Diario de la oscuridad

Jueves, 7 de marzo de 2019.

5:30 pm.

Salimos más temprano de la sesión de yoga debido a una falla eléctrica que apagó los ventiladores. El calor era excesivo y varias de las mujeres comenzaron a quejarse en voz alta cuando el sudor las empapó. El reproductor de música también dejó de sonar. Caminé de regreso al edificio a través de calles bulliciosas y sin semáforos. Creo que la falla es más amplia de lo que pensamos al principio: todo el pueblo se sumerge poco a poco en la oscuridad de la noche. Al menos ya bebí café. Como siempre, había dejado la cafetera eléctrica encendida y al llegar encontré el café colado y aún tibio.

8:20 pm.

Una de mis vecinas me invitó a cenar con ella. Comimos arepas con mantequilla y queso. Un pequeño lujo. Su hermana la llamó para avisarle que la falla eléctrica abarcaba ya más de veinte estados. Nos asombró imaginar a medio país en la misma oscurana que nosotros contemplábamos a través de su balcón. Antes de colgar el teléfono, la hermana de mi vecina le dijo que esperaban tener solucionada la falla para las once de la noche. Me encogí de hombros. Eso significaba que debíamos esperar más. Nos despedimos, le di las gracias por la arepa y me vine a buscar los cabos de velas que había dejado en algún lugar de la cocina. Cuántas veces me repetí que debía comprar dos velas nuevas. Bueno, ya era tarde para caer en recriminaciones. Qué carajo. Saqué agua del botellón para lavarme en la ducha. No puedo estar sin bañarme. Me siento incómodo, sucio, sudado; y así no hubiese podido meterme en la cama cuando decida acostarme. Es sólo por esta noche. Un pequeño sacrificio.

10:38 pm.

Recordé que mi vieja tenía unas velas achatadas en unos vasos pequeños de colores. Son velas decorativas, pero arrojan luz. Coloqué los vasos en las repisas de la biblioteca. Contemplé las oscilaciones de las llamas, como un baile secreto, como si el color de los vasos se disolviera, se derritiera, se tornara líquido sobre los lomos de los libros. Tengo la vista cansada. Me entretuve con la lectura de las páginas finales de la novela de Orhan Pamuk. Ojalá no me duela la cabeza. Hace tiempo que debería haber cambiado los lentes de leer, pero el costo sobrepasa mis bolsillos. Acodado en el balcón miré el cielo nocturno: qué belleza, qué cantidad de minúsculos destellos allá arriba. Recordé algunos viajes que solíamos hacer a la finca de una amiga, en el llano; la vista del cielo en las noches se asemejaba a un privilegio que sólo allí podíamos disfrutar. Alcé la vista para ver, para mirar. Todo lo demás, los contornos borrosos del pueblo, se difuminaron bajo el peso de ese extraño color que es una mezcla de negro y azul con manchas de plata.

 

Viernes, 8 de marzo de 2019.

12:12 am.

Escribo esto con la llama titilante del último cabo de vela. Supongo que así debieron de sentirse los escritores del siglo XIX. Las sombras alargadas. Qué fácil escribir relatos de terror en noches tan largas. Ya no pude leer más. Estaba forzando mucho la vista y el temor de otro dolor de cabeza me obligó a dejar el libro que recién comencé. Volví a acodarme en el balcón. Hay una brisa ligera y el cielo está muy despejado. Casi podría decir que tiene un peso particular. Un cielo pesado, denso. Estamos tan preocupados por tantas otras cosas que ni siquiera nos fijamos en lo que siempre está detrás de las lámparas y los bombillos y los postes y las luces de las calles. Todo el pueblo parece dormido. El sonido apagado de los insectos. Otra bocanada de aire fresco, aunque tenue. Sopesé la idea de dormir en el balcón, de traerme una almohada y acostarme en el piso. Total: en peores sitios he dormido durante mis aventuras adolescentes. Pero mejor me voy a la cama. De repente la electricidad volverá en medio de la madrugada.

4:45 am.

Me levanté para orinar y beber agua. Nada de electricidad. El teléfono celular agotó ya su batería y la portátil también se apagó. Menos mal que comencé a escribir en este cuaderno nuevo con un bolígrafo usado. En casos así, lo mejor es regresar a las técnicas rudimentarias que aguantan cualquier falla: papel y lápiz. De todas formas, respiré profundo y decidí que me preocuparía por eso más adelante. Puse a hervir agua en una olla, sobre la hornilla de la cocina, alumbrándome con otra de las velas achatadas. Cuando el agua hirvió, colé el café en la jarra de la cafetera eléctrica, echándole el agua encima. Todo manual y en penumbras. Pensé que así debía haber hecho la gente en el campo muchos años atrás. Y quizás todavía. Regresé al balcón con la primera taza de café humeante. Otra visión del cielo y las estrellas. Pensé que me hubiese gustado haber aprendido algo sobre astrología. Paseé la mirada con lentitud. Planetas. Galaxias. Constelaciones. Y nosotros tan diminutos, quejándonos por una falla eléctrica. Pero, no; es algo que siempre hago: intento concentrarme en el vaso medio lleno y, con otro sorbo de café caliente, me trago la idea de que en medio de la oscuridad hay muchas personas en peores circunstancias; en los hospitales, más que todo, sin los soportes vitales necesarios… Trato de no pensar en eso.

7:33 am.

Volví a acostarme. No podía leer. No podía escribir más. Decidí esperar hasta que amaneciera. Durante el día puedo entretenerme con la lectura durante muchas horas, pero en la noche quedo anulado por la oscuridad. Acodado en el balcón imaginé historias que podría escribir más adelante, sobre gente sin rostro y gritos sin bocas. Pero ya el sol salió y puedo avanzar con la novela de Ray Bradbury que comencé ayer. Oriné de nuevo. Eso sí me inquieta: no he podido bajar el agua de la poceta porque el hidroneumático está apagado, por supuesto, y es imposible bombear agua hacia los pisos superiores. Eso es lo malo de vivir en edificios: sin electricidad tampoco hay agua. Al menos, lo único que he hecho es orinar, nada de pupú por ahora. Se me ha ocurrido la idea de un relato largo que explique el colapso definitivo de Venezuela: sin energía eléctrica, sin agua, sin comida, sin teléfonos celulares; todo convertido en una inmediatez pavorosa. ¿Qué haríamos? ¿En qué nos convertiríamos? Quisiera trabajar en esa historia.

10:46 am.

Otra de mis vecinas logró contagiarme su preocupación por la comida congelada. Papá y Mercedes me regalaron un pollo, y tengo guardada una bandeja de carne molida. ¿Y si se dañan? ¿Y si los pierdo? Saqué el envase de las caraotas porque la nevera parece una despensa ya: perdió todo el frío que almacenaba. Me comeré los granos con un poco de arroz al mediodía. Y quedará para comer en la noche, con la carne mechada que tenía guardada también. La mantequilla se derritió. Ya me comí el queso blanco, el trozo que quedaba. Y el dulce de lechosa. Me hice una arepa para desayunar y traté de gastar todo lo que pude. Lo que más inquieta es la ignorancia, la desinformación, la ausencia de respuestas oficiales. ¿Qué pasó? ¿Por qué pasó? ¿Cómo lo están solucionando? La comida se puede echar a perder, eso es lo único que me preocupa ahora. Pero cabe la posibilidad de que regrese la energía en cualquier momento.

4:56 pm.

Agradezco por los libros que tengo a mi alrededor. He cerrado las ventanas porque el humo es denso y deja un mal sabor en la boca. Hay mucho humo en el ambiente. El calor es muy pegajoso. Tengo café y tengo libros. Quizás lo simplifico demasiado, lo reduzco de una manera ridícula, pero me aferro a lo que me gusta. Mi vecina se ofreció a guardar en su congelador mi carne y mi pollo, porque allí puede que duren más. Comí mucho al mediodía, pero temo perder la comida que había guardado. Se supone que ya deberían haber arreglado la falla eléctrica. Esto dura demasiado. Sin teléfono celular. Sin agua. Sin electricidad. Saqué agua del garrafón y llené una olla mediana. La llevé a la ducha y me lavé con lentitud. Las axilas. Los testículos. Entre las nalgas. Acuclillado. Qué deprimente es todo esto. A veces imagino que sucedió una hecatombe, nos alcanzó una llamarada solar, ocurrió uno de esos eventos catastróficos que algunas veces recrean en History Channel, y a partir de este punto cada quien debe valerse por sí mismo. Yo aguanto a través de mis libros pero, ¿y los demás? ¿Los enfermos? ¿Los bebés? ¿Los que están en terapia intensiva? ¿Los que necesitan diálisis? Qué precio tan grande estamos pagando por las irreflexivas decisiones electorales de unos pocos. Como siempre, seguro que Maduro y Cabello y los Rodríguez y los otros están sufriendo esta calamidad igual que nosotros…

8:46 pm.

Otra noche oscura. Otra noche sofocante. Otra noche silenciosa. Otra noche iluminada a duras penas por unas cuantas velas. Salí a caminar, a dar una vuelta por el pueblo, antes de que anocheciera. Muchas licorerías llenas de gente, pero no compraban botellas sino bolsas de hielo. Hombres y mujeres salían apresurados con las bolsas a cuestas. Los vi llevar esas bolsas hasta las maleteras de los carros. Vi los baldes llenos de piezas de pollo y de carne. Vi cómo vertían el hielo en los envases de plástico, entre las capas de pollo y carne. Vi muchas licorerías con filas de gente para comprar bolsas de hielo. Algunos negocios estaban abiertos porque tenían una planta eléctrica, pero la mayoría de las tiendas permanecían cerradas hacia el final de la tarde. San Juan se ha convertido en un pueblo lleno de sombras alargadas, gente apresurada y humo abundante. Regresé rápido al apartamento, impresionado por lo que había visto. ¿Cuánto durará el hielo? ¿Y después? Aquí, hemos decidido cocinar mañana en la mañana lo que nos queda, hervirlo y desmechar el pollo. Otra vecina sugiere hervir la carne y ponerla a secar en la azotea del edificio. Los escucho y parpadeo con fuerza, incrédulo; me cuesta digerir que todo esto sigue ocurriendo y no hay nada que podamos hacer para solucionarlo. ¿Y si la falla es más grave de lo que creemos? Ni siquiera he podido comunicarme con Papá y Mercedes, al otro lado del pueblo. Espero que estén bien.

 

Sábado, 9 de marzo de 2019.

 12:31 am.

Me quedé dormido más temprano. En la despensa encontré un viejo velón de mi madre y lo encendí para leer después de cenar. No hay nada de romántico ahora en comer a la luz de un par de velas minúsculas. El velón es viejo y tiende a consumirse más rápido alrededor de la mecha, por lo que tuve que buscar un cuchillo grande y cortar trozos de cera hasta bajarle la altura y la mecha pudiera aguantar mejor. Esto se alarga sin visos de solucionarse pronto. ¿Qué haremos mañana? ¿Qué comeremos? He decidido cocinar todo y comer cuanto pueda antes de que se dañe. Queda arroz y pasta. La mantequilla. Medio frasco de salsa de tomate. Herviré el pollo. Los desmecharé. Cocinaré la carne molida.

3:46 am.

De nuevo me levanté para orinar. Me muevo con lentitud. Es curioso que a estas alturas aún no me acostumbre a la oscuridad. El hedor es insoportable en ese baño, pero tengo la vaga esperanza de que en cualquier instante regrese la electricidad y podré bajar el agua de la poceta. Antes de acostarme de nuevo, llamó mi atención una pequeña luz roja en la parte inferior del televisor. ¡Ah! ¡Habían restituido la electricidad! Respiré profundo. Corrí al baño y bajé el agua de la poceta. Después me fui a la cocina, encendiendo bombillos por el camino, asombrándome de la luz artificial como si fuese un hombre de las cavernas. Todavía nada de agua corriente. Puse a cargar la batería del teléfono celular y la portátil. Me llegan los mensajes de WhatsApp. Todo el país es un caos. Siento escalofríos en la espalda. Puse a colar café para escribir estas líneas. Ya no puedo dormir más.

9:15 am.

Agua. Mucha agua. Al fin. Se llenaron los tanques de las pocetas y pude lavar los platos sucios que estaban en el fregadero. Me bañé sin apresuramientos. Nada de agua tibia, sólo agua fría porque el calor es fuerte, aun tan temprano. Se siente como si despertáramos de una larga pesadilla. Electricidad. Agua. Volvemos a la normalidad entre tropiezos, parece. Logré cruzar un par de mensajes con Gianni. Se notaba tan preocupado, allá en Escocia. Creo que nuestra situación debe resultar incomprensible para los que están afuera, sean venezolanos o no. ¿Cómo es posible que todo un país quede sin electricidad durante tanto tiempo? ¿Cómo se explica eso? Encendí el acondicionador de aire del cuarto donde he estado durmiendo. Una sensación extraña, inusual. La nevera encendió sin problemas. Parece que la comida podría aguantar un poco más. Quisiera acostarme y volver a dormir, pero me siento inquieto; necesito tener las manos en movimiento. Hacer, hacer cosas…

1:24 pm.

La alegría duró poco. Otro apagón eléctrico antes del mediodía. Todo quedó a medias. Una terrible sensación de angustia, incertidumbre y frustración. La comida, sólo pienso en la comida. No pude evitarlo: me quebré. No lloraba así desde hace mucho tiempo. Lloré con una mezcla de rabia, de incomprensión, de impotencia, de tristeza acumulada. Pensé en mi madre, en su larga enfermedad, en su ausencia, y en todos los que podrían estar ahora en su misma situación, en los hospitales y en las clínicas, sin electricidad. ¿Cuántos han muerto? ¿Cuántos más morirán antes de finalizar este día? ¿Por qué? ¿Por qué nos sucede esto? ¿Por qué atravesamos este infierno? No lo entiendo. Es agotador. Es incomprensible. No sé qué hacer. Todo lo que provoca es sentarse en el piso y llorar. No sé qué hacer.

4:55 pm.

Me siento agotado, cansado. Herví el pollo, anticipándome a la decisión de mis vecinos. Hace poco nos reunimos todos en un apartamento del sexto piso y cada uno dijo lo que guardaba en sus neveras y despensas. Fue como si colocásemos todo encima de una mesa imaginaria. La idea es cocinar y luego repartírnoslo entre los pisos, para que no se pierda. Hay de todo; incluso algunas hallacas rezagadas de diciembre. Hasta carne de venado. Nunca la había probado. Yo herví mi pollo, lo desmeché, lo cociné y fui repartiéndolo entre mis vecinos. Mi vecina de piso, la señora italiana, me regaló una caja de galletas, de las que ella hace, y casi me echo a llorar de nuevo. La idea es mantenernos con la guardia en alto, pendientes unos de otros, llenando algunos bidones con agua del tanque en el estacionamiento y armarse de fuerza y paciencia para subirlos hasta los apartamentos. Parecemos personajes salidos de una historia apocalíptica. Alguien más me regaló un par de velas. Quisiera escribir sobre todo lo que se dice, lo que ocurre aquí adentro y allá afuera, pero me disperso, me enredo: es tanto lo que sucede a nuestro alrededor. Pero lo intento. Una de nuestras vecinas le puso el cascabel al gato: “Ajá”, dijo al final, “y después de que hayamos cocinado y hervido todo, ¿qué hacemos? Porque igual no tenemos donde guardar eso”. El breve silencio que siguió fue el aviso de lo que se nos venía encima.

8:05 pm.

Deambulo en ropa interior. Sigo sintiéndome como un personaje de una historia distópica. Estoy encerrado y a oscuras. Todas las ventanas cerradas. Los cerros alrededor del pueblo arden con altas llamaradas anaranjadas. Hay mucha ceniza en el aire y el mismo aire se ha vuelto pesado, caliente. Comí venado y pollo con algo de arroz. Y una arepa. Casi todo de mis vecinos. Estoy dejando mi propia comida, la que me quedó, para mañana. Después, no sé qué haremos. Lo que nos compartimos no durará más de dos días. Quise bañarme, pero no pude; apenas logré humedecerme las axilas y los testículos con un poco de agua potable. Ya no puedo leer y escribo esto a la luz de una de las velas, que se consume con rapidez.

 

Domingo, 10 de marzo de 2019.

 8:45 am.

Decidí gastar más agua del botellón que me queda. No puedo estar sin bañarme, o al menos lavarme. Medio balde para enjabonarme las axilas, las nalgas y los testículos. No puedo hacer más. Me vestí con ropa limpia, sintiéndome ligeramente fresco. Si dejo que la apatía me tumbe, habrán ganado. Una respiración profunda. Un paso y después el otro. Una taza de café. Hay que seguir con la lectura. Creo que es importante masticar bien el fragmento sobre la leyenda de Anteo y Hércules. Allí hay un mensaje. Debería poder tender hilos entre las historias. Me pareció curioso leer la descripción de la leyenda en las páginas finales del diario de Anaïs Nin y luego tropezar con esa misma leyenda, mencionada por uno de los personajes en la novela de Bradbury. La literatura es misteriosa, laberíntica.

11:22 am.

No recuerdo la última vez que vi este cielo tan azul, desnudo, limpio. Un cielo inmenso. Me gusta mucho. Es un contraste con lo que bulle puertas adentro. Una vez más, el hedor en el baño es fuerte, pero no puedo vaciar la poceta. No me atrevo. Ausencia de noticias y de mensajes. No sé, no sabemos nada. Qué fuerte la contraposición entre la belleza del cielo y el infierno que pasamos aquí abajo. Desde mi balcón observo las ventanas abiertas de una conocida familia árabe, comerciantes; esas ventanas de cristal oscuro siempre han estado cerradas y uno se imagina lo que ocurre en el interior. Pero hoy esas ventanas están abiertas y las cortinas aletean con la brisa matutina como banderas blancas que anuncian una derrota prematura, un pedido de auxilio, una claudicación impostergable. Hay una sensación de fatiga en el ambiente, de rendición; nos hemos convertido en un pueblo acosado, en guerra. Más agua hervida para el café. Pollo y arroz para el almuerzo.

7:46 pm.

El sol de la tarde cayó sobre el pueblo con el peso de un ancla, como si todos estuviésemos abandonados en el fondo de un océano seco. Acordé con mi vecina para hacer unas arepas. Papá vino. Están bien, él y Mercedes, resistiendo igual que nosotros. Mi pobre viejo tuvo que subir a pie y a oscuras por las escaleras. Me trajo algo de mortadela y queso blanco. Por eso acordé con mi vecina que si ella hacía las arepas, yo me encargaba de poner el relleno. Sonreímos con tristeza muda y ninguno quiso sacar la cuenta de los días que ya tenemos sin electricidad. ¿Para qué? No se trata de derrotismo, sino de cansancio, de agotamiento, de incertidumbre. Mañana tocará comer porciones muy reducidas de lo que nos queda. Incluso el café se está acabando. Lo único que me queda en abundancia es libros, horas muertas de lectura y reflexión; y la escritura en este cuaderno improvisado, que va paralelo a mi diario habitual. Más páginas para describir el horror de la oscuridad que nos engulle con lentitud. Lo que más temo es sucumbir a la resignación…

9:30 pm.

Casi resulta increíble. Mientras cenábamos se formó una algarabía que se alzaba desde todas partes por el pueblo. Se encendieron los postes callejeros y supimos que de nuevo teníamos electricidad. Nos miramos. Alargamos las manos por encima de la mesa y a ella se le aguaron los ojos. Sentimos ganas de llorar, como si nos liberaran después de una larga tortura. Es muy difícil de explicar. Otra vez tenemos luz eléctrica. Esperamos media hora antes de que se animaran a encender las máquinas para bombear el agua hacia los apartamentos. Hacemos todo de forma apresurada, torpe. Nos sentimos desorientados. Vacié las pocetas. Lavé los platos. Colé el café que me quedaba para celebrarlo. Qué tonto. Ni siquiera pensamos en lo que pudiera pasar mañana. Guardamos la poca comida que nos queda en las neveras que no se dañaron. En el pueblo se escucha el fragor de muchísimas cacerolas quejándose. Parece que esta noche podremos dormir sin sentirnos acalorados. Pero el problema eléctrico venezolano no se soluciona porque nos hayan restituido el servicio después de 72 horas, aproximadamente; el problema continúa y se agrava cada vez más debido a la impericia e indiferencia del régimen. Ahora, el asunto no es si esto volverá a ocurrir o no (por supuesto que sucederá de nuevo), sino cuándo. Cuándo y cuánto durará la siguiente vez. Eso es lo que me inquieta.

 

Por Luis Guillermo Franquiz | @lgfranquiz

Las voces de la desesperación

Hay que sentir mucho amor al arte para escribir solo con la luz de una vela. Mucho.

Son las 09:48 pm. en un apartamento de La Candelaria. Es sábado, nueve de marzo. Llevamos 48 horas casi ininterrumpidas sin corriente eléctrica y seguimos contando. Lo increíble es que salimos baratos si nos comparamos con otros estados del interior de Venezuela, que contabilizan fácil las 72 o 112 horas sin saber qué es la luz artificial.

Las voces de la desesperación se hacen escuchar de muchas maneras. Las que tengo más cerca son de vecinos que –mediante maldiciones y cacerolazos– entonan la melodiosa tonada del descontento generalizado. A esta hora la telenovela, la comida y el trabajo se ven truncados por una tenebrosa oscuridad que azota cada uno de los rincones del país.

Este espiral se inició a las  05:00 pm del jueves siete de marzo. De mi parte podría decirse que todo se dio con suma tranquilidad, simplemente trabajaba y la luz se fue. Es la costumbre y por lo tanto pensé “seguro en un par de horas esa vuelve. A peor pronóstico, mañana”.

Denme un chance, se me acaba de apagar la vela.

Mejor dejo que mis papás hablen de crisis, de lo caótico de ese jueves: ellos estaban en la calle y, de repente, vieron gente salir a borbotones de los cines, centros comerciales y estaciones de Metro. Se creó en Caracas una auténtica situación de caos generalizado. Las voces de la desesperación comenzaron a sentirse, por ejemplo, en el estacionamiento del CC Tolón, donde la cola para salir era increíblemente larga. Otra voz de la desesperación era la de un profesor de inglés que caminó de Altamira a Capitolio a pie, durante tres horas, por la falta de servicios.

Mis papás llegaron a la casa a las ocho de la noche. Pero el profesor del inglés del que hablo se rindió y decidió usar todo su efectivo para pagar un mototaxi: esos vehículos que atravesaban la oscuridad buscando pasajeros. Al menos, llegó a salvo a su casa.

 

Desde ese jueves, muchas de las peores pesadillas de los venezolanos fueron superadas. Ahora, la madrugada se asoma y las voces de la desesperación se sienten en una cocina, donde una familia tiene que lidiar con la falta de comida y el hambre de sus integrantes. Para colmo no saben qué es tener gas desde noviembre, por lo que ni unas arepas pueden hacer para matar el hambre.

En el hospital Juan Manuel de los Ríos, cuatro madres lloran a sus hijos. El apagón dejó sin energía a los aparatos que mantenían con vida a sus pequeños cuerpos. Los negocios no saben si esperar que regrese la luz  o si rematar –al costo o pérdida– la poca mercancía que les queda; ya que las neveras no funcionan y su comida comienza a podrirse. Curiosa analogía, el culpable de la crisis está bien maduro en su silla de Miraflores.

Algunos, al final, deciden rematar la comida. Pero la mayoría de las personas no tiene efectivo en las calles. Sin electricidad, ni Internet, las transferencias y los puntos de venta no funcionan y la poca señal hace inútil pagar por ‘pagomóvil’. Estamos en la etapa donde el dinero electrónico no cuenta para nada y el físico no alcanza, pero las tripas del estómago no dejan de retumbar.

Algunos, los más afortunados, pagan con dólares en efectivo.

FOTO: Fabrizio Cuzzola

Sin luz, ¿qué mejor ejercicio que ir a una zona lujosa de la capital? Un desierto con grandes restaurantes funcionando con plantas eléctricas y unos cinco políticos como únicos clientes. También hay una bomba de gasolina, propiedad de una petrolera extranjera, que reparte combustible para toda una ciudad prendida en crisis. ¿Saben qué?, mejor tengo preparada mi bicicleta por si hace falta cualquier cosa.

Desde una radio de baterías, noto que las voces que hablan de sabotaje y guerras energéticas ocupan casi todo el espectro radial venezolano. Qué injusto que haya tanto loco con micrófono y que los verdaderos comunicadores con talento estén rebuscándose por otras vías, por el mero capricho de un (in)maduro al que no le gusta ni el humor ni la noticia veraz. Finalmente, la voz de Alba Cecilia Mujica y Luis Olavarrieta, en Onda 107.90 F.M, le ponen calma a nuestra búsqueda de información confiable y contrastada.

Difunden la información que publicó el diputado José Manuel Olivares: en lo que va de año (menos de tres meses), han fallecido 79 personas en el país debido a la crisis energética. ¿Cuánto más habrá crecido esa cifra luego de este apagón histórico?

 

“Mañana a la calle”, dijo, el viernes, un representante del Gobierno legitimo que no acaba de asumir funciones –nuevamente, por los caprichos de un (in)maduro– mientras una señora caía por las oscuras escaleras de su edificio, que no posee luces de emergencia. Cruel reflejo de un país donde te prometen “que el servicio se restablecerá en las próximas 48 horas”, pero donde sabes que 48 horas pueden ser 48 días (si no me creen, pregúntenle a los embajadores de Alemania y USA).

El pueblo acudió al llamado a la calle la mañana siguiente, el sábado. Desde temprano, la voz de la desesperación fue la de tres camioneros que acabaron tras las rejas por hacer su trabajo y montar una tarima en la Avenida Victoria, escenario posterior de una masacre de bombas lacrimógenas y perdigones contra personas de la tercera edad.

El Paraíso no honró su nombre, estaba hecho un infierno mientras en el Centro una pareja intentaba trasladarse de Capitolio a Bellas Artes en carro y contaban: “uno, dos, tres, cuatro, cinco piquetes de la Guardia Nacional Bolivariana en una calle de 300 metros”.

En la posterior avenida Urdaneta, un ciclista desesperado intentó escapar de un escenario realmente aterrador. Llovían bombas lacrimógenas y la gente corría. Él quería llegar a su casa en Galerías Ávila, pero se vio atrapado: de un lado lo rodeó el piquete de la Guardia Nacional y del otro, la gente que huía despavorida. Le costaba respirar y no quería atropellar a nadie. Los organismos de “seguridad” del Estado se han vuelto parte del hampa común, que lleva años atormentando a un país desesperado por un poquito de paz. Ellos creían que estaban controlando la situación, pero no podían estar más lejos de la realidad: dos calles más abajo, toda la nevera de charcutería de un negocio fue echada a la basura luego de que su contenido emanara olor a putrefacción.

Pero las prioridades de esos funcionarios armados parecía ser nada más que reprimir a los ciudadanos que salieron a ejercer sus derechos.

 

Gente de todas las edades sigue falleciendo en los hospitales, las frutas se llenan de gusanos y quien escribe espera cinco minutos de electricidad para poder trabajar y recolectar un poco más de ese –ya inservible- dinero electrónico.

Total, vivimos en un país donde todo está muy normal, como la canción de Desorden Público. La estadística de fallecidos crece descomunalmente y los usurpadores hablan de una guerra. Es verdad: las cifras respaldan que el país sufre una guerra. Pero no de potencias extranjeras, como ellos dicen. Están en guerra los más ineptos, los usurpadores que tienen secuestrada a Venezuela, contra todo el país.

Mientras tanto seguimos siendo la voz de la desesperación. Y por momentos, de la desesperanza. Quizás algún día no tengamos que gritar tanto, porque tendremos algo más útil que hacer con nuestra boca.

 

Por Fabrizio Cuzzola  |  @FabriCuzzo22 

¡No te apagues más, Maracaibo!

En la urbanización Nueva Democracia, ubicada al oeste de la ciudad de Maracaibo, los vecinos pueden conocer muchas cosas, menos la democracia. Ninguno de ellos goza de libertades básicas como 24 horas continúas de luz o de agua. Se rigen bajo un cronograma de racionamiento eléctrico y parecen estar acostumbrados a este nuevo modelo que les ha impuesto el “gobierno revolucionario”. Eso no significa que, necesariamente, simpaticen con él o lo aprueben.

La urbanización se divide en cinco sectores o “etapas”, como le dicen los maracuchos. Cada etapa cuenta con 150 casas aproximadamente, sin contar las invasiones –terrenos vacíos que fueron ocupados ilegalmente por distintas familias–, que están a los alrededores y se denominan “barrios”.

Desde hace más de un año, estos sectores cuentan “exclusivamente” con cuatro horas diarias de luz.  Hasta el Hospital de Especialidades Pediátricas se ha visto perjudicado; y es que, a pesar de que instalaron una planta eléctrica destinada para emergencia y quirófano, sus salas de hospitalización y pediatría se mantienen sujetas al mismo cronograma de la revolución.

Fue esta zona rural una de las afectadas durante el apagón de Maracaibo.

Desde el 9 de agosto, la tierra de la gaita y el petróleo se quedó sin luz. Muchos sectores, como el Nueva Democracia, estuvieron una semana completa sin electricidad. Otros contaron con este servicio de forma intermitente. Sin embargo, la oleada pegostosa de calor afectó a todos.

En una de las ciudades más calientes de Venezuela, no hay distinción de clases sociales para la adquisición de un aire acondicionado. Cualquier casa, local, comercio o abasto debe tener este artefacto para mantener una mínima calidad de vida. Una calidad de vida que los habitantes ya no parecen tener, o, por lo menos, no de forma constante.

En las noches, Jayalin Altuve, profesora de 30 años, intenta que su sobrino Santiago de 3 años pueda dormir con ciertas comodidades. Coloca el colchón en las afueras de la casa en búsqueda de una brisa en temperaturas de 39 y 40 grados. Como sabe que las probabilidades son bajas, sujeta un pedazo de cartón y refresca con un poco de aire al pequeño Santiago, quien –a veces sudoroso– llora y se queja por las altas temperaturas. Pues si para un adulto el calor extremo se convierte insoportable, los niños pequeños no lo comprenden, se vuelven irritables y no logran conciliar el sueño.

Nueva Democracia, sin democracia

Nueva Democracia es uno de los sectores más vulnerables en cuanto a los apagones. Las mismas invasiones han entorpecido el funcionamiento del servicio eléctrico mediante las “tomas ilegales de los canales de luz”.

“Ellos llegan y se enchufan”, dice Levin Bracho, estudiante de Derecho y uno de los dirigentes juveniles en Maracaibo por Voluntad Popular.

El joven del movimiento estudiantil explica que, a diferencia de Caracas u otras ciudades del país donde los cables de electricidad se instalaron de forma subterránea, en Maracaibo se encuentran visibles por las calles de “poste en poste”.

Ciudad Lozada, Los planazos y Carmelo son los tres barrios que se han “enchufado”, sin respetar la ley, en Nueva Democracia. No existe autoridad que imparta el orden en esta zona.

Durante las mudanzas a los terrenos, los habitantes conectaron su propio cable a los transformadores de la urbanización, sin ningún tipo de autorización o control, lo  que generó una sobrecarga eléctrica, afectando el funcionamiento correcto de los servidores.

“Supongamos que la línea de cables de Nueva Democracia estaba diseñada para alimentar 50 casas, bueno, ahora hay que sumarle todas las que no estaban dentro de la planificación de la urbanización, que son demasiadas y cada cierto tiempo son más y más. De hecho, esta zona ha crecido a raíz de las invasiones”, comenta Bracho.

A la mayoría de los vecinos, por no decir todos, que es lo que se sospecha, se le ha dañado algún artefacto eléctrico por los centenares de apagones.

Los que se quedan sin nevera, intentan resolver con una cava para el hielo. Se pueden olvidar de la carne y el pollo, pero no del agua fría. A los que se les daña el aire acondicionado, no saben responder cómo solucionarán. Solo manifiestan que los costos de reparación son impagables. Mientras, a los que se les daña el televisor responden que hay cosas más importantes. “El televisor es como la ropa, son lujos que en el presente ni siquiera consideramos”, cuenta Juan Fermín, vecino del lugar.

La oscuridad arropa a Maracaibo. 100 horas continuas sin luz estuvo la urbanización Nueva Democracia. No hay señal telefónica. Las protestas son reprimidas por los cuerpos de seguridad del Estado. Y los habitantes solo pueden gritar: “¡No te apagues más, Maracaibo!”.

 

 

Por Claudia Smolansky | @ClauSmolansky

Se encienden las velas

Es lunes y el Internet en la oficina de OJO está en la muerte. Léase bien: en la muerte. La chica de recursos humanos me pide que le envíe un correo y el mail tarda 15 minutos en salir. Bárbaro. Pasa la hora del almuerzo, nos adentramos en la tarde y los chicos que estudian en la Universidad Central de Venezuela avisan que su inscripción se complicó. Una inscripción que están haciendo de forma manual: desde hace meses el edificio no cuenta con luz eléctrica. El caso es que debían inscribirse a las 11 de la mañana, pero son las cuatro y nada hace pensar que podrán lograr su meta pronto. Resultado: horas de cansancio, estrés, hambre y desesperación para ellos. Resultado: se pospone la reunión editorial en Revista OJO. Justo cuando a través del grupo de WhatsApp pautamos la nueva fecha y hora, llega a la oficina, sudando, un miembro del equipo que vive en Los Teques. El Metro, hermano, está como siempre pero en nivel súper sayayin, me dice. Está insufrible, aclara. Lo actualizo con las novedades y se encoje de hombros. Gajes del oficio, señala, los inconvenientes de vivir lejos, finaliza. Acto seguido, se dispone a trabajar para no perder el viaje. A trabajar como puede.

Llega el martes. La luz se va desde temprano. En poco tiempo nos enteramos de que el apagón es en la mayor parte de la región metropolitana. En casa, me acuesto a leer. Hago labores domesticas. Sigo leyendo: tengo al menos más de 50 libros en físico a los que aún no me he enfrentado. Llega la luz. Oigo una coreografía de ruidos de encendido a mi alrededor, por donde vivo. Reviso el WhatsApp (¿ya dije que no tengo datos porque desde hace tres meses he tratado de transferir saldo desde mis cuentas bancarias y el sistema no me ha dejado?) y ahí es cuando me llega una lluvia de lamentos y quejas. En OJO y en mis otros grupos de trabajo, la actitud es más decidida: hay que resolver y punto. Y, en efecto, resolvemos: cómo podemos, lo que podemos. El viernes de esa misma semana, Juan Pablo Chourio publica Pasar un semestre sin Internet: nos explica a todos los lectores de Revista OJO, cómo hizo frente a las limitaciones tecnológicas –a las que lo empujó la precariedad del país– para finalizar su tesis e imponerse con solvencia a las últimas semanas de su carrera.

Detrás del discurso oficialista, de la queja cómoda, de la crisis humanitaria y de la destrucción. Más allá de las heridas de un país que muerde, de la desidia que algunos se contagian con mayor facilidad que un resfriado, de los lamentos de los que están afuera, y de los lamentos de los que están adentro. En el fondo de los lugares comunes, de esos que pretenden decirte cómo estás viviendo o lo qué estás pasando –porque creen que todos encajan en un cliché–, en el fondo de los consejos sin sal, de los empujones al vacío, de las lágrimas del que se siente presionado, del que no conoce el horror pero para quien el horror es un teléfono roto, hay una sustancia rebelde que se niega a morir. Hay personas, ciudadanos, que hacen frente a los tiempos que les tocaron como si entendieran que el más fuerte no es el que más duro pega sino el que más aguanta: el más resiliente. Como si alguien les hubiese explicado que esa, precisamente esa, es una máxima del deporte. Quiero decir, hay ciudadanos que siguen en lo suyo, haciendo lo suyo: no como zombis, no de forma mecánica, sino con creatividad, astucia e inteligencia. Porque la vida es la mejor aula. Ciudadanos, digo, que les tocó una era hostil, la cual rechazan y critican, pero que se dieron cuenta de que el que se limita a eso se duerme; y dormidos, dormidos los quieren tener los tiranos. Son personas, me parece, que pueden o no apostar por el país, pero que sin duda apuestan por ellos mismos: porque no se quieren ir, porque no pueden, porque no tienen cómo, porque dicen que aquí pueden hacer cosas que en otros lados no, porque saben que uno no es lo que padece: uno es lo que hace con lo que sucede. Y pienso que entre tantas cosas graves que estamos viviendo, en un país en el que las iguanas y los caimanes se comen los cables , cuando la oscuridad se cierne hay velas que encienden su llama. Y luego pasa una ventisca, o el resoplido de la tiranía, de los excesos y la destrucción. Y la ventisca empuja la llama, la bambolea, la disminuye: pero no la apaga. No logra hacerlo.

Cuando se hable de las memorias de la robolución, habrá que precisar que –dentro de todo– siempre hubo velas que permanecieron encendidas.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Ca(os)racas sin luz

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Caracas se quedó sin energía a las 12:15 del mediodía del lunes 18 de diciembre. Uno de los cables (puente eléctrico, lo llaman) que une la subestación donde se genera la electricidad con la torre que la transmite se desprendió en Santa Teresa y dejó sin electricidad a la capital y a parte de Vargas. Claro que eso se sabría casi dos horas después (a las 2:11 PM), cuando por fin Corpoelec informó lo que pasaba. Al momento de suceder, las luces y los semáforos se apagaron, los ascensores se detuvieron, las estaciones de metro de la línea 1 y 2 comenzaron a vomitar cantidades ingentes de personas a la calle, y dos de las principales operadoras de telefonía móvil (Movistar y Movilnet) se quedaron sin señal. La receta perfecta para el caos hubiera requerido que en lugar del mediodía todo sucediera entra 4 y 5, hora de salida de los trabajos por excelencia, pero igual el tiempo se encargó de ello. En principio, la tragedia laboral se redujo a hallar la forma de sacar a la gente de los ascensores, lamentarse por todo lo que no se guardó en las computadoras y ver cómo calentar la comida. Ayer, la Caracas trabajadora (lo que queda de ella) comió frío a falta de microondas. Y luego, cuando ya fue evidente que la energía no volvería pronto y los jefes dieron puerta franca, tuvo que ingeniárselas para llegar a sus casas. Y ahí, sí, llegó el caos, que no la luz.

A las 3 de la tarde, Sabana Grande se debatía entre el desfile y la procesión: el boulevard vivía un llenazo que ni cuando había Carnavales con reinas. Caminar rápido era difícil y no andar rozando constantemente al de al lado, imposible. Desde las tiendas, cuevas oscuras con las santamarías a medio bajar, los empleados lo veían todo con resignación y fastidio, y se entendía: una masa de gente caminando tenía poco que ofrecer y menos si, como era el caso, no tenía efectivo para comprar nada. El espectáculo, propiamente, llegaría cuadras después, en Chacaito, el terminal de rutas interurbanas de Caracas por excelencia. Su semáforo, misterios de la vida, era el único que funcionaba en la Francisco de Miranda, pero nunca como ayer había sido tan decorativo: un adorno navideño que cambiaba de color pero al que nadie le hacía caso. A sus pies, personas, carros, autobuses y moto taxis se confundían en una especie de marea caótica, peligrosa y violenta, cuya banda sonora la conformaban una orquesta de cornetas intermitentes de conductores desesperados, las interjecciones asustadas de peatones a punto de ser atropellados y las altisonantes y francas grosería que sin empacho soltaban los que consultaban los precios de las carreras de los mototaxistas, que, a esa hora y en esa circunstancia, no tenían problema en pedir hasta 40 mil bolívares para Altamira, apenas unas cuadras más adelante.

El de las camioneticas inclinadas desafiando la gravedad cual Torre de Pisa y sus pasajeros acróbatas (potenciales talentos del Cirque Du Soleil) que consiguen hacer el viaje apenas agarrándose con dos dedos del tubo, la punta de un solo pie en el escalón y el resto del cuerpo afuera, espectáculos ambos siempre dignos de ver, comenzaba desde el inicio de la Francisco de Miranda. El lado norte era una sola cola de gente que buscaba montarse en alguna. Del lado sur, a partir del Lido, no se formaban líneas sino aglomeraciones, montoncitos de gente que se abalanzaba sobre aquella que osara detenerse. Golpeaban la puerta de atrás –que los conductores, obviamente, nunca abrían– y drenaban toda la frustración con los cobradores, que anunciaban que ya no 700 sino 1000 era el precio a pagar. El abuso criollo –que sus apologetas disfrazan de viveza– llevó a varios a inventar rutas cortas. “Esta llega hasta Altamira”, advertía el conductor en Chacaito, para luego, en Altamira, bajar a todo el mundo y una cuadra después montar a otro montón al que le diría que llegaba sólo hasta Dos Caminos, y así repetida e intermitentemente hasta terminar en Petare habiendo cobrado diez rutas en una.

Pasadas las 4 de la tarde, el metro abrió en Chacao y eso alivió la situación. Aunque arriba todo seguía sin energía, abajo el sistema de transporte funcionaba a su manera: con un torniquete libre por el que pasaba todo el mundo –mientras un operador, inerte, los veía– y un himno salsero al Comandante-que-supuestamente-era-eterno-pero-se-murió, y que sonaba a todo volumen por las cornetas de los andenes. “Nos enseñaste a tener patria, patriotismo y corazón”, rezaba la (¿irónica?) letra entre acordes caribeños. “Viene el socialismo, liberado por aquel…”, advertía. La cara de fastidio de la gente lo decía todo. El caos de arriba lo confirmaba. También el hecho de que la luz se demoraría tres horas más en llegar. El socialismo, efectivamente, había llegado. La veloz aparición del tren, que en procura del tiempo perdido tenía parada mínima y  en menos de 20 segundos escupió y tragó pasajeros, impidió seguir cavilando. Una vez adentro, apareció Rubén Blades con su puntería: “se fue la luz…y sigue el saqueo”.