La Vinotinto sub 20 y otro sueño que acabó en decepción

La Vinotinto sub 20 generó altas expectativas por el gran talento de la plantilla, su notable rendimiento físico y la fortaleza mental que mostró en la primera fase del Sudamericano de la categoría.

Pese a esto y a varios momentos destacados, el fútbol monótono y la poca rotación que empleó el seleccionador, Rafael Dudamel, hicieron del equipo algo fácil de analizar para los rivales. Venezuela, a medida que avanzaba el torneo, se fue haciendo más predecible.

La solidez defensiva que llegó a mostrar en la fase de grupos la selección nacional (recibiendo solo tres goles en los primeros cuatro partidos) no se mantuvo en la segunda fase, en la cual encajó un total de nueve goles (ocho en tan solo tres encuentros). Los motivos, sin duda, tuvieron que ver con la falta de recorrido de los mediocampistas y lo largo que quedaba el equipo en situaciones de contragolpe.

No se le puede achacar nada a los jugadores. Errores como los de Hurtado contra Bolivia y Colombia lo han cometido figuras de gran nivel como Zidane, Cantona, etc. En ningún momento se vio algo parecido a falta de compromiso por parte de los futbolistas, pero sí una falta de respuesta por parte del cuerpo técnico. Al igual que una clara dependencia de jugadores como Sosa y “El Churta”.

En medio de las dificultades, el equipo no pudo cambiar su sistema ni adaptarse a las diferentes situaciones del torneo. Ante los problemas para generar ocasiones de gol, el camino fue repetir con insistencia las acciones que ya se habían observado ineficaces. Esto, vale acotar, es una marca registrada de los equipos de Dudamel, quien apuesta más por solidificar el rendimiento durante la fase defensiva y, por lo general, no suele hacer cambios significativos durante los partidos, indistintamente de cómo se estén desarrollando.

La respuesta del DT, en las dificultades, siempre fue Jorge Echeverría (volante del Caracas FC). El jugador no lució y se notaba desencajado en el funcionamiento del equipo. Los partidos muchas veces pidieron más juego asociativo, para lo cual pudo haber sido útil aprovechar a futbolistas como Enrique Peña Zauner y Brayan Palmezano.

Brayan, en lo particular, fue mal empleado: por lo general, suele partir del medio hacia afuera, generando la oportunidad de agruparse con los mediocampistas, tal y como lo hizo en el último encuentro contra Ecuador. Es un mediocampista ofensivo. No obstante, Dudamel lo puso a jugar como extremo, posición en la que se sintió tan incómodo que no rindió de forma adecuada.

Por otra parte, Enrique gozó de tan solo 43 minutos de juego, en los cuales no participó mucho en la gestación de fútbol por el escenario en el que se encontraban los encuentros (una victoria 1 a 0 con la clasificación amarrada ante Bolivia y una derrota 3 a 0 contundente ante Ecuador).

En la mitad de la cancha, al momento de producir asociaciones en ataque, ningún jugador se mostró bien. Ibarra y Casseres Jr no apoyaban a los centrales en la iniciación de las jugadas y no cumplían con los movimientos que exigía el parado táctico. Si bien en la lista no había otro futbolista que pudiese jugar en la primera línea de volantes, además de ellos y de Christian Makoun (usado en la defensa), sí se contaba con centrales de rodaje en el fútbol nacional. Hablamos de Júnior Moreno y Marco Gómez, ambos con una cantidad de minutos considerables en el balompié venezolano. Es decir, una posible solución a los problemas para iniciar las jugadas era mover a Mokoun al centro del campo y darle entrada a cualquiera de estos dos centrales.

El escaso repertorio en ofensiva quizá se pudo contrarrestar con la incorporación de Esli García y Danny Pérez, ambos sumamente desequilibrantes y con mucho rodaje en el fútbol nacional. El caso de Esli es mucho más áspero, ya que nunca contó con la confianza del DT.

Si bien hubo puntos altos, el resto de las selecciones aplastaron tácticamente a la Vinotinto: agrupando más personas en el medio campo y llenando los espacios que dejaban en las transiciones. Lo mejor de Venezuela fue su facilidad ganar segundos balones: enviaba pases largos que, con frecuencia, acababan en los pies de Hurtado. Esto, más la efectividad en los balones detenidos, eran las únicas armas ofensivas. Los rivales se dieron cuenta y, luego del partido frente a Argentina, tomaron cartas en el asunto: lograron anular a los vinotintos. El que mejor lo hizo fue Colombia.

No clasificar al Mundial no solo es una decepción deportiva, sino que pone presión a Rafael Dudamel. La Federación dio todo su apoyo a esta sub 20, por lo que no lograr el objetivo esperado representa un duro golpe. Dudamel tendrá ahora una evaluación decisiva en su desempeño como seleccionador: la Copa América. Si la selección absoluta no da la talla, su cargo podría estar en entredicho.

 

Por Juan Chacón

Prohibido ser neutral: necesitamos el VAR en las elecciones

En el descanso entre Mundiales, se juega la Copa Venezuela, no la de clubes sino una de naciones. Es un trofeo peculiar porque siempre se ha dicho que brilla radiante de oro y otras riquezas (y bellezas), pero en realidad su estructura interna sigue siendo de cartón. El torneo es incómodo no solo por atravesado, sino porque nadie sabe exactamente qué hacer con él. Muchos ni siquiera están seguros de que les convenga ganarlo. Está asociado a una saga de arbitrariedad –que no es un sinónimo de arbitraje justo–, autoritarismo, usurpación, represión y dinero sucio.

La selección de Estados Unidos nunca ha sabido demasiado de este juego del que hablamos, pero en la teoría cuenta con todos los recursos para vencer en la competición. Hasta ahora es una de las que muestra más intención en llevarse la Copa, como suele manifestar su staff técnico, últimamente muy activo en las redes sociales. Bastantes puristas alegan que el único interés del equipo de las barras y las estrellas es hacer negocio, convertir este deporte en un show y autoproclamarse campeón.

En todo caso, en medio del desconcierto y la desmotivación que infectan a otros países, los gringos ven una oportunidad a pata de mingo de su confederación y están jugando fuerte. Que sean más bulla que la cabulla es otra cosa. La plancha aspirante a tomar las riendas de este deporte en Venezuela, bloqueada por una cúpula que controla la Federación de manera ilegítima, sabe que un competidor tan influyente representa una de las poquísimas posibilidades de hacer el torneo un poco más parejo y limpiar el tan maltratado nombre de la Copa. No importa que sea un equipo torpe con el balón: si les abren la frontera, ayudarán con el Gatorade y el Dencorub.

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Los europeos siempre han conocido los matices y sutilezas de este delicado juego, aunque debido a que están enfrascados en sus propias competiciones y los traslados implican cruzar el Atlántico en fecha FIFA, no están muy seguros de si quieren meterse en esta Copa. Potencias que han ganado el Mundial como Francia, Alemania, Inglaterra y la últimamente venida a menos España han manifestado su respaldo al juego limpio, aunque no están seguros de si enviarán sus jugadores titulares a la lejana Sudamérica. En todo caso dan cierto prestigio a la dispareja competición.

Aparte de los grandes animadores, por supuesto, hay un coñazo de selecciones europeas más o menos competitivas que ven con simpatía la plancha opositora aspirante a lavar la bananera reputación del torneo, aunque en general es difícil que estos equipos tipo Austria o Polonia pasen mucho más allá de los octavos de final. Una muy modesta selección que nunca ha clasificado al Mundial podría convertirse en una de las revelaciones e incluso protagonista crucial de esta definición, debido a los secretos que conoce sobre el fair play financiero: Andorra. Es un principado no mucho más grande que el Vaticano, oncena que, aunque juega con sotana, se ha dejado meter unos cuántos caños esta temporada.

La Conmebol cuenta con selecciones campeonas como Argentina y Brasil, e incluso otras que han organizado Mundiales como Chile, aunque hace tiempo que no ganan un torneo importante y suelen ir cada una por su lado. La confederación regional está debilitada, a pesar de la despeinada angustia de su presidente, un tal Almagro. Últimamente el que lleva la voz cantante es un grupete que se reúne en Lima para pedir que dejen jugar al Guerrero (Paolo).

Como esta competición es atípica, Colombia es uno de los equipos que está más interesado en el torneo. Resolver esta eliminatoria se le ha convertido en un asunto de primerísimo orden interno, de hecho, tanto en el aspecto económico como social. Parece un competidor serio y no hay que subestimar las armas (deportivas) que ha ido acumulando. Con hombres como Cuadrado, quieren impedir que la arepa se les siga poniendo ídem.

Como en todos los torneos internacionales, hay equipos sucios y equipos aburridos que hacen que muchos partidos no merezcan ser televisados. Rusia ganó la sede del último Mundial a punta de billete y Putin quiere tener una selección campeona así tenga que comprar árbitros y manipular el VAR, aunque le sigue separando una distancia considerable de las selecciones aspirantes. Han despedido técnico tras técnico y a veces tienen la sensación de que han perdido esos reales.

AP

China desde hace rato quiere ser un actor de primer nivel en competiciones internacionales, pero lo hace de manera irresponsable. Para conquistar mercados están dispuestos a todo, menos a exigir una competición más limpia. Ellos tienen una palabra para hacerse los locos ante la violencia en la cancha: in-je-len-cia. Irán es una lástima, porque si se dedicaran a jugar en vez de agredir, podrían dar muy buen espectáculo. Turquía se ha vuelto una experta en la tramposería, nada que ver con el simpático equipo que llegó a semifinales en el Mundial 2002.

¿Qué pinta Cuba en este deporte? Siempre ha sido un fantasma. Pero aunque muchos no lo recuerdan, hizo algo que nunca ha conseguido Venezuela: jugar un Mundial. Ha aprovechado el factor experiencia para aferrarse a sus posibilidades de supervivencia y, al menos en esta fase clasificatoria, se han desempeñado como si estuvieran jugando beisbol. Han entrado al terreno de juego con bates de aluminio, pues. En eso de aporrear y vigilar las señas de los entrenadores contrarios son expertos. No sabrán mucho de 4-4-2 o  4-3-3, pero sí de la táctica antirreglamentaria conocida como G2.

Y llegamos a los países ladillas que nunca faltan en todo Mundial. Juegan para mantener el empate 0-0. Andan haciendo turismo en esta definición que, luego de un tiempo extra de 20 años, no se resuelve desde los 11 metros debido al mutismo de la Corte Penal Internacional, organismo que, como sugiere su nombre, se encarga de supervisar que los arqueros no se muevan antes de tiempo en las tandas de penales.

Hasta selecciones que han sido campeonas del mundo, como Uruguay e Italia, se han puesto fastidiosas. Sus delegados se la pasan quejándose de las selecciones que sí salen a ganar la Copa como sea, pero en el pasado se quedaron callados cuando vieron piernas fracturadas, árbitros amañados o futbolistas mal alimentados. Sorprende el silencio ante el fraude monumental del 20 de mayo. En el caso charrúa, hay sospechas sobre la titularidad del hijo del director técnico que hacen quedar como una caimanera de futbolito en el Parque del Este aquella insistencia de Richard Páez de poner siempre a Ricardo David. Como en todo deporte de contacto, hay tiempo de rectificar.

En Italia lo echó todo a perder una agencia de management llamada Movimiento Cinco Estrellas, que buscó y buscó en el Calcio y la única estrella actual que consiguió fue el importado Cristiano Ronaldo. Finalmente se impuso en la anodina Squadra Azzurra el viejo Catenaccio, táctica conservadora que consiste en dejar encadenados a los defensores de la democracia. De la portería, quisimos decir.

Ante el tedio de los que no quieren abandonar su área, uno no debería ser neutral. El nombre del juego es la alternabilidad.

El caso de México es lamentable. Siempre está en los Mundiales, y aunque es genéticamente imposible que pase de octavos de final, suele dar un espectáculo alegre y vistoso. Esta vez llegó nueva gerencia de educada pierna zurda que pretende salir de perdedora, aunque ha desvirtuado su esencia y ha traicionado a la Tricolor. La bandera mexicana, claro.

Al igual que la final de la Copa Libertadores 2018, nadie sabe cuándo y cómo terminará este extraño torneo llamado la Copa Venezuela. Se supone que la barra de los aficionados de la Vinotinto deben arreglárselas por sí mismos para escapar al mote de perdedores, aunque en su deteriorado estadio enfrentan a un rival de Fútbol de Altísima Efectividad en el shoot y con la desventaja añadida de un balón imprevisible por hiperinflado. Las reglas de la FIFA no son muy claras en casos como estos. Lo cierto es que solo les queda repetir en las gradas el cántico que se han aprendido este 2019: cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres. No hay futuro para las divisiones menores sin un nuevo presidente en la Federación.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia

Orden directa a las Fuerzas Armadas

Es raro esto de no sentirse perseguido. Pertenezco a una generación para la que cantar, marchar, reunirse y hasta respirar es tomado como un delito. Pero hoy es 12 de febrero y la vida ocurre con una cotidianidad que me pone los pelos de punta: ¿será que tampoco hoy veré un herido, respiraré gas lacrimógeno?

Son más de las diez de la mañana y camino desde Plaza Venezuela a Chacao. Casi todo luce como luciría cualquier martes: en un calmado caos. Calles sucias, malolientes, gente hurgando la basura, locales abiertos, niños pidiendo comida, gente yendo al trabajo: lo normal. O lo que para nosotros es normal. No se siente el peligro de represión que caracterizó las manifestaciones en el 2017 y en la mayoría de las marchas convocadas contra el régimen desde el año 2000. Aquí casi todos andan en los suyo: hasta los funcionarios de la GNB, que conversan con rostros amenos, sonríen cada tanto. Las señoritas embutidas en uniformes tienen el rostro maquillado con tanta prolijidad venezolana, que parecen más listas para desfilar que para reprimir. Y aunque no caminarán por ninguna pasarela, tampoco agredirán a civiles. Al igual que la concentración del pasado dos de febrero, hoy también reinará algo que ya nos resulta extraño a los venezolanos: el derecho a expresarse libremente.

En Chacaíto el espíritu de manifestación entra por los oídos. Cada partido político hace le suyo: enarbola banderas, pancartas; exhibe a sus jóvenes con franelas llenas de propaganda y denuncias. Padres e hijos, viejos, cuarentones y jóvenes caminan y se detienen a ver algunos cánticos.

—¡Otra vez, otra vez, a la calle otra vez!

Mientras más me acerco a la tarima, detallo más variedad de personas. La tragedia del país no se resume en dos o tres frases: cada quien tiene un relato que forma parte de un extenso rompecabezas. Después de dos décadas, la forma más efectiva que parecemos haber encontrado para enfrentar la dictadura es unirnos a través del dolor y de la necesidad de cambio: cuando, más allá de las situaciones concretas, la tristeza y la frustración se convirtieron en lazos de empatía, quedó claro que –preferencias políticas al margen– todos queremos y merecemos una cosa:

—Cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres –dice el host del evento cuando da inicio la actividad.

Es el Día de la Juventud y alrededor de mí hay siete ancianos. Los cuento con la mirada. Aunque la apología superficial e irresponsable hacia los jóvenes seguirá apareciendo en diferente medida, me contenta la participación de tan variada gama de edades: un equipo exitoso depende por igual de sus veteranos como de sus promeses.

Si no fuera por la ilusión y la esperanza, podría decir que me encuentro tan incómodo como en un vagón del Metro. Quejas, empujones, sudor, desmayos, chistes. Pero la mayoría trata de comportarse –o soportarse– de la mejor manera. Lo que quieren casi todos es escuchar al presidente encargado. Veo hacia los edificios que están al borde de la avenida y siento ganas de vivir en uno de esos apartamentos: las personas de asoman por sus ventanas –una pareja de cuarentones hasta se montan en el tejado de una casa colindante– y disfrutan desde puestos VIP todo lo que ocurre en la tarima.

Después de los emotivos saludos –por video– de los exiliados David Smolansky y José Manuel Olivares, del coñazo que significa ver un extracto del último discurso de Juan Requesens antes de que lo secuestrara la dictadura, la actividad se torna fastidiosa. El comediante y presentador Manuel Ángel Redondo hace una intervención leída que solo genera ecos de aplausos: por estar tan pendiente del papel se pierde de la oportunidad de leer los ojos de los espectadores. Luego, suben dirigentes estudiantiles que contagian una ingenuidad discursiva que algunos atribuirían a la edad o quizá a la falta de rodaje o de formación: caen en la tentación de gritar por gritar, de hilvanar una seguidilla de lugares comunes y se repiten y redundan en sus intervenciones: no han hablado ni la mitad de los chamos que están en agenda cuando ya el público pide:

—¡Guaidó, Guaidó, Guaidó!

Pero hay dos cosas que me resultan llamativas:

Primero, cuando una dirigente estudiantil llama al escenario a “mis panas de la Resistencia”. Se refiere a esos chamos que se cubrían el rostro con franelas, para no ser identificados por los esbirros de la dictadura, y con escudos y piedras hacían frente a los represores durante las protestas de 2017. Cuando un grupo de cinco o seis muchachos suben a la tarima, me pregunto: quiénes son. Ya, se supone que los de la “Resistencia”; entonces capaz debería formular mejor mi pregunta: ¿y qué es y quiénes componen a la Resistencia? En 2017 hablé con diferentes personas de distintas partes de la Gran Caracas que actuaban bajo el manto que otorga ese sustantivo. Comunidades organizadas, asociaciones de protestantes, dirigentes estudiantiles; hasta algún militar retirado y un par que estaban fuera de servicio: todos ellos decían formar parte de la Resistencia. Es curioso como el nombre coquetea con penetrar en la cultura popular para hacer referencia, más que a alguien en concreto, a personas que en diferentes situaciones actúan bajo ese nombre.

Lo otro que me llama la atención es el uso que se da a la figura de los jóvenes asesinados por la dictadura en 2014 y 2017. Algunos se refieren a ellos como héroes, solo un hombre los tilda de mártires y demasiados pocos los muestran como lo que –en mi opinión– fueron: víctimas. Cuando un dirigente, que atropella su discurso hasta vaciarlo de sentido, dice que esos jóvenes caídos entendieron que la libertad está por encima de nuestras vidas me pregunto si tiene idea del significado de sus palabras. Y es precisamente ese tipo de excesos, a los que nos acostumbró el chavismo, de los que me gustaría que la sociedad que se está construyendo se cuidara.

Vivir bajo este régimen ha sido como extrapolar la cotidianidad histórica de los sectores populares a todo el país: tener como vecino a un pran que somete a la mayoría de ciudadanos y condiciona sus posibilidades de ejercer su libertad. Hoy toda Venezuela vive en esas condiciones. Basta pasar un tiempo en una comunidad popular para comprender que la resistencia está llena de matices y es un ejercicio cotidiano. En un país en el que la causa principal de muerte de los varones entre 15 y 25 años es el asesinato, muy pocos de los habitantes de esas zonas ven algo de heroísmo cuando un hampón mata a un chamo.

Estar vivo es la manera más contundente de protestar contra quienes nos les importa asesinarnos. Celebrar la vida es la mejor forma de luchar por la libertad.

Cuando dejan de hablar los dirigentes estudiantiles, las viejas que están cerca de mí se emocionan: creen que llegó el momento del presidente. Pero se equivocan: es hora de que tomen la palabra los diputados. Si de algo se han cuidado los dirigentes políticos en este nuevo plan de acción, es de usar muy bien los símbolos. Así como han mostrado unidad, han hecho de la Asamblea Nacional un fortín de ideas: es el rostro del Gobierno legítimo. Aunque la tendencia a buscar mesías sigue presente en buena parte de la población, los diputados –incluyendo al presidente encargado– dejan claro con sus acciones que Guaidó es el representante de un movimiento que lo trasciende a él como nombre y que muestran, además, el valor de la perseverancia y de los procesos: uno ve a estos panas hablar y no puede dejar de pensar en aquellos muchachos que supieron organizarse en el 2007 para frenar uno de los impulsos autoritarios del régimen. Esto no empezó en enero: son más de diez años de camino.

Resistir es tener paciencia y temple.

Manuela Bolívar toma la palabra en medio de gritos desaforados que piden que hable el presidente. Pero ella se erige como una de las mejores oradoras de la jornada: narra el testimonio de tres víctimas de la crisis humanitaria y captura la atención –sin gritar como loca, sin repetir lugares comunes– de la gente. Y eso, razono, no es sencillo: hablar frente a una multitud es complicado, hablar frente a una multitud que solo quiere una cosa y lleva 20 años de hartazgo y desesperación es como patear un penal en una tanda definitoria del Mundial.

Con Manuela el mensaje del día queda todavía más claro: estamos reunidos para honrar a los caídos, para mostrarle al mundo que queremos que ingrese la ayuda humanitaria y para pedirle a los militares que cumplan con su deber. Sobre todo, para pedirle a los militares que cumplan con su deber.

Habla otra diputada y la cosa se sigue extendiendo. Me duelen las piernas. A mí alrededor ocurren empujones más propios de un pogo. Alguien dice que le robaron el teléfono. Detecto más desmayos que en un concierto de Alejandro Sanz. Y el host toma el micrófono para decir que falta otra persona por intervenir. Todos comienzan a quejarse hasta que escuchan el nombre de Miguel Pizarro: entonces, lo aplauden con respeto.

Miguel engrosa la voz, camina de una lado a otro y avanza con sus palabras como quien recorre kilómetros en un maratón. La gente se queda en silencio, la mayoría lo escucha con interés. Si Manuel Bolívar fue una apología a la coherencia, Pizarro es el mejor aperitivo previo a Guaidó. Pide aplausos a la comisión de voluntarios encargados de la ayuda humanitaria, entre los que aparece Roberto Patiño, y nos garantiza que esa ayuda va a entrar sí o sí. Cuando comienza a alargarse demasiado, da la palabra al presidente de la República de Venezuela.

La multitud ruge como en un concierto de rock.

Aunque Guaidó a veces se extravía en sus alocuciones, aunque en ocasiones su entonación pareciera la de un robot, hay varias cosas que me gustan de su oralidad: es sobrio, tiene un buen lenguaje corporal, no necesita berrear como animal en celo para emocionar al público, es claro en sus mensajes. Y si hay un momento en el que todo esto se manifiesta de forma condensada es cuando engrosa la voz para decir:

—Voy a dar una orden directa a las Fuerzas Armadas.

Se me eriza la piel. Gritos, expectación. El presidente nombra diversos cargos militares y ordena:

—Dejen entrar la ayuda humanitaria al país.

Vítores. Aplausos.

Ante este momento, el resto del discurso –aunque contiene algunos momentos destacados– parece más bien un epílogo.

Habla de la esperanza y la sonrisa que se nos ve a todos en la cara, se toma una selfie con la multitud de fondo, remarca la importancia de que el usurpador se vaya:

—Que yo no voy a decir su nombre, porque ya todos ustedes lo conocen.

—¡Diiiiiiiiilooooooooooooooooooooo! –piden las personas.

Pausa. Silencio.

—El usurpador se llama Nicolás Maduro.

—¡Coño e’tu madre! –rugen.

Se anuncia un nuevo punto de acopio en Brasil y, otra noticia importante, asegura que el próximo 23 de febrero (a un mes de haber asumido la presidencia) deberá entrar la ayuda humanitaria al país.

Ya escucharon, militares.

 

Camino por la avenida Francisco de Miranda rumbo a Chacaíto. Las personas van animadas, se toman fotos, comentan lo dicho en la concentración. Alguien grita Maduro y todos responden coño e’ tu madre.

—Debería haber un récord Guinness a la madre más mentada del planeta –dice una señora.

Estoy cansado y todavía no me acostumbro a esta ausencia de miedo, de correr, de cuidado que vienen los guardias. Es raro ejercer los derechos constitucionales con tanta tranquilidad. Pero entonces, oigo el rumor de unas motos.

Durante las protestas de 2017, cuando la represión pasaba su momento más álgido sucedía la llamada operación arrase. Decenas de motorizados –algunas veces civiles armados; otras, funcionarios– aparecían disparando a mansalva. Pienso en eso cuando percibo lo que solo pueden ser decenas de motos acercándose. Volteo y estudio el área: puede ocultarme tras este quiosco, o meterme entre estas matas.

Ni lo uno ni lo otro es necesario.

Son varias motos, sí, una caravana que toca corneta y genera vítores tras de sí. De parrillero en una de ellas viaja Juan Guaidó, quien alza la mano para el delirio del público.

Símbolos, sonidos, imágenes y miedos: todo se está transformando en esta nueva Venezuela.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

No más apologías a la juventud

La apología a la juventud me aburre. Me parece tan lamentable como quien desecha a los ancianos por ser ancianos. Cuando en una conversación con Pep Guardiola, organizada por un banco español, David Trueba dijo que “los jóvenes están sobrevalorados”, sentí que alguien le daba forma a mis ideas. ¿Qué mérito hay en ser joven? Ninguno. En ser viejo tampoco, pero al menos está claro en que la persona en cuestión se las arregló para sobrevivir por un buen puñado de años. Esa tendencia a sentirse importante por estar saliendo de la adolescencia, para mí es un sinsentido tan grande como creer que una raza o una nacionalidad es superior a la otra.

El optimismo con el que se sentencia que “los jóvenes son el futuro” me parece chocante. Cuando la pronuncia un joven, pienso: ¿sabrá que durante 2019 años todas las generaciones dijeron exactamente lo mismo y, por lo que sé, el mundo sigue bastante enfermo? Cuando la pronuncia alguien que ya no se siente joven, pienso: ¿qué le da derecho a cargar en otros la responsabilidad que él ya no se atreve a asumir? En ambos casos, el estómago se me revuelve: que el mundo mejore es algo que depende, por igual, de todos quienes hoy estamos vivos. O eso creo.

Hace tiempo se viralizó una nota sobre el biólogo colombiano Humberto Maturana. En una conferencia, declaró: “Los niños, niñas y jóvenes se van a transformar con nosotros, con los mayores, con los que conviven, según sea esa convivencia. El futuro de la humanidad no son los niños, somos los mayores con los que se transforman en la convivencia. Nosotros hoy somos el futuro de la humanidad. Los niños se transforman con nosotros. Van a reflexionar, van a mentir, van a decir la verdad, van a estar atentos a lo que ocurre, van a ser tiernos, si nosotros los mayores, con los que conviven, decimos la verdad, no hacemos trampa, o somos tiernos”.

Si la discusión pasa a términos económicos, conviene recordar que estadísticamente la población más productiva tiene entre 30 y 50 años. Personas que todavía vivirán entre tres y cinco décadas más. Son ellos, en su mayoría, quienes controlan el motor económico de los países, ocupan cargos políticos y las sillas de mayor peso dentro de las empresas. En teoría –y solo en teoría– son quienes tomarán decisiones más transcendentales. El mañana, visto en perspectiva, podría depender más de ellos que de cualquier adolescente que se crea importante. O al que quieran endilgarle un peso que no le corresponde cargar.

Los prejuicios sobre la edad me fastidian. En la historia hay tantas personas exitosas de 20 años, como de 40 y 70. Así como muchos que destacaron a lo largo de toda su vida. Enaltecer cualquier etapa sobre las demás, se me antoja tan ingenuo como pretender evaluar la calidad profesional de una persona fijándose en su género, nacionalidad o raza. He conversado con chamos de 15 años que se pavonean hablando de sus cualidades y de lo que les depara el futuro. Exigen que el mundo sea más benévolo para con sus intereses, pues “el mañana depende de ellos”. También, me he topado con personas de cabello blanco, sin muchas lecturas encima, poca actividad profesional y que ningún esfuerzo han hecho por actualizarse, pero hablan como si su palabra fuera ley, “porque estas canas no han sido de gratis”.

Me parece, y cada día me parece más, que hay que tener mucho cuidado con sentirse importante o especial. Con creerse inteligente o digno de honores. Creo, y cada día lo creo más, que esas cosas hay que demostrarlas en vez de repetírselas a los otros. La calidad de las acciones es el argumento más contundente.

De resto, quizá convenga tener presente una frase de Manuel Vázquez Montalbán: “¡Joder con la nueva generación! Son como nosotros”.

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

In Guaidó we trust

En una entrevista del año 2004, para el diario argentino La Nación, el filósofo esloveno Slavoj Zizek dijo: “Los Estados Unidos piensan localmente y actúan globalmente”. A pesar de ser un anagrama de la frase del movimiento ambientalista Greenpeace, “Piense globalmente y actúe localmente”, Zizek no se equivocó, con esas palabras estaba describiendo la política exterior norteamericana. Aunque paradójicamente se trata de un marxista, afirmó que Estados Unidos debía intervenir más en todo el mundo, lo que, para bien o para mal, sucedería con frecuencia en la historia de ese país.

Hoy la situación no es diferente. A las afueras de Venezuela existen tres puntos de acopio para la ayuda humanitaria: una donación de alimentos y medicinas, que busca atajar la crisis venezolana, proveniente de Estados Unidos y otros países del hemisferio occidental. Esto ha sido calificado como “injerencista” por partidarios del régimen. “No necesitamos ni estamos pidiendo limosna a nadie”, dijo Diosdado Cabello, a finales de la semana pasada. Muchos venezolanos, mientras tanto, están en ascuas y no dejan de bromear con una posible llegada del United States Marine Corps.

Los seguidores de la cuenta de Instagram de la embajada americana en Caracas exigen a diario una intervención militar estadounidense en Venezuela. “Yo apoyo una intervención militar parar liberar a Venezuela, si yo estuviese en mi país mi mensaje a los Estados Unidos sería #GringoComeHome”, comentó uno de los usuarios en una publicación del 29 de enero, donde la embajada advierte a los ciudadanos estadounidenses de no viajar a Venezuela hasta nuevo aviso.“In Guaidowe trust” y “We need the marines to freedom of Venezuela” son otros mensajes que se pueden apreciar en las publicaciones.

Pero la realidad es otra, la historia nos enseña las carencias y los excesos de las acciones, militares o no, del gobierno de los Estados Unidos. El periodista de izquierda, Mark Hertsgaard, lo señala bastante bien cuando intenta responder, con su libro La sombra del águila, por qué la nación americana suscita odios y pasiones en todo el mundo. Y es que desde el mismo instante de su fundación, cuando los primeros colonos llegaron a Nueva Inglaterra, estaba trazada la ruta de este país: John Winthrop, gobernador puritano, ya lo dejaba claro en Un modelo de caridad cristiana: “(…) seremos una Ciudad sobre la Colina, los ojos de todos los pueblos están sobre nosotros”, texto que más tarde le dio soporte al Destino Manifiesto, ideario que argumenta el expansionismo americano del siglo XIX.

Lo cierto es que la política exterior de EEUU es repudiada por muchos y alabada por otros. Con más fuerza que nunca, hoy día estas dos posturas se debaten a diario entre los venezolanos.

Monroe: vigencia y obsolescencia

Hablar de intervención es hablar de la Doctrina Monroe, un documento que, pese a ser interpretado como el principio de injerencia americano, no fue escrito precisamente con ese propósito; de hecho, su verdadero autor ni siquiera fue James Monroe, sino John Quincy Adams, quien llegó a la presidencia tiempo después. En 1823, año en el que es leído el discurso ante el Congreso, Estados Unidos no es ni la cuarta parte de lo que se convertiría un siglo más tarde. La aclaratoria es una alerta ante el peligro que representaban las monarquías europeas frente al nacimiento de las repúblicas independientes de la región.

La primera lectura que se le hace al documento con carácter injerencista es durante la segunda intervención francesa en México en 1862, pero fue el corolario del presidente Theodore Roosevelt (es decir, su alteración o “enmienda” a la doctrina) lo que terminó haciendo de este texto algo relevante, tras ser utilizado en dos escenarios importantes: en la guerra hispano-cubana-norteamericana, que consiguió la independencia de Cuba en 1898; y durante el bloqueo a las costas de Venezuelaentre 1902 y 1903, que evitó una posible ocupación europea. Hoy, México, Cuba y Venezuela no dudan en menospreciar a la nación del norte, a pesar de que fueron sus acciones diplomáticas las que evitaron que volvieran a ser (o siguieran siendo, en el caso cubano) el patio trasero de verdaderos imperios coloniales.

Dicho de forma más sencilla: las acciones de Estados Unidos fueron decisivas para liberar a México, Cuba y Venezuela del imperialismo europeo.

En 1917, la Doctrina Monroe perdió vigencia, pues uno de sus apartados dice que los Estados Unidos no se involucrarían en conflictos fuera del hemisferio, pues su sistema político, y el de la región, es diametralmente opuesto al de las monarquías de Europa. De esta forma, al entrar en la Primera Guerra Mundial, el enunciado se hizo obsoleto, aunque la izquierda y el antinorteamericanismo todavía lo empleen para criticar la política exterior de la Casa Blanca. Lo curioso es que si revisamos la contribución americana en defensa de los derechos fundamentales tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, es innegable que se le debe a ella la alardeada “autodeterminación de los pueblos”: o sea, la idea de que todo país tiene la soberanía permanente sobre sus recursos naturales, desde la perspectiva de los derechos humanos.

El fin del aislacionismo

Durante el siglo XX, Estados Unidos tuvo más presencia en el escenario internacional que antes. Después de la victoria obtenida en la Primera Guerra Mundial, comenzó su carrera definitiva por convertirse en una nación respetada y consolidada en el exterior, hazaña que fue logrando simultáneamente con la Rusia revolucionaria de Vladimir Lenin que, al salirse de la guerra por considerarla un conflicto entre imperios, evitó los costos que padecieron las naciones de la Triple Alianza (Italia, Prusia y Austria-Hungría) y el mismo bando vencedor: la Entente (Inglaterra y Francia). Así, Estados Unidos promovía el militarismo en Latinoamérica, mientras que Rusia contagiaba de propaganda comunista a los emigrantes europeos que estaban huyendo de la contienda.

Su influencia en el mundo quedó en evidencia en otoño de 1929, cuando el crac de la bolsa de Nueva York colapsó la economía global y dio comienzo a la gran depresión de los años treinta. Más tarde, Franklin Delano Roosevelt asumió la política de buena vecindad y no intervencionismo hacia los asuntos extranjeros en América Latina, a pesar de que fue él quien pronunció el famoso discurso de las cuatro libertades, bandera con la que ingresaron a la Segunda Guerra en la cruzada contra el nazismo y el fascismo italiano. En este sentido, la presencia se hizo más predominante: eran la cuna de la libertad.

Rusia y Estados Unidos fueron los grandes ganadores de las dos guerras mundiales, en detrimento del poder europeo como epicentro del mundo moderno. Sus zonas de influencia quedaron marcadas con el inicio de la Guerra Fría en 1948, cuando ya de manera irreversible empezaron a jugar un papel más activo en el acontecer mundial. Latinoamérica no sería ajena a los intereses de ambas potencias. Por eso, el siglo XX fue la época de apertura y del fin del aislacionismo americano, cosa que implicó mayor presencia en las naciones de su hemisferio:pensar localmente pero actuar globalmente.

Golpes militares, golpes democráticos

Durante la Segunda Guerra Mundial, Venezuela proveyó a los Aliados el petróleo. Una vez terminada la contienda, el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, marcó el carácter ideológico de la Guerra Fría: mediante acciones injerencistas en los países no alineados, llevó al poder a determinados grupos políticos que garantizaron su apoyo en la disputa ante su nuevo enemigo: el comunismo. Para esto se valió del respaldo militar en la región y del colchón que fue la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Un extenso debate historiográfico existe al respecto. El 18 de octubre de 1945, Isaías Medina Angarita abandona la presidencia y Estados Unidos reconoce a la junta de gobierno que se instala al siguiente día. Pero los avances democráticos ponen en peligro las relaciones entre Venezuela y ese país, porque existe una importante influencia roja dentro del partido de gobierno. En 1948, un golpe militar saca de la presidencia a Rómulo Gallegos y en su lugar se instaura otra junta, que no tarda en ser avalada por la Casa Blanca. Una nueva dictadura se instala en Venezuela y evita la avanzada del comunismo. La injerencia es discutida, pero la historiadora Margarita López Maya concluye que no existen pruebas suficientes que involucren la actuación estadounidense en el hecho. América Latina vive situaciones similares: numerosos autoritarismos ascienden al poder.

Diez años más tarde, en 1958, la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez llegaba a su ocaso, al igual que el posicionamiento militar en Latinoamérica, apoyado por el gobierno federal. La ola comenzó en la Argentina de Juan Domingo Perón (1955) y siguió por el resto del continente, llegando al Perú de Manuel Arturo Odría (1956), a la Colombia de Gustavo Rojas Pinilla y a la Guatemala dominada por Carlos Castillo Armas (1957); en Cuba, Fulgencio Batista fue derrocado por la revolución de 1959 y, finalmente, Rafael Leónidas Trujillo cayó en República Dominicana en el año de 1961. A pesar del respaldo estadounidense a estos mandones, algunas salidas del poder se debieron a un cambio de parecer dentro del Departamento de Estado, principal secretaría del Ejecutivo norteamericano.

En Venezuela, por ejemplo, Estados Unidos comenzó a alejarse de Pérez Jiménez tras la discrepancia en la Conferencia de Presidentes de Panamá, en la que el dictador se negó a instalar una base militar norteamericana en la península de Paraguaná. Los excesos también pudieron evidenciarse en la intervención a República Dominicana entre 1916 y 1924, cuya consecuencia a largo plazo permitió la llegada de Rafael Leonidas Trujillo y su cruenta dictadura, caracterizada por la tortura y el nepotismo. Otro caso no tan distante fue la intromisión en Panamá, cuando el gobierno de George Bush depuso a Manuel Antonio Noriega, acusado de narcotráfico. Ninguno de los tres gobiernos mencionados eran de izquierda, caso contrario al del comunista chileno Salvador Allende, cuya crisis le abrió las puertas a Augusto Pinochet, quien llegó al poder amparado en cierta medida por la presencia del gobierno de los Estados Unidos.

Gringo, come home!

Estados Unidos supo aprovechar esta fractura en la región para darle validez a sus principios liberales y democráticos. En ese entonces, la sociedad estadounidense afrontaba situaciones complejas, como la lucha por los derechos civiles de la comunidad negra, que ponían en tela de juicio su sistema liberal, argumento que era usado por la URSS de forma propagandística en su contra. Por lo tanto, el advenimiento de la democracia en América Latina, y su reconocimiento por parte de la Casa Blanca, sirvió como reafirmación de sus principios. Los vaivenes de la Guerra Fría exigían un comportamiento diferente.

El fin de la pugna entre el comunismo y el mundo libre se acercaba y la implosión se dio finalmente en 1989, con la caída del Muro de Berlín que más tarde desintegró a la URSS. Estados Unidos ocupó, entonces, la primera posición entre las potencias del mundo, aunque no salió ileso de la contienda. Ante el nuevo escenario mundial, un nuevo adversario estaba por surgir: el terrorismo, su principal preocupación tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Pese a que las intervenciones estadounidenses fueron cesando por el nuevo orden mundial, hoy parecen más perentorias que nunca ante la necesidad de salirde gobiernos totalitarios, que atentan contra la libertad individual. En opinión de muchos, no se puede ser indiferente ante la crueldad.

A pesar de los dimes y diretes entre representantes de la política exterior de Venezuela y el Pentágono, la mesa está servida para una intervención, más allá del carácter disuasivo que pudieran tener las declaraciones y de cómo todo se va pareciendo, según la opinión de muchos entendidos, a una guerra fría. En un escenario donde miles de venezolanos huyen despavoridos por las fronteras o mueren a manos del hampa o por falta de recursos económicos, el discurso de Donald Trump caló en la población venezolana y tal parece que ahora somos la joya de la corona que el republicano quiere para su reelección en el año 2020. Al fin y al cabo, no sería la primera vez que Estados Unidos interviniera: en 1895, Grover Cleveland impidió que Venezuela perdiera territorio; y entre 1902 y 1903, Roosevelt le dijo a Alemania, Italia e Inglaterra que se retiraran de las costas venezolanas. Esperemos, entonces, que nuestros dirigentes sepan actuar con calma, cordura y pragmatismo. In Guaidó we trust.

 

Por Jesús Piñero | @jesus_pinero

 

El tío de mi pana y el G2 cubano

Parecía otra cadena directamente llegada de algún laboratorio del G2 cubano, pero la compartía uno de mis mejores amigos en un íntimo grupo de WhatsApp. Y no era cadena, sino un dato importantísimo: su tío, un general retirado de la aviación, acababa de llamar a su papá para pedirle que ni él ni su familia salieran de casa, pues unos compañeros de él en Caracas “tomarán acciones”.

Era la noche del pasado domingo tres de febrero y en el ambiente se respiraba que la pesadilla chavista podía terminar en cualquier momento: el presidente de Colombia decía que sólo era cuestión de horas; un periodista venezolano, con larga trayectoria, publicó un mensaje en Twitter en el que, en forma de clave, parecía atreverse incluso a ser más preciso: de 24 a 72 horas; en las redes sociales de Carla Angola había un video de Fernando del Rincón afirmando que, basado en la seguridad con que hablaban algunos mandatarios y funcionarios internacionales –como el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence–, algo estaba a punto de pasar; mientras tanto, en el TimeLine de mi Twitter, una chama prometía publicar foto-tetas si el chavismo caía en la fecha en que nació: cuatro de febrero.

La locura y la ansiedad eran palpables.

“No quiero compartirlo para no quedar como las cadenas que envían las viejas y que nunca se cumplen. Pero hablo claro: estoy hasta cagao”, escribía mi pana. “Tío en 20 años nunca envió un rumor o nos vendió humo. Siempre fue muy serio con eso”.

Y yo le creía. En todo caso, quien mentía era su tío, no él.

Antes de que acabara la noche, mi hermano nos llamó para pedirnos que no vayamos a trabajar al día siguiente; que estaban diciendo muchas cosas y que, con la miseria que ganamos, no valía la pena que nos arriesgáramos. Mi madre,  adormitada, apenas entendió lo que le dijo, y le respondió con un: “Ok, hijo”.

A la mañana siguiente, mi mamá, maestra, se dio cuenta de que tenía decenas de mensajes en su teléfono de representantes que informaban que no enviarían a sus hijos al colegio, por lo que ella decidió tampoco ir. Además, se unió al llamado de mi hermano y me pidió que no fuera. Yo la chantajeé con un simple: “Y si se prende el peo… ¿Cómo se entera la gente?”

¿Ya dije que soy periodista?

En la oficina recibí y reporté buenas noticias: más de 15 países europeos habían reconocido a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela. Pero nada de alzamientos, sino todo lo contrario: Maduro se exhibía con militares y pronunciaba un discurso lleno de amenazas, aunque acompañado de una evidente desesperación.

Según él, el maldito cuatro de febrero de 1992 nació la “dignidad” del pueblo venezolano.

En mi grupo de WhatsApp, mi pana respondía a los ataques contra su tío por vendernos humo: “No sé, marico. A papi le dio hasta el nombre del general que encabezaría las acciones y hoy compró comida por bulto para varias semanas, como si estuviese claro de que algo va a pasar”, respondió.

Entonces pensé que tal vez fue víctima de alguna estrategia del G2 cubano. Luego, con más frialdad, le di el beneficio de la duda y recordé la sublevación de Cotiza, los supuestos contactos con oficiales de alto rango de los que alardean Julio Borges y Marco Rubio, y en los cientos de militares presos por estar en contra del dictador. Y reflexioné, tratando de convencerme de que sí, de que en cualquier momento puede ocurrir lo que muchos añoramos: que la Guardia Nacional por fin se ponga del lado de la Constitución y de los ciudadanos, para dejar de defender a obesos y corruptos políticos que tanto daño nos han hecho a todos, incluyéndolos a ellos.

Tal vez ese día llegue pronto, pero no aún. Al menos no ese lunes cuatro de febrero de 2019.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_

Amnistía: olvido y construcción de nuevas formas de recordar

Amnistía viene del griego “amnestia”, que significa olvido. Me resulta interesante que se plantee discutir y aprobar una “ley del olvido” en un país que se ha caracterizado por su estudio superfluo de la propia historia, el archivamiento de eventos que son relegados a cajones ocultos de la memoria colectiva, la superposición de un suceso sobre el otro hasta que ya no se puede leer el pasado.

Ya hace unos años se intentó aprobar un primer proyecto de esta ley de amnistía donde la característica del olvido tenía muchísimo sentido, al menos desde la narrativa con que estaban construyendo esa acción. En un principio, se hablaba de la ley de amnistía como una herramienta para poder liberar de sus cargos y penas a los numerosos presos políticos encarcelados por los regímenes de Chávez y Maduro. Un proyecto de ley que los absolvería de los crímenes de los que eran acusados y podría ayudar a restituir el orden judicial del país. Es evidente que, poniéndolo así, los sectores de oposición la respaldarían y los poderes dominados por la dictadura harían lo posible por rechazar este proyecto.

Ahora bien, 2019 parece exigir una estrategia totalmente distinta a lo que se ha intentado antes para recuperar la democracia en el país. Ya lo vemos con la manera en que han estado jugando al factor sorpresa, con el posicionamiento de la figura de Juan Guaidó y su juramentación como presidente (E) de la República, aún cuando Diosdado Cabello asegura que el diputado le había dado su palabra de que no se juramentaría. Esta nueva estrategia, que apunta a sentar las bases de lo que pudiera ser una transición y la posterior instauración de un gobierno democrático, pasa también por el intento de mover desde adentro algunas de las bases de las estructuras que mantienen en pie al régimen de Nicolás Maduro. Es por eso que se presenta un nuevo proyecto de ley de amnistía con dos cambios en relación al intento pasado: a) se toma en cuenta a funcionarios militares y civiles que hayan estado relacionados con el Gobierno y hayan podido estar involucrados en actos delictivos desde el 1 de enero de 1999 (en el proyecto anterior el período comenzaba en 2005), y b) desde el punto de vista de la narrativa con que se presenta, no se habla de la manera en que esta ley va a exculpar a todos los presos políticos injustamente encarcelados, sino que se intenta presentar como un puente para que ciudadanos (civiles o militares) que hayan estado involucrados con la Revolución, y quieran contribuir al restablecimiento del país, puedan hacerlo con la seguridad de que se respetarán sus garantías constitucionales. Ya no te cuento cómo quiero reivindicar a los que están de mi lado, sino que te explico cómo puedes lavar tu cara y asegurarte una vida más o menos digna cuando todo esto termine.

En días recientes, y en especial con este tema, he estado recordando la escena final de Inglorious Basterds, película escrita y dirigida por Quentin Tarantino (2009). En esa escena, Aldo Raine le hace a Hans Landa una herida con forma de esvástica en la frente. De esta forma, el antiguo alto mando nazi no tendrá forma de ocultar su pasado, aunque haya negociado un indulto con el gobierno de los Estados Unidos. Raine representa el mismo deseo que veo reflejado en miles, millones de venezolanos: “quiero que paguen y no puedo estar en paz con la idea de que pasen por debajo de la mesa”.

A pesar de las reservas que puedo tener con la forma en que se ha estado narrando este tema de la amnistía, creo que esta nueva estrategia está poniendo en primer plano un elemento clave con el que tendremos que aprender a vivir: hay que establecer puentes con quienes hacen vida dentro del chavismo para poder llegar a esa transición que queremos de la dictadura a la democracia. Sin embargo, negociar no implica el mismo diálogo vacío e inocuo del que hemos sido testigos en el pasado. Negociar tampoco implica impunidad, ya que los crímenes de lesa humanidad no son susceptibles a la amnistía. Negociar implica ofrecer condiciones favorables a quienes pertenecen al régimen para que les resulte más atractivo abandonar el poder que quedarse con él; José Ignacio Hernández lo explica muy bien en este artículo del portal Prodavinci, donde queda claro que, más que una amnistía entendida como un total olvido, lo que se debe buscar establecer (con esta ley como primer paso) es una justicia transicional que ayude a sentar las bases para la instauración de la democracia. Es ingenuo pensar que todos los crímenes cometidos (financieros, fiscales, entre otros) van a ser pagados; hay que estar dispuestos a dejar pasar ciertas cosas pensando en un país nuevo como objetivo final.

Sin embargo, tampoco podemos construir una nueva Venezuela teniendo como bases las impunidades y los olvidos sobre los que nos hemos estado tambaleando por años. Si bien el olvido de la historia reciente y pasada ha sido una característica definitoria del venezolano en general, lo cierto es que la frase “un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla” nos ha marcado más de lo que quisiéramos. El venezolano, a mi entender, ya no está tan interesado en olvidar como en poder mantener vivo el recuerdo de lo que pasó. De seguro quiere dejar atrás una de las etapas más oscuras que ha tenido, sí, pero quiere asegurarse de que jamás vuelva a pasar. Muchos quieren calles con los nombres de los jóvenes que han muerto en las protestas. Venezolanos en el extranjero se toman el tiempo de explicarles a los locales lo que ha pasado en el país. En redes sociales nos encargamos de recordar, de vez en vez, la responsabilidad que tuvo Hugo Chávez en todo este desastre actual; un personaje que a veces suena lejano, pero que apenas unos años atrás se escudaba en el poder y el despotismo para hacer de las suyas.

El psicoanalista venezolano Fernando Yurman, en su libro Fantasmas Precursores (2010), dice sobre el trauma: “El acontecimiento que se deviene traumático se ha disociado inexorablemente y mantiene su potencia dramática en el aislamiento psíquico. Mora en un limbo enajenado que flota fuera de la historia, pero al mismo tiempo es su mayor hito fantasmático, una señal concreta de que hubo historia. (…) Es un documento que no se logra aprehender, arqueología viva encapsulada por la alteración anímica” (p. 15). Básicamente, lo que no se puede hablar, lo que no se puede adherir al hilo narrativo de nuestra identidad como individuos, como sociedad, se puede convertir en un trauma que no solo tendrá sus consecuencias en nosotros, sino que también heredaremos a la siguiente generación, llevándolos a repetir las mismas conductas que nos han identificado como nación a lo largo de los años. El tema de la amnistía es uno difícil de tratar cuando hay tanto dolor de por medio. Es difícil pensar en la idea de que tanta gente que ha hecho tanto daño pueda salir incluso sin cargos de todo esto. Por eso creo que una de las labores principales es cómo se le cuenta y se les muestra a los ciudadanos este capítulo tan importante, el capítulo de la justicia.

Creo que los venezolanos necesitamos ver que estamos construyendo un nuevo país sobre las bases de la justicia y la confianza en las instituciones. Creo que las autoridades deben ser completamente abiertas con la ciudadanía y explicar con pelos y señales qué implica la amnistía, pero también demostrar que hay delitos que no se pueden dejar pasar, cuáles son, cuáles son los castigos asociados. Creo que necesitamos un proceso de catarsis, de cura mental y emocional, que pasa por ver cómo la justicia cae en su justa medida sobre aquellos que han causado tanto daño. No se puede dejar este tema como algo encapsulado, como una pieza de la historia que no se ha unido a nuestro relato principal. Dice Yurman (2010) nuevamente: “Será necesaria una clínica que recupere los fragmentos perceptivos para que ‘el hecho’ se entienda, se torne soluble, la representación retome su metabolismo y circule en su modalidad simbólica y narrativa” (p.16).

Tal vez esta sea también una oportunidad para aprender a recordar de una forma diferente. Para poder construir nuestra memoria, nuestra historia, de una manera que incluya los eventos negativos y las advertencias para no repetirlos, sí, pero también deberíamos incluir los elementos positivos: las protestas pacíficas, los apoyos internos y externos, los pasos que se dieron para la restauración de la democracia, la forma en que las instituciones una vez más pudieron ponerse en favor de los ciudadanos y no en su contra.

Si bien confío en que en líneas generales se pueda comprender el valor de la amnistía, de la justicia transicional, de las negociaciones, de los tratos, no estoy seguro de cómo funcionará todo esto a escala micro. Al final del día, no me preocupan los altos mandos militares o las figuras visibles de la dictadura; a fin de cuentas, muchos de ellos deberán ser procesados por delitos de lesa humanidad y tendrán (o no) los castigos apropiados. Me preocupan todos aquellos funcionarios o militares de a pie, que luego tendrán que volver a sus hogares con la gran mancha del chavismo en la frente, incapaces de esconderse ante las miradas rencorosas de los vecinos contra quienes, en algún momento, utilizaron su poder. Puede que haya silencio, pero dudo que haya amnistía. Dudo que haya olvido.

 

Por César Aramís Contreras Parra  | @CesarAramis 

Gobierno

Un Plan País para reconstruir Venezuela

Un mantra repetido hasta al cansancio, la hoja de ruta con las coordenadas, el camino a recorrer: cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres. El Gobierno legítimo de Juan Guaidó nos indicó las tres etapas que debemos superar para recuperar la democracia en Venezuela. Pero contener las expectativas no es fácil: por estos días, la ansiedad hace de Twitter un producto nocivo para la salud si se excede la dosis recomendada. Las cadenas de WhatsApp alimentan el deseo de un madrugonazo que nos despierte con una sonrisa de oreja a oreja, pero también incrementa el pánico: del terror a la ilusión en menos de dos notificaciones. No hay analgésico que calme el dolor país, la cura es una sola y todos la conocemos; sin embargo, aunque sea difícil, debemos tener la capacidad de pensar un poco más allá, en los días y años después de que pase la dictadura. Es por ello que la directiva de la Asamblea Nacional, desde 2015, comenzó a trabajar en un documento para la reconstrucción de Venezuela, conocido como Plan País.

La recuperación de la nación sucederá en la medida de que se cumplan tres objetivos principales: 1) recuperar al Estado venezolano y ponerlo al servicio de la gente; 2) empoderar a los venezolanos a fin de liberar sus fuerzas creativas y productivas; y 3) reinsertar al país en el concierto de naciones libres del mundo.

“Quien depende de otro para alimentarse, jamás será libre”

Que se alcancen las metas depende, necesariamente, de atender la urgente crisis humanitaria que atraviesa el país, por lo que el Gobierno legítimo asegura que protegerá a la población más vulnerable, la que se encuentra en riesgo de desnutrición o en estado crítico, a través de subsidios directos. La verdad es que no descubren el agua tibia, ni tampoco parecieran alejarse de las políticas conocidas, pero la diferencia aparece en la manera de prestar subsidio en detrimento del control social, como ocurre con las cajas CLAP, por ejemplo. Dice el sociólogo Luis Pedro España que “hay al menos 12 productos que son esenciales, que tienen el requerimiento calórico. 48% de los hogares no tendrían ninguna posibilidad de abastecerse sino tienen acceso a un subsidio directo”.  La idea en esta primera etapa implica llevar el subsidio a los bolsillos de los venezolanos en estado más vulnerable, quienes podrán dirigirse a los anaqueles que dispongan de los productos primordiales.

España recuerda el harto conocido dicho del pescado, pero le añade una variación: “Mientras estoy aprendiendo a pescar, me tienen que dar de comer. Porque si no tengo pescado mientras estoy aprendiendo a pescar, no puedo aprender a pescar. Esto es un pueblo que aprende muy rápido”.

La crisis alimentaria también, dice el Gobierno legítimo, será atacada a través de los comedores escolares. Garantizar un plato de comida con los requerimientos nutricionales adecuados combatiría la deserción estudiantil y la delincuencia, pues el exceso de tiempo libre puede ser un hervidero de criminales.

La estabilidad política del Gobierno que preside Juan Guaidó sólo será posible en la medida de que haya una estabilidad económica y social, por lo que la prioridad es atender la crisis, recuperar el valor del poder adquisitivo y restablecer el acceso a servicios públicos y de calidad.

Emancipar y empoderar al ciudadano para que logre su independencia económica tiene que ser el camino. Dice el diputado José Guerra: “Quien depende de otro para alimentarse, jamás será libre”.

Recuperar la economía

Gobierno

La hiperinflación pretende ser estrangulada con el cese de la emisión de papel moneda sin respaldo, por lo que se devolvería la autonomía al Banco Central de Venezuela. La siguiente medida, según el plan presentado, sería levantar el control de cambio, el cual debería ser unificado.

“El problema de fondo venezolano es que estamos viviendo una emergencia humanitaria compleja. Eso quiere decir que la economía se ha reducido más de la mitad, por eso se requiere una expansión fiscal. Nosotros estamos buscando una recuperación inmediata y rápida de la capacidad de consumo del venezolano. La expansión fiscal se financia a través del acceso a un programa de financiamiento internacional extraordinario que permita expandir la producción, las importaciones y el consumo de manera tal que la economía se empiece a recuperar lo más pronto posible y salgamos de este bache”, explica el diputado Ángel Alvarado, con respecto a la fórmula que se desarrolló para que el país logre avanzar.

Eliminar los sueldos de hambre, valorar el trabajo y recuperar el valor del bolívar como moneda son necesidades que deben ser asistidas sin que la población padezca traumas. Y es que hoy, ante el desastre al que nos condujo el régimen, de su habilidad para rebajar la intensidad de la crisis dependerá el éxito del Gobierno de transición.

Sembrar el petróleo ya que “para luego es tarde”

“La Agencia Internacional de la Energía nos está diciendo que de aquí al año 2040 la demanda mundial de petróleo va a crecer a una cifra similar a lo que hoy consumen China y la India juntos. De manera que va a haber demanda de mercado; pero, después del 2040, también nos dice la Agencia Internacional, va a empezar a caer progresivamente la participación de los combustibles fósiles, fundamentalmente del petróleo, en el consumo energético desplazado por otros agentes menos contaminantes”, dice el economista experto en petróleo, José Toro Hardy.

Existe una ventana de oportunidades, pero hay que aprovecharla cuanto antes. La manera en la que se plantea recuperar la producción de petróleo es a través del ingreso de capitales extranjeros, los cuales estarían interesados en ingresar siempre y cuando las reglas estén claras.

Entre las acciones a ejecutar estaría garantizar la seguridad  de las instalaciones petroleras; promover el retorno de los empleados despedidos en 2002 de PDVSA; y la creación de la Agencia Venezolana de Hidrocarburos “para la administración eficiente y técnica de los yacimientos, así como para regular y supervisar el sector”.

El nuevo espíritu

Solventar la crisis humanitaria es urgente, por lo que los subsidios deberían ir destinados, con mucha precisión, a la población más vulnerable; sin embargo, ninguno debe ser eterno. Enterrar el asistencialismo y las creencias de que papá y mamá Estado tienen que mantener a las personas deben ser las premisas en las políticas sociales. Recuperar la confianza en las instituciones e implantar una nueva relación entre Estado y ciudadanos son los retos que tendrá el Gobierno legítimo en los días después a que se acabe la tiranía.

Dice Erik del Búfalo que “el día después yo espero que sean muchos años después, años de reconstrucción, de una nueva Venezuela, de una nueva forma de hacer política que no solamente supere al chavismo sino que también supere lo que estaba antes del chavismo”.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

 

Desde Estados Unidos digo: #VamosBien

Comienza enero y me siento optimista. Tengo dos proyectos literarios en puerta para este año, estoy mejor de salud, mi mamá está aquí y las posibilidades de que pueda quedarse por más tiempo van en aumento. Mi papá está en Venezuela pero se vislumbra la idea de volverlo a ver pronto. Estamos recién mudados y eso nos emociona; las niñas podrán decir “yo crecí en esa casa” cuando sean adultas. Cumplo 40 años el 3 de enero y al otro día hago una fiesta bailable con una play list de YouTube que preparo minuciosamente. El taqui taqui, El pescado, La mayonesa, La cosquillita, La bomba y demás canciones con patrones de baile forman parte de la lista que nos hace disfrutar la noche. Los años 90 se convierten en la época estelar. La pasamos de maravilla. #LleguéAlCuartoPiso.

Aunque las niñas ya han vuelto al colegio –aquí el 2 de enero tienen que volver–, después del 6 de enero quito el arbolito de Navidad y me dispongo a preparar las clases que voy a dar este semestre. Me emociona pensar que este semestre mi carga horaria será menor y tendré un poco más de tiempo para escribir, para terminar esos dos proyectos que ya mencioné.

Avanza el mes. Me despierto todas las mañanas con entusiasmo, pensando en que este año ha arrancado bien. Cada día arreglo un poco más la casa, todavía hay cajas por aquí y por allá. Cada día se ve mejor todo. Pasan el tiempo y llega la segunda quincena de enero. Empiezo a escuchar constantemente el nombre de Juan Guaidó. Todos estos años los constantes nombres incluidos en las noticias, en las llamadas telefónicas, en el WhatsApp, en el Twitter eran Leopoldo, Capriles, Lilian, María Corina, Ledezma, Requesens, y un largo etcétera en el que no figuraba ningún Guaidó: ahora, presidente de la Asamblea Nacional.

Busco información, me siento ignorante, me siento impotente. Me entero del llamado a la calle. El 23 de enero se aproxima, me comienzo a estresar, como me he estresado mil veces con cada marcha, con cada intento de cambiar el rumbo de Venezuela. A la distancia he escuchado ecos de esperanza, he visto etiquetas en las redes sociales que muestran la apuesta por un grupo, por otro y otro; he ido a poner huellas por el Sí, que se vaya. Y vuelve la rutina de mandar comida a mi gente porque no les alcanza el sueldo para comprar lo suficiente. Regresa el sentimiento de culpa cuando me como dos huevos tibios, una rebanada de pan con queso crema y un café con leche porque mi papá no prueba un huevo desde hace dos meses, porque no tiene leche para el café –ni café–, porque la nevera la tiene dañada y no hay repuesto, porque no le llega el agua y yo me baño con una ducha poderosa que me masajea el cuero cabelludo. Vuelve el hastío, las lágrimas, las malas palabras que solo salen de mi boca en momentos de angustia. #QuieroGritar.

El 22 de enero empieza el semestre. Es martes. Todo sale bien pero no dejo de pensar en Juan Guaidó, en mi papá, en mis primos y tíos que quedan en Maracaibo. Amanece el 23. Es miércoles. Solo doy una cátedra los miércoles. Tengo horas para escribir pero no escribo nada. Mejor dicho, escribo mucho pero por el WhatsApp. Y leo mucho pero por el Twitter. Las horas se me van sentada en la silla de mi oficina mirando la pantalla de mi computadora con varias ventanas abiertas.

Leo “¡Se juramentóoooo!” una, dos, cinco, diez veces en todos los chats de mi teléfono. Me frustra tener que desprender los ojos de la pantalla cuando llega la hora de dar mi clase. Una hora y quince minutos sin saber que está pasando en Venezuela. Voy. Vuelvo. Sigo. No me puedo despegar. No vivo en una ciudad con un alto porcentaje de venezolanos. Desde Miami mis primos me envían fotos y me da alegría ver la gente en la calle, siento un poco de envidia, quiero estar allá. Llegan las cinco de la tarde y debo volver a casa. Las niñas me esperan. #MeTengoQueIr.

Antes de salir veo a mi compañero de trabajo, un madrileño, profesor de literatura del Siglo de Oro, y con una sonrisota me dice:

“¡Ya tenemos presidente!”

Dudosa pero con una sonrisa como la de él, le respondo que sí. Ahora hay que ver qué pasa. Me voy. Manejo y no veo olas de gente en la calle, no veo banderas tricolores adornando las avenidas, no oigo cantos de protesta. Salgo de Worcester, la ciudad donde trabajo y donde hasta hace menos de un mes vivía, paso por Paxton, llego a Rutland. Pasan veinte minutos y estoy en mi casa, en un pueblito lleno de granjas, vacas y caballos; un lugar muy tranquilo en el corazón de Massachusetts. Pasan veinte minutos en los que no miro mi celular porque voy al volante. Me estaciono en el garaje y reviso el teléfono. Tengo un email.

I’m watching the news. Give me your insight to what’s going on in Venezuela. Keep Mom here!

La agente de bienes raíces que nos atendió los últimos meses me dice que le cuente, que le dé mi opinión. Sabe que mi mamá está aquí y me dice que no la deje ir. Me sorprende recibir su mensaje. Entablamos una relación cordial y respetuosa pero no esperaba palabras de preocupación de su parte. Sin poder evitarlo se mezclan varias emociones dentro de mí. Esperanza, alegría, angustia, impotencia, esperanza de nuevo.

Los días transcurren. Siguen las noticias. Hay sanciones económicas, apoyo de varios países, rechazo de otros. No me despego del WhatsApp; necesito estar en la calle con los míos, oler la calle, vivirla. No obstante, los chats de las familias, los grupos de los amigos son lo único que tengo. Al menos eso pienso. Siguen pasando las horas y me doy cuenta de que mi calle realmente existe, no es la Chandler Street, no es la May Street ni la Park Avenue. Mi calle es cualquier lugar donde me encuentre. La gente me sigue mandando mensajes y me detiene en los pasillos de la universidad para conversar de Venezuela. La sensación de sorpresa no se disipa.

“Profesora, ¿podemos hablar de lo que está pasando en Venezuela?”

Me interrumpe una estudiante mientras estoy en plena clase de gramática para hablantes de español por herencia. Tengo muchachos dominicanos, puertorriqueños, salvadoreños, hondureños, colombianos y por primera vez una venezolana.

“El presidente de Venezuela es uno y se llama Juan Guaidó”.

La estudiante venezolana le responde a otra que pregunta cómo funciona el país con dos presidentes. Se van veinticinco minutos de clase en una discusión muy activa. Eso me contenta. Salgo de clase y reviso mi teléfono. Tengo un mensaje de texto.

Thinking of your family in Venezuela today. I wish I had the words”.

Una gran amiga me escribe desde Tallahassee, no sabe qué decir y me lo hace saber. Solo puede pensar en mi familia y mandar buenas energías. Los conoció, los abrazó, comió arepas con ellos. No puede dejar de recordar los buenos momentos.

“Mantenme informada si algo grande pasa en Venezuela, sigo las noticias pero no estoy al minuto como tú. Yo también tengo esperanza de que al final del plazo que le dieron los otros países, vuelva la democracia”.

Aparece la nubecita con un mensaje de mi compañera. Su oficina está al otro lado del pasillo pero nos comunicamos mucho por chat en nuestras computadoras. Tenemos nuestro propio código. Ella es oriunda de Carolina del Norte, profesora de literatura del cono sur y experta en dictaduras. Sabe cómo funcionan los regímenes autoritarios, cómo son los procesos de transición y aun así tiene esperanza. Eso me reconforta. #VamosVenezuela.

I was just reading about your home country news – oh my, praying God’s intervention and safety for all!

La mamá de una compañerita del colegio de las niñas me escribe y me dice que está rezando. Es una buena mujer, dulce, trabajadora. Me alegra que me diga eso porque sé que lo dice honestamente. Creo firmemente en la transmisión de la energía positiva.

“Estoy pensando en ti y en todos los venezolanos que conozco”.

Estas palabras me sorprenden mucho. Una escritora española que vive en California y que apenas conozco por las redes sociales desde hace un par de semanas me manda un mensaje privado. Yo le contesto como respondo por texto, por llamada o en persona a todo el que me busca para hablar de Venezuela. Entablamos una conversación. Estamos participando en la protesta, en la marcha; todos lo hacen a través de mí.

De esa forma continúan los días. Mi calle se va llenando, hay una multitud de palabras, de fotos y videos, se convierte en un mar. Entramos en un nuevo mes y vuelve el optimismo. El día 2 de febrero la gente vuelve a la calle, veo las fotos, sigo a la muchedumbre, me transporto por diversas ciudades, converso, comparto, me alegro. Esta vez no me estreso por la marcha, esta vez yo sigo en mi propia calle con ríos de personas a mi alrededor. Puedo sentir el olor de la calle. #VamosBien.

 

Por Naida Saavedra | @naidasaavedra 

¿Guaidar los corotos y regresar?

Viernes, 25 de enero.

Me sonó una notificación de Twitter. Noticas de último momento. Concentración en la plaza Bolívar de Chacao. La foto estaba presidida por un tipo joven, flacucho, de nariz rústica, tez morena y voz resonante. El mensaje era claro: “Los extrañamos. Los extrañamos mucho. Pero hoy les digo algo más: prepárense para regresar muy pronto”.

La sien me latía.

—Otro whiskey, please –le pedí al cantinero.

—¿Pagará con tarjeta?

—“Aye” –respondí.

—Lleva tiempo en Escocia, ¿no?

—Un poco, sí, ¿cómo lo sabe? –pregunté.

—Se nota. Quiero decir, cuando alguien suplanta el “yes” por el “aye”, que, bueno, significa lo mismo. Muy escocés –el cantinero ríe–. Veo que le gusta Edimburgo, como el whiskey.

—“Aye” –le respondí.

—¿Tiene planeado quedarse acá en Escocia o se regresa a su país?

Y bebí, hasta el fondo. Cerca de la Royal Mile, casco histórico de Edimburgo, está el Bobby’s bar, una especie de taberna construida justo a las afueras del cementerio de Greyfriars, pared con pared. Sentarse allí es emborracharse de espaldas a la muerte. El ajetreo propio del acontecer diario se apacigua al ingresar a estas instalaciones de leña y luces tenues. La ventana de vinilo que colinda con la lápida de piedra, el equipo de sonido que escupe música en irrupción del silencio entre difuntos. Marcas de la todavía influencia céltica. No me fue sencillo entender esto de los celtas, aye; sin embargo, así como las expresiones del inglés local que ya salen por sí solas, empujadas por el picor del whiskey sobre la lengua, las regiones nórdicas infunden esa sensación de reconciliación interna que Venezuela exterminó con las décadas. El inmigrante, aquí, lejos de sufrir el duelo de la pérdida, del quiebre de la continuación histórica con el terruño, aprende a coexistir con sus improntas culturales al tiempo que se muda de costumbres y formas de pensamiento. Sin esperarlo, de pronto se relajan los músculos del cuello, las extremidades. Se empieza a confiar. Se es gente. Otra vez. Nuestro país aparece entonces como un fenómeno intangible, como un “espíritu” que, al igual que otros, pulula a los alrededores del Bobby’s bar todos los viernes al final del trabajo, sin perturbar a los clientes. Yo, entre los clientes escoceses, los del Bobby’s bar, me siento gente otra vez, insisto. Me siento adaptado. Me siento borrón y cuenta nueva.

Pero este cuento de hadas de la adaptación perfecta dura cuanto el efecto del whiskey. Cuando los niveles de alcohol disminuyen en la sangre, la tristeza coge su cauce. O por lo menos para los venezolanos emigrantes. Y se tensan los músculos del cuello, las extremidades. Y la felicidad del párrafo anterior se va directo a la basura.

Venezuela se introduce en el cuerpo a través de los poros y toma posesión de ti, haciéndote retorcer de la culpa, de la confusión, de la repulsión, del resentimiento, de la añoranza. Es como una posesión ultratumba. De allí que al país se le rece, se le llore. Y aunque las condiciones estén dadas para la superación del duelo post migratorio –tipo acá en Escocia, por ejemplo–, sufrimos en cambio una especie de desinterés por el territorio receptor, de integrarnos a este y olvidarnos de los desaguisados nacionales. Olvidarnos del país que nos hala los pies por la noche, del país prepotente y de eternas equivocaciones. Del país que, hasta hace poco, nos acusaba de traidores a la patria por habernos negado a asistir a su cortejo fúnebre. Los venezolanos emigrantes, enfermos del duelo, sufrimos de complejidades identitarias; por un lado, el respeto hacia un país que declaramos muerto; por el otro, la necesidad de comunicarle al mundo los defectos que fueron letales para este, como si, en dicha divulgación chismosa, hallásemos alguna satisfacción personal. Y el país nos hala los pies por la noche, insisto, y nos empuja a beber más whiskey.

—Difícil de decidir –respondí al cantinero.

Pagué. Me puse la chaqueta. La bufanda. Salí de la taberna. La sien me latía. Del Bobby’s bar a mi casa, veinte minutos de autobús. En el trayecto, observé las fachadas medievales escocesas; las callejuelas oscuras; la neblina arremolinada sobre los techos; ese complejo de construcciones grises, tan opuesto al escenario de trópico hogareño. Susceptibilidades, como si estuviese siendo víctima de una gran injusticia. Es que, a cada uno, el “,itu país” se nos presenta de distinto modo. Las guacamayas en los cielos del cerro El Ávila. El chichero de Puente Hierro. El perrocalientero de la Plaza Altamira. El saxofonista de la UCV. El vendedor de chicles del metro. Las hamburguesas de Las Mercedes. La señora que cobra la pensión. El buhonero de Sabana Grande. Los helados de la Cota Mil. Los raspados de colita de los Médanos de Coro. La Virgen de las Nieves. El parque Los Aleros. El pastel de chucho. La empanada de cazón. La arepa con mantequilla y queso. Las cocadas de la bomba de gasolina. Tierra de Nadie. El Aula Magna. Los abuelos. Los primos. Los tíos. El padre. La madre. Un directorio de nombres, recuerdos interminables, ciertamente. Un directorio de lo resaltante. Un directorio para combatir la desidia y la noción de la Venezuela insalvable.

Es, en este estadio elevado de la nostalgia, de la visualización de la memoria, donde el “espíritu país” se personifica como el canal consciente que hay entre: 1) la realización de nuestro destino, 2) la capacidad práctica en hacerlo. La muerte del país es una falsedad tristemente aceptada. Es, en ese instante de reflexión a solas, donde el “espíritu país” deja de ser una entidad espectral, mendicante, pululante del Bobby’s bar, para servir –como estipularían los celtas– como plan divino de la evolución, que en nuestro caso real sería el plan del progreso, de la democracia; de la reconstrucción de las instituciones públicas; del rescate de la credibilidad; de la ciudadanía; del alza del poder adquisitivo y la estabilidad financiera; de la moral colectiva; de la honestidad; de la valoración de la cultura, la historia; del cese de las pasiones politiqueras; de la extinción de la corrupción, la charlatanería partidista; de la inseguridad; de la deserción escolar. Etcétera. Ser gente de nuevo, pues. De eso se trata. Relajar los músculos del cuello, las extremidades. De no sentir más dolor en la sien. Y entonces volví a sonreír, aye; ese viernes me volvió la sonrisa al rostro. Y volví a la notificación de Twitter. Y volví a la foto del hombre flacucho. Y leí para mis adentros aquella frase que está modificando circunstancias: “prepárense para regresar pronto”.

Me bajé del autobús. De la parada a mi casa, diez minutos caminando, tiempo suficiente para calcular cuántos corotos caben en dos maletas de veinte kilos.

Juan Guaidó, como el druida que se dirige a su comunidad, promete la transfiguración de Venezuela; el país tendrá que inmolarse para la significación de una larga recuperación. Juan habla de renacer, vivir una vida y edad diferentes. En la foto se le ve rozagante, sujetando la Constitución y la bandera. Dice extrañarnos. Invita a los ciudadanos a su cita con la nación, a la resurrección de la misma. Quizás es mi lenguaje céltico el que me hace imaginar situaciones sobrenaturales, románticas, cursis, imposibles. Pero es que las regiones nórdicas infunden esa sensación de reconciliación interna que Venezuela exterminó con las décadas. La cosa es que nuestro país no deja de halarme los pies por la noche, y yo francamente decidí encender la luz del cuarto, sentarlo en la cama y dialogar con él. No se debe temer a los espíritus; al contrario, se les debe prender velas, se les debe augurar una mejor vida.

Ese viernes, 25 de enero, hubo demasiado whiskey, lo confieso. No obstante, dicen por allí que ni los borrachos ni los niños son mentirosos.

 

Por Gianni Mastrangioli | @MastranGianni