Fenómeno Frida Kahlo

 Símbolo del feminismo, pintora irreverente, ícono pop, Frida Kahlo (nacida un día como hoy, pero hace 111 años) alcanzó cuotas de popularidad e idolatría inimaginables para una mujer de su época. Y es que si en vida tuvo que convivir bajo la sombra de su amado esposo, el también pintor Diego Rivera, su legado artístico e ideológico trascendió fronteras y generaciones para establecerse hoy en día en un fenómeno sin parangón desde cualquier punto de vista. Según Martha Zamora (autora de ‘Frida: el pincel de la angustia’), el culto e iconización de Frida no inició en su natal México, sino en Estados Unidos gracias a la migración de mexicanos, pues alejados de su país, encontraron en su retrato y biografía una conexión con sus raíces. De esta manera comenzó la ‘fridamanía’, un movimiento que convirtió a la nativa de Coayacán –como relatan en ‘El País’ de Madrid- en “imagen de movimientos sociales como el feminismo, la lucha LGBT y de las personas con discapacidad”. La historia de la pintora (de amor, sufrimiento y arte) no sólo llamó la atención de grupos que se identificaron con ella, sino que también la mercadotecnia se interesó e impregnó en camisas, muñecas, libretas y delantales su imagen para inmortalizar la devoción por Frida. Para muestra, el botón de la Casa Azul. Hay quienes arriban a Ciudad de México sólo por tránsito, y tienen suficiente tiempo, salen del aeropuerto para visitar el hogar (actual museo) de la artista mexicana. Su manera de amar, su estilo de vida y forma de ver al mundo inmortalizaron a un personaje que prevalece a través del tiempo: “Pies para que los quiero, si tengo alas para volar”, fue su pensamiento tras sufrir un accidente de tránsito a los 18 años que la postró en cama por un mes.

El periodista se despide

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17 

Luego de quedar en la ruina y probar por un mes las delicias de ese viejo continente de donde le viene el segundo apellido, el periodista volvió a Venezuela a pesar de las múltiples presiones que ejercieron sobre él personas muy queridas para disuadirlo. Pero el periodista fue más periodista que nunca (entiéndase: insensato), desoyó las preocupadas advertencias y volvió. Siendo ya pobre y sin la holgura económica que le proporcionaba su otrora abultada cuenta corriente, el periodista tuvo que dejar su característica despreocupación por los asuntos económicos y comenzar a ocuparse de ellos en tiempos de hiperinflación, lo que significó vivir pendiente de quincenas, días de depósito, límites de tarjeta y pagos, todo ello para apena poder comprar los pocos productos que la fortuna le permitía encontrar a precio viejo en algún anaquel perdido.

Y mal que bien, el periodista aguantaba. Había renunciado a prácticamente todo lo que podía renunciar en lo económico, pero se encontraba al frente de una estimulante redacción de brillantes y muy proactivos (y productivos) estudiantes de periodismo, que con su entusiasmo, dedicación y empeño lo motivaban a seguir en la pelea. Y la siguió dando, a veces a extremos suicidas (que a fin de cuenta son los del periodismo), como cuando escribió una serie sobre los bolichicos de Derwick, esos que se robaron $2.000 millones vendiendo chatarra eléctrica como nueva. Allí se topó de frente con los largos y siempre asfixiantes tentáculos del dinero mal habido, sus poderosas conexiones y lo peligrosos que son en un país sin instituciones y con impunidad. Pero ahí seguía y ahí siguió, hasta que ya no pudo más. La hiperinflación revolucionaria lo derrotó. Y cuando tras dos experiencias familiares complicadas, con médicos, clínicas, montos impagables y deudas asfixiantes de por medio, se dio cuenta no tanto de lo precaria de su situación -que ya lo sabía- sino de lo vulnerable, de lo peligrosamente vulnerable que era, tuvo que ser responsable y tomar la decisión, por él y los suyos, de irse de Venezuela. Y como ha tenido que hacerlo, le ha tocado ponerse memorioso para dejar constancia de la breve y feliz historia de un medio muy sui generis, que en una de las épocas más duras -si no la más- ha hecho, a su discreta y particular manera, lo que otros, más grandes y con mucha más trayectoria y recursos, se negaron a hacer: informar.

¿Por que tuvo Revista OJO, aquella deliciosa revista cultural y universitaria tan bien dirigida por el brillante Jesús Torrivilla, que convertirse en un medio digital e informativo? El periodista, que fue a quien le tocó sacar las dos últimas ediciones impresas y luego hacer la transición a lo digital y estar al frente de ella por casi cuatro años, lo puede decir con propiedad: por compromiso. Cierto que el papel glasé se había acabado en Venezuela, que la imprenta había pasado semanas parada por falta de repuestos y que los costos se hicieron impagables. Pero ello sólo habría obligado a un cambio de formato y nada más. Sin embargo, lo hubo también de contenido. Y ello se debió a la improbable y afortunada coincidencia de unos directivos comprometidos con Venezuela, y de un periodista que quería, y no es perogrullada visto lo que hacen otros ‘colegas’, hacer periodismo.

Esa, no se le olvidará nunca al periodista, fue la respuesta de Verónica Ruiz del Vizo en una reunión editorial que apuntaba a ser de liquidación y despedida -se había acabado el papel y la revista no saldría más, nos informaba-, y que terminó por ser de resurrección y bienvenida. “¿Qué vamos a hacer ahora? ¡Periodismo!”, monologó la fundadora, para luego, siempre pionera, decir que tendríamos como caballito de batalla Instagram -en ese momento una red social de fotos que parecía hecha para todo menos para informar con texto-, darnos ella un hashtag de su cosecha -#JóvenesInformados- y toda la libertad del mundo para hacer el periodismo que quisiéramos, que terminó siendo uno combativo, independiente, irreverente, faltón, retador, a veces escandaloso y otras tantas radical pero siempre contrastado y sobre todo bien escrito, como tenía que ser (no había de otra) el medio dirigido por el periodista, que se había pasado el bachillerato diagramando tabloides en la última página de sus cuadernos y la universidad leyendo clásicos en la biblioteca, que en los viajes compraba (y disfrutaba) tanto ‘The New Yorker‘ como ‘The New York Post‘, y que ahora tenía un cuadrado en blanco en una red social para hacer las portadas de tabloide que siempre había querido y 1.500 caracteres (hoy son ya 2.200) para escribir los textos que tenía en deuda tras tanto leer.

Como lo son siempre los años de fundación, aquellos primeros de Revista OJO en digital fueron preciosos, o así los recuerda el periodista. Todo tuvo que iniciar de cero. No había nada hecho y todo se podía inventar. Ensayo y error mediante, recuerda el periodista, fueron dando con lo importante: los horarios, la diagramación, los temas y las secciones. Todo sometido al juicio implacable de los likes, pero, sobre todo, al de los comentarios, tan o más efectivos que los viejos termómetros de mercurio. Y así, poco a poco, se fue creando alrededor de Revista OJO una comunidad de lectores, pequeña pero alturada, más de argumentos que de insultos, que acabó por darle ese toque genuino, de special one, que es el que finalmente la ha caracterizado. Y ya una vez hecho todo, habiendo descubierto (que no inventado) el agua tibia, lo que quedó fue seguir informando. En Venezuela se hizo silencio, pero Revista OJO habló. Los medios o desaparecieron o se moderaron (esa forma de desaparecer aún estando), voltearon para otro lado, pero el pequeño OJO siguió aguzado, viendo, contando e informando. En los años más duros, y de eso puede gloriarse el periodista, en Revista OJO se escribió tanto de lo que se podía como de lo que no, porque el criterio, traducido a pregunta, nunca fue ¿podemos escribir de…?, sino ¿tenemos que escribir de…? Y con esa sola pregunta, el periodista y sus compañeros informaron, no sin miedo algunas veces (porque lo hubo), de narcotráfico y bolichicos, de ladrones de cuello rojo, blanco y hasta amarillo, de clanes y carteles, de testaferros y sancionados, de Diosdado y de Maduro, y de todo lo que quisieron y consideraron importante, sin olvidarse nunca de la cultura, que fue (y es) otra forma de resistir. Durante casi cuatro años, todos los domingos el periodista firmó una reseña de libros, y entre semana, junto con sus compañeros, cientos de breves reseñas biográficas de hombres notables; hasta una serie sobre los Premios Nobel Latinoamericanos se hizo, sin olvidar los muy populares y demandados tips de gramáticas de #HayQueSaber, luego convertidos en taller universitario. La apuesta era clara: inspirar, elevar y enriquecer a unos lectores a los que la revolución quería ignorantes.

Y cuando en abril de 2017 la calle se encendió y hubo que volver a preguntarse qué hacer, la respuesta no varió: periodismo. Y periodismo implicó dejar la oficina y salir a cubrir las marchas. El periodista, entonces, pasó de editor con aire acondicionado a reportero de guerra con chaleco antibalas, máscara antigas y casco blindado. Fueron tres meses duros (durísimos), de violencia, barbarie y sangre, de represión desmedida, de una agresión física, y de mucho horror. Pero ahí estuvo el periodista, en la línea de fuego, escribiendo para Revista OJO, haciendo crónica y dejando para la posteridad el relato en prosa de lo que era estar allí, lo que se sentía, lo que se veía, lo que se vivía. Y no sólo escribiendo, también reportando. Porque estar a la altura implicó, en días cuando la televisión y la radio no dijeron nada, aprovechar las ventajas de la tecnología (e invertir en internet portátil) para hacer transmisiones en directo vía Instagram Live y ser un OJO más a través del cual Venezuela y el mundo pudieran ver. Eso fue puro periodismo y compromiso, las dos palabras que marcaron y siguieron marcando Revista OJO. Porque cuando la represión y el desencanto sofocaron la calle, el periodista y su equipo siguieron en combate. A la constituyente la llamaron fraudulenta y desde entonces una (f) ha antecedido (norma de estilo) a sus funcionarios y cargos; de frente y en voz alta hicieron (y trataron de responder por dos semanas) una pregunta peligrosa y subversiva pero necesaria: ¿por qué no cayó?; a los presos políticos les dedicaron una larga serie para visibilizar sus casos; en las presidenciales, a pesar de las amenazas de Tibisay, llamaron a la abstención, y siguieron, para resumir, siendo puro periodismo y compromiso.

¿Hubo en Venezuela otro periodista, no propietario de medio, tan libre como él? El periodista no lo sabe, pero quisiera pensar que sí. Quisiera pensar que otros colegas suyos también disfrutaron del alivio que da no tener compromisos ni deudas con nadie, escribir sin presión, titular sin coacción, elegir tema y jerarquizar sin agenda, y publicar sin tener que pedirle permiso a nadie más que a la conciencia y a los principios. Que ese, en muy resumidas cuentas, fue su improbable día a día en Revista OJO por casi cuatro años, y por el cual no puede hacer otra cosa, habiendo ya llegado el final de su tiempo al frente, sino agradecer de corazón a todos aquellos que lo hicieron posible: empezando por los directivos, VRdV y OS, que dejaron el medio en sus manos y le dieron libertad total para hacer con él lo que quisiera; continuando por sus muchos y muy talentosos (y queridos) compañeros, cómplices con él en esa aventura arriesgada e insensata; y terminando por los lectores, que con su fidelidad, sus siempre cariñosos elogios, sus oportunas y necesarias críticas, y sus muy alturados comentarios, hicieron posible el sueño de un periodista que quiso ser libre (y hacer periodismo libre) en tiempos de dictadura…y lo consiguió en un medio llamado, honra y loor por siempre, Revista OJO.

Huérfanos por el éxodo

¿Puede un niño definir la tristeza? Fue lo que se preguntaron los periodistas Daniel García y Dalila Itriago de la ‘BBC News’ para hacer un reportaje acerca de la separación de padres e hijos por culpa de la crisis. “Lo que me ayuda a llenar el vacío es el deporte”, les comentó Rubén, de 11 años, quien vive con su tía debido a que su mamá emigró a Colombia. Cuando el dinero no alcanza para la alimentación, las familias se dividen para poder subsistir. El camino para devolver el plato a la mesa es emigrar; sin embargo, el grupo familiar no se puede mantener unido. La ausencia de la figura paterna es común en Venezuela. “Los barrios populares de Caracas están llenos de madres, tías y abuelas que sacan adelante solas a familias numerosas”. Así es que la madre debe abandonar el hogar para darle de comer a sus hijos. Pese a que los niños entienden la ausencia de sus padres, puede haber consecuencias difíciles de resolver. “No se fue por ella, sino por nosotros”, dijo Rubén. “Sentirse solo, triste y sin orientación los afecta anímica y psicológicamente, y eso también se verá reflejado en su desarrollo”, fue la opinión de la directora nacional del Programa Escuela Fe y Alegría entrevistada por la ‘BBC’. El riesgo del abandono (forzado) es que “los niños se puedan volver retraídos o violentos”. El éxodo es producto de una crisis sin precedentes que ahorca económicamente a las familias. De los nominados “padres huérfanos”, quienes hablan de sus hijos (mayores de edad) que se fueron en las reuniones familiares, llegan los “hijos huérfanos”, que tuvieron que despedir a sus progenitores por la coyuntura.

El link del reportaje completo aquí

Un espacio chévere en la radio

Empeñados en informar con espíritu joven, en Revista OJO nos complace anunciar que todos los martes, a las 9:15 de la mañana, Radio Chévere (emisora online de venezolanos en Chile) nos concede un espacio de 10 minutos para analizar las noticias más importantes de la semana. #OJOConLaNoticia es un segmento que busca a través de un medio como la radio transmitir oralmente lo que aquí se publica. Cada semana las letras se harán sonidos gracias a la participación de nuestro equipo en el segmento de Radio Chévere. La alianza permite no sólo llegar a aquellos venezolanos que se encuentran en Chile, sino también comunicarnos con el mundo, pues a través del link (disponible en la BIO) cualquiera podrá enchufarse (y no a la regleta roja) a nuestra transmisión.

¿Te lo perdiste? No te preocupes, todas las semanas publicaremos en la web de Revista OJO los 10 minutos con el análisis que necesitas escuchar. ¡Conéctate con nosotros! #OJOConLaNoticia es un espacio chévere en la radio.

RESEÑA: ‘Cuba and the cameraman’

‘Cuba and the cameraman’ es un documental formidable de un admirador de Fidel Castro, pero responsable con su trabajo. Y es que pese a la afición del director por la figura del dictador cubano, Jon Alpert es capaz de mostrar la realidad de la isla desde la óptica de sus habitantes, pues son ellos -sus rostros- que cuentan cómo su calidad de vida empeoró desde la llegada de la revolución. El documental cuenta la historia de tres familias cubanas durante 40 años. A través de sus testimonios, es que el espectador sabrá las experiencias de ciudadanos comunes bajo el yugo de un comunismo que se quedó (como se ha quedado siempre) en pura dialéctica. Un extranjero, Alpert, pone en escena no sólo las vivencias cubanas, sino también una verdad insoslayable. Y es que en Cuba, los turistas siempre tendrán prioridad por encima del nacional, por lo que el cubano se siente como un extranjero en su propio país. La verdadera belleza de este documental, que se encuentra disponible en Netflix, es como el director logró amar a un líder, pero a la misma vez hundirlo. Si nunca se duda de las creencias de Alpert hacia la revolución, menos de su calidad, pues realizó una obra impecable desde el punto de vista histórico y fílmico. ¡Disfruten!

El quiosco que se fue

 Enmarcado en el plan destruye el país y culpa al Imperio, la Alcaldía de Caracas decidió arbitrariamente remover quioscos de las avenidas Urdaneta, Universidad, Baralt, Sucre y Francisco Solano en Caracas. El argumento oficial dice que necesitan el espacio para rehabilitar las aceras; sin embargo, no se le comunicó a los quiosqueros oportunamente. Si la crisis de efectivo no fue suficiente para poner en jaque a los comerciantes, la última decisión los deja a la deriva por un tiempo indeterminado que, en clave revolución, podría ser para siempre. Según la cifra que maneja el portal crónica.uno, 500 personas son las afectadas por la ejecución de este proyecto. De esta manera arrebatada, es que a quiosqueros de Caracas sólo les quedó observar como su puesto de trabajo era removido como carga pesada por maquinaria de construcción. Más allá del cigarro y el periódico, un quiosco tiene un valor patrimonial que un gps jamás podrá tener. Y es que quien no se paró en una esquina a preguntar una dirección a un quiosquero, que tire la primera piedra. Son ellos los que conocen no sólo el olor de las calles, sino las historias de la ciudad. Dos quioscos podían convivir en la misma cuadra sin estorbarse, incluso ofreciendo la misma mercancía. Que la rehabilitación de aceras era necesaria, no es motivo suficiente para despachar de su trabajo a un trabajador que no hace más que maromas para poder mantenerse en una economía en crisis.

Tiroteo en la redacción

En la sala de redacción se encontraban los periodistas frente al teclado, algunos trascribían entrevistas, otros hacían llamadas, fue en aquel momento en donde el sonido de una pistola invadió de miedo a los presentes: un tiroteo dentro de las oficinas del ‘The Capital Gazette’, uno de los periódicos más antiguos de Estados Unidos. A Phil Davis, que cubre sucesos, le tocó reportar en vivo a través de Twitter, y debajo de su escritorio, la noticia más tétrica de su vida: “No hay nada más escalofriante que oír a múltiples personas tiroteadas mientras tú te encuentras bajo el escritorio y entonces oyes al pistolero recargar su arma”. A los profesionales que en otras tragedias reportan cómo escuelas y locales en Estados Unidos se manchan de sangre por individuos muchas veces con problemas psicológicos, les tocó presenciar un problema nacional que más allá de erradicarse, se propaga con velocidad bacteriana. El periódico fundado en 1727, y ubicado en Annapólis (estado de Maryland), sufrió dentro de sus instalaciones un tiroteo que golpeó, pero no calló a la prensa libre. El responsable de al menos cinco muertos (según información de ‘El País’ de Madrid) tenía una pistola y disparó a través de una puerta de cristal contra los empleados. El pistolero pretendió evitar que lo identificaran, por lo que se mutiló dos dedos; sin embargo, cuando arribó la policía 90 segundos después, no ofreció resistencia y se entregó a las autoridades. A un día de que se celebrara el día del periodista en Venezuela, un estadounidense, Phil Davis, nos recuerda que la profesión no está exenta de peligro. Aun siendo víctima, nunca dejó de informar. ¡Fuerza, ‘The Gazette’!

No es mundial de quinielas

No es Mundial de quinielas, tampoco de pulpos pronosticadores, la Copa del Mundo Rusia 2018 emociona por lo sorprendente, lo inesperado. Y es que si el fútbol de clubes fuera como el de selecciones, la élite dominante fuese inalcanzable para la clase media; sin embargo, los juegos de selecciones son otro asunto. Cuando el patriotismo se acrecienta exponencialmente, el país con una de las mayores tasas de asesinatos de periodistas (México) vence a la nación del orden (Alemania). La consecución del éxito promueve el análisis de quienes lo anhelan. De esa manera, se enaltecen todas las prácticas del vencedor: los “10 tips para (…)” y artículos ‘how to’ abundan en la web. Que Alemania haya permitido a sus jugadores tardes libres que incluyeron golf, piscina, sol e incluso excursiones a tribus del Amazonas en Brasil fueron –según exitistas– las claves para el título en 2014. Asimismo, –y de acuerdo a la  recopilación del periodista Ezequiel Fernandez Moores– la selección holandesa que alcanzó dos finales del mundo en la década de 1970 permitió que los jugadores estuvieran acompañados por sus parejas en las concentraciones. En ese orden, también se aplaude (o aplauden) la decisión de futbolistas argentinos que ganaron el Mundial en 1986, quienes tenían reuniones del plante sin incluir al técnico, pues dentro del equipo había quienes tenían diferencias con el entrenador Carlos Bilardo. A final de Rusia, y pese a que la sobriedad venza a la sorpresa, el trabajo de desmenuzar las proezas deportivas ya inició. Nadie se podrá jactarse de decir que la actual campeona iba a quedar eliminada, o que España le costaría tanto avanzar de grupo ni que Argentina estuviese a cuatro minutos de estar eliminada. Mundial de sorpresas que (re)afirman al fútbol como un deporte movilizador de masas inigualable.

Condenan a muerte a los trasplantados

Han vivido el trago amargo de un diagnóstico médico que compromete su vida y para el que el único tratamiento posible es un trasplante. Han fatigado meses y hasta años buscando un donante. Han sufrido la incertidumbre de no saber si el órgano es o no compatible. Han celebrado la alegría de tener un trasplante exitoso. Y ahora viven la dolorosa y frustrante experiencia de que luego de pasar por calvario tal y sobrevivir a lo que parecía imposible, su lucha se ve perdida y su vida en juego por no tener un medicamento. Es lo que están viviendo los pacientes trasplantados, que por falta de inmunosupresores están muriendo o perdiendo sus órganos. Se trata de un fármaco imprescindible, que previene el rechazo del órgano nuevo y cuya importación, por ser de alto costo, se encuentra en manos del Instituto Venezolano de Seguro Social, que ha venido presentando fallas desde el primer trimestre de 2016. Fallas que se traducen en años de esfuerzo perdidos y muertes evitables. Las cifras son de la Organización Nacional de Trasplantes de Venezuela y se corresponden con los resultados arrojados por la Encuesta Nacional de Inmunosupresores, que se llevó a cabo entre el 28 de febrero y el 26 de abril de este año, y determinó que sólo en ese período se produjeron 366 complicaciones de pacientes trasplantados, de los cuáles 26 fallecieron. Entre febrero y abril, la Organización Nacional de Trasplantes documentó 47 pérdidas de órganos, 89 cuadros de insuficiencia renal y 68 rechazos reversibles en todo el país. No sólo eso: debido a la falta de inmunosupresores se produjeron 95 emergencias hospitalarias y 54 trasplantados tuvieron que volver a la diálisis, en un país donde no abundan las máquinas para ello. Son números que hablan de vidas truncadas, de proyectos frustrados y de mucho sufrimiento. Son personas que podrían tener una vida normal, con calidad, saludable, feliz, y que la están pasando terriblemente mal. Son víctimas de la crueldad de una revolución genocida y orgullosa que se niega a la apertura de un canal humanitario, roba con las medicinas y mata, así, a sus ciudadanos.

RESEÑA: Mortal y Rosa – Francisco Umbral

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Desgarrador, inclasificable y precioso. Son esos tres los adjetivos con los que se puede calificar este libro. Desgarrador porque lo escribe un hombre roto de dolor, mientras ve morir de leucemia a su hijo pequeño. Inclasificable porque no es exactamente una novela, no tiene en rigor una trama, no es tampoco un diario en el sentido clásico –aunque es a lo que más se le acerca–: es literatura pura y libre, sin la camisa de fuerza de los géneros. Y precioso porque está escrito con un lenguaje elevado y cuidado, con una prosa bella y lírica, en ocasiones poética, plagada de frases e imágenes bellas. En pocas palabras: una obra de arte.

“Diario íntimo”. Esa era la expresión que le gustaba a Umbral para tratar de clasificar de alguna manera a ese inclasificable libro. Tiene de diario, sí, la estructura cronológica y fragmentada. Le faltarían las fechas y las narraciones. Porque no son exactamente hechos y sucesos –que los hay– los que llenan las páginas. Son, sobre todo, pensamientos, meditaciones, sentimientos. ¿Se puede hacer un diario con puro flujo de conciencia, compuesto por fragmentos de monólogos interiores? He allí lo experimental. Los párrafos son autónomos y muchos no guardan relación con los siguientes. Algunos van por tópicos o temas, otros por sentimientos y sensaciones con respecto a algo (la fiebre, el verano, el metro, la literatura, los domingos, los baños), y en su mayoría independientes; tanto, que se podrían leer aislados: son fragmentos desordenados de la mente y las entrañas de Umbral.

“Un llanto que mutó en poesía”. La frase –tomada de un blog literario– es quizás uno de los mejores resúmenes que se puede hacer de ‘Mortal y rosa’. Pero habría que completarlo agregando que fue una alegría que terminó en un llanto que mutó en poesía, aunque así pierda mucho (tanto) la frase. Porque no parece haber sido un libro concebido para contar una experiencia de dolor. De hecho, la enfermedad aparece ya muy páginas adentro. Da la impresión de que ella y la muerte llegaron de improvisto, se atravesaron en ese diario experimental que escribía Umbral, cuyo centro de vida era la feliz infancia de su primer y único hijo. Pero llegaron. Y lo mataron. Y como es lógico, también a él, que pluma en mano dejó testimonio impreso del dolor más profundo que puede experimentar un hombre: la muerte del hijo. Las últimas páginas duelen hasta el fondo. Son un puñal de letras que desgarra las entrañas.

Y luego, lo de la poesía. La riqueza literaria de este libro es descomunal. Las metáforas y las imágenes son preciosas. Las enumeraciones (recurso bastante usado por Umbral) son ingeniosas hasta el neologismo. Y es un ejemplo paradigmático de prosa poética, o versos prosaicos, o poesía en prosa o cómo quieran llamarlo. Algo que hay que leer despacio y disfrutar. Vuelvo al principio: una obra de arte.

Título: Mortal y rosa

Autor: Francisco Umbral

Año: 1975

Páginas: 189

Calificación: 10 /10