Volar con los ojos cerrados

“Los pájaros nacidos en jaula creen que volar es una enfermedad”, Alejandro Jodorowsky

Le pregunto a Adriana para qué guarda libros. Si los escucha por la computadora o se queda con la versión que imprimió en braile, ¿no le saldría más rentable comprarlos y luego venderlos? “Es un tema de fetiche –responde–. Me gusta olerlos, tocarlos, pasármelos por el rostro… No sé, eso me encanta”.

Ojeo cada título de su biblioteca. Adriana, sentada, me escucha andar por la habitación. Hablamos de literatura. Después enciende la laptop y se coloca los audífonos. Va a presentarme a Jaws.

Sus dedos repiquetean sobre la mesa. Algo tarda en abrir. Me asomo a la pantalla y le digo que ya cargó. “Sí, pero no me lo ha dicho, así que es lo mismo”, responde. Luego de un rato me ordena que me vaya: “¡No veas!”. Obedezco. Tras unos segundos me vuelve a llamar, me cede el puesto y los audífonos. Suena un cuento mío. Carcajeamos. Jaws es un software para computadoras que utilizan las personas con discapacidad visual. Minutos atrás, Adriana, mediante un punzón, fingió que escribía en braile. En realidad, con el alfabeto tradicional copió mi nombre. Cuando lo vi exclamé un waow mezclado con risas de ella y mías. Le pregunté si conocía las letras “normales”. “Sí, las conozco. La z es la que me cuesta un poco, pero creo que la hice bien, ¿verdad?”.

Adriana y Otto son buenos anfitriones. Quieren que todo gire alrededor mío. Procuro no dejarme llevar. Estoy ahí para que todo gire en torno a ellos.

Cuando entré a la casa, hace unas horas, me sorprendió el formalismo de mi anfitriona: “Disculpa el desorden”. ¿¡Pero cuál desorden!? La casa exhibe pocos muebles. No hay muchos objetos con los que se pueda tropezar Adriana. Camina con pericia usando las manos y los oídos para ubicarse. Otto no le da importancia: se mueve con cotidianidad y la ve andar de la misma forma. Días luego, cuando me toque entrevistar a la mamá de Adriana, me contará cómo una psicóloga hace años le aconsejó tener los muebles siempre en el mismo sitio. “Yo dije que no –me contará–, porque en la calle todo no va a estar siempre en el mismo sitio. ¿Cómo va a hacer cuando vaya a casa de sus amigas, o de sus tíos?, ¿cómo va a hacer cuando viva sola?”. Semanalmente le cambiaba los muebles de lugar.

Eso me lo dirá más adelante. Ahora solo estoy con Adriana y Otto. Parecen tener bien diseñada su trampa: mimarme hasta hacerme perder de vista mi misión de husmeador. La pasta con vegetales y pollo que preparó Otto pone a Adriana a presumir: “Es un artista, ¡cocina riquísimo!”. Literalmente, se lame los dedos. Estoy por hacer lo mismo. “Tienes suerte de tener un esposo que cocine tan rico”, digo sonriendo. “Si querés, podés repetir, pero ya no te va a quedar para mañana, eh”, dice Otto. Hasta me guarda comida para llevarme al trabajo. No puedo con tanto.

El día siguiente me recibe soñoliento. Nos desvelamos la noche anterior hablando de literatura. Adriana es una de las mejores editoras que conozco. Su pasión por los libros hizo que su mamá los aborreciera. Mientras me alisto para acompañar a Adri al trabajo pienso en lo irónico de que sus manos y oídos puedan leer mejor que muchos ojos que conozco.

Imagen referencial

Cuando nació, su papá notó algo raro: ella no podía abrir los ojos. Le preguntó a la enfermera y esta respondió que era normal. A los días la llevaron al pediatra. A la primogénita del matrimonio le pronosticaron oscuridad de por vida.

Negados a asumir la situación, fueron hasta Colombia. Allá se repitió la sentencia. En el Hospital Vargas le diagnosticaron “ojos pequeños”: tiene todos los componentes del ojo pero minimizados. Una doctora les ofreció una operación; sin embargo, sus padres se encontraron en el Hospital con una niña sin un ojo. Una operación fracasada. Cuando la mamá de Adriana le preguntó a la doctora cuáles eran las posibilidades de que eso pasara, ella respondió: “Vaya a una iglesia y pregúntele a Dios”. No la operaron.

“¿Conoces mi rostro?”. Adriana me responde que sabe que tengo barba, pero que me ve como en una nube, todo borroso: “Yo tenía algo de visión en un ojo –vamos caminando por La Candelaria, me sostiene el brazo–. A mis papás les dijeron que yo no iba a ver, pero empecé a reconocer colores. ¡Y veía fotos! Ellos se dieron cuenta de que los reconocía en las fotos”. Para hacer eso debía colocarlas muy cerca de su ojo. A menos de un metro ya no veía nada. Hoy día, cuenta, ha perdido ese residuo visual. “¿Conoces el rostro de Otto?”, “Sí, lo conozco. Y los de mi familia. Lo que no tengo son las actualizaciones”.

Cuando nos subimos al autobús algún pasajero nos ve con la boca abierta. Otro presta atención a lo que decimos. Pedimos la parada. Aunque insisto en pagar, ella se niega. El chofer recibe el billete y le da el vuelto con manos temblorosas y tumbando cosas a su alrededor. Ya apeados, toca el dinero: “Aquí hay un billete de 20 y dos de diez, ¿verdad? –digo que sí– ¿Viste?, si tú hubieses pagado te iba a cobrar los dos. A mí me cobró solo uno”. Celebro su picardía riéndome. “No me gusta aprovecharme de eso –dice mientras subimos las escaleras de la Biblioteca Nacional, donde trabaja–, pero ellos se niegan a cobrarme, ¿qué puedo hacer?”.

Adriana fue a una primaria para niños con discapacidad visual. Nunca estuvo en un salón con más de ocho compañeros. En las mañanas veían materias comunes. En la tarde los entrenaban para su vida. Vio una materia llamada Teatro. Quizá por eso tiene un lenguaje corporal tan fluido, que contrasta con el de su esposo. En primaria vivió algo “casi Disney”, según ella. “Era muy pila”, me dirán sus papás. No habrá nadie que no me resalte su condición de consentida. Hacía amigos con facilidad y participaba en eventos escolares. Rozó la popularidad antes de ser adolescente.

“Los otros niños, en un parque o cosas de esa, se le quedaban viendo así –su papá hará una expresión teatral de asombro cuando me cuente eso–. Al principio me daba como rabia. Pero después dijimos –él y su esposa– que eso era normal. Igualito, los niños la veían así, pero luego se ponían a jugar como si nada”. Sus tres hermanos menores nunca pusieron ese rostro. No hubo charlas al respecto en la casa. Ellos al nacer la conocieron así y listo.

Imagen referencial

Ahora, en su oficina, casi veinte alumnos de Bibliotecología de la UCV la ven con la expresión de un niño que descubre la pornografía. Hace unos minutos me mostraba cómo tenía que escanear página por página cada libro y luego mandarlo a imprimir en braile. Entonces, entró una compañera, quien hace una visita guiada. Adriana, sin trabarse, domina la atención de su público. Responde las preguntas y los despide poniéndose a la orden.

Conociendo la jaula

Los castillos de Disney explotaron con dinamita marca realidad. El liceo lo cursó en un bachillerato normal. Más bien en dos: hasta segundo año en U. E. Nuestra Señora del Valle, y se graduó del Colegio Santa Teresa de San Bernardino. Cuando estaba presentando un examen de admisión en un liceo en el que no acabó estudiando, la directora entró y la mandó a sacar. Le dijo a su mamá que ella tenía que estudiar en “un colegio de niños mongólicos”.

Adriana Rodríguez es hija de María Díaz de Rodríguez (le gusta resaltar el “de”) y Orlando Rodríguez. Tiene tres hermanos: Oriana, Silvia y Sebastián. El menor ya tiene 22 años. Cuando estaba en primaria, confiesa, llegó a creer que su visión era normal. Que todos veían como ella. Al pisar el liceo se dio cuenta de que los demás podían leer directamente con sus ojos. Que podían responder exámenes escritos con un alfabeto distinto al braile. Que hablaban de experiencias visuales ajenas a ella.

                —¿Te hicieron bromas pesadas?

“No. Más bien ese era el problema, todo era muy enserio”. La acusaron de tener la preferencia de los profesores, pues la evaluaban de forma oral. Casi nadie quería trabajar con ella: sabían que debían hacer el doble de cosas si eso llegaba a suceder. Acosaron a los profesores: pretendían una igualdad evaluativa, aunque no existiera la igualdad de sentidos. “Yo llegué a vivir experiencias como que todo un salón me aplicara la ley del hielo”.

Cuando le pregunto a María por esa etapa de Adriana, se desconcierta. Por el contrario, repite que ella la veía lista para enfrentarse a ese mundo. Argumenta que su hija nunca le comentó nada al respecto. Y deja muy claro, evitándome los ojos, que le exigió más a ella que a sus demás hijos. “No sé por qué”, exclama antes de recordar un viaje al que le prohibió ir tras no obtener una nota deseada.

Orlando prefiere relatar las ganas de independizarse que mostró su hija en la pubertad. El “yo me quiero ir sola” se hizo recurrente. Tras negociaciones, aceptó despedirse una cuadra antes de llegar al liceo. Adriana, esa primera vez, se sintió grande. Hasta que tropezó con una rama, se cayó y descubrió que su papá no se había ido: la seguía vigilando a la distancia.

Reclamó que le habían mentido. Fingió entereza y siguió su trayecto. “Ella lo que tenía era miedo de que no la dejara irse sola”, dice Orlando. En otra ocasión, se perdió. Iba de regreso del liceo y no pidió la parada del autobús donde era. Mientras su papá la buscaba desesperado por toda Caracas, ella, preguntando, encontró el camino de regreso.

Me da la sensación de que aún hoy, pese a que Adriana ya pasó los 30 años, tiene seis años de casada y vive sola junto a su marido, hay una suerte de vigilancia familiar recurrente. “Nos preocupa que ande sola. No le gusta usar el bastón. Yo le he dicho que cuando Otto no la pueda llevar al trabajo me llame”, dice Orlando. A María, mientras tanto, se le escapan las lágrimas al plantearse la posibilidad de que Adriana se mude lejos, baja el tono de voz cuando comenta que Silvia tiene cuatro años viviendo en el interior y le lanza puntas a Adriana respecto a que no la visita lo suficiente. Se autodefine como una “mamá gallina”. La condición de Adriana –primogénita, mujer, ciega– invitaba a alimentar los temores naturales. No me imagino, entonces, cómo recibieron el hecho de que su hija se enamorara de un guatemalteco y se hicieran novios ¡a través de Internet!

Aprendiendo a volar

“No doy clases de informática para ciegos. Doy clases de informática. Punto. Que enseñe a usar Jaws es otra cosa”, a Otto hay expresiones que le duelen más que a Adriana. “Yo aprendí a ser muy antiparabólica con varias cosas. Si bien soy muy rencorosa por naturaleza, lo que no me gusta lo olvido rápido”, dice ella. Con Otto la cosa no funciona igual. Hay palabras que hacen que se le tense el cuello, quizá porque no hay mayor afrenta para un hombre que tocarle la esposa y la madre al mismo tiempo; y de ñapa, al papá.

Otto Pereda nació en Guatemala, donde pasó su vida adulta trabajando en un proyecto de la Unión Europea y de la OEA, sobre la capacitación en el uso de tics de personas con discapacidad visual. Área que maneja bien, por su afición a las computadoras –que se suma a los libros, la cocinada y, sobre todo, la música– y por tener dos padres que necesitan bastones para tantear futuros pasos.

Siendo el menor de dos hermanos, la genética se ensañó con él: su hermano solo necesita lentes de contacto, mientras que Otto tiene un coctel de patologías: cataratas congénitas, estrabismo, astigmatismo y nistagmo. Aunque suena a mucho alcohol en un vaso, al menos, usando lentes, puede ver con relativa nitidez: “El problema es que no veo en profundidad (…). Sí, correcto, veo en 2D”.

Adriana conoció Disney, le demolieron los castillos y al final de las ruinas encontró un ascensor al paraíso. Eso fue la universidad.

En el liceo, se hartó de las conversaciones planas y quiso juntarse con el grupo de personas que manejaban el periódico escolar. La lectura se volvió una actividad diaria. Quiso llevar eso a la Universidad Central de Venezuela, estudiando Comunicación Social. Iba a entrar por convenio, pero la escuela estaba full. Tras varias pruebas, logró irse por su segunda opción: Letras. “Todo lo que yo creía que iba a encontrar en Comunicación, lo encontré en Letras”. Hizo amigos con facilidad y mantuvo un promedio de 18. Se iba a graduar de Magna Cum Laude.

Lo único que no andaba bien era su vida sentimental: “Por ahí hubo algo, pero estaba muy desesperada por tener un novio. Mientras mis amigas se sacaban los chamos a patadas, yo tendía a ilusionarme sola”.

En la UCV era común verla con grandes cantidades de hojas escritas en braile. Para aquella época, la versión pirata de Jaws no había llegado a Venezuela. Una línea de una hoja de texto convencional equivale a casi tres líneas de braile. Desde el bachillerato su familia la ayudaba: “Yo recuerdo que Oriana era una niñita, no sabía leer corrido y me dictaba letra por letra”, las lágrimas le bajan por las mejillas. En la universidad, su papá jugó un papel preponderante dictándole cada libro que debía estudiarse para que ella pudiese transcribirlo. Luego empezó a grabarle las lecturas y dejarle las cintas.

Entre eso, una vida social activa e insatisfacciones románticas, pasó la universidad. Antes de entregar tesis, consiguió trabajo y postergó su graduación.

“Si no entregás la tesis, no voy para allá”, le dijo un día Otto, desde su casa en Guatemala.

Los futuros esposos se habían conocido cuando Otto viajó a Venezuela, por trabajo, a una convención de personas con discapacidad. Se presentó a Adriana y se despidió besándole la mano, con la seguridad que dan los kilómetros de distancia y la certeza de no verla más.

Meses más tarde, el jefe de Otto, amigo de Adriana, los enlazó, a modo de broma, por Messenger. Lo demás ya lo deben suponer: noviazgo, promesas de viaje, viaje, conocer a la familia, irse, regresar, pedir la mano, boda, residenciarse en Venezuela. Bueno, sí, suena más rápido y sencillo de lo que fue.

Adriana perdió el Magna Cum Laude por esperar dos años para presentar la tesis. Pero ganó a su “media naranja”, como dice su madre. De hecho, de no ser por el impulso de Otto quizá todavía no hubiese cerrado su ciclo universitario. Se graduó en el 2008 y se casó en 2009.

Hoy día, aunque valora lo que hace, desea trabajar en el ámbito editorial: “Te dicen lo buena que eres y te felicitan, pero no te ofrecen trabajo. Es como que ‘eres buenísima, pero ahí, donde estás ahorita’. Creo que hay mucho miedo, pero yo sé que puedo hacer todo lo que quiera, el asunto es que me dé nota: todo lo que realmente me ha motivado lo he logrado. Y ya entendí que hay otras vías para llegar adónde quiero. Ahorita estoy tranquila”.

                —¿Has pensado en tener hijos?

“Sí, lo he pensado. Pero la situación actual del país y la economía no lo hace muy viable”. Comenta que ha recurrido a subterfugios para no enredarse la cabeza: cada vez que nota a un bebé llorando le dice a Otto: “Mira, son llorones, por eso es mejor no tenerlos”.

                —¿Qué piensa Otto?

“Las cataratas de Otto son congénitas. Es muy probable que nuestros hijos, de tenerlos, salgan con discapacidad visual. A mí eso no me pesaría. Pero este tampoco es el país más idóneo para un niño así. Es cierto que hay muchas cosas que han mejorado desde que yo estudiaba, pero hay otras que están peor”.

Adriana no tiene diagnóstico. Pese a lo que dijeron en el Hospital Vargas, más adelante, siendo adolescente, le explicaron que eso era falso: no tiene “ojos pequeños”, pues los mismos están bien desarrollados. Tampoco hay antecedentes familiares que expliquen la situación. María dice que aceptó lo que sucedía cuando en el San Juan de Dios le preguntó a una mujer cuántos meses tenía el bebé que cargaba. “Tiene nueve años”, le respondió. “Ahí me di cuenta de que mi hija no estaba tan mal”, comenta María.

“Uno no lo acepta –dice Adriana–, lo asimila. Aceptarlo no, porque sería mentira decir que estoy muy bien y que no me gustaría ver. ¡De cajón que me gustaría ver!, pero no es indispensable”.

Todos somos pájaros en jaulas de prejuicios y creencias. La jaula de Adriana solamente resultó más fácil de identificar. Tras convivir con ella, la noté más susceptible a desarrollar limitaciones en su mente que en su cuerpo. Ella lo sabe, pero ya ha volado y quiere seguir haciéndolo, aunque los vientos de la frustración a veces la empujen hacia una dirección contraria a la deseada. Mientras saca una maestría en Literatura latinoamericana, cultiva su matrimonio, brega contra la economía, lee, edita y escanea, sigue surcando los aires, aunque más de un pájaro crea que su determinación es una enfermedad.

PD: en el 2018, por la crisis de Venezuela, Adriana y Otto migraron a Guatemala. Pero les ha costado establecerse. Ahora, necesitan de nuestra ayuda. Entérate de más aquí.

 

Por Lizandro Samuel (@LizandroSamuel)

La decadencia del Teatro Teresa Carreño

El principal Complejo Cultural del país, y uno de los teatros más importantes de América Latina,  bajó el telón y tiene un año sin realizar  presentaciones en sus famosas salas: la Ríos Reyna y la José Félix Ribas. La situación del país hunde al teatro Teresa Carreño en la sombra; por lo que ahora, la función no puede continuar.

Los protagonistas del Teresa Carreño hoy son distintos: la oscuridad es la reina de los pasillos que solo se iluminan con los rayos de sol que entran del exterior; las jardinerías perdieron su color verdoso, ahora están descoloridas; el piso está cubierto por una gran capa de polvo, ya no brilla como antes; los robos son los antihéroes y el abandono, el tema central.

A 35 años de fundación, la época dorada del teatro quedó atrás. El deterioro lleva años acumulándose y se intensificó desde que el gobierno de Nicolás Maduro ordenó su intervención en 2014 y nombró a una junta interventora que estaría a cargo del teatro solo por seis meses, con la finalidad de hacer una reestructuración. Sin embargo, la realidad es que a cinco años de eso la junta sigue allí y no hay rastro de que se haya hecho mantenimiento a las instalaciones; por el contrario, la política de mantenimiento que existía desapareció.

La mala gestión: la obra más exitosa

“No hay una política de mantenimiento sino que de repente viene el presidente y  manda a pintar una pared o a limpiar. Anteriormente había una gerencia de mantenimiento que se encargaba de esas cosas. Pero desde la llegada de la junta interventora el lema es como vaya viniendo vamos viendo”, expresó el  historiador, investigador y director del Centro de Documentación y Archivo del Teatro Teresa Carreño, Jesús  Gutiérrez.

En noviembre de 2014, el presidente de la junta interventora, Gustavo Arreaza, manifestó en una entrevista para el Correo del Orinoco que se realizaría una rehabilitación integral de toda la institución: “La junta se ha dedicado a recuperar las salas y los espacios que rodean al edificio .El presidente Maduro nos pidió que se levantaran los diagnósticos para mejorar la calidad de vida de los trabajadores y al mismo tiempo rehabilitar integralmente la estructura”.

Sin embargo, la renovación nunca se realizó, basta con caminar por los pasillos que están sucios, oscuros y manchados. Incluso sin entrar, la decadencia de los jardines, de esa integración con el Parque los Caobos, con la fachada de concreto y naturaleza que desde su fundación caracterizó la edificación, se ha perdido: Los jardines, no existen, dejaron que se convirtieran  en basurero, ahorita no hay nada”, manifestó Gutiérrez.

Las taquillas del teatro ya no tienen programación que ofrecer, los baños están cerrados por la falta de agua, luz y continuos robos y las veces que los habilitan permanecen en muy mal estado. “El plan de gestión de la junta han sido puras declaraciones, nunca se llevó a cabo nada, era puro papeleo y la realidad lo demuestra”, dijo el historiador. Pero el cambio notorio que sí realizó la directiva del segundo teatro más importante de América del Sur fue la programación: sustituyó  los espectáculos culturales por actos de un partido político.

“El poco mantenimiento realizado en los últimos cuatro años son pañitos calientes, lo hacen cuando hay grandes eventos políticos para que funcionen medianamente mientras estos duren. Pero el mantenimiento para una estructura como esta tiene que ser permanente, como antes. Ahorita existe una coordinación que en teoría debe encargarse de eso pero no tiene recursos, y es como si no existiera”, declaró Gutiérrez.

Cristian Hernández – Climax

Sin funciones no hay ingresos

Parte importante de los ingresos del teatro que servían para su mantenimiento provenían  de las funciones que se realizaban  en la sala Ríos Reyna y la José Félix Ribas. Pero la falta de mantenimiento del aire de Parque Central que surte el aire acondicionado ha causado que las salas, que en un tiempo albergaron más de 1.900 eventos entre internacionales y nacionales, tengan un año cerradas.

“Los recursos económicos provienen, mayormente, de dos fuentes básicas: lo que asigna el Ministerio de Cultura y los ingresos propios. Pero, ¿qué pasa?, no hay programación y  por lo tanto no hay ingresos. Es  un ciclo: si no se generan ingresos, no se puede hacer mantenimiento y tener las condiciones adecuadas; y si deja de funcionar… ¿de dónde se obtienen esos recursos económicos?”, declaró el también profesor de historia, Jesús Gutiérrez.

 “El teatro va a estar en mes y medio entre los cinco mejores del mundo, se harán otros cambios como la iluminación de las salas con luces led y el reemplazo de las butacas”, fue la promesa de Arreaza en 2016, pero la realidad es que nunca llegó luz nueva al teatro. Cuando aún las salas estaban en funcionamiento, Jonitza Castillo,  estudiante de la escuela de música José Ángel Lamas, se presentó con la Ópera del Teresa Carreño en la sala Ríos Reyna, en unas condiciones que no eran las adecuadas: “Las salas de ensayos estaban muy oscuras, a mis compañeros y a mí se nos dificultaba la lectura de las partituras”.

La política debe continuar

Las entradas por taquillas representaban un ingreso importante para el teatro; pero el deterioro, las malas condiciones y la escasa gestión han ahuyentado a los mejores representantes artísticos. A eso se suma la mala reputación que ganó el teatro por incumplir con las fechas debido a las constantes cancelaciones por eventos políticos que siempre tienen prioridad.  “Los artistas solicitaban la reserva de las salas, se daba la fecha y ¿qué pasaba?, llegaba una solicitud del presidente, y tenía que cambiarse la fecha o cancelarla”, dijo Gutiérrez.

“No, nunca ha habido interrupción de ningún espectáculo por actos oficiales. La Ríos Reyna no quedó para esos eventos”, declaró el presidente del Teresa Carreño a Contrapunto. Sin embargo, Gutiérrez resalta que si la directiva se negaba a cancelarle a los artistas que ya habían reservado, se jugaban su puesto de trabajo: “Si decían que no, les cortaban la cabeza. Entonces esto llevó a que muchos artistas no se presentaran aquí porque el teatro se había ganado la fama de que no cumplía. Claro, eso no sale en la prensa, eso no se dice”.

La actualidad es diferente a los mejores años del teatro donde la política no entraba en los recintos culturales. Leonardo Azparren, ex director del teatro desde 1995 hasta 1999, declaró que durante sus años de gestión no se realizaron actos favorables a partidos políticos: “Estas instituciones no deben contaminarse de esa manera. Es oportunismo político porque el Estado no tiene un espacio para esos eventos”.

Obra estelar: el abandono

Los pasillos en los que intentan hacer vida las pocas personas que aún visitan el teatro, están desolados y oscuros, y allí el hampa es el nuevo personaje que protagoniza la obra con función permanente llamada: inseguridad. Apenas un pequeño grupo de vigilantes se concentran en el lobby del teatro, desde donde tienen una visibilidad reducida y regalan a los amantes de lo ajeno el resto de los más de veinte mil metros que ocupa el teatro más importante del país.

Músicos, cantantes, bailarines, actores y distintos artistas optan por ensayar en otros lugares por miedo a ser víctimas del hampa. De acuerdo con Gutiérrez, son pocas las agrupaciones que aún se mantienen en el teatro: “Se fue la Orquesta Filarmónica de Caracas, la Orquesta Simón Bolívar, Danza Hoy, el Coro Simón Bolívar,  la sede la  Organización Nacional de Teatro, la Compañía Nacional de Música… solo quedan la Compañía  Nacional de Ballet que es un esqueleto y agrupaciones independientes“.

Esta situación cambia totalmente la esencia que menciona Azparren sobre la magia que tenía el teatro cuando él era director: “A mí siempre me gusta decir que lo más valioso e importante del teatro es su gente. El personal de la gerencia de producción de ese teatro era el mejor, podía ser comparado con el personal del Teatro Colón de Buenos Aires, que es  uno de los cinco mejores del mundo”.

Si la magia del teatro era su gente, el Teresa Carreño se ha quedado sin su “algo” especial. Apenas diez personas son las encargadas del mantenimiento de los 22.586 metros cuadrados que ocupa el complejo, quienes intentan hacer milagros con los limitados recursos de los que disponen. La falta de personal y la inseguridad han sumido al teatro en un rincón oscuro y abandonado, mientras que los encargados y las autoridades pertinentes hacen poco o nada por salvarlo.

 

Por Luis Quiaro y Aylihanys Vargas | @luisQuiaro1510  –  @aylihanysm

Jardín Botánico en peligro de extinción

En 1945 comenzaron las gestiones para la creación del que es en la actualidad uno de los dos jardines botánicos –en todo el mundo– en ser declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Fundado por el Doctor Tobías Lasser en 1958, y con 70 hectáreas de extensión, el Jardín Botánico de Caracas (JBC) es considerado el segundo pulmón natural de la capital, además de ser la mayor reserva de flora tropical del país. La institución ha sido referente internacional por preservar alrededor de 2500 especies vegetales, algunas autóctonas y otras provenientes de Centroamérica, Oceanía, África y Asia.

Pero el Jardín Botánico no solo alberga árboles místicos, gruesos cactus y flores llamativas, en sus instalaciones acobija al Herbario Nacional –que posee 450 mil muestras de plantas– y a la Biblioteca Henri Pittier, en cuyos estantes reposan libros del siglo XVIII. Los tres entes están agrupados bajo la figura de Instituto Experimental Jardín Botánico Dr. Tobías Lasser, cuya tutela es de la UCV.

El museo ecológico está ubicado al lado de la entrada universitaria Tamanaco, dirección Plaza Venezuela. Su colina da al norte con las comunidades San Agustín y La Charneca, lo que ha forjado una relación bosquebarrio por décadas que, según autoridades, no ha sido del todo buena. Pero más allá de lo que puedan hacer o no estos vecinos, existen problemas mayores que, si no se atienden a tiempo, serán como aquel gusano que devora al chaguaramo lentamente hasta acabar con él y dejarlo muerto de pie… Hasta dejar un patrimonio marchito.

A un año del 2017: la fase cero

En abril del año pasado al JBC le fue removida la custodia de la Guardia Nacional Bolivariana, presuntamente para cumplir funciones de control público. Al estar el jardín completamente desprotegido fue blanco de masivos robos que ocurrieron de manera sucesiva; hurtaron desde lápices y engrapadoras, hasta computadoras, sillas, lámparas, escritorios, impresoras, scanner, vigas, aires acondicionados, piezas sanitarias, colecciones vegetales, herramientas científicas y de jardinería y hasta vehículos fueron desvalijados.

Acceso bloqueado del auditorio del edificio principal Salón adyacente al auditorio
del edificio principal.

 

Lo más grave del saqueo fue la sustracción y pérdida total del cableado eléctrico, aún no repuesto por falta de presupuesto. La directora del instituto en ese entonces, Ana Herrera, denunció –a través de distintos medios– un ataque sistemático contra el patrimonio natural.

A falta de electricidad en la actualidad, funcionarios de la Guardia del Pueblo –vigilancia restituida en diciembre pasado– se las han ingeniado con un fogón improvisado –un recipiente con gasolina y madera puesto en el suelo con una plancha oxidada encima– para cocinar por las noches, además de armar varios mechuzos para iluminar algunas áreas.

Fogón improvisado utilizado por La Guardia del Pueblo para cocinar.

El auditorio del edificio principal –con aforo de 350 asientos–  no ha sido utilizado desde los hurtos. Los baños no están aptos para el aseo humano y ya no existen las duchas para los jardineros, el orquideario fue desmantelado y la mayoría de los equipos resguardados fuera del JBC no han sido restablecidos por miedo a nuevos robos.

La Guardería Ambiental quedó en ruinas al igual que los galpones de los obreros, en cuyas paredes curtidas se lee dos veces “este galpón ya fue saqueado”, graffiteado con pintura roja.

En 18 años de experiencia profesional en el instituto botánico, Neida Avendaño, curadora principal del Herbario Nacional, declaró nunca haber vivido una situación tan crítica, con un nivel de destrucción tan grande. “Aquí no hay luz, solo se puede hacer el trabajo manual”, expresó. El horario de trabajo de todo el personal pasó de ser el habitual a tener el carácter de ‘emergencia’, ahora se labora solo en las mañanas, obligando a continuar los deberes en casa.

En 2017 se sembró ausencia de funcionarios de seguridad y se cosechó –de manera abundante– saqueos, de los que un año después el Jardín Botánico no se recupera.

Galpón de descanso para obreros y jardineros, saqueado.

Inventario de arbitrariedades  

Algunos habitantes de los barrios La Charneca y San Agustín no han encontrado la mejor manera de compartir la montaña con el Jardín Botánico de Caracas y de coexistir respetando las reglas y normas del área de conservación.

Aunque el director encargado de jardinería, Jean Tillet, no catalogó como mala la relación con estas zonas populares, reconoció que ocurren con frecuencia ciertos tipos de abusos; como la existencia de puertas en la cerca colindante para tomar atajos, o la instalación de pequeños conucos de plantas aromáticas, de aguacate o de sábila, que propician la deforestación de la superficie protegida para sembrar vegetación ajena al jardín.

“Muchísima de la basura como línea blanca desechada y escombros diarios han terminado del lado del Jardín Botánico… El cerro está tachonado de basura de décadas que no se ve porque hay un bosque encima”, confesó Tillet. Al tiempo que también admitió que no hay políticas persistentes con esas comunidades para concienciar sobre la mala práctica.

El sargento mayor en jefe de la Guardia del Pueblo, Yorfran Rodríguez, que custodia el parque agregó que han encontrado personas aseándose dentro de los tanques que se ubican en la colina y que surten con agua al Hospital Universitario.

Una realidad de anarquía que fue ratificada por el director del Instituto JBC, Mauricio Krivoy, que a su vez denunció que en el territorio del patrimonio natural hay una invasión de un par de viviendas, a pocos metros de un cuartel de la Organización Nacional Antidrogas. Lo han informado a las autoridades más de una vez: no han hecho nada.

Invernadero en total abandono.

El presupuesto no alcanza

Gladys Vergel, administradora de la institución, aclaró que el pago del sueldo de los 80 trabajadores del jardín lo hace directamente la OPSU. El Vicerrectorado Administrativo de la UCV les asigna 200 millones de bolívares anuales (40 dólares paralelos) para cubrir costos de mantenimientos, reparaciones de infraestructura, así como cualquier adquisición de nuevas herramientas, lo cual resulta tremendamente irrisorio. “En un día se nos puede ir todo el dinero en la compra de una podadora”, lamentó.

La entrada general al recinto cuesta 500 Bs. (0,0001 dólar paralelo). En efectivo, porque la excesiva burocracia impide la instalación de un punto de venta. El precio no ha sido aumentando, pues la autoridades consideran que aún no tienen un Jardín Botánico a la altura de un mayor costo.

En comparación, el presupuesto del Real Jardín Botánico de Kew, Reino Unido, el único que comparte junto con el de Caracas el título de Patrimonio de la Humanidad, tuvo un presupuesto de 65 millones de euros para el 2016, según una nota del diario ABC. De los cuales el gobierno británico aportó 25 millones, lo restante fue recolectado gracias a donaciones y al millón de turistas que lo visitó ese año.

En cambio, del este lado del mundo: “no hay dinero”. Eso es lo que dicen las autoridades para responder a las problemáticas visibles del Jardín Botánico de Caracas: como el reforzamiento con alambres de púas de la cerca fronteriza con la autopista para evitar robos, o la compra de agroquímicos y pesticidas que combatan los hongos y gusanos que están exterminando la colección de palmeras –que era una de las más grandes de Latinoamérica–.

La Dirección del instituto ha esquivado la extinción del parque al recibir la ayuda de empresas y particulares, que han donado desde guantes y bolsas de basura hasta cisternas para mantener con agua a algunas áreas. “Ya le hemos metidos 200 mil litros de agua donadas a la Laguna Venezuela gracias a la empresa privada”, comunicó Krivoy. Regularmente dos o tres sábados al mes hay voluntariado.

Palmeras taladas que obstaculizan el camino
principal del jardín. Muertas a causa de hongos y gusanos.

Contactos e influencias                   

El 18 de abril una comisión de la Misión Árbol encabezada por su presidente, Henryck Rangel, visitó el JBC, así se anunció a través de la cuenta oficial en twitter @fundamiarbol. Asimismo, el 23 de abril un representante de la OPSU –que se negó a dar declaraciones al no estar autorizado– también inspeccionó el patrimonio. Ambas visitas con el motivo de tomar acciones y solucionar los problemas que azotan como plaga al reservorio natural.

Estas son las dos visitas oficiales gubernamentales en más de un año que ha tenido el JBC, a pesar de que en el 2017 se solicitaran formalmente más de una veintena de veces. Krivoy confesó que ambos encuentros con el Estado se lograron gracias a movimientos realizados por “debajo de cuerdas” y el cobro de deudas acumuladas en los 18 años que estuvo al frente del Centro Médico de Caracas.

Hasta la fecha ninguno de los dos entes ha actuado significativamente en la recuperación del Jardín Botánico.

Guardería Ambiental en
pérdida total.

FUTURO

El jardín botánico ha mejorado notablemente gracias a la presencia de funcionarios de seguridad y actividades de voluntariado. Luego del ‘año cero 2017’ los trabajadores no conciben una situación peor, han salido de un hueco que casi los lleva a renunciar, afirman.

La dirección del instituto planea desarrollar una campaña de recaudación de fondos, una ciclovía, la recuperación de una segunda laguna, la construcción de una nueva Guardería Ambiental, el restablecimiento de la energía eléctrica, la sustitución de las viejas tuberías de agua y alianzas con centros internacionales para continuar con investigación vegetal… pero una cosa queda claro: sin recursos no hay paraíso.

 

 

 

Señores, esto es una HECATOMBE

Ayer se hicieron públicos los resultados de la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI) 2017, llevada a cabo por la UCAB, la USB y la UCV, y sus resultados son sencillamente devastadores: Venezuela, lo reflejan sus números, no es más que un país destruido, que se encuentra no ya al borde sino inmerso de lleno en una tragedia social de magnitudes impensables y consecuencias aterradoras. Los ya casi 20 años de revolución socialista han representado para el país lo que para otros lugares las hecatombes naturales: procesos de destrucción, miseria y muerte. Son números de la ENCOVI 2017 (que nos hemos encargado de escrutar con lupa durante toda la jornada) que un 87% de la población venezolana está en situación de pobreza, y un 61,2% de ella (más de la mitad, nótese) en pobreza extrema; que sólo 1 de cada 10 venezolanos (11,6%) tiene ingresos suficientes para alimentarse bien y que aproximadamente 8,1 millones de habitantes hacen dos o menos comidas al día, siendo el desayuno la que más personas (20%) optan por suprimir; que estas pocas comidas que se hacen no son ni siquiera nutritivas, porque 2017 fue el año de la desaparición definitiva de las hortalizas (las que aportaban algo de vitaminas) de la dieta regular del venezolano, que ha quedado limitada sólo a arroz, harina de trigo y tubérculos, y fue también el año en el que, en consecuencia, más de la mitad de los venezolanos (63,4%) perdieron en promedio 11,4 kilos de peso. Y desafortunadamente eso no es todo: actualmente hay en la calle más de 1 millón de niños y adolescentes (entre 3 y 17 años) que no van a la escuela, y, de los que van, 39% lo hace esporádicamente: usualmente por falta de alimento o de transporte. La violencia se ha apoderado ya de un 90% del territorio nacional, siendo los jóvenes sus víctimas favoritas: diariamente son asesinados 5 adolescentes (12-17 años), 24 jóvenes (18-24 años) y 14 adultos jóvenes (25-29 años), para un total de 43. Diariamente, repetimos. En salud, y para cerrar, sólo dos datos: en este país de hospitales colapsados 68% de la población no tiene seguro médico, y tenemos la peor tasa de mortalidad materna del continente (sólo superada por Cuba) con números de 1998, fecha en la que, no es casualidad, comenzó todo. Porque éstos, en definitiva, no son otra cosa sino los números reales del legado de Chávez.

Arte en Totalitarismo

Las caras tras aquella reunión reflejaban el impacto del veredicto: Revista Ojo dejaría de salir en papel. Era 2015 y, tras siete años ininterrumpidos de dilemas editoriales, correcciones, ajustes sobre la hora, historias de largo aliento, ediciones pensadas y repensadas, colaboradores excepcionales y lectores religiosos, el medio debía restructurarse. Ya no seríamos una publicación trimestral de contenidos relacionados con una temática en común, sino que experimentaríamos, siempre a nuestra manera, con el asfixiante diarismo. Ya no saldríamos en papel, sino que aterrizaríamos, de golpe, en el siglo XXI y su 2.0. La crisis, en todo sentido, había tocado la puerta. Una de las consecuencias del cambio fue, muy a nuestro pesar, ausentarnos de las aulas: ya no llegaríamos cada tres meses a los pupitres de cientos y cientos de estudiantes venezolanos. No había revistas que ofrecer, por lo que Ojo, de un día para otro, desaparecería del lugar de su nacimiento: la universidad. Por eso, a escasas horas de volver a ella, una alegría inmensa nos embarga. Mañana iremos al auditorio de la Facultad de Humanidades de la Universidad Central de Venezuela para hablar sobre dos de nuestros temas favoritos: el arte y la política. No estaremos solos: nos acompañarán el artista plástico Francisco Bassim [@visual_art_francisco_bassim], el humorista Ricardo Del Búfalo [@rdelbufalo], el director Marcel Rasquin [@marcelrasquin], el vocalista de Le’Cinema, Rafael Antolínez [@rafantz], el director de Microteatro Venezuela, Dairo Piñeres [@dairop] y, por supuesto, ustedes, lectores y amigos del día a día. La invitación es para mañana a las 9 a.m. en la casa que vence a la sombra. Con sus aportes y preguntas, intentaremos alumbrar los terrenos oscuros del totalitarismo para comprender cómo el arte, esa hermosa expresión del ser humano, ha sido, es y será un escudo intransigente contra aquellos que pretendan controlarlo todo. ¡Los esperamos!

Carlos Benucci

-¿Por qué no cayó la dictadura?

-Lo primero que debo dejar sentado es que entre de los actores que fallaron, definitivamente no está el pueblo venezolano. Por más de tres meses la gente lo arriesgó todo, hasta la vida, por acabar con esto de una vez. Sin embargo, si no se dio no fue por ellos. La gran responsabilidad la tienen los sectores políticos democráticos. En primer lugar, creo que reducir las decisiones políticas a sólo partidos fue un error, pues la partidocracia en dictadura no es positiva. Había que abrir el compás y escuchar a otros sectores de la sociedad civil, que tenían también legitimidad, fuerza y convocatoria, y eso no ocurrió. En segundo lugar, la poca capacidad de generar consensos alrededor de la MUD demoraba y retrasaba la comunicación de las líneas y de las acciones que la sociedad civil esperaba; esto fue un factor que desgastó a la gente, pues esperaban respuestas que se daban a destiempo. En tercer lugar, hubo una grave falla comunicacional en cuanto a lo discursivo: hubo partidos, voceros y personalidades que se rasgaron las vestiduras diciendo que vivíamos en una dictadura, hicieron que la gente se lo creyera, pero realmente no estaban muy convencidos de ello. Digo esto por lo que fueron las acciones siguientes: la sumisión ante las decisiones de la ANC, la decisión de ir a las regionales y la falta de convocatoria a la calle y de nueva alternativas de protesta. Esto hizo que la misma gente que hacía 3 meses estaba dispuesta a dar la vida por el país, no se arriesgara ni siquiera a asistir a un pancartazo.  La creación de una expectativa de salida del régimen fue tan alta y las acciones tan desenfocadas con el objetivo, que la gente se desilusionó. Faltó mayor contundencia, mayor capacidad de respuesta, mayor capacidad para generar consensos y líneas claras, y, por supuesto, mayor articulación e inclusión con sectores políticos de la sociedad civil. Definitivamente no hemos perdido, pero sí nos empataron la partida en el 9no inning y hoy estamos en extra inning y somos el equipo visitante.

*Carlos Benucci es estudiante de VII semestre de Sociología en la UCV y Secretario General Adjunto de la FCU.

Jorge Machado: Un filósofo en el SEBIN

Pocos lo saben, pero en los calabozos de El Helicoide hay desde hace más de 3 meses un profesor de Filosofía Filosofía Moderna y Metafísica. Jorge Machado es su nombre y fue secuestrado el pasado 20 de mayo en la Cota Mil por una comisión de uniformados que lo interceptó y llevó a la sede del SEBIN. ¿Su delito? “Traición a la patria y rebelión”, según el Tribunal Militar Tercero de Control, que le imputó esos cargos. Sin embargo, la versión de sus colegas y conocidos dista mucho de aquella: a Jorge, dicen, lo que le cobran es enseñar a pensar, delito peligrosísimo en tiempos de revolución. Activista laborioso de Voluntad Popular, Machado era el responsable nacional de formación del partido naranja, para el que impartía talleres de lucha no violenta. “Estamos formando a la gente en la resistencia no violenta, que es la metodología nuestra de trabajo político para poder enfrentar a un Gobierno que a todas luces está de espalda a la democracia, al pueblo y a la Constitución”, declaró 12 días antes de ser detenido al diario Los Andes, de Trujillo. “Es importante no caer en provocaciones y entender que la única manera de lograr el cambio de Gobierno es a través de vías no violentas pero estratégicas. Es decir, acciones que conlleven al desconocimiento de un gobierno tiránico, por medio de acciones pacíficas pero eficaces como se han puesto en marcha en otros países”. Así hablaba el que según Tarek El Aissami se encargaba de “organizar y financiar grupos violentos y terroristas”. El radical antagonismo entre lo que declaraba y lo que le imputan es evidente. “Es una persona con formación humanista, que enseña filosofía, y está siendo juzgado por militares. No tiene sentido. Estaba a cargo de la formación de los jóvenes para el voto, por eso tacharlo de terrorista es absurdo”, explicó María Guadalupe Llanes, directora de la Escuela de Filosofía de la UCV, a EPMundo en días pasados. Lo cierto es que un hombre cuyo lugar natural son las aulas, “un docente de probada tesitura ética y moral”, según sus colegas, lleva ya 102 días encerrado una celda.

El Profesor Briceño llevará su humor a las universidades

El Profesor Briceño acaba de regresar a Venezuela de una gira internacional, con paradas en ciudades que no habían tenido la oportunidad de escucharlo. Luego del éxito logrado por las siete ciudades de América, el humorista tiene planes de hacer una gira estudiantil, recorriendo tres de las universidades más importantes de Caracas desde el 12 al 26 de mayo, entre ellas: la Universidad Católica Andrés Bello, la Universidad Simón Bolívar, la Universidad Central de Venezuela y el Colegio Mater Dei.

“Briceño y el fin del mundo”es el título del segundo espectáculo de humor que hace el Profesor Briceño en solitario, en el cual habla sobre la cantidad de veces que se ha preparado para el fin del mundo, la psicología del ser humano y su dificultad para comunicarse, las malas palabras y básicamente sobre quién se va a salvar de acuerdo a las distintas religiones, desde las clásicas hasta las menos ortodoxas.

“Es distinto a Briceño lo Cuenta Todo’ porque en vez de concentrarse en la experiencia como padre, abordo temas de las religiones del mundo, de las más locas, las que tienen que ver con los OVNI, etcétera, hasta la cotidianidad del ser humano: las palabras que se utilizan para nombrar a la gente, para no decir que es mala gente, porque todos siempre creemos que somos súper buena gente” dice Briceño.

A continuación, compartimos la información del recorrido universitario por Briceño:

  • Universidad Católica Andrés Bello: jueves 12 de mayo, a las 5:00 pm, en el Aula Magna. Puntos de venta: edificio Centro Loyola, piso 2, Dirección de Cultura.
  • Universidad Simón Bolívar: Martes 17 de mayo, a las 2:00 pm, en el Conjunto de Auditorios. Puntos de venta: sala de lectura de Ingeniería en Materiales. Más información: @CEIM_USB y (0414) 935-3758, (0414) 297-1797 y (0412) 827-2439.
  • Universidad Central de Venezuela: jueves 19 de mayo, a las 3:00 pm en el Auditorio de Ingenieria. Puntos de venta: lobby del básico de Ingeniería. Más información: @MAI19Oficial en Twitter e Instagram; telefónos (0424) 245-5616 y (0414)014-8517.
  • Colegio Mater Dei: jueves 26 de mayo, a las 8:00 pm, en el auditorio. Puntos de venta: Colegio Mater Dei, Zapatería Castorcito del Centro Comercial Los Altos, Papelería Luna Azul del Complejo Deportivo, Recreativo y Cultural de San Antonio de Los Altos y Restaurant El Rincón de la Pasta Abruzzese del Centro Comercial La Casona 1. Más información: @MadmunMD y (0414) 150-8484, (0414) 091-2055 y (0212) 371-0712.

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Venezuela se queda sin profesores universitarios

El dato lo reveló ayer la rectora de la UCV en una entrevista: la Central ha perdido más de la mitad de sus profesores. “Entre jubilados, jóvenes y personas que abandonan sus cargos se nos ha ido más del 60% de los docentes”, dijo. El número confirma una trágica realidad que se ha venido gestando desde hace tiempo: la universidad venezolana se queda sin docentes. ¿La causa? Los paupérrimos sueldos que devengan, que han convertido a la educación universitaria en una profesión con la que viene implícito un voto de pobreza laico, y por ello mismo ha convertido su ejercicio en una virtud heroica. Hasta el año pasado, los sueldos de los profesores se encontraban, incluso, por debajo del salario mínimo, ya que el gobierno los había mantenido congelados durante años. En julio se hizo un ajuste, luego del cual el salario de un profesor titular a tiempo completo quedó en 19.000 BsF ($19 a la tasa del único dólar que se consigue). Con ese mismo ajuste, lo máximo a lo que podría aspirar un profesor, y ello siendo titular,  a dedicación exclusiva, y con por lo menos 20 años de ejercicio, doctorado y publicaciones, son 50.000 bolívares ($50 a la misma tasa), lo que los deja como los peor pagados del continente. A los que quedan, que son cada vez menos. ¿Quién, entonces, formará a los profesionales del país? ¿Con qué profesionales, entonces, podrá sacarse adelante este país? La situación es grave.

La Galería Universitaria de Arte inaugura “Apologías de lo posible”

Miguel Braceli, arquitecto (2007) y diseñador arquitectónico de la Universidad Central de Venezuela (2013), que ha desarrollado la práctica artística en el campo de las intervenciones y la fotografía, y ha expuesto en distintos Salones Nacionales de Arte y galerías privadas, se propone llevar el mar a la UCV como experiencia individual y colectiva que se conecta con la potencia transformadora de la creación.

Es el proyecto se titula Acto I: Construir el mar, y será expuesto en la Galería Universitaria de Arte, donde se proyectaran tres vídeos, una serie de imágenes fotográficas y una instalación de carácter participativo en la que el espectador podrá sumergirse en los espacios envolventes y metafóricos de las aguas.

“Apologías de lo posible” es un proyecto bajo la curaduría de Gerardo Zavarce y constituye una alianza de Proyecto Colectivo con el COPRED, la Galería Universitaria de la Dirección de Cultura de la UCV, la Fundación ArtsConnection. Bajo la colaboración de la Fundación TELEMA y la Fundación de Museos Nacionales.

La inauguración será  el jueves 24 de Septiembre, a las 6:00 pm, en la Galería Universitaria de la Dirección de Cultura de la UCV, en la Plaza Cubierta del Rectorado. Estará abierta al público de lunes a viernes de 10 am a 4:00 pm, hasta el 19 de noviembre.

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