Un corazón roto en Navidad

Detesto a la gente que odia la Navidad. A mí, por mi parte, me encanta. El arbolito plástico (nevado), el ponche crema, bailar gaitas con gorditas en el Poliedro o la falsa ensalada de gallina son cosas que se me hacen insoslayables y necesarias apenas prenden la cruz del Ávila. Se trata de un ritual que cumplo año tras año y que me produce una inmensa felicidad. Sin embargo, hay personas que piensan distinto. Dicen que las navidades son pavosas. Que hay que estar obligadamente contento y que, por otra parte, es un mes en el que se muere mucha gente.

Esto último puede que sea cierto, aunque dudo mucho de que la festividad tenga la culpa. O tal vez sí, ahora que lo pienso mejor.

Un 24 de diciembre me invitaron a una cena en Oripoto. La abuelita de la casa también cumplía año ese día y la celebración era por partida doble. La viejita rondaba los 84 años y exhibía una acerada vitalidad. Una Úrsula Iguarán de peinado carísimo. La familia había preparado una fiesta de fábula para homenajear a la octogenaria. Recuerdo que habían contratado a un chef de esos que hacen hallacas “deconstruidas” para la cena. Además había mariachis, DJ con música de Billos, mesoneros gays (que están de moda) y hasta Betulio Medina se presentó con un cuatro a las diez de la noche cantando Navidad sin ti. Pero la nochebuena aún depararía más sorpresas.

La doña homenajeada tenía un nieto favorito que vivía en Boston y al que tenía años sin ver. La familia, en una jugada que ellos consideraron maestra, había logrado traer al nieto (un tipo cuarentón que guardaba un parecido inquietante con el poeta Leonardo Padrón) y se lo tenían reservado para la medianoche.

A las doce en punto la celebración estaba en su esplendor. La abuelita se había tomado dos Margaritas que la animaron a mostrar sus cualidades en la guaracha, el pasodoble y, me parece, hasta en el reguetón. Los cómplices de la “gran sorpresa” se miraban con caras anhelantes y desconcertadas. Al parecer el nieto tenía fama de embarcador y borracho.

Pero el timbre sonó puntual.

El nieto, en un alarde creativo no solicitado, le había agregado un plus a la sorpresa de la noche. Se presentó disfrazado de Santa Claus y con media botella de Chivas Regal entre pecho y espalda. Noté, con alarma, que se golpeaba la barriga como si fuera un King Kong nórdico. Gritaba “Jo, Jo, Jo” en una lengua exótica y sus botas eran en realidad unas pantuflas producidas y remasterizadas con betún hasta las rodillas.

La señora en un primer momento no lograba entender todo aquello. A medida que el nieto se aproximaba a la abuela, éste iba despojándose de algunos aditamentos del disfraz. Cuando finalmente se quitó la barba postiza, la señora sólo alcanzó a decir ¡Gustavito!

Rescarven llegó como a la media hora pero a mí me pareció que llegaron en Semana Santa. En el interín, hubo vasos de agua con azúcar, alguien clamaba por un “tilito”. Un señor calvo y de corbata chillona intentó una resucitación cardiopulmonar sin los resultados que uno acostumbra ver en ER.

La cosa había sido fulminante.

Cuando hubo pasado todo y yo estaba por irme, el nieto “Santa” me agarró por un brazo y me llevó a un rincón. Cuando lo vi de cerca pensé que tal vez lo conocía de antes. Un hippy del San Bernardino de mi infancia. Un novio de una prima brincona.

Con ojos llorosos y aliento a trementina, me dijo:

–Negro, y pensar que me dijeron que si no venía le rompería el corazón a la vieja.

 

Por Salvador Fleján |  @salvadorflejan

#DomingosDeFicción: Mi amigo el Grinch

Querido Federico:

Ya sé que te molestan y hasta te desconciertan los correos largos, reflexivos y llorones. Pero es que a ti después de viejo te ha dado por ausentarte, por trotamundear, por acumular millas, y a uno no le queda más remedio que recurrir a esta virtualidad que tanto detestas. Sin embargo, prometo ser breve, incluso no aburrirte. Lo que sigue a continuación intentará, de alguna manera, justificar la pinta de zombi que traje a mi regreso del viaje, pero también (y quizá esto sea lo más importante para ti), develarte el misterio de la caja de Etiqueta Negra desaparecida de tu biblioteca.

Tenías razón, Federico, el apartamento de Puerto La Cruz era una belleza. Tal vez un poco “egipcio” para mi ánimo: esos grabados de Tutankamón en el lobby y los ascensores tipo Gattaca me hicieron sentir como si visitara una almibarada atracción de Disney. Pero, haciéndose el loco, uno no puede sino asombrarse de que hayan podido levantar algo así en ese morro de piedra plagado de iguanas.

La verdad es que fue un gesto noble de tu parte el habérmelo prestado en Navidad mientras tú te quedabas varado en Caracas. No estoy seguro que de haber sido ése mi caso yo hubiera hecho lo mismo contigo, pero para eso están los amigos y tú, para fortuna mía, eres de los pocos que me van quedando. Recuerdo que ni te inmutaste cuando te conté de los problemas que estaba teniendo con la Gorda Raffalli. Con esa envidiable frialdad con que sueles evaluar las cosas, determinaste que aquello era una tontería; nada que un poco de intimidad, playa y whisky con agua de coco no fuese capaz de solucionar. Fue entonces que me ofreciste el apartamento de Puerto de La Cruz y yo, sin saberlo, estaba firmando el acta de defunción de mi noviazgo.

Enamorarse después de los 40, Federico, puede que tenga algunas ventajas, muchas, quizás. Se supone que uno a esa edad ya tiene el álbum de barajitas casi completo, que sólo faltan las especiales y ésas, por lo general, llegan solas o simplemente no llegan. Pero las desventajas, lo sabes mejor que nadie, suelen ser obvias, predecibles y, con toda certeza, dolorosas.

Nada más fíjate mi caso con la Gorda.

Ricardo ¿o fue Albinson? me la había presentado en uno de esos bautizos de libros en El Buscón. Ya sabes, el típico evento lleno de talleristas sexagenarias, poetas sin poesía y estudiantes de letras a un tris de la inanición. Ella se le estaba escondiendo a Jack Pérez-Díaz por un asunto que ni recuerdo. Debe haber sido uno de esos libros chorizos que le han allanado el camino a la Academia y que él suele delegar a su corte de arribistas sumisos. Al parecer, la Gorda, le había fallado contumazmente en una de sus encomiendas y el académico la buscaba sin tregua.

En su juego del escondite me utilizaba como escudo, cosa que en ese momento me pareció divertida y hasta aventurera. Desde aquel día me cautivaron sus brazos rollizos y tersos, su ceja izquierda levantada a lo Mata Hari y su catálogo de chistes clichés: “No sé si cortarme las venas o dejármelas largas”, era el preludio de una extensa rutina que en poco tiempo aprendí de memoria.

Pero resultó que aquella niña traviesa, aficionada al escondite literario, tenía mi misma edad y ostentaba el difuso expediente de toda cuarentona recién divorciada. Cuando comenzamos a salir, llevaba dos meses atravesando por lo que ella denominaba “un proceso de introspección”. Su proceso de introspección tenía que ver con el abandono de un novio rockero, full tatuajes y piercings espeluznantes, al que le llevaba catorce años de edad.

También había un ex marido irresponsable, un hiperquinético hijo de nueve años y demasiados problemas colaterales. Te estarás preguntando por qué no pegué la carrera apenas vi semejante combo. Esa respuesta sí que no la tengo, viejo, pero a veces me gusta pensar en mi teoría del álbum incompleto para que algunas noches (con sus mañanas) me sean más leves.

Como recordarás, todos los rollos empezaron cuando al ex de la Gorda le dio por alterar el delicado ecosistema de las parejas divorciadas. De un día para otro, el tipo comenzó a perderse todos los fines de semana que le tocaba quedarse con Robertico, el hijo de ambos. En un principio me entretenían las excusas del hombre. Eran creativas e insólitas. Combinaba, con maña de guionista, argumentos médicos, líos de faldas y amenazas de muerte. Nunca unas hemorroides tuvieron tanta credibilidad para exonerar responsabilidades paternas.

Pero al mes y medio, ya yo estaba harto. Las piñatas y obras de teatro infantiles eran lo de menos –el “plan familiar”–, como decía la Gorda. En realidad lo que más me cargaba eran los mediodías de sexo apurado en hoteles de El Rosal y, por supuesto, el escasísimo tiempo que aquellos planes familiares y el trabajo de ella nos dejaban como pareja. Una tarde de sábado, mientras hacíamos una cola interminable en Bimbolandia, tuve una epifanía. Cometí el error de compartirla con la Gorda:

―Tu ex anda enculado, amor.

En un principio ella pensó que me refería a las hemorroides del papá prófugo. Explicó que el asunto de las hemorroides era verídico, que le constaba. Cuando le aclaré a qué me refería y examinamos los otros temas, ya no pudo dar el aval que le conferían diez años de matrimonio al lado del fugitivo. Entonces sentí la necesidad de reafirmar mis sospechas:

―Al pana, lo único que le falta, es que lo persiga la KGB.

Ésas, y otras frases que no vienen al caso, nos fueron sumiendo en una espiral de peleas sin triunfos y discusiones en círculo que desembocarían, como ya sabes, en el Diciembre Negro. Pero, ¿de qué valía tener la razón cuando el presunto causante de nuestras desdichas se asoleaba en Los Roques al lado de su nueva pasión?

Un viejo axioma, entre actores de Hollywood, aconseja nunca trabajar con perros y niños. Esa máxima sólo llegué a entenderla el día en que conocí al hijo de la Gorda. Esa vez, el niño iba vestido de karateca y en su mirada advertí un irrefrenable deseo de largarme una patada voladora. Sin embargo, Robertico estaba en posesión de otros métodos mucho más sutiles de ejercer la violencia: las derrotas que me propinaría, tiempo después, en el scrabble y el ajedrez me dolieron muchísimo más que cualquier mawashi geri directa al mentón.

A decir de la psicóloga holística del chamo, Robertico era un niño índigo. Esto, en cristiano, sintetizaba características y destrezas que iban más allá de los juegos de mesa: pronunciaba frases célebres (propias) sin esfuerzo alguno, pero también era capaz de desplegar una rebeldía calculadora y fría cuando iba en pos de algo. “Es un niño comunicador”, ponderaba la madre en medio de las muy frecuentes pataletas que solía escenificar su Karate Kid.

El asunto era que madre e hijo se amaban con locura y yo llegué en el mejor momento de su idilio. ¿Quién diablos se acuerda de las contrafiguras de Macaulay Culkin en Mi pobre angelito? ¿Quién se acuerda, incluso, de Macaulay Culkin, Federico?

A Puerto La Cruz llegamos de noche y estresados. Robertico me había hecho morder el polvo en cuanto juego se le había ocurrido a la Gorda meter en el bolso de mano. Eso, aunado a la cara de educado hastío que ya comenzaba a exteriorizar mi novia, eran suficientes indicios para presagiar lo que me aguardaba en el apartamento.

Ya en el terminal comenzarían mis problemas. La Gorda tenía tres rasgos chocantes que yo luchaba por convertir en divertidos: era aficionada a los taxis caros, las sortijas escandalosas y las mentiras elaboradas. Era publicista. De esos tres, Robertico había heredado el primero. Este hallazgo genético me fue revelado en aquel terminal sospechosamente desierto. Ya en Caracas me habían advertido sobre los profesionales del volante del Puerto, pero jamás imaginé que aquellas exageraciones había que multiplicarlas por cuatro. En un descuido, nuestro Pequeño Saltamontes, desapareció y reapareció con Moncho, un personaje que sería clave en aquellas malogradas vacaciones. Moncho no tenía dientes pero sí la tarifa más alta que me han cobrado por ocho minutos de viaje en taxi. No sé de dónde lo sacó el niño, pero tomando en cuenta lo que pasó luego, a veces pienso que se paró en medio de una rueda de taxistas adormilados y preguntó quién andaba urgido de plata para operar a la abuelita del corazón.

De más está decir que Moncho y Robertico congeniaron de inmediato. Camino al apartamento, Robertico repitió tres o cuatro chistes que han hecho célebre a la Gorda en su círculo de amigas. Su don de la improvisación era proverbial. Moncho se divirtió horrores cuando el muchachito le aconsejó que dejara el taxi y montara una franquicia de chicharrón con pelos, que con eso tendría más tiempo para el “piernicuquilambiteteo”; palabra ésta que no me sorprendió tanto como la impecable dicción con que la pronunció.

En vano busqué un gesto de pudor, quizás desaprobación, en la Gorda: ni siquiera la madre de Jerry Seinfeld hubiese puesto la cara de orgullo maternal que exhibió mi novia en ese momento.

En esa primera noche de acomodos y adaptaciones me quedé dormido profundamente, consciente y anhelante de los días por venir. En mi fantasiosa concepción de aquel viaje, me entretuve pensando en las delicias turcas que me aguardarían. En los desayunos en la cama. Las locuras en la ducha. En la ley de las compensaciones. Fue un sueño reparador y estimulante. También fue la única noche que logré dormir completo.

La Gorda se despertó al siguiente día como a las once de la mañana. Yo me había despertado a las seis, con el horror y la incertidumbre de no tenerla a mi lado. La busqué, como si se me hubiese perdido un lente de contacto en la arena. El apartamento, a aquella hora de la mañana, lucía como una oficina en prometedor viernes de puente vacacional. En una de las habitaciones la hallé. Traía puesta la bata de tiritas que tanto le quité con los dientes. Robertico le abrazaba un muslo como si se asiera a un ciprés en medio de un repentino sismo. La televisión estaba encendida y me costó reconocer a Jim Carrey metamorfoseado en peluche verde. Vagamente puedo recordar la escena: el Grinch le juraba venganza a un pueblo que lo despreció por feo y diferente. “Les robaré la Navidad”, prometía Carrey con dientes perfectamente podridos.

En ese momento no logré comprender, en su justa dimensión, la profecía que me regalaba la televisión. Por ocio, me dio por buscar el bolso donde la Gorda traía las películas que nos sustraerían de las horas muertas. Sé que no es el momento de atribuir responsabilidades, pero por la pasión con que Robertico vio cada noche a Jim Carrey urdir maldades, me dio por especular con aquel bolso convenientemente olvidado en el taxi de Moncho, en una chicharronera de El Guapo o en un tramo ignoto y distante del closet del diablito.

Aquel primer día de vacaciones se lo dedicamos a las diligencias que tú me asignaste y que yo prometí cumplir con devoción calvinista. Moncho, en un alarde mercadotécnico, había dejado su tarjeta de presentación y a él acudí de nuevo, resignado de convertirme en sus “utilidades” de fin de año. Sin embargo, por lo que cobró aquel día, casi estuve a punto de ser su jubilación. Nos hizo un Tour de areperas por las cercanías de Lecherías y habló pestes del gobernador del estado con sano resentimiento mientras acudíamos a pagar las facturas de luz, agua y teléfono. Media hora nos bastó para enterarnos de que había sido escolta o chofer de su odiado gobernador y que una injusta liquidación lo había puesto en el bando contrario.

Al regresar, no quise ir a la piscina y me quedé solo en el apartamento. Traté de distraerme un rato con la televisión pero un breve zapping cargado de lluvia radioactiva y franjas multicolores me indicó a las claras que se nos había olvidado cancelar el servicio de cable. Aquí tuve otra de mis múltiples revelaciones de aquel diciembre: supe lo difícil que era hacer vida en pareja, así fuese por unos días, sin televisión. Uno puede sobrevivir sin Internet, sin periódico y, aunque no lo creas, sin celular. Pero sin televisión no, Federico. Al otro día volvería a la ciudad para enmendar la omisión pero un cartel, escrito con caligrafía atroz, le deseaba una feliz navidad y un próspero año nuevo a todos sus distinguidos subscriptores.

Fue entonces que comencé a tomarme al Grinch en serio. Pensé en él imaginándome a uno de esos amigos forzosos e instantáneos que te pone el azar en el camino. El tipo de compañía indeseable con la que tienes que lidiar en una fiesta, en la cola del automercado o el consultorio del odontólogo.

La Gorda y Robertico subieron tarde en la noche. Yo había intentado hacer una paella que me quedó salada y con un ligero aspecto a mazamorra. “Tiene buen sabor”, pretendí vender el adefesio a mis comensales que ya veían los platos con una mezcla de desconfianza y asco.

A los diez minutos, Moncho ya me esperaba en el lobby. Por teléfono me había comunicado que conocía una pizzería cercana y solidaria. La palabra “solidaria” sonaba desacreditada en boca del taxista. Mi fe en Moncho, miento si no lo digo, comenzaba a resquebrajarse, pero aún lo consideraba mi Virgilio en aquel Hades lóbregamente mayamero.

Moncho me llevó a un sitio donde esperé mi orden rodeado de una decoración pretendidamente rusticana y en la que pude reconocer sillas y mesas manufacturadas en Quíbor. En el local había muchos alemanes, canadienses e italianos. También algunos parroquianos ansiosos de emigrar a los países de sus vecinos de mesa. En la espera, Moncho se despachó con sed delirante media docena de cervezas que me cobraron como si en realidad estuviéramos en la Toscana. Nunca me dio las gracias.

De vuelta al apartamento, las pizzas llegaron frías y chiclosas. Con todo, las devoramos con hambre ancestral y nos dispusimos a hacer la digestión mirando la única película que nos acompañó en esos días y que, como una maldición gitana, me acompañaría en los meses siguientes. Creo que me quedé dormido en el primer tercio de película. Desperté solo y mal acomodado en el puff donde me había sentado horas antes. Le eché un vistazo al televisor. Jim Carrey estaba montado en un trineo con una niña. El trineo estaba a punto de irse por un despeñadero. A pesar de los tintes dramáticos que prometía la escena, apagué el aparato y fui en busca de mi novia, a quien hacía esperándome sin la bata de tiritas y ardiendo de loca pasión.

La puerta de nuestra habitación estaba cerrada con seguro.

Una ráfaga de ira y frustración me azuzó la idea de derribar la puerta con un hacha. Pero ni yo tenía ganas de emular a Nicholson en El resplandor, ni en el apartamento había un arma de esa naturaleza. Traté de serenarme pensando en que todo había sido un descuido de la Gorda. Más aún: lo tomé como una broma macabra por parte de ella para insuflarle más deseos a nuestro postergado apareamiento vacacional. Sin embargo, un primerísimo primer plano de una manita verde y peluda girando una cerradura, insistía en torpedear las hipótesis anteriores.

Con esos pensamientos en la cabeza, me dediqué a vagabundear por el apartamento en busca de una revista o un libro que me indujera el sueño y calmara un poco mi ansiedad. Ahora que lo pienso mejor, el culpable del asunto de la caja de Etiqueta Negra fuiste tú, Federico: ¿a quién se le ocurre guardar una caja de whisky en una biblioteca?

Lo que son las cosas, aquel hallazgo inesperado y terapéutico, fue lo que me salvó de tirarme por el balcón en las noches que vendrían a continuación. Fue el señor Johnny Walker, con su añeja sabiduría, quien impidió que yo aterrizara en uno de los toldos de la piscina y tú te ganaras una severa amonestación de la junta de condominio.

Con parte de mi botín y un poco de hielo salí al balcón a ver la noche estrellada. En la marina había un yate anclado que siempre vi solitario y apocado. Aquella noche, empero, se bamboleaba con una inquietante animosidad. Al rato, una pareja salió a la cubierta. Pensé que andaban en la misma onda planetaria en la que me encontraba yo, pero el sonido de una cachetada (que la brisa marina trajo con prontitud) denunció que las cosas en el yate andaban más terrenales que siderales.

La mujer se apeó del barco sosteniéndose la mandíbula con ambas manos. El tipo, como si nada, se metió en los camarotes al tiempo que la mujer huía por el embarcadero. Poco después, el agresor, emergió de nuevo en la cubierta empuñando una botella de vodka y hurgándose en los testículos, como si ahí se le hubiera perdido un objeto valioso. Toda la escena parecía sacada de un libro de Malcolm Lowry.

Desde el balcón, yo me debatía entre no meterme en problemas ajenos o bajar en auxilio de la agredida. Mi decisión, a la postre, resultaría cómodamente cobarde pero acertada. A la media hora la mujer regresó al yate. El hombre había puesto algo de Dead Can Dance y pegaba unos brincos desacompasados en la proa. Por instantes, alternaba su danza con una patética rutina que le vi ejecutar a Marcel Marceau cuando la plaza venezolana aún era su caja chica. La reconciliación entre la pareja, si es que la hubo, apenas duró un par de minutos. Tiempo tras el cual se internaron en los camarotes y un conticinio desolador se apoderó de toda la bahía.

De pronto me invadió un cansancio extremo, no sé si producto del exceso de adrenalina o porque a la botella apenas le quedaba un par de dedos del contenido. En algún momento me arrastré hasta uno de los sofás. Al recostarme, sentí como si un anestesiólogo recién graduado hubiera exagerado la dosis y yo era la víctima de su mala praxis. Tuve un sueño extraño: siempre me ocurre cuando no me modero con el escocés. Estaba en altamar en medio de una calma chicha. Lógicamente navegaba en el yate de la pareja explosiva, pero ésta no se encontraba a bordo. En la embarcación sólo íbamos la Gorda, Robertico y yo. De repente y, sin venir a cuento, comenzamos a discutir por el control del timón. Era una discusión tonta e infantil. Privaban argumentos técnicos (o eso me pareció) que la Gorda esgrimía como un lobo de mar. Pero también el simple capricho se apoderaba de la disputa como si estuviéramos decidiendo dónde colocar un mueble en la sala. En esa andábamos cuando el cielo se puso completamente gris y un viento helado sacudió el yate como si fuera de juguete. En este punto desperté. O más bien me despertaron. Mi novia me observaba como si yo hubiese quebrado un jarrón chino. Cuando tuve más conciencia de mí mismo, noté que me encontraba tirado a una notable distancia del sofá. Tenía la botella aferrada al pecho y me faltaba un zapato, como si acabara de sufrir un accidente de tránsito.

―Moncho nos va a llevar a Isla El Saco. Apúrate ―dijo y me entregó el zapato que me faltaba.

Horas más tarde entendería que “saco” y “diablo” perfectamente podrían ser sinónimos lejanos e intercambiables. También me preocupaba la presencia de Moncho en ese paseo: ¿manejaba un taxi-peñero en sus horas libres? ¿Cuál sería su tarifa por milla náutica navegada? En todo eso pensaba mientras me arreglaba y trataba de alejar de mi cabeza esas menudencias logísticas.

No sé en qué momento de la mañana me vi embarcado en un peñero con exceso de pasajeros y pocos salvavidas. De hecho, los salvavidas lucían como objetos meramente decorativos: el de la Gorda parecía un sugerente strapless y el mío un collarín futurista. A eso había que sumarle un mar de leva, anécdotas con tiburones por parte del lanchero (que resultó ser un primo de Moncho) y un sol inclemente. Cuando al fin llegamos, toda la isla parecía hundirse bajo el peso de la típica fauna playera venezolana. Tías gordas y señoriales, maridos borrachos e insolados, patillas frías y descomunales, abuelitas diabéticas, latas de sancocho, cavas y adolescentes hormonales tapizaban cada rincón de la isla como si se tratara del último refugio atómico antes del Armagedón.

Con más voluntad que éxito, traté de hallar dos metros cuadrados dónde colocar nuestras cosas. Habíamos llegado a las doce del mediodía y eso, por supuesto, atentaba contra cualquier expectativa de sombra. Los toldos parecían exhibir un cartel que advertía que serían desocupados en el próximo quinquenio. Fue entonces que se me ocurrió una idea. Una idea que, de haber contado con el equipo de producción de Survivor, puede que hubiese funcionado.

Conseguir las cuatro estacas de madera fue una proeza menor a encontrar el sitio dónde enterrarlas. Forzosamente me vi en la necesidad de hacerlo muy cerca de los baños públicos; un lugar sospechosamente higiénico y disponible. Improvisé un toldo con mi toalla de Spiderman, que amarré a las estacas con un dudoso nudo marinero. La faena me llevó una media hora de sudoraciones y maldiciones. Cuando terminé, quise premiar mi espíritu scout en el kiosco de las cervezas. Ni siquiera había llegado al sitio cuando, con embobamiento infantil, vi como mi toldo de superhéroe alzaba vuelo de reconocimiento por toda la playa hasta amarizar, sin mucho estilo, veinte metros allende a la boya de seguridad. Una gaviota revoleteó muy cerca de la toalla que aún flotaba. Por instantes temí que el pájaro le cagara encima al hombre araña.

Cuatro cervezas más tarde me acerqué a la zona de desastre. El control de daños hacía pensar en una estampida de elefantes kenianos. Robertico le había hecho una demostración de “katá” a un amiguito y las estacas yacían desmenuzadas en la arena como prueba fehaciente de la fuerza interior del niño. Me devolví al kiosco de las cervezas.

Las siguientes cinco horas fueron de relativa tranquilidad. La Gorda socializó rápidamente con una pareja, a la que mantuvo seducida toda la tarde con su acostumbrada rutina de chistes y chascarrillos a cambio de una porción de sombra. Robertico volvió a hacer su exhibición de Katá, pero esta vez utilizó al amiguito de sparring. Yo me mantuve en el kiosco tomando cervezas y mirando como una señora con un trapo amarrado a la cabeza batía el récord de fritura de empanadas.

Antes de irnos, a madre e hijo les dio por la nota ecológica y me invitaron a una “cruzada de limpieza”. Armado con una bolsa y mucha paciencia, me di a la tarea de recolectar botellas, pañales desechables, periódicos, muñequitos de plástico, best sellers, colillas de cigarros y cosas tan improbables como unos lentes de soldador y un termómetro. En cuarenta y cinco minutos recibí todo el sol que no había tomado en la tarde y eso lo pagaría caro aquella misma noche.

Ya en el apartamento, y mientras me disponía a ducharme, la Gorda entró al baño. Me llamó la atención que se me quedara observando la espalda con una mirada inquietante. “Tú no vas a dormir esta noche”, sentenció. La frase, por supuesto, no poseía la carga erótica que yo tontamente le atribuí. Las primeras gotas de agua sobre mis hombros serían la confirmación tajante de que mi insomnio obedecería más a razones médicas que sexuales.

Apenas salí de la ducha me sentí enfermo. Era como si me hubiesen puesto a hervir en una olla junto a unos apios y unas batatas. Llamé a Moncho, quien de nuevo me garantizó que conocía una farmacia “solidaria” y cercana. Cometí el error de no decirle que sólo necesitaba un pote de Caladril y unas aspirinas. Por lo rápido que arribó, tuve la sospecha de que había mudado su base de operaciones al lobby del edificio. Montados ya en el carro, el taxista me participó que haríamos un “toque técnico” antes de ir a la farmacia.

La primera parada fue en un barrio de alta peligrosidad llamado “Las Charas”; un lugar particularmente feo y aterrador donde Moncho tenía una novia. Allí me hizo esperarlo media hora mientras arreglaba un asunto con la mujer. Luego pasamos por una licorería, después por un remate de caballos y, por último, a dejarle un paquete a un compadre. En la farmacia conseguimos aspirinas pero no Caladril. El dependiente me vendió un menjurje anaranjado que olía a aceite de hígado de bacalao. Ya de regreso al apartamento, el taxi se apagó como si lo hubieran desenchufado. Por solidaridad (desprestigiada palabra que se me pegó de Moncho), tomé la decisión de acompañar a mi taxista hasta que éste resolviera el problema con el carro. Cerca de las dos de la madrugada apareció una grúa y en ella nos fuimos Moncho, el taxi y yo. Nuestro destino, según supe a tiempo, era un estacionamiento perdido por unos arrabales que intuí lejísimo de mi destino. Previendo un infortunio más, le pedí al gruero que me dejara en una arepera que vi abierta mientras íbamos por una avenida céntrica. Moncho no quería soltar a su presa tan fácilmente y argumentó, con estudiada preocupación, que la zona era “candela”. No quise discutir con Moncho, pero después de la media hora que pasé en “Las Charas”, tuve la certeza de que aquella arepera era tan segura como el cuartel general del FBI.

El ardor en el cuerpo me obligó a aventurarme hasta los baños del local. Cuando me quité la franela y me vi la espalda en el espejo, éste me devolvió una espléndida imagen para un comercial en contra del cáncer de piel. Sin pérdida de tiempo me embadurné con el sucedáneo del Caladril y me tomé tres aspirinas. Al poco rato comencé a lamentarlo. No sé que era peor, si la piquiña que me dio desde la nuca hasta el cóccix o el ofensivo hedor de la pomada que competía con el del baño. En la barra pedí dos utilitarias arepas de salpicón de mariscos: una para mitigar el hambre in situ y la otra para despistar las narices del taxista que se atreviera a llevarme.

Cerca de la arepera había una línea de taxis. Hasta allí me acerqué contando con aprehensión el dinero que me quedaba en la cartera. Mi nuevo chofer resultó ser toda una revelación. El hombre era aficionado a Air Supply (Lost in Love era el himno del taxi), tenía buenos modales y me cobró sospechosamente barato. Esto último me animó a pedirle una tarjeta de presentación. “Hasta aquí te trajo el río, Moncho”, me dije revanchista y esperanzado cuando el taxista me entregó una tarjetica color magenta con su nombre escrito en tipografía Broadway.

No recuerdo qué hora era cuando entré al apartamento, pero estaba ansioso por compartir mi nuevo hallazgo con la Gorda. Quería darle la buena nueva de nuestra independencia del “yugo solidario” de Moncho, enterarla de que no caeríamos en bancarrota antes del término de nuestras vacaciones. Pero a la puerta de nuestra habitación lo único que le faltaba era el cartelito “Not disturb” y que le clavetearan unos listones anti huracanes contra el marco. El espíritu de Jack Nicholson volvió a rondar por mi alma pero decidí que lo mejor era dejar el asunto para el desayuno. Hay cosas que se ven más claras y en su justa dimensión cuando se está enfrente de una taza de café humeante y un par de huevos fritos.

Me apertreché con una nueva botella y me fui al cuarto de Robertico a ver si por casualidad pescaba un canal, así fuera evangélico. Cuando encendí el televisor me encontré con una noticia buena y una mala. Milagrosamente me había topado con un canal de señal abierta, pero ¿a que no adivinas qué película navideña reponían?

Fui al balcón con la secreta intención de presenciar un nuevo round entre la pareja explosiva, pero el yate ni siquiera estaba anclado en su sitio. Me fijé que la piscina también era el lugar de esparcimiento de las iguanas que poblaban la parte agreste del morro: correteaban por entre sillas y toldos, dormitaban en cónclave bajo el techo de una churuata y hasta vi, con cochina envidia, cómo un par de animales verdes se apareaban, impúdicos, cerca de unos matorrales.

Viendo aquella felicidad silvestre me dio por pensar en lo difícil que pueden llegar a ser las relaciones humanas. Supongo que entre las iguanas también son dados los conflictos de intereses, las relaciones de poder y todo ese tipo de inequidades que hacen venir a pique cualquier relación, así sea entre una pareja de lagartos. Pero en los seres humanos fatalmente se cumple aquello de que “lo que va mal seguro irá peor”. De la fórmula “intimidad, playa y whisky con agua de coco” que me recetaste antes de darme las llaves del apartamento, apenas el whisky resultó un azaroso alivio que ni siquiera contó con el bautismal exotismo del agua de coco.

El siguiente día me pilló en el balcón. Por la posición del sol y el ardor en mi cara, calculé que eran las once de la mañana. Me asomé a la piscina y vi a la Gorda y a Robertico flotar encima de una orca de hule. La ballena era grande y de expresión bobalicona. Madre e hijo cabalgaban sobre ella como si entrenaran para una función en el Sea Aquarium.

Decidí que era el momento de aclarar lo que la realidad me ofrecía como obvio. En la noche, mientras observaba a las iguanas, tuve suficiente tiempo para buscar un responsable al cual achacarle el desastre en que se habían convertido las vacaciones. No me daba cuenta de que lo ocurrido en las vacaciones tan solo era la evidencia física de un mal que tenía rato incubándose. Con terquedad ciega me empeñé en ver fantasmas culposos por todos lados. Me dio por imputarle cargos a la temperatura del aire acondicionado, a una horrenda serigrafía de Modigliani guindada en la habitación, a la textura de las sábanas, al ph de mi aliento. Cuando bajé y encaré a la Gorda, un nuevo elemento, hormonal y técnico, se sumó a mi confusión:

―Tengo síndrome pre menstrual ―dijo por todo mientras le acariciaba el lomo a la orca inflable. Luego recitó, como si acabara de “googlearlo”, algunos síntomas del padecimiento y hasta me pareció que se palpaba el vientre en aras de darle un toque veraz y pedagógico al diagnóstico.

Al apartamento subí con una duda clara. Si la Gorda hubiese dicho “post” en vez de “pre” la excusa no hubiera sonado tan flagrantemente anacrónica. Puede, incluso, que hasta unos calmantes le hubiera ido a buscar con mi nuevo taxista. El problema era que yo conocía al dedillo el ciclo menstrual de la Gorda y su pretexto sólo sirvió para caer en cuenta de que el único ciclo que estaba por terminar era el nuestro.

Producto de la tristeza tomé una decisión malcriada y onerosa: consideré que lo mejor era poner tierra de por medio y marqué, con exagerado dramatismo, el número del fan de Air Supply. Una voz, con Lonely is the night de fondo me invitó a dejar un mensaje y me deseó feliz navidad.

Moncho llegó a los diez minutos.

El terminal parecía un centro de refugiados bosnios. Los pasajes a Caracas eran una entelequia disponible para la segunda semana de enero. Cuando le pregunté a Moncho si sobre Puerto La Cruz se cernía una amenaza inminente de meteorito, el taxista me señaló con el dedo una de esas pizarras electrónicas que dan la hora y la fecha colocada encima de una taquilla. Supongo que saber que aquel día era 24 de diciembre me animó a proponerle a Moncho lo que sería el jackpot de su carrera como taxista.

Antes de emprender el viaje de regreso a Caracas quise pasar por el apartamento a terminar de recoger mis cosas. También quería saber si mi novia había reflexionado sobre lo nuestro. La Gorda no estaba pero había dejado las llaves con el vigilante del conjunto. Subí con Moncho. Instintivamente me desvié al cuarto de Robertico donde el televisor estaba encendido a lo Poltergeist. No sé por qué lo hice pero extraje el DVD del Grinch del aparato y lo guardé en su carátula. Estaba distraído leyendo la sinopsis de la película cuando Moncho entró a la habitación sosteniendo la última botella de Etiqueta Negra que quedaba en la caja.

―Te la dejaron junto con esto ―dijo y me entregó una nota escrita con la caligrafía nerviosa de la Gorda: “Love gone away and held out of season”, decía a la manera de esos poemas que se improvisan con letras magnéticas en la nevera. Hubiese preferido que me dejara una estrofa de “Sin rencor”, pero esa ridiculez sólo la pensé mucho más tarde.

Como sabes, el fin de esta historia llegaría pocos meses después de aquel diciembre, pero ese cuento ya te lo sabes de memoria y prometí no aburrirte con mis necedades. Sólo espero que me perdones lo del whisky y, por supuesto, el silencio funerario que hasta hoy guardé.

P.D: Hasta hace poco tuve la superstición de que tus apartamentos de veraneo estaban empavados. Hoy sé que eso no es así y hasta vergüenza me da el haberlo pensado.

Chico, ¿tú crees que tengas desocupado el apartamento de Venecia para finales de agosto?

 

Por Salvador Fleján |  @salvadorflejan

Buscando a Henry Martínez en Google

Parece la hora del recreo en un colegio. Nunca –no esta temporada– había visto tanta gente en la prueba de sonido de una de las Noches de Guataca que son de día (gracias, inseguridad). Reviso mi teléfono: 10:10 am. El CC Paseo Las Mercedes y los alrededores de El Trasnocho están deshabitados. Pero dentro del Espacio plural se vive al ritmo de la hora pico: músicos entran y salen del camerino, el percusionista Julio Estanga –invitado especial para la ocasión– no para de golpear una batería y una caja. Lo veo tan metido en su papel, que temo que se lastime una mano antes del concierto.

Pero eso no puede suceder: hoy no.

Hoy todo tiene que salir bien.

El área que funge de escenario parece la cantina de cualquier colegio. ¿De dónde salen tantas personas? Hoy es el cierre de temporada de las Noches de Guataca y se presenta la Cátedra Libre de Canción de Autor, un taller de composición lirica que dictó el maestro Henry Martínez en la Escuela Contemporánea de la Voz –institución creada por el artista y productor venezolano Alejandro Zavala–. Es decir, un grupo de nueve estudiantes hoy presentarán sus trabajos finales.

Por eso la energía, por eso el apuro: por eso esa aura de nervios que quiebra las telarañas. Hoy nueve músicos interpretarán las canciones que escribieron en el taller de Henry Martínez. Y lo harán tocando junto a Henry Martínez. Hoy nueve músicos son liceístas que presentan su proyecto final vestidos con una franela que dice generación de relevo.

Hoy nada debe salir mal.

 

Breve inciso.

Si se busca al maestro Henry Martínez en Google es poco lo que se consigue en entradas de texto, pero en imágenes el asunto es más alarmante aún. De hecho, ya el quinto resultado de páginas web es un perfil de Wikipedia sobre un futbolista hondureño que prácticamente nunca ha tenido carrera fuera de su país.

Vamos.

Henry Martínez –el venezolano, no el hondureño– es un compositor de amplia trayectoria y de un trabajo muy reconocido en toda América. Es llamativo que solo tiene un perfil en Wikipedia en inglés. Ahí se menciona que trabajó en Warner/Chappell Music y que ha compuesto canciones para artistas como Marc Anthony, Frankie Negró o Jerry Rivera.

¿Por qué, entonces, cuando escribo Marc Anthony en Google me aparecen más de cien millones de resultados de un flaco de huesos marcados y lentes oscuros? La comparación es injusta, pero necesaria: Henry Martínez –por mercadeo e industria– no tendría porqué ser tan famoso como Marc Anthony. La comparación es injusta, sí, pero necesaria, repito: Henry Martínez debería ser una figura con mucha más visibilidad en la red, en la escena musical, en el entorno artístico venezolano. En un Google configurado a la medida de mis intereses.

¿Por qué solo encuentro una foto de Henry Martínez?

 

Un técnico de luz pone una escalera en frente de todos los instrumentos y sube en ella como un niño asciende en sus ilusiones: buscando iluminación. Aquiles Báez, director de Guataca, se sienta al lado de la escalera. En un ambiente tan fraterno el calificativo de maestro le sobra: aquí todos son sus panas.

Pero no se equivoquen: él sigue siendo el jefe.

Consulta su reloj, luego de intercambiar abrazos con Alejandro Zavala, y ordena apresurar la prueba de sonido. La gente, dice, está esperando para entrar y el tiempo apremia.

Son más de nueve músicos que tienen que hacer ensayos. No da tiempo, debieron empezar antes. Algunos rostros se ven preocupados. Otros se ponen a la altura de las circunstancias. Las cortinas que separan el backstage del escenario se corren. Gente se mueve por doquier.

¿Dónde está Henry Martínez?

Pasan 15 minutos. Aquiles se vuelve a poner de pie. Que hay que apurarse, vamos. Que no da tiempo de probar esto y aquello, vamos mejor directo a lo otro. Vamos. Desde afuera, se escucha el murmullo de voces expectantes. En lo que va de temporada no he visto esta sala llena. ¿Hoy será distinto?

La cortina del backstage se mueve, una productora la atraviesa con frecuencia. Es entonces cuando veo las canas, las arrugas, la espalda encorvada: Henry Martínez.

Nicola Rocco – Guataca

No puedo saberlo, no puedo corroborarlo, pero imagino que está cual abuelo esperando la presentación de sus alumnos: cual abuelo que quiere pasar el testigo a la generación de relevo.

 

¿Cuántos venezolanos están en el exilio?, ¿cuántos han migrado? La primera interpretación se llama Forastero. María Gabriela Urdaneta es una guitarrista con voz y aura de colegiala que camina hacia el éxito. Le dedica la canción a su hermano y la sala, llena hasta el punto que el equipo de producción se sienta en pequeñas escaleritas, la escucha con una atención reverencial.

Hay algo importante en lo que está empezando: un ritual de cierre que es, a su vez, un ritual de comienzo. Se cierra la temporada de Noches de Guataca. Lo hace una generación de músicos que inicia como compositores.

Julio Estanga toca la percusión. El maestro Henry Martínez, sentado, rasga la guitarra. Mantiene la vista puesta sobre las partituras. Por eso –y por su posición y sus lentes– da la sensación de que está dormido. De que toca como un sonámbulo: el maestro que cierra los ojos para que sus alumnos los abran.

¿Por qué no se oye más sobre Henry Martínez?

Geraldine Ojeda canta Solitita y sin amor, una pieza con aires españoles y una melodía más elocuente que la letra. De la melancolía de la pieza anterior, el público pasa al bamboleo de lo contagioso. Geraldine, que goza mientras canta, suma brillo a sus ojos cuando al final de su interpretación presenta a la siguiente alumna, una cantante con recorrido y de quien se declara fan: Ana Cecilia Loyo.

Todos los alumnos, antes de cantar, deben leer una composición en prosa que escribieron en el taller. Ana Cecilia rompe lo establecido y lee una décima, acaso una de las composiciones poéticas más exigentes. Parece que exime la prueba y se dispone a hacer lo que mejor se le da: cantar. En Sol en contradanza la emoción y alegría que le pone es lo más llamativo: solo quien ama lo que hace es capaz de seducir al público.

Como por no dejar, busco a Ana Cecilia Loyo en Google. La pantalla de mi smartphone me arroja casi 200 mil resultados: varios videos de YouTube, varia decenas de fotos, unas cuantas entrevistas.

Repito: ¿por qué solo encontré una foto de Henry Martínez?

 

Otro breve inciso.

Hace días conversaba con alguien de la movida guataquera, quien me expresaba su deseo de que todo lo que ocurría dentro de tan maravillosa plataforma fuera más popular: llegara a más gente.

Yo, que por naturaleza me muevo entre nichos, entendí a lo que se refería. Pero en estas cosas siempre me surgen ciertas dudas: ¿las formas de cultura que están fuera de lo mainstream hacen todo lo que pueden en difusión y marketing?, ¿los artistas están preparados para hacer autopromoción?, ¿hay un interés real de las personas que conforman la industria en cuestión de hacer que la misma crezca sin perder calidad?

Pero, a veces, también me hago otras preguntas: ¿qué lugares ocupan los artistas dentro de nuestra sociedad?, ¿estaremos condenados a que se mente como artistas a hosts, animadores y personajes de TV, con el mismo espíritu con el que se confunde librería con papelería?, ¿qué estamos haciendo como país para que los artistas ocupen el lugar que deben ocupar y no vivan detrás del culto a militares y caudillos?

¿Qué estamos haciendo como país?

 

Cecilia Loyo presenta a Andy Ortiz contando que, antes de empezar el taller, él le comentaba nervioso que se sentía un poco desencajado: era el único del grupo que no hacía música venezolana. Cecilia extiende la anécdota como un chicle y, sin perder la sonrisa, pide que se valore y respete lo que hace Andy.

Me revuelvo en mi asiento.

Negro, con esos dreadlocks que nunca se sabe qué tan largos son pero que uno intuye que bastante al verlos amarrados en un intento de cola, y con un cuerpo que parece extraviarse dentro de una camisa y un pantalón mínimos. Andy tiene esa voz seca de varios músicos y un rostro que hace imposible determinar su edad: si te guías por las canas y algunas arrugas, dices que tiene como 40; si te guías por la timidez de los movimientos, lo enjuto y la composición total del rostro, cuesta pensar que llega a los 22. Total, que Andy lee un párrafo, rasga su guitarra eléctrica –mientras María Gabriela se dispone a hacer el coro– y comienza a dilucidarse una balada pop que, ciertamente, parece sacada de otro espectáculo.

Nicola Rocco – Guataca

Pero la interpretación musical no solo es agradable, sino que el inicio de la letra de Andy tiene la capacidad hipnótica de los buenos relatos. Como casi ninguna otra composición a lo largo de la jornada, te agarra por el pescuezo y te invita a seguir: desde el inicio llega adonde otras no pueden luego de finalizar.

Todo acaba con aplausos y se produce, entonces, el único pecado de Andy: abandona el escenario sin presentar al siguiente cantautor.

—Perdón –se oye que dice ya desde detrás de la cortina.

Sonriente, con las manos en los bolsillos, los hombros caídos y una pinta de cualquier cosa menos de músico, aparece cual niñito travieso Ángel Ricardo Gómez: el mismo que fuera periodista de cultura en El Universal. Acaso a eso se debe su atuendo de veterano de los diarios. De cualquier forma, cuando lee la prosa que escribió no queda dudas de cuál es el alumno que lleva más tiempo trabajando con las palabras: la suya es la mejor de lejos. Habla de una mujer que cocinaba tan bien que sus platos eran composiciones musicales y así ganó un Grammy. ¿Será Ángel Ricardo un periodista que escribe tan bien que sus oraciones suenan a música? La metáfora toca suelo cuando comienza a cantar: su voz está a la altura de su prosa.

Minutos luego, el público no lo deja presentar al siguiente cantautor: una interminable ola de aplausos lo interrumpe cada vez que se dispone a hablar.

La gente sabe reconocer el talento.

Otro breve –y esta vez último– inciso:

¿Se imaginan el Poliedro de Caracas lleno por un concierto de este tipo? ¿O es fantasear mucho? Okey. ¿Se imaginan toda la Plaza Alfredo Sadel llena por un concierto de este tipo?

Tengo una relación de amor y odio con el marketing. De amor, porque me parece que se pueden hacer verdaderas genialidades en favor de difundir manifestaciones genuinas de talento. De odio, porque con frecuencia se utiliza para explotar las necesidades más primitivas de las personas y vender todo cuanto sea posible: todo.

Es obvio que lo que no se promociona no se vende. Y yo, por alguna razón, disfruto mucho compartiendo las cosas que me apasionan.

¿Se imaginan las Noches de Guataca –que son de día– colmando la Plaza Alfredo Sadel?

 

Álvaro Rojas es el más chamo del grupo –o el de rostro más juvenil– y capaz por eso es a quien mejor le calza eso de “generación de relevo”. El muchacho, guitarrista, interpreta Luz y yo no sé muy bien si es que –como ocurre en la música folclórica venezolana– quiere mantener fija una sonrisa que nadie puede mantener de forma espontanea por tanto tiempo, o si más bien es su forma de hablar y listo.

De cualquier forma, me cae bien la frescura con la que encara su oficio.

Nicola Rocco – Guataca

July Biells canta Quién dice y, luego, el mandolinista Jorge Torres –a quien Henry presentará como uno de los mejores mandolinistas del país– se estrena como cantante. Lee el texto en prosa que escribió en el taller y ahí nos cuenta sobre ese hijo de familia de clase baja que anda en malos pasos y le saca canas a todo el mundo. La suya, que no llega al nivel de la de Ángel Ricardo Gómez, será una de las pocas prosas que alcanzaré a recordar más tarde: una de las pocas que me resultará significativa.

Interpreta Gaita para la Luna. Sin embargo, lo mejor ocurre cuando sus dedos tocan la mandolina. Su voz no está entrenada para cantar; y aunque la composición lirica está bien, no sale del papel ni alcanza a conversar con el público. Pero cuando suena la mandolina es como si el ambiente se llenara de palabras que no sé decodificar pero que algo me están diciendo.

Aquí el concierto hace un inciso –el concierto, no yo–: Andrea Paola, músico y miembro del equipo de Guataca, cantará una canción que compuso. ¿Por qué? Porque es amiga de Henry y esposa de Jorge. Porque no pudo hacer el taller debido a su apretada agenda laboral y, en consecuencia, empujó a Jorge a que lo hiciera. Porque aunque no fue a las clases, las clases sí fueron a ella: las conversaciones maritales giraron en torno a las asignaciones.

Y porque, vamos a estar claros, canta de pinga.

La ironía se hace presente: Kilig, la pieza de Andrea Paola, es una de las más bellas de todo el concierto. Una de las alumnas más destacadas es precisamente la que no asistió a clases.

Esto serviría para reflexionar sobre el papel de la educación organizada y el talento. Pero, ¿para qué? Mientras escucho a Andrea Paola, solo puedo enternecerme por la niñita que protagoniza su canción y que descubre, de la forma más inocente, que le atraen los niños.

Hermoso.

 

El cierre se está acercando y el Espacio plural del Trasnocho si algo experimenta es calidez. El público ha disfrutado, bastante. Lo sigue haciendo cuando los alumnos de Henry lo sorprenden y transmiten un video que filmaron a escondidas en el que le agradecen la enseñanza.

Ese es el mayor éxito de cualquier maestro, de cualquier líder: el reconocimiento de sus alumnos. El que le digan que afectó positivamente sus vidas.

Andrea Paola compromete al maestro y lo obliga a cantar, haciendo que suba también al escenario Alejandro Zavala: los tres interpretan Oriente es otro color.

Se escuchan suspiros y gemidos de alegría entre el público.

 

El cierre definitivo queda a cargo de Alejandro Moreno. De tez oscura, cuerpo redondeado y una calva brillante, tiene demasiada pinta de salsero como para cantar algo distinto: hasta se pone la mano en la oreja izquierda cuando entona un verso.

Antes de iniciar con Quién te amó, Alejandro dice que es amigo de una pareja a cuyos hijos siempre les escribía algo cuando nacían. Hasta que la mujer quedó embarazada de morochos, el parto se complicó y solo dio a luz a uno. Alejandro quedó en shock: ¿qué podía escribir? Luego de que el dolor diera paso a la creatividad, se inventó un poema sobre dos colibríes: un poema que conmueve a fuerza de narrar, con dulzura, una tragedia.

Suena la salsa.

Veo a mi alrededor. Hay gente meneándose en su asiento. Otros chasquean los dedos. Nunca deja de impresionarme lo mucho que se disfruta de la salsa en el Caribe. No creo que haya demasiados que le estén prestando atención a la letra: el ritmo y la melodía se imponen: el cuerpo sabe lo que quiere. Fiesta, rumba, gozadera, disfrute: así se despide uno de los más bonitos conciertos de esta temporada de Guataca.

Hoy se presentó un grupo de alumnos que espera convertirse en la generación de relevo de compositores como Henry Martínez. De un grupo cuantioso, solo nueve sobrevivió hasta el final. De esos nueve, ¿cuántos seguirán componiendo con disciplina?, ¿cuántos tendrán la mezcla divina de talento y perseverancia para trascender?

No tengo las respuestas. Solo la sensación de que, al margen de las consideraciones naturales de toda carrera artística, estas nuevas generaciones deberían sumar a su proceso de desarrollo otra inquietud: ¿por qué es tan difícil encontrar fotos de Henry Martínez en Google?

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

Las maletas del Espíritu de la Navidad

Las puertas del ascensor se abren y mi vecina sale con su paso lento, entre la bolsa de la compra y el bastón. Sonríe y me dice que tenía intenciones de tocarme el timbre para que la ayudara de nuevo con las indicaciones para hacer videollamadas con su teléfono celular.

—¿Y la hoja que te escribí? –le pregunto.

—Es que no sé qué la hice. Se me perdió.

—Bueno… Cuando regrese nos encargamos de eso.

Luego quiere saber si he visto al conserje, porque ella necesita avisarle para que le busque el árbol de Navidad en el maletero del estacionamiento y se lo suba. Le respondo que estaré pendiente y si lo veo le pasaré el mensaje. Nos despedimos con la promesa de vernos más tarde. Ya dentro del ascensor, mientras desciendo a la planta baja, pienso en otra vecina, con sus hijos fuera del país y el enredo de aprender a usar Skype en la computadora que le dejaron en la sala del apartamento. Recuerdo también la última visita que le hice, por algo relacionado con una manguera del lavamanos, y antes de que llegáramos a su baño eché una mirada a las habitaciones vacías, las camas tendidas, las cortinas hasta la mitad y que dejaban esos cuartos con una tenue penumbra. Evoqué las risas pretéritas que compartí allí con sus hijos, el bullicio ahora suplantado por un ancho silencio. Mucho silencio.

Mientras salgo del edificio, y todavía recordando los momentos compartidos con los hijos de mis vecinas, rememoro otro tiempo más lejano, otros diciembres agazapados en mi memoria. Era la Navidad prolongada de mi adolescencia. Las reuniones. Las risas. Las cervezas. La casa de uno de mis amigos que servía como cuartel general de nuestros encuentros. No recuerdo quién llegaba primero ni a qué hora, pero hacia el final de la tarde ya estábamos casi todos sentados en el porche, riéndonos, hablando tonterías, escuchando música, bebiendo café recién colado o ayudando con la elaboración de las hallacas. Cruzo en la esquina de la calle con la visión en mi mente de una mesa grande, cerca de la cocina, llena de vegetales cortados, harina de maíz pintada con aceite de onoto y un despliegue de colores alucinante: rojo, verde, blanco, marrón, amarillo, negro. Y los sabores reunidos en platos pequeños y hondos: aceitunas, cebollas en rodajas, tiras de pimentón, ají dulce, pasas, alcaparras, huevos sancochados, cochino picado en trozos, pollo, carne de vaca. Algunos, más osados, mientras ayudaban, salían de la cocina con un vaso de carato y un pedazo de pan de jamón. No puedo evitar sonreírme en medio de la gente.

Evoco una llamada de mi madre a la dueña de la casa, pidiéndole en broma que me corriera si fastidiaba mucho. Supongo que no era la única mamá que hacía eso. Y la respuesta del otro lado: «No, chica, tranquila; prefiero tener a los muchachos aquí en la casa. Tú sabes cómo es. Ahora te mando unas hallacas». Más tarde regresaba a mi casa con una bolsa llena: cinco o seis hallacas, porque la costumbre era hacerlas contando también las que se regalarían a los amigos y a la familia, a los visitantes y a los vecinos. Era como un intercambio de regalos de Navidad, pero en plan gourmet. La mirada atenta al cambio de luz del semáforo me deja recordar el sabor de los bollos de mi abuela. Yo los llamaba “hallacas en miniatura”, porque se preparaban con la masa que hubiese sobrado y se les agregaban menos ingredientes. Mi abuela los diferenciaba al amarrarlos de dos en dos antes de meterlos a hervir en una olla gigante. Y eran los primeros en desaparecer cada vez que yo regresaba de alguna fiesta en la madrugada porque me los comía fríos de la nevera. Sé que no fui el único en hacerlo.

En esa casa éramos como hijos adoptados por una madre sonriente y cariñosa que solía atiborrarnos de dulces y mucha comida caliente. Ayudábamos con la preparación de las hallacas, celebrábamos hasta la madrugada con juegos de dominó y una cava llena de botellas de cerveza, sacaban una guitarra y cantábamos aguinaldos venezolanos; incluso algunos, los más allegados, nos quedábamos para la cena de Navidad o la despedida del Año Viejo, como si las líneas divisorias entre aquella familia y la nuestra se difuminaran con el sonido estridente de las gaitas decembrinas y los cohetes a la medianoche. Así, con esa idea sujeta en mi mente, detengo mi caminata en la siguiente esquina, a la espera de que cambie la luz del semáforo. Esos amigos de mi adolescencia tampoco están, porque se han regado alrededor del mundo, en otros países y husos horarios. Intercambiamos mensajes virtuales de vez en cuando, pero los hilos tendidos en aquellos diciembres tan lejanos yacen enredados como las luces titilantes de un árbol de Navidad que ya no parpadean con la misma fuerza.

Mientras cruzo la calle me digo a mí mismo que al regresar a mi apartamento debo recodar escribir una nueva lista de instrucciones para mi vecina, y hacerla lo más simple posible, para que pueda comunicarse con sus nietos en Nochebuena. Allí hay otra imagen recurrente: ella no será la única. Pareciera que nuestras celebraciones decembrinas se han transformado en la versión digital de un enorme rompecabezas, con los miembros de cada familia desperdigados en rincones diferentes del planeta, con celebraciones encabalgadas en una sola comunicación que une distintos horarios, con risas agridulces que intentan disimular cualquier llanto postergado, con la evocación visual de viejos aromas y sabores que ya no pueden compartirse en una misma mesa; pero lo seguimos intentando, perseveramos, nos adaptamos al cambio, a las mudanzas, al exilio irreversible de muchos parientes cercanos, haciendo las paces con unas maletas y unas despedidas que pesan como plomo. Lo hacemos porque no tenemos otra alternativa, otra opción, y quizás con el temor agazapado de no saber cuándo una de esas pantallas se apagará para siempre, con el miedo impronunciable de que tal y como están las cosas en Venezuela, ya no nos sorprendería que en cualquier momento el espíritu de la Navidad también haga sus maletas y se convierta en otro recuerdo agazapado en el fondo de una memoria colectiva que se empequeñece cada vez más. Y porque desear ahora “Feliz Navidad” o “Feliz Año Nuevo” pareciera haberse convertido, según provenga, en un chiste de mal gusto o en un verdadero acto de resistencia.

 

Por Luis Guillermo Franquiz

#ConstruyendoPaís: Exportar el cine venezolano a Japón

Despreciar nuestra producción artística es una moda que creo que está dejando de ser trendy. Eso de generalizar, sin anestesia ni sentido común, diciendo cosas como “el cine venezolano es una mierda” cada vez resulta más desubicado. Supongo que mucho ha tenido que ver con eso el hecho de que nuestra producción artística ha sido tan vilipendiada por el régimen, tan descuidada por la sociedad y además se ha enfrentado a la peor crisis de la historia de Venezuela, que ya el solo hecho de que sigamos teniendo algo que pueda considerarse como cine venezolano es una cosa a celebrar.

Y aunque sí, aún habrá por ahí algún necio con halitosis hablando pestes, con el escueto argumento de que todo lo que se produce aquí está mal, también hay profesionales muy serios dedicados a difundir lo mejor de nuestra cultura en el extranjero.

En el 2015, Maykol Medina regresó a Venezuela. Pero solo de visita. Hacía tiempo que estaba residenciado en Japón ejerciendo como diseñador gráfico, abriéndose paso en otro mundo. En esa visita a su país natal, se reunió con su hermana Luza Medina y con el periodista Erick Barráez. Ahí se sembró la idea de hacer algo relacionado con el cine venezolano en Japón.

Desde la distancia, trataron de organizar un festival en Tokyo. Pero no fue sino hasta el 2018, luego de que Luza se mudara al país asiático a estudiar, cuando al fin se materializó el sueño. Erick, que es parte del equipo que organiza el festival de cine venezolano en Buenos Aires; Maykol, el único de los tres que domina a la perfección el japonés; y Luza, quien tiene años ligada a la escena cultural venezolana, crearon así el primer Festival de cine venezolano en Japón.

“Lo que nos dijeron en el Instituto Cervantes es que están abiertos a cualquier iniciativa hispanoamericana, pero de alguna manera nuestra intención era llegar al público japonés, no hacer un evento solo para los venezolanos. Y lo que nos dijeron es que tenían que estar todas las películas traducidas al japonés. Por eso hicimos una muestra pequeña. Esperemos que el año que viene podamos sumar patrocinantes, podamos sumar aliados y podamos traducir más películas. Pero, bueno, es un trabajo bastante grande, porque el japonés es otra lengua totalmente distinta”, dice Luza Medina, directora general del proyecto.

El primer Festival de cine venezolano en Japón se llevó a cabo en el Instituto Cervantes, con el apoyo económico de dos empresas japonesas: Opon y Mottomo. Así como con el de la red social venezolana Uriji, la cual, precisan, tuvo un papel fundamental y creyó en el proyecto desde el primer día.

El tema económico exigió a fondo la creatividad de Luza, quien se acercó a la comunidad de venezolanos que hace vida en Japón, la cual, aunque pequeña, no dudó en sumar a la causa a través de contactos.

“A través de las redes sociales solicité voluntarios y de esa manera pude armar un equipo de venezolanos que ayudaron muchísimo. Detrás de todo hay un venezolano. Todo de forma voluntaria”, cuenta. “La idea también era no limitar la iniciativa a la proyección de películas. Por eso hicimos unas arepas y tuvimos el cierre musical del grupo 5 años. Los contacté por Instagram y tampoco cobraron”.

Foto: @VenFilmFestJapan

¿El grupo 5 años?

“En la Universidad de Tokyo hay una cátedra electiva de música venezolana, estos muchachos vieron esa cátedra y se enamoraron de la música venezolana, o de Venezuela, y decidieron formar un grupo que se llama 5 años. Y básicamente hacen covers de música venezolana. Antes de ellos di con mucha gente. Aquí, la movida musical venezolana sí es grande, hay gente que da clases de cuatro, etc. Pero muchos viven fuera de Tokyo, lejos, y, entonces, pedían una cantidad de dinero por tocar totalmente justa para trasladarse hasta acá; pero, como te digo, tuve el presupuesto exacto, no cómo hubiese querido… Y nada, cuando ya estaba como resignada a que no hubiese cierre musical, vi a los muchachos de 5 años, los vi por Instagram, los contacté, hablamos y dijeron que sí. Estaban muy contentos. Son muchachos súper talentosos, que todos trabajan en oficinas y la música venezolana es, digamos, su pasión”, explica.

De los miembros de la banda, solo uno habla bien español. Lo que, se me ocurre, es una muestra de que nuestra producción artística puede resultar atractiva en todas las latitudes. Es posible trasmitir un pedazo de nuestra tierra –y compartir las cosas positivas de ella, en una época en la que se ha hecho famosa por situaciones desagradables– a cualquiera más allá de la barrera del idioma. El profesor de música que dicta la cátedra electiva en cuestión sí es venezolano: enamora a sus alumnos hasta un punto al que solo con el arte se puede llegar.

 Pero volvamos al punto central.

Foto: @VenFilmFestJapan

En el festival se exhibieron La distancia más larga (Claudia Pino) y La casa del fin de los tiempos (Alejandro Hidalgo), así como los cortometrajes La mora y el Cocuyo (Isaías Pérez), Eva (Francisco Pareja), El galón (Anabel Rodríguez) e Ivana (Emiliano Barreto).

“La primera película fue La distancia más larga y como gustó tanto muchos repitieron: fueron al primer día, después vinieron al segundo y luego al tercero. De todas las proyecciones hacían un comentario. Además, la gente estaba muy sorprendida porque no conocen nada del cine venezolano. ¡Y hasta la gente del Instituto Cervantes!, no solo japoneses, sino españoles, comunidad hispanoparlante en general. Les gustó la calidad de las películas que vieron y se sintieron muy a gusto”, cuenta Luza.

“La película que más les gustó fue La distancia más larga. En cuanto a La casa del fin de los tiempos, aunque les gustó, algunos se asustaron muchísimo. Hubo personas que salieron de sala y después volvieron a entrar. Y de los cortometrajes les gustaron bastante La mora y el Cocuyo y El galón. Como el último día fue de cortos y tuvimos este pequeño mitin, había como mucho interés en saber más sobre El galón: que qué pasó con esos niños, que cómo es posible… Y también sobre La mora y el Cocuyo: que querían leer el cuento… ¡De las arepas también preguntaron muchísimo! Al japonés le gusta mucho la gastronomía en general. Y como no hay eso acá, les daba mucha curiosidad. Conseguir la harina PAN es un tema. Una de las voluntarias tenía, una amiga que vino de México me trajo… en fin, es difícil. Entonces, claro, cuando los japoneses las vieron preguntaron de dónde venían, de qué era el relleno, por qué se rellenaba así”, agrega.

 La mejor forma de entender a un país es a través de su producción artística, arquitectónica, de sus deportes y sus tradiciones. El encuentro cultural enriquece al individuo quien, a su vez, enriquece a su país de origen esté donde esté. La difusión de nuestro cine, en un siglo particularmente exitoso en cuanto a que se han producido películas de alto calibre, es una parte importante en la construcción de ese país que queremos y merecemos.

“La sala estuvo llena todos los días. Tiene una capacidad para 160 personas. El primer día hubo que poner sillas. El segundo estuvo lleno. Y el tercero quizá fue el día que hubo menos gente, pero fueron unas 140 personas. La idea es hacer esto todos los años. Se necesita contar con más apoyo económico. También, conociendo a los venezolanos acá, cada uno tiene su historia, y a mí me gustaría tener los recursos para que cada trabajo sea remunerado. A mí me tocó insertar subtítulos, y duré tres días sin dormir haciendo eso: porque debía quedar perfecto, en el momento perfecto. Entonces, bueno, es un trabajón que vale la pena si ves la sala llena, el interés de los japoneses, etc. La gente del Instituto Cervantes también quedó muy complacida. Ellos hacen acá muestras de cine peruano, argentino… y se sorprendieron de que tuvimos la sala llena los tres días. Lo normal es que se llene un día, pero no todos. Y pues, quedaron súper encantados: quieren que lo hagamos todos los años. Estamos trabajando en eso”, finaliza Luza.

Foto: @VenFilmFestJapan

 

Por Ulises Vargas

Hombres, dejemos de ser tan idiotas

Ada Hegerberg está en lo que, de seguro, será uno de los momentos cumbres de su vida. Está recibiendo el Balón de Oro, el premio que por décadas ha señalado al mejor jugador de fútbol masculino y que ahora, por primera vez en su historia, se entrega también a la mejor jugadora de la categoría femenina del deporte más popular del mundo. Es un reconocimiento justo a una temporada bestial por parte de la jugadora noruega, su nombre va a quedar registrado en los libros al ser la primera mujer en recibir el galardón, es un paso importante en el camino a la igualdad de géneros. ¿Qué se le ocurre entonces al presentador del evento? Preguntarle a Ada si sabe hacer twerking.

Suena tan absurdo que, cuando un amigo envió la noticia en un grupo de WhatsApp, mi primera reacción fue la negación. Quise pensar que era mentira, que era un chiste, y no abrí el link (todavía a día de hoy no he visto el video; vergüenza ajena, le llaman). “Tiene que ser mentira”, les dije a mis amigos, pero de inmediato rectifiqué: “aunque pensándolo bien, no, la verdad es que los hombres somos así de idiotas, así que sí creo que haya pasado”.

Negarlo no lo hacía desaparecer. De verdad había sucedido. Una de esas escenas que te dejan desarmado y sin argumentos ante el planteamiento de que los hombres básicamente oprimen a las mujeres en su accionar diario y en su uso cotidiano del lenguaje. En la medida de lo posible trato de luchar contra las generalizaciones; me parecen tan peligrosas como son cómodas para nuestro sistema nervioso. Al cerebro le gustan las generalizaciones porque ayudan a ahorrar energía e invertirla en otros procesos un poco más complejos o novedosos. Por eso nos encantan los prejuicios: son formas fáciles de encasillar el mundo y continuar con nuestra vida. “Todos los hombres son unos opresores” es una generalización que, a mi entender, pasa incluso a deshumanizar a los hombres, a verlos como meros reproductores de un sistema que les ha enseñado a no tratar a las mujeres como iguales. Intento desmontar esa generalización, demostrar que hay quienes estamos dispuestos a ser un poco más sensibles con nuestra aproximación a las mujeres y  nuestra experiencia en general. Me gusta apostar a que, poco a poco, los hombres estamos más atentos a nuestras conductas y a la forma en que interactuamos con los demás para ser menos hostiles con nuestro entorno, menos ofensivos tal vez. Pero luego aparecen estas escenas y no me quedan argumentos. Debo callar, suspirar y, mirando al suelo, decir “sí, los hombres somos unos idiotas”.

Pudiéramos decir que este señor que presentaba la gala, un DJ cuyo nombre no conocía y tampoco me molestaré en buscar, estaba respondiendo a un patrón de conducta que está muy fuertemente arraigado; pudiéramos decir que estaba “respondiendo a los estándares del patriarcado”, sea lo que sea que eso significa. En cierto punto entiendo ese planteamiento y hasta lo comparto. El tipo siguió el guion de lo que un macho alfa debe hacer en una situación donde hay público y una mujer atractiva: hacer un chiste que suene un tanto ingenioso y que, de ser posible, la ponga a ella un poco en ridículo.

Sin embargo, esa hipótesis me deja de convencer cuando veo la poca responsabilidad que recae sobre presentador. Verlo así sería suponer que este señor no tenía otra opción sino hacer un chiste y hacer ese chiste en particular. Pero es 2018, señor DJ, hay que avisparse. Me niego a creer que este señor pensó su chiste y no le sonó ninguna alarma. Me cuesta creer que a este punto, con todo lo que se ha hablado, debatido y discutido sobre la causa feminista y la lucha por los derechos de las mujeres, este tipo no se detenga un momento a medir lo que dice. Algunos lo verán como autocensura y, también, hasta cierto punto, lo entiendo. Pero no se trata de censurarse, se trata de entender que la comunicación incluye a más personas y que esas personas deben ser consideradas y tomadas en cuenta en el momento en que decidimos hacer algún comentario o emitir alguna opinión. Es cuestión de estar conscientes del contexto en el que estamos hablando.

Podemos decir también que, después de todo, lo que estaba haciendo era un chiste. Una vez más, no se me hace difícil comprender este argumento; es una explicación que yo mismo he usado muchas veces para defender a personajes mucho más detestables, incluso. Pero no podemos quedarnos con una explicación tan reduccionista y que de cierta forma aliviana la culpa del presentador de la gala. Porque si asumimos que solo hizo un chiste, entonces estamos atribuyéndole un tono exagerado a la respuesta seca y cortante de Ada Heberberg y estamos desacreditando todo el revuelo y la indignación que causó esta escena.

Foto: France Football

Hay una máxima de oro en el mundo de la comedia: el timing. No sólo se trata de tener un muy buen chiste, sino que debe de rematarse en el momento adecuado para que produzca el efecto deseado. Y ahí fue donde me parece que el señor DJ falló estrepitosamente. Timing tuvo Hegerberg, para rematar en el momento adecuado y lograr los más de cuarenta goles que marcó en la temporada pasada. Timing tuvieron los organizadores del Balón de Oro; en mi opinión nunca es tarde para comenzar a reconocer a quienes se lo merecen. El timing del presentador dejó mucho que desear. Era hace unos sesenta años cuando incluso la misma Ada se habría reído de su gracia en televisión abierta. Hoy no. Ya no tienen cabida el tipo de preguntas que se les hacía a las chicas que aparecían en las páginas internas de PlayBoy hace veinte o treinta años.

Como pudiera haberse esperado, el señor luego pidió disculpas y publicó una fotografía de él hablando con Hegerberg, tratando de quitarle tensión al asunto. Pero igual la mancha quedó allí. Porque aunque de verdad no lo hubiese hecho con mala intención, logró demostrar algo que sigue presente y que es bueno no olvidarlo: muchos hombres siguen sin tomarse realmente en serio a las mujeres.

Es una lástima, pero pareciera que aún es más fácil pedir perdón que pedir permiso. Me cuesta creer que aún seamos tan idiotas como gremio, pero aparentemente es así. Hombres: dejemos de ser tan idiotas. Ayudémonos un poco entre nosotros. Así ayudamos al mundo también.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

#DomingosDeFicción: Las cabezas de Medusa

La verdad es esquiva, juega al escondite,

se repliega si la buscas, aparece cuando menos te

lo esperas, y si intentas ignorarla se planta firme frente a ti, agitando los brazos.

 

Lucía Etxebarría

Abrió la puerta de un golpe. Llegaba tarde a su cita mensual. Desde hace un par años, los últimos viernes de cada mes a las dos de la tarde comenzaba su sesión. Nunca antes había llegado con retraso. Soltó el morral, que parecía muy pesado ese día, a un lado del sillón verde. Se dejó caer, rendida, como si cruzara una línea de meta invisible. Cerró los ojos durante algunos instantes. Sacudió la cabeza y despertó. Abrió los ojos también de golpe. Flexionó sus rodillas, apoyó los codos en ellas y juntó las palmas de las manos. Sus pies se recostaban de la falda del sillón en posición de fuga. Quería escapar, todo su cuerpo lo gritaba. Su respiración era agitada e irregular, se notaba a todas luces que la chica había dejado su careta olvidada. Una mujer extraña había traspasado aquel umbral ese viernes. Su comportamiento siempre había sido algo lacónico, si bien nunca había salido de los parámetros establecidos. Cuando por fin se tranquilizó un poco, pareció darse cuenta de que era observada, alguien esperaba una explicación.

—¿Estás bien?

—No –dijo la chica que dejaba en libertad a esa otra que la devoraba y repitió la negativa con más fuerza–. No, jamás volveré a estar bien.

—¿Qué ocurrió?

—Un final –afirmaba invadida aún por la resaca de la libertad, mientras su mano izquierda se deslizaba en busca de algo. Lo encontró, asió con fuerza aquel morral, apretando cada dedo de su puño.

—Te traeré un poco de agua con azúcar y luego me contarás qué pasó.

Regresó con el vaso de agua azucarada. La chica lo bebió casi de un sólo trago, más para calmar su sed que sus nervios. Arrugó la cara un poco a causa del resabio que le dejaba el agua en la boca. Su respiración seguía agitada y entrecortada, aunque un poco más regular. Comenzó, compulsivamente, a mover la pierna derecha y mordisquear una de las uñas de su mano. Su caparazón invisible estaba roto, algo había quebrantado su aire flemático e, incluso, descontrolaba los movimientos de su cuerpo antes gráciles, ahora torpes y confundidos. Las suelas de sus zapatos rojos seguían manchando la falda del sillón. Tal vez saldría corriendo y atravesaría la puerta y no volvería jamás. Nadie podría detenerla. Sin embargo, aquella chica no tenía otro lugar en el que refugiarse, acaso de ella misma.

Transcurridos unos minutos, la chica abrió uno de los bolsillos del morral, sacó una caja de cigarrillos y encendió uno. Siempre fumaba, unas veces menos y otras más, mientras contaba sus sueños, sus insomnios y sus duermevelas que se entremezclaban de vez en cuando.

—Una vez le conté aquél sueño recurrente, el de la casa de mis abuelos, ¿recuerda?–preguntó la chica después de un par de caladas.

—Sí, en el que tus familiares muertos volvían a la vida, ¿no?

—Ese. Intento explicarles que han muerto y que no pueden seguir en la casa de Altamira. Ellos van caminando y viviendo como si nada pasara, me ignoran, sólo sonríen un poco cuando pasan por mi costado. Es como si yo no fuera capaz de entender lo que sucede en el mundo. Son ellos los que no entienden que están muertos, ¿acaso no tengo yo la razón? ¿Acaso no me está viendo usted aquí sentada?

—Sí, indudablemente, tienes la razón. Tú estás viva, aquí sentada y ellos, según lo que me cuentas, han muerto.

—Entonces, ¿por qué siguen paseando por la casa como si sus vidas siguieran? –dijo la chica estirado cada palabra de la pregunta–. Sus vidas fueron interrumpidas por la muerte, dejaron el mundo, se fueron, estoy segura de que se fueron ya.

—Eso sólo ocurre en tus sueños; evidentemente, no es real. Quizás te advierten que debes continuar la vida sin ellos. ¿Quiénes aparecen en el sueño?

—Mi abuelo Nicolás, mi abuela Elba, la tía Pama, mi bisabuela Hermisenday otras personas que ni siquiera reconozco.

—Puede que tengas alguna tensión emocional con ellos sin resolver o que su partida te esté afectando más de lo que piensas; aunque me parece que se trata de algo familiar, probablemente te sientes muy sola sin ellos y no tienes nadie a quien recurrir. Ya hemos hablado de esa sensación de vacío, como si fuera un abismo, que has sentido antes.

—No lo creo, pero ya eso no importa. El problema es que ellos no lo entienden y, sobre todo, papá no lo entiende.

—¿Tu padre está en la casa de Altamira? –la figura del padre muerto siempre había sido un problema oscuro e, incluso, se había transformado varias veces en los dos años que llevaba la terapia.

—Claro.

—Murió hace algunos años, ¿cierto? De hecho, desde su muerte vienes a verme una vez por mes.

—Ya no lo sé.

—¿Qué quieres decir con que no lo sabes?

—Ya no sé si papá está vivo o muerto. Volvió, se instaló en casa, se sentó en su sillón. Parece no entender que está muerto y que no puede permanecer con los vivos. Me atormenta, quiere estar vivo, pero no, no puede ser.

—Un momento, ¿me hablas de la casa de tu sueño?

—No, mi casa, la casa de mi madre. Trato de explicarles a todos que papá está muerto y nadie parece creerme. Lo miro a los ojos, le digo que no puede volver, me devuelve la mirada incrédulo como si hablara con una demente. No sé qué hacer o qué puede significar esto.

La chica encendió otro cigarrillo con la colilla del que, apenas, terminaba. Dio una larga bocanada. Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, pero eran lágrimas sin llanto ni gimoteo, eran lágrimas viejas y desgastadas. Dejó de hablar y se sumergió en sus pensamientos una vez más. Cualquier movimiento en falso y ella escaparía. Era evidente que algo grave había ocurrido, toda la escena tenía un sabor a definitivo, a final y, también, a pesadilla.

—¿Podrías contarme un poco más sobre estos episodios con tu padre? –interrumpió con voz suave pero firme.

—¿Qué? –Despertó la chica del letargo, giró la cabeza a ambos lados y frunció el ceño como tratando de ubicarse nuevamente–. No lo escuché, perdón.

—Tranquila, estamos los dos nada más, no pasa nada –su voz seguía como hilo musical, música de meditación o ascensor–. Quería que me contaras un poco más sobre estos episodios con tu padre.

—Mi padre, sí, él. No puedo creer que siga rondando, es insoportable que siga allí en casa –dijo apretando las mandíbulas y los dedos entrecruzados de sus manos se amorataron un poco–. Después de todo sigue allí, ¿comprende? –ante el silencio, la chica volvió a explicar–. Sigue allí de carne y hueso cuando debería estar encerrado bajo tierra. No, usted qué va a comprender. No importa.

—Puede que no comprenda, pero estás aquí por algo. Déjame ayudarte. Cuéntame lo que sucede con tu padre muerto y la casa.

—Está bien. La mayoría de los encuentros son borrosos –comenzó la chica su relato después de un gran suspiro de resignación–, aunque esta última semana fue la peor, inaguantable. No sólo lo veía deambulando por la casa, sino que mi madre también parecía verlo y le hablaba y lo tocaba. Varias veces intentó tocarme hasta que no pude más escapar de sus manos. No eran las manos de un fantasma, estaban calientes, vivas, pulsantes. Yo fui al funeral de mi papá, yo firmé el permiso para que lo metieran en un horno. Estaba muerto con su pijama en un ataúd de madera. Se fue. No puede regresar, ¿cierto?

—Si está muerto no creo que regresara. Tenemos que descubrir qué está pasando. ¿Quieres que llame a tu mamá? Pienso que ella podría ayudarnos.

—No, ella jamás lo va a comprender, es parte de todo esto. Siempre lo ha sido. No sé cómo explicárselo, ella se ciega ante él, siempre le ha creído. Esta vez no va a ser diferente.

—Muy bien, no la llamaremos. Quiero ayudarte, pero no puedo hacerlo sin saber qué ocurrió y por qué llegaste así a mi consulta –la voz cobró vida, la curiosidad termina por preñarlos a todos.

—Sé que no tengo salida. Tampoco quiero una. Necesito, sólo necesito, que me ayude a saber dónde estoy.

—Siempre existen salidas.

—No como usted las imagina. Mi salida es saber la verdad. Nadie puede decirme la verdad por eso lo hice, era la única manera de saberlo con certeza.

—¿A qué te refieres?

—No recuerdo perfectamente, como todo estas últimas semanas eso también es difuso –se cuestionó intensamente si debía seguir o pararse de aquel sillón y correr con su morral hasta el fin del mundo o hasta que alguien la detuviera. Después de un silencio eterno que duró un segundo, tomó aire, apagó el cigarrillo que casi le quemaba los dedos y exhaló hasta que sintió que era el fin del mundo. Había recorrido un largo camino de vidrios molidos que habían destrozado sus pies. No podía correr más.

—Vamos a respirar un poco, ¿si? Suelta el morral –acercó su mano al morral.

—¡No! –gritó y apartó el morral lo más lejos que pudo, no era el momento aún.

—Tranquila. Vamos a hacerlo como tú quieras. Sólo necesito que te relajes para que me puedas contar qué pasó.

Sacó el quinto cigarrillo de la caja, puso el encendedor en posición pero sus dedos no pudieron accionarlo para hacer salir la llama. Otro intento. Falló. Escupió el cigarrillo y tiró el encendedor.

—Déjame hacerlo a mí. No te preocupes.

La chica sentía alivio cuando las bocanadas de humo sustituían a las de oxígeno, era una forma sutil de desafiar a la vida y engañar a la muerte. No sabía de qué se trataba la vida, tal vez porque era muy joven para saberlo o, tal vez, porque ya no sabía distinguir los límites entre la vida y esa otra cosa que llamamos muerte que no es más que el cúmulo de aquello que no somos ni llegaremos a ser. Para ella sólo se trataba de denominaciones caprichosas. La chica podía estirar un poco sus manos y tocar el vacío, aunque primero tenía que resolver aquello que la ataba a esta realidad o a la otra. Abrió el puño izquierdo de otro golpe.

—Estaba en lo que creo era mi cuarto cuando escuché la voz de mi papá pronunciar mi nombre. Lucía. Me negaba a responder a un llamado que no podía estar ocurriendo. Por más que intenté tapar mis oídos con la música a todo volumen seguía escuchando Lucía, ven, carajo. Entonces mi mamá intervino. Juntos me llamaban, me atormentaban. Desperté. Todo estaba tranquilo de nuevo. Un sueño, otro sueño, maldito sueño. Escuché el sonido del televisor en el cuarto de mis padres, seguramente mamá lo habría dejado encendido mientras preparaba el almuerzo. Olía a carne grillito, la carne mechada seca con ajo que preparaba mi mamá para complacerlo y que yo aborrecía. Me levanté de la cama y me asomé en el cuarto para apagar el televisor. Sus pies estaban en ángulo casi recto, el control remoto sobre su barriga subía y bajaba, veía las noticias del mediodía como siempre. Traté de no hacer ruido, volví sobre mis pasos y me refugié de nuevo en mi habitación. No quería volver a explicárselo –mordió sus labios tan fuerte que una gota de sangre brotó de su labio inferior, al saborear el metal pasó la lengua, detuvo su relato y limpió su herida, pensó en lo fácil que es limpiar las heridas de cuerpo–.  Recuerdo haberme quedado dormida. No sé cuánto tiempo pasó. Me levanté y fui por un vaso de agua a la cocina. Otra vez estaba sucediendo, no paraba, él estaba sentado en el sofá jugando con el perro. Le grité ¿Por qué no te vas al inferno y nos dejas en paz? Finalmente lo había logrado, yo era la invisible, yo era la excluida del mundo y él reinaba de nuevo.

—Creo que se trata simplemente de una confusión, estamos aquí, no existe más realidad que ésta.

—Me gustaría creerle –resolló la chica deformando sus labios.

—No tiene sentido que creas otra cosa diferente a la que digo. A veces deseamos escapar tanto de nuestros problemas o de las situaciones que no podemos remediar que llegamos a crear otras realidades.

—No. No me entiende. Yo no me estoy escapando de nada, precisamente me cansé de escapar. No sé si esto que está pasando es real, tampoco sé si lo que hice es real. La única manera de saber en dónde estoy era esa.

—¿De qué hablas? ¿Qué hiciste?

—Respóndame primero y luego podrá hacer lo que quiera conmigo, me basta saber en dónde estoy, lo demás ya dejó de importarme. Llame a mi mamá, a la policía o a quien quiera.

—Estás en tu sesión de terapia.

—No. No me refiero al espacio que ocupo en esta realidad. Tenga, ábralo y entenderá.

La chica colocó el morral frente al sillón verde. Se apartó, dejándose caer hasta casi llenar el sillón con su cuerpo. Sus brazos y piernas se estiraron. Respiró oxígeno, se llenó por primera vez de oxígeno sin temor desde que entró.

—¿Qué encontraré si lo abro?

—No lo sé, precisamente vine hasta aquí para que usted me lo dijera, pues dejé de creerle a mis ojos, a mis oídos y a mis manos. Dígame, ¿qué hay en el morral?

Abrió el morral de golpe. No le quedaban más caminos entre la curiosidad y la terapia.

Todos los sentidos se le agolparon en la boca en forma de un vomito que le quemaba desde el esófago hasta la lengua. Soltó el morral, trató de echarlo lo más lejos que pudo. Vomitó en el piso, no logró contenerse.

—¿Qué hay? Dígame, por favor.

—Coño, sabes bien qué hay. La cabeza de un hombre.

La chica volvió a respirar.

—Mi padre…

 

Por Olga Colmenares Morett

 

Jonrón Pepsi

La semana que empezó con una estrella y terminó estrellada

¿Qué hacían en Venezuela? ¿Por qué estaban viajando por carretera de noche?, son las primeras preguntas que me hacen, el viernes siete a las 6:00 de la mañana, dos compañeras en un grupo de WhatsApp de trabajo, cuando se enteran de la muerte de los peloteros José Castillo y Luis Valbuena. Con variantes, me pueden hacer esas preguntas a mí: ¿qué hago todavía en Venezuela? ¿Por qué estoy escribiendo en la madrugada de un domingo cuando podría hacer algo que me diera más plata? Y la respuesta es, básicamente: por costumbre. Porque es lo único que sé hacer y, en el fondo, me sigue gustando.

No dejo de pensar que Luis Valbuena pudo haber sido invitado al Jonrón Pepsi del lunes 3 en el estadio Universitario en vez de, digamos, César Hernández, que ni bateando los 15 cuadrangulares que pegó este año con los Filis de Filadelfia podría camuflarse jamás como bateador de poder. No es que Luis estaba haciendo chillar la pelota (ese modismo que ya puede considerarse micromachista), pero después de todo estaba segundo entre los jonroneros de la liga local con siete y había sido de los bateadores más encendidos desde noviembre. Lo que quizás, por aquella teoría pasada de moda que llamaban Efecto Mariposa, pudo haber cambiado su destino.

No dejo de pensar que José Castillo fue una de las estrellas de la última temporada a la que acudí al estadio con regularidad como aficionado, la 2008-2009. Era la época en que jugaba con los Leones, le ponían en los altavoces una canción de Franco y Oscarcito (L´Squadron, llamaban al dúo, supongo que del mismo dialecto del latín del que salió el vocablo Mackediches), él hacía como un hacha con el brazo cuando pegaba un hit y por esa tontería se armaban tánganas. Era la época en que yo estaba enamorado de mi jefa (algo que recomiendo evitar) y me gasté todo el sueldo para comprar en reventa dos entradas en palco de terreno e invitarla al sexto juego de la final que perdió el Caracas con los Tigres. Fue mi jefa la que, semanas antes, me enfrentó a una realidad que hubiera preferido no escuchar: “La mayoría de los peloteros son chavistas”. Lo único que disfrutamos esa noche fue ver calentar en nuestras narices al relevista Orber Moreno. Todavía había avisos luminosos de Navidad en lo más alto de los edificios de oficinas del sector de Plaza Venezuela, no como en este hirsuto diciembre de 2018 en que regreso al Universitario con una credencial de periodista para el Jonrón Pepsi.

Jonrón Pepsi

El duelo de jonrones que organiza Empresas Polar tiene poco o nada que ver con un juego de beisbol real. Ponen torres de sonido en la primera y tercera bases, y una plataforma con la forma del logo de Pepsi donde debería estar la segunda. Vuelan drones sobre el terreno, algo que pensé que no volvería a ver en un espectáculo privado en la misma ciudad en la que presuntamente intentaron matar a Nicolás Maduro en agosto. Hay un señor mayor (un coach, me refiero) que se pone a mitad de la distancia entre la lomita y el home plate y tira pelotas que tampoco pueden ser tan bombitas: los físicos han calculado que aproximadamente 15% de la fuerza de un batazo es atribuible a la velocidad del lanzamiento del pitcher. En otras palabras: si de milagro logras pescar una recta de 100 millas por hora, es probable que tu batazo salga más duro que conectando la curvita de un softbolista con lipa.

De los diez grandeligas invitados por Polar, solo cuatro habían actuado antes en la actual temporada de la LVBP (Liga Venezolana de Beisbol Profesional). Dos de ellos ya en el ocaso de sus carreras como Luis Jiménez y Jesús Guzmán, el más valioso de aquella campaña 2008-2009 inolvidable para mí por más de un motivo. Lo más relevante del Jonrón Pepsi 2018 es que quizás es la única oportunidad en que veremos juntos en un estadio venezolano a dos nuevas estrellas que casi con toda probabilidad jamás se uniformarán con Tiburones o Leones (ni mucho menos viajarán de madrugada por la vía Morón-San Felipe), no en los mejores años de sus vidas: Ronald Acuña, novato del año en la Liga Nacional; y Gleyber Torres, tercero en la votación de la Liga Americana. Curiosamente, en un Universitario a medio llenar en el que son mayoría los caraquistas, Ronald eleva mucho más los decibeles de carisma que Gleyber, recibido con frialdad quizás precisamente por no haber debutado como león.

No, el Jonrón Pepsi tampoco es ya lo que era: aquel acontecimiento que enfureció a Maduro en diciembre de 2016 y le hizo llamar diablo al entonces pelucón Lorenzo Mendoza –aclamado con gritos de “presidente” en las dos ediciones anteriores, y esta vez aplaudido con respeto pero sin pasiones–. Tampoco hubo coros de “se va, se va”, dirigidos a quien vive en Miraflores.

Pepsi

Antes de la competencia de exhibición viril, te hacen pasar a una rueda de prensa en la que los diez gladiadores pasan en parejas, y en la que constatas que el tiempo parece pasarle por encima a todo el mundo excepto a Adriana Flores de Meridiano TV.

Ver grandeligas en persona te hace confrontar las razones prácticas de porqué no cumpliste tu sueño de ser deportista o porqué no estás casado a los 43. Prácticamente todos se sientan con las piernotas abiertas. Ronald Acuña, guayota de oro, gorra volteada, rulos quemados y medias hasta las rodillas, es tan exuberante que podría haber aparecido en el video Remember the Time, de Michael Jackson. Parco en sus respuestas, inclina instintivamente el torso hacia adelante, en actitud de desafío al mundo: en puesta escénica, ciertamente se lleva por los cachos a Gleyber, de ojitos entrecerrados y que solo acierta a recordar a Bob Abreu cuando le preguntan por las figuras de ese pasado legendario en el que parecen haberse petrificado los Leones. El cuerpo de sumotori de Luis Jiménez, su adversario cuarenta y veinte en el derby y en los tatuajes en los brazos, se le burla en las narices: “¡Y este es caraquista, y vive en Caracas!”. Impresiona la estatura de Cafecito Martínez, de ojos tristes como la historia de su fallecido padre y chivita a lo Bob Marley. Jesús Guzmán se escurre en los lugares comunes peloteriles de toda la vida cuando le señalan por su mala temporada. Willson Contreras, el de las cejas más pícaras, no anda con falsas piedades y deja claro que ni de casualidad le verán vestido de Tigre de Aragua.

Un derby de jonrones es como intentar masturbarse tres veces seguidas cuando tienes más de 30 años. Es un chicle que pierde rápidamente el sabor, como aquella película de Troya en la que Brad Pitt, en la manifestación más acabada de la historia de la metrosexualidad, rivalizaba consigo mismo en estar más bueno que en la escena anterior, sin que aquel despliegue pudiera tener otro desenlace posible que la muerte o el hastío. Lo más reconfortante del show elitesco (unos patacones en un food truck cuestan la mitad del sueldo mínimo decretado días atrás) es que los souvenirs más valiosos van a parar a los más pobres en la grada popular; eso sí, previa revolcada full contact que hace recordar al Buzkashi, el violento deporte nacional de Afganistán en el que decenas de jinetes luchan por los despojos de una cabra.

El portal especializado The Hardball Times desglosó hasta 18 factores que según la física inciden en la conexión de un jonrón, entre ellos la altura sobre el nivel del mar (mientras más alta, mejor) y el ángulo en que el bate proyecta la bola, que no debe ser demasiado bajo ni elevado (idealmente entre 25 y 35 grados, para ser exactos). Al final, todo se limita a un duelo entre dos opuestos arquetípicos del bateador de poder: el estadounidense Delmon Young, el lento Godzilla magallanero de 33 años ya en la etapa final de su carrera (de lo contrario no sería un importado de la liga de un país con la mayor inflación del mundo) que ordeña su fuerza bruta conectando tablazos hacia su propia banda, el left field en su condición de aporreador derecho. Y Ronald Acuña, el velocirraptor naciente de apenas 20 años que es un puro ejemplo de atletismo y explosividad, un madero mucho más completo, espectacular e impredecible para los pitchers de verdad, cuyas líneas caen regadas como una lluvia de meteoritos hacia todas las bandas. La batalla esta vez la gana Young, pero todo el mundo sale del Universitario sabiendo que ha visto un pedazo del futuro en Acuña.

La primera semana de diciembre en el beisbol venezolano empieza con el pantallazo de una súper estrella naciente en Caracas y termina con una estrellada que hará alejarse más y más la promesa de la primera: la camioneta volcada de dos ex grandeligas que estiraban sus años de declive en la pelota venezolana. Una tragedia que las versiones preliminares orientan hacia la tesis del asesinato provocado por rateros de carretera, probablemente desesperados por llevar algo en sus bocas en una provincia venezolana cuya crisis profunda aterra imaginar.

Adiós, Luis, que pudiste haber tomado la última pepsi del desierto de la navidad caraqueña. Adiós, José, para mí tu hacha guariqueña siempre será como la Stormbreaker de Thor.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia

 

La izquierda de las misses

Cuando me contrataron dije: “Va, es tan extraño que me divierte”. Acto seguido me arrepentí. Después me puse malvada, pensé redactar glosas con mensajes escondidos y otras conspiraciones libertarias, para ver si destruía alguno de nuestros tantos complejos, basados en la belleza de mujeres imposibles. Al final entendí que era solo un trabajo, me conquistó mi buen equipo y empecé a aprender.

Todos los días descubro más detalles que hacen de este país una obra trágica en loop Caribe. La belleza idealizada que enorgullece en automático a miles de venezolanos creó narcomodelos y suicidas que compadezco, demasiadas chicas dan su vida por aparecer en la televisión que mis padres comunistas nunca me dejaron ver pero siempre tuvimos. Si en este país las peluquerías abren a las 6:00 am. y existen más de diez en un mismo centro comercial, es por causa del Miss Venezuela, que seguro representa la mitad de nuestra estética. Queriendo cambiar al mundo y viendo cómo nada cambiará, archivo el contenido que no usaremos en este nuevo show y me pregunto a cada tanto cuándo fue que nos convertimos en la Venezuela del espectáculo.

Desde el 52 estamos en estas, cuando Pan American Airways creó el Miss Venezuela para llevar a “la mujer más bella del país” a modelar en el también recién estrenado Miss Universo. Miss Bolívar se fue a desfilar en traje de baño a California, mientras que Pérez Jiménez rondaba la presidencia y Ruiz Pineda moría asesinado quizás por agentes de la Seguridad Nacional, la temida SN. En el 53 se repitió el concurso, cuando el primer canal del país, la Televisora Nacional, comenzaba sus transmisiones. Ese mismo año Pérez Jiménez era nombrado presidente y Pinto Salinas era asesinado por la SN, mientras los colegios católicos les prohibían a sus alumnas participar en el inmoral concurso. Por mala o buena suerte, yo estudié en un colegio de esos, y a los 15 años, mientras mis amiguitas se operaban las tetas con el permiso y el dinero de sus padres, a mí no me dejaban hacerme un piercing en la nariz porque, imagínate, ¿cómo que a los 15 años un piercing?

Candidatas al primer Miss Universo. 1952

En 1954 no hubo concurso, el país andaba extraño. Estados Unidos le otorgaba la Legion of Merita Pérez Jiménez, moría Armando Reverón y nacía Hugo Chávez. Un año más tarde y en plena dictadura se realizó el tercer Miss Venezuela. Cuentan que Wolfgang Larrazábal alegó que por ser militar, macho y jurado, decidía que la ganadora era Mireya Casas. Carola Reverón de Behrens, también jurado, replicó que decidiría el aplauso del público. Susana Duijm ganó para convertirse en la primera Miss Mundo latinoamericana. Mientras Ernest Hemingway venía al país a ver una corrida de toros se coronaba a la cuarta reina, y en 1957, año en que Perón sufría un atentado en Caracas y Walt Disney visitaba Venezuela, se entregó la quinta corona. Con Hemingway y Disney mis padres, contradictoriamente, nunca tuvieron problemas.

La dictadura estaba haciendo sus desastres, el Congreso anunció que habría elecciones, Pérez Jiménez refutó y dijo que más bien haría un plebiscito y claro que ganó. Las universidades protestaron, quemaron leyes y retratos del gordito. La UCV fue clausurada temporalmente. 1958 comenzó con el 23 de enero, el gordito se fue con su Vaca Sagrada, y Richard Nixon visitó al país que lo recibió con piedras y tubos por haber apoyado al prófugo. El greengo se fue por donde vino, rescatado por sus marines y sus paracaidistas. Rómulo Betancourt ganó las elecciones y nació Elluz Peraza, segunda Miss que renunció por amor para casarse al día siguiente de haberse coronado, y divorciarse cuatro años después. La primera fue María José Yellici, que abdicó a petición de su novio Guillermo Zuloaga, quien le propuso una boda que nunca pasó.

Con el dólar a 4,30 Betancourt sufre un atentado, detallazo del dictador dominicano Trujillo. Al año siguiente Cabrujas y Chalbaud comenzaron a trabajar para RCTV, con el propósito de intentar una televisión menos estúpida. Nacieron Maritza Sayalero, Irene Sáez, Andrés Galarraga, Henri Falcón y el Conde del Guácharo. Un año más tarde nació Maye Brandt, Miss Venezuela 1980, quien después de casarse con Jean Carlo Simancas, se suicidó en 1982. Abundan versiones. En 1980 el Miss Venezuela aparecía por segunda vez a todo color, el país estaba tan emocionado que hasta la Policía Metropolitana le hizo un regalo a su nueva reina: la nombró agente femenino honoraria, con uniforme y una pistola 3.65 cargada. Cuentan que al leer un comentario de María Conchita Alonso en el que decía que Simancas se casó con Brandt por despecho, la chica no aguantó, llamo a Irena Sáez, ella no contestó, y se disparó con su regalo. La versión entre los técnicos del canal es que Maye consiguió a Jean Carlo en la cama con Yani Chimaras y esto detonó su muerte. Chimaras se convirtió a la larga en un número más de la Venezuela revolucionaria que él mismo defendía. Estuvo en medio de un secuestro justo el día en el que grabaría el último episodio de la novela Ciudad Bendita. Desagradables ironías venezolanas.

Maye Brandt

En el 63 nacieron Astrid Carolina Herrera y Bárbara Palacios. Teodoro Petkoff se escapó del séptimo piso del Hospital Militar, a donde, cuentan, lo habían llevado cuando lo encarcelaron, después de beber medio litro de sangre para fingir enfermedad. Este guion no para. En el 67 la guerrilla está bien activa. Mariela Pérez Branger es finalista en el Miss Universo, Venezuela anda esperando otra corona pero con lo que se conseguirá, días después, será con el famoso -y trágico- temblor del 67. Secuestran al niño Vegas, en Caracas se prohíbe por inmoral la proyección del Último tango en París, se suicida Allende y García Márquez le dona su premio por Cien años de soledad a José Vicente Rangel, quien pierde las elecciones. Imaginen por quién votó mi familia.

Aquí nacen misses cuando se mueren intelectuales y se escapan comunistas por túneles de tierra, aunque algunos se apagan por torturados, como el padre de Jorge Rodríguez. El mismo año en que nacieron Alicia Machado y Jacqueline Aguilera, perdimos a Aquiles Nazoa y murieron todos los miembros del Órfeon Universitario en un accidente de avión. Repetimos la frase del buen país que nunca llega, como la buena televisión que se asomó. Si mis padres me hubieran dejado prenderla, quizá hubiera querido ser Miss, y mientras mis amigas se alisaban los rizos a los 12 años yo hubiera estado haciendo lo mismo. Solo me acerqué a la TV los pocos años que María trabajó en casa, cuando escuchaba la telenovela que ella estaba viendo mientras me peinaba mi afro catire y mal visto. Algo aprendí para poder defenderme en este país melodramático, de intentos fallidos y non sense. Y quizá gracias a eso hoy tengo un buen trabajo.

 

Por Mariana Maduro

Francisco Massiani en medio de un partido

 “Cuando escribes, eres un ser atemporal”

Francisco Massiani.

Es una soleada mañana caraqueña. Francisco Massiani está sentado sobre su cama con mucha placidez. Tiene una sonrisa diáfana. Verlo así impregna el ambiente de serenidad. Me saluda como si se tratara de una vieja amiga. Al frente está la imponente biblioteca –casi del piso al techo– de los libros heredados de su padre Felipe Massiani. Más allá, el patio de la casa cubierto de verde y de pájaros. Los Milagros, allí reside Pancho, el hombre para quien la literatura es magia e ilusionismo.

—Pancho, ¿podemos conversar?

—Sí, claro. Pero después que termine el primer tiempo.

Los ojos azules de Massiani apelan a la empatía. Él se refiere al partido de la segunda jornada del grupo F del Mundial Rusia 2018, entre las selecciones de Alemania y Suecia. Pancho es uno de nuestros escritores más queridos. Dicen que uno no debería conocer a sus escritores favoritos para no llevarse un chasco. La obra de Pancho invita a conocerlo con los que nos ofrece: luces y demonios. Porque “para escribir hay que tener honestidad y una gran nobleza”. Szymon Marciniak, árbitro polaco, da el pitazo inicial.

Primer tiempo

Francisco Massiani nació en una Caracas postgomecista. Hijo de Felipe Massiani, escritor, cronista y director de la Biblioteca Nacional; y de Edith Antonetti, una guayanesa con “los ojos verdes más bellos”. Creció junto a sus tres hermanos –Felipe, Jeanette y Coromoto– en una ciudad vestida de pueblo. Tenía siete años cuando tuvo que exiliarse junto su familia en Chile porque la ideología política de su padre iba en contra del régimen de Marcos Pérez Jiménez.

Durante su estadía en Santiago fue alumno de José Donoso, escritor chileno y autor de las novelas El lugar sin límites y El obsceno pájaro de la noche, en el Kent’s School. Massiani cuenta que su padre le recomendó leer diez minutos todos los días. El primer libro que le entregó fue La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, pero lo aburrió inmensamente.

Según dice, comenzó a escribir desde que nació. Siempre. Lorena Vargas, un amor chileno de la infancia, le regaló un diario y comenzó a llenarlo. A los 14 años escribió un poema llamado Puerto, cuando regresaba a Venezuela. Ya en el país se inició con la poesía y los cuentos fantásticos. A partir de allí no paró.

A principios de los años sesenta comenzó a estudiar Filosofía en la Universidad Central de Venezuela. No terminó. Se inscribió en Arquitectura. Tampoco culminó la carrera. Pancho se dedicó a escribir. El duende del que habló García Lorca se había adueñado de Massiani. No había vuelta atrás.

La pintura es otra de las artes que ha cultivado el autor de Piedra de mar. “Todos comenzamos a pintar desde chiquitos. La diferencia es que yo seguí pintando”. Varios de sus dibujos se han expuesto en galerías y han sido portadas de sus libros.

Es un lector ávido, en la mesa cercana a su cama tiene varios libros apilados. De los viejos escritores, le gusta Rómulo Gallegos, Miguel Otero Silva, Guillermo Meneses y de los contemporáneos destaca El libro de Esther, “es una bella novela”, de Juan Carlos Méndez Guédez.

Asimismo, ama viajar. Para Pancho, “un viaje siempre es enriquecimiento inevitable del espíritu”. Conoció París, Madrid, Barcelona. Visitó a la ciudad luz en 1965, volvió en 1969 –becado por el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (INCIBA)– y de nuevo en 1978. Allí sucedió un acontecimiento que tomó notoriedad en la vida de Pancho: el día que no conoció a Cortázar.

Ya le fastidia decir lo que pasó con el gran cronopio, “lo he contado más de cien veces”. Era marzo de 1969, se hospedaba en el hotel Wettel con Clara, su pareja en ese momento. Lo llamó Antonio Gálvez, amigo y fotógrafo, para contarle que Julio Cortázar leyó un texto que había publicado en la revista Imagen, llamado “Después de Gálvez”, y quería conocerlo. Pancho llegó al edificio donde vivía Gálvez y donde lo esperaba Cortázar. Permaneció unos diez minutos pensando si subía o no. Pensaba ¿qué le voy a decir yo a Cortázar? ¿Cómo voy a hablar con ese gigante? Se fumó tres cigarros seguidos y tenía unas ganas enormes de tomarse un trago pero no tenía dinero. Cerró la puerta del edificio y se fue caminando hasta el hotel. Luego de contarle a Clara lo que había sucedido, echó una lloraíta.

Pancho en Mérida. 1976 Foto: Vasco Szinetar

La Sabana Grande de la República del Este fue una parada obligatoria para Massiani. Se reunía con sus amigos en los bares del boulevard. Gabriel Jiménez Emán cuenta que “una vez Adriano González León y Pancho Massiani le montaron una trampa a Luis Camilo Guevara en un bar y le hicieron creer, lo convencieron totalmente de que los marcianos habían tomado la Tierra y que ahora debíamos refugiarnos en bunkers, le mostraron la información armada por ellos y lo sugestionaron, lo intimidaron. Luis Camilo se quedó pensando un buen rato en la barra y después dijo: ‘Bueno, está bien, acepto que vengan los marcianos a vivir aquí. ¡Pero que no vengan con echonerías!’”.

Toni Kroos pierde la pelota en el mediocampo, la recoge Claesson para desplazarse hacia la banda y esperar el desmarque de Toivonen para hacerle el pase. El delantero bate la portería sin que Neuer pueda defenderse. Gol de Toivonen. Alemania 0 – 1 Suecia.

Pancho y Matilde Daviu, BK, Sabana Grande. 1976
Foto: Vasco Szinetar

Medio Tiempo – Piedra de Mar

—¿Pancho, qué te inspira a escribir?

—La vida. Aunque cualquier cosa puede inspirarte. Una pared, un poema, hasta una arrechera te puede inspirar.

Pancho escribía reseñas de libros y pinturas en la revista Imagen, de la cual Guillermo Sucre era su director. Simón Alberto Consalvi, director de Inciba, llamó un día a Massiani a su oficina y le preguntó si tenía una novela escrita. Pancho mintió, a los 21 años ya había escrito tres novelas –Renate o la vida siempre como un comienzo, Fiesta de campo y El veraneante–, pero se inventó una historia sobre un viaje para la playa en plena reunión entre panas. Tardó un año y medio en escribirla, y Guillermo Sucre le dijo que sería una de los primeros títulos de Monte Ávila. Así fue.

Monte Ávila Editores fue fundada por iniciativa de Simón Alberto Consalvi, Guillermo Sucre y Ulises Milla. Se convirtió en una de las mejores editoriales de Latinoamérica. Publicó a Pier Paolo Pasolini, Clarice Lispector, Juan Villoro, entre otros aclamados escritores. Piedra de Mar es la novela más reeditada de esa casa editorial con 17 reediciones. La última es del 2018.

La voz del autor en la novela es desenfadada con toques de humor e ironía, con un lenguaje coloquial y fresco. Sobre el protagonista de su historia cuenta que Corcho es un muchacho prematuro en muchas cosas, lee mucho para su edad. “Sospecho que Piedra de mar es una novela magnífica. Esa es toda la explicación. Aún me parece muy buena”, dice Pancho sobre el éxito de la novela.

Las primeras hojas de la noche, El Llanero Solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes, Relatos, Los tres mandamientos de Misterdoc Fonegal y Con agua en la piel fueron editados por Monte Ávila Editores. Fiesta de campo y Renate o la vida siempre como en un comienzo, dos novelas cortas, fueron publicadas por Otero Ediciones; y su libro de cuentos Florencio y los pajaritos de Angelina, su mujer, por la Fundación para la Cultura Urbana y Sudaquia Editores, editorial asentada en Nueva York.

Segundo Tiempo

¡Gol de Alemania! Empata Reus. Centro de Werner pero Mario Gómez no llega a enganchar, aparece Reus para anotar con la rodilla. Alemania 1 – Suecia 1.

Los Milagros

Así se llama la casa donde se crió Massiani junto a sus hermanos y padres en una icónica urbanización caraqueña. Una casa blanca, luminosa, alta, amplia, llena de libros, dibujos hechos por Pancho y fotos de su hija y nietas. Fue un lugar de reunión y tertulias con los amigos de Felipe Massiani y sus hijos. Todos eran bienvenidos al hogar. Las conversaciones variaban desde la política nacional e internacional, la literatura hasta fútbol. Ahora, es el lugar donde amigos y seguidores van a visitar a Pancho. Y cuando el escritor se despide de ellos no duda en pedir para la próxima vez que le traigan cigarros y vino, si se puede.

El amor y las mujeres

Las mujeres tienen una presencia fundamental en la vida y obra de Massiani. Desde su madre, pasando por sus hermanas y terminando en su hija Alejandra Massiani y sus nietas, de las que habla con ternura y emoción.

Pancho es un devoto de la belleza femenina. Se casó y divorció de Norma Olivares, madre de su única hija. Su gran amor, el último, fue Belén Huizi, a quien conoció en la Librería Suma de Sabana Grande. Una presencia fundamental en su vida. Vivieron en el edificio Fontainebleau de Macuto, donde pudo estar cerca de sus lugares favoritos, del mar.

Con poco tiempo de diferencia, Massiani vivió pérdidas muy dolorosas. La muerte de Belén –a causa del cáncer– y la de sus padres. En el documental Francisco Massiani: Breve y arbitraria historia de mi vida (2015), Pancho grita: ¡a Belén Huizi! ¡Que la adoro todavía!

Aún le reclama su muerte.

Fútbol

Pancho es un gran seguidor del fútbol, por eso es un tema recurrente en su obra y sus conversaciones. Jugó como delantero en el Ávila Futbol Club hasta los 35 años. Admira a Lionel Messi. Cree que la Vinotinto no irá al Mundial y recuerda que la mejor era de la selección venezolana fue bajo la dirección de Richard Páez.

Habla con entusiasmo del gol de media cancha de Deyna Castellanos contra Camerún, en Mundial sub 17 Jordania 2016. Un gol que fue candidato al premio Puzkás del año siguiente. La delantera, dice, “es una extraordinaria jugadora”.

Para Pancho, la literatura y el fútbol tienen mucho en común: “Cuando tú juegas fútbol y driblas a dos o tres defensas e hinchas la malla con un golazo es muy parecido a cuando comienzas un cuento, seduces al lector poco a poco, lo llevas hasta el final y rematas. Eso es un golazo. Ambas cosas son apasionantes”.

Como dato curioso, el estadio de fútbol del parque Andrés Eloy Blanco en Puerto La Cruz lleva el nombre de Francisco Massiani, “eso es más importante para mí que el Nobel”.

Pancho también es Premio Nacional de Literatura 2012.

Tarjeta roja

Falta clara de Boateng con entrada por detrás sobre Marcus Berg. Es doble amarilla. El defensor sale del partido.

Pancho en su casa años 80.
Foto: Vasco Szinetar

Luces y sombras

Un eterno enamorado de la vida y de las mujeres. El llamado señor de la ternura pasó 20  años sin publicar, porque “la literatura no es fácil y duele en lo más profundo del alma”. Fue en el 2008 cuando volvió al ruedo.

Padeció, asimismo, un accidente automovilístico que lo dejó postrado y le provocó una fractura de cráneo. Además, desarrolló una dependencia al alcohol que le causó un coma etílico. “Yo soy mi peor enemigo, Pancho”, se increpa así mismo.

La remontada de Alemania en el minuto 95. Kroos juega en corto con Reus, este se la coloca y el mediocampista anota. ¡Qué golazo! Alemania 2 – 1 Suecia.

Tiempo adicional o descuento

18 de noviembre de 2018. 3:00 p.m. 14ª Feria Internacional del Libro de Venezuela. Casco Histórico de Caracas. Presentación de la nueva reedición de Piedra de Mar, por Monte Ávila Editores. Han pasado veinte minutos y Pancho no llega. Por un malentendido se presenta media hora después. La sala está llena, el público toma asiento y se dispone a escuchar al autor que quería escribir una novela sobre la juventud. “Me siento intimidado por ver a tanta gente que vino a escucharme. Me intimido como ante la belleza de una mujer”.

Terminada la actividad, varias personas se le acercan para que le firmen su ejemplar de Piedra de mar y tomarse fotos con él, desde adultos hasta unas adolescentes de 14 años. Pancho sonríe, aunque cansado, no deja de ser amable. Está por irse pero llega una mujer de 35 años, le dice que es su ídolo. Lo leyó a los 13 años y es su autor favorito. Le pide una foto. Massiani accede.

A la mujer se le aguan los ojos.

 

Por May Mijares | @SritaMaga

Foto de portada Yohanny García