Arsenal

La habitación 304 del hotel Elridge era un modelo de orden y limpieza. Allí Dave Mallory tenía los brazos abiertos mientras Harold Taeger lo registraba. Al verle la mano derecha convertida en un arroyo de sangre, el policía le preguntó:

—¿Y esto?

—Un accidente.

Cuando llegó al bolsillo izquierdo de su chaqueta, se detuvo sorprendido.

—¿Qué tienes ahí?

—Una pistola.

—Sácala, ponla sobre la mesa y alza las manos.

Dave hizo lo que le ordenaron. Sacó la pistola, se la dio al oficial y se quedó mirando un punto en la nada.

—A ver… Beretta punto cuarenta y cinco… Quince balas más una… Muy bien… ¿Qué más llevas encima?

El teniente Harold Taeger rodeó a Mallory y le tanteó la cintura, las piernas, los tobillos, la entrepierna y, por terquedad profesional, palpó de nuevo el pecho de aquel hombre de rostro cuadrado. No lo podía creer. Ahí, en el bolsillo izquierdo de la chaqueta había algo que pesaba tanto como la pistola que acababa de extraer.

Taeger miró a su compañero, el teniente James Langdom, y le pidió que no dejara de apuntar al hombre al que estaban registrando. Seguidamente metió su mano en aquel rincón de tela oscura y obtuvo lo que esperaba: otra pistola.

—Otra Beretta punto cuarenta y cinco. ¿Qué más traes?

Mallory bajó su brazo izquierdo, metió su mano en el bolsillo y sacó…

—¿Otra pistola? –Taeger y Langdom se convirtieron en cuatro ojos incrédulos– ¿Y de dónde la sacaste?

—Del mismo sitio que las otras.

—Dámela y no te hagas el chistoso.

Las cuatro pistolas estaban sobre la mesa. Todas eran Berettas punto cuarenta y cinco.

—¿De dónde las sacaste?

—¿Otra vez?

—Contesta.

—Del bolsillo.

—¿De cuál bolsillo?

—Del izquierdo.

—Ahí no caben cuatro pistolas.

—¿Qué quieren que les diga?

—Quiero que me digas de dónde sacaste las cuatro pistolas.

—Del bolsillo de mi chaqueta. Ya se los dije.

—Vamos a ver si cuando te registre el culo, te ríes. Quítate la ropa.

Mientras Mallory se desnudaba, Langdom tomó la cartera del mago y se dedicó a revisarla. No llevaba nada extraño. Tan sólo su licencia de conducir y una tarjeta Visa.

Taeger le echó un vistazo a Mallory y con un gesto le dijo que se bajara los calzoncillos. Luego sacó de su chaqueta un par de guantes de hule, se los puso y cumplió con su deber. Años atrás el oficial Harold Taeger aprendió que en la entrepierna humana cabe sin problemas el circo de Barnum y Bailey con todo y elefantes. Por eso trabajó con la tranquilidad que correspondía. Miró, palpó, introdujo su dedo anular y no hizo ningún descubrimiento extraño. Nada salió expelido de aquel cuerpo, cuando le ordenó ponerse en cuclillas y dar saltos de rana. No hubo convulsiones ni quejas, al beberse la soda caliente que Langdom le ofreció sin el menor gesto de amabilidad.

—Vístete.

Harold Taeger comenzó a quitarse los guantes, pero de inmediato quedó transmutado en un espantapájaros. Su compañero también dejó de hacer lo que estaba haciendo para ver el prodigio: el hombre al que acababan de registrar, y que seguía desnudo en medio de la sala, llevaba una pistola en su mano izquierda.

—¿Y eso?

—¿De dónde sacaste esa pistola?

—Apareció en mi mano.

—¿«Apareció»? ¿Cómo que «apareció»?

 

Las palabras se pusieron resbalosas. Mallory no pudo explicar cómo materializaba las pistolas y menos mirándoles las caras a aquellos policías cuyos rostros de trapo tenían una expresión en la que se alternaban la ignorancia y el horror. Tampoco le pareció raro que le quitasen la quinta pistola y que gritaran cuando vieron aparecer ante sus ojos la sexta.

—Tú lo viste… Hizo aparecer de la nada una pistola.

—Cálmate, James.

—Yo lo vi… Otra pistola y otra… Y otra… Los dos lo vimos… Seis…

—Seis pistolas…

Los nervios de los policías convirtieron en gelatina el aire de la habitación 304 del hotel Elridge. Harold Taeger hizo una pausa. Luego se volvió hacia Mallory, sacó su arma de reglamento, lo apuntó directo a la frente y le dijo:

—Tú me cuentas qué significa esto o Langdom y yo haremos un Jackson Pollock con tus sesos.

Dave Mallory tragó cemento y comenzó a hablar sobre todo lo que le había ocurrido en las últimas dos semanas.

Sus manos flotaban en el espejo; abrían espacios, cerraban espacios, dibujaban olas y compartimientos de aire. La pistola aparecía –POP– y desaparecía –POP–. Sólo Dave Mallory, la pistola, el espejo y las manos. Poco a poco lograría la perfección. El truco de atrapar una bala en plena trayectoria pronto contaría con un prólogo. Su rutina quedaría completa y sólo los expertos entenderían ese guiño a la historia de la magia. Él se uniría a la tradición de magos que crispaban al público atajando proyectiles. De Robert-Houdin a él quedaría trazada una línea perfecta. Primero aparecería y desaparecería el arma. Luego invitaría a alguien del público a que revisara la pistola y a que le disparase para que él tuviera la oportunidad de capturar la bala en el aire.

Sus ensayos se repitieron sin sobresaltos hasta que algo salió mal.

Primero hizo los pases frente al espejo… La mano derecha, la mano izquierda, otra vez la derecha, el bolsillo de la chaqueta y –POP–: el arma en la mano izquierda…

En ese instante el mago hizo una pausa. A su alrededor flotaron unas motas diminutas que se hicieron visibles gracias a la luz.

Mallory dejó la primera pistola sobre la mesa y comenzó a mover sus manos para afinar la secuencia de movimientos, pero repentinamente se percató de que tenía algo en el bolsillo izquierdo de su abrigo. Era otra pistola que, de inmediato, soltó.

Como no pudo responder ninguna de las preguntas que su cerebro le formulara, hizo el truco hasta que el espacio de la habitación 332 del hotel Elridge no fue suficiente para guardar con discreción las veintitrés pistolas que salieron de su bolsillo. Al principio le pareció una curiosidad, pero pronto tuvo razones para preocuparse. Ese primer día intentó separarse del arma muchas veces.

Al final de la tarde, se detuvo a pensar que su problema tenía una cara que no era mágica. ¿Cómo diablos explicaría la posesión de treinta y tantas pistolas? ¿Quién le creería cuando dijera que ese arsenal estaba ahí porque se equivocó realizando un truco de magia? Por eso se hizo con un morral que parecía una salchicha gigante, lo llenó con toda aquella mercancía y salió a deshacerse de ella.

Los días siguientes estuvieron llenos de atardeceres en los que Mallory iba al puente y lanzaba al río el resultado de sus intentos por arreglar aquel enredo. Al principio no encontró obstáculos para llevar a cabo su operación clandestina, pero pronto se percató de que el sitio que había escogido para dejar su ofrenda, no siempre estaba desierto. Por eso caminó sin rumbo, prefiriendo los callejones de alcantarillas mugrosas a las calles bien iluminadas. Ahí desarmó varias pistolas y dejó sus partes entre la basura. Sin embargo, a ese paso no se libraría de todo lo que tenía que librarse con rapidez. Así que dejó cinco pistolas por aquí, cuatro por allá, tres más adelante… hasta que regresaba a la habitación 332 del hotel Elridge portando una sola en el bolsillo izquierdo de su chaqueta.

Mallory repetía la secuencia de movimientos frente al espejo. Lo hizo de todas las maneras posibles: veloz, despacio, muy despacio… Tomó apuntes en un papel al que añadió diagramas y comentarios para ver dónde estaba el error. Hiciera lo que hiciese, no podía separarse del arma. Cuando intentaba deshacerse de ella –POP–, se le aparecía otra en su lugar.

Más de una vez pensó que la causa de aquel desastre mágico se encontraba en la prolijidad de la rutina que había diseñado. Por ambicioso (y por impericia) se apartó de la práctica normal de la magia y había decidido capturar una bala en el aire con una pistola que él mismo aparecería. Eso era una exageración que multiplicaba las variables del truco y las posibilidades de equivocarse. Por lo general, los magos crean una ilusión a partir de un objeto muy sencillo que no llame la atención sobre sí mismo. Aparecer una pistola podía ser impresionante y usarla, en el mismo escenario, en un truco aún más impresionante, podía causar un sin fin de complicaciones técnicas. Dave creyó que podía prever esas complicaciones, pero la realidad le demostró lo contrario.

Pasaron las semanas y una noche salió a la calle con sus pistolas a cuestas. Tenía la mente convertida en una playa contaminada. Por eso no supo cómo llegó hasta la entrada de un callejón oscuro ni de dónde salieron los brazos que hicieron que quedara tendido en las sombras, oyendo el oleaje revuelto de su propia respiración. En ese hueco que era él mismo, sintió un susurro carrasposo que le daba las gracias. Luego, mientras vomitaba, alguien lo arrastró y lo hizo pasar entre unos matorrales cuyas ramas dibujaron azarosos renglones en todo su cuerpo. Cuando al fin pudo abrir los ojos, se encontró frente al recinto de los monos en el zoológico.

A Mallory le dolía todo. Para colmo, su cabeza sólo funcionaba para recordar la voz sórdida del ladrón que se llevó sus pistolas. Cuando al fin pudo moverse, lo primero que hizo fue palpar el bolsillo izquierdo de su chaqueta. Ahí estaba la pistola terca que no lo abandonaba nunca.

Cuando al fin se tranquilizó, su cerebro se puso en funcionamiento. ¿Qué habría hecho cualquiera de los grandes magos en su lugar? ¿Qué habría hecho Robert-Houdin, si le fallaba el truco de atrapar la bala en el aire? Habría muerto, como murieron tantos idiotas antes y después que él, realizándolo. ¿Qué habría hecho Harry Houdini si no hubiese podido salir de su trampa china? Esperar a que sus asistentes rompieran las paredes de la caja de vidrio. ¿Qué habría hecho David Blaine, si se caía de la columna de noventa pies de alto sobre la que permaneció treinta y cinco horas? Nada. Abajo lo esperaba un colchón gigante. ¿Y él? Él no. Si él cometía un error, no habría malla, colchón, asistente o imitador que cargara con las consecuencias. Él era Dave Mallory, un mago cualquiera al que su mujer cambió por un boxeador italiano. Él, el mago que nació en una época sin magia, logró (por error) realizar magia de verdad, un milagro por el que en ese momento sufría dolores indescriptibles y se quejaba frente al único mono que se dio por enterado de su presencia.

La criatura lo miraba, se cubría el rostro, daba vueltas, iba, venía. Mallory sintió ganas de dispararle, pero se dijo que aquello, aparte de inútil, habría supuesto una imperdonable crueldad. Sin embargo, como quería devolverle el absurdo al inefable universo, se levantó maltrecho y le lanzó al mono la pistola que llevaba en las manos.

—Para que hiciera lo que le diera la gana con ella.

—Qué irresponsable eres –interrumpió Taeger–. ¿Cómo se te ocurre lanzarle una pistola a un mono?

—Nada más por eso, te deberíamos encerrar hoy mismo –dijo Langdom.

—Esas pistolas no servían para matar a nadie –repuso Mallory al tiempo que los dos oficiales se miraban las caras.

—¿No servían? –Preguntó Taeger.

—Yo no trabajo con balas de verdad.

—¿Esas pistolas que están aquí no son de verdad?

—No.

—Vamos a ver…

James Langdom tomó una, verificó que estuviera cargada, le quitó el seguro, la apuntó contra la pared, y disparó.

El ruido fue tan impresionante como el boquete que le abrió al friso.

—¿Conque balas de salva, no?

—En aquel momento eran de mentira.

—¿Y cómo explicas esto? –Preguntó Taeger señalando el hueco en la pared.

—No sé.

—¿Cómo que no sabes?

—No lo sé… No me miren así… Es la magia.

—¿La magia? Claro que fue la magia. Tú eres mago, ¿verdad?

—No se burlen.

—Está bien, pero ¿cómo es eso de que fue la magia?

—No sé.

—Dame una respuesta lógica o te abro un hueco en la frente.

—No hay ninguna respuesta lógica. La magia es así.

—Si fue la magia y tú eres mago, fuiste tú quien cambió las balas.

—No. Yo no fui.

—¿Entonces quién fue?

—Fue la magia… Ya se los dije.

—¡Mallory, responde! –Langdom le estampó una bofetada al mago sin que Taeger pudiera contenerlo.

—Hice un truco muy complicado. Me equivoqué y ahora el error se repite solo.

—No me hagas reír, mago. ¿Cómo que se repite solo?

—Es así. No me pidan que les explique los detalles porque ni yo mismo los entiendo.

En la habitación se hizo un súbito silencio. Mallory metió la mano en el bolsillo dos veces y le entregó un arma a cada policía antes de murmurar:

—Es como una maldición.

Después de otro breve silencio que duró mil años, Taeger terció:

—Vamos a tranquilizarnos… Seguro que en la historia que nos estás contando hay una explicación.

—Sí. A lo mejor.

Mallory trató de calmarse. Si administraba bien su dinero, podría vivir un par de semanas más en el Elridge. Necesitaba consultar con el techo de su cuarto la conveniencia o no de pedirle ayuda a la policía.

Pasaron doce horas (o más) en las que el mago apenas se asomó a la calle. En ese tiempo no hizo otra cosa que beber Coca Cola, ver la televisión sin volumen y repasar su truco malogrado. Como estaba harto de tratar de esconder montañas de pistolas inútiles por las que, además, lo acosaron unos matones miserables, siguió mentalmente los pasos de la rutina… Uno derecha, dos izquierda, tres derecha y –POP–… Uno derecha, dos izquierda y –POP–… Uno derecha, dos izquierda y de pronto Mallory cayó en un sueño profundo. Una fuerza amistosa lo arrastró a un foso de placidez en el que las imágenes se disolvían como en una acuarela que cambiaba de densidad, mostrándole los rostros y los objetos del mundo.

Dos horas más tarde, unos golpes lo sacaron del sueño y lo pusieron en alerta.

Dave retomó el extraño hilo de su vida; se levantó y se puso la chaqueta y los zapatos. Lo hizo con calma porque sabía que aquel momento era el cierre de un pequeño paréntesis de tranquilidad.

Entonces abrió la puerta.

Ante sus ojos aparecieron dos sujetos: un moreno a quien el itíligo le había dibujado el mapa de Groenlandia en la cara, y un calvo al que Mallory reconoció porque su voz provenía de un sumidero lleno de cucarachas.

—Hola. Vine para que me expliques algo.

—¿Qué?

—¿Cómo que qué? ¿Quién eres tú? ¿De dónde saliste? ¿Por qué la otra noche te quitamos veintitrés pistolas de juguete?

—¿Ustedes son policías o qué?

—Yo soy el que pregunta aquí. ¿Quién coño eres tú?

En silencio, Dave se metió la mano en el bolsillo de su pantalón, sacó una pistola y se la entregó al calvo. De inmediato repitió la operación y le entregó otra.

—Mira. Qué bonito.

…Y otra.

—Ya. Ya. ¿Qué es esto?

—Tres pistolas.

—¿Tienes más?

—Sí –y añadió una a la lista.

El calvo aplaudió con entusiasmo. Eso hizo que Mallory sintiera que las infinitas motas de polvo que había en el cuarto –POP– se detuvieran.

Cuando el mundo retomó su giro, Dave se dijo que tenía tiempo sin oír un aplauso. Más allá del displicente golpeteo de palmas que acababa de recibir, el mago sintió el vértigo en la sangre y en las entrañas. Algo se removió en él, pero no tuvo tiempo de pensar sobre eso porque cuando iba a hacerlo, oyó la pregunta del calvo.

—¿Y qué eres tú: mago?

—Sí.

—¿Cómo haces eso?

—Es un truco.

El calvo escrutó las cuatro pistolas y las puso en orden en una de las esquinas de la cama. El Hombre Mapa no dijo palabra, pero las tomó en sus manos, las desarmó y las volvió a armar.

—¿Y éstas son iguales a las que te quitamos?

—Sí.

—Ajá… Vamos por partes. ¿Cómo te llamas tú?

—«Brunello el Magnífico» o, si te gusta más, Dave Mallory. En las últimas semanas he estado trabajando aquí, pero no me ha ido bien.

—¿Qué pasó?

—No he conseguido trabajo.

—Pobrecito. ¿Y por eso te pusiste a vender tu mercancía donde yo vendo la mía?

—No.

—¿Cómo que no?

—Te vimos y te agarramos –dijo el hombre Mapa.

—Yo no estaba vendiendo ninguna mercancía.

—¿Y qué estabas haciendo con ese morral?

—Lo estaba botando a la basura.

—¿Botando? ¿Con todo lo que llevaba dentro?

—Me equivoqué haciendo el truco de la pistola y ahora se me aparecen más pistolas de las que necesito.

—¿Sabes qué? –Preguntó el calvo–. Yo no te creo. Tú trabajas para alguien que quiere acabar con mi negocio.

—Piensa lo que quieras.

—¿Con quién estás trabajando?

—Con nadie.

—¿Tú trabajas con la policía?

—No.

—Unos amigos míos te vieron. Todos los días, a la misma hora, salías de este edificio y lanzabas un montón de porquería al río. Esos tipos pensaron que eras un simple cerdo que botaba su basura donde no debía, hasta que fueron a nadar y descubrieron qué era lo que tirabas al agua.

—Claro, y cuando ustedes vieron las pistolas, dijeron «oye, ¿por qué no seguimos a este idiota y lo robamos en el zoológico?».

—No te quejes. Pudo haber sido peor. Eso sí: cuando abrimos el maletín y nos encontramos con que esas pistolas eran tan inútiles como las pistolas mojadas que mi gente sacó del río, quisimos venir a verte.

—Yo no tengo nada más que decirles. Yo sólo soy un mago. Así que ya saben por qué cargo con este arsenal de utilería… Ahora, si me disculpan, tengo que vestirme porque voy a salir.

—Tú no vas a ninguna parte. Tú nos vas a decir para quién trabajas. ¿Tú crees que nosotros nos chupamos el dedo?

—Yo no sé qué clase de vicios tengan ustedes. Ni me interesa.

—Mira, mojoncito, ya nos hemos entretenido bastante… Ahora me vas a decir todo lo que quiero saber…

El calvo hizo una mueca parecida a una sonrisa y, en el mismo instante en que sacaba su revólver, Mallory movió su mano izquierda y sacó una pistola.

En el cuarto 332 se oyó un estruendo que hizo temblar la pintura de las paredes.

El calvo cayó a la alfombra con una bala en la cara.

—¿Qué? –Preguntó Langdom–. Fue la magia, ¿no?

—Sí –respondió Mallory.

—Seguro nos vas a decir otra vez que no tienes ninguna explicación.

—Así es.

—La magia… No me hagas reír…

En el Elridge hubo silencio. Pasaron unos segundos antes de que los ruidos de la calle entraran por la ventana. De pronto hubo gritos, ladridos de perros, sirenas…

El Hombre Mapa sacó su pistola, pero no contó con que el mago de cara cuadrada lo sorprendería. Cuando lo tuvo en frente y le disparó, Mallory movió su mano derecha y se quedó ahí, asustado y de pie.

—¿La atrapaste de verdad? —Preguntó Harold Taeger.

—Sí.

—¿Dónde está?

Mallory abrió la palma derecha como si fuera un abanico de sangre y les mostró a los policías el pequeño y negro proyectil.

A pesar de que su mano se convirtió en una cascada, había hecho lo que hizo su admirado Jean Eugène Robert-Houdin en Algeria. Frente al manchado y boquiabierto matón, Mallory repasó con orgullo el pasaje de la vida de Robert-Houdin en el que el gran ilusionista atrapó con los dientes la bala que le había disparado un caballero árabe.

Aunque no atajó el proyectil con su boca, se sentía satisfecho porque había atrapado el proyectil en el aire y tuvo la entereza necesaria para poner cara de indestructible.

A pesar de su sorpresa, Dave Mallory no pudo congraciarse más consigo mismo ni continuar pensando en cómo aquel acto desmesurado se transformó en uno de los números negros de la historia de la magia. El Hombre Mapa ya abría la boca y él no debía abusar de su suerte. Por eso abandonó sus cavilaciones, alzó la pistola con la que había matado al calvo y se la lanzó con todas sus fuerzas a la cara.

En la habitación 332 se oyó el ruido de un meteorito que se estrella contra la Tierra. El mapa de Groenlandia se puso rojo. Dave Mallory se le fue encima y lo pateó hasta que le dolieron los dedos de los pies.

El tumulto que oyó a lo lejos le dijo a Mallory que era hora de irse. El Hombre Mapa se incorporó como pudo y le disparó varias veces, pero, una vez más, el mago fue más rápido que las balas. Lástima que una anciana que caminaba por el pasillo del hotel Elridge no pueda decir lo mismo.

—¿Qué hiciste después?

—Cuando salí de mi cuarto y corría por el pasillo para largarme de este hotel, ustedes abrieron la puerta de esta habitación y, a punta de pistola, me invitaron a pasar.

—En teoría te agarramos después de perseguirte. Eres uno de los que participó en el tiroteo del cuarto del fondo y nosotros, los agentes de la eficiencia, te acabamos de atrapar. A Parker lo capturaron unos colegas nuestros, pero a ese nadie le ofrecerá nada porque ya no está en este mundo. A ti te tenemos una oferta.

—Pero, acabo de matar a un tipo…

—Según tu versión, sí. Pero recuerda que la vida es una licuadora de cuentos.

—No hay ninguna otra versión. Fui yo.

—Mira, mago: gracias a ese tiroteo, cayeron dos de las ratas más inmundas que han nacido en este pueblo: Emil Roth y «Manchas» Parker. Nosotros llevábamos bastante tiempo detrás de ellos, pero tú nos simplificaste la vida. Para que te hagas una idea, esos dos eran algo así como los Beach Boys de la venta ilegal de armas. Eso no significa que vayamos a obviar tu cuota de responsabilidad en este asunto. Aunque nos hayas ayudado a dar con ese dúo, necesito que me digas cómo hiciste para cambiarle las balas a tu pistola… Porque se las cambiaste, ¿verdad?

—No. No se las cambié.

—¿Me estás queriendo decir que todo este cuento de la magia pistolera es real?

—Ustedes lo han visto con sus propios ojos.

—Creo que no estás midiendo el problema en su dimensión más dolorosa. Dime: ¿escribo en tu expediente que tú apareces pistolas que se disparan solas?

Mallory calló durante unos instantes y luego dijo:

—Yo sólo sé que me equivoqué mientras ensayaba un truco y que cuando estuve frente al calvo, me di cuenta de dónde estaba el error que produjo todos estos disparates.

—¿Qué hizo Roth?

—Aplaudió.

—¿Aplaudió? ¿Y qué tiene eso de raro?

—Que cuando el calvo aplaudió, las balas dejaron de ser de mentira.

—¿Y entonces?

—Cuando ensayaba, el día en que empezó este desorden, no pensé en los aplausos. No les presté atención. La gente no lo sabe, pero la respuesta del público forma parte del truco.

—¿Así de simple?

—Así de simple. Los aplausos forman parte de la magia. Sin aplausos, no hay magia ni hay nada.

—¿O sea que la presencia o ausencia del aplauso modifica al truco?

—Sí.

—¿Y entonces? –Preguntó un indigesto Langdom.

—Entonces la única manera de acabar con este asunto es con un aplauso.

—¿Y quién te va a aplaudir?

—Ustedes.

Los dos policías se rieron a carcajadas. Después de secarse los ojos y de carraspear, Taeger dijo:

—Mira, Mallory, estás equivocado. Nosotros trabajamos con las heces de esta ciudad y tú propones que te demos un aplauso… Tú estás loco. Langdom y yo quedaríamos como unos tontos, si te complaciéramos. ¿No es así?

—Yo haría el truco como lo he hecho durante todo este mes y, cuando saque la pistola, ustedes aplauden. Luego, yo diré todo lo que ustedes quieran.

—¿Lo que nosotros queramos? ¿Qué es lo que, según tú, queremos?

—No sé. Supongo que arreglar lo que yo dije con lo que ustedes digan para poder explicar lo que pasó en este hotel sin necesidad de hablar de magia.

Langdom dejó escapar un largo suspiro que fue el prólogo para decir:

—Haz el truco, Mallory.

Dave Mallory sacó la pistola que llevaba en el bolsillo y la puso sobre la mesa. Langdom la tomó y vio cómo el mago movía sus manos y dibujaba olas en el aire. Un pase, dos pases, tres pases y –POP– apareció otra pistola. Ya iba a iniciar su rutina una vez más (y ahora sí pediría su aplauso), cuando Langdom lo apuntó con el arma y le disparó.

Dave se fue de culo con el hombro transformado en un aullido. Sólo después de contemplar su obra, Langdom habló.

—Si te encerramos, vamos a tener que hacer dos ridiculeces: aplaudirte para ver si de verdad dejas de aparecer pistolas…

—Porque armado, no te podemos encerrar en ninguna celda –interrumpió Taeger.

—…Y exprimirnos los sesos para escribir un informe creíble sobre lo que pasó en las habitaciones 304 y 332 de este hotel. Mira lo que vamos a hacer: en vez de aplausos, te vamos a dar una habitación y un sueldo para que trabajes con nosotros. A cambio, tú nos proporcionas todas las pistolas que necesitemos para lidiar con unos cuantos tipos que son más duros que Parker y Roth. ¿Qué me dices?

—Que están locos.

—Puede ser, pero observa que tú eres algo así como la gallina de las pistolas de oro y eso hay que aprovecharlo. –Langdom hizo una pausa y añadió–: Te estoy invitando a que trabajes con nosotros. Podemos hacer cosas extraordinarias, pero todo depende de ti. Si no aceptas, diremos que te dedicabas al contrabando de armas… Porque eso era lo que hacías: traías pistolas de la Tierra Mágica o de quién sabe dónde, y no las declarabas aquí… Ninguna de estas pistolas está registrada en este país… Ah y también le volaste la cabeza a un calvo…

Taeger chasqueó y dijo:

—Si no aceptas, Mallory, podríamos aislarte y ponernos serios contigo. No sé: amarrarte, embrutecernos, llamar a unos compañeritos que no saben tratar a la gente…

—No creas que esta invitación se nos acaba de ocurrir –rugió Langdom–. Los amigos de Parker y Roth no fueron los únicos que se dieron cuenta de que lo que lanzabas al río era algo más que basura. Nosotros tenemos ojos en todas partes y hemos llegado a la conclusión de que puedes ser más útil de lo que tú mismo crees. No podemos corroborar de dónde sacas tus cargamentos de pistolas, pero ¿qué quieres que hagamos, si no somos perfectos?

—Si aceptas, podemos decir que Manchas Parker fue quien disparó una de estas pistolas. Según tu historia, al menos en cuatro de ellas están sus huellas. ¿Qué te parece?

—No pongas esa cara. Como mago eres un fracaso. Si quieres un consejo, usa ese fracaso a tu favor. Aprovecha esta oportunidad y haz algo útil con tu vida. Si te quedas esperando los aplausos, te saldrán raíces. Mueve ese culo o atente a las consecuencias.

Dave pensó que debía hacer algo con su mediocridad. Tal vez no debía desaprovechar una oferta como esa porque muy probablemente nunca se repetiría. Quizás su futuro estaba ahí, en la repartición de armas a unos sujetos que querían imponer su versión de la ley, y no en la magia ni en los escenarios.

El mago hizo silencio. Por su cabeza sólo cruzaron los buenos momentos de su vida. Vio marquesinas, luces, aplausos, risas. Luego pensó que quizás pudiera salir de aquel atolladero haciendo lo que había hecho durante las últimas horas. Pero no. Tanto eso como pegarse un tiro, habría sido una exageración estúpida e innecesaria. El absurdo en que se había convertido su vida no tenía por qué seguir creciendo. Así que pensó en los aplausos que lo esperaban en el futuro (porque los aplausos siempre están más adelante), y se entregó a lo que viniera. Una pistola menos o una pistola más no harían la diferencia en un mundo estúpido en el que hay más balas que gente.

Por eso se puso a la orden de aquellos hombres con placas oscuras.

Por eso ahora se oyen más disparos en las calles. Y nadie hace preguntas.

 

Por Roberto Echeto

De Caracas a Lima: ¡Hasta pronto, patria querida!

He visto a muchos venezolanos en las calles de Lima vendiendo bombas, tizanas, arepas, empanadas, limonada. En el Óvalo de Santa Anita, un lugar muy concurrido de la ciudad, suelen estar como un ejército de hormigas. Se les distingue a leguas, pues llevan dos sellos distintivos: la gorra tricolor y la camiseta de la Vinotinto.

El paisaje, a primera vista, es realmente desolador. Algunas de esas personas tenían un empleo formal en Venezuela; eran maestros, ingenieros, comunicadores o ejercían algún oficio. En Lima, como en otras ciudades del mundo a donde van a parar los venezolanos de la diáspora, el objetivo más inmediato es lograr reunir un poco de dinero para comer y pagar una habitación; es decir, sobrevivir.

Sobrevivimos al rencor, a los políticos mediocres, al primer novio, a la cursilería. Gabriel García Márquez lo resumía mejor: “La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”. Pienso en esto, y una verdad –dura y aplastante como una roca– viene de golpe sobre mí: hay que sobrevivir, ya no a los permisos negados de los padres para ir a una fiesta, ya no a la clase de matemáticas, ya no al Metro de Caracas, sino al hecho de ser emigrante.

Hasta enero de este año, según la Superintendencia Nacional de Migraciones de Perú, 100 mil venezolanos permanecen en este país. Mi pareja y yo, afortunadamente, conseguimos empleo (en una agencia digital) la misma semana que llegamos a Lima. Aunque pasamos a engrosar la cifra de venezolanos sin permiso de trabajo, hemos contando con una especie de “suerte” que parece reservada a unos cuantos. Al menos, por ahora, tenemos un sueldo fijo. No trabajamos lo fines de semana (los peruanos normalmente trabajan de lunes a sábado). A veces me perturba pasar más de nueve horas diarias en la oficina, pero agradezco no tener que estar de pie, bajo la inclemencia del sol, vendiendo algún tipo de producto.

Lima, la capital de Perú, huele a sazón. Algunos alegan que es el centro gastronómico de Suramérica. Se nota que a sus habitantes les gusta comer y por montón. Deleitar ceviche y tomar una chicha morada parece un ritual diario. Los jugosos trozos de pescado blanco envueltos en el jugo de limón pueden ser digeridos por cualquier peruano a las siete de la mañana. Un plato que parece ser pesado para esas horas, al menos para mí que estoy acostumbrada a desayunar pan o arepa. A la par, en calidad de comida, están los restaurantes Chifa; comida china con ingredientes peruanos. Cualquier plato puede ir acompañado con el refresco clásico Inca Kola.

Los ruidos ensordecedores de los automóviles y los comerciantes con sus puestos de comida hacen vida en las calles limeñas creando una gran urbe. Cuando camino por algunas de sus aceras noto que estoy en un país que tiene un rico contraste en el que se puede estar en el pasado pero también en el presente. Que, aunque sea un país de tradiciones, le están sucediendo cambios. Cualquier peatón se puede encontrar con una calle pavimentada que termina siendo de tierra.

Lima es una ciudad en donde en algunos de sus distritos predomina el polvo y los colores arenosos, esto se debe a los grandes edificios que están en construcciones. Su cielo no es nada predecible, un día puede estar un sol radiante, pero al otro totalmente nublado. El tráfico es abrumador. Las autopistas a toda hora tienen gran cantidad de vehículos. Cada persona que está frente al volante tiene sus propias reglas. Hay contaminación sónica por las bocinas de los carros; los fruteros que ofrecen, por altoparlantes, las bicocas; los colectores de las busetas –aquí con nombre de jalador– que gritan las rutas de su trayecto.

En el bus que agarro todos los días para el ir al trabajo se suele subir una mujer venezolana con una caja de chocolates en las manos –piel blanca, 1.60, cabello corto y rojo, bolso pequeño cruzado sobre su hombro izquierdo–. Tiene una retahíla, un discurso conmovedor, similar a los que usan los vendedores del metro y de las camionetas de Caracas, pero bien adaptado, no precisamente a la cultura peruana, sino más bien a las circunstancias.

“Buenos días, señores pasajeros. Por acá les traigo unos ricos chocolates, solamente a un sol. Un sol que no enriquece ni empobrece a nadie. Como podrán ver soy venezolana. Vine a este país huyendo de la fuerte crisis económica e igual que mis otros compatriotas estoy trabajando fuerte para llevar sustento a mi casa y enviar algo de dinero a mi familia en Venezuela. Quiero agradecer a Dios y al hermoso pueblo peruano que me abrió las puertas. Iré pasando por sus asientos, muchísimas gracias”.

Nuestro viaje con destino a Perú inició el lunes 22 de enero de 2018, a las cinco y cuarenta y cinco de la tarde. Partimos con cinco bolsos: dos para cargar en la espalda, dos como equipaje de mano y uno en el que mi mamá me acomodó nuestro sustento del todo el recorrido: pan, galletas, jamón endiablado, queso fundido, jugos de cartón, y golosinas que recibimos de algunos familiares. Manjares en la Venezuela de hoy.

Foto: Yaisa Bell

La previa del viaje estuvo cargada de una serie de pasos que, por muchos momentos, sentí que parecían difíciles de sortear. Conseguir seiscientos mil bolívares en efectivo y un pasaje por tierra fueron las más cuestas arriba.

Para salir de Caracas y llegar hasta San Antonio del Táchira hay que pasar una noche en el terminal; de lo contrario, los que no quieran trasnocharse, deben comprar los boletos en el mercado negro y pagar una exorbitante cantidad. Julio, mi novio, llegó a las seis de la tarde del 20 de enero a Flamingo, terminal ubicado cerca de Parque Miranda, para cazar los dos pasajes. Allí, para tener un poco de control, decidió encargarse de hacer una lista de los compradores; las personas que se desvelarían en una acera, a la intemperie.

Durante esa noche me costó conciliar el sueño. El sentido de la justicia empezaba a retorcerse: yo en una cama, cómoda y bajo un techo. Julio en la cola de un terminal pasando frío. A las cinco de la mañana me desperté. Mi abuela me ayudó a preparar el desayuno. Salí en un taxi para llevarle a Julio una arepa y un té de manzanilla.

El periplo comenzó en un bus-cama de dos pisos. Una vez arriba, en nuestros asientos, vimos por la ventana a un montón de personas agitando las manos en señal de despedida. Los aeropuertos y los terminales de autobuses en Venezuela se han convertido en lugares de adioses que llevan implícito un miedo sofocante: ver partir a un familiar sin saber si habrá posible reencuentro.

Los pasajeros se abrazaron unos a los otros. Supongo que es un ritual de moda para demostrar solidaridad, para darnos fuerza. Para decirnos “no estás solo, estamos juntos”. Aunque también es cierto que la gente viaja con su pareja, con amigos o familiares (nadie se lanzaría solo a la aventura de un viaje de tantas horas). Yo observaba todo, quería grabar ese momento en las retinas, de la misma manera que sucede con los personajes de un episodio en Black Mirror. Pensaba en la posteridad: quería captar los detalles para escribir una crónica. Me hacía la dura. Contenía el llanto para que mi madre, con quien me veía a través de la ventana del bus, no se derrumbara, no llorara más de lo que ya lo hacía, no pensara que yo no iba a sobrevivir. Contuve el llanto, pero solo logré intensificarlo en mi interior.

El recorrido por Venezuela fue, de algún modo, espantoso. Los conductores nos habían dado una “medida de protección”: no vean por las ventanas, mantengan las cortinas cerradas porque lanzan cosas. A las diez de la noche, específicamente en un pueblo de Carabobo, todos estábamos durmiendo cuando escuchamos el estruendo de un golpe.

“Lanzaron una piedra –gritó alguien–, díganle al chofer que no se pare, que unos motorizados nos persiguen”.

Para el conductor ya esta persecución tipo película de acción hollywoodense era algo normal. Metió chola hasta salir del radar de los asaltantes y llegar hasta un puesto de la Guardia Nacional. El copiloto se acercó para ver qué había sucedido. Inspeccionó los vidrios minuciosamente, se aseguró que todas las cortinas estuvieran cerradas.

“¿Vieron, vieron lo que pasa? Por eso hay que tener todo cerrado, yo se los he dicho”, advertía como quien quiere que le reconozcan, de manera tardía, haber tenido siempre la razón.

La piedra había roto el vidrio y la cortina evitó que aquel objeto contundente diera en la cabeza de algún pasajero. Al llegar a la alcabala militar, no volvimos saber de los perseguidores. Desde ese episodio mis nervios empezaron a salirse de control.

A las ocho de la mañana del día siguiente llegamos a San Cristóbal. Con los compañeros que Julio había conocido en el terminal, cuadramos un taxi para que nos llevara hasta San Antonio. Cada puesto costó 120 mil bolívares. Nos subimos. Los miedos seguían presentes. El taxista nos dijo que este recorrido duraba 40 minutos y que nos esperaban alrededor de cuatro alcabalas de la Guardia Nacional, “una más arrecha que las otras”. Eso significaba que corríamos el riesgo de que nos quitaran parte de las cosas que llevamos en las maletas, en nuestros cuerpos, incluyendo dinero. Paradójicamente el enemigo de turno era el mismo que la noche anterior nos había salvado el pellejo.

Ya nos sabíamos las historias de los “trabajitos sucios” que realiza la Guardia Nacional. Por eso los dólares los escondimos dentro del cuello de la chaqueta que tenía puesta. Días antes del viaje, escuchamos que hubo mujeres que guardaron los “verdes” en una toalla sanitaria. Cuando pasamos las alcabalas sentíamos las miradas sobre nosotros. Cada posibilidad de que pararan el carro y revisaran las maletas era dolorosa. Por suerte no hubo contratiempo. Todo se trataba de estar en un videojuego: superando cada obstáculo para llegar a la meta.

San Antonio parecía tres veces la redoma de Petare. Gente por aquí y gente por allá. Ahí mismo nos cayeron los carretilleros, los asesores de viaje y “gestores” del Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (Saime), quienes cobraban 30 mil pesos por el “sello VIP” sin necesidad de hacer la kilométrica cola. “¿Hacia dónde van?, tengo pasajes para Bogotá, Quito, Lima, Chile, con sus comidas y duchas”, era la repetida oferta.

Con nuestro equipaje caminamos hasta la taquilla para sellar la salida de Venezuela. La gran cantidad de venezolanos que saltarían al otro lado del charco conformaban una cola que no parecía tener fin. Julio y yo nos dispusimos a hacerla.

Carlos –alto, cabello negro, 35 años– a quien conocimos en el trayecto desde Caracas, nos regaló una bolsa de pan. Su justificación: “Yo voy hasta Bogotá, ustedes van lejos. Dios los cuide”. Un intercambio de números y una estrechada de mano fue la despedida del paisano, quien nos confesó que después de 25 años de casado dormiría solo por un tiempo; su esposa y su hijo se quedaron en Venezuela. Su objetivo: trabajar duro para establecerse y enviarles los pasajes.

También conocimos a Rodolfo, un señor de 45 años que viajaba con Yaisa, su hija de 23. Ambos tenían como destino, igual que nosotros, a Lima. Preguntarle a los compañeros de turno el monto que llevaban para mantenerse en el país de acogida era la pregunta más incómoda, pero nos las hicimos y, entonces, ganamos confianza.

Rodolfo y Yaissa, los amigos del camino. Foto: Pierina Sora

Desde ese momento, cada quien comentaba su historia de partida y de las cosas materiales de las que tuvieron que desprenderse para comprar divisas en el mercado negro. Rodolfo se desempeñaba como técnico en cámaras de seguridad. Vendió su moto, el televisor y el celular para costear el viaje, mientras que Yaisa tenía poco tiempo de haberse graduado como Ingeniero Electricista, en Maturín. Le tocó pasar por doble dolor: dejar a Venezuela y a su hija –de cinco años– con su abuela materna. Ella le prometió a su pequeña que, una vez establecida, la iría a buscar.

Después de pasar seis horas de pie y bajo un tórrido sol, nos sellaron el pasaporte. Desde ese momento, nos sumamos a los cuatro millones de venezolanos que para ese entonces habían emigrado (una cifra avalada por una encuesta realizada por Consultores 21 S.A, en enero de 2018).

Inicio para cruzar el puente Simón Bolívar.
Foto: Pierina Sora

Al igual que miles de ciudadanos que cruzan a diario el puente Simón Bolívar –vía que comunica Venezuela con Colombia–, nosotros también lo hicimos. No contratamos a ningún carretillero. Caminar se me hizo cuesta arriba por todo el compendio de emociones que llegaron a mí: miedo a que un Guardia Nacional nos revisara, fe por creer en Dios y refugiarme en la oración, adrenalina por llegar pronto al otro extremo. Julio me ayudó con el peso de los bolsos. El sudor resbalaba a chorros por mis costillas. Erguí mi espalda, aligeré mis brazos para meter una dosis de energía y seguí el camino. Fueron 315 metros de incertidumbre, sin un árbol que nos diera sombra.

En Cúcuta había de todo: personas cargando bultos de pañales, de papel higiénico, de arroz y de azúcar, cosas que tenía tiempo sin ver. Al menos en esas cantidades. Vendedores de la telefonía Claro y casas de cambio ambulante: personas que cambian divisas.

Rodolfo y yo nos quedamos en el lugar con todo el equipaje. Julio y Yaisa tomaron un taxi ida y vuelta por dos mil pesos hasta el terminal de transporte para comprar los pasajes del próximo destino. Consiguieron hasta Guayaquil, Ecuador. Los boletos (130 dólares cada uno) se agotaban rápido por la fuerte demanda. El paquete incluía dos almuerzos, una parada para ducharse, wifi y enchufes para cargar los celulares y tabletas.

En Migración Colombia hicimos una cola de dos horas. Para sellar el ingreso al país cafetero te exigen que tengas a la mano un boleto.

Cola para sellar el pasaporte en Migración Colombia.
Foto: Pierina Sora

Luego de un retraso fuerte por parte de la compañía, abordamos el autobús a las tres de la mañana. Una vez estuvimos en los asientos reclinables nos dimos cuenta de que seguíamos rodeados de venezolanos que iban, igual que nosotros, tras una mejor calidad de vida y la posibilidad de ayudar a los seres queridos con el envío de remesas.

El viaje por Colombia fue largo. Recorrimos aproximadamente 1.431 kilómetros desde Cúcuta hasta Rumichaca (zona fronteriza entre Ecuador y Colombia). La camaradería entre los viajeros se hizo notar. Compartimos pan y galletas con queso fundido. Incluso agua y Viajesan, pastilla para los mareos y náuseas.

En Rumichaca, una brisa intensa y un clima de 15 grados nos recibió. Un comisionado de migración Colombia subió a nuestra unidad y se llevó todos los pasaportes para sellar la salida del país cafetero y dar entrada a la nación del Cotopaxi. Nos advirtió que nos quedáramos dentro del autobús porque no teníamos permiso legal. No hubo problemas. Después de hora y media nos devolvieron nuestro documento.

Bajamos a dejar el equipaje en las oficinas de la compañía de viaje que nos llevaría hasta Guayaquil, e hicimos la cola de Migración Ecuador. Un grupo se quedó en la larga hilera para cuidar los puestos. Julio y yo fuimos al baño. Mientras esperaba mi turno, las mujeres venezolanas hablaban de una sola cosa: la escasez del plato navideño. “Chama, allá no comimos hallacas, esa vaina era yuca con mantequilla”, renegó una de cabello rojo. “Mi familia tampoco. Nosotros nos vinimos porque ya no se puede más”, soltó una rubia quien llevaba la gorra tricolor.

Luego de cuatro horas, llegamos a la taquilla. La oficial, que estaba detrás del vidrio, nos preguntó cuál era nuestro destino. Dijimos la verdad. Sorprendida, observé que las hojas de mi pasaporte estaban llenas de sellos. Antes de la crisis, no viajé a ningún otro país. Mi familia siempre tuvo los recursos económicos justos. Incluso, los cinco años de mi carrera de Comunicación los pagué con mi trabajo. Por lo tanto, esos sellos despertaron en mí un sentimiento amorfo.

Un poco antes de partir a Quitumbe (terminal de Quito) comimos el segundo plato que estaba incluido en el boleto. Sopa, seco y jugo. Una comida que supo a gloria (ya estábamos hastiados de los enlatados). En las paradas rápidas se subieron algunas mujeres de tez morena. Sus bandejas exhibían pastelitos. Las bolsas marrones en la que estaban envueltos se tornaron transparentes por la cantidad de fritura. Nosotros, por suerte, compramos cuatro por un dólar y pudimos resolver la cena de ese trayecto.

Comida incluida en el boleto de viaje.
Foto: Pierina Sora.

Hicimos un viaje de 12 horas hasta Guayaquil. En algunos pasillos del terminal había una gran cantidad de venezolanos que, se notaba, venían de hacer el mismo recorrido que nosotros. La mayoría estaban en el suelo, comiendo pan con productos enlatados.

Bajamos el equipaje de nuestras espaldas y nos sentamos en los asientos de una de las tantas agencias que venden boletos. Compramos pasaje con salida a las siete de la noche. En el transcurso del día paseamos por este gran terminal que no tiene nada que envidiarle a un centro comercial de primera clase.

Entramos a un supermercado y, lo admito, quedé totalmente impactada. Desde hacía mucho tiempo no veía los anaqueles totalmente llenos y con una amplia variedad de marcas. Para premiarnos por nuestros esfuerzos compramos los famosos pingüinos rellenos de chocolate, delicia que se extinguió en Venezuela.

Un dulce que compramos en el supermercado ubicado en el terminal terrestre de Guayaquil.
Foto: Pierina Sora

Antes de abordar la unidad, cada quien fue al baño para darse una “ducha rápida”: cepillado de dientes, lavado de cara y axilas con agua. El resto pudimos hacerlo con toallas húmedas. Ya estábamos preparados para esto y sabíamos, por experiencias de otros, que no siempre podías bañarte.

Rodamos hasta Tumbes, frontera con Perú. La entrada al territorio Inca no tuvo ningún inconveniente. El sello de turistas en nuestros pasaportes fue de seis meses.

Después de viajar seis días y recorrer  4.340 kilómetros, Lima nos recibió con un sol en su máximo esplendor. Con su acostumbrado tráfico. Llegamos y alquilamos una habitación totalmente vacía. Bajé el bolso de mi espalda. Me senté en el piso y comencé a observar las cuatros paredes. Luego cerré los ojos y tuve un flashback de todo lo que viví durante el viaje. Me di cuenta que a mis 26 años no había tenido la oportunidad de salir al extranjero y que lo más lejos que había llegado era a La Gran Sabana y Los Roques. A partir de ese momento, volví a subirme a la montaña rusa de emociones: sentí rabia e impotencia porque la manera en la que salí de Venezuela no fue muy agradable. Siento que no emigré sino que me tocó huir, sin saber cuándo cambiará la situación, cuando superaremos la crisis. Sin saber cuándo volveré a abrazar a mi familia y jugar con mis perras. Sin saber si podré estar en la partida de un ser querido y tenga que consolarme con el envío de dinero para cubrir los altos costos fúnebres.

Llegué a otro país en donde puedo trabajar para comprar lo que quiera en un supermercado, sin necesidad de colocar una huella o de conseguir algún producto sin bachaqueros mediante. Supe que dejé atrás Venezuela porque aborrecí de estar en ella por culpa de terceros, porque vi lo bueno, pero también lo malo: mediocridad, antivalores, viveza y egoísmo.

Entré en la larga lista en la que se encuentran muchos venezolanos: los que desean surgir en el país de acogida y ayudar a los familiares que se quedaron en un barco que se va a pique. Los que recuerdan lo buena que fue la patria querida y lo buena que algún día volverá a ser.

“Ves la hora, se hace tarde ya.
Solo empacas algunos recuerdos
Una llamada sin mucho explicar
Que se den cuenta te da igual

Abres la puerta sin mirar atrás
Con retazos haces tú bandera
No tiene escudos ni estrellas
Solo flechas en una dirección”.

Gaélica- Te vas

 

Por Pierina Sora | @pierast
*Esta nota fue publicada originalmente en Seis grados

Dejemos de victimizarnos

Sin ánimos de ser chocante, quiero compartir una opinión:

Yo solo quiero decir que lo que pasa con Venezuela es triste. Sí.

Te toca el corazón. Sí.

Aunque uno sea crítico, y esté claro que todos los venezolanos somos responsables de este desastre.

Pero también creo que debemos dejar de victimizarnos, aunque sea difícil.

Enterarnos de que no somos los primeros en ser desplazados del propio país.

(Ni seremos los últimos, por desgracia)

Resulta que Venezuela no es Cuba: resultó ser peor.

Venezuela tampoco es el mejor país del mundo: es, simplemente, nuestro país. Con lo bueno y lo malo.

Que cargamos con el resentimiento de a quien le quitan algo valioso.

(Al menos ese es mi caso)

Que esta situación nos dará una lección de humildad, culturalmente hablando.

(Espero que así sea)

Que aprenderemos que un país no es rico por sus recursos, sino por el potencial y desempeño de su gente en el día a día.

(Ya viene siendo hora, ¿no?)

Que no somos el centro del universo y no todos nos tienen que ayudar.

(Bájese de esa nube o dese coñazo limpio contra la vida)

Que sí, es lamentable: usted tenía su vida proyectada.

(Bueno, mire, yo iba a hacer un posgrado, trabajar qué jode, comprarme una casita y viajar por el mundo. Y como yo muchos más, que andan haciendo cosas que nunca se imaginaron…)

Que extraña a su familia.

(Todos. Todos, coño. Pero ya tomamos esta decisión)

Que extraña a sus perritos.

(Mejor ni hablemos de esto)

Emigramos. Sea por lo que fuera y de la manera que pudimos hacerlo. Tomamos la oportunidad.

Otros se han quedado porque aún creen.

Otros se irán.

Y muchos otros se quieren ir, pero no pueden.

La situación de Venezuela ya es un drama en sí mismo, pero, por favor, no nos pasemos.

Donde hay vida hay esperanza, solo debemos construírnosla nosotros.

 

Por Orianna Robles Trujillo@Sra_Chiguira

La vida en vivo

La última vez que El Niño Jesús pasó por mi casa, no dejó un gran castillo de Barbie ni tampoco un Game Boy Advance; su regalo fue un cd de los Backstreet Boys. Ese anacrónico dispositivo, que a principios de siglo sostenía a la industria musical global, y ahora se utiliza más en la elaboración de manualidades que para su función original de almacenar información, estaba acompañado de dos entradas para el primer concierto que darían los BSB en Caracas. Esa Navidad mi versión de ocho años se sintió igual –o más– afortunada que Charlie Bucket con el golden ticket de Willy Wonka.

Mayo de 2001. “Black & Blue Tour”, 115 conciertos repartidos en nueve países, tres de ellos en Venezuela. Anuncios de televisión y vallas en las autopistas, coberturas informativas especiales encabezadas por Eyla Adrián y María Alejandra Requena, dispositivos de seguridad con oficiales públicos y empresas privadas, calles cerradas y rutas transporte gratuitas para los asistentes, miles de jovencitas acampando por días a las afueras del Estadio Luis Aparicio en Maracaibo y del Estacionamiento del Poliedro en Caracas. Euforia adolescente e ilusión infantil brotaban en partes iguales entre el público, la “backstreet manía” aterrizó en el país con un apoteósico espectáculo que me ofreció una certeza en la que hoy, 17 años después, sigo creyendo firmemente: ir a conciertos es una de las maneras más genuinas de palpar la felicidad.

Vivir en Caracas

En mi familia la música siempre ha sido tan importante como el pan. Crecí escuchando anécdotas de mis tíos sobre los conciertos de la Fania All Stars, Van Halen, The Police, Queen y  The Jackson Five en El Poliedro; conocí la locura de las masas teniendo de tío político a un integrante de Salserín –en la época de De sol a sol y Entre tú y yo–, reí muchas veces cuando mi mamá me contaba con orgullo cómo se escapó de la casa para ver a Santana en el Estadio Universitario de la UCV; y cada año, la transmisión del Festival de la Orquídea era mi momento favorito de la televisión nacional.

Tuve la suerte de poder trazar mi adolescencia a través de conciertos: Hilary Duff en la cúspide de su reinado Disney y con Vos Veis de teloneros; Black Eyed Peas en la última encarnación del Caracas Pop Festival; Diego Torres en un Poliedro tapizado con patrocinadores: desde tarjetas de crédito, bebidas alcohólicas y hasta marcas de preservativos; Nine Inch Nails, Iron Maiden y Korn para cumplir las cuotas de furia correspondientes a la edad; dos entradas para Incubus pagadas en efectivo en el Recordland del Sambil; Soda Stéreo en el año del referéndum constitucional; y Green Day como regalo de graduación del colegio.

Un buen número de conciertos a temprana edad. Pero si un evento ha marcado mi vida como entusiasta de la música en vivo, ese ha sido el Festival Nuevas Bandas. Desde 2006, primer año que asistí como público, pasó casi una década para que pisara su escenario como miembro del equipo de producción. Podría hacer una larga lista con las bandas que vi en las distintas locaciones (Plaza La Castellana, estacionamiento de El Nacional, Concha acústica de Bello Monte, Centro Cultural Chacao…) que ocupó la competición de bandas más longeva de Venezuela y del continente, durante ese período y los momentos, llamémoslos, históricos para la música nacional que sucedieron sobre sus escenarios.

 Así como el FNB sorteaba con ímpetu la ya incipiente crisis, en paralelo también se abrían más espacios para la “movida nacional”: Por el medio de la Calle, el “Ni tan nuevas bandas”, WTFest, Sunset Roll, Waraira Fest, Rock en la U y Virgen Fest, nombres que siguen siendo para mí referencia al recordar que esa utopía moderna que conocemos como festivales de música hasta hace no mucho se adaptaban a nuestra realidad y ocurrían con cierta frecuencia en Venezuela.

Caracas se quema

Desgraciadamente el desastre del chavismo se puede explicar con muchos ejemplos, de antemano pido disculpas por tomar uno bastante frívolo pero apropiado para este texto. Aproximadamente a partir de 2012 Venezuela desapareció del mapa para las grandes giras internacionales que pisaban Latinoamérica; y de los pocos conciertos que se realizaron, quizás los más grandes, costosos y polémicos fueron organizados por el Gobierno. Aunque a muchos incomode, la música sobrepasa ideologías y esos destellos de felicidad musical fueron aprovechados por un gran número de jóvenes caraqueños, entre los que me cuento. A pesar del trasfondo político de los eventos, no negaré que vi a Kevin Johansen + The Nada en la Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño a un precio irrisorio, incluso para el momento; y a Café Tacvba, una madrugada en la Plaza Diego Ibarra.

Mientras que la oferta de conciertos internacionales en el país se desvanecía, la escasez arreciaba. CADIVI viajero aún existía y la idea de irme una semana de vacaciones fuera del país, siendo una universitaria con ingresos modestos, no era un delirio. Antes de que Chile fuera uno de los países en acoger a la mayor cantidad de migrantes venezolanos, el país sureño recibió a la primera edición suramericana del famoso festival Lollapalooza.

Marzo de 2012, segunda edición del Lolla Chile. Dos días, seis escenarios, 60 conciertos y más de 100.000 asistentes. Con esa experiencia desbloqueé una insignia más en la pasión por la música en vivo: un festival de gran formato.

En caso de que mi memoria fallara, hice un exhaustivo scroll en mis redes sociales y confirmé que los últimos conciertos internacionales que vi en Caracas fueron a finales 2013. Hasta emigrar en 2016, solo disfruté de actuaciones de mis grupos locales favoritos.

De Caracas a Madrid Barcelona

—¿Cómo te sientes hoy?

—Ahí, no me gusta que este concierto sea una despedida más.

Un par de semanas antes de irme de Venezuela escuché esa conversación en el baño de Teatrex de El Bosque, y desde entonces no la olvido. Ya no solo me despedía de mis amigos, también lo hacía de los músicos y bandas que me habían hecho cantar, bailar y trabajar en los últimos años.

Como todos los que hemos salido de Venezuela con una maleta de 23 kg y poco más, tuve que dejar “ordenada” mi habitación. Mientras hacía esa limpieza profunda, conseguí flyers y programas de mano, franelas, calcomanías sin usar, recortes de revistas y periódicos, organicé mi estante de cds y desempolvé una pequeña caja de madera con un grabado del Ávila en la tapa, en la que por años deposité las entradas y brazaletes que coleccionaba. Cada objeto como una memoria tangible de este relato. Pensé empacar la cajita y algo más, pero en 23 kg hay poco espacio para la nostalgia.

Bien escribió Antoine de Saint-Exupéry que “un objetivo sin un plan es solo un deseo”. Trazando mi plan, llegué a Barcelona, donde he podido alcanzar mi propósito de trabajar en la industria musical, un anhelo que nació cuando apenas era una niña que precozmente quería ir a conciertos.

Afortunadamente, cada día me he acercado un poco más a ese objetivo original y he vivido experiencias que en casa parecían tan lejanas como improbables. Justin Bieber en pleno furor de Sorry, J Balvin antes de Beyoncé y Mi gente, La Vida Bohème en la fiesta mayor de la ciudad, Devendra Banhart en una masía catalana, Jorge Drexler en un teatro de 700 butacas, The Rolling Stones en el estadio donde se inauguraron los Juegos Olímpicos del 92. Todo esto y trabajar en las últimas dos ediciones de uno de los festivales más grandes del mundo, Primavera Sound.

Así voy, trabajando y viviendo, poco a poco o “de mica en mica”, como dicen los catalanes. Sin la caja con entradas gastadas que era mi tesoro, sin los amigos que me acompañaron en aquellas aventuras musicales, reviviendo a través de canciones los momentos que me trajeron hasta la “ciudad condal”, y construyendo con nuevos ritmos y melodías futuros recuerdos.

 

Por Ashley Garrido |@ashgarrido

Ser lector en una Venezuela en crisis

El mensaje llegó cuando terminaba de almorzar. Uno de mis amigos, que vive en Panamá, me escribía para avisarme sobre la Feria Internacional del Libro que comenzaba hoy allá, con Israel como país invitado. De inmediato me sonreí. Es una de esas oportunidades en que me emociono como un niño y todo lo demás deja de tener la importancia habitual. Cruzamos varios mensajes más y, sobre la marcha, asegurándole que me mantendría atento al teléfono celular, acordamos que él iría hasta el lugar donde se celebraba la Feria y aprovecharía para enviarme fotos de los libros que consiguiera. El instinto se puso en marcha y mis sentidos se agudizaron. En seguida pasamos de los mensajes de texto a las notas de voz, como si una urgencia nos empujara a la acción. Le pedí que se concentrara en averiguar si la editorial Anagrama tenía un stand y allí preguntara por los diferentes precios y ediciones. El siguiente par de horas se dinamizó con las imágenes que me iban llegando, los videos y más notas de voz. Ya no me sentía solo como un niño: era un niño escabulléndose precipitadamente en una juguetería, sin prestarle atención a la distancia entre nosotros.

Las portadas. Los títulos. Los autores. Las diferentes ediciones. Confieso que aluciné, porque Anagrama es una de mis editoriales favoritas, porque su catálogo es extenso y porque publican temas que siempre resultan interesantes. O quizás sólo se deba a la precariedad en la que nos hemos hundido puertas adentro, donde al momento actual cada libro que desearía comprar ronda el equivalente a seis veces el salario mínimo. Así que este mensaje vespertino inesperado se convirtió en una gran sorpresa y en una puerta hacia un mundo literario bien surtido y abastecido. Mi amigo no sabe todavía cuánto se lo agradecí, cuánto se lo agradezco, a pesar de que múltiples veces se lo dije. Pensé en las peculiaridades de esta diáspora venezolana. La mayoría de mis amistades se encuentran ahora regadas por medio planeta y es un lujo y un placer cuando me recuerdan a través de los libros que se ofrecen a comprar para mí, dejando a un lado la engorrosa logística posterior de hacérmelos llegar; porque afortunadamente, llegan; siempre llegan.

Más adelante quiso saber si me gustaba algún autor israelí en particular. Me quedé pensando en Batya Gur, en Amos Oz, en David Grossman; pero la batería de su teléfono celular estaba a punto de rendirse. Envió varias imágenes más y me pidió que escogiera uno entre todos ellos. Era una decisión muy difícil, para mí, pero también para él porque esa compra potencial alteraba su presupuesto de exiliado. Le dije que sí y nos pusimos de acuerdo para reanudar la charla virtual al cabo de media hora. En ese tiempo busqué como loco en la página de la editorial, leyendo cuanta reseña se me cruzó en el camino, para intentar hacer la mejor escogencia posible. Ya al borde del agobio (tendrán que disculpar si les parece que hay asuntos más relevantes, pero esto es un tema personal), me decidí por una novela de Yasmina Reza: Babilonia, porque otro amigo, residente en París, había conocido a la autora y me la recomendaba con bastante seriedad. Apreté el botón de “enviar” y me salí del chat, temiendo que pudiera arrepentirme en el último momento.

Varios minutos después, llegaron nuevas fotos y notas de voz. Me preguntaba si conocía a Patricia Highsmith. Abrí mucho los ojos. Pensé en cuánto respeto siento por la prosa de esa mujer y en las maravillosas historias que escribió, desde el punto de vista psicológico. Le respondí que sí, que tenía un libro de ella con tres novelas cortas. Mi amigo envió otro video: me mostraba una edición hermosísima y reciente donde se reunían varios relatos cortos. Él me explicó que la primera escogencia había sido enteramente mía, pero que esa edición con los cuentos de Patricia Highsmith atrajo su atención y quería regalármelo como un obsequio extra. El video dejaba ver que se trataba de una edición gruesa que aquí en el país debería costar, literalmente, ahora sí, un ojo de la cara. En el video, mi amigo abría el libro y dejaba correr las páginas. Fue increíble cómo casi podía percibir el olor a nuevo que despedía ese movimiento. Cerré los ojos y sonreí con la idea de lo mucho que me habría gustado meter la nariz y aspirar con fuerza. Creo que mi amigo me conoce lo suficiente como para saber que eso que estaba haciendo me alteraba más allá de lo que podía confesar. Libros. Libros nuevos. Títulos por descubrir. Historias en las que podía sumergirme para eludir un tiempo más la absurda realidad fuera de mis ventanas.

Nos despedimos entre risas y fotos adicionales, porque ya casi al final escogió varios marcalibros para incluirlos en el paquete literario. Mi sonrisa era enorme. Se lo agradecí una vez más, insistentemente, pero mis palabras se quedaban cortas para expresar de verdad lo que sentía, el regocijo, el entusiasmo, la alegría, la excitación ante lo novedoso, la anticipación hasta que llegue el paquete, la arruga de la cotidianidad de los cortes eléctricos y las fallas en el suministro de agua que se corría durante varias horas con mi mente concentrada en este regalo inesperado. Pero lo intenté, se lo dije en varias oportunidades y lo repito ahora: ¡gracias! Mil gracias, pana. Ahora solo queda respirar profundo y esperar.

 

Por Luis Guillermo Franquiz

Los motores del desastre (o Revelaciones desde la chivera)

Una catástrofe como la nuestra no avanza así no más. Necesita piezas, engranajes, además de tiempo, perversidad y aceite. Tampoco es lenta ni casual la tragedia que estamos pasando: su velocidad caótica se debe a unos cuantos propulsores que la han empujado con asombrosa potencia. Autobús en caída libre, lancha llena de desagües, carro con troneras y picos de botella al frente: estos motores llevan por dentro el combustible del absurdo y operan a partir del despilfarro. Su funcionamiento es peculiar: se encienden para apagarlo todo.

Su propósito: volver el país una chatarra.

1.El motor saqueo semántico: alteración de símbolos, héroes importados, deformación de la memoria, balbuceo ideológico, sincretismo espiritual, vaciamiento y llenado de palabras molde (p.ej. democracia, revolución, pueblo), panoramas patrióticos desdibujados, silenciamiento/escandalización de efemérides, son algunas de las piezas del motor más eficaz del chavismo: el desplazamiento de la sustancia-país, la mudanza definitiva de sus significados. La casa, en apariencia, es la misma, pero le cambiaron los muebles y le movieron los espejos. No fue que nos quitaron el país: lo saquearon por dentro.

2. El motor malandrismo institucional: es la escenificación del quieto ahí de la burocracia y el pégate becerro de  las instituciones del Estado. Es la voz del descrédito, del hago lo que me da la gana oficializado, de la paralización del ciudadano ante el totalitarismo de chopo y puñal de los órganos gubernativos. Mírese el TSJ, el CNE, la antigua AN: actúan con la legitimidad del vivo y la desfachatez del malandro. Es el decir cállate o te quiebro del Poder Público Nacional.

3. El motor bochinche y mierda: el desorden, si no se goza, no se aguanta. Hay que carnavalizar la gestión pública. Hay que meterle fiesta, tarimas, musiquita en los pies. Distraerse con serpentina mientras el ventilador salpica. Así, entre rumba y gozadera, el panem et circenses se convierte en política pública, favor paternal y aspiración ciudadana. No hacen falta cornetas ni subwoofers: la sentencia mirandina tiene hoy el volumen preciso. Y atormenta.

4.El motor inoculación del vértigo: nos trajeron a bailar a una cornisa con los ojos vendados y las trenzas sueltas. Nos pusieron frente a un barranco para dejarnos la náusea como tarea. El plan: poner el pánico en alto, marear, (pre)ocupar. Hacer que el miedo nos mantenga firmes y contra la pared. ¿Qué es lo que hace uno ante un abismo? O se calla o se vomita.

 …

Intermedio contra el olvido: una breve excursión a la chivera

Este invento de mecánica popular ya había sido ensayado tiempo atrás cuando Chávez, para inaugurar el año 2007, le muestra al país los Cinco motores constituyentes de la Revolución Bolivariana. Esas turbinas apocalípticas que anunciaban la consolidación del “Socialismo del Siglo XXI” en Venezuela, y que estaban construidas sobre un plural de “realidades y aspiraciones” de dudosa procedencia, se conformaban de:

I. Ley Habilitante:el truco jurídico favorito del Ejecutivo Nacional en tiempos del chavismo, con el cual el Máximo Líder se disfraza de superhéroe omnímodo y megalosaurio legislador, y se faculta a sí mismo para meter la cuchara en todo. Es la histeria del aparato estatal sujeto a la voluntad de un hombre. Llámese: motor siembra del personalismo.

II. Reforma Constitucional: con esto se pretendió hacer de la Carta Magna un traje a la medida. Se sometió a elecciones, perdió, se cambió por enmienda para asegurar la reelección indefinida del Presidente, y muchas de sus premisas terminaron metiéndose por debajo de cuerdas. Burla y obstinación antidemocrática. Motor lo que me salga del forro.

III. Moral y Luces: estudio de la doctrina socialista en escuelas, liceos, fábricas, talleres y campos. Inyección curricular de los valores grandilocuentes del socialismo, la deformada doctrina bolivariana y la ideología política del chavismo. A este le llamamos motor no me lo mate no, porque a la par que aniquila el pensamiento libre pone en peligro al “hombre nuevo” que pretendió crear.

IV. La Nueva Geometría del Poder:con ese suculento título se buscaba cambiar la división político-territorial del país y erradicar a los municipios del mapa (a saber el nivel más próximo y real de participación ciudadana). Hablaba de simetría del poder político y militar, con una ocupación total por parte de ese pequeño monstruo al que bautizaron Poder Popular. ¿Menos ciudades, menos ciudadanos? ¿Reordenaditos se les manda mejor? Motor obediencia participativa.

V. Explosión del Poder Comunal:dependiente de los cuatro anteriores, proponía crear una federación de Consejos Comunales, especie de constelación de ciudades sin alcaldías ni juntas parroquiales, gobernadas por un Estado Comunal que recibiría del Gobierno Central el poder político, social, económico y administrativo para autogestionarse. No sería difícil predecir los requisitos de filiación ideológica y partidista de esa transferencia de poder, ni advertir las consecuencias de tal aberración. Motor constelación servidumbre.

Y estos cinco aparatos llegaron a nosotros, casi una década después, convertidos en chatarra de chivera, en tema de conversación para coleccionistas de inventos, en extraordinaria curiosidad de repuesteras. Su épica inquietante, aunque triste, nos abre la puerta al siguiente galpón de trastos.

5. El motor reducción al ridículo: la negligencia descarada, la fatalidad de la práctica de gobierno, el testimonio de su propia destructividad, ridiculizaron la ideología, la lucha de clases, el poder del pueblo y todas aquellas ensoñaciones verbales llenas de onanismo y anacronías. ¿Socialismo para qué siglo? La izquierda, por enésima vez, fue golpe de torpeza, desorientación y zurdera.

6. El motor gran milagro: la espera, la paciencia, el mesianismo. Ese algo tiene que pasar del que todos hablan. El estancamiento de la voluntad nos puso a la orden de una fe ciega, casi brujeril, en cualquier fuerza (o acontecimiento o fecha de calendario) con promesas de cambios mágicos. Y nos dejaron con el escapulario y la pulserita en vela. Más que un país, Venezuela se convirtió en una larga cola hacia un milagro.

7. El motor desesperanza para todos: aquí se afirma la generosidad del proyecto poschavista: repartirnos por igual su cuota de desesperanza. Es el abatimiento en el pecho, la pérdida del país íntimo, el ejercicio de la desmoralización del que nadie se escapa. Es esa desilusión histórica, ese te amo, pero no de la patria confundida. Es, al fin, ese gran desamor nacional.

8. El motor felicidad por cupos: entre racionamientos, inseguridad ciudadana,hiperinflación depravada y desabastecimiento, el poschavismo nos va haciendo partícipes de su filosofía de prosperidad limitada: ser feliz la máxima suma de felicidad permitida. Vivir el aprendizaje forzado de lo bueno poco. Mamar, pero contentos.

Hacia un engrase definitivo

Motores que remueven sedimentos culturales, historias fallidas, resquemores, cosas que no se hicieron. Motores que echan a andar esa gran maquinaria de desastre en la que vivimos. Podrían inventarse otros (el motor loco escondido, el motor la divisa es tu horror, el motor tranca la puerta, el motor tu puesto en la ruleta, etc., etc.,) que contengan los dramas de la impunidad y la violencia, la sombra delincuencial del Estado, el poder militar y sus alter-egos paraestatales, el falso enaltecimiento de la pobreza, la anomia vandálica, el nihilismo en el bolsillo, la devaluación de la dignidad, la ruleta de la tragedia, la primacía salvaje del individualismo.

Podrían, pero encenderlos no los dejaría en evidencia ni los haría menos malos.

Esos ya están andando sin que nadie los vea, sin que nadie perciba su escándalo de tornillos sueltos y silbidos. Y lo peor es que nos aplastan, nos vuelven mínimos, indefensos, vulnerables, sin tener siquiera la decencia de recoger el desastre después.

 

Por Zakarías Zafra |@zakariaszafra

#DomingosDeFicción: En blanco y negro

A las diez y treinta de la noche sonó el teléfono. Era el director de fotografía de la agencia Magnun, en Nueva York. No me extrañaba que llamara o escribiera a cualquier hora, siempre tenía en mente alguna idea o proyecto o, simplemente, una anécdota que contar. Supe desde un principio el motivo de su llamada. En la televisión estaban transmitiendo las noticias del día, devastadoras como siempre, pero esta vez las pantallas eran de Haití.

—Ben –dije.

—Mañana sales para Haití. No sé si te enteraste, pero hay una crisis muy fuerte allá y queremos documentar a los inmigrantes.

—Sabía porqué me llamabas.

—Qué te puedo decir… Son las órdenes. Debes entender.

—No me mal interpretes, pero te comenté antes de irme que mañana debo ir a los tribunales a firmar el divorcio y sabes que debo tomar un avión hasta…

—Es verdad –me interrumpió–. No te preocupes. No puedes aplazarlo de nuevo y mucho menos por tu trabajo. Entiendo que no ha sido fácil. Además estás llegando de tu última pauta. Tengo en la lista a alguien más.

Apenas colgó, comencé a desempacar. Pensé en lo feliz que me hacía ver a través del lente de mi cámara. Era una Canon 5D a la que consideraba una extensión de mi cuerpo.

La mañana siguiente sonó el despertador justo a las cuatro de la mañana. El agotamiento que sentía no era normal, pero logré levantarme. Fui a la cocina y encendí la cafetera eléctrica. Luego llegué hasta el baño, abrí la llave de la ducha y en unos segundos respiré el vapor que despejó mis fosas nasales. Entré. sentí como el agua se iba por el desagüe con el cansancio. Recordé porqué me había despertado tan temprano. Tenía que ir para Venezuela a firmar el divorcio. No había sido fácil desprenderme de tantos recuerdos, sueños y promesas. De cada aventura y desventura a su lado. Recordé desde la primera hasta la última vez que la vi, mirándome desde el balcón cuando tomé ese taxi al aeropuerto para irme lejos, muy lejos y resumirlo todo a los mensajes de texto; aquellos que cada vez se alejaron tanto, como la distancia que me separaba de ella. Pero todo se esfumó al cerrar la llave y escuchar esas gotas que cayeron al final. Fui a buscar mi café y luego a prepararlo todo para salir.

 

La llegada al aeropuerto fue atemorizante. El ambiente convulso me agredía. Parte de mi vida transcurría en ellos, de aquí para allá con mi equipo fotográfico. Eran 25 kilogramos de peso en la espalda metido en mi bolso Lowepro. Pero ese día fue distinto. No iba a fotografiar la vida del resto de las personas, sino parte de la mía.

La espera fue terrible. Aproveché el tiempo para revisar mis notas y clasificar las fotos de mi último trabajo. Hasta que por fin una llamada por el parlante nos alertó. Era mi vuelo hacia Caracas. Comenzamos la procesión para entrar en el avión. Una vez en el asiento, un sonido mudo, casi imperceptible se escuchó. Era el capitán de la aeronave. Nos dio la bienvenida a su aerolínea y nos dijo que el mal tiempo nos haría desviarnos un poco del rumbo establecido en las cartas aeronáuticas, por lo que el vuelo duraría un poco más. No faltaron los reclamos al escucharlo.

Comenzamos a movernos. El avión transitaba por las líneas de rodaje hacia la pista. Volvimos a detenernos, esperábamos la autorización del ATC para entrar en la pista y despegar rumbo uno cero. Un zumbido hizo que mirara hacia arriba. Un recuadro con la figura de un cinturón de seguridad se iluminó. He viajado tantas veces en avión y siempre el mismo sonido me hace reaccionar de la misma forma. El hombre no es más que un animal adicto a sus hábitos, pensé, mientras hacía una mueca en mi boca al recordar que yo era uno de ellos.

La voz del piloto desapareció y los asistentes del vuelo comenzaron a indicarnos las medidas de seguridad, sobre todo en el caso de que se presentara una emergencia que nos hiciera acuatizar. El chaleco… me dije. Me incliné hasta tocar la parte de abajo del asiento y allí estaba.Voltee para ver las salidas de emergencia y estar preparado para todo. Una vez terminaron, el avión comenzó a moverse hasta llegar a la pista, giró y sin detenerse aceleró. En pocos segundos flotábamos inclinados hacia la izquierda.

La espera del vuelo y su travesía fueron desesperantes, pensé que nunca zarparíamos. El avión era una tara al que le sonaba todo. Sin embargo, me entregué al cansancio y pude dormir. Pero no por mucho tiempo. Una fuerte turbulencia me despertó y de nuevo la voz del piloto se escuchotan incomprensible como la primera vez. Estábamos descendiendo al aeropuerto «El Higüero» en Puerto Príncipe. ¿En Haití? Dije en voz alta. En ese preciso momento una de las aeromozas pasó a mi lado y le pregunté que había pasado. Me respondió que el avión presentó algunos problemas como consecuencia del mal tiempo, por lo que el piloto decidió desviar el rumbo y aterrizar lo antes posible. Desde la ventanilla pude pronosticar la visita.

Al bajar del avión la primera impresión fue devastadora. La pobreza que se respiraba era abrumadora, desquiciante e infecciosa. El terremoto de hace unas horas lo había destruido absolutamente todo. Si el infierno existía, sería así. Me negué a creer que ese era mi destino.

La aerolínea me ubicó en el Park Hotel, cuya fachada inspiraba cualquier cosa menos un buen descanso. Sin embargo, con la playa justo al frente, tan paradisíaca y provocativa, olvidé lo sucedido.

Cuando entré a mi habitación me impresionó la decoración de las paredes. Eran lúgubres, y el bombillo la matizaba con una bruma amarilla y deprimente que no me ayudó a sentirme mejor. La cama era de hierro, se veía como el salitre la devoraba sin piedad. Las sábanas estaban manchadas, por lo que decidí quitarlas. Fue peor. El colchón era un cuadrado duro y pardo, con manchas que parecían de café. «Dormiré en el suelo», me dije.

Escuché un radio. El sonido provenía de la habitación contigua. Una voz masculina tarareaba la canción que sonaba en ella. Abrí la puerta y salí. Quería pasar el menor tiempo posible dentro de esa habitación, su olor dolía. La sentía como la boca de un gran monstruo que me arrancaba la piel con sus afilados colmillos.

Una vez afuera, la puerta de la habitación más animada se abrió y salió un hombre mayor, negro y alto. «Él era quien cantaba», pensé. Subió su mano derecha y me saludó con un ademán tan desinteresado como la bienvenida que recibí al llegar al hotel.

Llegamos juntos hasta las escaleras y le indiqué con un gesto caballeresco que pasara primero. Las escaleras de madera comenzaron a crujir, «esto no aguantará el peso de los dos», me dije. Sin embargo lo hizo. Llegamos a la entrada del hotel, salí y encendí un Marlboro. El hombre, en cambio, continuó caminando hacia la playa. Aspiré una última bocanada al cigarro y lo boté hacia la calle. Subí a buscar mi cámara. Seguirlo me pareció una buena idea. Podría tomar algunas fotos de ese lugar que había cambiado al caer el sol.

Por suerte la luna estaba llena, cuestión que me facilitó ver al hombre desde lo lejos parado al lado de una embarcación en construcción. Caminé hasta el lugar. Pude escuchar risas y el golpe de los martillos contra la madera. Cuando notaron mi presencia se callaron al unísono, todos vieron al hombre del hotel.

—Buenas noches, yo estoy en el mismo hotel que usted, ¿se acuerda? Bajamos juntos por la escalera –le dije.

Él me vio de arriba abajo.

—¿Eres periodista?

—Claro que no –le respondí–. Soy fotógrafo… amateur.

Sin mediar palabra alguna me dio la espalda y ordenó a los hombres que continuaran trabajando.

 

Transcurrió una semana sin noticias de la aerolínea y sin poder comunicarme con alguien fuera de Haití. Además, las autoridades de República Dominicana habían cerrado las fronteras para evitar el éxodo de personas a ese país. Mis esperanzas de irme se esfumaron. «Tantas cosas y al mismo tiempo ninguna», pensé.

Con la intención de olvidar y ocuparme en algo, me dediqué a tomar fotografías de la construcción de la embarcación, de los obreros, sus rostros y manos callosas. Poco a poco las herramientas rudimentarias e improvisadas le dieron forma al bote que, por su apariencia, me pareció que no flotaría.

 

Al día siguiente escuché la puerta de mi habitación. Era el hombre para decirme que el bote ya estaba listo.

—¿Te gustaría salir de Haití? –preguntó.

No era necesario que respondiera a su pregunta. Él sabía muy bien la respuesta.

Llegué rápido a la playa con mi cámara en la mano y lo vi terminado. Era un velero de siete metros de eslora. Lo llamaron “Cree en Dios”.Hombres de fe, pensé. Estaba suspendido a unos cuantos centímetros de la arena sobre los troncos que le permitirían entrar al agua. Lo habían terminado de construir y, sin embargo, parecía que hubiese estado en el mismo lugar durante décadas. La madera del casco, vieja y opaca, teñida con diversos colores, lo hacían ver como un mosaico de muebles viejos, que armaron como las piezas de un rompecabezas. El mástil no era más que un viejo árbol desprovisto de sus ramas, que, sin importar desde donde lo vieras, mostraba una joroba que lo arqueaba.

Ese día él me dijo su nombre: «David». Me comentó que desde hace mucho tiempo lleva planeando cómo irse de Haití y, al mismo tiempo, hacerse de algún dinero para cuando llegase a algún otro lugar. Convenció a cuarenta y cuatro hombres para que construyeran un bote que los llevaría a otro país ocultos dentro del casco. Así evitarían ser descubiertos. Uno de ellos murió ayer, me dijo. Por eso quise invitarte, tenemos un puesto disponible. Su comentario me causó gracia, pues al ver en el interior del velero me di cuenta que esos pobres diablos viajarían como cerdos directo al matadero. David continuó ofreciéndome ese puesto por tan solo cinco mil dólares americanos. Lo pensaré, le dije.

De vuelta al hotel le pregunté al encargado si había algún recado para mí. Se rió de inmediato, «noticias», dijo mientras se alejaba moviendo la cabeza de lado a lado. Me habría conformado con una fecha, al menos para que mis esperanzas renacieran. Subí a la habitación y pasaron dos horas hasta que volvieron a tocar a mi puerta. Era David.

—Sé muy bien lo que estás sintiendo. Todo aquél que llega o nace en este lugar termina como tú, sin ganas de vivir –me dijo susurrando–. Esta es tu única oportunidad, si la desaprovechas morirás en esta pocilga. Ahora debo volver al bote, mañana zarpamos antes del amanecer. Sabes donde estaremos.

Lo vi perderse en las escaleras. Cerré la puerta, me senté por primera vez en la camay contemplé la habitación. Necesitaba un cigarro pero lo único que conseguí fue la caja vacía junto a la cámara. Esa que esperaba por un gran trabajo fotográfico.

Tomé esa vieja tarjeta de memoria que me regaló en uno de mis cumpleaños. Aún podía verse la dedicatoria escrita en su etiqueta. No quise leerla. Entre los recuerdos apagué la luz y me fundí en ellos hasta que el sueño me arropó.

 

Salí muy temprano del hotel. Le dedique una última mirada a su fachada. Aun sentía más dudas que certezas, pero comencé a caminar sin ver hacia atrás. Llegué a la playa. El bote flotaba y se dejaba llevar por el danzar de las olas. Cuarenta y tres hombres habían entrado en esa mazmorra flotante, era la cárcel hacia la libertad. Entré al agua. David y cuatro hombres más me ayudaron a embarcar. Ellos serían la tripulación. Nuestras vidas estaban en sus manos. ¿Qué podía pasar? ¿Qué nos perdiéramos en alta mar y muriéramos de hambre y de sed? No hice caso a mis pensamientos y entré. Cuatro tablas largas se posaron muy cerca de mi cabeza y fueron clavadas con los golpes de un martillo que nos aturdió. Risas y celebraciones nos acompañaron la primera hora de viaje, luego, solo fue el sonido del mar chocando contra la madera.

Sin darnos cuenta, los movimientos del velero se hicieron más fuertes y continuos. La paz que disfrutamos al inicio del viaje se desvaneció. Sentimos la proa elevarse y en cuestión de segundos caía golpeándonos con la misma intensidad que el mar lo hacía contra su estructura. Escuchábamos los pasos y los gritos desesperados de la tripulación. El agua caía a chorros entre las grietas de las tablas. Comenzamos a dar golpes para que nos escucharan. El agua comenzó a entrar también desde abajo. El mástil se había movido y había roto la estructura que lo unía al casco del bote. El agua hasta la cintura, se enturbió. Era la mezcla del vómito de no sé cuantos que no pudieron aguantar que su estómago también los traicionara. David gritó «nos estamos hundiendo». La luz de la lámpara que llevábamos con nosotros fue suficiente para ver el rostro de mis compañeros de viaje cuando escuchamos lo que ya sabíamos. Sus ojos estaban abiertos al máximo a punto de salirse de sus órbitas. Intentábamos mantenernos en nuestros puestos sujetándonos entre nosotros. Otros querían levantarse pero no podían, el techo los detenía y algunos fueron penetrados en sus cabezas por los clavos oxidados que sobresalían de las tablas.

Saqué de mi bolso la cámara y de mi chaleco aquella tarjeta de memoria. A pesar del poco tiempo que nos quedaba, esa madrugada convulsa volví a leer la dedicatoria que tenía escrita: «La tristeza es el síndrome de abstinencia de Dios». Las había olvidado. Precisamente eso era lo que sentíamos. Tomé una foto, sólo una, antes de fijar la tarjeta en mi cuerpo con el tirro que llevaba conmigo. Sabía que moriríamos. Quería salvar esa imagen. Si en algún momento encontraban mi cuerpo, parte de mí viviría a través de ella. Quienes tenía a mi lado comenzaron a jalarme hacia abajo, ya no había espacio en el que pudiéramos respirar. Ya sumergido vi la luz borrosa de la lámpara cuando terminó de apagarse. Con su ausencia una fuerte puntada atravesó mis fosas nasales. El agua salada inundó mis pulmones y su sabor a rasgar mi garganta.

 

Desperté sobre una camilla. La garganta me ardía y me dolía toda la cara y el pecho al respirar.

—Está usted a salvo –dijo el uniformado que estaba parado a mi lado.

—Pero aun siento ese movimiento –dije con la voz ronca.

—Por supuesto. Estamos en un hospital flotante.

El buque hospital Comfort de la Armada de los Estados Unidos de América entró en aguas territoriales la noche del accidente. A pesar de ser una embarcación de doscientos setenta y dos metros de eslora, no le costó encontrarnos. Sus sistemas avanzados de radares dieron la alarma, cuando sus vectores tradujeron en sus pantallas que sobre el agua flotaban cinco cuerpos y los restos de lo que parecía una vela, un mástil y unos trozos de madera. Fuimos rescatados unos minutos después que perdí el conocimiento.

Todos lo que íbamos escondidos nos salvamos, en cambio, David y los otros que lo acompañaban sobre el bote, no sobrevivieron. La tarjeta de memoria también sobrevivió y con ella el recuerdo de esos días. Una pequeña parte de la miseria del ser humano.

 

Por Filadelfo J. Morales M. | @filadelfojmm

Los rincones del alma de una ex prostituta

La noche antes de decidir prostituirse por primera vez, Jacqueline Montero intentó suicidarse. En una calle solitaria de los Bajos de Haina, un pueblo al sur de República Dominicana, se lanzó frente a un camión en movimiento en busca de un final que no encontróporque el chofer del vehículo terminó siendo un conocido, que al verla, la recogió y la llevó a la casa de su abuela.

—¿Qué te pasa Jacqueline? –le gritaba la anciana entre lágrimas mientras la sacudía por los hombros.

—Lo que pasa es que salí equivocada en el mundo –respondía la joven de 17 años con los ojos hundidos y la mirada perdida, después de haber estado tres días sin dormir– ¡A mí nadie me quiere!

La experiencia parece atestiguar que las trabajadoras sexuales entran al negocio porque un hombre las maltrata, porque las violan, porque las botan de la casa o porque una amiga las invita. A Jacqueline le pasaron todas juntas.

La primera vez que el esposo de su tía se metió en su cama furtivamente, ella tenía 9 años. Los abusos continuaron, en paralelo con la violenta crianza que recibía de su madre y su hermano, hasta los 16.

A esa edad conoció a un joven un par de años mayor que ella en la iglesia mormona a la que había empezado a asistir por iniciativa propia, y decidió creer en todas sus promesas. No sabe si se enamoró de él o de la oportunidad que este le ofrecía de huir de aquel infierno que se hacía llamar casa.

Terminó casada a los 16 con un muchacho que apenas se estaba haciendo hombre, que dejó de asistir a la iglesia meses después, que empezó a beber cada atardecer, que luego comenzó a darle golpes tan brutales como los que recibía de sus parientes.

 

Para entender cómo la prostitución terminó siendo la puerta de escape de Jacqueline, hay que volver a esa tarde en la que intentó suicidarse.   

Cuando una amiga de ella escuchó lo que había intentado hacer, fue corriendo a la casa de la abuela con el mejor consejo que pudo pensar:

—Pa’ estar tú matándote, mejor vente a cuerear conmigo.

Jacqueline, que llevaba dos años bajo la influencia del sermón de los mormones, rechazó la propuesta con un solo manotazo, pero aceptó el refugio y la promesa que su amiga le ofrecía para ayudarla a encontrar otro oficio para sobrevivir.

Al día siguiente la amiga la llevó al restaurante de un conocido en busca de trabajo. Jacqueline le enseñó todos sus diplomas al hombre, mientras lo miraba con desesperación.  Este le respondió que su cajera tenía dos días sin aparecer, así que si faltaba un tercero, el trabajo sería de ella.

Esa noche su amiga le propuso que fuera al cabaret con ella y al otro día volverían al restaurante. Pero Jacqueline prefirió dormir esa noche en el parque, con la mochila como almohada, recostada debajo de un banco. Cualquier cosa antes que acercarse a ese lugar de pecado.

Cuando el sol empezó a asomarse, su amiga volvió para llevarla al restaurante. Al entrar, sintió un puñetazo en el estómago cuando vio a una mujer frente a la caja. Había ido al trabajo.

 

Cada vez que Jacqueline estaba con un cliente sentía nauseas. Su amiga le decía que era por asco, que era normal al principio. Sin embargo, un día la esposa de uno de sus clientes fue a buscarlo en el cabaret. Terminaron las dos tomadas de las greñas, mientras la mujer aseguraba que estaba embarazada. A las dos se las llevaron al cuartel y de ahí al hospital. Allí les hicieron una prueba, y la que estaba embarazada en realidad era ella.

—Vuelvo con él así me dé golpes  –pensaba Jacqueline– pero voy a parir a mi niña con mi esposo.

Al volver a Haina, a plantarle cara al hombre, no encontró más que burlas y rechazo. Cuando este se atrevió a cuestionar su paternidad, ella lo sentenció con una sola frase que no ha perdido vigencia hasta hoy.

—Apunta esto: nunca te voy a pedir nada. Voy a parir mi hija yo sola. Y ten por seguro que nunca me voy a acostar contigo, aunque no queden más hombres en el mundo.

Con cada novedad, todos los caminos parecían acabar en un cuarto oscuro, con ella sobre una cama deteriorada y un hombre pagando por sus servicios. Nunca se sintió segura. A veces incluso se sentía violada.

—¡Qué incomodo es estar con los hombres que a uno no le gusta! –se quejaba Jacqueline con su amiga.

—Tú lo que tienes es que beber Brugal, que de una vez eso se te va.

Así fue como Jacqueline se convirtió en dos personas: sin el Brugal, se quedaba en una esquina, enamorando a los hombres con la timidez de una señorita. Con el licor en las venas, los abrazaba y les decía seductoramente al oído: “Ven, vámonos”.

—Ayúdame a salir de esto –pedía llorando Jacqueline a Dios cada vez que estaba debajo de un hombre. Treinta años tuvieron que pasar para que Dios la escuchara.

Empezó a ejercer un rol combativo en la defensa de los derechos de las trabajadoras sexuales a finales de los años 90 desde el Movimiento de Mujeres Unidas (Modemu), una organización sin fines de lucro que capacita a las prostitutas en diversos oficios y les ofrece chequeos médicos gratuitos y asesorías legales en casos de violencia.

En esta organización, comenzó enseñando a sus compañeras a usar el condón y a identificar las enfermedades de transmisión sexual. Lo que surgió como una iniciativa de 5 mujeres, ahora tiene en su registro cerca de 6 mil, en un país que, según cifras no oficiales, tiene una población de 200 mil personas dedicadas a la prostitución.

Hoy, Jacqueline impulsa un proyecto de ley para regular el trabajo sexual que permita proteger a las mujeres que lo ejercen de la discriminación social y los abusos policiales. Lo hace desde el congreso, donde fue electa como diputada en 2016 con más de 8 mil votos.

 

Por Estefania Reyes @estefareyes

Sharp Objects: Cicatrices de tinta

Elabora un artículo donde describe los detalles de un asesinato, recuerda expresamente cómo se debió haber sentido la víctima, cómo el miedo dominó todo su sistema y la nubló totalmente: la esperanza de un futuro mejor nunca llegó, sentenciándola a una muerte fulminante.

Ella se detiene, lee los dos párrafos que ha escrito pero no siente nada, observa el cuarto de su infancia y la ansiedad empieza a corroerla, siente que pierde la cordura de nuevo; cree no estar loca, toma agua para calmarse y continúa, todo está en su cabeza, menos las cicatrices de su pasado y la incertidumbre de volver a ser normal, de formar parte de un retrato que nunca llegó, de recibir un abrazo y un te quiero bajo la mirada de una familia que jamás la reconoció.

Sharp Objects es una miniserie producida por HBO, basada en la novela del mismo título por Gillian Flynn, autora de Gone Girl. Dirigida por Jean- Marc Vallée y protagonizada por Amy Adams, el breve relato televisivo nos propone un descenso a los infiernos alrededor del submundo de una periodista que siente el peso de cada palabra que escribe y que busca desvelar el misterio tras un conjunto de asesinatos.

Periodismo agrietado

La trama nos hace empatizar con los tormentos de Camille Preaker (Amy adams), una periodista que vuelve a su pueblo natal para investigar una serie de asesinatos bajo un modus operandi particular.

El mayor reto de Preaker no se fijará en resistir las imágenes de chicas muertas y de otorgarle una voz a los cadáveres que consigue a su paso, sino en resistir los tormentos de un pasado que la marcó durante toda su vida.

Al igual que Gone Girl, el formato de la historia nos plantea personajes trastornados. La madre Camille es una mujer marcada por las apariencias, que toma el control y que maneja a sus seres queridos como si fueran fichas de un tablero.

La pérdida de la hermana menor de Camille será el evento que establezca un punto de quiebre en la vida de su familia y que le recuerde constantemente lo lejos que estuvo de su familia desde un comienzo, siendo un fantasma dentro del hogar, un grito vacío que nadie escuchó.

Pueblo estancado

El formato de la serie recuerda a propuestas tales como True Detective. La miniserie le proporciona un espacio al pueblo, donde cada individuo lleva sobre sus hombros la carga pesada de un hastío continuo y de una falta de ambición.

Cada muerte se diluye ante las apariencias; es allí donde Camille y cada personaje representan una perspectiva distinta acerca de la vida y de la muerte, del paso del tiempo y de, ante todo, la lucha ante una mente trastornada por no superar la miseria.

Más que recomendada.

Por Daniel Klíe @Chdnk

¡No te apagues más, Maracaibo!

En la urbanización Nueva Democracia, ubicada al oeste de la ciudad de Maracaibo, los vecinos pueden conocer muchas cosas, menos la democracia. Ninguno de ellos goza de libertades básicas como 24 horas continúas de luz o de agua. Se rigen bajo un cronograma de racionamiento eléctrico y parecen estar acostumbrados a este nuevo modelo que les ha impuesto el “gobierno revolucionario”. Eso no significa que, necesariamente, simpaticen con él o lo aprueben.

La urbanización se divide en cinco sectores o “etapas”, como le dicen los maracuchos. Cada etapa cuenta con 150 casas aproximadamente, sin contar las invasiones –terrenos vacíos que fueron ocupados ilegalmente por distintas familias–, que están a los alrededores y se denominan “barrios”.

Desde hace más de un año, estos sectores cuentan “exclusivamente” con cuatro horas diarias de luz.  Hasta el Hospital de Especialidades Pediátricas se ha visto perjudicado; y es que, a pesar de que instalaron una planta eléctrica destinada para emergencia y quirófano, sus salas de hospitalización y pediatría se mantienen sujetas al mismo cronograma de la revolución.

Fue esta zona rural una de las afectadas durante el apagón de Maracaibo.

Desde el 9 de agosto, la tierra de la gaita y el petróleo se quedó sin luz. Muchos sectores, como el Nueva Democracia, estuvieron una semana completa sin electricidad. Otros contaron con este servicio de forma intermitente. Sin embargo, la oleada pegostosa de calor afectó a todos.

En una de las ciudades más calientes de Venezuela, no hay distinción de clases sociales para la adquisición de un aire acondicionado. Cualquier casa, local, comercio o abasto debe tener este artefacto para mantener una mínima calidad de vida. Una calidad de vida que los habitantes ya no parecen tener, o, por lo menos, no de forma constante.

En las noches, Jayalin Altuve, profesora de 30 años, intenta que su sobrino Santiago de 3 años pueda dormir con ciertas comodidades. Coloca el colchón en las afueras de la casa en búsqueda de una brisa en temperaturas de 39 y 40 grados. Como sabe que las probabilidades son bajas, sujeta un pedazo de cartón y refresca con un poco de aire al pequeño Santiago, quien –a veces sudoroso– llora y se queja por las altas temperaturas. Pues si para un adulto el calor extremo se convierte insoportable, los niños pequeños no lo comprenden, se vuelven irritables y no logran conciliar el sueño.

Nueva Democracia, sin democracia

Nueva Democracia es uno de los sectores más vulnerables en cuanto a los apagones. Las mismas invasiones han entorpecido el funcionamiento del servicio eléctrico mediante las “tomas ilegales de los canales de luz”.

“Ellos llegan y se enchufan”, dice Levin Bracho, estudiante de Derecho y uno de los dirigentes juveniles en Maracaibo por Voluntad Popular.

El joven del movimiento estudiantil explica que, a diferencia de Caracas u otras ciudades del país donde los cables de electricidad se instalaron de forma subterránea, en Maracaibo se encuentran visibles por las calles de “poste en poste”.

Ciudad Lozada, Los planazos y Carmelo son los tres barrios que se han “enchufado”, sin respetar la ley, en Nueva Democracia. No existe autoridad que imparta el orden en esta zona.

Durante las mudanzas a los terrenos, los habitantes conectaron su propio cable a los transformadores de la urbanización, sin ningún tipo de autorización o control, lo  que generó una sobrecarga eléctrica, afectando el funcionamiento correcto de los servidores.

“Supongamos que la línea de cables de Nueva Democracia estaba diseñada para alimentar 50 casas, bueno, ahora hay que sumarle todas las que no estaban dentro de la planificación de la urbanización, que son demasiadas y cada cierto tiempo son más y más. De hecho, esta zona ha crecido a raíz de las invasiones”, comenta Bracho.

A la mayoría de los vecinos, por no decir todos, que es lo que se sospecha, se le ha dañado algún artefacto eléctrico por los centenares de apagones.

Los que se quedan sin nevera, intentan resolver con una cava para el hielo. Se pueden olvidar de la carne y el pollo, pero no del agua fría. A los que se les daña el aire acondicionado, no saben responder cómo solucionarán. Solo manifiestan que los costos de reparación son impagables. Mientras, a los que se les daña el televisor responden que hay cosas más importantes. “El televisor es como la ropa, son lujos que en el presente ni siquiera consideramos”, cuenta Juan Fermín, vecino del lugar.

La oscuridad arropa a Maracaibo. 100 horas continuas sin luz estuvo la urbanización Nueva Democracia. No hay señal telefónica. Las protestas son reprimidas por los cuerpos de seguridad del Estado. Y los habitantes solo pueden gritar: “¡No te apagues más, Maracaibo!”.

 

 

Por Claudia Smolansky | @ClauSmolansky