqueta impermeable.

—¿Un teléfono?

—Ajá.

Verificó y lo volvió a guardar.

Casi le di las gracias por no robarme.

 

Vi harinapan por primera vez en ocho meses. Era de Polar, sí, pero con precio en pesos. Curioseé las chucherías del abasto: había Pingüinitos. Pensé en mi infancia y en las tantas cosas que la dictadura nos quitó. Mi primo terminó de comprar y caminamos hacia su casa.

Di con él luego de que entrara a una tienda, en San Antonio, sacara el smartphone y me entrara una llamada suya de la calle. Para esa gracia le hubiese dado mi otro número y listo. El caso es que, al cruzar nuestros relatos, es probable que hubiésemos estado esperándonos a menos de 20 metros de distancia todo el tiempo: él viendo hacia las calles de San Antonio, creyendo que vendría de allí; yo, hacia el puente, creyendo que él aún no lo había cruzado.

Asimilé que estaba fuera de Venezuela cuando, en el centro de Cúcuta, tantas personas exhibían sus teléfonos en la calle. Mis antojos, entonces, se alborotaron.  ¿Sería posible que en alguna parte del mundo comer en McDonald’s fuera barato y rico? Después descubriría que el McFlurry colombiano era más pequeño y llevaba menos sirope que el de Venezuela. No se imaginan mi decepción.

Corrimos a buscar nuestras acreditaciones y nos dirigimos, en taxi, a Tienditas, donde ya estaba arrancando el concierto benéfico organizado por Richard Branson. Lo más resaltante de mi experiencia en el evento lo resumiría luego en Hay militares que no golpean. Acaso, me faltó resaltar una escena que compró vivienda propia dentro de mi cabeza. Alejandro Sanz, guitarra en mano, diciéndonos: “Que nadie les robe el relato de su libertad, que es suya y de nadie más”.

Que nadie nos robe el relato de nuestra libertad.

 

FOTO: Michael Martínez

Desperté 30 minutos más allá de lo planificado. Sentía el dolor de una resaca y eso que lo más heavy estaba por venir. Mi primo aún dormía: le pedí a uno de sus niños que lo despertara. Intercambiamos miradas como reconociendo las lagañas de nuestras almas. Él, dijo, quería seguir la convocatoria oficial e ir a Tienditas, donde habría rueda de prensa. Yo leí en Twitter que en el puente Simón Bolívar había movimiento y sospeché que allí habría acción. Decidimos separarnos.

Lo que hasta ese entonces estaba siendo una experiencia importante evolucionaría hasta convertirse en una de las vivencias más significativas de mi vida. Cualquier cosa que diga sobre ese histórico 23 de febrero sería redundar en lo que ya escribí: Esos policías tienen ganas de llorar.

Tal como seguro le hubiese gustado a más de un funcionario, en plena confrontación me permití dejar salir las lágrimas un par de veces. Jamás me había sentido tan superado por los momentos.

Cansado, con el hedor a lacrimógena pegado al cuerpo y un sudor lleno de tristeza, me fui hasta Tienditas. Eran más de las siete de la noche y ahí daría Juan Guaidó una nueva rueda de prensa.

El espacio se fue llenando de a poco: bastante tuvimos que esperar los medios presentes. Un arsenal de cámaras de televisión, todas internacionales, apuntaban hacia el atril. Cuando se le preguntaba a los medio de afuera cómo les había ido, estos sonreían complacidos por todo el material que habían capturado. Cuando nos preguntaban a algún medio venezolano cómo nos había ido, el semblante sombrío dejaba entrever que las siluetas de los camiones de medicinas quemados por la dictadura habían dejado sus cenizas sobre nuestros corazones.

 

FOTO: Michael Martìnez

¿Todo había acabado? Era la sensación que tenía en la mañana del domingo 24: que solo quedaba escribir, enviar los trabajos y listo. Solo me preocupaba el cierre de la frontera, también por parte de Colombia, para los siguientes dos días. ¿Cómo iba a hacer para salir de Cúcuta?

La frontera colombo-venezolana es la más fácil de atravesar de forma ilegal. Abundan las trochas y los llamados trocheros, quienes viven de trasladar a personas de uno a otro lado. Incluso, cuando la frontera está abierta, ellos se lucran movilizando gente sin papeles, productos prohibidos y hasta carros. No es seguro, no es recomendable. Es como la comida chatarra: sabes que no está bien, sabes que su consumo sostenido te puede enviar a la tumba, sabes que no es una solución a largo plazo. Pero cuando hay hambre, hay hambre.

Ir hacia Bogotá y tomar un vuelo internacional hasta Maiquetía no era una opción: faltaba dinero. Y lo que más me asustaba eran los ecos que llegaban desde San Antonio. El domingo en la mañana, Iris Valera, adepta al chavismo, se paró en el puente de Tienditas, del lado venezolano, junto a colectivos. Hombres, civiles, armados. La foto era el resumen de lo que devino el chavismo: una organización criminal. Iris estaba ahí para amenazar, para amedrentar: para insinuarnos lo que podía pasar si los venezolanos decíamos volver a Venezuela a ejercer nuestros derechos constitucionales.

Para mostrarnos la diferencia de vivir en democracia y en dictadura.

Se decía que San Antonio estaba tomado por colectivos, que saquearon el pueblo y que pasaban por algunas casas para obligar a las personas a marchar a favor del usurpador. La vigilancia, decían, era férrea: como tener a un hampón observando la puerta de tu casa día y noche. Varios venezolanos con familia en Cúcuta, y que trabajaban en Colombia, prefirieron traer a sus familias a territorio democrático.

Los trocheros, en La Parada (donde inicia el puente Simón Bolívar en Colombia), parecían moscas buscando dulce. Si te bajabas de un autobús, te perseguían ofreciendo sus servicios. Yo traté de mimetizarme con el ambiente y logré conversar con trocheros más discretos, con vendedores ambulantes, con personas para las que estar ahí –para las que ir y venir– era un acto de supervivencia cotidiano.

Casi todos me trasmitían lo mismo: solo cruza el que tiene necesidad. Si no es urgente, ¿para qué?

Recordé a los colectivos que, el día en el que hasta los policías tenían ganas de llorar, estuvieron en el puente tomando fotos. Recordé sus cámaras enfocándome. Y rememoré el instante en el que me paré al lado del diputado José Manuel Olivares y diferentes televisoras del mundo también recogieron mi imagen. ¿Estaba paranoico? Sí: yo crecí con el chavismo.

La trocha más segura era la del Puerto Santander, a través de la cual se llega a Ureña. El detalle estaba en que Puerto Santander queda a hora y media de Cúcuta. Y era recomendable cruzar ese paso temprano: a las 2:00 pm, como tarde.

Es, me decían, territorio de guerrilla.

 

En Colombia me sentía seguro, sentía que podía hablar sin mirar a los lados. La idea de volver a Venezuela se configuró como un miedo denso que lograba observar a la espera de que disminuyera. La posibilidad de que me pasara algo cruzando una trocha me tensaba los hombros: jamás había sentido tanto rechazo hacia los policías, guardias y militares venezolanos. Un ratero me podía robar las pocas cosas que cargaba. Un funcionario podía destruirme la vida.

Salí del terminal de autobuses –en el que me tentó un pote de nutella a un precio ridículo, en comparación al costo en Venezuela– hacia Puerto Santander. En algún momento, el paisaje se llenó de un verde que me insufló algo de paz. Dormí. Cuando abrí los ojos, aún faltaban varios minutos.

Una vez se hubo estacionado el autobús, unos ocho trocheros se abalanzaron sobre quienes nos apeábamos. La ignorancia suele ser costosa y yo escogí uno que me cobró 20 mil pesos. Un venezolano que se ganaba la vida así.

—Del otro lado tengo la moto para llevarlo adonde le haga falta.

No sabía que, una vez cruzado el río, era necesario trasladarse tanto. Pero en fin. Mientras menos ignorante me mostrase, mejor. Solo rechacé su ayuda cuando se ofreció a cargar mis cosas.

Zigzagueamos casas, hablamos de fútbol (no sé si es que tengo un cártel en la frente, pero esas conversaciones me persiguen) y luego de 10 minutos llegamos al río. Nos subimos a una curiara. El trochero le pagó al conductor dos mil pesos: mil por él, mil por mí. Y este comenzó a remar.

En 30 segundos –30 segundos– llegamos a la otra orilla.

¿¡Para eso me cobró 20 mil pesos!?

—Aquí tengo la moto, para llevarlo –apuntó con los labios.

Y pensé: okey, es ahora cuando va a justificar mi inversión.

El río tenía menos de un metro de profundidad. Decenas de personas hacían el trayecto de uno a otro lado en las pequeñas embarcaciones: algunas con muchas maletas y paquetes. En la orilla venezolana, la mayoría comenzaban a caminar sobre la vía de tierra, rodeada de maleza de más de dos metros.

El trochero me llevó a un área delimitada con un mecate amarrado de varios árboles: un estacionamiento. Tomó una de las varias motos que estaban detenidas, le pagó al dueño-cuidador-vigilante-queséyo de esos vehículos y me invitó a subirme de parrillero.

En tres minutos llegamos al comando de la GNB, que colinda con una placita. Ahí me buscaría un taxi que ya había cuadrado todo con mi editora para llevarme a La Fría.

Eso fue todo. 20 mil pesos por 30 segundos en curiara y tres minutos en moto. O sea, bien pude haber pagado solo los mil que cobraban los barqueros.

20 mil pesos.

Hubiese comprado la nutella.

 

El alivio. El tenso alivio. Lo más riesgoso había pasado: crucé la trocha. La normalidad, entonces, volvía a mi vida: la paranoia, el miedo, el desconfiar de cualquier uniformado.

Me pareció curioso que, del otro lado del ilegal paso fronterizo, hubiese un comando de la GNB. Frente a él, y a funcionarios aburridos, pululaban taxistas y autobuseros que promocionaban destinos a La Fría, El Vigía, Mérida y hasta Caracas. Uno me ofreció movilizarme por Venezuela sin pasaporte.

—Chamo, ¿qué hay aquí para entretenerse? –pregunté al taxista cuando se estaba estacionando frente al hotel en el que pasaría la noche, el mismo de la otra vez: el de La Fría.

—¡No joda! ¡Esto es un pueeeeblo! Bueno, por ahí hay un cyber, para pasar las horas.

En la recepción, me preguntaron si ya yo me había hospedado antes ahí.

—Sí.

—Es que aquí está tu ficha –explicó la recepcionista.

Tras de ella, había un cartel en el que se informaba a todos los huéspedes que por orden de la Guardia Nacional, la Policía Nacional y el Sebin, todos debían identificarse, dar su número de cédula, decir de dónde venían y adónde iban.

—¿Profesión?

—Entrenador –respondí.

 

El vuelo desde La Fría a Maiquetía fue tranquilo. Aunque se retrasó 30 minutos. Solo hubo un instante destacado. Cuando estaba pesando por el detector de metales, un funcionario de la GNB, del comando antidrogas, pidió revisar mi bolso. Yo iba entre dos reporteros, que trasladaban sendas cámaras en sus bolsos.

—Usted también es reportero, los tres son reporteros, ¿verdad? –dijo uno de los empleados que ayudaban en el detector de metales.

—No, no. Yo ando solo, no ando con ellos –expliqué.

Minutos atrás, había desayunado cerca de muchos guardias, mientras en el televisor el canal Caracol mostraba imágenes de la represión del sábado pasado.

El tipo del comando antidrogas abrió mi bolso y, aunque no dio con los dólares que siempre trasladé de forma celosa por todo el país (como quien trata de introducir droga a una penitenciaria), sí encontró un souvenir de mi aventura: la credencial de prensa del concierto.

El hombre no se detuvo mucho en ella y me invitó a continuar.

Respiré aliviado.

Cuando –tres horas después– llegué a casa, sentí cómo se descomprimían mis hombros. Lo había logrado. Pero me asaltó una confusión: ¿cuántos venezolanos salen de un país secuestrado y luego se esfuerzan tanto para volver a él? Pensé en Rafael Cadenas: “No se puede escribir una sola cosa verdadera sin haber estado en el infierno”. Entonces, recordé los verdaderos motivos de mi aventura, de mi vida.

Me senté a escribir.

 

Por Lizandro Samuel  | @LizandroSamuel 

Tener paciencia cuando se padece una dictadura

Salir de un gobierno autocrático, dictatorial, no es cosa de un día para otro. Requiere de muchos pasos pequeños, de muchas idas y venidas, de muchos movimientos estratégicos que pueden parecer desviarse del objetivo inicial. En otras palabras, liberar a un país de sus secuestradores requiere de mucho tiempo. Sin embargo, pareciera que a buena parte de los venezolanos les cuesta entender (o aceptar) lo que eso implica.

La verdad es que no puedo juzgar a nadie. Es difícil pedirle paciencia a quien ha padecido veinte años de la máxima crueldad imaginable. No es fácil pedirle calma y sosiego a quien vive en carne propia la agresiva lentitud de todos los procesos burocráticos a los que está expuesto día a día. Parece casi una locura pedirle más aguante a quienes notan cómo el deterioro carcome lentamente la infraestructura de un país que supo brillar en su región y más allá. Es muy complejo pedirle calma a quien no puede soportar un día más en que la miseria llama a su puerta y reclama las vidas de sus familiares, amigos y conocidos.

No es fácil tampoco defender la consigna de “esta es una lucha que requiere de mucho tiempo”. La digo y de inmediato se encienden las alarmas, porque suena peligrosamente similar a esas afirmaciones de “estamos apenas en la etapa inicial de la Revolución”, con la que, por años, los voceros del poder han intentado justificar sus fallos y desatenciones. Es lógico preguntarse por qué se empieza ahora, qué se estuvo haciendo durante dos décadas, qué tan crudo estaba el plan para deshacerse del régimen. Entiendo por qué se generan esas suspicacias (unas mejor fundadas que otras) acerca de la posible complicidad de actores de la oposición venezolana (hoy gobierno transicional) con las facciones del movimiento chavista. Y la suspicacia pareciera ser combatible solo con hechos contundentes, continuos, irrebatibles, palpables.

¿Los tenemos? Mejor aún, ¿sabemos identificarlos y apreciarlos?

Pienso en dos condiciones de nuestra sociedad que nos llevan a la impaciencia respecto a la velocidad del proceso de restauración de la democracia en Venezuela. Primero, el cliché: somos una sociedad inmediatista. Basta con revisar un poco la forma en que nos referimos al posible fin del régimen de Nicolás Maduro: “caída”, “tumbar”, “derrocar”. Incluso hablamos de soluciones que, de la forma en que nos las imaginamos, rayan en lo fantástico, en lo épico: “intervención”, “invasión”, “levantamiento”. Es de esperarse que una característica que ha sido tan constante en la radiografía de la sociedad venezolana esté atravesada por el contexto y la historia contemporánea. Como comentaba unas líneas atrás, estamos condicionados por el desgaste, el hartazgo, la impaciencia. Resulta incluso sano querer que la pesadilla termine de una vez; nos habla de que, a pesar del “modo automático” en el que se desenvuelven muchos venezolanos, hay consciencia de que la realidad es lo suficientemente nefasta como para desear su final inminente.

El problema es que, mientras van pasando los días y ninguno de esos escenarios se cumple, la ansiedad va en aumento exponencial y se hace difícil mantener la compostura. La gente espera contundentes golpes a la mesa todos los días, a toda hora. Sienten que un día en el que no se hace un anuncio de gran envergadura, un día en el que no se llenan las calles gritando consignas en contra del dictador, un día en el que alguna instancia internacional no se pronuncia, es un día perdido. A pesar de los esfuerzos, muchos sienten que el reloj de arena que corre en su contra sigue ahogándolos sin clemencia y que la cuerda de rescate para salir de ese atolladero no es lo suficientemente larga como para ayudarlos a escapar.

Por otro lado, hay una mezcla muy particular entre la desconfianza creciente, que también nos ha definido como venezolanos por décadas, y una necesidad (para nada exclusiva en nuestro país, sino una tendencia global) a estar siempre informados sobre los eventos que nos interesan. Ante la falta de ese anuncio importante, de esa noticia que “rompa la Internet”, que nos haga detenernos para compartirla en un grupo de WhatsApp o en nuestro timeline de Twitter, las suspicacias se alimentan, toman fuerzas y se posesionan de nosotros. “Se enfrió el movimiento”, comenzamos a escuchar. Se propaga una sensación angustiante, el desasosiego que produce pensar que, una vez más, nos quedaremos a las puertas (o tal vez más lejos) de lograr el cambio tan anhelado para nuestro país. Estar expuestos a tanta información en tiempo real termina mancillando nuestra capacidad de postergar la gratificación, de esperar un poco más para recibir una noticia más sustanciosa.

Los tiempos de la política son muy distintos a los tiempos de la vida cotidiana; se trata de algo complejo de asimilar y digerir cuando el deterioro que nos rodea se lleva lo mejor de nosotros a una velocidad trepidante. A esto se le suma que la costumbre de leer en formato de tweet, de esperar ese comentario en 280 caracteres, nos entorpece la capacidad de leer las narrativas completas, de encontrar en el todo de la noticia esas pequeñas victorias estratégicas que se encuentran un poco escondidas detrás de los movimientos de uno y otro bando. Parece más fácil despertar con el tweet que anuncia la caída del régimen que esperar con paciencia el desarrollo del proceso de cese de usurpación y gobierno de transición que nos lleve a las ansiadas elecciones libres.

Grandes movilizaciones seguidas de días de aparente silencio. Anuncios impactantes seguidos de días de incertidumbre, de pocas noticias. ¿Significa eso que dejan de pasar cosas? ¿Tenemos que enterarnos de todo? El 24 de enero escribía en Twitter que necesitaba una transmisión en vivo de una cámara instalada en el pecho de Juan Guaidó. Necesitaba seguir en tiempo real todo lo que sucedía alrededor de la figura del presidente encargado para poder calmar mis ansias y constatar que, efectivamente, estaba pasando algo. ¿Nos sentimos todos así? ¿Hay alguna solución?

La idea inicial de este texto era plantear un “cómo manejar la angustia” con respecto a lo que pasa o deja de pasar en Venezuela en estos días que corren. Siento que fallé. Fallé porque, como venezolano, también soy propenso a caer en la desesperación de tanto en tanto. Porque me da miedo esa “tensa calma” que me reportan muchas de las personas con quienes me comunico en Caracas. Es como ser espectador de una partida de ajedrez sin saber mucho del juego: sabemos que habrá un ganador, que eventualmente el encuentro terminará, que un rey será puesto en jaque mate, pero no tenemos idea de por dónde o cuándo vendrá la jugada decisiva, porque solo vemos los movimientos pero no la estrategia que tiene cada jugador en su cabeza.

Mientras tanto, lo único sensato que se me ocurre recomendar es protegerse de noticias insidiosas y/o falsas. Seguir a comunicadores serios que se dan a la tarea de confirmar fuentes (de entrada se me ocurren las cuentas de Twitter de Luis Carlos Díaz, Naky Soto, Arepita, Revista OJO, por ejemplo). Aunque parezca contradictorio, una solución puede ser buscar los resúmenes que dan estos actores al final de cada jornada noticiosa. Algunos dan los bullets necesarios para tener el panorama general. Otros se extienden un poco más y aventuran algunos análisis que nos pueden dar más luces con respecto a lo que pasa (Prodavinci, Caracas Chronicles, como dos ejemplos a los que puedo hacer referencia de memoria). Puede que el remedio contra el exceso de información basura sea informarse de forma consciente, saludable, responsable.

Todo esto puede irse al caño fácilmente cuando vemos las declaraciones de Nicolás Maduro y sus secuaces, dando a entender que el día de una negociación de su salida del poder está lejos. Parece entonces que los movimientos de los peones que están de nuestro lado son espurios, apenas relevantes. Pero de nuevo, hay que hacer el ejercicio de tener paciencia, de entender que es un trabajo que requiere de tiempo y estrategia para que tenga los resultados deseados.

Yo sé que puede parecer fácil pedir paciencia desde la distancia, pero es lo único sensato que puedo aconsejar.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

El doloroso nacimiento de la nueva Venezuela

¡Hola! Si eres un lector de menos de 25 años, quiero contarte que vengo de la década de los 80. Nací en 1975, específicamente, y la verdad es que no recuerdo haber pasado ninguna necesidad grave en mi infancia, más allá de que el Niño Jesús nunca me trajera el osito más caro que yo elegía en los folletos de las jugueterías que venían encartados en los periódicos del domingo, sino un peluche más tapa amarilla. Uno de mis recuerdos más nítidos de esa época es que, en el camino a mi colegio de primaria en San José del Ávila (Caracas), alguien escribió en un muro un grafiti en modo Caps Lock: ¡VIVA 1986!

Me cuesta imaginar a alguien pintando hoy en Venezuela un ¡VIVA 2019!, la verdad.

Lo más parecido a una polarización que vi en mi niñez fue la guerra de las Malvinas: recuerdo que una mañana de 1982, en un descampado en el que se nos torturaba a los gorditos que no podíamos hacer la vuelta canela durante las clases de Educación Física, formé parte de una batalla campal entre argentinos y británicos. Me pregunto si, en un rincón de Buenos Aires, hoy hay compañeritos de salón jugando a la invasión estadounidense de Venezuela.

Crecí en un cuadro relativamente feliz de “familia modélica de padres inmigrantes de origen europeo, que le echaron pichón y pudieron comprar apartamento propio”. Incluso llegamos a tener un terreno con una casa en Higuerote, provisto de una piscina que hizo mi papá con sus propias manos, y que luego debimos vender porque era desvalijada sistemáticamente cada semana por los propios barloventeños que contratábamos para cuidarla. En ese contexto, lo más extraño de mi niñez fue que, a pesar de lo anterior, en mi casa se escuchaba regularmente a Alí Primera.

Convengamos: por si no conoces su obra y te has dejado lavar el cerebro a la inversa por el rechazo que hoy genera todo lo relacionado con el chavismo y por la pavosidad congénita de sus hijos Servando y Florentino, Alí Primera fue un cantautor extraordinario –quizás el más polifacético de la historia de la música latinoamericana de protesta– que, entre la rabia y la ternura, paseaba su vozarrón con soltura por casi todos los géneros populares venezolanos. Te podías aprender sus discos de pe a pa como las canciones de la misa y sus cassettes eran la banda sonora de nuestro viaje de dos horas de los sábados a Higuerote.

Eso sí: en lo ideológico, Alí era un ñángara de mensajes abiertamente insurreccionales. No dejo de sentir escalofríos al pensar que versos como los de Canción bolivariana, que yo escuchaba mientras hacía bolitas de vainilla con la crema de las galletas Oreo en asiento trasero del Fiat de mi papá, eran los mismos que en ese instante inspiraban en los cuarteles a Hugo Chávez con su contradictorio caldo de nacionalismo decimonónico y marxismo trasnochado: “La burguesía es hija de la Colonia y viceversa; la opresión está reunida en masa bajo un solo estandarte; si la lucha por la libertad se dispersa no habrá victoria en el combate”.

Sí, “combate” se refería explícitamente a oposición armada a gobernantes democráticamente elegidos, contra los que una logia semi religiosa se alzó en armas en dos madrugadas de febrero y noviembre de 1992, esta última con los únicos bombardeos desde aviones que hasta ahora he presenciado en mi vida. Aunque entonces fui un chamo de 17 años que formaba parte de una franca minoría (los que pensábamos que las medidas de apertura de la economía señalaban hacia el camino indicado y que era mejor que Carlos Andrés Pérez completara su período presidencial), no dejo de pensar que el hecho de que Alí Primera se escuchara libremente en mi sala de estar –sin que nadie me alertara sobre la importancia de separar música y letra– era un síntoma de que algo no andaba bien. Que no se nos había enseñado lo suficiente ni en la casa ni en la escuela a valorar el frágil experimento de civilidad, siempre bajo la sombra del militarismo que comenzó en 1958.

Y sí: si me preguntas, nunca en el chavismo he visto cacerolazos tan estruendosos como los que le dedicaron a CAP.

La síntesis que vendrá

Toda esta interminable introducción es para decirte algo que, si conoces lo que publicamos y has llegado hasta aquí, probablemente ya sabes: que toda pretensión de revivir lo que tuvimos en Venezuela hasta la mamarrachada de juramento en la toma de posesión de 1999 –los símbolos y los formalismos son más importantes de lo que sueles pensar, amante de la acción– no solo es técnicamente imposible, sino poco deseable. Porque, y disculpa que me apoye en la dialéctica marxista de inspiración hegeliana, solo nos queda esperar la síntesis que traerá el choque de tesis y antítesis.

Lo que vendrá después de estas dos décadas de irresponsabilidad histérica –si es que viene algo después, que jamás lo podremos asegurar con total certeza– será forzosamente diferente a los 40 años que tuvimos antes de ellas.

Permíteme citarte la placa del monumento de las Tres Culturas de México DF, mi argumento favorito contra los tirapiedras que idealizan en idioma castellano un presunto edén prehispánico, como los que derribaron la estatua de Cristóbal Colón de Plaza Venezuela el 12 de octubre de 2004: “El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendido por Cuauhtémoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.

Disculpa las citas un poco de liceo, pero voy con otro de mis gallos: “La existencia humana ha sido en toda época y momento un juego peligroso, y eso vale para las primeras tribus que se agruparon junto al fuego hace millares de años y para quienes hoy tenemos que cruzar la calle cuando vamos a comprar el periódico”, recuerda Fernando Savater en Ética para Amador, aunque en Venezuela ya no tengamos prácticamente hoy periódico que comprar.

Nuestra naturaleza está marcada por la insatisfacción permanente y el conflicto. Hoy algunos de nosotros aplaudimos que cualquier medio es válido con tal de quitarle al chavismo sus herramientas de destrucción. Quizás dentro de 20 años veremos llegar al parlamento a políticos de izquierda cuya campaña se basará en denunciar que “lo ocurrido en 2019 estuvo viciado en su génesis por la bendición del imperialismo estadounidense”. No lo sabemos, jamás se inventará la máquina del tiempo. El chavismo quizás podrá ser derrotado por completo, no así la insatisfacción que le alimentó.

Cuando fui niño nunca dejé de tener un vaso de leche y un pedazo de pan con mantequilla, pero siempre fui un privilegiado: pásate algún día por los periódicos de 1988, para que veas cómo, durante el Gobierno del adeco Jaime Lusinchi, los controles de la economía y la escasez de productos básicos (menos duros que lo que vivimos hoy día, por supuesto) derivaron en el segundo de los cuatro grandes shocks de la psicología del Estado de Bienestar venezolano: el Viernes Negro de 1983, el Caracazo de 1989, la intentona militar de 1992 y la crisis bancaria de 1994, la que terminó de torcer para mal el destino de una familia: la mía, que hasta entonces podía pagarse unas vacaciones en ferry para Margarita cada par de años, de las que regresábamos no solo con ropa nueva comprada en la zona franca sino con un par de tomos nuevos de mis enciclopedias de zoología.

“Aunque las autoridades reconocen que son justas las demandas de los médicos, cuyo ingreso no alcanza ni para comprar la cesta de alimentos, también alegan que no tienen presupuesto para satisfacer el aumento exigido”. Esa cita, seguro te debes haber dado cuenta, no puede ser de 2019, sino de la huelga de médicos de los hospitales públicos de diciembre de 1996, en la que se inspira parcialmente la película La Hora Cero (2010). Por supuesto, 1996 ya no era el esplendor de la Cuarta República, sino su decadencia. Pero el recordatorio es válido, en medio de la aberración económica de dimensión planetaria de la administración Maduro, para recordarnos que casi nunca la mayoría de la gente ha estado satisfecha con lo que tiene en la cuenta bancaria. Aunque salta a la vista que, al menos en 1996, no teníamos en Miraflores a fanáticos que negaban sistemáticamente la realidad de los problemas ni sus limitaciones para resolverlas.

La Venezuela que vendrá de esta pesadilla, si es que terminamos de salir de ella –o alcanzamos algún punto de equilibrio de normalización de lo horrible–, será forzosamente el parto doloroso de algo que no se parecerá a nada de lo que tuvimos antes. Probablemente nos hará mejores a los que hemos vivido este eclipse de la racionalidad occidental, pero los que vendrán después tendrán que experimentar sus propios aprendizajes. Nos corresponderá dejarles la enseñanza de proteger a esa bebé siempre amenazada de hambre que se llama libertad.

FOTO: Jon Cárdenas

 

Por Alexis Correia |  @alexiscorreia

 

Tener esperanza aunque no haya señales

Cuando Lizandro me invitó a escribir sobre mi experiencia como psicólogo ejerciendo en sectores populares de Caracas, lo primero que hice fue pensar en los aprendizajes que me han dejado las personas con las que he tenido la oportunidad de trabajar. Creo que todas tienen un punto en común que las une: en los Barrios de Caracas aprendí que el verdadero significado de la resistencia era tener paciencia, a pesar de que todo apuntase al desespero.

Para demostrar este punto, voy a contar tres historias que considero representativas de mi argumento central. Una durante mi primer trabajo como psicólogo en la parte alta de La Vega y dos trabajando en la organización social Caracas Mi Convive. Creo que la narrativa, como la música, tiene la capacidad de transmitir cosas más allá de la intención original del autor. Espero que los que lean este artículo puedan sacar nuevas conclusiones de las historias que voy a compartir.

Uno de mis primeros trabajos, como psicólogo, fue en la parte alta de La Vega en un centro de salud. Mi labor incluía ver pacientes, en su mayoría niños y adolescentes, y realizaba sesiones de asesoramiento con un grupo de madres que trabajaban en un hogar de cuidado diario que quedaba en frente a este centro. Simultáneamente, estaba cursando la especialización en psicología clínica-comunitaria en la Universidad Católica Andrés Bello.

Unos meses antes de terminar el post-grado, decidí hacer mi tesis de especialización sobre la experiencia de una madre que había perdido a su hijo en un enfrentamiento armado. Por las estadísticas de violencia y las historias de mis pacientes, consideraba que había muchos casos en La Vega que no estaban siendo visibilizados. Inspirado por la metodología de Alejandro Moreno y sus conclusiones sobre el matricentrismo[1] de la familia popular venezolana, decidí hacer una historia de vida con una madre que llamé bajo el seudónimo: Flor Campos.

Una de las conclusiones principales que propuse escuchando el relato de Flor es que la cultura venezolana, aunque girase al rededor de los temas de la maternidad, muchas veces no entendía o aprobaba expresiones emocionales relacionadas a lo femenino. Flor se sentía, en ocasiones, muy juzgada por su familia y su comunidad por la manera en la que vivía el duelo. Le decían constantemente que llorar tanto a un hijo no estaba bien, que lo tenía que dejar descansar. Esto hacía que se sintiera culpable por llorar, prefiriendo contactar con su pérdida en privado. En ocasiones, como reflejo propio del realismo mágico latinoamericano, sentía muy cercana su presencia, lo sentía tan cerca que a veces dudaba de si realmente había muerto, lo que le generaba mucha angustia. Cuando compartía estos sentimientos conmigo me preguntaba constantemente si pensaba que ella estaba “loca”, como si yo tuviera la potestad de hacer juicios de valor sobre sus sentimientos más profundos.

Escuchar la historia de Flor me generó un gran sentido de responsabilidad, sentía que ella, con su relato, me había dado mucho para mi desarrollo profesional y tenía que retribuírselo de alguna manera. Por ello, decidí crear un grupo psicoterapéutico de corta duración con Flor y otras madres que habían vivido experiencias similares.

En el grupo, muchas de las madres se identificaron con ella: sus expresiones de pérdida no eran bien recibidas por sus familias y la comunidad, en donde les insistían que lo mejor era  dejar descansar a sus hijos. Especialmente, una de las madres estaba de acuerdo con esa forma de lidiar con el duelo: había perdido a su hijo hace 28 años y sentía que lo mejor era no estar mucho tiempo pensando en él.

En una de las sesiones, las madres comenzaron a contar sobre pequeñas cosas que hacían para recordar a sus hijos, desde tener altares dedicados a ellos en sus casas, hasta dejar su cuarto intacto. La madre que había sufrido la pérdida hace 28 años comenzó a relatar que ella y el joven tenían una canción que les gustaba cantar juntos. De vez en cuando, mientras lavaba su ropa, ponía esa canción y la comenzaba a cantar con la esperanza de que él volviera. Lo que más me sorprendió y conmovió fue que después de 28 años de su entorno diciéndole cómo tenía que vivir su pérdida, todavía buscaba espacios donde seguía siendo fiel a ella misma. Cantar esa canción, en privado, era un pequeño acto de resistencia ante una comunidad que no la comprendía.

La segunda experiencia ocurrió mientras realizaba una investigación cualitativa sobre víctimas secundarias de asesinatos extrajudiciales. Desde el Monitor de Víctimas[2], los datos estaban mostrando que al alrededor de un tercio de las muertes violentas que ocurrían en la zona metropolitana de Caracas eran producto de las acciones de fuerzas de seguridad del Estado. Ante esto, decidimos que teníamos que ir más allá de los números y recoger los testimonios de estos familiares. Un equipo de psicólogos de Caracas Mi Convive fuimos a diferentes comunidades del municipio Libertador a recoger los relatos de padres, madres, hermanas y hermanos que habían perdido a un familiar en manos de las fuerzas de seguridad del Estado en el marco de las OLP. El análisis de estos testimonios terminó siendo un libro que llamamos: Cuando suben los de negro, por el nombre que usaban dentro de las comunidades para referirse a los funcionarios.

FOTO: Carlos Ramírez

Una de las particularidades de esta investigación es que tuvimos la oportunidad de hacer las entrevistas dentro de las casas de los mismos familiares. Una de las participantes, Nancy, vivía en un edificio cerca del centro de Caracas y nos contó con detalle cómo ocurrió el día que mataron a su hijo de 19 años de edad. Nancy tenía una gran capacidad para poner en palabras lo que pensaba y sentía, nos mostraba exactamente los sitios de su apartamento donde a su hijo le gustaba estar y, cuando llegó al momento de contar cómo llegó la OLP a su casa, nos pidió que la acompañáramos a las escaleras de su edificio.

En las escaleras estaban todavía las marcas de las balas que asesinaron al joven. Nancy nos explicaba, después un vecino nos lo confirmó, que ni ella ni nadie en la comunidad querían remover las marcas de las balas, porque algún día se iba a hacer justicia:

Pero yo sé que un día a mí me van a entrevistar en Venevisión y yo voy a decir todo cómo es y se va a hacer justicia.

Esta entrevista fue realizada a mediados del 2018, un poco después de las falsas elecciones del 20 de mayo, en un momento donde parecía que el régimen tenía el control de todo y que no había manera de sacarlos del poder. Escuchar esa historia me permitió darme cuenta de que resistir a una dictadura no solamente implica ir a manifestaciones o hacer denuncias públicas. Resistir implica hacer pequeños actos todos los días con la esperanza, como nos dice Nancy, de que algún día se vaya a hacer justicia, aunque de momento no haya ninguna señal de que esto vaya a ocurrir.

La tercera experiencia pasó hace unas semanas, estaba acompañando a hacerle seguimiento a un programa de la organización que se llama “Vamos Convive”. Vamos es un programa de inserción laboral y mentoría a jóvenes varones de sectores populares en situación de riesgo de caer en la criminalidad. De acuerdo con los datos del Monitor De Víctimas, el 65% de las muertes violentas en Caracas, ocurridas en el 2018, fueron varones entre las edades de 15 y 29 años que vivían parroquias como Antímano, El Valle, Sucre y Petare.

Uno de los beneficiarios del programa, Miguel, estaba haciendo una pasantía en un café ubicado en el este de Caracas. Fuimos hasta allá a hablar con él y sus supervisores. Sus supervisores nos dieron muy buenos comentarios de él y nos contaron que muchas veces, voluntariamente, se queda horas extra trabajando. Al parecer, cuando los operativos del FAES[3] se intensifican en su comunidad, él prefiere quedarse trabajando para no ser la próxima víctima. A pesar de que todo el aparato represivo del régimen se ha encargado de retratar a los jóvenes de sectores populares como criminales, Miguel se aferra a desenmascarar ese estereotipo. Va todos los días a su trabajo como un acto de resistencia y paciencia de que sí existe una alternativa para él que no sea la delincuencia o ser víctima de las fuerzas de seguridad.

Recientemente los venezolanos hemos recuperado la esperanza de un cambio, después de la marcha del 23 de enero conversaba con mis amigos sobre lo primero que haríamos si se acaba la dictadura. No recordaba la última vez que nos permitimos hablar de eso.

Una vez un paciente del psicoanalista inglés Donald W. Winnicott le dijo, en sesión, esta frase: “La única vez que sentí esperanza fue cuando me dijiste que no veías ninguna esperanza, pero continuaste conmigo de todas maneras”. Hoy me siento esperanzado de un cambio, pero no siento un desespero porque tenga que ocurrir de la noche a la mañana, ver como estas personas se aferraron a sus seres queridos y a sí mismos, a pesar de que todas las señales de su entorno les decían lo contrario, me ha permitido entender que el camino hacia un cambio es igual de inspirador que finalmente lograrlo.

“Cuando suben los de negro”, libro con análisis de testimonios.

 

Por Guillermo Sardi | @gsardi90

 


[1] Matricentrismo hace referencia a la tesis propuesta por el psicólogo Alejandro Moreno, que la familia popular venezolana cobra sentido alrededor de la figura de la madre. Donde las mujeres ejercen el rol principal de soporte emocional y financiero en las familias de los sectores populares del país.

[2] Monitor de Víctimas es un proyecto entre el portal Runrun,es y Caracas Mi Convive donde, por medio de un trabajo cooperativo de investigación periodística y líderes comunitarios, se contabilizan diariamente los homicidios en la zona metropolitana de Caracas.

[3] Fuerzas de Acciones Especiales de la Policía Nacional Bolivariana

La Vinotinto sub 20 y otro sueño que acabó en decepción

La Vinotinto sub 20 generó altas expectativas por el gran talento de la plantilla, su notable rendimiento físico y la fortaleza mental que mostró en la primera fase del Sudamericano de la categoría.

Pese a esto y a varios momentos destacados, el fútbol monótono y la poca rotación que empleó el seleccionador, Rafael Dudamel, hicieron del equipo algo fácil de analizar para los rivales. Venezuela, a medida que avanzaba el torneo, se fue haciendo más predecible.

La solidez defensiva que llegó a mostrar en la fase de grupos la selección nacional (recibiendo solo tres goles en los primeros cuatro partidos) no se mantuvo en la segunda fase, en la cual encajó un total de nueve goles (ocho en tan solo tres encuentros). Los motivos, sin duda, tuvieron que ver con la falta de recorrido de los mediocampistas y lo largo que quedaba el equipo en situaciones de contragolpe.

No se le puede achacar nada a los jugadores. Errores como los de Hurtado contra Bolivia y Colombia lo han cometido figuras de gran nivel como Zidane, Cantona, etc. En ningún momento se vio algo parecido a falta de compromiso por parte de los futbolistas, pero sí una falta de respuesta por parte del cuerpo técnico. Al igual que una clara dependencia de jugadores como Sosa y “El Churta”.

En medio de las dificultades, el equipo no pudo cambiar su sistema ni adaptarse a las diferentes situaciones del torneo. Ante los problemas para generar ocasiones de gol, el camino fue repetir con insistencia las acciones que ya se habían observado ineficaces. Esto, vale acotar, es una marca registrada de los equipos de Dudamel, quien apuesta más por solidificar el rendimiento durante la fase defensiva y, por lo general, no suele hacer cambios significativos durante los partidos, indistintamente de cómo se estén desarrollando.

La respuesta del DT, en las dificultades, siempre fue Jorge Echeverría (volante del Caracas FC). El jugador no lució y se notaba desencajado en el funcionamiento del equipo. Los partidos muchas veces pidieron más juego asociativo, para lo cual pudo haber sido útil aprovechar a futbolistas como Enrique Peña Zauner y Brayan Palmezano.

Brayan, en lo particular, fue mal empleado: por lo general, suele partir del medio hacia afuera, generando la oportunidad de agruparse con los mediocampistas, tal y como lo hizo en el último encuentro contra Ecuador. Es un mediocampista ofensivo. No obstante, Dudamel lo puso a jugar como extremo, posición en la que se sintió tan incómodo que no rindió de forma adecuada.

Por otra parte, Enrique gozó de tan solo 43 minutos de juego, en los cuales no participó mucho en la gestación de fútbol por el escenario en el que se encontraban los encuentros (una victoria 1 a 0 con la clasificación amarrada ante Bolivia y una derrota 3 a 0 contundente ante Ecuador).

En la mitad de la cancha, al momento de producir asociaciones en ataque, ningún jugador se mostró bien. Ibarra y Casseres Jr no apoyaban a los centrales en la iniciación de las jugadas y no cumplían con los movimientos que exigía el parado táctico. Si bien en la lista no había otro futbolista que pudiese jugar en la primera línea de volantes, además de ellos y de Christian Makoun (usado en la defensa), sí se contaba con centrales de rodaje en el fútbol nacional. Hablamos de Júnior Moreno y Marco Gómez, ambos con una cantidad de minutos considerables en el balompié venezolano. Es decir, una posible solución a los problemas para iniciar las jugadas era mover a Mokoun al centro del campo y darle entrada a cualquiera de estos dos centrales.

El escaso repertorio en ofensiva quizá se pudo contrarrestar con la incorporación de Esli García y Danny Pérez, ambos sumamente desequilibrantes y con mucho rodaje en el fútbol nacional. El caso de Esli es mucho más áspero, ya que nunca contó con la confianza del DT.

Si bien hubo puntos altos, el resto de las selecciones aplastaron tácticamente a la Vinotinto: agrupando más personas en el medio campo y llenando los espacios que dejaban en las transiciones. Lo mejor de Venezuela fue su facilidad ganar segundos balones: enviaba pases largos que, con frecuencia, acababan en los pies de Hurtado. Esto, más la efectividad en los balones detenidos, eran las únicas armas ofensivas. Los rivales se dieron cuenta y, luego del partido frente a Argentina, tomaron cartas en el asunto: lograron anular a los vinotintos. El que mejor lo hizo fue Colombia.

No clasificar al Mundial no solo es una decepción deportiva, sino que pone presión a Rafael Dudamel. La Federación dio todo su apoyo a esta sub 20, por lo que no lograr el objetivo esperado representa un duro golpe. Dudamel tendrá ahora una evaluación decisiva en su desempeño como seleccionador: la Copa América. Si la selección absoluta no da la talla, su cargo podría estar en entredicho.

 

Por Juan Chacón

Amnistía: olvido y construcción de nuevas formas de recordar

Amnistía viene del griego “amnestia”, que significa olvido. Me resulta interesante que se plantee discutir y aprobar una “ley del olvido” en un país que se ha caracterizado por su estudio superfluo de la propia historia, el archivamiento de eventos que son relegados a cajones ocultos de la memoria colectiva, la superposición de un suceso sobre el otro hasta que ya no se puede leer el pasado.

Ya hace unos años se intentó aprobar un primer proyecto de esta ley de amnistía donde la característica del olvido tenía muchísimo sentido, al menos desde la narrativa con que estaban construyendo esa acción. En un principio, se hablaba de la ley de amnistía como una herramienta para poder liberar de sus cargos y penas a los numerosos presos políticos encarcelados por los regímenes de Chávez y Maduro. Un proyecto de ley que los absolvería de los crímenes de los que eran acusados y podría ayudar a restituir el orden judicial del país. Es evidente que, poniéndolo así, los sectores de oposición la respaldarían y los poderes dominados por la dictadura harían lo posible por rechazar este proyecto.

Ahora bien, 2019 parece exigir una estrategia totalmente distinta a lo que se ha intentado antes para recuperar la democracia en el país. Ya lo vemos con la manera en que han estado jugando al factor sorpresa, con el posicionamiento de la figura de Juan Guaidó y su juramentación como presidente (E) de la República, aún cuando Diosdado Cabello asegura que el diputado le había dado su palabra de que no se juramentaría. Esta nueva estrategia, que apunta a sentar las bases de lo que pudiera ser una transición y la posterior instauración de un gobierno democrático, pasa también por el intento de mover desde adentro algunas de las bases de las estructuras que mantienen en pie al régimen de Nicolás Maduro. Es por eso que se presenta un nuevo proyecto de ley de amnistía con dos cambios en relación al intento pasado: a) se toma en cuenta a funcionarios militares y civiles que hayan estado relacionados con el Gobierno y hayan podido estar involucrados en actos delictivos desde el 1 de enero de 1999 (en el proyecto anterior el período comenzaba en 2005), y b) desde el punto de vista de la narrativa con que se presenta, no se habla de la manera en que esta ley va a exculpar a todos los presos políticos injustamente encarcelados, sino que se intenta presentar como un puente para que ciudadanos (civiles o militares) que hayan estado involucrados con la Revolución, y quieran contribuir al restablecimiento del país, puedan hacerlo con la seguridad de que se respetarán sus garantías constitucionales. Ya no te cuento cómo quiero reivindicar a los que están de mi lado, sino que te explico cómo puedes lavar tu cara y asegurarte una vida más o menos digna cuando todo esto termine.

En días recientes, y en especial con este tema, he estado recordando la escena final de Inglorious Basterds, película escrita y dirigida por Quentin Tarantino (2009). En esa escena, Aldo Raine le hace a Hans Landa una herida con forma de esvástica en la frente. De esta forma, el antiguo alto mando nazi no tendrá forma de ocultar su pasado, aunque haya negociado un indulto con el gobierno de los Estados Unidos. Raine representa el mismo deseo que veo reflejado en miles, millones de venezolanos: “quiero que paguen y no puedo estar en paz con la idea de que pasen por debajo de la mesa”.

A pesar de las reservas que puedo tener con la forma en que se ha estado narrando este tema de la amnistía, creo que esta nueva estrategia está poniendo en primer plano un elemento clave con el que tendremos que aprender a vivir: hay que establecer puentes con quienes hacen vida dentro del chavismo para poder llegar a esa transición que queremos de la dictadura a la democracia. Sin embargo, negociar no implica el mismo diálogo vacío e inocuo del que hemos sido testigos en el pasado. Negociar tampoco implica impunidad, ya que los crímenes de lesa humanidad no son susceptibles a la amnistía. Negociar implica ofrecer condiciones favorables a quienes pertenecen al régimen para que les resulte más atractivo abandonar el poder que quedarse con él; José Ignacio Hernández lo explica muy bien en este artículo del portal Prodavinci, donde queda claro que, más que una amnistía entendida como un total olvido, lo que se debe buscar establecer (con esta ley como primer paso) es una justicia transicional que ayude a sentar las bases para la instauración de la democracia. Es ingenuo pensar que todos los crímenes cometidos (financieros, fiscales, entre otros) van a ser pagados; hay que estar dispuestos a dejar pasar ciertas cosas pensando en un país nuevo como objetivo final.

Sin embargo, tampoco podemos construir una nueva Venezuela teniendo como bases las impunidades y los olvidos sobre los que nos hemos estado tambaleando por años. Si bien el olvido de la historia reciente y pasada ha sido una característica definitoria del venezolano en general, lo cierto es que la frase “un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla” nos ha marcado más de lo que quisiéramos. El venezolano, a mi entender, ya no está tan interesado en olvidar como en poder mantener vivo el recuerdo de lo que pasó. De seguro quiere dejar atrás una de las etapas más oscuras que ha tenido, sí, pero quiere asegurarse de que jamás vuelva a pasar. Muchos quieren calles con los nombres de los jóvenes que han muerto en las protestas. Venezolanos en el extranjero se toman el tiempo de explicarles a los locales lo que ha pasado en el país. En redes sociales nos encargamos de recordar, de vez en vez, la responsabilidad que tuvo Hugo Chávez en todo este desastre actual; un personaje que a veces suena lejano, pero que apenas unos años atrás se escudaba en el poder y el despotismo para hacer de las suyas.

El psicoanalista venezolano Fernando Yurman, en su libro Fantasmas Precursores (2010), dice sobre el trauma: “El acontecimiento que se deviene traumático se ha disociado inexorablemente y mantiene su potencia dramática en el aislamiento psíquico. Mora en un limbo enajenado que flota fuera de la historia, pero al mismo tiempo es su mayor hito fantasmático, una señal concreta de que hubo historia. (…) Es un documento que no se logra aprehender, arqueología viva encapsulada por la alteración anímica” (p. 15). Básicamente, lo que no se puede hablar, lo que no se puede adherir al hilo narrativo de nuestra identidad como individuos, como sociedad, se puede convertir en un trauma que no solo tendrá sus consecuencias en nosotros, sino que también heredaremos a la siguiente generación, llevándolos a repetir las mismas conductas que nos han identificado como nación a lo largo de los años. El tema de la amnistía es uno difícil de tratar cuando hay tanto dolor de por medio. Es difícil pensar en la idea de que tanta gente que ha hecho tanto daño pueda salir incluso sin cargos de todo esto. Por eso creo que una de las labores principales es cómo se le cuenta y se les muestra a los ciudadanos este capítulo tan importante, el capítulo de la justicia.

Creo que los venezolanos necesitamos ver que estamos construyendo un nuevo país sobre las bases de la justicia y la confianza en las instituciones. Creo que las autoridades deben ser completamente abiertas con la ciudadanía y explicar con pelos y señales qué implica la amnistía, pero también demostrar que hay delitos que no se pueden dejar pasar, cuáles son, cuáles son los castigos asociados. Creo que necesitamos un proceso de catarsis, de cura mental y emocional, que pasa por ver cómo la justicia cae en su justa medida sobre aquellos que han causado tanto daño. No se puede dejar este tema como algo encapsulado, como una pieza de la historia que no se ha unido a nuestro relato principal. Dice Yurman (2010) nuevamente: “Será necesaria una clínica que recupere los fragmentos perceptivos para que ‘el hecho’ se entienda, se torne soluble, la representación retome su metabolismo y circule en su modalidad simbólica y narrativa” (p.16).

Tal vez esta sea también una oportunidad para aprender a recordar de una forma diferente. Para poder construir nuestra memoria, nuestra historia, de una manera que incluya los eventos negativos y las advertencias para no repetirlos, sí, pero también deberíamos incluir los elementos positivos: las protestas pacíficas, los apoyos internos y externos, los pasos que se dieron para la restauración de la democracia, la forma en que las instituciones una vez más pudieron ponerse en favor de los ciudadanos y no en su contra.

Si bien confío en que en líneas generales se pueda comprender el valor de la amnistía, de la justicia transicional, de las negociaciones, de los tratos, no estoy seguro de cómo funcionará todo esto a escala micro. Al final del día, no me preocupan los altos mandos militares o las figuras visibles de la dictadura; a fin de cuentas, muchos de ellos deberán ser procesados por delitos de lesa humanidad y tendrán (o no) los castigos apropiados. Me preocupan todos aquellos funcionarios o militares de a pie, que luego tendrán que volver a sus hogares con la gran mancha del chavismo en la frente, incapaces de esconderse ante las miradas rencorosas de los vecinos contra quienes, en algún momento, utilizaron su poder. Puede que haya silencio, pero dudo que haya amnistía. Dudo que haya olvido.

 

Por César Aramís Contreras Parra  | @CesarAramis 

Cinco motivos por los que El Futuro Promete

Era la una de la tarde del primero de diciembre en Caracas, caminaba por Chacaíto hacia El Rosal después de mi último almuerzo de 2018 en un restaurante vegetariano que ya no podía pagar y, aparentemente, no tenía razón alguna para pensar que el futuro me prometía algo alentador. Este mismo día, en México, el aprendiz de Fidel –dispuesto a demostrar que es más Fidel que el mismo Fidel– tuiteó una foto discotequera, con el hashtag #SomosContinuidad, en la que lo único que no me causó un miedo terrible fue el traje formal boliviano de Evo, siempre objeto de envidia para los que consideramos las prendas del cuello como lo más detestable de la masculinidad.

Unas 40 horas antes, Nicolás Maduro le echó más gasolina al incendio de la inflación más descontrolada del mundo con un nuevo aumento de sueldo sin ningún respaldo fiscal. El lunes siguiente se reuniría en Caracas con Erdogan y esa misma noche viajaría a Moscú para pedirle real a Putin. El jonrón Pepsi de los autócratas.

Llegué a la 1:30 de la tarde al Centro Cultural Chacao y todavía no habían dado puerta, aunque en el flyer publicado en redes social se anunciaba el comienzo del evento para la 1:40 pm. Como suelo hacer, me senté sobre el suelo sucio en algún rincón donde pudiera apoyar mi espalda contrahecha contra algo firme.

No me enteraría hasta el lunes siguiente, pero estaba asistiendo a una de mis primeras asignaciones en Revista OJO, una publicación que intenta recuperarme como redactor y que ese día organizaba El Futuro Promete: un ejercicio multidisciplinario con el que OJO cerraba el 2018.

Quizá el futuro sí guardaba algo alentador.

Llegó Valentina Oropeza, que sería panelista en representación de Prodavinci en una de las mesas de conversación del evento. Valentina no está 100% consciente de ello, no tiene tiempo para estarlo, pero, además de una de las periodistas de investigación más arrechas de este país, es una de las personas más importantes de mi vida. Me arrancó del suelo y del sopor y ya éramos dos para esperar bajo una de las cosas más espectaculares que no le han arrebatado todavía a Caracas: un cielo azul de diciembre.

Y sí, El Futuro Promete no comenzó a la hora, como tantas cosas –como casi todo– en este país: un lugar en el que los planes cambian a cada minuto. Y sí, invité a Valentina y otras dos periodistas a tomar un café y comer brownies en el cafetín del Teatro Chacao, con lo que se me fue como el 10% de mi quincena. Y sí, cuando el comediante-bardo Ricardo Del Búfalo se colgó su guitarra y abrió el evento, el auditorio todavía estaba adivinando a qué jugábamos y su presentación no resultó tan emotiva como la que realizara en el Aula Magna de la UCV. Pero recién estábamos empezando la jornada, cómo negarlo, ya empezaba a prometer.

Y es que, aunque debo decir que probablemente mi punto de vista no es demasiado imparcial, estas son cinco razones por las que creo que El Futuro Promete fue algo más que una flexión naïf del adormecido músculo del optimismo: fue un encuentro que nos pintó un panorama posible y realista sobre el presente y el futuro. Un encuentro que de pana deseo que se convierta en institución en los años que vendrán.

Ricardo del Búfalo
Foto: Gabriela Escalante

  1. Porque mostró cómo los medios de comunicación podemos reinventarnos

El portal La vida de nos se aleja intencionadamente de la noticia, mientras que El Bus TV lo hace de la tecnología. Armando.Info ha terminado con prácticamente toda su plana mayor de periodistas en el exilio, por sus denuncias de corrupción. Y Prodavinci extrae cifras del subsuelo de un desierto de data oficial. De todos estos emprendimientos aprendimos lecciones para la propia reinvención que le toca a Revista Ojo en 2019. Y sentimos cómo el aire infló nuestros pulmones: en el periodo más duro de la historia del país, son muchos los que en vez de desfallecer se han reinventado.

Sí se puede.

“Estamos un poco cansados del tópico de que la gente ya no lee. ¡Oye, hay de todo allá afuera! Muchos están dispuestos a leerte, dependiendo de cómo los seduzcas”, aseguró Albor Rodríguez, que en La vida de nos se propuso construir un “tapiz de vidas individuales que, juntas, muestran el espíritu de la Venezuela de hoy”.

Esto se escuchó en la charla Reinventarse para seguir comunicando, moderada por Juan Pablo Chourio.

En El Bus TV, se dijo, no aguardan por la audiencia: salen a buscarla con un encuadre de cartón, remedo de los antiguos noticieros de la televisión abierta ahora autocensurados. Antes se montaban a combatir la desinformación en camionetas por puesto; ahora, en plena debacle del transporte público, abren ventanas de conciencia a los que esperan en paradas de buses o colas de panaderías. “Una mezcla de rigor periodístico y puesta en escena”, lo resumió Claudia Lizardo, uno de los personajes camaleónicos de El Futuro Promete.

“En Prodavinci elaboramos contenidos que quizás jamás llegarán a las personas afectadas: contamos de un pueblo de Falcón que lleva 17 años sin agua de tubería, pero donde tampoco hay Internet. La gente nos pregunta: ¿y ese reportaje de qué nos va a servir? Y contestamos que lo que les pasa a ellos lo sufrimos nosotros también. Dejamos registro y generamos empatía”, reflexionó Oropeza.

Patricia Marcano, de Armando.Info, reveló que la censura ha debilitado la noción de competencia entre medios digitales: se observan ahora como aliados, más que como rivales.

Quizá, en el fondo, así tendremos que observarnos todos los venezolanos para hacer del futuro algo más prometedor.

De izquierda a derecha: Claudia Lizardo (El Bus TV), Patricia Marcano (ArmandoInfo), Albor Rodríguez (La vida de Nos), Valentina Oropeza (Prodavinci)
Foto: Gabriela Escalante

  1. Porque enfatizó la importancia de narrarnos en medio de la atomización del tejido social

“Tenemos necesidad de contar historias porque nos preparan para la vida”, lo puso en dos platos la sabiduría de Héctor Torres, editor de La vida de nos, en la conversación ¿Cómo se narra a Venezuela?, conducida por Lizandro Samuel.

“La angustia tiene un lado bueno: nos ayuda a encontrar soluciones. La desesperación te lleva a intentar lo que jamás hubieras ensayado en condiciones normales”, explicó el narrador y diseñador gráfico Lucas García París, que agregó: “Todos somos una historia en desarrollo, y si no estás consciente de ello, te vuelves la historia de otro”.

Héctor Torres, por su parte, dijo no sentirse preocupado de que todavía no palpemos algo así como el Por quién doblan las campanas de los 20 años de revolución: “La literatura urgente no es necesariamente la mejor, estoy seguro de que estos tiempos van a generar narrativas maravillosas”. El futuro promete y así dijo creerlo también uno de los mejores narradores del periodismo vernáculo, Óscar Medina: “Hay respuesta a la censura y al ahogo, esta se irá consolidando y multiplicando. No solo promete el futuro de la narrativa venezolana: ya lo estamos viendo”, sentenció el director de UB Magazine, sobre la multiplicación de formatos de resistencia.

Una época dura está dejando como resultado a notables narradores de ficción y no ficción, que se reinventan para contar historias.

De izquierda a derecha: Lucas García Paris, Héctor Torres, Lizandro Samuel, Óscar Medina
Foto: Gabriela Escalante

3 Porque abrió una rendija para conectarnos

Liana Malva tiene razones para sentirse tan azul de la tristeza como la nación Na’vi de la película Avatar cuando le derriban su Árbol de las Almas. Cantautora, se crió en la Gran Sabana. Hoy se desgarra viendo cómo, bajo la tracción destructora del Arco Minero, los ríos en que se bañó y los hábitats con los que conversó son contaminados y arrasados. Pese a esto, dijo: “Es cuestión de tiempo para que logremos invertir el polo negativo en Venezuela”.

Liana era una de las voces de la Mesa país, que ya caída la noche juntó a cinco experiencias aparentemente distintas: un trío de rectas de humo en el nuevo panorama digital de medios, compuesto por un narrador y dos periodistas (Lizandro Samuel, Víctor Amaya, Erick Lezama), un emprendedor de la recarga de las exprimidas baterías de los celulares venezolanos (Omar Viña), y una cantautora.

Quizás ocurre que, contrario a lo que solemos pensar, para la naturaleza humana rendirse sea lo verdaderamente cuesta arriba, en vez de persistir. En todo caso, estos panelistas mostraron tener en común la alergia al discurso derrotista.

“Como dice el preparador físico Lorenzo Buenaventura, jugar se trata de competir bien cuando no estás bien (…). No puedo sacar a todos los niños venezolanos de la pobreza, pero sí puedo ser mejor ciudadano, hombre, narrador”, estableció así una metáfora deportiva Samuel, que también es entrenador de fútbol.

“Con o sin crisis, con o sin dictadura, las oportunidades estarán: lo importante es ver bien el panorama y tomar decisiones lo más inteligentes posibles”, recomendó Amaya, director de Tal Cual Digital y Revista Clímax, que no cuestionó a los que eligen emigrar.

“No me veo en otro país, no haciendo periodismo. Nos hemos creado espacios que nos habían arrebatado”, contestó Lezama, que participó en un proyecto de La vida de nos en el que se retrató a chamos con cáncer del hospital JM de los Ríos, quienes muestran más entereza que casi cualquier adulto.

“Ser emprendedor no tiene nada de mágico: es una golpiza constante. Pero si aquí le echas pichón, eres la persona que quieres ser”, concluyó Viña.

 

  1. Porque sonó a futuro

Así sea tocando con ollas vacías y material de desecho (que no es el caso), la música seguirá sonando en Venezuela: esta también es una forma de narrarnos. En El Futuro Promete, entre conversación y conversación, tocaron algunas de las bandas que darán de qué hablar dentro o fuera de Venezuela en los próximos años.

¿O quizás es que hubo conversaciones entre concierto y concierto?

Confieso que no conocía a Nomásté, un septeto integrado exclusivamente por chicas caraqueñas que hace un repaso soberbio por el ska, el jazz y varios géneros tropicales: me despertaron de mi letargo permanente y terminaron de electrizar lo que todavía estaba apagado. Días después cerrarían 2018 como teloneras de Desorden Público.

De un estrato socioeconómico totalmente distinto (son egresados del colegio Claret), Anakena sirvió guayabas y sanguchitos de Diablito y Cheez Whiz en pachanga de plácida digestión para cerrar el evento, mostrando por qué fue la ganadora del recientemente reactivado Festival Nuevas Bandas.

Claudia Lizardo, la hija del legendario rockero sanantoñero PTT Lizardo, quien sólo se atrevió a salir del clóset con una voz propia en la música luego de que su padre sufrió un ACV, se desdobló después de ser panelista por El Bus TV y conmovió con su sensibilidad única. Caso similar fue el de Liana Malva, la fuerza emergida de la naturaleza de El Paují.

La selección musical demostró que la música surge en cualquier rincón del país.

  1. Porque fue un acontecimiento indefinible

Porque El Futuro Promete no fue ni una conferencia, ni un concierto, ni una feria de arte, sino que fue todo al mismo tiempo.

Porque la podías pasar bien aunque llegaras al Centro Cultural Chacao con o sin nada de bolívares soberanos en la cuenta bancaria.

Porque había buena vibra aunque fueras un dinosaurio, en plena crisis de edad madura, entre un montón de centennials sin pelos faciales ni estreñimientos de sentimientos.

Porque además de reflexiones tan densas que las podías cortar con un cuchillo y propuestas musicales que sonaban a novedad y a embotellamiento destrancado, podías toparte con instalaciones artísticas como las de Dayana Maldonado y Abraham Rosales, que han encontrado musas en el papel moneda desechable de la hiperinflación y las montañas de sobrantes textiles de las fábricas de ropa, respectivamente.

Porque podías estar un rato o quedarte durante todo el cuarto de día que duró el evento y siempre te ibas a llevar algo puesto.

Porque me gustaría asociar El Futuro Promete al desafío de Prometeo: arrebatarle el fuego vital a las macabras deidades de la Pax Totalitaria.

 

 

 

Por Alexis Correia

 

Un corazón roto en Navidad

Detesto a la gente que odia la Navidad. A mí, por mi parte, me encanta. El arbolito plástico (nevado), el ponche crema, bailar gaitas con gorditas en el Poliedro o la falsa ensalada de gallina son cosas que se me hacen insoslayables y necesarias apenas prenden la cruz del Ávila. Se trata de un ritual que cumplo año tras año y que me produce una inmensa felicidad. Sin embargo, hay personas que piensan distinto. Dicen que las navidades son pavosas. Que hay que estar obligadamente contento y que, por otra parte, es un mes en el que se muere mucha gente.

Esto último puede que sea cierto, aunque dudo mucho de que la festividad tenga la culpa. O tal vez sí, ahora que lo pienso mejor.

Un 24 de diciembre me invitaron a una cena en Oripoto. La abuelita de la casa también cumplía año ese día y la celebración era por partida doble. La viejita rondaba los 84 años y exhibía una acerada vitalidad. Una Úrsula Iguarán de peinado carísimo. La familia había preparado una fiesta de fábula para homenajear a la octogenaria. Recuerdo que habían contratado a un chef de esos que hacen hallacas “deconstruidas” para la cena. Además había mariachis, DJ con música de Billos, mesoneros gays (que están de moda) y hasta Betulio Medina se presentó con un cuatro a las diez de la noche cantando Navidad sin ti. Pero la nochebuena aún depararía más sorpresas.

La doña homenajeada tenía un nieto favorito que vivía en Boston y al que tenía años sin ver. La familia, en una jugada que ellos consideraron maestra, había logrado traer al nieto (un tipo cuarentón que guardaba un parecido inquietante con el poeta Leonardo Padrón) y se lo tenían reservado para la medianoche.

A las doce en punto la celebración estaba en su esplendor. La abuelita se había tomado dos Margaritas que la animaron a mostrar sus cualidades en la guaracha, el pasodoble y, me parece, hasta en el reguetón. Los cómplices de la “gran sorpresa” se miraban con caras anhelantes y desconcertadas. Al parecer el nieto tenía fama de embarcador y borracho.

Pero el timbre sonó puntual.

El nieto, en un alarde creativo no solicitado, le había agregado un plus a la sorpresa de la noche. Se presentó disfrazado de Santa Claus y con media botella de Chivas Regal entre pecho y espalda. Noté, con alarma, que se golpeaba la barriga como si fuera un King Kong nórdico. Gritaba “Jo, Jo, Jo” en una lengua exótica y sus botas eran en realidad unas pantuflas producidas y remasterizadas con betún hasta las rodillas.

La señora en un primer momento no lograba entender todo aquello. A medida que el nieto se aproximaba a la abuela, éste iba despojándose de algunos aditamentos del disfraz. Cuando finalmente se quitó la barba postiza, la señora sólo alcanzó a decir ¡Gustavito!

Rescarven llegó como a la media hora pero a mí me pareció que llegaron en Semana Santa. En el interín, hubo vasos de agua con azúcar, alguien clamaba por un “tilito”. Un señor calvo y de corbata chillona intentó una resucitación cardiopulmonar sin los resultados que uno acostumbra ver en ER.

La cosa había sido fulminante.

Cuando hubo pasado todo y yo estaba por irme, el nieto “Santa” me agarró por un brazo y me llevó a un rincón. Cuando lo vi de cerca pensé que tal vez lo conocía de antes. Un hippy del San Bernardino de mi infancia. Un novio de una prima brincona.

Con ojos llorosos y aliento a trementina, me dijo:

–Negro, y pensar que me dijeron que si no venía le rompería el corazón a la vieja.

 

Por Salvador Fleján |  @salvadorflejan

Hombres, dejemos de ser tan idiotas

Ada Hegerberg está en lo que, de seguro, será uno de los momentos cumbres de su vida. Está recibiendo el Balón de Oro, el premio que por décadas ha señalado al mejor jugador de fútbol masculino y que ahora, por primera vez en su historia, se entrega también a la mejor jugadora de la categoría femenina del deporte más popular del mundo. Es un reconocimiento justo a una temporada bestial por parte de la jugadora noruega, su nombre va a quedar registrado en los libros al ser la primera mujer en recibir el galardón, es un paso importante en el camino a la igualdad de géneros. ¿Qué se le ocurre entonces al presentador del evento? Preguntarle a Ada si sabe hacer twerking.

Suena tan absurdo que, cuando un amigo envió la noticia en un grupo de WhatsApp, mi primera reacción fue la negación. Quise pensar que era mentira, que era un chiste, y no abrí el link (todavía a día de hoy no he visto el video; vergüenza ajena, le llaman). “Tiene que ser mentira”, les dije a mis amigos, pero de inmediato rectifiqué: “aunque pensándolo bien, no, la verdad es que los hombres somos así de idiotas, así que sí creo que haya pasado”.

Negarlo no lo hacía desaparecer. De verdad había sucedido. Una de esas escenas que te dejan desarmado y sin argumentos ante el planteamiento de que los hombres básicamente oprimen a las mujeres en su accionar diario y en su uso cotidiano del lenguaje. En la medida de lo posible trato de luchar contra las generalizaciones; me parecen tan peligrosas como son cómodas para nuestro sistema nervioso. Al cerebro le gustan las generalizaciones porque ayudan a ahorrar energía e invertirla en otros procesos un poco más complejos o novedosos. Por eso nos encantan los prejuicios: son formas fáciles de encasillar el mundo y continuar con nuestra vida. “Todos los hombres son unos opresores” es una generalización que, a mi entender, pasa incluso a deshumanizar a los hombres, a verlos como meros reproductores de un sistema que les ha enseñado a no tratar a las mujeres como iguales. Intento desmontar esa generalización, demostrar que hay quienes estamos dispuestos a ser un poco más sensibles con nuestra aproximación a las mujeres y  nuestra experiencia en general. Me gusta apostar a que, poco a poco, los hombres estamos más atentos a nuestras conductas y a la forma en que interactuamos con los demás para ser menos hostiles con nuestro entorno, menos ofensivos tal vez. Pero luego aparecen estas escenas y no me quedan argumentos. Debo callar, suspirar y, mirando al suelo, decir “sí, los hombres somos unos idiotas”.

Pudiéramos decir que este señor que presentaba la gala, un DJ cuyo nombre no conocía y tampoco me molestaré en buscar, estaba respondiendo a un patrón de conducta que está muy fuertemente arraigado; pudiéramos decir que estaba “respondiendo a los estándares del patriarcado”, sea lo que sea que eso significa. En cierto punto entiendo ese planteamiento y hasta lo comparto. El tipo siguió el guion de lo que un macho alfa debe hacer en una situación donde hay público y una mujer atractiva: hacer un chiste que suene un tanto ingenioso y que, de ser posible, la ponga a ella un poco en ridículo.

Sin embargo, esa hipótesis me deja de convencer cuando veo la poca responsabilidad que recae sobre presentador. Verlo así sería suponer que este señor no tenía otra opción sino hacer un chiste y hacer ese chiste en particular. Pero es 2018, señor DJ, hay que avisparse. Me niego a creer que este señor pensó su chiste y no le sonó ninguna alarma. Me cuesta creer que a este punto, con todo lo que se ha hablado, debatido y discutido sobre la causa feminista y la lucha por los derechos de las mujeres, este tipo no se detenga un momento a medir lo que dice. Algunos lo verán como autocensura y, también, hasta cierto punto, lo entiendo. Pero no se trata de censurarse, se trata de entender que la comunicación incluye a más personas y que esas personas deben ser consideradas y tomadas en cuenta en el momento en que decidimos hacer algún comentario o emitir alguna opinión. Es cuestión de estar conscientes del contexto en el que estamos hablando.

Podemos decir también que, después de todo, lo que estaba haciendo era un chiste. Una vez más, no se me hace difícil comprender este argumento; es una explicación que yo mismo he usado muchas veces para defender a personajes mucho más detestables, incluso. Pero no podemos quedarnos con una explicación tan reduccionista y que de cierta forma aliviana la culpa del presentador de la gala. Porque si asumimos que solo hizo un chiste, entonces estamos atribuyéndole un tono exagerado a la respuesta seca y cortante de Ada Heberberg y estamos desacreditando todo el revuelo y la indignación que causó esta escena.

Foto: France Football

Hay una máxima de oro en el mundo de la comedia: el timing. No sólo se trata de tener un muy buen chiste, sino que debe de rematarse en el momento adecuado para que produzca el efecto deseado. Y ahí fue donde me parece que el señor DJ falló estrepitosamente. Timing tuvo Hegerberg, para rematar en el momento adecuado y lograr los más de cuarenta goles que marcó en la temporada pasada. Timing tuvieron los organizadores del Balón de Oro; en mi opinión nunca es tarde para comenzar a reconocer a quienes se lo merecen. El timing del presentador dejó mucho que desear. Era hace unos sesenta años cuando incluso la misma Ada se habría reído de su gracia en televisión abierta. Hoy no. Ya no tienen cabida el tipo de preguntas que se les hacía a las chicas que aparecían en las páginas internas de PlayBoy hace veinte o treinta años.

Como pudiera haberse esperado, el señor luego pidió disculpas y publicó una fotografía de él hablando con Hegerberg, tratando de quitarle tensión al asunto. Pero igual la mancha quedó allí. Porque aunque de verdad no lo hubiese hecho con mala intención, logró demostrar algo que sigue presente y que es bueno no olvidarlo: muchos hombres siguen sin tomarse realmente en serio a las mujeres.

Es una lástima, pero pareciera que aún es más fácil pedir perdón que pedir permiso. Me cuesta creer que aún seamos tan idiotas como gremio, pero aparentemente es así. Hombres: dejemos de ser tan idiotas. Ayudémonos un poco entre nosotros. Así ayudamos al mundo también.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

Francisco Massiani en medio de un partido

 “Cuando escribes, eres un ser atemporal”

Francisco Massiani.

Es una soleada mañana caraqueña. Francisco Massiani está sentado sobre su cama con mucha placidez. Tiene una sonrisa diáfana. Verlo así impregna el ambiente de serenidad. Me saluda como si se tratara de una vieja amiga. Al frente está la imponente biblioteca –casi del piso al techo– de los libros heredados de su padre Felipe Massiani. Más allá, el patio de la casa cubierto de verde y de pájaros. Los Milagros, allí reside Pancho, el hombre para quien la literatura es magia e ilusionismo.

—Pancho, ¿podemos conversar?

—Sí, claro. Pero después que termine el primer tiempo.

Los ojos azules de Massiani apelan a la empatía. Él se refiere al partido de la segunda jornada del grupo F del Mundial Rusia 2018, entre las selecciones de Alemania y Suecia. Pancho es uno de nuestros escritores más queridos. Dicen que uno no debería conocer a sus escritores favoritos para no llevarse un chasco. La obra de Pancho invita a conocerlo con los que nos ofrece: luces y demonios. Porque “para escribir hay que tener honestidad y una gran nobleza”. Szymon Marciniak, árbitro polaco, da el pitazo inicial.

Primer tiempo

Francisco Massiani nació en una Caracas postgomecista. Hijo de Felipe Massiani, escritor, cronista y director de la Biblioteca Nacional; y de Edith Antonetti, una guayanesa con “los ojos verdes más bellos”. Creció junto a sus tres hermanos –Felipe, Jeanette y Coromoto– en una ciudad vestida de pueblo. Tenía siete años cuando tuvo que exiliarse junto su familia en Chile porque la ideología política de su padre iba en contra del régimen de Marcos Pérez Jiménez.

Durante su estadía en Santiago fue alumno de José Donoso, escritor chileno y autor de las novelas El lugar sin límites y El obsceno pájaro de la noche, en el Kent’s School. Massiani cuenta que su padre le recomendó leer diez minutos todos los días. El primer libro que le entregó fue La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, pero lo aburrió inmensamente.

Según dice, comenzó a escribir desde que nació. Siempre. Lorena Vargas, un amor chileno de la infancia, le regaló un diario y comenzó a llenarlo. A los 14 años escribió un poema llamado Puerto, cuando regresaba a Venezuela. Ya en el país se inició con la poesía y los cuentos fantásticos. A partir de allí no paró.

A principios de los años sesenta comenzó a estudiar Filosofía en la Universidad Central de Venezuela. No terminó. Se inscribió en Arquitectura. Tampoco culminó la carrera. Pancho se dedicó a escribir. El duende del que habló García Lorca se había adueñado de Massiani. No había vuelta atrás.

La pintura es otra de las artes que ha cultivado el autor de Piedra de mar. “Todos comenzamos a pintar desde chiquitos. La diferencia es que yo seguí pintando”. Varios de sus dibujos se han expuesto en galerías y han sido portadas de sus libros.

Es un lector ávido, en la mesa cercana a su cama tiene varios libros apilados. De los viejos escritores, le gusta Rómulo Gallegos, Miguel Otero Silva, Guillermo Meneses y de los contemporáneos destaca El libro de Esther, “es una bella novela”, de Juan Carlos Méndez Guédez.

Asimismo, ama viajar. Para Pancho, “un viaje siempre es enriquecimiento inevitable del espíritu”. Conoció París, Madrid, Barcelona. Visitó a la ciudad luz en 1965, volvió en 1969 –becado por el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (INCIBA)– y de nuevo en 1978. Allí sucedió un acontecimiento que tomó notoriedad en la vida de Pancho: el día que no conoció a Cortázar.

Ya le fastidia decir lo que pasó con el gran cronopio, “lo he contado más de cien veces”. Era marzo de 1969, se hospedaba en el hotel Wettel con Clara, su pareja en ese momento. Lo llamó Antonio Gálvez, amigo y fotógrafo, para contarle que Julio Cortázar leyó un texto que había publicado en la revista Imagen, llamado “Después de Gálvez”, y quería conocerlo. Pancho llegó al edificio donde vivía Gálvez y donde lo esperaba Cortázar. Permaneció unos diez minutos pensando si subía o no. Pensaba ¿qué le voy a decir yo a Cortázar? ¿Cómo voy a hablar con ese gigante? Se fumó tres cigarros seguidos y tenía unas ganas enormes de tomarse un trago pero no tenía dinero. Cerró la puerta del edificio y se fue caminando hasta el hotel. Luego de contarle a Clara lo que había sucedido, echó una lloraíta.

Pancho en Mérida. 1976 Foto: Vasco Szinetar

La Sabana Grande de la República del Este fue una parada obligatoria para Massiani. Se reunía con sus amigos en los bares del boulevard. Gabriel Jiménez Emán cuenta que “una vez Adriano González León y Pancho Massiani le montaron una trampa a Luis Camilo Guevara en un bar y le hicieron creer, lo convencieron totalmente de que los marcianos habían tomado la Tierra y que ahora debíamos refugiarnos en bunkers, le mostraron la información armada por ellos y lo sugestionaron, lo intimidaron. Luis Camilo se quedó pensando un buen rato en la barra y después dijo: ‘Bueno, está bien, acepto que vengan los marcianos a vivir aquí. ¡Pero que no vengan con echonerías!’”.

Toni Kroos pierde la pelota en el mediocampo, la recoge Claesson para desplazarse hacia la banda y esperar el desmarque de Toivonen para hacerle el pase. El delantero bate la portería sin que Neuer pueda defenderse. Gol de Toivonen. Alemania 0 – 1 Suecia.

Pancho y Matilde Daviu, BK, Sabana Grande. 1976
Foto: Vasco Szinetar

Medio Tiempo – Piedra de Mar

—¿Pancho, qué te inspira a escribir?

—La vida. Aunque cualquier cosa puede inspirarte. Una pared, un poema, hasta una arrechera te puede inspirar.

Pancho escribía reseñas de libros y pinturas en la revista Imagen, de la cual Guillermo Sucre era su director. Simón Alberto Consalvi, director de Inciba, llamó un día a Massiani a su oficina y le preguntó si tenía una novela escrita. Pancho mintió, a los 21 años ya había escrito tres novelas –Renate o la vida siempre como un comienzo, Fiesta de campo y El veraneante–, pero se inventó una historia sobre un viaje para la playa en plena reunión entre panas. Tardó un año y medio en escribirla, y Guillermo Sucre le dijo que sería una de los primeros títulos de Monte Ávila. Así fue.

Monte Ávila Editores fue fundada por iniciativa de Simón Alberto Consalvi, Guillermo Sucre y Ulises Milla. Se convirtió en una de las mejores editoriales de Latinoamérica. Publicó a Pier Paolo Pasolini, Clarice Lispector, Juan Villoro, entre otros aclamados escritores. Piedra de Mar es la novela más reeditada de esa casa editorial con 17 reediciones. La última es del 2018.

La voz del autor en la novela es desenfadada con toques de humor e ironía, con un lenguaje coloquial y fresco. Sobre el protagonista de su historia cuenta que Corcho es un muchacho prematuro en muchas cosas, lee mucho para su edad. “Sospecho que Piedra de mar es una novela magnífica. Esa es toda la explicación. Aún me parece muy buena”, dice Pancho sobre el éxito de la novela.

Las primeras hojas de la noche, El Llanero Solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes, Relatos, Los tres mandamientos de Misterdoc Fonegal y Con agua en la piel fueron editados por Monte Ávila Editores. Fiesta de campo y Renate o la vida siempre como en un comienzo, dos novelas cortas, fueron publicadas por Otero Ediciones; y su libro de cuentos Florencio y los pajaritos de Angelina, su mujer, por la Fundación para la Cultura Urbana y Sudaquia Editores, editorial asentada en Nueva York.

Segundo Tiempo

¡Gol de Alemania! Empata Reus. Centro de Werner pero Mario Gómez no llega a enganchar, aparece Reus para anotar con la rodilla. Alemania 1 – Suecia 1.

Los Milagros

Así se llama la casa donde se crió Massiani junto a sus hermanos y padres en una icónica urbanización caraqueña. Una casa blanca, luminosa, alta, amplia, llena de libros, dibujos hechos por Pancho y fotos de su hija y nietas. Fue un lugar de reunión y tertulias con los amigos de Felipe Massiani y sus hijos. Todos eran bienvenidos al hogar. Las conversaciones variaban desde la política nacional e internacional, la literatura hasta fútbol. Ahora, es el lugar donde amigos y seguidores van a visitar a Pancho. Y cuando el escritor se despide de ellos no duda en pedir para la próxima vez que le traigan cigarros y vino, si se puede.

El amor y las mujeres

Las mujeres tienen una presencia fundamental en la vida y obra de Massiani. Desde su madre, pasando por sus hermanas y terminando en su hija Alejandra Massiani y sus nietas, de las que habla con ternura y emoción.

Pancho es un devoto de la belleza femenina. Se casó y divorció de Norma Olivares, madre de su única hija. Su gran amor, el último, fue Belén Huizi, a quien conoció en la Librería Suma de Sabana Grande. Una presencia fundamental en su vida. Vivieron en el edificio Fontainebleau de Macuto, donde pudo estar cerca de sus lugares favoritos, del mar.

Con poco tiempo de diferencia, Massiani vivió pérdidas muy dolorosas. La muerte de Belén –a causa del cáncer– y la de sus padres. En el documental Francisco Massiani: Breve y arbitraria historia de mi vida (2015), Pancho grita: ¡a Belén Huizi! ¡Que la adoro todavía!

Aún le reclama su muerte.

Fútbol

Pancho es un gran seguidor del fútbol, por eso es un tema recurrente en su obra y sus conversaciones. Jugó como delantero en el Ávila Futbol Club hasta los 35 años. Admira a Lionel Messi. Cree que la Vinotinto no irá al Mundial y recuerda que la mejor era de la selección venezolana fue bajo la dirección de Richard Páez.

Habla con entusiasmo del gol de media cancha de Deyna Castellanos contra Camerún, en Mundial sub 17 Jordania 2016. Un gol que fue candidato al premio Puzkás del año siguiente. La delantera, dice, “es una extraordinaria jugadora”.

Para Pancho, la literatura y el fútbol tienen mucho en común: “Cuando tú juegas fútbol y driblas a dos o tres defensas e hinchas la malla con un golazo es muy parecido a cuando comienzas un cuento, seduces al lector poco a poco, lo llevas hasta el final y rematas. Eso es un golazo. Ambas cosas son apasionantes”.

Como dato curioso, el estadio de fútbol del parque Andrés Eloy Blanco en Puerto La Cruz lleva el nombre de Francisco Massiani, “eso es más importante para mí que el Nobel”.

Pancho también es Premio Nacional de Literatura 2012.

Tarjeta roja

Falta clara de Boateng con entrada por detrás sobre Marcus Berg. Es doble amarilla. El defensor sale del partido.

Pancho en su casa años 80.
Foto: Vasco Szinetar

Luces y sombras

Un eterno enamorado de la vida y de las mujeres. El llamado señor de la ternura pasó 20  años sin publicar, porque “la literatura no es fácil y duele en lo más profundo del alma”. Fue en el 2008 cuando volvió al ruedo.

Padeció, asimismo, un accidente automovilístico que lo dejó postrado y le provocó una fractura de cráneo. Además, desarrolló una dependencia al alcohol que le causó un coma etílico. “Yo soy mi peor enemigo, Pancho”, se increpa así mismo.

La remontada de Alemania en el minuto 95. Kroos juega en corto con Reus, este se la coloca y el mediocampista anota. ¡Qué golazo! Alemania 2 – 1 Suecia.

Tiempo adicional o descuento

18 de noviembre de 2018. 3:00 p.m. 14ª Feria Internacional del Libro de Venezuela. Casco Histórico de Caracas. Presentación de la nueva reedición de Piedra de Mar, por Monte Ávila Editores. Han pasado veinte minutos y Pancho no llega. Por un malentendido se presenta media hora después. La sala está llena, el público toma asiento y se dispone a escuchar al autor que quería escribir una novela sobre la juventud. “Me siento intimidado por ver a tanta gente que vino a escucharme. Me intimido como ante la belleza de una mujer”.

Terminada la actividad, varias personas se le acercan para que le firmen su ejemplar de Piedra de mar y tomarse fotos con él, desde adultos hasta unas adolescentes de 14 años. Pancho sonríe, aunque cansado, no deja de ser amable. Está por irse pero llega una mujer de 35 años, le dice que es su ídolo. Lo leyó a los 13 años y es su autor favorito. Le pide una foto. Massiani accede.

A la mujer se le aguan los ojos.

 

Por May Mijares | @SritaMaga

Foto de portada Yohanny García