La vida detrás del adiós

Ronny García estaba a punto de abordar un avión en el aeropuerto de Maiquetía, que lo llevaría a Colombia. En ese momento, no pensaba en nada, pero la tristeza lo embargó. Emigraría lejos de su familia y sus tres hijos, Fabiana, Jeremías y Samuel; sin tener la certeza de cuándo regresaría nuevamente al país, de cuándo los volvería a ver. Reyna Beltrana, su madre, no lo acompañó al terminal aéreo porque Ronny le dijo que no lo hiciera. Si ella hubiese estado allí, Ronny se hubiese arrepentido de tomar el vuelo.

Reyna se quedó en casa y esperó a que Ronny le escribiera un mensaje por WhatsApp que confirmara que había llegado bien a territorio colombiano. Ronny es el segundo hijo que a Reyna se le va del país; la primera en irse fue Ritsey García, de 24 años, quien desde 2014 está en Perú. La diáspora arrastró a dos de sus cuatro hijos. Las últimas dos, Deliana y Delianny, son morochas, cuentan con 16 años. Ellas ya son madres y también tienen planes de mudarse al exterior, por la crisis sociopolítica y económica.

Reyna lo ha comprendido bien: migrar es una necesidad contemporánea. “Yo deseo que el país tenga las condiciones para que mis hijos crezcan aquí, con su familia, con sus hijos, que tengan un trabajo estable que les permita vivir”, comenta.

Sus palabras encierran el deseo de todas las madres que siguen en Venezuela y que han tenido que experimentar el duelo que deja el escape, la huida desesperada de sus hijos de una crisis que no da tregua, que les niega el futuro.

Ronny decidió marcharse de la noche a la mañana. Su decisión, incluso, tomó por sorpresa a su mamá, quien no puso resistencia. Tampoco cuestionó que Ritsey migrara a Lima, tras llegarle una oportunidad de empleo en una cadena hotelera de esa ciudad. A Reyna no le dio tiempo siquiera de darle la bendición cuando partió, pues de su llegada a Perú se enteró por Facebook; pero dos noches antes de su viaje, al menos, logró conversar con ella.

Ronny, que cuenta con 31 años, tenía un trabajo en una barbería del centro comercial El Recreo, en Caracas, pero sus ingresos se quedaron cortos ante la hiperinflación que comenzó a arropar la economía. Él pensó que estando en el extranjero podría apoyar más a su mamá y a sus hijos y, así, superar el sinsabor que le dejó las promesas incumplidas del actual Gobierno, al que apoyó con fervor religioso, de forma hasta inexplicable para su madre. Lejos olvidaría la imagen de Hugo Chávez, las emisiones de La Hojilla de Mario Silva, la programación de Venezolana de Televisión y las entrevistas de José Vicente Rangel –transmitidas por Televen–. Su adhesión a la ideología de izquierda se diluyó en cada mala palabra que expresaba, sin recato alguno, contra el actual mandatario Nicolás Maduro.

“Él ahora está convencido de que este país se volvió una mierda”, cuenta Reyna.

Jonathan Lanza

De los dos hijos, Ronny es el que más se ha comunicado con ella desde su partida. Le pregunta cómo está, le pregunta qué come, le pide fotos de los alimentos que consume. Llora cada vez más por su madre.

Ritsey, en cambio, no es tan frecuente enviándole mensajes, ni a ella ni a su hija Nicole, de seis años, quien vive en casa de Reyna. “Cuando le mandaba notas de voz por WhatsApp, ella le decía a la niña que vendría en febrero, y la niña luego me preguntaba cuánto faltaba para ese mes. Si veía un avión volando, preguntaba si venía de Perú, pensaba que Ritsey iba en ese avión”. Reyna lloraba en silencio. Le recomendó a Ritsey que no le dijera que vendría a Venezuela cuando eso posiblemente no ocurriría.

 

Ronny y Ritsey son hijos de Gabriel García, el hombre del que Reyna asegura que se enamoró perdidamente. “Fue un amor a primera vista”. Cuando ella conoció a Gabriel, en 1984, apenas con 19 años, decidió casarse. Al cumplir diez años de matrimonio se separaron, aunque nunca se divorciaron. El amor que sentía se desvaneció entre la violencia, la infidelidad y la costumbre. Terminaron de separarse luego de que a él lo metieran preso por tres meses en el extinto retén de Catia en 1992, tras una denuncia que Reyna interpuso por maltrato. La separación había afectado, en principio, a Ronny, quien después se fue al Oriente del país a vivir con su papá. “Yo le decía que no podía seguir con él porque no era sano para mí, no podía estar con una persona por la que no sentía nada, no iba a pasar toda la vida así. Le decía que él crecería y se casaría, ¿iba a seguir infeliz por complacerlo a él?”.

Reyna conoció después a Denis Guerra, el padre de sus hijas morochas, con el que convivió siete años hasta que él se enamoró de otra mujer. Cuando Denis se mudó para la casa de Reyna, Ronny no estuvo de acuerdo. Le molestaba que la presencia de Denis rompiera sus rutinas. “Todo fue bonito al principio, pero luego hubo discusiones porque Ronny no le gustaba que él se quejara si llevaba amigos a la casa, si sacaba el PlayStation y lo dejaba en la sala; luego Denis me reclamaba que yo no ponía orden. Ellos nunca llegaron a discutir, pero todas las quejas llegaban a mí”.

 

A simple vista, Reyna no aparenta su edad. Su estatura no es similar a la de las modelos de los concursos de belleza, siempre ha sido delgada, aunque asegura que ha rebajado más por los cambios en la alimentación y por las veces que ha tenido que subir a pie –debido a los problemas de transporte– hasta su casa, ubicada en el barrio El 70 de El Valle.

Aunque siempre trata de mantener el buen humor, su voz se quiebra cuando habla de sus hijos. Prefiere sobrellevar sus añoranzas sentada en una máquina de coser.

Trabajó en el oficio de costura desde hace años, incluso enseñó a confeccionar trajes a Gabriel, con quien laboró en la misma fábrica que cerró en 1998. En casa de una amiga, tiene un taller donde suele coser los fines de semana. Hoy solo se dedica a ese oficio: entre lunes y viernes, se desempeña en una empresa donde se hacen uniformes e indumentaria para militares.

Con su sueldo ─que es mínimo─ y lo que le envía Ronny ─100 dólares al mes─, cubre apenas sus necesidades básicas y la de una de las morochas, que vive con ella. Ritsey, eventualmente, le manda remesas a ella y su hija Nicole, quien durante las vacaciones se va con Billy Reyes, su padre, que vive y trabaja fuera de Caracas y también se irá pronto a Ecuador. “Ahora la niña debe despedirse de su papá”, resalta.

Jonathan Lanza

La diáspora puso sobre relieve asuntos pendientes que Reyna no ha solucionado. Ronny nunca se ha llevado bien con Ritsey y partió sin que resolvieran las diferencias. Esa es la punta de lanza de su sufrimiento.

A todas estas, Reyna nunca ha comprendido el porqué de la rivalidad, aunque asegura que Ronny manifestó rechazo por su hermana desde el momento en que nació. “Parecían celos, pero él dijo que jamás la querría”. Ritsey, en cambio, ama a su hermano, aunque tampoco se ha acercado a preguntarle por qué él no le dirige la palabra. Cuando Ronny se emborracha es que da una pista de que sus sentimientos por Ritsey no son tan negativos. Lo cierto es que Reyna jamás ha podido romper el nudo gordiano que oprime la relación entre sus dos hijos mayores; ni siquiera a pesar de que ambos viven en países distintos. “La última vez que hablamos de la casa, sobre quién se quedaría con ella, le dije que no me iban a dejar a las morochas en la calle, que ellos dos se encargarían de evitar eso, pero él lo único que me dijo es que el día en que yo muera, saliendo del cementerio, Ritsey tendría que buscar dónde irse”.

—¿Ronny no entiende que esos comentarios te hacen sufrir?

—Yo se lo digo. Pero él es así, nunca le importa. Él adora a las morochas, adora a su sobrina Nicole, y no entiendo cómo no puede querer a su hermana igual que a ellas.

La relación de Ritsey y Ronny es similar a la que Reyna tiene con su mamá de 90 años y su hermana morocha, que vive en el estado Sucre. Con su madre nunca se ha hablado y con su hermana, hace diez años, tuvo una fuerte discusión. En medio de estos conflictos, Ritsey tampoco se ha llevado muy bien con su mamá: tiende a responsabilizarla de todo lo malo que le ocurre.

Reyna dice que su hija tal vez le recrimina su falta de compresión en el pasado, los múltiples regaños que le dio por su rebeldía, por dejar sus estudios de bachillerato. “Yo creo que nuestra relación no es de madre e hija; con Ritsey me pasa lo mismo que con mi mamá, que nunca me habló, a pesar de que yo la busco y le pregunto qué le pasa conmigo. Eso de acercarse no lo hace Ronny tampoco con Ritsey, ni creo que lo hará. Me voy a morir y esto no cesará”.

Reyna se aferra al viejo consejo que dice que el tiempo y, sobre todo, la distancia resuelven todo. Por ahora, solo piensa en que sus morochas estén bien, en pasar más tiempo con ellas. Y en cuidar su corazón, que le dio una advertencia hace ocho años debido a las tensiones dentro de su hogar. “La doctora dice que me olvide de este problema, pero ¿cómo hago? No creo que sea culpable de lo que pasa entre ellos, les he dado lo mejor que he podido”, asegura.

Viendo las fotos de sus hijos por WhatsApp, a quienes extraña, dice que no le teme a la soledad, eso sí lo dice con firmeza; ni tampoco se cierra a la posibilidad de rehacer su vida con otro hombre. En lo que sí está bastante clara es que no quiere ser arrastrada por la diáspora y, por eso, también se ata fuertemente a las promesas de Ronny.

—Mamá, cuando estés viejita, te compraré un carro rojo.

—Me vas a tener que traer un Ferrari.

—Coño, mamá, ¿no pides mucho?

Jonathan Lanza

PD: tras ver esta historia publicada por primera vez, Ronny y Ritsey –finalmente– hicieron las pases. Reyna, ahora, vive más tranquila.

Por Armando Altuve (@ArmandoAltuve)

*Este trabajo forma parte de la serie, elaborada por Seis grados, Madres de la diáspora.

Confrontando el hueco que dejó mi exilio

Desde que salí de casa –con mi mundo guardado en dos viejas maletas y un morral guindado en la espalda– rumbo a Buenos Aires, nunca hablé con mi mamá sobre lo que significaba para ella esa decisión.

La noche del 16 de noviembre de 2017 se incrustó como una astilla en la memoria de Virginia Avendaño. Ella quería que detallara nuestro hogar antes de que me fuera porque la incertidumbre de cuándo volvería a verlo se hacía cada vez más presente. Por esa razón quiso que me despidiera de Patitas, la gata atigrada de la casa. Mamá finalmente asimiló que nuestro proceso migratorio comenzaba esa noche cuando crucé el umbral de la puerta principal, atravesé el porche, guardé mi equipaje en el auto de la familia y me senté finalmente en la parte de atrás esperando por ellos, mis papás.

Todo 2017 fue un periodo muy difícil para nosotros. Mi abuela materna murió a sus 72 años de edad, a finales del primer cuatrimestre. También vivimos diariamente el aumento de la crisis económica de Venezuela. En la casa lo analizábamos con tan solo medir semanalmente el alza del precio del cartón de huevos, que para la fecha de mi partida representaba 44% del ingreso total del hogar. Asimismo, tres semanas antes del viaje, nos acompañó durante 48 horas la sospecha de que mi mamá podría tener cáncer grado cuatro en el seno derecho. Sin embargo, todo se trató de un susto.

Lo que sí fue real para Virginia fue mi decisión de vida, que colocaba entre nosotros una barrera de 7.318 kilómetros. Aunque nunca me lo dijo en persona, sé que mi plan la sacudió en lo más profundo de su esencia de madre.

FOTO: Eilyn Diaz-Romero para Seis Grados.

Los azulejos de la cromo interferencia de color aditivo de Carlos Cruz-Diez fueron testigos del último abrazo entre mamá y yo. Sentí cómo su garganta obligaba a la saliva a pasar frenéticamente, acumulándose así un llanto ahogado que más tarde encontraría su cauce. Sus ojos verdes botella e intensos –como su carácter– me vieron impertérritos mientras apretaba la mano de Hernán, mi papá. Les sonreí, quería que tuvieran de mí una imagen alegre en el aeropuerto. Me volteé. No tuve el valor de preguntarle a mi madre cómo se sentía, mucho menos a mi padre. Aunque no la vi, sí escuché llorar a Virginia cuando se cerraron las puertas automáticas a mi espalda mientras ingresaba al área de migraciones del aeropuerto internacional Simón Bolívar, en Maiquetía. El estampido de su llanto se me quedó grabado en el alma como un hierro al rojo vivo.

Nunca le confesé que en mis 27 años de vida jamás me había sentido tan roto por dentro como en ese instante cuando caminaba para chequear mi pasaporte mientras resonaba su tristeza en mi mente. Nunca le pregunté cómo se sentía, porque, de forma egoísta, no quería que sus emociones sabotearan mi decisión. Nunca nos sinceramos sobre cómo nos afectaría el proceso migratorio.

Nunca lo hablamos hasta seis meses después de nuestra despedida.

El celular se ha convertido en el principal tesoro para mi madre. Recientemente se le dañó por un día. Automáticamente intuí que estaba triste, preocupada, porque no podíamos hablar, como ya era costumbre, por WhatsApp. Mi sospecha se confirmó cuando realicé una llamada internacional para saber cómo estaba y decirle que me encontraba bien. Su voz destelló una mezcla de emociones: alegría por escucharme; desesperación que se diluía entre risas; pero una profunda melancolía por saber que, aunque conversáramos, no estaba ahí realmente.

Ese episodio ocurrió una semana antes del cinco de mayo de 2018, fecha en la que cumplimos con la deuda de sinceridad que nos debíamos mutuamente. Como periodista estaba preparado para hacer las preguntas porque esa es mi profesión, pero como hijo desconocía si estaba listo para escuchar lo que su mente y corazón guardaban.

En la conversación no participaría mi papá, porque era un momento solo entre madre e hijo. Él lo sabía y no hubo necesidad de preguntarle si quería sumarse al diálogo. Esperé estratégicamente que en Venezuela marcaran las 11:00 am para que él se concentrara en hacer el almuerzo y mi mamá no tuviera excusas para suspender nuestra cita.

Cuando la llamada se conectó le dije a mi madre que necesitaba hablar con ella algo importante. Ella sabía de antemano cuál sería el tema de conversación. Le pedí que se colocara en la sala o en el comedor de la casa porque en esas zonas la conexión de wifi es mucho más estable. Ella accedió a mi petición y se ubicó en la sala. Colocó el celular en frente de tal manera que no tuviera que sostenerlo constantemente. Una vez hubo acomodado todo, sus ojos se mantuvieron fijos. Sonrió sin abrir los labios y me alentó a que comenzara.

FOTO: Eilyn Diaz-Romero para Seis Grados.

—Me gustaría saber cómo te has sentido en este proceso migratorio, ¿cuáles fueron tus pensamientos desde el momento que te dije que me mudaría a Argentina?

Ella cerró los ojos, apretó los labios suavemente, respiró profundo y exhaló. Me imaginé que tenía los puños cerrados, un gesto característico de ella cuando articula en su interior sus pensamientos mientras obliga a su cuerpo relajarse.

—Te dije lo que sentía. ¿Recuerdas esa conversación que tuvimos a comienzos de 2017? Te dije que te estabas achinchorrando en la casa. Tu papá y yo siempre te hemos criado para que seas libre como los pájaros. Tenías que irte en algún momento, pero esperaba que te mudaras por aquí mismo en Guatire, o en Caracas. Nunca esperé que te fueras a otro país.

No me decepcionó. Después de convivir 27 años conocía sus formas de razonamiento. Esa respuesta la pude prever sin necesidad de hablar con ella. Mi mamá siempre anteponía mis motivos por encima de sus sentimientos, y allí era el punto a donde quería llegar.

—Pero… ¿qué sentiste al momento que te dije que me iba?, ¿qué pasó por tu mente cuando te enseñé el pasaje de avión?

—La verdad es que en ese tiempo no lo asimilé. No fue real hasta el momento en que saliste de la casa –su voz se quebró, pero continuó–, no lloré hasta que te fuiste. Caí en cuenta de que te ibas a otro país solo cuando lo vi. Después que cruzaste la puerta de migración lloré, pero me frené. Decidí que ese mismo día tenía que irme a trabajar para continuar con mi vida. Me fui a la notaría donde te hice el poder, allí me fajé a llorar y empecé a nombrarte como loca. Todos se acercaban y me preguntaban qué me pasaba, creían que te había pasado algo. Entendieron cuando les dije que te habías ido del país, que te acababa de dejar en el aeropuerto.

Imaginé el momento. El día de mi vuelo me preocupaba cómo se podía sentir mi mamá. Su salud, en específico sus niveles de azúcar y de la tensión, está estrechamente vinculada con su estado de ánimo. Recuerdo que me había dicho que iba a trabajar, un mecanismo de defensa propio de ella para alejar la realidad y mantener ocupada su mente.

Me sorprendió que admitiera ese episodio gris. Me dolió comprender que el trabajo, su rutina, no fue lo suficientemente fuerte para que ella se concentrara y olvidara que me encontraba en un avión rumbo a otro país; que con cada hora transcurrida me alejaba de ella cada vez más. Mi papá no me dijo nada de ese momento, asumí que mi mamá le hizo prometer por la Virgen del Valle que no me lo diría para no preocuparme. La imagen de ella sumergida en llanto dentro de una institución pública me sacudió internamente de la misma forma como cuando te zarandean por los hombros para que despiertes. Tenía un nudo en la garganta, sin embargo tenía que seguir indagando.

—¿Crees que fue una decisión egoísta o estamos mejor así? Cuando trabajaba en Globovisión como ancla el sueldo no me daba ni para el pasaje mensual de Guatire a Caracas. El sueldo mínimo de papá y los honorarios profesionales tuyos, más mi sueldo, no cubrían los gastos.

—Jamás pensé que fue una decisión egoísta. ¿Estamos mejor económicamente porque nos mandas dinero de afuera? Sí. Si estuvieras aquí, en el caos de Venezuela, fueras infeliz. Aquí no había nada para ti. Profesionalmente lograste todo lo que te propusiste. Desde que te fuiste aquí se puso peor todo. Tú ibas a vivir amargado por no poder costear las cosas que quisieras, ibas a vivir angustiado por los gastos en la casa. El país ya no te ofrecía, ni te ofrece ninguna oportunidad.

FOTO: Eilyn Diaz-Romero para Seis Grados.

En ese momento mi madre apeló a la racionalidad para sofocar mis dudas. En su cara se notaba porque ya no tenía el ceño fruncido, hablaba sin interrupciones y gesticulaba con las manos. Pese a que sabía que sus palabras trataban de hacerme sentir mejor, así como justificar mi partida, ella no estaba mintiendo.

En los seis meses que tengo fuera de Venezuela la crisis se acrecentó. Personalmente he medido la debacle económica con la cantidad de dinero que le envío a mi mamá. En  cinco meses le he transferido bolívares en seis oportunidades. En todas ellas siempre destiné la misma cantidad en pesos argentinos para convertirlos en moneda  venezolana. Esa ha sido otra de las preocupaciones de mi madre. Al ver que cada mes le envío más bolívares, ella cree que estoy colocando más pesos para poder mantener los gastos del hogar en Venezuela. Siempre tengo que explicarle que no he modificado mi presupuesto mensual, que ni he aumentado el monto de pesos argentinos. Constantemente le recuerdo que lo que incrementa es la tasa de cambio producto de la depreciación de la moneda en Venezuela.

—¿A quién culpas por mi partida? –pregunté.

—A decir verdad a la situación país.

—¿Al Gobierno?

—No, a la situación país en general. Si el país fuera otro no te hubieras ido. El año pasado solo la Virgen del Valle sabe cuánto te encomendaba a ella para que no te pasara nada mientras trabajabas como periodista en las protestas para el canal y la radio. Tenía pánico que te pasara algo, pero ese era tu trabajo y a ti te gusta meterte en la candela. Eso es algo que pienso: que algo positivo que te fueras es que tienes un trabajo más seguro, aprendes otras cosas.

Tenía razón. Uno de los consuelos que tenía Virginia, que me repetía inclusive antes de que partiera, era el cambio profesional. En abril de 2016 los colectivos me agredieron a las afueras del Consejo Nacional Electoral frente a más de 50 Guardias Nacionales que padecían de ceguera y sordera selectiva porque, aunque me vieron y escucharon los gritos mientras me golpeaban los grupos paramilitares, fueron incapaces de cumplir con su deber constitucional –y hasta humano– de proteger.

Luego, en 2017, con la oleada de protestas, los nervios de mi mamá y su tensión se desestabilizaron. Más de una vez Hernán me comentó que mamá tenía la presión arterial alta como consecuencia de imaginar qué me pudo ocurrir mientras le daba cobertura a las manifestaciones contra el régimen de Nicolás Maduro para los medios de comunicación en los que trabajaba: circuito radial AM/FM Center y Globovisión.

—Pero no eres feliz –solté, secamente.

—¿Cómo voy a ser feliz si no puedo tocarte cuando quiero?, si no puedo abrazarte cuando me da la gana. Nostalgia, ese es el sentimiento que tengo en este tiempo separados. Me alegra verte por allá, que tienes amigos, que sales de noche, que estás trabajando en otras cosas. Me enorgullecí, como siempre con todo lo que haces, cuando vi que aceptaste trabajar haciendo bolitas de carne en un restaurante de noche. Estás creciendo hijo, y eso es lo que yo quiero para ti.

Mi mamá ha sido feliz con los trabajos que he desempeñado en Argentina, o eso es lo que me hace saber. Desde que llegué a suelo porteño no he dejado de laburar. Pese a ser periodista de profesión, mi mamá me ha apoyado en los trabajos que he tenido en la París de América: ayudante de cocina, teleoperador de call center y analista de marketing.

No obstante, su felicidad no es plena. Siempre me menciona que extraña verme en televisión. Cada vez que hablamos por WhatsApp me recuerda que le “hace falta” prender la TV, colocar el canal 12 y hacerme compañía desde el otro lado de la pantalla. A lo que yo siempre le respondo lo que Daniel Guillermo Colina, periodista y amigo de la familia, decía: ¡Mamá, con pantalla no se hace mercado!

FOTO: Eilyn Diaz-Romero para Seis Grados.

—Sí, tienes razón. Tampoco te hubiera podido enviar los medicamentos que necesitas para controlar la azúcar, la tensión y ahora los del hígado graso –dije.

–—Menos mal, Dios sabe cómo hace las cosas. Si estuvieras aquí, ni juntando los tres salarios de la casa hubiéramos podido pagar los exámenes que debo hacerme este mes. Además, todavía tenemos comida que pudimos comprar con lo que nos mandas.

A finales de abril de 2018, Virginia pudo finalmente asistir a una consulta médica sin necesidad de sentir que estaba dejando de comer por atender su salud. Desde octubre de 2017, la persigue un dolor abdominal al cual no le prestó mucha atención. Como la mayoría de los venezolanos, en vez de pagar una consulta médica por los elevados costos, decidió automedicarse para tener una mejoría momentánea. Con el dinero que le envié el último mes mi mamá pudo, responsablemente, costear los servicios de un galeno para determinar el origen de esos dolores que incrementaron su intensidad en seis meses. El diagnóstico fue grasa en el hígado y adherencia grasa en el intestino.

Esa condición se suma a otras dos que mi mamá padece: diabetes e hipertensión.

En Venezuela, los niveles de abastecimiento de medicinas son extremadamente bajos. Una de las tranquilidades que me ha expresado mi mamá es que ha logrado disminuir sus preocupaciones al respecto: al tercer mes de vivir en Buenos Aires logré hacerle llegar con otro familiar una bolsa con dotación de medicinas suficientes para un año, un encargo que la Guardia Nacional del aeropuerto de Maiquetía estuvo a punto de adueñarse.

Pero aunque estoy en otro país y puedo colaborar con su estado de su salud, mi ausencia sigue siendo su principal dolencia.

—¿Y qué has pensado hacer? Mi papá gana salario mínimo y tú no tienes muchos casos como abogada.

—El escenario ideal es que vengas y nos visites, que estés de vacaciones. Si me dices hoy que te regresas a Venezuela te diría que estás loco. Tu papá y yo vivimos gracias a lo que nos mandas, estamos bien, pero no felices. Hace dos años para esta época yo tenía mínimo diez casos para resolver. Ahora hasta tú vas a los tribunales y no hay gente demandando ni siquiera. He pensado en vender todo e irnos. Nosotros dos tenemos la disposición de hacer cualquier cosa, hasta un día de plancha si es posible. Pero la edad pasa factura y nuestro cuerpo no está para que hagamos eso.

Decidí introducirme en terreno desconocido.

—Me intriga saber cómo te sientes cuando entras a mi cuarto –dije, suavizando mi voz.

—Esto no te lo había dicho. Tu cuarto está prácticamente igual a cuando vivías aquí, pero regalé tu mesa de computadora. No aguantaba entrar y verla vacía. Te imaginaba sentado en ella escribiendo y diciéndome con tu tono amargado estoy ocupado mamá, déjame escribir. También guardé todos los libros de la biblioteca de tu cuarto y puse la ropa de tu papá en el closet para no verlo vacío.

Se hizo un silencio de unos diez segundos, lo suficiente para asimilar la magnitud de esa confesión. En ese tiempo reuní el valor para dar la estocada final, esa pregunta que como periodista se guarda siempre para concluir.

—¿Tienes esperanza de que nos volvamos a ver?

Su rostro se descompuso con esas siete palabras adornadas en un tono de pregunta. Las emociones terminaron de detonar en la voz de mi mamá, que se hizo más aguda, triste y melancólica. Los ojos se le inundaron. Finalmente había logrado que exteriorizara el miedo que la acosa desde que salí de casa el 17 de noviembre de 2017.

FOTO: Eilyn Diaz-Romero para Seis Grados.

—¡No me vuelvas a decir eso! Prométeme que nos vamos a volver a ver. Prométemelo Oswaldo José. Tengo miedo de que no nos volvamos a ver. Que te pase algo, o a mí, y no te pueda volver a tocar. Todos los días pienso en eso –enfatizó antes de hacer una pausa–. Sé que esto es lo mejor, que estés lejos de Venezuela. En algún momento las cosas se van arreglar y estaremos juntos de nuevo. Cuando estoy sola y quiero calmarme, cuando pienso que no te volveré a ver, salgo al balcón y veo al cielo, porque sé que el cielo nos conecta y tú también lo estarás viendo allá. El amor que te tengo es el único que me ayuda a superar esto, ¿sabes? También me doy fuerzas y me pongo en tu lugar y se lo digo tu papá: él lo está pasando peor. Me repito: yo estoy acá en el confort de mi casa, de mi entorno, con mi gente y mis cositas mientras tú estás en otro país sin conocer a casi nadie, sin tu familia, amigos ni tu hogar. A tu papá le digo que tú te llevas la peor parte de esto –arguyó mientras se secaba las lágrimas que corrían por su rostro.

Volví a sonreír para aplacar las emociones desbordadas de mi mamá.

Concluí el momento recordándole que tenía que almorzar. Ya era un poco más de mediodía en Venezuela y mi papá la esperaba en silencio en la mesa de la cocina, procesando todo lo que acababa de escuchar. Asumí que sería él quien terminaría de abrazarla una vez se separara del celular.

Volví a sonreírle. Le recordé cuánto la amo y nos repetimos mutuamente, con diferentes palabras cada uno, nuestro mantra para soportar la distancia.

—Pronto estaremos juntos, mamá, recuerda que este es un proceso lento –fingí una sonrisa.

—Sí, hay que tener paciencia, gordito.

Terminé la llamada y suspiré. Me sorprendí de que mientras salía de mi apartamento tenía unas lágrimas rodando por mis mejillas. Sentí la necesidad de ver ese mismo cielo que mi mamá admira cuando quiere sentirse cerca de mí.

 

Por Oswaldo J. Avendaño A. @Os0790