Josef Martínez: conquistar EEUU sin bates ni guantes

Si no se le daban las cosas con el balón, hubiese sido beisbolista. Eso dijo una vez. Aunque por su baja estatura es difícil imaginarlo corriendo entre bases, la verdad es que driblando le iba demasiado bien como para que se planteara vivir de otro deporte. Para alguien como Josef Martínez, que nació y creció en un barrio de Valencia, ya imaginar el futuro era una forma de rebeldía: como dice el escritor Hensli Rahn en uno de sus cuentos, lo más chimbo de la pobreza no es la falta de dinero sino de destino.

Esa sensación de naufragio con la que se crece en las barriadas populares venezolanas se ha extendido a muchos jóvenes, con el aumento de la crisis y la destrucción perpetrada por el chavismo. Ya no es una cuestión de clases sociales, sino de nacionalidad: los más dramáticos dicen que se le robó el futuro a una generación.

Son cientos de miles –ya no solo jóvenes sino de todas las edades– los que han decidido migrar en busca de muchas cosas que no encuentran o que creen que no podrán encontrar en su país. El éxodo, como era de esperar, devino problema para el resto de la región. Miles de venezolanos, con la fe como único activo, están entrando a países como Ecuador, Perú, Colombia, Brasil, Chile, Argentina: ninguno de los cuales especialmente organizado ni rico.

Como en casi todas las grandes situaciones de desplazamiento, la población migrante es susceptible a ser blanco de xenofobia. Los miles de venezolanos que están al borde de la indigencia en el extranjero, así como lo inevitable que resulta que más de un hampón también cruce las fronteras, han servido de excusa para quienes quieren despreciar a nuestro gentilicio. Los medios de comunicación existen en la práctica para crear matrices de opinión, por eso no faltan los que prefieren darle la portada de un periódico a una banda de delincuentes migrantes antes que a un solvente profesor que esté trabajando y pagando impuestos en el país en el que logró establecerse de forma legal.

Por eso es tan importante el reconocimiento que consiguen ciertas figuras públicas en el extranjero.

Si –como escribió Mario Vargas Llosa– el mundo actual vive en La civilización del espectáculo, una era en el que muchos chamos prefieren tatuarse como futbolistas antes que macerar las ideas en la soledad de las bibliotecas, los héroes del balón ocupan un rol central en la cultura popular que también puede capitalizarse de forma positiva. Que Josef Martínez se convierta en el goleador histórico de una temporada en la MLS, al mismo tiempo que se le niega la visa a centenas de compatriotas suyos, es una muestra de que los venezolanos son algo más que los nuevos pedigüeños del continente.

La esperada consolidación

Con 31 goles anotados en la temporada 2018/19 de la MLS y la respectiva Bota de oro, Josef Martínez ha inscrito su nombre en el fútbol estadounidense con letras del mismo color que usa para teñirse el cabello. Su fútbol ha crecido al ritmo de sus cambios de look.

Lo más lejos que había llegado jugador alguno en la tabla de goleadores de una temporada era a 27 tantos. Josef dejó esa marca atrás del mismo modo en que atraviesa defensas. Además, al jugar en el Atlanta United –un club con solo cuatro años de vida– se ha visto en la poco habitual posición de, en vez de perseguir el listón de otros, dejar él el suyo tan alto como pueda.

Se ha erigido como una de las figuras de una competición cuyo nivel va en ascenso, mientras destaca en un equipo que, según opinan varios analistas, bien podría competir en cualquiera de las cinco principales ligas de Europa. El conjunto dirigido por el Tata Martino –y cuyo preparador físico es Rodolfo Paladini, quien ejerciera en el Caracas con el que debutó Josef en Primera– es uno de los más potentes de las últimas dos campañas y da de que hablar no solo por sus resultados, sino por un juego asociativo que no era tan común en la MLS de hace diez o quince años: esa en la que, por ejemplo, Jorge el Zurdo Rojas hacía un recorte y lograba que medio equipo rival tambaleara.

Ahora la MLS es un torneo en el que figuras como Zlatan Ibrahimović o David Villa no marcan diferencia solo con sus nombres.

En este contexto, Josef Martínez está atravesando la mejor época de su carrera. No en balde, a sus 25 años, camina hacia la edad de oro de los futbolistas, esa en la que suelen alcanzar el tope de su rendimiento.

Por la precocidad que lo ha caracterizado, solía dar la sensación de que era un veterano que nunca terminó de explotar. Fue el goleador de la Segunda División de Venezuela con el Caracas B siendo aún menor de edad. En Primera se convirtió en uno de los delanteros más desequilibrantes del torneo sin siquiera tener 20 años. Y dio el salto a Suiza quizá demasiado pronto, con incluso unos 30 partidos menos que Alexander González, el otro venezolano del Caracas que fichó junto a él por el Young Boys, aunque con un año más de edad y el doble de experiencia en Primera.

Desde ahí, el entorno exageró sus expectativas hacia un chamo que se preparaba para el éxito. Al psicólogo Manuel Llorens le gusta recordar que, cuando trabajaba en el Caracas, solo había dos jugadores de toda la estructura profesional que asistían a las clases de inglés que ofrecía la institución: Josef y Alexander.

Luego de cuatro temporadas irregulares en Suiza pero en las que supo demostrar su talento, el ariete fue presentando por el Torino de Italia y respondió a los periodistas en italiano.

Venezuela es un país en el que la juventud tiene un valor que en ocasiones se exagera. Es a los chamos (a los estudiantes, si se quiere) a quienes se les endilga la responsabilidad de realizar protestas contra el autoritarismo. La sociedad asume esto con normalidad. En el 2007, en medio de un país sumido por los excesos de Hugo Chávez, una generación de universitarios se organizó –como no pudieron hacerlo los políticos consagrados– para manifestar su rechazo al referéndum constitucional. De ese movimiento salieron rostros que empezarían a ocupar cargos de elección popular y que liderarían las históricas protestas del 2017.

Es una dicotomía interesante. En una sociedad matricentrista en el que la adultez (con todo lo que significa) llega relativamente tarde, dado que los  chamos viven “protegidos” en el hogar materno, es precisamente a los jóvenes a quienes se les pide que vayan al frente en los momentos de conflicto.

El deporte es producto de esa realidad. Ante la falta de recursos humanos que estén a la altura de las competiciones internacionales, un fútbol en el que –debido a que todavía no termina de madurar– cada generación es más talentosa que la anterior, se ha hecho normal acelerar el proceso formativo y colocar a las promesas en escenarios exigentes demasiado pronto.

En el 2012, César Farías y la Vinotinto necesitaban una inyección de energía que les mostrara que el Mundial aún era una posibilidad. Tocó jugar en Asunción. La decisión del DT nos pareció lógica a muchos: le dio espacio a los “niños”. Josef fue una de las figuras del partido. Tenía solo 19 años.

A partir de ahí se construyó la idea de que debía ser un referente de la selección y uno de los referentes de nuestro fútbol en Europa. Poco se pensó en si ya estaba tan desarrollado como para hacer frente a esas exigencias. En el Torino tuvo sus altibajos. En la Vinotinto, también; pero logró consolidarse como un fijo en las convocatorias de Farías, Chita y –por último– Dudamel.

A los delanteros venezolanos siempre les ha costado afianzarse en la selección. Salomón Rondón apareció con un talento inédito para ser la excepción que confirma la regla: junto a él han desfilado numerosos arietes que han sido convocados más para aprovechar sus rachas puntuales que sus capacidades absolutas. Pero Josef Martínez siempre se mantuvo ahí: a la espera de ser titular, de tener unos minutos, de destacar o de macerarse en la sombra. Ahí.

En el 2017, salió del Torino rumbo a la MLS. Daba la sensación de que su carrera se había estancado, de que él había perdido el rumbo. Lo mentaron como una promesa que no terminó de consolidarse y se miró de reojo a los chamos de la selección sub 20, como posibles candidatos a suplirlo en la Vinotinto. Se obviaba que recién tenía 24 años, la edad en la que en las selecciones de verdad competitivas muchos empiezan si quiera a ver minutos con frecuencia.

Él ya tenía alrededor de 30 partidos y dos Eliminatorias disputadas.

Fracaso es una palabra que, dicen algunos, en realidad es un espejismo. Quizá, el fracaso no es más que objetivos mal planificados. Si con 15 años te planteas ser millonario, casarte, comprar cuatro casas, dos carros y convertirte en un magnate de las bienes raíces y no logras nada de lo anterior, el verdadero fallo es de planificación: hay que poner los pies sobre la tierra y pautar objetivos acordes a los recursos.

Pronto quedó claro que la etapa más competitiva de la historia de la MLS le sentaba bien a Josef. Empezó a tener una regularidad de la que no había gozado nunca: nadie dudaba de que debía ser el titular. Todo estaba dado para que, luego de tantas exigencias desmedidas, la madurez llegase en el momento en que debía llegar. Ahora es una de las figuras de una de las ligas de más nivel de América. Y le sugiere a los norteamericanos que en Venezuela los únicos exitosos no son los beisbolistas.

Recuperar el futuro

Orianna daba clases de español por Internet. Sus alumnos estaban en diferentes partes del mundo, pero principalmente en Estados Unidos. Uno de ellos vivía en Georgia y, cuando hubo ganado confianza, no reprimió las ganas de preguntarle a su profesora por Josef Martínez.

Orianna vivía en San Antonio de los Altos y es más venezolana que la arepa. Pero nunca se ha interesado por los deportes. Así y todo, una pizca de orgullo patrio bailó en su corazón cuando se enteró de que un futbolista venezolano que militaba en la MLS era el máximo ídolo de su alumno.

La vida tiene formas impensadas de ponernos frente a realidades que ignorábamos.

La referencia que tiene este norteamericano de pura cepa de los venezolanos es un futbolista que considera genial y una profesora con la que hizo buenas migas. Esas experiencias le llegaron antes que las decenas de mensajes negativos y campañas contra los desplazados del mismo país.

La imagen de Josef Martínez, un chamo de un sector popular, que no juega béisbol ni es actor de telenovela, amplia el espectro de posibilidades positivas que se asocian a su gentilicio en el extranjero. Y genera, asimismo, un efecto positivo en los chicos que crean que ya no tienen ninguna posibilidad de éxito en el mundo gracias a la devastación de la dictadura: los aires derrotistas que circulan por las generaciones nacidas después del 85 deben contrastarse con el soplo de esperanza que significan los logros de jóvenes como Josef.

La sensación de ansiedad de cara a que la vida es algo que debe ocurrir pronto, rápido, con frutos en metálico que lluevan antes de los 30 años, corresponde a una carrera de sufrimiento que prioriza lo cuantitativo antes que lo cualitativo y que, salvo contadas excepciones, desembocará en fracaso. Las experiencias deben madurarse hasta ser incorporadas al individuo para que este pueda transformarlas en recursos que lo acerquen a triunfos personales. Josef no podía ser una figura internacional a los 20 años, del mismo modo en que la mayoría de los jóvenes de similar edad no puede aspirar a resolver todas las necesidades materiales de su familia.

El trabajo, la preparación, la constancia y la convicción, son los motores de los que se apalanca el talento para pasar de las sensaciones de deriva a las de gloria. Y todo ese proceso debe asumirse con paciencia y disfrute.

Josef está en la cima de la MLS. Y ya abundan las voces desesperadas de hinchas que –desde la comodidad que da opinar sobre la vida de otros– preguntan cuándo regresará a Europa, “ahora que recuperó el camino”. No se dan cuenta de que nunca lo perdió: esa aspereza cotidiana forjaba su carácter como futbolista del mismo modo en que el fuego castiga al metal para convertirlo en joya. Más que estar extraviado, caminaba un sendero lógico que devino reconocimiento y estabilidad. Su carrera es un mensaje para sus compatriotas.

Muchos preguntan, repito, cuándo regresará al Viejo Continente. Y yo pienso que lo importante es que siga disfrutando, con paciencia de artesano, de algo difícil de encontrar: la prosperidad.

Foto: AVN

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel 

#DomingosDeFicción: La sentencia emitida por Diani Álvarez

Diani Álvarez me dijo «No olvidarás jamás este pueblo, volverás aquí».

Yo no le creí, mi adolescencia no me permitió entenderlo: hay un poder profético en la sentencia pronunciada por una mujer.

Lo entendí once años después, cuando Carolina, con sus ojos de fuego y el odio encendido en sus labios, me dijo «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho». Disimulé no escuchar su sentencia, pero temblé, tragué grueso. No se me ocurrió nada para decir y propinarle el mismo daño recibido tras sus palabras.

Recordé a Diani Álvarez en ese instante; no sus palabras, no sus labios hermosos e inocentes diciéndome «Si bebes agua del Cardón, no olvidarás jamás este pueblo, volverás aquí». Recordé su mirada bonita apuntándome, mientras cenábamos en la sala de su casa con sus dos hermanas y su madre;  la recordé, todavía no sé por qué, diciendo «Es mentira, no engordas si bebes mucha agua mientras comes».

La recordé con su obsesión de engordar, haciendo todo cuanto escuchó, sin lograrlo. Me pregunté si acaso seguía siendo aquella flaca lindísima, aquella diosa bailando en el escenario de la Plaza de las Banderas del pueblo, uno de los 13 de junio de mi adolescencia.

Me pregunté si ella volvería de vez en cuando al pueblo, a nuestro pueblo. Yo no, desde mi partida decidí no regresar, no hay nada para mí aquí; aunque en ese instante, mientras Carolina decía «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho», y yo recordaba a Diani, sentí el impulso de volver para verla danzando. El deseo se apagó de inmediato, el recuerdo de Diani se desvaneció y las palabras de Carolina permanecieron allí, sonando, como un eco legendario y eterno.

Me enteraría dos años después. También lo descubriría: la tuve cerca la noche cuando Carolina volcó su desprecio contra mí. Desde mi descubrimiento sufriría un dilema mortal: originar o no un encuentro con ella. Pero no dos años antes, porque ese tiempo lo pasaría intentando superar el desprecio de Carolina.

Muchas veces pasé frente a ese local, en el Centro Cívico de la ciudad. Nunca me detuve a mirar hacia adentro. Solo caminé la calle Bolívar cuando fue estrictamente necesario. Siempre le tuve alergia al trayecto desde el Salón de Belleza Arte Moderno, una cuadra después de la Catedral del Centro, hasta el edificio de la fábrica de Cristales Oftálmicos de Occidente, donde trabajé desde mi partida de este pueblo hasta el año cuando Carolina me echó de su lado.

Nunca lo imaginé: a dos locales después de Arte Moderno estaba ella: Diani Álvarez.

La sentencia pronunciada por una mujer

La pregunta con la cual intenté silenciar el efecto atormentador de la sentencia de Carolina fue respondida cuando por primera vez miré hacia ese local, desde el otro lado de la calle, y la vi. Ella seguía siendo aquella flaca lindísima.

La vi danzando. Todavía me pregunto si fueron mis recuerdos o alguna transfiguración de dimensiones bíblicas. Tres maniquíes vestidos con ropa elegante para damas, me dificultaron la vista. Mientras Shakira gritaba desde los altavoces de una zapatería «Ahí te dejo Madrid», yo veía a Diani moviendo sus caderas como lo hizo todos los 13 de junio dándole a la feria de San Antonio un verdadero toque glorioso.

Fue en ese momento cuando la voz de Carolina dejó de atormentarme. El eco se apagó. Me avergoncé por el miedo a comenzar de nuevo, también por esquivar,  tantas veces, las miradas de mujeres interesadas en mí.

Sentí pena por el hombre en el cual me convertí, por negarme a vivir, como si Carolina fuese lo único digno de mi determinación de vivir; también estaba Diani Álvarez, la chica de mi adolescencia. Con quien me escapé de clases tres o cuatro veces para besarnos detrás del mural donde el Padre Rufino fue retratado, desde donde mira eternamente hacia la Plaza del pueblo. Su retrato jamás nos cohibió.  El padre Rufino Pérez Valles fue el fundador del liceo, el reconciliador de los pueblos de la zona rural, el ungido enviado por Dios para redimir los pecados del pueblo; pero nosotros éramos los dueños del momento.

Shakira continuó cantando, ella dejaba Madrid porque ya no quería cobardes con rutinas de piel y con ganas de huir. Ella hablaba de quien fui antes de volver a encontrar a Diani.

A Carolina la conocí en la ciudad, tres semanas después de instalarme allí.

Abandoné el pueblo tal vez por la misma razón por la cual abandoné la universidad y he abandonado todos mis proyectos: «Eres inconstante, no sabes qué quieres en la vida», dijo Carolina aquella noche.

Mi madre diría, lo dijo una vez, «Eres un genio, por eso se te dificulta poner la atención en una sola cosa».

Mi madre, una señora con pañuelos en la cabeza, con vestidos coloridos y sonrisa eterna. Murió sonriendo, anciana, llena de días bonitos y días amargos. Mi madre, una señora fuerte. De manos benditas. Murió y yo a su lado; murió en el ambulatorio del pueblo. Su sonrisa eterna la acompañó en la muerte. Mi madre, ¿para qué iba a seguir yo en este pueblo? Además, Diani se había ido de aquí un año antes.

Le huí a la soledad, de la misma forma como mi madre le huyó al abandono. Así como la madre de mi madre le huyó a las formalidades impuestas.

A mi abuela la quisieron casar con un señor de casi cincuenta años, cuando ella tenía casi diecinueve. Decidió fugarse de su casa, huir lejos de su pueblo.

A mi madre la abandonó mi padre. Se fue con otra, nos dejó.  Recuerdo a mi madre gritándole «¡Te olvidas de tu hijo! ¡No lo verás nunca más!». Su palabra se cumplió, mi padre no me vio más después de aquella noche; seguramente, cumpliendo la sentencia emitida por mi madre, también me olvidó.

Ella decidió por mí, vendió la casa, le dio la espalda a la ciudad donde murió mi abuela y vinimos a dar aquí, donde yo conocería a Diani, donde yo vería morir a mi madre; de donde huiría para encontrar a Carolina, allá en la ciudad.

La sentencia pronunciada por una mujer

Con Carolina viví años buenos. Tiene el mismo carácter de mi madre. Fue aquella tarde cuando me di cuenta del poder de las palabras pronunciadas por una mujer. Ella dijo «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho», como dijo mi madre «¡Te olvidas de tu hijo! ¡No lo verás nunca más!». Pensé en Diani. Sin embargo, en lo más profundo de mí, las palabras de mi madre hacían eco, no solo su sentencia a mi padre, ella también había dicho «Un día, hijo, estarás solo, no estaré para ti, debes ser fuerte», y sucedió, allí estaba yo, a tan solo minutos de quedarme solo; allí estaba yo, necesitando ser fuerte.

Diez años tardaron en cumplirse las palabras de mi madre, y me fue revelado el gran secreto: hay poder profético en la sentencia pronunciada por una mujer, y ni siquiera la sonrisa bonita de Diani Álvarez diciéndome «Es mentira, no engordas si bebes mucha agua mientas comes», pudo distraerme del miedo, porque yo no quería morir solo, sin nadie, insatisfecho.

Los años con Carolina, antes de su sentencia, fueron buenos. Intenté aferrarme a ellos las primeras semanas después del fin de nuestra relación. Ella se arrepentiría de sus palabras, se daría cuenta de su error. Me extrañaría, como yo a ella y su amor por el orden; me extrañaría, como yo a ella y su amor por las rutinas, eso pensé.

Llegaron los meses de constantes lamentos, cayó sobre mí la culpa, la frustración. Mi inseguridad se acentuó, terminé de abrazar la soledad, me refugié en proyectos destinados al abandono. Carolina nunca dejó de sonar en mi mente, pero aprendí a vivir con su voz airada, con su mirada de furia. Protegí su fantasma, ninguna mujer me quitaría el recuerdo, ninguna mujer amenazaría lo construido por ella y por mí, lo destruido por los dos. Durante dos años me mantuve fiel al recuerdo de Carolina. Ninguna mujer fue capaz de amenazar su recuerdo; ninguna mujer, excepto Diani Álvarez y sus caderas danzando al ritmo de Shakira.

No entré al local esa tarde.

No quería interrumpir el baile, aunque todavía no sé si realmente ocurrió. Diani Álvarez no cambió nada, era la misma adolescente. El paso de dos o tres vehículos hizo el efecto visual de una película avanzando a cortes violentos. Diani bailaba en el centro del local, de repente lo hacía junto al mostrador; luego desapareció, justo cuando Shakira apagaba su voz como si agonizase después de un orgasmo. Al rato se asomó de nuevo, apareciendo desde atrás de una puerta.

Me pareció verla mirándome, yo estaba del otro lado de la calle. Levanté mi mano en señal de un saludo, no fui correspondido. Quizás solo miraba hacia el vacío, mientras pensaba quién sabe en qué. Yo sí pensaba en ella. Por un instante pensé en cómo me veía saludando desde lejos a nadie, tal vez como un tonto. No quise mirar a los lados, no quise descubrir si alguien me veía como un tipo ridículo agitando la mano en señal de un hola no respondido. Como alguien no visto, ignorado, irreconocible ante los ojos de una Diani cuya adolescencia jamás se fue. La mía sí. Se fue con ella aquella tarde de julio.

La sentencia pronunciada por una mujer

Diani me esperó detrás del mural del Padre Rufino. Como todas las tardes, el Padre tenía sus lentes puestos y su sotana negra, o más bien pálida; se la pintarían unos meses después, y yo lloraría frente a él y su sotana recién pintada. «Todo ha sido lindo, Miguel», me dijo Diani. Con el pasar de los años, me avergonzaría del adjetivo con el cual ella definió nuestra relación, y querría olvidarla. No por resentimiento, simplemente por vergüenza. Pero no podría, porque  Diani Alvarez es inolvidable. No podría olvidar su sonrisa bonita y pícara, su mirada inocente, como si cargase el origen dentro de su alma; no podría olvidar su voz, cuyo sonido despertaba algo en mí, como un río descubriéndose de repente contenido en algún cause, y negándose a quedarse entre los límites.

«Todo ha sido lindo, Miguel», dijo Diani y yo no sospeché cómo acabaría aquella frase.

Los padres de Diani se divorciaban. Decidieron vender la casa del pueblo. La señora se quedaría con las hijas y se mudaría a la ciudad. La escuché contarme, «Pero todavía no te vas…», dije y ella me interrumpió, «…Es mejor dejarlo ya, ¿para qué posponer lo inevitable?».

Inevitable es recordarte, Diani Álvarez. Inevitable es recordar la tarde cuando llegué al pueblo malhumorado porque yo no quería vivir allí, pero mi madre insistió en huir. Fuiste la primera niña a quien vi en el pueblo. Inevitable es recordar tus ojos curiosos viendo el camión de mudanzas pasar frente a tu casa. Yo me quedé mirándote, tú seguiste el camión con tu mirada, el camión giró a la izquierda y ya no estabas. Inevitable es recordar la noche cuando te reconocí danzando en el escenario de la Plaza de las Banderas, donde te vería danzar cada 13 de junio. Inevitable es recordar aquella noche cuando, dos años después de la tarde de mi llegada al pueblo, me atreví a acercarme y tú disimulaste. No me reconociste, eso me hiciste creer, para confesarme, semanas después, «…Yo me quedé mirando el camión donde llegaste al pueblo».

«Algo podemos hacer…», dije y me interrumpió para repetir «Todo ha sido lindo, Miguel». Se negó a cualquier posibilidad, no perdía a su padre, quien se iba de su casa para vivir con otra mujer, perdía la fe en todo; y allí, frente al mural del Padre Rufino, un hombre de fe, Diani Álvarez mató mi fe.

Llegué a la ciudad con mi mirada cansada.

En el pueblo intenté encontrar a mi madre en cada rincón, con su pañuelo en la cabeza, con sus manos benditas arrugadas, con su sonrisa; antes de su muerte no noté su sonrisa.

Después de su muerte no pude encontrarla. La busqué, su sonrisa sonaba en mi mente, como deben sonar los fantasmas cuando aparecen, pero ella nunca apareció. Y dolía su sonrisa. Porque su ausencia se rellenó con los recuerdos de las noches cuando me asomaba a su habitación, antes de llegar a este pueblo, y la encontraba llorando. No me atreví a acercarme a ella esas noches, lo lamenté cuando no pude encontrarla más.

Con la muerte de mi madre, el pueblo se hizo denso. Quería encontrarla y no podía; deseaba al menos encontrar a Diani Álvarez para decirle cuánto me dolía mi madre y su sonrisa,  cuánto me arrepentía por la falta de coraje durante mi niñez, por no atreverme a cruzar la puerta de la habitación y abrazarla. Y la busqué a ella también, a Diani, detrás del mural. Recostando mi espalda sobre el retrato del Padre Rufino, la esperé algunos jueves a las dos de la tarde.

Un trece de junio me quedé mirando el escenario de la Plaza de las Banderas, deseé ver su cuerpo danzando, su mirada pícara, su sonrisa bonita, su cabello esparciéndose a todas direcciones con ritmo propio. Ella no apareció.

Lo supe esa tarde: debía huir, debía huir o moriría, debía huir para morir.

Mi mirada, cansada. Mi voluntad, derrotada. El sabor de la vida, amargo. La oscuridad, apropiada. El amanecer, inoportuno. Los sueños, indiferentes.

La ciudad me estorbaba tanto como el pueblo. Los recuerdos de Diani comenzaron a avergonzarme, los de mi madre me dolían. A Diani pude enterrarla, a mi madre jamás.

Y conocí a Carolina. En su sonrisa encontré a mi madre. Dejó de doler mi madre.

Ella le dio reposo a mi mirada, restauró mi voluntad; encontré otra vez el sabor dulce de la vida, el mismo sabor de los cepillados con los cuales mi madre y yo disimulamos haber olvidado a mi padre. La oscuridad continuó siendo apropiada, para disfrutarla con Carolina. Sus caricias me redimieron de las noches muy oscuras transcurridas en llantos y lamentos. El amanecer se volvió oportuno, para comenzar con ella un nuevo día, para reencontrarnos, redescubrirnos. Los sueños comenzaron a importar, apuntaron hacia el futuro; un futuro compartido, bonito, digno de cada amanecer.

La ciudad se hizo escenario de una gran historia, mi historia y la de Carolina, la chica de mi juventud, la chica de mi edad adulta, la chica de la víspera de mis treinta. Pero no la de mis treinta, porque ella creyó descubrir un mejor futuro sin mí, porque qué carajo iba a hacer con un hombre incapaz de culminar un solo proyecto en su vida, sí, «Dime, Miguel, qué carajo voy a hacer con un hombre incapaz de culminar un solo proyecto en su vida, qué carajo, Miguel…». Descubrió atormentador mi silencio, sí, «No me dices nada Miguel, no hablas conmigo». Descubrió la desventaja de tener a su lado a alguien cuyo carácter explota repentinamente, sí, «No entiendo tu carácter, Miguel, no entiendo tus cambios de humor, esos cambios inesperados, eres como diez hombres distintos, Miguel, eso pienso a veces». Y yo solo la miraba, la miraba sin ningún pensamiento al cual aferrarme, la miraba en silencio y entonces pronunció la sentencia, sí, « Morirás solo, sin nadie, insatisfecho». Y apareció Diani en mi memoria.

Fue mi rutina durante un año.

Al menos tres veces a la semana iba al Centro Cívico, caminaba por la calle Bolívar, me detenía unos minutos frente al local, del otro lado de la calle, y me quedaba observando a Diani Álvarez. Siempre en distintos horarios.

Ella llegaba a las siete de la mañana, entraba al local, se sentaba detrás del mostrador con su celular en las manos. A veces la veía reír, como si hubiese alguien junto a ella con quien compartía su risa. Luego se levantaba, le echaba un vistazo a los maniquís, les cambiaba alguna prenda y encendía el neón de Abierto.

Durante el mediodía no cerraba la tienda, el neón se mantenía encendido; Diani comía allí, atenta a la llegada de los clientes. Tomaba agua constantemente mientras comía, como queriendo todavía engordar. A veces sacaba el almuerzo del microondas, otras veces llegaba un Daewoo Cielo color verde, con aviso de Taxi, de donde bajaba un muchacho moreno de unos veinticinco años y le entregaba una pizza, o una hamburguesa de McDonald’s y un refresco, esto ocurría solo una o dos veces al mes.

Los lunes, miércoles y viernes, Diani se vestía deportiva, cerraba a las cinco de la tarde, una hora antes de lo anunciado en el horario grabado en el vidrio de la puerta, y se iba al gimnasio, a cien metros del local.

Nunca vi señales de un novio u esposo, de hijos o de sobrinos. Sus hermanas no aparecieron durante ese año, tampoco su madre o su padre. Parecía una chica solitaria, aunque feliz.

Durante ese año despertaron todos mis recuerdos. Alicia, la amiga con quien eventualmente me encontraba en el pueblo para dejar escapar mis lamentos después de la partida de Diani, y antes de la muerte de mi madre, me había dicho «Ella fue tu primer amor, incluso cuando aparentemente logres olvidarla, recordarás el primer beso, el primer obsequio, la primera discusión…». Sentencia cumplida.

Me quedaba parado frente al local, como si estuviese esperando a alguien; miraba el reloj eventualmente, como quien está desesperado y cansado de esperar.

Del otro lado de la calle recordé el primer beso, el primer obsequio, la primera discusión.

Después de reconocerla danzando en el escenario de la Plaza de las Banderas, la veía a cada instante en los pasillos del liceo. La perseguí con la mirada, la seguí otras veces. Finalmente, una mañana de julio, ella se detuvo y volteó hacia mí, me quedé paralizado, me sentí descubierto. Ella solo me sonrió, volvió a mirar hacia el frente y continuó caminando. Dos días después estábamos hablando solos en el salón durante el recreo. Fue ella quien me besó por primera vez.

Sus labios dulces. Su respiración quieta. Sus ojos cerrados. La pasión de una chica amante de la danza y el escenario. Sus manos tomando las mías y llevándolas a su cintura. Su sonrisa bonita después del beso, de los besos. Su voz, susurrándome al oído «Vamos a escaparnos hoy de Matemáticas» y yo afirmando con mi voz ahogada y mi respiración agitada.

«La feria de San Antonio también fue una idea del Padre Rufino», me dijo una tarde después de besarnos de espaldas al retrato del Padre, por primera vez me hice consciente del retrato y sentí vergüenza.

La sentencia pronunciada por una mujer

«Me gusta bailar salsa», me dijo otro día en el patio de su casa mientras sonaba Una fan enamorada, desde el equipo de su sala. Se levantó de la silla y comenzó a bailar, «Sueño con ir a un concierto de Servando y Florentino», dijo bailando. Ese día supe cuál sería mi primer obsequio para ella. Un mes después llegué al liceo con un cassette de Muchacho Solitario, el segundo álbum de estudio de los hermanos Primera.

La mañana cuando le entregué el cassette envuelto en papel de regalo, me quedé mirándola mientras lo destapaba. Su rostro se iluminó, miró hacia los lados y me abrazó. Quise vaciar su mirada en una botella y llevármela conmigo para siempre, envolver su sonrisa con los restos del papel rasgado por sus manos y conservarla. El obsequio me hizo merecedor de un abrazo y una sesión de besos; por supuesto, el Padre Rufino fue testigo.

Una semana después ocurrió nuestra primera discusión, llegué a su casa y me recibió con un abrazo, sentí temor porque su madre podría observarnos. Ella leyó el temor en mi cuerpo, «No seas tonto, mamá no está en casa». Unos minutos después estábamos en el patio, debajo de los naranjales, ella encendió su equipo de sonido y Florentino Primera comenzó a cantar, me extendió su mano, quería bailar conmigo, pero yo no sabía bailar, todavía no lo sé. No quise admitirlo, tan solo dije «No quiero bailar», ella se molestó, discutimos, me fui. Durante tres días no nos hablamos, me salvó un examen de Geografía, Diani me pasó su hoja de examen tan pronto la profesora Débora se descuidó y respondí sus preguntas.

Un año transcurrió y entonces me di cuenta, debía atravesar la puerta y pararme frente a ella, me reconocería, me abrazaría, reiríamos recordando.

Esperé hasta el 13 de junio.

Quería provocar nuestro encuentro de la manera más perfecta posible. De haber podido, habría puesto a sonar a Servando y Florentino en el local del otro lado de la calle. Así, cuando estuviese entrando, el canto de los hermanos Primera hubiera anunciado mi entrada. Tampoco pude esperar hasta las ocho de la noche, la hora acostumbrada para los números de danza el día de San Antonio en la feria del pueblo. El 13 de junio ella cerraría a las cinco de la tarde para ir al gimnasio.

Ese día me levanté temprano. Revisé las redes sociales. Llevaba un año siguiendo a Diani Álvarez en sus redes sociales. Busqué en YouTube las canciones de Fan enamorada y Muchacho solitario. Las hice sonar una y otra vez durante al menos tres horas, mientras revisaba el Facebook e Instagram.

Diani despertó a las cinco de la mañana producto de una pesadilla. Eso decía la leyenda de una fotografía capturando una extraña sombra producida por la luz de su mesita de noche. La foto la publicó en el Instagram, desde donde la compartió al Facebook. Vi la foto a las siete de la mañana, cuando ya tenía treinta y seis likes en Instagram y doce en Facebook. A las ocho publicó otra fotografía, “Estoy lista para la jornada, hoy trabajo y Gym”. Me pregunté si ella recordaría la feria de San Antonio. Sus redes sociales no daban señales de ello.

A las dos, un nudo se apretó en mi estómago. Mis piernas se paralizaron y me dificultaron dar los pasos proyectados por mi mente. Desde aquella tarde, cuando vi a Diani por primera vez, no pude cruzar la calle y caminar por el lado donde se encuentra su local. Me armé de valentía, miré el reloj y levanté mi mirada de nuevo. Diani Álvarez tomó el celular y apuntó a su rostro sonriente, disparó una selfie. Detuve la intención de cruzar la calle y saqué mi celular para mirar en sus redes sociales. “Hoy es un gran día, lo mejor siempre está por llegar”, decía la leyenda de la fotografía mostrando su rostro hermoso, su mirada bonita. La fotografía me retrasó una hora. Decidí caminar hacia La fuente, la heladería en el Centro Cívico. Me comí un helado. Me levanté decidido. Caminé por el lado donde está el local, y cuando me hice consciente mi mano izquierda abría la puerta y mi pie derecho entraba en el local.

Lo juro por Dios, escuché la voz de Servando gritando desde el otro lado de la calle, «…Imaginé que me amabas, más allá del mismo amor».

La puerta se cerró tras mis pasos. El sonido llamó la atención de una señora, una cliente, quien miró hacia atrás y me sonrió. El rostro de Diani Álvarez se asomó a un lado de la señora. Ese era mi momento, nuestro momento. Justo allí Diani abriría sus ojos sorprendida, como si encontrase el cassette de los hermanos Primera al rasgar el papel de regalo; correría hacia mí, me abrazaría, me daría un beso. La señora se quedaría asombrada, pero disfrutaría ser testigo del encuentro, incapaz de interrumpirnos se iría y más tarde le estaría contando lo sucedido a su esposo.

«Un segundo por favor, ya le atiendo», eso fue lo dicho por Diani.

Su voz, doce años después, todavía despertaba en mí como un río descubriéndose de repente contenido en algún cause, negándose a quedarse entre los límites. Ella seguía siendo aquella flaca lindísima, su rostro conservaba la adolescencia con la cual me enamoró. Y yo, yo no. Vi mi rostro reflejado en el espejo detrás del mostrador, no quedaban ni rastros de mi adolescencia.

Le di la espalda al mostrador, abrí la puerta de nuevo y salí del local.

No fue en ese instante cuando recordé la sentencia de Diani Álvarez.

Por un momento pensé en Carolina. No pensé en su sonrisa, donde encontré una vez más a mi madre. No pensé en los años buenos, pensé en aquella noche cuando, con sus ojos de fuego y el odio encendido en sus labios, me dijo «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho». Mi mano izquierda abría la puerta para salir. Hay un poder profético en la sentencia pronunciada por una mujer. Diani Álvarez no me salvaría de la sentencia de Carolina.

Regresé a casa derrotado.

Mi mente inquieta. Quería olvidarla de nuevo. La noche se asomó y con ella las palabras de Diani Álvarez, su sentencia, «Si bebes agua del Cardón, no olvidarás jamás este pueblo, volverás aquí».

No tenía escapatoria, debía volver al pueblo por mi cuenta o su sentencia me traería. Cinco meses han pasado. Aquí estoy. Frente a este arroyo. Frente al Cardón. No debí tomar de estas aguas ese día.

 

Por Gusmar Carleix Sosa Crespo | @gusmarsosa

*Este relato recibió mención honorífica en la XII edición del Premio de Cuentos Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores (2017).

#MemoriasDeLaRevolución: Otro paseo andino

Recuerdo a la profesora Milly en el bachillerato explicándonos, o eso intentaba, la distinción entre civilización y barbarie a propósito de la ciudad y el campo en Doña Bárbara; también recuerdo, un par de años más tarde en la universidad, al profesor Vilanova en una cátedra magistral de Literatura Grecolatina hablando de la ciudad de Troya en la Ilíada como el lugar de la acción. De ese par de recuerdos puedo decir que en Venezuela los griegos no dejan de actualizarse. El lugar de la acción se reconoce como un espacio de múltiples posibilidades y cancela el ingenuo maniqueísmo donde, en oposición al campo, la ciudad se presenta como modelo de la cultura y lo racional. Son curiosos los momentos y los modos en que algunos recuerdos escogen para emerger, pienso, sentada en el velorio de mi abuela.

Reconozco la gente confiable por su respiración. Los hombres de inhalación profunda me descomponen, mi abuela lo sabía, Bruno aún no. Catar el aire fue una habilidad que desarrollé en una infancia rica en desplazamientos. Mis padres y yo llegamos a Venezuela a finales del siglo XX, como buenos inmigrantes pasando de un siglo al otro. Un momento de aire no menos pesado al de ahora en la frontera venezolana de San Antonio del Táchira con las fragancias aceitosas de los guardias. El recorrido finalizó en Mérida el veintitrés de marzo de 1991, llegamos al barrio La Milagrosa. Nos instalamos en casa de mi abuela materna, una gocha de sesenta años que supo trabajar con comida y borrachos entre el porche y la sala hasta que mi padre compró su propio apartamento en la avenida Las Américas, el largo corazón de la ciudad cuyos latidos parecen reclamar aquel ferrocarril que debió pasar en 1890. De esos vestigios me hablaba mi abuela lanzando el humo del cigarrillo por la ventana, lejos de la urna.

Amaneció, llegó la hora de continuar un orden para seguir pareciendo civilizados: deshacernos del cadáver.

Aunque no me dejaba fumar, mi abuela siempre fue mi compañera de ventanas en el carro, en el autobús, en el avión y que ahora esté detrás de mí en el mismo automóvil dentro de una caja de lata que simula ser madera, no es extraño, es triste. La carroza fúnebre Ford año ochentaiocho recorre la ciudad en acción que observo sola desde la ventanilla de copiloto. Siempre imaginé este momento bañada en lágrimas convulsivas, pero desde mi tensa calma no sé si cuando quiero llorar no lloro o simplemente aún no preciso el motivo para hacerlo.

Mi madre escogió la ruta del paseo fúnebre cumpliendo con la petición de mi abuela de recorrer la ciudad a no menos de 50km/h evadiendo el peligro, eso que mi madre entendía por las zonas color “carne” o lo que poéticamente los sociólogos llaman “cinturones de pobreza”. Comienza el recorrido y la carroza funeraria se apaga en el viaducto Campo Elías. Es la una y media de la tarde y el clima, propio de los Andes tropicales, se hace sentir en un carro sin aire acondicionado. A esta hora el frío merideño solo es una visión lejana en la cima de los picos.

Otro paseo andino

Mientras mi padre y algunos vecinos empujan el carro una de las señoras estimada por la difunta se acerca a mi ventanilla para disculparse, pues se ha dado cuenta por las bolsas de los peatones en el viaducto que están vendiendo jabón donde los chinos de la calle veinticinco. No se preocupe, entiendo, mi abuela también lo haría, le dije mientras otras ocho señoras se bajan del bus de los servicios funerarios para acompañarla. Finalmente, el carro encendió y comenzamos a bajar por la avenida cuatro, lugar de tránsito constante de Tila, así llamábamos a mi abuela, quien caminaba estas aceras huyéndole a los chamos tatuados y a los Testigos de Jehová; primero creyó en el infierno después en Dios y nunca pudo invertir esos lugares, según ella nada personal, solo respetaba el orden de llegada. Muchos de estos paseos en pantalones de algodón, converse, gorra y sombrilla, decía que no trataba de evitar las arrugas, sino cuidar las que ya tenía.

Se hacen las tres de la tarde y creo que percibo el olor a hielo seco de Tila, el carro se detiene nuevamente, esta vez para dar paso a una caravana de motorizados que toman la calle treinta y dos para que puedan desplazarse sin la dificultad del tráfico que a todos nos corresponde en esta ciudad de tres esquinas. Nos detenemos para que exhiban: ¿sus cervezas, sus pañoletas rojas sosteniéndoles la cabeza o sus carencias? No me quiero morir en este Gobierno, se lamentaba mi abuela todos los días, y ahora comprendo con más claridad por qué lo decía: la muerte aquí no es extrañamiento, es la rutina de un olvido que se repite, un cadáver que puede esperar por el dolor y el llanto mientras el otro se desocupa de la cola en el supermercado. Comida y jabón. Comer y lavar. Saciar el hambre y acicalar una conciencia que nos permita recordar, de vez en cuando, que alguien ya no está más. Hashtag: Arepa y trapos limpios.

Uno de los motorizados se cae haciendo maniobras mordiendo el vaso plástico de cerveza. Bruno, que no puede evitar ser médico y noble, se baja de su carro que viene justo detrás de nosotros e intenta ayudar, pero recibe de otros tipos, más ebrios que el caído, empujones para que se aleje. Algunas veces la ingenuidad de Bruno me corta la nota, me saca a pasear el deseo, me avergüenza. El manubrio de la moto Bera 150 se partió igual que la pierna izquierda de su dueño.

Después de varios intentos de diálogo nos permiten pasar con el cadáver de Tila. Nos desviamos para bajar por la avenida Don Tulio y un grupo de estudiantes con batas blancas organiza pancartas en la acera para lo que, evidentemente, será una protesta contra el Gobierno.

“¡No nos van a callar!”, leo que usan el futuro próximo y no el simple en una de las láminas de papel, inmediatamente imagino, como en un diálogo platónico, la posible respuesta del Gobierno, también en futuro próximo: “Pero los vamos a matar”.

En ese momento sentí que podía morir aplastada por una lágrima, pero la única humedad en mi rostro era producto del calor. A medida que bajamos por la ruta hacia el cementerio, veo subir del otro lado las patrullas con la policía antimotín, funcionarios completamente protegidos porque siempre es posible hacerse daño mientras se lo hacen a otros.

Cruzamos hacia la plaza Glorias Patrias y mi madre sentada entre el chofer y yo le pide que se detenga un momento frente a la farmacia del Estado, sale del carro. Son las cuatro de la tarde, es viernes, siento un ligero mareo, me preocupa que los sepultureros decidan no esperar. Al regresar de la farmacia mi madre trae una caja de Losartán, llegó esta mañana, una sola caja que hace cuatro días pudo salvar a Tila, dice con la voz quebrada mientras se monta nuevamente en el carro. Con Tila muerta, comprar el medicamento parecía un acto de soberbia distanciado de su intención de donarlo.

Llegamos al semáforo en rojo rumbo, nuevamente, a Las Américas por el viaducto Miranda; un chamo muy rubio, o muy teñido, con bufanda morada en el carril de al lado baja el volumen de Chino y Nacho en su Spark azul y logro escucharle “I’m sorry”, le doy una sonrisa de gratitud y la luz verde se enciende para darnos paso al otro tramo de la ciudad.

Ya son las cuatro y media de la tarde y estoy cansada de que Tila siga muerta. El mareo se fusiona con la rabia que me sube desde los pies hasta el estómago, se materializa el híbrido, le pido al chofer que se detenga, cruza el viaducto, la primera acera que corresponde después del cruce está frente al CICPC, del otro lado el Palacio de Justicia, abro la puerta y mi estómago, más emocional que mis ojos, descarga cualquier cantidad de pedazos de pan, papas, berenjenas ni un rastro de carne. Aquello parecía simbólico, pero le ganaba la literalidad: vómito entre dos instituciones del Estado, ¿o del Gobierno?

Bruno se acerca para tomarme la tensión y puedo asegurar que su perfume me devolvió el aliento y/o el deseo. Es un golpe de calor, le dice a mi madre.

Aún no pasábamos por la avenida Los Próceres y ya casi eran las cinco de la tarde, nuevamente le hablo al chofer para que, por favor, acelere un poco más y este aprovecha para quejarse de la ruta que, según él,  mi madre había diseñado con el fin de no perderse ningún embotellamiento. Esta vez, el silencio sepulcral no solo era más genuino, sino que se transfiguraba en una especie de disculpa ofrecida por mi madre, por mí y por Tila.

05:45 p.m. Llegamos al cementerio Parque la Inmaculada.

07:15 p.m. Salimos del cementerio Parque la Inmaculada.

El lento oficio de enterrar cuerpos con un solo sepulturero agotado y molesto porque su compañero ese mismo día se había caído manejando su moto.

Las señoras que temprano habían optado por la cola donde los chinos lograron llegar sonrientes en las últimas paladas de tierra, pues, además de jabón pudieron comprar champú, se disculparon nuevamente y una de ellas, incluso, me ofreció un poco de lo que había comprado. No se preocupe, le dije, y con más bostezos que lágrimas todos se fueron despidiendo. Yo me quedé unos minutos más frente a la tumba esperando que la tierra se abriera para que la mano de Tila reclamara la mía.

Mi madre se fue con sus amigas. Busqué un taxi y, como en Tuyo es mi corazón de Alfred Hitchcock, mis emociones se hacían cada vez más densas, pero legibles. Hasta allá son novecientos, me dice el chamo en el volante notando que sigo la letra de la canción a la que le sube volumen, no tienes pinta de que te guste el HipHop, dice. Tampoco tengo pinta de querer estar aquí, pienso. Levanto los hombros como respuesta a los ojos claros que me miran por el retrovisor con la calcomanía de José Gregorio Hernández y sigo cantando Hace falta soñar de Canserbero. Es de noche y la ciudad se trasviste, pasa de la dilatación a la contracción térmica, no deja de estar en acción, los indigentes acurrucados lo saben y mis manos en los bolsillos también. Disfruto la lágrima que se derrama en mi mejilla, huelo la ventanilla, el reloj me dice que son las ocho y veinticinco de la noche, cierro los ojos para condensar el deseo por las dos cervezas en la nevera. Ojalá haya más.

 

Por Xenia Guerra  

*Esta historia recibió mención honorífica en el concurso de crónica Que la ciudad eche su cuento (2015).

Arrival: el lenguaje como piedra angular

En su momento, ver Arrival (2016), dirigida por Denis Villeneuve y escrita por Eric Heisserer, me produjo cierto temblor: por la emoción, la sorpresa y la impresión de que una pieza cinematográfica haya resonado con tanta potencia en mí. Eso es lo que pasa cuando encuentras una obra de arte que te habla de frente sobre las ideas que has venido trabajando, que te cuenta sin complicaciones tus propias cavilaciones sobre la naturaleza humana, que te dice con una belleza sutil que no estás solo en tus construcciones, que nunca lo estarás. Es la misma sensación que tuve al leer Desde el Jardín, de Jerzy Kosinski (1971); El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald (1925); Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (1967); la misma sensación al ver Si hubiera sabido que era un genio, de Domenique Wirstchafter (2007); o Inception, de Christopher Nolan (2008). En fin. El caso es que más adelante lanzaré algunos spoilers, así que si no has visto la película y te interesa verla con la ilusión del primerizo, te recomiendo que te detengas aquí, la veas y luego retomes esta lectura.

La película me atrapó desde la primera escena por su calidad narrativa. Comienza diciendo el personaje de la doctora Louise Banks (Amy Adams) algo como “Siempre creí que aquí era donde comenzaba tu historia”. Apenas lo escuché pensé “Qué buen inicio; qué bien escrito”. Y, paradójicamente, sería esa una de las claves de la película: escribir bien, entender los vericuetos del lenguaje, expresarse correctamente, generar el espacio para darse a entender.

No obstante, mientras iba avanzando me asusté un poco, pues pensé “¿Qué puede hacer una profesora de lingüística en medio de una invasión alienígena?, ¿es necesario poner a esta mujer a cargar armas más pesadas que ella para destrozar seres viscosos de otro planeta?”

He ahí mi primera sorpresa en cuanto al abordaje que supone la película: realmente necesitaban a una experta en lingüística para poder comunicarse con los alienígenas. Contrario a lo que sucede en otros filmes similares, estos alienígenas no parecen demostrar una inteligencia superior que les permita ajustarse a una “lengua primitiva” como la humana. Por el contrario, parecen tener un lenguaje propio. Surge la necesidad, entonces, de establecer un puente comunicacional, ¿pero cómo?

En la escena donde se conocen la Dra. Louise y el doctor Ian Donnelly (Jeremy Renner), aparece lo que pudiera ser el mensaje central de la película y uno de los pilares sobre los que para mí se sostiene la humanidad. Donnelly lee en voz alta un pasaje de un libro de Louise, donde ella asevera que la piedra angular de la humanidad es el lenguaje, definiéndolo como el pegamento que une a la gente y la primera arma en ser desenfundada durante un conflicto. En un acto de arrogancia, Donnelly le señala su error, pues lo central para la humanidad, según él, es la ciencia.

La escena me hizo reír. Reír de la alegría por lo que comentaba Banks en su libro y reír de la ternura al escuchar el contra-argumento de Donnelly.

¿Qué sería la ciencia sin el lenguaje?, sin su capacidad de divulgación y difusión. Qué sería de la política, de la sociología, de la psicología, del arte, de la cotidianidad, del amor, de la guerra, de los humanos, si no tuviéramos el lenguaje. ¿Qué sería de nuestra existencia sin un sistema de códigos que nos permitiera organizar y simplificar nuestra experiencia? ¿Qué sería de nosotros si no pudiéramos decir “mariposa roja” para señalar al animal que tenemos delante, sin tener que mencionar todos los otros animales que no son lo que estamos viendo? ¿Cómo pudiéramos lograr algo si no tuviéramos el lenguaje para separar el yo del no-yo; el “humano” del “heptápodo”; el “Louise” del “Ian”; el “Abbott” del “Costello”?

Dice Jerome Bruner en su libro La Fábrica de Historias (2002) que el lenguaje es la moneda de cambio de la cultura. Me adscribo a ese pensamiento. Es a través del desarrollo de un sistema tan complejo que hemos podido crear civilizaciones, levantar imperios, derrocarlos, hacer arte, deconstruir el arte, expresar nuestros pensamientos de la forma más cercana posible a cómo se forman en nuestra mente. De hecho, para Bruner (así como para otros autores como Gergen, McAdams, White, entre otros), el lenguaje juega un papel fundamental en la construcción de nuestra identidad. Nos narramos a nosotros mismos, elaboramos el mito de nuestra personalidad, le contamos a los otros la historia de quiénes somos y ellos, utilizando la misma moneda, nos “compran” esa historia, la validan, para que tanto ellos como nosotros podamos tomarla como cierta y perpetuar el mito en el tiempo.

“El poder creador de la palabra”, me ha repetido mi mamá desde siempre. Es una constante en la literatura: Dios creando al mundo desde la oscura y caótica Nada, a partir de palabras; Aslan creando Narnia, a partir de palabras; Alonso Quijano convirtiéndose en el personaje de sus sueños, a partir de las palabras; Harry Potter descubriendo su verdadera naturaleza, logrando ver a sus padres, protegiendo a sus amigos, todo a través de hechizos, que no terminan siendo otra cosa que palabras; Aureliano Babilonia leyendo los escritos de Melquíades sobre la suerte de los Buendía, construyendo la historia de su familia mientras leía, armando toda la saga familiar a partir de palabras.

El lenguaje tiene el poder de crear realidades, mundos, historias que comienzan como ficciones y se convierten en certezas antes de que nos podamos dar cuenta. Pasa con los discursos políticos, con los discursos de poder: a veces arranca todo como una mera herramienta retórica que luego se solidifica como parte de la realidad. ¿No suelen arrancar así muchos de los procesos de construcción de grupos? Nos aferramos a una pequeña porción de la “realidad” y empezamos a construir palabras a su alrededor, hasta que el relato se vuelve tan sólido, tan redondo, tan convincente, que no podemos hacer más nada que asumirlo como verdadero, como si pudiéramos verlo caminando por las calles; porque lo vemos, el lenguaje se vuelve carne y esa carne se vuelve acción.

Y así como crea realidades, el lenguaje crea culturas. Al crear culturas crea normas de funcionamiento. Al crear normas moldea formas de pensamiento. Estas formas de pensamiento son las que a su vez (no sé si este giro tenga sentido) validan las propias culturas, las hacen sistemas cerrados y funcionales que determinan una forma de comportamiento específica para un momento y lugar en específico. Aprender un idioma no es solo aprender las palabras, los fonemas y las normas de gramática. Aprender un idioma implica el aprendizaje de una cultura nueva. Una vez hablaba al respecto con un amigo que vivió un tiempo en Alemania. Él me decía “Mi humor cambiaba cuando hablaba en alemán. Creo que era un humor más intelectual, más cínico; era una cosa diferente”. La familia de mi ex novia es portuguesa. A veces, para fastidiar, imitaba el acento portugués cuando hablaba con ella. Lo que me salía era el acento brasileño. Ella me corregía “Así no. Lo estás diciendo demasiado melódico. Tiene que ser más pretencioso, más neutro, más cerrado”. El idioma no es solo el idioma. El idioma, el lenguaje, incluye la gestualidad, la pronunciación, la forma de articular, todas ellas claves culturales que suman a la vivencia en un grupo en particular.

Es lo que sucede en Arrival. La milicia estadounidense quería, de inmediato, entender el lenguaje de los heptápodos, hacerles las preguntas que querían hacer, obtener la información que necesitaban y ejecutar un plan de acción. Louise Banks, conocedora del asunto, les hace tomar un paso atrás. La doctora Banks se sumerge en un trabajo etnográfico, en un proceso de presentación de la cultura humana a través de nuestro lenguaje, de darles a conocer a los extraterrestres las claves básicas que necesitan para comunicarse y, a su vez, poder comprender el lenguaje de los visitantes y hacer llegar con efectividad los mensajes y las inquietudes que cada uno tiene.

Mientras más se involucra con el lenguaje de los heptápodos, Louise va notando cambios en su forma de pensar. Ian le pregunta en algún momento: “¿Estás soñando en tu idioma?” Una de las claves del aprendizaje de un idioma es cuando comienzas a pensar en ese idioma en particular. Porque pensar en ese idioma implica poder entender el contexto en función a las herramientas que da ese lenguaje, permite organizar la realidad según las categorías que brinda ese sistema; es empezar a actuar en función de los códigos particulares de ese grupo. Es en ese momento cuando realmente empiezas a moverte en un lugar nuevo: cuando puedes pensar en el idioma local.

En la película el asunto es llevado a unos extremos que pueden ser excesivos, pero son geniales. Louise, a través del manejo del lenguaje extraterrestre, empieza a tener visiones del futuro. Estos seres tienen una comprensión particular del tiempo: lo tienen todo frente a sus “ojos”, están conscientes de lo que pasa ahora, lo que pasará mañana, lo que pasará en tres mil años. Louise logra una comprensión tan profunda del lenguaje de los heptápodos que llega pensar como ellos, sentirse parte de su grupo.

En el portugués tenemos saudades, y una vez que aprendes esa palabra sientes que conceptualiza un sentimiento que no existe en otro idioma. Cuando manejas el español, “se te puede hacer tarde”, algo que en idiomas como el alemán o el inglés es imposible, pues tú siempre eres el que llega tarde. Y así pudiera haber muchos más ejemplos con muchos lenguajes alrededor del mundo. Lo cierto es que para poder entender las intenciones de los extraterrestres, había que preguntarles en su idioma, había que escucharlos (leerlos) en su propio lenguaje y había que interpretarlos a través de esas manchas de café mediante las cuales se comunicaban.

Qué buena representación de lo que es el trabajo social, de lo que tenemos que hacer los psicólogos y cualquier científico social muchas veces. En ocasiones, no hay mejor intervención que despojarse de todas las barreras innecesarias entre nosotros y los demás (tal como hizo Louise al quitarse toda la parafernalia que le impedía tener un contacto directo con los heptápodos) y acercarse con toda la humildad posible a entender la forma en que ese otro grupo configura, entiende, piensa y comunica la realidad que lo rodea.

Siento que eso se nos ha olvidado, si es que alguna vez lo supimos. Desde las posiciones de poder se intenta implementar soluciones a problemas que, a veces, solo existen en sus discursos. Pero como ya comenté anteriormente, de tanto repetirlos se terminan convirtiendo también en nuestros problemas. Y, para rematar, aquellos que los inventaron no tienen ni siquiera las habilidades o la disposición para terminar de darle respuesta a esa problemática que ellos mismos verbalizaron y terminaron haciendo real. No solo eso, sino que sus intentos por “traducir” sus intenciones o por entender las peticiones del pueblo son tan torpes como ese primer intento de los militares estadounidenses de “traducir” los sonidos que hacían los extraterrestres. Tal como pasaba en la película, muchos de estos actores están haciéndole caso a las señales equivocadas (si es que atienden a algunas señales en absoluto).

Hay que tener siempre en cuenta lo importante que es hablar el idioma del otro, así ambos hablen español. No siempre nos movemos en los mismos códigos, incluso dentro de la misma lengua. Cada palabra tiene un bagaje histórico y cultural que llena nuestro discurso de puertas traseras por las que se llega a un mundo casi infinito de significados, imágenes, recuerdos y vivencias. En Arrival, los extraterrestres hacen referencia a su idioma como un “arma” o una “herramienta”. No hay mejor forma de ponerlo. El lenguaje es un arma de construcción masiva. Es la arcilla con la que moldeamos los constructos que le dan sentido a nuestra existencia. Sin comunicación no hay sociedad, sin sociedad no hay humanidad, porque estamos diseñados no solo para vivir, sino para convivir. Es muy claro en la película: el idioma de los extraterrestres se convierte en un puente que une las comunicaciones de todo el planeta. Es un mensaje un tanto hippie al final, pero tiene mucho sentido. La lengua como puente entre las mentes.

Esa es la idea que hace que la película me siga dando vueltas en la cabeza. Ese gesto que hacen quienes saben de niños, cuando se agachan para estar a su nivel y utilizan las mismas palabras que ellos escuchan en sus programas de televisión. Ese gesto de humildad que hacen algunos “exploradores” al aprender primero el idioma del país al que van a viajar para poder comunicarse como es debido, para poder acceder a los contenidos como se debe. Y lo mucho que enriquece nuestro conocimiento de las culturas el dominio de las particularidades de los lenguajes, incluso dentro de una misma lengua.

 

 

Por César Aramís Contreras  | @CesarAramis

Política y espectáculo en la salud mental

“verse a sí mismo, desnudo ante los otros,
desnudos también ellos, devolviéndonos
a la solar ingrimitud de ser un cuerpo
parado allí frente a los ojos
del escrutinio ajeno, sin la sombra
bienhechora y cobijante del pudor:
sólo desnudo como el Adán culpable
con la conciencia súbita de estarlo
en la desolación panóptica del día,
justo en el eje de las doce en punto.
Sí, el sol en las ventanas también era
un ojo coherente y vertical:
la mirada de Dios, omnividente,
de la que deseábamos huir, sólo escapar
para no sentir la vergüenza de ser vistos
siempre desnudos, con el sudor manante”.

La desnudez del Loco (Armando Rojas Guardia).

 

Un ejemplo de las formas de hacer política en la Venezuela actual es este hecho ocurrido en el 2016:

Suena el tema El mundo de las Locas tocado por La Big Band de San Agustín, para abrir el talk show de Jorge Rodríguez: Política en el Diván. El tema del programa: demostrar que Ramos Allup sufre de los mismos síntomas psiquiátricos que hace más de diez años le achacó al fallecido Hugo Chávez Frías.

Al mismo tiempo que un psiquiatra venezolano ­–y figura pública–  dedica una hora para hacer un diagnóstico diferencial entre un ex presidente y un político opositor, el New York Times publica un artículo sobre el estado crítico de un psiquiátrico en Barquisimeto, donde no hay medicinas, ni comida, ni ropa para vestir a los pacientes.

Al mismo tiempo que Jorge Rodríguez intenta convencer a su audiencia de que Ramos Allup podría tener un trastorno psicótico –basándose en manuales diagnósticos–, en El Pampero hay una mujer diagnosticada con un trastorno del ánimo que, debido a la falta de medicinas necesarias, tuvo que ser desnudada y aislada por miedo a que se ahorcara con su propia ropa.

Como psicólogo no puedo dejar de pensar que estos dos escenarios, que ocurren simultáneamente en un mismo país, constituyen hechos estrechamente relacionados.

El uso de la Salud Mental con fines políticos partidistas ha sido documentado anteriormente en países como China y la Unión Soviética. Inclusive en Venezuela en los últimos años se han documentado casos importantes en este tema.

Por ejemplo, en la Unión Soviética existía un diagnóstico denominado “Sluggish Schizophrenia” –una traducción posible al español sería “Esquizofrenia Latente”–, que servía para diagnosticar a personas que no habían presentado todavía la sintomatología clásica de la esquizofrenia, pero que presentaban otros síntomas que hacían suponer a los clínicos que estas personas eventualmente iban a desarrollar un cuadro psicótico; estos síntomas incluían: “delirios de deformismo”, “resistencia para aceptar la verdad” y “perseverancia”. Con el mismo objetivo, se diagnosticaba con trastorno de personalidad psicopática a personas que no podían adaptarse a la sociedad, siendo constantemente arrestadas, muchas veces por razones políticas. Todas estas categorías diagnósticas fueron abiertamente criticadas y calificadas como abuso político en la psiquiatría.

En relación a Venezuela, uno de los ejemplos más emblemáticos de abuso de la psiquiatría con fines políticos partidistas es el caso de Franklin Brito, quien fue hospitalizado en contra de su voluntad por iniciar una huelga de hambre para protestar por la expropiación de sus tierras; diferentes autoridades del Gobierno declararon que Franklin no estaba en condiciones mentales para tomar sus propias decisiones.

Desde mi perspectiva, queda claro que el talk show de Jorge Rodríguez no es más que otro ejemplo de la utilización de la psiquiatría con el objetivo de discriminar a los disidentes: está utilizando el canal del estado para “diagnosticar”, fuera de la confidencialidad de un consultorio, a una persona que se opone al Gobierno y que no está pidiendo su opinión médica. Además, el nombre “Política en el Diván” pareciera dar la idea de que el presentador del programa posea una omnipotencia que le permite interpretar libremente la vida política del país.

Sin embargo, creo que el programa del dirigente del PSUV refleja algo más complejo que el drama entre el chavismo y Ramos Allup. Considero que no solo es un ejemplo del abuso de la psiquiatría con fines políticos, sino del uso de la salud mental como un espectáculo.

 Jervis (2015) explica que cuando ciertas representaciones, como las de género, entran en la esfera pública a través de los medios comunicación abren las posibilidades de crear nuevas narrativas que permiten nuevas formas de liberación o explotación.

En el caso de Política en el Diván, considero que se trivializa la Salud Mental y se la reduce a un instrumento de debate entre figuras públicas. Esto hace que, en parte, las demás personas que no son figuras principales del debate público entre chavistas y opositores queden invisibilizadas.

Creo que una imagen poderosa en el artículo de Kohut y Casey (2016) es la foto de una mujer sola, acostada, con nada más que una cobija. Según lo reseñado, la mujer retratada fue diagnosticada con un trastorno del estado de ánimo, pero al no haber medicación disponible y ante la preocupación de que pudiera suicidarse, tuvieron que aislarla desnuda con solo una cobija.

Al ver esa imagen, recordé del poema de Armando Rojas Guardia, La desnudez del loco; de cómo muestra –de forma brillante– una paradoja que existe en el trabajo de la salud mental: por una parte pretendemos –los profesionales– descubrir los deseos más profundos de nuestros pacientes “desnudándolos”, pero al mismo tiempo los objetificamos con procedimientos genéricos de “tratamiento”, desde intervenciones psicoterapéuticas fuera de contexto, hasta prácticas de cuidado insensibles, como no permitirles tener privacidad al momento de bañarse.

El usar una hora de programación de televisión del Estado para asegurar que Chávez no sufría de un trastorno psiquiátrico y que el presidente de la Asamblea Nacional sí,  es la representación más clara de esta paradoja: vamos a hablar de psicosis con el fin de entretener al público, pero sin profundizar, ni problematizar. Vamos a usar el lenguaje clínico con el que muchas personas –que realmente sufren por esta condición– tienen que lidiar, solo con el fin de discriminar políticamente a un adversario. En resumen: vamos a hacer de la salud mental un espectáculo.

Desde un punto de vista psicoanalítico, Freud (1917) explicaba que en los duelos más complicados la sombra del objeto perdido cae sobre el yo; esto significa que cuando una persona sufre un duelo, lo que representa la persona perdida sustituye los propios deseos de la persona que sufre: solo hay espacio para pensar en la persona que se ha perdido.

Cuando Jorge Rodríguez afirma que Chávez es el venezolano más importante en los últimos doscientos años, deja ver un poco lo desarrollado por Freud: cómo la vida pública ya no trata de los problemas de la gente sino de los problemas de los actores políticos principales; cómo la sombra de Chávez y lo que implica el chavismo ha recaído sobre lo que significa ser venezolano, inclusive cuando eres uno recluido en un hospital psiquiátrico, sin medicación.

Algo similar expone Butler (2006) cuando afirma que en el manejo del duelo en la esfera pública no todas las vidas son narradas como lo suficientemente valiosas como para ser sufridas. Lo más dramático en el caso de Venezuela es que –al parecer– las únicas vidas que merecen un espacio en la esfera pública son las de los principales actores políticos.

Creo que cuando el debate político –de ambos lados– deje de ser un espectáculo y pretenda profundizar en los problemas de la gente cotidiana, es cuando personas, como la mujer desnuda y aislada en El Pampero, tendrán una oportunidad de tener una respuesta sensata ante su sufrimiento.

 

Por Guillermo Sardi | @gsardi90

#DomingosDeFicción: Piedras en El Calvario

Éramos tres y nos la pasábamos caminando por toda la avenida San Martín. Desde la plaza O’Leary, avanzando por la esquina de Angelitos, Capuchinos –donde estaba nuestro colegio– y la Maternidad Concepción Palacios, hasta llegar a Artigas, al nivel del Centro Comercial Los Molinos. Ahí dábamos la vuelta y recorríamos el trecho de nuevo. Éramos un grupo bullicioso, que ocupaba más espacio del que deberían hacerlo tres preadolescentes flacuchentos. Entrábamos a las quincallerías de los chinos, revolvíamos sus cestas y estanterías sin comprar nada; luego los insultábamos y salíamos corriendo. Tomábamos los periódicos de los kioscos y los hacíamos volar por los aires, pateábamos perros en la calle, les gritábamos obscenidades a los conductores de los carros que transitaban por la avenida. Una vez llegábamos a Los Molinos, pasábamos un rato jugando maquinitas en algún establecimiento especializado –servicio que rara vez pagábamos. Luego podíamos rematar la jornada montándonos en una camioneta, pidiendo dinero para un compañero de clases que estaba muy enfermo y que necesitaba de la encarecida ayuda económica de ustedes, señores pasajeros, para poder recuperarse porque su madre, pobrecita ella, con seis hijos, un trabajo inestable y ningún marido que la apoye, no puede costear los gastos de una enfermedad tan despiadada como la que nuestro buen amigo sufre. Yo escribía el guion, porque tenía un poco más de habilidad con las palabras, mientras que Mauricio y Cristian lo ponían en escena, cosa que se les daba mejor a ellos.

No éramos peligrosos, pero sí fastidiosos. En la escuela, estoy seguro de que estuvieron a punto de bautizar la oficina de la dirección con nuestros nombres. No había manera de que pasáramos una semana sin ir hasta allá. Habíamos hecho un pacto de sangre –en un recreo, encerrados en el baño, nos habíamos cortado las yemas de los dedos índices con una navaja que Cristian le había quitado a su papá y habíamos unido nuestras gotas de líquido rojo en una poceta que bajamos con solemnidad religiosa a modo de cierre de nuestro trato. La regla principal de aquel contrato consistía en siempre declararnos culpables de cualquier fechoría a la que acusaran a alguno de nosotros, así fuera uno solo el responsable. Si Mauricio había incendiado una de las papeleras del patio por su cuenta, cuando la Directora o la Coordinadora iban al salón a preguntar qué había pasado –porque ya sabían que tenían que ir directo a nuestro salón–, los tres nos levantábamos al tiempo y declarábamos nuestra participación en el crimen. Ellas sabían que era imposible que siempre los tres estuviéramos implicados, pero no podían hacer más que castigarnos a todos.

Las primeras veces, hice que mamá perdiera la paciencia. Yo nunca había sido un muchacho problemático, todo lo contrario. Siempre había sido un hijo ejemplar, tranquilo, estudioso y cariñoso. Uno de esos niños que la gente ve en la calle y piensa “le hace falta que esa mamá lo suelte más”, con el atenuante de que yo era así por cuenta propia, no por presión materna, aunque ella tampoco se quejaba de la situación. Por eso, cuando empezó a notar el cambio en la dinámica de mi grupo de amigos, comenzó a preocuparse. Con el tiempo se fue calmando, entendiendo que si bien me metía en actividades que podían resultar revoltosas, no estaba haciendo un daño real a nadie. Sí me advirtió un par de veces que tuviera cuidado con lo que inventaban mis compañeros, que no tenía que decir que sí a todo lo que propusieran y que, más importante todavía, no tenía que culpabilizarme por algo grave que ellos hubieran cometido, que podían vérselas solos. Porque una de las razones por las cuales adoptamos la estrategia de culparnos a todos de lo que sucedía era que los profesores me tenían en buena estima. Por lo tanto, cuando me veían entrar a la dirección, bajaban las defensas, diluían el tono del regaño y disminuían la severidad del castigo.

El asunto era que yo también quería ser rebelde como ellos, pero en mis genes no había venido esa carga de información. Todos habíamos entrado juntos al colegio en el primer grado. Nos conocimos en las primeras semanas de clases y desde ese momento fuimos inseparables. En ese primer año, no había tantos indicios serios de malicia a la vista, pero tan pronto fuimos creciendo las burlas se fueron haciendo más fuertes, las bromas se hicieron más pesadas, los actos de vandalismo dentro de la escuela se tornaron más subversivos y las aventuras extracurriculares cada vez más peligrosas. Para mí todo fue evolucionando más rápido de lo que podía captar y de pronto me vi dentro de un grupo de gamberros que de un momento a otro podían destruir el salón, el colegio, la cuadra, la parroquia entera y yo quedaría retratado en esa foto, pisando el escudo de la escuela con una expresión a medio camino entre el temor, el desconcierto y la satisfacción de poder hacer algo fuera de mi zona de comodidad. Lo más complicado del caso era que aquellos eran unos gamberros de corazón enorme, de un sentido de la amistad que superaba cualquier otro nexo entre personas que hubiera conocido jamás. Lo que le pasaba a uno, le pasaba a todos y lo que lograba uno, lo lograban todos. Si bien era parte de la anarquía, también era parte de la armonía.

Mauricio siempre tuvo la disposición de ser el líder del grupo y nosotros lo dejamos. Era hijo único, por lo que dentro del cosmos de su mente, el mundo giraba alrededor de él. Lo que él hacía era más interesante, las cosas que él conocía eran más valiosas, los regalos que le hacían sus padres y sus tíos eran mucho mejores. Por supuesto, sus ideas también eran de mucha mejor calidad que las nuestras, en lo que tenía que ver con su practicidad, su carga de diversión y en los puntos que sumaría a nuestra imagen de muchachos malos. Eso de ser hijo único también hacía que nos viera como sus hermanos. Por un lado eso estaba bien, porque de verdad tener a Mauricio como hermano era una bendición por lo atento que era y lo fraternal que podía llegar a ser. Pero por otro lado, invertía muchas energías en idear aventuras para el grupo. Aventuras que casi siempre eran inofensivas al principio, pero que se fueron enredando mientras fuimos creciendo.

Mauricio vivía en El Calvario, por lo que muchas de las andanzas de nuestra adolescencia, ya cuando nos cansamos de caminar sin rumbo por la avenida, ocurrieron en aquel mítico sector de Caracas. Cansado de la ya clásica subida por las escaleras que llevaban al barrio y de los jeeps que servían como ruta suburbana al cerro, Mauricio comenzó a crear vías alternas para moverse por su zona. Era un tipo inquieto, que le gustaba treparse en árboles, saltar muros, deslizarse por pequeños barrancos o huecos imposibles para un humano. Luego de que exploraba por su cuenta, nos llamaba a nosotros para que siguiéramos sus rutas, para que conociéramos los atajos que había estado inventando, como si de un rally se tratara.

Cristian era el primero en asistir a su llamado, siempre listo, como si fuera un boy scout. Cristian era mayor y más alto que nosotros. Siempre torpe, siempre peleón, pero siempre muy considerado con sus amigos. Él no era hijo único, pero era un hermano mayor que no quería asumir tal responsabilidad en su casa. En el grupo le iba bien porque le permitía estar fuera de su hogar por períodos largos –lejos de los reclamos de su madre, los sermones de su padre y las exigencias de cariño y atención de sus hermanos pequeños– y también porque le daba la oportunidad de liberarse de ciertos deberes y compromisos. Mauricio asumía el rol de líder y, a ojos de Cristian, también asumía el rol de hermano mayor. Para él, Mauricio era el que velaba por todos, el que tomaba las decisiones importantes, el que guiaba las salidas, censuraba las conversaciones y determinaba quién era digno de compartir con nosotros y quién no. Cristian era feliz cuando Mauricio proponía algo nuevo porque sólo tenía que seguir. Por eso siempre eran ellos dos quienes, en principio, exploraban las calles y recovecos de El Calvario mientras que yo les sacaba alguna excusa para escaparme de aquellas excursiones.

Llegaba un punto en que no podía evadirlos más. Si fuéramos un grupo de superhéroes mi súper poder tendría que haber sido la capacidad de sentir una cantidad ingente de presión social sobre mis hombros y no poder sacudírmela. Ya a la cuarta vez que me echaban en cara lo mal amigo que era y la desfachatez que tenía al dejarlos solos en una de las salidas, me veía obligado por mí mismo a decir que estaba bien, que tenían razón, que ya para la próxima no les pondría peros, que vamos, vamos de una vez antes de que a mi mamá se le ocurra mandarme a comprar algo y no pueda ir, sí, vamos.

No puedo decir que no la pasara bien, porque estaría mintiendo de forma descarada e injusta. Siempre me reía hasta el punto en que sentía que mis costillas se iban a desprender. Siempre terminaba con una historia interesante para contarles a mis primos en las reuniones familiares o para relatarle a una chica en una de las fiestas organizadas por alguien del colegio. A pesar de que era feliz cada vez que estaba con ellos, siempre estaba esa nube de temor, de peligrosidad, de riesgo. No era posible zafarse de la sensación de que en cualquier momento algo podía salir mal, terriblemente mal, y tendría que darle la razón a mi mamá cuando me advirtió que no me metiera tan de lleno en lo que hacían Mauricio y Cristian.

Recuerdo con mucha claridad la última vez que fui a El Calvario. Recuerdo siempre esa tarde, todos los días, a cada hora. Recuerdo con nitidez esas escenas cada vez que me veo al espejo, cada vez que voy al trabajo, cada vez que llamo a mi mamá y le cuento cómo va todo, cada vez que veo a los ojos a mi esposa y veo reflejado mi amor en ellos, cada vez que mis hijas me saludan y me piden que les cuente una historia divertida de la vida de su papi.

Esa tarde no quería salir. No solo con ellos, sino con nadie. Esa tarde había algo en mi cama que me pedía que no la abandonara, que para qué estar saliendo de la comodidad de esas sábanas y ese colchón que ya adoptaron mi forma y la temperatura perfecta para mantener mi cuerpo ni muy frío ni muy caliente. Me llamaron a la casa y me dijeron que tenía que ir con ellos de una vez a El Calvario, porque habían inventado un juego nuevo que no me podía perder. Les salí con una excusa y ellos con un insulto y un reproche amargo por mis evasivas. Les dije que estaba bien, que ya bajaba.

Subimos en jeep y luego empezamos a movernos por los atajos que conocíamos muy bien. Yo me movía en automático, sin ninguna emoción ni miramiento de lo que sucedía en mi camino. Mauricio y Cristian iban emocionados, respirando con fuerza, riéndose con nerviosismo y advirtiéndome a cada rato de la diversión que íbamos a experimentar una vez llegáramos al punto exacto. Alcanzamos una pequeña plaza en la que había una capilla abandonada. Contaba apenas con una sola torre –supuse que para la campana–, una nave central estrecha en la que cabrían a lo sumo dos hileras cortas de asientos y un altar bastante humilde. La iglesia debería ser de cuando Guzmán Blanco intentó emular Montmartre en Caracas o algo así. Todo en conjunto tenía un aspecto tétrico que me encantaba. No pude esconder mi cara de fascinación al ver el lugar y los muchachos se regodearon con mi expresión. Sabíamos que te iba a gustar esta vaina, porque es así medio maricona como tú, me dijeron entre bromas mientras pateaban palomas muertas, bailaban encima del altar de la iglesia y pisaban las ruidosas hojas secas que abundaban en el lugar.

Un poco más allá de la iglesia, había un barranco desde el que se veía la calle. Nunca supe bien qué avenida era y ahora, tantos años después de esa última visita, soy incapaz de recordar hacia dónde daba aquel balcón natural. Lo cierto es que se veían muchos carros pasando por aquella vía a una velocidad considerable. Nos quedamos un rato contemplando la calle, embelesados por la vista de nuestro pedacito de ciudad. Cristian encendió un cigarro, le dio un jalón y nos lo ofreció. Mauricio lo rechazó con un gesto natural, ya ensayado bastantes veces, por lo que pude notar; era un gesto del que yo no formaba parte, como si dentro de nuestro grupo existiera una subdivisión a la que pertenecían ellos dos nada más. Vi a Cristian con perplejidad por un momento antes de negarme, ofendido, a semejante oferta tan asquerosa. Él se rió con sorna y siguió fumándose su cigarrillo.

La tarde estaba serena. A esa altura la brisa pasaba con regularidad, manteniéndonos frescos –cosa que era importante en esos años de adolescencia, en los que sudar era más fácil que perder la compostura ante una mujer bien dotada. El movimiento de las ramas de los árboles al compás del viento ponía un fondo musical inmejorable a aquel momento y el sol era gentil con nosotros, dándonos un día despejado pero sin calcinarnos. Había incluso algunos pájaros que cantaban y hacían una armonía inesperada con los artificiales sonidos de la calle. Por momentos cerraba los ojos, para dejarme envolver por esos sonidos, por los olores, por las sensaciones, por la energía de aquel lugar. Podía sentir las miradas y risas burlonas de mis dos amigos, pero no me importaba.

El hechizo se rompió cuando noté un movimiento cómplice entre Cristian y Mauricio. Era otro gesto como el que hizo Mauricio al rechazar el cigarro. Era un gesto de ellos, un mensaje encriptado que solo ellos dos podían entender. Era un gesto perteneciente a una dinámica de la que yo no tomaba partido. La primera vez que lo hicieron, pensé que eran cosas mías, pero con esa segunda seña lo constaté. Ya no era parte de aquel triángulo amistoso. Habían decidido que de ahora en adelante el grupo se reduciría a dos. Era una decisión que habían tomado, estoy seguro, sin siquiera hablarse. Tan solo habría hecho falta uno de esos gestos con los que se comunicaban ahora. Me sentí mal, triste, mientras me hacía consciente del final de una etapa importante en mi vida. También me sentí aliviado, liberado de un peso que no sabía cómo soltar. Me permití sonreír. Ellos me miraron extrañados, pero luego sonrieron también y se movieron del sitio donde estábamos.

De unos matorrales sacaron un par de sacos llenos de piedras de distintos tamaños. Una de las bolsas estaba más vacía que la otra, así que se pusieron a buscar más peñones para emparejarla. Nunca me invitaron a ayudarlos, pero lo hice por cortesía. Algo me dijo que tomara piedras pequeñas y eso fue lo que hice. Recogí las que se veían más frágiles, esas que solo eran débiles terrones de arena que se deshacían en las manos. Mauricio me regañó en un par de ocasiones, pero no me impidió que siguiera buscando. Pensaría que, una vez en el saco, donde habría más de las piedras que él y Cristian buscaban con meticulosidad científica, mis rocas se perderían y no entorpecerían sus planes.

Una vez que alcanzaron la cantidad que buscaban, se devolvieron al punto donde habíamos estado observando la calle, cada uno con una piedra en la mano. Me dijeron que viera primero y luego los imitara. Con una mecánica de lanzamiento propia de un pitcher de grandes ligas, empezaron a soltar las piedras hacia la calle. Yo estaba pálido, con la boca seca y el corazón latiéndome tan fuerte que dolía. Algunas piedras solo atinaban el asfalto, pero otras lograban aterrizar en los techos de algunos carros, en el capó, en el parabrisas, en el maletero. Los conductores frenaban, sorprendidos, haciendo extraños en la vía y generando conatos de colisiones. Algunos veían hacia arriba, intentando atisbar qué los había golpeado, de dónde había salido el proyectil.

Antes de que pudiera salir de mi sorpresa por lo que estaban haciendo, Cristian puso una piedra en mi mano. Una de las grandes. Me miró con unos ojos fulgurantes, con una llama de malicia en la que me costó reconocer los ojos del pequeñín que conocí en primer grado. Me dijo dale, mariquín, en un tono seco. No era un chiste, no era una de nuestras bromas. Era un insulto duro, cruel. Era un insulto lleno de dolor también. Vi a Mauricio y asintió con su cabeza, también con una sonrisa maléfica en su cara. Ya no era parte del grupo. Para ellos yo los había abandonado, así que debían castigarme.

Tomé la piedra, los miré con toda la firmeza que pude y la lancé, apuntando a propósito un punto en el que no había ningún carro. Tan pronto como devolví el brazo, sentí otra piedra en la mano. Hasta que no le diera a un carro aquella jornada no se habría terminado. Respiré profundo y lancé la piedra lo más alto que pude, dando tiempo a que algún carro pasara por ahí y se tropezara con el peñón. A lo lejos se venía una camioneta negra, de esas que uno ve y dice “ahí va un narco”. La piedra aterrizó con estruendo en el parabrisas del automóvil. El vidrio se cuarteó de inmediato, el chofer perdió el control por un momento, patinó, frenó y se estacionó a un lado del camino. Mauricio y Cristian reían y me felicitaban, daban saltitos de emoción y elogiaban mi puntería.

Yo no podía quitar los ojos de la camioneta y de su dueño, que se acababa de bajar para inspeccionar su carro. El tipo revisó el vidrio, los cauchos, el techo. Vio la piedra que yacía inocente en medio del camino y levantó la mirada. Su cara estaba dirigida directamente hacia el punto en el que estábamos nosotros. Los muchachos empezaron a reírse de una forma más vulgar, a gritar insultos contra el hombre, hacerle gestos obscenos. Yo estaba congelado, viéndolo a los ojos. Era la segunda mirada más tenebrosa a la que me había enfrentado ese día. Si la de Cristian brillaba, quemaba, la de este hombre era fría, inexpresiva, sin vida. Sin apartar la vista, el tipo sacó una pistola de detrás de su pantalón. Los muchachos dejaron de reírse de inmediato y, cuando vieron que el hombre apuntaba hacia nosotros, se agacharon y salieron tan rápido como pudieron a esconderse en la iglesia. Podía escucharlos llamándome, pero en ese momento no era dueño de mis movimientos. El frío que manaba de los ojos del conductor de la camioneta invadió mi cuerpo y me dejó plantado en el suelo, en aquella placita de El Calvario. Supe que iba a disparar. Tenía el porte de quien no va a guardar su pistola con la misma cantidad de balas que tenía antes de desenfundar. Cerré los ojos y esperé el impacto.

La detonación vino acompañada de un grito de terror de Cristian y un lacónico “mierda” de Mauricio.

Cuando abrí los ojos, ya el hombre de la camioneta se había ido. Exhalé el aire que había estado conteniendo por lo que me parecieron semanas y escuché los pasos tímidos de mis amigos detrás de mí. Giré con lentitud y los vi examinando la pared que tenía detrás. Había un pequeño orificio del que se desprendían pedazos del material del que estaba hecha la capilla. Cristian recogió la bala aplastada de entre los escombros y la puso en mi mano, antes de estallar en risas de alivio y en vítores por mi valentía y la manera en la que había desafiado a la muerte. Mauricio también se me acercó, me dio unas palmadas en el hombro y me dijo las tienes de hierro, man. Vi la bala, le di vueltas en mi mano y la apreté con fuerza. Dejé que un par de lágrimas bajaran, sin pena. Ya no me importaba lo que dijeran esos dos. Les dije que más nunca me llamaran para una de sus ridiculeces. Me sequé la cara con la mano donde tenía la bala y bajé por los mismos atajos que recorría con ellos. Ninguno de los dos hizo nada por detenerme.

En los últimos años del colegio, ya Cristian andaba en movimientos raros. Nunca dejó de lanzarse en aventuras con Mauricio, pero también estaba empezando a conocer un lado de la ciudad que nosotros no teníamos interés en explorar. Escuché historias de él alardeando de tener un arma y cosas así. Nunca lo pude constatar de primera fuente porque desde el incidente de las piedras en El Calvario no hablé mucho más con ellos, pero sonaba a algo que Cristian haría.

Cuando murió, yo no estaba en Caracas. La noticia me la dio el mismo Mauricio que me llamó porque tenía que avisarles a todos los que conocieron a Cristian, aunque yo sé que no te importa nada de lo que nos pase.

Apenas colgué, lloré como un bebé.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis

*Este relato recibió mención honorífica en el concurso de cuentos Salvador Garmendia (2017). Si quieres descargar el primer libro de César, haz click aquí.

#MemoriasDeLaRevolución: Memoria de mis tristes prepagos

La revolución llegó y dijo ¡Ha muerto la Cuarta República, hoy comienza la historia de la Quinta! Prometieron independencia, soberanía nacional, poder popular. La revolución cumplió su mayoría de edad. Su niñez fue violenta, su adolescencia violenta y cuando cruzó el umbral hacia la adultez, ¿qué cualidad la empezó a caracterizar?

Han surgido criaturas que antes no existieron. Una de ellas son los “pranes”. Los mandamases en las cárceles, jefes del crimen organizado. Desde las celdas controlan las ciudades, ordenan secuestros, extorsiones, asaltos; todos lo saben, pero nadie denuncia nada. La Quinta ha dado independencia y soberanía a la delincuencia. Pero un momento, no pretendo hacer un ensayo.

Virginia Mendoza nació con la revolución. Ella es parte del nuevo hombre, el prototipo humano que la revolución ha prometido como protagonista del renacimiento de una sociedad más consciente de su condición colectiva. Nació en el seno de una familia humilde, que vive en una zona rural. Su niñez fue violenta; su padre murió víctima de la delincuencia cuando ella tenía siete años. Su adolescencia fue violenta; cuando tenía trece años hubo una fuga de la cárcel de la ciudad más cercana a la zona, los prófugos decidieron esconderse en el área rural unos días: una noche, uno de ellos se metió en su casa, golpeó a su madre y a ella, se llevó algunas cosas, dejándole la frustración de saberse indefensa. A los diecisiete se cansó de ser víctima y se convirtió en una prepago al servicio exclusivo del pran de la cárcel de la ciudad. Una de tantas prepagos.

Los pranes, por increíble que parezca, pueden salir algunas noches de la cárcel e incluso llevan consigo dos o tres policías como escoltas. En sus salidas clandestinas suelen visitar algún bar, reunirse con familiares o pasarla en un hotel con una o varias de las chicas llamadas prepagos, cuya obligación es ofrecerles placer sexual.

Para Virginia no fue fácil, pero era eso o resignarse a pasar la vida comiendo sobras de la basura, hacia allí la llevaba el destino. Una amiga le habló de los servicios como prostituta en la cárcel de la ciudad. Le aseguró que el pago valía el riesgo y esfuerzo, podría adaptarse rápidamente. Si lograba pegar con el pran no solamente tendría buen billete, también protección.

Tomó la decisión y en seis meses ya era propiedad exclusiva del pran. Mientras el país se hundía en crisis financiera, Virginia disfrutaba de alimentos en abundancia, buenos teléfonos, buena ropa; no solo se ayudó a sí misma y a su madre, eventualmente se solidarizó con algunos vecinos, quienes comentaban en susurros las sospechas sobre Virginia, sin ofenderla porque estaban conscientes de que la muchacha que no tuvo una vida fácil vio una oportunidad y la aprovechó.

Aunque las fuerzas policiales no son una amenaza para los pranes, corren el peligro de la competencia. Siempre hay otros delincuentes que quieren el control. Los medios de comunicación del país no dicen nada al respecto, pero han ocurrido enfrentamientos con decenas de muertos en la guerra desde la cárcel por el control del crimen.

La prensa no publicó lo que sucedió esa noche. El pran de la cárcel Uribana mandó a buscar a Virginia y a tres chicas más. Salió a la una de la mañana escoltado por tres policías y dos reclusos. Se reuniría con una banda que se dedicaba a robar autos para luego pasar un par de horas en un motel. Fue interceptado en el punto de reunión, desde la misma cárcel uno de los que aspiraba a tomar su lugar organizó el golpe. En el enfrentamiento murieron cuatro mujeres, los dos secuaces, el pran, uno de los policías y dos de la banda que ejecutó el golpe.

Los periódicos, al día siguiente o a los dos días, reseñaron que gracias a un trabajo de inteligencia las fuerzas de seguridad lograron capturar a tres reclusos que se fugaron en la medianoche, y desmantelaron una banda de delincuentes que se dedicaba al robo de vehículos en la ciudad, conformada por cuatro jovencitas y dos hombres de casi cuarenta años de edad. En el enfrentamiento, decían las reseñas, resultó muerto un policía.

Esta es la Quinta República.

 

 

Por Gusmar Carleix Sosa | @gusmarsosa

*Algunos datos fueron cambiados por seguridad.

¿Cómo llegamos a esta crisis? Parte II

En 2015, Víctor Salmerón –periodista especializado en economía– publicó el libro La economía del caos, con el sello Punto Cero. En él, entrevista a fondo a seis expertos para analizar los escenarios en el corto y mediano plazo de una Venezuela que lucía encaminada a un periodo de mayor turbulencia. En el primer capítulo, Víctor desmenuza los problemas que padece la economía venezolana. Hoy día, en el 2018, ese capítulo llamado Los cavernarios ayuda a comprender cómo Venezuela llegó a la peor crisis de su historia, a una situación de hiperinflación y de emergencia humanitaria. En Revista Ojo, con autorización de Punto Cero, dividimos el capítulo en cuatro entregas que forman parte de una serie que hemos denominado ¿Cómo llegamos a esta crisis?

En la primera entrega, se habla de la escasez que ya reinaba en el 2015 y del espejismo que se construyó gracias al boom petrolero. En esta, se aborda cómo los salarios se fueron diluyendo y cómo la reventa (alias bachaqueo) fue ganando terreno en el país.

 

Salarios diluidos

Los precios han ingresado en un ciclo frenético. Violando las leyes el directorio del Banco Central dejó de publicar la inflación en 2014 después de que ese año se ubicara en 68,5 %, el cuarto registro más elevado desde 1950, pero los venezolanos no necesitan un número oficial para constatar que el desequilibrio continuó agravándose en 2015.

El precio de los electrodomésticos, calzado, ropa, restaurantes, alimentos simplemente ha perdido el ancla. De hecho, LatinFocus Consensus Forecast, firma que elabora un informe que agrupa las proyecciones de entidades financieras como Deutsche Bank, JP Morgan, HSBC, Citigroup, Novo Banco, Goldman Sachs, Credit Suisse, Barclays Capital, Ecoanalítica y Oxford Economics, señala al cierre de agosto que «las expectativas económicas de Venezuela son desalentadoras».

El promedio de lo que proyectan las entidades financieras que incluye LatinFocus en su reporte apuntan a que en 2015 la inflación estará en torno a 150 % y para algunos analistas esta cifra es conservadora.

La principal causa de la aceleración de la inflación es que el gasto del Gobierno supera el ingreso que obtiene por la venta de petróleo, impuestos y endeudamiento, es decir, no tiene cómo pagar sus cuentas, pero ha encontrado una manera silenciosa y rudimentaria de tapar el hueco: pedirle al Banco Central que fabrique billetes y se los entregue[1].

El financiamiento del Banco Central se concreta a través de Pdvsa, la empresa petrolera que está bajo control del Estado. La ingeniería financiera es la siguiente: la compañía emite unos bonos y se los vende al Banco Central que fabrica los nuevos billetes para comprarlos. Una vez Pdvsa tiene los recursos en caja los utiliza para cubrir gastos como salarios, facturas pendientes con contratistas o construcción de viviendas[2].

Cuando estos bolívares entran en circulación estimulan la demanda en momentos en que la oferta no puede reaccionar por la debilidad de las empresas públicas y privadas. La consecuencia es más dinero detrás de los mismos productos y servicios: la ecuación perfecta para que los precios aumenten.

Esto no es todo, el dinero que fabrica el Banco Central para financiar al Gobierno se multiplica al ingresar al sistema financiero y por esta vía también genera presión inflacionaria. Por ejemplo: el Banco Central crea 100 bolívares que Pdvsa utiliza para pagarle a una de las compañías que le presta servicios. La compañía recibe los 100 bolívares y los deposita en una organización financiera que está obligada a conservar 31 bolívares a manera de reserva, pero puede prestar 69 bolívares a alguno de sus clientes, como una microempresa. Así, ya no solo existen los cien bolívares que la contratista de Pdvsa tiene en esta entidad bancaria, se añaden los 69 que recibió la microempresa a través del crédito.

Técnicamente, esto es lo que los economistas llaman el multiplicador monetario. Los bancos no prestan en función del dinero que tienen sino del que van a tener. Y la liquidez por el financiamiento del Banco Central a Pdvsa crece a paso firme[3].

En la inflación también influye un engorroso y disfuncional sistema cambiario. El Gobierno asigna las divisas mediante una maraña que consiste en que el dólar tiene tres precios: 6,30 bolívares para la gran mayoría de los sectores que tienen la suerte de recibir asignaciones de billetes verdes; un punto de partida de 12 bolívares para las empresas que no ingresan en este primer tramo y participan en las subastas del Sistema Complementario de Administración de Divisas (Sicad) y alrededor de 200 bolívares para una fracción muy pequeña atendida a través del Sistema Marginal de Divisas (Simadi).

Nicolás Maduro resumió el complicado rompecabezas el 10 de febrero de 2015: «La circulación de divisas para el funcionamiento económico y social del país es un mercado. Cuando tú lo englobas es el 100 %, ¿verdad?, el 70 % lo cubre el 6,30, el otro 20-25 % lo cubre el Sicad y entonces este 3,5 %, que es lo que va quedando, lo va a cubrir este sistema que es un ensayo [el Simadi]».

Foto: Reuters – La sede de Pdvsa en Caracas

Muy pocos países implementan un sistema de cambios múltiples, de hecho, ni aliados de Venezuela como Bolivia, Nicaragua o Ecuador lo hacen. La gran mayoría mantiene un solo precio para el dólar, fijo o flexible. En el modelo en que el tipo de cambio está fijo, si el Gobierno imprime una gran cantidad de dinero para financiarse porque no puede cubrir sus gastos, los billetes inundan la economía y los ciudadanos aumentan la compra de dólares. Entonces, el tanque de divisas disponibles para ser vendidas, es decir, las reservas internacionales, desciende velozmente.

Si el tipo de cambio es flexible y el Gobierno imprime montañas de billetes para financiarse, el Banco Central puede mantener el nivel de las reservas internacionales pero tiene que dejar que el precio del dólar aumente hasta que la demanda de divisas pierda intensidad, porque se tornan muy caras.

Así, en los sistemas de cambio fijo o flexible, existe un ajuste automático que impide que el Gobierno emita dinero sin ningún tipo de límite para financiarse, porque o caen las reservas internacionales o el precio del dólar se dispara.

Para evadir este inconveniente Nicolás Maduro y sus ministros implementan un sistema donde el precio del dólar está fijo, en cada uno de sus tres tipos de cambio, y además solo pueden comprar divisas quienes reciben el visto bueno de las autoridades. A simple vista, todo parece despejado para que el Banco Central fabrique billetes en grandes cantidades para financiar al Gobierno sin que surjan inconvenientes en el flanco cambiario, pero cuando hay desequilibrios la economía es como un río salvaje.

La enorme diferencia entre los dólares que el Banco Central vende y los que en verdad desean comprar los ciudadanos ha dado origen a un mercado paralelo, al margen de los que maneja el Gobierno, donde la demanda es gigantesca y la oferta muy escasa. En este mercado la moneda estadounidense luce como un cohete indetenible que mes a mes se aleja de los parámetros oficiales. Al cierre de agosto de 2015 el dólar se cotizaba a un nivel que superaba en 11.000 % al tipo de cambio de 6,30 bolívares[4].

¿Cómo y quién mide el dólar paralelo? A falta de un mercado libre y ordenado, páginas web se han convertido en la referencia que día a día siguen los venezolanos. Básicamente reflejan el tipo de cambio que tendría que pagar alguien si va a la ciudad fronteriza de Cúcuta con bolívares, los cambia a pesos colombianos y luego adquiere dólares en Colombia[5].

Se trata de una medición imperfecta, sobre un mercado con muy pocas transacciones, pero que es el único que existe porque el Gobierno se niega a abrir una ventana donde el dólar fluctúe libremente, y las consecuencias no han sido pocas. Un estudio elaborado por la firma Ecoanalítica determina que un tercio de las categorías en las que el Banco Central de Venezuela divide los bienes y servicios que utiliza para calcular la inflación tienen precios altamente correlacionados con el dólar paralelo, concretamente, bebidas alcohólicas, restaurantes y hoteles, esparcimiento y cultura, vestido y calzado, alquiler de viviendas y equipamiento del hogar.

Se trata de sectores que reciben pocas divisas por los canales oficiales y, como en la mayoría de los casos no están sujetos a controles de precios, fijan sus costos de acuerdo al comportamiento del dólar paralelo.

La combinación de un gobierno financiado por el Banco Central y que vende la gran mayoría de los dólares a una cantidad fija, de 6,30 bolívares, crea un círculo vicioso: el financiamiento del Banco Central impulsa los precios y por ende se incrementan los gastos del Gobierno porque los trabajadores públicos exigen aumentos de salarios o se encarecen las baldosas que el Estado utiliza para construir viviendas. Al mismo tiempo, más de dos tercios de los dólares que aporta el petróleo continúan vendiéndose al tipo de cambio de 6,30 bolívares, una cantidad que cada día compra menos. Entonces, la brecha que tiene el Gobierno entre ingresos y gastos aumenta y la salida es solicitarle al Banco Central que emita una mayor suma de dinero, con lo que la inflación gana velocidad.

Humberto Gómez atiende uno de los tantos locales que venden películas piratas para DVD y Blu-ray en Caracas. Con un dejo de nostalgia me explica que «hace dos meses quería comprarme un par de zapatos porque los que tengo para trabajar se están rompiendo. Miré los precios en las zapaterías y no me decidí. Ahora cuestan el doble».

Ya no se sabe lo que es caro o barato, los precios varían notablemente de semana en semana y el billete de 100 bolívares, el de mayor denominación, ya no alcanza para comprar una Coca-Cola o una barra de chocolate. Los vendedores informales, que ofrecen frutas en determinados puntos de Caracas, buscan afanosamente puntos de venta inalámbricos porque de lo contrario los compradores necesitarían un fajo demasiado grande de billetes para pagar una patilla, un melón y doce naranjas.

En los centros comerciales un jean cuesta dos salarios mínimos y aquellos que tienen excedentes, los cambian a dólares en el mercado paralelo para proteger sus ahorros en una moneda estable. Otros buscan adelantar las compras bajo la certeza de que en poco tiempo todo costará mucho más. Los bolívares pasan velozmente de mano en mano, nadie los quiere conservar por mucho tiempo. Mañana valdrán menos.

La reventa

A la salida de la estación del Metro en Petare, una de las zonas donde se concentran las clases populares en Caracas, surge una larga hilera de toldos y manteles que tapizan aceras malolientes por la basura acumulada. Es el modo de vida de quienes militan en el gigantesco ejército de la economía informal y se desempeñan como vendedores ambulantes. El empleo en Venezuela es un bien escaso pero nadie puede darse el lujo de permanecer inactivo, no existe ningún tipo de protección para los desocupados: un tercio de quienes trabajan lo hacen en empleos calificados de precarios, es decir, con remuneración igual o inferior al salario mínimo, en labores que están por debajo de su nivel de calificación, en jornadas de 15 o menos horas a la semana o en horarios extenuantes a cambio de muy poco dinero. Así es como la economía poco productiva y sin inversión privada aparece a plena luz del día en cientos de calles y avenidas[6].

Pero ahora la ocupación de vendedor ambulante en Petare puede ser más lucrativa que muchos empleos en empresas de primer orden. A través de conexiones o asegurándose los primeros puestos en las colas de los supermercados públicos o privados, quienes abarrotan las aceras con sus tarantines obtienen café, harina de maíz precocida, arroz, leche en polvo, pañales, jabones, a precios controlados que luego ofertan con un voluminoso recargo. Han sido bautizados como «bachaqueros», tal vez porque el bachaco es una hormiga grande y voraz que en masa puede devorar a un sistema de precios desequilibrado.

El propio presidente Nicolás Maduro les ha declarado la guerra señalando que «tenemos que acabar la economía de parásitos y bachaqueros», mas no es tan simple. La policía los persigue pero han creado un efectivo sistema para movilizarse rápidamente y asegurar la mercancía. Cada revendedor solo tiene cuatro o cinco bolsas plásticas con productos, una cantidad sencilla de recoger en caso de que los encargados de vigilar la zona alerten de la presencia policial. Si las vende, al poco tiempo un motorizado se encarga de la reposición y trae otras cuatro bolsas plásticas.

El medio kilo de café que tiene un precio controlado de 23 bolívares, se encuentra sin problemas en las aceras pero a 400 bolívares, es decir, con un recargo de 1.639 %. El kilo de arroz, que en teoría debe costar 25 bolívares, en 200 bolívares, y el kilo de harina de maíz precocida, regulada en 19 bolívares, en 250 bolívares.

La ganancia que se obtiene a través de la reventa luce como un incentivo muy poderoso. Yoselyn me explica que «yo vendo el café en 400 bolívares el medio kilo. Pero a mí me lo venden en 250 bolívares otros que hacen las colas en los supermercados o lo consiguen por ahí. Además tengo que tener un dinero apartado porque en caso de que la policía me agarre tengo que darles algo para que me suelten. Aun así hago mucho más al mes que planchando ropa o limpiando apartamentos».

Yoselyn tiene 25 años, no culminó el bachillerato porque salió embarazada del primero de sus dos hijos y en el corto plazo no tiene pensado terminarlo. «Si lo termino no voy a conseguir mayor cosa. Gracias a Dios que en medio del aumento de los útiles escolares que tengo que comprarles a mis hijos, la ropa, los zapatos, estoy ganando más plata», dice con tranquilidad.

Desde el año 2003 y hasta 2045 la población venezolana tendrá una estructura que en teoría resulta ventajosa: quienes tienen edad de trabajar y producir, superarán a los jóvenes menores de 15 años y a los mayores de 65 años. Esta condición, que se denomina bono demográfico, permite reducir los recursos destinados a la crianza de los hijos o a los ancianos y contar con una mayor mano de obra.

Yoselyn es parte del ejército de hombres y mujeres que necesitan ser atraídos por un programa de formación y una economía que los sume a la productividad para que Venezuela pueda aprovechar el bono demográfico. Los últimos datos disponibles indican que 40 de cada 100 jóvenes no culminan la educación media[7].

Técnicamente la actividad a la que se dedica Yoselyn es el arbitraje, la posibilidad de obtener ventaja por la diferencia de precios que existen en dos mercados. Su negocio acabaría en minutos si no hubiese escasez. Si quienes le compran pudiesen acudir a un supermercado nadie necesitaría ir a Petare a adquirir el medio kilo de café. A su vez, la gran mayoría de los economistas explica que para aumentar la oferta, tendría que incrementarse la producción de las empresas venezolanas, disminuyendo las trabas y sincerando los precios controlados.

Pero la administración de Nicolás Maduro confía en que a través del reforzamiento de los controles podrá corregir el desajuste. Los venezolanos solo pueden adquirir productos regulados una vez a la semana, dependiendo del último número de la cédula de identidad. Además deben colocar sus dos pulgares en captahuellas que registran que ya compró y bloquean la posibilidad de que acuda a otro establecimiento por el mismo producto.

El gobernador del Zulia, el estado más poblado del país, explicó que en esta localidad «diez mil cédulas fueron bloquedas del sistema biométrico, ya que tienen hasta 300 compras por mes»[8].

Consciente de que en Venezuela es común la «clonación» de cédulas de identidad y que muy posiblemente una cantidad importante de zulianos que no revenden alimentos ya no podrán comprar en los supermercados porque la red de bachaqueros estaba utilizando una copia falsa de su documento, Arias Cárdenas indicó que los afectados debían acudir a la Gobernación del Zulia donde evaluarían cada caso.

«Lo de hacer mercado de acuerdo al último número de la cédula es una locura. Ayer había arroz pero como no me tocaba no pude comprarlo. Siempre es así, cuando me toca no hay lo que necesito», me dice una mujer de más de 60 años en uno de los supermercados de la cadena Excelsior Gama.

Pero el arbitraje no se limita al mercado local. El negocio de comprar productos a los bajos precios que fija el Estado y revenderlos en Colombia resulta en un lucrativo negocio que impulsa el contrabando. El presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, mostró cifras reveladoras el 27 de agosto de 2015: «Un litro de leche vale del lado venezolano 200 bolívares, del lado colombiano 14.000 bolívares. 200 bolívares porque nosotros la subsidiamos. ¿Quién se pela esa manguangua?».

Las estadísticas sobre el consumo en Táchira, uno de los estados que limita con Colombia, hablan por sí solas. «El estado Táchira tiene 4,5 % de la población venezolana, 1,3 millones de habitantes según el censo, y consume 8 % del total de alimentos de Venezuela. Carabobo, que tiene 8,3 % de la población, consume la misma cantidad», explicó Diosdado Cabello.

El contrabando no es solo de alimentos. El Gobierno ha mantenido inalterable el precio de la gasolina durante los últimos 15 años, por lo que el combustible es el producto más barato en Venezuela. Revendido en Colombia produce más dinero que el narcotráfico.

«Una pimpina de gasolina vale del lado venezolano un bolívar, del lado colombiano 15.000 bolívares», admitió Diosdado Cabello.

Ante la magnitud del contrabando y tras un ataque a tres militares venezolanos, supuestamente perpetrado por grupos paramilitares, el Gobierno cerró la frontera con Colombia y declaró el estado de excepción en cinco municipios del Táchira[9].

Los incentivos económicos para el contrabando continuaron intactos. La canciller de Colombia, María Ángela Holguín, reveló que en la reunión que sostuvo con la canciller venezolana para evaluar el tema planteó lo mismo que han recomendado la mayoría de los economistas venezolanos: «Mientras ustedes sigan subsidiando los productos es muy difícil que podamos hacer algo en la lucha contra el contrabando. Que subsidien a los pobres, pero no a los productos»[10].

 

Por Víctor Salmerón@vsalmeron 

 

Tapa blanda: 270 páginas

Editor: Ediciones Puntocero (20 de agosto de 2016)

Idioma: Español

ISBN-10: 9789807312363

ISBN-13: 978-9807312363

ASIN: 9807312361


[1]    El informe que el Gobierno entregó a la Comisión de Valores de Estados Unidos (SEC, por sus siglas en inglés) registra que en 2013, con un precio promedio de la cesta petrolera venezolana de 98 dólares el barril, el gasto del Gobierno, incluyendo todas las empresas públicas, superó en 16,9 % del PIB al ingreso y en 2015 Ecoanalítica calcula que la brecha es de 22 % del PIB.

[2]    Al cierre de marzo de 2015 la deuda de Pdvsa por los bonos que le ha vendido al Banco Central suma 925.000 millones de bolívares, una cifra que se traduce en un salto de 127 % en los últimos 15 meses.

[3]    Las cifras del Banco Central de Venezuela desnudan que entre el 21 de agosto de 2015 y la misma fecha de 2014 la cantidad de dinero en poder del público, que básicamente incluye las monedas y billetes y los depósitos en la banca, registró un salto de 89 %. Un récord histórico.

[4]    A principios de enero de 2015 el dólar se cotizaba en 170 bolívares en el mercado paralelo. Al cierre de agosto cuesta 700 bolívares, es decir, un salto de 311 % en ocho meses.

[5]    La más emblemática de estas páginas es Dólar Today, a la que el gobierno de Nicolás Maduro acusa de conspirar para desestabilizar la economía venezolana.

[6]    Los datos sobre el empleo precario corresponden a la Encuesta sobre Condiciones de Vida. UCAB 2014.

[7]    Encuesta Nacional de Juventud 2013-UCAB, de cobertura nacional.

[8]    Correo del Orinoco. 04-09-2015: 12.

[9]    El cierre de la frontera originalmente fue anunciado por 72 horas el miércoles 19 de agosto de 2015, no obstante luego fue declarado por tiempo indefinido y se amplió el decreto de estado de excepción a los estados Zulia, Apure y Amazonas (sur), completando el cierre total de la línea fronteriza colombo-venezolana el 23 de septiembre.

[10]   El Tiempo. 03-09-2015.

 

Dolor país, las protestas de 2017 y sus secuelas

Venezuela fue sacudida en 2017 por un nuevo ciclo de protestas ciudadanas que duró cuatro meses y dejó un amplio saldo de personas fallecidas, heridos y presos políticos. Al final, este movimiento se agotó sin una clara resolución de la crisis política y económica que padece el país. Hoy se observa un incremento del autoritarismo, de la militarización y de la crisis, pero al mismo tiempo se percibe un creciente descrédito opositor. Tanto la Asamblea Nacional como la Asamblea Nacional Constituyente son instituciones desprestigiadas. Y todo apunta a una convivencia cada vez más precaria, con una población cada vez más vulnerable y sin salidas a la vista.

El 27 y 29 de marzo de 2017 la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia emitió las sentencias 155 y 156 que, entre otras cosas, declararon a la Asamblea Nacional en desacato, retiró la inmunidad parlamentaria y ordenó que, “mientras persista la situación de desacato”, esa misma sala ejercería las competencias parlamentarias. Acciones que fueron evaluadas tanto dentro del país como a nivel internacional, particularmente a través de la OEA y el alto comisionado de las Naciones Unidas, como un golpe de estado judicial o un “autogolpe”. Las sentencias eran parte del enfrentamiento entre la Asamblea Nacional, como único poder bajo el control de la oposición política, elegida a través del voto popular en 2015 y el resto de las instituciones del Estado bajo el control del chavismo. Sin embargo, al día siguiente, de manera sorpresiva, la Fiscal General de la República, Luisa Ortega Díaz, otrora aliada del Gobierno, se declaró en contra de ambas sentencias por representar “una ruptura del orden constitucional”, develando una fisura importante dentro del poder gubernamental.

Las sentencias condujeron a protestas a partir del 30 de marzo, a pesar de que Maduro ofreció mediar en lo que denominó como “un impasse”, convocando al Consejo de Defensa. Al día siguiente, 1 de abril, el Tribunal Supremo emitió en su página de Internet una nota “suprimiendo” los contenidos de las sentencias 155 y 156 referidos a la inmunidad parlamentaria y a la adjudicación a la sala constitucional de las competencias parlamentarias, como respuesta al exhorto de ese Consejo.

El 30 de marzo se produjeron manifestaciones de grupos estudiantiles frente al Tribunal Supremo de Justicia, junto a parlamentarios de oposición que llegaron a escaramuzas con la Guardia Nacional Bolivariana, lo que condujo a un ciclo de protestas que duró cuatro meses.

Dolor país, las protestas de 2017 y sus secuelas

Antecedentes

Para comprender el estallido en la calle es crucial entender las tensiones políticas heredadas del año anterior. En el 2016 la oposición, representada por la Mesa de Unidad Democrática (MUD) que para el momento reunía a 19 partidos políticos, luego de un debate más o menos amplio, se decantó por presionar para la realización del referéndum revocatorio, que según establece la Constitución permite solicitar la revocatoria del presidente, pasada la mitad de su período de ejercicio. De hacerse la consulta la salida de Maduro lucía inminente, dado que su rechazo según las encuestas de opinión rondaba el 80%[1]. El referéndum fue dilatado con múltiples argucias por el Gobierno en sus distintas fases. Lo que impulsó a la oposición a convocar protestas masivas.

El 21 de septiembre el Consejo Nacional Electoral finalmente aprobó la recolección de firmas para la activación definitiva del Referéndum. A esa recolección de firmas el CNE le haría luego una auditoría, lo que conduciría a que, según declaraciones de la Presidenta del Consejo, se realizara el referéndum definitivo a comienzos de 2017. La oposición accedió asistir a la recolección de las firmas bajo protesta por las condiciones que consideraron inconstitucionales. Sin embargo, ni siquiera se llegó a esa recolección de firmas ya que, el 20 de octubre, cuatro tribunales estatales suspendieron el proceso.

La medida avivó aún más las protestas callejeras, entre las cuales el 26 de octubre se convocó a la Gran Toma de Venezuela reportada, por los medios internacionales, como una manifestación de “cientos de miles” de personas[2]. Esa marcha dejó a un fallecido y más de un centenar de heridos y detenidos.

El mismo día que los tribunales suspendieron el revocatorio, Maduro salió de manera sorpresiva a una gira que culminó con una visita al Vaticano. Allí el Gobierno solicitó al papa que fungiera, junto a los ex presidentes de España, Panamá y Santo Domingo, como mediador en una nueva ronda de diálogo con la oposición. Oferta que fue aceptada por la oposición, a pesar de un fuerte escepticismo. Para arrancar el diálogo, la oposición concedió suspender la marcha que se había convocado al palacio presidencial de Miraflores para el 2 de noviembre, lo que condujo a la desmovilización ciudadana que había comenzado a cobrar fuerza.

A las pocas semanas ya el Vaticano expresó dudas sobre la voluntad del Gobierno de cumplir las promesas hechas en el diálogo y para mitad de enero de 2017 ya se había retirado del mismo. Lo que dejó a la oposición con las manos vacías. La opinión pública declaró a Maduro victorioso al haber logrado mantenerse en el poder evitando el referéndum revocatorio y desmovilizado las protestas en la calle.

Todos estos hechos acrecentaron el escepticismo en la posibilidad de salidas negociadas o electorales, así como la desconfianza tanto en el Gobierno como en la oposición. Este recelo quedó evidenciado, por ejemplo, con la encuesta LAPOP, de la Universidad de Vanderbilt, que levantó datos en Venezuela entre octubre de 2016 y enero de 2017. Dicha encuesta encontró, entre otras cosas, las percepciones más negativas de la economía del país en diez años con un 90% de las personas respondiendo que la situación había empeorado, 66% de la población opinando que Maduro debió haber dejado la presidencia por vía de la renuncia o el referéndum revocatorio, así como la satisfacción más baja con la democracia reportada por la encuesta en diez años, ubicándose apenas en un 26,5% de los encuestados[3].

Todo esto corrió paralelo a una situación económica cada vez más apremiante. Ante la falta de datos emitidos por el Banco Central de Venezuela, la Asamblea Nacional calculó la inflación anualizada hasta marzo de 2017 en 65,5%.

Las protestas de 2017

El primero de abril de 2017, la MUD volvió a convocar una marcha, luego de cinco meses de las realizadas el año anterior. El rechazo a las sentencias del Tribunal Supremo fue, en esta ocasión, el disparador. Los diputados, sobre todos los más jóvenes, aparecieron liderando la movilización en las calles. La generación que surgió dentro del movimiento estudiantil en 2007 a raíz del cierre arbitrario del canal de televisión RCTV, diez años después fue protagónica en la calle a través de jóvenes políticos como Freddy Guevara, Miguel Pizarro, Roberto Patiño, David Smolansky y Manuela Bolívar, entre otros.

La marcha se dirigió a las Defensoría del Pueblo exigiéndole al defensor, Tarek William Saab, un pronunciamiento en torno a los hechos recientes. En varios tramos se encontraron con barricadas de la Guardia Nacional y la Policía Bolivariana, siendo finalmente dispersados con gas pimienta y perdigones. A partir del 4 de abril las protestas comenzaron a convocarse a diario con escaramuzas cada vez más intensas, llegando al asesinato, el 6 de abril, de Jairo Ortiz, de 19 años, quien fue asesinado de un disparo en el pecho realizado por un Policía Nacional Bolivariano[4]. Esto ocurrió mientras el joven protestaba. Las imágenes de represión fueron contagiando la indignación y se reprodujeron las protestas a lo largo del país. Las redes sociales jugaron un papel relevante registrando y transmitiendo muchos de los abusos cometidos por las fuerzas de seguridad, que, además de reprimir dentro de las normas establecidas, fueron captadas cometiendo actos vandálicos, robando a manifestantes y asesinando con disparos a corta distancia.

El 18 de abril Maduro ordenó la aplicación del Plan Estratégico Cívico-Militar Zamora, que entre otras cosas implica “un despliegue de fuerzas militares, fuerzas milicianas y fuerzas populares”[5]. Lo que, dicho de otra manera, oficializó la incorporación de grupos armados paraestatales a la represión. De manera reiterada se observó el uso de “colectivos” armados, o grupos de civiles aliados al chavismo para intimidar a la oposición.

La oposición declaró a través de sus liderazgos que se mantendría en la calle hasta restablecer el orden constitucional, abrir un canal humanitario para atender a la crisis y liberar a todos los presos políticos. Las protestas fueron continuas durante cuatro meses hasta los primeros días de agosto. La Fiscal General contabilizó que en ese tiempo se produjeron 121 muertes y casi 2000 heridos. Fuentes periodísticas, haciendo seguimiento de los reportajes colocaron la cifra más bien en 157 asesinatos[6]. Lo cual hablaría de casi dos personas asesinadas por día. En realidad la letalidad de la represión fue incrementándose con el paso del tiempo llegando a días como el 30 de julio, en que se reportaron 12 asesinatos en distintas circunstancias. Asimismo la ONG Foro Penal contabilizó 5.092 arrestos de los cuales 1.325 personas permanecían en prisión a comienzos de agosto de 2017.

Como movimiento colectivo, las movilizaciones y este ciclo de protestas presentan muchas aristas. Una a destacar es la masiva participación de la población juvenil, reflejada en el saldo lamentable de 77 de los asesinados que tenían 25 años o menos, y por lo menos 11 de los cuales eran menores de edad[7],[8]. Los jóvenes desarrollaron sus propios códigos y, en última instancia, sus propias lógicas de participación.

En la Plaza Altamira, pude observar muchas de esas protestas a lo largo de los meses. Fue evidente el cruce de distintas perspectivas y el contagio emotivo que en un principio impulsó la dimensión y la intensidad de las protestas en el país. En la plaza se observó la variedad de movimientos: estudiantes universitarios, representantes de los partidos políticos, organizaciones civiles, una gran masa anónima, que incluyó a muchos jóvenes que fueron generando toda una indumentaria de protesta con máscaras de gas, escudos de madera pintados y bombas caseras.

Manuel Llorens

La ciudadanía en general dio pie a múltiples expresiones distintas que se conjugaron en la calle. Movimientos como el Laboratorio Ciudadano de Protesta No-Violenta intentaron servir de plataforma para coordinar e impulsar distintas expresiones. Aparecieron protestas creativas como Dale Letra usando pancartas y consignas originales que intentaban llegar al comienzo de las marchas; “Canta el Pueblo” y “Las Piloneras”, usaron canciones para darle voz al reclamo. Los músicos, muchos de ellos miembros del Sistema de Orquestas Juveniles, tantas veces utilizado por el Gobierno como emblema, participaron activamente con sus instrumentos, convirtiéndose tanto en víctimas como en símbolos de resistencia. La muerte de un joven violinista de diecisiete años, miembro del Sistema, llevó a que el Director de Orquestas de fama mundial, Gustavo Dudamel, quien aparecía a menudo en actos oficiales, declarara su rechazo a la represión.

Muchas esferas de la sociedad se sumaron al reclamo. Por ejemplo, los deportistas, que en general han sido de los sectores menos involucrados en el conflicto político, reprodujeron videos con proclamas contra el Gobierno. En el fútbol, los jugadores de varios equipos profesionales solicitaron permiso para hacer un minuto de silencio en honor a los caídos, pero la petición fue rechazada por la Federación Venezolana de Fútbol. En respuesta, los jugadores se pusieron de acuerdo entre ellos decidiendo que, aunque el árbitro pitara el inicio del partido, se mantendrían inmóviles, imponiendo la protesta a pesar de las presiones de los dueños de equipo, la Federación y el canal de televisión, en una modalidad original de desobediencia civil[9].

El hijo del Defensor del Pueblo publicó un video declarándose opositor al Gobierno y reclamándole al padre la represión contra las protestas y los dos asesinatos del día anterior, diciendo “pude haber sido yo”, lo cual condujo a expresiones similares de familiares de gobernantes. Médicos y estudiantes de medicina se organizaron en lo que llamaron la “Cruz Verde”, ofreciendo auxilio a los heridos durante las marchas[10].

En paralelo también se fueron conformando grupos de protesta violenta. En las marchas eran evidentes distintos grupos de diez a quince jóvenes encapuchados que se llamaban a sí mismos “guerreros” y que iban a la cabeza de la marcha dispuestos a devolver las bombas lacrimógenas y lanzarles piedras y bombas molotovs a la Guardia. Paulatinamente este grupo heterogéneo de jóvenes sin rostro se fue identificando como la llamada “Resistencia”. En entrevistas concedidas a medios internacionales se identificaron como estudiantes universitarios algunos, trabajadores otros, conectados a través de las redes sociales, en anonimato para no ser perseguidos por el Gobierno, opositores al mismo, pero cada vez más en desacuerdo tanto con los políticos de la oposición como con las expresiones de protesta no-violenta[11],[12].

En medio de las tensiones entre los que argumentaban a favor de la protesta pacífica y los que argumentaban lo contrario, el 27 de junio un funcionario de la policía científica robó un helicóptero, sobrevoló el Tribunal Supremo de Justicia y lanzó una granada, además de enviar un video llamando a la rebelión. El policía, Oscar Pérez, logró escapar y a los días apareció de imprevisto en una marcha. El llamado de Pérez no tuvo mayor eco dentro de las Fuerzas Armadas y fue difícil de interpretar para la mayoría de la población que desconfió de la autenticidad del gesto. Meses después, en enero de 2018, su asesinato por parte de las fuerzas de seguridad del Estado evidenció que Oscar Pérez apeló a un grupo de la llamada resistencia, que juntaron esfuerzos para intentar una insurrección violenta contra el Gobierno.

Esta heterogeneidad efervescente que en principio fue contagiosa, paulatinamente evidenció la ausencia de un liderazgo opositor claro que pudiese canalizarla. La coalición de partidos en la MUD, liderados principalmente por Primero Justicia donde milita Hernrique Capriles, Voluntad Popular liderado por Leopoldo López, Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo, tuvo graves dificultades para articular una estrategia coordinada. A pesar de que en las primeras convocatorias se vio de manera significativa el liderazgo de políticos de la oposición y que la represión gubernamental generó una indignación que multiplicó las protestas, en el camino, especialistas advirtieron que las mismas se fueron “anarquizando”, aumentó la violencia y el liderazgo opositor perdió fuerza para conducirlas[13].

La MUD, que había logrado un éxito importante en las elecciones legislativas de 2015, bajo la presión de las protestas, se resquebrajó. Intentando canalizar el malestar hacia manifestaciones cívicas, en varias ocasiones líderes de la oposición dieron mensajes contradictorios sobre los mecanismos y las horas de protestas convocadas. Además la presión de los mismos manifestantes en la calle a menudo condujo las protestas en direcciones distintas, rebelándose a los mensajes de los políticos.

Mientras eso ocurría en las calles, multitud de eventos políticos fueron ocurriendo que influyeron en el curso final. El 27 de abril el Gobierno comunicó su retiro de la Organización de Estados Americanos. El primero de mayo Maduro solicitó la realización de unas elecciones para formar una Asamblea Nacional Constituyente (ANC) con facultades plenipotenciarios para redactar una nueva Constitución y se fijó la fecha de la elección para el 30 de julio.

Protestas

El conflicto entre el Tribunal Supremo y la Fiscalía continuó. El 27 de junio el Tribunal Supremo de Justicia le otorgó al Defensor del Pueblo competencias de la Fiscalía y el 4 de julio, el mismo tribunal pasó por encima de la Asamblea Nacional designando una nueva Vice-Fiscal. Evidentemente rechazada dentro de la institución, en un episodio rocambolesco, intentó tomar el cargo ingresando escondida en la maleta de un auto a la sede del instituto, siendo descubierta y desalojada. El 5 de julio, grupos chavistas armados irrumpieron en la Asamblea Nacional e hirieron a varios parlamentarios. Grabaciones de las comunicaciones entre los grupos de choque y la Guardia Nacional encargada de custodiar el palacio legislativo evidenciaron la coordinación entre ambos grupos[14].

El 8 de julio, Leopoldo López, el preso político más reconocido, condenado a catorce años de cárcel luego de las protestas de 2014, fue sorpresivamente enviado a su casa a un régimen de casa por cárcel, disparando todo tipo de rumores sobre negociaciones entre el Gobierno y la oposición.

Pero fue la elección e instalación de la ANC la que marcó de manera definitiva el curso de las protestas. La MUD rechazó participar en esas elecciones reclamando que el presidente no tiene la facultad de convocarla y las reglas de la votación contravenían el principio democrático de que a cada persona le corresponde un voto, al organizar una elección “sectorial y territorial”. Como expresión de rechazo la MUD realizó su propio referendo sin concurso del Consejo Nacional Electoral, el 17 de julio, preguntándole al país si rechazaba la convocatoria a la ANC, reportando que lograron más de siete millones de votantes.

Nada detuvo, sin embargo, la iniciativa del Gobierno. El 30 de julio llevaron a cabo las elecciones y el 4 de agosto instalaron la ANC. El Gobierno afirmó haber superado los ocho millones de votantes, a pesar de que el mundo entero lo declaró un fraude, incluyendo la misma empresa encargada de contabilizar los votos[15]. A pesar del fraude, la reacción de la oposición fue desarticulada y débil. El Gobierno convocó inmediatamente a nuevas elecciones regionales y estatales lo que generó un nuevo debate entre participar o no. El mismo día en que se denunció el fraude, el presidente del partido Acción Democrática, sin consultar con los otros partidos, anunció que ellos irían a esas elecciones.

La elección de la ANC desinfló definitivamente las protestas. Tanto estas como la presión internacional no lograron evitar su instalación, como se había prometido. La fractura dentro del chavismo que se pretendió impulsar con las protestas a partir de la separación de la Fiscal tampoco sucedió[16]. En cambio la MUD acabó seriamente herida y en desbandada. El 8 de agosto Maria Corina Machado, una de las líderes más críticas, y su partido anunciaron su retiro de la Unidad.

Consecuencias

Los meses de conflicto dejaron un saldo doloroso para el país lleno de duelos por pérdidas de personas queridas, más presos políticos, agudización de la fractura entre las partes, pérdida de esperanza en salidas de la crisis, mayor presencia militar, así como la imposición a la fuerza de una instancia plenipotenciaria en teoría pero sin legitimidad en la práctica.

El chavismo logró sobrevivir con el poder, con fracturas menores (como lo fue la separación de la fiscal, junto a una ex defensora del pueblo y dos diputados, quienes se pronunciaron de manera pública contra la ANC). Los rumores sobre tensiones internas abundan pero solo se han evidenciado en cruces de órdenes contradictorias en algunos eventos públicos. De manera visible, la separación de la fiscal vino antecedida por órdenes de excarcelación emitidas por este organismo que los cuerpos policiales se negaron a cumplir, en algunos casos durante meses. Asimismo, llamó la atención que la suspensión del Referendo Revocatorio de 2016 lo hicieran tribunales estatales en estados dirigidos por ex militares (y no el Tribunal Supremo de Justicia), luego de que el Consejo Nacional Electoral hubiese fijado la fecha. Finalmente, en el operativo para arrestar al disidente Óscar Pérez y su grupo, se grabaron videos y audios que evidenciaron pugnas en la toma de decisiones, de manera notoria, entre cuerpos policiales y militares. Otra muestra visible de la lucha interna surgió en noviembre cuando el embajador de Venezuela ante la ONU, Rafael Ramírez, otrora cercano a Chávez y ex presidente de PDVSA, fue destituido y posteriormente acusado de corrupción junto a un grupo cercano de colaboradores.

Ante la fragmentación interna, unida a la pérdida de apoyo popular y la fuerte crisis económica, la militarización y la represión ha ganado cada vez más terreno. Para el 2016 las Fuerzas Armadas habían más que duplicado su número de efectivos en comparación con el 2012; el porcentaje del PIB dedicado a la defensa era más del doble de lo asignado en todos los demás países latinoamericanos salvo Cuba[17]; y la presencia de militares retirados o activos en el gabinete pasó de aproximadamente del 20% en 2013 al 40% en 2018[18].

Dolor país, las protestas de 2017 y sus secuelas

Quizás la consecuencia más visible en la población es la generalizada pérdida de confianza. Las encuestas tanto nacionales como internacionales ya evidenciaban los niveles más bajos de confianza en las instituciones para el año 2015[19],[20]. A eso se le suman niveles muy altos de desconfianza interpersonal. Se ha perdido la fe en representantes, instituciones y en el colectivo. Una muestra relevante de la desconfianza generalizada es la lucha interna y el desmembramiento de la misma oposición. Sectores de la población acusan a los políticos opositores de traicionar a los manifestantes que murieron en las calles. En la medida en que se acumulan muertes en los movimientos sociales, una parte de los afectados vive como traición la posibilidad de cualquier salida negociada[21]. Si bien la popularidad del Gobierno ha continuado en caída, el apoyo a la MUD no ha incrementado. Para diciembre de 2017, en una encuesta nacional, un 61% de la población evaluaba su gestión como mala. Esa misma encuesta[22] encontró que el 57% de la población evaluaba como negativa la gestión de la Asamblea Nacional, mientras que el 74% evaluaba como negativa la gestión de la Asamblea Nacional Constituyente. De manera que somos un país con dos asambleas, el lugar donde supuestamente se da el debate para concretar los grandes consensos, ambas, sin credibilidad.

En resumen, hay poca fe en salidas negociadas o democráticas. Opciones como las mesas de diálogo instalada en República Dominicana, con mediadores internacionales, han sido recibidas con mucho escepticismo. Para que el diálogo funcione debe haber un mínimo de certeza de que las partes cumplirán con lo prometido[23]. El gobierno ha demostrado de manera reiterada que rompe los acuerdos a pocas horas de haberse parado de las mesas de negociación previas. De manera inquietante, expresiones de lucha armada van paulatinamente apareciendo en el panorama, como el asalto al Fuerte Militar Paramacay en agosto de 2017 y otro asalto al Fuerte San Pedro en diciembre realizado por el grupo de Oscar Pérez, que al mes fue masacrado por fuerzas de seguridad. En paralelo, la emigración se ha multiplicado a niveles nunca antes vistos, lo que refleja la pérdida de la esperanza de gran parte de la población en una salida a la crisis. No se puede perder de vista que la situación económica expresada en la hiperinflación y el desabastecimiento de comida y medicinas se ha agudizado gravemente.

Todo apunta a una convivencia cada vez más precaria y una población cada vez más vulnerable. Los niveles de sufrimiento percibidos son apabullantes. Los psicólogos han buscado maneras para describir el sufrimiento colectivo como el que estamos observando en Venezuela. Martín-Baró[24] en El Salvador acuñó el término “trauma psicosocial”, para referirse a las incontables heridas en los individuos, pero también en la convivencia producidos por la violencia política crónica. La naturalización de la violencia como la opción evaluada por la mayoría como única posibilidad, la militarización de la vida cotidiana, la institucionalización de la mentira, la imposición a la fuerza como solución a los conflictos y el desprecio por la vida humana, son marcas de ese trauma que los venezolanos estamos padeciendo. La expresión de Bleichmar “dolor país” también resulta sugerente. Ella lo definió como “la relación entre la cuota diaria de sufrimiento que se le demanda a sus habitantes y la insensibilidad profunda de quienes son responsables de buscar una salida menos cruenta.”[25]

El panorama inmediato para recuperar la convivencia y articular salidas políticas negociadas al conflicto es más bien desolador.

 

Por Manuel Llorens 

*Este texto se publicó originalmente en la revista Nueva Sociedad (Argentina).


 

[1] Keller y Asociados. Estudio de la Opinión Pública Nacional: 4to trimestre 2016. 2016. <https://es.slideshare.net/anmon12/encuesta-keller-4to-trimestre-2016>

[2] Redacción BBC Mundo. “Toma de Venezuela”: cientos de miles salen a las calles a protestar contra el gobierno de Nicolás Maduro. 2016. <http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-37781493>

[3] LAPOP. America’s Barometer Brief: Venezuela 2016/17. <https://www.vanderbilt.edu/lapop/venezuela/AB2016_Venezuela_RRR_Presentation_W_052417.pdf>

[4] El Pitazo. Funcionario de la PNB fue detenido por asesinato de Jairo Ortiz. 2017.<https://elpitazo.com/ultimas-noticias/funcionario-de-la-pnb-fue-detenido-por-asesinato-de-estudiante-en-carrizal/>

[5] p. 1. Centro de Derechos Humanos de la Universidad Católica Andrés Bello. 10 pistas para entender el Plan Zamora. UCAB. Caracas. 2017. <http://elucabista.com/wp-content/uploads/2017/05/Para-entender-el-Plan-Zamora-CDH-UCAB-1.pdf>

[6] Runrunes. Fotos/Infografía y Mapa: 157 muertos en protestas en Venezuela hasta el #13Ago. 2017. <http://runrun.es/rr-es-plus/319427/fotos-infografia-y-mapa-muertos-en-protestas-en-venezuela-parte-dos.html>

[7] Alfredo Meza. Estudiante, de 27 años y en primera línea de las protestas: el perfil de los asesinados en Venezuela. Diario El País. 2017. <https://elpais.com/internacional/2017/08/01/america/1501549008_300999.html>

[8] Carlos Trapani. Eran solo niños. La Vida de Nos. 2017. <http://www.lavidadenos.com/eran-solo-ninos/>

[9] Manuel Llorens. Protesting on the field. Caracas Chronicles. 2017. <https://www.caracaschronicles.com/2017/05/23/protesting-on-the-field/>

[10] Megan Specia. Los médicos voluntarios de la Cruz Verde, al frente de las protestas en Venezuela. The New York Times ES. 2017. <https://www.nytimes.com/es/2017/07/14/cruz-verde-venezuela/>

[11] BBC Mundo. Quienes forma “La Resistencia” que protesta contra el gobierno de Nicolás Maduro. 2017. <http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-40743203>

[12] Maolis Castro. La rebelión de los encapuchados. El País. 2017. <https://elpais.com/internacional/2017/07/26/actualidad/1501104066_003012.html>

[13] Benigno Alarcón. ¿Violencia o resultados? El Ucabista. 2017. <http://elucabista.com/2017/05/15/violencia-o-resultados/>

[14] ver: http://runrun.es/nacional/venezuela-2/316514/audio-asi-fue-como-paramilitares-y-gnb-planearon-ataque-a-la-asamblea-nacional.html

[15] Redacción BBC Mundo. Smartmatic, la empresa a cargo del sistema de votación de Venezuela, denuncia “manipulación” en la elección de la Constituyente y el CNE lo niega. agosto, 2017. <http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-40804551>

[16] Tomás Straka. El round de Maduro. Nueva Sociedad. septiembre, 2017. <http://nuso.org/articulo/el-round-de-maduro/>

[17] RESDAL. Atlas Comparativo de la Defensa en América Latina y el Caribe. Red de Seguridad Defensa de América Latina. 2016. <http://www.resdal.org/assets/atlas-2016-esp-completo.pdf>

[18] Franz von Bergen. Más pretorianismo en el gobierno de Maduro. <https://twitter.com/FranzvonBergen>

[19] Yorelis Acosta. El Peso de la Ley: la transgresión a la norma se percibe como una práctica generalizada. SIC, 763, 100-102. 2014.

[20] Juan Trak; Lissette González y Maria Gabriela Ponce. Crisis y Democracia en Venezuela: 10 años de cultura política de los venezolanos a través del barómetro de las Américas. Universidad Católica Andrés Bello. Caracas. 2017.

[21] Daniel Bar Tal; Eran Halperin; Roni Porat y Rafi Nets-Zhengut. Why society members tend to support the continuation of intractable conflicts and resist peaceful resolution. En Golec, A. y Cichoka, A. (Eds.). Social Psychology of Social Problems. Palgrave Macmillan. London. 2012.

[22] Datanalisis. Encuesta Nacional Ómnibus, Diciembre 2017. <http://americanuestra.com/wp-content/uploads/2017/12/Encuesta.pdf>

[23] Michael Warren. Democracy and Trust. Cambridge University Press. Cambridge. 1999.

[24] Ignacio Martín-Baró. Psicología Social de la Guerra: trauma y terapia. UCA. San Salvador. 1990

[25] p. 29. Sivlia Bleichmar. Dolor País. Libros del Zorzal. Buenos Aires. 2002.

#DomingosDeFicción: De ahora en adelante

¿Alguien se acuerda de Detroit en el futuro? Exacto. Pasar la noche en el centro de la ciudad era pasar la noche en aquel Detroit pero sin la parte de los cyborgs de pinga como Robocop, ni las patrullas aerodinámicas en forma de tanque. Hagamos eso para un lado porque había lo otro: un eclipse para siempre y los malos más malos sobre la faz de la Tierra, con sus risas sabrosas que te despelucaban los cabellos de la nuca.

Nosotros vivíamos allí. Cuando llegábamos a casa después de hacer lo que hacíamos ya no había sol. Así que en resumidas cuentas, nuestra casa era esa negrura. Uno que otro poste de luz de yodo y el mazo de cocuyitos a lo lejos en un firmamento negro como el Planeta Muerto. Pero eran solo las luces de las barriadas desde las montañas del Más Allá. O las últimas almas despiertas al margen de todo.

Durante el día, para variar, era mi hermano quien firmaba. Filmar, corregía mi madre creyendo que hablábamos de cine. Pero portar el estilo es firmar, ma. Fir-mar. Total que el engendro firmaba porque tenía toda la cabeza rapada menos la tapa de los sesos, donde mantenía una platabanda hermética de rulos. El signo de Nike tallado en la sien. Y unas botas Patrick Ewing originales en marrón, con el autógrafo morado, a punto de escarapelarse por el julepe diario. Pero él las llevaba con la frente arriba. Mi padre se las dio cuando se hizo el milagro: pasó el examen de reparación de matemáticas el muchacho. Gran vaina. Yo nunca raspaba materias y por eso mismo no me echaban ni un peo de lado. Mis botas, unas Punto Blanco, fueron un negocio con los morochos Fuentes: Mario y Gabo. En realidad, Bebé Gerber y Gasparín. Dos tipos color apio que se pasaban el recreo entero vendiendo cachivaches robados. Después serían periqueros y otras cosas más, pero todavía estábamos en otros tiempos. Y a mí no me importaban demasiado los medios, mientras pudiera tocar el fin con los dedos de mis pies.

Jugar baloncesto en la cancha del Fermín Toro siempre fue un lío. Por mí no, porque yo driblaba a punta de fintas y jugaba piloto: la posición de los retacos y los enclenques. La cosa era por culpa de mi hermano Roger, delantero nato con extremidades de alambre. Convertía las cestas imposibles que el resto de nosotros soñábamos hacer. El problema venía cuando jugábamos contra los jubilados de quinto año. Cada uno del tamaño suficiente para sujetar la pelota con una sola mano, pegar un brinquito como si nada y clavarla con fuerza bruta. Tenían el aro doblado hacia abajo de tanto guindarse. Cuando perdían, se volvían las hienas del infierno. El piso lo llenaban de gargajos. Si encontraban a un menor curioseando, en el acto lo cosían a patadas. Uno de los más bocones nos decía que le trajéramos a mi papá o alguien de su rin, para cachetearlo. Y había un dientón sin alma que una vez se sacó la correa y azotó al perro que escarbaba la basura. La pagaban siempre con el más pendejo de la vida.

Papá Noel de Haití era un gordo masivo, fotocopia del MC merenguero Sandy, de Sandy & Papo. Tenía un copete en resorte cristalizado con gelatina. La primera vez que jugó contra nosotros, encolerizado por la derrota, le dio un empujón a mi hermano que lo bombeó hasta la reja. Pero la vez siguiente tuvo el detalle de jugar en nuestras filas. Con los años vendrían más guardianes de este corte, pero Noel fue el primero y el más grande que se apiadó de nosotros. De ahora en adelante, dijo mi hermano, somos tres. Lo bueno es que éramos más y teníamos un guardaespaldas para cuando las cosas se pusieran color de hormiga. Lo malo, pues que teníamos que pagarle a Noel con la amistad como él la conocía: hacer las cosas en cambote. Es decir, a toda hora estar los tres juntos, para arriba y para abajo.

No me quedaba tiempo para las cosas de verdad importantes, como limpiar la escoria de las calles con el sudor de mis propias manos. Tenía que trasnocharme jugando Streets of Rage sin volumen, para no despertar al mostro. Si por mala suerte levantaba a Roger, me quitaba el único control de un solo vergajazo. De vista nadie lo creía pero el diablo ese tenía la mano pesada, con un nudillo salido en forma de tachuela. Un solo golpe hacía que te doblaras de la contradicción, con un grito de sufrimiento y un hormigueo de risa. A veces yo me le resteaba y no había forma de que me quitara el control, pero entonces llamaba a mi madre con una actuación impecable.

Mamá tenía debilidad por él, aunque fuera cuatro años mayor que yo. La leyenda dice que ma perdió su primer embarazo. A su segundo intento, botó un bebé rosado con una estúpida frente de papa. El mismo que después se conocería como el psicópata del recreo. El incomprendido, entre otros títulos. Si lo dejaba graznar, fijo me ganaba una tunda a las dos de la madrugada. ¿Qué iba hacer? Tenía que cederle el control para que se creyera el rey. La mierda es que el Sega no era de nosotros sino de mi mejor pana de clases, Bemba, que me lo estaba pidiendo de vuelta desde hace un mes.

Se podía hablar de cualquier cosa con ese carajo. Lo quería como a otro hermano pero de mi propia edad. Después se murió su papá y le decían El Triste. Pasaba el recreo entero con los ojos metidos en sus barajitas de Magic. No se quitaba ni para bañarse la franela de Brujería, donde salía una cabeza degollada y una mano que la templaba por las greñas. Pero cuando Bemba era normal y su tragedia comegato era parte del futuro distante, hacíamos las cosas en espejo, como si fuéramos la misma persona separada en dos dimensiones distintas. De hecho, Bemba había sido expulsado del Luz de Caracas, liceo chiquiluqui, para después aterrizar en la pocilga donde encontró su versión mejorada: yo. Es una teoría que nunca quiso aceptar del todo por algo que se llama falta de humildad.

En fin, él juntaba cromos gringos del Dream Team y yo martillaba por aquí y por allá para completar el álbum pirata del Equipo de Ensueño que vendían en el quiosco. Él coleccionaba monedas y estampillas que venían del mundo entero. A mí me daban lo justo para una empanada y un jugo diario, así que me puse a coleccionar tarjetas usadas de teléfono. Traían impresos paisajes de lo largo y ancho del territorio nacional, que nunca me parecieron lo mismo cuando por fin los visité en carne y hueso. Bemba no hablaba casi pero era tremendo as en los videojuegos. Cuando le compraban un casete, lo terminaba la misma tarde. La tía le trajo el Neo Geo de los Estados Unidos, así que me pasó su vieja consola de Sega. Fue un regalo de un hermano a otro. Pero la misma tía le pidió la antigua consola, para retrucársela al niño de su señora de servicio. A mí se me salió una coba automática: le dije que se la devolvería la semana siguiente. Mi boca se movió y en el aire quedaron las palabras.

Por esos días hubo una justa implacable contra un combo de San Martín. Eran completos alienígenas en el Fermín Toro, pero había respeto de por medio gracias a las leyendas de su inmisericordia. La ex de mi hermano estaba en una esquina de la cancha. No se habían visto más desde que ella lo mandó a tragar píldoras de Ubicatex. Ahora era jeva de Experimento, uno minado de pecas y chicharrones magenta que venía con los forasteros. Dos tipos grandes tomaron al pelirrojo por el brazo y nos retaron a ver cuál era nuestra alharaca. Un rapidito a cinco puntos.

Roger, Noel y yo nos deslizamos sobre las líneas de la cancha. Sacamos balón y anotamos de una. Me marcaba uno de los tipos grandes que echaba codazos a maldad y me jalaba la camisa cuando no podía alcanzarme. Pasé la bola a mi hermano, que le hizo una bandejita en la cara al pelirrojo y quedó lelo. Punto. Noel hizo el saque con parsimonia; rebotando con una mano, indicando el pase con la otra. Pero eran solo patrañas para llegar a su zona mágica, la burbuja de tiro libre. Hizo su brinquito clásico y lanzó en suspensión. Punto. De nuevo Roger eludió fácil al pelirrojo con su drible de morisquetas. Se metió en el área y lanzó un gancho que uno de los tipos grandes al fin taponeó. Pero la pelota quedó en mis manos. La convertí desde la raya de tres. Chao pescao.

En estos casos Noel decía las palabras de cierre. Desalójenme la cancha, repito. Obedeciendo el mandato, se paró y se fue la jeva de Experimento. Experimento como tal estalló en una rabieta ciega con algo de llanto. Un segundo después, voló por los aires como una baraja y sonó feo al caer. Era un movimiento que solo le había visto a Yokozuna, pero a Noel le salió natural. Era muy firmante ese gordo del diablo. Durante su retirada, los tipos no ayudaron al herido. Pero sí nos gritaron desde lejos para invitarnos a jugar en la cancha de sus bloques. Donde sea, cuando sea, dijo Noel, mientras hacía un meneíto como en el baile del perro.

Un lunes a primera hora, la cara de Bemba estaba sin consuelo. En sus manos el Sega con el control fracturado, enmendado en adhesivo. A grandes rasgos, le dije la verdad: Marico, Roger y yo tuvimos una tángana y esto fue lo que quedó. Salvé lo que pude. Bemba sacó los ojos del aparato y los puso en mi cara. Iba por el sexto mundo, dándole guasasa al jefe de los malos. Roger se levantó y quiso quitarme el control. No lo solté. Me encapuchó con la sábana y me torteó un buen rato. Cuando al fin pude reaccionar, la pantalla estaba congelada con las rayas verdes y fucsias: había desencajado el casete para hacerme arrechar. No importa cuánto avancé por los drenajes de la ciudad ni cuántos enemigos aniquilé, todo se había ido al garete. Tenía que recomenzar desde cero sin méritos. Me entró el demonio. Casi despescuezo a Roger. De la nada emergió mi madre para salvarlo y dio un portazo que tumbó cable, control y Sega. Bemba cerró la bemba. No sé si prende, le dije con toda sinceridad.

Hasta aquí más o menos los acontecimientos fueron verídicos, aunque no precisamente en ese orden. Digamos que comenzó cuando las letras de Streets of Rage brillaron de más y caí en cuenta de que si el muñequito en la pantalla era yo, pues yo era su todopoderoso –¿Para qué diablos lo hacía pelear todas las noches en contra de aquellos cabrones mala gente? ¿Y si era más bien al contrario: ellos Los Chéveres, el muñequito malo y yo una fuerza que lo programaba todo por capricho? Dios debe decir estas cosas cuando habla solo, o sea, a cada rato–. Total que una lacra del mundo tres me quitó el último corazón de vida. Me cegó la cólera y batí el control contra el suelo. Lo demás fue rápido. Oí la carcajada de Roger y nos enzarzamos a vida o muerte. Mi madre intervino. No halló otra forma de separarnos que lanzarnos el Sega. Mientras lo esquivamos, pudimos verlo desintegrarse en el cosmos sucio de la pared. Bemba, le dije. Perdón, chamo. Quise distraerlo de esa cagada con una invitación al Campeonato de Baloncesto de Tres. Pronto nos batiríamos con los de San Martín. Un sueño nacional estaba a punto de cumplirse. Pero no mordió el anzuelo. Tampoco pronunció palabra durante el resto de la mañana.

El fin de semana apareció mi papá. Nos llevó a la piscina del Hotel Tamanaco, dijo que pidiéramos lo que se nos antojara. Lo cual era otra forma de decir papas fritas más hamburguesa full equipo. El ciclón de mi padre golpeaba las costas de vez en cuando y era como guao. Secuestró a mi madre en una habitación aparte. Y alquiló otra más para que no jodiéramos el parque Roger y yo. Ambos tomamos rumbos distintos por los confines del hotel. Yo anduve realengo por el lobby. Pegué un par de mocos en el brazo de un sofá. Meé en el lavamanos. Viví la vida. Sobre los teléfonos públicos de la recepción, pillé un par de tarjetas que no tenía. La Puerta de Miraflores de Monagas y el Cerro Perico de Puerto Ayacucho. Volví a la piscina para contarle a Roger la primicia pero estaba ocupado hablando con dos niñas en bikini. Cuando llegué hasta él, no me las presentó. Ellas jamás se quitaron los lentes de sol, y hablaban castellano como si tuvieran una papa caliente bajo la lengua. Dejé mis tarjetas en el revoltillo de mis bermudas con la franela, a un lado de la piscina. El resto del día me dediqué a flotar en el agua celeste.

Tarde en la noche, prendí la tele y salió Sylvester Stallone peinado como gánster de antaño. Una chistorra dizque cómica. En el otro canal estaban dando Robocop 2. Ahora sí hablábamos de cosas serias. La injusta, mugrienta y futura Detroit. Allí los rufianes se daban bomba, echándose unas carcajadas de espanto fuera de la tienda que acababan de desvalijar. En cuestión de segundos, derrapó un automóvil. Se abrió la compuerta y del hueco emergió el pico de una metralleta, que soltaba asteriscos de fuego azul por cada ráfaga. Pero salió del baño Roger y me arrebató el control remoto. Era la final del Torneo de las Américas en Portland. El Equipo de Ensueño norteamericano versus la selección de Venezuela.

Llamamos por teléfono al gordo Noel. ¿Estás viendo el partido, man? No solo lo veía. Estaba rezando por la nación en pleno, junto a su madre y sus hermanas. ¿Quién quieres ser tú?, me dijo mi hermano. Él se creía Scottie Pippen, así que nadie podía repetir su personaje. Del otro lado de la línea, Noel dijo ser Gabriel Estaba. Era un gordo achinado de los Bravos de Portuguesa, que había jugado un poquito en la NBA. Yo escogí a Charles Barkley, un mestizo coco pelado impulsivo como él solo. Se cagaba en el réferi, en el entrenador y hasta en su propia camiseta de ser necesario. Para mi información, que jode tiempo después, una loca del baloncesto me dijo que yo no tenía un pelo de Barkley sino la vista segura, transparente y sutil de Michael Jordan. Naturalmente, fue la hembra de mi vida. Pero para eso faltaban unos cuantos años luz. De vuelta al televisor del Tamanaco, pudimos ver en vivo y directo cómo se quemaron los minutos del juego más importante del territorio hasta ese instante.

La semana siguiente fue nuestro partido. La final contra los de San Martín en su propia casa. No recuerdo la fecha del día, pero ya era de noche. Como un video sin los colores de verdad, todo se veía en anaranjado y negro por culpa de los postes de yodo. La camionetica por puesto –llamada El Vengador IV– nos dejó en la plaza y empezó la llovizna caliente. Tuve un mal presentimiento. Me callé la boca para no ser yo el pavoso del equipo. En nuestros pechos seguía la derrota reciente del país a manos de nuestros propios héroes. Una molesta terquedad nos había llevado hasta allí. Noel alzó la mano para mostrar la empinada callejuela que tendríamos que subir. La senda de los guerreros invictos. Los botines se nos llenaron de agua, pero la goma de las suelas era demasiado pro porque no resbalaba ni un chin.

Entramos a la cancha y había cuatro gatos. Experimento sin camisa, más alebrestado que de costumbre, una sombra y el par de tipos grandes. Solo uno de ellos dos iba a jugar el partido. El otro tipo cedió su puesto por un recambio estelar de último minuto. Caracas sin Luz era un tinto con la cabeza crecida para atrás como un ser de Alien, el octavo pasajero. Tocaba el aro de pie, alzando la mano. No precisaba saltar. Vamos a jugar a siete. Fue la primera de las dos únicas vainas que dijo en toda la noche. La otra fue: Cáguense, que de aquí no salen vivos.

Sacaron balón y Alien la clavó. Se quedó guindado del aro. Sacó la lengua y se chupeteó su propia boca con un ruido sádico. 1-0. El tipo se la pasó a Alien. Alien a Experimento. Experimento al tipo y este lanzó de tres. La pelota no entró, pero ellos dijeron que sí. No había forma de constatar aquello, porque el aro no tenía malla. 4-0. Alien sacó y me le pegué atrás. Era demasiado rápido, entonces lo pisé y la bola se le salió de las manos. Esta fue a dar a Noel, quien se atrevió a un doble paso con bandeja y la hizo. 4-1. Roger me la pasó a mí, no supe qué hacer, así que se la di de vuelta. Mi hermano conejeó al tipo. También burló a Experimento, pero este se quedó picado y le cobró una zancadilla fea. Mi hermano derrapó antes de pasarme la pelota. Su alambrera de piernas y brazos chocó contra el piso. Subió una catarata de agua de charco y sonó como el fin de nosotros.

Todo el mundo se le quedó mirando a Roger, enchumbado de inmundicias. Cuando gritó mi nombre, recordé que tenía el balón entre mis manos. Así que lancé y para adentro. 4-2. La saqué, Alien me la robó, se la pasó al tipo y este la convirtió. 5-2. El tipo fue asaltado por Noel, mejor conocido como Aventura en la Zona de Tres. Lanzó bien pero la bola rebotó en el tablero y se la embolsilló Experimento, quien hizo una locura y no la metió, pero la contaron como que sí. 6-2. Mi hermano se la roba al pelirrojo y la convierte desde donde está. 6-3. Me pasa la bola, no veo luz y me lanzo de tres. 6-6. La partida se replantea a ocho puntos. Inspirado, driblo al tipo, escapo de Alien y con todas mis fuerzas le lanzo el pase a Noel. Pero Experimento mete la cara y se lleva tremendo balonazo en el cachete. La recoge mi hermano. Salta como nunca antes habíamos visto, roza el aro con las puntas de los dedos y le encesta en la cara a Alien. 6-7. Se la doy a Noel y la hace de tres. Hasta la vista, babies.

No sé cómo salimos de allí, pero mi hermano y yo llegamos a casa. Se supone que a Noel lo despellejaron vivo en la parada del autobús pero tampoco sé cómo terminó aquello. Lo que sí sé es que recorrimos en reversa la senda de los guerreros. Faltaba nada para llegar a la acera de los buses. El gordo se empeñó en caminar lento, como si no tuviéramos pavor de aquella victoria. ¿Se asustaron?, dijo. Si están cagaos pidan tiempo. Yo mismo paré el primer autobús que vi y me desgañité llamando a Roger, que también le daba largas al pánico. Cuando hay que irse, siempre se queda como un perro en estado de alerta. Captando vibraciones en el aire, oliendo emociones para reaccionar. Lo arrastré por un brazo hasta la escalera de la camionetica. El horror se inoculó también en el alma del gordo, pero sus ojos pestañeaban en neutro. Era un maldito kamikaze. Lo jalé por la franela: Súbete, gordo. Se soltó con un meneo de malcriado. La próxima es la mía, dijo. Gallinas.

Como las gallinas, comenzó a cacarear bajo la lluvia. Se doblaba los dedos para atrás y para adelante, aunque ya ninguno hacía cric crac. La magia había escapado de sus huesos. ¿De qué hablas?, le dije. Pero eso ya no se oyó por la bullaranga de los motores. El chofer se puso en marcha y mi hermano y yo nos salvamos por un pelo gracias a la intervención de José Gregorio Hernández. Un altar de El Venerable estaba soldado al tuyuyo de latón del que salía la palanca de velocidades. Pagué por los dos como estudiantes que éramos, pero el chofer y el ayudante me cayapearon: Tarifa nocturna, menor. Era el precio inventado, con recargo, que tantas veces tuvimos que pagar. ¿Qué se puede decir? Ni tu Envidia pudo Conmigo se llamaba la camionetica. Ninguna de estas cosas distrajo a mi hermano. Agachó la cabeza y tenía las metras de los ojos exorbitadas, mirando lo que no se puede mirar. El infinito se movía por debajo del suelo. Lo dejamos morir, dijo bajito. Entonces yo repetí lo mismo pero sonó peor todavía. A veces ganar es perder. Y nos perdimos en el eclipse como dos doñas en la fe, que murmuran adentro de la nada a velocidad de crucero.

Noel reapareció en el liceo dos semanas más tarde con el semblante de un difunto vivo. Era pleno recreo. Los jodedores lo agarraron de sopa. Le decían Lázaro y Terapia Intensiva. Tenía un bolsito de tela guindado del cogote, donde mecía su brazo muerto. Dos gajos negroides en cada ojo como si acabara de llorar petróleo. Y el copete de esponja sin la potencia antigravedad de los primeros días. Nos echó una mirada de matón desde una esquina, rodeado de sus nuevos compinches. Gasparín y el bobo del hermano, quienes también montaron cara de cañón. Qué qué qué, dijo el gordo desde el otro lado. Me di cuenta de que además tenía un chichón brillante en la ceja. Que te sobes, dijo Roger, que eso se hincha. La gente esperaba un poco más de acción a la hora de la salida. Aunque no pasó mayor cosa por aquel momento. Y aquellos pobres diablos siguieron en sus mismos pasos, tras la sombra del más grande de los zombis.

Gracias al cielo mi madre no vio aquel esperpento de lástima. Pero se lo olió porque la noche de la victoria, nada más entrar a la casa, nos recibió con una tormenta eléctrica. Nos castigó por tantos días que hasta ella perdió la cuenta. Sin saberlo, el grito que pegó encerraba nuestro acertijo cuántico: tenía horas sin saber dónde estábamos metidos, mientras que nosotros no teníamos idea de cómo nos habíamos salvado.

La mañana del día siguiente, Bemba todavía no me hablaba. Esperé al recreo para encararlo. Mira, le mostré tarjetas telefónicas. Una cascada de espuma de afeitar sobre un pozo de salsa soya. Matorrales de gamuza fucsia entre peñones de plomo. Un cerro en forma de tetilla humana. Comenzó a mover el coco en aprobación. Qué bien, dijo. Ahí no he ido. Allí, menos que menos. Yo sí, le dije, y le conté sobre un viaje inventado, para unir los pedazos rotos de una hermandad que llegaría más allá del día de nuestro último respiro.

 

Por Hensli Rahn Solórzano | @HensliRahn

*Este relato está incluido en el libro Dinero fácil (Libros del Fuego, 2014). Obtuvo Mención Especial en el 69º Concurso de Cuentos de El Nacional