#DomingosDeFicción: Los perros no dejaron nada

Recargó la escopeta con dos cartuchos y se la colgó al hombro. Su madre estaba en la puerta vestida con la bata rosa curtida, como todas las mañanas, para despedirlo. Trató de evitarla saliendo aprisa, pero el abrazo lo atrapó antes de que pudiera cruzar la puerta. Los brazos huesudos lo rodearon a la altura del abdomen y, con la misma rapidez, una de las manos bajó a rozar su entrepierna. Con tres pasos largos se libró de ella.

—Ten cuidado, mi niño –le gritó al verlo alejarse.

Él no volteó. Apretó la correa de la escopeta y siguió su camino. El ritual del abrazo, y de los dedos raquíticos que terminaban en el mismo sitio, había sido igual durante los últimos cinco años. Imprimió velocidad a sus pasos para alejarse, no sin antes dar un último vistazo a la ventana de su habitación: los tablones sobresalían entre las cortinas, pero no eran muy llamativos. Ladridos lejanos lo devolvieron a su realidad. La jauría estaba cerca y no tenía suficientes balas para afrontarla.

Cambió el camino. Tomó la ruta de la colina que, aunque más larga, era poco frecuentada por los perros. El pasto allí era alto y le llegaba al pecho. Atrapar un conejo o al menos una rata gorda sería difícil; sin embargo, en medio del matorral, se sentía a salvo. Los ladridos ya no se escuchaban.

Subió hasta la cima.

Sin mucho que hacer, tomó un descanso. Tiró a un lado la escopeta y se echó a la sombra de un samán.

El mediodía lo despertó con un calor húmedo y picoso. Abrió los ojos con esfuerzo para perderse en el cielo y las formas que le regalaban las nubes. El hastío lo llevó a dibujar surcos en el suelo con sus botas. Un trozo de papel sobresalió de entre la tierra. Escarbó un poco con el tacón; cualquier pasatiempo era bueno con tal de retrasar el regreso. El papel resultó ser más grande de lo esperado, como también su curiosidad, por lo que usó la culata de la escopeta para desenterrarlo por completo. Se trataba de una hoja de periódico amarillenta de cuando la prensa aún circulaba.

El barro y la humedad habían hecho chorrear la tinta y los artículos eran indescifrables, salvo por el anuncio publicitario en el centro: «Pastilla VitaCan hace de su perro un amigo verdaderamente inteligente». Convirtió el periódico en una bola de papel y la arrojó tan lejos como pudo.

El sol comenzó a bajar y algo se movió entre el matorral. Se aferró con fuerza al arma. Los dedos le temblaban y hacían vibrar la escopeta. Una pequeña liebre dio algunos saltos fuera de la maleza. Respiró con alivio y se concentró en apuntar al animal. Las orejas quedaron colgando, medio desprendidas del cuerpo, con un solo disparo. Le bastó un leve tirón para separarlas por completo. Con el cuchillo en su cintura hizo lo mismo con las patas traseras y metió los trozos dentro del morral.

Unos metros antes de llegar a la casa tomó una piedra y con ella le dio un nuevo golpe al percutor del arma para asegurarse de que quedara bien torcido. Aprovechó para limpiarse las manos con la tierra del camino. Restregó con fuerza el polvo amarillento contra su piel dejando salpicaduras oxidadas a su paso.

Llegó al pórtico y arrojó junto a la puerta los últimos restos del conejo. Al entrar a la cabaña los tentáculos corrieron a abrazarlo, pero esta vez fue precavido: mantuvo su pulgar entre el cinturón y dejó el resto de los dedos delante del cierre a modo de escudo. La mano huesuda chocó de frente contra la barricada.

—El día estuvo duro, ma…los perros no dejaron nada –dijo e hizo a un lado a la madre que no tuvo más remedio que hacer nudos con la cinta de su bata.

—Ya lo sé, cada día están más cerca. Se ve que están hambrientos –respondió ella tomando la escopeta para colgarla junto a la puerta–. Hoy resolveremos con los frijoles que encontraste, ¡por fin germinaron en la azotea! Con eso podremos distraer la barriga.

Comieron en silencio. La mesa de madera estaba iluminada por una diminuta lámpara de keroseno que apenas les dejaba reconocer sus rostros cadavéricos. Él metió cada cucharada desabrida en su boca y tragó sin masticar. Quería acabar lo antes posible para encerrarse en su cuarto. La madre tomó la olla sobre la estufa y le sirvió una nueva ración.

—Aún queda este poquito –dijo ella.

Le llenó el plato y los dedos raquíticos se fueron al pecho del muchacho a modo de caricia.

—¡Ya estoy harto de tu maldita tocadera! –gritó y lanzó el plato contra la oscuridad.

Encerrado en su habitación no podía dejar de escuchar los sollozos de su madre, quien seguía en el comedor. Cruzó los brazos sobre su abdomen inflamado. Fantaseaba en cómo hubiese sido haber encontrado semillas de cannabis en lugar de granos de frijol. Ahora estaría flotando. Recordaba el vuelo de colores que hiciera durante su fiesta de quince años, antes de que la fórmula del VitaCan hiciera a los perros entender que era más fácil comerse a la mano que esperar a que la mano les diera de comer. Los lamentos afuera se hacían intensos. Miró a la puerta y se aseguró de que la cuña estuviera bien puesta para soportar cualquier intento de entrar. El sollozo que intencionalmente se colaba por las rendijas le causaba escalofríos. Necesitaba distraerse así que acudió al único placer que le quedaba.

Rasguños en la puerta distrajeron el vaivén con que estiraba y encogía su prepucio.

—¡Están aquí! ¡Están aquí! –gritaba la madre.

Él seguía recostado en su faena. El orgasmo estaba muy cerca como para interrumpirlo. La explosión de éxtasis fue liberadora, aunque su gemido de placer quedó ahogado por los gruñidos que retumbaban en las paredes de la casa y por los gritos de horror que se consumían entre los ladridos.

 

Por Roberto Lara Guedez@laraguedez

En busca de la mamá de Chávez

Doña Elena está sentada en el asiento de atrás de la camioneta que siempre la lleva a donde vaya. Al principio, cuando su hijo tenía poco tiempo en la presidencia y su esposo se estrenaba como gobernador del estado llanero de Barinas, discutía con los choferes y guardaespaldas porque prefería ir de copiloto. Pasado el tiempo, con asesoría de protocolo, aprendió a comportarse como una reina, como la dama de la ‘familia real de Barinas‘, como han bautizado allí a los Chávez. Como toda una doña Elena Frías de Chávez.

Con ese temple, mira por la ventanilla de vidrios polarizados y se percata de que la camioneta frena al acercarse a un peaje. Se dirige a un evento fuera de Barinas como presidenta de la Fundación del Niño regional. El conductor baja su ventanilla. “Son 200 bolívares”. Desde adentro le explican al empleado que se trata de un auto oficial, que transportan a la primera dama de Barinas, a la madre del presidente Hugo Chávez. El empleado responde: “Perfecto, pero son 200 bolívares el peaje”. Otro acompañante le repite, alzando la voz pero con tacto, que están eximidos del pago porque es un auto oficial.

Doña Elena, al ver que el empleado se niega, decide bajarse. Esta vez la voz que se alza es fuerte y categórica. “¿Acaso usted no sabe quién soy yo? Yo soy la madre de Hugo Rafael Chávez Frías y la esposa del gobernador de Barinas, el Maestro Hugo de los Reyes Chávez”. Da la espalda y regresa a su asiento. La barrera sube para dejar el paso libre a la dama y a sus protectores.

La señora que protagonizó este episodio es la misma que he visto en muchas fotos inaugurando obras y acompañando a su hijo, el presidente, en actos oficiales. Quien me relató la escena del peaje estuvo muy cerca de ella ese día, y, por supuesto, prefiere que omita su nombre. Yo también necesito esa cercanía para retratar a doña Elena. Debo confirmar si todas las anécdotas sobre su vehemencia son ciertas. Si es, como dicen, franca, expresiva, simpática, estricta, impulsiva. Quiero acompañarla a alguna actividad de la Fundación del Niño, a tomar café en su residencia, estar con ella un domingo, verla consentir a alguno de sus veinte y tantos nietos o bisnietos, escucharle historias de cuando vivían en Sabaneta, pueblo pequeño a 40 minutos de Barinas, o de cuando se mudaron a la sureña calle Carabobo de esa ciudad y Hugo Rafael era un adolescente que jugaba beisbol todos los días.

Aspiro sentarme con esta señora de 73 años y ver sus expresiones al rememorar sus tiempos de maestra, que me cuente lo difícil que debe haber sido entregarle sus dos hijos mayores, Adán y Hugo Rafael, a su suegra Rosa Inés para que los criara por no tener cómo mantener a seis hijos en la misma casa. Deseo saber cómo manejó esos dos años en los que ella y su hijo el presidente dejaron de hablarse y cómo es hoy su relación, cuántas veces por semana se llaman, qué le regala él en su cumpleaños y en el Día de la Madre, por qué ha sido tan dura y arisca con las esposas y mujeres de su hijo Hugo Rafael.

Me inquieta su reacción cuando le comente que los barinenses se sienten decepcionados porque ya no baja la ventanilla para saludarlos, o cuando le diga que les sienta mal verla tan ostentosa, con joyas y lentes de diseñadores famosos, pues extrañan a la señora humilde que se parecía más a ellos. Que me diga si no le parece exagerado andar siempre escoltada. Mi intención es contrastar las críticas, darle oportunidad para responderles a los que la acusan a ella y a su familia de enriquecimiento ilícito, de gozar de privilegios excesivos, de ser nuevos ricos en un sistema que su hijo proclama como socialista.

No quiero quedarme sin escuchar cuál es su visión del poder, sin saber cómo asume el hecho de ser una de las madres más queridas y más odiadas de América Latina, y del mundo. Así que tomo un avión hacia Barinas.

En el pasillo de la Oficina Regional de Información de Barinas hay un televisor con el volumen demasiado alto. La secretaria de la dirección de prensa se asoma para decirme que la jefa de información no está. Sí, le avisará que ya llegué y que por favor espere afuera. Estoy en el tercer piso de un edificio que enfrenta la sede de la Gobernación. El pasillo es estrecho y me siento en una de las tres sillas que dan al televisor. Me ofrecen café para calmar el frío que despide el aire acondicionado.

En Barinas, capital del estado del mismo nombre, los espacios cerrados congelan la piel. La energía barata en Venezuela permite el privilegio de contrastar los sofocantes 35 grados centígrados que deshidratan afuera con un clima de invierno como el de este pasillo. “La doctora llamó –la jefa de prensa, además de comunicadora social, es abogada–. Dice que vaya ahora mismo a la emisora donde está transmitiendo el ingeniero Argenis [Chávez]”.

Los 35 grados de sol encandilan mi salida. Noto un despliegue bárbaro de guardias y policías frente a la Gobernación. ¿Será que vendrá la primera dama o su esposo justo cuando me estoy yendo? Cierran el paso por esta calle y pasan velozmente dos camionetas negras rodeadas de una custodia intimidante. Una pancarta gigantesca con un retrato de don Hugo de los Reyes Chávez da la bienvenida al edificio donde se toman las decisiones de lo que sucede en esta región llanera.

En la vía hacia la emisora hay pancartas como esa, pero con el gobernador junto a su hijo el presidente, o con el presidente y su hermano Argenis, a quien apodan el “Colin Powell de Barinas”, por ser Secretario de Estado de Barinas, un cargo creado por su padre exclusivamente para él en 2004. “Mucha gente está cansada de tanta pantalla –comenta el taxista–. A los Chávez no los quieren como antes y a doña Elena ya ni se le ve. Ahora anda en camionetotas, con muchas joyas y cirugías plásticas, con caravanas y guardaespaldas. ¿Y al pueblo quién lo protege de la delincuencia? Yo sigo queriendo al presidente, pero no a la familia. La riqueza que tienen ha sido un secreto a voces. Lo que pasa es que el dinero vuelve avara a la gente”.

Es cierto que muchos taxistas hablan de más, pero no es casual que todos los taxistas de Barinas que me llevaron a algún sitio repitan comentarios casi idénticos. Ni que las quejas las repita el panadero, el vendedor de dulces de la plaza de Sabaneta, la estudiante de Ingeniería Industrial, el dueño de una finca o el constructor. “La gente está muy decepcionada. La familia Chávez ocupa cargos importantes y parece no importarles nuestros problemas. Y eso que esta es la cuna de la revolución”, dicen.

La emisora en la que conduce el programa Argenis Chávez los jueves al mediodía se llama Emoción. Funciona en un apartamento vacío, en el cuarto piso de un edificio situado en la muy transitada avenida 23 de Enero. La jefa de prensa aparece después de varios minutos, atareada, con dos celulares en mano. Es rubia, esbelta y siempre sonríe, incluso cuando dice que no se puede hacer esto o aquello. Resulta que también coordina las actividades del Partido Socialista Unido de Venezuela en Barinas, la tolda que promueve el presidente para unificar al chavismo. Por eso siempre está tan ocupada. “Ya le avisé a Argenis. Saldrá cuando termine la transmisión”.

Falta más de una hora para que culmine el programa. Varias personas llaman para decir al aire que les reparen una calle o para pedir cupo en un centro de salud. Argenis Chávez les responde que atenderán sus demandas. Él representa a la Gobernación en la mayor parte de las funciones públicas, pues su padre no está bien de salud y casi no acude al despacho. Se dice que él era el favorito de doña Elena para suceder al gobernador, pero el presidente decidió enviar al hermano mayor que lo inició en la militancia de izquierda, Adán Chávez, hasta hace poco ministro de Educación, como candidato a la Gobernación para las elecciones regionales de noviembre.

Terminó la transmisión y quedaron llamadas pendientes. “Voy de salida. No la voy a poder atender ahora. Hable con mi asistente para pedir una cita conmigo o con mi madre”.

Cuando entro a las extensas instalaciones de la Fundación del Niño de Barinas, pienso en una foto de doña Elena tomada hace un par de años en Barinas. Aparece sosteniendo a su perro, Caqui, y luce sonriente, maquillada, encopetada, con lentes de Dolce & Gabbana, zarcillos y collar de perlas, brazalete y reloj de brillantes. No aparenta tener más de 70 años. “Lo siento, doña Elena no está. No ha venido en toda la semana. Y dudo que venga hoy o mañana”. Es jueves en la tarde y el ambiente es tranquilo en la institución que dirige la madre del presidente. El sol hierve sobre el asfalto del estacionamiento que da a la edificación de una sola planta. Una persona cercana a la familia me dijo que este terreno era de la doña y que ella se lo vendió a la Gobernación para que construyeran allí las oficinas de la fundación.

Me mandan a contactar a su jefa de prensa, Teresita, para que pida una cita. No, pero si con Teresita he hablado hasta el cansancio, le he enviado cantidad de faxes y correos electrónicos. Recuerdo clarísimo la última vez que conversamos por teléfono. Yo todavía estaba en Caracas. “Doña Elena no puede darle la audiencia. Ella dice que sólo la recibirá si el ‘Maestro‘ (su esposo, el gobernador) la autoriza. Debe enviar otra solicitud a la Gobernación”. Basta de solicitudes, pensé ese día. Es mejor irse hasta Barinas, la región suroccidental de los llanos venezolanos donde habitan poco más de 700.000 personas y donde nació la familia artífice de esta revolución. La apuesta es llegar a ella por medio de alguno de sus hijos.

Sé bien que en Venezuela el acceso a las fuentes oficiales para medios nacionales no afines al gobierno está prácticamente prohibido desde hace mucho tiempo. Si se trabaja en un medio internacional, quizás se consigan puertas entreabiertas. Al menos con esa apertura se manejaban las “audiencias” en Barinas hasta hace poco. Pienso en otra imagen de doña Elena publicada en Hugo Chávez sin uniforme, una biografía de Hugo Chávez escrita por los periodistas Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka. Es una foto de 1992, la primera vez que ella visitó a su hijo en la cárcel luego de la intentona de golpe que lideró Chávez en febrero de ese año. Está vestida con bata de flores, sin maquillaje ni zarcillos ni pulseras, con el cabello recogido. Ese retrato también me recuerda una conversación que tuve con un vecino de la familia que estudió bachillerato con Argenis Chávez y que hoy es un ex diputado opositor.

Antonio Bastidas, presidente en Barinas del partido Un Nuevo Tiempo, conoció a los Chávez desde que se mudaron a mediados de los años 60 a la urbanización Rodríguez Domínguez de Barinas. “Jugábamos en la plazoleta trompo, metras, pelotita de goma y chapitas. Apostábamos refrescos. Pero a Hugo lo que le apasionaba era jugar béisbol”. Bastidas se la pasaba en casa de los Chávez jugando cartas. La recuerda como una vivienda modesta, de aquellas que adjudicó el Banco Obrero cuando don Hugo de los Reyes Chávez y su esposa trabajaban como docentes. “Ella nos traía café al patio. Es una mujer de carácter fuerte; daba la impresión de querer controlar a sus hijos. Por eso prefería que los amigos fuéramos a su casa de visita y no al revés”.

Esa casa todavía existe, cerrada e inhabitada. Está situada frente a una plaza y una cancha deportiva que reacondicionó la Gobernación, en la avenida Carabobo. La pintura sepia de la fachada y el esmalte beige de las rejas todavía no sufren el impacto del abandono. Las personas no voltean ya para ver si alguien se asoma. En una esquina de la plazoleta se estaciona todos los días un vendedor de sandías y una jovencita que vende minutos telefónicos. “Los Chávez tienen mucho tiempo sin venir por aquí”, comentan.

Diagonal a la casa vive Mercedes Navarro. Ella es famosa porque prepara el dulce de lechoza (papaya) que nombra el mandatario venezolano cada vez que encuentra la ocasión. Esa receta compite con la de la abuela Rosa Inés, madre del maestro Hugo de los Reyes, y con quien se criaron el presidente y su hermano Adán, una referencia afectiva constante de Hugo Chávez cuando recuerda su infancia en Barinas. La anécdota de que él, cuando era niño, salía a vender esos dulces para ayudar a su humilde familia es un cuento repetido.

Desde que la abuela falleció hace 25 años, el postre de Mercedes Navarro pasó a deleitar a los Chávez. “Siempre fueron buenos vecinos”, recuerda la señora que viste un camisón similar al de doña Elena en la foto de 1992. “Ella daba clases en un instituto por aquí cerca. Era una familia unida, muy estudiosa. Venían a tomar café y a comer mis dulces. Se mudaron cuando ganaron la gobernación en 1999. El presidente, cada vez que puede, manda a pedir mi dulce de lechoza”.

Es cierto, confirma Mercedes, el duro carácter de su antigua vecina. “Imagínese –dice– criar a seis muchachos no es sencillo. Yo también tuve seis hijos, tres hembras y tres varones. A veces hay que imponerse”. Ella ha admitido que era muy estricta y que acostumbraba pegarle a sus hijos cuando era necesario. Tenía 18 años y 10 meses de casada cuando tuvo al primer varón, Adán. Después llegaron seis más: Hugo, Narciso, Argenis, Aníbal, Enzo, que falleció a los seis meses, y Adelis, el menor, el único que hoy trabaja en el sector privado y no en un puesto político, en un alto cargo en el banco comercial andino Sofitasa.

Ese rigor también predominaba cuando alguno de los hijos mostraba interés por una mujer. Su testimonio en el libro de Marcano y Barrera deja eso en claro: “En la casa nunca hubo mucha novia. Yo no les aceptaba a mis hijos novia. Si las tenían, las tenían fuera”. Igual norma aplica doña Elena en su hijo, el presidente, con el argumento de que ninguna de sus mujeres lo ha merecido. Ni siquiera las compañeras más estables que se le han conocido: Nancy Colmenares, su primera esposa, con quien tuvo tres hijos; Herma Marksman, su amante durante nueve años; y Marisabel Rodríguez, su segunda esposa, madre de su hija menor Rosinés. “Dios lo bendice, pero él ha tenido muy mala suerte con las mujeres. No ha habido mujer ideal para él”, subraya doña Elena en esa biografía.

Otro compañero del presidente en el liceo O‘Leary de Barinas, el ex diputado opositor Rafael Simón Jiménez, recuerda cuando los hermanos mayores, Adán y Hugo, llegaron a Barinas a estudiar bachillerato. “Los cuartos de su casa no tenían puertas sino cortinas, como en muchas casas de pueblo. Doña Elena nos atendía bien, con simpatía. Ella siempre decía que Hugo sacó su carácter arrecho, férreo”.

Sabaneta es un pueblo de pocas calles y de menos de 18.000 habitantes. Si no fuera porque la plaza Bolívar es su centro de reunión, sería difícil ver vida en este lugar. Fue aquí donde nació con ayuda de una comadrona Hugo Rafael Chávez Frías, el 28 de julio de 1954. Es aquí donde todavía se mantienen de pie las casas donde vivieron los Chávez: la de la abuela Rosa Inés y la de Elena Frías y Hugo de los Reyes Chávez.

El quinto hijo del matrimonio, Aníbal, es el alcalde de Sabaneta. La mayoría de los habitantes de este pueblo se sienten desilusionados porque pensaron que por ser la cuna de los Chávez, iban a ser los más beneficiados cuando llegaron al poder. Hasta estas calles vine para conocer dónde vivió la Elena que se mudó de su pueblo natal San Hipólito, a tres kilómetros de Sabaneta, cuando se casó con Hugo de los Reyes. En ese entonces él tenía 20 años, ella 17 y ya sabía bien cómo tostar café, cortar racimos de plátano, agarrar maíz y frijoles en los conucos barinenses. Elena soñaba con ser maestra pero no pudo estudiar para docente porque debía atender a los niños. Su esposo, en cambio, sí dio clases por 20 años en la única escuela del pueblo, la Julián Pino. De allí el que sea conocido como ‘Maestro‘. Apenas Elena tuvo la oportunidad, comenzó a trabajar como docente en educación de adultos.

Han pasado más de 50 años y no hay ni un símbolo, bandera, escudo, afiche, placa o pancarta que indique que en esta casa vivieron los Chávez su primera década de matrimonio. A lado y lado funcionan un taller de radiadores y una tienda de lubricantes. Al frente, hay un terreno baldío con una camioneta vieja desvalijada. “No, mija, esa gente no se asoma por acá –responde el mecánico desde uno de los talleres–. Se le está cayendo el techo. No le han hecho cariño a esa casa ni a Sabaneta. Se les olvidó que nacieron acá”.

La vivienda tiene un gran árbol de mamón en la entrada. La puerta del estacionamiento está oxidada, igual que las rejas del frente, y la pintura blancuzca de la fachada se ve carcomida por la desidia. Me dijeron que ahora allí habitaban unos cubanos. Mientras pego dos gritos con la esperanza de que rebote un quién es, aparece en la calle un joven moreno en bicicleta. Se detiene junto a mí. “¿Buscaba a alguien?”, pregunta con acento de Fidel. Pues sí, la verdad es que sí. A alguien que me cuente sobre la madre de los Chávez.

“Es cierto, aquí vivimos varios cubanos. Somos cinco. No, no pagamos alquiler. ¿En qué trabajo? En el centro de salud, en rehabilitación. ¿Qué si he visto a doña Elena? Discúlpeme, pero debo irme ya”. El moreno desaparece después de que una chica le abre la puerta. Es viernes y el calor de las 11 de la mañana es recio. A esta hora, y no sé si a otras horas, casi nadie pasa por la calle 11 de Sabaneta. A dos cuadras está la casa de la abuela Rosa Inés. Fue transformada hace años en sede del partido chavista, Psuv. Allí hay un mural rojo sangre que invade las paredes con el rostro de Chávez pintado a mano. En esa esquina nadie quiere comentar nada acerca de la familia.

Dejo atrás la valla que da la bienvenida a Sabaneta con la frase en fondo rojo vivo escrita en mayúsculas “La Cuna de la Revolución”. A ambos lados de la estrecha carretera varias fincas se pierden de vista en el verdor llanero. Entre las tantas denuncias que existen contra los Chávez, están las acusaciones de haber adquirido fincas enormes por medio de testaferros, como la que acabamos de pasar, La Malagueña. Muchos barinenses asumen, nadie ha podido probarlo, que esa famosa hacienda de 800 hectáreas pertenece realmente a Argenis Chávez. Pero doña Elena no vive allí. Su residencia oficial es la casona de gobernadores, mansión con aspecto de finca situada en una zona privilegiada y tranquila de la ciudad de Barinas. Hay varios autos estacionados en el andén que da al portón principal. Si no ha ido a trabajar a la Fundación del Niño en toda la semana, pues quizás se encuentre aquí, en su casa.

En este momento cierro los ojos y visualizo dos fotografías más de doña Elena. Una que publicó un diario londinense el año pasado, donde posa junto a un altar religioso que dispuso en su habitación, a pocos metros pasando este portón, según ella para rezar cuando teme por la vida de su hijo. En él, alternan una imagen de la virgen María, un holograma de Jesucristo y una imagen de José Gregorio Hernández, el médico milagroso que algunos venezolanos esperan sea beatificado. El otro retrato que me asalta, y aquí hago el ejercicio infantil de imaginar que tengo visión de rayos equis y puedo ver hasta el salón principal, es uno que apareció en una revista francesa hace dos años. Está doña Elena en primer plano, exquisita y maquillada, parada junto a una fotografía enmarcada que ocupa la mitad de la pared. Es un cuadro familiar donde aparece con su esposo y sus seis hijos de saco y corbata.

Me acerco y pregunto por Cléver Chávez, el nieto que, dicen, es el predilecto de doña Elena. “Deje su cédula acá, anote sus datos”, me frena el vigilante. Quizás pueda persuadir a Cléver de que convenza a su abuela para conversar conmigo. “Buenas tardes, encantado”. Me invita a sentarnos en un sillón en el porche de la casona. Cléver es hijo de Narciso Chávez, mejor conocido como ‘Nacho’, coordinador regional del Convenio Cuba Venezuela y fuerte activista político. Me recibe de camisa bien planchada y jeans impecables. El perfume vigoroso debe ser de marca, al igual que los mocasines. Me cuesta mirarlo a los ojos pues me distraigo con un retrato de Hugo Chávez en traje militar, en la pared que da al jardín.

Miro el retrato y el rostro de Cléver, y veo una similitud que impresiona. Ojos, frente, nariz, pómulos, idénticos. Hasta la misma verruga, como una marca familiar. Su léxico es nutrido, su hablar pausado y, a sus treinta y pico de años, se encarga de los operativos sociales de la Gobernación.

Este encuentro será breve. No lo veo muy convencido con mi argumento para entrevistar a su abuela. Me explica que su tío, el presidente, llamó para prohibirle dar más entrevistas. El problema, justifica, es que la prensa los ha maltratado mucho, y últimamente los medios extranjeros no han hablado maravillas de los Chávez. “Antes los dejábamos pasar. Por aquí vinieron periodistas ingleses, franceses, de otras latitudes. Tomaron fotos, hablaron con mi abuela. Y después publicaron cosas que no son verdad”. Es una orden presidencial, reitera ante mi insistencia. Se levanta, me pide disculpas, me da la mano y sonríe. “Siento mucho no poder ayudarla más. No está en mis manos. Gracias por venir. Y no olvide recoger su cédula al salir”.

 

Por Liza López  | @lizalopezv 

*Esta crónica fue publicada por primera vez  en SoHo (2008).

Escasez de música, festivales y espectáculos

Por años Venezuela fue el apeadero favorito de las bandas y músicos más reconocidos a nivel internacional. Asimismo, los artistas nacionales que estaban más pegados también tenían la oportunidad de tocar en vivo y hacerse sentir en la tierra en la que nacieron. Hoy, sin festivales ni eventos gracias a eso que llamamos crisis, los exponentes internacionales no se presentan aquí.

Entre la década de los 70 y los 90 fueron muchos los artistas y agrupaciones que pisaron escenarios venezolanos. Queen –liderado por el excéntrico Freddie Mercury–, Tina Turner, The Jackson Five, entre otros. Incluso en la primera década de los 2000 era habitual que artistas como Olga Tañón, Shakira y Marc Anthony vinieran a llenar conciertos.

Pero, a partir del año 2012, la realidad cambió.

Cada vez fueron menos los artistas que nos visitaron, hasta llegar al punto en el que Venezuela se borró del mapa. Un país que pasó de ser mentado por su opulencia a ser la referencia occidental de la pobreza y la inseguridad dejó de ser un sitio atractivo y rentable.

La escasez no solo se reflejó en comida y medicinas: también en música y esparcimiento.

Unos que desaparecieron y otros que intentan sobrevivir

¿Quién no se vaciló un toque en la plaza Alfredo Sadel con lo panas? ¿Quién no se dejó llevar por la euforia en un toque de metal en la Plaza Diego Ibarra y pogueó hasta el cansancio? Para los caraqueños, era habitual formar parte de un circuito de espectáculos musicales que, si bien tenía repercusión en todo el país, llegaba a su cénit en los distintos espacios de la capital.

Son cosas que también se han visto fracturadas con esta situación: tradición, esparcimiento, cultura y música.

“Voy a toques desde los 14 años, más o menos, y siempre recuerdo que lo que más me atraía era el ambiente que se sentía. Era algo distinto. Eran sitios de comunión en el que hasta el más nuevo en la movida se integraba”, me dice Jesús Corona, seguidor de la movida del rock caraqueño que tuvo bastante fuerza entre los años 2010 y 2014.

En el portal web Paltoque.com se reseña una lista de 10 festivales nacionales que dijeron adiós a los escenarios. Cabe destacar que la mayoría de ellos estaban ligados al género del rock y otros subgéneros como el metal. Según la reseña, Experiencia Roja fue un evento que concentraba bandas por el estilo y se llevó a cabo en el Poliedro de Caracas y en la base aérea de la Carlota. Su última edición fue en 1998. Otros eventos fueron los Ciclos de Viernes Rebeldes, cuyo último toque se realizó en el año 2014; y el WTFest, que se despidió en el 2011.

A pesar de estos antecedentes tan desalentadores, aún la industria sigue dando patadas de ahogado para hacer cosas con los pocos recursos que tienen.

El Festival Nuevas Bandas todavía se mantiene en pie a pesar de la crisis. De la mano de la fundación que lleva el mismo nombre, y Félix Allueva, su director, se han encargado desde el año 91 de impulsar a las bandas jóvenes. Un cuantioso número de las que hoy están consolidadas salieron de este festival: Caramelos de Cianuro, Viniloversus, La vida Bohème, Okills, Candy 66, Charliepapa, y la lista continua.

“En el 2018, de hecho, el Festival Nuevas Bandas estuvo a punto de no hacerse y mágicamente al final se pudo lograr a través de ciertas alianzas con gente como Amnistía Internacional. Al final todos pusimos un granito de arena y la cosa salió. Hubo algunos años en los que realmente fue difícil realizarlo por falta de presupuesto. En el año 2007, en el 2011 y en el año 2016”, dice Alejandro Férnandez, jefe de prensa de la Fundación.

Asimismo, comenta que la mayoría del presupuesto que se utiliza para organizar el festival proviene de empresas privadas como Polar, Flips y Movistar. “No recibimos ningún tipo de subsidio por parte del Gobierno, sólo hemos recibido apoyo del gobierno Municipal de Chacao que siempre nos sede sus espacios para que montemos el festival”.

Otro que está afanado en no desaparecer es el Union Rock Show. Este festival fue creado en el año 2008 por Mariliz Bettiol y Daniele Nocera, y consiste básicamente en integrar, en varios ciclos de conciertos, a artista de la movida rock y la movida hip hop de todo el país.

En 2017, Daniele Nocera declaró a Caraota Digital lo siguiente:

“En estos momentos es complicado que las empresas desembolsen tanto dinero. Con todo y la falta de patrocinantes, quisimos hacer el Festival para agradecer lo que nos ha dado el rock venezolano. Ahora más que nunca, con todo y la crisis, queremos seguir ayudando. Estamos haciendo este gran esfuerzo para devolverle al público un poco de lo que nos ha dado”.

Antes el evento se realizaba cada año sin falta. Ahora, lo hacen cuando pueden.

Las tarimas también escasean

La consecuencia de esto es un poco obvia: gran parte de de los músicos que hacen vida el país se han quedado prácticamente sin tarimas.

“Es necesario tocar en diferentes escenarios, en diferentes circuitos que con el tiempo se han visto afectados por la situación del país, pues muchos locales han cerrado”, dice Rafael Antolinez Junior, músico venezolano integrante de la banda de rock Le cinéma (ganadora del Festival Nuevas Bandas 2017).

Opina también que a pesar de la crisis es increíble que todavía se estén haciendo buenos shows en los que el público asista masivamente. Para él, esto sucede porque la gente quiere ver algo y distraerse un poco. Dos ejemplos ocurrieron en el 2018, con la primera edición del Paix Fest y con Desorden Público tocando en la Concha Acústica de Bello Monte; banda icónica que, por cierto, cada vez tiene más conciertos fuera del país que dentro.

Precisamente, ese es uno de los grandes dramas de los que se quejan varios artistas nacionales consolidados: la necesidad de tocar en el extranjero para poder vivir de su arte. El país se volvió cada vez más hostil, impío y agresivo para toda forma de creación y esparcimiento. En la tierra en la que alguna vez había tantos festivales como papel tualé en los supermercados, ahora cuesta tanto encontrar espacios para la distracción como limpiarse después de ir al baño.

Pero no son pocos quienes resisten. Mientras haya una tarima con sonido, existirá la esperanza de volver a vivir algo parecido a una época que, aunque no lo parece, no es tan lejana.

 

 

Por Khevin Fagúndez  | @Khev_trece

La Caracas de Piedra de mar y mi Caracas: medio siglo de involución

“La niebla se fue abriendo y aparecieron las luces de la ciudad. Las calles eran ríos de luces y se veían muy bonitas”, describe Corcho, el narrador y protagonista, mientras desciende de noche junto con Kika en el teleférico que antecedió al actual Sistema Warairarepano. Termino de releer en 2019 Piedra de Mar, una novela corta publicada en 1968 cuyos protagonistas oyen Beethoven y Harry Belafonte, echado en el suelo de la cocina un domingo a las cinco de la mañana: es el lugar de mi casa en el que menos atormenta el trap a todo volumen que han estado colocando unos vecinos –probablemente de la misma edad que Corcho– toda la madrugada.

Vivo en la misma ciudad de las páginas del libro que acabo de terminar, Caracas. Es asombroso que haya electricidad para leer: ya mi país ha sufrido al menos cinco apagones nacionales, desde el siete de marzo, que han dejado virtualmente devastada a –por ejemplo– Maracaibo, la segunda metrópolis venezolana. No por obvio debo dejar de registrarlo: comparada con la que narró el recién fallecido Francisco Massiani, mi Caracas parece medio siglo después un peor lugar para vivir. Lo que no es atribuible exclusivamente al proceso político que comenzó con la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999: en varias partes del mundo, muchos hijos estamos teniendo en este siglo XXI la sensación de que nuestro nivel de bienestar es inferior al de nuestros padres.

La acción –que tiene mucha inacción– de este clásico de lecturas de bachillerato transcurre en un puñado impreciso de días en la capital de Venezuela, con un par de expediciones al vecino estado que el chavismo ahora llama La Guaira: el topónimo Vargas, al igual que El Ávila, ha sido proscrito del lenguaje oficialista. Nunca se indica con precisión la ubicación del apartamento en el que vive arrimado Corcho (aféresis de Carecorcho), el que pertenece a los padres de su amigo José. Sí se dice que frecuenta la Calle Real de Sabana Grande, que no será convertida en bulevar peatonal hasta la llegada del Metro a principios de los años 80. También los alrededores de la actual estación del subterráneo en Bellas Artes y una discoteca llamada El Hipopótamo, que al parecer quedaba en Los Palos Grandes.

La novela está ambientada casi con toda seguridad durante el gobierno del adeco Raúl Leoni (1964-1969), el segundo del período de democracia representativa, aunque a un lector de la Venezuela de 2019 como yo le sorprende la casi absoluta ausencia de referencias políticas: apenas en la 164 de las 168 páginas de mi edición, Corcho sugiere que Carolina –objeto de su infatuación– fue enviada a estudiar a España por sus padres debido al temor a “líos en la universidad” (el allanamiento de la UCV ocurrirá en 1969: estábamos en la resaca criolla del Mayo Francés). También encontramos alguna salpicadura sutil acerca de los frecuentes atentados urbanos de la guerrilla en aquellos años y a cierta atmósfera de represión policial.

Pero, en general, el debate político del momento lleva una capa de invisibilidad en los diálogos de los personajes de Massiani, aunque sería mentira afirmar que sus jóvenes carecen de desesperanza y no se plantean el exilio: “Debe ser muy bueno estudiar afuera (…). Me gustaría irme. Me gustaría irme lejos y no volver más”, anticipa el “Me iría demasiado” la futura psicóloga Kika.

Si hay algo que me conmueve y perturba de Piedra de Mar es la noción de que fue escrita en una era anterior al smartphone: de hecho, uno de los conflictos centrales de la novela ocurre debido a la imposibilidad de comunicación directa entre Corcho y el centro de su obsesión enfermiza, la chama buenota que no le para bola: el joven que ha renunciado a sus estudios universitarios termina escalando al apartamento de Carolina cual Spider-Man, labrando un desencuentro de fatídico desenlace –por culpa de una cucaracha– que hoy probablemente se habría resuelto con un par de mensajes en WhatsApp.

FOTO: Vasco Szinetar

Los personajes de Massiani tienen tres opciones para entretenerse: cine, libros y discos de vinil. ¿Son más cultos que nosotros? He allí un buen debate. No soy muy joven y no puedo ya compararme con Corcho, Lagartija, Marcos, Flautín y Kika, pero mis hábitos de lectura se han reducido de forma considerable, en gran parte porque paso mucho más tiempo pendiente de Internet y las redes sociales. Sin embargo, estos últimos hábitos también son una fuente de conocimiento que no debe despacharse a priori. ¿Tengo más conciencia de un mayor número de ámbitos de la experiencia humana, pero soy menos profundo?

El cine está mucho más presente en los espacios urbanos de la Caracas de Massiani que en mi Caracas de 2019, lo que no puede atribuirse solo a la destrucción de la empresa privada: en casi todo el mundo ha ocurrido un repliegue de la exhibición fílmica a los búnkers de los centros comerciales. Las plataformas streaming y la posibilidad de descargar contenido se imponen. En todo caso, esa sensación de extrañamiento e irrealidad al salir de una función, que tan magistralmente describe Pancho cuando Corcho sale de un filme francés en Las Palmas, la seguimos experimentando en formato digital en el presente, aunque yo solo haya podido ver una película en 2019: la de Capitana Marvel.

La Caracas de Massiani es más cosmopolita, al margen de que la globalización haya avanzado a paso de aplanadora durante este medio siglo en el resto de la Tierra. En sus recorridos por Sabana Grande, Corcho entra a una librería (Suma) en la que percibe el olor de “libros recién llegados por montones”. Hojea una revista en francés, bucea a una catira italiana, está enamorado de una jeva que tiene cachifa gallega (¡insólito!) y le da un codazo sin querer a la hija pequeña de un español después de trancar un teléfono monedero. La gente sale del país, y, en la mayoría de los casos, regresa: los padres de José están en Nueva York, Carolina acaba de regresar de España, al enano Marcos se le pegó un beibi después de su último viaje a Miami.

La única ruta que se ha estrenado por estas semanas en Maiquetía es la Caracas-Teherán, de Mahan, una aerolínea sancionada por Estados Unidos.

Más novedades: en una playa de La Guaira se practica esquí acuático, mientras que Corcho puede salir a las diez de la noche a comprar cigarrillos en un bar de la esquina de su casa que abre hasta madrugada, lo que en 2019 se me haría inconcebible: por donde vivo, con la excepción de las rumbas de trap, no hay ni perros callejeros a un kilómetro a la redonda después de las ocho de la noche.

¿Tienen preocupaciones económicas los personajes de Massiani? Sí: son jóvenes en edad universitaria, casi todos desempleados y mantenidos por sus padres, universalmente esa clasificación taxonómica no nada en la prosperidad. Lagartija, uno de los amigos de Corcho, “está limpio” (sic), al menos para irse con su novia de tragos; mientras que el protagonista se queda sin dinero después de ser expulsado de una fiesta de traje formal en Altamira y debe caminar a su casa en esmoquin bajo la lluvia. Pero ninguno de los personajes parece al borde de la desnutrición, más allá de sus hábitos alimenticios desordenados: José llega al auxilio de su pana y le brinda dos “tostadas” (denominación habitual en aquella época de la arepa asada, que la diferenciaba de la arepa frita) de queso amarillo.

Sabemos que para 1974, cuando se introduce el salario mínimo en Venezuela, el ingreso básico era de alrededor de 450 bolívares, que equivalían a unos 100 dólares. En Piedra de Mar, para una entrada de cine basta un “fuerte”, desaparecida moneda de cinco bolívares. Un café cuesta un bolívar; y una caja de cigarrillos, dos bolívares. Marcos acaba de pagar un carro nuevo.

El alter ego de Pancho Massiani va a la urbanización El Silencio a comprar camisetas de fútbol, una de las grandes pasiones del escritor (1944-2019) en la vida real. Pierde un zapato y esto es más un motivo de vergüenza que una pérdida material incuantificable. Que yo recuerde, como profesional de clase media, no he comprado ninguna prenda de ropa en los últimos seis años, aparte de medias (para la época de Piedra de Mar, el paltó y corbata son casi obligatorios en los jóvenes); además, en 2019 he prescindido de una de las comidas completas diarias: el hábito de José de empujarse un sánduche a las tres de la mañana me resultaría desconsiderado y abusivo en un hogar donde tenemos todo contado.

Aunque tuviera recursos vía remesas para camisetas de fútbol, me encontraría con santamarías de color gris grafiteadas si busco las tiendas deportivas de Caracas que frecuentaba hasta la década pasada.

Por edad, yo podría ser padre de Corcho. Hoy me resultaría ridículo llamar “pajarito” a mi pene, utilizo mucho menos la muletilla “que si” y sería acusado de violencia de género en redes si expresara mi deseo de arrastrar a un despecho por Sabana Grande como una carreta. Pero en general entiendo casi todo lo que me quiere decir el Pancho de 1968. No solo lo comprendo: sigo sin resolver por completo el Cubo Mágico de la seducción al sexo opuesto, admiro en otros “una felicidad sencilla que me impide creer que mi soledad es inevitable” y, al igual que Corcho, con frecuencia me equilibro al filo de una acera muy delgada entre la pulsión irresistible por la muerte y unas enormes ganas de pelear mi derecho a vivir. Con todos sus defectos, eso hace universal a Piedra de Mar.

Aunque se haya quemado el túnel de bambú que une al Country Club con El Bosque (uno de mis lugares favoritos para pasar caminando, aunque sea muy peligroso), bajo este cielo lleno de la insoportable calina de abril también hay algo de la Caracas que Pancho amó. Por ejemplo, el placer de compartir unas papas fritas y un jugo de melón con un pana en Sabana Grande, una tarde de evasión y fútbol luego de un apagón nacional.

 

 

Por Alexis Correia@alexiscorreia

#DomingosDeFicción: El porqué de sus peinados

Siempre digo que la conocí en una patrulla policial. La verdad es que la conocí en una fiesta infantil.

Lo que le cuento a la gente es esto:

Una noche me pillaron comprando monte cerca de mi casa, a ella la habían agarrado más abajo. Los policías nos ruletearon un rato y les tuvimos que dar plata y la mitad de la marihuana. No sé entre cuántos se van a fumar toda esa vaina, dijo ella. Mi dealer les dio como diez gramos para que no se lo llevaran a él. El mío había ­hecho lo mismo.

 

Lo que pasó en verdad fue esto:

Acompañé al amigo que vivía conmigo a llevar al hermanito a una piñata. Supuestamente todas las fiestas en la casa a la que fuimos eran arrechísimas, especialmente los velorios.

Güisqui y tequeños, en eso estaba nuestra atención mientas los niños bailaban en el colchón inflable. Venían las bolitas de carne cuando entró ella con una chamita agarrada de la mano. Tenía unos rizos gigantes y un poco de vergüenza de llegar sola. La dueña de la casa besó a la niña, pero no pareció reconocerla a ella, quien le explicó algo; que sus tíos habían tenido que salir toda la tarde y le encargaron que llevara a Martina a la fiesta. Luego de la bienvenida Martina salió corriendo a darle coñazos a sus amiguitos mientras ella se sentó sola con una cerveza. Nos acercamos.

Mientras hablábamos (en la piñata y en la patrulla), no tenía nada mejor que hacer que mirarle las piernas, llevaba una falda cortísima. Tenía este tatuaje en la parte de adentro de uno de los muslos:

Yo trabajaba de vez en cuando en este tipo de fiestas, nos contó. Pintándole la cara a los niños. Mi prima era payasa, ¿o payaso?, y a veces me pedía que la ayudara y me pasaba algo de plata. Cuando tenía como trece hasta los dieciséis lo hacía casi todos los fines de semana. Es un trabajo cansón y hay carajitos hijos de puta, pero hay otros que te agarran cariño y se acuerdan de ti cuando te ven en otra fiesta y tal.

Mi amigo se fue a ganarse las rifas con su hermanito y agarrar todo lo que pudiese en la piñata (era ese tipo de hermano), entonces nos pusimos a hablar de otros temas. Ella cuidaba a Martina a veces y la llevaba a este tipo de cosas. De la nada me dijo que quería que me inventase otra historia de cómo nos conocimos. Tampoco quería que revelase su pasado de ayudante de payasos, eso me lo dijo mientras le caían a palazos a Jake, un perro amarillo.

 

Y lo que pasa es que es mucho más lógico que el cuento de la patrulla nos lleve automáticamente hasta mi casa. Es el desenlace natural de la experiencia vergonzosa que compartimos. Nos daba risa y a la vez miedo estar ahí, atrapados por el mismo delito. Y cuando nos sueltan, aunque estamos a salvo, quedamos con ese estado emocional raro, como sobrevivientes de un secuestro que se enamoran. Pero la vida es menos redonda, y pasar cinco horas en una fiesta de niños también deja una sensación extraña, suficiente para justificar esta historia.

 

Los policías nos soltaron casi un kilómetro más arriba de mi casa y mi amigo nos dejó en el camino porque llevaría al hermanito a donde sus papás. La temperatura había bajado y ella con esa falda. Me imaginé que la tijera y la línea punteada se ponían en relieve por el frío, me imaginé sintiendo los puntos por donde debía cortar. Su familia era de Barquisimeto, la mía también, pero ambos teníamos años sin ir. Le conté de unos helados de vasito que vendían cerca de la catedral. Ella de unas empanadas en la calle 20. Era lo único que sabíamos de la ciudad. Se cagó de la risa cuando le dije que el pueblo de mi abuela se llamaba Jabón y que de allí se fue a Barquisimeto. Le dije que me gustaba su risa, pero en verdad no me gustaba.

Luego de dejar a su primita en casa, la invité a la mía para fumarnos lo poco que tenía guardado en el cuarto (la policía nos había quitado lo demás). Salimos por el patio sin que mi compañero de casa nos escuchara, si se daba cuenta le íbamos a tener que dar y ahí ya no dejaría dormir a nadie.

Los perros tampoco nos delataron, Pancho se enamoró de ella y Carbón estaba durmiendo. Lo armó y lo prendimos. Como siempre me pasa, me puse estúpido a los diez minutos y empecé a hablar pendejadas. Recuerdo haberle dicho que en cincuenta años las neurociencias podrán explicar a la perfección el proceso creativo y que eso acabaría con el arte. También le confesé que me gustaba su pelo despeinado. Peinadamente despeinado, me dijo, y como que le dio vergüenza. Estuvo todo el porro acariciando a Pancho y con mirada de agüevoneada. Era preciosa.

 

 

Como a los dos días se apareció en mi casa. Tenía un lado del pelo rapado y en la otra los rizos locos de siempre. Le dije que parecía una huelepega y me pintó una paloma. Venía a pedirme que la acompañase a hacerse otro tatuaje. Fuimos en su moto hasta una casa donde había una fiesta, otra piñata, según ella. Era una de esas casas prácticamente destruidas que están rodeadas de mansiones, algo común en Caracas, casas lujosas venidas a menos porque la familia se mudó a otro país o se separó, y en donde ahora vivía gratis algún sobrino o nieto que no tenía plata para mantener ni restaurar nada, o a quien le daba igual en todo caso. En la sala había una batería y un montón de maniquíes viejos, en la mesa de la cocina habían improvisado un estudio de tatuajes; el carajo que los hacía era de Maracaibo y era hermano del novio de la dueña. La mayoría de la gente me parecía familiar, a casi todos los había visto por ahí, en algún lado. Ella contó cómo nos conocimos, cómo casi nos llevan presos. Parece que todos en la fiesta habían acordado hacerse tatuajes que solo contuvieran letras, números o signos de puntuación. En la computadora de la sala cada quien armaba su tatuaje, lo imprimía y se lo daba a Toto para que hiciera la plantilla.

Cuando llegué estaban pintándole a un pelirrojo en un antebrazo las palabras Rabocheye Dyelo. Alguien me susurró que era el nombre de una revista muy famosa durante los años previos a la Revolución Rusa, donde publicaba Lenin y toda esa gente. Gaceta de los trabajadores, o algo parecido, se traducía. Todo el mundo especulaba acerca del motivo del tatuaje, que si su bisabuelo era editor de la revista, que si varios de sus familiares trabajaron por la revolución, que si era un chiste. Yo dije que si era un nombre ruso, por qué no se lo hacía con el alfabeto cirílico. Creo que nadie estaba preparado para esa pregunta, ni siquiera el pelirrojo, quien puso una cara de gafo que trató de disimular sin mucho éxito.

La casa estaba llena de libros infantiles por todos lados; maniquíes y libros para niños. No tenía un solo mueble y la luz era lo más tenue posible, excepto en la cocina donde había una lámpara fluorescente para que Toto trabajase. Tras recorrerla un rato agarré una cerveza y me puse a hablar con una gordita que no se parecía a más nadie allí. Se llamaba Andrea y era estudiante de medicina. Estaba allí porque vivía allí, era prima de la dueña del lugar. Una prima lejana que se vino de Valencia a estudiar y a quien le dijeron que podía quedarse en la vieja casa de sus abuelos. Me explicó que quería ser neuróloga y entonces le conté mis opiniones paranoicas sobre las investigaciones acerca del cerebro; le dije también que una vez conocí a un tipo a quien cada vez que le iba a dar migraña, escuchaba las palabras Segundo acto y ahí empezaba el dolor. Se rió y respondió que eso podía ser parte de la propia aura de la migraña y que había que lograr que escuchase Tercer acto para que se acabara la obra y se curase. Le pregunté su teléfono y me despedí, pero antes de irme ella me pidió ideas para su tatuaje, ahí me enteré de que todos los que estuviésemos ahí teníamos que hacernos algo. Es una piyamada de tatuajes, dijo mientras reía nerviosa y estruendosamente.

Fui a ver dónde estaba metida ella y la encontré sentada, fumando. Me ofreció y no quise. Siéntate, piensa en una pregunta, en algo que quieras saber, ordenó mientras sacaba un mazo de cartas de su morral. Pensé en si yo le gustaba. Luego me pidió que lo repitiera en voz alta. Lo hice. Trató de disimular una sonrisa, pero los cachetes la delataron; sin embargo siguió, sacó cuatro cartas y las colocó una seguida de otras. Con respecto a tu pregunta: la primera carta es tu situación actual, la segunda tu futuro, la siguiente es una ventaja y la última una desventaja. No entendí qué sentido tenía lo de ventaja y desventaja en relación con la pregunta, en verdad no entendí nada, creo que estaba haciéndolo todo mal, pero la dejé. La primera carta fue la muerte, la segunda la rueda de la fortuna, la tercera el mago y la cuarta el mundo. Nos quedamos en silencio unos treinta segundos y le pedí que me diese la respuesta. Qué coño sé, dijo, primera vez que hago esto. Y se fue a la mesa de tatuajes.

Caminé hasta la computadora a ver si se me ocurría algo, recibí un mensaje de Javier preguntándome si ensayaríamos al día siguiente, le respondí que eso dependía de cuánto me doliera el tatuaje. Rocé las teclas, no se me ocurría nada. Me puse a ver otros archivos abiertos en la computadora; uno tenía la palabra tatuaje escrita a pulso en Paint, otro eran unas letras griegas, otro tenía unos versos: Volveremos de las ciudades quemadas/ y seremos los fantasmas de nuestras propias/ palabras. Había también un montón de letras que parecían iniciales o signos. Pensé en que simplemente me haría una eñe, no se me ocurría nada mejor.

Llegó con una cerveza y me dijo: Alguien se está tatuando el nombre de su novia. Pobre, ¿no? Seguro está desesperado porque la jeva lo va a dejar, pero igual le va a terminar con tatuaje o sin él, esa es mi predicción. Menos mal que se llama Mariana, la tipa, hay como mil Marianas en Caracas, se puede encontrar otra.

El resto de la fiesta no vale la pena contarlo, anduve pendiente de la gordita pero como que se fue a dormir. Yo me hice mi eñe y ella se hizo esto, un bigote entre paréntesis:

({)

La primera vez que tiramos en realidad no tiramos, yo se lo iba a meter sin condón, pero ella se asustó, luego se convenció pero yo me asusté, así que lo hicimos de otra manera, o no lo hicimos, depende de cómo se vea. Duramos tres días sin vernos ni hablarnos, luego llegó a mi casa con el pelo completamente rapado. Ahora sí te agarró la Negra Hipólita, la chalequié. Estuvimos acostados en mi cama toda la tarde sin hacer nada, casi nunca hacíamos nada. Deberíamos hacer algo, dijo. Vamos a El Ávila a acampar o algo así ¿quieres? Me sorprendió que lo dijera con emoción después de horas de aburrimiento.

Ø

El día antes de acampar fuimos a ver al hermano tocar en un sitio en Sabana Grande. Era un ex bar de mala muerte recién comprado por una gente de Barquisimeto, primos de unos primos, me contó. Su hermano vivía allá, pero ella nunca lo visitaba. Luego de rehabilitarse se mudó de Caracas para buscar sus raíces. En el centro de rehabilitación había conocido a dios, o al menos lo había visto de lejitos. Su música era una especie de Alice in Chains evangélico, el carajo tenía una voz arrechísima y en las letras mostraba una idea del bien y el mal equivalente a la del hijo menor de Ned Flanders. El lugar era tan extraño que nos gustó. Los nuevos dueños heredaron la clientela, empresarios de tercera con amantes de segunda que tomaban güisqui de cuarta: el mejor público posible, no jodían y dejaban propina para impresionar a las tipas. Eduardo terminó de tocar y fue a abrazar a su hermana. Nos sentamos en una mesa y todos pedimos un jugo natural. El esfuerzo que hacía ella para no fumar se notaba. Los dos se pusieron al día, yo trataba de imaginar las conversaciones de una de las parejas del lugar:

—Ay, papi, pero llevas dos años diciéndome ­que la vas a dejar. Estoy cansada de tenerte así, por raticos nada más.

—Coño, negrita, sabes que este no es el mejor momento. Cuando cierre el negocio con los brasileros sí tendré la plata para pagar el divorcio y mudarnos juntos como te lo prometí. Yo quiero que seas la señora de Gómez. Dame chance, negra, dame chance…

Me reí de la torpeza de mi imaginación, seguro estaban hablando de cualquier otra cosa y yo era incapaz de hacerme una idea realista de gente que no conocía. Por eso era que no avanzaba en lo que estaba escribiendo, todos los diálogos me quedaban tan ridículos como ese. Volví a prestarle atención a lo que ellos hablaban.

Eduardo le contaba que todo le estaba saliendo bien porque él se había demostrado a sí mismo, y a ya sabemos quién, que su fe era más grande que cualquier otra cosa. Entonces empezó a hablar de Abraham, que si conocíamos la historia de Abraham. Dios le pidió que matara a su hijo, contestó su hermana con cara de que no era la primera vez que le hacía esa pregunta. Sí, pero no solo su hijo, respondió él, su único hijo, que fue prácticamente un milagro. ¿Sabían que Abraham tenía…? Cien años cuando nació el carajito, interrumpió ella, que ya conocía el cuento de memoria. Y bueno, siguió su hermano, dios se lo dio, y a los años le pidió que lo matara. ¿Quién entiende eso?, dijo emocionado, y Abraham, Abraham no se negó, fue de inmediato, preparó el viaje y tomó rumbo por tres días y tres noches hasta llegar al lugar, entonces en la cumbre de la montaña que dios le indicó, el padre se dispuso a sacrificarlo, sacó el puñal y todo y ahí el señor se dio cuenta de que lo iba a hacer, iba a matar a su primogénito para ofrecérselo a él…

—Perdón –me dijo ella al oído.

—Tranquila, soy fanático del dios del antiguo testamento.

…entonces mandó a un ángel a que detuviese a Abraham y le ofreciera como recompensa muchos hijos más. Yo tengo fe, muchachos, y por eso el señor me ha recompensado.

Pero uno se pregunta cómo habrá quedado el chamo después de eso; es decir, si tu papá te trata de matar por más acto de fe que sea, está jodido, ¿no?, comenté inocentemente. Sin pensar que el viejo ya tenía como ciento diez años, siguió ella, no creo que pudiese matar ni un zancudo. Isaac también tenía fe y entendía la labor de su padre. Amén, y se tomó su quinto jugo de mango fondo blanco.

 

Salimos y caminamos por el bulevar, él se quedaría esa noche en casa de una amiga de la iglesia y a la mañana siguiente regresaría a Barquisimeto. Durante el trayecto tropezábamos con uno que otro indigente que nos pedía dinero. Casi todos son adictos, me decía él. Piedra, pero otros también están con la H, eso era lo que yo me metía: La Letra. La sensación la primera vez que te inyectas eso, hermano, es como de cien orgasmos juntos, ni con dios he sentido algo así, pero en cambio el señor ha sido fiel y esa basura me arruinó. No supe qué decirle, me miró esperando una respuesta y balbuceé: ¿Amén? ¡Gloria!, y me abrazó. Al llegar a Chacaíto nos despedimos, él entró al Metro y nosotros seguimos caminando.

—Era más divertido cuando estaba en drogas, pero al final se estaba matando, así que me alegra por él. Lo malo es que no lo soporto más de dos horas, al menos creo que se da cuenta.

—A mí me cayó bien –le dije–, un tipo bastante… humano.

—Más humano que humano. ¿Sabes por qué decidió entrar al centro de rehabilitación la última vez, cuando finalmente se recuperó?

—¿Por qué?

Se quedó en silencio y la risa se fue transformando en qué se yo. Insistí.

—Mejor no te lo digo –respondió con sequedad–. Ya fue demasiado que lo conocieras.

Y luego de otro silencio y dos cuadras, soltó:

—Me voy a Madrid por un tiempo, a final de este mes, adonde mis amigos que te conté. Me quedaré un rato.

No sé qué bicho le picó, pero como dice la canción, el bicho que haya sido se merecía su propio programa en Animal Planet. Estuvo rara y media el resto del día.

No pude dormir esa noche pensando en lo de Madrid. “Todas se van a Madrid”, había leído en algún lado. Ella me habló de sus amigos españoles, su mejor amiga y un ex novio que ahora era su pana, pero no me había dicho que iba a ir. Para mí que se inventó esa vaina ese mismo día, después de ver al hermano, pero vaya a saber por qué. Me la di del que no exige explicaciones y nunca le pregunté. Qué güevón.

 

Nos encontramos en el metro porque andaba comprando el pasaje por ahí cerca. Subimos a pie hasta la entrada de la montaña. Ya estaba anocheciendo y no había demasiada gente en el camino, quizás íbamos a ser los únicos acampando. Le dimos lento porque la carpa me pesaba más o menos. Ella iba adelante casi todo el tiempo. No hablábamos mucho. Yo estaba raro porque ella estuvo rara el día anterior, lo único que le dije casi al llegar fue: Me estás trayendo acá para sacrificarme, ojalá el puto ángel ese aparezca antes de que me mates para decirte que dios estaba jodiendo.

Ya arriba buscamos un sitio que nos gustase. Ella armó la carpa porque yo no sabía cómo. Desenvolví los sánduches y busqué el porro en su bolso, junto con el monte había otra bolsita. ¿Qué es esto?, pregunté. Un regalo de los duendes de El Ávila, respondió con la única sonrisa bonita que le conocí.

Nos fumamos uno sin hablar casi. Cuando el monte nos pegó dejamos de estar tan raros. Me explicó que en principio se iría por un mes, pero que se podía quedar más, me preguntó que qué pensaba. Ya me estaba acostumbrando a ella. Ya me estaba acostumbrando a ti, dije riéndome de lo cursi.

Terminamos de comer y vimos llegar a dos chamos y una chama. Nos saludaron y subieron un poco más, los vimos descender por el otro lado. Mierda somos y en mierda nos convertiremos, gritó sacando los hongos. Cómete un pedazo nada más, estos no son tan fuertes, pero por si acaso. Mordí un borde.

Comimos mientras veíamos Caracas desde arriba, hablamos un rato de tonterías. No pasaba nada, así que decidimos morder otro pedacito. Seguimos hablando para no hablar de lo que queríamos, hasta que las luces de la ciudad empezaron a cambiar de color, todo el asunto psicodélico de las luces, ya ustedes saben. Me acosté en la grama y escuchaba a las hormigas en surround, los dos nos pusimos a escucharlas.

No fue gran cosa. Y con eso me refiero a que no salimos cambiados del viaje. Fue algo pequeño, pero eso no es lo que quiero decir. Supongo que la mejor forma de explicarlo sería señalar que los hongos aumentaron en un grado todo lo que faltaba y redujeron igualmente todo lo que sobraba. Un grado, un grado que no enriquece ni empobrece, pero que ayuda.

Lo que más hicimos fue hablar, le hablábamos al cielo sin estrellas que se acercaba sin nunca llegar a nosotros. Yo le conté una historia y ella me contó otra.

Le conté la historia de Martha, toda, es la única a la que le he contado más que pedazos. Ella me contó la historia de Eduardo, toda también. Me dijo por qué decidió recuperarse, lo que pasó entre ellos. Duró como una hora en su relato y sus lágrimas, yo la tomé de la mano, pero nunca la miré, miraba al cielo que también me contaba algo.

Mientras me hablaba, vi una estrella aparecer en el cielo vacío. Ella empezó y la estrella se posó frente a mí. Una voz salía de su luz, un discurso paralelo al otro que ya oía. Yo escuchaba los dos, la historia de Eduardo y otra historia. La otra historia no era lineal, pero hablaba de una futura destrucción de Caracas, y me daba a entender que solo quedaría esa montaña en la que estábamos. Drogado y todo me pareció que en los oídos equivocados, una alucinación como esa ocasionaría algún suicidio en masa de un grupo de comeflores que se mudarían a El Ávila, pero seguí escuchando. María sollozó con fuerza cuando la estrella me mostraba la ciudad de un futuro cercano: nuevos edificios sin terminar de construir y mucha gente, más calor también. Empecé a sentir mucha sed pero casi ni me podía mover, ella estaba ya más calmada, pero seguía contando. La estrella me enseñaba escenas de fiestas de todo tipo, en los barrios, matrimonios lujosos, cumpleaños de niños, despedidas de solteras; y luego me llevó por calles conocidas, por donde vivía y por donde pasaba con frecuencia, solo que las calles estaban llenas de gente que no reconocí y demasiado limpias para mi gusto. María no paraba de contar y yo estaba conmovido por lo que decía, pero al mismo tiempo extrañado por la otra historia donde empecé a ver que la gente se quitaba la ropa desesperadamente del calor y comenzaba a buscar algo que no encontraban, me mostraba de nuevo las escenas de las fiestas que vi antes, pero ahora las personas se mataban por encontrar eso que tanto querían. Me distraje de María por unos segundos y volví a ella cuando me apretó la mano muy fuerte. Las personas seguían corriendo y sin ropa buscando algo, empujaban todo lo que estuviese a su camino, pero no parecían tener dirección fija, corrían unos metros a toda velocidad y luego se devolvían igual de rápido en dirección contraria. Mi mano seguía siendo sujetada con muchísima presión y me dieron ganas de llorar por María. No es que su cuento fuese el fin del mundo, pero tampoco era un paseíto por el parque. Y de repente, cuando no sabía cuál de las historias era más angustiante, la estrella interrumpió su relato en una especie de fadetoblack alucinógeno y proyectó otra vez escenas de las fiestas con la gente vestida de nuevo, pero ahora muy elegantemente. Todos tomaban un líquido negro muy denso en grandes cantidades, eso era lo que buscaban. Se echaban el líquido en la boca con ansias, con brusquedad; y se podía ver a otros lamiendo lo que caía al piso o en la ropa de los demás. No dejaban nada. Estuve viendo las escenas desvanecerse y ella ya estaba callada. Su historia era, cuando menos, horrible, pero así son las historias de familia, me parece.

—Los hongos no me pegaron–dijo riéndose.

—A mí tampoco.

 

Dormimos abrazados y bajamos temprano en la mañana. Su pasaje era para dentro de tres semanas. Yo seguía confundido por el viaje, aún sigo estándolo, me parece imposible tener alucinaciones como las que tuve, la gente en todo caso ve colores y una culebra en el piso. Según ella eran hongos normales. Me arrechaba que hubiese decidido irse tan de repente.

Mientras bajábamos le hablé de la fiesta de los tatuajes, de mi conversación con la gordita, ella no recordaba ninguna gordita, me dijo que en la casa solo vivía la dueña y el novio que muchas veces se quedaba a dormir, en fin…

Se notaba que estaba avergonzada por lo que me contó allá arriba, y los días antes de irse fueron rarísimos, pero la verdad, todo había sido así desde que empezó. Quedamos en que no quedábamos en nada, y que cuando ella llegara veríamos. Cualquiera cree que yo soy la mata de la ambigüedad, cuando lo que quería era estar con ella. La mañana de su partida me mandó un mensaje:

En vez de escribir sobre divorciados alcohólicos y animales que hablan, escribe sobre esto.       

Le respondí:

Suenas como las amigas de mi hermanita que me piden que escriba sobre ellas. Además, sería un cuento desordenado y malísimo: marihuana, tatuajes, Caracas, El Ávila. La supuesta narrativa urbana de mierda.

 

Hablamos por chat un par de días luego de su llegada a Madrid.

Yo: creo que me voy a rapar el pelo

Ella: ¿para pagar una promesa por mi regreso?

Yo: algo así

Ella:…

Yo: cómo llegaste?

Ella: bien, mi amiga fue a buscarme al aeropuerto vestida de novia

Yo: ja! y eso?

Ella: estaba haciendo unas fotos para una revista

se confundió de hora y creyó que se le hizo tarde

salió del estudio sin cambiarse de ropa y cuando llegó se enteró de que tenía que  esperarme por una hora

y estuvo una hora en barajas vestida de novia

cuando llegué le di un beso en la boca y le grité ¡acepto!

Yo: ja!

aquí se está incendiando El Ávila, se empezó a quemar el día en que te fuiste

por la noche

Ella: sí

qué mierda

me dijo eduardo, ayer lo llamé

Yo: es lo que faltaba, que la mierda esa se queme y se joda caracas.

me voy a ensayar, escríbeme un mail contándome todo

Ella: dale

por cierto

escuché el disco de chinarro que me mandaste

me gustó y me gustó el título, a ver si regreso con un peinado nuevo

si es que me crece la cosa esta

Yo: me gusta así, rapado, nunca te lo dije, pero te ves más femenina

Ella: gracias 🙂

te dejo para que vayas a ensayar

suerte

y ojalá que pare el incendio pronto

Yo: sí

Ella: hay que tener fe

Yo: sí

 

Por  Carlos Colmenares Gil

*Este relato fue finalista del concurso de cuentos Sacven en 2013.

Perdiendo mi religión: un día de peregrinación con José Gregorio

Hubo un período de mi vida en el que temí arder para siempre en el infierno por hacer la primera comunión un día después de ver un partido de fútbol en el que dije malas palabras (el Bélgica-España que se fue a penales en los cuartos de final de México 1986). Hubo un período de mi vida en el que, durante alguna emergencia pediátrica menor en el Hospital Vargas (Caracas), devoré una biografía de José Gregorio Hernández en la que se asegura que, durante sus estudios en París, hizo exclamar a una prostituta apodada La Chaton: “Me han dejado con un verdadero Santo. Estoy arrepentida de mi vida de pecado… Las cosas que me ha dicho ese hombre”. Una época de mi infancia en la que, por cierto, era un gordito acomplejado, con lentes culo de botella y corte totuma que llegó a pasar más de dos años sin verse ante un espejo. No necesariamente debe establecerse un vínculo entre una cosa y otra.

Sin saber bien por qué –tal vez debido a mi deseo desesperado de no pasar otro fin de semana solo–, me integro a la “Ruta del Venerable” en la mañana del sábado previo al Domingo de Ramos de 2019. No eres un ignorante irrecuperable si nunca antes has oído de la Ruta del Venerable: la caminata pedagógico-confesional se inaugura este año a propósito del centenario de la muerte en un accidente automovilístico del médico trujillano José Gregorio Hernández (1864-1919), que se cumple el próximo 29 de junio.

El papa Juan Pablo II le declara “venerable” el 16 de enero de 1986, aunque desde entonces Cheo Goyo se queda como novia de pueblo a la espera de los dos siguientes rangos en los ascensos del más allá: beato y santo. Yo, por mi parte, debo decir que pertenezco a 70% de venezolanos que, en un censo, probablemente responderá que se crió dentro del catolicismo, aunque poco a poco he ido perdiendo mi religión. No creo en nadie.

No son solo cuatro pelagatos

La Ruta del Venerable, de la que me entero por Twitter –porque en este siglo el clero tiene redes sociales– mientras cumplo mi trabajo de rastrear al menos una noticia edificante por día en este país, recorre algunos de los parajes de Caracas que en vida frecuenta el nativo de Isnotú. Básicamente se trata de un entrenamiento de pretemporada para la visita a los siete templos del Jueves Santo, pero no debe olvidarse que el bigote rescatable de Venezuela también fue un eminente científico que introdujo aquí el uso clínico del microscopio (se dice que sostuvo apasionantes debates sobre religión y ciencia con su colega Luis Razetti, en los que siempre se atrincheraba en la postura creacionista). Son también parajes que frecuenté de niño.

Me reporto a las 8:00 de la mañana en el punto de arranque del Hospital Vargas y, como suele pasar también en las marchas de la oposición, de entrada aquello pinta mal: solo hay cuatro gatos, o, mejor dicho, cuatro beatos de edad venerable. Mi cachucha verde fluorescente llama demasiado la atención entre sus prendas moradas y encierro mi timidez en la pantalla del smartphone, confiando con ingenuidad en que estoy en un lugar custodiado por milicianos no menos desdentados.

Pero vienen con alegría, Señor. Nunca menosprecies a una institución con dos milenios de antiguedad, porque a las 9:15 am el suelo comienza a temblar anunciando la llegada de un auténtico pelotón: pancartas de la emisora Radio María, una camioneta pickup con cornetas para los hits de iglesia de todos los tiempos, una muchedumbre en éxtasis que eleva sus brazos al cielo, tantos estandartes del cristianismo como si estuviera por empezar la batalla de Lepanto y un par de obispos con solideo púrpura que asumen el liderazgo de la procesión: los monseñores Tulio Ramírez y Enrique Parravano, de siluetas que hacen recordar a Sancho y el Quijote, respectivamente. Irrumpimos dentro del Hospital Vargas cual ejército de Dios y, por milagro de Cheo Goyo, un miliciano jorobado y con anteojos de sol nos da puerta de manera amable mientras, poseído por una sospechosa bondad, repite una letanía: “¡Solamente Dios hace maravillas!”.

Del médico de los pobres a los pobres sin médicos

Santos contrastes: se me había olvidado que, en su interior, el Hospital Vargas es una joya arquitectónica con gárgolas y todo que, en caso de incendio combinado con el servicio de Hidrocapital, representaría una pérdida patrimonial local equivalente a la catedral de Notre-Dame, y en la que te vas a topar de frente con todo el drama de un país en emergencia humanitaria compleja: la primitiva medicina que se imparte hoy allí parece inferior a la de 1891, cuando se inauguró el centro asistencial. Es más probable que consigas un doctor palestino que uno de los 26.000 médicos venezolanos que han fugado sus cerebros desde 2004.

“Venezuela está enfermita”, dice con mucho tacto monseñor Ramírez, sabiendo que nos encontramos en territorio apache, al tiempo que recuerda la anécdota de cuando a José Gregorio le quisieron llamar para que atendiera al hermano de un dictador y, sin que lo valiente le quitara lo cortés, advirtió: “No puedo dejar mi consulta de pobres”. Deberíamos aprovechar que estamos aquí y rezarle también a la estatua de José María Vargas, otro civil y científico insigne cuya memoria acaba de ser agraviada por un gobernador chavista.

Mientras avanzamos entre pacientes de aspecto menesteroso y familiares que transportan almohadas roñosas, peregrinos entonando en resistencia civil el “Dios está aquí” –de adulto suelo pensar que, en el fondo, las misas católicas solo son una excusa para cantar sin miedo a desafinar–, me aparto a un costado de la capilla del hospital y me reencuentro con esa curiosa costumbre que tienen algunas solteronas de hablarle bajito a los santos de escayola y agarrarles casi voluptuosamente un bracito o una piernita.

No revisarás el WhatsApp en la casa del Señor

Subiendo una cuesta en ritmo de rock pop –¿quién dijo que la devoción puede ser menos emocionante que una concentración de Guaidó?–, llegamos a mi iglesia de infancia, uno de los templos católicos más majestuosos de Caracas: el santuario de San José del Ávila. Me reencuentro con sus frescos monumentales de realismo mágico cristiano –Jesús encabezando una milicia crepuscular de monjas; Jesús coleado en hogar burgués de hombre encorbatado y mujer sumisa que cría muchachos– y sus terroríficos bajorrelieves de monjes benedictinos que subliman su represión sexual en una camaradería de túnicas de piedra que casi desprenden olor de entrepierna sancochada. Estremece pensar que la última vez que estuve aquí no existían el chavismo, las denuncias masivas de pederastia contra el clero ni los smartphones.

Me inquieta plantearme, por ejemplo, si se considera pecado venial revisar ansiosamente mensajes de WhatsApp esperando en vano una señal de piedad femenina dentro de un monasterio. Algo no ha cambiado entre el niño perpetuamente despechado que hizo la primera comunión en 1986 y el adulto sin consuelo que soy hoy: después de todo, Losing my religion de R.E.M., uno de mis temas favoritos de toda la vida, trata en realidad sobre una obsesión amorosa.

Imposible poderlo comprar: el pan y el vino

“Juntos como hermanos, miembros de una iglesia, vamos caminando al encuentro del Señor”. La verdad es que no tengo mucho por contar del resto de las etapas de la Ruta del Venerable, aparte de que proyecto mis dolencias del cuerpo y del corazón en las rodillas sangrantes de Cristo y las lágrimas rodando sobre el cutis nacarado de la Dolorosa en la iglesia de La Pastora, respectivamente, y me deleito con singles de catecismo que caen como anillo al dedo en la Venezuela de Maduro: “Un día de bodas el vino faltó / imposible poderlo comprar” (para esta Semana Santa, la diócesis de Cúcuta donó un millón de hostias y 50 letras de vino a la de San Cristóbal).

Es subversivo que, durante un trecho del recorrido, los dos centenares de cristianos en su mayoría opositores que allí estamos marchemos y cantemos por un par de cuadras de la avenida Baralt sin ser agredidos por colectivos, en el mismo día –13 de abril– en que el chavismo conmemora la epifanía del regreso de Chávez después del fallido golpe de Estado en 2002.

Un hombre de imperturbable semblante en sepia, que parece extraído de una salina de la película Araya de Margot Benacerraf, alza ininterrumpidamente una estatuilla de José Gregorio durante los siete kilómetros y más de seis horas de recorrido, como si su petrificado brazo derecho hubiera sido entrenado en gimnasio para la proeza. Me vuelven a asaltar dudas que siempre tuve de pequeño, por ejemplo si el Padrenuestro debe terminarse con un “y líbranos del mal amén” o con un “mas libranos del mal amén”; el mas, en este caso, sin acento, pues se usa como conjunción y no como adverbio. Pero Jesús es verbo, no sustantivo, nos recuerda Arjona.

Ilumina a Maduro, Señor

Cuando un cristiano baila / baila, baila / cadera, cadera / rodilla, rodilla / pie, pie / cabeza, cabeza / así baila un cristiano. Intento que sea un sábado feliz, pero me duele como una lanza de centurión romano en el costado presenciar que ya no existen los chinos de La Pastora a los que les compraba arroz con huevo frito antes de subir al Ávila por el Camino de los Españoles, hace un trío de años. “Estamos cerquita de Miraflores. Vamos a pedir con todo nuestro ser para que el Señor ilumine a nuestras autoridades y que no muera un niño más en el J.M de los Ríos”, trata de convencernos monseñor Ramírez de que Nicolás Maduro es reformable –estoy seguro de que ni él mismo se lo cree– en la mítica esquina de Amadores, donde José Gregorio murió atropellado por uno de los primeros automóviles a velocidad de carrito de chichero que circuló por Caracas, o simplemente se estrelló de cabeza contra una acera por el susto del cornetazo, según otras versiones.

En todo caso, también estamos en un centro energético para espiritistas que al parecer han enchabado el proceso de santificación en el Vaticano, lamenta monseñor. “¡El que lo mató salió libre!”, me grita una doña cuando me acerco a fotografiar la placa conmemorativa, como echándome en cara cien años de injusticia en un país abandonado por Dios.

venerable

Sin sangre derramada por los colectivos

Camino a una iglesia con un techo gótico de decadente grandeza (la Santa Capilla), pasamos al lado del Banco Central de Venezuela, epicentro de la hiperinflación y técnicamente cerrado desde el megapagón del siete de marzo, al parecer para facilitar la extracción ilegal de nuestro oro hacia países como Uganda. Intento calmar sed y hambre al mismo tiempo en dos tugurios que anuncian cocadas con letras enormes, pero en ninguno de los dos venden las cocadas.

No es con espadas, ni con ejércitos, mas como su Santo Espíritu: me pregunto si la letra de No hay Dios tan grande como tú es una admisión del politeísmo cuando sale desafiante de nuestros labios en el momento más tenso del recorrido: una caravana de colectivos en motos nos tocan corneta para que les cedamos el paso en la cara sur de la Plaza Bolívar. “Son unas asesinos, mírales las caras”, me dice en voz alta una beata mucho más valiente que yo. Pero no hay derramamiento de sangre cristiana, solo sorna de los fanáticos del culto laico del comandante eterno: “¿Y eso con qué se come?”, nos pregunta burlón uno de los ancianos que permanentemente miran VTV en el toldito de la esquina caliente cuando desfilan los estandartes de José Gregorio. El asesino esta vez solo es el sol de abril.

Ya en la catedral de Caracas, penúltima estación antes de la tumba del Venerable en La Candelaria, caigo rendido de cansancio en un banquito de madera, los párpados se me derrumban unos minutos y me pierdo el otro momento que más me gusta de las misas católicas, aparte de las canciones: el saludo de paz que me permite darle la mano a desconocidos que más nunca volveré a ver.

“José, José, José Gregorio… por amor a Jesús lo diste todo”, truena el vozarrón ochentoso de Jorge Rigó desde la camioneta pickup cuya planta eléctrica se apaga cada cinco minutos y nos deja cantando a capela. Las autoridades nos ceden un canal de la avenida Urdaneta para que los cristianos lleguemos a la iglesia La Candelaria: “Los policías están nerviosos, esperaban que fuéramos muchos menos y tenemos que pasar por lugares complicados”, nos espolea monseñor Ramírez con la sotana y el gorrito púrpura bañados en sudor bendito.

Me retiro decepcionado poco después de que una multitud nos recibe entre aplausos en la meta final: estamos en época de vacas muertas y solo hay unos contados frasquitos de agua mineral para los que sí tienen cara de ir a misa todos los domingos. Mucho peor: me decepciona que la Ruta del Venerable –que, en un país distinto, podría hasta generar divisas como atracción turística menor– haya sido más un Jueves Santo cualquiera que un auténtico recorrido biográfico guiado por historiadores.

Nadie me ha confirmado o desmentido, por ejemplo, la crucial anécdota del Venerable y La Chaton. Que alguien sea tan disciplinado y fajado como José Gregorio para mí sigue siendo un misterio. Quizás porque no tenía smartphone. ¿Habrá jugado fútbol? ¿Tendría defecto o vicio aparte de la terquedad? ¿Le habrá gustado alguna chama?

Es probable que el Miércoles Santo –que siempre es miércoles de Champions– haga la cola para visitar al Nazareno en la iglesia de Santa Rosalía, más por costumbre que otra cosa. Eso sí: no me verás arrodillado. En esta época de mi vida creo que soy tan devoto de él como de Ronaldo Nazario o Cristiano Ronaldo.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia 

Mis domingos con El Nacional

Era una rutina invariable: los domingos representaban la oportunidad de levantarme más tarde debido a cualquier fiesta a la que hubiese acudido la noche anterior. Mi familia era pequeña y ya estaban ocupados con el desayuno-almuerzo para el momento en que yo salía de mi habitación a la búsqueda de la primera taza de café. De vez en cuando rememoro esas comidas con una sonrisa de nostalgia. Vuelvo a vernos, alrededor del largo mesón del corredor, cada uno llenando su plato según su gusto particular: arepas, huevos fritos, tocinetas, caraotas negras, chorizos de ajo, jugo de naranja y café con leche. Esos domingos comíamos bastante y luego de organizar la cocina y lavar los platos, cada quien buscaba su rincón predilecto para leer los periódicos dominicales. Papá no escatimaba con ellos y en mi casa nunca faltaron durante cada fin de semana: El Nacional, El Universal, 2001, El Aragüeño, El Nuevo País, Tal Cual, El Siglo; además de los dos periódicos locales: El Nacionalista y La Prensa del Llano.

Ya sea por la posterior mudanza, por la enfermedad y muerte de mi madre y mi abuela, por el costo aumentado de los periódicos, por la censura, por los cierres consecutivos; en fin, sea por la razón que haya sido, esas lecturas de domingo no se efectuaron más, pero a mí me agrada recordarlas de vez en cuando, por lo que significaban, por lo que representaban, por lo que simbolizaban dentro de mi rutina del fin de semana. Papá solía acostarse en el chinchorro del corredor principal, frente a la puerta de la casa, con los perros echados en el piso, debajo de él. Mi abuela se acostaba en el otro chinchorro, en el corredor lateral, y mi madre se sentaba en uno de los sillones de hierro, junto a ella. Yo variaba el puesto, iba y venía, buscaba otra taza de café; pero lo que abundaba en esas tardes de domingo, después del desayuno-almuerzo, era el silencio de las lecturas simultáneas de mi familia.

Nos turnábamos los periódicos. Comentábamos las noticias. Sugeríamos ciertas lecturas. Nos levantábamos para beber agua o más café. Si cierro los ojos puedo escuchar de nuevo el rumor del papel al ser doblado para leer mejor algún artículo, o el inconfundible sonido al pasar de una página a la siguiente. Los dedos manchados de tinta. Papá levantándose del chinchorro para darle comida a los perros. Pero lo que más recuerdo es el silencio expandido en toda la casa porque cada uno estaba inmerso en una lectura diferente. No pretendo decir aquí que éramos una familia culta o bien leída, sólo intento recrear el placer de esos domingos con cada uno de nosotros ocupado en leer e informarse sobre lo que ocurría en el país y en el mundo. Era eso: nos gustaba estar informados. Por supuesto, de vez en cuando caíamos en el lugar común: Papá leyendo absorto las páginas deportivas de El Nacional y yo entretenido con las noticias culturales y literarias del Cuerpo C del mismo periódico. Porque debo agregar aquí que teníamos nuestras manías; por ejemplo, yo leía el periódico comenzando con el último cuerpo, es decir, leía desde la última página a la primera con los titulares. Papá, como ya dije, prefería el Cuerpo B, con los deportes, y el Cuerpo A, por las noticias nacionales y los artículos de opinión. Mientras eso sucedía, mi madre y mi abuela podían estar ocupadas leyendo las revistas de cada periódico y cruzando comentarios sobre las recetas de cocina que leían allí.

Hoy puedo decir que disfruté, que disfrutamos, de muchos domingos de calmada y silenciosa lectura. Y éramos una de esas familias que, obligadas a jerarquizar, hubiésemos preferido (y así nos tocó hacerlo, pero más adelante) siempre leer El Nacional por encima de todos los demás. Y no se trataba sólo de las lecturas dominicales, sino de los agregados, de lo tangencial, porque aún conservo la colección de música clásica y los CD de ópera que el periódico ofrecía por un precio adicional. Y los libros. No olvidemos los libros de El Nacional, en hermosísimas ediciones de tapa dura y con títulos imprescindibles de la literatura. Atesoro con cuidado una serie de narrativa hispanoamericana muy bien editada, tapa blanda, de 16 volúmenes. Lo que quiero decir, torpemente, es que El Nacional representaba la oportunidad no sólo de leer un periódico, sino de ampliar la cultura a través de múltiples colecciones y encartados que no podrían pasar desapercibidos. Eso quiero decirlo con claridad.

Estoy seguro de que muchos de ustedes tienen historias similares, recuerdos parecidos, o anécdotas que transitan el mismo camino. El Nacional formaba parte de nuestras vidas, de nuestras lecturas, de nuestras opiniones, de nuestras diferencias. Ningún periódico debería cerrar, por razones económicas o de censura. Justo anoche vi la película The Post, con Meryl Streep haciendo el papel de Katharine Graham, la poderosa editora de The Washington Post, durante la toma de decisiones para publicar lo que luego denominarían Los Papeles del Pentágono. Y fue como mirarme(nos) en un espejo. La censura. Las estratagemas políticas. Las decisiones judiciales. El olfato periodístico para intuir las noticias. La ebullición interna de un periódico en su lucha por informar y decir la verdad. Quizás asumo una postura idealista (sí, es mi karma), pero se me aguaron los ojos hacia el final de la película. Pero también pesa mi yo realista: Miguel Henrique Otero no es Katharine Graham, ni El Nacional es The Washington Post. Eso sólo sucede en mi cabeza.

Ahora proliferan las ediciones digitales, las tabletas, los teléfonos celulares, y si bien es cierto que no tengo nada en contra de esos avances tecnológicos, al mismo tiempo debo reconocer que una parte de mí añora y quisiera volver a disfrutar de aquellos domingos silenciosos de feliz lectura de periódicos, de dedos manchados de tinta, de multiplicidad de opiniones, de noticias contrastadas, de artículos y notas interesantes, de revistas y horóscopos fallidos. Soy un nostálgico, forma parte de mi naturaleza. Hoy lamento el cierre de El Nacional, pero esa misma parte idealista o ingenua (que ustedes tendrán que disculpar) prefiere creer que vendrán tiempos mejores y menos filosos para el periodismo venezolano. El Nacional se queda conmigo, entre mis recuerdos, con mis sonrisas y en mis relecturas de todos esos libros que alguna vez alguien tuvo la brillante idea de ofrecernos por un monto adicional que a nadie empobrecía. Me quedo con eso. Es mi escogencia puertas adentro.

 

Por Luis Guillermo Franquiz | @lgfranquiz 

El fin de las palabras

Siempre les decía a mis alumnos en la universidad: existe una guerra de lenguaje y el chavismo nos está revolcando en ella. Casi desde el primer día, a veces de una forma más explícita, otras veces de manera más subrepticia, han ido modificando la forma en la que hablamos y, por ende, la forma en la que terminamos pensando esta realidad que nos rodea. Desde algo tan aparentemente tonto como hablar de “conversatorios” en lugar de “charlas” o “tertulias”, hasta el hecho de que se me ericen los vellos de la nuca cuando me dicen que en tal o cual zona de Buenos Aires suelen pasar muchos “colectivos”. Con el tiempo hemos terminado pensando en sus propios términos y eso es algo más difícil de corregir que la economía o el sistema eléctrico; se trata de la piedra fundacional de nuestro entendimiento.

Una vez leí una analogía interesante: el lenguaje es al ser humano lo que el agua es al pez. Es el medio en el que se mueve, es el entorno que de alguna forma lo alimenta. También es ese todo envolvente en el que se desarrolla y que, en muchas ocasiones, ni siquiera nota que está ahí. Hay que detenerse y hacer un esfuerzo para desentrañar lo que esconden las palabras, las intenciones políticas que pueden ocultar, las herramientas de transformación social que llevan guardadas dentro de sí como si se trataran de pequeños caballos de Troya.

No solo es que el chavismo ha distorsionado lo que vemos, sino que también se ha encargado de manipular a su antojo dos de los marcos más importantes para comprender el presente: la historia y el lenguaje. Que veinte años después sigamos hablando de “dirigentes de oposición” no es cualquier cosa. Que por mucho tiempo hayamos asumido como positivo el término “escuálidos” es una victoria mayúscula para el lado oficialista. Palabras como esas aseguran la existencia de, por lo menos, la idea del chavismo por mucho tiempo. Eran opositores a qué, preguntarán las personas en el futuro. No se podrá explicar el término “escuálidos” sin explicar antes al chavismo. Las palabras guardan dentro de sí partes del alma de las personas, de los movimientos políticos, de los momentos históricos.

Este régimen se ha caracterizado por los controles que aplican y el lenguaje no fue ninguna excepción en este sentido. En principio, la forma en que sus dirigentes se comunicaban a la población, disminuyendo el nivel de su discurso con la excusa de acercarse a las clases menos pudientes, pero también bajando la barra de lo que debía ser el nivel de comunicación en general, al punto en que si una figura política intenta utilizar un lenguaje más sofisticado, más cuidado, genera sospechas. La otra parte de la estrategia fue el deterioro de la educación en general. Como se ha documentado, al chavismo no le hizo falta cerrar escuelas, destruir centros educativos ni nada por el estilo, fue tan simple como descuidar los centros de educación. Escuelas públicas en el olvido, condiciones laborales deplorables para los maestros en general, presiones sobre los colegios privados, cambios en las normativas para impedir que los alumnos repitieran grados. Todo esto ha llevado a la formación de personas a quienes cada vez les interesa menos el uso correcto del lenguaje, lo que las lleva a ser mucho más fáciles de manipular a través de las diferentes capas que puede tener una sola palabra.

Sin embargo, en estos últimos días en los que la dictadura ha estado mostrando otra de sus caras más horribles, se ha presentado un nuevo problema. Estos tweets de Jean Mary Curro creo que lo explican muy bien:

(tweet 1, tweet 2).

Ante cada nueva forma de romper a los venezolanos, de acabar con el país, nos vamos quedando sin palabras para describir el horror, el dolor, la tristeza, la desesperación. Y tiene sentido: si son nuevas formas de mostrarnos la maldad, sería lógico tener nuevas palabras para describir la maldad; pero, ¿de dónde las sacamos?

Me da miedo ese panorama en el que el lenguaje se nos quede demasiado corto como para describir estos años de oscuridad (física y simbólica). Me da miedo porque esto es algo de lo que tenemos que hablar hasta que ya no podamos más. Este mal se exorciza con más palabras, palabras coherentes, articuladas, bien pronunciadas. Este mal se exorciza con un discurso consistente, lleno de datos y  hechos corroborados, con los signos de puntuación puestos donde van y un buen uso de los paréntesis cuando corresponden. Pero si todo lo que vemos ha escapado ya las formas que tenemos para comunicarlo, habrá que hacer un trabajo más arduo aún para liberarnos de estos fantasmas.

Pienso en 1984, de George Orwell. Pienso en ese libro todos los días desde antes incluso de leerlo. Pienso en el plan del Partido para instaurar la neolengua y convertirla en una especie de jerigonza sin color, solo una nube gris de sonidos a los que se les puede atribuir un solo significado otorgado por el Partido. En cierta medida me parece que el chavismo logró alcanzar ese nivel: reducir el lenguaje lo suficiente como para que no tengamos ni siquiera cómo describir con claridad lo que nos pasa, ni mucho menos esbozar las soluciones o estrategias de salida.

Por eso aplaudo el trabajo de quienes relatan día a día lo que sucede en Venezuela: escritores, periodistas, comunicadores en general; aquellos que intentan ponerle orden a esta historia. Aplaudo también el trabajo de quienes intentan validar y reforzar la voz de quienes viven este desastre en carne propia, porque el espacio en el que te permiten relatar tu sufrimiento con libertad y comprensión es importantísimo para comenzar a sanar y aprender a vivir con un capítulo de tu historia que te va a acompañar por siempre. Aplaudo el trabajo de quienes “consumen” estas experiencias, porque es nuestra responsabilidad que cada vivencia resuene con fuerza y nos enseñe sobre los días más duros de nuestra historia. Todos estos personajes nos ayudan a volver a apropiarnos del lenguaje en una forma que no responde a una relación clientelar con el poder ejercido por el chavismo. Necesitamos tener las palabras, todas las palabras posibles, para expeler el mal de Venezuela.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

#DomingosDeFicción: Propietaria

 

                                             Los monstruos existen y los fantasmas también.

Viven dentro de nosotros y algunas veces son los que ganan.

 

STEPHEN KING

 

I

Una a sus amigas no las deja botadas. No, señor. Una con sus amigas debe ser solidaria y compasiva. Una debe recordar las dificultades por las que una misma pasó y el apoyo que recibió de familiares y conocidos. Yo misma, por ejemplo, tuve que pasarme unas buenas seis semanas donde mi prima Constanza cuando aquella amiga loca, en complicidad con su novio, me hizo salir de mi propio apartamento. A menos que Constanza me haya mentido, ella también la pasó muy bien conmigo mientras compartimos esos días: yo le colaboraba con las tareas de la casa y también con el mercado. En una ocasión hasta me tocó hacerle de enfermera porque a ella le dio dengue y se puso malísima. Para mí, lo peor de esos días fue acostumbrarme a la presencia de sus gatos. Nunca me han gustado esos animales. Respeto todas las formas de vida, ¡pero no me gustan los gatos! Pese a ello, no recuerdo haber sido antipática con los de mi prima. En fin, hace poco la vida me puso en la situación de retribuir aquel favor. No a mi prima Constanza que, para su suerte, se mudó a Turín con un novio fabuloso que conoció en un consulado. No. A mí me tocó darle cobijo en mi casa a mi amiga Rosario.

Rosario es, por decirlo en palabras sencillas, un imán para los eventos extraños, para lo inexplicable, para las cosas raras. Las cosas que le pasan a ella, estoy segura, no le pasan a nadie más. Contar cómo han sido los últimos tres años de su vida me tomaría mucho más tiempo del que dispongo para referir mi experiencia de las últimas semanas teniéndola cerca. Como la conozco (como la conozco tanto), lo primero que le hice fue una serie de advertencias: cero tipos en mi casa, cero fumadera (no soporto el humo del cigarrillo), cero dejar las camas sin hacer, cero guindarse a hablar por teléfono, cero ponerse mi ropa. Le dije unas cuantas cosas más  pero no tan relevantes como estas cinco, que para mí eran innegociables. Yo no fumo, no meto tipos en mi casa, soy escrupulosa con el orden (especialmente con el de las camas), me da asco la sola idea de compartir mi ropa y no estoy en condiciones de pagar, sin dolor, las altas tarifas del servicio telefónico.

¿Puedo invitar a Richard esta tarde? ¿Puedo? ¿Puedo? ¿Puedo? Como tú te vas a ese jamming con tus amigas, pensé que él podría venir y hacerme un poco de compañía…

A pesar de mis advertencias, Rosario estaba allí, como una niña chiquita y a tan sólo cuatro días de haberse instalado en mi casa, pidiéndome permiso para traer a un tipo.

Ya sabes lo que pienso al respecto, Rosario –le dije–. Si no me gusta que los traigas estando yo aquí, ¿cómo crees que voy a consentir que los traigas cuando no estoy?

Insistió de todas las maneras posibles en que era solo un amigo, en que solo verían una o dos pelis, en que si acaso compartirían un café y unas pastas y en que no pasaría de ahí. “Sé que no debo abusar de tu confianza”, dijo. Me juró y me perjuró que sería solo eso: películas, café y pasta seca. “No me voy a arriesgar a que me pongas en la calle. Tampoco es que soy estúpida”. En efecto, no estaba ella como para quedarse en la calle. Su casera la echó. La echó sin compasión porque ella se atrasó en unos pagos y se volvió morosa. Rosario perdió su trabajo como administradora, y sus pocos ahorros no eran suficientes para alquilar ni siquiera una habitación. Por eso le di acogida en mi casa y porque ella, en el fondo, era buena gente.

Rosario, no. No me lo pongas más difícil, por favor te lo pido. Si quieres compartir con Richard, dile que te invite él al cine, que te invite él un trago… ¡Vayan a dar un paseo por El Hatillo! ¡Vayan a El Tolón! ¡Salgan! No tienen por qué encerrarse aquí…

Mi amiga puso cara de corderito degollado e incluso cuando yo iba saliendo me echó una última mirada suplicante. La ignoré y salí. Cerré la puerta detrás de mí pero me fui con una mala corazonada. Yo a esta caraja la conozco y, a decir verdad, la creo capaz de cualquier cosa. El jamming comenzaría a las once y terminaría a las tres. Para la una y media estaba previsto un refrigerio, y todo lucía promisorio. Esa es una de las experiencias que más disfruto, y me hacía mucha ilusión compartir mis versos y escuchar los de mis amigos. Llegué a la quinta Girasoles, y ya habían llegado cuatro personas. Eso fue a las diez y cuarenta y algo… A mí me gusta llegar a tiempo a todas partes. La puntualidad es una obsesión para mí y, por lo visto, no estaba sola en eso: Aníbal, Laura, Manuel Enrique y Gloria me acompañaban en esa idea. Llegaron antes que yo. Nos saludamos, nos alegramos de vernos y nos felicitamos los unos a los otros. Hicimos comentarios aleatorios sobre la vida de cada uno y compartimos nuestro regocijo por una nueva edición de nuestros encuentros como creadores. Tal como acordamos la última vez que nos vimos, no hicimos ningún comentario sobre la situación del país. Tal como acordamos esa vez, honramos nuestra disposición de mantener impoluta nuestra burbuja artística: no es sano leer poesía con las cuitas domésticas y políticas alborotadas. ¡Pero tampoco se puede leer bien pensando que hay una intrusa en la casa de uno causando cualquier estropicio! Era esta la primera vez que Rosario se quedaba a solas en mi casa, y su mejor ocurrencia fue invitar a un tipo. ¡Válgame Dios! Es que ya me parecía verla revolcándose con Richard en el sofá o, lo que es peor, en mi propia cama, que es la matrimonial. A ella le cedí el cuartico del servicio. Como yo no tengo sirvienta, ese cuarto vive desocupado pero la cama es individual,  y mi amiga siempre ha sido un poquillo extravagante con los homenajes que les brinda a sus conquistas. Una camita individual no era plaza para ella… Esa idea me estaba perturbando bastante. Tanto como la de encontrar las cortinas, los manteles o las plantas con olor a cigarro. No sé. Eso de haber estado viviendo sola por tanto tiempo y tener ahora, por motivos de fuerza mayor, una acompañante en mi hogar era algo que, para qué negarlo, me tenía los nervios un poco de puntas.

No estuve al cien por ciento en el jamming. No. A duras penas, me pude medio concentrar en la lectura de unos textos en los que trabajé durante semanas. Por suerte, los terminé de pulir tres días antes de que Rosario llegara a mi casa. Si no, no hubiera podido. Esta mujer habla hasta por los codos, y el hecho de que la hubieran puesto en la calle por no pagar era una tragedia equiparable al fin del mundo. “La tierra se abrió bajo mis pies, amiguita –me dijo la vez que me llamó para pedirme albergue–. Y ni siquiera tengo un violinista que toque mientras me hundo en la nada. ¡Estoy acabada!”. Le dije que sí con el compromiso de que, en dos semanas, ella estuviera haciendo arreglos para buscarse una habitación aunque fuera pagada a medias con otra persona. De eso ha pasado un mes, y yo la veo muy a gusto viviendo conmigo y no me atrevo a decirle que se vaya. A las tres y media, ya todos habíamos recogido nuestras cosas para regresar cada quien a su casa. “Hoy estuviste un poco apagadita –me comentó Manuel Enrique–. Parecías otra persona”.

¡Es verdad!  corroboró Gloria ¡Estabas como en otra parte! Te lo digo, ¡no eras tú!

¿Dónde más iba a estar?  –pensé– ¡Estaba en mi casa tratando de impedir que Rosario hiciera de las suyas! No me concentré en la lectura…. ¡Claro que no podía ser yo!

Es posible –dije–. A veces, uno no las tiene todas consigo…

Manejé hasta la casa con la mente puesta en todas las cosas que le iba a decir a Rosario: al primer indicio de abuso, la iba a poner en la calle. No le iba a tolerar la más mínima excusa y me iba a olvidar para siempre de las razones por las que nos hicimos amigas hace ya más de ocho años. Si me salía con cualquiera de sus cuentos chinos, yo misma le iba a hacer la maleta y se la iba a poner frente al ascensor para que el fulano Richard se hiciera cargo de ella y de sus pertenencias.

A un cuarto para las cinco llegué a mi casa. A pesar de que la quinta Girasoles no me queda tan lejos, el tráfico de sábado en la tarde estaba un poco pesadito. A punto de meter la llave en la cerradura, me persigné e hice tres respiraciones profundas. Entré. Silencio total. Temí lo peor.

Rosario… ¿Rosario, estás aquí?

No hubo respuesta.

Amiga, ya llegué.

Con sigilo, me asomé al cuartito de servicio. Nadie. Con terror, me dirigí hacia el mío. Nada. Rosario no estaba en casa. Creo que sentí un cierto alivio. Una especie como de tranquilidad al imaginar que se había ido por ahí con el tal Richard. Hasta me sentí un poquito medio plastemierda por todo lo que maquiné y por haberle dado tanto crédito a mis barruntos. Me duché y me preparé un té aromatizado. Volví a ver Los otros, que la estaban pasando por Film&Arts, y creo que me quedé dormida. Era un poco más de las siete cuando me sacó del sueño el tintineo de unas llaves y el abrirse de una puerta.

¡Holaaaaaa! ¡Ya lleguééééé! ¡Yuuujuuuu!

Ya salgo a saludarte, amiga… Ya voy… Creo que me dormí… Ya voy…

Cuando asomé a la sala, vi a Rosario: tenía puesta mi chaqueta de cuero y mis zarcillos de perlas. Era evidente también que se había puesto mi Eau D’Hadrien. Sentí un ligero mareo…

Amiga, ¿te sientes bien? ¡Estás pálida! –me dijo– Ven, siéntate… Siéntate, que te está dando como algo… ¡No me asustes! ¿Qué te pasa?

¿Cómo que qué me pasa, Rosario? ¿Cómo que qué me pasa?

Ya, ya, ya… Ya sé… ¡No te gustó que me pusiera tu chaqueta, tus perlas y tu perfume! ¿Es eso, verdad? ¡Yo sabía que te ibas a poner brava! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!

Y si tanto lo sabías, ¿para qué te pusiste mis cosas? ¿No sabes que eso me choca? ¡Además, fue de lo primero que te dije que no hicieras!

¡Ay, ya lo sé, amiguita linda! ¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Es que quería impresionar a Richard!

Me dijo no sé cuántas cosas más para excusarse. Puso su típica cara de cordero degollado y remató con un comentario que desató todas mis furias.

Te prometo que nunca más usaré nada tuyo… sin antes pedirte permiso, claro… ¡Ah! Y tu conjuntico de Calvin Klein te lo lavo ¡y ya verás que te queda como nuevo! ¡Richard deliró con el bikini!

La última vez que Constanza estuvo en Roma –antes de mudarse a Italia definitivamente con su pareja–, fue espléndida con los regalos que me trajo. Fue idea suya regalarme ese perfume tan costoso y unos conjunticos de ropa interior que yo no podría comprar ni trabajando tres años seguidos día y noche. Me trajo unas prendas de Intimissimi absolutamente adorables (en negro y dorado), otras de Huit 8 (en un tono parecido al de mi piel) y un jueguito de Calvin Klein (en azul rey) al que yo ni siquiera le había quitado las etiquetas y que Rosario tuvo el descaro de sacar de la gaveta de mi ropa interior. Si mi prima supiera que esta loca usó mi perfume Eau D’Hadrien para revolcarse con un amante de ocasión y que se estrenó algo que ella eligió para mí con tanto esmero y generosidad me quitaría el habla para siempre.

Para mí es muy fuerte la idea de que alguien use mi ropa interior o de yo ponerme una pantaleta de otra persona. Lo que me provocaba era tirar a la basura todo lo que esta mujer me había usado, ¡hasta la chaqueta! Pero no hubiera sido racional. Sentía un odio profundo de solo imaginármela revisando y escogiendo entre mis pantaletas, invadiendo de esa forma mis espacios privados. No entiendo cómo no reparó en que ese conjunto estaba sin estrenar, que estaba en su misma cajita, que aún tenía las etiquetas, que… ¡que esa vaina era mía y que yo ni siquiera me la había puesto nunca!

¡Pero no me mires así, amiguita! ¡Quita esa cara! ¡Mira que nuestra amistad vale mucho más que una pantaletica!

¡Me haces el favor y te quitas ya todas mis cosas! ¡Todas! ¡Ya, Rosario! ¡Ya! ¡Otra como esta y te me vas! ¡Advertida quedas! ¡No quiero volver a tener una conversación así contigo…!

Regresé a mi cuarto y la dejé en la sala fingiendo pucheros. Necesitaba hacerme a la idea de que Rosario no actuó de mala fe, de que sus decisiones fueron producto de su ignorancia y de su inmadurez, de un sentido demasiado ligero de la amistad. No quise cenar con ella. A las ocho, cuando pasé por la cocina para buscarme yogurt y una ensalada de frutas, ella no estaba en la sala. Mi chaqueta estaba puesta en el espaldar de una silla, mis perlas en la mesa y mi ropa interior colgaba con pinzas en el tendedero del balcón. Vi las prendas destilando agua y me dio arrechera otra vez, pero no quise engancharme de nuevo con esa emoción. Quizás ella tenía razón y, en realidad, no era para tanto…

En la mañana, cuando me disponía a desayunar, ya la mesa estaba lista: había jugo de arándanos, pan integral tostado, yogurt, mantequilla y pechuga de pavo.

Espero que no sigas molesta… ¿Me perdonas? ¡Ay, amiguita, no me guardes rencor! –suplicó Rosario con su mejor expresión de vaca muerta– ¡Mira! ¡Te preparé el desayuno! ¿Te gusta? ¡Puse todo lo que te gusta! ¡Mira!

Su entusiasmo infantil me sacó una sonrisa y supe que no podía seguir odiándola por abusadora.

¿No me vas a botar, verdad? ¡Yo sé que a ti te gusta el jugo de arándanos! ¡Yo te conozco como nadie! ¡Tú y yo somos la misma!

La abracé y la invité a desayunar conmigo. Le recordé, eso sí, que debía respetar mis reglas. Le recordé lo delicada que soy y que si la había admitido allí era porque la quería y la valoraba como amiga, pero que eso de ninguna manera significaba tolerar que dispusiera de mis cosas como si fueran de uso público. Me repitió que solo quería impresionar a Richard y que nunca se imaginó que yo me iba a enfurecer tanto.

Ponte en mi lugar, Rosario –le dije–. Piensa por un momento que alguien que invites a tu casa empiece a usar tus cosas como si fueran suyas.

¡Ay, a mí eso no me importaría! ¡Tú sabes que yo soy medio hippy!

¡Yo no! ¡Yo no soy hippy  un carajo y no me gusta, en serio no me gusta, que usen mis efectos personales! –le dije con firmeza pero sin rabia–  Así que, para que llevemos la fiesta en paz, por favor, no lo vuelvas a hacer, ¿sí?… Por cierto, ¿has adelantado algo en tu búsqueda de habitación?

Mira, come… Come, que el pan tostado se te va a poner como un chicle…Y no vale la pena… ¡Está riquísimo!

II

 

¿Tú le pusiste pimienta al pollo?

La forma en que Rosario me hizo la pregunta tenía un marcado tono de reclamo y su mirada era la de alguien completamente indignado.

Siempre le pongo pimienta al pollo, Rosario. A veces le pongo curry… a veces le pongo jengibre…  ¿tienes algún problema?

Rosario empujó el plato hacia el centro de la mesa como hacen los niños cuando no quieren comer.

¡Pues yo no quiero eso! ¡A mí la pimienta me sienta mal! ¡Me irrita las mucosas estomacales! ¡No deberías ser tan desconsiderada! ¡Recuerda que no vives sola!

Me sentí incómoda. Cierto es que, al cocinar,  no debo pensar solo en lo que me gusta a mí.

Lo siento. No volverá a suceder.

¡Eso espero!  sentenció con tono amargo.

Rosario se levantó. Agarró su bolso y salió. “Me comeré una pizza en cualquier parte”. Yo terminé de almorzar. Recogí todo y lavé. Por mera curiosidad, pasé por el cuartico de servicio. Vi que su cama estaba sin hacer y que en su cesta de ropa sucia había franelas, camisas, pantalones y ropa interior. Le hice la cama y aproveché que iba a lavar mi ropa para lavar también la suya. La pasé por la secadora, la doblé con delicadeza y se la puse en la cama como un gesto de reconciliación. Últimamente había sido un poco dura con ella y este gesto mío quizás nos haría recordar a ambas por qué estábamos viviendo juntas. Cuando terminé la labor, salí. Debía  reunirme con el grupo entre las tres y las cinco de la tarde. Un editor estaba interesado en algunos textos míos y de varios de mis compañeros. Cuando regresé a mi casa, encontré a Rosario sentada en mi mecedora con el gesto amarrado y una actitud de pocos amigos. Tenía una prenda entre sus manos. Una blusa o algo así.

─ Hola, mujer… ¿qué tal tu día?  –saludé.

─ Chama  –empezó a hablar en un tono neutro–, ¿tú me pusiste esta blusa en la secadora?

─ Sí, ¿por qué? ¿Qué pasa?

─ Chama, ¿tú no sabes leer? ¿Tú no lees las etiquetas? –me reprochó–  Aquí-dice-clara-mente lavar a mano, no retorcer, no usar agua caliente y, fíjate bien, mamita, no-usar-seca-dora, no-usar-seca-dora, coño… ¡Me jodiste la camisa!

─ ¡Bueno, mija, dis-cul-pa! ¡Yo solo quería hacerte un favor!

─ ¿Un favor? ¿Un favor? ¡Valiente favor el que me haces! ¡Como tengo tanta ropa, vienes tú y me la escoñetas! ¡Mira cómo quedó esta vaina! ¡Mira!

Rosario estaba realmente molesta.

─ ¡Dame la camisa esa! –dije y se la arrebaté de las manos– ¡Dame acá! Si la mojo de nuevo y la cuelgo al aire quedará como antes y se acabó el peo…

Rosario me miró con desdén. Me dio la espalda y regresó a su cuarto. Con la misma, volvió a salir. “¿Y, según tú, yo me voy a poner toda esta ropa así? ¿Sin planchar?”. Tiró en mi mecedora toda la ropa que yo le había lavado y doblado y regresó a su cuarto con actitud de patrona ofendida. A eso de las diez, tuve planchada y colgada en percheros toda su ropa, incluida la blusa que originó el reclamo. La ropa mía la plancharía al día siguiente. Ya estaba yo un poco cansada. Soy, más bien, de ir planchando cada vez las prendas que voy a usar. Como vivo sola, no soy de echarme esos maratones planchando.

─ ¿Y en esta casa ya no se cena? Mira la hora que es y no veo movimiento en la cocina –dijo Rosario.

─ Mija, o te plancho la ropa o cocino pero no puedo hacer las dos cosas al mismo tiempo –dije sacando carácter yo también–. ¡Tengo dos manos nada más! ¡No soy un pulpo!

─ Bueno, ya planchaste, ya terminaste, ya colgaste la ropa… Sería bueno que hicieras algo ligero… Es un poco tarde para comer pesado.

─ ¿Qué se te antoja?

─ No sé… En la nevera, creo que vi rúcula, champiñones y creo que unos tomaticos cherry… ¡Me puedes hacer una ensaladita, digo yo, con la mostacita esa Dijón, que es buenísima!

Eso era justo lo que yo pensaba cenar. Para eso compré los ingredientes, pero mi amiga no las tenía todas consigo y no iba a ser yo quien la hiciera sentir peor… Sabría Dios qué clase de día había pasado la pobre… Yo cené un poco de la crema de apio que sobró de la noche anterior y le hice a ella su ensalada.

─ ¡Buenísima te quedó! Por cierto –me dijo–, mañana vienen unas amigas con las que estoy haciendo arreglos a ver si me termino de ir de aquí.

─ ¿Mañana? ¿Para acá? ¿Y hasta ahora me lo dices? ¿Y a qué hora es eso?

─ Mañana, sí. Les dije que podían venir porque aquí es donde vivo. Yo espero que no pongas problemas –me advirtió–. Son puras amigas. No estoy ni metiendo hombres ni poniéndome tu ropa ni usando tu perfume ni un coño… ¿Qué pasa? ¿Tienes algún problema?

─ No… Problema no tengo ninguno… pero me has podido avisar, ¿no? Después de todo, esta es mi casa y me gustaría tomar algunas decisiones también ya que…

─ ¡Ay, bueno, ya! –me cortó– Ni siquiera tienes que estar presente si tanto te molesta… Les dije que vinieran a eso de las diez y media. Ojalá no nos dé aquí la hora del almuerzo para que no tengas que cocinar tanto… Son tres amigas y conmigo cuatro… Bueno, contigo seríamos cinco… ¡Que descanses! Buenas noches…

Sin añadir una palabra más, Rosario me dejó con la palabra en la boca y desapareció camino a su cuarto. Recogí lo de la cena. Lavé la loza y revisé en el freezer a ver qué podía sacar para descongelar. Para mí, que llevo tanto tiempo viviendo sola, cocinar para cinco personas era todo un compromiso. De manera que dispuse de unas milanesas y de otras cosas para el día siguiente. Me fui a acostar pensando que eso era poco precio con tal de que Rosario finalmente resolviera su vida y se fuera de la mía. Como soy de levantarme temprano, al día siguiente, apenas las manecillas fluorescentes marcaron la hora, salté de la cama. A las seis, ya tenía el pollo en una bandeja sobre la mesada listo para marinar, etcétera. Me disponía a hacer unas arepitas para el desayuno cuando sentí los pasos de Rosario viniendo hacia la cocina.

¿Otra vez pollo, mija? ¡De aquí vamos a salir todos volando! ¿Eso es lo que pondrás en el almuerzo? ¿Esa vaina?

Buenos días, Rosario. ¿Dormiste bien? ¿Descansaste? –saludé con ironía.

Mira, en serio, ¿ese pollo sería para el almuerzo con mis amigas? Te lo digo porque hay una de ellas que es vegana… ¡No creo que le agrade comer carne ni pollo ni nada de esa vaina! –señaló– ¿Tú crees que podrías hacerle unas berenjenas en vinagreta? ¡Ah! ¡Ya sé! ¿Y si le haces un ceviche de mango? ¡Ese que te queda tan de rechupete!

Yo no podía creer que Rosario me estuviera hablando así.

─ ¿Ceviche de mango? ¿Tú has comprado mango, Rosario? ¿Tú has comprado berenjenas, Rosarito? ¿Hace cuánto no traes ni una canilla, mija? Si tus amigas son tan delicadas, coño,  ¡deberías cocinar tú! Te recuerdo que no soy tu sirvienta… y que esta es mi casa.

─ Hay que ver que tú eres bien mala gente, chica… ¡Claro! ¡Como yo soy la arrimada, me humillas! Mira, ¡mejor no hagas nada! ¡Deja eso así! Guarda tu pollo… No hagas nada… Yo me reúno con las muchachas en… en… ¡en el salón de fiestas será!

Dejé así el tema del desayuno. Dejé la masa que había preparado para las arepitas. Tapé el pollo y lo puse de nuevo en la nevera. Salí. Bajé a la frutería. Compré mangos y compré berenjenas. Cuando regresé, Rosario ya estaba terminando de desayunar. Con la masa que dejé lista, se hizo tres arepas. Se tomó el jugo de arándanos y terminó con el pavo…

─ Si hubiera sabido que ibas a venir tan pronto –dijo con la boca llena–, te hubiera avisado para que compraras más pavo… ¡El que había se acabó!

─ ¿Y no hiciste una arepita para mí, Rosario?

─ ¡Ay, no se me ocurrió! Como saliste así, pensé que estabas molesta y que no comerías… ¡Tú eres tan rara, mijita!

─ Aquí hay berenjenas, hay mangos, limones, cilantro, cebolla morada y ajos… En la despensa hay vinagre… Agarra cualquier recetario y prepara tú el almuerzo –le dije–. Igual cualquiera de tus amigas te echa una mano… ¡Nos vemos esta tarde!

Me cambié, agarré mi bolso y salí. Si me quedaba en esa casa, iba a arder Troya.

III

 

Estuve de regreso como a las cinco: pasé el día donde mi tía Loredana (la mamá de Constanza). Desde que mi prima se fue, se ha sentido, naturalmente, un poco sola. Almorcé con ella, y eso la hizo muy feliz. Me mostró una cantidad de fotos de Constanza y merendamos rico como a las tres de la tarde. Su sfogliatelle es un festín celestial para saborearlo y su macchiato, un bautismo de gloria. Apenas entré a mi casa, vi una maleta en la sala. Una maleta que yo no conocía. No era de Rosario. De hecho, ella no estaba allí, y me sentí aliviada. Mi alivio duró muy poco. Todo el goce que experimenté donde mi tía Loredana se volvió agua y sal. Cuando pasé por la cocina, vi que había un montón de platos, vasos y cubiertos sucios. Me dieron ganas de llorar. Aquello ya era demasiado: tanta gente en mi casa, ¡cuatro mujeres!, y nadie pudo lavar. No miré más. Rosario tendría que lavar todo aquello. Entré al baño y me duché. Me fui a mi cuarto y me puse a leer Papeles inesperados. Al rato, sentí llaves en la puerta y escuché risas.

Pasa, pasa… Estás en tu casa… Pasa…

Rosario llegó, pero no llegó sola. Las risas y el cuchicheo me hicieron salir del cuarto.

Te presento a Chela… Chela, ella es Aminta.

Rosario se estaba conduciendo como la dueña de la casa y haciendo las presentaciones como la mejor anfitriona.

Aminta, Chela va a dormir aquí esta noche, ¿oíste?… Tranquila, que se va a quedar en mi cuarto. Yo dormiré contigo… ¿No hay problema, verdad? Es que mañana a las siete sale pa’ Maturín y no tiene dónde pasar esta noche…

Por un instante, Rosario dejó de hablarme a mí para dirigirse a Chela.

En un rato, cenamos. Si quieres te bañas, yo te presto una toalla y una batica pa’ que no duermas peladita… ¿Quieres ver algo en la tele? Aminta, ¿ella puede ver la tele en tu cuarto? ¡Es que si no se aburre!

Rosario se estaba superando cada día más. Ella y la tal Chela se instalaron en mi cuarto después de que, entre las dos, rompieron un plato, dos vasos y una taza de cuanto quedó sucio después del almuerzo. Yo, para no promover la discordia, preparé la cena, comimos y me quedé en la sala leyendo a Cortázar. Desde el cuarto, me llegaban las risas de las dos mujeres, que estaban viendo no sé qué película de los hermanos Wayans… Como a las once me asomé a mi cuarto con intenciones de acostarme. Lo único que hice fue apagar la tele, apagar la luz e ir a acostarme al cuartico del servicio: estas dos dormían a pierna suelta. A pesar de que ensayé algunos ruidos y hasta dejé caer a propósito un llavero, ninguna de las dos dio señal de vida. Al día siguiente, se despertaron casi a las diez. Por supuesto, la tal Chela perdió su autobús.

Ni modo, mana, te quedarás aquí hasta nuevo aviso –decidió Rosario–. ¿Hiciste algo de comer, Aminta?

Para mí, sí  –respondí–. Ve a ver qué haces para ustedes ¡y procura no romperme nada!

Aminta, ¿tú pretendes que yo cocine para las dos? ¿Para dos personas? ¿Yo? –preguntó llevándose ambas manos al pecho– ¡Pero si tú cualquier cosa la preparas en un tris, chica! Además, si me pongo yo a cocinar, ¡eso terminará siendo almuerzo… o cena, y no sé cuántas cosas más se puedan romper!

Casqué seis huevos, aparte licué un tomate, media cebolla y dos ajos grandes con sal, pimienta blanca y soya. Tosté seis rebanadas de pan, puse mantequilla en la mesa y lo que quedaba de jugo de naranja.

─ ¿No queda de esa mermelada que pusiste el otro día? ¡Chela ama la mermelada! ¿Verdad, Chela, que te encanta?

Saqué la mermelada, y estas se sirvieron sin escatimar. No hallaba yo cómo decirles que no fueran tan atorrantes y lambucias.

─ ¿No queda pan, Aminta? ¡Está buenísimo!  –me dijo la  Chela como si me conociera desde siempre.

Cuando me disponía a responder, Rosario se me adelantó.

─ ¡Uffff! ¡En la nevera hay un paquete casi completo! ¡Aminta ama el de siete granos! ¿Verdad, Aminta, que te encanta? ¡Pon a tostar un poco más! ¡Yo también quiero! ¡Esta mermelada no perdona!

Si en el paquete casi nuevo quedaron tres rebanas de pan, fueron muchas. Argumentando unas prisas, Rosario instó a la tal Chela para que se levantara de la mesa y salieran en volandas… “Ya va  –dijo Chela–. Vamos a ayudarla, por lo menos, con los platos. No me parece justo que ella sola lav…”.

─ Mira, no hay tiempo para eso, y Aminta es muy delicada con sus platos y sus vainas… Además, el próximo autobús sale en un ratico… ¡Vamos, vamos, que lo pierdes! ¡Ponte pilas!

Sin decir más, las dos mujeres salieron y me dejaron en la mesa un reguero bello. Armada de paciencia, lavé, sequé y guardé. Luego hice la cama de Rosario y Chela y después la mía. Dormir en una cama individual no es tan incómodo después de todo. A pesar de que en el cuartico no hay aire acondicionado, el calor no agobia y el pequeño televisor, aunque no está conectado al servicio de cable, es suficiente para ver cualquier cosa que me estimule el sueño. A decir verdad, tampoco soy muy de ver televisión: lo mío es la lectura, es la poesía. Quizás por eso fue que me eché una siestita de media mañana mientras leía algo de Wihtman. Me recordé como a la una, y me levanté de un brinco. Rosario podía haber llegado ¡y yo sin hacer almuerzo! Tiré el libro por ahí y volé a la cocina. Vi a Rosario en la mecedora. Tenía mala cara. Se veía molesta. No me dijo nada. Yo interpreté.

─ ¿Es por el almuerzo, verdad? ¿Estás molesta porque no está listo el almuerzo?      –pregunté– Tú tranquila, que en un tris lo tengo listo…

Incrédula, me miró con displicencia.

─ Y procura que no sea pollo… ¡Pollo no! ¡No quiero salir volando! Prepárame… ¡merluza! ¡Eso! ¡De esa que compraste ayer fresquecita en el mercado!

Los filetes me quedaron estupendos. Los preparé al ajillo con una guarnición de papas al vapor y vegetales salteados. Rosario comió con fruición y, antes de levantarse de la mesa, se excusó conmigo porque el ajetreo de ayudar a Chela con su ida a Maturín la había dejado exhausta. “Voy a echar una cabeceadita… Richard vendrá a buscarme a las seis y media… Despiértame a las cinco, que quiero arreglarme con tiempo”. Rosario se metió en mi cuarto y cerró la puerta antes de que yo pudiera contestarle. A las cinco en punto la desperté con suaves golpes a la puerta para no sobresaltarla.

─ ¿Qué fue? ¿Qué escándalo es ese, por Dios?

─ Disculpa, Rosario… Son las cinco.

─ ¡Ya, ya! Deja la bulla por favor…

Apenada, me retiré al cuartito y la dejé hacer. Casi a las seis, la fragancia de un perfume conocido me hizo asomarme a la sala: era Eau D’Hadrien… ¡Mucho Eau D’Hadrien! Rosario se había bañado con él, y lucía de punta en blanco: tenía puesto mi vestido favorito, mis zapatos blancos de patente y un precioso gancho de fantasía brillante que me regaló mamá cuando me gradué en la universidad.

─ Estás muy bonita…

─ ¡A que sí! ¡De esta noche no pasa que Richard se me declare!

─ ¡Es que estás bellísima, mujer! ¡Pareces salida de un cuento!

─ Por cierto, si quieres, cena tú… Prepárate cualquier cosa… En la nevera hay frutas, hay yogurt, hay lechuga…  ¡Ah! Y no me esperes despierta… Si acaso, déjame dispuesto un té verde en la nevera para que esté bien frío por si regreso… ¡Es lo mejor en caso de resaca! Y, por lo que más quieras, ¡nada de azúcar, Aminta! ¡Na-da-de-a-zú-car!

─ Como usted diga, señora…

IV

 

De lo mejor que tiene el cuartico de servicio es que por ninguna rendija entra nada de luz. Ni siquiera tengo la molestia de la fluorescencia de las manecillas del reloj que está en el cuarto de Rosario. Era ese el despertador que me hacía saltar de la cama en mis madrugadas de trabajo: ya no me molesta porque ya no lo veo. De modo que cuando me acosté después de cenar cualquier cosita, me dormí viendo la reposición de un capítulo de La mujer perfecta. No sé a qué hora, una algarabía soterrada de risitas pícaras me hizo despertar. No tenía yo ni idea de cómo averiguar la hora a menos que pulsara alguna tecla de mi celular. Y fue lo que hice en mi estado de duermevela. Eran exactamente las tres y veinticinco de la madrugada… y esas risitas en la sala. En la penumbra de mi cuarto, me pareció escuchar el murmullo de la voz de la señora Rosario y de una voz masculina. Me imaginé que debía ser su pareja: el señor Richard. Escuché un breve trasteo en la nevera (seguramente se estaban tomando el té verde) y después la estridencia de un vaso estrellado contra el piso o contra la mesada… Después más risas y después una carrerita en tacones desde la cocina hacia el cuarto principal. Ni me atreví a asomarme a la sala. Hice un esfuerzo por conciliar de nuevo el sueño, y cuando volví a abrir los ojos eran ya las ocho y cuarto. Me di un baño rápido y me volví a poner la misma ropa. Mis otras cosas estaban en el otro cuarto y lo menos que yo quería era molestar. Apenada, salí a la sala y vi que los señores ya estaban desayunando.

─ ¡Buenos días, dormilona!  –dijo la señora Rosario con ánimo festivo. Era obvio que estaba contenta– ¡Richard ya se encargó del desayuno! ¡Preparó unas crêpes con ajoporro, y están divinas! ¿Te provoca? Por aquí sobraron dos…

Asentí con la cabeza. No dije ni ñe. Tomé una de las crêpes que habían quedado en la mesa y me la comí fría (me dio pena calentarla) y me serví algo de jugo.

─ Te habríamos dejado mermelada ¡pero Rosario es demasiado golosa! –bromeó el señor Richard.

─ No se preocupe… Estoy bien así.

Terminé de comer a solas pues los señores se levantaron y entraron de nuevo al cuarto. A los pocos minutos, ya estaban en la sala listos como para salir. La señora tenía puesta mi ropa y llevaba mi bolso rojo de piel en combinación con unos zapatos del mismo tono. El señor también lucía muy elegante. Supongo que llevaba la misma ropa con la que llegó en la madrugada. La señora tenía en su mano un cuaderno empastado. Un cuaderno muy bonito y que, por alguna razón, significaba mucho para mí. En la tapa, podía leerse sin dificultad la palabra Jamming. Antes de abrir la puerta para salir, la señora Rosario volteó y, mirándome, me dijo: “hoy mi Richard va a saber que, aparte de elegante, también soy muy talentosa y que escribo de lo lindo”.

─ No nos hagas almuerzo –añadió–. Hoy pasaremos el día fuera… Por cierto, aprovecha que vas a estar sola en la casa para que dispongas unos cojincitos cerca del balcón. ¡Richard traerá su angora y su siamés! ¡Ah! Y ve pensandito en otro empleo… Aquí ya no harás más falta.

─ Como diga la señora…

Me quedé allí, lánguida en aquella casa,  pensando en qué hacer con mi vida y en las pocas amigas que aún me quedaban. Cualquiera de ellas podría brindarme su apoyo. Después de todo, una a las amigas no las deja botadas. No, señor. Una con las amigas debe ser solidaria y compasiva. Una debe recordar las dificultades por las que una misma pasó y el apoyo que recibió de familiares y conocidos. Yo misma, por ejemplo, tuve que pasarme unas buenas seis semanas donde mi prima Constanza. Para mí, lo peor de esos días fue acostumbrarme a la presencia de sus gatos. Nunca me han gustado esos animales. Respeto todas las formas de vida, ¡pero no me gustan los gatos! Es que no sé. No me gustan…

 

Por Eritza Liendo | @LiendoEri 

 

Maracaibo y lo que la luz se llevó

Otra vez se quedó en el ascensor. Su nombre es Antonio y es uno de los vecinos más populares y colaboradores del edificio donde vivo. Desde que arrancaron los apagones nacionales en marzo, ha corrido con la mala suerte de estar dentro del ascensor en al menos cinco bajones.

Cuando esto ocurre, se activa un equipo de contingencia entre vecinos para sacarlo abriendo el ascensor manualmente. Siempre son los mismos chistes: “A usted como que le gusta estar dentro del ascensor”, “Tiene tanta mala suerte que ni loca me monto con usted”, “Nada más escuché que alguien se había quedado atrapado y dije: lo volvió a hacer Antonio”.

Su esposa, quien se pone muy nerviosa, dice lo habitual: “No sé hasta cuándo le voy a decir que no se monte en estos tiempos de apagones. Que mejor baje siempre por las escaleras. Ya me tiene harta”.

Y yo estoy de acuerdo con ella. No porque esté harto de colaborar para sacarlo, sino porque me parece un enorme riesgo que ni loco correría, especialmente porque soy claustrofóbico. La verdad, no tengo problemas con bajar y subir todos los días hasta mi apartamento, en el sexto piso, porque estoy seguro de que jamás podría aguantar los cinco o diez minutos que aguanta Antonio mientras lo sacan de su encierro.

Estas historias nunca llegan a la prensa. Probablemente porque las consideran pequeñas tragedias demasiado íntimas para ser relevantes, salvo que suceda algo más: como alguien muriendo asfixiado.

Dios cuide a Antonio.

Estas historias son producto de la ineficiencia y corrupción a la que ha estado sometido el sistema eléctrico nacional en los últimos 20 años. Son consecuencias que no deberían ocurrir jamás, y menos en Maracaibo, la primera ciudad de Venezuela que tuvo electricidad.

Pero ocurren.

Las calles, ya sucias por la ineficiencia del alcalde, ahora están peores: las adornan un montón de barricadas improvisadas, producto de protestas, que nadie se digna a quitar; algunas carnicerías no tienen carne porque los carniceros temen encargar mercancía que corre el riesgo de ser saqueada; hay panaderías que no tienen pan porque los dueños se niegan a producir grandes cantidades que luego no pueden ser vendidas porque los puntos de venta no funcionan y nadie tiene efectivo; muchas personas no beben agua fría ni duermen con aire acondicionado en una ciudad conocida por sus altas temperaturas; el transporte público es poco o nulo: la mayoría de las unidades están en colas interminables para echar gasolina, mientras los ciudadanos se ven obligados a caminar largas distancias para llegar a sus destinos.

A unas cuadras de mi apartamento hay un barrio donde todas las tardes las aceras están full de mesas. Parece un torneo, pero solo se trata de vecinos que han encontrado en el ludo, dominó o damas chinas, una manera de pasar el rato.

Hace poco más de un mes, en el primer apagón del siete de marzo, muchos de ellos participaron en los saqueos que afectaron a más de 500 locales comerciales. Todavía, cuando paso por allí, escucho cómo algunos cuentan con orgullo lo que tuvieron que hacer –desde destrozar santamarías, hasta romper puertas de vidrio– para cargar bultos de harina pan o decenas de bolsas de cereal. Lo comentan mientras esperan que llegue la luz: con suerte tienen unas ocho horas diarias de electricidad.

José Miguel no. José Miguel en las últimas semanas apenas ha tenido cuatro horas… en los días buenos. En los malos, no tiene ni una. Por ello, entre otras cosas, casi siempre su teléfono está descargado o no tiene señal ni WiFi.

Ayer me escribió. Al fin supe de él. Me cuenta que posiblemente ya no se gradúe este año porque las asesorías para presentar su tesis se han retrasado. Coño de la madre, le respondí. Luego, me regaló un análisis de la tragedia que vivimos: “Esta situación es muy arrecha porque te pega en los puntos más débiles: ver memes y porno”. Entonces reí y me alegré al descubrir que aún no ha perdido el espíritu… o al menos eso intenta aparentar.

Hay muchos que sufren los apagones con más intensidad que otros. Con más intensidad que yo. Hay quienes tienen luz más de diez horas al día; otros están por encima de las cinco o tres, y hay quienes han pasado hasta ocho días seguidos sin electricidad.

Mi abuela nunca tiene en la madrugada, aunque duerme bien según mi mamá, quien ciertas noches a la semana se queda con ella. “Quien la pasa mal soy yo”, me comenta. “No descanso nada”.

El gobernador ha publicado un cronograma que no se respeta, y el muy cínico ha dicho que está bien: que si se va la luz fuera de estos horarios, el pueblo debe entender que se está haciendo mantenimiento y estas cosas ocurren.

Ni con cronograma en mano el pobre de Antonio puede evitar quedarse en el ascensor.

Maracaibo está apagada. Literalmente. La calle 72, conocida por sus populares discotecas, está desolada por las noches. Algunas discos trabajan pero sin aire acondicionado y no logran llenarse ni a la mitad. Aún hay quienes se empeñan en ser felices a pesar de todo, o simplemente por un momento escapan de la pesadilla fumando marihuana, bebiendo cerveza y escuchando trap. Este es un lujo al que no todos pueden acceder en estos momentos.

La mayoría de los hoteles también están cerrados. Parece banal pero ni coger se puede y, coño, cómo hace falta.

Los únicos abiertos son los 5 estrellas, impagables para la mayoría de la gente honesta. Allí se quedan, principalmente, enchufados y autoridades como el gobernador y alcalde, según denuncias. Estos personajes, incluso, se atreven a montar costosas fiestas. A lo mejor ellos, en tiempos de apagones, también necesitan escapar por un rato de su rutina, ¿no?

No estamos para gastar plata en eso, me dice la jeva. “Mejor esperamos un día que mi mamá no esté y lo hacemos en mi casa”.

Mi comunicación con ella no ha sido muy fluida en las últimas semanas, lo cual ha traído algunas consecuencias a la ya complicada relación que tenemos. Qué raro el chavismo empeorando todo, ¿no?

Me escriben panas de Caracas, Argentina, Brasil, Chile, Miami y Uruguay para saber cómo estoy. A todos les digo que bien, aunque mis respuestas a veces llegan unas diez horas después por problemas de conexión.

Y en realidad me siento bien, o al menos mucho mejor que otras personas a las que veo quebrarse a diario en la oficina, la panadería o el edificio. He llegado a la conclusión de que, como mi trabajo es contar nuestra tragedia, ya perdí la sensibilidad. Como un corresponsal de guerra.

Uno nunca se divorcia de la suegra cuando es buena, aunque la hija esté bloqueada hasta en Instagram. La mía me escribe casi a diario. Antes lo hacía para saber cómo estaba; ahora, preocupada, para confesarme que está traumatizada con los apagones.

No es la única. Tengo una compañera de trabajo que suele aguantar las ganas de llorar cuando nos cuenta su día a día. Ella juega para el equipo de José Miguel con “alumbrones” de cuatro horas. A ello hay que agregarle la escasez de agua que ha empeorado por el tema eléctrico. Hace unos días escribió una crónica sobre cómo carretea todos los días junto con su mamá: “Tuve que hacerla para desahogarme”.

Esa es otra de las caras de Maracaibo por estos días. Para transportar agua no hay distinción social: clase media alta, clase media, clase pobre, clase más pobre: todos lo hacen. La clase alta no, porque eso ya casi no existe o se resume en  quienes disponen de agua sin ningún problema en los hoteles donde se alojan.

Por las calles se ven pasar botellones en vehículos de todo tipo: carretillas, coches de bebés y hasta carritos de supermercado. Son escenas que se han vuelto cotidianas pero que parecen sacadas de una película apocalíptica.

Un adolescente fue atropellado el otro día cuando intentó atravesar una avenida sosteniendo un botellón pesado que le dificultaba sus movimientos. El carro se dio a la fuga. Su familia no tenía dinero para darle una sepultura digna y la alcaldía le ayudó con los recursos. Una tía dijo estar agradecida, pero no pestañeó al sentenciar: “Si no hubiese esta crisis de agua, él no se hubiera muerto y ellos no tendrían que ayudarnos”.

Tras casi un mes perdido, mi mamá volvió a clases hace una semana en un horario especial: hasta el mediodía, si hay luz; hasta las 10:00 de la mañana si no. El día exacto de regreso uno de sus alumnos le dijo: “Yo no le deseo la muerte a los chavistas, pero espero que haya justicia”.

Tiene 11 años.

Hace unos meses empecé a ver la serie Lost en televisión por cable. Todos los domingos pasan unos cuatro episodios y desde que inició esta pesadilla se me alteró por completo la historia. El pasado domingo pude verla, después de dos domingos, y no entendía un coño.

Un pana me dice que ni me moleste en terminarla porque el final es una cagada, pero yo quiero verla, maldita sea. Así como también quiero ver la Champions League. Cristiano Ronaldo va camino de ganar una nueva Champions, como para vengarse del Real Madrid, y todo apunta a que tendré que recurrir a YouTube.

Otra cosa que me quitará el chavismo.

Se aproxima Endgame y me agobia la angustia de pensar en todas las cosas que tendré que hacer para evitar los spoilers si no puedo verla la semana de estreno. Mi mejor amiga vio con dos semanas de retraso Capitán Marvel porque los cines no tenían plantas eléctricas, con lo que cortó la racha de ver todas las películas de este universo el primer día.

Todos los días nos quitan algo más.

No es que Maracaibo fuese un paraíso antes del siete de marzo. De hecho, la ciudad en la que crecí está en caída libre y ha perdido su normalidad desde hace años. Es irreconocible para el niño que fui. Algunos parques de diversiones han quebrado, puestos de comida desaparecieron y no me queda casi ningún amigo. Pero, sin duda, está menos normal que nunca.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_