Sebin secuestra a Luis Carlos

Pueden secuestrar a cualquiera, pero jamás encerrar una neurona

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, que hace exactamente seis meses empezaba a conducir en Caracas un evento tan amenazador para la seguridad del Estado como el ciclo de La Cátedra del Pop, con charlas sobre Game of Thrones, Star Wars, Harry Potter y El Señor de los Anillos.

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, al que no hay que investigarle mucho, porque publicaba sus críticas a diario en un timeline de Twitter cuya coherencia y resonancia era mi envidia y la de muchos otros.

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, periodista, profesor y activista que integra, con su esposa Naky Soto, un dúo que al verlos juntos en público te hace pensar en parejas míticas como John y Yoko en la portada de Two Virgins: ya lo que pasaba puertas adentro era asunto de ellos. Aunque, lamentablemente, el amor tampoco parecía servir para derrocar un totalitarismo. Acaso para sobrellevarlo.

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, que supongo que, después de que dejó de salir al aire con César Miguel Rondón, andaba con la misma incertidumbre laboral con la que andamos todos. Porque quizás César Miguel es demasiado César Miguel y Luis Carlos, un tipo más bien nerd y no precisamente la mata del carisma, no pudo sacarle mucha punta a su rol de escudero y saltar a un programa propio en un país con una radio y una televisión paralizados de miedo y de crisis.

Detuvieron a Luis Carlos, que no es mi amigo personal. Sostuve un par de contrapunteos con él en redes sociales de los que nunca salí bien parado; uno de ellos, si no me falla el disco duro, cuando defendí el caletre y la escritura a mano como métodos de aprendizaje, mientras él pontificaba con frialdad de evangelista cibernético a favor de todas las memorias externas que desalojan espacios ociosos de nuestros cerebros.

Luis Carlos, al menos en mi trato con él, nunca fue demasiado simpático, lo que es una anécdota del tamaño de un átomo frente al pensamiento de imaginarlo desperdiciando las horas bajo un bombillo que (ese sí) nunca se apaga en una celda de El Helicoide.

“El golpe es devastador. Si se llevaron a Luis Carlos, ahora sí pueden detener a cualquiera”, le escuché a alguien en la manifestación de periodistas frente a la Fiscalía un día después de que se lo llevó esposado el Sebin, al parecer cuando manejaba bicicleta por el Country Club de regreso a su casa, desde la emisora Unión Radio.

Fue una manifestación más bien triste, tengo que decirlo, bajo un sol que nos recordaba que no había agua en nuestras casas después del mega-apagón que detuvo las estaciones de bombeo y de cuya planificación acusaron, de forma ridícula, a Luis Carlos. Se sentía la ausencia de los que se han ido del país y el desamparo y la incertidumbre de los que nos hemos quedado, que ni siquiera pudimos imprimir fotos del detenido y tuvimos que conformarnos con cartones de cajas de desecho escritos a marcador.

Los equipos antimotines esperaban, a bastantes metros, que nos disolviera el cansancio del mediodía. No hubo ningún tipo de represión, aunque nos acercamos a gritar consignas hasta la puerta del edificio frente al que comenzaron los 43 muertos de las protestas de 2014 y dentro del que supuestamente estaba Tarek William Saab, fiscal ilegítimo elegido por una írrita asamblea constituyente cuyo propósito ya nadie recuerda. Peor que un perdigón: aquel edificio, al que se supone que deben ir los ciudadanos para que los defiendan, daba la impresión de estar vacío. Ni un rostro se asomaba por los cristales.

En la Venezuela de 2019 se pueden llevar detenido a una persona que se dedica a las ideas porque pronosticó en sus redes que habría un apagón informático y ocurrió un apagón eléctrico, y cualquiera puede sacar con pinzas y fuera de contexto sus palabras para amenazarlo en el programa de TV del que preside la constituyente que no elabora una constitución.

El mensaje es claro: ten miedo. Duda antes de escribir “dictadura”. Duda antes de escribir “régimen”. Duda antes de escribir “presidente encargado” (si son astutos, se fijarán que he eludido antes esos términos). Y sí: hay miedo. He pensado hoy en lo que haría si me vinieran a tumbar la puerta. No he podido evitar pensar si publiqué algo demasiado comprometedor en el semiabandono caótico de mis redes personales.

Luego de aquellos instantes mágicos alrededor de la concentración gigantesca del dos de febrero en Las Mercedes, el autoritarismo parece vivir una etapa de reagrupación. La historia humana es tan impredecible que puedes salir aparentemente más fortalecido y prepotente de uno de los apagones más grandes de que se tenga registro desde que Thomas Alva Edison inventó el corrientazo.

Se pueden llevar a cualquiera por decir o escribir cualquier cosa. Los mecanismos con los que cuenta la represión aterran por su sofisticación: está registrado todo lo que hemos comprado, vendido, hablado, chateado, publicado, quizás lo que hemos amado y pensado. En la manifestación para que liberaran a Luis Carlos no supe qué hacer y me puse a cantar las letanías que, escritas en un block, repetían las activistas que se hacen llamar piloneras. Seguiremos llenando el vacío con palabras. Seguiremos tejiendo lazos de solidaridad aunque no servían al mediodía del martes para enjuagar el rictus de dolor en la cabeza calva de Naky Soto.

Palabras, afectos, ideas, cuerpos desnudos: es lo único que tenemos para resistir. Nuestra vida se ha vuelto como la salsa de Luis Enrique que dice: yo no sé mañana. Quizás estaré sumergido en la noche más oscura e interminable de mi vida, la del apagón del siete de marzo de 2019. Quizás habré sido despojado de mis afectos, de mis certezas, de mis hábitos, de mis rutinas. Quizás estaré viendo el techo en una celda o me sentiré un afortunado temeroso por no ser demasiado famoso. Lo que puedo asegurar es que, en mi última barrera de protección, la de mis neuronas, seguiré convencido de mi profundo desacuerdo con los que llevan 20 años apoyándose en una presunta superioridad moral para aterrorizar, desnaturalizar, destruir, desmoralizar y violentar la Venezuela imperfecta pero libre en la que crecí.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia

El pan de Carlota

Carlota tiene más de 40 años y lleva más de la mitad de su vida limpiando casas, trabajando en conserjerías o haciendo lo propio en empresas. Después de unos años alternando clientes, se alivió cuando estableció una relación fija con una papelería que le pagaba suficiente para vivir sin demasiado estrés.

Hasta que el Socialismo del siglo XXI llegó.

Carlota vive en Petare, trabaja en Las Mercedes. Y, con el tiempo, su relación laboral con la papelería pasó a mezclarse con la amistad que fraguan los años de trato continuo. Así, Carlota vio crecer a los dos hijos del jefe, vio los cambios de fachada del local, vio a la familia adoptar un perro que moriría de cáncer, vio al jefe divorciarse y casarse nuevamente… En fin, tantas cosas que hicieron que, sin saberlo, ese trabajo –al que iba tres veces por semana– se convirtiera en un componente esencial de su vida.

Un componente que de dos años para acá devino dolor de cabeza.

Mientras el salario mínimo en Venezuela era de poco más de cinco millones de bolívares mensuales (cincuenta bolívares soberanos), a Carlota le venían pagando 500 mil Bs por jornada de limpieza. Esto sumaba unos cuatro millones al mes; es decir, poco menos del salario mínimo. Y si por ahí ya iba mal, la cosa se complicó cuando la bolsa de pan de sándwich que compraba semanalmente –para que comieran ella, su hija y su nieta– empezó a costar tres millones y medio. O sea, casi lo mismo que lo que le pagaban en la papelería.

Carlota también trabaja en la conserjería de un edificio: ahí vive. Y ahí cobraba tres salarios mínimos, por lo que estaba ganando 15 millones al mes. O sea que entre la papelería y la conserjería, podía comprarse cuatro bolsas de sándwich. Y quizá alguito de vegetales, más alguito de verduras y tal vez –si caía un tigrito– unos huevos –que era la única proteína a la que podía aspirar–. Fue entonces cuando se decidió  a conversar con el señor Pérez, el dueño de la papelería.

Le dijo que lo que ganaba con él no le rendía, que si no podía subirle los honorarios lo mejor era que dejaran las cosas hasta ahí y ella se buscaba otra cosa, pues eso no le estaba resultando rentable y en Venezuela los precios suben más rápido que cualquier sueldo.

Cuando el señor Pérez escuchó aquella mujer cuarentona decir eso, sintió que un elefante lo aplastaba contra el piso: ¿cómo era posible que tras 20 años de relación laboral, ahora surgiera aquella incomodidad? Le dijo a Carlota que tranquila, que él entendía, pero que no se apresuraran: le prometió un aumento de, mínimo, el 200 por ciento; a ver si sus honorarios mensuales llegaban a alrededor de los 20 millones. Eso sería el mínimo, le dijo, pero iba a tratar de que fuese un poquito más.

Eso fue el miércoles 15 de agosto.

El señor Pérez llegó a su casa con esa migraña que tanto lo persigue desde que en Venezuela la palabra hiperinflación se puso de moda. Ya de por sí tenía días mareado: la reconversión monetaria, que ocurriría el lunes siguiente y le eliminaría cinco ceros a la moneda, lo estaba volviendo loco de tanto recalcular precios.

Es verdad, hasta hace cinco años mantenía contratados a seis empleados que ganaban el doble del salario mínimo. De un año para acá, tuvo que reducir la nómina a tres empleados y empezar a pagarles el mínimo de los beneficios. Pero, coño, no podía –no quería– perder a Carlota: la consideraba un afecto cercano. Le subiría el salario, sí, aunque su margen de ganancias por la papelería era cada vez más estrecho, aunque en realidad cada vez dependía más de los 30 dólares mensuales que le mandaba su hijo de 19 años que trabaja de mesonero y repartidor en Buenos Aires.

Así que el viernes en la mañana le anunció a Carlota que ahora le pagaría, por cada día que fuese, unos cinco millones de bolívares.

Para ambos, eso fue una “buena noticia” que duró demasiado poco.

El viernes 17 de agosto, Nicolás Maduro –el hombre que tiene secuestrado el cargo de presidente de la República– anunció unas nuevas medidas económicas, que aparte de confirmar la mentada reconversión monetaria elevaron el salario mínimo hasta 180 millones de bolívares al mes (1.800 bolívares soberanos). El aumento fue de 35 veces su valor.

O, dicho de otro modo, todas las empresas tendrán un aumento de 35 veces más gastos.

O, dicho de otro modo, todos los productos y servicios deberán multiplicar su costo por 35 para que sigan siendo rentables.

O, dicho de otro modo, Venezuela tendrá la inflación diaria más alta del mundo. Quién sabe, quizá la más altas de la historia.

Al régimen le gusta hacer ruido, que se hable de él. Es, en efecto, una estrategia comunicacional que funciona: capta la atención de los medios, eclipsa las tragedias cotidianas, y se mantiene como el protagonista del drama país. Al régimen le gusta que todo gire en torno a ellos: sabe que vives mientras tengas presencia en las conversaciones cotidianas y mueres cuando la indiferencia te aplasta.

Por eso el régimen y sus exponentes son ruidosos y les encanta producir noticias ruidosas: para opacar el resto de las historias.

Quien entiende de política, sabe de qué hablo.

Y la prensa le sigue el juego sin darse cuenta de que es un títere manejado por intenciones oscuras. Habla y habla del aumento, habla y habla de los exabruptos de Maduro, habla y habla de todo lo que hace, dice o deja de hacer el régimen.

Y las personas, incluso las que lo adversan, hacen lo mismo.

Y creen que eso es estar informado. Que es como pensar que “informarse” es describir la forma detallada en la que un pedófilo violó a un niño, sin entender que eso solo alimenta el morbo de otros pedófilos. Sin entender que el protagonista de ese drama es el niño: no su agresor.

Por eso cuando me enteré del aumento del salario mínimo, mientras estaba en casa del señor Pérez, sentí algo raro dentro de mí. Algo raro que no era rabia, sino tristeza. Lo entendí cuando él nos dijo a mí y a su hija que iba cerrar la papelería. Que ya no tenía sentido ese esfuerzo. Que vivirían de las remesas y que abrazaría su jubilación: que para eso ahorró alguito –en verdes, claro– durante esos años.

Me sentí mal por él. Pero de inmediato pensé en Carlota: ya no podría comprar ni siquiera una bolsa de sándwich al mes.

 

Por Mark Rhodes