De cuando chalequeábamos a los colombianos

De cuando chalequeábamos a los colombianos

Mi primera Copa América como aficionado consciente del fútbol está marcada por un color mítico que probablemente es una falacia de mi memoria de niño miope e impresionable: el Amarillo Naranja, número 917 en la caja de Berol Prismacolor. Así recuerdo la parte superior del uniforme –las tetas de la sirena, en el código de las leyendas– de la selección de Colombia en el torneo de Argentina 1987. Hoy hay YouTube y hay Wikipedia, y me decepciona no encontrar ese uniforme por ninguna parte, solo un amarillo más profano y convencional (Canario #916). Quizás es un efecto visual provocado por el sudor o el agua de la lluvia en la equipación de marca Puma: nótese el ligero cambio de tono de la camiseta a medida que avanza el partido por el tercer puesto.

Aunque 1987 es la época en que los venezolanos nos disfrazamos como los pasteleros número uno de la Canarinha –siempre escuché de chamo muchos comentarios prejuiciosos sobre la presunta vanidad y antipatía de los argentinos, lo que quizás alimentó luego mi identificación por ellos por espíritu de contradicción–, el campeonato mundial ganado por la Argentina del mejor Diego Maradona en México 1986 resulta un acontecimiento trascendente no solo para el balompié sudamericano, sino, de rebote, para el venezolano.

Un ídolo que nos impulsa y nos hunde

Con el Mundial del 86, Argentina y Maradona pone el marcador de títulos históricos 7-5 a favor de nuestro subcontinente sobre Europa. Todavía no sabemos lo despreciable que puede llegar a ser un ídolo para un país martirizado por el fanatismo no deportivo.

Para el siempre precario fútbol de Venezuela, la fiebre de Maradona y del presumible Gol del Siglo da un empujón a dos iniciativas que entonces son muy importantes: RCTV compra al club Caracas FC y empieza a transmitir partidos de nuestra Primera División en televisión, algo entonces inimaginable; también en 1986 se estrenan los “Mundialitos” (énfasis en las comillas) de categoría infantil que se disputan a casa llena en el estadio Olímpico de la UCV, también con difusión de la TV, y de los que emergen jugadores como el guardameta Rafael Dudamel, actual director técnico de la Vinotinto.

La regularidad cronológica en la organización de la Copa América de fútbol ha sido como lo que somos con frecuencia los latinoamericanos: un hermoso bochinche. No tengo elementos contundentes para afirmarlo, pero creo que la apoteosis de la Religión Maradoniana en México 1986 también sirve de disparador a la que para mí es la mejor y más ordenada etapa del torneo continental: la que transcurre entre las ediciones de Argentina 1987 y Colombia 2001. Al menos durante 14 años, la Copa América se celebra religiosamente cada dos años y en una sede fija (entonces una novedad) rotada por orden alfabético. La cercanía entre certamen y certamen, sostengo, permite que las selecciones de Sudamérica tengan un roce competitivo más frecuente y puedan aproximarse al menos un poco al siempre más activo calendario europeo.

El Vinotinto más bonito que solo vieron mis ojos

Cuando se inaugura la Copa América de Argentina el sábado 27 de junio de 1987, soy un niño de 12 años recién cumplidos que escucha Mecano, descubre a Soda Stereo y está a punto de terminar el sexto grado de educación primaria en el colegio Santísima Trinidad –privado, pero de clase media baja, a mucha honra– en la parroquia San José, Caracas. Venezuela, con el que para mí es el color vinotinto más bonito de la historia, una especie de Cardenal 931 (creo que es otra falacia de mi memoria, porque en YouTube no le veo nada de extraordinario a lo que más bien parece el Caoba 937 de casi toda la vida), debuta al día siguiente y Brasil nos mete 5-0.

Con un resultado así todo resulta risible, pero la verdad es que en ese equipo dirigido por Walter “Cata” Roque están algunos jugadores que creo que no merecen el olvido: el guardameta César “Guacharaca” Baena, en algún momento en la mira del Las Palmas español –que entonces suena a Ítaca–, aunque el pase a Europa jamás se concreta; el formidable defensa central Pedro Acosta, luego vinculado a los deportes de resistencia y la gerencia de las canchas de La Guacamaya; el mediocampista Nelson Carrero, un abogado cascarrabias que en el futuro simpatizará con el chavismo; o el brillante delantero merideño Ildemaro Fernández, que según mi profesor de periodismo y comentarista de Venevisión en los Mundiales, Cristóbal Guerra, padece de una tara psicológica que le hace chorrearse literalmente en el elegante pantaloncillo blanco de la Vinotinto de entonces cada vez que le toca disputar un gran evento.

Apenas acaba de caer en mis manos un libro de mi hermano mayor que me inicia en las ciencias ocultas de la táctica: la numerología del 4-3-3 que poco a poco cede su espacio estelar en la moda ante el 4-4-2, para que luego el entrenador argentino Carlos Bilardo innove usando tres defensas centrales. Lo que conozco de fútbol hasta entonces son las selecciones que participan en los Mundiales: es la primera vez en mi vida que veo el color vinotinto y el falso amarillo naranja de Colombia. A Venezuela la eliminan casi de inmediato (pierde 3-1 con Chile dos días después y se despide de la primera ronda de tres grupos de tres equipos, de la que Uruguay está eximida hasta las semifinales, como monarca reinante de la edición de 1983). Y entonces queda el país de al lado: mi apertura a una nueva dimensión de diversión pura.

En 1987, en mi colegio y en muchas partes de Venezuela, la palabra colombiano es equivalente a un insulto. No exagero: entonces hemos recibido a numerosos inmigrantes de ese país, la mayoría de origen humilde, que huyen de la violencia de la guerrilla y de los carteles de droga. Como uno de mis amigos de sexto grado: Carlos Luis. Tiene aspecto de gochito: rechoncho, blanquito, cachetes gorditos y sonrosados y cabello muy liso y negro con la forma de una totuma. Extremadamente noble, callado, tímido y respetuoso. Permanente y estoico blanco de chalequeo y bullying en el salón por su “nacionalidad inferior”. Ir a Colombia, luego de la eliminación de Venezuela, se convierte en un asunto de honor: es mi tributo de solidaridad y despedida a Carlos Luis, al que jamás volveré a ver después de las próximas vacaciones.

René y Carlos, Carlos y René

Francisco “Pacho” Maturana recién ha agarrado las riendas de la selección de Colombia. Clasifica con el arco invicto en la primera fase con cuatro goles de un delantero de origen guajiro: Arnoldo Iguarán. Aquella alineación tiene un par de melenas rizadas de colores contrastantes cuyos dueños serán dos de los futbolistas más entretenidos que jamás veré sobre una cancha de fútbol: el portero René Higuita, célebre por sus expediciones lejos del arco que en el futuro le costarán una imborrable vergüenza en el peor escenario posible; y el mediocampista ofensivo Carlos “Pibe” Valderrama, de físico en extremo lento –casi a ritmo de trote–, de mente de una rapidez superdotada que le erige como uno de los mejores pasadores de balones de todos los tiempos, además de supremo administrador de los ritmos de sus equipos.

La Argentina de Maradona y Brasil tienen una Copa América deslucida: la anfitriona se despide en semifinales ante la Uruguay de Enzo “Príncipe” Francescoli, el ídolo del quinceañero de origen argelino Zinedine Zidane, a la postre campeona con el mínimo esfuerzo. Colombia, el once de juego más vistoso del torneo, queda tercera, da el primer golpe psicológico a la Albiceleste seis años antes del 0-5 de la eliminatoria de Estados Unidos 1994 en el Monumental de Buenos Aires –acontecimiento equivalente al ataque de Pearl Harbor en el imaginario del país sureño– y deja una impresión tan memorable que un célebre dúo pop local elegirá su nombre bajo la inspiración del camiseta 10 de zarcillos de colmillos, medias caídas y rulos teñidos de amarillo chillón como la peluca de un payaso diabólico: Ilya Kuryaki and the Valderramas.

De aquí sale el núcleo que clasifica al Mundial de Italia 1990 y le empata 1-1 a Alemania con un gol en tiempo añadido de Freddy Rincón: la celebración futbolística más impresionante que he sentido jamás en Venezuela. Literalmente, un movimiento sísmico entre la numerosa colonia colombiana que todavía entonces nos acompaña como un cuerpo para muchos patógeno y amenazante.

Recuerdo la palmada de orgullo que le doy a Carlos Luis en la espalda al lunes siguiente a la victoria de Colombia sobre Argentina en la Copa América 1987: por primera vez, que yo sepa, su país no es noticia por el narcotráfico y la violencia del Cartel de Medellín. Los pases del “Pibe” Valderrama hacen olvidar los pases de cocaína por cortesía del capo Pablo Escobar.

Solo espero que en esta Copa América Brasil 2019, en algún colegio colombiano, alguien le dé una palmada a un refugiado venezolano si la Vinotinto llega a ganar al menos un partido.


Por Alexis Correia | @alexiscorreia

la vinotinto huele a política

La Vinotinto huele a política

Imagina a la Vinotinto jugando un partido de la próxima Eliminatoria mundialista de fútbol en Lima, una ciudad en la que dos tercios de sus pobladores evalúa como negativa la inmigración de casi un millón de venezolanos: sería fácil escuchar cánticos que te dolerían en los oídos. Imagina una fecha FIFA en nuestro territorio que se suspende por apagón generalizado o un llamado a sublevación militar (ya han ocurrido al menos dos episodios similares este año en competencias de clubes).

O quizá dos aficiones que se unen para corear juntas contra la dictadura en un Colombia-Venezuela de la Copa América 2020 en Barranquilla, con diputados exiliados en el palco de honor. Prepárate, Rafael Dudamel: quizá vas a tener que poner varias veces tu cargo a la orden en el ciclo mundialista para Qatar 2022.

Quizá te decepcionaré: en las próximas líneas voy a escribir más de lo extradeportivo que de lo deportivo. “Estamos navegando en aguas muy turbias. Se ha politizado todo y soy el director técnico de una selección del país entero”, declaró el seleccionador Dudamel luego de un amistoso memorable (Venezuela-Argentina en Madrid, con visita incluida del representante diplomático en España de Juan Guaidó).

Defíneme política. Apelo por lo más simple: el diccionario de la Academia de la Lengua: “Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos”. O sea, todo lo que implique dejar de estar echado rascándome el ombligo en mi cama. Salir a la calle e interactuar con otras personas es ya, a mi modo de ver, el inicio de un acto político. El que se declara “antipolítico” es un mentiroso que construye de entrada un oxímoron. Por eso lamento decírtelo, si es que piensas lo contrario: el deporte nunca será un territorio políticamente neutro. “Concebir al atleta como castrado político es una visión hipócrita”, me refrenda Ignacio Ávalos, quizás el principal sociólogo del deporte en Venezuela.

Una identidad fragmentada

El elemento político ha estado presente en los cinco ciclos mundialistas previos que han coincidido con los 20 años de esa plaga bíblica llamada chavismo. Voy a contar algo que te sonará sacrílego: después de que vi a Hugo Chávez, Evo Morales y Diego Maradona en la inauguración de la Copa América 2007 en San Cristóbal, nunca sentí demasiadas ganas de que la Vinotinto progresara mucho en ese torneo. Y eso a pesar de que la entrenaba Richard Páez, quizá mi seleccionador venezolano favorito de todos los tiempos (junto con el recién fallecido Carlos Horacio Moreno), por su preferencia por el juego de posesión y su convicción de que el crecimiento deportivo de Venezuela pasaba por la confianza psicológica en que no somos menos que nadie en la Conmebol, aunque hoy quedamos como el único de sus 10 miembros que nunca ha cantado el himno en un Mundial.

Foto: Cortesía

Temía que Chávez se apropiara de cualquier actuación exitosa de un equipo que salía con dos defensas laterales de vértigo como Héctor “Turbo” González y Jorge “Zurdo” Rojas. Espero haber sido el único venezolano que andaba ligando para atrás. Siempre me he preguntado si es posible que tu identidad nacional llegue a fragmentarse tanto que dejes de apoyar a tu propia selección de fútbol.

Estoy convencido de que Qatar 2022 será el ciclo más politizado de nuestra historia futbolística y empequeñecerá cualquier contexto extradeportivo que hayamos presenciado hasta ahora. Al menos hasta el momento en que tecleo esta línea, desde hace cuatro meses vivimos una situación inédita no solo en Venezuela, sino en el planeta, con un gobernante ilegítimo de facto y otro reconocido por más de 50 países que permanece libre en medio de una virtual aniquilación del Parlamento.

Será la primera eliminatoria mundialista completa que jugaremos en medio (o con las secuelas vivas) de una hiperinflación declarada en noviembre de 2017: sí, la política económica es también una decisión política. Además de una emergencia humanitaria compleja que, según la ONU, provocará que casi 5,5 millones de compatriotas hayan huido del país a finales de año: casi 75% de ellos regados en naciones contra las que jugaremos partidos oficiales de fútbol. Lamento si te arruino la ilusión de un escape de la realidad durante 90 minutos: es ingenuo pensar que nada de eso gravitará dentro y fuera de la cancha.

Pedro Infante, ministro de Juventud y Deporte del poder usurpador, es vicepresidente de la Federación Venezolana de Fútbol que sancionó a los capitanes de las oncenas que en Maracaibo se negaron a jugar un partido normal en medio de un apagón nacional (la sede de la final de la Copa América 2007, por cierto, es hoy una ciudad distópica). Por lo que se vio en el amistoso en Madrid y se nota en sus redes sociales, la mayoría de los jugadores más experimentados del plantel está en contra de la dictadura. Rafael Dudamel, que criticó públicamente a Maduro durante las protestas de 2017, ahora juega al acróbata, guardándose las espaldas ante cualquier caída de la cuerda floja.

“La manera en que Dudamel manejó la situación en el amistoso en Madrid no fue bien vista por varios de los ‘pesos pesados’ de la Vinotinto, lo sé de fuente directa. Ese episodio puede marcar su relación con los jugadores, que no se sintieron respaldados”, sopesa el periodista, escritor y comentarista Daniel Chapela. “La posición del seleccionador fue ambigua. Lo que declaró a los medios no se pareció a lo que pasó. Antonio Ecarri –representante de Guaidó– visitó el camerino sin protocolo previo, pero no fue mal recibido por Dudamel. El órdago que se lanzó al poner su cargo a la orden fue una manera de salvar su pescuezo y limpiar su posición, pues su sueldo sigue saliendo de la FVF. Dudamel sabe encima de qué poder político está sentado. De todos modos, es un técnico con personalidad y ascendencia sobre muchos muchachos jóvenes que se formaron con él y lo respetan mucho. Si el grupo le compra su idea y encadena varios resultados positivos como la victoria de preparación ante Argentina, la Vinotinto podría crecerse sobre todo en un torneo corto, donde tendrá más opciones que en una eliminatoria larga. Si los resultados no aparecen, saldrán a la luz todos esos problemas”, agrega.

El Mundial de Qatar 2022 se disputará finalmente con 32 naciones, las 10 selecciones de la Conmebol (la confederación de Sudamérica) competirán por cuatro cupos directos más otro con la alcabala de un repechaje casi siempre accesible contra algún rival de Asia, Oceanía o la América de Panamá hacia arriba. ¿Llegaremos a la fecha 18 con vida? “Es inevitable hablar de la Vinotinto y no pensar en escuadras nacionales de la ex Unión Soviética o la ex Yugoslavia, cuyos planteles estaban pegados con teipe”, desconfía Jovan Pulgarín, analista del portal Prodavinci hoy residenciado en Medellín.

“La situación política interna de Venezuela es muy distinta a esos dos ejemplos, pero nos parecemos en que no hay identificación alguna entre los que ejecutan en la cancha y el ente que los agrupa. Un tema aparentemente trivial como la marca del uniforme muestra que no hay ambiente armónico jugadores-FVF. El tema económico es otro componente explosivo: habrá dificultades en la Federación para conseguir patrocinantes, juegos de preparación y probablemente pagar premios. Espero que no estalle un conflicto en plena competencia. Cruzo los dedos para que los jugadores estén concentrados en lo deportivo. En cuanto a la afición, me cuesta imaginar a un habitante de Maracaibo, por decir algo, adhiriéndose al sueño de ir a nuestro primer Mundial cuando antes tiene que aliviar muchas otras carencias urgentes”, finaliza.

El ejército de los caminantes

Chapela admite que la diáspora que camina por América Latina introduce un elemento novedoso y único: “Ningún país de Sudamérica ha tenido quizá tantos migrantes en otros miembros de Conmebol como Venezuela en este momento. Lo veremos sobre todo cuando la Vinotinto juegue en Colombia, Perú, Ecuador, Chile y Argentina: no tengo ninguna duda de que nuestros compatriotas van a hacerse sentir. Va a haber mucha gente cerca del hotel de la concentración del equipo e intentando hacer llegar mensajes. Será inversamente proporcional a los pocos enviados que tendrán nuestros medios de comunicación”.

El periodista zuliano Humberto Perozo será uno de los que probablemente lo verá solo por televisión, pero tiende al optimismo: “La presión o el estímulo serán mayores con la gran cantidad de venezolanos presentes en todos los escenarios. Ojalá puedan aprovechar el apoyo. Será un reto mantener lejana la controversia en cualquier partido. Si en el vestuario hay respeto por la figura del entrenador, el equipo puede estar enfocado en jugar, sea cual la posición sobre temas políticos”.

De la época de Richard Páez, las cuñas de Polar, la canción de Caramelos de Cianuro y los Minitintos, recuerdo que estábamos en plena bonanza petrolera (como periodista, llegué a cubrir juegos de la Vinotinto en el exterior) y que bastantes jugadores le sonreían a la intolerancia dicharachera de Chávez, o al menos se hacían los locos. Aunque pocos se declaraban abiertamente como militantes, con algunas excepciones. No los juzgo en retrospectiva: pasar agachado es parte del Kamasutra de la condición humana.    

Rafael Dudamel. Foto: Prensa Vinotinto

“La magnitud del desmadre actual es tal que es imposible la no-politización”, sentencia rotundamente el sociólogo Ignacio Ávalos. “El antropólogo estadounidense Ralph Linton decía que no somos ángeles caídos, sino antropoides erguidos: la idealización del deportista como un ser moralmente superior al resto de la actividad humana es una estupidez. ¿Cómo puedes pedir a los jugadores que no hagan manifestaciones de desacuerdo con la destrucción del tejido social y el aparato productivo de Venezuela? Cuando sales a la cancha no puedes dejar del todo atrás los problemas que padecen tus familiares. Los estadios de Santiago, Lima, Quito o Buenos Aires también serán plataformas de la inevitable protesta política de nuestra diáspora. ¿Qué hacen esos venezolanos con los afectos que dejaron en su país? Nunca podrán reprimir por completo el rencor o la tristeza. En mi opinión, Rafael Dudamel tiene que acompañar a jugadores y aficionados en sus expresiones”.

Vivo en un país que pasa por algo nunca vivido en otra parte –quizás uno de los modelos más refinados de destrucción no bélica de la historia de la humanidad–, más allá de bastantes similitudes con procesos como el de Cuba, y que quizá ningún otro terrícola vivirá. Me dispongo a presenciar un ciclo clasificatorio que será también, probablemente, irrepetible. No soy muy optimista sobre un cupo en Qatar 2022 ni espero demasiada piedad alrededor del rectángulo verde. Habrá seguro muchos insultos de “muertos de hambre”, chistes sexistas, pancartas furtivas censuradas por la FIFA cuyos mensajes contra Maduro crecerán en desesperanza si el despertar democrático de 2019 no encuentra desahogo. ¿O acaso veremos una primavera venezolana en pleno premundial, que se corone con un Gloria al Bravo Pueblo más glorioso que nunca en la Navidad de 2022?

Hagan cotufas. No sé ustedes, pero espero esta Eliminatoria más que el capítulo final de Game of Thrones, y creo que presenciaré una apasionante clase magistral del deporte como inevitable hecho político.


Por Alexis Correia | @alexiscorreia