#RusiaGoHome

La Guerra Fría terminó con la caída del muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética, pero en pleno siglo XXI hay sectores internacionales interesados en revivir una especie de conflicto entre ideologías trasnochadas que no aguantan un análisis serio. ¿Qué es lo peor de este intento? Que en el centro del debate está Venezuela, y el afán de una izquierda fanatizada en convertir la legítima lucha por la democracia en un panfleto histórico contra el intervencionismo yankee.

Pero en materia de intervencionismos, ¿dónde queda el papel injerencista que han jugado los aliados del chavismo como Rusia y China?, ¿cuánto le ha costado este intervencionismo a los venezolanos?

¡Es el petróleo, estúpido!, grita una parte de la izquierda mundial para acusar al Gobierno legítimo de apoyar la supuesta intención de los Estados Unidos de adueñarse de las riquezas venezolanas –tras aceptar el contundente apoyo del presidente Donald Trump al presidente encargado Juan Guaidó–, pero lo cierto es que durante los 20 años del chavismo en el poder, han sido otras potencias, y otros imperios, los que han jugado al monopolio y han roto la piñata de la renta petrolera venezolana.

Deuda millonaria

Los tentáculos del Kremlin se han extendido en la Venezuela del chavismo como nunca antes en nuestra historia. En los 14 años de gobierno del ex presidente Hugo Chávez, el mandatario viajó nueve veces a Rusia; mientras que Nicolás Maduro lo hizo en tres ocasiones en menos de seis años.

Para el año 2017, una nota periodística de Telesur cifraba en al menos 260 acuerdos los tratados firmados entre ambos países desde el 2006, principalmente en materia militar, petrolera y energética; pero los intereses rusos en el país llegan también a ramas como la minería, la agricultura y la construcción de viviendas.

Aunque no se conocen cifras oficiales, la agencia internacional Reuters calculaba para finales de 2018 una deuda superior a los 17.000 millones de dólares por parte de Venezuela a Rusia. Deuda que debe ser pagada con venta anticipada diaria de petróleo, que le costarían al país cerca del 32% de su producción actual diaria: unos 380 mil barriles de petróleo de los apenas 1.17 millones diarios que estaría produciendo Pdvsa, según informes de fuentes secundarias a la Opep reportadas por Reuters en octubre del año pasado.

En la otra acera se encuentra China, con la cual Venezuela ha acumulado una deuda de más de 50 mil millones de dólares en créditos y préstamos financieros, y para la cual destina casi un millón de barriles de petróleo diarios para pagarla, según informó el mismo Nicolás Maduro en septiembre de 2018, tras recibir el último crédito por parte de China, de unos cinco mil millones de dólares destinados a la inversión petrolera para aumentar la producción nacional que ha caído abruptamente en los últimos años.

La fiebre del oro negro

Los rusos también juegan al futuro y sus intereses no tienen límite en el calendario: en 2011 firmaron un acuerdo petrolero para constituir una empresa petrolera mixta entre Rufnet y Pdvsa, con el objetivo de explotar la Faja Petrolífera del Orinoco. Según declaraciones dadas por el entonces vice primer ministro ruso, Ígor Sechin, en una visita oficial a Venezuela, Rusia tenía previsto invertir  $16.000 millones en la exploración y explotación del campo Carabobo 2, y con el mismo objetivo otros 20.000 millones, durante los próximos 40 años, para la explotación del campo Junín 6, ubicado dentro de la Faja en el estado Anzoátegui.

En diciembre de 2018, pese a las sanciones internacionales y a la negativa de la Asamblea Nacional, Putin aceptó entregarle a Maduro otro acuerdo para poner en marcha un paquete de inversiones rusas, en los sectores petrolero y minero, valoradas en $6.000 millones.

Hoy en día la petrolera rusa cuenta con participación en seis empresas petroleras mixtas en la Faja del Orinoco y logró hacerse con el 49,9% de las acciones de Citgo, la empresa venezolana refinadora y comercializadora de Gasolina en EEUU. ¿Se entiende el por qué los rusos no juegan carrito en Venezuela?

En Fuerte Tiuna se habla ruso

En materia militar la impronta Rusa también dice presente. Los entendidos en materia de seguridad aseguran que si bien la dictadura cubana se encuentra detrás del mando y el factor ideológico dentro de los órganos de seguridad y espionaje del Estado, ha sido Rusia quien ha dotado al régimen chavista de todo el factor operacional de fuego.

Helicópteros “Mi-35″ y “Mi-17”, aviones de caza “Su-30MK2”, una fábrica de fusiles Kaláshnikov, vehículos blindados tipo tanques, armas de defensa aérea, entre otros jugueticos de guerra están dentro de la extensa lista de armamento militar que adquirió el Gobierno venezolano desde el 2005, según declaraciones dadas en febrero de este año por el director del Servicio Federal de Cooperación Técnico-Militar ruso, Dmitri Shugáev, a la prensa.

Solo entre 2005 y 2008, el entonces presidente Chávez firmó con Moscú contratos de armamento por un valor de $5.400 millones, con lo que se compraron, entre otras cosas, 100.000 fusiles Kaláshnikov, 24 aviones caza SU-30, más de cincuenta helicópteros y sistemas antimisiles Tor-M1. Una nota de la cadena rusa Rusia Today (RT), del 2009, aseguraba que Venezuela era de largo el país de América Latina que encabezaba la lista de compras al exportador monopolista de armas ruso, Rosoboronexport. Para el 2013, el mismo medio aseveraba que la realización de los contratos firmados entre Moscú y Caracas debería convertir a Venezuela en el segundo importador de armamento ruso para el año 2015, después de la India, con un volumen de compras de 3.200 millones de dólares anuales.

De la Stasi al Sebin: la sombra militar rusa

Edificio del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin)
FOTO: EFE/Miguel Gutiérrez

“Sale una noticia por ahí: Rusia prepara la instalación de una base militar en La Orchila. Ojalá fuera verdad, no una, dos, tres, cuatro, diez”, declaró el presidente de la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente, Diosdado Cabello, en diciembre de 2018, para desmentir los rumores provenientes de medios rusos que presumían la posibilidad de la instalación de una base militar rusa en territorio venezolano.

Sin embargo, no es la primera vez que el río suena con la noticia de las intenciones del Kremlin de montar su primera base área en América Latina, especialmente en la Isla de La Orchila, donde funciona un estamento militar de la FANB. En diciembre del 2018, bombarderos nucleares rusos Tupolev-60 volvieron a surcar el cielo venezolano –ya lo habían hecho en 2008– en el marco de ejercicios militares bilaterales con un claro objetivo: desafiar a occidente con una demostración del poderío militar detrás del presidente Vladimir Putin y su padrinazgo al régimen madurista; esto sucedió días antes de que la mayoría de los países democráticos del mundo desconocieran a Nicolás Maduro como presidente.

Pero la ayudadita rusa a Maduro no queda allí. A finales de enero de este año, la agencia de noticia Reuters confirmó, con tres distintas fuentes, el envío de un número no identificado de agentes de seguridad privados muy cercanos al Kremlin para encargarse de la seguridad del ex mandatario y evitar su detención.  Aunque ningún funcionario venezolano o ruso confirmara la noticia, una fuente aseveró al medio que se trataría de unos 400 agentes asociados al grupo Wagner, cuyos miembros –en su mayoría personal militar retirado– combatieron de forma clandestina en apoyo de las fuerzas rusas en Siria y Ucrania.

¿Sorpresa? Este grupo de espías habría viajado en dos vuelos fletados por Cuba, desde donde se trasladaron después a Venezuela. Sin embargo, el 11 de febrero el director del departamento para América Latina del Ministerio de Exteriores ruso, Alexander Shchetinin, declaró a la prensa que el régimen venezolano no había solicitado apoyo militar a Rusia para evitar alguna acción militar extranjera.

Pero los rusos también saben de tortura y de servicios secretos. En octubre del 2018, el activista por los derechos humanos y ganador del premio Sájarov, Lorent Saleh, quien estuvo detenido durante 26 meses como preso político del chavismo en la Sede del Sebin en Plaza Venezuela, conocida como “La Tumba”, denunció desde España que detrás de esta cámara de “tortura blanca” se encuentra la mano de agentes rusos y cubanos. El mismo método de tortura psicológica que aplicaba la Stasi, la policía de la República Alemana oriental comunista, de la que Putin fue agente durante la Unión Soviética.

20 años de chavismo con Putin

El chavismo y Vladimir Putin tienen los mismos 20 años comiendo de la misma ensaladilla. El mandatario ruso y Hugo Chávez llegaron al poder en 1999, y ya en el año 2000 tuvieron su primer encuentro oficial nada más y nada menos que en el nido del capitalismo norteamericano, muy cerca de Wall Street, con ocasión de la Cumbre del Milenio de las Naciones Unidas en Nueva York. Tan solo ocho meses después, el jefe de Estado venezolano realizó su primer viaje a Moscú de cinco días y hasta fue galardonado con el título de doctor ‘honoris causa’ de la Academia Diplomática del Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia.

Desde el primer momento, Chávez y Putin entablaron una relación cercana. Ambos compartían la visión de instaurar en el mundo un nuevo orden multipolar distinto al liderado por los Estados Unidos. El discurso antinorteamericano de Chávez  le sirvió como anillo al dedo al Kremlin para convertir a Venezuela en parte de su juego internacional, que buscaba rescatar la influencia mundial perdida después de la caída soviética y el posterior rechazo y sanciones de gran parte de occidente luego del conflicto bélico con Ucrania en 2014.

Así, se instauró una relación mutualista entre ambos países en la que, por un lado, Venezuela encontró un fuerte aliado económico que se convirtió junto a China en su principal financista frente a una economía cada vez más deficitaria, y que le permitió satisfacer sus caprichos armamentistas, y, por el otro lado, Rusia encontró un país geográficamente perfecto para expandir sus intereses imperiales sobre América Latina a las narices de su principal rival –los Estados Unidos–. Todo esto mientras aprovechaba la oportunidad de sacarle tajada a precio de ganga a la principal reserva petrolera del mundo.

La fiebre del oro


FOTO: AVN

Bajo esta relación ganar-ganar entre el chavismo y el Kremlin, la balanza comercial entre ambas naciones creció como la espuma. Según diferentes reportes de prensa, el intercambio comercial entre los dos países fue de unos 400 millones de dólares en 2009, y 960 millones en 2008. En 2011 alcanzó el pico de los 1.733 millones y para el 2016 el embajador ruso en Venezuela, Vladimir Zaemskiy, declaró a RT que se esperaba que la balanza comercial alcanzara los 300 millones de dólares para ese año.

Pero los rusos no solo tienen sus ojos puestos en la Faja Petrolífera del Orinoco y en la Isla de La Orchila. Desde la creación del llamado Arco Minero en 2016 en el estado Bolívar, también tienen una importantísima participación en el sector minero. De los 112.000 kilómetros cuadrados con riquezas minerales estimadas en 7000 toneladas de reservas de oro, cobre, diamante, coltán, entre otros minerales, Rusia explota la zona de Cuchivero, en Guaniamo, mejor conocida como la Zona Número 1 del arco, donde se calcula que existen miles de toneladas de depósitos de diamantes, según reportó el diario ABC de España en enero de este año.

No es casualidad entonces que un informe del Consejo Mundial del Oro, publicado el primero de noviembre, confirmara que en los últimos meses Rusia ha sido el mayor comprador de oro en el mundo, por encima de Turquía, y asegurara que el 17% de las reservas mundiales de este metal precioso están en manos del Kremlin.

El último salvavidas de Maduro

Después del 23 de enero, Vladimir Putin ha nadado contra la corriente de la comunidad internacional en el caso Venezuela. La juramentación de Juan Guaidó como presidente encargado ha sido respaldada por más de 51 países en todos los continentes, pero desde Rusia se juega fuerte –incluso mucho más que desde China– para defender a Maduro y se ha llegado hasta las amenazas para frenar cualquier intento de intervención militar por parte de los Estados Unidos.

En una llamada telefónica celebrada el 12 de febrero entre el secretario de Estado de EEUU, Mike Pompeo; y el canciller ruso, Sergei Lavrov, el funcionario ruso aseveró que “cualquier injerencia en los asuntos internos de Venezuela, incluido el uso de la fuerza,  sería una clara violación del derecho internacional”, así indicó la cancillería rusa en un comunicado. Ese mismo día, durante una rueda de prensa, el diplomático ruso acusó a EEUU de pretender disimular una intervención militar en Venezuela con la llegada de la ayuda humanitaria que coordina el presidente Guaidó junto a la comunidad internacional.

Otras voces como la del embajador ruso ante la ONU, Vasili Nebenzia; y a el director del departamento para América Latina del Ministerio de Exteriores ruso, Alexander Shchetinin, también salieron en defensa de Maduro en la misma semana, tras señalar que desde EEUU se incita a un derramamiento de sangre y catalogaron como un “intento desafortunado” y una “impensable intromisión” la solicitud que desde la Casa Blanca se hace a militares venezolanos para que retiren su apoyo a Nicolás Maduro. Desde Rusia se plantea presentar en la ONU su propio proyecto de resolución sobre Venezuela para frenar el la propuesta de EEUU en el Consejo de Seguridad en que piden reconocer solo a la AN como único poder legítimo, así como solicitar la convocatoria de elecciones libres.

¿Está Venezuela a las puertas de otra crisis geopolítica como la de los misiles en Cuba en la década de los 60´? Hay quienes creemos que no. Como todo buen imperio, o al menos uno que intente serlo, Rusia protege a Maduro como garantía de pago y reconocimiento de una deuda millonaria de acuerdos que en algunos casos ni siquiera fueron aprobados por la Asamblea Nacional. Pero todo indica que muchas fichas se están moviendo entre sombras para alcanzar un pacto que permita que Rusia se convierta en la puerta de salida de Maduro de Miraflores. Después de ese momento,a los venezolanos hastiados de la crisis política, económica y social que sacude nuestras entrañas nos tocará gritar a todo pulmón ¡#RusiaGoHome!

 

Por Joel Siverio Cappadonna

 

#MemoriasDeLaRevolución: Yo no pedí nacer en Revolución

¿Qué le dirá? ¿Qué historia le contará?

Son las dos preguntas que agobian su mente mientras sostiene al recién nacido en sus brazos. El remordimiento no da espacio a la felicidad, el espacio también es ocupado por la preocupación. Los ojos del niño la acusan. No es como su primer parto, hace ya veintidós años atrás. En aquel entonces todo fue planificado, ellos estuvieron listos para recibir al primogénito; y sí, ahora han tenido casi nueve meses para prepararse, pero lo que no han tenido son recursos. Como los últimos tres años, durante el embarazo apenas si pudieron mantenerse con vida.

Cada día transcurrido, su vientre fue la profecía de un juicio final; y allí está, frente al tribunal con el testigo en sus brazos, que también es la víctima, que también es el juez, que también es jurado, que también es la sentencia.

Quiere sonreír, pero es imposible. Quiere plantear su defensa. No es su culpa, ella solo quiso evitarle venir a un mundo en caos, donde el hambre reina, donde la tristeza y la desesperanza azotan.

El embarazo fue un descuido. En la patria ya no se consiguen anticonceptivos. Estuvo jugando a la ruleta rusa por un año y finalmente perdió. Cuando se enteró, intentó remediar la situación. Sin la posibilidad de adquirir pastillas para el aborto trató con métodos rudimentarios, pero la criatura no quiso renunciar a la vida. Algunos días despertó deseando sangrar, queriendo enfrentar el aborto involuntario. Envidió la suerte de las protagonistas de las historias tristes que escuchó, pero no, la mala suerte no le alcanzó; sus malas noticias diarias llegaban hasta “hoy no tenemos qué desayunar”, “hubo reducción de personal y me despidieron”, “me atracaron y se llevaron el dinero que logré conseguir”, “a tu tío lo asesinaron esta mañana”, “felicitaciones, su bebé está teniendo un desarrollo sano”.

Desea, con todas las fuerzas de su corazón, poder sonreír. Pero no puede. ¿Cómo sonreírle a un anuncio doloroso? No puede sonreírle al recordatorio de su miseria. Ella lo ha traído a la realidad de un país en ruina, donde el hambre reina, donde la delincuencia ha tomado el control, donde la educación es gratuita pero imposible, donde el nacimiento entristece.

Su esposo entra a la habitación, le acaricia el rostro y le da una sonrisa débil. Ella le entrega al niño y se pone de espalda. Él quiere sentirse feliz, pero dos preguntas lo agobian.

 

Por Gusmar Sosa | @gusmarsosa

Sentimiento nazional

Llego temprano a la parada y están los mismos de siempre. Veo al loco en bóxers lleno de cal hasta las piernas. Veo al cajero con su lonchera tibia y el anillo de recién graduado. Veo a la enfermera con su mosaico de bacterias en el uniforme. Los veo a todos. Veo a esa señora.

Desde hace semanas he asumido la espera como una cátedra de antropología popular. Busco cazar alguna de esas conversaciones que chocan en el aire, que se meten en los oídos y en las tapas de las barrigas. Descubro que no hay mejor forma de conocer a un compatriota que guardando un puesto: las colas son los laboratorios del pensamiento venezolano contemporáneo.

La señora (una catira de gesto fuerte, arrugada hasta el lóbulo de la oreja) me dice esto, sin preparación y de la nada, mientras llega el autobús:

—Aquí en Venezuela nosotros tenemos mucha raza mala, mucha sangre de gente floja y coño de madre. Yo siempre he dicho que Hitrel (sic) tenía razón: la raza de un país tiene que ser pura.

Yo volteo buscándole una esvástica tatuada en las uñas o una SS de hojalata colgándole del cuello. Me cuenta que es atea, luego que le dicen nazi por ser disciplinada (por alguna extraña razón, los venezolanos asociamos orden y limpieza no con los alemanes, sino con el nazismo). Ahí es cuando alcanza la cumbre:

—Aquí hay tanta mierda, amigo, que la única solución es una limpieza de sangre.

Partimos. Eva Braun a bordo. La propaganda del Gobierno se encarga de taladrar las bondades del país en una pantalla. Aunque le he fabricado dos o tres frases vacías como respuesta, la vieja sigue proponiéndome su “solución final” nacional. Me habla del mito del bochinche y la mierda, de la aniquilación necesaria del mestizaje. Mientras la escucho, reparo en el abismo que nos circunda, en nuestro exilio portátil, en la derrota íntima del venezolano. Personas (monstruos) como ella, sin ir más lejos, visibilizan eso otro que somos: una comunidad de verdugos distraídos, un país de chivos expiatorios sueltos.

Hail Hitrel. El camino se hace más pesado por el descaro del tráfico. Se suben niños, adolescentes, embarazadas, todos los discapacitados por la ley de la calle. Traen las caras tristes, manchadas, como si el humo se les hubiese paralizado en el sudor. La vieja los mira con odio, los acusa con la lengua. A todos los ahoga con su nube imaginaria de ceniza. Ahí es cuando me reincorpora, dándome un jalón en el brazo:

—A estos hijos de puta hay que quitarles el país.

El chofer del autobús lee uno de esos periódicos vespertinos que se consumen en la periferia de la ciudad. En la contraportada, debajo de los triples ganadores de la lotería, está la foto gigantesca de un adolescente abatido con cinco tiros en la cabeza. El colector, suspendido por el morbo, le arrebata las hojas y procede a cobrar los pasajes con violencia.

Son las 8.25 a.m. Yo me guardo un dolor: el día parece una suma de holocaustos individuales.

 

Por Zakarías Zafra | @zakariaszafra

 

Nosotros los de adentro

Venezuela ya no es un paisaje.

Todos los días un pedazo de pared se derrumba, un vecino se aleja, pasa un carro a llevarse los afectos, cierra la bodega de la cuadra, se acaban temprano los periódicos. La noche se inaugura con más alardes y menos bombillos. Promete ser más toque de queda, ofrece meternos más miedo. Y estamos nosotros, los de adentro, mirando.

Amanece sin darnos cuenta –las ventanas tienen que estar cerradas–, el despertador anuncia el mismo ritual, el cuerpo sigue sus normas, sus horarios. Pocas cosas allá afuera nos muestran algo distinto, algo que respire. Comemos, hablamos lo de siempre, el televisor nos escupe los desagrados del día, los celulares nos sitúan a pocos segundos de la desesperanza. Y nada ocurre. Seguimos nosotros, los de adentro, esperando.

Salimos. La calle está dura y caliente, como esperábamos. Todo el mundo grita, todo se desplaza con arrebato, hoy el caos tampoco cambió sus métodos. Arrechera, distracción y aceleramiento. Voces, grafitis, arengas en esténcil, proclamas bañadas de orine, hashtags y letanías con megáfono. Liberen a Leopoldo, Enmienda Ya, Aquí no se rinde nadie, El pueblo resteado con Maduro, y nosotros, todavía adentro, sordos.

De pronto un choque, un insulto perdido, un asalto rutinario. Los conos rojos, la matraca, los refugiados de Farmatodo, la guerra del fin del mundo en las puertas del Central Madeirense. Los guardias en las bombas de gasolina, los cigarros revendidos, la carne con sobreprecio y el tráfico de cabillas. Queremos descansar, pero el oasis se quedó sin luz. Queremos cumplir nuestro deber, pero se cayó el sistema. Y nosotros, que nunca salimos, paralizados.

El día se nos acabó muy rápido. Nos acompañan el monóxido suicida de los autobuses, la ropa remojada por la proliferación de axilas, el sentir que no cabemos entre tantos uniformes, el aceptar que regresamos más vacíos, que lo que trajimos ni siquiera alcanzó para invitarle a alguien un café con leche. Lo sabemos: el telecajero nos tiene otra burla preparada mañana. Un montón de papeles sin valor nos llenarán otra vez los bolsillos para martillarnos esta absurda abundancia. Y aquellos, que se parecen tanto a nosotros, mintiendo.

No. Venezuela ya no es un paisaje. Nosotros tampoco.

Lo que nos pasa como país es idéntico a lo que nos pasa como personas: no sabemos quiénes somos, olvidamos cómo llegamos aquí, vivimos de acontecimientos sin conquistar jamás el triunfo de una historia particular. Para salvarnos de la compulsión, la desgana y la falsa fiesta no hace falta correr, sino reconocernos.

Esa imperiosa necesidad de amarnos. El desafío de merecer.

 

 

Por Zakarías Zafra | @zakariaszafra 

Los motores del desastre (o Revelaciones desde la chivera)

Una catástrofe como la nuestra no avanza así no más. Necesita piezas, engranajes, además de tiempo, perversidad y aceite. Tampoco es lenta ni casual la tragedia que estamos pasando: su velocidad caótica se debe a unos cuantos propulsores que la han empujado con asombrosa potencia. Autobús en caída libre, lancha llena de desagües, carro con troneras y picos de botella al frente: estos motores llevan por dentro el combustible del absurdo y operan a partir del despilfarro. Su funcionamiento es peculiar: se encienden para apagarlo todo.

Su propósito: volver el país una chatarra.

1.El motor saqueo semántico: alteración de símbolos, héroes importados, deformación de la memoria, balbuceo ideológico, sincretismo espiritual, vaciamiento y llenado de palabras molde (p.ej. democracia, revolución, pueblo), panoramas patrióticos desdibujados, silenciamiento/escandalización de efemérides, son algunas de las piezas del motor más eficaz del chavismo: el desplazamiento de la sustancia-país, la mudanza definitiva de sus significados. La casa, en apariencia, es la misma, pero le cambiaron los muebles y le movieron los espejos. No fue que nos quitaron el país: lo saquearon por dentro.

2. El motor malandrismo institucional: es la escenificación del quieto ahí de la burocracia y el pégate becerro de  las instituciones del Estado. Es la voz del descrédito, del hago lo que me da la gana oficializado, de la paralización del ciudadano ante el totalitarismo de chopo y puñal de los órganos gubernativos. Mírese el TSJ, el CNE, la antigua AN: actúan con la legitimidad del vivo y la desfachatez del malandro. Es el decir cállate o te quiebro del Poder Público Nacional.

3. El motor bochinche y mierda: el desorden, si no se goza, no se aguanta. Hay que carnavalizar la gestión pública. Hay que meterle fiesta, tarimas, musiquita en los pies. Distraerse con serpentina mientras el ventilador salpica. Así, entre rumba y gozadera, el panem et circenses se convierte en política pública, favor paternal y aspiración ciudadana. No hacen falta cornetas ni subwoofers: la sentencia mirandina tiene hoy el volumen preciso. Y atormenta.

4.El motor inoculación del vértigo: nos trajeron a bailar a una cornisa con los ojos vendados y las trenzas sueltas. Nos pusieron frente a un barranco para dejarnos la náusea como tarea. El plan: poner el pánico en alto, marear, (pre)ocupar. Hacer que el miedo nos mantenga firmes y contra la pared. ¿Qué es lo que hace uno ante un abismo? O se calla o se vomita.

 …

Intermedio contra el olvido: una breve excursión a la chivera

Este invento de mecánica popular ya había sido ensayado tiempo atrás cuando Chávez, para inaugurar el año 2007, le muestra al país los Cinco motores constituyentes de la Revolución Bolivariana. Esas turbinas apocalípticas que anunciaban la consolidación del “Socialismo del Siglo XXI” en Venezuela, y que estaban construidas sobre un plural de “realidades y aspiraciones” de dudosa procedencia, se conformaban de:

I. Ley Habilitante:el truco jurídico favorito del Ejecutivo Nacional en tiempos del chavismo, con el cual el Máximo Líder se disfraza de superhéroe omnímodo y megalosaurio legislador, y se faculta a sí mismo para meter la cuchara en todo. Es la histeria del aparato estatal sujeto a la voluntad de un hombre. Llámese: motor siembra del personalismo.

II. Reforma Constitucional: con esto se pretendió hacer de la Carta Magna un traje a la medida. Se sometió a elecciones, perdió, se cambió por enmienda para asegurar la reelección indefinida del Presidente, y muchas de sus premisas terminaron metiéndose por debajo de cuerdas. Burla y obstinación antidemocrática. Motor lo que me salga del forro.

III. Moral y Luces: estudio de la doctrina socialista en escuelas, liceos, fábricas, talleres y campos. Inyección curricular de los valores grandilocuentes del socialismo, la deformada doctrina bolivariana y la ideología política del chavismo. A este le llamamos motor no me lo mate no, porque a la par que aniquila el pensamiento libre pone en peligro al “hombre nuevo” que pretendió crear.

IV. La Nueva Geometría del Poder:con ese suculento título se buscaba cambiar la división político-territorial del país y erradicar a los municipios del mapa (a saber el nivel más próximo y real de participación ciudadana). Hablaba de simetría del poder político y militar, con una ocupación total por parte de ese pequeño monstruo al que bautizaron Poder Popular. ¿Menos ciudades, menos ciudadanos? ¿Reordenaditos se les manda mejor? Motor obediencia participativa.

V. Explosión del Poder Comunal:dependiente de los cuatro anteriores, proponía crear una federación de Consejos Comunales, especie de constelación de ciudades sin alcaldías ni juntas parroquiales, gobernadas por un Estado Comunal que recibiría del Gobierno Central el poder político, social, económico y administrativo para autogestionarse. No sería difícil predecir los requisitos de filiación ideológica y partidista de esa transferencia de poder, ni advertir las consecuencias de tal aberración. Motor constelación servidumbre.

Y estos cinco aparatos llegaron a nosotros, casi una década después, convertidos en chatarra de chivera, en tema de conversación para coleccionistas de inventos, en extraordinaria curiosidad de repuesteras. Su épica inquietante, aunque triste, nos abre la puerta al siguiente galpón de trastos.

5. El motor reducción al ridículo: la negligencia descarada, la fatalidad de la práctica de gobierno, el testimonio de su propia destructividad, ridiculizaron la ideología, la lucha de clases, el poder del pueblo y todas aquellas ensoñaciones verbales llenas de onanismo y anacronías. ¿Socialismo para qué siglo? La izquierda, por enésima vez, fue golpe de torpeza, desorientación y zurdera.

6. El motor gran milagro: la espera, la paciencia, el mesianismo. Ese algo tiene que pasar del que todos hablan. El estancamiento de la voluntad nos puso a la orden de una fe ciega, casi brujeril, en cualquier fuerza (o acontecimiento o fecha de calendario) con promesas de cambios mágicos. Y nos dejaron con el escapulario y la pulserita en vela. Más que un país, Venezuela se convirtió en una larga cola hacia un milagro.

7. El motor desesperanza para todos: aquí se afirma la generosidad del proyecto poschavista: repartirnos por igual su cuota de desesperanza. Es el abatimiento en el pecho, la pérdida del país íntimo, el ejercicio de la desmoralización del que nadie se escapa. Es esa desilusión histórica, ese te amo, pero no de la patria confundida. Es, al fin, ese gran desamor nacional.

8. El motor felicidad por cupos: entre racionamientos, inseguridad ciudadana,hiperinflación depravada y desabastecimiento, el poschavismo nos va haciendo partícipes de su filosofía de prosperidad limitada: ser feliz la máxima suma de felicidad permitida. Vivir el aprendizaje forzado de lo bueno poco. Mamar, pero contentos.

Hacia un engrase definitivo

Motores que remueven sedimentos culturales, historias fallidas, resquemores, cosas que no se hicieron. Motores que echan a andar esa gran maquinaria de desastre en la que vivimos. Podrían inventarse otros (el motor loco escondido, el motor la divisa es tu horror, el motor tranca la puerta, el motor tu puesto en la ruleta, etc., etc.,) que contengan los dramas de la impunidad y la violencia, la sombra delincuencial del Estado, el poder militar y sus alter-egos paraestatales, el falso enaltecimiento de la pobreza, la anomia vandálica, el nihilismo en el bolsillo, la devaluación de la dignidad, la ruleta de la tragedia, la primacía salvaje del individualismo.

Podrían, pero encenderlos no los dejaría en evidencia ni los haría menos malos.

Esos ya están andando sin que nadie los vea, sin que nadie perciba su escándalo de tornillos sueltos y silbidos. Y lo peor es que nos aplastan, nos vuelven mínimos, indefensos, vulnerables, sin tener siquiera la decencia de recoger el desastre después.

 

Por Zakarías Zafra |@zakariaszafra

#DomingosDeFicción: En blanco y negro

A las diez y treinta de la noche sonó el teléfono. Era el director de fotografía de la agencia Magnun, en Nueva York. No me extrañaba que llamara o escribiera a cualquier hora, siempre tenía en mente alguna idea o proyecto o, simplemente, una anécdota que contar. Supe desde un principio el motivo de su llamada. En la televisión estaban transmitiendo las noticias del día, devastadoras como siempre, pero esta vez las pantallas eran de Haití.

—Ben –dije.

—Mañana sales para Haití. No sé si te enteraste, pero hay una crisis muy fuerte allá y queremos documentar a los inmigrantes.

—Sabía porqué me llamabas.

—Qué te puedo decir… Son las órdenes. Debes entender.

—No me mal interpretes, pero te comenté antes de irme que mañana debo ir a los tribunales a firmar el divorcio y sabes que debo tomar un avión hasta…

—Es verdad –me interrumpió–. No te preocupes. No puedes aplazarlo de nuevo y mucho menos por tu trabajo. Entiendo que no ha sido fácil. Además estás llegando de tu última pauta. Tengo en la lista a alguien más.

Apenas colgó, comencé a desempacar. Pensé en lo feliz que me hacía ver a través del lente de mi cámara. Era una Canon 5D a la que consideraba una extensión de mi cuerpo.

La mañana siguiente sonó el despertador justo a las cuatro de la mañana. El agotamiento que sentía no era normal, pero logré levantarme. Fui a la cocina y encendí la cafetera eléctrica. Luego llegué hasta el baño, abrí la llave de la ducha y en unos segundos respiré el vapor que despejó mis fosas nasales. Entré. sentí como el agua se iba por el desagüe con el cansancio. Recordé porqué me había despertado tan temprano. Tenía que ir para Venezuela a firmar el divorcio. No había sido fácil desprenderme de tantos recuerdos, sueños y promesas. De cada aventura y desventura a su lado. Recordé desde la primera hasta la última vez que la vi, mirándome desde el balcón cuando tomé ese taxi al aeropuerto para irme lejos, muy lejos y resumirlo todo a los mensajes de texto; aquellos que cada vez se alejaron tanto, como la distancia que me separaba de ella. Pero todo se esfumó al cerrar la llave y escuchar esas gotas que cayeron al final. Fui a buscar mi café y luego a prepararlo todo para salir.

 

La llegada al aeropuerto fue atemorizante. El ambiente convulso me agredía. Parte de mi vida transcurría en ellos, de aquí para allá con mi equipo fotográfico. Eran 25 kilogramos de peso en la espalda metido en mi bolso Lowepro. Pero ese día fue distinto. No iba a fotografiar la vida del resto de las personas, sino parte de la mía.

La espera fue terrible. Aproveché el tiempo para revisar mis notas y clasificar las fotos de mi último trabajo. Hasta que por fin una llamada por el parlante nos alertó. Era mi vuelo hacia Caracas. Comenzamos la procesión para entrar en el avión. Una vez en el asiento, un sonido mudo, casi imperceptible se escuchó. Era el capitán de la aeronave. Nos dio la bienvenida a su aerolínea y nos dijo que el mal tiempo nos haría desviarnos un poco del rumbo establecido en las cartas aeronáuticas, por lo que el vuelo duraría un poco más. No faltaron los reclamos al escucharlo.

Comenzamos a movernos. El avión transitaba por las líneas de rodaje hacia la pista. Volvimos a detenernos, esperábamos la autorización del ATC para entrar en la pista y despegar rumbo uno cero. Un zumbido hizo que mirara hacia arriba. Un recuadro con la figura de un cinturón de seguridad se iluminó. He viajado tantas veces en avión y siempre el mismo sonido me hace reaccionar de la misma forma. El hombre no es más que un animal adicto a sus hábitos, pensé, mientras hacía una mueca en mi boca al recordar que yo era uno de ellos.

La voz del piloto desapareció y los asistentes del vuelo comenzaron a indicarnos las medidas de seguridad, sobre todo en el caso de que se presentara una emergencia que nos hiciera acuatizar. El chaleco… me dije. Me incliné hasta tocar la parte de abajo del asiento y allí estaba.Voltee para ver las salidas de emergencia y estar preparado para todo. Una vez terminaron, el avión comenzó a moverse hasta llegar a la pista, giró y sin detenerse aceleró. En pocos segundos flotábamos inclinados hacia la izquierda.

La espera del vuelo y su travesía fueron desesperantes, pensé que nunca zarparíamos. El avión era una tara al que le sonaba todo. Sin embargo, me entregué al cansancio y pude dormir. Pero no por mucho tiempo. Una fuerte turbulencia me despertó y de nuevo la voz del piloto se escuchotan incomprensible como la primera vez. Estábamos descendiendo al aeropuerto «El Higüero» en Puerto Príncipe. ¿En Haití? Dije en voz alta. En ese preciso momento una de las aeromozas pasó a mi lado y le pregunté que había pasado. Me respondió que el avión presentó algunos problemas como consecuencia del mal tiempo, por lo que el piloto decidió desviar el rumbo y aterrizar lo antes posible. Desde la ventanilla pude pronosticar la visita.

Al bajar del avión la primera impresión fue devastadora. La pobreza que se respiraba era abrumadora, desquiciante e infecciosa. El terremoto de hace unas horas lo había destruido absolutamente todo. Si el infierno existía, sería así. Me negué a creer que ese era mi destino.

La aerolínea me ubicó en el Park Hotel, cuya fachada inspiraba cualquier cosa menos un buen descanso. Sin embargo, con la playa justo al frente, tan paradisíaca y provocativa, olvidé lo sucedido.

Cuando entré a mi habitación me impresionó la decoración de las paredes. Eran lúgubres, y el bombillo la matizaba con una bruma amarilla y deprimente que no me ayudó a sentirme mejor. La cama era de hierro, se veía como el salitre la devoraba sin piedad. Las sábanas estaban manchadas, por lo que decidí quitarlas. Fue peor. El colchón era un cuadrado duro y pardo, con manchas que parecían de café. «Dormiré en el suelo», me dije.

Escuché un radio. El sonido provenía de la habitación contigua. Una voz masculina tarareaba la canción que sonaba en ella. Abrí la puerta y salí. Quería pasar el menor tiempo posible dentro de esa habitación, su olor dolía. La sentía como la boca de un gran monstruo que me arrancaba la piel con sus afilados colmillos.

Una vez afuera, la puerta de la habitación más animada se abrió y salió un hombre mayor, negro y alto. «Él era quien cantaba», pensé. Subió su mano derecha y me saludó con un ademán tan desinteresado como la bienvenida que recibí al llegar al hotel.

Llegamos juntos hasta las escaleras y le indiqué con un gesto caballeresco que pasara primero. Las escaleras de madera comenzaron a crujir, «esto no aguantará el peso de los dos», me dije. Sin embargo lo hizo. Llegamos a la entrada del hotel, salí y encendí un Marlboro. El hombre, en cambio, continuó caminando hacia la playa. Aspiré una última bocanada al cigarro y lo boté hacia la calle. Subí a buscar mi cámara. Seguirlo me pareció una buena idea. Podría tomar algunas fotos de ese lugar que había cambiado al caer el sol.

Por suerte la luna estaba llena, cuestión que me facilitó ver al hombre desde lo lejos parado al lado de una embarcación en construcción. Caminé hasta el lugar. Pude escuchar risas y el golpe de los martillos contra la madera. Cuando notaron mi presencia se callaron al unísono, todos vieron al hombre del hotel.

—Buenas noches, yo estoy en el mismo hotel que usted, ¿se acuerda? Bajamos juntos por la escalera –le dije.

Él me vio de arriba abajo.

—¿Eres periodista?

—Claro que no –le respondí–. Soy fotógrafo… amateur.

Sin mediar palabra alguna me dio la espalda y ordenó a los hombres que continuaran trabajando.

 

Transcurrió una semana sin noticias de la aerolínea y sin poder comunicarme con alguien fuera de Haití. Además, las autoridades de República Dominicana habían cerrado las fronteras para evitar el éxodo de personas a ese país. Mis esperanzas de irme se esfumaron. «Tantas cosas y al mismo tiempo ninguna», pensé.

Con la intención de olvidar y ocuparme en algo, me dediqué a tomar fotografías de la construcción de la embarcación, de los obreros, sus rostros y manos callosas. Poco a poco las herramientas rudimentarias e improvisadas le dieron forma al bote que, por su apariencia, me pareció que no flotaría.

 

Al día siguiente escuché la puerta de mi habitación. Era el hombre para decirme que el bote ya estaba listo.

—¿Te gustaría salir de Haití? –preguntó.

No era necesario que respondiera a su pregunta. Él sabía muy bien la respuesta.

Llegué rápido a la playa con mi cámara en la mano y lo vi terminado. Era un velero de siete metros de eslora. Lo llamaron “Cree en Dios”.Hombres de fe, pensé. Estaba suspendido a unos cuantos centímetros de la arena sobre los troncos que le permitirían entrar al agua. Lo habían terminado de construir y, sin embargo, parecía que hubiese estado en el mismo lugar durante décadas. La madera del casco, vieja y opaca, teñida con diversos colores, lo hacían ver como un mosaico de muebles viejos, que armaron como las piezas de un rompecabezas. El mástil no era más que un viejo árbol desprovisto de sus ramas, que, sin importar desde donde lo vieras, mostraba una joroba que lo arqueaba.

Ese día él me dijo su nombre: «David». Me comentó que desde hace mucho tiempo lleva planeando cómo irse de Haití y, al mismo tiempo, hacerse de algún dinero para cuando llegase a algún otro lugar. Convenció a cuarenta y cuatro hombres para que construyeran un bote que los llevaría a otro país ocultos dentro del casco. Así evitarían ser descubiertos. Uno de ellos murió ayer, me dijo. Por eso quise invitarte, tenemos un puesto disponible. Su comentario me causó gracia, pues al ver en el interior del velero me di cuenta que esos pobres diablos viajarían como cerdos directo al matadero. David continuó ofreciéndome ese puesto por tan solo cinco mil dólares americanos. Lo pensaré, le dije.

De vuelta al hotel le pregunté al encargado si había algún recado para mí. Se rió de inmediato, «noticias», dijo mientras se alejaba moviendo la cabeza de lado a lado. Me habría conformado con una fecha, al menos para que mis esperanzas renacieran. Subí a la habitación y pasaron dos horas hasta que volvieron a tocar a mi puerta. Era David.

—Sé muy bien lo que estás sintiendo. Todo aquél que llega o nace en este lugar termina como tú, sin ganas de vivir –me dijo susurrando–. Esta es tu única oportunidad, si la desaprovechas morirás en esta pocilga. Ahora debo volver al bote, mañana zarpamos antes del amanecer. Sabes donde estaremos.

Lo vi perderse en las escaleras. Cerré la puerta, me senté por primera vez en la camay contemplé la habitación. Necesitaba un cigarro pero lo único que conseguí fue la caja vacía junto a la cámara. Esa que esperaba por un gran trabajo fotográfico.

Tomé esa vieja tarjeta de memoria que me regaló en uno de mis cumpleaños. Aún podía verse la dedicatoria escrita en su etiqueta. No quise leerla. Entre los recuerdos apagué la luz y me fundí en ellos hasta que el sueño me arropó.

 

Salí muy temprano del hotel. Le dedique una última mirada a su fachada. Aun sentía más dudas que certezas, pero comencé a caminar sin ver hacia atrás. Llegué a la playa. El bote flotaba y se dejaba llevar por el danzar de las olas. Cuarenta y tres hombres habían entrado en esa mazmorra flotante, era la cárcel hacia la libertad. Entré al agua. David y cuatro hombres más me ayudaron a embarcar. Ellos serían la tripulación. Nuestras vidas estaban en sus manos. ¿Qué podía pasar? ¿Qué nos perdiéramos en alta mar y muriéramos de hambre y de sed? No hice caso a mis pensamientos y entré. Cuatro tablas largas se posaron muy cerca de mi cabeza y fueron clavadas con los golpes de un martillo que nos aturdió. Risas y celebraciones nos acompañaron la primera hora de viaje, luego, solo fue el sonido del mar chocando contra la madera.

Sin darnos cuenta, los movimientos del velero se hicieron más fuertes y continuos. La paz que disfrutamos al inicio del viaje se desvaneció. Sentimos la proa elevarse y en cuestión de segundos caía golpeándonos con la misma intensidad que el mar lo hacía contra su estructura. Escuchábamos los pasos y los gritos desesperados de la tripulación. El agua caía a chorros entre las grietas de las tablas. Comenzamos a dar golpes para que nos escucharan. El agua comenzó a entrar también desde abajo. El mástil se había movido y había roto la estructura que lo unía al casco del bote. El agua hasta la cintura, se enturbió. Era la mezcla del vómito de no sé cuantos que no pudieron aguantar que su estómago también los traicionara. David gritó «nos estamos hundiendo». La luz de la lámpara que llevábamos con nosotros fue suficiente para ver el rostro de mis compañeros de viaje cuando escuchamos lo que ya sabíamos. Sus ojos estaban abiertos al máximo a punto de salirse de sus órbitas. Intentábamos mantenernos en nuestros puestos sujetándonos entre nosotros. Otros querían levantarse pero no podían, el techo los detenía y algunos fueron penetrados en sus cabezas por los clavos oxidados que sobresalían de las tablas.

Saqué de mi bolso la cámara y de mi chaleco aquella tarjeta de memoria. A pesar del poco tiempo que nos quedaba, esa madrugada convulsa volví a leer la dedicatoria que tenía escrita: «La tristeza es el síndrome de abstinencia de Dios». Las había olvidado. Precisamente eso era lo que sentíamos. Tomé una foto, sólo una, antes de fijar la tarjeta en mi cuerpo con el tirro que llevaba conmigo. Sabía que moriríamos. Quería salvar esa imagen. Si en algún momento encontraban mi cuerpo, parte de mí viviría a través de ella. Quienes tenía a mi lado comenzaron a jalarme hacia abajo, ya no había espacio en el que pudiéramos respirar. Ya sumergido vi la luz borrosa de la lámpara cuando terminó de apagarse. Con su ausencia una fuerte puntada atravesó mis fosas nasales. El agua salada inundó mis pulmones y su sabor a rasgar mi garganta.

 

Desperté sobre una camilla. La garganta me ardía y me dolía toda la cara y el pecho al respirar.

—Está usted a salvo –dijo el uniformado que estaba parado a mi lado.

—Pero aun siento ese movimiento –dije con la voz ronca.

—Por supuesto. Estamos en un hospital flotante.

El buque hospital Comfort de la Armada de los Estados Unidos de América entró en aguas territoriales la noche del accidente. A pesar de ser una embarcación de doscientos setenta y dos metros de eslora, no le costó encontrarnos. Sus sistemas avanzados de radares dieron la alarma, cuando sus vectores tradujeron en sus pantallas que sobre el agua flotaban cinco cuerpos y los restos de lo que parecía una vela, un mástil y unos trozos de madera. Fuimos rescatados unos minutos después que perdí el conocimiento.

Todos lo que íbamos escondidos nos salvamos, en cambio, David y los otros que lo acompañaban sobre el bote, no sobrevivieron. La tarjeta de memoria también sobrevivió y con ella el recuerdo de esos días. Una pequeña parte de la miseria del ser humano.

 

Por Filadelfo J. Morales M. | @filadelfojmm

No es la guerra de Siria, es Venezuela

A los ocho años llegué a sentarme sobre el mueble de la casa de una de mis tías y mantener la vista en un punto fijo durante minutos. Lo mío no era un estado meditativo digno de los lamas, aunque tampoco me habrían podido comparar con el protagonista de El diente roto. Más bien me encontraba en ese extraño limbo en el que las fantasías te secuestran para evitar que el aburrimiento taladre el medio de tu frente hasta derretirte el cerebro.

Era una época agradable: me podía aburrir.

La adultez me recibió en medio de la peor crisis de la historia de Venezuela. Y si no estaba preparado para asumir las riendas de mi vida, el país me empujaría a hacerlo del mismo modo que un maestro de natación brusco enseña a su pupilo: tirándolo al agua. O aprendía a nadar o me ahogaba.

Pocos desastres fueron tan anunciados y, al mismo tiempo, tan inesperados como el de Venezuela. Si las medidas económicas, políticas y sociales empleadas a principios de siglo presagiaban un desastre; es probable que ni el más pesimista de los venezolanos creyera que ese desastre incluiría la escasez de papel tualé. Ni los personajes de los Rugrats podrían haber imaginado la aventura que significaría vivir aquí.

En los últimos cuatro años, la realidad se impuso al discurso oficialista. Al mismo tiempo que el pesimismo aplastó aquello de que, por muy mal que se hicieran las cosas, “Venezuela jamás será como Cuba”. En algún momento, quienes creyeron en salvadores y se arrodillaron para besar la bota militar despertaron del hechizo al que los tenían embobados: el rugir de sus estómagos superó el lavado de cerebro al que habían sido sometidos. En algún momento, quienes insistían ante cada nuevo exabrupto que “ya no podemos estar peor” tuvieron que comprender que la realidad supera cualquier expectativa.

El diario ABC de España titula: “No es la guerra de Siria, es Venezuela”. Y muestra a una familia –y de fondo a muchas otras– que migran de forma forzosa. Envueltos en sabanas, los protagonistas de la imagen parecen árabes que se enfrentan al desierto mientras decenas de bombas estallan tras de sí. En un país con una situación de conflicto tan compleja como la que vive Siria, es lógico que millones de habitantes se conviertan en refugiados que buscan –pocas veces de forma tan literal– su lugar en el mundo.

Pero, ¿qué hace que una nación, como Venezuela, que históricamente fue receptora de migrantes, sea comparada con el país asiático?

El pie de foto reza: “Miles de familia huyen del régimen de Maduro y su receta ‘milagrosa’: hambre, represión, paros, tiroteos y la bancarrota”. A eso habría que sumarle corrupción, escasez, delincuencia, colapso del transporte, precariedad en los servicios básicos. Y, por si fuera poco, hace unos días se registró un temblor que dejó a más de uno peor que cuando el dictador que tiene secuestrado al país se prepara para dar un discurso.

Es decir, en Venezuela uno se puede morir de casi cualquier cosa: menos de aburrimiento.

¿Deberíamos sentirnos afortunados?

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

El victimismo del régimen

Marca de la casa, muletilla familiar, sello institucional: la epopeya es una de las composiciones literarias que más le gusta al régimen. Fue gracias al poder de la oratoria que el único inmortal que se murió logró convertir sus arrebatos irresponsables en gestas heroicas, tal como dice Thays Peñalver. Y es que las causas del incidente del sábado 4 de agosto (un supuesto atentado durante el acto presidencial), tal como las del apagón en pleno Congreso del PSUV en el Hotel Alba, o las de la escasez de comida, el oficialismo las enmarca dentro de la misma narrativa bélica: saboteadores contratados por el Imperio-Uribe-Ultraderecha pretenden arruinar “la revolución”.

Uno de los principales objetivos del régimen, una vez se asentó en el poder hace 20 años, fue construir una hegemonía comunicacional que pudiera contar, a través de medios oficiales, la verdad que ellos querían difundir. Es así como el control de la comunicación fue total hasta el punto que los ancianos aprendieron a utilizar Twitter y luego Instagram para, a veces, (mal) enterarse de lo que sucede en Venezuela.

Pero la realidad superó a la epopeya bolivariana y el cuento de la guerra económica no se cree con el estómago vacío. El discurso oficialista –ese victimismo que convierte al régimen en el David que vence a Goliat, pero le gusta pasar roncha– no calza con el hecho de que un Mayor General es ministro de Energía Eléctrica y aun así, según el Gobierno, ocurren “sabotajes” a cada rato.

La pirámide de naipes construida con cartas se derrumbó por el peso de la realidad; sin embargo, la manera de informarse cambió de manera radical en Venezuela. De encender la televisión para consumir las noticias, se pasó al mensaje que envían desde el grupo de WhatsApp. Ante la falta de oportunidad para consumir información verídica por parte de los medios tradicionales, estas cadenas –que constituyen una forma de tergiversación por sí mismas– generan zozobra hasta en el pana que se fue a Francia hace cinco años, pero tiene la jerga criolla actualizada.

El antagonismo invade las charlas acerca de política. Y es que mientras unos miran al régimen  como una cúpula tan indestructible como el martillo de Thor, capaz de simular una explosión y ensayar que militares rompan filas y corran despavoridos, otros piensan en el intervencionismo extranjero. El chavismo hizo escasear la credibilidad, pero abunda el rumor que motiva (si es que todavía se puede) las compras nerviosas.

La falta de confianza y credibilidad ante cualquier suceso que aqueja a la sociedad impulsan más teorías que el final de Game Of Thrones. La (des)información en tiempos de revolución, y redes sociales, es tan invasiva como personas hay en el Metro en hora pico. La misión, para quienes escribimos, y para quienes leen, es tener un OJO crítico como el de un cirujano y la virtud de la pausa: masticar es mejor que atragantarse.

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

“Yo era el niño raro que se sentaba a leer libros en las fiestas”

De dizque gustos opuestos (literatura y fútbol) pero armoniosos para él, el nuevo editor de Revista OJO, Lizandro Samuel, no puede hablar de sus principios sin que Xavi Hernández le de un pase a Mario Vargas Llosa: “La primera imagen que me vino a la mente [cuando apareció la oportunidad de trabajar en OJO] es la que narra Marti Perarnau en su libro HerrPep. Cuando Guardiola está de vacaciones en Nueva York y cierra el contrato con el Bayern de Múnich,él [Joseph Guardiola] está almorzando y empieza inmediatamente a ver el salero e imaginar si Philip Lahm puede jugar en esta posición. Esa fue inmediatamente mi reacción cuando surgió la oportunidad: imaginarme todas las cosas qué eran posibles de hacer: empecé a desbordar motivación”.

Para Lizandro, OJO siempre fue un medio de comunicación que no sólo llena un espacio vacío en Venezuela, sino que también es capaz de ser una ventana para las firmas emergentes del país. Cuando le tocó personificar a la revista, se la imaginó así: “OJO sería uno de mis mejores amigos o, por lo menos, sería de las personas más cool que conozco. Me imagino a OJO como alguien joven que usa franela de colores: el chico más inteligente de la clase que es amigo de todo el mundo”.

Su nuevo puesto lo asume con la misma ilusión de quien encuentra su primer trabajo, aunque ya ha pasado por diversos medios, casi siempre, como colaborador: Diario Líder en Deportes, Foro Vinotinto, TheLines, Nalgas y Libros, Clímax,La Vida de Nos, entre otros.

Y es que el nuevo editor vive de encender el reflector en donde otros pasan de largo: “Hay que construir historias que ponganel foco sobre las personas, sobre el día a día. Hay que hacer entender que nosotros no somos estadísticas ni números, sino que cada uno es un nombre, un ser humano y una historia distinta y ahí es en donde hay que estar bastante OJO”.

Desde pequeño se obsesionó con la literatura: “Yo era el niño raro que se sentaba a leer en las fiestas”. Y en la adolescencia se enamoró del balompié: “Así como muchos hablan de su universidad y de los colegios a los que fueron, mi formación humana, moral y ética me la dio el fútbol”. Si de algo estaba seguro, era de que no quería que sus pasiones se quedaran como hobbies: “Me abrí paso escribiendo y me puse a pensar que tenía que encontrar la manera de hacer de mi pasión algo rentable, sino quería morir de hambre”.

Al niño raro que se sentaba a leer en las fiestas familiares y que en la adolescencia disfrutaría de patear balones, ahora le toca sentarse en la silla de editor de una revista que narra los relatos que los poderosos quieren ocultar.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

Motín en El Helicoide

 Aquel tarantín de democracia y pacificación que montó el régimen con la excarcelación de Daniel Ceballos, Ángel Vivas, Joshua Holt, entre otros, hace poco más de un mes, no significó mejoras en las condiciones de aprehensión de los presos políticos del país, sino que pretendió disuadir la opinión pública con un supuesto gesto de buena voluntad, por lo que ayer, cansados de tantas mentiras, los privados de libertad (tanto políticos como comunes) se amotinaron en El Helicoide de la Roca Tarpeya para exigir la presencia inmediata de la Comisión de la Verdad en las instalaciones: “La situación acá es de total control de los presos de las instalaciones. Tenemos una sola petición clara e irrevocable: queremos que se traslade y se presente la Comisión de la Verdad en El Helicoide y analicen caso por caso. A quienes tengan boleta de excarcelación, que sean liberados inmediatamente. A quienes tengan que ser trasladados a sus hospitales, que sean trasladados. A quienes tengan que ir al Saime, que vayan y sean deportados a su país. La Comisión de la Verdad es la única garantía que tenemos los presos hoy para que nos resuelvan nuestros problemas”, fue la petición de los amotinados a través de un video que circula en Twitter. En una de las mazmorra de Nicolás, Renzo Prieto, quien permaneció preso cuatros años, denuncia que son 18 prisioneros políticos los que allí se mantienen, cuatro con boletas de excarcelación y uno con medida de casa por cárcel. En total, 170 presos aproximadamente. Prieto, además, comentó en rueda de prensa: “Las condiciones de allá adentro son inhumanas, las paredes son selladas de concreto, no hay luz, no hay agua y las condiciones de insalubridad son grandes. Luego del primer motín en el que se estuve presente, los que quedaron ahí fueron aislados, no tienen comunicación alguna con el exterior y por eso tomaron la decisión de tomar nuevamente las instalaciones”. En El Helicoide, la aberración continúa.