Nosotros podemos narrar nuestra tragedia

“Que nadie les robe el relato de su libertad”, Alejandro Sanz.

 

El Diario en ruinas, de Ana Teresa Torres, debería ser un bestseller mundial. Al menos por estos días, en los que Venezuela ocupa tanto espacio en los medios de todo el planeta. Me encantaría verlo liderando las listas de venta de las principales ciudades hispanas, quizás así habría menos desubicados irrespetando el drama de los venezolanos: quienes quieren hacer ver que lo que ocurre en mi país es una guerra de ideologías, no saben que la sobrina de mi compañera de trabajo falleció porque no consiguió insulina para tratarse la diabetes.

Son tantos los escritores y artistas que han hablado de la importancia de la compasión al momento de acometer su oficio, que uno creería que cualquiera que tenga la fortuna de vivir de escribir –o de vivir escribiendo– ya habría entendido el valor de hablar con el corazón. Leer los comentarios de muchos escritores, intelectuales y profesores sobre lo que pasa en Venezuela me ha demostrado que no son pocos quienes, con los libros, más que buscar luz y sensibilidad, pretenden masturbarse intelectualmente. El problema es que las fantasías que ocurren durante el onanismo nunca se parecen a la realidad.

 Ana Teresa Torres es una de las escritoras más importantes de nuestra historia. En el 2018 publicó, con editorial Alfa, un diario en el que hace un recuento de la destrucción perpetrada desde 1999. Si usted aspira a comprender el presente, le recomiendo detenerse en esas páginas: muestran cómo un régimen falsamente democrático devino totalitarismo. En medio de eso, se desató la hambruna más fuerte que ha padecido el país, la hiperinflación más alta de la historia y una situación de violencia que hace ver a Ciudad Gótica como un paraíso.

Nada de eso lo insertaron en mi cabeza los gringos. Eso lo ha padecido mi estómago: por falta de comida o por tener que procesar tantos asesinatos. Es una lástima que mi sistema digestivo no comprenda a Marx y Lenin.

Diario en ruinas es, también, uno de los varios libros que pueden ayudar a explicar un país que parece de mentira. Desde principios de siglo, aparecieron numerosas publicaciones que, desde diferentes enfoques, dan cuenta de la destrucción a la que hemos sido sometidos. Me gustaría hacerles llegar esos registros históricos a tantos sabios de redes o a medios que permiten que sus colaboradores defiendan lo indefendible (yo creo en la libertad de expresión, pero no dejo de preguntarme si los mismos editores que publican justificaciones a la dictadura permitirían que una estrellita de su plantel alabara en sus páginas al nazismo o hiciese una diatriba contra los negros). El caso es que no puedo: la destrucción perpetrada por el totalitarismo prácticamente acabó con la industria editorial. Aunque no está de más recordar que en Internet se consiguen bastantes escritos. Sería bueno que cualquiera que pretendiera escribir sobre Venezuela los revisara antes de soltar su opinión.

Me incomoda, sobre todo, la posición tibia de los que rechazan al régimen usurpador pero ven todo a través del lente de la ideología. Ni una educación cristiana pesa tanto como una formación de izquierda. Concluí que prefiero el silencio del que se asume ignorante, que la opinión del que se cree sabio.

Leyendo el diario de Ana Teresa, me llamó la atención la gran cantidad de esfuerzos que se hicieron desde el entorno de la cultura para visibilizar los excesos de un militar que gobernó siguiendo los antojos de sus tripas. Me llamó la atención, digo, porque no es lo que más se recuerde de esos primeros años de oscuridad. Mientras miles de personas leían las reflexiones de gente como Ana Teresa, millones consumían la propaganda del Gobierno. En un país en el que el conocimiento es despreciado, la universidad un trámite para lograr un buen trabajo y el arte –con frecuencia– un asunto de élites, no es de extrañar, tampoco, que el régimen no se preocupara tanto por los escritores e intelectuales que le adversaban: sabían que la ignorancia y el desprecio estaban de su lado.

Me parece que será trabajo de las nuevas generaciones honrar la obra de quienes deben ser nuestros referentes, hacer de la literatura algo popular y lograr que leer sea un acto que trascienda el periódico. Quizás así podamos, de cara al mundo, visibilizar a nuestros talentos y evitar que, en los grandes medios, contraten a personas que no viven en Venezuela, que no han venido a Venezuela en años –o que acaso vinieron por dos semanas– para explicar lo que nos pasa.

Más allá de los tuits irresponsables de Jon Lee Anderson y Andrés Hoyos o de la ya famosa columna de Almudena Grandes, me resulta curiosa la opinión –o las palabras, los matices– de otros autores, algunos de los cuales poseedores de una obra –o prosa– que respeto y admiro. Cuando Gabriela Wiener dice, en el Diario La República de Perú, que la solución al conflicto venezolano debe “salir de sus propias tripas”, me resulta sencillo entender lo que quiere decir y hasta afirmar que me parece más o menos sensato. Hasta que recuerdo que tengo 20 años viviendo en un país progresivamente destruido, bajo el yugo de un régimen totalitario que bloqueó toda opción de disidencia y en el que el nivel de sometimiento es tan absurdo que el temor de una guerra civil resulta ingenuo: las armas están, y siempre han estado, del lado del poder. En 2014 y –sobre todo– en 2017 quedó claro que de nuestras tripas solo puede salir dolor.

¿Se imaginan que la comunidad internacional hubiese dicho no, lo que hace Hitler está mal, pero fuchi los gringos: la solución de los judíos tiene que nacer de sus tripas. Ellos solos deben resolver su problema?

Lo irónico es que en la misma columna afirma que ningún Gobierno internacional realmente siente interés en la tragedia de los venezolanos. No le pienso discutir eso, pero cuando leo cosas así, como víctima de un régimen totalitario, siento que a muchos escritores que escriben sobre Venezuela les importamos menos que a Trump o Bolsonaro.

Es curioso que, cuando se menciona el interés de tantos países de reconocer a Juan Guaidó como lo que es: presidente encargado, se piense en petróleo y no en que, por ejemplo, el éxodo de millones de venezolanos significa un problema para todo el continente: a Perú, Colombia, Ecuador, Chile, Brasil y Argentina están entrando a diario cientos de miles de personas en situación de emergencia humanitaria.

No es un asunto de gustos ni de chauvinismo: solo pido respeto para el país en el que nací, crecí, me hice hombre y en el que todos hemos despedido a tantos: algunos porque se van, otros porque no tienen cómo curarse un resfriado, varios más porque los matan.

Dentro de Venezuela hay narradores muy valiosos, que bien podrían escribir las crónicas de estos tiempos para los principales portales del mundo. Héctor Torres, Fedosy Santaella, Krina Ber, Juan Carlos Méndez Guédez o Rodrigo Blanco Calderón alguna vez han sido contactados para eso.

Y es que si lo que se quiere tener es la visión contrastada de alguien que no vive en el país, más fructífero sería pagarle el viaje de ida y vuelta a alguno de los numerosos escritores que tenemos viviendo fuera. O, sí, enviar a cualquier buen narrador para que investigue y patee las calles, pero no por una semana ni dos.

Quizá Gabriela Wiener acertó cuando –refiriéndose a numerosos políticos– decía que en realidad a nadie le importan los venezolanos: muchos medios de comunicación, periodistas, escritores e intelectuales le están dando la razón. Para ellos, solo somos una oportunidad más de usar las palabras guerra fría. O de gritar que lo nuestro no es socialismo y que los usurpadores en realidad no son de izquierda.

Mientras tanto, nosotros padecemos en primera persona nuestro Diario en ruinas. Y no dejo de pensar en la importancia de que, como venezolanos, sepamos narrar nuestra historia. Durante 20 años nos han querido imponer un relato único. Se me ocurre que la mejor forma de rebeldía es aprender a echar nuestro cuento.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

La pregunta que Leonardo Padrón quiere hacerle a Venezuela

Desde el seis de mayo de 2017, Leonardo Padrón no pisa Venezuela. Salió por trabajo y le advirtieron que era mejor no volver. Autor de telenovelas muy exitosas, poeta, entrevistador y columnista, Padrón es un rostro bastante popular en su país. Un rostro que no ha dejado de mostrar su desacuerdo contra el régimen que, paulatinamente, secuestró y destruyó la tierra en la que nació, creció e hizo casi toda su carrera. Un régimen del que también es víctima.

Le dijiste a Shirley en una entrevista que te botaron de Venezuela, pero entiendo que estabas fuera del país por trabajo y no pudiste volver.

Podía, pero no lo hice ante la advertencia que había recibido de alguien de la línea aérea en la que iba a volver, que se lo agradezco. Me dijo: “Mira, no sé si me están grabando o si me van a botar del trabajo, pero yo no puedo dormir en paz con mi conciencia si no te llamo para avisarte que el Sebin tiene tres días llamando para saber en qué vuelo vienes y a qué hora”. Era obvio lo que me iba a pasar.

Por la media chiquita nos iban a quitar el pasaporte a Mariaca y a mí. Porque además son tan siniestros que implican a la familia, que, a su criterio, son un daño colateral inevitable. Estábamos diseñando toda la gira internacional de Piaf, así que corríamos el riesgo de que nos dejaran encerrados en el país y de abortar un proyecto que tenía meses granjeándose.

¿Te sorprendió recibir esa llamada?

Me sorprendió, aunque sabía que yo podía estar en el radar. Viajé por diez días y me llevé ropa para diez días nada más. Tuve que comprar todo de nuevo, hasta la cesta donde echo los trastos que ya no sirven. Pero sí, de alguna manera me sorprendió, sin duda alguna; no tuve chance de ejercer ningún ritual de despedida o de desconexión con mi casa, con mi espacio y con los míos.

¿Te sigue haciendo falta esa despedida?

Por supuesto. El exilio siempre es una palabra de rendijas dolorosas, sobre todo cuando no es voluntario. Mis hijos están allá. Otra de las cosas que más extraño ruidosamente es mi biblioteca, donde tengo cinco mil libros: toda una vida construyéndola. Me quedé con el libro que llevé de viaje y empecé a comprar otros.

¿Qué fue lo que faltó para derrotar a Chávez y a la dictadura?

Brújula. Es decir, todo el mundo cuando sacaba la brújula apuntaba a un norte distinto, y hay que cuestionar duramente a las dos generaciones políticas a las que les ha tocado enfrentar esto. Efectivamente se estaban enfrentando a un proceso inédito, pero siempre va a ocurrir una primera vez y tienes que tener la lucidez y la capacidad de análisis necesaria para enfrentar al monstruo. Creo que hubo un cóctel de elementos que han contribuido a que tantos intentos hayan desembocado en un territorio de inestabilidad y frustración tremenda. No se calibró con precisión al enemigo. A veces sentías que era como si pusieras a pelear en un callejón cerrado a un malandro contra un boy scout. El malandro no tiene reglas de juego y el boy scout tiene una nobleza. Lo que quiero decir es que algunos asumieron la contienda de forma ingenua y otros la asumieron de forma inmensamente personalista, se dijeron que ese era el tren perfecto para llegar rápido a la presidencia de la República, o para que su partido finalmente conquistara el poder, o lo recuperara. Hubo demasiadas agendas sobre la mesa y no cabían todas en la misma página, ni apuntaban todas al mismo sitio. El norte del país se volvió un laberinto de flechas y la sociedad entera pagó los platos rotos de ese enjambre de intenciones.

¿Crees que cierta arrogancia de los venezolanos fue la que no les permitió ver que, como a cualquier otro país, a ellos les podía pasar otra dictadura?

Es que a eso me refiero. Tengo meses con una pequeña campaña personal contra el tópico de que Venezuela es el mejor país del mundo. Me parece una frase peligrosísima, tramposa y falsa. Si fuéramos el mejor país del mundo no hubiéramos caído en lo que caímos. El discurso populista de Chávez no hubiese calado de esta manera tan insólita, y menos aún después de muerto. Tan no somos el mejor país del mundo que no hemos podido concretar nuestra salida de la pesadilla. Tan no somos el mejor país del mundo que la mayoría de las personas que están en el poder, poniéndole unas comillas a Maduro, son venezolanos. Diosdado Cabello es de El Furrial, ese tipo con esa mente tan siniestra es venezolano, al igual que Tibisay Lucena. Así estén asesorados por los rusos, por los cubanos o los iraníes, no dejan de ser venezolanos. Cohabitaron todos en el mismo mapa. Mordimos el polvo como sociedad y eso nos tiene que enseñar humildad. Tenemos que, con los dientes rotos y la cara llena de tierra, pararnos del piso rocoso y fangoso y eso nos tiene que hacer más humildes, ver hacia los lados, contextualizar, saber interpretar los hechos históricos y en cuál estamos metidos. Hay que bajar las expectativas de que la solución es mágica: no lo va a ser. De manera contundente quiero dejar ver que distamos mucho de ser el mejor país del mundo. Un país donde además la corrupción se convirtió en un estilo de vida, desde el gestor que te ayuda a sacarte el pasaporte hasta los cupos que se venden en las universidades. La corrupción se ha dimensionado de una manera espantosa.

Pienso en Por estas calles, una novela de 1992 que se agarró de la realidad social para criticar muy duro al gobierno de entonces. Ahora, en 2003, un año casi de precampaña para el revocatorio a Chávez, salió al aire la novela Cosita rica, donde también se expone la difícil vida diaria del país. ¿Tuvo Cosita rica alguna intencionalidad política también?

Sin duda. Te voy a contar algo que poca gente sabe: en esa época me puse a trabajar en una gran telenovela sobre Simón Bolívar, porque me asustaba el Bolívar que Chávez le estaba dibujando al país, arrimando el fuego a su brasa. A los ejecutivos del canal les encantaba la idea. Contraté a un historiador como asesor y reuní un montón de carpetas y libros para estudiar. Hasta que llegó el paro petrolero, junto con los problemas económicos, y echaron el proyecto para atrás por falta de plata. Me mandaron a olvidarme de una historia de época y de caballos, tuve que concentrarme en la actualidad. Como lo de Simón Bolívar era un espejo, pensé en quitarle el marco y ponerle otro: el de la Caracas a comienzos del siglo XXI. Así nació Cosita rica. Quise conectarme con el país y decirle lo que nos estaba pasando.

En Cosita rica tuvimos a Carlos Cruz, que era un actor que representaba a Chávez. Había llegado en paracaídas directo a presidir una fábrica de perfumes, y no contaba con el talento, ni las capacidades, ni el talante intelectual para hacerlo. Entonces en algún momento en la empresa empiezan a quejarse de este tipo, que además Carlos Cruz colgaba sus fotos en todos lados –que era el asunto personalista y egocéntrico de Chávez– y tenía un programa de televisión que todos sus trabajadores tenían que ver. Los empleados empezaron a quejarse de que tenían que oír a ese carajo hablar pendejadas y deciden hacer un movimiento para sacarlo. O sea, un revocatorio.

Parte de la biblioteca que Leonardo dejó en Caracas.

¿Es cierto que ya en los capítulos finales el Gobierno supervisó los libretos?

En Cosita rica hubo dos etapas: una en donde yo hice lo que quería y otra en donde empezaron a censurarme los libretos. Gustavo Cisneros estaba contento porque le había devuelto el rating al canal, me lo comentó la única vez que hablé con él, en una fiesta de Navidad del canal. Me dijo que si Chávez se metía conmigo, el canal me pondría en cualquier parte del mundo con tal de terminar de escribir la novela. Fue chévere escuchar eso y sentirse respaldado. Después hubo la famosa reunión Chávez – Carter – Cisneros, y un día llamó Jesse Chacón [entonces ministro de comunicación] al canal a pedir que el capítulo de un revocatorio que estaba planeado dentro del mundo de la telenovela se transmitiese después del referéndum que se le iba a hacer a Chávez en la vida real. Monitoreaban lo que hacíamos un poco escoliados quizá de que Por estas calles contribuyó a la caída del gobierno de Pérez, que me parece que no hay porqué endosarle tanta responsabilidad a una novela. Al final tuvimos un censor que llegó a tachar palabras del libreto, porque yo me negué a hacerlo. Yo le decía: “Yo no me voy a autocensurar, táchalas tú”.

¿Cómo recibiste esa segunda etapa?

Si ya empezaban a meterse en los mundos ficcionales, entonces era porque querían dominar todos los resortes y bisagras de la sociedad.

¿Eso hizo que de algún modo decayera tu entusiasmo?

Los intentos por cercenar la libertad de expresión lo que hacen es retarte a decir las cosas de otra manera. En la España del franquismo los intelectuales, escritores y cineastas buscaban la forma de decir lo que tenían que decir con fórmulas un poco más elaboradas, y lo lograban. Ahí fue cuando yo empecé a vivir en carne propia al chavismo y sus implicaciones.

¿Te costó convencer a los ejecutivos del canal sobre la realización de Ciudad bendita, tu novela que siguió después, también con crítica social?

No. Aunque obviamente me pidieron que no fuera tan explícita en su nivel confrontacional, pero que no se desconectara del país. Por eso elegí ambientarla en un mercado popular.

¿Y la intención de la telenovela La mujer perfecta?

Volví otra vez con un discurso que había tocado en Cosita rica. Con la obsesión de la mujer venezolana con la belleza, capaz hasta de consumirse 70% de su sueldo en cosméticos, maquillaje, peluquería, teta y culo. Me parecía un trastorno importante de tratar. Después de esta novela, escribí dos producciones más, pero no volví a estar al aire. No me lo dijeron explícitamente, pero había una orden que dictaba eso. Para que veas que no estoy especulando: en la gira de medios sobre un espectáculo, inocuo políticamente hablando, que hice junto con Aquiles Báez y Mariaca, nos entrevistaron en todos lados (hasta en Últimas Noticias), menos en Venevisión. Cuando la productora llamó al productor de El Informador, él le comentó que podían ir Mariaca y Aquiles, pero que yo estaba vetado en el canal, luego de 17 años trabajando ahí.

¿Cómo te cayó eso?

Muy mal. Fui a Venevisión y le reclamé a un alto ejecutivo, que le escurrió el bulto a los de más arriba. Entendí todo y me fui.

¿Cuál fue la telenovela que más satisfacción te trajo?

Cosita rica, sin duda. En Venevisión Plus la repitieron, y me gustó ver de nuevo el nivel de producción que tuvimos y el discurso que estuvo presente. Es una novela que todo el mundo recuerda.

¿Y la que menos?

Diría que La vida entera, una novela con un alto nivel de producción y unos tremendos actores y que lideró el rating, pero la resetearía quizá por el Leonardo que soy ahorita, ahora me parece inocua.

¿Cómo termina un poeta en escritor de telenovelas? ¿Te hace sentir menos poeta?

Llegué a la televisión buscando el cine. Estaba haciendo un taller de cine en el Conac y ahí al profesor de dirección y guion, que era Abraham Pulido, lo nombran gerente de un programa magazine en vivo llamado Lo de Hoy. De los catorce talleristas, él me elige a mí porque le gustaba mi trabajo. Entré como asistente de producción y empecé a educarme en silencio para hacer cine, porque el cine me fascina. Pero, coño, la televisión me atrapó. Encontré una fascinación en el trabajo que se hacía en cuatro paredes y que terminaba por verse en todo el país. No quería ser asistente ni productor, pedí que me dejaran hacer dramático y ahí es cuando Salvador Garmendia me llama para trabajar como escritor en una novela llamada Amanda Sabater, como dialoguista.

Suelo decir que este fue mi modus arepandis, mi manera de ganarme la arepa, con lo que me gustaba que era escribir. He visto a tantos amigos escritores haciendo trabajos que no tienen nada que ver con la escritura, y los veo profundamente amargados. Nunca en mi vida me planteé ningún conflicto con la quinta esencia de la poesía. Tuve amigos de mi propia generación que me condenaban porque escribía para la televisión y que diez años después me tocaban la puerta pidiéndome trabajo, porque así es la vida.

Coño, la intelectualidad a veces tiene más prejuicios de los que uno piensa. Debería tener menos, porque se supone que si eres intelectual el pensamiento es tu músculo más ejercitado. Vi todo lo harto que estaba Cabrujas de justificar siempre el hecho de que escribiera telenovelas y es verdad, te cansas. Salvador Garmendia se cagaba en la gente que le criticaba eso, era un tipo maravilloso del que aprendí tanto de la vida. Me la pasaba con él caminando por el bulevar de Sabana Grande, después de escribir nos íbamos a tomar a los bares de ahí. Oír a Salvador Garmendia era un taller de vida. Nunca tuve conflictos éticos sobre esto que me planteas, pero sí sabía que me veían de reojo, y todavía. Hay colegas, por llamarlos de alguna manera, gente del mundo literario que te dice que vendes libros solo porque eres famoso.

¿Si me hizo menos poeta? Coño, la poesía tiene su habitación propia. La fraguas tú con el idioma y el hecho poético. Yo siento que la televisión me otorgó una visión del país muy grande y compleja. Cuando me sentaba a escribir pensaba en la señora que estaba friendo tajadas en Bonocó, en una familia de Cumaná o de El Hatillo. Porque te contratan para que ganes el juego y no para andar haciendo experimentos a lo Oswaldo Trejo. Ya para los experimentos tenía a la literatura. En un momento llegué a vivir la extraña paradoja de salir el mismo día publicado en la prensa: en el Papel Literario y en Chepa Candela; pero bueno, qué carajo.

¿Eras un escritor obsesionado por el rating de tus telenovelas? ¿Te fijabas mucho en eso?

Es que tienes que estar pendiente, porque si no, van a estar pendientes tus jefes. Hay una hora terrible del trabajo cotidiano de escritor en televisión que es 10:30 de la mañana, cuando llegaba el correo con la cifra de rating del día anterior. Tú abrías esa vaina rezando hasta en mandarín; y de repente pierdes el último cuarto de hora, eso vuelva a pasar y otra vez, a los tres días ya estás sentado con los ejecutivos del canal. Entonces, no puedes estar en un onanismo creativo pensando que el rating es un asunto de plebeyos. Te contratan para que seduzcas con tus historias y lamentablemente la demostración son los numeritos.

Tengo la noción de que el rating casi siempre fue bastante benévolo contigo, pero ¿cómo se vivía la competencia entre canales con el rating del horario estelar, que fue tuyo por mucho tiempo?

A sangre y fuego. Era sensacional. Siempre he dicho que las canas que tengo son un culto al rating. De hecho, recuerdo un momento muy fuerte cuando me tocó competir con mi compadre, César Miguel Rondón. Era apostar a que él perdiera. Si le iba mal, a mí me iba bien. Fue fuerte. Él tenía Kaína y yo tenía Amores de fin de siglo. Pero claro, él era un veterano y yo era el novel que estaba pichando su primer juego. Eso fue una prueba preciosa para los dos porque las producciones fueron gratificantes y a la gente le gustó. Fue un momento muy lindo de la televisión.

Hacer televisión es muy enajenante, porque efectivamente tienes esa obsesión por el rating. Para los ejecutivos, un punto de rating eran millones de bolívares en publicidad que entraba y salía. La telenovela estelar es el corazón de la programación, así que cuando ibas ganando el rating todo el mundo en el canal te abrazaba. Si ganaba la novela lo hacía también el programa que le antecedía y el que venía después, era una onda expansiva. Una novela ganadora ponía a ganar al canal.

¿Y qué había que hacer cuando el rating bajaba?

Hacía focus group, detectaba problemas y agilizaba o comprimía los capítulos. El rating se medía por cinco ciudades del país: Valencia, Maracaibo, Barquisimeto, Caracas y San Cristóbal, creo. Entonces, si bajaba el rating en Maracaibo, por ejemplo, mandabas a uno de los personajes para allá en la telenovela, o algo parecido. Era muy divertido.

Entonces, ¿es la truculencia el éxito de una telenovela?

No, no es la truculencia, que de hecho hace mal. Una cosa es la truculencia y otra es un argumento pleno de eventos trepidantes, con giros inesperados y de personajes con gancho: eso es una telenovela exitosa. La truculencia me parece que espanta a la gente. A veces caía en cosas truculentas, pero las evitaba porque las consumí: no soy de esos que decían que estaban comiendo y de repente la TV estaba puesta allí. Uno se daba cuenta, porque los rating llegaban estratificados, de la cantidad de hombres que ven telenovelas, y que de cara lo niegan.

Considero que Televisa puede llegar a ser la casa de la truculencia; hace poco escribiste una telenovela para ellos, ¿el canal te pidió truculencia siendo un escritor que no acostumbra a ella?

Te agradezco esta pregunta. Toda la vida le tuve alergia a Televisa. Venevisión ponía las novelas de Televisa y yo decía: “¡Dios mío! Qué manera de actuar tan impostada, con unos argumentos truculentos y simplistas, que si la muchacha pobre y el tipo rico…”. La televisión ha cambiado mucho, gracias al triunfo de plataformas como Netflix o Amazon, que han hecho que millones de personas —porque el rating ha caído pero millones, en cifras de millones— migren a ellos. Los canales se han dado cuenta de eso y han tenido que actuar: revisar, reeditar sus discursos y adaptarlos a los códigos con los que operan algunas series. De alguna manera, me llamaron por eso, querían que escribiera una historia de amor con un toque fresco, cotidiano y moderno. Entré en una estrategia y en un viraje que está haciendo Televisa, en aras de reconquistar ciertas audiencias.

¿Te gustaría escribir series?

Sí, claro. Las consumo ávidamente. The Handmaid’s [Tale] me parece sensacional. Me gusta muchísimo Black Mirror, por lo que tiene que decir de lo que estamos viviendo actualmente. Hay una serie alemana llamada Dark que me gustó también. Una de mis favoritas fue Breaking Bad, me encantó y me pareció un alarde genial de cómo echar un cuento. Me volví adicto a Peaky Blinders, una serie británica con un nivel de elaboración estética importante: es mi serie favorita. Y por supuesto, Game of Thrones, que tiene una superproducción maravillosa.

Ha cambiado la narrativa audiovisual: es más audaz y más ambiciosa, con una sintaxis y un ritmo distinto. Hay cosas importantes que se han hecho en Hispanoamérica: desde el mismo El Patrón del mal hasta la Reina del sur, son dos productos que tienen gancho.

¿En Venezuela se podrá hacer una telenovela de pranes?

Es importante, eso va a venir. Todo lo que pasa en Venezuela lo tenemos que codificar audiovisualmente. Va a ser un éxito, si se hace como debe ser. Se han hecho algunos experimentos que no funcionaron, como El Comandante, por ejemplo. De hecho, tengo un proyectico medio avanzado que tiene que ver con Venezuela.

¿Por qué decidiste ser poeta y no cuentista o novelista?

Las editoriales que me han publicado me han preguntado que para cuándo una novela. Ya tengo 30 años escribiendo telenovelas: sé escribir personajes, echar un cuento largo, escribo prosa y crónica, en fin. La única razón por la que no lo he hecho es por falta de tiempo, confieso. Me tiene atrapado el día a día: paso siete horas en la casa escribiendo, no he dejado un día de hacerlo. Hoy, sábado, diagramé un capítulo, por ejemplo.

Entonces, no tienes problemas con escribir una novela

Lo voy a terminar haciendo. Sé más o menos el cuento que quiero echar, pero me encuentro configurando el tono. No me apuro, aunque la vida es bastante breve, pero si no se da, no se da.

¿Qué tipo de rutina o ambiente necesitas para escribir?

Esta es una pregunta interesante porque yo antes escribía siempre con música. No sé por qué de un tiempo para acá necesito silencio, ahora la música me distrae. Me gusta mucho la música, he ido a una gran cantidad de conciertos. Me activo siempre en las mañanas, siete y media u ocho, me gusta escribir con el cerebro fresco. Me gusta estar lo más lúcido posible cuando estoy escribiendo. En el día escribo y en la noche vivo.

¿Y lo que escribiste no te acompaña todo el día?, ¿te zafas de ello?

Por supuesto que pienso en ello todo el día, a veces es una maravilla porque se me ocurren unas ideas buenísimas, pero cuando te conviertes en escritor profesional tienes que tener a la inspiración contigo y saber parcelar este asunto. Cuando es poesía, dejo los textos en reposo; si es algo periodístico a veces me quedo sin tiempo de maceración. Lo mismo pasa con los libretos, a los que les doy tres pasadas en las mismas 24 horas.

¿Y la dinámica con tus famosas crónicas de El Nacional?

A esas sí les daba más tiempo que a las que estuve escribiendo después para Caraota Digital, que eran más cortas. Las de El Nacional eran de al menos diez mil caracteres, un trabajo grande y delicado. Tardaba una semana.

¿Sigues escribiendo poesía?

Sí. Aprendí a no tener prisa con la poesía. Creo que es lo más saludable. De todos los géneros es el que más se presta para la dilatación del tiempo.

¿Tienes una metodología para la poesía y otra para escribir telenovelas?

Claro, aunque en ambas hago muchas anotaciones a mano. Pero mi mejor manera de pensar es con las yemas de los dedos en el teclado. Si estoy trancado, me siento en la computadora; ese es el truco: me destranco.

¿En la poesía importa más la inspiración o la disciplina?

La poesía es una forma de ver el mundo. El poema, que es ese artefacto lingüístico que de alguna manera traduce tu forma de ver el mundo, viene de esa relación con el mundo: los detalles, tu punto de vista, dónde asientas la mirada. Para mí es un ejercicio constante. De hecho, a veces hasta utilizo la cámara del celular para captar una escena en donde está un punto de vista, que pueda ser el origen de una divagación poética. El arte, no solamente la poesía, es un 99% transpiración y un 1% inspiración, como lo dijo Picasso.

Muchos te consideran como un poeta urbano, ¿crees que es así?

No, no. Yo me llamaría poeta, a secas: así nada más. Aunque me da pudor decirme así: yo no me llamo poeta a mí mismo. En mi Twitter dice escritor. Le tengo mucho respeto a esa palabra y pareciera que en Venezuela es una moda. Cuando estudiaba Letras en la UCAB, todos se saludaban como “poeta”. En la televisión me decían así, aun cuando ninguno de esos carajos se había leído uno de mis poemas. Yo preferiría… lo que pasa es que la palabra poeta es un sustantivo tan poderoso que no necesita de adjetivos.

¿Pero sí te consideras poeta?

Coño, sí. La poesía es lo que más me gratifica en la escritura. Aunque es mi rol menos popular. He tenido una vida laboral creativa muy diversa, así que es difícil que me recuerden solo por ella. Me conocen sobre todo por Los Imposibles, o por las telenovelas. Pero si me ponen a escoger, entre todos los formatos de escritura que manejo, me quedaría solo con la poesía.

¿Y que tiene la poesía que encanta tanto?

Juan Liscano decía que la poesía era el penthouse de la literatura, me parecía arrechísima la imagen. Hay una experiencia estética tremenda y demoledora que tienes con el lenguaje cuando logras reunir las palabras indicadas para que ocurra una suerte de relámpago estético en la página. Ocurre una dosis de belleza particular. Es una epifanía que te dan las palabras y que revelan algo de ti. O cuando haces la pregunta exacta que no sabías ni siquiera cómo articularla: muchas veces la poesía lo que hace es preguntar cosas y no responderlas.

¿Has logrado versos que hieren?

Creo que sí. Han ocurrido momentos importantes en los que logro versos con los que quedo satisfecho y con los que llego a declarar el triunfo de la poesía. Que siento que la conquisté, que la invoqué. Esa sensación es tan gratificante que me mantiene contento. Uno además está escribiendo para tratar de vencer a la muerte, aunque al final ella gana. Pero con la poesía uno se siente más cerca de derrotarla.

¿Un verso de otro poeta al que siempre vuelves?

Dos de Juan Sánchez Peláez: “Suenan como animales de oro las palabras”, que me parece casi como una definición de las palabras cuando están en estado de poesía; otro que dice “Belleza, santa perra”. Hay otro de Juan Carlos Onetti: “Santas, putas, y ese intermezzo que llamamos mujeres”, me parece sensacional porque define la naturaleza de la belleza femenina, tan compleja e inaprehensible.

“El apego, el apego es el enemigo”, ese es de Cadenas y me parece un mantra de vida.

¿Qué es lo que más extrañas de Caracas?

Su pasado.

¿Algún recuerdo emblemático de El Paraíso?

El ocio de las esquinas. Esa maravilla de sentarte en una esquina con tus amigos a construir un ocio extraordinario y larguísimo, donde con plenitud divagas con chistes, comentarios y ebriedades… uff, es maravilloso. Extraño las caimaneras que se armaban cerca de las Naciones Unidas. Jugaba burda a las pelotas, en la primera base.

Si tuvieras la oportunidad de hacerle una pregunta a Venezuela, ¿cuál sería?

¿Me aseguras que no te quedarás atrapada en la resignación?

¿Y si te dice que sí?

Lo siento por ti, qué bolas tienes. Tus hijos desean volver a ti, incluso los que están adentro.

 

Por Ezequiel Abdala | (@eaa17)

estudiante

#DomingosDeFicción: Pupitres en el pavimento

 “Yo no sé, ni quiero/ de las razones/

 que dan derecho a matar/

 pero deben serlo/

 porque el que muere/

 no vive más… no vive más”.

Mecano.

 

Sé que ya han pasado varias horas porque necesito ir al baño. O bueno, así creo. Me llamo Javier Cedeño, cursante de Ciencias Pedagógicas de la UCV, preso desde las protestas de la Plaza Venezuela, 2017. Desde que se enteraron de que yo era líder político en mi facultad, me metieron aquí, robándome la vida universitaria. Y a ti, ¿por qué te agarraron? Sí, me llamo Javier Cedeño, o bueno, así creo. Javier. Cedeño. Me lo repito para tenerlo presente, para saber que todavía, como las idas al baño y las horas, mi vida sigue caminando. No, no llores. Si lloras, los guardias te escucharán. No le sueltes nada a los guardias; harán de todo para distraerte. Acosarte. Ellos nos odian a nosotros. Ellos odian a las universidades. Lo que ellos desconocen es que nosotros somos estudiantes, y que ser estudiante, ser ucevista, en este país, es luchar contra lo inadmisible. Por cierto, si te dan ganas de mear o cagar, solo presiona el timbre que está detrás de los barrotes para que te lleven. Y ojalá te traigan.

¿Cómo me dijiste que te llamabas?

Ayer me mandaron un tuit con la foto de un profesor que sujeta unos zapatos negros. José Ibarra, catedrático de la escuela de Trabajo Social, Universidad Central de Venezuela (UCV), aparece apretando la textura del calzado. Evidencia las huellas del desgaste. Cuando llueve, el agua se le escabulle por las suelas fisuradas, ensuciándole los pies, el alma. Cuando hace sol, a José le salen ampollas por el contacto de los dedos con el pavimento caliente. Al sentarse en el escritorio, siente dolor en los talones a causa de los kilómetros recorridos. No obstante, el dolor, para José, es el sinsentido que le da sentido a sus caminatas diarias; es, con cada pisada, el valor retributivo de los sacrificios aceptados. Posteó la imagen en Twitter ya que no le da pena admitirlo: sus ampollas, sus suelas rotas y su alma sucia son pruebas de que la disciplina de enseñar, en Venezuela, no se pierde pese a los salarios de arena.

La foto la subió a la red social justo antes de que su teléfono se quedase sin batería. Después, inició a escribir en la pizarra acrílica y se olvidó por completo del asunto. Si bien su vocación docente, la que le sirve para expresarse, existir y seguir, es, al mismo tiempo, obstáculo para emigrar, él es fiel a su rutina. José desea poder limpiarse los pies en Venezuela, no en otra parte.

Javier, ¿me oyes? Sí, a mí me falta un año para graduarme; claro, si me sacan de aquí. A veces me pregunto qué haré al salir de la UCV, ¿sabes? Allí he actuado, cantado, fumado, dormido, fornicado, bebido. Allí conocí al país, Javi, a la política, ¿sí me oyes? Ser parte de la UCV es mirar al país y habitarlo, y desde ahí entender las problemáticas que le competen. No sé si a ti te ha ocurrido, Javi, pero yo, en mi bolso de clases, tengo tapabocas, trapos y vinagre para resguardarme de las bombas lacrimógenas cuando entro al campus. Una chama una vez dijo que ser estudiante de educación superior, en Venezuela, era como practicar deportes de alto riesgo. El salón se cagó en burlas. Se meó. Yo no le quité la razón, ni que fuera pendejo, pero sí le respondí que también era como ser padres, o así creo. ¿No opinas igual? Ese instinto de protección, esa angustia. Basta que amedrenten al país para que saltemos como la mamá cuando se le cae el hijo. Javier, apúrate. Javier, presiona el timbre.

¿Me oyes?

Desde el 2002 en adelante, alumnos, profesores y empleados de las principales casas de estudio venezolanas han sido protagonistas de las acciones contra el gobierno de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Sin embargo, este 2018, las detenciones arbitrarias, enjuiciamientos y ataques políticos obedecen a una persecución académica ejecutada por funcionarios del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), con sede en el complejo policial El Helicoide, Caracas. Olor a pólvora, a sudor. Cadáveres que no se encuentran, jóvenes que aún se enfilan. Sí. Ser docente universitario, en este país, es educar a contrapelo de las balas que perforan paredes. Sí. Ser estudiante universitario, en este país, es calentar el pupitre y la calle, como espectadores de escenarios escondidos que reclaman supervivencia.

La foto de José fue retuiteada unas diez mil veces. No se lo esperó. Gracias a las donaciones que ha recibido, fundó el movimiento “Zapatos de la dignidad” para auxiliar a colegas en situación de pobreza. La gente le aconseja que tenga cuidado con lo que declara ante los medios, pero él no siente miedo. Su labor pretende fundar precedentes, y aunque extraña la vida universitaria de épocas anteriores, continuar con las clases hace que sus aspiraciones personales no flaqueen. Cada vez que sus estudiantes asisten sin siquiera haber desayunado, que debaten sobre democracia y derechos humanos, él los obversa y no los interrumpe. Se esfuerza para que esas imágenes se le queden grabadas en la mente; a fin de cuentas, son esas imágenes las que están escribiendo historia en estos momentos.

José no botó los zapatos rotos; al contrario, los guardó en una caja debajo de su cama. “La crisis ha sacado lo mejor de nosotros los venezolanos”, dice para sus adentros cuando se los tropieza de nuevo. Lo sé porque lo hemos conversado; sus ampollas son también las mías.

A Javier lo tienen colgado del techo de su celda como si fuese un abrigo puesto en un perchero. El guardia lo sujetó con unas esposas de acero inoxidable para no dejarle marcas de corrosión en las muñecas. A Javier se le denotan las costillas; la piel erizada por el frío de aire acondicionado. El guardia se ríe a carcajadas porque Javier no para de hablar consigo mismo, y entonces le escupe en un pómulo. El timbre, Javi, Javi. El timbre.

Javier necesita ir al baño, pero resiste. Javier necesita llorar, pero resiste. El guardia se sentó a comer una arepa con mantequilla y queso y a beber una jarra de jugo de guayaba. Mastica con la boca abierta al frente de la celda de quien será, probablemente, décadas más tarde, un político de relevancia nacional. Eructos. Muecas. Si me lo preguntan, las torturas, para mí, solo alebrestan el coraje. Lo sé porque me sucedió; lo sé porque, después de aquella experiencia, mi vida sigue siendo tanto universidad como calle.

O bueno, así creo.

 

Por Gianni Mastrangioli | @MastranGianni 

*Este relato resultó ganador del XII Certamen Internacional de Relato Breve sobre Vida Universitaria, organizado por la Universidad de Córdoba (España).

 

Encontrando el sentido en un trapo tricolor y en una presidencia hecha de fe

Nosotros, pueblo que carga bidones. Nosotros, hombres de poca fe. Nosotros, los de los zapatos remendados, hemos de iniciar la Operación Libertad, la máxima presión popular nunca antes vista. “Porque nada tenemos, lo haremos todo”, cuentan que dijo el directivo chileno Carlos Dittborn para defender la candidatura de su país como organizador del Mundial de fútbol de 1962 (apenas dos años después del terremoto más fuerte registrado en la historia), cosa que luego se desmintió, pero la frase es tan motivadora que vale la pena citarla aunque sea una bonita mentira. La vida es un poco así.

Sorprendentemente la estación de Chacaíto del Metro de Caracas está abierta y ahí me bajo pasadas las 10:00 de la mañana del seis de abril, fecha asignada para el simulacro de la Operación Libertad, aunque parece que la palabra simulacro se eliminó porque no cayó muy bien en redes sociales. Vengo de pasar por una tarima de la contramarcha del chavismo en la Cantv, cerca de Colegio de Ingenieros, donde un cantante cansino interpretaba Mercedes, de Simón Díaz: tema emblemático acerca de cómo se han estado bañando algunos caraqueños luego del cataclismo eléctrico e hídrico de marzo que recordaremos por generaciones. Mi día ha empezado mal, con los reales botados en dos empanadas aguadas rociadas con una guasacaca amarga.

El punto de concentración en la Plaza Brión no pinta muy bien. La convocatoria es modesta a esta hora, tanto como lo era la del chavismo. Un indigente  con algún tipo de desequilibrio pide ser escuchado en Chacaíto como el verdadero hombre que conducirá a Venezuela al cambio y asegura tener el secreto para extraer nutrientes de la concha de mango. Llega un contingente desde la parroquia San Pedro y la cosa mejora un poco. Empezamos a marchar rumbo a El Marqués, específicamente hacia una de las sedes de la compañía eléctrica Corpoelec, donde alguna vez funcionó el Teatro Cadafe y fui con mi papá a la primera obra dramatúrgica de mi vida. A algún divertimento infantil, no se crean que Shakespeare.

Hay un correlato entre el redespertar de la lucha democrática de Venezuela en 2019 y la climatología caraqueña. Los Salmos 91:6 hablan de la mortandad del mediodía y no hay meses que me parezcan más desconsoladores que marzo y abril. El aire huele a cerro quemado, el sol perpendicular destiñe aquellos azules color cabildo de la primavera de enero, casi no hay rastro de grama verde en ningún espacio público de la ciudad y da la impresión de que en cualquier momento harán combustión el Ávila, el Parque del Este y el Jardín Botánico juntos. La puesta en escena casi operática y la incredulidad mágica de aquel sábado dos de febrero en Las Mercedes, cuando se hizo una concentración para agradecer el apoyo a la comunidad internacional, han dado paso al empecinamiento bíblico de los más persistentes en este abril en el desierto. No sabemos bien qué hacemos aquí, pero es nuestro deber estar.

Vengo de la parroquia San José en el municipio Libertador, pero, buscando desesperadamente un sentido de pertenencia, me descubro a mí mismo convertido en uno de los que llevará la bandera de Venezuela gigante de la gente de la parroquia San Pedro desde Chacaíto hasta El Marqués, junto a diputados como José Guerra y Richard Blanco. Tiene su ciencia el ritual de transportar el símbolo arbitrario de tu país, ese que me gusta pensar que hace más simpática nuestra causa allá afuera en el mundo, porque tenemos unos colores más chillones que Nicaragua, además del mito de las mujeres bonitas. Sería una terapia decente para nosotros los asociales.

Hay que tener cuidado para no pisarle los talones de los zapatos a la compañera que lleva la sección de color azul y mantener el amarillo lo más extendido posible para que la bandera no se convierta en un trapezoide de base roja. Hay que vigilar que la panza del trapo patrio no toque el suelo. Hay que levantar el pabellón nacional sobre nuestras cabezas cuando nos topamos con un hueco en el asfalto para que los de atrás lo veamos. Hay que cantar consignas: “Libertador presente y siempre consecuente”. Intento pegar en el grupo una consigna de mi invención, pero no tengo éxito: “Aquí llegó el Oeste, más fuerte que la peste”.

Nos ponemos en alerta cuando vemos humo sobre el tramo de la avenida Francisco de Miranda que pasa frente al Parque del Este, pero no es más que otra de las quemazones de estos días. Durante el trayecto de unas dos horas nunca vemos indicios de represión. Y solo una vez escucho la frase “Vamos bien”. No está en las tendencias del momento. Mientras, me arden los muslos en la zona de la entrepierna, ya no estoy para estos trotes y menos en temporada de sequía, pero hay que llevar una bandera tricolor gigante a su destino y a eso me aferro como si fuera lo único que explica mi presencia en el mundo.

Nos detenemos ya casi llegando al Centro Comercial Líder, porque no hay más hacia donde avanzar. La bandera de San Pedro –el que negó tres veces a Cristo– es replegada y nos miramos con la satisfacción del deber cumplido, de los que hemos cargado letras de la organización Dame Letra. Empiezo a sufrir la misma fobia que me hizo recibir patada y coñazo en el concierto de despedida de Soda Stereo en La Rinconada (2007), cuando llegué a una posición privilegiada en la olla y luego me devolví arrepentido. Siento que se me va al aire y, como puedo, me abro espacio entre la multitud hacia un borde con sombra de árboles, al lado de un carro de perrocalientes. Necesito sentarme un rato en la acera.

Escucho alaridos lejanos. Eso solo puede ser señal de que o pasa algo malo o ha llegado Juan Guaidó. Es lo segundo. Empiezo a escuchar su voz en un megáfono y creo que está lejos, por los lados del Unicentro. En realidad el presidente tan simbólico como los tres colores de la bandera está mucho más cerca en el espacio de lo que pienso. Entonces me topo con ella. Avanzando hacia las palabras ininteligibles de Guaidó, me encuentro a una ciclista como salida del planeta Pandora que me hace encontrarle un sentido ulterior a este sábado. Si ella está ahí con sus rastas moradas y su insultante autosuficiencia, aplaudiendo a un primer mandatario insólito que es sobre todo una cuestión de fe, entonces yo no estoy tan equivocado de sitio.

Juan Guaidó ya es visible cerca de donde está mi nueva heroína inalcanzable y donde los cascos con cruces azules se multiplican ante una epidemia de desmayos. El presidente, que parece más bien un pana cualquiera, está ahí mismo frente al Centro Líder, improvisando una tarima sobre la parte de atrás de un camión. Detrás de él, una valla publicitaria de una película chavista de 2017 que nunca nadie quitó: La Planta Insolente, biopic de Cipriano Castro. A pocos metros, una pancarta de tela negra: “Trump: intervención ya”. Solo escucho frases aisladas: “El cuatro de enero nadie daba nada”. “Si dudas, ve a tu hijo”. “El cese definitivo de la usurpación”. “Juro”. Levantamos automáticamente la mano, aunque no sabemos qué juramos. “Dios les bendiga”. Un chico toca el “Gloria al Bravo Pueblo” con algo que me suena a saxo o clarinete. Nadie se sabe la segunda estrofa: “¡Apréndanse el Himno, nojoda!”, se enervan unas canas.

No ha terminado de hablar y ya mucha gente se devuelve hacia su punto de destino, como si hubieran tocado la estatua de un santo. Se acerca la Semana Mayor, porque la cuaresma no es otra cosa que un apagón entre dos feriados alargados, y no puedo dejar de pensar en Guaidó como una especie de Juan de Nazaret, una esperanza muy humilde y vulnerable que salió de un peladero de chivos, murió crucificado en Twitter y solo terminó adquiriendo una significación universal con el paso de los años, cuando supimos valorarlo más allá de nuestra impaciencia y descreimiento, para reconquistar finalmente nuestra Tierra Prometida tras un milenio de chavismo.

Y no puedo dejar de pensar en unas letras del grupo Bon Jovi: “And I blame this world for making / A good man evil / It’s this world that can drive a good man mad”. Yo culpo a este mundo, porque puede volver loco a un hombre bueno. Con toda honestidad, no veo manera posible de que esta nueva ilusión llamada Operación Libertad nos haga cruzar el Mar Rojo, pero no tengo más opción que apostar a la más mínima posibilidad de recuperar ese frágil milagro llamado democracia. Y si Guaidó es un hombre enloquecido hablando en voz alta a sus propios miedos, quizás es el único remanso de cordura en esta enajenación para los siglos en que se nos convirtió Venezuela. Dudo, pero así es mi forma de creer: dudando.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia 

 

Carta abierta a Oriana, la “chama de las tetas”

Querida Oriana: no tienes por qué conocerme, soy un escribidor de fama bastante intermedia. Te conocí, como ya quisiera yo que me conociera una parte importante del país, en la fiebre de un sábado por la noche: el 23-F. Te convertiste en un rostro fresco (sí, yo suelo ver primero las caras) entre imágenes de gandolas que transportaban candela, puentes que separaban, cuerpos que se le atravesaron a perdigones, militares que preferían escapar que reprimir y habitantes originarios tiroteados con arcabuces modernos como en el siglo XVI.

El hecho de que tengas una cuenta en redes sociales y de que te hayas convertido en personaje público me da cierta licencia para escribirte, aunque seguramente te parecerá desagradable que se siga hablando de ti.

Tú misma te has hecho llamar, con ironía, “la chama de las tetas”. Te convertiste en una de las celebridades inesperadas del día en el que, según la promesa del presidente legítimo (e) Juan Guaidó, la ayuda humanitaria debía entrar sí o sí a Venezuela. El aparato de represión de la usurpación no dejó pasar ni una caja de gasas, pero tu caso entró para siempre en mi contrito corazón.

“No es lo que estaba buscando”, suplicas en tu derecho a réplica (por llamarlo de alguna manera). Eso solo lo sabes tú, Oriana, en el fuero más íntimo de tu conciencia: yo creo plenamente en ti (lo de que no eres operada me cuesta un ligeramente más creerlo, aunque ese debate es totalmente prescindible). Quisiste denunciar que estuvieron a punto de asesinarte con una bomba lacrimógena lanzada directamente hacia tu cuerpo, igual que a Juan Pablo Pernalete, durante las protestas en la frontera con Colombia. Te subiste la T-Shirt para mostrar que te habían herido en el pecho. Si en vez de eso hubieras bajado el cuello de la franela, probablemente la habrías rasgado.

Enseñaste también tu ropa interior, obviamente. Unas cuantas personas empezaron a hablar de tus senos turgentes (disculpa el lugar común de soft porno, por favor) y de tus pezones. En cuestión de horas, pasaste de 10.000 a más de 200.000 seguidores en Instagram. La gente empezó a ir hasta abajo, bien hasta abajo, en tu feed de la red social. Te encontraron en la plenitud de tu juventud, radiante como una lámpara LED en un país en penumbras. Encontraron fotos junto a tus padres que se malinterpretaron, y tengo entendido que respondían a un objetivo específico, pero ni siquiera hay por qué justificarlo: en los años 60 la gente hacía esas cosas por paz y amor y no había redes que propagaran la pacatería. Te convertiste hasta en un sticker de WhatsApp.

La chica de Meridiano como institución

Tú no me conoces, repito, Oriana, pero de inmediato simpaticé con tu caso y te defendí en al menos tres chats de grupos de trabajo. Tengo 43 años y en líneas generales me dedico a redactar en medios de comunicación. Hace más o menos una década, de manera anónima, publiqué el Meridianómetro: un blog en el que me dedicaba a comentar (y calificar con puntos del 1 al 10) la foto de la tapa de atrás del diario deportivo Meridiano. Ya quisiera nuestro parlamento tener la fortaleza de esa institución de la babosidad nacional. Mi excusa era mantener, mal que bien, cierta disciplina de escribir a diario sin las ataduras del periodismo. Quizás quería explorar el concepto que entonces tenía de lo femenino, o más bien, de mi visión sobre la imaginería colectiva sobre lo femenino.

El Meridianómetro es parte del legado que arderá con mis cenizas, y que agrupa tanto lo vergonzoso como lo más o menos aceptable. “Yo voy a seguir siendo quien soy: Oriana Gutiérrez. Voy a seguir publicando lo que siempre he publicado”, dices en tu réplica, lo que probablemente es una verdad a medias: algo habrá cambiado en ti luego del 23-F.

Yo hoy no soy el Meridianómetro. Es un pasado que ahora me hace reflexionar sobre cómo he desperdiciado el tiempo. Pero el Meridianómetro fue un momento de una parte de mí que hoy me toca resolver. La esencia del blog es sexista (ponerle puntos a un cuerpo), aunque en él introduje conceptos que entonces me parecían “progresistas”: la defensa de la belleza normal y corriente. La denuncia de la estandarización de lo que socialmente es considerado deseable.

La mitad de los 7.300 millones de seres humanos tiene un par de tetas (en la India son un poco menos: hay 1.108 hombres por cada 1.000 mujeres, debido a los abortos selectivos). ¿Por qué tanto escándalo con unas como las tuyas? Con frecuencia se nos echa en cara a los hombres, Oriana, que jamás sabremos qué es ser madre. Hay algo de lo que a ti probablemente te costará tener conciencia: cómo algunos hombres heterosexuales podemos llegar a venerar a las mujeres y las formas de sus cuerpos.

No estoy diciendo que una mujer no pueda llegar a venerar a un hombre (afirmar tal cosa, por supuesto, también es sexista y discriminador), pero es estadísticamente menos probable que una mujer construya el Taj Mahal por un hombre. Es un mecanismo psicológico que llamamos sublimación, y opera en ambos sexos para canalizar lo que no es otra cosa que el poderosísimo instinto de preservación de una especie que ya no debería angustiarse por eso (lo dicho: somos siete millardos y pico). Ahí encaja también, por ejemplo, la idealización social de la maternidad como el amor más grande del universo, como si una madre estuviera siempre obligada a ser feliz por serlo. Y tantas guerras libradas y ciudades erigidas para enmascarar lo que no es más que un reprimido deseo masculino de reproducción.

Para machos no precisamente alfa como yo, Oriana, las tetas representan todo aquello que nos diferencia y que jamás entenderemos de lo que más adoramos de manera enfermiza. Eso me llevó, en otra publicación, a preguntarle a mujeres las cosas que siempre quise preguntar sobre sus órganos de lactancia materna (y poderosos puntos erógenos) y que jamás me atreví hasta entonces porque no tenía el camuflaje de periodista para desinhibirme. No te puedes imaginar la cantidad de horas que he dedicado, mientras camino en la calle (sobre todo ahora que no puedo comprar aparaticos de música), al pasatiempo de detectar con un radar de rayos X a todo cuerpo femenino que sale a la calle sin sostén. El pequeño milagro del temblor de unos senos libres de esas pantallas atirantadas que sirven como primera barrera de contención. ¡Gran cosota!

Iluminación por la vía de la satisfacción

Como muchos hombres, Oriana, colecciono fotos y videos en un disco duro externo que hubiera arrancado del fuego en caso de incendio. También revistas y DVD en algún rincón de mi casa que prefiero que mi mamá no consiga. No te preocupes, Oriana, no estás ahí (por ahora): con algunos años encima, pienso más en la proximidad de la muerte y otras cosas también han empezado a cambiar. La iluminación de mi conciencia llegó por una vía insólita: mis exploraciones por YouTube en busca del erotismo ingenuo en el que me refugio de mi fobia por el porno rudo. Las youtubers registran hoy retos que se ponen de moda. Por ejemplo: pasar una semana sin sostén.

Donde buscaba excitación, Oriana, terminé encontrando comprensión: mujeres youtubers que hablan abiertamente de lo que sienten (y de cómo son juzgadas socialmente) cuando dejan de usar sostén. Mujeres youtubers que me hicieron comenzar a normalizar lo que hasta entonces era una fijación fetichista estilizada. No me malinterpretes: la excitación ante unos pezones que se marcan siempre estará allí. Soy hombre. Un cuerpo femenino me alborota. Sin embargo, mi mirada en la calle comenzó a cambiar. Veo, por supuesto, pero trato de respetar. Ya no suelto en voz baja comentarios obscenos de depredador inofensivo a seres humanos que no tienen por qué calarse el baboseo de un desconocido, como si el hecho de que fueran mujeres nos diera permiso para agredirlas. Una chica que sale a la calle con un body y más nada abajo ya no es tanto una diosa provocadora y transgresora que debe recibir algún tipo de castigo por la afrenta a mi tranquilidad masculina; aunque, por supuesto, despierta mi placer.

Desde hace un par de años trabajo con mujeres, querida Oriana, que se hacen llamar a sí mismas feministas. No queman sostenes ni están empatadas con otras mujeres. Con frecuencia me hacen pasar roncha, por ejemplo, cuando el Día de la Mujer me mandaron a borrar un tweet presuntamente progre que publiqué en una cuenta corporativa y en el que me refería a los novios y esposos como “aliados que ayudan a las mujeres a cumplir sus roles en el hogar” (dar de comer, lavar, barrer y planchar, me faltó poner). Sin embargo, mi roce constante con ellas también me ha hecho revisar día tras día todo lo que di por sentado desde que, como niño, fui criado en un hogar en el que me malacostumbraron a no asignarme ninguna responsabilidad doméstica.

En medio de un país atrapado en una pulsión por la destrucción, el fanatismo y la muerte, tus fotos y videos se me han convertido en un símbolo de vida. De la complejidad de la vida: no eres la “chama de las tetas”. Eres un ser humano en toda la riqueza de sus dimensiones (incluida la nada despreciable de su aspecto físico y las reacciones sociales que despierta), que merece ser escuchado, respetado y tratado como tal.

“Para que los demás puedan hacerme humano, tengo yo que hacerles humanos a ellos; si para mí todos son como cosas o como bestias, yo no seré mejor que una cosa o una bestia tampoco”, dice Fernando Savater en un clásico casi escolar al que retorno cada cierto tiempo: Ética para Amador. Aunque llegué bastante tarde, Oriana, cuenta conmigo como hombre para hacer llegar tu mensaje: “Mis senos los tengo puestos, no me los puedo quitar”. Puedo mirarlos, porque tengo ojos. Puedo disfrutarlos, porque tengo un sexo. Puedo pensarlos, porque tengo fantasías. Lo que nunca se me debería permitir es reducir a ellos tu preciosa persona.

 

Por Alexis Correia@alexiscorreia 

Fiebre de libertad y futuro

Los acontecimientos del 23 de enero de 2019 me sorprendieron en plenas páginas de Fiebre (1939), primera novela de Miguel Otero Silva, donde, a medio camino entre la realidad y la ficción, el fundador de El Nacional construye una “relato autobiográfico” de la Generación del 28 y sus 200 estudiantes, él incluido, que le plantaron cara a la tiranía.

¿Eso les suena?

Mientras yo leía sobre la rebelión juvenil que hizo tambalearse al régimen gomecista, Juan Guaidó, hijo de la dirigencia estudiantil de 2007, ahora líder de la Asamblea Nacional, se juramentó como presidente encargado de Venezuela para pedir el cese de usurpación de Nicolás Maduro. La historia tiene una curiosa forma de reeditarse. La obra de Otero Silva, este 2019, cumple 80 años de haberse publicado. Y mantiene absoluta vigencia en el escenario político actual.

 

“¡Sacalapatalajá!”.

El primer síntoma de la “fiebre de libertad” surge en forma de  grito animoso, en los gañotes de estudiantes ucevistas. La consigna es curiosa y resulta fácil imaginársela con el mismo ímpetu de un “Maduro coñoetumadre”. Vidal Rojas, nuestro protagonista, es un chamo como tú o el amigo de un amigo. De esos que vienen del interior a estudiar a Caracas y viven en residencias de reputación dudosa… con ideas sobre política, una novia, y su juventud truncada por la  dictadura.

Lo cierto es que en la Caracas de 1928, oprimida bajo el bigote y la bota militar de Juan Vicente Gómez, la Universidad de Central de Venezuela ya tenía quien clamara por libertad.  Así lo expresó Miguel Otero Silva a través de Rojas en las páginas de Fiebre: “Tenemos 20 años y deseos de morir por Venezuela, por la patria, por la libertad, por algo que no sea esta vida de eunucos, ni cuatro centavos manchados, ni la ignominia de un cargo público. En nosotros cifra mucha gente (…) su única esperanza de redención”.

El mes de febrero está tatuado con fuego en la memoria de los venezolanos, una y otra vez aparece en la historia con la impronta de la rebelión y la violencia. Ese caótico ciclo comenzó hace 91 años, cuando en medio de los carnavales, la Generación del 28, sin habérselo planteado, transformó la coronación de su reina con versos y desfile en una lucha política.

Aquella inocente semana del estudiante terminó con la destrucción de un cuadro y una estatua de “el Benemérito”, lo que llevó a que apresaran a cientos de muchachos en el Castillo de Puerto Cabello. Aunque saldrían de allí por el clamor popular, la tregua sería momentánea pues no tardaron en devolverlos al calabozo. Desde entonces, el drama de Vidal Rojas y sus compañeros es el mismo que siguen viviendo los estudiantes venezolanos. Plantarle cara a la tiranía, ser arrojados al exilio, entrar y ¿salir? de la cárcel.

 

Las imágenes van repitiéndose como en un bucle donde rostros y tiempos se vuelven borrosos.

2007: marchas con mordazas y manos blancas. La derrota de Chávez en el referéndum constitucional y el cierre de RCTV.

12 de febrero  de 2014: el fatal Día de la juventud donde Bassil da Costa y Robert Redman perdieron la vida.

Las protestas contra el gobierno de Nicolás Maduro volverían entre marzo y julio de 2017.

Según datos de Civilis y Provea, en esos años de calles calientes murieron 185 personas manifestándose contra el socialismo del siglo XXI. Me viene a la mente  el recuerdo de Neomar Lander: “La lucha de pocos vale por el futuro de muchos”, palabras que se convirtieron en un  epitafio noble y desgarrador.

El 23 de febrero, mientras terminaba de leer a Miguel Otero Silva, volvió a encenderse la violencia represora por parte de las fuerzas de seguridad y los colectivos paramilitares comandados por Nicolás Maduro. En medio de la confrontación, ardieron camiones que transportaban la ayuda humanitaria, medicinas e insumos que buscaban ingresar a Venezuela para paliar la Fiebre de cientos de miles de ciudadanos con padecimientos crónicos. El día dejó un saldo de al menos cuatro muertos, en territorio fronterizo con Brasil; y 285 heridos en la frontera colombo venezolana.

 

Dice Miguel Otero en Fiebre: “Los venezolanos solemos morir en las formas más singulares: (…) olvidados en negros calabozos (…), bajo el dolor, al límite de la locura, de un balazo en los pulmones, un machetazo en la nuca, o no morir mientras se espera a la muerte como una liberación que es peor que morir”.

El clímax de la novela llega cuando Vidal, entre la clandestinidad y el despecho –tras una fallida insurrección militar seguida de una ruptura amorosa– se une a un grupo de civiles armados y oficiales descontentos, reclutados por un viejo coronel para materializar la estocada final contra Gómez.

 

Lamentablemente la vía del golpismo para hacerse con el poder en Venezuela fue una herida que nunca se cerró. Así llegaron Pérez Jiménez, la Junta militar de gobierno en 1948, y Chávez  en el 1992.

 

Incluso hoy, cuando se  han dado los primeros pasos de una transición hacia un gobierno civilista, las Fuerzas Armadas se mantienen como uno de los factores determinantes en el orden de los acontecimientos. Guaidó regresó a Venezuela por el aeropuerto de Maiquetía, volvió a hablarle a los militares. Asegura que el 80% de la institución castrense desconoce a Maduro y se ufanó de no haber sido detenido: “Alguien no cumplió la orden”. Aunque Estados Unidos haya descartado una intervención armada, la incertidumbre todavía marcha con uniformes verde oliva.

 

Los paralelismos no se detienen. Una sonrisa amarga se me dibuja en el rostro, porque en diciembre de 1928 Juan Vicente Gómez cumplió 20 años en el poder. Las mismas  dos décadas que en 2019  tiene la revolución comenzada por Chávez,  que  Maduro continúa “como sea” y sin que le importen las necesidades del venezolano.

 

El cinco de marzo se cumplieron seis años del fallecimiento del “Comandante intergaláctico” y, un par de días después, Venezuela se oscureció como nunca antes. Falló el Guri, la central que surte de electricidad al 80% del país.

A falta de luz, quedaron paralizados los servicios de agua, transporte, telefonía móvil y fija. Al menos una veintena de personas fallecieron durante el mega apagón  al no poder recibir atención oportuna. Noticias, fechas y cifras fatales caen como gotas de lluvia en un terreno ya mojado. Para procurarse algo de agua, docenas de personas acudieron a un manantial que discurre en las cercanías del río Guaire.

A pesar de esto, la principal sed del venezolano es de libertad. Por eso protesta en las calles, con denuncias y consignas a grito pelado, enfrentándose a la represión de funcionarios y colectivos, aunque eso signifique mirar el rostro de la muerte para desafiarla. He ahí el deber de Guaidó y el resto del Gobierno legítimo: mantener una agenda coherente, donde las movilizaciones de calle estén acompañadas de acciones concretas. En otras palabras, ya la ruta para la transición fue trazada: ahora toca materializar las condiciones para que esas metas se cumplan.

Rescato una nueva frase de las últimas páginas de Fiebre: “Yo sé que mi pueblo ha de despertar algún día (…), será grandiosos verlos saltar de los caminos polvorientos, de los calabozos sin aire, de las casuchas sórdidas, de las tumbas mismas, con un clamor de justicia en sus puños cerrados”.

 

Muchos a quienes la crisis les impuso el éxodo, desde sus países de residencia, con la condición de extranjero a cuestas, piensan en regresar a Venezuela y participar en su reconstrucción cuando la democracia las dé luz verde.

El periodista Jeanfreddy Gutiérrez comienza un hilo en Twitter con proyectos que le gustaría llevar a cabo en una Venezuela sin chavismo. Habla del saneamiento del Lago de Valencia, seguido de la recuperación de su estructura hídrica y la relación de ese ecosistema con sus comunidades. De inmediato se le suman una entusiasta bandada en la “pajarera azul”.

 

Hay iniciativas para todos los gustos y necesidades. Desde una legislación sana para el trabajo, pasando por programas de reciclaje serios en todas las ciudades, hasta reorganización de los parques infantiles, creación de nuevos espacios públicos y pare usted de contar.

Odell López, otro periodista, plantea valientes transformaciones en torno a los medios y la libertad de expresión. Desde llevar un portal web al impreso hasta “establecer el Sistema de Información Pública, como una herramienta social que dé cuenta del derecho a estar informado”.

 

En la visión del ciudadano  con formación y estudios, queda claro que el mayor recurso de Venezuela, “donde  el petróleo brota fácil como el agua (…) y en las aguas verdes hay millones de perlas dormidas”, es el talento humano. “Un país no puede apreciarse a través de la policromía inmóvil de sus paisajes, el hombre al incorporarse al paisaje le da razón de ser y sentido a las cosas”, sentenció Otero Silva, sin una pizca de “nacionalismo rancio”, a mediados del siglo XX.

 

Cuando era ya un escritor  veterano, el autor de Fiebre corrigió y volvió a publicar su primera novela, agregándole una  vasta introducción donde entrevistó a los miembros de aquella mítica y subversiva generación del 28. Al final de la dictadura que acabó con la muerte de Gómez en 1935, los estudiantes de esa época impulsaron la creación de partidos políticos, además de construir instituciones maduras que condujeron al país hacia la senda democrática, consolidada definitivamente en 1958, cuando Pérez Jiménez huyó el país a bordo  de “la Vaca Sagrada”.

Ojalá Venezuela avance pronto hacia el camino de libertades que cada uno hemos esbozado en nuestros horizontes, el tiempo apremia y el país y sus realidades no están para dilaciones quiméricas. Mientras eso sucede, seguiremos leyendo y escribiendo el día a día, esperemos que con suficiente tino, para explicar claramente este oscuro capítulo de nuestra historia.

 

Por Kevin Melean

#DomingosDeFicción: El elogio del comandante

Mi madre fue prostituta en la Habana. Mi padre es un oficial del ejército venezolano. Soy hija de la experiencia del acertijo, pasé mi infancia adivinando a cuál de los dos echarle la culpa de mis tristezas. Nunca estuve a la altura de los hábitos que demanda una ciudad cubana; no estar triste por amanecer casi todos los días en casa de mi abuela o de mi tía Mercedes, no estar triste porque solo podía ver a mi padre algunos sábados en la noche en un sótano atestado de gente con luces y música, no estar triste por ver a mi madre intentando ser optimista y seguir flotando dentro de la isla con cada una de sus decisiones aunque la mayoría fuera un error, debía hacer del error la vasija de supervivencia para comer y cumplir con la exigencia cotidiana de movilizar nuestros cuerpos en la agotadora rutina de no morir.

El 23 de abril de 2003, el Hospital Universitario Clínico Quirúrgico “Comandante Manuel Fajardo” recibió una mujer negra con un nombre y un apellido: Martina Suárez, la misma cantidad de palabras me iba a corresponder a mí: Amelia Suárez. Ese día fui la niña blanca con una madre que me presumía bajo el nombre de una pintora cubana formada en Europa y que solo había conocido los primeros años de Revolución. También nací con un abuelo que siempre fingió un cuidado extremo con sus libros dejándolos al alcance de quien pudiera manosearlos: ejercicio de resistencia para el futuro predecible. Yo seguiría llamándome Amelia Suárez y para mi madre eso sería el augurio que lograría que un europeo me eligiera y me sacara de la isla, sobre todo porque para mi abuela mi tez pálida era la única oportunidad que me había dado mi padre  aunque él solo lo reconociera cuatro años más tarde cuando el parecido físico entre ambos era de una insinuación satánica.

Su reconocimiento nunca se legalizó. Pero tuvimos más frijoles en la despensa y un par de veces al mes comíamos carne roja. Nunca vi a mi padre desnudo. Siempre quise verlo sin su uniforme verde oliva. Cuando tenía nueve años le pregunté a mi madre por ese cuerpo y me describió a un hombre que ha sido amado, nunca mencionó sus genitales; no mencionó ninguna imperfección, un pene torcido y oculto bajo la grasa o unas nalgas tímidas y peludas. A mí siempre me pareció gordo para dedicarse a defender la patria como él mismo me dijo una vez en el sótano de las fiestas donde podía verlo, esa parte de la casa de don Abilio con uniformes y corbatas que cobijaban a los hombres del aire acondicionado al que se exponían las pieles de las mujeres siempre caminando con bandejas y vasos en las manos o siempre sentadas sobre las piernas de algún hombre para no resfriarse: explicación térmica que esa noche me dio mi padre, el comandante, como me pidió que lo llamara y como mi madre y todos los que lo rodeaban también lo nombraban.

Era privilegiada, era la única que podía entrar al sótano a ver al comandante. Los pocos sábados que podía ir él y el resto me recibían como “la niña”. Podía recorrer el sótano excepto sus pequeñas habitaciones que estaban cerradas hasta que un hombre con corbata o con uniforme entraba con Marisela, Lupita, Martina, Yuliana, Belkis, Rosangela, Inés, Leydi, Sasha o mi madre. Esta última solo cuando el comandante la elegía, como solía hacer antes de que yo fuese concebida.

Una noche le pedí a mi abuela que me hablara del comandante, pero ella me habló del significado de “Fidel” como alguien que es fiel o digno de fe, la evasión a mi pregunta continuó  con una respuesta que no hizo analogías políticas sino amorosas usando como ejemplo los cuentos de princesas que yo había rescatado de la biblioteca que ella también cuidaba después de morir mi abuelo. Sin darse cuenta, o quizás sí, evadía su relación con mi abuelo como ejemplo de fidelidad. Ambos se mantuvieron unidos para cuidar la biblioteca, que, a diferencia de sus hijas nunca podría hacerse cargo, sola, de su propia vulnerabilidad, era una hija más que desde su eterna infancia acompañaba y, muchas veces, procuraba el crecimiento de sus hermanas, yo era una de ellas.

Mientras el comandante envejecía para defender la patria, yo crecía junto a los libros de mi abuelo para renovar el mundo. Podía decir que la biblioteca era mía.  Mi abuela le dijo a mi madre que me la merecía cuando me vio leyendo libros sin ilustraciones gráficas. Para ella, suprimir los dibujos era una marca de responsabilidad porque de las imágenes en nuestra cabeza solo podíamos hacernos cargo nosotras, nadie más.

Mi biblioteca era vieja, como casi todo en Cuba. Ella también era mujer y en algún momento la violentaron arrancándole varios títulos tildados de ofensivos o peligrosos. Cuando cumplí quince, ya había leído sesenta y dos libros de los más de quinientos que se apilaban sobre las tablas clavadas en la pared de la sala y en la mesa de la cocina donde estaba la despensa de cortinas verdes que otra vez había alcanzado el desamparo. El comandante ya no viajaba a Cuba, había sido removido de cargo según mi madre. La revolución en Venezuela lo masticó según mi abuela.  Sin carne otra vez, pensaba yo. Mi madre, como en mi niñez, comenzó a llegar en las mañanas a dormir. Ahora que el comandante no estaba, mis visitas al sótano de don Abilio fueron censuradas por ella porque mientras mi padre no estuviera ambas no podíamos estar juntas en ese lugar.

Yo era una quinceañera virgen y flaca. Mi curiosidad erótica se saciaba con las conversaciones sexuales de mis compañeras del liceo, la mayoría había perdido la virginidad antes de los doce años y ahora que tenían entre catorce y quince habían desarrollado un criterio sexual que les permitía costearse ciertos placeres, los genuinos. Marta y Eugenia soñaban con Italia, eran grandes amigas y querían que un mismo hombre se las llevara a las dos. Rosangela, aunque también se prostituía, estaba enamorada de Raúl, su novio del barrio desde la infancia, él la ayudaba a conseguir gringos que pagaran por la noche más de veinte dólares incluso más cuando él se sumaba en tríos. Luego ambos, desesperados de risa, corrían a gastarse lo ganado en chucherías. Algunas veces fui invitada de sus comilonas, Rosangela era mi mejor amiga y estaba orgullosa de mi virginidad al punto de cuidarla tanto como mi mamá. Virgen eres más cara, pero yo quiero que tu primera vez sea por amor, como lo hice yo, decía Rosangela mirando a Raúl.

En una de nuestras salidas, Raúl decidió que ya era hora de elevar nuestro estatus social, esa tarde salimos del liceo y bebimos cerveza. Él había llenado una cantimplora de tres litros que a las seis de la tarde ya estaba por acabarse. Caminamos por el malecón fingiendo una marcha nupcial, yo levantaba la cola de un vestido de novia imaginario, mientras Rosangela se aferraba a los brazos de Raúl besándolo. Ya eran las siete de la noche, al llegar a una calle oscura empecé a correr suponiendo que me seguirían, ¡Amelia, detente, niña, ven! Gritó Rosangela, yo me detuve a carcajadas, Raúl la besaba quitándole el uniforme, comenzaron a coger como si yo fuese una cámara que los haría famosos para sacarlos de la isla. Pensé en Efraín, en todo lo que debió hacerle a María para que ella no llorara tanto, y en mi madre, en todo lo que le hacía el comandante para que aprendiera a llorar. Rosangela hizo un gesto para que me acercara  y como alguien que intenta no ahogarse en el mar dejando un último gesto de auxilio, metió su mano dentro de mi blume, como muchas veces lo hice yo y como otras se lo hizo el comandante a las mujeres del sótano. Mientras Rosangela gemía, yo me humedecía. Raúl la abrazó hasta el final de ambos. Yo me acomodé la falda y seguía pensando en Efraín. Días después, Rosangela aceptó llevarme al sótano, pero no vas a singar, me advirtió.

Un vestido corto, verde, de tela más delgada que fina producto de las continuas lavadas que le habían dejado unas cuantas lentejuelas; yo temblaba. Rosangela no se apartaba de mí, los hombres me miraban olfateando la virginidad en mi falta de gestualidad erótica. Pero el cuerpo moreno con ojos claros de Rosangela siempre lograba apartarme como presa. Yo quería ser cazada. El borracho de uniforme en la barra era el comandante, me acerqué en un descuido de Rosa, otro modo de llamar a mi amiga, y desde una distancia velada me incliné sobre la barra fingiendo que buscaba algo. Lo encontré. Una mano pesada y fría me bordeaba la cintura. Quieta.

La última vez que el comandante me vio yo tenía once años, ahora mi cuerpo y mi rostro eran un nuevo naufragio, habían pasado cuatro años y en cuba la fiesta de los quince era el rito de iniciación que formalizaba el cuerpo en desarrollo para el concubinato. En el sótano no me protegía la inocencia de un cuerpo infantil y sin curvas. Tiempo que no te veía por acá, le dije al comandante cuando logré hablar sin voltear a verlo soportando el aire acondicionado, él se mantuvo detrás de mí y me plegó a su cuerpo, no hablaba pero movía las mechas de mi cabello con su respiración agachada en mi nuca. Lo imaginé con los ojos cerrados. Fue la primera vez que tuve miedo de un hombre,  podía sentir su barriga presionando mi espalda contra la barra. Cuando Rosangela logró verme, los dedos del comandante ya estaban congelándome los labios del sexo, ella intentó apartarlo con su propia sensualidad, sabía que las palabras eran espuma para un hombre borracho con uniforme. Yo podía escuchar la manera en que los dos ensalivaban sus lenguas al chocar, pero él no dejaba de aferrarse a mi cuerpo. Delante de mí la barra y una parte de su brazo oculto entre mis piernas sin blume, el vestido todo lo facilitaba, mi respiración era cada vez más fuerte, mis caderas serpenteaban, pensaba en Efraín, y Rosa, como una madre orgullosa, me observaba.

¡Quítate, puta! Me gritó el comandante mientras recuperaba su mano para limpiarla con asco en mi vestido, arrancando las últimas lentejuelas. La mirada del comandante se enconaba en la mía, el frío del sótano ya no me hacía temblar. Tengo un par de días viendo a ese tipo, dicen que es impotente, que tuvo poder y solo viene a emborracharse, pero tú le gustaste, dijo Rosa presumiendo que yo acababa de recibir un elogio del comandante.

Esa noche supe que para irme de la isla no podía contar con la ayuda de mi padre. La biblioteca me había forjado expectativas que se sostenían en la mirada sin mirar que le ofrecía al mar. Quería irme, pero no quería abandonar mis libros. Fantaseaba con la manera de miniaturizar la biblioteca, de hacerla portátil; contrabandearla. Pero yo había logrado llegar a Venezuela sola. No había sido difícil conseguir mi título de medicina para irme de misión a un país donde también fue fácil nacionalizarme por una causa revolucionaria. En Cuba se sobrevive actuando, en Venezuela fingiendo. Tenía veintitrés años, había egresado de una universidad y no estaba capacitada para ser médica, pero formaba parte de la revolución. Cumplía mi misión en Mérida, una ciudad donde los días fríos me hacían recordar el sótano con mi madre, Rosángela y Efraín.

Dos años después de salir de Venezuela, logré visitar en Colombia la piedra donde los lugareños afirmaban que María se sentaba a llorar. Me pregunto si en su suspicacia mi abuela no habría sospechado de Jorge Isaacs como el autor erótico que abiertamente me reservó la biblioteca.

 

Por Xenia Guerra

Psicología no ingenua en tiempos de crisis

El psicoanalista inglés Donald Winnicott argumentaba que una de las características inherentes al ser humano era la creatividad, inclusive en las condiciones más extremas. En regímenes totalitarios o durante los campos de concentración nazis, siempre había personas que permanecían creativas a pesar de las adversidades. Sin embargo, Winnicott advertía que eran ellas las que más sufrían, ya que esto implicaba crecer ante un contexto que explícita e implícitamente te decía que no valía la pena crear cosas nuevas.

Para Winnicott, la alternativa para no sufrir en estos contextos consistía en despojarse de la propia humanidad que nos caracteriza: dejar de ser creativos, perdiendo la voluntad de vivir. Por ejemplo, en los campos de concentración nazis durante la segunda guerra mundial, había personas a las que llamaban Muselmann, quienes divagaban sin una orientación específica y hablando palabras sin sentido, para finalmente morir, por problemáticas asociadas a la desnutrición, arrodillados en una posición similar a la de las personas creyentes del islam cuando rezan en dirección a La Meca.

Ante esta propuesta de Winnicott, quedan dos interrogantes claves en la Venezuela que estamos viviendo: ¿cómo permanecer creativos ante contextos tan adversos?, ¿cómo contactar de forma no destructiva con el sufrimiento que implica vivir en este momento de tanta incertidumbre?

La psiquiatra estadounidense Judith Hermann escribió un libro que ha sido un clásico en los estudios sobre trauma psicológico, denominado Trauma y Recuperación, donde aborda los síntomas psicológicos y físicos asociados a estar expuestos a diferentes contextos traumáticos sostenidos y la forma de lidiar con ellos en psicoterapia. Uno de los capítulos habla sobre las personas que han permanecido en cautiverio por secuestradores, de prisioneros de guerra y de mujeres que han estado tanto tiempo en situaciones de violencia doméstica compleja que sus captores las han obligado a estar encerradas dentro de sus hogares. Dentro de estas situaciones tan adversas, los sobrevivientes relatan que emplearon mecanismos que les permitieron aferrase al deseo de continuar su vida y ser creativos. Tres de ellos me parecen especialmente lúcidos en estos momentos tan críticos en el país.

Una sobreviviente de violencia doméstica llamaba al primero de ellos La unidad básica de supervivencia. Este método hace referencia a las relaciones significativas. Judith Hermann explica que en las situaciones más perversas, los vínculos fuertes sobreviven y mitigan de forma importante los efectos negativos del cautiverio. Cuando los campos de concentración fueron liberados, se consiguió que la gran mayoría de los sobrevivientes habían formado un vínculo estable, donde se protegían mutuamente de los horrores de las torturas y el trabajo forzado. En este sentido, relaciones basadas en la lealtad y en la reciprocidad constituyen una forma de hacer frente a las relaciones que los captores querían imponer basadas en la sumisión y el control.

El segundo mecanismo consiste en estar en contacto constante con tu alrededor. Las personas que han sobrevivido largos tiempos en cautiverio relatan que todos los días se proponían una pequeña tarea que los mantenía en contacto con su ambiente. A veces eran cosas tan sencillas como observar de forma detallada cómo caminaban las hormigas que había a su alrededor. Por ejemplo, una amiga me dijo en estos días que con los apagones había descubierto cómo sonaba el silencio.

Otro ejemplo de ello: cuando estaba pequeño, me imagino que tenía unos 6 o 7 años, hicieron una remodelación en mi casa para construir un nuevo cuarto para mi hermano menor; esto implicó tumbar unas paredes para construir el cuarto nuevo. Recuerdo ese momento como bastante angustiante, todos los cambios que estaban haciendo dentro de mi casa me generaba mucha incertidumbre. Sin embargo, un día que estaba lloviendo agarré mis juguetes y los puse en el lugar donde estaba la construcción y comencé a detallar cómo las gotas caían sobre ellos: ver el ritmo constante de las gotas me calmaba, era como darle un sentido de continuidad a los nuevos cambios que estaban ocurriendo en mi vida.

El tercer mecanismo que describe Judith Hermann es la capacidad de tener una continuidad temporal. En situaciones de cautiverio, existen momentos donde los captores logran tanta dominación, que pueden distorsionar hasta la noción del tiempo de sus víctimas.  Primo Levi, escritor italiano sobreviviente de un campo de concentración nazi, cuenta que llegó un momento donde no contaban los días para que su cautiverio terminara, sino que estaban concentrados en saber cuánto tiempo había pasado y qué fecha era: “Para los hombres vivos, las unidades de tiempo siempre tienen valor”.

En esta misma línea, recuerdo que a mediados del año 2017 estaba fuera del país terminando de escribir mi tesis de maestría. Pasaba todo el tiempo revisando las redes sociales para saber qué había ocurrido en las protestas ese día: era bastante fuerte ver que en cada jornada se contabilizaban nuevos muertos. Uno de esos días, estaba en la sala de computadoras del postgrado con amigos de diferentes partes del mundo, ninguno de Venezuela. Ellos hablaban sobre sus planes para después de que terminaran la maestría: muchos querían hacer un viaje alrededor de Europa y hacían chistes sobre las cosas que iban a hacer en sus vacaciones.

En ese momento, me enteré, por el grupo de WhatsApp de mis amigos del colegio, que mi amigo de la infancia Miguel Castillo había sido asesinado durante las protestas. Me sentí completamente alienado: tenía enfrente personas riéndose, viviendo la vida que cualquier persona de mi edad se merecía, y yo leyendo que alguien a quien quería y consideraba parte importante de mi historia había fallecido.

Los días siguientes fueron difíciles, sobre todo por la diferencia horaria. Intentaba estar despierto como si estuviese en Venezuela para enterarme de los acontecimientos en el momento que pasaran, pero la realidad es que estaba en un lugar con cuatro horas de diferencia: era muy difícil habitar los dos sitios al mismo tiempo.

Lo que me permitió darle continuidad temporal a mi vida en ese entonces fue la música. Desde que tengo 11 años, la mayoría de mi tiempo lo invierto escuchándola. En esos días donde me sentía que estaba en dos lugares distintos, decidí elegir una canción del día, cualquiera que me gustara escuchar especialmente en ese instante, como una forma de saber que un día más había pasado, que esa escena traumática en la sala de postgrado cuando me enteré de la muerte de Miguel Castillo ya había pasado.

Todavía lo sigo haciendo por costumbre, elijo una canción a la que llamo “la canción del día”. Hoy 28 de marzo de 2019, después de que volvió la luz a mi casa y en mi oficina, decidí elegir Monkberry Moon Delight, de Paul McCartney, quien describe esta pieza como un “cuadro surrealista hecho canción” y que tiene frases con palabras que no guardan mucho sentido con otra; por ejemplo, uno de los versos dice lo siguiente:

Well, I know my banana is older than the rest

And my hair is a tangled beretta.

But I leave my pajamas to billy budapest,

And I don’t get the gist of your letter.

Justamente el hilo conductor de toda la canción es el sinsentido. Me recuerda que la locura y él, como la creatividad, son elementos inherentes al ser humano. Pero como decían Freud y Foucualt, la civilización nace cuando ese sinsentido es encapsulado en sitios específicos, cuando la mayoría de la vida social es dominada por la normalidad y el sentido, a pesar de que nuestros instintos más primitivos están orientados a lo contrario. En el arte, la música, la literatura y en las películas, podemos contactar con el sinsentido de forma creativa, pero cuando este se vuelve parte de lo cotidiano, con apagones impredecibles, es imposible no conectarse con la vida y sufrir al mismo tiempo. Lo esperanzador está en que personas que han estado expuestas en situaciones tan horribles de forma sostenida lograron conseguir cosas que las empujaron a seguir viviendo.

 

Por Guillermo Sardi | @gsardi90 

El espíritu también se cansa

Y allí estábamos: bebiendo y riendo, como si hace una semana, el siete de marzo, no hubiese ocurrido un apagón nacional que provocó caos y zozobra en todo el país, pero especialmente en Maracaibo –nuestra Maracaibo–, cuyo territorio entró en una especie de ambiente apocalíptico luego de que se iniciaran saqueos que afectaron a cientos de locales comerciales, con pérdidas que superan los 50 millones de dólares y con negocios que no podrán recuperarse jamás.

A lo mejor y es que no hay nada que el alcohol, amigos y risas no puedan curar. De hecho, la experiencia me dice que precisamente la combinación de estos tres elementos se convierte en el arma de resistencia más noble y sana que existe frente a esa estructura enferma y criminal de la autodenominada Revolución Bolivariana. Era sábado y, aún en dictadura, el cuerpo lo sabía; más aún si había luz.

Yo había visto y vivido situaciones rudas. Como a la mayoría, el blackout me tomó desprevenido, por lo que estuve dos días con la pila descargada en el teléfono: sin saber a qué se debía no tener electricidad por tanto tiempo, o qué estaba ocurriendo en el resto del país.

Cuando pude cargar, recuperar la señal telefónica y ponerme en contacto con mi equipo, regresé al trabajo. Estuve en varios saqueos, presenciando imágenes terribles e insólitas a la vez: vi niños saqueando con el consentimiento de sus familiares, personas destrozando negocios como locos y familias organizadas en camionetas tomando todo lo que podían… aunque “todo lo que podían” significara detergentes o sillas.

El historiador Ángel Lombardi lo catalogó como el Maracaibazo, en alusión al Caracazo, pero yo aún no sé si lo que observé fue hambre.

A la par, escuché relatos conmovedores de comerciantes cuyos negocios habían sido robados por completo y alucinaba con los que decían que, si las autoridades no hacían nada, ellos defenderían lo suyo incluso a plomo. Y así fue: en redes sociales se colaron varios videos de dueños de negocios espantando saqueadores con tiros al aire y en las azoteas de algunos supermercados se observaban sujetos con armas largas pagados por los dueños para cuidar los establecimientos.

Parecía lo único que podían hacer para proteger lo suyo, frente a la nula o prácticamente nula respuesta de las fuerzas de seguridad, que llegaban tarde a los saqueos o simplemente no llegaban; en algunos lugares hasta participaron en ellos, según denuncias.

 

Ese sábado entre juegos y chistes salieron, inevitablemente, las vivencias del apagón. Sin duda, es más duro cuando los testimonios te los dan las personas a quienes quieres: la amiga que se las ingenió para entretener y alimentar a sus dos bebés en medio de la oscuridad; el que tuvo que desayunar, almorzar y cenar carne, en diferentes presentaciones, para que no se le pudriera en la nevera… hasta que se le acabó y luego no sabía qué comer ni dónde comprar; el que recorría la ciudad en su carro buscando señal para el teléfono, mientras observaba, con indignación y sin poder hacer nada, cómo eran saqueados los supermercados o panaderías donde compra a menudo; o a la que aún se le notaba la rabia infinita en sus expresiones cuando contaba cómo su mamá, con problemas en la espalda, tuvo que dormir cinco días en el piso.

Aunque sabíamos que esta tragedia podía repetirse, aquella noche no quisimos pensar mucho en ello.

Y se repitió: fue el lunes 25 de marzo; otro apagón nacional, aunque “afortunadamente” sólo duró poco más de 40 horas.

He podido observar, nuevamente, la destrucción que te puede dejar el simple hecho de estar sin luz por días; parecen consecuencias similares a las de una guerra: al menos tres muertos en hospitales nacionales por culpa de las fallas eléctricas, encontrar negocios para comprar comida es una odisea, pacientes renales en condiciones críticas trancan calles para protestar porque se están muriendo. Aún no hay reportes de saqueos, pero posiblemente esto se deba a que ya no hay nada que saquear.

He visto también los rostros de ciudadanos cansados y resignados que, aunque no lo dicen en voz alta, parecen pedir a gritos piedad y soluciones. Porque el espíritu, por muy fuerte que sea, también se cansa.

Hay quienes dicen que la única explicación para todo esto es que Dios le hace bullying a los venezolanos; yo prefiero decir que no es Dios, sino unos cuantos malandros que secuestraron al país y que están dispuestos a hacernos todo el daño posible.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_  

No me verás arrodillado

En esta puta ciudad
todo se incendia y se va.
Matan a pobres corazones”, Fito Páez.

 

Tengo una pesadez de mierda que me escuece los ánimos. Ayer andaba de mejor humor, pero hoy siento que las energías me las chupó un mosquito gigante. Es miércoles 27 de marzo de 2019 y estoy atravesando el segundo mega apagón de Venezuela.

Una sola expresión me viene a la cabeza: coño de la madre.

Aunque ayer nos pusieron la luz luego del mediodía, no tuve Internet. Pasé dos días incomunicado hasta que, por algún milagro en tiempos de socialismo, mi teléfono se acordó de que tiene algo que se llaman datos y decidió conectarme con el resto de la humanidad. Lo típico: panas de afuera preguntando cómo estoy, los grupos de WhatsApp del trabajo llenos de reportes de gente sin luz o Internet o ambas, gente diciéndome que ya me había enviado la crónica para que la editara y así… el mundo girando mientras te sientes secuestrado por la ineptitud de unos cobardes que hacen del miedo una forma de imposición.

Y paff: se fue la luz de nuevo.

 

Acostumbrarse es una palabra pesada. Puede malinterpretarse. Más bien, uno tiene que saber adaptarse a las circunstancias. Esto no significa que uno las apruebe, que le gusten o que se resigne a ellas: es que, carajo, el plan no puede ser sentarse a quejarse mientras se te va la vida en la inactividad.

Ya tengo tres agendas en mi mente: cosas que hacer sin luz, cosas que hacer con luz pero sin Internet, cosas que hacer cuando todo funciona de forma más o menos decente. Me estoy convirtiendo en un camaleón adaptándome al paisaje y saltando de una tarea a otra.

Ni yo ni Revista Ojo vamos a parar: nadie debe parar.

 

El cuerpo dice lo que la boca calla. Es un lugar común, ¿cierto? Pero cómo te jode este lugar común. Esta pesadez de mierda que siento es su forma de decirme “déjate de pendejadas, que sabes que esto también te afecta”. ¿Y cómo no me va a afectar? Ayer vi a mi roommate llorar desconsoladamente porque, coño, ella no nació en un país así. De mi jeva solo supe durante cinco minutos la madrugada pasada, cuando a las líneas le dio la gana de enlazarnos por una llamada en la que nuestras voces parecían robots: me dijo que tenía más de 24 horas sin luz. Mi mamá me llamó hace rato, para ver si yo podía ayudarla a hacerse una transferencia electrónica de una de sus cuentas a otra: no tiene cómo hacerlo y tampoco cómo comprar comida. Con mi hermana y abuela no me he comunicado, pero sé por mi vieja que están bien. Y de mi abuelo, el que vive en el geriátrico, ni señales.

¿Mi papá? Él sigue defendiendo a la dictadura, así que debe estar gozando de sus días enteros sin luz.

Entonces, ¿cómo no me va a afectar todo esto?

Siento que tengo un ánimo y un temple más fuerte que el de muchos, pero, carajo, jamás me había cansado tanto escribiendo dos páginas.

 

Yo sé que debería estar hablando de la gente que se muere en los hospitales por la ausencia de luz, de las personas que no tienen cómo comer, de los locales cercanos que solo aceptan dólares o de la cantidad de comida que se está dañando en un país con hambruna. Pero, afortunado que soy, esta vez no estoy padeciendo esos problemas en primera persona.

Me preocupa, más bien, cómo se resiente el ánimo tras tanto coñazo.

No puede ser que buena parte de la agenda de mi vida se esté condicionando por tantas y tan imprevisibles dificultades. De chamo jamás pensé que desearía vivir en la repetición de una rutina en la que haya más previstos que imprevistos. Extraño la posibilidad de aburrirme. Pero recuerdo lo que un escritor me dijo hace poco: “Estés donde estés tienes que hacerlo, tienes que hacer tu arte. No puede haber excusas. Tienes que hacerlo”.

Ayer mi roommate se hundía en el sofá con el ánimo de un globo al desinflarse. Sus ojos eran los ladrillos desmoronados de quien trata de levantarse una y otra vez, pero una estúpida bola de demolición insiste en golpearla. Conozco esa mirada. “Esto es un sinsentido muy grande”, gimoteó. Vi sus lágrimas y tuve un fogonazo. Recordé la semblanza que le hizo Leila Guerriero a Fito Páez:

—¿Nunca te gana el sinsentido?

—Es que vivo con él. Supongamos que se llama Jhonny Sin Sentido. Jhonny without sense. Un detective chanta. Le decís “Okey, man, not with my childs”. Y el tipo te respeta, sabe que ahí no se puede meter. Yo no quiero transmitirles a mis hijos mi conocimiento macabro del mundo de Jhonny without sense. Hablo con él en secreto. Y a la vez nos ayuda. Porque nos dice “Che, guarda, porque esto se acaba”. Yo le digo “Todo bien. Mientras tanto, no te metas con mis hijos, porque te cago a piñas”. ¿Y sabés cómo lo cagamos a piñas? Haciendo discos, tocando. Está acogotado, eh. Está agobiado.

Después, con una risa amarga, como si él mismo no creyera en lo que dice:

—Se quiere ir.

 

Ayer tuve energías para ir al gimnasio. Hoy creo que me faltará temple para eso. El cuerpo gime en silencio mientras mi cabeza se seca. Hay un ardor que me quema las manos y un desasosiego que arropa por su letargo.

Leo que el presidente Juan Guaidó convocó a una nueva marcha para el próximo sábado. Otra más. No quiero juzgarme, no quiero desistir, pero me entra una ola de fatiga en el cuerpo. Las ganas de llorar ganan paso, ¿estaré bajando los brazos?

Y algo vuelve a moverse dentro de mí. Es un engranaje que conozco. Que me salva. Que me ha salvado durante los últimos 20 años de sinsentido a los que una cuerda de malandros sometió al país.

Me siento sobre la cama. Camino hacia la computadora. Me pongo a escribir. Y es como si el alma se desperezara, como si la pesadez se diluyera entre un vigor que comienza a empujarme. Termino este testimonio (que si no llega a los lectores, al menos me sirve para espantar al sinsentido) y algo en mí, una obsesión silenciosa, me jala a trabajar, a darle, a seguir.

Edito todo lo que puedo para Ojo. Leo en Internet. Sigo, dale, vamos.

Tal vez Fito tiene razón. Un tipo cuya madre falleció cuando él tenía ocho meses, mientras que su padre se murió un año antes de que su abuela, su tía y la empleada doméstica aparecieran asesinadas. Ese mismo hombre sobrevivió a eso –y a tanto más– para escribir una obra en la que hay frases tan duras como el diamante. Para escribir, entre otras cosas, una canción en la que dice: “No me verás a arrodillado”.

Y, en medio de otro gran apagón (quizá el segundo de los varios que se avecinan), esa es una de mis pocas certezas:

No me verán arrodillado.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel